Comentario a un comentario

Manolo fotoEl periodista José Alejandro Rodríguez publicó el 29 de agosto, en el diario habanero Juventud Rebelde –gubernamental, como el resto de la prensa en Cuba–, un artículo inusitado en ese reino de la opacidad informativa, el falseamiento de los hechos y la penalización de la crítica que es el archipiélago de los hermanos Castro. Reino donde el periodismo oficial –hay uno independiente, que es clandestino– está al servicio de la catequización política.

En su artículo, titulado Espejos, Rodríguez lamenta que “La enfermiza obsesión por cuidar «la imagen» del país, del ministerio, la empresa o el territorio –muchas veces más recurrente que la preocupación por los propios desaguisados de la realidad– en ocasiones es paranoia por el destino de tu puesto, tu cargo y algunas bagatelas más, cuando de lo que se trata es de mejorar la realidad”. Más adelante reconoce que “Algunos han llegado a percibir el ejercicio sano de la crítica –que, por cierto no debe quedar en ella, si no en acciones y transformaciones– como una concesión de flojos; como darle las armas al enemigo. Lo cierto es que el misil más peligroso que podemos ofrendarle a quienes quisieran desmantelar una obra de 50 años es el silencio, la simulación, la doble moral, la conformidad, la desactivación de la intransigencia ante  los males que se incuban y desarrollan ante nuestros ojos”.

Todo eso, en abstracto, suena bien. Pero ¿ha probado tan conceptuoso comunicador revolucionario aplicar sus principios a casos concretos de la realidad cubana?, ¿ha denunciado o está dispuesto a denunciar en su columna de Juventud Rebelde a algún dirigente corrupto en funciones y de cualquier jerarquía?, ¿ha protestado, señalando a los culpables, por “los males que se incuban y desarrollan ante nuestros ojos”?,  ¿ha analizado y está dispuesto a desvelar el porqué del “silencio, la simulación, la doble moral, la conformidad…” y otras lacras de la lóbrega sociedad cubana?

Me temo que el día que Rodríguez se decida a ejemplificar en su columna sus especulaciones sobre la función crítica del periodismo se quedará sin columna. Desde luego, si no le sienta bien permanecer callado, siempre tiene la opción de pasarse, asumiendo sus engorrosas consecuencias, a la perseguida prensa independiente, que es la que en Cuba hace años practica el periodismo que él propone. Seguramente entonces Rodríguez podrá entender a plenitud, por experiencia propia, este implacable sarcasmo de Mark Twain: “La manera más segura de que un hombre se convierta en blanco del desprecio, el oprobio, la difamación y el insulto casi universales es dejarse de las tonterías sobre las inestimables libertades e intentar ejercer una de ellas”.

De mi archivo / en torno a la “Carta de los diez”

El PAÍS, lunes 28 de octubre de 1991

LOS DIFÍCILES CAMBIOS EN CUBA. El amor entre los intelectuales cubanos y la Revolución no duró casi nada y ahora vive las horas más bajas de un imparable divorcio. La ambivalente relación sentimental empezó a romperse en 1961, cuando la película P.M., de Sabá Cabrera Infante, le resultó intolerable al régimen. Diez años más tarde estalló el caso Heberto Padilla, y entonces intelectuales del exterior que habían seguido la estela sartriana, se desprendieron de la guerrera verde oliva. Ahora, en 1991, una película, Alicia en el pueblo de maravillas, de Daniel Díaz Torres, ha vuelto a poner a prueba al sistema, que no ha resistido su carácter corrosivo, como tampoco ha permitido el llamado manifiesto de los Diez.

EL DIVORCIO PERPETUO

La revolución y los intelectuales cubanos viven las horas más bajas de su matrimonio

Juan Cruz, Madrid.

Ni los intelectuales del interior ni nadie justifica ya en privado la represión de la creatividad basándose en la retórica que reclamaba Castro: “Dentro de la Revolución, todo; fuera de la Revolución, nada”. Sin embargo, y a pesar de que el lenguaje va reciclándose, la conducta privada y la palabra pública van muchas veces por caminos diferentes.

En mayo de este año, un grupo de diez intelectuales cubanos del interior –entre ellos Manuel Díaz Martínez, un hombre que trabajó en el cuerpo diplomático del régimen, un poeta muy respetado por todos y un académico de prestigio– firmaron un manifiesto –el manifiesto de los Diez– en el que reclamaban tímidamente una apertura democrática del régimen.

Los cubanos nunca vieron ese manifiesto, pero sí lo escucharon por la radio de Miami. Lo que sí vieron los cubanos publicado en Granma inmediatamente después fue un enorme pasquín de firmas de escritores contra los autores del manifiesto. ¿Fuente de las firmas? Los escritores afiliados a la Unión Nacional de escritores.

Muertos firmantes

Como los archivos no están actualizados, algunos de los firmantes del comunicado contrario al desviacionismo de los diez habían muerto ya; otros aseguran que vieron su firma sin dar su consentimiento, y alguno, extrañado de que no se le llamara, acudió presto a añadirse: nunca se sabe qué ha ocurrido para que no te soliciten una firma. En privado, sin embargo, daría la impresión de que nadie hubiera estampado su firma debajo de esa condena. Días después de haberla hecha explícita, la Unión de Escritore expulsaba de su seno a Manuel Díaz Martínez.

Como en 1971, como en 1961. Este ha sido un episodio más de un divorcio que mirado de cerca tiene el aire de haber sido consecuencia de una relación viscosa. Ninguno ha estado cómodo, parece, dentro de los ropajes de ese matrimonio. El Che, desde su propia óptica revolucionaria, lo vio desde muy pronto: “El pecado original de los intelectuales cubanos es que eran intelectuales pero no revolucionarios”. Castro purificó luego los términos y mandó a galeras a quienes osaran virar el sentido de la retórica revolucionaria.

En ese ambiente de sospecha, se ha desatado por igual la sumisión y la represión, han convivido intelectuales cubanos haciendo y deshaciendo su obra, sin abandonar, como nos dijo uno de ellos, “nuestros sitios de trabajo, porque esta es la isla que tenemos, y nos guste o no aquí está nuestra raíz”. Otros, que tuvieron la misma raíz, han sido despojados hasta del nombre, sin embargo. Guillermo Cabrera Infante, el autor de Tres tristes tigres y de La Habana para un infante difunto, exiliado desde 1965 e inglés ahora por voluntad propia, no figura en las estanterías, por supuesto, pero tampoco figura en el diccionario de autores cubanos. Esa clase de asesinato autoral ha sido muy común, aunque ahora otro de los postergados, Severo Sarduy, que tampoco figura en las estanterías ni en diccionarios ha recuperado la corporeidad cubana en un coloquio que organizó en torno a su obra –inexistente en Cuba, por otro lado– organizado por Casa de las Américas.

En un coloquio en que pusimos a dialogar a tres intelectuales cubanos del interior –Pablo Armando Fernández, novelista, autor de El vientre del pez, editado en España por Alfaguara, director de la revista Unión, de la Unión de Escritores; Lisandro Otero, novelista, autor de Bolero y El árbol de la vida, ex alto cargo de la cultura del régimen, ex diplomático, y Reynaldo González, director de la Cinemateca cubana, novelista, autor de La muerte con su paso leve (también de Alfaguara) y de Llorar es un placer –esos contrastes se pusieron sobre la mesa.

De los tres, uno solo se negó a firmar el manifiesto: Reynaldo González, que tampoco se alineó con la postura oficial en el caso Padilla. Pablo Armando explica que le pusieron la firma después de una vaga petición telefónica –él estaba en Madrid– y Lisandro Otero hace una narración más prolija para acentuar el sentido de su adscripción a aquel contramanifiesto.

¿Qué ha pasado para que hoy, aún, los ecos de esa difícil relación entre los intelectuales y la Revolución siga produciendo esta clase de monstruosidades? Lisandro Otero: “La Revolución fue un estallido de alegría, un momento en el que todo el mundo satisfizo sus viejas esperanzas. Los primeros diez años fueron eso, una gran realización personal de todo el mundo, de una nación. A partir del 68 esta idea de que el hombre lo puede todo más allá de las condiciones objetivas, del triunfo de la voluntad, de la mente del hombre sobre la materia, no tuvo éxito, y hubo un período de repliegue de las expectativas. Como refugio de aquel idealismo utópico se tendió a un modelo más convencional, de socialismo soviético: planificación, centralización, absolutismo del partido único. Hasta el año 76, en que se funda la Asamblea Nacional, se crea una nueva constitución, se crean nuevos imperios y empieza un nuevo diálogo. Desde entonces, hasta el 91 se ha comprobado que este modelo de socialismo es tan ineficaz en Cuba como en los países del Este, que requiere cambios y transformación”.

Campesinos estadistas

En el mismo coloquio Reynaldo González explica que “la idea de la revolución no ha sido el obstáculo, porque la revolución es loable en todo tiempo. El problema ha sido la forma: no hemos sido originales. Fuimos una revolución autónoma, con un ejército de campesinos, que pueden ser muy buenos guerrilleros pero no necesariamente buenos estadistas o gobernantes. Al aferrarnos a la llamada autenticidad caímos en los errores del absolutismo del partido único, que es un estorbo para el movimiento de las ideas. Se ha matado el diálogo y la lucha ideológica, puesto que se dispara de un solo lado y se produce un monólogo. Hemos mitificado nuestro triunfo y hemos exaltado una amenaza real, pero nos ha faltado realismo. Nuestra situación actual no es un callejón sin salida, porque esto no existe política ni históricamente: la historia juega con el tiempo”.

La relación histórica y difícil entre los intelectuales y la revolución, que ha jugado un papel importante en lo que Reynaldo González llama “la amenaza real”. Pablo Armando Fernández habla de los “inmensos obstáculos que ha tenido que afrontar Cuba para salir adelante tras la revolución”, y entre esos obstáculos figura el que él define así: al aliarse la burguesía huida con Estados Unidos y ser protegida por ellos, Norteamérica nos quitó el petróleo y fue la URSS quien lo proporcionó a Cuba, junto con la importación de su concepción del sistema socialista y de su forma de comercio. En relación con la cultura, los mejores años han sido de todos modos los últimos, tras la batalla de los sesenta entre realismo socialista y realismo mágico. Hemos tenido menos trabas, menos censura, pero en el 91 se ha empeorado: ha habido nuevos conflictos y además existe el problema material de la falta de papel y de los medios técnicos”.

Al principio los intelectuales cubanos, dice Lisandro Otero, volvieron como si fueran el poder. “De verdad. Pero se fueron institucionalizando las decisiones, y ahora existe un gran distanciamiento porque hay que consultarlo todo”. El diálogo se interrumpió, dice Reynaldo González: “Existen unas estructuras ineficaces en las que no cabe la espontaneidad, y sólo se celebran rituales que cierran el camino al pensamiento”. Pablo Armando Fernández echa de menos los canales: “Habría que crear un mecanismo para que la discusión interna fuera operativa y la prensa tiene que hacerse eco de estas cosas. Sería muy hermoso, pues nadie sabe qué pensamos”. De la realidad cubana lo que más les preocupa a estos intelectuales es el bienestar de la gente, la escasez que ahora ha vuelto a crear dos clases sociales, en la que los cubanos se llevan la peor parte y son los juristas los que de nuevo forman la legión de los privilegiados.

“Socialismo fascinante”

Pablo Armando Fernández ve así el porvenir de este drama: “El socialismo lo socializó todo menos la economía y todos los países se convirtieron en naciones que practicaron el capitalismo de estado. La idea del socialismo sigue siendo fascinante y se debe seguir intentando”. Lisandro Otero: “El socialismo no es más que un nombre. Lo importante es lo que está detrás, la preocupación del hombre por la justicia social. Los cubanos no viven tan mal. El pueblo cubano tiene garantizados unos mínimos de supervivencia social que no tienen la mayoría de los pueblos del Tercer Mundo. Son conquistas a las que no queremos renunciar”.

La solución para la actual situación de economía de supervivencia la define Reynaldo González cambiando el eslogan habitual de la revolución “socialismo o muerte” por el de “eficacia o muerte”. En privado, sin micrófonos, los intelectuales cubanos hacen más juegos de palabras con esos dos términos contradictorios que Castro repite en todos sus discursos. En público, sin embargo, la situación es distinta, y el término cambio aún no se dice en letras de molde.

Pablo Armando Fernández, a la izquierda de la imagen, acompañado por dos intelexctuales cubanos, Reynaldo González, en el centro, y Lisandro Otero.
Pablo Armando Fernández, a la izquierda de la imagen, acompañado por dos intelexctuales cubanos, Reynaldo González, en el centro, y Lisandro Otero. (Foto EL PAÍS)

LA ÚLTIMA CARTA

J.C. Madrid

Una carta de 10 intelectuales cubanos pidiendo cambios en el país fue en el pasado mes de mayo contestada con toda contundencia por el régimen, que desde el periódico Granma lanzó toda su artillería contra los firmantes, estigmatizándolos como traidores. Reynaldo González, que no firmó el manifiesto de repudio contra sus colegas, confiesa que aquella respuesta les dio vergüenza. Pablo Armando Fernández, que la firmó aunque no estaba en Cuba y que según parece tampoco recibió excesiva información acerca del contenido de la réplica, dice que la carta de los 10 “estaba mal enfocada”, pero la réplica posterior, así como la expulsión de Manuel Díaz Martínez de la Unión de Escritores por haberla firmado “constituye una gran estupidez, que atenta contra todos los escritores cubanos. No es la primera vez que sucede, pues en 1971 Reynaldo González y yo también fuimos expulsados de la Unión de Escritores [por su apoyo a Heberto Padilla]. En 1991 es aún un atentado peor recurrir a estos métodos”.

Lisandro Otero firmó “porque vi que había un intento de manipulación de mi persona. No quise parecer contrarrevolucionario o disidente, porque soy revolucionario”. “Mi situación es otra”, dice Reynaldo González. “No firmé la primera carta porque no expresaba mis ideas ni encontré una formulación política válida. Y no firmé la que condenaba a los disidentes, porque no firmo documentos que van a ser instrumentalizados, porque he sufrido el silencio y el desprecio”.

La última tormenta que ha ensombrecido la relación entre los intelectuales y la revolución ha sido la desaparición de las carteleras de la película Alicia en el país de las maravillas. Lisandro Otero la vio antes que los policías de la revolución la hicieran desaparecer. “La aparición de esta película corresponde a una nueva necesidad de abrir un espacio crítico a la sociedad cubana. Creo que no le corresponde al intelectual ser la conciencia crítica, puesto que creo que en las primeras décadas formaba parte del proceso revolucionario. Al intelectual hay que devolverle su papel crítico. La película es una alegoría de la sociedad cubana y sus fracasos. Lo que ha sucedido es un síntoma de intolerancia”.

Reynaldo González y Pablo Armando Fernández creen que la última censura “ha hecho mucho daño y no ha beneficiado a nadie”. Para Reynaldo “es una película honesta, con cuya prohibición nadie ha ganado nada: ni el Gobierno ni el arte”. “El celo aparte de innecesario es excesivo”, dice Pablo Armando Fernández.

El poeta y novelista Heberto Padilla
El poeta y novelista Heberto Padilla. (Foto EL PAÍS)

LA RUPTURA SEGÚN PADILLA

Juan Cruz, Madrid

Los intelectuales cubanos quieren ser ahora como todo el mundo y reciclan su lenguaje para que la distancia que los separa de la retórica de la Revolución sea neta. No lo tienen fácil. Rupturas como ésta que ahora se advierte han jalonado la historia cubana de estos últimos 30 años. Heberto Padilla, poeta y novelista –Fuera del juego, En mi jardín pastan los héroes, La mala memoria– vivió la más sonada: la de 1971, cuando la revolución le obligó a retractarse de su propia disidencia y le confinó luego a diez años de vida furtiva y anónima, hasta que la presión internacional le hizo otra vez persona, aunque non grata, le devolvió el cuerpo y le mandó al exilio.

El de Heberto Padilla fue un proceso lento. Lo cuenta ahora desde Princeton, Estados Unidos, en cuya universidad da clases.

“En 1962 fui a la Unión Soviética. Jruschov quería acabar con el estalinismo. Lo vimos todos. Cuba no quiso tomar la experiencia sino que acentuó el carácter monolítico de la Revolución. Mi primer encuentro con la realidad fue duro: escribí una serie de artículos sobre aquel viaje y los envié al periódico Revolución, de Carlos Franqui. Algunos se publicaron y otros no: incluso la agencia TASS los censuró: me dijeron luego “cómo va un país tan joven como Cuba a divulgar lo que le pasa a Solzhenitsin, cómo va a saber lo que dice Yevtushenko”.

“Cuando volví a Cuba me di cuenta de que el golpe con el que Bréznev acabó con el experimento de Jruschov se estaba reproduciendo en mi país, y ese proceso concluyó, por ejemplo, en la expulsión de Guillermo Cabrera Infante. Fueron etapas decisivas para esa historia de la ruptura entre la Revolución y los intelectuales. Yo quise hacer un debate, y entre otros me apoyó Manuel Díaz Martínez, que tuvo en ese período una posición muy decente. Pero todo aquel proceso condujo al juicio, a la cárcel, y ahí se terminó mi vida durante nueve años de inxilio infamante. Una vida patética: no podía ver a nadie. El peor de todos los inxilios”.

¿Cuál es el porvenir de ese deseo de los intelectuales cubanos de hoy de reciclar su lenguaje y convertirse en lo que Lisandro Otero ha llamado la “conciencia crítica” de la sociedad cubana? Heberto Padilla tiene pocas dudas: “El porvenir es el mismo que el de la Revolución cubana. El sistema no funciona en lo práctico y mientras no actúen del modo que la Revolución quiera se mantendrán en el ostracismo y cualquier cosa que digan será interpretada como el cumplimiento de la consigna del enemigo”.

[Fin del reportaje]

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Manolo carta

La Habana, 28 de noviembre, 1993

Al Pen Club Internacional:

El pasado día 19, la poetisa María Elena Cruz Varela y el ensayista Jorge Pomar Montalvo, firmantes de la Declaración de Intelectuales Cubanos, fueron agredidos de manera brutal, en esta ciudad, por elementos terroristas movilizados por el Gobierno, y posteriormente encarcelados, bajo condiciones de incomunicación, en la jefatura de la Seguridad del Estado (policía política).

Ambos escritores, dirigentes de la organización opositora pacifista Criterio Alternativo, de tendencia liberal, se destacan por su abnegada lucha a favor de la democratización de la sociedad cubana.

María Elena Cruz Varela y Jorge Pomar Montalvo no han hecho otra cosa que expresar y defender públicamente, dentro de un marco estricto de actividad cívica, sus criterios acerca de la necesidad de que el Estado de fuerza que existe hoy en Cuba sea sustituido, mediante un proceso de tránsito pacífico, por un Estado de derecho en el que se respeten las libertades individuales y políticas de los ciudadanos.

Hace unos meses, los dos escritores fueron expulsados de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

Es urgente que el Pen Club refuerce con su reconocido prestigio la campaña internacional de condena al atropello físico y jurídico cometido contra Cruz Varela y Pomar Montalvo, quienes, después de ser agredidos, han sido condenados a dos años de cárcel.

Manuel Díaz Martínez,
de la Academia Cubana de la Lengua
y la Real Academia Española.
Firmante de la Declaración de
Intelectuales Cubanos.

Opinión ajena

[…] Cierto es que todos somos moralmente responsables de las calamidades e injusticias del mundo en el que vivimos. Pero no es menos cierto que el papel social y político de los intelectuales conlleva una mayor responsabilidad moral. Como señala Max Weber, el compromiso intelectual requiere la ética del héroe, pues hace falta una gran valentía moral para enfrentarse a las responsabilidades que se adquieren en la esfera pública.

Muchos creen, por supuesto, que ser hoy un intelectual comprometido con la vida pública no es nada del otro mundo, ya que ser demócrata y vivir en una democracia no supone ningún riesgo, ningún desafío. Pero, dado que no puede haber una democratización y una globalización reales si no están acompañadas de una labor crítica real por parte de los intelectuales, en su función de contrapoderes, ser hoy un intelectual crítico significa también ejercer de conciencia moral del mundo globalizado. Por eso, para los intelectuales comprometidos, la verdadera lucha no se limita a estar a favor o en contra de la política, sino que se trata sobre todo de una batalla en defensa de lo humanitario frente a lo inhumano. Se trata de tener la valentía de alzar la voz en nombre de la no violencia y en contra de la injusticia. Por esta razón, aunque el concepto haya perdido hoy la fuerza que tuvo en el momento del caso Dreyfus, se ha de mantener la función del intelectual público. Mientras los humanos sigamos creyendo que la esperanza no es una palabra fútil, los intelectuales no dejarán de ser útiles en todas las sociedades.

Ramin Jahanbegloo: “El temor de los intelectuales a la política”. El País, Madrid, 29/8/2009.

Hartos de Chávez

Chávez cartel

Bajo la consigna NO MÁS CHÁVEZ, desde Colombia se ha convocado, para el viernes 4 de septiembre, una marcha mundial contra el autócrata venezolano Hugo Chávez. Se espera que más de un millón de personas participen en diferentes países. La convocatoria y los avisos de los organizadores del grupo NO MÁS CHÁVEZ aparecen en la página web www.nomaschavez.org y en Facebook y Twitter.

Las sociedades del futuro

Teódulo López Meléndez, Caracas.

El futuro deja de ser la prolongación de las tendencias pasadas.
André Gorz

Las sociedades libres permiten el futuro, limitando el pasado.
Lawrence Lessig

Las sociedades del conocimiento

TeóduloEl futuro debe ser inventado. Un mundo termina y otro apenas se asoma entre nebulosas. Deberemos elegir partiendo de la base que los tiempos críticos traen consigo una libertad de escogencia que no puede ser lanzada al cesto por quienes llaman a mantener la “cabeza fría” o se complacen en la modosidad propia del pasado que se muere.

No se trata de recurrir a la novela especulativa o distraerse con las insólitas proyecciones de la ciencia-ficción. Es necesario recurrir a la profundización socio-política y estudiar la reversión de las tendencias asomadas por algunos “proyectistas del futuro” de megacorporaciones dominando al mundo, de una crisis ecológica irreversible, de una pérdida de la libertad en una sociedad molecular o de una pobreza incontrolable.

Como alguien ha observado, no sólo hay divisiones étnicas, nacionales o ideológicas, sino de posición en el tiempo. Sólo una muy pequeña parte de la población mundial está ya viviendo en el futuro, son ya el asomo de una nación global. Millones de hombres viven en el pasado, sin que sobre ellos se lance un requerimiento de preparación para el futuro. Muchos de ellos están organizados en sociedades que viven de antiguos paradigmas y de normas obsoletas. En el campo de la organización política se aferran a principios que sólo pueden ser dados como obvios, mientras una clase dirigente periclitada sigue utilizándolos para mantener el único sitio en que pueden vivir: en el ayer. Son las que bien podemos llamar las sociedades del pasado, como la venezolana.

El único objetivo posible de las instituciones políticas es el logro de la mayor dosis de felicidad posible para los ciudadanos. En la tranquila mediocridad de las pequeñas almas no cabe la apertura hacia nuevas formas de organización social y de formas políticas. En el campo de la evolución sociopolítica son como pequeñas tribus detenidas en el tiempo. Para estas tribus que impiden el acceso al futuro, la máxima felicidad posible es el mantenimiento de las estructuras obsoletas y del pensamiento decaído.

No voy a retomar a Deleuze con las diferencias entre sociedades disciplinarias y las de control, tema que ya he abordado en libros anteriores, ni las muy estimables precisiones de Foucault sobre el tema. Tampoco voy a abordar el nihilismo o el cinismo del hombre contemporáneo también tratado con anterioridad. No voy a inmiscuirme en la manipulación genética, en la mutación antropotécnica o en la crisis de la cultura, que seguramente merecerá un espacio aparte.

Están cambiando la forma en que las personas se comunican, interactúan e intercambian información. Cambiará la economía, cambiarán los gobiernos, pero sobre todo cambiarán las sociedades. Es evidente que habrá competencia entre los mercados locales, regionales y globales, lo que paralelamente traerá una interdependencia económica, social y ambiental que producirá efectos notables. Los cambios se sentirán en el lugar en que trabajamos, en que producimos, donde aprendemos y como delineamos las diferentes fases de nuestras vidas. Podemos definir los cambios como el de transición hacia unas sociedades del conocimiento.

Ello implica que en el contexto de las negociaciones por el futuro entra de pleno un nuevo participante: la sociedad, porque la sustitución de una sociedad informada por una sociedad comunicada implica necesariamente –sin obviar los peligros totalitarios– la persecución de objetivos democráticos, de desarrollo sostenible y de igualdad de género. Para lograrlo, las sociedades irán construyendo lo que se ha denominado “un entorno habilitador”, uno que permita su ascenso. Es por ello que el brote totalitario paralelo trata de cortar de raíz la posibilidad de la comunicación. El “entorno habilitador” pasa por crear condiciones culturales, económicas, sociales y políticas que permitan el pleno desarrollo de la persona humana.

Por ello, el conocimiento se alza como el factor determinante de movilización de los procesos. Esto es, la construcción del conocimiento se inserta en la concepción misma del desarrollo, lo que conlleva a la redefinición de visión, paradigmas, capacidades técnicas, metodológicas y financieras. Para ello se debe recurrir a la lógica y al pensamiento lateral, a la concepción espacial y a un incremento de la inteligencia intrapersonal relacional. Un poco más allá, la información básica es la que se genera, no tanto la que se recibe. Esto es lo que se ha dado en denominar las sociedades del conocimiento, la definición que aceptaremos para referirnos a la organización social del futuro.

Teódulo viñeta VasarelySe trata de unas de aplicación intensiva del saber, unas donde el saber pasará a ser el principal valor. La complejidad del mundo que emerge implica la tarea esencial de preparación de lo humano. Einstein, con su habitual capacidad anticipativa, ya lo afirmaba en la década de los 40, al asegurar que “los imperios del futuro van a ser imperios del conocimiento”. El físico utilizaba todavía la palabra “imperio”, pero es comprensible para la fecha en que lo dijo. Hoy los conceptos han sufrido serias modificaciones, como por ejemplo la desaparición de la sociedad de la información donde se reclamaba que los massmedias emitieran, para pasar a una sociedad horizontal de comunicación. Queda claro, entonces, que información y conocimiento son cosas muy distintas, dado que el conocimiento es la interpretación de los hechos.

Está claro, también, que la sociedad del conocimiento está directamente relacionada con la tecnología, léase Internet con sus web, su correo electrónico o sus blogs, lo que algunos llaman era tecnotrónica. Debemos admitir que inicialmente fue definida como “sociedad de información” la que se asoma, pero el término fue rápidamente rechazado porque evidentemente se presta a confusiones conceptuales de fondo, sobre todo porque se fue identificando con un planteamiento ideológico concreto, cuando la verdad es que el conocimiento se alza también por encima de las ideologías. Hay, pues, una razón fundamental para definir al futuro como sociedad de conocimiento: se alza por encima de lo meramente económico, para llegar a las transformaciones sociales, culturales, políticas e institucionales. Y una última corrección: la palabra sociedad en singular implica uniformidad, de manera que adoptamos en plural, sociedades del conocimiento. Por lo demás, Antonio Pasquali hace tiempo dejó claro que información implica unidireccionalidad, mientras que la comunicación implica el intercambio de mensajes entre interlocutores habilitados. La UNESCO ha tomado el tema con la seriedad que se merece y ha publicado diversos documentos, como el informe Hacia las sociedades del conocimiento, presentado en París por el Director General Koichiro Matsuura, documento que puede encontrarse, y ser bajado, en Google y cuya lectura recomiendo.

En Gestión de redes para el desarrollo sustentable, Hugo Dutan señala los elementos que marcan el cambio: Visión del mundo y paradigma internacional de desarrollo en crisis, cuestionamiento de la naturaleza, rumbo y prioridades del desarrollo, premisa externa para el cambio y revolución tecnológica. En resumen, no se acepta ya la visión mecánica para el desarrollo, los efectos negativos para la población humana han sido graves (pobreza, desigualdad, brechas económicas y tecnológicas), lo que es rechazado, el entorno cambia aceleradamente y hay que establecer nuevos modelos de gestión.

Algunos autores han hablado de “consumo de saber” como característica de la nueva organización social. Los países ricos generan conocimiento y esa es su mayor distancia con los pobres, una mucho más grande que la existente en los niveles de ingreso. El tema no es fácil, pues implica desde problemas de transferencia y ruptura de monopolios sobre la propiedad intelectual hasta el cuestionamiento de la ciencia fundada en la razón, pasando por los llamados saberes locales como fundamentación del conocimiento emergente.

Dutan nos recuerda el llamado “triángulo de la sustentabilidad”, esto es, “la fundamentación u orientación del desarrollo, las capacidades y la credibilidad como aportes a la sustentabilidad de las organizaciones e instituciones desde la perspectiva de la conformación de redes, en donde la construcción de conocimiento se convierta en el ordenador de relevancia”.

Es evidente que el nuevo paradigma es la reflexividad como opuesto al viejo paradigma de la objetividad, a la complejidad como sustituta de la simplificación, de los simples diagnósticos a toda posibilidad de creación en todos los sentidos posibles. Para ello es necesario hacer sensible la conciencia a lo latente y profundo.

Genios siempre habrá, pero hoy, en este proceso indetenible hacia las sociedades del conocimiento, la inteligencia deja de ser un asunto individual para pasar a ser un punto colectivo. Por eso ya no cabe el líder mesiánico. El líder de estos tiempos es el que suministra insumos en procura de la decisión de la multitud. En el mundo que llega la inteligencia que prevalecerá es la colectiva y la sabiduría será posesión de la multitud. Tratemos de hacer de Venezuela una sociedad del conocimiento.

Jama y Libertad

Pánfilo jama

POR LA LIBERTAD DE PÁNFILO. POR LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN DE TODOS LOS CUBANOS

«¡Hace falta comida que hay tremenda hambre…! Te lo está diciendo Pánfilo en Cuba: ¡Comida!». Por pronunciar estas palabras en una calle de La Habana, el ciudadano cubano Juan Carlos González Marcos, Pánfilo, cumple hoy dos años de cárcel en una prisión de la isla.

«¡Jama!», su insistente reclamo en un video amateur que ya es célebre en YouTube, no fue un llamado político ni es Juan Carlos González un disidente, opositor o activista de derechos humanos. Se trata de un hombre humilde, sin mayor instrucción, posición ni pretensiones, quien, en un exceso de tragos, se paró frente a una cámara para gritar su verdad. No abogó por cambios sociales, libertades civiles ni derechos humanos; se atrevió a ejercer uno de ellos.

El ensañamiento y abuso del gobierno cubano contra Juan Carlos González, a quien se le han aplicado las más serveras “medidas de seguridad predelictivas” que contempla el aberrante Título XI del código penal cubano, la llamada «ley de peligrosidad», fue también una advertencia para recordarnos a todos, con buenas dosis de miedo, que «la calle» sigue siendo de «los revolucionarios»; o más bien de aquellos hombres que llegaron al poder hace ya medio siglo y que todavía hoy siguen aferrados a él.

Pero el miedo no ha podido ni podrá resolver los problemas de Cuba. Ni la falta de «jama», ni la falta de futuro. La solución de los problemas de Cuba pasa por el respeto a la libertades básicas de todos sus ciudadanos.

Respondiendo al abuso con solidaridad, a la intimidación colectiva con el ejercicio pleno de nuestros derechos, nos pronunciamos aquí por la libertad de Pánfilo, por la libertad de expresión de todos los cubanos.

Para firmar, envíenos sus datos a jamaylibertad@gmail.com en el siguiente formato:

Nombre y Apellidos – Ciudad/Pueblo – Provincia/Estado – País