Retrato de mi asesino

Bernardo Marín

Se publica una biografía de Stalin en gran parte inédita que Trotski escribía cuando fue asesinado

(EL PAÍS, España, 28/10/2017) “Stalin se divertía en su casa de campo degollando ovejas o vertiendo queroseno en los hormigueros y prendiéndoles fuego. Kámenev me dijo que, en sus visitas de ocio sabatinas a Zubalovka, Stalin caminaba por el bosque y continuamente se divertía disparando a los animales salvajes y asustando a la población local. Tales historias sobre él, procedentes de observadores independientes, son numerosas. Y, sin embargo, no faltan personas con este tipo de tendencias sádicas en el mundo. Fueron necesarias condiciones históricas especiales antes de que estos instintos oscuros encontraran una expresión tan monstruosa”.

Estas palabras forman parte de una biografía singular. Por la relevancia de sus protagonistas, dos de las figuras prominentes de la Revolución Rusa, enfrentadas por una de las rivalidades más encarnizadas del siglo XX. Y porque el perfil quedó inconcluso después de que el retratado ordenara la muerte de su biógrafo. Stalin, la obra que León Trotski escribía cuando fue asesinado por Ramón Mercader en México en agosto de 1940, ha permanecido dormida durante más de siete décadas. Y después de muchas peripecias, mutilaciones y añadidos, vuelve a ver la luz en un volumen de casi mil páginas, en gran parte inédito, coincidiendo con el centenario de la llegada al poder de los bolcheviques.

La historia de este libro merecería la publicación de otro que la contara. Trotski, exiliado en México tras serle denegado el asilo en varios países, se sabía sentenciado por el líder de la Unión Soviética Josif Stalin. Pero no tenía particular interés en escribir la vida de su antiguo camarada. “No fue una venganza. Escribir esta biografía no entraba en los planes del abuelo. Estaba centrado en acabar otra sobre Lenin”, explica Esteban Volkov, nieto del revolucionario, en conversación telefónica desde Ciudad de México, donde reside. “Pero necesitaba dinero y la editorial Harper & Brothers de Nueva York le hizo una oferta generosa”.

Volkov, a punto de cumplir 92 años, ha sido durante décadas el guardián de la memoria de su abuelo. También es director de la Casa Museo León Trotski, entre cuyos muros fue asesinado el revolucionario en agosto de 1940 por un golpe de piolet del agente estalinista Ramón Mercader. El mismo escenario donde se presentará la versión en español del libro, publicada por la editorial mexicana Fontamara, el día 11, coincidiendo con el aniversario de una Revolución de Octubre que por diferencias entre los calendarios gregoriano y juliano, sucedió en noviembre para el resto del mundo. La obra se publicó hace un año en inglés en una editorial marxista de Londres y fue traducida después al italiano y al portugués, pero la noticia no tuvo repercusión en los grandes medios.

Harper & Brothers publicó una versión incompleta del libro en inglés en 1946. Antes no era posible, porque EE UU y la Unión Soviética eran aliados contra Alemania. Pero la viuda de Trotski, Natalia Sedova, pleiteó en los tribunales sin éxito para que fuera retirada. Sus objeciones se dirigían, sobre todo, contra el editor y traductor de la obra. “Hizo una deficiente edición del libro, con mutilaciones y múltiples añadidos de su cosecha muy alejados del pensamiento político del abuelo”, explica Volkov. El propio Trotski nunca tuvo demasiada confianza en su traductor, y había montado en cólera cuando supo que había enseñado algunos originales a terceras personas. “Parece tener al menos tres cualidades: que no sabe ruso, que no sabe inglés y que es tremendamente pretencioso”, escribió en una carta al periodista estadounidense Joseph Hansen.

SANGRE SOBRE PAPEL

Jorge F. Hernández

La biografía más trascendental de Joseph Vissarionovich, tristemente celebrado aún por algunos por su apodo: Stalin, es un retrato minucioso del diabólico dictador ruso en 890 páginas, escrito nada menos que por León Davidovich Bronstein, que conocemos como Trotski. Parece increíble que al publicarse en inglés hace un año no haya provocado titulares a ocho columnas o revuelo en las redes ni reseñas diversas. Vivimos en amnesias funcionales que creen saciarse con 140 caracteres donde al menos dos generaciones sólo saben algo de León Trotski por las películas, postales, cafeteras y demás productos que circulan desde que Frida Kahlo se convirtió en marca registrada.

La inmensa biografía firmada por uno de los principales líderes de la Revolución Rusa desmenuza quirúrgicamente la demencia increíble de un sanguinario traidor de esa misma Revolución: un animal que parecería indescriptible de no contarse con miles de documentos, fotografías (incluso las alteradas “por el bien de la Historia”), testimonios, sobrevivientes de las purgas, náufragos del Gulag, proscritos redimidos y seguidores arrepentidos que incluso desde el primer triunfo bolchevique dejaron constancia de su reguero de desgracias y compendio constante de crímenes. Entre los párrafos que pergeñaba Trotski durante su exilio incansable en su frágil fortaleza de Coyoacán, estaban sobre la mesa los papeles que serían su lápida, cuya redacción se interrumpió en cuanto Ramón Mercader clavó su piolet de montañista en su cráneo.

Trotski forcejeó con el enviado, sabiendo que su verdugo se hallaba sonriente en el Kremlin y quizá durante su agonía pensó que al menos gran parte de la escrupulosa biografía del verdugo de él y de casi toda su familia, de millones de seres humanos y de no pocas ilusiones utópicas estaba prácticamente terminada. Había aceptado escribirla por el jugoso pago que prometió una editorial americana, cuyo traductor tuvo a bien mal-traducir, editar e incluso, enmendar y añadirle párrafos de su propia cosecha. Eso ya quedó corregido y contamos ahora con la publicación de un retrato del Diablo hecho en prosa sobre papeles… manchados de sangre.

Pero una parte de la obra no llegó nunca a manos de la editorial. Cuando se supo sentenciado, Trotski envió a la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, muchos de sus documentos para su custodia. “Los archivos salen esta mañana en tren”, había escrito el revolucionario el 17 de julio de 1940, un mes y tres días antes de su asesinato. Y allí se acumularon 20.000 documentos que ocupaban 172 cajas de artículos, fotografías y papeles manuscritos, mecanografiados, traducidos y sin traducir, con gran cantidad de correcciones que demostraban lo extraordinariamente meticuloso que era con su trabajo.

Capítulos enteros del libro sobre Stalin permanecieron así dormidos hasta que en 2003 el historiador galés Alan Woods comenzó a indagar en la montaña de documentos para rescatar la versión más amplia e íntegra posible del libro. Y después de más de diez años de trabajo el resultado fue una obra un tercio más extensa que el libro publicado en los años 40, sin los añadidos del primer traductor y, ahora sí, con las bendiciones de la familia de Trotski.

Woods coincide con Volkov en que Trotski no quería escribir este libro. “Pero una vez que se puso a ello, lo hizo concienzudamente, con mucha documentación y detalles incluso del periodo más desconocido de la vida de Stalin, su infancia. Para cualquier lector es un estudio psicológico fascinante”, explica desde Londres, donde reside. El historiador es un activo miembro de la Corriente Marxista Internacional. Participó en la lucha contra el Franquismo en España y fue firme defensor de la revolución bolivariana y amigo personal de Hugo Chávez, aunque en los últimos tiempos se ha distanciado de la deriva del Gobierno venezolano.

Los dirigentes del Partido Bolchevique eran en general gente muy capacitada, y entre ellos brillaba Trotski, que dominaba cinco idiomas y escribía varios libros a la vez. Stalin aparece en cambio retratado por su gran rival político como un hombre de horizontes limitados. Ese perfil mediocre coincide con el que hicieron otros observadores, como el periodista estadounidense John Reed, que en su crónica Diez días que estremecieron al mundo menciona a El hombre de acero solo dos veces y a Trotski nada menos que 67.

Pero, por lo que se cuenta en el libro que ahora se presenta, las cualidades de Stalin eran otras:  la astucia y el arte de la manipulación. “La técnica de Stalin consistía en avanzar gradualmente paso a paso hacia la posición de dictador, mientras que representaba el papel de un defensor modesto del Comité Central y de la dirección colectiva. Utilizó a fondo el período de enfermedad de Lenin para colocar a individuos que le eran devotos. Se aprovechó de cada situación, de cada circunstancia política, de cualquier combinación de personas para promover su propio avance que le ayudara en su lucha por el poder y lograr su deseo de dominar a los demás. Si no podía elevarse a su altura intelectual, podía provocar un conflicto entre dos competidores más fuertes. Elevó el arte de manipular los antagonismos personales o de grupo a nuevas alturas. En este campo desarrolló un instinto casi infalible”.

Sin embargo, Woods no atribuye la llegada al poder de Stalin a su carácter. “Era un niño maltratado por su padre, rencoroso y con tendencias sádicas. Pero no todos los maltratados se vuelven monstruos. Como no todos los artistas fracasados se vuelven Hitler”. Y propone un argumento marxista para explicar su ascenso. “En todas las revoluciones hay un periodo que necesita héroes, gigantes. Cuando llega a un periodo de declive, necesitan mediocres. La degeneración burocrática hubiera tenido lugar sin o con Stalin, porque Rusia era un país aislado y atrasado. Pero en este caso la burocracia se encarnó en un personaje sanguinario”.

¿Pudo acelerar el libro el asesinato? Stalin estaba muy bien informado de lo que hacía su rival. Cada mañana tenía los últimos artículos de Trotski sobre su mesa. Y Volkov recuerda cómo Robert Sheldon Harte, guardaespaldas de su abuelo a quien se atribuye la traición que facilitó un primer atentado contra él en mayo de 1940, le preguntaba siempre por la marcha de la obra. “Como cualquier criminal tenía que eliminar los testigos”, coincide Woods.

ESTEBAN VOLKOV: “UNO DE LOS GRANDES CRÍMENES DE STALIN FUE MUTILAR LA MEMORIA”

Esteban Volkov (Yalta, entonces Unión Soviética,1926), nieto de León Trotski y heredero de su legado, prepara estos días los actos para conmemorar el centenario de la Revolución Rusa en Ciudad de México, donde preside la Casa Museo en la que fue asesinado su abuelo. Allí llegó en 1939 para acompañarle en su exilio siendo apenas un adolescente, después de que su padre desapareciera en el Gulag y de que su madre muriera acosada por los sicarios de Stalin. Fue herido en un pie en el atentado que el pintor David Alfaro Siqueiros organizó para acabar con la vida del revolucionario en mayo de 1940 y pocos meses después fue testigo de la agonía de su abuelo tras ser atacado por Ramón Mercader. Pese a los terribles acontecimientos que ha presenciado, mantiene un espíritu sereno y un humor envidiable y a sus 91 años dice que espera vivir muchos más “para compensar todos los años que Stalin arrebató a sus familiares”.

Ha dedicado gran parte de su vida y de sus energías a defender la memoria de su abuelo. ¿Qué le ha movido a hacerlo?

Fui testigo de su asesinato y de la campaña de calumnias y difamaciones contra él de la prensa estalinista. Mentiras que muchos se encargaban de repetir una y mil veces para tratar de convertirlas en verdades. Uno de los más grandes crímenes de Stalin ha sido mutilar la memoria histórica. Si es un delito darle un mapa falso a un explorador que va a entrar en el Amazonas, dar falsos planos a la humanidad es un crimen aún más grave, dejar con una venda en los ojos al género humano entre profundos abismos es uno de los peores crímenes que se puede cometer.

¿Qué valor tiene la publicación de su biografía de Stalin tantos años después?

No era el libro que mi abuelo quería escribir, y lo hizo acuciado por las estrecheces económicas. Pero es muy interesante, porque fue escrito en la época de mayor madurez política de Trotski y cuenta el entorno en que un personaje de las características de Stalin, que rebasa la escala ética de cualquiera, puede llegar al poder. No hay duda de que fue un individuo sui generis, de una crueldad como pocas veces se ha visto en la historia. Personajes como Nerón o Atila se quedan chiquitos a su lado. Y por ello posiblemente aceleró la sentencia de muerte que había lanzado contra mi abuelo cuando supo que se estaba escribiendo su biografía.

¿Qué queda del pensamiento de Trotski cien años después de la Revolución Rusa?

Mi abuelo dejó un arsenal de ideas políticas para cambiar la sociedad. Para construir un mundo que vele por el ser humano y no por la codicia. Estudió a fondo el proceso estalinista y la contrarrevolución. Y predijo con 70 años de antelación la caída del totalitarismo burocrático en la Unión Soviética.

Anuncios

La izquierda y el derecho de autodeterminación

Hoy, en ausencia de colonialismo y dentro de un país de la Unión Europea, el derecho a la autodeterminación es una reivindicación reaccionaria, incluso involucionista, impropia de partidos o sindicatos progresistas

Nicolás Santorius 

“El nacionalismo de los de arriba sirve a los de arriba. El nacionalismo de los de abajo sirve también a los de arriba. El nacionalismo cuando los pobres lo llevan dentro, no mejora, es un absurdo total”. Bertold Brecht

(EL PAÍS, 24/10/2017) Desde el principio se sabía que el famoso “derecho a decidir” era un hábil eufemismo con el fin de enmascarar el inexistente, en condiciones de países democráticos, derecho de autodeterminación de “los pueblos”. Este derecho tiene una larga historia que merece algunas reflexiones.
Es conocido que la socialdemocracia internacional reconoció este derecho ya en 1896, en un Congreso celebrado en Londres, en el sentido de que se trataba de un derecho político a la independencia o secesión de la nación o imperio opresores. Este criterio lo adoptaron casi todos los partidos pertenecientes a la 2ª Internacional, incluyendo el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, del que emanaría el partido bolchevique de Lenin. Con el triunfo de la revolución de 1917 —de la que se conmemoran los 100 años—, la libre autodeterminación y la posibilidad de formar un Estado separado se recogió en la declaración de Derechos de los Pueblos de Rusia y, después, en la Constitución de 1924. No obstante, esta posición no fue nada pacífica en los debates de la época. Mientras Lenin, Trotsky, Kautsky y otros defendieron con ardor la consigna autodeterminista, otros como Rosa Luxemburgo, Bujarin y los llamados bolcheviques de izquierda se opusieron con igual empeño. Los primeros, argumentaban que el nacionalismo era una fuerza revolucionaria en la época de las colonias y de los imperios, “cárceles de pueblos”, mientras que los segundos sostenían que en la era de los imperialismos modernos era una antigualla defender las fronteras nacionales y, sobre todo, que el nacionalismo había estado en el origen de la espantosa guerra del 14, cuando incluso una parte de la izquierda había votado los créditos de guerra, costándole la vida al socialista francés Jean Jaurès al oponerse a ellos. Prevalecieron entonces las tesis de Lenin y de otros dirigentes de la izquierda, pues era cierto que la libre determinación tenía sentido en el proceso de descolonización e, igualmente, la independencia de naciones sojuzgadas por los imperios que fueron derrotados en aquella carnicería: el austro-húngaro; el de los zares; el otomano y el del káiser Guillermo. Quedaron en pie el británico y el francés que durarían unos años. En el fondo, las teorías de Luxemburgo y Bujarin se compadecían más con las de Marx, que en su análisis del desarrollo del capitalismo veía más conveniente para la causa de los trabajadores la federación de las naciones con el fin de lograr entidades políticas más fuertes.
Cuando concluyó la Gran Guerra llegó a París el presidente Wilson con sus no menos famosos 14 puntos, entre ellos el derecho de autodeterminación, sobre todo de las naciones que conformaban el imperio de los Habsburgo. Wilson procedía de la tradición anticolonial de EE UU, no le gustaban los imperios europeos y tampoco le interesaba dejar esa bandera en manos de un bolchevique como Lenin. A París fueron en peregrinación todos los nacionalismos irredentos con la finalidad de que el presidente americano les diera su bendición. Aun así, se cuenta que cuando se trató, también, el caso de Cataluña, el presidente francés Clemenceau se limitó a decir “pas des bêtises” (nada de tonterías) y ahí acabó la discusión. El resultado de todo ello fue que el mapa de Europa quedó cual manta escocesa, surgieron múltiples pequeñas naciones y en especial en los Balcanes, origen de múltiples conflictos.
En la actualidad, las condiciones han cambiado radicalmente y sería trágico que la izquierda no se diera cuenta de lo que eso significa. Comprendo que, a veces, no es fácil entender los vericuetos de la dialéctica de los procesos, pero este es un ejemplo de cómo un derecho progresista o liberador, en una fase histórica, se puede transformar en su contrario en otra etapa diferente. Esta es la razón por la cual Naciones Unidas —donde no sé si abundan los dialécticos— ha concretado su doctrina sobre este tema señalando que debe respetarse la libre determinación sólo en los casos de dominio colonial o en supuestos de opresión, persecución o discriminación, pero en ningún caso para quebrantar la unidad nacional en países democráticos.
En las condiciones creadas por la globalización, con mercados y multinacionales globales, inmersos en la revolución digital, cuando ya no existen situaciones coloniales generalizadas ni imperios “cárceles de pueblos”, el derecho de autodeterminación es una reivindicación reaccionaria, impropia de partidos o sindicatos de izquierda. Todavía más involucionista si cabe en el supuesto de los países pertenecientes a la Unión Europea, inmersa en un proceso de integración cada vez mayor, imprescindible para poder medirse, desde la democracia, con los grandes poderes económicos y tecnológicos. Una transformación de actuales regiones o autonomías en Estados independientes haría inviable el futuro de una unión política europea.
Es verdad que durante el periodo de los movimientos anticoloniales, véase la posición contra la guerra de África del PSOE de Iglesias, o durante la última dictadura franquista, la reivindicación de la libre autodeterminación tenía un sentido y así se recogía en los programas de los partidos y sindicatos de izquierda españoles; eso sí, siempre en aquel contexto y supeditado a la unidad de los trabajadores. Pero en condiciones de democracia, en la mundialización y la construcción europea no hay nada más contrario a los intereses de los trabajadores que romper un país. Ese acto profundamente insolidario —en especial cuando los que quieren romper son de los más ricos— divide a los sindicatos; quiebra la caja única de la Seguridad Social, garantía de las pensiones; parte la unidad de los convenios colectivos y el sistema de relaciones laborales, en un espacio de mercado único que, de quebrarse, dejaría a la intemperie a trabajadores y empresas.
En consecuencia, los partidos y sindicatos de izquierda deberían revisar esta cuestión, superar viejas inercias y concluir que en las condiciones actuales lo que antaño era progresista hogaño es retrógrado y antisocial, propio de fuerzas nacionalistas radicales y/o populistas que no tienen nada que ver con los intereses de las mayorías sociales.

El compañero que me atiende

Enrisco Antología textos cubanosYa está en circulación un libro que probablemente no deje indiferente a nadie, publicado en Miami por Hypermedia y asequible en Amazon. Me refiero a EL COMPAÑERO QUE ME ATIENDE, el que, según la editorial, también podría titularse “Una historia cubana del miedo”. Se lo debemos al historiador y ensayista Enrique Del Risco (La Habana, 1967), quien ha escrito lo siguiente sobre su propio libro: 
“Por si no había quedado claro. EL COMPAÑERO QUE ME ATIENDE es una antología de textos de 57 autores cubanos sobre la presencia de los órganos de Seguridad(*) en la vida cubana en general o en la suya en particular. Entre los autores se encuentran Antonio José Ponte, Manuel Díaz MartínezRolando Sánchez MejíasKarla SuárezRonaldo Menéndez, Legna Rodríguez Iglesias, Carlos Alberto Aguilera, Damaris Calderon Campos, Atilio Caballero, Jorge Enrique Lage, Idalia Morejón Arnaiz, Norge Espinosa MendozaMabel CuestaOdette Alonso, Abel Fernández Larrea, Joel Cano, Ernesto Santana, Manuel Sosa, Amir ValleOrlando Luis Pardo Lazo, Yoss, María Elena Hernández, Jorge Ángel Pérez, Néstor Díaz de Villegas, Ahmel Echevarría, Gleyvis Coro Montanet, Rafael Almanza, Jorge Ferrer, Raúl Flores Iriarte, Roberto Uría. Michael H. MirandaMaría Elena Cruz Varela hasta llegar a 57.
Es esta una recopilación de textos de todo tipo: cuentos, poesía, teatro, memorias, crónicas, ensayos, diarios y de incursiones en la literatura fantástica, el humor y hasta en la ciencia ficción.”

(*) Policía política de la dictadura cubana.

Cuentos cubanos, una antología

2012-07-26_1En 1974 apareció la primera edición (se harían dos más: 1979 y 1983) de la antología CUENTOS CUBANOS, publicada en Barcelona por la editorial Laia en su colección Literatura. La editora encabeza el libro con la siguiente nota informativa:

“Imaginación, notable riqueza de formas, tremendismo, penetración en los mundos fantásticos de lo onírico, crítica irónica de las bases mismas de un sistema social autoritario… convergen en esta antología de CUENTOS CUBANOS.

Rogelio Llopis, antólogo y prologuista de la edición original cubana –que publicó también Equipo Editorial de San Sebastián con el título CUENTOS CUBANOS DE LO FANTÁSTICO Y EXTRAORDINARIO–  los había clasificado por capítulos a menudo imprecisos, pero que en su conjunto daban idea del clima que la lectura del libro podía provocar: pérdida de la identidad, sátira, fábula, humor negro, ciencia ficción, realismo mágico… podrían ser, en efecto, los hilos conductores de ese brillante universo que los cuentistas cubanos han sido capaces de crear.

La mayoría de los cuentos son posteriores a 1949: en muchos de ellos, la imagen de la revolución del pueblo está presente, eleva la anécdota casi infantil a profundidades insospechables.

Consideramos, finalmente, que esta antología constituye un ejemplar libro de lectura para adultos, para cuantos consideran que la literatura cumple todavía con una sana función sedante sin perder por ello su más valioso carácter de denuncia.”

Los autores incluidos en este libro son, por orden alfabético: Leonardo Acosta, Armando Álvarez Bravo, Ángel Arango, Reinaldo Arenas, Antón Arrufat, Antonio Benítez Rojo, Onelio Jorge Cardoso, Alejo Carpentier, Miguel Collazo, Arnaldo Correa, Esther Díaz Llanillo, Manuel Díaz Martínez, Eliseo Diego, Arístides Fernández, Manuel Herrera, Juan Luis Herrero, Enrique Labrador Ruiz, José Lezama Lima, César López, José Lorenzo Fuentes, María Elena Llana, Rogelio Llopis, Ángela Martínez, José Martínez Matos, Rubén Martínez Villena, Marinés Medero, Isidoro Núñez Miró, Germán Piniella,  Virgilio Piñera, Évora Tamayo y Ezequiel Vieta.

Los fracasos históricos de la declaración del Estado catalán

 

En 1873, 1931 y 1934, los catalanistas proclamaron unilateralmente su emancipación de España, en un claro desafío al Gobierno central, que acabó siempre en fracaso.

Israel Viana
(ABC, España, 30/9/2017) La CUP y ERC lo tienen claro. Si gana el «sí» en el referéndum —a pesar de no contar con las garantías democráticas suficientes— hay que declarar unilateralmente la independencia. Debería hacerse, dicen, tan sólo 48 horas después del recuento de votos. Abogan por hacerlo, incluso, si el domingo no les permiten votar, tal y como ocurrió ya en otras tres ocasiones a lo largo de la historia: 1873, 1931 y 1934. Todas acabaron en fracaso.
La cuestión ha dividido al seno del PDECat. Algunos consejeros de la Generalitat como Raül Romeva o la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, defienden aprobar dicha declaración si sale elegida la opción independentista, a pesar de que Carles Puigdemont ha manifestado en una entrevista a Eldiario.es que esa opción «no está encima de la mesa». El presidente regional no quiere convertirse en el José García Viñas, Francesc Macià o Lluis Companys del siglo XXI —los predecesores que cometieron, sin éxito, la misma tropelía—, a pesar de que ha amenazado con ponerlo sobre la mesa si mañana no pueden depositar su papeleta.
El primer Gobierno español que tuvo que hacer frente al desafío de la proclamación de un Estado catalán fue el de Estanislao Figueras. El conato se produjo el 5 de marzo de 1873, un mes después de que se estableciera la Primera República. Como contaba «La Correspondencia de España» el día 8: «Unos 16.000 voluntarios han declarado independiente el Estado catalán y han apresado a las autoridades».
Esta rebelión se produjo en una época realmente inestable de la historia del país. Durante los dos años que duró la Primera República, el Gobierno acogió nada menos que a cuatro presidentes, los cuales tuvieron que abordar un sinfín de problemas: la Tercera Guerra Carlista, sublevaciones separatistas, la indisciplina militar, conspiraciones monárquicas, etc.
1873: una declaración federalista
En esta época comenzaron a surgir en España más de una veintena de movimientos cantonales como los de Camuñas, Jumilla o Motril, cuyo objetivo no era otro que la independencia de pequeñas regiones. Sin embargo, la de 1873 no fue una declaración de independencia como tal, sino federalista republicana. Estaba promovida por la burguesía como medio de presión contra el Gobierno central.
La prensa de la época destacó pronto las dificultades que acarrearía esta nueva organización del Estado: «Ahora falta que se formen, del mismo modo, estados semi-independientes o independientes por donde quiera. Luego surgirán las rivalidades entre ciudad y ciudad por la capitalidad de cada Estado, entre provincia y provincia por ser independientes unas de otras y por no por formar un estado mismo, y hasta entre villa y villa y aldea y aldea», se leía en la «Revista Política».
Los responsables de esta primera proclamación del «Estado catalán federado con la república española», como lo definieron, fueron José García Viñas y Paul Brousse —un andaluz y un francés, respectivamente—, a los que muy poca gente apoyó en sus pretensiones. La rebelión fue aplastada en sólo dos días, pero les dio tiempo a hablar de la formación de un gobierno provisional, de la convocatoria de elecciones catalanas y de la supresión del Ejército español en la comunidad autónica. Sin embargo, nadie apoyó sus pretensiones. En Madrid, incluso, estos dos dirigentes fueron reprobados por los mismos catalanes que, por una vez, se veían responsables del Gobierno central.
1931: Macià y la renuncia a su «Estado»
El segundo intento fue protagonizado por el entonces presidente de Esquerra Republicana, Francesc Macià, el 14 de abril de 1931. Se produjo una hora después de que Lluís Companys saliera al balcón del Ayuntamiento de Barcelona para proclamar la Segunda República. Fue ese el momento en el que Macià apareció por sorpresa en el mismo lugar y manifestó que, «en nombre del pueblo de Cataluña, se hacía cargo del Gobierno catalán». Según contó ABC, el líder de ERC aseguró que «permanecería en aquella casa para defender las libertades de su patria, sin que pudiese sacársele de allí salvo muerto».
La comunicación oficial enviada poco después afirmaba: «En nombre del pueblo de Cataluña, proclamo el Estado catalán bajo el régimen de la República catalana, que libremente y con toda cordialidad anuncia y pide a los otros pueblos hermanos de España su colaboración en la creación de una Confederación de pueblos ibéricos». De esta forma, el político manifestaba públicamente su negativa a aceptar los resultados de las elecciones generales que se acababan de celebrar y llamaba a la rebelión.
Fue el primer problema que tuvo que afrontar la Segunda República, que no quiso recurrir a la fuerza y envió rápidamente a tres ministros a Barcelona para negociar con Macià: Fernández de los Ríos, Lluis Nicolau d’Olwer y Marcelino Domingo. Estos consiguieron que ERC renunciara a su Estado propio, a cambio del compromiso del Gobierno de presentar en las próximas Cortes Constituyentes el estatuto que decidiera Cataluña. De aquel acuerdo salió el germen de la futura Generalitat, así que no se puede considerar un fracaso estrepitoso.
1934: Companys y el estado de guerra
La tercera y última proclamación se produjo en octubre de 1934, inmediatamente después de que se produjera la entrada de tres ministros de la CEDA en el gobierno de Alejandro Lerroux. El protagonista fue precisamente Companys, que era entonces presidente autonómico: «Cataluña enarbola su bandera, llama a todos al cumplimiento del deber y a la obediencia absoluta a la Generalitat, que desde este momento rompe toda relación con las instituciones falseadas». Y lo hacía tras acusar al nuevo gobierno español de «fascista».
El periodista de ABC en Barcelona, Antonio Guardiola, contaba al detalle cómo vivio la tarde de aquella declaración en un artículo titulado «El golpe de Estado de la Generalitat». En él se podían leer: «Horas antes nos había chocado a varios periodistas observar que el coche del presidente Companys no ostentara la bandera de la República, sino solamente la catalana». Y añadía: «A las seis de la tarde, los Mossos d’Esquadra nos invitaron a los periodistas a abandonar el Palacio de la Generalitat. Nadie supo hasta más tarde lo que acababa de acordarse en la reunión que había celebrado el Consejo: proclamar el “Estat catalá”, rompiendo toda relación con el Gobierno central. En una palabra: declarar la guerra al Estado español».
El editorial del día siguiente de este periódico, «¡Viva España!», defendía: «Los catalanes que representa la Esquerra quieren constituir el “Estat Catalá” en la República Federal (?) de España. Hasta última hora son pérfidos, ruines, cobardes y calculistas». La respuesta del presidente Lerroux no se hizo esperar, declarando el estado de guerra y asegurando que «estaba en un momento de lucha y que estaba dispuesto a vencer». Mientras, Companys llamaba a sus seguidores para que acudieran raudos a la Ciudad Condal desde todos los puntos de España y defendieran la Generalitat «del posible ataque del Ejército español».
Las calles de Barcelona pronto se llenaron de jóvenes de Esquerra. «Iban todos armados –contaba ABC–. Algunos llevaban, además de una magnífica carabina Winchester, una soberbia pistola automática, a veces ametralladora». La ciudad se convirtió en el escenario de una batalla entre el Ejército y los Mossos de Esquadra, arropados estos últimos por cientos de simpatizantes catalanistas. A la mañana siguiente, Companys, los consejeros de la Generalitat, el alcalde de Barcelona y varios concejales de ERC fueron detenidos en la sede del Gobierno. Las calles fueron quedando vacías de gente y todo fue volviendo a la normalidad.
Más de 70 años después, la amenaza de una nueva declaración unilateral de independencia por parte de la Generalitat vuelve a estar en el debate político español. Después de la jornada de este domingo, con el referéndum ilegal como telón de fondo, veremos si Puigdemont recoge el testigo de los Macià, Companys y compañía, en este conflicto interminable.