Recordando a Félix Grande

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De izquierda a derecha: Manuel Díaz Martínez, Félix Grande y Roberto Branly. Hotel Habana Libre, La Habana, 1967. (Archivo: MDM)

Ayer se cumplieron tres años del fallecimiento de Félix Grande, un gran poeta de la generación española del 50, además de noble persona y entrañable amigo. Había nacido en la extremeña Mérida en 1937 Entre los numerosos e importantes premios que obtuvo figura uno cubano, el Casa de las Américas de 1967, otorgado a su libro BLANCO SPIRITUALS. Félix y yo nos conocimos en La Habana, cuando él fue a recibir su premio. La foto que publico aquí fue tomada en aquella ocasión. En ella aparece el poeta Roberto Branly, miembro, como yo, de la generación cubana del 50, otro de mis amigos inolvidables.

Cuentos del Sol, buen regalo de Navidad para los más pequeños

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Hace unos días se presentó, en la Salón de Grados de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, la bella edición (parte de ella en español e inglés y otra parte en español y francés) de unos cuentos para niños de los escritores canarios Sandra Franco Álvarez y Daniel Martín Castellano. El libro se titula WI, palabra con la cual los indios Sioux nombran el Sol, que es el protagonista de estos simpáticos e ilustrativos relatos. El libro, con graciosos dibujos en colores de la ilustradora María Arencibia Pérez, ha sido premiado por la Fundación Mapfre Guanarteme y editado por el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Las Palmas en la Colección Cuentos Solidarios. Las traducciones al inglés y francés se deben, respectivamente, a las profesoras Margarita Esther Sánchez Cuervo y Patricia Pérez López. Los beneficios que produzca la venta de este libro serán donados, por decisión de los autores, a Cáritas Diocesana de Canarias.

Alberti distraído

Un día como hoy, hace 114 años, nació el poeta Rafael Alberti en el Puerto de Santa María, España.

 Manuel Díaz Martínez

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 Alberti y yo en Cádiz. 1990.

Fue Fernando Quiñones quien me llevó, una noche de 1987, al piso madrileño de Alberti y me presentó al poeta. Cuando llegamos, Alberti pintaba sentado ante una mesa cubierta de pliegos, tarros de plaka, plumones y pinceles. El viejo no dejó de pintar durante el tiempo que duró la visita: atendía a la conversación mientras elegía colores, mojaba pinceles y hacía trazos lentos y muy calculados sobre una cartulina. A un reclamo suyo, alguien de la casa trajo vasos y una botella de vino. Fernando animaba la tertulia con sus ocurrencias y, en un momento de distracción, Alberti estuvo a punto de beberse –el primer sorbo se lo echó a la boca– el agua negra de enjuagar los pinceles, habiendo confundido el vaso en que ésta estaba con el del vino que acababan de servirle.

Mi relación con Alberti fue superficial y esporádica. En febrero de 1990 coincidimos en Turín, en un congreso internacional de homenaje a Antonio Machado. Allí, acompañado siempre por el poeta granadino Luis García Montero, tuvo la gentileza de decirme que le había gustado mi ponencia. Meses después, a finales de aquel año, volvimos a estar juntos en otro congreso, éste celebrado en Cádiz y dedicado a la Generación del 27. A este congreso, además de Alberti, asistieron otras tres reliquias del 27: Rosa Chacel, Francisco Ayala y Pepín Bello. Me parece estar viendo a Alberti, con ancha camisa floreada y gorra de capitán de yate, sentado a una mesa del comedor del gaditano hotel Atlántico con el mitológico y simpático Pepín Bello, el más cercano cómplice de Lorca y Dalí en la Residencia de Estudiantes. También lo recuerdo, una noche, avanzando por un pasillo del hotel, enfundado en espléndido terno azul y luciendo una airosa corbata carmesí. “Don Rafael, qué elegante se ha puesto”, le dije, y me respondió muy serio, haciendo un mohín de resignación: “Me han obligado a vestirme así para ir al teatro”.

Alberti llegó a La Habana en febrero de 1991 para recibir, de manos de Fidel Castro, la Orden José Martí. No obstante las declaraciones favorables a la perestroika que en 1990 hice en Italia a las agencias noticiosas Reuter y France Press y por las cuales, en mi ausencia, mi mujer recibió en nuestra casa de La Habana la visita de un quejoso funcionario del comité central del partido, fui invitado por la UNEAC a recibir a Rafael Alberti en el aeropuerto.

El gobierno cubano lo alojó en una casa de protocolo, un coqueto chalet ajardinado en el que había lo que faltaba en la calle, empezando por neveras bien surtidas. Lo llevaron allí –en coche con chofer-policía– para que lo pasara bien en Cuba, aislado de la tenebrosa realidad del país, de la que, al parecer, no se enteró nunca.

El cóctel oficial por la entrega de la Orden se celebró en un salón de protocolo en el faraónico edificio (construido por Batista para los tribunales) que ocupa el comité central del partido. Para ese cóctel recibí una invitación –letras doradas impresas a relieve en cartulina apergaminada– de Fidel Castro.

Si memorable es la pantagruélica epopeya de las comidas y bebidas de Cuba que, en mesa sueca, el Comandante ofreció a sus invitados mientras en la oscura noche de la isla el hambre, como una loca, tocaba a todas las puertas, más memorable aún me parece el entusiasmo épico-fúnebre en que súbitamente ardió el poeta Roberto Fernández Retamar. Momentos antes de pasar al salón comedor, cuando, moviendo grácilmente sus finas manos el Máximo Líder se derramaba en eutrapelias ante Alberti y su mujer, se oyó de pronto la engolada voz de Retamar: “Mira, Fidel, aquí hay dos escritores jóvenes muy valiosos que acaban de ganar premios importantes en el extranjero y que al igual que nosotros están dispuestos a morir en una trinchera por la revolución”. Castro, que miró atónito a Retamar sin dar señal alguna de estar interesado en conocer a esos escritores jóvenes a que se refería el poeta, se volvió hacia los allí reunidos y, alzando los brazos por encima de la cabeza, exclamó con remarcado tono sarcástico: “¡Pero oigan a Retamar, ahora resulta que Retamar está apocalíptico!” “Es verdad, Fidel, ellos están dispuestos a morir como nosotros”, insistió, anafórico, el poeta. Y Fidel, sin bajar los brazos y paseando su mirada burlona sobre todos, volvió a exclamar: “¡Pero quién le ha dicho a Retamar que nos queremos morir! ¡Está apocalíptico!” La novelista Mary Cruz, que estaba a mi lado, me susurró, incrédula: “Díaz Martínez, ¿usted está viendo y oyendo lo mismo que yo?”

Meses después, en México, don Rafael afirmó en una entrevista que él detestaba la muerte y que le gustaría que la gente se muriese hablando. Al leer estas palabras, pensé, hundido en la desolación: en Cuba, sólo una persona morirá como le gusta a Alberti y las demás moriremos oyendo.

En lo que a la Cuba actual se refiere, Alberti murió sordo y ciego, aunque no mudo. No quiso renunciar a la ilusión de que en la bulliciosa patria de su amigo y correligionario Nicolás Guillén se estaban haciendo realidad sus sueños de eterno militante comunista. Dominado por esa fantasía, don Rafael sí que se bebió, creyendo que era vino, el agua negra de los pinceles.

(2007)

Presentación de “Cantos y Cuentos” en Gran Canaria

cantos-y-cuentos-portadaCANTOS Y CUENTOS, mi último libro, será presentado el martes 27 del presente mes, a las 20:00h, en la librería Canaima (C/ Senador Castillo Olivares, 7, Las Palmas de Gran Canaria). La presentación estará a cargo de la escritora y periodista Belkys Rodríguez Blanco. En CANTOS Y CUENTOS, publicado en la Serie Biblioteca Cubana, de la Editorial Verbum, reúno poemas y relatos escritos a lo largo de varios años, algunos inéditos y otros aparecidos en revistas y antologías colectivas.

El luto de Fidel Castro por la muerte de Franco

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Pedro Fernández Barbadillo
(LIBERTAD DIGITAL, España, 1/9/2015) Ahora que el presidente EEUU, Barack Obama, ha anunciado el levantamiento del embargo comercial a Cuba, resulta curioso recordar que la España franquista jamás participó en las sanciones al primer régimen comunista establecido en el hemisferio occidental.
Una vez tomado el poder por los barbudos, en enero de 1959, un año después, el 20 en enero de 1960, se produjo un incidente célebre. Fidel Castro, entonces primer ministro, aparecía en un programa de la televisión y acusó a la embajada de España de amparar actividades “contrarrevolucionarias” y a los conventos de religiosos españoles de ocultar armas. El embajador, el donostiarra Juan Pablo de Lojendio, estaba viendo el programa ya acostado, pero en cuanto escuchó las acusaciones contra él y el régimen que representaba se hizo llevar a los estudios de televisión. Allí trató de intervenir en directo para refutar las mentiras de Castro.
Según el relato de Enrique Trueba, antiguo presidente del Centro Cubano de España, publicado por Juan Jesús Aznárez (El País, 26-7-1990),
Lojendio dijo al moderador: “Un momento, por favor. Vengo a rebatir las acusaciones que se hacen contra la embajada de España”. El moderador le indicó que tenía que pedir permiso al primer ministro, Fidel Castro, a lo que contestó Lojendio. “Esto es una democracia, y el señor moderador es el que dirige”. En ese momento se levantó Castro y exclamó, fuera de sí: “¡Me va a hablar de democracia el embajador de la mayor dictadura de Europa!”. Entonces quitaron la imagen, pero no el sonido, y se escucharon innumerables insultos.
Los guardaespaldas de Castro y varios periodistas de la televisión rodearon a Lojendio. Al día siguiente, el régimen cubano le dio veinticuatro horas para abandonar Cuba.
“No romper con Cuba”
Marcelino Oreja (v. su Memoria y esperanza. Relatos de una vida), que entonces estaba destinado en el gabinete del ministro de Asuntos Exteriores, recibió la noticia de madrugada y se trasladó al domicilio de su jefe para comunicársela. Éste, que era otro vasco, el bilbaíno Fernando María Castilla, telefoneó a Franco.
El general le escuchó pacientemente, y al final, sin ningún otro comentario, se limitó a decir a Castiella: “No romper con Cuba. Le veré esta tarde en el Consejo de Ministros”. Y colgó.
El periodista Aznárez añadió en su reportaje que Franco “nunca premió al impetuoso embajador ni su estrafalaria defensa de los intereses españoles”. Sin embargo, la verdad histórica prueba que en esa misma década Lojendio desempeñó las embajadas de Suiza, Italia y la Santa Sede.
En los años siguientes, las relaciones entre ambos países se mantuvieron al nivel de primer secretario de embajada, pero Madrid no rompió las relaciones comerciales con La Habana, pese a las presiones de EEUU y pese a las confiscaciones que sufrió la colonia española.
El aumento del comercio bilateral condujo a la renovación en 1971 del acuerdo comercial que se había firmado en 1959, instaurado ya el castrismo. Además, en 1975, regresaron los respectivos embajadores.
Con motivo de la muerte de Franco, Castro decretó tres días de luto, que trató que pasasen inadvertidos, pero un periodista de la agencia EFE, Francisco Rubiales, dio la noticia.
Al amanecer del día 21 suena el teléfono y es el embajador de España, Enrique Suárez de Puga, que me comunica la noticia: “Paco: Cuba decreta tres días de duelo oficial por la muerte de Franco”. “No me lo creo, embajador; debe ser una broma”. “Estoy hablando en serio. Tengo aquí delante el decreto oficial, firmado por el presidente Oswaldo Dorticós”. “Lo siento, embajador, pero tengo que verlo con mis propios ojos”. “Vente para la embajada”.
Regresé a mi casa y envié la noticia URGENTE a EFE, que la rebotó de inmediato por todos sus canales. Días después pude poner en pie toda la historia: Cuba decretó duelo oficial, pero quiso mantener esa comunicación en niveles privados para quedar bien con España y, al mismo tiempo, evitar un escándalo internacional. Nadie había previsto que un periodista lanzara la noticia.
Elogios del Comandante al Caudillo
En septiembre de 1978, Adolfo Suárez, presidente del Gobierno español, realizó una gira a Venezuela y Cuba. La escala en Cuba era la más destacada, porque la dictadura comunista, implicada en terrorismo y agresiones militares, estaba sometida a un aislamiento diplomático por parte del mundo libre.
Inocencio Arias (Los presidentes y la diplomacia) revela que Fidel Castro, en una rueda de prensa en la que se coló, porque estaba reservada sólo para Suárez,
hizo en un encendido elogio del anterior jefe del Estado español que, entonó, había resistido las presiones del imperialismo yanqui para cortar los contactos con Cuba. Franco se negó a eliminar los vuelos de Iberia y pocos años antes había firmado un voluminoso contrato de compra de azúcar con La Habana.
Los periodistas españoles se quedaron pasmados, tanto que ninguno de los grandes periódicos, ABCEl País o La Vanguardia, recogió la anécdota.
Incluso Marcelino Oreja, que acompañó a Suárez en ese viaje como ministro de Asuntos Exteriores, disimula en sus memorias las palabras de Castro y elimina la molesta mención al innombrable Franco.
Encomió el proceso político seguido por nuestro país y el esfuerzo del rey de España y el presidente Suárez, y mostró su reconocimiento por nuestra solidaridad cuando España se resistió a las presiones de Estados Unidos y no aceptó el bloqueo (sic), a pesar de las diferencias políticas entre los dos países.
Unos años más tarde, en un libro publicado en 2006 (Fidel Castro. Una biografía a dos voces), repitió los elogios a Franco.
Fue una actitud meritoria, que merece nuestro respeto e incluso merece, en ese punto, nuestro agradecimiento. No quiso ceder a la presión norteamericana. Actuó con testarudez gallega. No rompió relaciones con Cuba. Su actitud fue firmísima.
La actitud de Franco respecto a Cuba se suele atribuir a varias razones. Una fue la aplicación estricta de la Doctrina Estrada en Derecho Internacional y que se resume en que los Estados mantienen relaciones entre sí con independencia de los Gobiernos. El régimen del 18 de Julio reclamaba para sí esa doctrina. Otra, que España, uno de cuyos pilares en política internacional era la comunidad hispanoamericana, no podía romper con uno de esos miembros, pasase lo que pasase. Y la tercera, que Madrid quería evitar que Cuba se convirtiese en un centro de actividades antifranquistas, como ya lo eran México, que reconocía al decrépito Gobierno republicano y no mantenía relaciones diplomáticas con España, y Venezuela.
Paradojas de la política, el lenguaraz Fidel Castro, del que no sabemos si sigue vivo, suele cambiar los elogios por insultos y viceversa en función de su humor, de su audiencia y de sus intereses. En el último libro citado, insultó a José María Aznar tildándole de “franquista”, “reaccionario” y “heredero del fascismo”. ¿No habíamos quedado en que Franco había sido amigo de Cuba?
Peor fue el chorreo que le cayó a Felipe González, al que Fidel atribuyó haber contribuido a hundir la URSS:
Los primeros consejeros de Gorbachov fueron la gente de Felipe. (…) Yo hacía rato que me sabía de memoria que Felipe no tenía nada de socialista, en absoluto. Y Felipe feliz, estaba mandando a su gente a asesorar allá a Gorbachov.

¿Quién vive en una burbuja?

Elvira Lindo
(EL PAÍS, España, 19/11/2016) En estos días de análisis poselectorales, que son aquellos en los que puedes quedar como un portento de la perspicacia ya que cuentas con la ventaja de conocer el resultado del partido, en estos días, se habla de burbujas. Son días burbujeantes. Se habla de esa gente naif, que vive en su confortable burbuja, que consume cultura para sentirse elevada, que participa con organizaciones humanitarias sin salir de casa para serenar su corazón y que no ve la vida real.
Los que viven en una burbuja suelen ser urbanitas, van al cine con cierta frecuencia, picotean a diario varios medios para tratar de entender el mundo y creen, serán idiotas, que la base de la justicia social está en igualar desde abajo, desde la educación primaria. Los burbujitas son de la opinión de que la televisión pública ha de distinguirse en fondo y forma de la comercial. Los burbujas creen que si hay algo que crea ciudadanos es el buen periodismo, ese periodismo local que conoce el terreno que pisa y llama puerta a puerta para preguntar.
Cuando ocurre que un tipejo como Donald Trump gana las elecciones, los enemigos de la cultura se parten el pecho y señalan a los habitantes de la burbuja como si fueran idiotas, inocentones, bobos. Desde un punto de vista reaccionario se mofan de aquellos que miran el mundo con profunda preocupación (qué pena que Savater se apunte tan irracionalmente a esas risas), y desde cierta izquierda se les acusa de vivir burbujeando, con sus suplementos y sus documentales, y no salir más allá de la frontera de la ciudad para ver cómo es la clase obrera real. Ser un “burbujas” hoy, según nos pintan, es algo que se ha de llevar en secreto porque la cultura empieza a ser algo mal visto. Como si formaras parte de una logia masónica.
El caso es que, perfectamente cándidos, vimos esta semana en la tele pública americana un documental sobre Rikers, una isla prisión, al norte de Nueva York, donde se hacinan presos preventivos, algunos de ellos detenidos por entrar en el metro sin pagar o por un hurto callejero, esperando a que les llegue el juicio. Como sus familias no tienen dinero para la fianza, ellos esperan, a veces años, y los que no sabían lo que era la violencia, las bandas o la droga, lo aprenden allí para sobrevivir. Todos los que aparecen en el documental son negros o latinos. No es extraño dado que el 37% de la población reclusa en América es negra, siendo los afroamericanos solo el 12% de la población del país.
¿Cuál es la conclusión que sacan esos pequeños burgueses que viven en la burbuja urbana de este gran trabajo documental? Que el problema negro no se ha resuelto, que sigue habiendo racismo y segregación, que no es casualidad que la exclusión social se centre, sobre todo, en poblaciones no blancas. Inagotables en su afán de mirar el mundo desde su vida algodonada, los burbujillas van al cine, a ver un documental recién estrenado que cuenta la vida de John Coltrane, una vida que se asemeja a la de tantos negros que crecieron en la segregación pero que salva su destino gracias a un originalísimo talento musical. Hubo un momento de silencio casi religioso en la sala: cuando Coltrane compone e interpreta Alabama, honrando a esas cuatro niñas que en 1963 murieron durante un servicio religioso en una iglesia de Birmingham (Alabama) por una bomba que hizo estallar el entonces muy activo Ku Klux Klan. Mientras sonaba esa melodía, que es la expresión del dolor, veíamos en pantalla a los encapuchados blancos, sus hogueras, sus capuchones recortados en el azul de la noche.
El cine estaba lleno, una sala grande abarrotada de esos burbujas que, según se dice, no quieren enterarse de lo que ocurre fuera. El elocuente silencio contenía no solo el dolor por unos hechos que tienen mi edad, que ocurrieron hace no tanto, sino porque estoy segura de que todos los espectadores tenían en mente que esa organización racista, antisemita, supremacista blanca, es hoy legal y ha apoyado a Trump en su campaña. Cuando llegué a casa busqué en Google. No era la única. Ese nombre, Ku Klux Klan, ha sido uno de los más tecleados en los últimos tiempos con esta pregunta: ¿Es legal el KKK? Como ha ocurrido siempre, poco a poco todo va dando igual. El señor Trump irá legitimando su presidencia a fuerza de hacerse fotos con dirigentes internacionales que encontrarán en él a un pragmático, a un tipo campechano. El poder limpia hasta lo más puerco. Pero lo que yo me pregunto es quién vive hoy dentro de una burbuja, si los que buscamos desesperadamente una explicación a esta deriva del mundo o los que alimentan su espíritu solo de páginas mentirosas o sectarias que les confirman su cerrazón y les hacen vivir temiendo y abominando de cualquiera que no se les parezca.

Discurso de Leonard Cohen al recibir el Premio Príncipe de Asturias 2011

Señoras y señores:

Es un gran honor estar aquí ante ustedes esta noche. Quizás, como el gran maestro Riccardo Muti, no estoy acostumbrado a estar ante un público sin orquesta tras de mí, pero lo haré lo mejor que pueda como artista en solitario hoy.

Anoche me quedé en vela, pensando qué podía decir aquí, en esta asamblea de distinguidas personas. Y después de comerme todas las chocolatinas, todos los cacahuetes del minibar, garabateé unas pocas palabras. No creo que tenga que hacer referencia a ellas. Obviamente, estoy muy emocionado por ser reconocido por la Fundación. Pero he venido aquí esta noche para expresar otra dimensión de mi gratitud; creo que puedo hacerlo en tres o cuatro minutos y voy a intentarlo.

Cuando estaba haciendo el equipaje en Los Ángeles, tenía cierta sensación de inquietud porque siempre he sentido cierta ambigüedad sobre un premio a la poesía. La poesía viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista. Así que me siento como un charlatán al aceptar un premio por una actividad que yo no controlo. Es decir, si supiera de dónde vienen las buenas canciones, me iría allí más a menudo.

Mientras hacía el equipaje, cogí mi guitarra. Tengo una guitarra Conde que está hecha en el gran taller de la calle Gravina, 7, en España. Es un instrumento que adquirí hace más de 40 años. La saqué de la caja, la alcé, y era como si estuviera llena de helio, era muy ligera. Y me la acerqué a la cara, miré de cerca el rosetón, tan bellamente diseñado, y aspiré la fragancia de la madera viva. Ya saben que la madera nunca llega a morir. Y olí la fragancia del cedro, tan fresco como si fuera el primer día, cuando la compré. Y una voz parecía decirme: «Eres un hombre viejo y no has dado las gracias, no has devuelto tu gratitud a la tierra de donde surgió esta fragancia». Así que vengo hoy, aquí, esta noche, a agradecer a la tierra y al alma de este pueblo que me ha dado tanto. Porque sé que un hombre no es un carnet de identidad y un país no es solo la calificación de su deuda.

Ustedes saben de mi profunda conexión y confraternización con el poeta Federico García Lorca. Puedo decir que cuando era joven, un adolescente, y buscaba una voz en mí, estudié a los poetas ingleses y conocí bien su obra y copié sus estilos, pero no encontraba mi voz. Solamente cuando leí, aunque traducidas, las obras de Federico García Lorca, comprendí que tenía una voz. No es que haya copiado su voz, yo no me atrevería a hacer eso. Pero me dio permiso para encontrar una voz, para ubicar una voz, es decir, para ubicar el yo, un yo que no está del todo terminado, que lucha por su propia existencia. Y conforme me iba haciendo mayor comprendí que con esa voz venían enseñanzas. ¿Qué enseñanzas eran esas? Nunca lamentarnos gratuitamente. Y si uno quiere expresar la grande e inevitable derrota que nos espera a todos, tiene que hacerlo dentro de los límites estrictos de la dignidad y de la belleza.

Y entonces ya tenía una voz, pero no tenía el instrumento para expresarla, no tenía una canción.

Y ahora voy a contarles muy brevemente la historia de cómo conseguí mi canción.

Porque era un guitarrista mediocre, aporreaba la guitarra, solo sabía unos cuantos acordes. Me sentaba con mis amigos, mis colegas, bebiendo y cantando canciones, pero en mil años nunca me vi a mí mismo como músico o como cantante.

Pero un día, a principios de los 60, estaba de visita en casa de mi madre en Montreal. Su casa está junto a un parque y en el parque hay una pista de tenis y allí va mucha gente a ver a los jóvenes tenistas disfrutar de su deporte. Fui a ese parque, que conocía de mi infancia, y había un joven tocando la guitarra. Tocaba una guitarra flamenca y estaba rodeado de dos o tres chicas y chicos que le escuchaban. Y me encantó cómo tocaba. Había algo en su manera de tocar que me cautivó. Yo quería tocar así y sabía que nunca sería capaz.

Así que me senté allí un rato con los que le escuchaban y cuando se hizo un silencio, un silencio apropiado, le pregunté si me daría clases de guitarra. Era un joven de España, y solo podíamos entendernos en un poquito de francés, él no hablaba inglés. Y accedió a darme clases de guitarra. Le señalé la casa de mi madre, que se veía desde las pistas de tenis, quedamos y establecimos el precio de las clases.

Vino a casa de mi madre al día siguiente y dijo: «Déjame oírte tocar algo». Yo intenté tocar algo, y él dijo: «No tienes ni idea de cómo tocar, ¿verdad?». Yo le dije: «No, la verdad es que no sé tocar». «En primer lugar déjame que afine la guitarra, porque está desafinada», dijo él. Cogió la guitarra y la afinó. Y dijo: «No es una mala guitarra». No era la Conde, pero no era una guitarra mala. Me la devolvió y dijo: «Toca ahora». No pude tocar mejor, la verdad.

Me dijo: «Deja que te enseñe algunos acordes». Y cogió la guitarra y produjo un sonido con aquella guitarra que yo jamás había oído. Y tocó una secuencia de acordes en trémolo, y dijo: «Ahora hazlo tú». Yo respondí: «No hay duda alguna de que no sé hacerlo». Y él dijo: «Déjame que ponga tus dedos en los trastes», y lo hizo «y ahora toca», volvió a decir. Fue un desastre. «Volveré mañana», me dijo.

Volvió al día siguiente, me puso las manos en la guitarra, la colocó en mi regazo, de manera adecuada, y empecé otra vez con esos seis acordes –una progresión de seis acordes en la que se basan muchas canciones flamencas–. Lo hice un poco mejor ese día. Al tercer día la cosa, de alguna, manera mejoró. Yo ya sabía los acordes. Y sabía que aunque no podía coordinar los dedos para producir el trémolo correcto, conocía los acordes, los sabía muy, muy bien.

Al día siguiente no vino, él no vino. Yo tenía el número de la pensión en la que se hospedaba en Montreal. Llamé por teléfono para ver por qué no había venido a la cita y me dijeron que se había quitado la vida, que se había suicidado.

Yo no sabía nada de aquel hombre. No sabía de qué parte de España procedía. Desconocía por qué había venido a Montreal, por qué se quedó allí. No sabía por qué estaba en aquella pista de tenis. No tenía ni idea de por qué se había quitado la vida. Estaba muy triste, evidentemente.

Pero ahora desvelo algo que nunca había contado en público. Esos seis acordes, esa pauta de sonido de la guitarra han sido la base de todas mis canciones y de toda mi música. Y ahora podrán comenzar a entender las dimensiones de mi gratitud a este país.

Todo lo que han encontrado de bueno en mi trabajo, en mi obra, viene de este lugar. Todo lo que ustedes han encontrado de bueno en mis canciones y en mi poesía está inspirado por esta tierra.

Y, por tanto, les agradezco enormemente esta cálida hospitalidad que han mostrado a mi obra, porque es realmente suya, y ustedes me han permitido añadir mi firma al final de la página.