Antología de Izet Sarajlic

Recientemente, Seix Barral (Editorial Planeta) publicó, bajo el título de DESPUÉS DE MIL BALAS, 120 poemas del gran poeta Izet Sarajlić (Bosnia-Herzegovina, 1930-2002), considerado uno de los poetas eslavos más importantes del siglo XX y el más traducido de los balcánicos en todos los tiempos. La traducción fue realizada, directamente del serbocroata, por Fernando Valverde y Branislava Vinaver. La edición lleva un magnífico prólogo de Erri de Luca, el gran amigo italiano de Sarajlić, así como dos apéndices: un texto crítico de Dorde Slavnić y una memoria escrita por Tamara, la hija del poeta. En DESPUÉS DE MIL BALAS, la selección más amplia que se ha publicado de la obra de Sarajlić, retumba la última guerra de los Balcanes, sufrida por el poeta y su familia en la sitiada Sarajevo. De ahí el título de la antología.

SÓLO AHORA

Sólo ahora que en la cabeza ha caído la escarcha,
cuando me temo que por mí doblan las campanas,
sólo ahora que los violines quedan muy lejos
comprendo quién es el poeta: el poeta es aquél
que siempre empieza de nuevo.

Izet Sarajlić

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Fidelito es la metáfora de Cuba

 Loris Zanatta
(LA NACIÖN, Argntina, 6/2/2018) Pobre Fidelito. ¿Qué más se puede decir sobre el suicidio del primogénito de Fidel Castro? ¿De la muerte de un hombre que a la edad de 70 años mantenía el sobrenombre de su infancia? ¿De una muerte que todos usarán para hablar sobre el padre? Se podría decir que se suma a la larga lista de los famosos suicidios, o suicidados, de la revolución cubana: Osvaldo Dorticós, Haydée Santamaría, Nilsa Espín, Javier da Varona, Félix Peña, Alberto Mora y muchos otros: para llenar libros. Pero no sería correcto. Él, la Revolución no la hizo: la sufrió. No fue su vocación, sino su destino, ya escrito al nacer. Un destino que, como hijo de Fidel, ni siquiera podía pensar desafiar. Quién sabe cuántas veces lo habrá vivido como una prisión.
Había nacido el 1 de septiembre de 1949 del matrimonio de Fidel Castro con Mirta Díaz-Balart. Fidel era así: hijo de un gallego que se hizo rico pero siguió siendo un campesino rústico, siempre fue un paria entre los vástagos de la burguesía con quienes estudió en los colegios jesuitas. Hacia su clase, maduró así un odio visceral que duró toda la vida, el mismo odio que la España rural y católica en que se había formado tenía por las costumbres liberales y por Estados Unidos, culpables de contagiarlas al puro e inocente pueblo cubano. Sin embargo, se enamoró siempre de mujeres que eran el espejo de esa misma burguesía: bellas, rubias, ricas, cultas, sofisticadas y de excelentes modales. Cómo para sublimar de esa manera el dolor del rechazo padecido. Mirta, la madre de Fidelito, correspondía a la perfección a ese retrato. Más que nadie: los Díaz-Balart formaban parte de la élite burguesa oriental, cosa mucho más relevante que su vinculación con Batista, que de burgués no tenía un pelo.
Desde la infancia, por lo tanto, el niño fue un rehén político: a veces del padre, a veces de la familia de la madre. Lo secuestraron y se lo robaron el uno al otro y Fidel lo exhibió triunfante cuando ingresó a La Habana en enero de 1959. ¿El padre lo amaba? Se supone. ¿El padre lo consideró? Para nada. Porque para Fidel no era una cuestión de afecto familiar: estaba la historia de por medio, una misión a la que ambos debían someterse, aunque él la hubiese escogido y Fidelito no. Quien, como Fidel, se consideraba a sí mismo un hombre de la providencia investido con la misión de redimir a la humanidad del pecado, no podía tener una familia como un mortal común. ¿Los sacerdotes tienen familia? ¿Los guerreros?
Como un Quijote algo fanático y egolatra, profesor de todo y conocedor de nada, Fidel tuvo muchos sueños absurdos y deletéreos: soñó que Cuba se haría más rica que los Estados Unidos y que en los Estados Unidos estallaría la revolución socialista; aseguró que Occidente estaba declinando y que la Unión Soviética triunfaría, porqué así lo decían las leyes de la historia, que él pretendía conocer. Soñó que Cuba produciría mejores quesos que Francia, más leche que Holanda, más citricos que Israel, que exportaría en grandes cantidades todo lo que siempre tuvo que importar. ¿Por qué no soñar con ser potencia nuclear? ¿No lo ayudaría a redimir la humanidad? ¡Esa sería la tarea de su hijo! Cuando finalmente sus sueños se convertían en pesadillas de las cuales otros pagaban las consecuencias, él no era hombre que recitara el mea culpa: Dios no se equivoca. La culpa la tenían entonces el Imperio, los contrarrevolucionarios, los derrotistas, el mismo pueblo, que nunca llegaba a ser tan virtuoso como él quería. ¿Por qué no el hijo también? Fidelito había estado dirigiendo la agencia cubana de energía atómica durante doce años: “no hay monarquía”, dijo el padre monarca al echarlo.
Pobre Fidelito. Ni siquiera pudo imaginar su vida, porque su padre aplastaría a cualquiera bajo sus exigentes mayúsculas: Heroísmo, Sacrificio, Moral, Pueblo, Patria, Muerte. Una sinfonía ensordecedora de trombones. No es coincidencia que en la búsqueda constante de la sucesión dinástica que algún día podría tomar las riendas de Cuba, no aparezcan hijos de Fidel. Son todos hijos y nietos de Raúl, cruel y afectuoso, metódico y despiadado, un hombre de poder y familia. Mejor: Familia, con mayúscula. Fidelito es la metáfora de Cuba y de su dramática historia. Quién sabe qué grandes talentos habría desarrollado si hubiera sido libre. Quién sabe qué gran humanidad hemos perdido. De esa metáfora, el suicidio es la clave.