Margarita Aliguer: un recuerdo y un poema

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En pleno apogeo del Caso Padilla, llegó a La Habana la poetisa soviética Margarita Aliguer. Llegó ansiosa por reunirse con poetas cubanos, y algunos nos vimos con ella una tarde en la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, entonces presidida por Nicolás Guillén. La visitante comenzó diciéndonos que en Moscú había leído informaciones acerca del conflicto entre el Gobierno de Fidel Castro y un grupo de intelectuales cubanos (entre los que estaba yo), acusados por aquel de contrarrevolucionarios. Nos confesó que estaba alarmada porque hallaba similitud entre lo que estaba ocurriendo en Cuba y la manera como se había iniciado la persecución stalinista a los intelectuales en la URSS. Margarita Aliguer, nacida en 1915 y fallecida en 1992, que fuera amante del novelista Alexander Fadéyev –notorio colaborador de Stalin cuando presidía la Unión de Escritores Soviéticos–, tenía razones para alarmarse. En este poema suyo (sin título), traducido por la poetisa argentina de origen bielorruso Natalia Litvinova, deja constancia del viacrucis que fue su vida.

Vivo en este mundo
con una bala en el corazón.
No voy a morir todavía.
La nieve cae.
No anochece.
Los niños juegan.
Uno puede llorar,
cantar canciones.

Pero no pienso ni llorar ni cantar,
vivimos en la ciudad y no en el bosque.
No olvidaré lo visto
y llevo en el corazón lo que conozco.

El invierno de Kazán, huidizo,
níveo y luminoso, pregunta:
– ¿Cómo vivirás?
– No sé.
– ¿Sobrevivirás?
No sé.
– ¿Cómo no te mató la bala?

Cerca del final pero aún viva,
quizá porque
en la lejana ciudad de Kamsky,
donde las noches son más claras por la nieve
y el frío audaz toma lo que considera suyo,
se ponen a hablar y a correr
mi felicidad y mi inmortalidad.

– ¿Cómo no te mató la bala,
cómo resististe su plomo de fuego?

Decidí seguir viviendo
cuando vi el final
acercarse a empujones calientes
y mi corazón me reveló
que algún día sabré contar
este sufrimiento en mis poemas.

– ¿Cómo no te mató la bala
o no te tumbó el golpe?

Si estoy viva
es porque cuando se agotaron mis fuerzas,
desde los paraderos lejanos
y los callejones sin salida, tapados con nieve,
detrás de las montañas, vi
a los tanques en movimiento,
y en los bosques
a las bayonetas erguidas,
advino,
empezó a brillar
el día de la victoria
rodeando la tierra con su ala.

Ese día fui abriéndome paso
a través de las desgracias
mías y ajenas.

(1941)

Muere Tzvetan Tódorov

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Ayer, en París, a la edad de 77 años, nos abandonó Tzvetan Tódorov, testigo insomne de ese siglo exasperado que fue el XX, así como de la confusión con que ha iniciado su andadura el que ahora padecemos. Búlgaro de nacimiento, vivió en su rincón balcánico la experiencia del totalitarismo comunista, y, refugiado en Francia, empleó la libertad para exponer esa experiencia con lucidez y erudición implacables. El último libro de Tódorov que leí es EL HOMBRE DESPLAZADO (1996), suerte de vademécum de sus vivencias y reflexiones. A este libro pertenecen los siguientes párrafos:
“La unánime condena que suscita hoy el totalitarismo puede erigirse en un obstáculo para su comprensión. El habitante de una democracia occidental querría creer que el totalitarismo es enteramente extraño a las aspiraciones humanas normales. Pues bien, si así fuera, el totalitarismo no se habría mantenido durante tanto tiempo, ni habría arrastrado tras de sí a tantos individuos. Es, por el contrario, una maquinaria de temible eficacia. La ideología comunista propone la imagen de una sociedad mejor y nos incita a aspirar a ella, pues el deseo de transformar el mundo en nombre de un ideal es parte integrante de la identidad humana. Al mismo tiempo, reina en esta sociedad la ley de la supervivencia del más apto, y el goce del poder se afirma en ella como verdad última de la condición humana. Los valores de la “vida” encuentran también aquí su confirmación. Dicho de otro modo, ideología y sociedad se prestan ayuda recíproca, y el individuo se desquita en una de todas las decepciones que haya sentido a causa de la otra.
Además, la sociedad comunista priva al individuo de sus responsabilidades: siempre son “ellos” los que deciden. Ahora bien, la responsabilidad es un fardo a menudo difícil de llevar. ¿No soñamos todos secretamente, en algunos momentos, en volver a ser niños y dejar a los padres el cuidado de tomar las decisiones? La felicidad del prisionero y la angustia del que recobra la libertad no son invenciones arbitrarias. La atracción por el sistema totalitario, seguida inconscientemente por numerosos individuos, proviene de un cierto miedo a la libertad y a la responsabilidad. Ello explica la popularidad de todos los regímenes totalitarios (es la tesis de Erich Fromm en EL MIEDO A LA LIBERTAD). Existe una “servidumbre voluntaria”, decía ya La Boétie. El “homo sovieticus” se identificaba automáticamente con lo que afirmaba la autoridad y eso le tranquilizaba. Pero ningún otro “homo” ignora del todo esa tentación. Por eso es por lo que había desconcertante en la expresión “Imperio del Mal” aplicado a la URSS, aun cuando, comparado a la democracia, el totalitarismo sea indiscutiblemente un mal. Tal expresión permitiría identificar el Mal con un lugar y con un régimen, como su fuera enteramente extraño a “nosotros”, encarnación confortable de Bien. Del mismo modo que no está encerrado en el diablo, el Mal no es la propiedad exclusiva de ningún imperio.”

Heidegger: cartas de furia nazi

La correspondencia del pensador con su hermano agrava su adhesión al Reich, que fue fruto de una pasión visceral

Carmen Vallejo
(EL MUNDO, Madrid, 4/1/2017) Martin Heidegger (1889-1976), el filósofo alemán más admirado del siglo XX, y también su peor desastre moral, cayó definitivamente en desgracia hace tres años, el día que se publicaron sus Cuadernos negros, un libro de notas personales que contaba la historia de su adhesión a los nazis. Su juicio se agrava ahora con la difusión de parte de la correspondencia que Heidegger mantuvo entre 1930 y 1946 con su hermano Fritz, cinco años menor que él, su gran confidente.
La lectura de las cartas seleccionadas por la editorial Herder para completar las 448 páginas del libro que acaba de publicar con el título Heidegger y el antisemitismo. Posiciones en conflicto. Con cartas de Martin y Fritz Heidegger es contundente. El autor de Ser y tiempo no reflexionaba ambivalente y solitario sobre el nacionalsocialismo, como se podría haber pensado después de leer Cuadernos negros. No cayó en el horror por un error trágico.Al contrario, era un nazi visceral, obsesionado con la «germaniedad» y fascinado con «el instinto político y excepcional» de Hitler, según una carta con fecha del 18 de diciembre de 1931. «No se trata de pequeña política partidista sino de la salvación o el colapso de la cultura europea occidental. Quien no comprenda eso merece ser aplastado en el caos», escribe a su hermano Fritz, empleado de banca en la ciudad de Messkirch, donde el padre de había ejercido como sacristán.
Heidegger da muestras en esta correspondencia de estar muy al tanto de cuanto sucedía a su alrededor y de tener formada una opinión monolítica sobre los judíos, las mujeres y del autor de Mein Kampf, obra que hizo llegar a Fritz con la idea de sumarle a la causa, sin éxito.
«No sé hasta que punto han evolucionado tus opiniones políticas… pero supongo que no formas parte de los admiradores de Brüning y dejas el Zentrum a las mujeres y a los judíos como refugio», escribió Heidegger desde Friburgo el 27 de julio de 1932, dando por hecho Fritz no apoyaba al Partido Católico de Centro (Zentrum) del canciller Heinrich Brüning, que había tratado de prohibir las organizaciones paramilitares.
Tampoco le gustaba Franz von Papen, quien, como Brüning, intentó frenar a Hitler, creando un ministerio anti-nazi fuera del control del Parlamento. «Una conspiración judía», escribió Heidegger, que deja igualmente constancia de la repulsa que le produce que los judíos «se entreguen progresivamente a la atmósfera de pánico».
El 28 de octubre de 1932 mandó a Fritz «el último discurso de Hitler para que veas que, a pesar de todos los excesos desagradables es necesario apoyarle» y el 13 de abril de 1933, cuando el dictador ya estaba en el poder, escribió: «El mundo de nuestro pueblo y del Reich se transforma y cualquiera que tenga ojos para ver y oídos para oír, además de un corazón para obrar, se siente llevado por este impulso y transportado por una auténtica exaltación. Estamos ante una gran realidad, y al mismo tiempo nos enfrentamos a la necesidad de construir esta realidad de manera que ocupe su lugar en el mundo espiritual del Reich y en la misión secreta de la germanidad».
El 4 de mayo,Martin Heidegger anunció que se había afiliado al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán: «Ayer me inscribí por convicción interna y por la creencia de que es la única manera de lograr la purificación y la clarificación de todo el movimiento. Si no estás convencido por ahora, te aconsejaría que te prepares sin preocuparte lo más mínimo de las cosas poco regocijantes que puedan pasar cerca de ti».
Sólo tenía una queja: el trabajo acumulado tras el despido de tres colegas judíos. También en julio de 1945, poco después de la guerra, su descontento era con «la gente salida de los campos» -supervivientes del Holocausto- que fue alojada en su casa. «No resulta agradable».
Y resume su interrogatorio con la comisión de depuración creada por los aliados: «Todo ha ido bien. Lo que hagan los franceses no está aún claro. Pero no parece que tengan la intención de hacer que renuncie a mis funciones. La principal caza de brujas es la de los políticos del Zentrum, ésos contra los que se levantaron los teólogos y toda la gente razonable. Pero todo es siniestro y peor que en la época nazi».
En Messbkirch, cuidad natal de Martin Heidegger, el más conocido de los dos hermanos era Fritz.
El pequeño de los hermanos era cajero de banco, un hombre dicharachero, aficionado a las cartas, a los bares y muy avispado con los números. Hans Dieter Zimmermann, autor de un libro sobre los Heidegger, afirma que Fritz era tan original que en el pueblo aún se cuentan sus andanzas. Y muchas tienen que ver con su tartamudez, un problema que lo obligó a abandonar su sueño de entregarse a la palabra de Dios y le hizo muy popular en Messbkirch tras los pregones de carnaval que dio en 1934, 1937 y 1948.
Fritz y Martin eran, según Zimmermann, agua y aceite. Se veían poco y Fritz nunca mostró especial respeto por su famoso hermano. Cuenta el autor como anécdota la cena con la que Heidegger fue homenajeado en Messebkich con motivo de su 80 cumpleaños En los postres, alguien se levantó y dijo solemne «Señor profesor le hemos visto en televisión y escuchado su impresionante discurso», a lo que Frizt respondió en voz alta «no tenéis que creeos todo que dice este tipo, está viejo y gaga». Fritz fue guardián de los manuscritos de su hermano desde 1938, cuando éste le pidió poner su obra a salvo de una posible guerra. Nunca sintió atracción por el nacionalsocialismo y la figura de Hitler. Su interés nunca estuvo en la política sino en la religión. A partir de su jubilación en 1959, se dedicó de lleno a lectura de la Biblia, obras de Teología, liturgia católica y a poner sobre el papel todo lo que se le pasaba por la cabeza y recordaba de su hermano. Hasta que se cansó.

La pistola sobre la mesa

Manuel Díaz Martínez
Había una vez una República. Tenía su Constitución, sus Leyes, sus Libertades; Presidente, Congreso, Tribunales; todo el mundo podía reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El Gobierno no satisfacía al pueblo pero el pueblo podía cambiarlo y ya sólo faltaban unos días para hacerlo. Existía una opinión pública respetada y acatada y todos los problemas de interés colectivo eran discutidos libremente. Había partidos políticos, horas doctrinales de radio, programas polémicos de televisión, actos públicos y en el pueblo palpitaba el entusiasmo. Este pueblo había sufrido mucho y si no era feliz, deseaba serlo y tenía derecho a ello. Lo habían engañado muchas veces y miraba el pasado con verdadero horror. Creía ciegamente que éste no podría volver; estaba orgulloso de su amor a la libertad y vivía engreído de que ella sería respetada como cosa sagrada: sentía una noble confianza en la seguridad de que nadie se atrevería a cometer el crimen de atentar contra sus instituciones democráticas.
Fidel Castro: La historia me absolverá, 1953.
La liberté de la presse a été presque l’unique affaire de ma vie politique; j’y ai sacrifié tout ce que je pouvais y sacrifier: temps, travail ou repos. J’ai toujours considéré cette liberté comme une constitution entière; les infractions à la Charte m’ont paru peu de chose tant que nous conservions la faculté d’écrire. Si la Charte était perdue, la liberté de la presse la retrouverait et nous la rendrait; si la censure existait, c’est en vain qu’il y aurait une Charte.[i]
Chateaubriand
La libertad de expresión es un derecho natural: responde a una necesidad de la inteligencia humana. Es el primer derecho que entra en liza en la dialéctica social y el primero contra el que atentan los poderes que necesitan anular o recortar libertades para existir y medrar. Una declaración de la ONU hace bien en recordarnos que la libertad de expresión “siempre es frágil y nunca se la puede considerar definitivamente afianzada”[ii].
En Cuba, desde 1902, año en que se funda la República, hasta el triunfo de la Revolución de Fidel Castro, en 1959, la libertad de expresión, en lo tocante a la prensa periódica, conoció sólo agresiones esporádicas, si bien muy graves en algunos casos. Mario García Menocal, Gerardo Machado Morales y Fulgencio Batista Zaldívar fueron los gobernantes del período republicano que la respetaron menos. Los tres reprimieron y corrompieron periodistas y cerraron órganos de prensa. Machado y Batista impusieron eventualmente la censura previa decretando “estados de excepción”.
Aunque la libertad de prensa en la República no muestra un historial impoluto, una ojeada a los fondos de las hemerotecas cubanas demostraría que gozó de bastante buena salud, una salud que nos resulta envidiable a los cubanos de hoy[iii]. En ese mismo período, en la literatura y el arte la libertad de expresión fue absoluta.
Revisando nuestra historia, nos admira que, a los veinte años de fundada la República, ya hubiera en Cuba –un país que entonces contaba con apenas dos millones de habitantes y que empezaba trabajosamente su andadura democrática después de cuatro siglos de coloniaje– varias revistas de gran circulación, entre ellas las históricas Bohemia, Social y Carteles, y alrededor de una docena de periódicos, nacionales y locales. Entre los primeros había dos muy significativos: El Heraldo de Cuba, liberal, y La Discusión, conservador.
Entre las promesas contenidas en el programa político con que Fidel Castro tomó el poder figuraba la de restaurar la Constitución de 1940. El 11 de julio de 1957, Fidel Castro, a nombre del Movimiento 26 de Julio, que él encabezaba, firmó la “Proclama de la Sierra Maestra”[iv], documento en que se declara, “bajo formal promesa, que el gobierno provisional [el de la Revolución cuando ésta triunfase] celebrará elecciones generales para todos los cargos del Estado, las provincias y los municipios en el término de un año bajo las normas de la Constitución del 40…”, y daba “Garantía absoluta a la libertad de información, a la prensa radial y escrita y a todos los derechos individuales y políticos garantizados por la [misma] Constitución…”.
Restaurar la Constitución de 1940 –dejada sin efecto por Batista en su último mandato, surgido del golpe de Estado del 10 de marzo de 1952– equivalía a devolver al país las libertades democráticas. Por ejemplo, en el Artículo 33 del Título Cuarto (De los Derechos Fundamentales), esta ley de leyes establece que “Toda persona podrá, sin sujeción a censura previa, emitir libremente su pensamiento de palabra, por escrito o por cualquier otro medio gráfico u oral de expresión, utilizando para ello cualesquiera o todos los procedimientos de difusión disponibles” y que “Sólo podrá ser recogida la edición de libros, folletos, diarios, películas, periódicos o publicaciones de cualquier índole cuando atenten contra la honra de las personas, el orden social o la paz pública, previa resolución fundada de autoridad judicial competente y sin perjuicio de las responsabilidades que se deduzcan del hecho delictuoso cometido”.
Tan pronto como tomó el poder, Castro se esforzó en mostrarse como un abanderado de la libertad de expresión. En un discurso de 1959 dijo: “…soy de los que creen sinceramente en las libertades, soy de los que creen que cada cual debe tener el derecho de opinar lo que piensa. Y si no piensa como yo, le discuto sus razones, argumento contra sus ideas, pero no le quito el derecho de opinar de acuerdo con su conciencia. […] Tal es nuestro ideal de una sociedad donde todos tengan derecho a la libertad, sean mayoría o sean minoría…”. En otro discurso, pronunciado el 2 de abril de aquel año, hizo esta confesión: “Yo quisiera que los hombres fueran más libres todavía. La gran verdad es que el hombre, aun si sabe escribir y sabe hablar, no tiene donde hablar ni donde escribir. Luego, la gran verdad es que esos derechos, por los cuales ha sufrido tanto la humanidad, son más restringidos de lo que parece y lo que deben los hombres verdaderamente democráticos es tratar de ampliar esos derechos a todo el mundo”. Haciendo referencia a los dos órganos de prensa que entonces representaban, respectivamente, los extremos del arco político, tres meses más tarde, el líder de la Revolución declaró: “Nosotros hemos proclamado el derecho que tiene todo el mundo a escribir lo que piensa, desde el Diario de la Marina hasta el periódico Hoy. Eso es la democracia”[v].
En 1960, a unos meses de tales declaraciones, Castro clausuró manu militari todos los periódicos del país, menos el comunista Hoy, que mantuvo una autonomía aparente hasta desaparecer un lustro después. Uno de los primeros en ser incautado fue el Diario de la Marina, que venía publicándose desde hacía 128 años y que sólo había sufrido un corto período de silencio –compartido con El País e impuesto por Machado en 1930– antes de enmudecer para siempre a manos de Castro. Suerte idéntica a la de los diarios corrieron las radioemisoras, los canales de televisión y el resto de las publicaciones periódicas, como las revistas Bohemia y Vanidades. Los medios que no desaparecieron quedaron bajo el control del Estado y, con los mismos nombres o rebautizados con otros, constituyeron la red inicial de divulgación del discurso único establecido por el nuevo régimen.
Silenciando periódicos, Castro superó la marca establecida por Mario García Menocal, quien en 1917 cerró de un plumazo El Heraldo de Cuba, La Prensa, El Triunfo y La Nación[vi].
El fin de la autonomía de la prensa periódica fue el debut de un proceso de necrosis de la libertad de expresión que se extendió inmediatamente a todas las manifestaciones del pensamiento, incluyendo las artísticas. Ni en los momentos más sombríos de la colonia, la libertad de expresión padeció en Cuba una tan rigurosa aplicación de la mordaza.
No obstante estar blindada por un ideario redentorista que contaba con la incondicional y fervorosa adhesión de las mayorías –incluso de buena parte de los intelectuales–, la voluntad del nuevo régimen de poner fin a la libertad de expresión halló resistencia y dio origen a traumáticas batallas. Las más resonantes, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, se libraron en el campo de la literatura y el arte. Castro, dueño del poder total, máximo depositario entonces de la fe de las masas, logró su propósito, pero tuvo que pagar un precio por ello. Del caso Padilla, la más conocida de aquellas batallas, salió con el primer boquete en el blindaje.
Fidel Castro no restableció la Constitución de 1940. El lugar de ésta lo han ocupado sucesivamente una titulada “Ley fundamental de la República”, promulgada por el Consejo de Ministros en 1959[vii], y las Constituciones de 1976 y 1992, todas dictadas por Castro y huérfanas del aval de una asamblea constituyente. Estas cartas magnas a la carta restringen, y en algunos casos derogan, las garantías jurídicas, las libertades sociales y los derechos cívicos consagrados por la Constitución de 1940, y están concebidas para legitimar la hegemonía del Partido Comunista sobre el Estado y la de éste sobre los ciudadanos, o lo que es igual: para sustituir el Estado de Derecho por la tiranía totalitaria[viii].
Las Constituciones de 1976 y 1992 dicen, la primera en el Artículo 52 y la segunda en el 53, que “Se reconoce a los ciudadanos libertad de palabra y prensa conforme a los fines de la sociedad socialista. Las condiciones materiales para su ejercicio están dadas por el hecho de que la prensa, la radio, la televisión, el cine y otros medios de difusión masiva son de propiedad estatal o social y no pueden ser objeto, en ningún caso, de propiedad privada, lo que asegura su uso al servicio exclusivo del pueblo trabajador y del interés de la sociedad. El inciso “ch” del Artículo 53 de la Constitución de 1992 precisa que “es libre la creación artística siempre que su contenido no sea contrario a la Revolución[ix]. (Las cursivas son mías).
Debe tomarse en cuenta, para comprender en toda su extensión el alcance restrictivo, antidemocrático, de estas premisas, que las Constituciones de Castro designan al Partido Comunista –el único autorizado en el país– como “la fuerza dirigente de la sociedad y del Estado”, y que una reforma introducida, en junio de 2002, en la Constitución de 1992 proclama que en Cuba “el socialismo es irrevocable”.
Además, el Gobierno de Castro promulgó en febrero de 1999 la Ley 88 “De protección de la independencia nacional y la economía de Cuba”, conocida por el mejor nombre de Ley Mordaza, gracias a la cual los críticos del régimen, si éste considera que favorecen con sus opiniones la política “anticubana” de Estados Unidos, pueden recibir condenas de hasta veinte años de cárcel, más la confiscación de bienes (sanción prohibida en las Constituciones de 1901 y 1940). Los tribunales de Castro la estrenaron en la primavera de 2003 para encarcelar a 75 ciudadanos que hacían política de oposición al régimen, entre ellos 26 periodistas.
Si el caso Padilla es el de mayor resonancia entre los primeros generados por la censura castrista –los otros fueron el del documental P.M. y el magazine Lunes de Revolución, el de la editorial El Puente y el de la revista Pensamiento Crítico–, veintitrés años más tarde, el más escandaloso sería el de la poetisa María Elena Cruz Varela y la Carta de los Diez, al que siguió el caso CEA, poco conocido dentro y fuera de Cuba a pesar de habérsele dedicado todo un libro[x]. Estos conflictos resquebrajaron la imagen que de sí difundía el régimen, pero el que definitivamente hizo añicos esa imagen fraudulenta –provocando la reprobación de gran parte de la izquierda europea e iberoamericana– fue el de los 75 disidentes encarcelados al comenzar la segunda guerra de Irak.
Las agresiones del castrismo a la libertad de expresión han tenido consecuencias graves para los intelectuales directamente afectados: marginación social, silenciamiento forzoso, desempleo, cárcel, exilio y hasta abandono de la actividad creadora. Todas negativas, no sólo para éstos, sino, por extensión, para el desenvolvimiento de la cultura y las relaciones humanas en Cuba, como no podía ser de otra manera.
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Sólo la opresión debe temer al pleno ejercicio de las libertades.
José Martí
Al derecho de pensar libremente corresponden la libertad de examen, de duda, de opinión, como fases o direcciones de aquel. Por fortuna, éstas, a diferencia de la libertad de hablar y obrar, no están sometidas a coacción directa; se podrá obligar a uno a callar, a permanecer inmóvil, acaso a decir que es justo lo que es altamente injusto. Pero ¿cómo se le podrá impedir que dude de lo que dice?
Ignacio Agramonte
La cultura dirigida irrumpió en la Revolución Cubana con el veto a una película y el cierre de una revista en 1961. Estos tempranos síntomas del totalitarismo que se nos echaba encima ensombrecieron, más que el cierre de la prensa privada, el noviazgo de los intelectuales con los dirigentes del entonces joven Estado revolucionario, abriendo, entre unos y otros, una brecha de desconfianza mutua que sucesivos desencuentros fueron ahondando hasta llegar, en algunos casos, a la ruptura de relaciones.
El periódico Revolución, del Movimiento 26 de Julio (organización insurreccional creada por Fidel Castro para combatir la dictadura de Batista), comenzó a circular en 1956. Tres años más tarde, vencida la dictadura en enero de 1959, dejó de ser una publicación clandestina para convertirse en el principal vocero del Gobierno revolucionario. Su fundador y primer director fue Carlos Franqui, amigo personal y hombre de confianza de Fidel Castro.
Franqui, un animador de cultura que había sido militante del Partido Socialista Popular (PSP)[xi] y que pertenecía al mayoritario sector socialdemócrata del Movimiento 26 de Julio, se propuso contribuir a la renovación y dinamización de la vida intelectual cubana. “Mi idea dentro del país”, ha dicho, “era hacer pensar a la gente y poner a las nuevas generaciones al día”[xii].
Al hilo de la efervescencia ideológica provocada por la victoria revolucionaria, Franqui se propuso abrir espacio en Revolución a la polémica y divulgar lo más vivo e incitante de la literatura, el arte y el pensamiento político nacionales e internacionales. Para ello se rodeó de un grupo de escritores, periodistas, diseñadores gráficos, dibujantes y fotógrafos, mayoritariamente jóvenes y con talento, de proyecciones estéticas y políticas heterogéneas, quienes, como él, estaban empeñados en incorporar la cultura a la Revolución y la Revolución a la cultura, y de hacerlo crítica y democráticamente, no por la vía estrecha zdanovista.
Lo primero que hizo Franqui fue crear una página titulada Nueva Generación, atendida por el poeta y periodista Roberto Branly, con quien cooperé en esta faena. Luego, ideó un magazine que saldría con el diario los lunes. El 23 de marzo de 1959 nació el tabloide Lunes de Revolución, sin duda el más polémico y difundido suplemento cultural de la prensa cubana. Para dirigirlo, Franqui escogió a Guillermo Cabrera Infante. El poeta Pablo Armando Fernández asumió las funciones de subdirector.
En las páginas de Lunes, iluminadas por un grafismo novedoso (obra de tres diseñadores: Jacques Brouté, Tony Évora y Raúl Martínez), colaboraron, entre otros autores cubanos, Luis Agüero, Néstor Almendros, Juan Arcocha, Humberto Arenal, Antón Arrufat, José A. Baragaño, Roberto Branly, Walterio Carbonell, Calvert Casey, Edmundo Desnoes, Manuel Díaz Martínez, Nicolás Dorr, Rolando Escardó, Roberto Fernández Retamar, Ambrosio Fornet, Oscar Hurtado, Fayad Jamís, Rine Leal, César Leante, José Lezama Lima, César López, Eduardo Manet, Fausto Masó, Matías Montes Huidobro, Pedro de Oraá, Lisandro Otero, Heberto Padilla, Virgilio Piñera, José Rodríguez Feo, Severo Sarduy, Jaime Sarusky, Luis Suardíaz, Nivaria Tejera y José Triana. Lunes también publicó textos de autores extranjeros, como Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes, Jaime Gil de Biedma, Juan y Luis Goytisolo, Nazim Hikmet, Blas de Otero, Pablo Neruda, Jean-Paul Sartre, Nathalie Sarraute… Junto a la literatura y el pensamiento político (en este último apartado figuran textos de Fidel Castro, Ernesto Guevara, Mao Zedong, Lenin, León Trotski, Milovan Djilas…), en el magazine tuvieron privilegiada presencia las artes plásticas. El número final (129), aparecido el 6 de noviembre de 1961, contiene un homenaje a Picasso.
Aunque, como recuerda Pablo Armando Fernández, “Lunes y el periódico Revolución contribuyeron a la desaparición de la prensa capitalista, con campañas muy efectivas y continuas”[xiii], y aunque se dedicaron números especiales del magazine a loar a la República Popular China, Laos, Vietnam y Corea del Norte –países donde había cualquier cosa menos democracia–, Lunes, mostrando las ingenuas ensoñaciones políticas que entonces caracterizaban a la mayoría de los intelectuales cubanos y a muchos extranjeros, hasta el último aliento se mantuvo fiel, retadoramente fiel, a su praxis aperturista y pluralista. A ella debió su atractivo. Pero, a pesar de hacerla coincidir con un fervoroso apoyo a la Revolución, a ella debió también su deceso. Pese a su fidelismo y antiimperialismo, Lunes, por su talante independiente y, para algunos, intelectualista, anárquico y demasiado “occidental”[xiv], ingrato a los aliados comunistas de un Castro cada vez más distante del 26 de Julio y más cerca del PSP, sucumbió bajo la misma espada que había ayudado a blandir contra la “prensa capitalista”. Un factor decisivo en la muerte de Lunes fue el anticomunismo de Franqui y Cabrera Infante.
La línea programática de Lunes quedó fijada en los dos párrafos centrales del editorial “Una posición”, aparecido en la primera entrega del magazine:
Nosotros, los de Lunes de Revolución, pensamos que ya es hora de que nuestra generación –una generación que extiende su cordón umbilical hasta los albores de la pasada dictadura y sometida a un silencio ominoso– tenga un medio donde expresarse, sin comprometerse con pasadas posiciones ni con figuras pasadas, posiciones y figuras que creemos en trance de pasar a la historia… si realmente lo merecen. (¿Habrá que repetir que nos referimos únicamente a la literatura aun aceptando todas sus implicaciones?). Hasta ahora todos los medios de expresión habían resultado de vida demasiado breve, demasiado comprometidos, demasiado identificados. En fin, que estábamos presos tras una cerca de demasiados demasiados. Ahora la Revolución ha roto todas las barreras y le ha permitido al intelectual, al artista, al escritor integrarse a la vida nacional, de la que estaban alienados. Creemos –y queremos– que este papel sea el vehículo –o más bien el camino– de esa deseada vuelta a nosotros.
Lunes quiere antes de dar paso a la lectura aclarar todavía más, porque en estas cosas nunca se será demasiado claro. Nosotros no formamos un grupo, ni literario ni artístico, sino que simplemente somos amigos y gente de la misma edad más o menos. No tenemos una decidida filosofía política, aunque no rechazamos ciertos sistemas de acercamiento a la realidad –y cuando hablamos de sistema nos referimos, por ejemplo, a la dialéctica materialista o al psicoanálisis o al existencialismo. Sin embargo, creemos que la literatura –y el arte– por supuesto deben acercarse más a la vida y acercarse más a la vida es, para nosotros, acercarse más a los fenómenos políticos, sociales y económicos de la sociedad en que vive. Creemos también que el sentimiento de punto de partida sigue presente en nuestro ánimo, porque no se puede decir que exista una verdadera cultura cubana, mucho menos que estemos dentro de la corriente de la cultura española, también en trance de revisiones y reparaciones. Sabemos que la cultura hispana toda no es autosuficiente y que si Marcel Proust –sin saber otro idioma que francés– podía ser un hombre verdaderamente culto en Francia, esto no es remotamente posible en España, ni en Argentina ni en Cuba. Por eso dedicaremos buena parte del magazine a divulgar todo el pensamiento contemporáneo que nos interesa y nos toca, y ver si es posible, en la pequeña medida en que nos es dada, realizar para Cuba la labor divulgatoria [sic] que hiciera en España una vez la Revista de Occidente.
El periódico Revolución aspiraba a convertirse en un complejo cultural autónomo –una pretensión que, vista a distancia, en aquel momento ya pecaba de ilusoria–. Llegó a tener una editora de libros (Ediciones R), un programa de radio y otro de televisión, y se propuso extender su actividad al cine documental. Su primera producción cinematográfica fue el cortometraje P.M., de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal, que ofrece un breve recorrido por escenarios de la vida nocturna de La Habana.
Las discrepancias ideológicas latentes entre el grupo de Lunes y los marxistas ortodoxos del PSP, cada vez mejor posicionados en el Gobierno, estallaron cuando el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), dirigido por Alfredo Guevara, confiscó ese documental. El ICAIC alegó que P.M. ocultaba el clima revolucionario existente en el país, ofreciendo una visión frívola de la noche habanera. Para sus detractores más radicales, liderados por la intelectual comunista Mirta Aguirre –que alertaba sobre el peligro de que en Cuba se reprodujeran los problemas húngaros de 1956 si no se establecía una censura revolucionaria–, P.M. era un corto objetivamente contrarrevolucionario.
La polémica provocada por este suceso dividió a la intelectualidad cubana, una parte considerable de la cual repudió la censura impuesta por el ICAIC y justificada por el PSP. Los bandos en pugna comenzaron polemizando en los periódicos y finalmente se enfrentaron, en la Casa de las Américas, en una masiva asamblea cuyo borrascoso desarrollo reveló a los dirigentes de la Revolución la necesidad de “disciplinar” a los intelectuales. (Para una dictadura es indispensable controlar las fuerzas armadas, suprimir la prensa libre y meter en cintura la intelligentsia).
Fue entonces cuando Fidel Castro decidió reunirse con los intelectuales para escucharlos, pero, sobre todo, para que ellos lo escucharan a él. Los encuentros de los intelectuales con Castro –a los que también asistieron el presidente de la República, el ministro de Educación, la dirección del Consejo Nacional de Cultura y otros altos cargos del Gobierno, la mayoría militantes del PSP– se efectuaron en La Habana, en la Biblioteca Nacional, los viernes 16, 23 y 30 de junio de 1961.
El salón de actos de la Biblioteca resultó pequeño para la cantidad de escritores y artistas que acudieron a aquellas citas. Muchos temían que la controversia entre Lunes y el ICAIC, que era un episodio más del forcejeo entre la libertad de creación y el dirigismo comunista, la zanjara Castro a favor del ICAIC, con lo cual quedaría abierto el camino a la censura de Estado. Virgilio Piñera, uno de los principales escritores cubanos contemporáneos, y el entonces muy joven ensayista católico Mario Parajón fueron, según mi memoria, los únicos de los allí reunidos que se atrevieron a revelar el miedo que “flotaba en el ambiente”.
El interrogatorio al que Castro sometió a Piñera después que éste revelara el miedo de los intelectuales cubanos ante el rumor de que la cultura sería dirigida por el Estado, y las firmes pero prudentes respuestas de Piñera –por cierto, atribuidas a mí en la transcripción mecanográfica oficial, plagada de errores, lagunas y omisiones–, constituyen uno de los momentos más significativos de aquellos encuentros entre la máxima jerarquía de un poder que avanzaba hacia el totalitarismo y una clase intelectual desprevenida que, a pesar de sus dudas y preocupaciones, era mayoritariamente favorable a la Revolución. Todos los que estábamos allí oímos a Piñera decir, alto y claro, que tenía miedo. Pese a la insistencia de Castro, Piñera no se retractó y repitió una y otra vez que, “aunque algunos compañeros dicen que eso no flota en el ambiente, yo digo que sí… Yo lo digo ‘ramplán’”. Piñera matizó su audacia con frases de cautela: “no creo que nadie me pueda acusar de contrarrevolucionario y de cosas por el estilo, porque estoy aquí, no estoy en Miami”.
Es reveladora la necesidad de reafirmar, como casi todos los participantes, su lealtad a la revolución. De no existir, como él afirmaba, el temor a las posibles represalias, habrían sido innecesarias estas reiteradas declaraciones de fe. Este juego entre audacia y prudencia, encarnado en un ser tan frágil como era Virgilio, genera la angustia que se siente ante el equilibrista a punto de caer de la cuerda.
Como gran parte de los invitados, Piñera temía que se recortara la libertad de expresión y se estableciera un canon estético excluyente –el realismo socialista–, y tuvo el coraje de expresar este miedo ante un poder político que exigía sin miramientos la obsecuencia total e interpretaba la desconfianza como síntoma de vacilación, cuando no de hostilidad contrarrevolucionaria. Castro no citó a los intelectuales para pactar con ellos, sino para imponerles sus condiciones, y tanto Piñera como Parajón quedaron marcados negativamente al expresar con franqueza sus inquietudes.
Castro clausuró los encuentros sancionando el veto del ICAIC a P.M., decretando la muerte de Lunes y dedicándonos un discurso, Palabras a los intelectuales, que contiene una receta de la censura –inspirada por otra de Benito Mussolini: “Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”–, cuya ambigüedad la hace doblemente inquietante: “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”. Desde entonces, para saber qué caía dentro de la Revolución y qué se oponía a ésta, hubo que esperar lo que en cada momento dijera el Comandante.
Con veinticuatro años, fui, probablemente, el invitado más joven a aquellas ceremonias en que los intelectuales que en ellas participamos cedimos nuestras armas, recelosos o confiados, a un caudillo que convirtió en un ritual el gesto de poner –eso sí, enfundada– su pistola sobre la mesa.

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[i] La libertad de prensa ha sido casi la única ocupación de mi vida política; a ella he sacrificado todo lo que podía sacrificarle: tiempo, trabajo o reposo. Siempre he considerado esta libertad como una constitución total; las infracciones a la Carta Magna me han parecido poca cosa mientras conserváramos la facultad de escribir. Si la Carta se perdiese, la libertad de prensa la reencontraría y nos la devolvería; si la censura existiera, sería en vano que hubiera una Carta.

[ii] Annam, Kofi; Matsuura, Koichiro y Robinson, Mary; “Una frágil libertad”, en La Nación; Costa Rica, 29 de abril de 2001.

[iii] En La historia me absolverá, su discurso de defensa ante el tribunal que lo juzgó en 1953 por el asalto al Cuartel Moncada, Fidel Castro evoca un hecho que muestra la libertad de prensa que existía en la República. Dice Castro: “Se sabía que en 1933, al finalizar el combate del Hotel Nacional [entre oficiales del Ejército y partidarios de la revolución de los sargentos, dirigida por Batista, nuevo hombre fuerte del país tras la caída de Machado], algunos oficiales fueron asesinados después de rendirse, lo cual motivó una enérgica protesta de la revista Bohemia”.

[iv] Para consultar este documento véase: Cuadra, Ángel; Las motivaciones de Pedro Luis Boitel; Ediciones Memorias, Miami, 2001.

[v] Los discursos a los que pertenecen estas citas fueron publicados en la prensa cubana de la época y están recogidos en libros editados por el régimen.

[vi] González Rodríguez, Tomás; La prensa en Cuba: Bodas de Perla 19021932.

[vii] Cuando Castro hizo que su Consejo de Ministros aprobara esta “Ley fundamental de la República” parece no haber tenido en cuenta que, en La historia me absolverá, reprocha a Batista haber facultado al Consejo de Ministros, en los Estatutos provisionales que promulgó tras el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, para modificar la Constitución. Veamos los argumentos de Castro, aplicables a él, en su censura a Batista: “Hay en los Estatutos un artículo que ha pasado bastante inadvertido pero es el que da la clave de esta situación y del cual vamos a sacar conclusiones decisivas. Me refiero a la cláusula de reforma contenida en el artículo 257 y que dice textualmente: “Esta Ley Constitucional podrá ser reformada por el Consejo de Ministros con un quórum de las dos terceras partes de sus miembros”. Aquí la burla llegó al colmo. No es sólo que hayan ejercido la soberanía para imponer al pueblo una Constitución sin contar con su consentimiento y elegir un Gobierno que concentra en sus manos todos los poderes, sino que por el artículo 257 hacen suyo definitivamente el atributo más esencial de la soberanía, que es la facultad de reformar la Ley suprema y fundamental de la nación, cosa que han hecho ya varias veces desde el 10 de marzo, aunque afirman con el mayor cinismo del mundo en el artículo 2 que la soberanía reside en el pueblo y de él dimanan todos los poderes. Si para realizar estas reformas basta la conformidad del Consejo de Ministros con un quórum de sus dos terceras partes y el presidente es quien nombra al Consejo de Ministros, queda entonces en manos de un solo hombre el derecho de hacer y deshacer la República”.

[viii] “El peor aspecto de la vigencia de las tres últimas constituciones en la historia de nuestra patria radica […] en que el pueblo de Cuba haya dejado de practicar la democracia por casi medio siglo y que el concepto de Estado de Derecho sea conocido por los juristas, si acaso”. (de la Cuesta, Leonel Antonio; “Análisis sobre el constitucionalismo en Cuba en el siglo XX”, en Centenario de la República de Cuba (1902-2002); Editorial Hispano Cubana, Madrid, 2003, pp. 163-180).

[ix] “Además, tanto la Constitución como la legislación secundaria cubanas se caracterizan por contar con conceptos imprecisos, como “orden público”, “defensa de la Revolución”, “defensa del socialismo”, “construcción del socialismo”, “seguridad del Estado”, “intereses populares” y otros, que resultan muy elásticos y que ofrecen los suficientes márgenes de vaguedad para que el Estado imponga límites a dichos derechos”. (Bernal, Beatriz; Cuba y sus leyes. Estudios históricojurídicos; Universidad Nacional Autónoma de México, México, D.F., 2002, p. 156).

[x] Giuliano, Mauricio; El caso CEA. Intelectuales e inquisidores en Cuba. ¿Perestroika en la isla?; Ediciones Universal, Miami, 1998.

[xi] Nombre adoptado por el primer partido comunista cubano.

[xii] “Entrevista a Carlos Franqui”, en Luis, William; Lunes de Revolución. Literatura y cultura en los primeros años de la Revolución Cubana; Editorial Verbum, Madrid, 2003, p.177.

[xiii] “Entrevista a Pablo Armando Fernández”; en Luis, William; ob. cit., p. 169.

[xiv] “[Lunes de Revolución] No era frívola, ni superficial, ni miraba sólo hacia Europa ni Estados Unidos como algunos han dicho. Aspiraba a mostrar la cultura cubana y la universal. Y, ¡gracias a Dios!, no era un órgano netamente político, aunque sí esencialmente político. Creo que era la forma más genuina y democrática de defender la cultura cubana”. (Arenal, Humberto; en De Armas Fonseca, Paquita; “Soy muy caro”, entrevista a Humberto Arenal; en El Caimán Barbudo, Nº 320-1, La Habana, febrero de 2004.

(Revista Encuentro de la Cultura Cubana, Nº 43, Madrid, invierno de 2006/2007. Incluido en mi libro Oficio de opinar, Editorial Aduana Vieja, Valencia (España), 2008.)

El diario irregular de Paul Léautaud

Christopher Domínguez Michael
(LETRAS LIBRES, México, 12/8/2015)  Exagerando, puede decirse que toda la vida y la obra de Paul Léautaud (1872-1956) proviene de unos párrafos de Stendhal, su escritor favorito, incluidos en el capítulo iii de su autobiografía simulada, la Vida de Henry Brulard, publicada póstumamente en 1890:
Deseaba cubrir de besos a mi madre y que no estuviera vestida. Ella me quería con pasión y me besaba a menudo; yo le devolvía sus besos con tal fuego que ella se veía obligada a marcharse. Yo aborrecía a mi padre cuando venía a interrumpir nuestros besos, que yo quería darle siempre en el cuello –dígnese el lector recordar que murió, de parto, cuando yo tenía siete años.
Era entrada en carnes, muy lozana, muy bonita, solo que no bastante alta, creo. Tenía una nobleza y una perfecta serenidad de rasgos; muy vivaz, y muchas veces prefería hacer ella misma las cosas antes de mandar a sus tres sirvientes, y leía con frecuencia en el original La divina comedia de Dante, de la cual encontré yo más tarde cinco o seis volúmenes de ediciones diferentes en sus habitaciones, cerradas después de su muerte.
Murió en la flor de la juventud y de la belleza en 1790, a los veintiocho o treinta años.
Aquí empieza mi vida moral.1
Esta confesión stendhaliana, por cierto, uno de los pocos documentos occidentales que avalan la extraña teoría del doctor Freud sobre el complejo de Edipo, logró que Léautaud hiciese de su madre ausente –con la que solo convivió una semana en Calais en 1901 pero con la cual mantuvo una apasionada correspondencia– el personaje central de sus sorprendentes evocaciones autobiográficas (Petit amiIn memoriam y Amores), publicadas las tres al amanecer del siglo pasado. Pero también esa ausencia presente determinó su relación con sus dos principales amantes: Anne Cayssac, una morena, a quien el escritor llamaba “La Plaga” y la blanquecina Marie Dormoy (fallecida en 1974), la dactilógrafa de su Journal littéraire (1893-1956) de siete mil páginas y su ejecutora testamentaria.
Es difícil hablar de Léautaud sin recurrir a cierto freudismo. Roberto Calasso incurre en él y nos cuenta así la novela familiar del gran diarista:
Léautaud era hijo de padres diferentemente libertinos, que hicieron siempre lo posible, cada uno a su modo, por librarse del hijo. La madre, una fascinante actriz del teatro frívolo, y de vida frivolísima, lo abandonó, con gesto deportivo, tres días después de su nacimiento, y a partir de entonces se convirtió en la “eterna ausente”, que se aparecía al niño en escasísimas y fugaces visiones de corsés desabrochados, pasillos del Folies Bergère, perfumes envolventes, como una amante apresurada, siempre de viaje. El padre, actor de teatro y después apuntador en la Comédie-Française, era un macho maupassantiano y sanguíneo, de mirada cargada de sensualidad, que dirigió sus atenciones a la futura madre de Léautaud mientras se acostaba con la hermana de ella, y que solía salir a la calle con una fusta que enroscaba delicada pero imperiosamente alrededor del cuello de cada mujer que le atraía. Y, según parece, estas lo seguían sin dificultad. Para Léautaud padre, el hijo fue sobre todo un estorbo al que urgía alejar lo más posible de la casa para no estorbar las idas y venidas alrededor de su cama.2
No es extraño así, concluye Calasso, que habiéndose sentido excluido tanto por la Ausencia como por la Presencia, Léautaud se caracterice por “su perpetuo cinismo, su ironía punzante, su antipatía por los sentimientos”.3 Pasó, días y días de su infancia, debajo de la mesa del comedor de su padre, arrimado junto al perro de la familia, observándolo todo, desde entonces y para siempre. Cuando este pobretón secretario de redacción del Mercure de France alcanzó la celebridad en la Francia de la posguerra gracias a las entrevistas radiofónicas que le hizo Robert Mallet en 1951, suena lógico que el escritor dijese que de hecho “nunca abandonó esa vida oculta debajo de la mesa”, como nos recuerda Calasso.4
Yo agregaría que, desde ese escondrijo, Léautaud logró ser un “marginal en el centro” (Monsiváis dixit). Lo supo todo sobre las letras francesas y sobre todos sus personeros y personajes (nunca viajó ni le interesó ninguna otra literatura aunque soñó con instalarse en Londres, ignorante del inglés, por encontrar a ese reino como el último baluarte del individualismo), pues al carecer él mismo de verdadera importancia literaria, a la vez indispensable e invisible, se metía en todas partes. Consciente además de que su única actividad literaria de importancia era escribir ese diario, pese a haber sido, bajo el seudónimo de Maurice Boissard,5 un temido crítico de teatro, Léautaud hizo aparentemente de su diario un híbrido ni privado ni público. No se pretende patológico a la romántica (ya veremos cuán natural es su patología) como Amiel; podría escribirse un paralelo del campo contra la ciudad al anteponer los diarios de Renard (a quien detestaba) y Léautaud; nada tiene su diario de místico o de edificante como los de Paul Claudel o Julien Green, pues Léautaud fue un escritor decididamente ateo, muy en la escuela librepensadora de Anatole France.
Hasta que no se pesó su Journal littéraire, acaso, en su género, la memoria más vasta, junto con las memorias del duque de Saint-Simon, Léautaud fue una figura de tercer orden (tal cual era su propósito). El Diario del peripatético Gide es obra de un escritor famoso y de una conciencia moral, diario que se escribía para publicarse, mientras que el de Léautaud, del cual se publicaron solo algunos fragmentos escogidos a partir de 1940, era una ventana al mundo construida desde la inmovilidad de un memorialista sentimental que se reconocía en los caracteres fuertes e independientes del siglo XVIII y no en las obras de su época (si algún reproche puede hacérsele a Léautaud es que a veces le interesó más la vida literaria que la literatura), una coquetería que fascinó a quienes lo munieron de dinero, afecto y admiración antes de su muerte.
A la distancia, me resultan evidentes las causas políticas del culto tardío a Léautaud. Era uno de esos anarquistas de derechas tan del gusto de la Tercera República, pero no un colaboracionista (fue, dice Alan Pauls, “una suerte de réplica zumbona, indolente e inofensiva”6 de Céline), el antídoto precisado por un público conservador, más literario que filosofante, harto de las querellas existencialistas y de su desenlace fatalmente político. Murió representando a la literatura pura, la cual se remitía a los nombres de Alfred Vallette (director de la casa y protector de Léautaud) y su esposa la novelista Rachilde, Remy de Gourmont, Apollinaire, el primer Valéry… el Mercure de France, la revista más vieja de Francia, cuya importancia fue cediendo a la Nouvelle Revue Française, que tendría, empero, a Léautaud entre sus más ariscos colaboradores. Uno de los episodios más peligrosos en la breve vida de Jacques Rivière, director de la nrf, fue cuando osó sugerirle a Léautaud que morigerase sus ataques contra Jules Romains, uno de los autores de la casa.7
Ardua es la tarea de reseñar el Journal littéraire y no faltó quien desistió teniéndolo todo preparado, como el poeta chileno Armando Uribe.8 Yo me contentaré con reseñar una fascinante rama menor y subsidiaria del diario léautaudiano, el Journal particulier, páginas desprendidas del “diario general”, apartadas del conjunto como homenaje a sus dos amantes, libros dispuestos voluntariamente para su publicación póstuma. Y como no tengo Le Fléau. Journal particulier 1917-1930 (1989), el dedicado a la Cayssac, me dedicaré a la reseña de los consagrados a la Dormoy, escritora con carrera propia y una orgullosa conductora de su propio vehículo, en años en que ese gesto de pericia e independencia era infrecuente en París. Se conservan dos Journals particuliers, los dedicados a 1933 y a 1935, perdido como está el de 1934.9
En el origen de todo está el diario. Dormoy entra en contacto con Léautaud como empleada de la recién fundada biblioteca literaria del coleccionista y modisto Jacques Doucet (1853-1929), la cual, asociada a la Universidad de París, deseaba comprar los originales del Journal littéraire. No pasa demasiado tiempo antes de que Dormoy, antigua amante del crítico André Suarès y de otras notabilidades parisinas, se convierta en el gran amor de Léautaud y en la publicista leal de su obra. Según las memorias inéditas de Dormoy, que supongo está preparando madame Silve, la editora de Journals particuliers, para su publicación, fue Léautaud quien virtualmente la atacó y Marie se sacrificó ante el asco que le producía un hombre desdentado y sucio, que lavaba él mismo (y muy mal) su ropa interior y que había llegado a ser propietario y protector de trescientos gatos y decenas de perros. Sus bestias predilectas dormían en su cama y Marie no compartió el lecho del diarista en Fontenay-aux-Roses, a las afueras de París, hasta que ella no se compró una suerte de sleeping bag que la protegía de la inmundicia.
El de 1933, al menos, no es un diario amoroso ni erótico. Es obsceno sin ser pornográfico. Léautaud no se permite ninguna expresión que lo emparente con Sade. Su francés vernáculo, en cuanto a la descripción genital, es muy pobre. Se conforma con los puntos suspensivos y las abreviaturas. Al principio y durante un buen lapso de la relación, Léautaud compara negativamente a Dormoy con la Cayssac, con la que seguía en relación aunque de manera decreciente. El gusto actual encontrará intolerable la misoginia con la que se refiere a su amante. Le asquea el desinfectante anticonceptivo que ella usa (inútilmente pues más tarde se sabrá imposibilitada para engendrar), la considera peligrosamente enfermiza para un hombre débil de sesenta años como él aunque aprecia sus besos y caricias, su conversación encantadora, su lealtad a toda prueba como dactilógrafa y luego editora (ella misma pasó en limpio no solo el diario general sino el particular y es probable que ciertas lagunas, como sospecha Silve, se deban a la censura de Marie). A sus cuarenta y seis años, Dormoy no renuncia a su mundo ni al resto de sus amantes, educando a Léautaud, quien, amante de Molière más que del remoto Shakespeare, no en pocas ocasiones actúa de Otelo. Para un hombre del siglo XIX como Léautaud, la aparente docilidad de Dormoy acaba siendo civilizatoria y en 1935 tendremos a dos amantes en plenitud, enamorados, taller de penetración anal incluido, orgasmos compartidos ruidosamente festejados. Léautaud dramatiza si ella lo ama o no lo ama, pero, como Stendhal, le da escasa importancia a sus fiascos, a la inevitable y progresiva pérdida de vigor sexual.
Pasado ese año perdido, el Journal particulier de 1935 es más feliz. Es decir, monótono. Ya conocemos a los personajes, sus gustos y sus cochinadas, su creciente afición a la posición 69 (que al principio Léautaud rehusaba por razones morales) pero, sobre todo, porque es la crónica, minuciosa hasta desquiciar por aburrimiento al lector, de una relación de pareja como cualquier otra. Amenazados por la reaparición frecuente de Cayssac, ello le permite a Léautaud exponer teorías inaceptables de por qué los hombres pueden padecer celos retrospectivos y las mujeres no, angustiarse mucho cuando ella llora (y lo hace con frecuencia), burlarse de Willy, el marido de Colette, por requerir de alguna obra libertina bajo la almohada para excitarse o pasearse en automóvil hablando de Chamfort (quien busque literatura debe ir al Journal littéraire, porque aquí la hallará en dosis muy escasas).
Enamorarse era la consecuencia previsible de una vida donde la escritura tenía como centro el amor perdido de una madre. Léautaud sexualiza en ese sentido su relación con la Dormoy y en ello es más atrevido, por cierta inconsciencia, que Georges Bataille, celebrado inmoralista y teólogo pornográfico. El juego, común en la pareja, de orinarse el uno en el otro, más que sexual parece remitir a fantasías no realizadas con Jeanne Forestier, madre del escritor, o a la repetición de juegos inocentes tenidos por Paul con sus nodrizas.
Que Léautaud ame, al fin, tiene algo de teatral. Señala también Pauls que, creado en el melodrama barato del fin de siglo, el diarista llegó a la literatura porque sus padres lo echaron del escenario. Su ganapán fue ser crítico de teatro y siempre parece estar gritando desde una butaca o dando instrucciones tras bambalinas. Lo suyo es la mueca y la voz, concluye el prologuista argentino, y no es casualidad que la fama se la haya traído la radio. Y que Léautaud ame es también ridículo y problemático porque se trata de un misántropo y los misántropos no están hechos para el amor a riesgo de resultar patéticos. O, para decirlo con palabras de André Malraux, este misántropo fue un “idiota moral”. Defensor de los animales que habría firmado la declaración de sus derechos universales en 1978 y hoy sería vegano o al menos afecto a las teorías de Peter Singer sobre la urgencia ética de borrar la frontera entre la humanidad y la animalidad, Léautaud detestaba ortodoxamente a su prójimo semejante.
Quien hizo de su jardín en Fontenay-aux-Roses una necrópolis donde enterró con sus propias manos a sus amadas mascotas y murió privado de casi todas ellas para no condenarlas a la orfandad, quien le dedicó a su gato Milton una de sus obras, fue el típico antisemita francés en cuyo Journal littéraire, en 1947, se dijo “completamente indiferente a esas historias de deportados, de campos alemanes, de vagones de gas, de judíos en sus barcos-jaulas”,10 todo lo cual le parecía una nueva versión del éxodo veterotestamentario. Como Voltaire, Léautaud detestaba a los judíos por haber procreado a los cristianos.
Pero Paul y Marie se amaron y el escabroso Journal particulier termina con una estampa delicada que yo, sin cansarme nunca de leer a Léautaud, me creo obligado a traducir:
Martes 31 de diciembre. Regresando a las siete de la noche, la reja apenas se encuentra cerrada y el barrote exterior no está puesto. Adivino que ella ha venido durante el día. En efecto, en mi despacho, un recado: “Feliz año, feliz año, feliz año. Adoro venir cuando no hay nadie.” Y a un lado, algunas cositas para mi cena.11 ~

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1 Stendhal, Vida de Henry Brulard. Recuerdos de egotismo, prólogo y traducción de Consuelo Berges, Madrid, Alianza Editorial, 1975, p. 43.

2 Roberto Calasso, Los cuarenta y nueve escalones, traducción de Joaquín Jordá, Barcelona, Anagrama, 1994, p. 253.

3 Ibídem.

4 Ibídem.

5 Paul Léautaud, Le théâtre de Maurice Boissard (1907-1923), París, Gallimard, 1926.

6 Alan Pauls, prólogo a Léautaud, In memoriam y Amores, traducción de Esteban Riambau Saurí, Santiago de Chile, Ediciones Universidad Diego Portales, 2012, p. 15.

7 Martine Sagaert, Paul Léautaud. Biographie, prólogo de Philippe Delerm, París, Le Castor Astral, 2006, p. 78.

8 Armando Uribe, Pound y Léautaud. Ensayos y versiones, Santiago de Chile, Ediciones Universidad Diego Portales, 2009. Yo mismo reseñé ese libro en Letras Libres de abril de 2014: http://letraslib.re/1Jgc9El

9 Léautaud, Journal particulier 1933, edición de Édith Silve, París, Mercure de France, 1986; Journal particulier 1935, edición de É. Silve, París, Mercure de France, 2012. [Existe una versión en español del primero: Diario personal, Barcelona, Seix Barral, 2000.]

10 Léautaud, Journal littéraire, selección de Pascal Pia y Maurice Guyot con prefacio de Pierre Perret, París, Mercure de France, 1998, p. v.

11 Léautaud, Journal particulier 1935, op. cit., p. 289.

Alberti distraído

Un día como hoy, hace 114 años, nació el poeta Rafael Alberti en el Puerto de Santa María, España.

 Manuel Díaz Martínez

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 Alberti y yo en Cádiz. 1990.

Fue Fernando Quiñones quien me llevó, una noche de 1987, al piso madrileño de Alberti y me presentó al poeta. Cuando llegamos, Alberti pintaba sentado ante una mesa cubierta de pliegos, tarros de plaka, plumones y pinceles. El viejo no dejó de pintar durante el tiempo que duró la visita: atendía a la conversación mientras elegía colores, mojaba pinceles y hacía trazos lentos y muy calculados sobre una cartulina. A un reclamo suyo, alguien de la casa trajo vasos y una botella de vino. Fernando animaba la tertulia con sus ocurrencias y, en un momento de distracción, Alberti estuvo a punto de beberse –el primer sorbo se lo echó a la boca– el agua negra de enjuagar los pinceles, habiendo confundido el vaso en que ésta estaba con el del vino que acababan de servirle.

Mi relación con Alberti fue superficial y esporádica. En febrero de 1990 coincidimos en Turín, en un congreso internacional de homenaje a Antonio Machado. Allí, acompañado siempre por el poeta granadino Luis García Montero, tuvo la gentileza de decirme que le había gustado mi ponencia. Meses después, a finales de aquel año, volvimos a estar juntos en otro congreso, éste celebrado en Cádiz y dedicado a la Generación del 27. A este congreso, además de Alberti, asistieron otras tres reliquias del 27: Rosa Chacel, Francisco Ayala y Pepín Bello. Me parece estar viendo a Alberti, con ancha camisa floreada y gorra de capitán de yate, sentado a una mesa del comedor del gaditano hotel Atlántico con el mitológico y simpático Pepín Bello, el más cercano cómplice de Lorca y Dalí en la Residencia de Estudiantes. También lo recuerdo, una noche, avanzando por un pasillo del hotel, enfundado en espléndido terno azul y luciendo una airosa corbata carmesí. “Don Rafael, qué elegante se ha puesto”, le dije, y me respondió muy serio, haciendo un mohín de resignación: “Me han obligado a vestirme así para ir al teatro”.

Alberti llegó a La Habana en febrero de 1991 para recibir, de manos de Fidel Castro, la Orden José Martí. No obstante las declaraciones favorables a la perestroika que en 1990 hice en Italia a las agencias noticiosas Reuter y France Press y por las cuales, en mi ausencia, mi mujer recibió en nuestra casa de La Habana la visita de un quejoso funcionario del comité central del partido, fui invitado por la UNEAC a recibir a Rafael Alberti en el aeropuerto.

El gobierno cubano lo alojó en una casa de protocolo, un coqueto chalet ajardinado en el que había lo que faltaba en la calle, empezando por neveras bien surtidas. Lo llevaron allí –en coche con chofer-policía– para que lo pasara bien en Cuba, aislado de la tenebrosa realidad del país, de la que, al parecer, no se enteró nunca.

El cóctel oficial por la entrega de la Orden se celebró en un salón de protocolo en el faraónico edificio (construido por Batista para los tribunales) que ocupa el comité central del partido. Para ese cóctel recibí una invitación –letras doradas impresas a relieve en cartulina apergaminada– de Fidel Castro.

Si memorable es la pantagruélica epopeya de las comidas y bebidas de Cuba que, en mesa sueca, el Comandante ofreció a sus invitados mientras en la oscura noche de la isla el hambre, como una loca, tocaba a todas las puertas, más memorable aún me parece el entusiasmo épico-fúnebre en que súbitamente ardió el poeta Roberto Fernández Retamar. Momentos antes de pasar al salón comedor, cuando, moviendo grácilmente sus finas manos el Máximo Líder se derramaba en eutrapelias ante Alberti y su mujer, se oyó de pronto la engolada voz de Retamar: “Mira, Fidel, aquí hay dos escritores jóvenes muy valiosos que acaban de ganar premios importantes en el extranjero y que al igual que nosotros están dispuestos a morir en una trinchera por la revolución”. Castro, que miró atónito a Retamar sin dar señal alguna de estar interesado en conocer a esos escritores jóvenes a que se refería el poeta, se volvió hacia los allí reunidos y, alzando los brazos por encima de la cabeza, exclamó con remarcado tono sarcástico: “¡Pero oigan a Retamar, ahora resulta que Retamar está apocalíptico!” “Es verdad, Fidel, ellos están dispuestos a morir como nosotros”, insistió, anafórico, el poeta. Y Fidel, sin bajar los brazos y paseando su mirada burlona sobre todos, volvió a exclamar: “¡Pero quién le ha dicho a Retamar que nos queremos morir! ¡Está apocalíptico!” La novelista Mary Cruz, que estaba a mi lado, me susurró, incrédula: “Díaz Martínez, ¿usted está viendo y oyendo lo mismo que yo?”

Meses después, en México, don Rafael afirmó en una entrevista que él detestaba la muerte y que le gustaría que la gente se muriese hablando. Al leer estas palabras, pensé, hundido en la desolación: en Cuba, sólo una persona morirá como le gusta a Alberti y las demás moriremos oyendo.

En lo que a la Cuba actual se refiere, Alberti murió sordo y ciego, aunque no mudo. No quiso renunciar a la ilusión de que en la bulliciosa patria de su amigo y correligionario Nicolás Guillén se estaban haciendo realidad sus sueños de eterno militante comunista. Dominado por esa fantasía, don Rafael sí que se bebió, creyendo que era vino, el agua negra de los pinceles.

(2007)

Los vericuetos del arte confiscado en Cuba

julio-lobo-casa-y-cuadroFidel Castro y los suyos se dieron prisa con las expropiaciones (Alejandro Ernesto / EFE)

La muerte de Fidel Castro alienta las expectativas de restitución de obras de arte expropiadas en la revolución

 Fernando García
(LA VANGUARDIA, Barcelona, 6/12/2016) A quién pertenecen estas obras de arte? ¿Quiénes son los legítimos propietarios de la treintena de Sorolla exhibidos en el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, cuatro de ellos prestados ahora mismo a una exposición en la casa museo del pintor en Madrid? ¿Y las alrededor de 30.000 piezas de esa misma pinacoteca habanera procedentes de confiscaciones de los primeros años sesenta, a quién pertenecen? ¿Y qué decir del Museo Napoleónico de Lcon sus 7.400 objetos entre obras de arte, muebles, libros, armas, documentos y prendas del emperador francés y de personalidades de su entorno? La respuesta no es fácil en ningún caso.
Fidel Castro y los suyos se dieron prisa con las expropiaciones. Ya el 3 de enero de 1959, dos días después del triunfo de la revolución, los insurgentes crearon un primer Gobierno Revolucionario que incluía un Ministerio de Recuperación de Bienes Malversados. Su titular era Faustino Pérez, uno de los expedicionarios del yate Granma y primeros combatientes en la S ierra Maestra. Él y su equipo se pusieron manos a la obra de inmediato en una vasta operación de nacionalizaciones que en los años siguientes se articuló de manera más organizada a partir de una batería de leyes; entre ellas la n.º 989 de 1961, que estableció la confiscación de las “propiedades abandonadas” por quienes habían dejado el país de manera más o menos forzosa para irse al exilio. Esa norma, derogada en el 2012, fue la que amparó el mayor número de enajenaciones, desde las emprendidas contra los empresarios más ricos y cercanos al dictador Fulgencio Batista hasta otras muchas contra decenas de propietarios de clase media alta. Hubo de todo.
El 11 de octubre de 1960, Ernesto Che Guevara citó en su oficina del Banco Central de Cuba al magnate Julio Lobo, quien hasta quedar desposeído de su fortuna había sido el hombre más rico y con la colección de arte más importante de la isla. Para su sorpresa, en aquella reunión el Che le ofreció dirigir la industria azucarera del país, antes suya en gran parte y ahora del país. “Usted es comunista y yo soy un capitalista de toda la vida. No puede ser”, rechazó Lobo. Al día siguiente, al ir a su despacho para recoger todo lo que pudiera antes de abandonar Cuba, el soldado que estaba apostado a la puerta le dijo: “Ahora le tenemos donde queríamos. ¡Está usted en pelotas! Y él replicó: “Nací en pelotas, moriré en pelotas y algunos de los mejores momentos de mi vida los pasé en pelotas”.
Entre los objetos de la colección que el empresario había dejado tras de sí después de largos años de pasión algo más que fetichista, pues era hombre culto, había porcelanas de Sèvres, pinturas de Regnault, bronces de Thomire y un par de pistolas de Napoleón. Todo lo cual el régimen reubicó en el antiguo palacio de estilo renacentista del militar y diplomático del Gobierno de Machado, Orester Ferrara.
Parecido destino corrieron los patrimonios de los hermanos José y Alfonso Fanjul, emperadores asimismo del azúcar, y de la familia política del segundo, los Gómez-Mena. En las paredes de sus mansiones quedaron, al salir ellos de Cuba, cuadros de G oya, Murillo, Caravaggio, Boucher, Lebrun y numerosos Sorolla. Detrás de una pared falsa de la imponente casa de María Lui sa Gómez-Mena Vila, condesa de Revilla de Camargo y tía de la esposa de Fonsy , sus nuevos guardianes hallaron valiosas joyas y piezas de platería. Los hombres de Castro plantearon ése y otros hallazgos similares como el desmantelamiento de un complot en el que al pecado de acumular riqueza se añadía la vileza de ocultarlo tras la huida. “En cajas de zapatos con decenas de miles de pesos, en vasijas enterradas llenas de joyas preciosas, en paredes tapiadas o closets encubiertos, los malversadores que dejaron el país pretendieron esconder lo que habían robado al pueblo. Lo ocultaron con la esperanza de regresar algún día a Cuba y rescatar esa riqueza. Hubo también obras de arte que pasaron al patrimonio nacional y ahora forman parte de las colecciones que se exhiben en los museos para disfrute y cultura del pueblo”, reza todavía hoy la información oficial al respecto.
Algo conservaron las Gómez-Mena al dejar la isla. Incluido el pánico a perderlo todo. El diseñador francés Herbert de Givenchy lo recordaría muchos años después, entre divertido y malicioso, en entrevista con Vanity Fair: “La condesa (probablemente sobrina de la citada y heredera de su título) siempre venía al atelier con dos mucamas que traían bolsas de plástico llenas de algo pesadísimo. Nos preguntábamos qué demonios llevarían ahí. Y un día nos enteramos de que eran kilos y kilos de zafiros, rubíes, esmeraldas y diamantes. ¡La señora iba con sus joyas a todas partes porque tenía miedo de que se las robaran!”.
La casa de la condesa de Revilla, tras cuyos muros se hallaron aun en 2003 cinco cuadros del siglo XVIII francés, fue convertida en Museo de Artes Decorativas. En él puede verse hoy, también, una parte del legado de Óscar B. Cintas, otro magnate del azúcar además de exembajador de Cuba en las Naciones Unidas, quien había fallecido en 1957 dejando encargada la administración de sus posesiones al Chase Manhattan Bank, con la orden de crear una fundación para becar artistas cubanos. Goya, Velázquez, Murillo, Rembrandt, el Greco y Sorolla son algunos pintores de los que Cintas poseyó una o más obras. Parte de ellas pasaron al Bellas Artes de La Habana y parte se quedaron en Nueva York, donde él pasaba tanto tiempo como en la capital cubana.
Dos Sorolla del legado Cintas dieron lugar a uno de los más sonados litigios entre antiguos propietarios de obras confiscadas por la revolución, o sus representantes –en este caso la Fundación Cintas–, y coleccionistas o subastadoras que, como Sotheby’s en este episodio, participaron en compraventas de pinturas expropiadas en la isla. La misma casa de subastas intervino en la colocación del cuadro Puerto de Málaga, de Sorolla, que había pertenecido a los Fanjul y el Bellas Artes vendió dentro de un lote de cuatro pinturas del valenciano. Tales operaciones, desarrolladas en los años 80 y 90, dieron lugar a ríos de tinta y alguna sorpresa judicial. Pues tanto la Fundación Cintas como los Fanjul encajaron derrotas en tribunales que denegaron sus reclamaciones frente a Sotheby’s. Los demandantes apelarían a la polémica ley Helms Burton, que castiga el comercio con bienes nacionalizados por el Gobierno castrista. Pero se cree que al mismo tiempo iniciaron conversaciones que mantuvieron bajo el mayor de los sigilos.
Porque la vida da vueltas y los negocios son los negocios. Así, hoy, Alfonso Fanjul, gigante del azúcar en Estados Unidos con gran influencia política y amigo del rey Juan Carlos, alienta el proceso de diálogo iniciado por Barack Obama y Raúl Castro y no descarta invertir en la isla.
Los anticastristras más acérrimos incluyen la nacionalización de la colección Lobo como parte del “expolio” o el “saqueo” cubano, pero una de sus hijas, María Luisa, ha mantenido un cordial diálogo con La Habana, y tanto el embajador de Francia como la viuda del último príncipe Napoleón, Alix Foresta, asistieron en 2011 a la reinauguración del museo dedicado al emperador. Todos amigos.
En otros casos menos célebres pero numerosos, la dispersión de piezas vendidas o robadas y luego a menudo subastadas complica no sólo su recuperación sino, para empezar, su localización y acreditación de su propiedad. El cambio de manos empezó a menudo cuando los empleados o familiares que los exiliados había dejado a cargo de sus pertenencias se vieron empujados, muchas veces por necesidad, a ofrecerlas al mejor postor.
Pleitos y procedimientos de demanda hay abiertos no obstante. Y cada vez más desde que en diciembre de 2014 Obama y Castro sellaron el deshielo. No tanto en el ámbito de los bienes culturales como en el de los bienes raíces. Tal como sostiene Isabel Cabarrocas, de la Compañía de Recuperaciones Patrimoniales 1898, radicada en Barcelona y que representa a 250 familias con reclamaciones por casi 1.800 millones de euros, el camino idóneo para la restitución o la obtención de compensaciones es la negociación.
Pero los pactos o resoluciones que puedan resarcir a los afectados tardarán todavía años. Llegarán, si llegan, al ritmo de Cuba.