Consideraciones sobre el caso de Ángel Santiesteban

Rafael Alcides, La Habana.

Rafael Alcides foto(CUBANET, 30/10/2014) Un novelista que quisiera escribir la compleja y diversa novela que se insinúa detrás del abultado “Caso Santiesteban” (diversa porque comprendería casi todos los géneros y modalidades conocidos en la novelística), podría empezarla por la presumible cara de susto y piedad que debieron poner los magistrados que actuaron en dicho proceso al conocer los hechos que allí se relacionan. La intuyo por mi propio susto y por el que a todas luces, sobrepuestas ya por fortuna, llevó a la UNEAC a manifestar su cólera. El laureado escritor Ángel Santiesteban, Premio UNEAC, Premio Juan Rulfo, Premio Casa de las Américas, y a quien en lo físico sólo le faltaría el caballo para parecer un todopoderoso vaquero de rodeo (el novelista no podría dejar de describir a su personaje), amenazó de muerte a su ex mujer, le pegó, la amarró para violarla con comodidad y le prendió fuego a la casa.
Yo, que al principio lo creí riña, discordia, desacuerdo de amantes de los que tan a menudo suelen alimentarse los grandes amores mientras duran (y al respecto escribí unas líneas de las que no me arrepiento), yo al conocer en detalle los hechos o supuestos hechos, tras investigarlos (como deberá hacer todo novelista), me dije: este no es el Ángel que yo conozco. No lo es. Y buscándole explicación al fallo de los magistrados, hasta se me ocurrió pensar en brujería. ¿No habría sido Ángel víctima de un bilongo, uno de esos “daños” de los que se ocupaban los hechiceros de la serranía de Guantánamo de cuando en los tiempos de Matusalén yo era niño? También el hipotético novelista se lo habría de preguntar, pero al dar con cierto video bajado de la Internet dejaría de buscar en el Más Allá.
Inquietado por las desconcertantes mutaciones habidas en la conducta del protagonista del mencionado video y principal testigo de cargo de la ex esposa de Ángel Santiesteban, de la cual es vecino, escudriñaría en el misterio de este hombre joven, apuesto, locuaz y buen expositor quien al parecer, apiadado de sí mismo se desdice en el video de sus primeras declaraciones contra Ángel en la estación de policía. Arrepentimiento nada extraño, pensaría el novelista, que ha leído a fondo a Dostoievski, pero que de momento lo haría quedarse en blanco al saber que a posteriori, en el acto del juicio, aquel mismo joven locuaz y abundante en los detalles, que en la filmación parecía estar borrando sentimientos de culpa que no lo dejaban dormir, de repente, como poseído por un poder más grande que el de todos los brujos de mi infancia, ha vuelto a ser el testigo fundamental de la parte acusadora, es decir, de la ex esposa de Ángel.
Tal vez imagine entonces el novelista que debió de ser la piedad un protagonista de número en el Caso, y acaso no se equivoque. Como no es el novelista persona que crea en la maldad a priori, tal vez disculpe a la ex de Ángel imaginándola un ser fantasioso, una de esas almas poéticas en el fondo que terminan creyéndose y jurando con la mano puesta en la candela lo que inventaran en uno de esos raptos en que cualquiera de nosotros, fantasioso o no, daríamos media vida por poder transformarnos en artefactos nucleares, lo cual explicaría el afán de la Ex por borrar a su Ex de la memoria de las personas bien nacidas. Pues si a algo se parece la vida, es a las telenovelas.
Ángel Santiesteban

Ángel Santiesteban

Vistas así las cosas, acaso el novelista se detenga en el oficial policiaco que según el misterioso joven del video empezó a visitar a la Ex y con frecuencia a quedarse a dormir en la casa. En ese caso, a lo mejor le diera al novelista por suponer un intercambio de contagios. Ella, a pie de obra, pasándole sus bacilos de “las crueldades de Ángel” y el oficial pasándole a ella sus bacilos sobre la irreversibilidad del socialismo. Tan apiadado lo habrían dejado las crueldades del malvado ex esposo que terminó aquel tierno oficial contagiándole su piedad a los funcionarios encargados de incoar el sumario del Caso. En apariencia, esto le permitiría al novelista explicar la parte de piedad que parece haber estado presente en el fallo contra Ángel dictado por los magistrados de la Audiencia y ratificado por el Supremo.
Pero tal vez el Novelista no sea gente de apariencias. E investigando, como era su deber, esté ya para entonces al tanto de que cuando años atrás, el joven y laureado escritor Ángel Santiesteban empezó a pensar por su cuenta, unos entusiastas desconocidos muy conocidos le partieron en la calle un brazo con fines pedagógicos, entre otros recuerdos que con iguales fines le dejarían en su poderosa humanidad. Por lo que podría sospechar el Novelista, puesto a identificar a aquellos desconocidos de la cabilla envuelta en un periódico, tan frecuente en los mítines de repudio –acaso remanentes sueltos negados a desparecer de los días anteriores al Caso Elián, cuando fueron creadas las Brigadas de Acción Rápida con el fin de recuperar la calle, tarea que, en efecto, sobrecumplirían estos destacamentos con un saldo nada despreciable de huesos zafados, dientes perdidos, ojos sangrantes y fulanos cojeando durante algunas semanas.
Al Novelista, no le gustarían estos métodos. A mí tampoco. Empero, antes de juzgarlos, debería el Novelista hablar con quienes los han practicado. Tampoco entonces los aceptaría, pero al menos comprendería a esas devotas personas. O han peleado, y a veces vertido su sangre en las numerosas guerras de ultramar libradas por el gobierno cubano, o han elaborado con cuanto fue dicho o hecho por su gobierno una mística tan poderosa que no les cabría en la cabeza el que pueda haber alguien en la tierra, la mar o en el cielo que no comparta la idea de sus dirigentes. Ni aun en el cielo. “Son herejes”, me decía uno de ellos una vez. Otro me dijo: “Yo los mataría a palos”, y otro que había sido muy católico, tal vez pensando en las calderas del infierno, ojos humedecidos y la pasión de un musulmán que ha visto atacada su fe, me dijo hace quince años en una mesa con dos cervezas apretándome una mano con fervor: “Yo sin ponerles un dedo encima los dejaría caer desde una azotea en una piscina llena de aceite hirviendo”. No había crueldad en el corazón de estos devotos, sin embargo. Había amor, había lealtad y amor más allá de la muerte para el proyecto de gobierno que constituía la razón de sus vidas.
En una declaración, el doctor Wilfredo Vallín, hombre de honor y prestigioso abogado, denuncia que en el juicio contra Santiesteban no se le permitió a la defensa presentar testigos, alega que la defensa fue obstruida, menciona leyes que no fueron tenidas en cuenta por la sala. Tales irregularidades podrían explicarle al Novelista las razones antes expuestas. La piedad ya dicha de un lado, y del otro el susto que para esos doctos de toga y birrete debió de representar la existencia del librepensador Ángel Santiesteban vivo todavía a estas alturas.
Por supuesto –y el Novelista lo sabe–, esta mezcla de sentimentalismo y lealtad gubernamental que en nuestra Isla tiene razones para funcionar en el obrero del camión de la basura que ha visto a su hijo convertido en doctor, no convencería en el extranjero. No podría. Esa curiosa gente de “afuera” ve las cosas de otro modo. Ellos todavía hablan de Contrato Social y cosas así. Es por eso por lo que desde el principio di en suponer, para mi equivocación –o mejor, di en creer, en estar seguro–, que el gobierno del general de ejército Raúl Castro, velando por la buena imagen de su administración, le haría justicia al escritor Ángel Santiesteban. No permitirá que su caso, pensé (y espero que conmigo lo haya creído el hipotético Novelista), corriera el riesgo de convertirse en otra cosa. Pues cualquier persona, por humilde que sea (o lo parezca) puede ser, empero, el comienzo o el fin de una época. Pensar en el desconocido aquel que en Sarajevo le salió al paso al Archiduque del cuento.

(Rafael Alcides, poeta y novelista cubano. Para más información, ver lo publicado en este blog sobre el caso del escritor Ángel Santiesteban.)

Cirilo Villaverde: 150 años de su muerte

El día 23 de este mes se cumplieron 150 años de la muerte de Cirilo Villaverde, autor de la primera gran novela de la literatura cubana: Cecilia Valdés o La Loma del Ángel. Villaverde nació en un ingenio azucarero de la provincia más occidental de Cuba, Pinar del Río, en 1812, y falleció en Nueva York en 1894, tras un largo exilio motivado por sus actividades separatistas. Su obra cumbre fue editada, en su versión definitiva, en 1882 por la neoyorkina Imprenta de El Espejo. Cecilia Valdés comenzó siendo un cuento romántico costumbrista y terminó convirtiéndose en un alegato contra la esclavitud y en un minucioso e imponente mural de la sociedad cubana de la primera mitad del siglo XIX. En el siglo XX, esta novela fue llevada al teatro lírico en dos zarzuelas: la primera, María la O, con música de Ernesto Lecuona y libreto del poeta Gustavo Sánchez Galarraga, se estrenó en el Teatro Payret, de La Habana, el 1 de marzo de 1930(*); la segunda, Cecilia Valdés, con música de Gonzalo Roig y libreto de Agustín Rodríguez y José Sánchez Arcilla, subió a escena en el Teatro Martí, de La Habana, el 26 de marzo de 1932.

(*) Como los herederos de Villaverde no cedieron a Lecuona -no sé por qué- los derechos para la adaptación de la novela, Sánchez Galarraga modificó el argumento y cambió los nombres de los personajes.

Ela O’Farrill, adiós

Ha muerto en México la compositora e intérprete Ela O’Farrill (Santa Clara, Cuba, 1930), figura sobresaliente de la etapa del feeling y autora de este delicado bolero, Adiós, felicidad, estrenado en 1962, sin duda una página clásica de la música popular cubana del siglo XX. Óiganlo en la insuperable interpretación de Bola de Nieve.

Los microrrelatos de Belkys

Texto que leí ayer en la presentación del primer libro de la narradora cubana Belkys Rodríguez Blanco. El acto tuvo lugar en el Museo Poeta Domingo Rivero, en Las Palmas de Gran Canaria.

Por esas sorprendentes casualidades de que está hecha la cotidiana vida, cuando en mi correo electrónico entró el libro que hoy presentamos, yo estaba leyendo las noticias que me habían llegado, minutos antes, acerca del cumpleaños 50 de El Cuento, legendaria revista mexicana “de imaginación” fundada en 1964 por Edmundo Valadés, el más entusiasta y empeñoso difusor, creo yo, en Latinoamérica, del microrrelato, minicuento o cuento breve, o minificción, como él prefería decir. Esta casualidad cobra más relieve aún si recordamos que Valadés, además de escribir genuinas minijoyas -como la titulada “La búsqueda”: “Esas sirenas enloquecidas que aúllan recorriendo la ciudad en busca de Ulises”-, fue un inteligente teórico de tan difícil género literario, al que su sabiduría homologaba con el poema.
Después de rendir este oportuno homenaje al gran minicuentero mexicano, les digo que a escribir poemas dedicaba su talento mi paisana Belkys Rodríguez Blanco cuando aquí, sobre esta balsa de rescate llamada Gran Canaria, coincidimos ella y yo hace algunos años, víctimas los dos del naufragio de otra isla. Ningún puerto más próximo para viajar al microcuento que el poema, y Belkys hizo la travesía de uno a otro impulsada por su fuerte vocación de narradora. Vocación que se manifestó primero a cuentagotas en su blog y que hoy queda confirmada convincentemente en su primer libro, éste al que la autora, fiel a su idiosincrasia caribeña -renuente, como se sabe, a formalismos y envaramientos-, ha titulado risueñamente Relatos en minifalda.
Está claro que el poema y el microrrelato comparten las características formales que, en el arte de la literatura, responden a la voluntad de síntesis y al propósito de sugerir más que de exponer. Pero hay algo básico que traza una frontera entre ambas propuestas expresivas, que las singulariza, que las diferencia: si en el poema es o puede ser la emoción el elemento decisivo, en el microrrelato lo decisivo es la sorpresa. Una sorpresa que corre a cuenta del humor, de la ironía y hasta del sarcasmo, y de una fantasía transgresora, motivo por lo cual el microcuento participa del esperpento y el absurdo. Leyendo las narraciones de Belkys Rodríguez Blanco me he afirmado en estas convicciones.
Ella ha conseguido darnos, con sus Relatos en minifalda, un delicioso primer libro, y éste es un tanto que no siempre se anotan los escritores en su debut. Para más, su libro tiene el mérito añadido de pertenecer a un género sin tradición en la literatura cubana, en la cual reinan, en lo que a la narrativa se refiere, el cuento largo y la novela, respaldados por autores ya clásicos y algunos con resonancia internacional, digamos un Alejo Carpentier, un José Lezama Lima o un Virgilio Piñera, por citar sólo tres estrellas de primera magnitud. (Por cierto, me permito recordar que hoy se cumple un siglo y medio de la muerte de Cirilo Villaverde, el primer gran novelista de las letras cubanas, autor de Cecilia Valdés, novela elogiada por Benito Pérez Galdós, a quien Villaverde mandó desde Nueva York, en 1883, un ejemplar dedicado.)
De todos los pecados imaginables que un inventor de fábulas puede cometer en la práctica de su alquimia, el único que no merece indulto es el de aburrir a los lectores. Y ese pecado nefando lo puede cometer, o lo ha cometido ya, cualquiera de nosotros. A mí se me han caído de las manos obras universalmente famosas, y hay reputados escritores que he incluido en el index de los que, como decía Lezama con sonrisa torcida, prefiero elogiar a leer. Pero les aseguro a ustedes que, en el puñado de provocaciones y travesuras “en minifalda” de que estamos hablando aquí, Belkys Rodríguez Blanco nos hace el cristiano favor de no incurrir en ese pecado capital. De ello la salvan, y nos salvan, dos gracias asimismo capitales de las que ella está dotada: una imaginación inquieta, conectada con nuestro tiempo, y la irreverencia de la sátira.
¿Cómo será el próximo libro de nuestra autora, de quien esperamos otro? Nadie en esta sala lo sabe. Quizás no lo sabe ni ella ahora mismo. Pero si también ha de ser de microcuentos, entonces, si yo fuera ella, me plantearía, como estrategia de trabajo, tomar de modelo a seguir, o a superar -en fin, como desafío-, uno de los relatos que integran su libro de hoy, el titulado “Rebelión”, que considero paradigmático:
“Un buen día las cenizas decidieron amotinarse. Se cansaron de la obstinación del ave Fénix. Querían descansar en paz definitivamente.”

Presentarán libro de Belkys Rodríguez Blanco

Belkys libro afiche

Relatos en Minifalda, de la escritora cubana Belkys Rodríguez Blanco, será presentado el jueves 23 de este mes, a las 19:30h, en el Museo Poeta Domingo Rivero (C/ Torres, 10, Barrio de Triana, Las Palmas de Gran Canaria). La autora estará acompañada por Pablo Checa, del departamento de CanariaseBook SL., y los escritores Manuel Díaz Martínez y Sandra Franco.

Belkys Rodríguez Blanco es licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana. Fue reportera y redactora en diferentes medios de comunicación en Cuba y colaboradora de la sección cultural del periódico digital Canarias al Día. Formada en talleres de escritura creativa impartidos por los escritores canarios Alexis Ravelo y Santiago Gil.

Entre sus relatos publicados se encuentran: «El Túnel» en taller de cuentos Factoría de Ficciones, Biblioteca Pública de Las Palmas de Gran Canaria; «Retoques» en Ámbitos de Microficción, (edición de Santiago Gil), Beginbook Ediciones; «El Barrendero» (I Premio Ex-présate), publicado en Libérate hasta de ti, Editorial Hipálage, y «Mi otoño», en Diversidad Literaria (I Concurso Otoño e Invierno). Premiada con accésit en la XXV Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria con el microrrelato «Rebelión».

José Lorenzo Fuentes…

Luis Cino Álvarez, La Habana.
(CUBANET, 13/10/2014) En el año 2008, el escritor cubano exiliado José Lorenzo Fuentes en una entrevista con el poeta y periodista Manuel Díaz Martínez, afirmó que sus imaginarios pueblos Maguaraya y Mabujina aparecieron antes que el Macondo de Gabriel García Márquez.
En aquella entrevista, José Lorenzo Fuentes dijo: “Ha sido un error de la crítica señalar que los pueblos imaginarios que aparecen en algunos de mis libros -Maguaraya o Mabujina- nacieron después de hacer su aparición Macondo, la versión garciamarquiana de un pueblo que no puede encontrarse en el mapa, como el Comala de Juan Rulfo, por ejemplo. García Márquez es un escritor a quien mucho admiro y respeto, que además es mi amigo de años, pero debo decir la verdad, el primer pueblo imaginario que yo concebí, Maguaraya, que por supuesto, no puede ser localizado en el mapa cubano, vio la luz por primera vez en la revista INRA (abril de 1960, año I, número 4), es decir, siete años antes de que Macondo apareciera en Cien años de soledad. Además, Maguaraya le da también título a un libro de cuentos que me publicó en 1963, cuatro años antes, la editorial de la Universidad de Las Villas, entonces dirigida por Samuel Feijóo. El siguiente pueblo, Mabujina, apareció en mi libro El vendedor de días, bajo el sello de la editorial Letras Cubanas, en 1967, el mismo año en que se comenzó a saber de Macondo”.
José Lorenzo Fuentes incurría en un error. Macondo, el equivalente latinoamericano del Yoknapatawpha faulkneriano, no apareció por primera vez en Cien años de soledad, en 1967, sino en La mala hora, que fue publicada en 1955, es decir, cinco años antes de que Maguaraya viese la luz en el cuento publicado en la revista INRA en 1960.
No tener la primacía en la cuestión de los pueblos imaginarios en la literatura latinoamericana no quita mérito a José Lorenzo Fuentes: por su imaginación desbordada y el empleo de artilugios poéticos para nombrar la realidad, su narrativa ha sido comparada por algunos con la del Gabo.
José Lorenzo Fuentes nació en Santa Clara en 1928. Su libro de cuentos Después de la gaviota obtuvo mención de honor en el Concurso Casa de las Américas de 1968(*).
José Lorenzo Fuentes, que se considera un escritor del Boom de la narrativa latinoamericana a pesar de que no gozó de sus beneficios, tiene méritos extraliterarios de los que casi no se habla.
En junio de 1991 fue uno de los firmantes de la Carta de los Diez, un documento que habló sin cortapisas y puso los puntos sobre las íes a la dictadura. Un gesto, más que cívico, heroico. Le valió, como al resto de los intelectuales firmantes, todo tipo de represalias hasta que finalmente tuvo que marchar al exilio.
Pero más valiente que el acto de firmar aquella declaración fue la invariable amistad y el apoyo que José Lorenzo Fuentes y su esposa Lida (fallecida en el exilio) siempre brindaron a la poetisa María Elena Cruz Varela, la autora de la Carta. Con todo lo que implicaba la proximidad a la poetisa disidente, cuyo edificio en Alamar fue vigilado y asediado a toda hora por los esbirros de la policía política y sus chivatos y porristas, hasta que finalmente se la llevaron presa.
En aquellas circunstancias, muchos comentaban que había que estar loco para ser amigo de María Elena Cruz Varela y visitar su apartamento. No obstante, Fuentes y Lida no dejaron de hacerlo.
Después de todo, José Lorenzo Fuentes ha advertido que él, como todo escritor, no es “un ser totalmente normal”. Lo dijo en aquella misma entrevista de hace seis años a su amigo Manuel Díaz Martínez, otro de los firmantes de la Carta de los Diez.

José Lorenzo y García MárquezJosé Lorenzo y García Márquez en La Habana.

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(*) En 1967, José Lorenzo Fuentes recibió el premio “Cirilo Villaverde”, de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, por su novela Viento de enero.

Banalización de la crueldad

Me gustan los animales porque son las víctimas inocentes
de la crueldad humana, que no tiene límites.
Brigitte Bardot

Animalista aficheDesde 1931, el 4 de octubre se celebra el Día Mundial de los Animales. Es una fiesta de la piedad que Juan Pablo II potenció al declarar a San Francisco de Asís, el 4 de octubre de 1980, Patrono de los Animales y los Ecologistas. Por razones que ignoro, pero que sin duda son ajenas a la espiritualidad, esta decisión papal es despreciada por los eclesiásticos de Tordesillas, los cuales aprueban el Toro de la Vega, uno de los espectáculos de maltrato animal más espeluznantes de cuantos registra el Calendario de Festejos Crueles (cartelera española de la barbarie que el Observatorio de Justicia y Defensa Animal mantiene en internet: http://www.justiciaydefensaanimal.es/observatorio-calendario-festejos-crueles.php).
La banalización de la crueldad -cuya muestra más nítida es la impiedad transformada en divertimiento- es propia de las sociedades primitivas. Resulta, pues, preocupante que un Estado moderno, como es España, admita que se continúe jugando con el sufrimiento de seres vivos y que este aberrante culto a la barbarie se legitime con la especiosa excusa de preservar “tradiciones culturales”. En clave contemporánea, banalizar la crueldad equivale a desnaturalizar la cultura. Una cosa es no olvidar la historia y otra, muy diferente, es mantener vivas costumbres salvajes de épocas pasadas.