Cuentos del Sol, buen regalo de Navidad para los más pequeños

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Hace unos días se presentó, en la Salón de Grados de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, la bella edición (parte de ella en español e inglés y otra parte en español y francés) de unos cuentos para niños de los escritores canarios Sandra Franco Álvarez y Daniel Martín Castellano. El libro se titula WI, palabra con la cual los indios Sioux nombran el Sol, que es el protagonista de estos simpáticos e ilustrativos relatos. El libro, con graciosos dibujos en colores de la ilustradora María Arencibia Pérez, ha sido premiado por la Fundación Mapfre Guanarteme y editado por el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Las Palmas en la Colección Cuentos Solidarios. Las traducciones al inglés y francés se deben, respectivamente, a las profesoras Margarita Esther Sánchez Cuervo y Patricia Pérez López. Los beneficios que produzca la venta de este libro serán donados, por decisión de los autores, a Cáritas Diocesana de Canarias.

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Alberti distraído

Un día como hoy, hace 114 años, nació el poeta Rafael Alberti en el Puerto de Santa María, España.

 Manuel Díaz Martínez

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 Alberti y yo en Cádiz. 1990.

Fue Fernando Quiñones quien me llevó, una noche de 1987, al piso madrileño de Alberti y me presentó al poeta. Cuando llegamos, Alberti pintaba sentado ante una mesa cubierta de pliegos, tarros de plaka, plumones y pinceles. El viejo no dejó de pintar durante el tiempo que duró la visita: atendía a la conversación mientras elegía colores, mojaba pinceles y hacía trazos lentos y muy calculados sobre una cartulina. A un reclamo suyo, alguien de la casa trajo vasos y una botella de vino. Fernando animaba la tertulia con sus ocurrencias y, en un momento de distracción, Alberti estuvo a punto de beberse –el primer sorbo se lo echó a la boca– el agua negra de enjuagar los pinceles, habiendo confundido el vaso en que ésta estaba con el del vino que acababan de servirle.

Mi relación con Alberti fue superficial y esporádica. En febrero de 1990 coincidimos en Turín, en un congreso internacional de homenaje a Antonio Machado. Allí, acompañado siempre por el poeta granadino Luis García Montero, tuvo la gentileza de decirme que le había gustado mi ponencia. Meses después, a finales de aquel año, volvimos a estar juntos en otro congreso, éste celebrado en Cádiz y dedicado a la Generación del 27. A este congreso, además de Alberti, asistieron otras tres reliquias del 27: Rosa Chacel, Francisco Ayala y Pepín Bello. Me parece estar viendo a Alberti, con ancha camisa floreada y gorra de capitán de yate, sentado a una mesa del comedor del gaditano hotel Atlántico con el mitológico y simpático Pepín Bello, el más cercano cómplice de Lorca y Dalí en la Residencia de Estudiantes. También lo recuerdo, una noche, avanzando por un pasillo del hotel, enfundado en espléndido terno azul y luciendo una airosa corbata carmesí. “Don Rafael, qué elegante se ha puesto”, le dije, y me respondió muy serio, haciendo un mohín de resignación: “Me han obligado a vestirme así para ir al teatro”.

Alberti llegó a La Habana en febrero de 1991 para recibir, de manos de Fidel Castro, la Orden José Martí. No obstante las declaraciones favorables a la perestroika que en 1990 hice en Italia a las agencias noticiosas Reuter y France Press y por las cuales, en mi ausencia, mi mujer recibió en nuestra casa de La Habana la visita de un quejoso funcionario del comité central del partido, fui invitado por la UNEAC a recibir a Rafael Alberti en el aeropuerto.

El gobierno cubano lo alojó en una casa de protocolo, un coqueto chalet ajardinado en el que había lo que faltaba en la calle, empezando por neveras bien surtidas. Lo llevaron allí –en coche con chofer-policía– para que lo pasara bien en Cuba, aislado de la tenebrosa realidad del país, de la que, al parecer, no se enteró nunca.

El cóctel oficial por la entrega de la Orden se celebró en un salón de protocolo en el faraónico edificio (construido por Batista para los tribunales) que ocupa el comité central del partido. Para ese cóctel recibí una invitación –letras doradas impresas a relieve en cartulina apergaminada– de Fidel Castro.

Si memorable es la pantagruélica epopeya de las comidas y bebidas de Cuba que, en mesa sueca, el Comandante ofreció a sus invitados mientras en la oscura noche de la isla el hambre, como una loca, tocaba a todas las puertas, más memorable aún me parece el entusiasmo épico-fúnebre en que súbitamente ardió el poeta Roberto Fernández Retamar. Momentos antes de pasar al salón comedor, cuando, moviendo grácilmente sus finas manos el Máximo Líder se derramaba en eutrapelias ante Alberti y su mujer, se oyó de pronto la engolada voz de Retamar: “Mira, Fidel, aquí hay dos escritores jóvenes muy valiosos que acaban de ganar premios importantes en el extranjero y que al igual que nosotros están dispuestos a morir en una trinchera por la revolución”. Castro, que miró atónito a Retamar sin dar señal alguna de estar interesado en conocer a esos escritores jóvenes a que se refería el poeta, se volvió hacia los allí reunidos y, alzando los brazos por encima de la cabeza, exclamó con remarcado tono sarcástico: “¡Pero oigan a Retamar, ahora resulta que Retamar está apocalíptico!” “Es verdad, Fidel, ellos están dispuestos a morir como nosotros”, insistió, anafórico, el poeta. Y Fidel, sin bajar los brazos y paseando su mirada burlona sobre todos, volvió a exclamar: “¡Pero quién le ha dicho a Retamar que nos queremos morir! ¡Está apocalíptico!” La novelista Mary Cruz, que estaba a mi lado, me susurró, incrédula: “Díaz Martínez, ¿usted está viendo y oyendo lo mismo que yo?”

Meses después, en México, don Rafael afirmó en una entrevista que él detestaba la muerte y que le gustaría que la gente se muriese hablando. Al leer estas palabras, pensé, hundido en la desolación: en Cuba, sólo una persona morirá como le gusta a Alberti y las demás moriremos oyendo.

En lo que a la Cuba actual se refiere, Alberti murió sordo y ciego, aunque no mudo. No quiso renunciar a la ilusión de que en la bulliciosa patria de su amigo y correligionario Nicolás Guillén se estaban haciendo realidad sus sueños de eterno militante comunista. Dominado por esa fantasía, don Rafael sí que se bebió, creyendo que era vino, el agua negra de los pinceles.

(2007)

Presentación de “Cantos y Cuentos” en Gran Canaria

cantos-y-cuentos-portadaCANTOS Y CUENTOS, mi último libro, será presentado el martes 27 del presente mes, a las 20:00h, en la librería Canaima (C/ Senador Castillo Olivares, 7, Las Palmas de Gran Canaria). La presentación estará a cargo de la escritora y periodista Belkys Rodríguez Blanco. En CANTOS Y CUENTOS, publicado en la Serie Biblioteca Cubana, de la Editorial Verbum, reúno poemas y relatos escritos a lo largo de varios años, algunos inéditos y otros aparecidos en revistas y antologías colectivas.

Los vericuetos del arte confiscado en Cuba

julio-lobo-casa-y-cuadroFidel Castro y los suyos se dieron prisa con las expropiaciones (Alejandro Ernesto / EFE)

La muerte de Fidel Castro alienta las expectativas de restitución de obras de arte expropiadas en la revolución

 Fernando García
(LA VANGUARDIA, Barcelona, 6/12/2016) A quién pertenecen estas obras de arte? ¿Quiénes son los legítimos propietarios de la treintena de Sorolla exhibidos en el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, cuatro de ellos prestados ahora mismo a una exposición en la casa museo del pintor en Madrid? ¿Y las alrededor de 30.000 piezas de esa misma pinacoteca habanera procedentes de confiscaciones de los primeros años sesenta, a quién pertenecen? ¿Y qué decir del Museo Napoleónico de Lcon sus 7.400 objetos entre obras de arte, muebles, libros, armas, documentos y prendas del emperador francés y de personalidades de su entorno? La respuesta no es fácil en ningún caso.
Fidel Castro y los suyos se dieron prisa con las expropiaciones. Ya el 3 de enero de 1959, dos días después del triunfo de la revolución, los insurgentes crearon un primer Gobierno Revolucionario que incluía un Ministerio de Recuperación de Bienes Malversados. Su titular era Faustino Pérez, uno de los expedicionarios del yate Granma y primeros combatientes en la S ierra Maestra. Él y su equipo se pusieron manos a la obra de inmediato en una vasta operación de nacionalizaciones que en los años siguientes se articuló de manera más organizada a partir de una batería de leyes; entre ellas la n.º 989 de 1961, que estableció la confiscación de las “propiedades abandonadas” por quienes habían dejado el país de manera más o menos forzosa para irse al exilio. Esa norma, derogada en el 2012, fue la que amparó el mayor número de enajenaciones, desde las emprendidas contra los empresarios más ricos y cercanos al dictador Fulgencio Batista hasta otras muchas contra decenas de propietarios de clase media alta. Hubo de todo.
El 11 de octubre de 1960, Ernesto Che Guevara citó en su oficina del Banco Central de Cuba al magnate Julio Lobo, quien hasta quedar desposeído de su fortuna había sido el hombre más rico y con la colección de arte más importante de la isla. Para su sorpresa, en aquella reunión el Che le ofreció dirigir la industria azucarera del país, antes suya en gran parte y ahora del país. “Usted es comunista y yo soy un capitalista de toda la vida. No puede ser”, rechazó Lobo. Al día siguiente, al ir a su despacho para recoger todo lo que pudiera antes de abandonar Cuba, el soldado que estaba apostado a la puerta le dijo: “Ahora le tenemos donde queríamos. ¡Está usted en pelotas! Y él replicó: “Nací en pelotas, moriré en pelotas y algunos de los mejores momentos de mi vida los pasé en pelotas”.
Entre los objetos de la colección que el empresario había dejado tras de sí después de largos años de pasión algo más que fetichista, pues era hombre culto, había porcelanas de Sèvres, pinturas de Regnault, bronces de Thomire y un par de pistolas de Napoleón. Todo lo cual el régimen reubicó en el antiguo palacio de estilo renacentista del militar y diplomático del Gobierno de Machado, Orester Ferrara.
Parecido destino corrieron los patrimonios de los hermanos José y Alfonso Fanjul, emperadores asimismo del azúcar, y de la familia política del segundo, los Gómez-Mena. En las paredes de sus mansiones quedaron, al salir ellos de Cuba, cuadros de G oya, Murillo, Caravaggio, Boucher, Lebrun y numerosos Sorolla. Detrás de una pared falsa de la imponente casa de María Lui sa Gómez-Mena Vila, condesa de Revilla de Camargo y tía de la esposa de Fonsy , sus nuevos guardianes hallaron valiosas joyas y piezas de platería. Los hombres de Castro plantearon ése y otros hallazgos similares como el desmantelamiento de un complot en el que al pecado de acumular riqueza se añadía la vileza de ocultarlo tras la huida. “En cajas de zapatos con decenas de miles de pesos, en vasijas enterradas llenas de joyas preciosas, en paredes tapiadas o closets encubiertos, los malversadores que dejaron el país pretendieron esconder lo que habían robado al pueblo. Lo ocultaron con la esperanza de regresar algún día a Cuba y rescatar esa riqueza. Hubo también obras de arte que pasaron al patrimonio nacional y ahora forman parte de las colecciones que se exhiben en los museos para disfrute y cultura del pueblo”, reza todavía hoy la información oficial al respecto.
Algo conservaron las Gómez-Mena al dejar la isla. Incluido el pánico a perderlo todo. El diseñador francés Herbert de Givenchy lo recordaría muchos años después, entre divertido y malicioso, en entrevista con Vanity Fair: “La condesa (probablemente sobrina de la citada y heredera de su título) siempre venía al atelier con dos mucamas que traían bolsas de plástico llenas de algo pesadísimo. Nos preguntábamos qué demonios llevarían ahí. Y un día nos enteramos de que eran kilos y kilos de zafiros, rubíes, esmeraldas y diamantes. ¡La señora iba con sus joyas a todas partes porque tenía miedo de que se las robaran!”.
La casa de la condesa de Revilla, tras cuyos muros se hallaron aun en 2003 cinco cuadros del siglo XVIII francés, fue convertida en Museo de Artes Decorativas. En él puede verse hoy, también, una parte del legado de Óscar B. Cintas, otro magnate del azúcar además de exembajador de Cuba en las Naciones Unidas, quien había fallecido en 1957 dejando encargada la administración de sus posesiones al Chase Manhattan Bank, con la orden de crear una fundación para becar artistas cubanos. Goya, Velázquez, Murillo, Rembrandt, el Greco y Sorolla son algunos pintores de los que Cintas poseyó una o más obras. Parte de ellas pasaron al Bellas Artes de La Habana y parte se quedaron en Nueva York, donde él pasaba tanto tiempo como en la capital cubana.
Dos Sorolla del legado Cintas dieron lugar a uno de los más sonados litigios entre antiguos propietarios de obras confiscadas por la revolución, o sus representantes –en este caso la Fundación Cintas–, y coleccionistas o subastadoras que, como Sotheby’s en este episodio, participaron en compraventas de pinturas expropiadas en la isla. La misma casa de subastas intervino en la colocación del cuadro Puerto de Málaga, de Sorolla, que había pertenecido a los Fanjul y el Bellas Artes vendió dentro de un lote de cuatro pinturas del valenciano. Tales operaciones, desarrolladas en los años 80 y 90, dieron lugar a ríos de tinta y alguna sorpresa judicial. Pues tanto la Fundación Cintas como los Fanjul encajaron derrotas en tribunales que denegaron sus reclamaciones frente a Sotheby’s. Los demandantes apelarían a la polémica ley Helms Burton, que castiga el comercio con bienes nacionalizados por el Gobierno castrista. Pero se cree que al mismo tiempo iniciaron conversaciones que mantuvieron bajo el mayor de los sigilos.
Porque la vida da vueltas y los negocios son los negocios. Así, hoy, Alfonso Fanjul, gigante del azúcar en Estados Unidos con gran influencia política y amigo del rey Juan Carlos, alienta el proceso de diálogo iniciado por Barack Obama y Raúl Castro y no descarta invertir en la isla.
Los anticastristras más acérrimos incluyen la nacionalización de la colección Lobo como parte del “expolio” o el “saqueo” cubano, pero una de sus hijas, María Luisa, ha mantenido un cordial diálogo con La Habana, y tanto el embajador de Francia como la viuda del último príncipe Napoleón, Alix Foresta, asistieron en 2011 a la reinauguración del museo dedicado al emperador. Todos amigos.
En otros casos menos célebres pero numerosos, la dispersión de piezas vendidas o robadas y luego a menudo subastadas complica no sólo su recuperación sino, para empezar, su localización y acreditación de su propiedad. El cambio de manos empezó a menudo cuando los empleados o familiares que los exiliados había dejado a cargo de sus pertenencias se vieron empujados, muchas veces por necesidad, a ofrecerlas al mejor postor.
Pleitos y procedimientos de demanda hay abiertos no obstante. Y cada vez más desde que en diciembre de 2014 Obama y Castro sellaron el deshielo. No tanto en el ámbito de los bienes culturales como en el de los bienes raíces. Tal como sostiene Isabel Cabarrocas, de la Compañía de Recuperaciones Patrimoniales 1898, radicada en Barcelona y que representa a 250 familias con reclamaciones por casi 1.800 millones de euros, el camino idóneo para la restitución o la obtención de compensaciones es la negociación.
Pero los pactos o resoluciones que puedan resarcir a los afectados tardarán todavía años. Llegarán, si llegan, al ritmo de Cuba.