Recordatorio

Mañana, 1 de febrero, a las 12 del día, en la Puerta del Sol de Madrid, y media hora más tarde frente al Consulado cubano en Barcelona, se efectuarán sendas concentraciones para recordarle al mundo –especialmente a la claudicante Europa donde vivimos– que desde hace cincuenta años y un mes Cuba es un país secuestrado y torturado por la tiranía estalinista que acaudillan los hermanos Castro. Una tiranía depredadora y ferozmente represiva que, persiguiendo como delitos las libertades democráticas, ha arruinado al país y convertido a los cubanos en siervos de un auténtico sultanato regentado por una dinastía corrupta e inepta.

Mañana, en Madrid y Barcelona, cubanos y españoles demócratas denunciarán esta aberración histórica, y su denuncia servirá tanto para respaldar a quienes luchan por el retorno de la libertad a Cuba como para censurar a quienes, desde el seno de las democracias, practican la complicidad, verbal o factual, con la dictadura castrista.

Recuerdo de familia

mama2En enero de 1995, en La Habana y ya estando yo exiliado, murió mi madre. Tenía 85 años y algo de parkinson. Padecía alucinaciones. Por las noches hablaba con sus hermanos, todos muertos. A veces les reñía porque no la dejaban dormir con tanta cháchara. Aunque la cara interior de una puerta de su ropero estaba tapizada de cromos de santos e impresos de oraciones, sólo una vez visitó una iglesia –la del Santo Ángel, en La Habana Vieja–, y fue, cuando yo tenía cinco o seis años, para llevarme ante la imagen de Santa Lucía y dejar un exvoto –un ojito de plata– ante esa santa en que tanta fe tenía. Era lista, enérgica, hacendosa, presumida, y sólo la vi con miedo ante un chivo o un sapo. No leyó nunca un libro ni escuchó jamás una radionovela. Tocaba bastante bien el piano y cantaba canciones cubanas. La atraía la política. Fue entusiasta de Chibás, de quien tenía una foto sobre la mesilla de la sala. Por colarles café en casa varias veces, cuando vivíamos en el barrio de Arroyo Apolo, a dirigentes de la Ortodoxia –entre ellos a un abogado llamado Fidel Castro, que era presidente de la Juventud Ortodoxa–, la policía de Batista, por denuncias de chivatos del vecindario, la retuvo dos veces en la 16º Estación y perdió el tiempo amenazándola. Hizo de mi persona el centro de su existencia. No me dio hermanos, pero sí una infinidad de consejos. Para decirlo como ella, me leyó muchas veces la cartilla. Una vez me dijo que me castigaría si se enteraba de que yo le había pegado a un compañero de colegio, pero que el castigo sería más riguroso si se enteraba de que me habían pegado y yo no había devuelto el golpe. Tenía ella 82 años la última vez que la vi. Ya no podía tocar el piano.

La pérdida del límite

Teódulo López Meléndez, Caracas.

Hoy es preciso pensar toda esa abundancia de lo
impalpable: enunciar una filosofía del fantasma.

M. Foucault.

teodulo6Para soltar los demonios basta levantar la tapa. En Carora dirían que basta una maldición. Los demonios no salen a divertirse. Tal vez aquí podríamos asegurar que bastaría un Sí. Los demonios hacen de las suyas y las “suyas” suelen ser viejas conocidas y para comprobarlo basta ir a escenarios bíblicos y no bíblicos. Entre los no bíblicos está la política. Los escritores soltamos nuestros demonios en el texto, pero quienes fungen de gobernantes suelen soltarlos sobre su país. Los demonólogos aseguran –conforme a mis escasos conocimientos del tema– que los demonios tienen diferentes clases de inteligencia, distintos caracteres y destinos y hasta se han permitido indagar sobre sus capacidades intelectuales, y sobre su moralidad o inmoralidad.

Los gobernantes tienden a no ver lo impalpable. Inclusive Maquiavelo, quien no había leído a Foucault por falta de tiempo, se ocupaba con tal ahínco de lo concreto que no tuvo oportunidad –el pobre– de ocuparse de fantasmas. En América Latina hay que ocuparse de lo intangible. Mi querido amigo Luis Herrera Campins, quien no se caracterizaba por soltar en nuestras conversaciones largas parrafadas sino frases muy concretas, me respondió una vez a mi interrogante –formulada al inicio de esta década venezolana– sobre cómo terminaría, con esta sentencia: “Porque nunca aprenderá a gobernar”. Por el allá de una tarde, mientras analizábamos el papel militar en la historia de nuestro continente, me soltó ésta: “Los militares no son golpistas hasta que dan el golpe”.

Cuando se tiene un límite se está relativamente seguro. Cuando se pierde el límite se ha levantado la tapa. Indago en El príncipe y no encuentro una referencia directa a las victorias que ha sido preferible no obtener, apenas una disquisición sobre los gobernantes que piden a colegas tropas para ayudar a su seguridad y que, luego, cuando ya no las necesitan, se niegan a marcharse. Charles Maurice de Talleyrand tampoco me provee de respuesta, aunque me viene la extraña sensación de que era, como Montaigne, de Périgord, una suerte de extraña Carora donde evidentemente el diablo andaba suelto. Recuerdo un viejo libro de mi juventud, Fouché, el genio tenebroso, traducido al español simplemente como Fouché, de la pluma del incomparable Stefan Zweig, y concluyo que no debo remitirme a mis viejas lecturas de joven ávido de escudriñar en los misterios y traiciones del poder.

Los fantasmas quizás hacen su entrada triunfal –o más bien su salida– en, o de, la mente humana con Freud. Ahora que leo con pasión y fruición al húngaro Sándor Márai en Confesiones de un burgués (que me permito catalogar a la altura de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust) encuentro unas reflexiones sobre su vagabundaje en Italia y sobre el nacimiento del fascismo. Márai ve pasar a los orgullosos jóvenes italianos con su uniforme gris y la llegada de Mussolini a Florencia para decir que sólo viéndolo en sus orígenes era posible entender el fenómeno de adhesión al caudillo. Los fantasmas de la política siempre han existido. “Bruto, también tú”, exclamó Julio César. Shakespeare en Julio César lo pone con inigualable elegancia: Tu quoque, Brute, fili mi. Póngase como se ponga, el resultado es que los fantasmas siempre han existido. Y los demonios.

Sin embargo, los filósofos franceses del siglo XX se especializaron en ellos y si no los conseguían los creaban. A De Gaulle se le aparecieron en mayo y eran muy peligrosos porque sabían lo que querían: cambiar al mundo. Ése es un objetivo, digamos, grandioso. Cuando se limitan a la puntualidad de una coyuntura los fantasmas se hacen simpáticos, como Gasparín, ese tierno fantasma de los comics. En América Latina tuvieron décadas apareciendo. Suelen hacerlo cuando, por andar detrás de una supuesta victoria, se pierde el límite. El límite es una esperanza, una posibilidad, un asa de donde agarrarse, hasta una justificación para los cobardones. Cuando el límite se disuelve se disuelven con él esperanza, posibilidad, asa y justificación.

La única relación entre fantasmas y demonios es que vienen del otro lado, y se parecen. Algunos no se dan cuenta que ganando pierden toda legalidad y toda legitimidad, y pierden el límite. Esas victorias no son como las de Pirro, esto es, pírricas, un término más elegante que mierda, sin duda alguna, sino que tienden a convertirse en un simple levantar de la tapa de donde salen los demonios y no precisamente a divertirse; bueno, lo de simple es un simple decir. La pérdida del límite (digamos 2013) me hace consultar a los demonólogos y perderme en estas inútiles disquisiciones que hoy pongo por escrito para aburrimiento de mis lectores y tal vez como una observación ligera de que un Sí victorioso equivaldría a eso que los gringos ponían al final de sus películas: The end, pues la falta de límite lleva a la búsqueda de un nuevo límite. Si la película se convierte el 15 de febrero en una que no tiene fin, esto es, no tiene the end, no bastarán los exorcistas abrumados, lo impalpable se habrá hecho dureza y, ya escrita la filosofía del fantasma, tendremos que lidiar con aquéllos que fueron invocados y ya no se querrán ir, como lo diría Maquiavelo de las tropas que el príncipe llamó en su auxilio. A las tropas que Maquiavelo se refería –y a las que me refiero yo en este texto, no a ningunas otras- son aquéllas que el emperador de Constantinopla introdujo en Grecia, esto es diez mil soldados turcos, los que, una vez acabada la guerra, no se quisieron ir. Comenzó así la sujeción de Grecia. Constantinopla es Estambul y si no me equivoco, para ir a ver aquellas maravillas en la Turquía moderna que construyó Mustafá Kemal Atatürk, se requiere visa turca. Algún griego, quizás Heródoto de Halicarnaso, podría haber exclamado: “Las ciudades cambian de dueño”, aunque el premio Nobel turco Ferit Orhan Pamuk en su inigualable Estambul nos diga que los habitantes de la ciudad se siguen debatiendo.

Carta de José Martí a Máximo Gómez

La herencia democrático-republicana de José Martí, patrimonio valiosísimo de nuestra nación, ha sido, de una parte, malversada por las taifas politiqueras actuantes en Cuba desde el nacimiento de la República hasta nuestros días, y, de otra, desaprovechada por quienes debíamos asumirla activamente como ciudadanos atentos a los problemas de nuestra sociedad. Martí no es responsable de ello. Él nos dejó sus advertencias, su ejemplo moral y su sacrificio, ¿qué más podía hacer? Si hemos ignorado o menospreciado, entre otros documentos contentivos de su ideario y su ética ciudadana, esta carta suya a Máximo Gómez –de tanta actualidad para los cubanos–, la culpa de lo sucedido a su herencia es de nuestra ignorancia o de nuestra haronía. Hoy, en el aniversario 156 de su nacimiento, rindo homenaje a Martí reproduciendo esta carta resplandeciente, aleccionadora y dignísima que lo presenta en toda su imbatible grandeza.

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New York, octubre 20, 1884
Sr. Gral. Máximo Gómez
N.Y.

Distinguido General y amigo:

Salí en la mañana del sábado de la casa de Ud. con una impresión tan penosa, que he querido dejarla reposar dos días, para que la resolución que ella, unida a otras anteriores, me inspirase, no fuera resultado de una ofuscación pasajera, o excesivo celo en la defensa de cosas que no quisiera ver yo jamás atacadas, –sino obra de meditación madura: –¡qué pena me da tener que decir estas cosas a un hombre a quien creo sincero y bueno, y en quien existen cualidades notables para llegar a ser verdaderamente grande!– Pero hay algo que está por encima de toda la simpatía personal que Ud. pueda inspirarme, y hasta de toda razón de oportunidad aparente: y es mi determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta, y más grave y difícil de desarraigar, porque vendría excusado por algunas virtudes, embellecido por la idea encarnada en él, y legitimado por el triunfo.

Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento: –y cuando en los trabajos preparatorios de una revolución más delicada y compleja que otra alguna, no se muestra el deseo sincero de conocer y conciliar todas las labores, voluntades y elementos que han de hacer posible la lucha armada, mera forma del espíritu de independencia, sino la intención, bruscamente expresada a cada paso, o mal disimulada, de hacer servir todos los recursos de fe y de guerra que levante este espíritu a los propósitos cautelosos y personales de los jefes justamente afamados que se presentan a capitanear la guerra, ¿qué garantías puede haber de que las libertades públicas, único objeto digno de lanzar un país a la lucha, sean mejor respetadas mañana? ¿Qué somos, General?: ¿los servidores heroicos y modestos de una idea que nos calienta el corazón, los amigos leales de un pueblo en desventura, o los caudillos valientes y afortunados que con el látigo en la mano y la espuela en el tacón se disponen a llevar la guerra a un pueblo, para enseñorearse después de él? ¿La fama que ganaron Uds. en una empresa, la fama de valor, lealtad y prudencia, van a perderla en otra?– Si la guerra es posible, y los nobles y legítimos prestigios que vienen de ella, es porque antes existe, trabajado con mucho dolor, el espíritu que la reclama y hace necesaria: -y a ese espíritu hay que atender, y a ese espíritu hay que mostrar, en todo acto público y privado, el más profundo respeto; –porque tal como es admirable el que da su vida por servir a una gran idea, es abominable el que se vale de una gran idea para servir a sus esperanzas personales de gloria o de poder, aunque por ella exponga la vida. El dar la vida constituye un derecho cuando se la da desinteresadamente.

Ya lo veo a Ud. afligido, porque entiendo que Ud. procede de buena fe en todo lo que emprende, y cree de veras, que lo que hace, como que se siente inspirado de un motivo puro, es el único modo bueno de hacer que hay en sus empresas. Pero con la mayor sinceridad se pueden cometer los más grandes errores; y es preciso que, a despecho de toda consideración de orden secundario la verdad adusta, que no debe conocer amigos, salga al paso de todo lo que considere un peligro, y ponga en su puesto las cosas graves, antes de que lleven ya un camino tan adelantado que no tengan remedio. Domine Ud., Gral,. esta pena, como dominé yo el sábado el asombro y disgusto con que oí un inoportuno arranque de Ud., y una curiosa conversación que provocó a propósito de él el Gral. Maceo, en la que quiso– ¡locura mayor!–darme a entender que debíamos considerar la guerra de Cuba como una propiedad exclusiva de Ud., en la que nadie puede poner pensamiento ni obra sin cometer profanación, y la cual ha de dejarse, si se la quiere ayudar, servil y ciegamente en sus manos. –¡No: no por Dios!: –¿pretender sofocar el pensamiento, aun antes de verse, como se verán Uds. mañana, al frente de un pueblo entusiasmado y agradecido, con todos los arreos de la victoria? La patria no es de nadie: y si es de alguien, será, y esto sólo en espíritu, de quien la sirva con mayor desprendimiento e inteligencia.

A una guerra, emprendida en obediencia a los mandatos del país, en consulta con los representantes de sus intereses, en unión con la mayor cantidad de elementos amigos que pueda lograrse; –a una guerra así, que venía yo creyendo –porque así se la pinté en una carta mía de hace tres años que tuvo de Ud. hermosa respuesta– que era la que Ud. ahora se ofrecía a dirigir; –a una guerra así el alma entera he dado, porque ella salvará a mi pueblo; –pero a lo que en aquella conversación se me dio a entender, a una aventura personal, emprendida hábilmente en una hora oportuna, en que los propósitos particulares de los caudillos pueden confundirse con las ideas gloriosas que los hacen posibles; a una campaña emprendida como una empresa privada, sin mostrar más respeto al espíritu patriótico que la permite, que aquel indispensable, aunque muy sumiso a veces, que la astucia aconseja, para atraerse las personas o los elementos que pueden ser de utilidad en un sentido u otro; a una carrera de armas, por más que fuese brillante y grandiosa, y haya de ser coronada con el éxito–, y sea personalmente honrado el que la capitanee; –a una campaña que no dé desde su primer acto vivo, desde sus primeros movimientos de preparación, muestras de que se la intenta como un servicio al país, y no como una invasión despótica; –a una tentativa armada que no vaya pública, declarada, sincera y únicamente movida del propósito de poner a su remate en manos del país, agradecido de antemano a sus servidores, las libertades públicas; a una guerra de baja raíz y temibles fines cualesquiera que sean su magnitud y condiciones de éxito –y no se me oculta que tendría hoy muchas –no prestaré yo jamás mi apoyo. –Valga mi apoyo lo que valga, y yo sé que él, que viene de una decisión indomable de ser absolutamente honrado, vale por eso oro puro, –yo no se lo prestaré jamás.

¿Cómo, General, emprender misiones, atraerme afectos, aprovechar los que ya tengo, convencer a hombres eminentes, deshelar voluntades, con estos miedos y dudas en el alma? –Desisto, pues, de todos los trabajos activos que había comenzado a echar sobre mis hombros.

Y no me tenga a mal, General, que le haya escrito estas razones. Lo tengo por hombre noble, y merece Ud. que se le haga pensar. Muy grande puede llegar a ser Ud., –y puede no llegar a serlo. Respetar a un pueblo que nos ama y espera de nosotros, es la mayor grandeza. Servirse de sus dolores y entusiasmos en provecho propio, sería la mayor ignominia.– Es verdad, Gral., que desde Honduras me habían dicho que alrededor de Ud. se movían acaso intrigas, que envenenaban, sin que Ud. lo sintiese, su corazón sencillo; que se aprovechaban de sus bondades, sus impresiones y sus hábitos para apartar a Ud. de cuantos hallase en su camino que le acompañasen en sus labores con cariño, y le ayudaran a librarse de los obstáculos que se fueran ofreciendo –a un engrandecimiento a que tiene Ud. derechos naturales.– Pero yo confieso que no tengo ni voluntad ni paciencia para andar husmeando intrigas, ni deshaciéndolas. Yo estoy por encima de todo eso. Yo no sirvo más que al deber, y con éste, seré siempre bastante poderoso.

¿Se ha acercado a Ud. alguien, Gral., con un afecto más caluroso que aquél con que lo apreté en mis brazos desde el primer día en que le vi? ¿Ha sentido Ud. en muchos esta fatal abundancia de corazón que me dañaría tanto en mi vida, si necesitase yo andar ocultando mis propósitos para favorecer ambicioncillas femeniles de hoy o esperanzas de mañana? Pues después de todo lo que he escrito, y releo cuidadosamente, y confirmo, a Ud., lleno de méritos, creo que lo quiero: –a la guerra que en estos instantes me parece que, por error de forma acaso, está Ud. representando, –no-.

Queda estimándole y sirviéndole

JOSÉ MARTÍ

Convocan a manifestación en Barcelona por democracia en Cuba

El pasado 1 de enero de 2009 se cumplieron cincuenta años de régimen castrista. Un aniversario cerrado que no debería ser motivo de celebración para quienes defendemos los derechos humanos y las libertades políticas fundamentales.

A lo largo del último medio siglo, los cubanos hemos conocido un solo gobierno, un solo partido, un solo discurso oficial. Más del 10 por ciento de la población de la isla ha marchado al exilio huyendo de la falta de oportunidades, la represión a la diferencia y la sinrazón de un país gobernado por Fidel Castro -y ahora por su hermano Raúl- con mano férrea y dogmatismo militante.

El cincuentenario de la Revolución cubana no debe ser, por tanto, motivo de festejo. Al contrario, se trata de una magnífica ocasión para mostrar nuestra solidaridad hacia todo el pueblo de Cuba, que merece poder decidir su propio destino, gozar de libertades de asociación y expresión, manifestar su derecho a disentir y dar rienda suelta a la iniciativa empresarial de sus ciudadanos sin temer la represión de un estado policial.

Mediante este comunicado, un grupo de exiliados cubanos en Cataluña invita a una manifestación reivindicativa y pacífica ante las puertas del Consulado de Cuba en Barcelona (Paseo de Gracia, 34) el próximo domingo 1 de febrero, a las 12.00 hrs.

Los ciudadanos amantes de la libertad no debemos permanecer impasibles ante un régimen que se ufana de su inmovilidad y desprecia todos los llamados a impulsar una transición hacia la democracia.

Amos Oz contra el fanatismo

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No me he sentido bien en estos días, y es que ni los años perdonan ni el mundo da tregua. Por una parte, unas tripas que se amotinan y, por otra, una sociedad que imperturbablemente nos asesta con demasiada frecuencia nuevas decepciones. La tragedia de Gaza le ha pegado un buen mordisco a la menguante confianza que tengo en la inteligencia de la especie humana. Refugiándome, como es mi costumbre, en la lectura para resistir los rigores de la intemperie, he disfrutado de un libro que me ha explicado mejor, desde un ángulo más humano que político –por ello lo he disfrutado tanto–, la pelea árabe-israelí, mostrando razones y sinrazones de imprescindible comprensión para hallarle buen fin a ese endemoniado conflicto que hoy envenena, más que cualquier otro, la convivencia entre los pobladores de este planeta. Me refiero a las tres conferencias que el magnífico escritor judío-israelí Amos Oz ha reunido en un tomo bajo el título de Contra el fanatismo (Ediciones Siruela-Debolsillo), cuya lectura recomiendo a los que, como yo, desean que más pronto que tarde palestinos e israelíes vivan y prosperen en paz. Mirándose a la cara o dándose la espalda, pero en paz. Sin más niños ni adultos reventados en una pizzería de Tel Aviv o en una escuela de Gaza. Como milito cada día más fervorosamente en el PSC (Partido del Sentido Común), convengo con Amos Oz en cuanto expone y propone en este brevísimo y estimulante libro, que debería ser de lectura obligatoria para todos los ciudadanos israelíes y palestinos. Y no, por supuesto, para que lo adopten como texto canónico sino para que ejerciten la reflexión, que es la única arma eficaz contra los problemas que la obcecación crea y la violencia encona. Oz dice cosas tan iluminadoras y sensatas como éstas que he subrayado:

  • Muy a menudo los árabes, incluso algunos escritores árabes sensibilizados, no consiguen vernos –a nosotros, judíos israelíes– como realmente somos: un puñado de refugiados y supervivientes medio histéricos, obsesionados por terribles pesadillas, traumatizados no sólo por Europa sino también por el trato recibido en los países árabes e islámicos. La mitad de la población de Israel es gente expulsada a patadas de países árabes e islámicos. Pero no nos ven así, sino como una prolongación del pasado colonialista.
  • Asimismo, los judíos israelíes no ven a los árabes, especialmente a los palestinos, como lo que son: víctimas de siglos de opresión, explotación, colonialismo y humillación. Más bien los vemos como iniciadores de pogromos y nazis, que se envuelven en cofiyas, se dejan crecer bigotes y se tuestan al sol. Pero que siguen con el mismo viejo juego de rebanar gargantas de judíos por diversión. En resumen, son nuestros opresores del pasado que vuelven a empezar. Hay una gran ignorancia a este respecto en ambos bandos: no ignorancia política de propósitos y metas, sino de los antecedentes, de los profundos traumas de ambas víctimas.
  • He sido muy crítico con el movimiento nacional palestino durante muchos años. Algunas razones son históricas, otras no. Sobre todo he sido muy crítico con él por su incapacidad para comprender lo legítima que es la conexión judía con la tierra de Israel; es incapaz de darse cuenta de que la moderna Israel no es producto de empresa colonialista alguna. O, al menos, es incapaz de contárselo así a su pueblo. Por la misma regla de tres, debería decir de inmediato que soy igualmente crítico con generaciones de israelíes sionistas, incapaces de imaginar que hay un pueblo palestino, un pueblo real, con derechos legítimos y reales. Así que ambos liderazgos –sí, el pasado y el actual– son culpables de no entender la tragedia o al menos de no contársela a su pueblo como es debido.
  • Si yo fuera primer ministro de Israel no firmaría ningún acuerdo con los palestinos que no resolviera el problema de los refugiados que, en su mayoría, están fuera del territorio de Israel. Pero lo resolvería. Porque cualquier resolución que no atienda la cuestión de los refugiados es una bomba de relojería. Se debe dar solución a este problema humano y nacional en el marco del inmediato proceso de paz, no ya por razones morales sino incluso por razones de seguridad para Israel.