Entrevista con Juan Goytisolo

Pablo Vives / NOTICIAS DE HOY. La Habana, Mayo 5, 1962

(Tomado de LES LETTRES FRANÇAISES. Traducción de Manuel Díaz Martínez.)
El semanario LES LETTRES FRANÇAISES, que se edita en París bajo la dirección del poeta francés Louis Aragon, ha dedicado uno de sus últimos números a destacar la actividad intelectual y artística cubana. Entre el material que publica, se halla una antología de poetas cubanos. También aparece en dicho número la presente entrevista de Pablo Vives con el destacado novelista español Juan Goytisolo, la cual, por su interés, damos a conocer a nuestros lectores. ●
¿Cuáles son las impresiones dominantes que usted extrajo de su viaje a Cuba?
–La impresión extraordinaria de un pueblo volcado hacia el porvenir. En Cuba, la distancia en el futuro no cuenta casi. Yo mismo he constatado, en menos de dos meses y medio, los grandes cambios. Es por esto que intitularé “Pueblo en Marcha” el reportaje que preparo acerca de Cuba. Este hecho  es mucho más sensible para nosotros, pues en España, como usted sabe, el tiempo parece no existir. De esta manera la obra de Larra, ciento cuarenta años más tarde, conserva toda su actualidad. Y nosotros estamos autorizados para decir con él: “Para ustedes los días no pasan”. Esto explica que a los ojos del pueblo español, Cuba sea un ejemplo a seguir. El interés que nosotros dedicamos a la Revolución Cubana se evidencia claramente en la en la colección de poemas que ha sido publicada por las Ediciones Ruedo Ibérico bajo el título ESPAÑA CANTA A CUBA y que agrupa obras de cuarenta y cuatro poetas y artistas nuestros. Pero los escritores cubanos se preocupan también por la suerte de España, como lo demuestra, entre otros, el bello poema “España libre y en armas”, de Heberto Padilla.
–¿Podría usted precisar la naturaleza de los vínculos que existen entre España y Cuba?
–A pesar de que ha sido el último país que se liberó de nuestro viejo colonialismo, Cuba guarda un recuerdo fresco del pueblo español. El cubano ama a España. Para los cubanos, nuestra guerra civil era ya la guerra. En el presente, los papeles se han invertido: nosotros, españoles, seguimos la Revolución Cubana como si ella nos perteneciera.
Los malos recuerdos de la colonización se han esfumado, sobre todo después de 1939. Con el arribo de los grupos de exilados, los más reticentes cubanos se dieron cuenta de que el pueblo español no tenía nada en común con nuestros ancestros que se instalaron en Cuba para explotarlos. Hoy, el cubano libre participa de los afane del pueblo español por ver nuestro país liberado de las viejas estructuras de que nacieron los conquistadores.
–¿Después de la Revolución se ha asistido en Cuba al nacimiento de una poesía nueva?
–En efecto. La poesía cubana ha sido renovada en los años veinte por escritores revolucionarios de gran talla, tales como Nicolás Guillén, Juan Marinello y Manuel Navarro Luna. La poesía actual parte de aquel movimiento.
–Pero supongo que esta poesía no es uniforme. ¿Cuáles son las tendencias dominantes?
–Es difícil hablar de tendencias, mejor hablar de individualidades. La poesía actual presenta una gran variedad de poetas líricos –aparentemente poco preocupados por los problemas de la vida–, hasta los que hacen poesía de consigna, como Pita Rodríguez, por ejemplo. De hecho, esta división resulta demasiado teórica, pues los “líricos” hacen también poesía “realista”.
Sin pretender establecer una escala de valores, entre los mejores poetas jóvenes se encuentran Pablo Armando Fernández, Heberto Padilla, Nivaria Tejera, Fernández Retamar, Fayad Jamís, y otros muchos. Su obra, ya importante, nos permite apreciar en ellos una innegable personalidad.
–El Primer Congreso de Escritores y Artistas Cubanos, en agosto de 1961, se planteó como objetivo la lucha, en el campo de la creación artística y literaria, por un mundo mejor. ¿Cree usted que los escritores cubanos han llegado a encontrar los medios de expresión adecuados?
–En el Congreso hubo dos planteamientos que nos ayudan a comprender el problema. En el suyo, Fidel Castro dijo: “Dentro de la Revolución, los escritores y los artistas gozan de todos los derechos. Contra la Revolución no gozan de ninguno”. Esta idea fue completada por el presidente Dorticós: “El Gobierno Revolucionario no limitará jamás la libertad formal en literatura y en arte”. Se puede observar en ciertos jóvenes escritores algunas dificultades contradictorias. Algunos, entre los que están los de mejor formación intelectual, no han asimilado todavía el profundo sentido de la Revolución, mientras que otros, nacidos de la Revolución, no cuentan con una experiencia suficiente para expresarse de una manera artísticamente válida. Pero éstos son fenómenos de crecimiento, fenómenos transitorios y de casos extremos. En efecto, para no citar sino algunos nombres, poetas como Manuel Díaz Martínez, Félix Pita Rodríguez, Fayad Jamís, Heberto Padilla, Nivaria Tejera, etc., han abordado inteligentemente los problemas planteados por la vida, con medios de expresión de gran calidad estética. Éstos son escritores en los cuales la sinceridad y el talento forman un maridaje fecundo.
–¿Qué importancia tiene la novela cubana de hoy?
–En general, aparte el caso aislado del gran escritor Alejo Carpentier, Cuba ha dado siempre muy buenos poetas, ensayistas y admirables narradores, pero muy pocos novelistas. La novela cubana está en sus inicios. Es de esperar que el fenómeno revolucionario favorezca su desarrollo en los años próximos. El lector cubano prefiere el cuento y la novela corta. Las revistas literarias, sin duda alguna, han contribuido a esta preferencia del público. Los dos narradores más importantes son Onelio Jorge Cardoso y el joven Guillermo Cabrera Infante, cuyo libro ASÍ EN LA PAZ COMO EN LA GUERRA aparecerá próximamente editado por Gallimard. Entre los novelistas, aparte de Alejo Carpentier, se destacan José Soler Puig, Jaime Sarusky, Edmundo Desnoes, Dora Alonso.
–¿Puedo preguntar si su viaje a Cuba tendrá repercusiones sobre su obra?
–Naturalmente. Es el acontecimiento más importante que yo he vivido. Yo creo que el porvenir de los pueblos de lengua hispana será en parte determinado por la Revolución Cubana. Cuba no es solamente Cuba. Cuba es también, de alguna manera, España, el Perú, Colombia. Defender a Cuba es también, para nosotros, españoles y latinoamericanos, laborar para nuestros respectivos países. En lo que concierne a mi obra, estoy preparando el reportaje de que ya le he hablado. Usted verá, yo lo espero, que no se trata de un simple reportaje.

Juan Goytisolo entrevista foto

 

 

Carta a un comunista

Hermann Hesse fotoHermann Hesse

Mi postura personal frente al comunismo no es difícil de formular. El comunismo (bajo el cual esencialmente, entiendo los objetivos y pensamientos del antiguo Manifiesto marxista) está en camino de conseguir su realización en el mundo, y éste se halla maduro para ello, no sólo desde que el sistema capitalista presenta tan claros síntomas de decadencia, sino también desde que la socialdemocracia de “mayorías” ha abandonado por completo la bandera revolucionaria.

Para mí, el comunismo no sólo está justificado, sino que lo considero lógico. Llegaría y vencería aunque todos estuviéramos en contra. Quien hoy esté de parte del comunismo, afirma el porvenir.

Aparte del “sí” que mi entendimiento da a su programa, ha hablado en mí, desde que vivo, una voz a favor de quienes padecen; siempre estuve de parte de los oprimidos y contra los opresores; de parte del acusado y contra los jueces, y de parte de los hambrientos y contra los atiborrados. La única diferencia reside en que nunca se me hubiera ocurrido llamar comunistas a esos sentimientos que considero naturales, si no cristianos.

Bien: creo, con usted, que el camino marxista, que pasa por encima del capitalismo moribundo en dirección a la liberación del proletariado, es, en efecto, el camino del futuro, y que el mundo debe seguirlo, quiera o no.

Hasta este punto estamos de acuerdo.

Pero ahora usted preguntará seguramente por qué yo, si creo en la razón del comunismo y defiendo a los avasallados, no me uno a usted en la lucha y pongo la pluma al servicio de su Partido.

La respuesta a esto ya es más difícil, porque se trata de aquí de cosas que para mí son sagradas y obligatorias, mientras que para usted apenas existen. Yo rechazo totalmente, y con firme decisión, convertirme en miembro del Partido o poner mi trabajo literario al servicio de su programa, pese a que la perspectiva de tener hermanos y camaradas, de vivir en comunidad con un mundo de correligionarios, sería sumamente atractiva.

Pero es que, en realidad, no pensamos igual. Porque, aunque yo apruebe sus objetivos o, para decirlo más claramente, aunque crea que el comunismo está maduro para subir al poder y hacerse cargo, con ello, de la tremenda responsabilidad, empezando por la necesidad de cargar con la sangre y la guerra, para mí eso no tiene más importancia que cuando, en noviembre, pienso que ya está próximo el invierno. Creo en el comunismo como programa para las horas venideras de la humanidad; lo considero indispensable e ineludible. Sin embargo, no creo que el comunismo pueda dar mejores respuestas a las grandes preguntas de la vida que cualquier otra doctrina anterior. Creo que, después de cien años de teoría y del gran intento ruso, ahora no tiene sólo el derecho, sino también la obligación de realizarse en el mundo, y creo y espero sinceramente que conseguirá suprimir el hambre y librar a la humanidad de una gran pesadilla. Pero que con ello se logre lo que las religiones, las legislaciones y las filosofías de pasados milenios no pudieron conseguir, es cosa que no creo. Que el comunismo, aparte de su razón de defender el derecho de todo hombre a que no le falte el pan y se le reconozca su valor, sea mejor que cualquier otra forma anterior de fe, no lo creo. Tiene sus raíces en el siglo XIX, en medio del más árido y presuntuoso dominio del intelecto, de un sabihondo imperio de profesores, carente de fantasía y amor. Carlos Marx aprendió su modo de pensar; es extraordinariamente parcial e inflexible: su genialidad y justificación no reside en un espíritu más elevado, sino en su decisión de actuar.

Si hoy estuviéramos en 1831, en lugar de tener ya el año 1931, yo, como poeta y escritor, probablemente sentiría gran preocupación por los problemas y las amenazas del mañana y pasado mañana, dedicando todas mis fuerzas, durante algún tiempo, al estudio del inminente cambio. Así lo hizo el poeta Heinrich Heine entonces, y durante un cierto tiempo, quizás el más fecundo de su vida, fue en París el amigo y colaborador del joven Carlos Marx. Pero hoy, ese mismo Heine volvería a preocuparse más por el mañana y el pasado mañana que por la realización de lo que ha quedado reconocido ya, desde hace tiempo, como acertado y digno de ser llevado a cabo. Hoy reconocería sin duda que el socialismo ha dejado atrás su escuela y tiene que asumir el dominio del mundo o, de lo contrario, está listo. Y aprobaría este proceso, la conquista del mundo por los comunistas, y lo encontraría bien, mas no sentiría el impulso, en su persona, de tener que ayudar a tirar de un carro que con tanto empuje rueda por sí solo.

El poeta no es ni más ni menos importante que el ministro, el ingeniero el tribuno, pero sí es totalmente distinto a ellos. Un hacha es un hacha, y con ella se puede cortar madera o, también, cabezas. Un reloj o un barómetro, en cambio, tienen otras funciones, y si con ellos pretendemos cortar leña o cabezas, se romperán sin que nadie haya obtenido provecho alguno.

No es ésta la ocasión para enumerar y explicar los deberes y funciones del poeta como instrumento especial de la humanidad. Quizás sea una especia de nervio, en el cuerpo de la humanidad; un órgano destinado a reaccionar ante delicados avisos y menesteres, un órgano cuya función es la de despertar, advertir y llamar la atención. Mas no es un órgano con el que se puedan redactar anuncios y colgarlos, y no se prestar para pregonarlo a grandes gritos en el mercado, pues su fuerza no reside en el volumen de la voz. Eso queda para Hitler. De cualquier forma, y sean sus funciones unas u otras, el poeta sólo tiene un valor y sólo merece que se le tome en serio si no se vende y no permite abusos con él, si prefiere sufrir o morir que ser infiel a lo que considera su vocación.

Carlos Marx tuvo mucha comprensión para la poesía y el arte del pasado; por ejemplo, para todo lo griego, y si bien en algún punto de su doctrina no fue, quizá, totalmente sincero, pudo deberse a que, pese a ser conocedor de las artes, no vio en ellas un órgano de la humanidad, sino sólo un trocito de “superestructura ideológica”.

Precisamente quisiera advertiros a vosotros, los comunistas, del peligro que pueden constituir aquellos poetas que os ofrezcan y se presten para pregoneros y combatientes. El comunismo tiene muy poco de poético; ya era así en tiempos de Marx y ahora lo es todavía más. El comunismo, como toda gran ola de poder material, llegará a constituir un serio peligro para la poesía; tendrá poco sentido de la calidad y, con paso tranquilo, aplastará gran número de cosas hermosas sin lamentarlo siquiera. Traerá consigo grandes cambios y un nuevo orden, hasta que esté edificada la nueva casa para esa nueva sociedad, por doquier abundarán los escombros, y nosotros, los artistas, nos veremos desplazados si tenemos que hacer de peones. La gente aún se reirá más de nosotros y de nuestras rebuscadas preocupaciones, tomándonos todavía menos en serio que en tiempos de la burguesía.

Mas en la nueva casa de la humanidad volverá a imperar muy pronto el descontento, y tan pronto se haya desvanecido el miedo al hambre, se demostrará que también el hombre del futuro y de la masa posee un alma, y que ésta crea en su interior sus propios tipos de hambre y necesidades, deseos y sueños, y que los impulsos y las necesidades y los deseos y los sueños de esta alma participan extraordinariamente en todo lo que la humanidad piensa y hace y ansía. Y será un bien para la humanidad que, entonces, haya hombres entendidos en las cosas del alma: artistas, poetas, entendedores, consoladores e indicadores del camino a seguir.

De momento, vuestras tareas son claras de ver. Vosotros, los comunistas, tenéis un programa claramente establecido que realizar y es vuestro deber defenderlo. Actualmente, vuestra labor parece mucho más clara, más necesaria y seria que la nuestra. Pero eso cambiará, como ha cambiado ya tantas veces.

Con el derecho del combatiente tal vez mataréis a este o aquel poeta, porque compone cantos de guerra para vuestros enemigos, y probablemente se demostrará, después, que no era un verdadero poeta, sino únicamente un redactor de cartelones. Pero os equivocaréis en perjuicio vuestro, si creéis que un poeta es un instrumento del que la clase que gobierna en ese momento pueda servirse como de un esclavo o de un talento comprable. Os llevaréis un chasco con vuestros poetas, si no cambiáis de opinión, y sólo quedarán pegados a vosotros los que no valen nada.

A los auténticos artistas y poetas los reconoceréis, en cambio, si es que algún día decidís preocuparos de ellos, en que tienen un indomable afán de independencia y dejan inmediatamente de trabajar cuando se les quiere obligar a trabajar de forma distinta a cuanto les dicta la conciencia. No se venden por mazapán ni por apetitosos altos cargos, prefieren que les maten antes que ser objeto de abuso. En eso les reconoceréis.

(1931)

[Hermann Hesse, Escritos políticos (1914-1932).]

Hoy, Día del Libro

Antología de Spoon RiverEl abogado Edgar Lee Masters (EEUU, 1868-1950) dedicó más tiempo y entusiasmo a la literatura que a las leyes. En un momento no muy tardío de su larga vida, abandonó las últimas por la primera y se convirtió en un escritor ermitaño. Me atrevo a decir que, además de ermitaño, obsesivo: según biógrafos suyos, hasta su muerte luchó con denuedo para superar con nuevas obras el libro gracias al cual lo recordamos: SPOON RIVER ANTHOLOGY (Macmillan & Co. Nueva York, 1915). Pero aquélla fue una batalla perdida, como la de Flaubert contra MADAME BOVARY. El culmen de cuanto escribió Masters son los imaginarios epitafios de las ficticias lápidas pertenecientes a los falsos difuntos que supuestamente reposan en el mítico cementerio de un pueblo que –poco importaría que existiera– él se inventó.

Mi descubrimiento de ANTOLOGÍA DE SPOON RIVER se produjo mientras, animado por la ilusión de encontrar algo diferente, que me sorprendiera, exploraba una librería de Las Palmas de Gran Canaria. El nombre de su autor no me decía absolutamente nada, pero, tan pronto como leí, al pie de un estante de aquella librería, algunas páginas de esta obra (editada en España por Cátedra, Colección Letras Universales) me invadió el regocijo de haber dado con lo que a tientas buscaba. Libro raro, aún hoy, en su tiempo fascinó a unos cuantos poetas mayores, entre los cuales estaba Ezra Pound, quien lo saludó con un aleluya a nombre de la poesía norteamericana.

Lo que más me atrae en él, la razón por la cual siento no haberlo leído mucho antes, es la desinhibida sencillez con que desnuda la trascendencia de esa parte de la realidad que parece no tenerla: lo cotidiano. Los doscientos y tantos poemas-lápidas que nos dejó Masters en su asombrosa ucronía de Spoon River configuran un coro de voces sin tiempo en el que todos cantamos.

Un poeta en tiempos de revolución

MDM foto Nieves

Manuel Díaz Martínez. (Foto: Nieves Delgado.)

«El deseo de indagar y el ansia de descubrir me han conducido a la poesía, a la cual me ata mi insatisfacción del mundo. Debo el hábito de volcarme en la palabra a la presunción de ser libre y contribuir a la libertad cuando escribo. Es que siento y ejerzo la poesía como una liberación —sin desafío, sin heroísmo, sin ambiciones: una auténtica liberación».  Manuel Díaz Martínez, Sólo un leve rasguño en la solapa.

Rubén Benítez Florido

Decía Gabriel García Márquez al comienzo de sus memorias que «la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla». Y esto es, precisamente, lo primero que le viene a uno a la cabeza al terminar de leer la autobiografía de Manuel Díaz MartínezSólo un leve rasguño en la solapa, un compendio de recuerdos personales marcados por lo mejor y lo peor de la revolución cubana.

Lo mejor, porque Díaz Martínez perteneció a esa generación de cubanos que no dudaron en abrazar la llegada de la revolución como un nuevo horizonte frente a los desmanes anteriores, en la época de Batista. Y lo peor, porque no tardó en padecer la cara más siniestra de aquel movimiento revolucionario —que posteriormente acabó convirtiéndose en una férrea dictadura— en el que buena parte de la población había depositado sus esperanzas de cambio.

Pero antes de llegar al momento de los sueños rotos y la decepción, en los primeros capítulos de sus memorias, se despliega el tiempo color sepia de la infancia: el recuerdo amable y nostálgico de sus padres y de sus abuelos, de las casas en las que transcurrió su niñez en compañía de su familia.

Llevados de la mano por la habilidad de un cronista consumado, también asistimos al tiempo aventurero de la juventud, en el que parece que el mundo todavía está por hacer y que todo es posible por el mero hecho de desearlo. En este punto de la narración ya hay detalles de lo que va a ser uno de los ejes vertebradores en la vida de Díaz Martínez: su anhelo inquebrantable de saber, la voluntad de contemplar la existencia con la mirada puesta en los detalles.

La poesía como búsqueda.

En el centro de ese afán de conocimiento, se encuentra la creación de un lenguaje poético que consiga dar cuenta de una realidad pluriforme y cambiante, siempre estimulante.

«Creo que la poesía no es un mundo aparte, sino una parte del mundo. Y pienso que la grandeza de un poeta estriba en la fuerza reveladora del idioma con que responde a la provocación de las cosas, en la amplitud de su capacidad de respuesta a los infinitos estímulos con que las infinitas cosas lo acosan», podemos leer en uno de los párrafos de estas memorias que traza una poética improvisada, la concepción que tiene el poeta tanto de su quehacer cotidiano como de la lucha que entabla con el lenguaje en esa búsqueda de la palabra exacta.

El poeta no puede dejar nunca de serlo, ni siquiera cuando temporalmente deja de fagocitar versos para escribir su autobiografía. Se nota en el estilo pulcro y conciso que utiliza para narrar lo acontecido, lejos de superficialidades, de digresiones gratuitas que conduzcan al lector por senderos que no son los imprescindibles. Se nota en los párrafos trabajados con la pericia de un escultor que consigue esculpir a través de palabras las imágenes que se le agolpan en la cabeza.

Habría que señalar tres características en el estilo de Díaz Martínez que lo convierten en un poeta muy accesible, a la manera de Ángel González o Luis García Montero, con una manera de expresar muy a pie de calle, que tiene la virtud de humanizar todo lo que cuenta.

La primera es un sentido del humor sabiamente repartido a lo largo del texto, a menudo camuflado en una socarronería implícita. Además de fomentar el juego literario con el lector, podría inferirse que la utilización de esta fina ironía responde a la necesidad del autor de tomar una cierta distancia frente a los hechos que describe; también de parapetarse ante las decepciones del mundo.

La segunda característica llamativa es el tono conversacional del libro. Quizás por haber crecido su obra al abrigo de la revolución, con su acentuada defensa de un estilo accesible para los lectores de cualquier condición, lo cierto es que su prosa responde fielmente al mandato de «escribir para la vida». Una prosa nada hermética ni ensimismada en sus propias mieles, sino al servicio de todo aquel que desee acercarse a ella.

Como última característica, cabría destacar el recurso constante a la anécdota, que permite descargar al texto de un dramatismo excesivo, sobre todo durante la descripción de los acontecimientos más luctuosos de la persecución política.

Y es que como buen cubano, caribeño al fin y al cabo, Díaz Martínez no desaprovecha ninguna ocasión para colar un chascarrillo, alguna anécdota jugosa, a menudo con un punto provocativo, cada vez que las circunstancias lo requieren. Y en este libro, como se verá a continuación, hay muchas que así lo aconsejan.

El «caso Padilla».

Como una liberación interior, pero también como una forma de consolidar el espacio de la libertad. Podría decirse que así es como concibe Díaz Martínez su vocación, su idea del oficio: «Lo del poeta es crear su propio código desde la libertad, a partir de sus convicciones y dudas, de sus esperanzas y temores, y ponerlo en el mundo como se pone en circulación una moneda».

Heberto Padilla foto

Heberto Padilla. (Foto:  Vasco Szimetar.)

En este sentido, Sólo un leve rasguño en la solapa no es solo un testimonio personal, sino también, y lo que no es menos importante —sobre todo en los tiempos que corren, con el fantasma de los totalitarismos campando a sus anchas en el escenario político de todo el globo—, una reflexión acerca de la opresión en los estados autoritarios.

Para el caso, poco importa discutir si el gobierno de esos Estados son de izquierdas o de derechas, pues no se trata de hacer proselitismo político, sino de denunciar que cuando se radicalizan, ambos modelos de Estado acaban siempre con el mismo resultado: la supresión radical de las libertades individuales.

Si hubiese que elegir, de entre todos los sucesos relatados en el libro, aquellos en los que el régimen castrista mostró su versión más deplorable y siniestra, seguramente estaríamos persuadidos de señalar los siguientes como los tres más estremecedores.

El primero de ellos ocurre cuando Díaz Martínez forma parte de un jurado de poesía y la ortodoxia del régimen intenta, primero alejarlo de ese jurado alegando todo tipo de pretextos, y luego coaccionarlo para que no votase a favor el poemario que a todas luces se sabía ganador por su calidad literaria.

El motivo aducido por los funcionarios del régimen en aquella ocasión —que posteriormente se convertiría en una de las más célebres debido a su repercusión internacional— era que el jurado iba a premiar a un escritor supuestamente contrarrevolucionario.

Corría el año 1968 y los «cuadros» del régimen se mostraban tan nerviosos como asustados por el ambiente de apertura política que se estaba propagando en algunas repúblicas controladas por el bando soviético y que desembocó en actitudes abiertamente desafiantes como la «Primavera de Praga».

Con la intención de impedir posibles conatos de desobediencia, o simplemente movidos por una sospecha paranoica, poco antes del fallo del premio literario, los altos cargos del régimen dirigidos por Raúl Castro —en la actualidad primer mandatario de la nación—, hicieron circular el rumor de que si se concedía el premio a ese escritor habría «consecuencias» para los que votaran a favor del poemario.

A estas alturas, muchos lectores ya habrán identificado esta historia ampliamente conocida como el tristemente célebre «caso Padilla», el cual, además de generar fuertes tensiones dentro de la isla entre los intelectuales y el régimen, provocó dos hechos memorables en la historia de la literatura, si bien por causas opuestas.

Por un lado, convocó la que probablemente haya sido una de las listas más largas de escritores —entre los que se encontraban nombres como Susan SontagJean-Paul SartreSimone de BeavoirLuis GoytisoloCarlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y otros escritores de reconocido prestigio a nivel mundial—, que firmaron un manifiesto para mostrar su apoyo a Padilla y, de paso, defender la libertad de expresión y la autonomía de los creadores.

Por otro lado, y aunque este hecho solo se menciona en el libro por encima, sembró la «manzana de la discordia» entre los integrantes del llamado «boom» de la literatura hispanoamericana, separando en dos bandos irreconciliables a sus miembros más conspicuos: el bando que siguió apoyando a la revolución, aunque con reticencias más o menos explícitas, formado por Julio Cortázar y Gabriel García Márquez; y el bando que rompió inmediatamente su compromiso con ella, integrado por Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa.

Manuel Díaz Martínez formó parte de aquel jurado y, a pesar de las presiones institucionales y de los consejos de los amigos, votó por el poemario de Padilla, que fue elegido ganador por unanimidad.

Del «realismo socialista» al «socialismo realista».

El segundo momento álgido se produce en 1971, tres años después del fallo del premio, con el acto de arrepentimiento escenificado por Padilla para inculparse a sí mismo y a sus compañeros de letras por los «errores» contra la revolución cometidos en el pasado. Ni que decir tiene que aquello no fue más que una farsa orquestada por el régimen digna del mejor dramaturgo, para lavarse la cara ante la opinión internacional y, de paso, desacreditar públicamente a sus opositores más acérrimos.

Tampoco hará falta señalar que entre los nombres de aquellos compañeros mencionados por Padilla en su ejercicio de «autocrítica» —resultan grotescos los eufemismos que utilizan las dictaduras para maquillar sus atropellos— se encontraba el de su amigo Manuel Díaz Martínez, quien, a su vez, en aquel mismo acto, culpó de todo aquel desafuero a la dirigencia política por no haber sabido propiciar un diálogo edificante entre ellos y los intelectuales.

En medio de toda aquella «caza de brujas», merece la pena señalar el férreo blindaje que instalan los secuaces del régimen alrededor de Díaz Martínez y de su quehacer literario: de su labor como periodista, después de haber sido destituido de su cargo como director de un importante periódico; de su activismo como poeta, tras haber sido apartado de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC); e incluso, de su propia vocación de poeta, al haber sido confinado a una vida semiclandestina y casi anónima durante más de dieciséis años, sin poder publicar sus libros ni firmar los artículos que escribía ni participar en los actos literarios que se organizaban tanto dentro como fuera de las fronteras de su país.

Seguramente, como él mismo lo ha expresado en varias ocasiones, aquel período de su vida posiblemente fue la constatación más palpable de que una cosa era el «realismo socialista» y otra muy distinta el «socialismo realista».

Camino del exilio.

El tercer y último episodio en esta historia de represión se centra en los actos de repudio que comenzaron a sufrir, en el año 1991, los firmantes de la «Carta de los Diez», una declaración en la que un grupo de intelectuales cubanos de La Habana pedían al gobierno un proceso de diálogo, con la participación de representantes de todas las corrientes ideológicas, con el objetivo de llegar a un consenso sobre las posibles salidas a la crisis nacional.

Aquel texto insistía en los problemas de la nación —algo que la oficialidad del régimen no estaba dispuesta a admitir—, y reclamaba la realización de un referéndum democrático —una opción descartada de plano—, al tiempo que apostaba por el pluralismo político, la libertad de prensa y el respeto a los derechos civiles. De nuevo, el nombre de Manuel Díaz Martínez figuraba entre los incluidos al pie de aquella declaración.

A partir de ahí se volvieron sistemáticos contra muchos de aquellos firmantes los actos de repudio, ejecutados abiertamente o de forma subrepticia, fomentados de manera directa o simplemente tolerados por el régimen: se estrechaba el cerco sobre los intelectuales, se alimentaban las presiones y las humillaciones, se fomentaban las vejaciones.

De todo ello da cuenta Díaz Martínez no solo en esta autobiografía, sino también en un artículo publicado fuera de las fronteras de Cuba, en el periódico El País, «Crónica de un delito anunciado», que denuncia lo que era un secreto a voces para la comunidad internacional desde hacía mucho tiempo: la persecución política y el escarnio público como prácticas habituales del régimen.

El ambiente plagado de tensiones y de desesperanza que se instaló después de la «Carta de los Diez» significó para Manuel Díaz Martínez la decisión de partir al exilio. Tras una breve estancia en la ciudad de Cádiz en el año 1992, Díaz Martínez recaló en Gran Canaria, otra isla igual que la suya, también bañada por el Atlántico. Quién sabe si para ahorra las nostalgias de la distancia.

2011-08-13

[Tomado del blog Viaje a Ítaca.]

Ignacia de Lara

Ignacia de Lara libroDías atrás, en la Casa Museo Tomás Morales, en el pueblo grancanario de Moya, me obsequiaron con un libro titulado IGNACIA DE LARA. PERFIL BIOGRÁFICO. OBRA POÉTICA Y OBRA EN PROSA, editado por el Cabildo de Gran Canaria y debido al meticuloso trabajo investigativo de María Inmaculada Egüés Oroz, profesora de la Universidad de las Palmas. Gracias a este libro me enteré de la existencia de Ignacia de Lara Henríquez (Las Palmas de G. C., 1880-1940). Apena comprobar cómo ha estado tantos años olvidada por sus coterráneos esta extraordinaria mujer –generosa, brillante, valiente y culta– que dejó una obra en verso y prosa pletórica de vida y practicó su fe cristiana poniéndola al servicio del avance social. Comparto con ustedes este conmovedor poema de Ignacia de Lara:

TRISTEZA

¡A la par que la tierra irá llenando
las ya desiertas cuencas de mis ojos,
de sus arterias seguirá lanzando
el borbotón de los claveles rojos!

Y seguirá la roca acantilada
irguiéndose gentil, medio velada
a veces por las brumas,
y seguirá tenaz el oleaje
lanzándose furioso al abordaje
con sus garras de espumas.

Mi parcela de lumbre, indiferente
el sol repartirá serenamente
al renacer el día,
y el borbotón de luz cada mañana
arrancará el cristal de mi ventana
chispazos de alegría.

Los suspiros irán diciendo al viento
las estrofas que dicta el sentimiento
a cada corazón,
y habrá una ardiente pulsación gigante
arrancando de un pecho palpitante
un grito de emoción.

¡La primavera seguirá tornando
en cada año amorosa celebrando
sus nupcias con el sol,
y habrá cantos de amor entre el ramaje
y teñirán la gloria del paisaje
ocasos de arrebol!

¡Cuando apagada esté mi ardiente hoguera
podrá el destino hacer que esté a mi vera
un rosal florecido,
y en bandadas al sol irá volando
como lluvia de pétalos girando
la floración del nido!

¡Volverá con su puro y grato ambiente
con su atracción de hogar, dulce y caliente
¡la alegre Nochebuena!
y del abuelo al nieto eslabonado
quedará el cerco familiar cerrado
en torno de la cena.

El eco de mi cantar lanzado al viento
volteará diluyéndose su acento
allá en la lejanía,
la luz después desplegará su gama…
¡un aliento de nardos y retama
irá aromando el día!

Las almas soñadoras, que son ascua,
en todo alegre amanecer de Pascua
algún calor pondrán,
en el recuerdo sepultado y yerto
del triste pelotón de los que han muerto
¡y nunca volverán!

A esas almas suplico en mi agonía
que al llegar esa fiesta ¡que fue mía!
evoquen mi memoria;
¡esa limosna espiritual les pido!
para cuando me vaya hacia el olvido…
¡sin nombre y sin historia!

(24 de diciembre de 1932)

Margarita Aliguer: un recuerdo y un poema

margarita-aliguer-foto

En pleno apogeo del Caso Padilla, llegó a La Habana la poetisa soviética Margarita Aliguer. Llegó ansiosa por reunirse con poetas cubanos, y algunos nos vimos con ella una tarde en la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, entonces presidida por Nicolás Guillén. La visitante comenzó diciéndonos que en Moscú había leído informaciones acerca del conflicto entre el Gobierno de Fidel Castro y un grupo de intelectuales cubanos (entre los que estaba yo), acusados por aquel de contrarrevolucionarios. Nos confesó que estaba alarmada porque hallaba similitud entre lo que estaba ocurriendo en Cuba y la manera como se había iniciado la persecución stalinista a los intelectuales en la URSS. Margarita Aliguer, nacida en 1915 y fallecida en 1992, que fuera amante del novelista Alexander Fadéyev –notorio colaborador de Stalin cuando presidía la Unión de Escritores Soviéticos–, tenía razones para alarmarse. En este poema suyo (sin título), traducido por la poetisa argentina de origen bielorruso Natalia Litvinova, deja constancia del viacrucis que fue su vida.

Vivo en este mundo
con una bala en el corazón.
No voy a morir todavía.
La nieve cae.
No anochece.
Los niños juegan.
Uno puede llorar,
cantar canciones.

Pero no pienso ni llorar ni cantar,
vivimos en la ciudad y no en el bosque.
No olvidaré lo visto
y llevo en el corazón lo que conozco.

El invierno de Kazán, huidizo,
níveo y luminoso, pregunta:
– ¿Cómo vivirás?
– No sé.
– ¿Sobrevivirás?
No sé.
– ¿Cómo no te mató la bala?

Cerca del final pero aún viva,
quizá porque
en la lejana ciudad de Kamsky,
donde las noches son más claras por la nieve
y el frío audaz toma lo que considera suyo,
se ponen a hablar y a correr
mi felicidad y mi inmortalidad.

– ¿Cómo no te mató la bala,
cómo resististe su plomo de fuego?

Decidí seguir viviendo
cuando vi el final
acercarse a empujones calientes
y mi corazón me reveló
que algún día sabré contar
este sufrimiento en mis poemas.

– ¿Cómo no te mató la bala
o no te tumbó el golpe?

Si estoy viva
es porque cuando se agotaron mis fuerzas,
desde los paraderos lejanos
y los callejones sin salida, tapados con nieve,
detrás de las montañas, vi
a los tanques en movimiento,
y en los bosques
a las bayonetas erguidas,
advino,
empezó a brillar
el día de la victoria
rodeando la tierra con su ala.

Ese día fui abriéndome paso
a través de las desgracias
mías y ajenas.

(1941)

Recordando a Félix Grande

MDM Grande Branly

De izquierda a derecha: Manuel Díaz Martínez, Félix Grande y Roberto Branly. Hotel Habana Libre, La Habana, 1967. (Archivo: MDM)

Ayer se cumplieron tres años del fallecimiento de Félix Grande, un gran poeta de la generación española del 50, además de noble persona y entrañable amigo. Había nacido en la extremeña Mérida en 1937 Entre los numerosos e importantes premios que obtuvo figura uno cubano, el Casa de las Américas de 1967, otorgado a su libro BLANCO SPIRITUALS. Félix y yo nos conocimos en La Habana, cuando él fue a recibir su premio. La foto que publico aquí fue tomada en aquella ocasión. En ella aparece el poeta Roberto Branly, miembro, como yo, de la generación cubana del 50, otro de mis amigos inolvidables.