Extraños moradores

Sergio Constán

(BIENMESABE.ORG) Bajo el título “¡Ah del castillo!” Mariano de Santa Ana ha publicado recientemente en La Provincia una crónica sin duda interesante. Se ocupa en ella de un llamativo inmueble de la calle Santiago Rusiñol, en el capitalino barrio de Ciudad Jardín, de esa conocida mansión que pretende imitar un castillo medieval, con su torre del homenaje, sus almenas y hasta las aspilleras de rigor. Anacrónica e insolente, la setentera construcción no deja indiferente al transeúnte, acaso condenada a esa partida en la que suelen hacer tablas la majestuosidad y la chabacanería.

Con un acertado aderezo de humor y misterio el periodista relata sus tintinescas indagaciones, las mismas que finalmente lo llevarían, apoyado en dos recientes fuentes, a determinar el origen de tan extravagante edificación. Su concepción, tal y como la conocemos, fue debida a Juan Fernández Ganza, un santanderino de oscuro y mercenario pasado que recaló en Gran Canaria allá por el sesenta y tantos, haciendo fortuna en negocios inmobiliarios y hosteleros. Personaje atrabiliario, delirante y espiritista, aquel enfermo nostálgico del Medievo no dejó de rodearse de caballos, tigres y leones, mientras anegaban sus días el alcohol, las orgías, las prácticas satánicas y las experiencias de ultratumba. Tal vez comenzara ya a ser aquí, en nuestra ciudad, todo un émulo de William Beckford, trocando aquella neogótica Fonthill Abbey que se hiciera construir el autor de Vathek -también con su torreón- por el mucho menos imponente bastión de Ciudad Jardín; con peor gusto que el diletante inglés, todo hay que decirlo, pero sin irle a la zaga en lo que a depravación y excentricidad se refiere. Con ínfulas de aristócrata, Ganza no renunciaría al sueño de poseer un castillo noble y señero, uno de verdad. Lo encontró, ya en el último tramo de su vida, en la sierra oeste madrileña, y en él practicó su más profundo descenso a los infiernos. Había adquirido en propiedad el escenario ideal donde reventarse los sesos de un disparo, una mañana otoñal de 1985.
Pero hay algo más en este número once de la calle Santiago Rusiñol. Algo sobre lo que extrañamente no dice nada Mariano de Santa Ana, y que desde hace varios años ha venido siendo para mí el verdadero misterio de esta mansión, o al menos el que más me ha perturbado: hablo del escudo heráldico que luce en el frontispicio. La leyenda que allí reza… ¡es la de la familia Valle-Inclán! Se lee perfectamente: “EL QUE MÁS VALE NO VALE TANTO COMO VALLE VALE”. Al menos era ese el lema que presidía el palacio paterno de don Ramón María, tras haberlo concebido tiempo atrás Alonso González del Valle y Álvarez de Builla, gobernador de Ica y primer marqués de Campo Ameno. Las biografías de Valle-Inclán -la de Gómez de la Serna a la cabeza de ellas- no pasan por alto el curioso epigrama, un juego de palabras que el escritor gallego tenía muy a gala y con el que sin duda refrendaba su genio. ¿Cómo obviarlo nosotros ahora, tras conocer la truculenta historia de Fernández Ganza? ¿Debemos imaginarlo poseído por el espíritu de don Ramón, antes de que tomara su cuerpo, por cierto, el espectro de Carlos II el Hechizado? ¿Se llegaría a identificar con el marqués de Bradomín, decadente, donjuanesco y sádico como él? ¿Leería a Valle-Inclán con entregado fervor, hasta el paroxismo mitómano?
Supongo que ya se encargará la realidad de barrer estas simpáticas esquirlas de la ficción. Hasta el punto de que, probablemente, ni siquiera tenga nada que ver el blasón con el tenebroso Ganza, sino con algún propietario posterior. Los actuales, a quienes logré abordar en su día en una de mis incursiones de temerario flâneur, poco pudieron decirme: “ya estaba el escudo aquí cuando nos instalamos”. Sea como fuere, un elemento de cariz valleinclanesco parece sumarse al misterio de este castillo falsario y del más extraño de sus habitantes. Hay tarea aún para los cronistas.

Sergio escudo foto

 

Poema

Puente CaulaincourtLA DAMA DE CAULAINCOURT

Jamás he de saber cómo se llamaba
ni cuáles eran sus flores favoritas.

La conocí una tarde en un daguerrotipo:
ella paseaba por un puente de París
y yo por un álbum de láminas antiguas.

Lo demás, como siempre,
carece de importancia.

Manuel Díaz Martínez
(De CANTOS Y CUENTOS, 2015.)

Poemas cubanos del siglo xx

Poemas cubanos siglo XXNOTA PARA EL LECTOR

Este libro es un homenaje a la poesía cubana del siglo XX.

En las páginas que siguen, he reunido los poemas cubanos de la pasada centuria que me gustan más. En este trabajo de compilación no han intervenido pretensiones académicas: me he atenido, sólo, a mis gustos más íntimos, a mis preferencias de lector. Aquí los protagonistas son los textos, en ningún caso los autores. Comparto con mi eterno amigo y maestro José Lezama Lima la idea –sugerida por el poeta nicaragüense Pablo Antonio Cuadra en una inteligente paradoja: “Un poema comienza cuando acaba”– de que los poemas escapan de sus creadores cuando alcanzan “su definición mejor”, que es cuando los lectores –ese “infinito” al que, según Agustín Acosta, se dirigen los poemas– los hacen suyos.

A lo largo de los cuatrocientos años que abarca la literatura cubana, la poesía se ha mostrado como el género más pródigo y afortunado en la isla, cuya expresión literaria comenzó por el verso. El último siglo ha sido el más poblado de grandes poetas.

La fecundidad de Cuba en lo que a la poesía se refiere ha llamado la atención de no pocos observadores de tomar en cuenta. En el siglo XIX, Marcelino Menéndez y Pelayo dejó testimonio de su asombro al respecto en sus estudios sobre la poesía hispanoamericana. En el siglo XX, Vicente Aleixandre advierte “el valor ejemplar que en el ámbito total tiene a poesía cubana”, y anota: “La poesía cubana es para mí atracción fuerte, desvelo y placer”. Para el poeta y editor Jesús Munárriz “es evidente que la poesía cubana del siglo XX está entre las importantes de la lengua…” “Cuba”, afirma el mismo, “pese a su pequeño tamaño, puede hablarle de igual a igual a cualquiera de los países grandes que escriben en español”.

Tengo la certidumbre de que todo el que se adentre en las páginas de este libro apreciará sin esfuerzo que la poesía cubana del siglo XX es una constelación de inconfundibles voces solistas. Unas pocas han alcanzado resonancia universal, otras sólo suenan dentro de la isla, y otras se inician aún en los azares de la creación, pero ninguna puede ser suplantada por otra. Un buen poema es una pieza única, una revelación insustituible, lo haya escrito Goethe o su vecino.

Hace cincuenta años –Lezama creía que “medio siglo es unidad de tiempo apreciable para cualquier conclusión”–, el propio autor de MUERTE DE NARCISO afirmaba que “un país frustrado en lo esencial político puede alcanzar virtudes y expresiones por otros cotos de mayor realeza”. Son palabras que hoy tienen el prestigio de un vaticinio confirmado por la realidad cubana. Cuba es, en “lo esencial político”, un osario de frustraciones, pero ha sabido “alcanzar virtudes y expresiones por otros cotos de mayor realeza”, uno de los cuales es la Poesía. Confío en que el presente libro contribuya a demostrar esta verdad.

Manuel Díaz Martínez

[Prólogo a POEMAS CUBANOS DEL SIGLO XX, Selección y Edición de MDM, Editorial Hiperión, Madrid, 2002. Poemas de: Bonifacio Byrne, Regino E. Boti, René López, Fernando Lles, Agustín Acosta, José Manuel Poveda, Mariano Brull, Felipe Pichardo Moya, Gustavo Sánchez Galarraga, José Z. Tallet, Manuel Navarro Luna, Regino Pedroso, Juan Marinello, Rubén Martínez Villena, María Villar Buceta, Nicolás Guillén, Eugenio Florit, Dulce María Loynaz, Enrique Loynaz, Emilio Ballagas, Félix Pita Rodríguez, José Ángel Buesa, José Lezama Lima, Ernesto García Alzola, Samuel Feijóo, Virgilio Piñera, Ángel Gaztelu, Justo Rodríguez Santos, Gastón Baquero, Oscar Hurtado, Eliseo Diego, Octavio Smith, Jesús Orta Ruiz, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Carilda Oliver Labra, Rolando Escardó, Lorenzo García Vega, Rafaela Chacón Nardi, Luis Marré, Francisco de Oraá, Nivaria Tejera, Pablo Armando Fernández, Roberto Fernández Retamar, Fayad Jamís, Roberto Branly, José Triana, Heberto Padilla, José A. Baragaño, Rafael Alcides, César López, Raúl Luis, Antón Arrufat, Domingo Alfonso, Manuel Díaz Martínez (incluido por Jesús Munárriz), Luis Suardíaz, Severo Sarduy, Armando Álvarez Bravo, Miguel Barnet, David Chericián, José Kozer, José Mario, Pío E. Serrano, Jesús Díaz, Belkis Cuza Malé, Orlando Fondevila, Reinaldo Arenas, Antonio Conte, Nancy Morejón, Luis Rogelio Nogueras, Raúl Rivero, Delfín Prats, Lina de Feria, Virgilio López Lemus, Emilio de Armas, Alejandro Querejeta Barceló, Raúl Hernández Novás, Felipe Lázaro, Lourdes Gil, Reina María Rodríguez, Orlando González Esteva, Francisco Morán, Efraín Rodríguez Santana, María Elena Cruz Varela, Ángel Escobar, León de la Hoz, Daína Chaviano, Ramón Fernández Larrea, Rodolfo Häsler, Alberto Lauro, Rolando Sánchez Mejías, Zoé Valdés, Emilio García Montiel, Alberto Rodríguez Tosca, Agustín Labrada, Odette Alonso, Antonio José Ponte, Alexis Díaz Pimienta, Damaris Calderón, Camilo Venegas Yero, Norge Espinosa Mendoza, Ronel González, Liet Lee López y José Félix León.]

Rafael Alcides y Manuel Díaz Martínez comparten premio

Alcides y yo foto

Alcides (derecha) y yo en Logroño. 2011.

Rafael Alcides y Manuel Díaz Martínez comparten el Premio Nacional de Literatura Independiente Gastón Baquero 2015

(DIARIO DE CUBA, Miami, 15/12/2015) Los escritores cubanos Rafael Alcides y Manuel Díaz Martínez comparten este año el Premio Nacional de Literatura Independiente Gastón Baquero, convocado por Neo Club Ediciones, el Club de Escritores Independientes de Cuba y el Instituto la Rosa Blanca, indican los organizadores en un comunicado.

“El premio reconoce una trayectoria entregada a la independencia creativa y la calidad de la obra de Alcides, en Cuba, y de Díaz Martínez en el exilio”, señala la nota.

El Consejo Asesor estuvo integrado por los escritores, críticos y periodistas Amir Valle, Antonio Ramos Zúñiga, Armando Añel, Carlos Alberto Montaner, Jorge Olivera, Luis de la Paz, Luis Thonis, Luis Cino, Teresa Dovalpage y Víctor Manuel Domínguez.

Las entidades convocantes reconocen el carácter independiente y la calidad de la obra de la mayoría de los candidatos postulados, y otorgan menciones especiales a María Elena Cruz Varela y Rafael Vilches, los escritores con más votos recibidos tras los ganadores.

“Con este galardón, las entidades convocantes aspiran a premiar la labor literaria de los escritores exiliados, ninguneados por el oficialismo institucional en La Habana y su periferia, y a estimular la independencia literaria en Cuba tras más de 50 años de control estatal sobre las instituciones y actores culturales”, explican.

“Además, se propone ofrecer un espacio de interacción y reconocimiento a aquellos creadores independientes que censura o margina el régimen en el poder, responsable del actual estado de chantaje institucional y represión sicológica en que desarrollan su labor los escritores cubanos”, señalan.

Rafael Alcides (Bayamo, 1933) inició su trayectoria literaria en la revista Ciclón, dirigida por Virgilio Piñera. Ha publicado, entre otros, los poemarios La pata de palo y Agradecido como un perro, y la novela El anillo de Ciro Capote. En 1993 se apartó de toda colaboración editorial y pública en Cuba, y posteriormente renunció en carta abierta a la UNEAC. Sus novelas han sido censuradas en la Isla. En 2011 obtuvo el Premio Café Bretón & Bodegas Olarra de Prosa Española. Reside en Cuba.

Manuel Díaz Martínez (Santa Clara, 1936) es miembro correspondiente de la Real Academia de la Lengua Española. Ha publicado catorce libros de poemas. En 1991 fue uno de los firmantes de la célebre Carta de los Diez, a través de la cual un grupo de intelectuales cubanos exigía al régimen castrista cambios profundos en Cuba. Poco después tiene que exiliarse en España. En 1994 le otorgan el Premio Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria y en 2006 el Centro Cultural Cubano de Nueva York le entrega la medalla “La Avellaneda”, en reconocimiento a su aporte a la cultura cubana. Reside en Canarias.

El resultado del premio se dio a conocer en el marco del Festival Vista, este 11 de diciembre en Miami.

Una carta admirable

Carta de Rafael García Tudela, hermano del policía muerto en el asalto terrorista a la embajada de España en Afganistán

Domingo, 13 de diciembre de 2015

Mi hermano menor Jorge perdió el viernes su vida en el atentado deKabul junto con su compañero Gabi. Deja a su amada Gema y a sus dos ojos de la cara, Alejandro y Lucas, este último con tan solo nueve años, sin olvidar a una madre, suegros, hermanos, cuñados, tíos, primos, compañeros y amigos, que ya no seremos nunca más presa de sus interminables abrazos y pegajosos besos, ya que mostraba su amor con la misma pasión y entrega que ponía a todo aquello que hacía en la vida.

Mi hermano no murió por las balas o por las explosiones, Jorge murió por defender los valores en los que creía: su familia, su trabajo y una patria en libertad y justicia. Como Jorge, hay miles de personas que arriesgan su vida por estos mismos valores y que quizá nunca sean debidamente reconocidos. Hoy todos los medios se hacen eco de la noticia y los políticos hacen mención en sus mítines. Algunos ya apuntan a sucumbir a la tentación de utilizar este hecho como un arma arrojadiza con la que obtener una ventaja en el proceso electoral. A éstos les ruego, que por favor, no manchen la memoria de un hombre de honor con su deshonor, que lo aparten de sus luchas cainitas impropias del pueblo que pretenden liderar.

Siento envidia de la unidad del pueblo Francés frente a la indignidad que aquí mostramos. Mi hermano murió asesinado por una barbarie contraria a todo en lo que el creía. Si hay que mejorar las condiciones de todos los que nos defienden, que se haga por una vez mostrando la unidad de un pueblo, todos juntos en una decisión única de combatir la sinrazón, y asegurar nuestras libertades y derechos frente a quienes nos las quieren arrebatar, pero ahora por favor dejen esto fuera de sus debates oportunistas. Nadie obligó a Jorge a abordar esa misión, y nunca nadie le habrá oído quejarse de su equipamiento, ni por las condiciones de la embajada, etc. El tenía una misión, y no dudaba en ejercerla hasta el final, porque el amor a su trabajo y su profesión no le permitiría hacerlo.

Estoy seguro que solo se habrá ido con un reproche, y es el de no poder haber donado todos sus órganos para salvar más vidas, ya que esa era su voluntad, y las circunstancias de su muerte no lo han hecho posible. Dentro de una semana nadie se acordará de Jorge en los medios, ni los políticos en sus mítines (afortunadamente), pero su legado quedará en el ejemplo que nos dio a todos los que tuvimos la suerte de quererle y admirarle. En vida lo dio todo por todos, nunca se guardó nada para él. Ahora sólo espero y confío en que su país le devuelva al menos una parte de ese esfuerzo ocupándose de su viuda e hijos.

“Poeta en el manicomio”, de William Carlos Williams

De POETA EN EL MANICOMIO, memorias de las visitas de William Carlos Williams al hospital psiquiátrico de St. Elizabeth, donde permanecía encerrado Ezra Pound:

Poco antes de que Hitler invadiera Polonia, Ezra Pound me escribió diciendo que la ayuda suministrada por Mussolini al generalísimo Franco, no era más que una tentativa para limpiar un pantano de mosquitos. Le repliqué con una explosión de cólera: él, Ezra —le dije— era un triste representante de su país, etc. Declarada la guerra, dejamos de escribirnos durante varios años. Cierto día, al volver a casa, Floss me contó que uno de los empleados del Banco preguntó si yo sabía de alguien en Italia conocido como Ezra Pound. Agregó que durante la tarde del día anterior dicha persona había hablado por radio y había dicho que el doctor Williams, de Rutherford, Nueva Jersey, lo comprendería.

—¡Dios mío! ¿Con qué derecho me arrastra en sus sucias historias?

Sólo repito lo que me dijeron —respondió Floss—. Tus “amigos” siempre te envuelven en sus historias. Le pregunté al empleado, pero no sabía nada más. Había captado la audición por casualidad. Nunca escuchaba ese programa. Luego, otro día, un joven me abordó en la puerta de mi oficina, me mostró sus papeles y me preguntó si había escuchado las audiciones de Ezra Pound en la radio italiana. Le dije que no, pero que había oído hablar de ello.

—¿Sería usted capaz de identificar su voz?

—No, seguramente no; pero podría quizá reconocerla.

—¿Es amigo suyo desde hace mucho tiempo?

—Sí, desde la época de la Universidad.

—¿Aceptaría testimoniar que la voz que usted escucha es la voz de su amigo?

—Por cierto, si estoy seguro de que realmente es él quien habla ¿Pero cómo puedo estar seguro?

—Nosotros le traemos las grabaciones de sus audiciones a su oficina con un magnetófono. ¿Es usted un ciudadano leal? — dijo mirándome fijo a los ojos. Me quedé turbado.

—Por supuesto que sí. Yo he consagrado, puedo decirlo, toda mi vida a mi país; he intentado servirlo por todos los medios. Hasta he escrito un libro sobre el tema.

—¿Qué libro?

—Se llama IN THE AMERICAN GRAIN… y he escrito muchos artículos y ensayos críticos. Soy Williams Carlos Williams, el escritor. Le daré el libro si usted quiere.

—No será necesario. Tenemos que establecer que esas audiciones, dirigidas actualmente contra nuestro gobierno, son en verdad obra de Ezra Pound. ¿Usted tiene dos hijos, doctor Williams?

—Sí, están en la Marina. Uno es médico, en el Pacífico, y el otro está a bordo de un destructor-patrullero entre Europa y Estados Unidos. El F.B.I me visitó dos veces durante la guerra, pero nunca escuché las grabaciones. Poco después recibí una carta de un amigo que había tenido la ocasión de oírlas en Washington. Me dijo que estaban divididas en dos partes: la primera parecía ser de Ezra Pound, que lanzaba insultos contra el presidente Roosevelt, su familia y los judíos apátridas a quienes hacía responsables de todo. La segunda parte, según mi informante, parecía estar a cargo de otro, que formulaba proposiciones y argucias más histriónicas que razonables.

Un año después de finalizada la guerra recibí de vuelta la carta que le había enviado a Ezra y en la cual lo cubría de anatemas a propósito del asunto de Franco. Yo había sido presidente del comité local de la Ayuda Médica a la España Leal. La carta había sido abierta por las autoridades. Pound, al menos, no la había visto jamás. Es así como desde el comienzo, mi nombre debió haber estado asociado al suyo. Ahora, Pound está encerrado en un asilo psiquiátrico en Washington. Cuando actualmente quiero ver a Ezra Pound, debo ir al hospital Saint Elizabeth en Washington, donde fue encerrado luego de su detención, al finalizar la última guerra. Es un edificio de piedra gris que, estoy seguro, fue diseñado y construido a principios de este siglo, con altas ventanas con barrotes y anchas y muy vastas salas. Al final de ellas se encuentra una persona protegida por un simple biombo, en un rincón. Cada día de una a cuatro, si él lo desea, tiene permiso para recibir visitas. Cada vez que he ido está allí su mujer, Dorothée. Creo, en realidad, que ella va todos los días, desde el encarcelamiento de Ezra. En los hermosos días de verano está autorizado a pasar la tarde con ella en el parque. Es un pensionista ejemplar según dicen los que se encargan de él. Sólo el futuro dirá si va a salir de esta situación. La primera vez que fui a visitarlo me sentía muy inquieto. La demencia me ha inspirado siempre una repugnancia instintiva, como de algo desconocido. Me afectó mucho saber que se encontraba encerrado las primeras semanas y meses con enfermos más o menos desesperados. Al salir de una reunión del consejo de administración de la biblioteca del Congreso, en Washington, tomé un taxi, preguntándome qué iría a encontrar. Luego de haber andado una veintena de minutos, entramos por uno de los portones aparentemente no custodiados. Era una hermosa tarde y me puse a buscar el edificio en el que me habían dicho que estaba encerrado. No sé cuántas hectáreas cubre el hospital, pero tuve que recorrer de una a otra punta hasta que al fin encontré el edificio en cuestión. Le dije al conductor que me esperara y entré a pedir un pase. “Usted encontrará a Ezra Pound sentado allá bajo los árboles, con su mujer”, me dijo un hombre. Efectivamente, estaba allí, en una chaise longue nueva; delante de él, Dorothée leía en voz alta. Me aproximé, atravesando un grupo de pensionistas que me miraban con curiosidad. Ezra no esperaba mi visita… De manera que cuando estuve muy cerca y me reconoció, saltó de su silla, apretó mi mano tendida, luego me estrechó en sus brazos. —¡Caramba! —dijo Dorothée—, ¿es Bill Williams, no es cierto? Hablamos una hora ese día. No había cambiado mucho, tenía la misma barba y los mismos tics en las manos; no dejaba de mover sus espaldas sobre el respaldo mientras me examinaba, con su sonrisa socarrona, entrecerrando los ojos; tenía su acostumbrada risa entrecortada, y se expresaba como siempre con algunas palabras cortas, rápidas, sin construir frases. Yo me sentía muy feliz de encontrarlo tan bien. Hablamos principalmente de la situación literaria de este mundo —situación bien mediocre—, y también de ciertas personas, de la falta de iniciativas de aquellos que deberían actuar, yo mismo entre otros. Naturalmente no pudimos evitar el eterno tema, la economía política. Ezra reiteró una de sus grandes ideas, que muchos comparten con él: la banca internacional nos precipita a todos a la ruina; por períodos cada vez más cercanos, y las guerras son provocadas por la banda que gobierna Rusia, Inglaterra, Francia, Alemania, Estados Unidos, etc. Esos individuos son identificables, sus características conocidas, y dan la posibilidad a muchos, pero no a todo el mundo. Ezra repite que en el presente el principal criminal es F. D. Roosevelt. Yo no podía hacer nada más que escuchar. Dorothée también escuchaba. He aquí el marido con el que compartía con desvelo las tribulaciones. Todos aquellos que la ven y conocen, respetan y aman profundamente a esta inglesa grande y austera. Los Pound no tienen dinero. El primer invierno Dorothée vivió en una habitación sin calefacción, en el tercer piso de un edificio contiguo al hospital. Nosotros la invitamos a venir a vernos y descansar en casa, pero ella lo rechazó. Me acuerdo que ese día, bajo los árboles, hablamos, entre muchas otras cosas, de Nancy Cunard y de su vida bajo la ocupación alemana, y de Wyndham Lewis. Ezra y Dorothée rieron cuando les conté algunas de nuestras aventuras el verano pasado, en Buffalo. Ezra creía a Lewis un poco loco; pero pensaba que era uno de esos raros individuos que conocen los escapes necesarios para subsistir. Si se conociera el complot de los diferentes estados sería un juego de niños, según Pound, establecer una sólida base de gobierno y asegurar la paz. Pero él cree que en Washington no hay más que cinco hombres que están al corriente de las cosas fundamentales y, a su entender, Tinkham, de Massachussets, es uno de ellos. No es pues más que por azar que se llega a hacer alguna cosa útil. Además está convencido, por ejemplo, de que si Stalin le hubiera acordado una entrevista de cinco minutos, él habría podido revelarle su error de razonamiento e influido para que actuara de otra manera y que todos los malentendidos y desastres que siguieron habrían sido evitados. Pound se pregunta: ¿Estamos reducidos a ser los idiotas desvariados en la penumbra de un humor crepuscular por ser poetas? Nuestro desarrollo como hombres, objetivo hacia el cual tienden nuestros deseos, no puede alcanzarse si nos negamos a ver el muro tan real que se levanta en nuestro camino. En esta situación, el poema debe buscar destruir ese bloque, a fin de que podamos realizar todo lo que nos prohíben alcanzar.

(BUENOS AIRES POETRY)