Cubanas y cubanos: José Lezama Lima

Leyendo el ensayo de Valéry sobre Mallarmé (“Yo le decía, a veces, a Stéphane Mallarmé…”) he comprobado que es posible aplicar casi íntegramente a Lezama lo dicho en esas páginas admirables. Como Mallarmé, Lezama se encaró a esa tendencia vulgar de “no leer más que aquello que todo el mundo podría escribir”, y, como le sucedió al poeta francés, lo rutinario ha sido su más encarnizado enemigo, porque —y cito de nuevo a Valéry— “ofrecer a las gentes esos enigmas de cristal, introducir en el acto de agradar o de conmover por medio del lenguaje esas composiciones de dificultades y de gracias, permitiría concebir en quien lo osaba una fuerza, una fe, un ascetismo, un desprecio del modo de sentir general, sin ejemplo en las Letras, que humillaban todas las obras menos audaces y todas las intenciones menos rigurosamente puras, es decir, casi todo”.

No encuentro en la historia de la poesía de lengua española otro caso similar al de Góngora y Lezama, en que la fuerza de lo gregario, de lo establecido, de lo cotidiano provoque una fusión tan traumática entre el dramatismo que toda voluntad creadora entraña y la certidumbre de que lo creado sólo hallará resonancia en muy contados espíritus, tan raros, en fin de cuentas, como el del creador. Si para muchas finas inteligencias el racionero cordobés continúa siendo un orate cejijunto o un farsante magistral, ¿tenemos derecho a extrañarnos de que la obra del barroco habanero haya tenido que moverse, crecer e imponerse entre rechazos?

Lezama no flaqueó jamás —no descartaba que algún día llamara a su puerta “el viejito de Suecia”—, y el origen de su persistencia ante las adversidades a que él mismo sometió los productos de su espíritu estaba, en gran parte, en su convencimiento de poseer un sistema poético perfectamente estructurado y “necesario” y de dominar sus resortes. En su ejemplar del ya citado ensayo de Valéry —uno de los incontables libros que me prestó durante los años en que trabajamos juntos en el Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba—, Lezama tenía subrayado el siguiente párrafo: “El objeto de todas las búsquedas más elevadas es el de construir algún edificio o sistema necesario a partir de la libertad, pero esta libertad no es más que el sentimiento y la seguridad de la posesión de lo posible y se desarrolla con él”. Este párrafo parece haber sido escrito para esclarecerle a Lezama el sentido de su fuerza.

Lezama y la poesía

Lezama es el único poeta cubano que ha diseñado un sistema poético. En el prólogo de Armando Álvarez Bravo para la Órbita de Lezama Lima se recogen estas declaraciones del maestro: “Algunos ingenuos, aterrorizados por la palabra sistema, han creído que mi sistema es un estudio filosófico ad usum sobre la poesía. Nada más lejos de lo que pretendo. He partido siempre de los elementos propios de la poesía, o sea, del poema, de la metáfora, de la imagen”. Sí, su sistema poético no va en busca de la poesía, sino que parte de ella, de su experiencia.

En algún pasaje de su prólogo, Álvarez Bravo afirma que ese sistema “empezó a perfilarse en una serie de fragmentos en prosa que se incluían en […] La fijeza”, el cuarto libro de Lezama. Creo, sin embargo, que es necesario remontarse al año 1941, en que se publicó Enemigo rumor, para encontrar los síntomas de ese comienzo. La poesía como tema, como problema, es una obsesión que aflora frecuentemente en la obra de Lezama. Ya en Enemigo rumor, libro aparecido ocho años antes que La fijeza, figuran dos poemas que son prolegómenos al sistema: “Ah, tú que escapes” y “Una oscura pradera me convida”. Lo que escapa cuando alcanza su “definición mejor” es el poema, que se hace cuerpo independiente, palpable, “una sustancia resistente enclavada [son palabras posteriores de Lezama] entre una metáfora, que avanza creando infinitas conexiones, y una imagen final que asegura la pervivencia de esa sustancia, de esa poiesis”; y la “oscura pradera” enigmática, que lo convida y lo encanta, es la poesía, “la poesía como misterio clarísimo o, si usted quiere, como claridad misteriosa”.

En el sistema de Lezama, el proceso de la creación poética se inicia con lo poético, o el estímulo; pasa por el poeta, o el conductor; y culmina con el poema, o la revelación. Como Alfonso Reyes, Lezama advierte que la creación poética recorre un camino que va de lo subconsciente a lo consciente. Alguna vez le oí decir, en una de aquellas conversaciones que sosteníamos en su casa los domingos en la mañana, que cuando estaba claro escribía prosa y cuando estaba oscuro escribía poesía, “porque la poesía necesita de una nebulosa”.

Ante la disyuntiva de si la poesía prefigura lo venidero, desvela el presente o rescata y eterniza la memoria, Lezama aporta, tomando la imagen como encarnación de la poiesis, una definición que engloba todas las posibilidades: “La imagen es la realidad del mundo invisible”. En el sistema lezamiano, la poesía es concebida como una energía hechizante que, “abiertas todas las grandes esclusas”, como diría Breton, avanza por oscura vía y desemboca en una revelación que es una liberación.

El sistema lezamiano descansa en otros conceptos básicos, que su autor expone en la entrevista que para su Órbita le hizo Álvarez Bravo, y todos están orientados, como el propio Lezama subraya, a “destruir la causalidad aristotélica buscando lo incondicionado poético”. Lezama hace una apretada exposición de tales conceptos, la cual trasladaré a ustedes íntegramente para su disfrute total y porque yo no podría hacerlo mejor:

Pero lo maravilloso, que ya esbozamos en la relación entre la metáfora y la imagen, es que ese incondicionado poético tiene una poderosa gravitación, referenciales diamantinos y apoyaturas. Por eso es posible hablar de caminos poéticos o metodología poética dentro de ese incondicionado que forma la poesía. En primer lugar citaremos la ocupatio de los estoicos, es decir la total ocupación de un cuerpo. Refiriéndonos a la imagen ya vimos cómo ella cubre la substancia o resistencia territorial del poema. Después citaremos un concepto que nos parece de enorme importancia y que hemos llamado la vivencia oblicua. La vivencia oblicua es como si un hombre, sin saberlo, desde luego, al darle la vuelta al conmutador de su cuarto inaugurase una cascada en el Ontario. Podemos poner un ejemplo bien evidente. Cuando el caballero o San Jorge clava su lanza en el dragón, su caballo se desploma muerto. Obsérvase lo siguiente, la mera relación causal sería: caballero-lanza-dragón. La fuerza regresiva la podíamos explicar con la otra causalidad: dragón-lanza-caballero; pero fíjese que no es el caballero el que se desploma muerto, sino su caballo, con el que no existe una relación causal sino incondicionada. A este tipo de relación la hemos llamado vivencia oblícua. Existe también lo que he llamado el súbito, que lo podemos considerar como opuesto a la ocupatio de los estoicos. Por ejemplo, si un estudioso del alemán se encuentra con la palabra vogel (pájaro), después tropieza con la palabra vogelbaum (jaula para pájaros) y se encuentra después con la palabra vogelon, que le entrega el significado del pájaro entrando en la jaula, o sea, la cópula. Existe también lo que pudiéramos llamar el camino o método hipertélico, es decir, lo que va siempre más allá de su finalidad venciendo todo determinismo. Otro ejemplo. Durante mucho tiempo se creyó que las convulvas, que son unos vermes ciliares, retrocedían hasta donde llegaba la marea. Pero se ha podido observar que cuando no hay marea retroceden a la misma distancia. Existen animales como el díptico de frente blanca que en la cópula matan a la hembra. Ese camino hipertélico que va siempre más allá de su finalidad, como en este caso, es de raíz poética. Me veo precisado a citar de nuevo una frase, aquélla de Tertuliano que dice: El hijo de Dios fue sacrificado, no es vergonzoso porque es vergonzoso, y el hijo de Dios murió, es todavía más creíble porque es increíble, y después de enterrado resucitó, es cierto porque es imposible. De esa frase podemos derivar dos caminos o métodos poéticos: lo creíble porque es increíble (la muerte del hijo de Dios), y lo cierto porque es imposible (la resurrección).

Lezama y la crítica

En 1957, Lezama publicó su ensayo La expresión americana. En ese libro se lee lo siguiente: “Que la valoración de los enlaces históricos y de la estimación crítica tenía que ir forzosamente a un nuevo planteamiento, era cosa esperada con júbilo. Un Ernest Robert Curtius o un T. S. Eliot lo anticipan con indicios e intuiciones. “Con el tiempo —nos dice Ernest Robert Curtius— resultará manifiestamente imposible emplear cualquier técnica que no sea la de la ficción”. Un poco más adelante agrega Lezama: “Una técnica de la ficción tendrá que ser imprescindible cuando la técnica histórica no pueda establecer el dominio de sus precisiones”. Y cierra con esta suerte de declaración de principio o consigna: “Una obligación casi de volver a vivir lo que ya no se puede precisar”.

La crítica, por su propia condición inquisitiva y reflexiva, suele ejercer sobre el poema una acción disgregadora. Sobre todo la crítica tecnicista, armada de sofisticado instrumental teórico, penetra en el poema con la misión de extraer, separar, desconectar sus resortes y engranajes, de manera que el mecanismo cerrado que es el poema deje al descubierto sus entrañas, con lo cual el texto queda a marced de la logicidad de un pensamiento más o menos ordinario. No será difícil advertir que tal labor de disección in vivo —un poema es un organismo vivo— arroja resultados similares a los de una disección in mortis: sólo nos ofrece una masa fría de la cual se ha evaporado la vida. Durante mucho tiempo nos pareció que el crítico estaba condenado a ser el taxidermista de la literatura o el entusiasta comentador de sus particulares preferencias.

Entre nosotros, es Lezama quien, reivindicando el acercamiento poético al texto, por una parte ha superado la crítica retórica y la simplemente impresionista y, por otra, frente a los diversos formalismos academizantes surgidos en los últimos años en Europa y Estados Unidos, le ha desbrozado el camino a una posible y deseable rehumanización de la crítica. Lezama, que describe como testigo la fantasmal partida de ajedrez entre el Inca Atahualpa y el Adelantado Hernando de Soto, y que atisbó los paseos de Catalina II por los malecones del Neva, revoluciona la crítica literaria en Cuba llevándola a un vasto campo de posibilidades cuyos límites, dilatados a veces por la ficción, se disuelven en la Historia.

Como crítico, Lezama actúa, al igual que como poeta, por asociaciones y derivaciones, y en base de tales recursos descubre o crea los vínculos entre el paisaje, el hombre, la Historia y la imagen poética.

Cuando digo que Lezama crea las relaciones no aludo a la arbitrariedad, porque esa creación, esa ficción a la que me refiero, se produce por “una obligación casi de volver a vivir lo que ya no se puede precisar”, principio que entraña una fabulación reconstructiva realizada a partir de rastreados y sopesados correlatos históricos. En el prefacio con que abre su Antología de la Poesía Cubana , Lezama recomienda: “El estudioso de la literatura debe rebasar las fuentes de información que sean estrictamente literarias. Cuanto mayor y más diversas sean esas fuentes, más complejo y ahondado es el rendimiento literario…” El consejo de Lezama encamina al estudio de testimonios y hechos.

La Antología de la Poesía Cubana abarca desde el motete que se supone se cantó en la iglesia de Bayamo para dar la bienvenida al obispo Fray Juan de las Cabezas Altamirano, luego de que lo rescataran de manos del pirata Girón, hasta José Martí, “nuestra excepcional figura”, dice Lezama, “que no sólo resume nuestro pasado, sino que avizora el porvenir”. Por lo tanto, la antología recorre las etapas fundacionales de nuestra nacionalidad.

Marginando el enfoque habitual y de corto alcance, meramente literaturesco, de nuestra poesía, partiendo de valoraciones en que aparecen implicados los elementos sociales que fueron conformando la cultura en la isla, y abriendo, por lo mismo, una más espaciosa perspectiva a la crítica, Lezama fue al rescate de las raíces de la poesía cubana. La aguda mirada que pasea sobre nuestra poesía incita a prestar una más amorosa atención al caudal lírico acumulado por los cubanos en los tres siglos que se extienden desde el motete de la iglesia bayamesa hasta los Versos libres de José Martí.

En su Antología, Lezama demuestra que podemos enorgullecernos de nuestra tradición poética, provista de creadores de innegable valor y no pocas veces espléndidos e influyentes a nivel internacional (él mismo es un ejemplo), y nos permite ver que esa tradición tuvo, desde su inicio, su centro de gravitación en el paisaje insular y en el desarrollo de nuestra sociedad.

En el prefacio de la Antología, Lezama da fe de su modo de pesquisar y de hacer crítica, en el que se reproducen mecanismos de su sistema poético. El prefacio arranca con esta afirmación: “Nuestra isla comienza su historia dentro de la poesía. La imagen, la fábula y los prodigios establecen su reino desde nuestra fundamentación y el descubrimiento”. Empiezan, pues, los cotejos, las vinculaciones, las derivaciones. De la frase “seda de caballo”, anotada por Cristóbal Colón al fijarse en la cabellera de las indias, Lezama deriva la hipótesis de que el Almirante no aludía “tan sólo a una presencia hermosa y fina, sino a la carga de eticidad que entraña, como una resistencia sedosa y fina que había de ser característica de todos los intentos nobles del cubano”. Con la labor de los orfebres habaneros del siglo XVII Darío Romano y Dámaso García, probablemente los pioneros de ese arte en Cuba, Lezama vincula, haciéndolo albacea artístico de aquéllos, al poeta mulato Gabriel de la Concepción Valdés, conocido por Plácido, en cuya poesía señala “las muestras de un estilo plateresco”. Lezama establece este vínculo a través de uno de los oficios de Plácido, que era platero además de peinetero. Por otra parte, Lezama hace referencia al que parece ser el primer conjunto de música popular que apareció en Cuba y subraya que uno de sus componentes procedía de Málaga; otro, de Lisboa; otro, de Sevilla; y el cuarto, la negra Ma Teodora, de Santiago de los Caballeros (Santo Domingo). Tal mezcolanza le da pie para cifrar en ella el carácter sincrético de la sociedad insular. Elevando a la categoría de símbolo ese remotísimo conjunto musical, para muchos legendario, Lezama concluye que la “diversidad de influencias, étnicas y artísticas, profundiza nuestra música desde los inicios” y que “La fusión de la diversidad en el arte o en la familia, otorga una riqueza que se negará siempre a prescindir de su profunda unidad”.

En el ámbito de esta metaforización de la historia —sugestivo entramado de realidad e imaginación—, lo más sorprendente del prólogo resulta ser la teoría de los genitores: Hernando de Soto, “el genitor por la imagen”, “el enterrado y desenterrado”, y Vasco Porcallo de Figueroa, “el genitor telúrico”, “el hombre dominado por su sangre”, “el que perdura por una descendencia de más de doscientos hijos”. Lezama crea dos arquetipos de idéntica energía poética para describirnos las fuerzas que engendraron la nación: Hernando de Soto, la “imagen” (que para Lezama es el estímulo secreto de la Historia, la anticipación del futuro), y Porcallo de Figueroa, la vitalidad física, “la sangre arremolinada”, la acción fecundante que, al desatar las fuerzas contradictorias, provoca el movimiento realizador de la Historia.

Finaliza el maestro con una de sus más hermosas vinculaciones: la “honda fineza” y la “invencible resistencia” que observa en el modo con que Martí conduce sus ideales de independencia, las conecta con la condición sedosa y resistente que el descubridor de América atribuyó al pelo de las indias al describirlo en su Diario con la frase “seda de caballo”.
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Texto leído en el IX Congreso Internacional de Estudios Literarios. Universidad Austral, Valdivia, Chile, noviembre de 1996. Es un resumen del ensayo del mismo título publicado en la revista Índice, Nº 232, Madrid, junio de 1968.

Neruda en París y en La Habana

Aquella aterida mañana de domingo en el París de 1960, el siempre achispado y legañoso bedel monsieur Julien, le petit grand-père, tocó a la puerta del cuarto que compartíamos el crítico teatral Rine Leal y yo en la que seguíamos llamando Casa de Cuba -que pertenecía ya al Estado francés por la cicatería de nuestros gobiernos–. (La Casa de Cuba era una de las más hermosas y confortables mansiones de la Cité Universitaire; tanto, que en la Francia ocupada la alta oficialidad nazi la convirtió en su hotel.) Monsieur Julien, pipa en boca y con una masiva dosis de tintorro en vena, fue a mascullar a nuestra puerta que habían telefoneado de la Embajada cubana para invitar a los becarios isleños que poblábamos la Casa a un encuentro con Pablo Neruda. El encuentro se celebraría esa misma mañana en la residencia del agregado cultural.

Neruda había llegado días antes en barco al puerto del Havre con el propósito de seguir por tierra hasta la URSS, pero las autoridades gaullistas le negaron la entrada en la dulce Francia. Gestiones de intelectuales y líderes políticos, amigos y admiradores suyos –participé en una de ellas junto a Juan Marinello–, lograron que los franceses le concedieran, a regañadientes, un visado de tránsito por unas horas, con la condición de que no realizara actividades públicas de ninguna clase: nada de recitales en teatros, nada de disertaciones en universidades, nada de declaraciones a la prensa… Nada de nada. Sólo descansar un poco, subir con las maletas a un tren y largarse.

Durante su travesía atlántica, Neruda había terminado Canción de Gesta, un libro de poemas dedicado en su totalidad a la entonces joven y prometedora revolución cubana, y quería, no recuerdo por qué, que los cubanos de París fuésemos los primeros en conocerlo. La cita con el poeta, obligadamente limitada a nosotros y sin publicidad alguna, se celebró a puerta cerrada en el apartamento que el agregado cultural de la embajada, Roberto Fernández Retamar, ocupaba con su familia en Passy.

Neruda, de sombrero de paño, sobretodo y bufanda, apareció acompañado por una Matilde Urrutia elegantísima. Él me pareció un amable mastodonte distraído, y le hallé un calorcillo de ternura en el trato; ella, en cambio, me dio la impresión de estar demasiado atenta a todo y bastante distante de todos. Neruda se desplazaba como un plantígrado y sus gestos se desenvolvían a cámara lenta, como si cada movimiento le costase mucho esfuerzo o no tuviese él prisa para nada.

Después de los saludos y las presentaciones, el poeta se dispuso a leer. Sentado frente a una mesita de estilo Imperio –que ante la abultada humanidad nerudiana parecía más pequeña y frágil de lo que era–, en un ángulo del salón, junto a una lámpara, con parte del cuerpo bañada por el turbio resplandor de lloviznazo invernal que destilaba la cristalera del balcón a través de la cortinilla que la cubría, Neruda nos leyó toda su Canción de Gesta.

Nadie como él para decir mal los poemas. Gangosa, monocorde, su dicción aplastaba los versos, haciéndolos pastosos e iguales. Canción de Gesta, ciertamente, no está entre sus mejores libros, pero fue el monorritmo nerudiano el responsable de que la lectura resultase soporífera. Algunos de los oyentes, entre los que recuerdo a Severo Sarduy, Rine Leal, el dramaturgo Rolando Ferrer y el ceramista Willy Merallo, paliamos el tedio y burlamos el cansancio –no alcanzamos sillas–, además de matar ese gusanillo que nos roe las entrañas cuando no desayunamos, zampándonos con toda la discreción imaginable, sin desparramar semillas ni cáscaras en la moqueta, las manzanas, las peras y los plátanos que nos propició un frutero colocado a nuestro alcance, o lo que es igual: mal colocado.

Al año siguiente volví a ver a Neruda. Fue en La Habana –cuando La Habana era, al decir de Julio Cortázar, el lugar del mundo donde encontrábamos a todo el mundo–, en un cóctel que Nicolás Guillén, uno de sus más fieles rivales –de quien el inquilino de Isla Negra pudo aprender, y no lo hizo, cómo se dicen los versos–, le brindó en la casona de la Unión de Escritores. Hubo copas, abrazos, bromas, carcajadas, y Neruda fue centro de una rueda de prensa en la que le hice alguna pregunta. De aquella fugaz visita del poeta a La Habana yo conservaba en mi biblioteca –que, como la de Alejandría, ya no existe– un ejemplar de la edición de Losada de las Odas Elementales en el que don Pablo me puso, con su undívaga letra apurada, esta dedicatoria alusiva a sus tropezones con personajes y personajillos del entonces emergente castrato: “Martí sí me quería”. Enigmáticas palabras que se hacen transparentes cuando se leen ciertas páginas de Confieso que he vivido.

Borges y el Nobel

Sabido es que la no obtención del premio Nobel fue una frustración que Jorge Luis Borges se llevó a la tumba. Es curioso que un hombre tan inteligente se haya preocupado hasta la obsesión por que no le dieran un premio que obtuvo Echegaray pero no Valle-Inclán, Benavente pero no García Lorca, Aleixandre pero no Antonio Machado, Gabriela Mistral pero no César Vallejo, Grazia Deledda pero no James Joyce, Darío Fo pero no Ítalo Calvino… Un premio que no le dieron a Tolstoi, ni a Proust, ni a Pérez Galdós, ni a Baroja, ni a Unamuno, ni a Mayakovski, ni a Ionesco, ni a Pessoa, ni a Pavese, ni a Brecht, ni a Carpentier, ni a Kavafis, ni a Marguerite Yourcenar, ni a Rulfo, ni a Lezama… Un premio que le dieron a Hemingway, del que él, Borges, dijo que no era escritor. El sentimiento de frustración que cada año debió de experimentar tenía que habérselo dejado a los académicos suecos, que se estaban perdiendo la oportunidad de prestigiar el Nobel concediéndoselo a él.

Con motivo del centenario del nacimiento de Borges volvió a surgir este tema. El periódico La Nación, de Buenos Aires, se preguntó en esos días por qué el autor de Historia universal de la infamia fue marginado por la Academia Sueca.

Desde hace tiempo, esta marginación se viene atribuyendo a unas infaustas declaraciones favorables al dictador Augusto Pinochet hechas por el escritor argentino durante su viaje a Chile en 1976. En aquella ocasión, Borges recibió de manos de Pinochet el doctorado honoris causa en la Universidad de Chile. Para más inri, el acto se celebró el 21 de septiembre, día en que Orlando Letelier, quien había sido canciller en el Gobierno de Salvador Allende, era asesinado en Washington por agentes de la DINA (policía política chilena). Mientras el coche en que viajaban Letelier y su secretaria era volado por los esbirros de Pinochet, Borges decía en el paraninfo de la Universidad de Chile, ante el déspota: “En esta época de anarquía sé que hay aquí, entre la cordillera y el mar, una patria fuerte. Lugones predicó la patria fuerte cuando habló de la hora de la espada. Yo declaro preferir la espada, la clara espada, a la furtiva dinamita. […] Y aquí tenemos: Chile, esa región, esa patria, que es a la vez una larga patria y una honrosa espada”. Como si fuera poco, días después, luego de entrevistarse con Pinochet, Borges, según el periódico chileno La Tercera, dijo a la prensa: “Él [Pinochet] es una excelente persona, por su cordialidad, su bondad… Estoy muy satisfecho”.

Aunque, pasados los años, Borges repudió aquel discurso, sus palabras no fueron olvidadas y, al parecer, le enajenaron para siempre la simpatía de los académicos suecos, que antes estaban menos dispuestos que ahora a conceder el Nobel a literatos amigos de tiranos.

Según el escritor chileno Volodia Teitelboim, autor del libro Los dos Borges, y la argentina María Esther Vázquez, biógrafa de su célebre compatriota, el académico sueco Artur Lundkvist fue un obstáculo insalvable en el camino de Borges hacia el Nobel. Lundkvist, un intelectual de izquierda que gozaba de enorme prestigio en su país, era un conocedor de la literatura latinoamericana y había introducido la obra de Borges en Suecia. Teitelboim afirma que él visitó a Lundkvist, en 1980, en Estocolmo, y que éste, haciendo referencia a los elogios del escritor argentino al general Pinochet, le confesó que la Academia Sueca jamás premiaría a Borges. María Esther Vázquez aporta un dato inesperado que pertenece al área de lo personal: Lundkvist, que llegó a ser secretario permanente de la Academia, tampoco le perdonaba a Borges que se burlase de unos versos suyos (de Lundkvist) durante una cena con escritores suecos celebrada en Estocolmo en 1964.

A veces he dudado de que Borges deseara tanto ese galardón, pero una venenosa eutrapelia del maestro, conocida por mí recientemente y que me ha hecho recordar aquella fábula de las uvas verdes, me inclina a creer que sí. Respondiendo a un periodista que le preguntó algo sobre el Nobel, Borges le dijo con su mejor sonrisa: “Vea, amigo, yo creo que ese premio es otro mito nórdico”.

Y ahora, La Siempreviva

Bajo el título “Un grito cubano en favor del debate” –título engañoso que quiere electrizarnos–, Mauricio Vicent nos informa hoy en El País de que en La Habana ha aparecido una nueva revista literaria llamada La Siempreviva, dirigida por Reynaldo González, premio Nacional de Literatura y durante años director de la Cinemateca de Cuba. “Aunque está financiada por el Ministerio de Cultura, no está adscrita formalmente a una institución oficial”, nos dice el funambulista Vicent, y además se apresura a subrayar que Reynaldo es “organizador de las últimas protestas intelectuales”. Quien conozca la realidad cubana sabe que el reportero de El País intenta vender gato por liebre. En Cuba, el debate fundamental es entre la democracia y la tiranía, y, por supuesto, no será acogido en las páginas de una publicación tutelada por el Ministerio de Cultura del régimen. Además, el director de la nueva revista, quien no dice cuál es el debate por el que clama, aceptó, cuando el gobierno puso fin a las “protestas de los intelectuales” en la guerrita de los e-mails, la extravagante tesis oficial que exonera a la cúspide del poder castrista de la responsabilidad del pavonato. Me sorprenderé hasta el deslumbramiento si La Siempreviva no se tiende como un nuevo manto de niebla sobre el conflicto básico de la Cuba actual.

Cubanas y cubanos: Nivaria Tejera

Nivaria,

dentro de dos años nuestra amistad cumplirá medio siglo. Recordarás que nos conocimos al comienzo de 1959, en La Habana. Habías vuelto de París atraída por la nueva historia que comenzaba en la isla y, como yo, como tantos, querías actuar en ella. Pero a lo mejor has olvidado que desde la página “Arte Literatura”, de aquel Diario Libre incautado al ancien régime, Severo Sarduy y yo te dimos la bienvenida publicándote un poema y un dibujo y anunciando que ya estaba en marcha, en la Universidad de Las Villas, la primera edición en español de tu novela El barranco. Aquel mismo año publiqué en el periódico Hoy un artículo sobre tu novela. El artículo incluía reparos, pero lo cerré con esta cordial profecía: “Tenemos fe en el talento de nuestra joven escritora y esperamos que este libro represente algún día el buen antecedente de una obra novelística que enriquezca nuestra prosa narrativa”. Obviamente, la profecía se cumplió. Sin embargo, El barranco, releído hace poco, no me parece un “antecedente” de tu obra, sino parte vital de ella.

De aquella época de Diario Libre recuerdo la borrascosa asamblea que los redactores de “Arte Literatura” (Sarduy, Frank Rivera, Fernández Bonilla y yo) y algunos colaboradores de la página celebramos en el reservado del viejo y más bien enorme café situado en la esquina que hacen las calles Barcelona y Águila, adonde íbamos todas las noches después de terminar nuestra faena en el periódico. Si la memoria no me traiciona, fuiste tú quien nos convocó a esa asamblea, cuya finalidad era impedir que un enfurruñado José Rodríguez Feo, usando el poder que tenía por ser quien pagaba las facturas de Ciclón, cumpliera su amenaza de expulsar de la dirección de la revista a nuestro ídolo Virgilio Piñera, con quien había tenido una de las volcánicas trifulcas que amojonaron (léase como quiera) sus relaciones. Haciendo triunfar la llamada justicia poética, entre cervezas, alegatos, bocadillos, exclamaciones y tazas de café con leche logramos detener la mano vengativa del primero. (Lo que no recuerdo es si estuvieron presentes Virgilio y Pepe.)

Después, cuando el gobierno revolucionario te dio un puesto en la embajada de Cuba en Francia y a mí una beca para estudiar en Europa, nos vimos en París (año 60: guerra de Argelia, De Gaulle en l’Élysée, visita de Jruschov a Francia). Tú vivías en una tétrica versión parisiense de solar habanero, en la rue de Vercingétorix. Ocupabas, frente al excusado y con puerta a un patio común, gélido y plomizo (donde siempre lloviznaba, aunque en la ciudad reinara el sol), una habitación con barbacoa. La barbacoa era el taller donde Antón pintaba cuadros para una galería. Como en los primeros meses de la beca las mesadas brillaron por su ausencia, a Sarduy, a Rolando Ferrer y a mí, becarios olvidados por la burocracia socialista, nos invitaste a comer en muchas ocasiones aquellos arrabaleros ajiacos al gálico modo llamados pot-au-feu, que tan buenos te quedaban (¿o era Antón le chef de cuisine?) y que, aliados al pan y al vino, nos recargaban las baterías para seguir esperando, bajo el invierno de Lutecia, la llegada del dinero. Durante uno de esos almuerzos pusiste en tu grabadora una cinta —me parece que la estoy oyendo— de la que saltaba la voz, abrasiva, de Antonin Artaud, quien declamaba con arrebatos de predicador un poema castigado por trompetazos y golpes de timbal. Un poema imprecatorio, trepidante, creo que grabado por Artaud poco antes de irse con su ira y su lira al otro mundo. ¿Sería “Pour en finir avec le jugement de Dieu”?

No sé cuántas veces, aquel año, nos sentamos en un bistrot a tomar café y ver fluir la ciudad mientras comentábamos tantas cosas —por ejemplo, los acontecimientos del zoológico que era la embajada cubana, con el anciano embajador Manuel Gran como afable paquidermo decorativo, la atildada consejera estilo imperio Flora Díaz Parrado (a cuya hermana llamábamos Fauna) como ave del paraíso y el agregado cultural Fernández Retamar como tarántula con teléfono y agenda.

Conservo las cartas que me enviaste a Sofía desde Roma (“vieja ciudad decadente sin el espíritu de lucha de París”, dices en una de ellas) cuando eras agregada cultural de la embajada cubana en Italia y yo desempeñaba el mismo cargo en Bulgaria. En la de fecha 19 de junio del 64 te quejas de la incomunicación entre los amigos y colegas. “Entre nosotros”, escribiste, “no hay ningún contacto vivo; sin embargo, debería haberlo, por el propio trabajo. Por qué, me pregunto siempre”. Y concluyes: “En fin, es así, somos así. El tiempo, los años, de este modo, dejarán su huella de vacío. Luego, con ese vacío, acaso cambiaremos, nos acercaremos…”

Ahora, desde el vacío de los años, te me acerco con estas escenas que compartí contigo y que están, como ves, tatuadas en mi memoria. En este largo tiempo de silencio mutuo, a la pregunta ¿qué será de Nivaria? siempre reaccioné convocando los recuerdos o leyendo alguno de los poema tuyos que me acompañan. Tratándose de la amistad, el silencio es peor que la distancia porque puede parecer olvido.

El Caso Padilla (y2)

Por aquellos días, Armando Hart citó a los jurados extranjeros a su despacho. Les dijo que mi sanción obedecía a motivos ajenos al concurso, que no tenía nada que ver una cosa con la otra. No convenció. Uno de los presentes, el poeta salvadoreño Roque Dalton, se encargó de hacérselo saber allí mismo. Roque y el escritor argentino José Bianco -quien con buen tino afirmaba que los tejemanejes del Partido le estaban dando la razón al libro de Padilla- me lo contaron todo.

Después de la firma del acta y del Voto Razonado que acordamos añadir -redactado por mí y en el que Lezama intercaló dos párrafos: el sexto y el séptimo-, la ejecutiva de la UNEAC convocó a los integrantes de los jurados a una asamblea para explicarles los problemas que habían surgido en el Premio de Poesía con Fuera del juego y en el de Teatro con la obra de Antón Arrufat Los siete contra Tebas, que también fue tachada de contrarrevolucionaria. La asamblea no fue presidida por Nicolás Guillén -siguiendo el consejo que me había dado, el poeta se enfermó-, sino por el suplente de oficio José Antonio Portuondo. A Félix Pita Rodríguez, de gustos afrancesados, en el casting le tocó el papel de fiscal como Fouquet-Tinville. En una alferecía jacobina, Pita “aclaró” lo que, según el libreto que le dieron, estaba ocurriendo: “el problema, compañeras y compañeros, es que existe una conspiración de intelectuales contra la revolución”. Ante semejante denuncia, pedí la palabra y lo conminé a que dijera los nombres de esos “conspiradores”. No los dijo.

Lo que existía era una conspiración del gobierno contra la libertad de criterio. Por aquellas fechas llegaban noticias a Cuba acerca de brotes de disidencia entre los intelectuales de países del Este, sobre todo de la Unión Soviética, Polonia y Checoslovaquia, y los dueños del poder en Cuba decidieron poner sus barbas en remojo y curarse en salud. Esto explica la desmesurada importancia que le dieron al premio de Padilla y la política que desde aquel momento empezaron a diseñar para nosotros. El prólogo que la UNEAC impuso a Fuera del juego -para la mayoría, redactado por Portuondo; para algunos, por Lisandro Otero; para otros, por ambos al alimón; para todos, dictado o sancionado por los guardianes de la palabra de Castro- revela por dónde iban los tiros y por dónde irían los cañonazos. “Nuestra convicción revolucionaria”, se dice en dicho prólogo, “nos permite señalar que esa poesía y ese teatro sirven a nuestros enemigos, y sus autores son los artistas que ellos necesitan para alimentar su caballo de Troya a la hora en que el imperialismo se decida a poner en práctica su política de agresión bélica frontal contra Cuba”. Lo de siempre: el enemigo externo utilizado, a la sombra de una “convicción revolucionaria” esgrimida como ley natural o ciencia infusa, para atar en la picota a los que en algo no piensan exactamente igual que el amo de la casa. Si esto no se llama terrorismo ideológico, ya me dirá alguien qué nombre ponerle.

La UNEAC honró su compromiso, expresado en la asamblea con los jurados, de publicar Fuera del juego y Los siete contra Tebas, pero no dio ni a Padilla ni a Arrufat el viaje a Moscú ni un peso de los mil que completaban el premio estipulado en las bases del certamen. El poeta y el dramaturgo se quedaron in albis y en tierra y vieron cómo sus respectivos libros tuvieron una circulación casi clandestina.

Los meses que siguieron al concurso de la UNEAC presagiaban tormenta.

Después de haber sido destituido como redactor jefe de La Gaceta de Cuba y poco antes de que Luis Marré me sustituyera en el cargo, fui una tarde a la que aún era mi oficina en la UNEAC y me extrañó encontrar entreabierta la puerta. La empujé y el espectáculo que vi era indignante: el contenido de los archivos y de los cajones de mi escritorio estaba disperso por el suelo y pisoteado, los libros habían sido aventados en todas direcciones y la cola líquida que usábamos en la maquetación había sido vertida concienzudamente sobre los muebles y la máquina de escribir. Tardé un segundo en denunciar la tropelía al administrador de la UNEAC, quien ensayó la expresión de asombro más decepcionante que he visto. El señor tardó media hora en ir a comprobar mi denuncia y prometió llamar a la policía, pero la policía no fue jamás. Nunca supe quién hizo aquello. Una sospecha tuve entonces y la tengo aún: ¿no habrán querido endilgarme un sabotaje y luego de dar el primer paso retrocedieron por sabe Dios qué?

En noviembre de aquel año, 1968, un fantasma apareció en las amarillentas páginas de Verde Olivo. ¿Quién era Leopoldo Ávila? Nadie lo sabía. Aún se hacen conjeturas sobre la identidad del amanuense que se ocultaba tras ese seudónimo (la más insistente señala al teniente Luis Pavón, entonces pendolista de Raúl Castro), aunque la voz que le dictaba fue reconocida en el acto como la del máximo poder. Creo que con la invención de Leopoldo Ávila el gobierno castrista se convirtió en el único de la Historia en usar heterónimo.

El ectoplasma en cuestión pronto hizo célebres, además de su estomagante prosa, sus ataques personales y sus monsergas doctrinarias sembradas de anatemas y con fuerte olor a proletkult y Santo Oficio. Leopoldo Ávila firmó artículos rabiosos contra Padilla, Virgilio Piñera, Antón Arrufat, Rogelio Llopis, Cabrera Infante… En algunas de sus diatribas no falta el anatema de homosexual. Pocas veces fue objetivo, como cuando me calificó de autor irrelevante dentro de la narrativa cubana. Su bilis fundamentalista lo desborda cuando viene a decir lo mismo de Piñera y Cabrera Infante.

El artículo de Leopoldo Ávila “Sobre algunas corrientes de la crítica y la literatura en Cuba” se publicó en Verde Olivo el 24 de noviembre de aquel año. Era la sinopsis del dogma gubernamental sobre la literatura y, en consecuencia, la horma para los escritores cubanos. En él se concretaba circunstanciadamente el impreciso apotegma cesáreo “Dentro de la revolución: todo; contra la Revolución ningún derecho”, eco de la consigna de Mussolini “Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”. Gracias a este artículo los escritores de la isla sabíamos, por fin, qué era lo que desde la ventana de Castro se veía dentro de la revolución y qué afuera -aunque siempre quedaba un margen de error, dependiente del ángulo que Castro eligiera en cada momento para asomarse. Debimos agradecer, no obstante su relativa fiabilidad, que se nos facilitara este plano de áreas minadas, de utilidad equiparable a la de un lazarillo tuerto para ciegos caminantes. A pesar del carácter programático del texto, el más pretencioso de los que nos asestó, la gaseiforme entidad predicadora hizo espacio en él para meter capirotazos nominales: “Cabrera [Infante] es un tallador de la CIA. Con Severo Sarduy y Adrián García [Hernández] trazan desde el extranjero el camino de la traición…”

Así hablaba Zaratustra cuando llegó a La Habana la poetisa soviética Margarita Alliguer, la viuda de Alexander Fadéiev, aquel talentoso novelista que se suicidó bajo el peso de sus remordimientos por haber colaborado, desde la presidencia de la Unión de Escritores Soviéticos, con el KGB en la destrucción de colegas suyos. En conversación que unos pocos escritores mantuvimos con ella en la UNEAC confesó sin rodeos que estaba asustada por los artículos de Leopoldo Avila, los que, según nos aseguró, ya se comentaban en Moscú. “Con artículos iguales a ésos comenzaron las purgas de Stalin”, dijo.

Años después, un capitán del Ejército, a quien conocí cuando aún no ostentaba grados y trabajaba como fotorreportero en Verde Olivo, me reveló algunos hechos interesantes además de pintorescos. Según este hombre -al que di crédito porque habló delante de compañeros suyos en un club de oficiales-, en aquella época Raúl Castro presidía unas reuniones que se celebraban en la oficina del director de la revista, en las que, a partir de informes aportados por los cuerpos de seguridad u obtenidos por otros medios, se analizaba el comportamiento político de los escritores y artistas cubanos que vivíamos en la isla. Me contó este capitán que, entre las misiones que por orden de Luis Pavón realizó en esos días, estuvo la de grabar subrepticiamente una lectura de poemas que Padilla dio en la UNEAC en los momentos en que estaba más desafiante, a la que asistió buena parte de la intelectualidad habanera. El capitán me aseguró que cuando llegó a la revista con la grabación, en el despacho de Pavón la esperaban ansiosamente Raúl Castro y otros militares.

La tensa calma que siguió al zipizape del premio, caldeada semanalmente por el fogonero de Verde Olivo -“el rayo que no cesa” le llamaba yo-, estalló en 1971 con dos incidentes que tuvieron lugar a comienzos de ese año y en los cuales se vio involucrado Heberto Padilla por su estrecha relación con los protagonistas. Uno fue el conflicto -odio a primera vista- entre las autoridades cubanas y el representante diplomático en Cuba del gobierno de Salvador Allende, el novelista Jorge Edwards, a quien esas autoridades acusaron de conspirar con Padilla contra la revolución. En marzo de aquel año, Edwards se marchó de Cuba prácticamente expulsado: fue un ido de marzo. El otro incidente fue el arresto en La Habana, bajo la imputación de trabajar para la CIA, del periodista y fotógrafo francés Pierre Golendorf, quien pasaría algunos años a la sombra de los carceleros en flor antes de que lo devolvieran a las Galias.

Un día de aquel borrascoso marzo me telefoneó un reportero de la revista Cuba Internacional que simulaba ser amigo mío y era un soplón (trompeta en germanía habanera) que me había adosado la Seguridad. Me llamó en plan profesional -dijo que estaba haciendo una encuesta por encargo de su revista- para conocer mi opinión sobre el arresto de Heberto Padilla. Así me enteré de que a Padilla lo habían detenido aquel día junto con su mujer, la poetisa Belkis Cuza Malé. Supe luego que unos agentes les abrieron la puerta a empellones, registraron el apartamento y se los llevaron a un cuartel de la Seguridad, donde los incomunicaron. Belkis estuvo presa un par de días, y tan pronto como la soltaron fue a mi casa, que estaba a dos cuadras de la suya, y a Ofelia y a mí nos contó en detalles lo sucedido.

Abundaron los provocadores que tuvieron la esperanza de arrancarme una declaración virulenta sobre el arresto de Padilla. Para decepcionarlos acuñé una respuesta: “Opinaré cuando sepa por qué lo han detenido”. Pero no lo decían y mientras tanto la versión que circulaba era la de que Heberto estaba implicado en el asunto Golendorf. Lo cierto es, como se vio finalmente, que lo arrestaron porque se había convertido en lo que entonces estaba de moda llamar “un escritor contestatario”. (José Felipe Carneado, un comunista de la vieja escuela que fue alto funcionario del partido en la esfera de la religión -era el marxista más cercano a Dios de todo el comité central-, le aseguró al escritor José Lorenzo Fuentes que la revolución estaba en guardia para impedir que en Cuba surgiera un Solzhenitsin. En vista de lo que hicieron con Padilla, ¿quién lo habría sospechado?)

El revuelo que el arresto del poeta provocó en el ámbito internacional fue de mayores proporciones que el que había producido tres años antes el conato de censura a Fuera del juego, y para entonces ya eran muchas las voces -entre éstas, las de intelectuales de nombre que habían apoyado el proceso revolucionario desde sus inicios- que en la prensa extranjera alertaban sobre la estalinización de la vida cultural en Cuba. Algunas de esas voces entonaron cantos de arrepentimiento después. El arrepentido más plañidero fue Julio Cortázar, quien llegó a culpar a Padilla y sus amigos del libro de Jorge Edwards Persona non grata. Me parece que fue en la revista española Índice donde el buen Julio aventuró la tesis de que el novelista chileno escribió ese libro porque nosotros le calentamos los cascos. No obstante, al final de su vida, Cortázar desvió sus devociones hacia la Nicaragua sandinista. Viejos valedores de la revolución cubana, irremisiblemente decepcionados, rompieron para siempre con el castrismo: Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Jean-Paul Sartre, Juan Goytisolo… Éste último, en unas páginas de su libro autobiográfico En los reinos de taifa, expone con detalles el proceso de su desilusión.

A principios de abril, la Seguridad del Estado comenzó a divulgar, impresa en cuartillas de papel de estraza, una supuesta “Carta de Heberto Padilla al Gobierno Revolucionario”. Su deprimente redacción y su grotesco contenido inducen a suponer que nuestro poeta es tan autor de esa carta como de La Divina Comedia. Pero si realmente la redactó -bajo amenaza, se entiende-, merece eterno elogio por convertirla, a fuerza de hacerla nauseabunda, en una condena a sus carceleros. Sólo la más demencial prepotencia, cómodamente apoyada en la enorme popularidad de que aún gozaba la revolución, pudo hacer creer a la policía política de Castro que un documento autoinculpatorio como ése, atribuido a un hombre incomunicado en un calabozo, podía probar otra cosa que no fuera la perversidad del régimen.

Poco después de la aparición de la célebre carta, con la que el castrismo vejó nuestra inteligencia de manera impía, Padilla fue puesto en libertad y me pidió que fuera enseguida a su casa. Me dijo que esa noche iba a celebrarse un acto en la UNEAC en el que él se haría una autocrítica -que resultó una memorizada ampliación de la carta- y en el que la Seguridad me daría, como a otros escritores que él debía mencionar (Belkis Cuza Malé, Pablo Armando Fernández, César López, José Yánez, Norberto Fuentes, Virgilio Piñera y Lezama), la oportunidad de “reafirmarme” como revolucionario reconociendo en público mis “errores”. Entendí que se nos pedía un sacrificio político para exonerar a la revolución de las acusaciones que le llovían desde el exterior por el caso Padilla. Aunque con dudas cada vez más inquietantes, yo continuaba aferrado a la quimera revolucionaria y me resultaba doloroso que se cuestionara mi lealtad; por eso, en contra de la opinión de mi mujer, que no se cansó de decirme con toda la razón del mundo que estábamos cayendo en una trampa, acepté participar en aquel acto. Para mí el problema era que yo no sabía de qué acusarme.

El acto de autocrítica se celebró en la noche del 17 de abril de 1971. La UNEAC estaba tomada por la Seguridad del Estado. En la puerta principal, la única que permanecía abierta, un oficial y varios agentes franqueaban el paso, previa identificación, sólo a las personas que habían sido citadas, cuyos nombres figuraban en una lista. Adentro, la atmósfera era densísima. La gente apenas hablaba y los saludos se reducían a un leve apretón de manos o un movimiento de cabeza y una sonrisa de circunstancia, como en los velorios.

Alrededor de las nueve nos llamaron al salón de actos. Allí todo estaba a punto: las hileras de sillas, la mesa presidencial, los micrófonos, las luces y las cámaras del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos que filmarían el espectáculo bajo la dirección de Santiago Álvarez. Nicolás Guillén, que padecía una oportuna enfermedad, fue reemplazado en la presidencia -¡oh, sorpresa!- por Pepé Portuondo. Cuando cada quien ocupó su sitio, se pusieron en marcha las cámaras de cine y se cerraron las puertas del salón, que quedaron custodiadas por “segurosos” vestidos de civil.

Una cosa es leer la autocrítica de Padilla ahora y otra bien distinta es haberla oído allí aquella noche. Ese momento lo he registrado como uno de los peores de mi vida. No olvido los gestos de estupor -mientras Padilla hablaba- de quienes estaban sentados cerca de mí, y mucho menos la sombra de terror que apareció en los rostros de aquellos intelectuales cubanos, jóvenes y viejos, cuando Padilla empezó a citar nombres de amigos suyos -la mayoría estábamos de corpore insepulto- que él presentaba como virtuales enemigos de la revolución. Yo me había sentado justamente detrás de Roberto Branly. Cuando Heberto me nombró, Branly, mi noble amigo Branly, se viró convulsivamente hacia mí y me echó una mirada despavorida como si me llevaran a la horca.

Los presentes que, en cumplimiento de lo ordenado por la Seguridad, fuimos nombrados por Padilla pasamos por los micrófonos tan pronto como él terminó. Cuando me llegó el turno, yo seguía sin saber qué decir. Pero hablé. Lo que dije está publicado. En medio de mi difícil improvisación, de pronto me vi culpando de aquello a la dirigencia política por no haber mantenido un diálogo constante con los intelectuales, diálogo en el que, según pensaba yo, los conflictos se hubieran resuelto sin traumas. ¿Ingenuidad? Mucha. La experiencia suele llegar tarde, y la mía aún estaba en camino. Lo que importa es vivir para darle tiempo a llegar.

La nota discordante de aquella velada de falsa reconciliación la dio Norberto Fuentes. Citado por Padilla, primero entró en el juego de la autocrítica y luego pidió otra vez la palabra para desdecirse y proclamar que era uno de los escritores más perseguidos de Cuba y que no tenía nada que reprocharse. Para muchos, Padilla incluido -yo también lo he pensado-, esta escena de Norberto Fuentes fue preparada por la policía con el fin de darle prestigio de espontaneidad a la pantomima. Sea lo que haya sido, dramaturgia o verdad, fue la única escena estimulante de aquella noche de Walpurgis.

¿Hasta cuándo, Catilina?

Teódulo López Meléndez*

¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?
¿Cuánto tiempo hemos de ser todavía ju­guete de tu furor?

Marco Tulio Cicerón

Acabar con la propiedad intelectual
convierte al escritor en un parásito obediente.
No es que acaba con su derecho al trabajo, peor aún,
acaba con la naturaleza de su trabajo.

Federico Vegas

Es lo que intentan, lo que la frase del novelista venezolano Federico Vegas refleja a la perfección. Allá con su conciencia los escritores que apoyan al gobierno. Los demás somos irreductibles. Invocamos nuestro coraje y le añadimos los al menos diez convenios internacionales suscritos por Venezuela que son lanzados al cesto de la basura y advertimos a todos los países de Sudamérica que este nuestro país maltratado no puede ser miembro ni de la Comunidad Andina de Naciones ni del MERCOSUR, pues allí se pide respetar los derechos de autor.

Está bien que sangremos por la herida los escritores, como sangrarán pintores, escultores, dramaturgos, al igual que compositores musicales, todos los creadores, todas las casas editoriales, todas las disqueras, todos, absolutamente todos los que estábamos protegidos por un derecho universalmente reconocido. Pero la cosa va más allá. Es el furor que denunciaba el tribuno Cicerón ante la conspiración de Catilina. Aquí se trata precisamente de eso, de una conspiración del furor.

Es el tono bravucón, el desprecio en la declaración enunciativa de lo que tratan de imponernos, es el “lo hacemos porque nos da la gana” sin importar la violación de la Constitución, de todos los procedimientos, de la ruptura del Estado de Derecho al añadir artículos no propuestos por el proponente originario (que ya de por sí bastaban para proclamar el Golpe Constitucional), es el “nos blindamos” en el poder para que nadie pretenda disentir (la disensión es la peor amenaza), es el aquí procedemos encerrados en este pequeño recinto atribuyéndonos las competencias de una Asamblea Constituyente y transformando una propuesta de reforma en una nueva Constitución que nosotros pelagatos ejecutamos en cumplimiento de la voluntad de Yo, el Supremo. Todo envuelto en esa frase sibilina de “es lo que recogimos en la consulta con el pueblo”.

Es el furor desatado que elimina la temporalidad de los estados de excepción y de un brochazo (no se puede decir de un plumazo porque no saben lo que es una pluma) quitan la permanencia de los derechos a la información y al libre proceso una vez decretada la excepcionalidad. Es para que no haya más intentos de golpe, nos dicen, para poder poner presos a los conspiradores. Si se les pregunta como se mantendrá informada la ciudadanía en caso de excepción se responde sin tapujos que el gobierno informará. Podrán llevarse preso a quien quieran, sin presentarlo ante un juez, sin que los vigilantes de los derechos humanos velen por su integridad. Ese derecho a estar informado y ese otro al libre proceso al menos nos permitía saber quien había sido arrestado, que era lo que convulsionaba a la nación y las razones de porqué se suspendían las garantías constitucionales. Los medios no informaron en abril del 2002, alegan, y desde aquí respondemos que los habitantes de este país no somos dueños de los medios, somos ciudadanos con derechos y que invocamos los humanos que todas las constituciones y todos los principios recogidos en Declaraciones Universales proclaman como inalienables.

En este país hay docenas de protestas todos los días. La gente clama por seguridad, por vivienda, por asfaltado de las calles, por salubridad. Podrán imaginarse el día en que se combinen estas protestas y el gobierno declare el Estado de Excepción. Cualquiera podrá ir preso sin que nadie se entere, a no ser sus atribulados familiares. El Poder Judicial no se enterará, al menos para guardar las apariencias. Este gobierno alega conspiración por boca del Ministro del Interior si en una barriada protestan porque las aguas negras andan libres por las calles, si es que así pueden llamarse. El Ministro del Interior ha dicho que la oposición fomenta los motines en las cárceles para desestabilizar al gobierno. El Ministro del interior ha dicho que la oposición paga sicarios para matar taxistas para que así estos salgan a trancar calles en protesta por la inseguridad. ¿Qué se puede esperar de este gobierno en un Estado de Excepción? Razzias es lo que se puede esperar, arrestos masivos de dirigentes opositores acusados de instigar a las señoras que con sus niños piden desesperadamente vivienda ante los ineficientes organismos oficiales. Dirigentes opositores que ¿aparecerán?

Hacemos nuestra la voz de Cicerón. Basta, Catilina, tu furor hace encender nuestras voces y te condenamos. Eres tú, Catilina, el que diriges la conspiración, una contra el futuro de la democracia y de la república misma. Te detendremos sin violar derechos humanos fundamentales, no proclamaremos el Estado de Excepción para responder a tu hábito conspirativo, no haremos razzias para desaparecer en el silencio constitucional a nadie. Nos afianzamos, como Cicerón, en la palabra y la palabra la llevaremos a la acción que los demócratas conocemos para detenerte, Catilina, porque los demócratas verdaderos respetamos aún a quienes quieren conculcarnos hasta en nuestra naturaleza misma. Marco Tulio Cicerón detuvo la conspiración. Tú, Catilina, eres recordado como ese Carujo que enfrentó la dignidad civilista de José María Vargas.
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*Escritor, poeta, ensayista, editor y traductor venezolano.