JOSÉ MANUEL BRITO / UN CUENTO

ÚLTIMA OVACIÓN

A Manuel Díaz Martínez

Viéndola frente a la ventana, cómicamente embutida en la sábana cuya mayor parte permanecía extendida por el suelo, se dijo que aquella mujer representaba algo así como la concreción de su última voluntad, el último deseo concedido al condenado. La mujer se le antojaba como un testimonio de la conmiseración a la que es capaz de llegar el ser humano, a pesar de que esa misma conmiseración, al cabo, resulte insuficiente para obtener el indulto redentor; algo que, por otra parte, él ya había dejado de esperar desde mucho tiempo atrás, cuando tomara conciencia de su papel en el reparto, cuando se vio en el espejo de su fracaso como un vulgar doble, sombra del protagonista que soportaba siempre la peor parte. La miró con paradójica delectación, y la vio más diminuta y ridícula que nunca, con esa apariencia entre grotesca hada madrina y niña coqueta que juega a ser mayor con prendas tomadas del armario de mamá. Hundió la mirada en aquella silueta de cuento, en la sábana encubridora que bebía con avaricia los estertores de un sol cansino.

Por un instante él se sintió feliz, o como quiera que se llame ese pálpito que sube del estómago y discurre empalagoso y fugaz por la garganta, hasta ganar la muralla de unos labios levemente arqueados, indecisos en la escultura final de una sufrida sonrisa. Fue en ese preciso momento cuando ella ahuyentó el silencio con su atiplada voz, invitándole a abandonar el lecho y apostarse junto a ella. Pero él continuó ensimismado a pesar del tono angustioso que fingía aquella voz de gnomo, una voz que resbalaba por las paredes pretendiendo transmitir el deseo de compartir un tesoro. Ahora pensaba que por aquella criatura ni siquiera había sentido nunca un atisbo de eso que llaman amor; acaso, cuando le gana la melancolía, llega a presentir, muy adentro, un eco de cariño tibio envuelto en la evocación de la desnuda sensualidad destilada por unos cuerpos tan desproporcionados como ardientes. Ahí, en el recuerdo, en el esfuerzo por describir el sentimiento que le unía a aquella mujer, sintió que la felicidad –o el pálpito– huía cobarde entre las sombras incipientes que rellenaban con premura el espacio anónimo de aquella habitación de hotel.

–Acércate, mira qué lindo, ya apenas queda tiempo.

–Ya lo vi la otra vez. Eres una romántica incorregible.

–Llámalo como quieras, pero si estás vivo no sé cómo puedes permanecer insensible a este espectáculo.

–Tú lo has dicho: si estoy vivo…

–Ven, tonto, que ya se esconde, es como un incendio en el que se abrasan el cielo y el mar… ¿Sabes qué te digo?, en esta ocasión no sé si quería venir por ti o por la puesta de sol. Desde la vez anterior no me he quitado este instante de la cabeza; siempre, en cada ciudad o pueblo sin mar, me consolaba en la esperanza de este momento, de este palacio, una habitación con vistas al crepúsculo. Anda, no seas gandul y levántate.

–Pero si lo puedo ver desde aquí; en el cristal entreabierto de la ventana se refleja ese incendio que dices.

–No, no es lo mismo; no puedes respirar, no puedes ver la playa, las montañas que confunden sus perfiles en el anuncio de una noche que amenaza con engullirlo todo; y la gente, no puedes ver a los últimos bañistas cómo tiemblan antes de entrar, indecisos pero seguros…

–¿Cómo pueden estar indecisos y seguros a la vez?… ¡Bah!, tú y tus libros.

–Claro, si vinieras… Indecisos por el frío que los detiene unos segundos, pero seguros del calor que recibirán apenas comiencen a nadar, y luego el placer… Me gustaría bañarme como ellos, pero de noche, ¿te atreves?

–Calla, loca, ya es hora de que regresemos; sal tú primero.

–¡Estoy harta, siempre a escondidas! Pero si en esta ciudad no nos conoce nadie.

–Ya lo hemos discutido otras veces; mañana, después de la función, mucha gente nos reconocerá. Dirán: eh, ¿no son esos la enana y el gigante que ayer salían juntos del hotel, que paseaban de la mano por la avenida de la playa, que…?

–¡Calla!, tienes razón, siempre el circo, el circo que no acaba, el circo que nos envuelve y nos ahoga; ya me he puesto triste.

–No por mi culpa.

–Si hubieses venido hasta aquí, tal vez no hablaríamos ahora de eso; total, ya el sol se ha marchado…

Ella giró lentamente su cuerpo. Él adivinó entre la penumbra su rostro de facciones exageradas, como si la naturaleza, en vana tentativa de corregir su despiste, hubiera pretendido con aquellos ojos grandes, la nariz grande y la boca grande, compensar el tamaño ínfimo de brazos y piernas, para quedarse cruel e irremisiblemente alejada del canon de Lisipo. El hombre se limitó a recordarle:

–El circo sí acaba.

–Tienes razón, dentro de una semana acabará para siempre y aún no sé qué hacer ni adónde ir; no hemos hablado de eso.

–Ni quiero; anda, vete ya.

–No lo digas así, parece que me echas.

–No, tonta, pero ya es tarde; acércate… –dijo la voz desde la cama, ahora paternal y zalamera.

2013-05-19–Yo sí te obedezco, soy tu niña boba –susurró la mujer mientras avanzaba en cortos pasos, como aprendiz de geisha temerosa de enredarse en la tela que la envolvía, de la cual se desprendió nada más llegar a la cama– ¿Qué miras?, hoy estás muy raro, dices cosas raras y me tocas de una forma rara.

–Yo no sé decir esas lindezas que aprendes en los libros, sólo puedo mirarte y tocarte, como ahora.

–No; nunca me has tocado como lo estás haciendo, es como si quisieras poseerme con tus manos y tus ojos para siempre. Pero, ¿qué has visto en mí? Me lo pregunto con frecuencia; entre la gente del circo no te han faltado buenas hembras que más de una vez se te han insinuado…

–Buenas hembras con sus machos… Ya no es como antes, cuando me pegaba con cualquiera por una mujer, hace tiempo que colgué los guantes. Desde que dejé de boxear, desde que resucité después de aquel tiempo muerto, no he deseado golpear a nadie. Y para llegar hasta una de esas mujeres que dices hubiera tenido que alzar de nuevo los puños.

–No te imagino violento. Aunque parezca que con tu corpachón asustas a los chiquillos, en el fondo nadie se cree tu papel, todos ven en ti al gigante bueno.

–Ya me lo han dicho, un pelele.

–No, tonto; quiero decir que no inspiras miedo a pesar de tus gritos y rugidos en la pista. Yo tampoco hago reír como antes: una enana, vaya cosa…

–En este puto mundo ya todo es circo, los normales se ríen entre ellos con sus cámaras ocultas y sus bromas pesadas, sus concursos a cual más tonto, sus tragedias en directo.

–Oye, sigue, me gusta lo que dices aunque sea triste, nunca pronuncias tres palabras seguidas.

–Contigo sí.

–Conmigo sí… bésame.

–Pero luego te vas.

–No, sígueme hablando del puto mundo este.

–Suena gracioso en ti.

–Pu-to-mun-do, puto mundo… ¡Putomundo!… Bésame y hagamos el amor otra vez.

–Que no; sólo te beso.

–¡Abrázame!

–Tengo miedo a estrujarte –concluyó él en tono jocoso, jugando a escapar del cerco que la mujer le fabricaba con sus brazos de niña en el torso infinito.

–No, no temas, gigante mío, contigo soy fuerte y alta, ¿acaso no me sientes?

–¿De verdad que viniste sólo por la puesta de sol?

–Hagamos el amor y te lo diré. Así, déjame subir sobre ti, así, sin vernos…

–También nosotros nos ocultamos de nosotros mismos.

–No, no enciendas la luz y cállate, tú y yo no nos escondemos en las sombras, tú y yo no somos normales, nosotros vemos en la oscuridad; te siento dentro de mí y te veo dentro de mí, soy tu princesa liliputiense, soy tu bella enana… ¡A la mierda el puto mundo y su oscuridad!

Ahora la oscuridad era casi total, al menos en aquella parte de la habitación hasta donde no se arrastraban los tenues reflejos de la luz que desde hacía rato, con su artificio de neón, engañaba a aquel trozo de ciudad. También él sintió el engaño de aquella compañía y deseó por fin estar solo, solo como nunca antes había podido estar, solo para siempre. Pero debía tener paciencia para no herir a la mujer aún aferrada a su costado, derrotada y satisfecha.

–Te saliste con la tuya –dijo él para iniciar la despedida, al tiempo que intentaba incorporarse.

–La noche de los feos…

–¿Cómo?

–Hace rato que trataba de recordar el título de un cuento, una historia triste que también transcurre en una habitación y a oscuras.

–Se ha hecho tarde, muy tarde…

–Al final no soportan la mentira de sus cuerpos, unos cuerpos que parecen perfectos en medio de la noche impuesta por la cobardía. Pero logran abrirse paso entre sus miedos y se acarician sus rostros horribles, se acarician sus deformidades, desgraciados y felices a la vez. Ya sin miedo para siempre.

–Pero nosotros no somos así.

–¡Tú no eres así! –alzó la voz como si le escupiera la rabia contenida–. Apenas tienes una nariz achatada, que incluso te concede un aire de ternura bajo tus ojos conciliadores. Y tu tamaño hace gracia cuando caminas, esa gracia amable que a todos conmueve, como el monstruo de Frankenstein al lado de la niña, bruto e inocente… Pero yo; yo soy realmente fea. Fea no… ¡ridícula! Fea, ridícula y torpe; con mis pasos de muñeca andarina que nunca acaba de cruzar la calle; de muñeca vacilante que todos miran desde arriba, aplastándome con el peso de su regocijo por ser normales, como si yo les sirviera de referente para tomar conciencia de su valía, para aminorar sus absurdos complejos de piernas flacas, pechos grandes y fláccidos o barrigas prominentes. Yo voy repartiendo consuelo a mi paso… –bajó la voz hasta convertirla en
un susurro, pero sin ocultar la cólera que la carcomía– ¿Y sabes qué hago? Les miro sonriente, falsa como un maniquí, odiándolos a cada paso, odiando sus gestos, odiando sus voces, odiando hasta la indiferencia que algunos pretenden simular, odiando a sus hijos que miran con descaro porque no aciertan a comprender cómo un rostro de mujer adulta les pasa a la misma altura… Les odio en la calle y desde la pista, odio sus aplausos, esos aplausos con los que creen pagarnos… –y aplaude histriónica, con una mueca de llanto asomándole a los labios–. “El aplauso es la recompensa del artista”, ¡vaya tontería!… ¿Sabes que una vez un chiquillo me aplaudió en medio de la calle? Era Navidad y por cualquier esquina te tropezabas con “artistas” de la más diversa calaña que pretendían aprovecharse de los transeúntes y sus reblandecidos corazones. De repente tropecé y, trastabillando durante un par de metros, conseguí al fin el equilibrio. En ese instante, mientras me recomponía el vestido y ensayaba máscaras que ocultaran la vergüenza, un estúpido niño mofletudo, escapado de un Murillo, comenzó a aplaudir y a gritar “¡Bien, bien, bien!”. Su madre le hizo callar de un tirón y me pagó con una sonrisa tipo “cosas de niño, ya sabe”, mientras se esforzaba por no prorrumpir también ella en una carcajada…

La voz de la mujer dejó de ser un trémulo susurro apagándose con brusquedad por la traición de un llanto no disimulado. Cuando el hombre se decide a acariciar los cabellos sudorosos, ella se incorpora y huye de las manazas con olor a limosna; enciende la lámpara de la mesilla y se viste en silencio. Él quisiera consolarla pero sabe que aquella no es su batalla; la suya, la última de una guerra tan dura o más que la de su amiga, quiere vivirla también solo. Piensa que ellos no son personajes de un cuento happy end, que ellos sí son cobardes y que nunca se resignarán a nada, mucho menos a aceptar sus envolturas, aunque la de él no fuera especialmente fea ni la causa concreta de su quebranto. La noche de los feos. Quiere librar su última batalla y ansía el momento de hallarse solo. Ahora la empuja con su mirada. Ella se despide con la mano, con fuerzas aún para una última sonrisa reconciliadora. Él le devuelve un adiós en forma de chanza, por la que su nariz roma se encoge en irónica complicidad con un cuerpo que ya desaparece en pos de más aplausos, los que aún durante una semana le propinarán cientos de manos frenéticas, impulsadas por cuerpos proporcionados, hermosos, normales… En cambio, a él le queda ahora el sabor inaplazable de la derrota controlada, la que ha planificado al detalle, como se perpetra el derrumbe de un edificio viejo e inútil con la ayuda de explosivos ubicados con precisión milimétrica.

Durante largo rato permanece inmóvil con la mirada perdida en la pared, entre los claroscuros de los minúsculos relieves del estucado, como si la blancura que huellan las ínfimas sombras pudiera contagiarle la sensación de vacuidad necesaria para proceder de manera automática. Sin bajarse de la cama acerca la bolsa que a la llegada había colocado próxima a la mesilla de noche, toma un par de viejos guantes de boxeo cuyos jirones le proporcionan leves caricias que puede percibir a pesar de sus dedos encallecidos. Con paciencia y deleite se coloca el correspondiente a su mano izquierda, ciñendo el cordón con la ayuda de sus dientes. De nuevo, con su mano libre, extrae algo de la bolsa, un frasco que desenrosca con torpeza. Sin soltarlo, con los nudillos golpea el interruptor y la oscuridad regresa, ahora menos anónima. Mientras su nariz de chimpancé percibe el olor acre de las píldoras piensa que hasta ahora otros han tomado la iniciativa castigándole sobre el ring y fuera de él, que otros modelaron su rostro y sus entrañas, pero que, por esta vez, será él quien aseste el primer golpe; luego recibirá la andanada mortal del enemigo burlado, pero ya será demasiado tarde para que le pueda arrebatar el título, el título final, el único que vale en este puto mundo. El gong suena contundente y retador, los murmullos del público cesan en mágica sincronía. Antes de saltar al cuadrilátero escudriña en la nada que le circunda en busca de otro pensamiento que le ayude a hacer menos consciente el movimiento decisivo de su mano hacia la boca. Y de pronto se sorprende riendo a carcajadas, viendo ante sí a una enana que tropieza y lucha graciosamente por no caer en medio de una calle vestida de Navidad, mientras un niño aplaude desaforado gritando “¡Bien, bien, bien!”
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José Manuel Brito (Arucas, Gran Canaria, España, 1959). Narrador. Ha publicado los libros de cuentos Relatos del ocaso desnudo (1997), Fábulas inversas (1998), La niña del malabarista (2008) y Trayectos (2008), y la novela El huésped de su sombra (1999). Ha obtenido, entre otros, el Premio de Cuentos Ateneo de La Laguna. El cuento “Última ovación” fue incluido en la antología Relato Español Actual, publicada por la Universidad Nacional Autónoma de México y el Fondo de Cultura Económica-España (México 2002 y Madrid 2003).

CUENTECITO

Judío: ¿Dios? 
Dios: ¡Sí!
Judío: ¿Puedo preguntarte algo? 
Dios: ¡Claro, hijo mio!
Judío: ¿Qué es un millón de años para Ti?
Dios: Un segundo.
Judío: ¿Y un millón de dólares?
Dios: Un centavo.
Judío: Dios, ¿Tú puedes darme un centavo?
Dios: Espera un segundo…

CUENTECITO CUBANO

Arriba un barco a Montevideo procedente de Cuba y todos los perros del puerto se acercan a ver al perro cubano que llega.
–¡Mirá! –dice uno de los perros uruguayos al perro cubano–, ¿es verdad que ustedes no tienen pulgas?
–¡Sí!, es que en Cuba el gobierno tiene una campaña de salud buenísima y los perros allí no tenemos pulgas.
–¿Y vos sabés leer?
–¡Claro, chico, en Cuba a todos los perros desde cachorritos nos enseñan a leer!
–¿Y comen bien?
–Bueno, no siempre hay huesos, pero nunca paso hambre.
–Y si estabas tan bien en Cuba, ¿por qué te fuiste?
–Es que me entraron ganas de ladrar…

CUENTECITO ITALIANO

–Bendígame, padre, porque he pecado. He estado con una chica ligerona.
El cura preguntó:
–¿Eres tú, pequeño Luca Pagano?
–Si, padre, soy yo.
–¿Y quién es la chica con la que estuviste?
–No le puedo decir, padre, no quiero arruinar su reputación.
–Bien, Luca, estoy seguro de averiguar su nombre tarde o temprano, por lo que deberías decírmelo ahora. ¿Fue Tina Minetti?
–No puedo decirlo.
–¿Fue Teresa Mazzarelli?
–Nunca lo diré.
–¿Fue Nina Capelli?
–Lo siento, pero no puedo nombrarla.
–¿Fue Cathy Piriano?
–Mis labios están sellados.
–Entonces, ¿fue Rosa Di Ángelo?
–Por favor, padre, no le puedo decir.
El cura suspira frustrado y le dice:
–Eres muy discreto, Luca Pagano, y te respeto por eso, pero has pecado y debes cumplir una penitencia. No podrás ser monaguillo durante los próximos cuatro meses. Ahora vete y compórtate.
Luca regresa a su puesto y su amigo Franco se le acerca y le susurra:
–¿Qué conseguiste?
–¡Cuatro meses de vacaciones y la lista de las putas de la parroquia!

CUENTECITO

Agotado y desesperado por la sed, un árabe se arrastraba por el Sáhara, cuando divisó un movimiento en la distancia. Esperanzado en hallar agua, se fue acercando hasta la imagen. Era un viejo judío sentado frente a un caballete lleno de corbatas.
–Estoy desfalleciendo de sed. ¿Podría darme un sorbo de agua? –imploró el árabe.
El judío le respondió:
–La verdad es que no tengo agua, pero… ¿por qué no me compra una corbata? Acá tengo una que va perfecta con su túnica…
–¡No quiero una corbata! –aulló el árabe. –¡Agua, coño, quiero agua!
–Bueno, no me compre una corbata si no quiere, pero, para que vea que soy una buena persona, le diré que pasando esa colina, a unos 6 kilómetros, hay un pequeño oasis con un buen restaurante. Camine en ese sentido, ¡ellos tienen todo el agua que quiera!
El árabe lo agradeció y desapareció rápidamente tras la colina.
A las cuatro horas, el árabe regresó a donde estaba el viejo judío, que seguía sentado frente a su caballete de corbatas.
El viejo judío le dice al árabe:
–¿No encontró el restaurante?, ¿se perdió?
–Lo encontré perfectamente, ¡pero el cabrón de tu hermano dice que no se puede entrar sin corbata!

¿RESPETO?

¿Alguien que resida en Cuba y no sea ni ciego ni sordo ni tonto puede creer que Raúl Castro respeta a las Damas de Blanco? Carles Pérez-Desoy Fages, Consejero de la embajada española en Cuba, publicó en el periódico El País, el pasado día 15, un artículo titulado “Laura Pollán, la profesora a la que no interesaba la política”, en el cual dice tranquilamente que “Después de la muerte de Orlando Zapata, el propio Raúl Castro expresó su respeto por las Damas de Blanco”. El diplomático Pérez-Desoy, fiel al comportamiento del gobierno de Zapatero en sus relaciones con la dictadura cubana, se hace el sordo, el ciego y el tonto.

Este vídeo, filmado en 2010, recoge escenas de una de las incontables agresiones violentas sufridas por las Damas de Blanco bajo la dictadura de Raúl Castro, agresiones a las que no hace ni la más mínima referencia el señor Pérez-Desoy en su artículo. En el vídeo, acosada por la turba gobiernista y la policía, aparece la recién fallecida Laura Pollán, portavoz de las Damas. La agresión más reciente se produjo hace pocos días.

CUENTECITO CUBANO

Había una vez un elefante, una jirafa y una gallina que fueron a hablar con Dios.
Pasa el elefante y le dice: “Por favor, Dios mío, achícame la trompa, pues soy la burla de la selva por tener una nariz tan grandota.”
Dios le contesta: “Hijo mío, ¿no te das cuenta de que con tu trompa puedes tomar toda el agua que quieras sin agachar la cabeza, además te puedes bañar tú solo?”
El elefante se arrepiente y le pide disculpas.
Le toca el turno a la jirafa y le dice: “Dios, por favor, achícame el cuello, pues todos los animales de la selva se burlan de mí por tenerlo tan largo.”
Dios le contesta: “Hija mía, con ese cuello tan largo y hermoso alcanzas los frutos más altos y frescos de los árboles, obteniendo una alimentación privilegiada.”
La jirafa comprende y también pide disculpas.
Entonces entra la gallina, que por cierto era cubana, y le dice a Dios: “A mí no me vengas con cuentecitos. ¡O me achicas los huevos o me agrandas el culo! ¿Okey?”