Margarita Aliguer: un recuerdo y un poema

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En pleno apogeo del Caso Padilla, llegó a La Habana la poetisa soviética Margarita Aliguer. Llegó ansiosa por reunirse con poetas cubanos, y algunos nos vimos con ella una tarde en la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, entonces presidida por Nicolás Guillén. La visitante comenzó diciéndonos que en Moscú había leído informaciones acerca del conflicto entre el Gobierno de Fidel Castro y un grupo de intelectuales cubanos (entre los que estaba yo), acusados por aquel de contrarrevolucionarios. Nos confesó que estaba alarmada porque hallaba similitud entre lo que estaba ocurriendo en Cuba y la manera como se había iniciado la persecución stalinista a los intelectuales en la URSS. Margarita Aliguer, nacida en 1915 y fallecida en 1992, que fuera amante del novelista Alexander Fadéyev –notorio colaborador de Stalin cuando presidía la Unión de Escritores Soviéticos–, tenía razones para alarmarse. En este poema suyo (sin título), traducido por la poetisa argentina de origen bielorruso Natalia Litvinova, deja constancia del viacrucis que fue su vida.

Vivo en este mundo
con una bala en el corazón.
No voy a morir todavía.
La nieve cae.
No anochece.
Los niños juegan.
Uno puede llorar,
cantar canciones.

Pero no pienso ni llorar ni cantar,
vivimos en la ciudad y no en el bosque.
No olvidaré lo visto
y llevo en el corazón lo que conozco.

El invierno de Kazán, huidizo,
níveo y luminoso, pregunta:
– ¿Cómo vivirás?
– No sé.
– ¿Sobrevivirás?
No sé.
– ¿Cómo no te mató la bala?

Cerca del final pero aún viva,
quizá porque
en la lejana ciudad de Kamsky,
donde las noches son más claras por la nieve
y el frío audaz toma lo que considera suyo,
se ponen a hablar y a correr
mi felicidad y mi inmortalidad.

– ¿Cómo no te mató la bala,
cómo resististe su plomo de fuego?

Decidí seguir viviendo
cuando vi el final
acercarse a empujones calientes
y mi corazón me reveló
que algún día sabré contar
este sufrimiento en mis poemas.

– ¿Cómo no te mató la bala
o no te tumbó el golpe?

Si estoy viva
es porque cuando se agotaron mis fuerzas,
desde los paraderos lejanos
y los callejones sin salida, tapados con nieve,
detrás de las montañas, vi
a los tanques en movimiento,
y en los bosques
a las bayonetas erguidas,
advino,
empezó a brillar
el día de la victoria
rodeando la tierra con su ala.

Ese día fui abriéndome paso
a través de las desgracias
mías y ajenas.

(1941)

Recordando a Félix Grande

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De izquierda a derecha: Manuel Díaz Martínez, Félix Grande y Roberto Branly. Hotel Habana Libre, La Habana, 1967. (Archivo: MDM)

Ayer se cumplieron tres años del fallecimiento de Félix Grande, un gran poeta de la generación española del 50, además de noble persona y entrañable amigo. Había nacido en la extremeña Mérida en 1937 Entre los numerosos e importantes premios que obtuvo figura uno cubano, el Casa de las Américas de 1967, otorgado a su libro BLANCO SPIRITUALS. Félix y yo nos conocimos en La Habana, cuando él fue a recibir su premio. La foto que publico aquí fue tomada en aquella ocasión. En ella aparece el poeta Roberto Branly, miembro, como yo, de la generación cubana del 50, otro de mis amigos inolvidables.

El diario irregular de Paul Léautaud

Christopher Domínguez Michael
(LETRAS LIBRES, México, 12/8/2015)  Exagerando, puede decirse que toda la vida y la obra de Paul Léautaud (1872-1956) proviene de unos párrafos de Stendhal, su escritor favorito, incluidos en el capítulo iii de su autobiografía simulada, la Vida de Henry Brulard, publicada póstumamente en 1890:
Deseaba cubrir de besos a mi madre y que no estuviera vestida. Ella me quería con pasión y me besaba a menudo; yo le devolvía sus besos con tal fuego que ella se veía obligada a marcharse. Yo aborrecía a mi padre cuando venía a interrumpir nuestros besos, que yo quería darle siempre en el cuello –dígnese el lector recordar que murió, de parto, cuando yo tenía siete años.
Era entrada en carnes, muy lozana, muy bonita, solo que no bastante alta, creo. Tenía una nobleza y una perfecta serenidad de rasgos; muy vivaz, y muchas veces prefería hacer ella misma las cosas antes de mandar a sus tres sirvientes, y leía con frecuencia en el original La divina comedia de Dante, de la cual encontré yo más tarde cinco o seis volúmenes de ediciones diferentes en sus habitaciones, cerradas después de su muerte.
Murió en la flor de la juventud y de la belleza en 1790, a los veintiocho o treinta años.
Aquí empieza mi vida moral.1
Esta confesión stendhaliana, por cierto, uno de los pocos documentos occidentales que avalan la extraña teoría del doctor Freud sobre el complejo de Edipo, logró que Léautaud hiciese de su madre ausente –con la que solo convivió una semana en Calais en 1901 pero con la cual mantuvo una apasionada correspondencia– el personaje central de sus sorprendentes evocaciones autobiográficas (Petit amiIn memoriam y Amores), publicadas las tres al amanecer del siglo pasado. Pero también esa ausencia presente determinó su relación con sus dos principales amantes: Anne Cayssac, una morena, a quien el escritor llamaba “La Plaga” y la blanquecina Marie Dormoy (fallecida en 1974), la dactilógrafa de su Journal littéraire (1893-1956) de siete mil páginas y su ejecutora testamentaria.
Es difícil hablar de Léautaud sin recurrir a cierto freudismo. Roberto Calasso incurre en él y nos cuenta así la novela familiar del gran diarista:
Léautaud era hijo de padres diferentemente libertinos, que hicieron siempre lo posible, cada uno a su modo, por librarse del hijo. La madre, una fascinante actriz del teatro frívolo, y de vida frivolísima, lo abandonó, con gesto deportivo, tres días después de su nacimiento, y a partir de entonces se convirtió en la “eterna ausente”, que se aparecía al niño en escasísimas y fugaces visiones de corsés desabrochados, pasillos del Folies Bergère, perfumes envolventes, como una amante apresurada, siempre de viaje. El padre, actor de teatro y después apuntador en la Comédie-Française, era un macho maupassantiano y sanguíneo, de mirada cargada de sensualidad, que dirigió sus atenciones a la futura madre de Léautaud mientras se acostaba con la hermana de ella, y que solía salir a la calle con una fusta que enroscaba delicada pero imperiosamente alrededor del cuello de cada mujer que le atraía. Y, según parece, estas lo seguían sin dificultad. Para Léautaud padre, el hijo fue sobre todo un estorbo al que urgía alejar lo más posible de la casa para no estorbar las idas y venidas alrededor de su cama.2
No es extraño así, concluye Calasso, que habiéndose sentido excluido tanto por la Ausencia como por la Presencia, Léautaud se caracterice por “su perpetuo cinismo, su ironía punzante, su antipatía por los sentimientos”.3 Pasó, días y días de su infancia, debajo de la mesa del comedor de su padre, arrimado junto al perro de la familia, observándolo todo, desde entonces y para siempre. Cuando este pobretón secretario de redacción del Mercure de France alcanzó la celebridad en la Francia de la posguerra gracias a las entrevistas radiofónicas que le hizo Robert Mallet en 1951, suena lógico que el escritor dijese que de hecho “nunca abandonó esa vida oculta debajo de la mesa”, como nos recuerda Calasso.4
Yo agregaría que, desde ese escondrijo, Léautaud logró ser un “marginal en el centro” (Monsiváis dixit). Lo supo todo sobre las letras francesas y sobre todos sus personeros y personajes (nunca viajó ni le interesó ninguna otra literatura aunque soñó con instalarse en Londres, ignorante del inglés, por encontrar a ese reino como el último baluarte del individualismo), pues al carecer él mismo de verdadera importancia literaria, a la vez indispensable e invisible, se metía en todas partes. Consciente además de que su única actividad literaria de importancia era escribir ese diario, pese a haber sido, bajo el seudónimo de Maurice Boissard,5 un temido crítico de teatro, Léautaud hizo aparentemente de su diario un híbrido ni privado ni público. No se pretende patológico a la romántica (ya veremos cuán natural es su patología) como Amiel; podría escribirse un paralelo del campo contra la ciudad al anteponer los diarios de Renard (a quien detestaba) y Léautaud; nada tiene su diario de místico o de edificante como los de Paul Claudel o Julien Green, pues Léautaud fue un escritor decididamente ateo, muy en la escuela librepensadora de Anatole France.
Hasta que no se pesó su Journal littéraire, acaso, en su género, la memoria más vasta, junto con las memorias del duque de Saint-Simon, Léautaud fue una figura de tercer orden (tal cual era su propósito). El Diario del peripatético Gide es obra de un escritor famoso y de una conciencia moral, diario que se escribía para publicarse, mientras que el de Léautaud, del cual se publicaron solo algunos fragmentos escogidos a partir de 1940, era una ventana al mundo construida desde la inmovilidad de un memorialista sentimental que se reconocía en los caracteres fuertes e independientes del siglo XVIII y no en las obras de su época (si algún reproche puede hacérsele a Léautaud es que a veces le interesó más la vida literaria que la literatura), una coquetería que fascinó a quienes lo munieron de dinero, afecto y admiración antes de su muerte.
A la distancia, me resultan evidentes las causas políticas del culto tardío a Léautaud. Era uno de esos anarquistas de derechas tan del gusto de la Tercera República, pero no un colaboracionista (fue, dice Alan Pauls, “una suerte de réplica zumbona, indolente e inofensiva”6 de Céline), el antídoto precisado por un público conservador, más literario que filosofante, harto de las querellas existencialistas y de su desenlace fatalmente político. Murió representando a la literatura pura, la cual se remitía a los nombres de Alfred Vallette (director de la casa y protector de Léautaud) y su esposa la novelista Rachilde, Remy de Gourmont, Apollinaire, el primer Valéry… el Mercure de France, la revista más vieja de Francia, cuya importancia fue cediendo a la Nouvelle Revue Française, que tendría, empero, a Léautaud entre sus más ariscos colaboradores. Uno de los episodios más peligrosos en la breve vida de Jacques Rivière, director de la nrf, fue cuando osó sugerirle a Léautaud que morigerase sus ataques contra Jules Romains, uno de los autores de la casa.7
Ardua es la tarea de reseñar el Journal littéraire y no faltó quien desistió teniéndolo todo preparado, como el poeta chileno Armando Uribe.8 Yo me contentaré con reseñar una fascinante rama menor y subsidiaria del diario léautaudiano, el Journal particulier, páginas desprendidas del “diario general”, apartadas del conjunto como homenaje a sus dos amantes, libros dispuestos voluntariamente para su publicación póstuma. Y como no tengo Le Fléau. Journal particulier 1917-1930 (1989), el dedicado a la Cayssac, me dedicaré a la reseña de los consagrados a la Dormoy, escritora con carrera propia y una orgullosa conductora de su propio vehículo, en años en que ese gesto de pericia e independencia era infrecuente en París. Se conservan dos Journals particuliers, los dedicados a 1933 y a 1935, perdido como está el de 1934.9
En el origen de todo está el diario. Dormoy entra en contacto con Léautaud como empleada de la recién fundada biblioteca literaria del coleccionista y modisto Jacques Doucet (1853-1929), la cual, asociada a la Universidad de París, deseaba comprar los originales del Journal littéraire. No pasa demasiado tiempo antes de que Dormoy, antigua amante del crítico André Suarès y de otras notabilidades parisinas, se convierta en el gran amor de Léautaud y en la publicista leal de su obra. Según las memorias inéditas de Dormoy, que supongo está preparando madame Silve, la editora de Journals particuliers, para su publicación, fue Léautaud quien virtualmente la atacó y Marie se sacrificó ante el asco que le producía un hombre desdentado y sucio, que lavaba él mismo (y muy mal) su ropa interior y que había llegado a ser propietario y protector de trescientos gatos y decenas de perros. Sus bestias predilectas dormían en su cama y Marie no compartió el lecho del diarista en Fontenay-aux-Roses, a las afueras de París, hasta que ella no se compró una suerte de sleeping bag que la protegía de la inmundicia.
El de 1933, al menos, no es un diario amoroso ni erótico. Es obsceno sin ser pornográfico. Léautaud no se permite ninguna expresión que lo emparente con Sade. Su francés vernáculo, en cuanto a la descripción genital, es muy pobre. Se conforma con los puntos suspensivos y las abreviaturas. Al principio y durante un buen lapso de la relación, Léautaud compara negativamente a Dormoy con la Cayssac, con la que seguía en relación aunque de manera decreciente. El gusto actual encontrará intolerable la misoginia con la que se refiere a su amante. Le asquea el desinfectante anticonceptivo que ella usa (inútilmente pues más tarde se sabrá imposibilitada para engendrar), la considera peligrosamente enfermiza para un hombre débil de sesenta años como él aunque aprecia sus besos y caricias, su conversación encantadora, su lealtad a toda prueba como dactilógrafa y luego editora (ella misma pasó en limpio no solo el diario general sino el particular y es probable que ciertas lagunas, como sospecha Silve, se deban a la censura de Marie). A sus cuarenta y seis años, Dormoy no renuncia a su mundo ni al resto de sus amantes, educando a Léautaud, quien, amante de Molière más que del remoto Shakespeare, no en pocas ocasiones actúa de Otelo. Para un hombre del siglo XIX como Léautaud, la aparente docilidad de Dormoy acaba siendo civilizatoria y en 1935 tendremos a dos amantes en plenitud, enamorados, taller de penetración anal incluido, orgasmos compartidos ruidosamente festejados. Léautaud dramatiza si ella lo ama o no lo ama, pero, como Stendhal, le da escasa importancia a sus fiascos, a la inevitable y progresiva pérdida de vigor sexual.
Pasado ese año perdido, el Journal particulier de 1935 es más feliz. Es decir, monótono. Ya conocemos a los personajes, sus gustos y sus cochinadas, su creciente afición a la posición 69 (que al principio Léautaud rehusaba por razones morales) pero, sobre todo, porque es la crónica, minuciosa hasta desquiciar por aburrimiento al lector, de una relación de pareja como cualquier otra. Amenazados por la reaparición frecuente de Cayssac, ello le permite a Léautaud exponer teorías inaceptables de por qué los hombres pueden padecer celos retrospectivos y las mujeres no, angustiarse mucho cuando ella llora (y lo hace con frecuencia), burlarse de Willy, el marido de Colette, por requerir de alguna obra libertina bajo la almohada para excitarse o pasearse en automóvil hablando de Chamfort (quien busque literatura debe ir al Journal littéraire, porque aquí la hallará en dosis muy escasas).
Enamorarse era la consecuencia previsible de una vida donde la escritura tenía como centro el amor perdido de una madre. Léautaud sexualiza en ese sentido su relación con la Dormoy y en ello es más atrevido, por cierta inconsciencia, que Georges Bataille, celebrado inmoralista y teólogo pornográfico. El juego, común en la pareja, de orinarse el uno en el otro, más que sexual parece remitir a fantasías no realizadas con Jeanne Forestier, madre del escritor, o a la repetición de juegos inocentes tenidos por Paul con sus nodrizas.
Que Léautaud ame, al fin, tiene algo de teatral. Señala también Pauls que, creado en el melodrama barato del fin de siglo, el diarista llegó a la literatura porque sus padres lo echaron del escenario. Su ganapán fue ser crítico de teatro y siempre parece estar gritando desde una butaca o dando instrucciones tras bambalinas. Lo suyo es la mueca y la voz, concluye el prologuista argentino, y no es casualidad que la fama se la haya traído la radio. Y que Léautaud ame es también ridículo y problemático porque se trata de un misántropo y los misántropos no están hechos para el amor a riesgo de resultar patéticos. O, para decirlo con palabras de André Malraux, este misántropo fue un “idiota moral”. Defensor de los animales que habría firmado la declaración de sus derechos universales en 1978 y hoy sería vegano o al menos afecto a las teorías de Peter Singer sobre la urgencia ética de borrar la frontera entre la humanidad y la animalidad, Léautaud detestaba ortodoxamente a su prójimo semejante.
Quien hizo de su jardín en Fontenay-aux-Roses una necrópolis donde enterró con sus propias manos a sus amadas mascotas y murió privado de casi todas ellas para no condenarlas a la orfandad, quien le dedicó a su gato Milton una de sus obras, fue el típico antisemita francés en cuyo Journal littéraire, en 1947, se dijo “completamente indiferente a esas historias de deportados, de campos alemanes, de vagones de gas, de judíos en sus barcos-jaulas”,10 todo lo cual le parecía una nueva versión del éxodo veterotestamentario. Como Voltaire, Léautaud detestaba a los judíos por haber procreado a los cristianos.
Pero Paul y Marie se amaron y el escabroso Journal particulier termina con una estampa delicada que yo, sin cansarme nunca de leer a Léautaud, me creo obligado a traducir:
Martes 31 de diciembre. Regresando a las siete de la noche, la reja apenas se encuentra cerrada y el barrote exterior no está puesto. Adivino que ella ha venido durante el día. En efecto, en mi despacho, un recado: “Feliz año, feliz año, feliz año. Adoro venir cuando no hay nadie.” Y a un lado, algunas cositas para mi cena.11 ~

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1 Stendhal, Vida de Henry Brulard. Recuerdos de egotismo, prólogo y traducción de Consuelo Berges, Madrid, Alianza Editorial, 1975, p. 43.

2 Roberto Calasso, Los cuarenta y nueve escalones, traducción de Joaquín Jordá, Barcelona, Anagrama, 1994, p. 253.

3 Ibídem.

4 Ibídem.

5 Paul Léautaud, Le théâtre de Maurice Boissard (1907-1923), París, Gallimard, 1926.

6 Alan Pauls, prólogo a Léautaud, In memoriam y Amores, traducción de Esteban Riambau Saurí, Santiago de Chile, Ediciones Universidad Diego Portales, 2012, p. 15.

7 Martine Sagaert, Paul Léautaud. Biographie, prólogo de Philippe Delerm, París, Le Castor Astral, 2006, p. 78.

8 Armando Uribe, Pound y Léautaud. Ensayos y versiones, Santiago de Chile, Ediciones Universidad Diego Portales, 2009. Yo mismo reseñé ese libro en Letras Libres de abril de 2014: http://letraslib.re/1Jgc9El

9 Léautaud, Journal particulier 1933, edición de Édith Silve, París, Mercure de France, 1986; Journal particulier 1935, edición de É. Silve, París, Mercure de France, 2012. [Existe una versión en español del primero: Diario personal, Barcelona, Seix Barral, 2000.]

10 Léautaud, Journal littéraire, selección de Pascal Pia y Maurice Guyot con prefacio de Pierre Perret, París, Mercure de France, 1998, p. v.

11 Léautaud, Journal particulier 1935, op. cit., p. 289.

Cuentos del Sol, buen regalo de Navidad para los más pequeños

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Hace unos días se presentó, en la Salón de Grados de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, la bella edición (parte de ella en español e inglés y otra parte en español y francés) de unos cuentos para niños de los escritores canarios Sandra Franco Álvarez y Daniel Martín Castellano. El libro se titula WI, palabra con la cual los indios Sioux nombran el Sol, que es el protagonista de estos simpáticos e ilustrativos relatos. El libro, con graciosos dibujos en colores de la ilustradora María Arencibia Pérez, ha sido premiado por la Fundación Mapfre Guanarteme y editado por el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Las Palmas en la Colección Cuentos Solidarios. Las traducciones al inglés y francés se deben, respectivamente, a las profesoras Margarita Esther Sánchez Cuervo y Patricia Pérez López. Los beneficios que produzca la venta de este libro serán donados, por decisión de los autores, a Cáritas Diocesana de Canarias.

Alberti distraído

Un día como hoy, hace 114 años, nació el poeta Rafael Alberti en el Puerto de Santa María, España.

 Manuel Díaz Martínez

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 Alberti y yo en Cádiz. 1990.

Fue Fernando Quiñones quien me llevó, una noche de 1987, al piso madrileño de Alberti y me presentó al poeta. Cuando llegamos, Alberti pintaba sentado ante una mesa cubierta de pliegos, tarros de plaka, plumones y pinceles. El viejo no dejó de pintar durante el tiempo que duró la visita: atendía a la conversación mientras elegía colores, mojaba pinceles y hacía trazos lentos y muy calculados sobre una cartulina. A un reclamo suyo, alguien de la casa trajo vasos y una botella de vino. Fernando animaba la tertulia con sus ocurrencias y, en un momento de distracción, Alberti estuvo a punto de beberse –el primer sorbo se lo echó a la boca– el agua negra de enjuagar los pinceles, habiendo confundido el vaso en que ésta estaba con el del vino que acababan de servirle.

Mi relación con Alberti fue superficial y esporádica. En febrero de 1990 coincidimos en Turín, en un congreso internacional de homenaje a Antonio Machado. Allí, acompañado siempre por el poeta granadino Luis García Montero, tuvo la gentileza de decirme que le había gustado mi ponencia. Meses después, a finales de aquel año, volvimos a estar juntos en otro congreso, éste celebrado en Cádiz y dedicado a la Generación del 27. A este congreso, además de Alberti, asistieron otras tres reliquias del 27: Rosa Chacel, Francisco Ayala y Pepín Bello. Me parece estar viendo a Alberti, con ancha camisa floreada y gorra de capitán de yate, sentado a una mesa del comedor del gaditano hotel Atlántico con el mitológico y simpático Pepín Bello, el más cercano cómplice de Lorca y Dalí en la Residencia de Estudiantes. También lo recuerdo, una noche, avanzando por un pasillo del hotel, enfundado en espléndido terno azul y luciendo una airosa corbata carmesí. “Don Rafael, qué elegante se ha puesto”, le dije, y me respondió muy serio, haciendo un mohín de resignación: “Me han obligado a vestirme así para ir al teatro”.

Alberti llegó a La Habana en febrero de 1991 para recibir, de manos de Fidel Castro, la Orden José Martí. No obstante las declaraciones favorables a la perestroika que en 1990 hice en Italia a las agencias noticiosas Reuter y France Press y por las cuales, en mi ausencia, mi mujer recibió en nuestra casa de La Habana la visita de un quejoso funcionario del comité central del partido, fui invitado por la UNEAC a recibir a Rafael Alberti en el aeropuerto.

El gobierno cubano lo alojó en una casa de protocolo, un coqueto chalet ajardinado en el que había lo que faltaba en la calle, empezando por neveras bien surtidas. Lo llevaron allí –en coche con chofer-policía– para que lo pasara bien en Cuba, aislado de la tenebrosa realidad del país, de la que, al parecer, no se enteró nunca.

El cóctel oficial por la entrega de la Orden se celebró en un salón de protocolo en el faraónico edificio (construido por Batista para los tribunales) que ocupa el comité central del partido. Para ese cóctel recibí una invitación –letras doradas impresas a relieve en cartulina apergaminada– de Fidel Castro.

Si memorable es la pantagruélica epopeya de las comidas y bebidas de Cuba que, en mesa sueca, el Comandante ofreció a sus invitados mientras en la oscura noche de la isla el hambre, como una loca, tocaba a todas las puertas, más memorable aún me parece el entusiasmo épico-fúnebre en que súbitamente ardió el poeta Roberto Fernández Retamar. Momentos antes de pasar al salón comedor, cuando, moviendo grácilmente sus finas manos el Máximo Líder se derramaba en eutrapelias ante Alberti y su mujer, se oyó de pronto la engolada voz de Retamar: “Mira, Fidel, aquí hay dos escritores jóvenes muy valiosos que acaban de ganar premios importantes en el extranjero y que al igual que nosotros están dispuestos a morir en una trinchera por la revolución”. Castro, que miró atónito a Retamar sin dar señal alguna de estar interesado en conocer a esos escritores jóvenes a que se refería el poeta, se volvió hacia los allí reunidos y, alzando los brazos por encima de la cabeza, exclamó con remarcado tono sarcástico: “¡Pero oigan a Retamar, ahora resulta que Retamar está apocalíptico!” “Es verdad, Fidel, ellos están dispuestos a morir como nosotros”, insistió, anafórico, el poeta. Y Fidel, sin bajar los brazos y paseando su mirada burlona sobre todos, volvió a exclamar: “¡Pero quién le ha dicho a Retamar que nos queremos morir! ¡Está apocalíptico!” La novelista Mary Cruz, que estaba a mi lado, me susurró, incrédula: “Díaz Martínez, ¿usted está viendo y oyendo lo mismo que yo?”

Meses después, en México, don Rafael afirmó en una entrevista que él detestaba la muerte y que le gustaría que la gente se muriese hablando. Al leer estas palabras, pensé, hundido en la desolación: en Cuba, sólo una persona morirá como le gusta a Alberti y las demás moriremos oyendo.

En lo que a la Cuba actual se refiere, Alberti murió sordo y ciego, aunque no mudo. No quiso renunciar a la ilusión de que en la bulliciosa patria de su amigo y correligionario Nicolás Guillén se estaban haciendo realidad sus sueños de eterno militante comunista. Dominado por esa fantasía, don Rafael sí que se bebió, creyendo que era vino, el agua negra de los pinceles.

(2007)

Presentación de “Cantos y Cuentos” en Gran Canaria

cantos-y-cuentos-portadaCANTOS Y CUENTOS, mi último libro, será presentado el martes 27 del presente mes, a las 20:00h, en la librería Canaima (C/ Senador Castillo Olivares, 7, Las Palmas de Gran Canaria). La presentación estará a cargo de la escritora y periodista Belkys Rodríguez Blanco. En CANTOS Y CUENTOS, publicado en la Serie Biblioteca Cubana, de la Editorial Verbum, reúno poemas y relatos escritos a lo largo de varios años, algunos inéditos y otros aparecidos en revistas y antologías colectivas.

El último amor de Paul Valéry

valery-fotoPoeta de gélida perfección, Paul Valéry (1871-1945) cayó fulminado, al final de sus días, por una suerte de amor fou terrible y total. Su musa, 30 años menor, acabó abandonándole. Dos meses después, Valéry moría dejando un conjunto de 150 poemas inéditos, Corona & Coronilla, rescatados en Francia el año pasado y que lanza ahora Hiperión en versión del propio editor, Jesús Munárriz. El Cultural rescata su historia y anticipa los versos más encendidos.

Blanca Berasátegui

(EL CULTURAL, EL MUNDO, España, 17/11/2016) Amor hasta la víspera de la muerte. El poeta Paul Valéry vivió los últimos siete años de su vida una intensa y secreta historia de amor, que le colmó de ternura, de poesía y desgarro, por este orden. Su amada, Jeanne Loviton, novelista, independiente, culta y de ajetreada vida sentimental, le hizo tensar al poeta su vena más lírica y escribir al final de su vida centenares de poemas de amor, desconocidos e inéditos desde entonces. Muchos de ellos, hasta 150, han sido recogidos en el libro Corona & Coronilla (en español en el original), que publicará Hiperión en edición bilingöe dentro de unos días.

Él tenía 67 años y ella 35. Fue en París y en 1938 cuando se conocieron. Paul Valéry era ya por supuesto el gran poeta y el influyente pensador que fue, y Jeanne Loviton (“Jean Voilier” firmaba sus novelas) era una abogada divorciada, dueña de editoriales jurídicas y de un largo y documentado recorrido amoroso entre conocidos escritores de la época. De repente, todo cambia. Un Valéry distinto, otro hombre, bien lejano del agudo poeta cerebral, amante de disquisiciones filosóficas y científicas, se nos revela en Corona & Coronilla. Aquí está el Valéry enamorado y sensual, hipersensible, el hombre inseguro y temeroso de perder lo alcanzado: “ oh triunfo de mi ocaso, que doras mi crepúsculo con mirada de amor”. Cuando Jeanne lo abandonó, siete años más tarde, para casarse con el editor Robert Denoël, acusado por cierto de colaboracionista y más tarde asesinado, el poeta sólo sobrevivió dos meses a su tristeza.

¿Por qué estos poemas de amor de Valéry han quedado hasta ahora descolgados de su bibliografía? Poco comprensible, porque los especialistas de Valéry conocían su existencia y, sobre todo, porque el poeta, con su lucidez intelectual intacta, los corrigió y dejó escrito que “hay buenas cosas en este montón, este pobre montón de horas devotas y cantarinas… Sí que valió la pena. Forma un conjunto como no hay otro, creo, en nuestra poesía”.

El editor y traductor de la obra, Jesús Munárriz, achaca el secretismo que rodeó la existencia de estos poemas a que “su musa fuera una persona conocida y muy controvertida, una mujer envuelta en escándalos -Celine incluso le acusó de ser cómplice del asesinato de su marido- y que además viviera mucho tiempo”. Lovitón murió en efecto en 1996, con 93 años.

Los originales de los poemas, muchos más de los que se publican ahora, (algunos han sido censurados por “excesivamente explícitos”, según el editor francés, que no tuvo fácil el permiso de su publicación) fueron subastados y vendidos a las universidades de Austin (Texas) y Keio ( Japón). Quedan, al parecer, miles de cartas que algún día verán la luz.

La publicación de Corona & Coronilla es pues un acontecimiento y dibuja de otro modo el retrato de un hombre siempre atento a su proceso mental y creador. Ni rastro de estos poemas en sus Cuadernos, ese gran diario intelectual -28.000 páginas- que el poeta fue escribiendo dia a dia, “entre la lámpara y el sol”, durante 51 años. Ahora sabemos que había más. Estaban ocultos sus poemas de amor, “tesoros ciertos que funden los cuerpos”.

[QUERIDO VENENO MíO]

¡Querido veneno mío,
todo, todo en ti, la carne,
la profunda cabellera,
la Venus de tu garbeo
y la Psique de tu espíritu,
y el corazón que me entiende,
que parece responderme,
todo en ti, todo me quema,
me enloquece por unirme
a ese caudal de emoción!

[LO SIENTO, AMOR, PERO NO…]

Lo siento, amor, pero no, no son flores,
rosas no son, ni crespos crisantemos,
son versos que imaginan que me amas,
versos sin más, tontos como las lágrimas.

Lo siento, amor, no son flores, tampoco
claros diamantes ni piedras de color
para entibiarse con tu dulce calor;
son versos que a tu paso voy sembrando.

Los voy robando a esa punzante pena,
pena por ti que siempre hacia la noche,
no importa dónde esté, festivo el rostro,

se hinca en mi ser y lo hace estremecerse…
Ah si pudieran, tan pronto como se hacen,
huir de mi cabeza hacia tu corazón…

A LA PROFUNDA ROSA

Umbría y honda rosa, fragante gruta en sombra,
oh Rosa de placer, cuyo placer es llanto,
rosa húmeda a la espera de una caricia errante
por sus bordes de cáliz donde la carne es flor,

con tu agua deliciosa, oh blanda Rosa, embriaga,
hasta el divino exceso de la dicha animal,
a un corazón que huyendo de la horrible aventura
de vivir, el veneno de su extraño mal bebe…

Deja que en ti se fundan los labios favoritos
cuya labor tan tierna y sinuosa aviva
en ti cada vez más, siempre más dulcedumbre;

mientras que la belleza que te lleva palpita
y palpitante inspira una ternura hermana
que su suspiro llama y que se precipita…

[ERA HERMOSA, CON UN CORAZóN LLENO…]

Era hermosa, con un corazón lleno de contrastes:
le gustaban los patos, el amor, los pederastas
que llevan el correo en bandeja de plata.
Seguía los cursos de los Maestros, pero soñando
en una lección bien distinta, en claridades menos austeras,
en tales enseñanzas de otras complementarias,
en tal saber, seguido en la sombra, de un suspiro.
Era tierna. Era dulce acurrucarse
voluptuosamente, como una gata, en Ella.
Ver cómo iba muriendo el día en su pupila
muy cerca, y esperar en silencio el amor.

[DE TUS FRUTOS, OH JEANNE, FRESA…]

De tus frutos, oh Jeanne, fresa, durazno, almendra,
conocemos el tierno y potente sabor:
son frutos que han crecido gracias a tu fervor,
que se aprietan, se muerden, se chupan, beben, besan.

El jugo de Ternura más el zumo de Amor,
mientras va canturreando el alma con el alma,
al exprimir tus frutos, uno brota, otro cae,
y tanto uno como otro en tu sedosa estancia.

IL DISPERATO

Lo que será, pronto ya no será;
mañana está muriendo en este mismo día:
detrás de mí, que perderé lo que amo,
huye en verdad el flujo del tiempo por venir.

Días que llegaréis, estáis ya concluidos,
gentes que naceréis, hijos que el amor siembra
en el futuro con colores de poema,
muertos estáis, pues viviréis superfluos.

La vida es rica en falsa pedrería;
si acaece que la hora te sonríe
detén a la esperanza, una vieja fulana:

bajo su maquillaje mira la eterna mueca,
retén tu boca, o teme que al llegar la mañana
descubras que has besado a una inmunda babosa.