Entrevista con Juan Goytisolo

Pablo Vives / NOTICIAS DE HOY. La Habana, Mayo 5, 1962

(Tomado de LES LETTRES FRANÇAISES. Traducción de Manuel Díaz Martínez.)
El semanario LES LETTRES FRANÇAISES, que se edita en París bajo la dirección del poeta francés Louis Aragon, ha dedicado uno de sus últimos números a destacar la actividad intelectual y artística cubana. Entre el material que publica, se halla una antología de poetas cubanos. También aparece en dicho número la presente entrevista de Pablo Vives con el destacado novelista español Juan Goytisolo, la cual, por su interés, damos a conocer a nuestros lectores. ●
¿Cuáles son las impresiones dominantes que usted extrajo de su viaje a Cuba?
–La impresión extraordinaria de un pueblo volcado hacia el porvenir. En Cuba, la distancia en el futuro no cuenta casi. Yo mismo he constatado, en menos de dos meses y medio, los grandes cambios. Es por esto que intitularé “Pueblo en Marcha” el reportaje que preparo acerca de Cuba. Este hecho  es mucho más sensible para nosotros, pues en España, como usted sabe, el tiempo parece no existir. De esta manera la obra de Larra, ciento cuarenta años más tarde, conserva toda su actualidad. Y nosotros estamos autorizados para decir con él: “Para ustedes los días no pasan”. Esto explica que a los ojos del pueblo español, Cuba sea un ejemplo a seguir. El interés que nosotros dedicamos a la Revolución Cubana se evidencia claramente en la en la colección de poemas que ha sido publicada por las Ediciones Ruedo Ibérico bajo el título ESPAÑA CANTA A CUBA y que agrupa obras de cuarenta y cuatro poetas y artistas nuestros. Pero los escritores cubanos se preocupan también por la suerte de España, como lo demuestra, entre otros, el bello poema “España libre y en armas”, de Heberto Padilla.
–¿Podría usted precisar la naturaleza de los vínculos que existen entre España y Cuba?
–A pesar de que ha sido el último país que se liberó de nuestro viejo colonialismo, Cuba guarda un recuerdo fresco del pueblo español. El cubano ama a España. Para los cubanos, nuestra guerra civil era ya la guerra. En el presente, los papeles se han invertido: nosotros, españoles, seguimos la Revolución Cubana como si ella nos perteneciera.
Los malos recuerdos de la colonización se han esfumado, sobre todo después de 1939. Con el arribo de los grupos de exilados, los más reticentes cubanos se dieron cuenta de que el pueblo español no tenía nada en común con nuestros ancestros que se instalaron en Cuba para explotarlos. Hoy, el cubano libre participa de los afane del pueblo español por ver nuestro país liberado de las viejas estructuras de que nacieron los conquistadores.
–¿Después de la Revolución se ha asistido en Cuba al nacimiento de una poesía nueva?
–En efecto. La poesía cubana ha sido renovada en los años veinte por escritores revolucionarios de gran talla, tales como Nicolás Guillén, Juan Marinello y Manuel Navarro Luna. La poesía actual parte de aquel movimiento.
–Pero supongo que esta poesía no es uniforme. ¿Cuáles son las tendencias dominantes?
–Es difícil hablar de tendencias, mejor hablar de individualidades. La poesía actual presenta una gran variedad de poetas líricos –aparentemente poco preocupados por los problemas de la vida–, hasta los que hacen poesía de consigna, como Pita Rodríguez, por ejemplo. De hecho, esta división resulta demasiado teórica, pues los “líricos” hacen también poesía “realista”.
Sin pretender establecer una escala de valores, entre los mejores poetas jóvenes se encuentran Pablo Armando Fernández, Heberto Padilla, Nivaria Tejera, Fernández Retamar, Fayad Jamís, y otros muchos. Su obra, ya importante, nos permite apreciar en ellos una innegable personalidad.
–El Primer Congreso de Escritores y Artistas Cubanos, en agosto de 1961, se planteó como objetivo la lucha, en el campo de la creación artística y literaria, por un mundo mejor. ¿Cree usted que los escritores cubanos han llegado a encontrar los medios de expresión adecuados?
–En el Congreso hubo dos planteamientos que nos ayudan a comprender el problema. En el suyo, Fidel Castro dijo: “Dentro de la Revolución, los escritores y los artistas gozan de todos los derechos. Contra la Revolución no gozan de ninguno”. Esta idea fue completada por el presidente Dorticós: “El Gobierno Revolucionario no limitará jamás la libertad formal en literatura y en arte”. Se puede observar en ciertos jóvenes escritores algunas dificultades contradictorias. Algunos, entre los que están los de mejor formación intelectual, no han asimilado todavía el profundo sentido de la Revolución, mientras que otros, nacidos de la Revolución, no cuentan con una experiencia suficiente para expresarse de una manera artísticamente válida. Pero éstos son fenómenos de crecimiento, fenómenos transitorios y de casos extremos. En efecto, para no citar sino algunos nombres, poetas como Manuel Díaz Martínez, Félix Pita Rodríguez, Fayad Jamís, Heberto Padilla, Nivaria Tejera, etc., han abordado inteligentemente los problemas planteados por la vida, con medios de expresión de gran calidad estética. Éstos son escritores en los cuales la sinceridad y el talento forman un maridaje fecundo.
–¿Qué importancia tiene la novela cubana de hoy?
–En general, aparte el caso aislado del gran escritor Alejo Carpentier, Cuba ha dado siempre muy buenos poetas, ensayistas y admirables narradores, pero muy pocos novelistas. La novela cubana está en sus inicios. Es de esperar que el fenómeno revolucionario favorezca su desarrollo en los años próximos. El lector cubano prefiere el cuento y la novela corta. Las revistas literarias, sin duda alguna, han contribuido a esta preferencia del público. Los dos narradores más importantes son Onelio Jorge Cardoso y el joven Guillermo Cabrera Infante, cuyo libro ASÍ EN LA PAZ COMO EN LA GUERRA aparecerá próximamente editado por Gallimard. Entre los novelistas, aparte de Alejo Carpentier, se destacan José Soler Puig, Jaime Sarusky, Edmundo Desnoes, Dora Alonso.
–¿Puedo preguntar si su viaje a Cuba tendrá repercusiones sobre su obra?
–Naturalmente. Es el acontecimiento más importante que yo he vivido. Yo creo que el porvenir de los pueblos de lengua hispana será en parte determinado por la Revolución Cubana. Cuba no es solamente Cuba. Cuba es también, de alguna manera, España, el Perú, Colombia. Defender a Cuba es también, para nosotros, españoles y latinoamericanos, laborar para nuestros respectivos países. En lo que concierne a mi obra, estoy preparando el reportaje de que ya le he hablado. Usted verá, yo lo espero, que no se trata de un simple reportaje.

Juan Goytisolo entrevista foto

 

 

Una mirada sobre Hugh Thomas

El éxito de su libro sobre la Guerra Civil obligó al propio Franco a responderle

Hughes Thomas foto

Hugh Thomas

Paul Preston

(EL PAÍS, España, 15/5/2017) Hugh Thomas nació en 1931 y era el único hijo de un oficial del imperio británico en Ghana. Su tío, sir Shenton Thomas, fue el gobernador de Singapur que rindió la plaza a los invasores japoneses en 1942. Hugh estudió historia, con desigual dedicación, en Queen’s College Cambridge, pero adquirió cierta notoriedad como presidente tory de la Unión de Estudiantes, una sociedad elitista donde se debatían temas de actualidad. Cuando salió de la universidad, inició una vida de soltero cosmopolita en Londres. Le contrataron en la Embajada del Reino Unido en París. Abandonó el puesto antes de tiempo en 1957, declarando que lo hacía por la repugnancia que le producía el papel de los británicos en la crisis del Canal de Suez. Sin embargo, tal vez saltara del barco antes de que le empujaran. Circulaban rumores acerca de unos documentos importantes olvidados sin querer en el metro y/o un romance con la esposa de un ministro francés.

La publicidad generada por su enfrentamiento con el Foreign Office le convirtió en un fichaje atractivo para el Partido Laborista. Se presentó, sin éxito, a las elecciones de 1957-1958 por la circunscripción de Ruislip and Norwood. Su cambio de lealtades se cimentó con la edición de un ataque contra la élite política titulado The Establishment, en 1959. Sin embargo, esto no resolvió su problema de ingresos. Probó a ser novelista, pero The Oxygen Age (1958) no se vendió bien, aunque un libro que fue un fracaso similar, publicado el año anterior, The World’s Game le cambiaría la vida. Aquel libro lo leyó el editor James McGibbon, que le invitó a comer y le dijo que una escena de su novela le había recordado a los voluntarios de la Guerra Civil española. Comentando que el momento estaba maduro para una revisión general de aquella guerra, animó a Hugh a proponer un libro. Aunque no sabía ni palabra de español, Hugh se puso a leer con voracidad y a perseguir sin reparo a innumerables participantes de ambos lados del conflicto, incluyendo al corresponsal de guerra Henry Buckley y al gran experto Herbert Southworth.

Publicado en 1961, The Spanish Civil War se convirtió rápidamente en el libro que había que leer sobre la guerra de España. Los elogios de comentaristas liberales como Cyril Connolly o Michael Foot llevaron a que se lo considerara un clásico en amplios sectores, y llegaría a vender casi un millón de ejemplares. No solo estaba escrito en un estilo colorido y fácil de leer, sino que The Spanish Civil War era el primer intento de dar una visión general y objetiva de una lucha que aún despertaba pasiones a derecha y a izquierda.

Aunque la España de Franco lo prohibió, la traducción, encargada por Ruedo Ibérico, se convirtió en un best seller clandestino. Los propagandistas del dictador nunca habían dejado de proclamar que la guerra había sido una cruzada contra la barbarie comunista. Sin embargo, el impacto de las obras extranjeras escritas por Thomas y Southworth, e introducidas de contrabando a pesar de los esfuerzos de la policía de aduanas, desacreditaban por completo las consignas del régimen.

En respuesta a Thomas y a Southworth, el entonces ministro de información de Franco, Manuel Fraga, montó un centro oficial para los estudios de la Guerra Civil para centralizar la historiografía sobre la cruzada. Era demasiado tarde. El libro tuvo tanto éxito que el propio Franco se veía obligado a responder con frecuencia a afirmaciones hechas por Thomas. El caudillo decía que eran todo mentiras, negando que murieran civiles cuando mandó bombardear Barcelona o que existieran las ejecuciones masivas. La notoriedad del éxito del libro de Thomas estuvo detrás de las colosales ventas que se produjeron tras la muerte del dictador en 1975. Ricardo de la Cierva, presa de la frustración, tildó el libro de “vademécum de papanatas”.

Asegurado ya su futuro financiero, en 1962 Hugh se casó con la bella Vanessa Jebb, hija del embajador en París lord Gladwyn Jebb. Vanessa era la joya del rutilante círculo social que se reunía en su casa de Ladbroke Grove, y tuvieron tres hijos juntos: Iñigo, Isambard e Isabella. En 1966, se convirtió en catedrático de historia de la Universidad de Reading. Era un profesor extraordinariamente entretenido y popular, como pude comprobar como estudiante de máster a partir de 1968. Pero nunca se encontró cómodo con las crecientes exigencias administrativas de la vida académica, y yo le sustituí cuando se tomó un año sabático para concentrarse en su escritura. En esa época fui su ayudante-investigador para la tercera edición de The Spanish Civil War. En 1976, dimitió.

Incluso antes de ir a Reading, Thomas había empezado a investigar para su gigantesca obra Cuba: La lucha por la libertad. Tenía casi 1.700 páginas y quizás por eso no fue un éxito. La larga sección inicial sobre la historia de la isla, que empezaba con la ocupación británica de La Habana, resultó pesada a muchos. Solo cuando llegaba a la revolución castrista lograba el libro alcanzar la confianza de tono y la amplitud de miras de su libro sobre España.

A instancias de su amigo Roy Jenkins, intentó presentarse nuevamente como candidato a unas futuras elecciones por el Partido Laborista y de nuevo fracasó. Por la oposición de un grupo de trotskistas, la directiva laborista de su circunscripción no aceptó su candidatura. A partir de entonces, y tal vez como consecuencia de aquello, declaró públicamente que abandonaba el Partido Laborista y abrazaba la economía de libre mercado thatcherista. Se convirtió en uno de los asesores extraoficiales de la primera ministra, y en presidente de su think tank, el Centro de Estudios Políticos. En línea con su nueva vocación política, cuando An Unfinished History of the World recibió un premio literario del Arts Council por valor de 7.500 libras en abril de 1980 se negó a aceptar el cheque y se justificó explicando que en los últimos capítulos defendía la idea de que “la invención del Estado conduce a la decadencia de la civilización y al derrumbe de las sociedades”.

Después de la derrota de Thatcher en 1990, su relevancia en el Partido Conservador disminuyó, y se mostró cada vez más desilusionado con el enconado euroescepticismo de los suyos. Finalmente, en noviembre de 1997, cruzó el pasillo de la Cámara de los Lores para sentarse en la bancada de los liberaldemócratas. Libre por fin de la política, que nunca le había terminado de satisfacer, regresó a su verdadera profesión, y empezó a escribir una serie de obras grandiosas sobre la España imperial. La rutilante fuerza narrativa de su trabajo sobre España se trasladó primero a The Conquest of Mexico(1993) y luego a The History of the Atlantic Slave Trade 1440-1870 (1997). A estos libros siguió su máximo logro, una trilogía sobre el imperio español que consiste en Rivers of Gold (2003); The Golden Age: The Spanish Empire of Charles V (2010) y World Without End: The Global Empire of Philip II (2014).

La última vez que hablé con él, un par de semanas antes de su muerte, estaba despotricando contra el Brexit.

(Paul Preston es historiador e hispanista.)

Traducción de Eva Cruz

20 de mayo, una fecha por restablecer

Dimas Castellanos, La Habana
(DIARIO DE CUBA, 20/5/2017) El 20 de 1902, a pesar de las limitaciones impuestas por la Enmienda Platt, Cuba se incorporó con personalidad propia al concierto de naciones libres e independientes.
Los antecedentes de las limitaciones databan del siglo XIX:
  1. la notificación de Thomas Jefferson a Inglaterra en 1805: en caso de guerra con España, EEUU se apoderaría de Cuba por necesidades estratégicas
  2. la política de la fruta madura, formulada por John Quincy Adams en 1823: “Cuba, una vez separada de España y rota la conexión artificial que la liga con ella tiene que gravitar necesariamente hacia la Unión Norteamericana”
  3. la Doctrina Monroe: “América para los americanos”, lo que significaba que Europa no podía invadir ni tener colonias en el continente, en 1823
  4. las palabras del presidente Grover Cleveland en 1896: “Cuando se haya demostrado la imposibilidad por parte de España de dominar la insurrección habrá llegado entonces el momento de considerar si nuestras obligaciones a la soberanía de España, han de ceder el paso a otras obligaciones más altas”.
En 1998 se conformó un escenario favorable para las políticas mencionadas. Después de tres años de guerra, España no había podido contener la campaña del ejército independentista y el 15 de febrero de ese año explotó el acorazado Maine en la bahía habanera.
El 25 de marzo el presidente McKinley exigió a España un armisticio con los insurrectos; el 11 abril pidió autorización al Congreso para intervenir en Cuba; el 20 de abril se aprobó la Resolución Conjunta, que autorizaba la intervención pero reconocía que “Cuba era, y de derecho debía ser, libre e independiente”el25 de abril se declaró la guerra y el 16 de julio se rindió la plaza.
El 10 de diciembre España y EEUU firmaron el Tratado de París sin hacer mención a la Resolución Conjunta. Y el 1 de enero de 1899 el general John R. Brook tomó posesión de la Isla.
En julio de 1900 se convocaron las elecciones para designar los delegados a la Convención Constituyente que redactaría la Constitución de la República. El 5 de noviembre, en la apertura, el gobernador militar expresó a los delegados: “Será vuestro deber, en primer término, redactar y adoptar una constitución para Cuba y, una vez terminada esta, formular cuáles deben ser, a vuestro juicio, las relaciones entre Cuba y EEUU”.
El 11 de febrero de 1901 quedó redactado el texto constitucional y al día siguiente se designó la Comisión para formular las relaciones con EEUU, la cual recibió del secretario de la Guerra Eliu Root las instrucciones a tener en cuenta. La Comisión las consideró inaceptables porque vulneraban la independencia y la soberanía de Cuba y el 27 de febrero entregó el informe a las autoridades norteamericanas. El 2 de marzo el gobernador militar emitió una nota rechazando la decisión cubana.
En una nueva ronda de discusiones se aprobaron las instrucciones: 15 votos contra 14, pero con objeciones, cada una de las cuales —como apunta Emilio Roig de Leuchsenring en su Historia de la Enmienda Platt— tenía el valor y la significación de una protesta. La decisión se entregó el 5 de junio y también fue rechazada.
De forma paralela a estos hechos, el Senado estadounidense aprobó un proyecto de ley presentado por el senador Orville H. Platt, cuyo texto contenía las instrucciones que el secretario de Guerra había hecho llegar a la Comisión. Entonces, la Enmienda Platt convertida en ley se entregó a los delegados con una nota que decía: “siendo un estatuto acordado por el Poder Legislativo, el presidente de EEUU está obligado a ejecutarlo y ejecutarlo tal como es como condición para cesar la ocupación militar”. Y agregaba: “No puede cambiarlo ni modificarlo, añadirle o quitarle”.
Entonces, sin debate, se aprobó la Enmienda Platt: 16 votos contra 11, la cual refrendó el derecho de EEUU a intervenir en Cuba, omitió la Isla de Pinos del territorio nacional e impuso la venta o arrendamiento de tierras para bases navales.
Rechazarla, con el país ocupado, el Ejército Libertador desmovilizado, el Partido Revolucionario Cubano disuelto, la nación sin cristalizar, la economía sumida en la ruina y el pueblo agotado y hambriento, implicaba la ocupación indefinida y en consecuencia el reinicio de la guerra.
Con la Constitución de 1901 la historia constitucional de los derechos civiles y políticos tomó cuerpo en Cuba. En las primeras elecciones resultó electo por el voto popular Tomás Estrada Palma, quien había sido presidente de la República en Armas.
El 20 de mayo de 1902, Máximo Gómez con varios generales del Ejército Libertador, Leonard Wood con su estado mayor, y el presidente electo con su consejo de secretarios, se reunieron en el salón de recepciones del Palacio de los Capitanes Generales para la ceremonia de traspaso de poder del Gobierno interventor al Gobierno cubano. En ese momento la República en Armas, que emergió el 10 de abril de 1869 con la Constitución de Guáimaro, desembocó en la República de Cuba con la Constitución de 1901.
En el acto el gobernador Wood leyó un mensaje del presidente de EEUU, pronunció una breves palabras y ordenó que se izara la bandera cubana en la azotea del Palacio de los Capitanes Generales, devenido Palacio Presidencial. El generalísimo Máximo Gómez procedió al izaje y ebrio de emoción exclamó: “¡Creo que hemos llegado!”. Seguidamente, el general Emilio Núñez, gobernador de La Habana, junto al vigía del Morro, la izó en esa fortaleza.
Todo el país celebró la fiesta. En La Habana se desarrolló en el Palacio de los Capitanes Generales y en la explanada del Morro. Por la noche, veladas culturales y fuegos artificiales. La fecha se incorporó al panteón de efemérides nacionales. El 20 de mayo pasó a ocupar un lugar junto al 10 de octubre, al 24 de febrero, al 28 de enero y al 7 de diciembre.
A pesar de la independencia incompleta y la soberanía limitada, se retiraron los ocupantes y se le cerró el paso a la anexión. Se recobró la soberanía sobre Isla de Pinos. En menos de 20 años Cuba salió de la postración económica. Se inició la modernización tecnológica y científica. Se abrogó la Enmienda Platt en 1934. Se dictó en 1937 la legislación laboral más avanzada que Cuba ha tenido hasta hoy. Se redactó y se puso en vigor la avanzada Constitución de 1940, que sirvió al Dr. Fidel Castro para fundamentar su defensa en el juicio por el asalto al cuartel Moncada.
Esa fecha dejó de celebrarse a partir de 1963. A la misma se le atribuyeron todos los males de la nación, se despojó de su simbolismo y se intentó borrar de la historia. Por ejemplo, el historiador Rolando Rodríguez, ha planteado que “el 20 de mayo no podía recordarse como el día de surgimiento de la República porque ella había comenzado en Guáimaro el 10 de abril de 1869…. Es ahí donde está el origen de la República cubana”.
Guáimaro fue el momento en que se inició el proceso que el 20 de mayo de 1902 devino realidad la república real, no la soñada. Si desde esas condiciones no hemos sido capaces ni antes ni después de 1959 de avanzar gradualmente hacia la república martiana —igualdad de derecho de todo el nacido en Cuba, espacio de libertad para la expresión del pensamiento y economía diversificada en manos de muchos pequeños propietarios—, no es responsabilidad del 20 de mayo de 1902 ni de la Convención Constituyente, sino de las generaciones posteriores incluyendo la presente. Reivindiquemos, pues, el 20 de mayo, con los principios de la república martiana.

Carta a un comunista

Hermann Hesse fotoHermann Hesse

Mi postura personal frente al comunismo no es difícil de formular. El comunismo (bajo el cual esencialmente, entiendo los objetivos y pensamientos del antiguo Manifiesto marxista) está en camino de conseguir su realización en el mundo, y éste se halla maduro para ello, no sólo desde que el sistema capitalista presenta tan claros síntomas de decadencia, sino también desde que la socialdemocracia de “mayorías” ha abandonado por completo la bandera revolucionaria.

Para mí, el comunismo no sólo está justificado, sino que lo considero lógico. Llegaría y vencería aunque todos estuviéramos en contra. Quien hoy esté de parte del comunismo, afirma el porvenir.

Aparte del “sí” que mi entendimiento da a su programa, ha hablado en mí, desde que vivo, una voz a favor de quienes padecen; siempre estuve de parte de los oprimidos y contra los opresores; de parte del acusado y contra los jueces, y de parte de los hambrientos y contra los atiborrados. La única diferencia reside en que nunca se me hubiera ocurrido llamar comunistas a esos sentimientos que considero naturales, si no cristianos.

Bien: creo, con usted, que el camino marxista, que pasa por encima del capitalismo moribundo en dirección a la liberación del proletariado, es, en efecto, el camino del futuro, y que el mundo debe seguirlo, quiera o no.

Hasta este punto estamos de acuerdo.

Pero ahora usted preguntará seguramente por qué yo, si creo en la razón del comunismo y defiendo a los avasallados, no me uno a usted en la lucha y pongo la pluma al servicio de su Partido.

La respuesta a esto ya es más difícil, porque se trata de aquí de cosas que para mí son sagradas y obligatorias, mientras que para usted apenas existen. Yo rechazo totalmente, y con firme decisión, convertirme en miembro del Partido o poner mi trabajo literario al servicio de su programa, pese a que la perspectiva de tener hermanos y camaradas, de vivir en comunidad con un mundo de correligionarios, sería sumamente atractiva.

Pero es que, en realidad, no pensamos igual. Porque, aunque yo apruebe sus objetivos o, para decirlo más claramente, aunque crea que el comunismo está maduro para subir al poder y hacerse cargo, con ello, de la tremenda responsabilidad, empezando por la necesidad de cargar con la sangre y la guerra, para mí eso no tiene más importancia que cuando, en noviembre, pienso que ya está próximo el invierno. Creo en el comunismo como programa para las horas venideras de la humanidad; lo considero indispensable e ineludible. Sin embargo, no creo que el comunismo pueda dar mejores respuestas a las grandes preguntas de la vida que cualquier otra doctrina anterior. Creo que, después de cien años de teoría y del gran intento ruso, ahora no tiene sólo el derecho, sino también la obligación de realizarse en el mundo, y creo y espero sinceramente que conseguirá suprimir el hambre y librar a la humanidad de una gran pesadilla. Pero que con ello se logre lo que las religiones, las legislaciones y las filosofías de pasados milenios no pudieron conseguir, es cosa que no creo. Que el comunismo, aparte de su razón de defender el derecho de todo hombre a que no le falte el pan y se le reconozca su valor, sea mejor que cualquier otra forma anterior de fe, no lo creo. Tiene sus raíces en el siglo XIX, en medio del más árido y presuntuoso dominio del intelecto, de un sabihondo imperio de profesores, carente de fantasía y amor. Carlos Marx aprendió su modo de pensar; es extraordinariamente parcial e inflexible: su genialidad y justificación no reside en un espíritu más elevado, sino en su decisión de actuar.

Si hoy estuviéramos en 1831, en lugar de tener ya el año 1931, yo, como poeta y escritor, probablemente sentiría gran preocupación por los problemas y las amenazas del mañana y pasado mañana, dedicando todas mis fuerzas, durante algún tiempo, al estudio del inminente cambio. Así lo hizo el poeta Heinrich Heine entonces, y durante un cierto tiempo, quizás el más fecundo de su vida, fue en París el amigo y colaborador del joven Carlos Marx. Pero hoy, ese mismo Heine volvería a preocuparse más por el mañana y el pasado mañana que por la realización de lo que ha quedado reconocido ya, desde hace tiempo, como acertado y digno de ser llevado a cabo. Hoy reconocería sin duda que el socialismo ha dejado atrás su escuela y tiene que asumir el dominio del mundo o, de lo contrario, está listo. Y aprobaría este proceso, la conquista del mundo por los comunistas, y lo encontraría bien, mas no sentiría el impulso, en su persona, de tener que ayudar a tirar de un carro que con tanto empuje rueda por sí solo.

El poeta no es ni más ni menos importante que el ministro, el ingeniero el tribuno, pero sí es totalmente distinto a ellos. Un hacha es un hacha, y con ella se puede cortar madera o, también, cabezas. Un reloj o un barómetro, en cambio, tienen otras funciones, y si con ellos pretendemos cortar leña o cabezas, se romperán sin que nadie haya obtenido provecho alguno.

No es ésta la ocasión para enumerar y explicar los deberes y funciones del poeta como instrumento especial de la humanidad. Quizás sea una especia de nervio, en el cuerpo de la humanidad; un órgano destinado a reaccionar ante delicados avisos y menesteres, un órgano cuya función es la de despertar, advertir y llamar la atención. Mas no es un órgano con el que se puedan redactar anuncios y colgarlos, y no se prestar para pregonarlo a grandes gritos en el mercado, pues su fuerza no reside en el volumen de la voz. Eso queda para Hitler. De cualquier forma, y sean sus funciones unas u otras, el poeta sólo tiene un valor y sólo merece que se le tome en serio si no se vende y no permite abusos con él, si prefiere sufrir o morir que ser infiel a lo que considera su vocación.

Carlos Marx tuvo mucha comprensión para la poesía y el arte del pasado; por ejemplo, para todo lo griego, y si bien en algún punto de su doctrina no fue, quizá, totalmente sincero, pudo deberse a que, pese a ser conocedor de las artes, no vio en ellas un órgano de la humanidad, sino sólo un trocito de “superestructura ideológica”.

Precisamente quisiera advertiros a vosotros, los comunistas, del peligro que pueden constituir aquellos poetas que os ofrezcan y se presten para pregoneros y combatientes. El comunismo tiene muy poco de poético; ya era así en tiempos de Marx y ahora lo es todavía más. El comunismo, como toda gran ola de poder material, llegará a constituir un serio peligro para la poesía; tendrá poco sentido de la calidad y, con paso tranquilo, aplastará gran número de cosas hermosas sin lamentarlo siquiera. Traerá consigo grandes cambios y un nuevo orden, hasta que esté edificada la nueva casa para esa nueva sociedad, por doquier abundarán los escombros, y nosotros, los artistas, nos veremos desplazados si tenemos que hacer de peones. La gente aún se reirá más de nosotros y de nuestras rebuscadas preocupaciones, tomándonos todavía menos en serio que en tiempos de la burguesía.

Mas en la nueva casa de la humanidad volverá a imperar muy pronto el descontento, y tan pronto se haya desvanecido el miedo al hambre, se demostrará que también el hombre del futuro y de la masa posee un alma, y que ésta crea en su interior sus propios tipos de hambre y necesidades, deseos y sueños, y que los impulsos y las necesidades y los deseos y los sueños de esta alma participan extraordinariamente en todo lo que la humanidad piensa y hace y ansía. Y será un bien para la humanidad que, entonces, haya hombres entendidos en las cosas del alma: artistas, poetas, entendedores, consoladores e indicadores del camino a seguir.

De momento, vuestras tareas son claras de ver. Vosotros, los comunistas, tenéis un programa claramente establecido que realizar y es vuestro deber defenderlo. Actualmente, vuestra labor parece mucho más clara, más necesaria y seria que la nuestra. Pero eso cambiará, como ha cambiado ya tantas veces.

Con el derecho del combatiente tal vez mataréis a este o aquel poeta, porque compone cantos de guerra para vuestros enemigos, y probablemente se demostrará, después, que no era un verdadero poeta, sino únicamente un redactor de cartelones. Pero os equivocaréis en perjuicio vuestro, si creéis que un poeta es un instrumento del que la clase que gobierna en ese momento pueda servirse como de un esclavo o de un talento comprable. Os llevaréis un chasco con vuestros poetas, si no cambiáis de opinión, y sólo quedarán pegados a vosotros los que no valen nada.

A los auténticos artistas y poetas los reconoceréis, en cambio, si es que algún día decidís preocuparos de ellos, en que tienen un indomable afán de independencia y dejan inmediatamente de trabajar cuando se les quiere obligar a trabajar de forma distinta a cuanto les dicta la conciencia. No se venden por mazapán ni por apetitosos altos cargos, prefieren que les maten antes que ser objeto de abuso. En eso les reconoceréis.

(1931)

[Hermann Hesse, Escritos políticos (1914-1932).]

Maduro no importa

Es simplemente el tonto útil, el títere de quienes realmente mandan en Venezuela

Moisés Naím
 (EL PAÍS, 14/5/2017) Nicolás Maduro no debe seguir siendo presidente de Venezuela.
Es difícil decidir cuál es su peor defecto. ¿Qué es más grave, la cruel indiferencia que muestra ante el sufrimiento de millones de venezolanos o sus brutales conductas dictatoriales? ¿Qué es más indignante, su inmensa ignorancia o verlo bailando en televisión mientras en las calles sus esbirros asesinan a jóvenes indefensos? La lista de fallas es larga y los venezolanos la conocen; 90% de ellos repudian a Maduro. Y no son solo los venezolanos. El resto del mundo también ha descubierto —¡por fin!— su carácter despótico, corrupto e inepto.
Y sin embargo… Maduro no importa. Sacarlo no basta. Él es simplemente el tonto útil, el títere de quienes realmente mandan en Venezuela: los cubanos, los narcotraficantes y los viudos del chavismo. Y, por supuesto, los militares. Tristemente, las fuerzas armadas han sido subyugadas y están al servicio de los verdaderos dueños del país. Así, vemos a diario cómo los uniformados están dispuestos a masacrar a su pueblo con tal de mantener en el poder a la oligarquía criminal que domina Venezuela.
El componente más importante de esta oligarquía es el régimen cubano. Hace tres años escribí: “La ayuda venezolana es indispensable para evitar que la economía cubana colapse. Tener un Gobierno en Caracas que mantenga dicha ayuda es un objetivo vital del Estado cubano. Y Cuba lleva décadas acumulando experiencia, conocimientos y contactos que le permiten operar internacionalmente con gran eficacia y, cuando es necesario, de manera casi invisible”. Es obvio: la prioridad para La Habana es seguir controlando y saqueando Venezuela. Y sabe cómo hacerlo. Los cubanos han perfeccionado las técnicas del Estado policial: la represión constante pero selectiva, la compra de conciencias a través de la extorsión y el soborno, el espionaje y la delación. Pero, sobre todo, el régimen cubano sabe cómo cuidarse de un golpe militar. Esa es la principal amenaza para toda dictadura y, por eso, controlar a las fuerzas armadas es un requisito indispensable para cualquier dictador que se respete. Los cubanos han exportado a Venezuela sus técnicas de control y sus efectos son evidentes: los militares que no simpatizan con el régimen de Chávez y Maduro han sido neutralizados, mientras que quienes lo apoyan se han enriquecido. No es casualidad que en Venezuela haya hoy más generales que en la OTAN o en EE UU. O que muchos altos oficiales estén exiliados, encarcelados o muertos. Por eso la esperanza de que militares patriotas, democráticos y honrados defiendan a la nación y no a quienes la expolian ha sido hasta ahora tan solo eso, una esperanza.
Las fuerzas armadas han sido subyugadas y están al servicio de los verdaderos dueños del país
Pero, además, Cuba se topó en Venezuela con un regalo inédito en los anales de la geopolítica: el presidente de una potencia petrolera, Hugo Chávez, invita a una dictadura en bancarrota a que controle funciones vitales en asuntos de inteligencia, elecciones, economía, política y, por supuesto, vigilancia militar y ciudadana. Hay pocas decisiones importantes del Gobierno de Venezuela que no sean aprobadas, moldeadas u ordenadas furtivamente por el régimen cubano.
O influidas por los narcotraficantes. Ellos constituyen el otro gran poder que hace que Maduro no importe mucho. Venezuela es hoy una de las principales rutas de la droga a EE UU y Europa. Esto significa que hay miles de millones de dólares en juego y que en el país opera una vasta red de personas y organizaciones que controlan ese comercio ilícito y la enorme cantidad de dinero que genera. Según las autoridades estadounidenses, una de esas personas es el vicepresidente Tareck El Aissami, así como un buen número de militares y de familiares y socios de la oligarquía chavista.
Esa oligarquía, formada por los herederos políticos de Chávez, es el tercer gran componente del poder real en Venezuela. Naturalmente, Nicolás Maduro; su esposa, Cilia Flores, y muchos de sus parientes y socios forman parte de esa oligarquía. En esa élite hay diferentes “familias”, “carteles” y grupos que rivalizan por el poder político, por influir en las decisiones del Gobierno y en nombramientos de importancia, así como por el control de mercados ilícitos, del tráfico de personas al contrabando de armas o al lavado de dinero. El contrabando y la comercialización de comida, medicinas y productos de todo tipo así como la especulación con las divisas, con los bonos de la deuda y el negocio de finanzas y seguros son algunas de las muchas otras actividades corruptas con las que se lucra la oligarquía chavista. Y también los cubanos, los militares y sus cómplices civiles. Los tres grupos se entremezclan en negocios, corrupción y ejercicio del poder.
Sacar a Maduro es necesario. Pero no es suficiente. Es indispensable neutralizar a los tres nefastos carteles criminales que realmente mandan en Venezuela. No será fácil. Pero es posible.

Hacer un Irene Montero

Últimamente se está extendiendo una forma concreta de crear significados a partir de personas

Álex Grijelmo
(EL PAÍS, España, 30/4/2017) Los nombres propios han aportado al léxico del español abundantes sustantivos y adjetivos, y hasta verbos. Por ejemplo, de Cantinflas han salido “cantinflesco”, “acantinflado”, “cantinflada”, “cantinfleo”, “cantinflérico”, “cantinflero” o “cantinflear”. Otros nombres de persona han dado vocablos como “hercios”, “daltónico”, “juanetes”, “kafkiano”… o “moscosos” (días de asueto de libre disposición que concedió a los funcionarios españoles en 1983 el entonces ministro Javier Moscoso).
Últimamente se está extendiendo una forma concreta de crear significados a partir de personas. En este caso, el nombre propio suele ir precedido del artículo indeterminado “un” (rara vez el femenino “una”) y del verbo “hacer” (en ocasiones, en forma reflexiva: “hacerse”).
Por ejemplo, en el año 2004 se puso de moda la expresión “hacer un Hanover”, a partir de lo sucedido en la boda de los entonces príncipes de Asturias cuando Ernesto de Hanover, marido de Carolina de Mónaco, se saltó la ceremonia religiosa para ir directamente al condumio. A partir de entonces, muchos invitados a compromisos nupciales ponen nombre a algo que se había practicado toda la vida pero sin una locución tan propia. “Me hice un Hanover”.
Un precedente lejano de este recurso lingüístico se halla en la expresión “hacer un boicot”, originada por el caso del irlandés Charles Boycott, administrador agrario a quien se aplicó el primer boicoteo, en 1880.
Tras el gran clásico de la Liga española, un titular del diario As decía: “Zidane hizo un Benítez” por alinear a un jugador que no estaba en plena forma como ya le había sucedido a su predecesor con Benzema, también ante el Barcelona en el Bernabéu (0-4). Y en diversas crónicas y comentarios se dijo que “Bale hizo un Diego Costa”, al recaer lesionado a los pocos minutos de partido como le ocurrió al entonces rojiblanco en la final europea de Lisboa. Y también ha proliferado “hacer un Aytekin”, para quienes piensan en el árbitro del Barcelona-PSG.
Esta semana se reprodujo el fenómeno tras la irrupción de la dirigente podemista Irene Montero en el lugar donde se iba a desarrollar la tertulia de Hora 25 (cadena SER), para participar sin haber sido invitada. A los pocos minutos, las redes sociales ya mostraban frases como “mañana voy a hacer un Irene Montero en un restaurante de Madrid” (Stone), “estoy en la puerta de la COPE y voy a hacer un Irene Montero” (Gúdar Javalambre), “a Rakel le acaban de hacer un Irene Montero #TopChef10 (Toribio Son), “pues ya no te invito a mi cumple. Y no se te ocurra hacer un Irene Montero” (David B.).
Esta aceptación general de un nombre propio para designar situaciones frecuentes requiere de un primer impacto de gran repercusión mediática. La referida proliferación de casos futbolísticos da una buena pista al respecto, y el incidente de la diputada de Podemos parece haber alcanzado dimensiones semejantes, en esta ocasión para significar el hecho de imponer la presencia de uno en un lugar al que no ha sido convocado, al mismo tiempo que se veta la de quien sí lo fue (Íñigo Errejón). Así, “hacer un Irene Montero” se podría aplicar cuando una universidad decidiera cuáles de sus catedráticos participan en tertulias o publican artículos; o si una editorial determinase quiénes de sus autores colaboran en una revista y quiénes no; y si además acusasen a los medios por vetar a sus enviados.
A lo de hacer un Hanover se le podía encontrar su gracia. Pero esto, en cambio, no tiene ninguna.

Rousseau, visto por Isaiah Berlin

Alicia Delibes
(LIBERTAD DIGITAL, 19/4/2017) Isaiah Berlin nació en Riga (Letonia) en 1909 y murió en Oxford el 5 de noviembre de 1997. Era el único hijo de un matrimonio judío. En 1915 la familia se instaló en San Petersburgo, donde fue testigo de la revolución de 1917. Según Michael Ignatieff, autor de la biografía de Berlin titulada Mi vida, los padres de Isaiah en un principio se sintieron contagiados por el entusiasmo revolucionario de febrero, pero cuando el Gobierno cayó en manos del Sóviet de Petrogrado y la banda bolchevique se hizo con el control de la calle no pudieron librarse de las visitas intempestivas de la Cheka, policía secreta de Lenin, ni de los habituales registros de domicilio.
En 1920 Mendel Berlin, padre de Isaiah, decidió sacar a su familia de la Rusia comunista de Lenin y fijar su residencia en Inglaterra. Años después, Mendel explicaría las razones que le llevaron a optar por el exilio: La sensación de estar encarcelado, sin contacto con el mundo exterior, el estar continuamente espiado, las detenciones repentinas y el sentimiento de impotencia total frente a los caprichos de cualquier vándalo vestido de bolchevique.
Los Berlin llegaron a Londres en febrero de 1921. Isaiah era un niño de 12 años que apenas sabía inglés, sin embargo, no tardaría en convertirse en uno de los alumnos más prometedores del colegio St. Paul’s, una venerable institución cristiana que no excluía a los judíos. En 1927 obtuvo una beca para cursar estudios clásicos en el Corpus Christi College de Oxford, universidad de cuyo selecto grupo de profesores formaría parte el resto de su vida.
Berlin, formado en tres grandes tradiciones, rusa, judía y británica, y testigo de las corrientes filosóficas y políticas del siglo XX, ha sido uno de los intelectuales de su tiempo –de nuestro tiempo– que más ha profundizado en el tema de la libertad y el peligro que para ella entrañan las promesas de los vendedores de falsas utopías que seducen a los pueblos con la idea de un Nuevo Mundo Feliz.
Leer a Berlin, veinte años después de su muerte, cuando parece que los principios sobre los que se construyeron nuestras democracias occidentales se tambalean, puede proporcionarnos argumentos sólidos para defender los valores liberales de nuestra civilización frente a quienes pretenden desenterrar viejas ideologías liberticidas.
La traición de la libertad. Seis enemigos de la libertad humana es el título de un libro publicado en 2004, siete años después de la muerte de su autor, que recoge seis conferencias que Isaiah Berlin pronunció para la BBC en 1952. Aquellas conferencias tuvieron un gran éxito, no solo por la curiosidad que despertaba su título, Los límites de la libertad, sino por el tono persuasivo, claro y riguroso que utilizaba Berlin.
Berlin planteó el asunto con una pregunta muy sencilla: ¿por qué alguien debe obedecer a alguien? Y para responder de forma fácilmente comprensible se sirvió de seis pensadores que vivieron más o menos en la misma época y que elaboraron teorías acerca de la libertad y sus límites que, según Berlin, encerraban trampas destructivas para la propia libertad.
Los seis personajes elegidos por Berlin fueron Helvétius (1715-1771), Rousseau (1712-1778), Fichte (1762-1814), Hegel (1770-1831), Saint Simon (1760-1825) y De Maistre (1753-1821).
Si se considera la libertad como “el derecho a forjar libremente la propia vida como se quiera” sin otra barrera que “la necesidad de proteger a otros hombres respecto a los mismos derechos, o bien de proteger la seguridad común de todos ellos”, estos seis pensadores, decía Berlin, “fueron hostiles a la libertad, sus doctrinas fueron una contradicción directa de ella, y su influencia sobre la humanidad no sólo en el siglo XIX sino particularmente en el XX fue poderosa en esta dirección antilibertaria.
Rousseau es el personaje que más ha influido en la educación en el siglo XX y en lo que llevamos del XXI. Educadores y pedagogos de todo el mundo, unos bienintencionados y otros no tanto, han sido seducidos, y lo siguen siendo, por el canto a la educación en libertad que aparenta ser el Emilio. De ahí que merezca especial interés conocer las razones que llevaron a Isaiah Berlin a considerar al filósofo ginebrino “uno de los más siniestros y más formidables enemigos de la libertad en toda la historia del pensamiento moderno”.
Los pensadores del siglo XVIII que se preocuparon por la libertad dieron muchas vueltas al problema que planteaban sus límites. Casi todos ellos llegaron a la conclusión de que era necesario una especie de contrato o acuerdo social que permitiera conciliar el deseo de libertad del hombre con la necesidad de una autoridad que controle el cumplimiento de ciertas reglas de convivencia.
Hobbes (1588-1679), que creía que los hombres eran más malos que buenos, había optado en el siglo anterior por la existencia de una fuerte autoridad y la limitación de la libertad individual. Mientas que Locke (1632-1704), que creía que los hombres eran más buenos que malos, concedió mayor espacio a la libertad y abogó por una autoridad menos coercitiva.
Para Rousseau, la libertad es un valor absoluto, una especie de concepto religioso que está en la propia esencia del hombre. Pues si el hombre no fuera libre, si no pudiera elegir entre diferentes alternativas, no tendría responsabilidad moral sobre sus actos. Cuando el hombre está obligado por otra persona, o por las circunstancias, a hacer las cosas, deja de actuar por sí mismo y deja de ser una persona. Por tanto, el hombre, para seguir siendo hombre, ni puede ni debe ceder un ápice de su libertad. De ahí que el filósofo ginebrino haya pasado por ser un adalid de la libertad.
Por otra parte, Rousseau admite que al vivir en sociedad son necesarias las reglas. Y para hacer compatibles la libertad con la obediencia a unas reglas sin las que la libertad quede dañada ofrece una solución totalmente novedosa.
Para Rousseau, la Naturaleza tiene un carácter casi sagrado. Todo lo que de ella emana es necesariamente bueno. Se trataría entonces de conseguir que esas reglas no fueran percibidas como una imposición sino como obra de la propia Naturaleza.
La solución que ofrece Rousseau parece fácil. La propia Naturaleza habría dotado al hombre de una voz interior que le dicta las reglas que son justas y buenas para la convivencia. Esa voz interior habla directamente al corazón y a la razón del hombre haciendo que este las ame y las comprenda. Así es como el hombre, guiado por su naturaleza bondadosa, se inclinará siempre a favorecer el bien común.
La bondad natural del hombre
Según Berlin, a partir de esa idea y sin poder evitar el rencor que sentía hacia los Ilustrados, Rousseau describe al hombre bueno como aquel que posee una sabiduría instintiva, muy diferente de la corrompida sofisticación de las ciudades: A veces Rousseau habla del salvaje como si fuera feliz, inocente y bueno; en otras palabras, como si fuera simple y bárbaro.
La “voluntad general”
El concepto más genuino de Rousseau, el de la voluntad general, aparece por primera vez en su ensayo El contrato social, publicado en 1762 (es significativo que ese mismo año se publicara también su obra pedagógica Emilio).
La voluntad general no es para Rousseau la suma de voluntades individuales. Se trata de un concepto nuevo, con cierto carácter místico, que representa la voluntad única de toda la comunidad.
La voluntad general exige, dice Rousseau, “la rendición de cada individuo con todos sus derechos a toda la comunidad”. Si nos rendimos, ninguna institución, ningún tirano estará coartando nuestra libertad, pues el Estado es cada uno de nosotros, que juntos, unidos, buscamos el bien común.
La voluntad general exige, dice Rousseau, ‘la rendición de cada individuo con todos sus derechos a toda la comunidad’. Si nos rendimos, ninguna institución, ningún tirano estará coartando nuestra libertad.
De esta forma Rousseau pasa de la noción de grupo de individuos que se relacionan libre y voluntariamente buscando cada uno su propio bien a la noción de sumisión a algo que está por encima del individuo: la comunidad, el Estado.
Como dijo Berlin, es evidente que la célebre fórmula de Rousseau de que cada individuo, al entregarse a todos, no se entrega a nadie, por muy evocadora que sea, es hoy tan oscura y misteriosa como lo fue siempre.
Rousseau, enemigo de la libertad
Como la Naturaleza es armoniosa, las reglas que son justas para un hombre bueno y racional lo serán también para todos los hombres buenos y racionales. En el caso de que existan hombres que busquen fines irreconciliables será porque estos hombres estén corrompidos, porque no sean racionales, porque hayan traicionado su propia naturaleza.
Dado que el hombre es bueno, si desea el mal será porque no sabe lo que le conviene, así que es lícito que yo le diga lo que es mejor para él, lo que es justo y bueno. Así, el día que descubra su verdadero yo, que es natural y por tanto bondadoso, entenderá mi actitud y me estará agradecido.
“No hay dictador en Occidente”, escribe Berlin, “que en los años posteriores a Rousseau no se valiera de esta monstruosa paradoja para justificar su conducta. Los jacobinos, Robespierre, Hitler, Mussolini y los comunistas: todos ellos emplean este mismo método de argumento, de decir que los hombres no saben lo que en realidad desean; y, por tanto, al desearlo por estos, al desearlo en nombre de ellos, estamos dándoles lo que en algún sentido oculto, sin saberlo, ellos mismos desean”.
Rousseau, con su paradoja, convirtió la libertad en una especie de esclavitud. El individuo entrega su libertad política y su propia conciencia a esa autoridad que reconoce como suprema y que sabe realmente lo que es bueno para él. Esa autoridad puede estar representada por un dictador, por el Estado, por la comunidad o por la asamblea.
Isaiah Berlin terminaba su conferencia con estas palabras claramente condenatorias:Rousseau, quien afirma haber sido el más apasionado y ardiente adorador de la libertad humana, que trató de suprimir los grilletes, los frenos de la educación, del refinamiento, de la cultura, de la convención, de la ciencia, del arte, de cualquier cosa, porque todas estas cosas, de alguna manera, violaban su libertad natural como hombre… Rousseau, pese a todo esto, fue uno de los más siniestros y más formidables enemigos de la libertad en toda la historia del pensamiento moderno.