La hija madrileña a la que Pablo Neruda abandonó y llamaba “vampiresa de 3 kilos”

Por Paco Rego

Malva Marina no podía hablar ni caminar a causa de la hidrocefalia

(EL MUNDO, Madrid, 20/2/2018) Malva nació con hidrocefalia en un hospital de Madrid y al estallar la Guerra Civil la familia huyó a Montecarlo, donde el gran poeta se desentendió de su hija, “un ser perfectamente ridículo”, decía él, y de su mujer. La niña murió a los ocho años.
Un libro rescata ahora la tragedia. «Mi nacimiento fue como un accidente de tráfico. Me detuve en seco, me quedé atrancada, retenida en un lugar a media vida entre el interior y el exterior del útero, en un túnel negrísimo. Tuvieron que tirar de mí con mucha fuerza para extraerme hacia la luz del día. No es de extrañar considerando el tamaño que tenía mi cabeza ya entonces, aunque su verdadero e imparable crecimiento aún no había empezado. Así y todo lograron sacarme y fui a parar a una fría habitación de hospital que excluía eficazmente el tórrido calor de Madrid…».
Así comienza la narración de Malva (Ed. Rey Naranjo), la primera novela de la poeta neerlandesa Hagar Peeters. Han pasado 84 años y Peeters sacude el manto de misterio que durante ocho décadas cubrió la vida de esta niña con hidrocefalia, Malva Marina, ocultada y repudiada por su propio padre, uno de los más grandes poetas de la historia. Malvita, como la trataban en familia, vino al mundo en Madrid en 1934 y murió a los ocho años en Gouda, la ciudad holandesa que da nombre al famoso queso. Fue hija de Pablo Neruda, «única y legítima -señala la socióloga y profesora de Español Leonor Ruiz Martínez, autora del blog Microcríticas Literarias-, fruto de su matrimonio con Maria Hagenaar Vogelzang -Maruca-, con la que se había casado en Java» cuatro años antes.
Estamos a 18 de agosto de 1934, dos años antes de que estalle la Guerra Civil española. Malva acaba de nacer en un hospital madrileño. Y en principio nada hace suponer que aquella criatura de gran cabeza, a la que han bautizado como Malva Marina Trinidad Reyes Basoalto, más que unir a sus padres, supondrá el comienzo de una tragedia.
Malva, flor de agua que crece cerca del mar, nació con una cabeza desproporcionada, fruto de una hidrocefalia que anunciaba una muerte prematura, irremediable. «Una criatura (¿lo era?) a la que no se podía mirar sin dolor», la describió el poeta Vicente Aleixandre tras una de sus visitas a la pequeña, en el céntrico barrio de Argüelles, donde Rafael Alberti les había encontrado hogar en la quinta planta de la Casa de las Flores, así conocida por la cantidad de jardineras abarrotadas de geranios que decoraban (y que hoy todavía lucen) sus grandes y luminosos balcones.
Pero en Neruda, seudónimo bajo el que se ocultaba el chileno Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, el nacimiento de una hija enferma estaba fuera de todos sus cálculos. Primero la ocultó -«es un ser perfectamente ridículo», llegó a decir, «una especie de punto y coma»- y después borró a la «vampiresa de tres kilos» de su vida, abandonándola para siempre. Cuesta entender que del autor de Cien sonetos de amor nacieran tales palabras. Él, además, que era hijo de un obrero ferroviario y de una maestra de escuela, cuya infancia y juventud tampoco habían sido fáciles. Como no lo fue su matrimonio con la bella Maruca o también la Javanesa, en alusión a su origen, la isla de Java, siguiendo la costumbre del poeta de rebautizar a sus conquistas. Él, de su puño y letra, la retrataría así en Confieso que he vivido: «Era una mujer alta [superaba el 1,80] y suave, extraña totalmente al mundo de las artes y las letras». Y también a los ambientes de fiestas y bohemia que tanto gustaban al que iba a ser su esposo (se casaron en Java el 6 de diciembre de 1930), entonces cónsul de Chile en la isla.
No sólo fue la primera esposa del laureado escritor, sino que además era la madre de Malva Marina, su única y malograda descendiente. Tras conocerse en un partido de tenis celebrado en uno de los clubes más refinados de Java, Neruda y Maruca se casaron. Sería una luna de miel corta y con final traumático. Chile lo reclama y, de vuelta a Santiago, la capital donde Neruda se corrió sus grandes farras, el cambio de vida resulta un infierno para la flamante esposa. El poeta no tarda en reencontrarse con sus amigos juerguistas del pasado y vuelve a la dolce vita, en compañía de escritores, pintores, músicos y mujeres, su pasión y perdición.
Maria Hagenaar, embarazada, sin amigos y con un marido al que sólo ve al amanecer, se rebela. Ya no soporta más ausencias e infidelidades y quiere volver a Europa. Neruda, para aplacarla, echa mano de influyentes amigos del Gobierno y consigue que lo envíen a Madrid. La República manda. Y la ciudad es un hervidero de escritores, artistas, filósofos, músicos, científicos, arquitectos, escultores… la vanguardia de las letras y la ciencia en aquel Madrid da nuevos ánimos a la pareja. Tras unos meses como agregado en el departamento cultural de la embajada de Chile, es ascendido a cónsul general. El glamour vuelve a sus vidas .
La bienvenida de Lorca
En la quinta planta de la Casa de las Flores, entonces símbolo del vanguardismo urbanista, la tranquilidad parece reinar. Malva, dicen los médicos, sigue creciendo a buen ritmo en el vientre primerizo de Maruca. Faltan tres meses para su llegada al mundo. Y Neruda, el futuro padre, dedica más horas a organizar tertulias en su casa que al consulado.
Hasta que nace Malva y ya únicamente los íntimos -Federico García Lorca, Rafael Alberti, quien le había conseguido el piso de alquiler en Argüelles, Vicente Aleixandre…- era n bien recibidos. Lorca, desde Granada, le dio la bienven ida a Malva como mejor sabía: Delfín de amor sobre las viejas olas,/ Cuando el vals de tu América destila/ Veneno y sangre de mortal paloma/ Niñita de Madrid, Malva Marina,/ No quiero darte flor ni caracola;/ Ramo de sal y a mor, celeste lumbre,/ Pongo pensando en ti sobre tu boca.
Al parecer, al comienzo Neruda no era muy consciente del alcance de la enfer medad de su hija, a la que consideró «una maravilla» al poco de nacer. De esa ceguera propia de padre debutante dan fe las palabras de un Vicente Aleixandre sorprendido, tal vez asustado, quien tras visitar a la r ecién nacida trazó con palabras la radiografía de aquel c uerpecito «con cabeza feroz, crecida sin piedad…». Dice así: «Salí a la terraza corrida y estrecha, como un ca mino hacia su final. En él, Pablo, allá, se inclinaba sobre lo que parecía una cuna. Yo le veía lejos mientras oía su voz: “Malva Marina, ¿me oyes? ¡Ven, Vicente, ven! Mira qué maravilla. Mi niña. Lo más bonito del mundo”. Brotab an las palabras mientras yo me iba acercando. Él me ll amaba con la mano y miraba con felicidad hacia el f ondo de aquella cuna. Todo él ciega dulzura de su vo z gruesa. Llegué. Él se irguió radiante, mientras me esp iaba. ¡Mira, mira! Yo me acerqué del todo y entonces el hondón de los encajes ofreció lo que contenía. Una enorme cabeza, una implacable cabeza que hubiese devorado las facciones y fuese sólo eso: cabeza feroz, crecida sin piedad, sin interrupción, hasta perder su destino…».
Muy pronto, cuando comenzó a tomarle el pulso al mal de la niña, la desilusión de Neruda fue en aumento. Se fue alejando más y más de su hija, y también de su esposa. Es probable que para entonces mantuviera alguna relación con la argentina Delia del Carril, La Hormiguita, por la que después abandonaría a su mujer y a su hija.
A un mes del nacimiento de su hija le confiesa por carta a su amiga Sara Tornú, esposa del poeta argentino Pablo Rojas Paz, con la que Neruda habría mantenido algún flirteo: «Oh Rubia queridísima… La chica [Malva] se moría, no lloraba, no dormía; había que darle con sonda, con cucharita, con inyecciones, y pasábamos las noches enteras, el día entero, la semana, sin dormir (…) Aquella cosa pequeñilla sufría horriblemente, de una hemorragia que le había salido en el cerebro al nacer. Pero alégrate, Rubia Sara, porque toda va bien; la chica comenzó a mamar y los médicos me frecuentan menos…».
Tras una etapa plagada de desencuentros, infidelidades de él y de rechazo hacia su hija, en 1936 el poeta abandona definitivamente a su mujer y a su niña para irse a vivir con la Hormiguita. Las deja casi sin dinero en Montecarlo, ciudad a la que llegan huyendo de la Guerra Civil. Maruca cruza toda Francia con su niña enferma hasta llegar a Holanda, donde se instala en la ciudad de Gouda. Madre e hija pasan hambre y penurias. Maruca vive en pensiones y trabaja en lo que encuentra mientras a su niña la deja al cuidado de una familia cristiana. Suplica a Neruda que le mande dinero para poder darle de comer a su hija: «Mi último centavo lo gastaré en enviar esta carta».
La hija olvidada por el nobel de Literatura murió el 2 de marzo de 1943 en Gouda, donde está enterrada, lejos del mar donde crece la flor de la Malva Marina. Tenía ocho años. [Su madre, a través del Consulado de Chile en La Haya avisa a Neruda de la muerte de la pequeña y le pide reunirse con él. El silencio fue su respuesta].

[«Malva» (editada por Rey Naranjo), primera novela de la escritora holandesa Hagar Peeters, está ya a la venta.]

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Harar, el infierno de Rimbaud

Rimbaud foto

Rimbaud en Harar, 1880.

Harar representó el punto de escisión entre las dos grandes etapas de la vida de Rimbaud: sus años como poeta y sus años como comerciante.

Por Diego Olavarría

(LETRAS LIBRES, México, 10/11/2014) A finales de 1880, en tiempos del asedio militar egipcio, apareció a las afueras de Harar el comerciante francés Alfred Barday. Este hombre, famoso en los alrededores del Mar Rojo por sus numerosos negocios y casas comerciales, llegaba al bastión islámico más importante del cuerno de África para expandir sus intereses en la región. Para acompañarlo en el inicio de esta aventura, se había hecho de un empleado a quien conoció unos meses antes, en Adén, Yemen: un joven taciturno paisano suyo, de cabellera rubia y polvorienta, ojos helados, y semblante serio e inexpresivo.

A pesar de considerarlo misterioso, a Barday le había resultado notable la habilidad de este personaje con los idiomas –hablaba con fluidez griego y árabe—así como su erudición: con solo 27 años, este joven sucio y malencarado versaba con soltura sobre temas de geografía, historia e ingeniería (eso cuando decidía abrir la boca, pues era más bien lacónico). Es probable que Barday viera en él cierta cualidad de alma errante e intrépida, características indispensables para un comerciante que aspira a sobrellevar la vida en una ciudad alejada y culturalmente inhóspita. El nombre de este empleado era Arthur Rimbaud, y era, tal vez, el poeta más importante de su siglo. Pero Barday no lo sabía ni tenía manera de imaginarlo: Harar era un lugar donde la poesía no importaba. El mundo ahí se medía ahí en unidades menos abstractas: cabezas de camello, kilos de khat, costales de café y táleros de plata.

Hasta el XIX, Harar fue un universo autocontenido, rodeado de murallas impenetrables. Conocida por sus habitantes como la Gei*, tenía su propio idioma, su propio sistema político, su propia arquitectura, así como un poderoso ejército que puso un par de veces de rodillas a los etíopes cristianos y a los portugueses. El primer occidental en entrar a Harar fue el viajero inglés Richard Francis Burton, quien en 1854 arriesgó la vida con tal de conseguir una audiencia con el Emir de la ciudad. Hoy Harar es un sitio medianamente turístico. La principal avenida que lo atraviesa se llama Charleville, en honor al pueblo donde nació Rimbaud. Pero en 1880 era un lugar tan distante y desconocido que solo figuraba en los imaginarios de algunos exploradores, comerciantes y diplomáticos. Paul Verlaine, por ejemplo, pensó durante años que Rimbaud había huido a Herat, en Afganistán. En otras palabras: Harar era tan exótica que un poeta no podía siquiera encontrarla en un mapa.

Harar representó el punto de escisión entre las dos grandes etapas de la vida de Rimbaud: sus años como poeta y sus años como comerciante. Aunque viajó por Escandinavia, Indonesia y Chipre, fue en Harar donde el poeta se convirtió en algo radicalmente diferente.

Para entender al Rimbaud de Harar, es necesario tener en claro que a él jamás le importó la consagración literaria. Su misión era hacer de su vida una obra de arte; para lograrlo Rimbaud destruyó el yo poético y se reinventó de la forma más radical posible: como negociante. Como lo señaló Charles Nicoll en Rimbaud en África (Anagrama, 1991) el Je est un autre de Las Cartas del vidente se convirtió en profecía de la transformación venidera. Harar fue el lugar perfecto no solo para desaparecer, sino también para reformularse más allá de lo reconocible. Rimbaud lo habrá visto así: si la poesía es un mundo etéreo y abstracto, el del comercio es uno banal y corriente donde todo tiene precio, donde todo es concreto. Convertirse en comerciante era ser un autre.

Rimbaud confiesa en varias ocasiones su deseo de escapar de las insulsas calles de Harar. En una carta de 1881 advierte a sus amigos que está a punto de irse, tal vez a Zanzíbar o a Panamá. Pero a pesar de sus quejas (el “aburrimiento embrutecedor”, la “estupidez y flojera” de los habitantes) lo cierto es que solo una vez, –cuando visitó El Cairo en 1887—se alejó más allá del puerto de Adén. Pasará temporadas en lo que hoy son Yibuti, Shoa y Somalia, pero de una u otra manera siempre regresa a Harar, su hogar, su fatal patria, el único sitio donde se siente libre. Hacia mediados de la década de 1880, en alguna de las largas noches que pasaba leyendo libros sobre minería y escribiendo cartas, Rimbaud vuelve a tener un presagio, una iluminación: “Es probable que jamás encuentre la paz de espíritu; que ni viviré ni moriré en paz. ¡Eso es la vida y no es para tomarlo a risa!”.

Con dolores insoportables en la pierna, Rimbaud deja Harar en abril de 1891 y hace el último viaje entre esta ciudad y el Golfo de Adén en una camilla llevada por cargadores. Tres meses y varios tortuosos navíos después, Rimbaud desembarca en Marsella. Ahí, será internado en un hospital de jesuitas y le amputarán la pierna. Pero la enfermedad –cáncer óseo— seguirá avanzando. No sin antes haber aprendido a caminar con una prótesis de madera, Rimbaud morirá el 10 de noviembre de 1891, a los 37 años, víctima del cáncer pero también de las caminatas, de las fiebres nunca curadas del todo y de las penurias. Víctima de los kilómetros, las caravanas, el sol del cuerno de África; del aburrimiento y las ambiciones nunca logradas. Hacia el final de su vida, empobrecido, frustrado y enfermo, Harar se habrá convertido para Rimbaud en símbolo de la existencia absurda, del largo viaje que no ofrece recompensa. O bueno, quizá una: la estúpida muerte. Al explorar los años africanos de su vida, queda claro que Rimbaud cambió la posibilidad del Parnaso por una temporada en el infierno. Y que ese infierno fue Harar.
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*La palabra Gei, que significa ciudad en idioma hararí, viene del griego Γῆ, Tierra.

La pelea literaria entre Benedetti y Vargas Llosa que sacó al baile a Neruda, Sábato y Carpentier

Vargas Llosa y Benedetti foto

Benedetti y Vargas Llosa en París, década de los 60.

Por Felipe Ojeda

(CULTO, 12/6/2019) Una entrevista al escritor peruano en 1984 comenzó una acalorada discusión epistolar con su par uruguayo. “Intelectuales condicionados”, fue el primer golpe del autor de “Los cachorros” en lo que serían tres rounds en donde ambos defienden su posición política.

El innegable talento demostrado por Mario Vargas Llosa y (el fallecido) Mario Benedetti en sus novelas, ensayos y artículos periodísticos, así como la extraordinaria difusión alcanzada por sus libros, han generado y generan todavía una razonable expectativa ante cada uno de sus comentarios y opiniones, aun cuando no se limiten al campo específico de la literatura.

Así lo evidencia una discusión entre ambos, desde una entrevista y cuatro misivas recogidas por medios como Panorama de Italia y El País de España, fechadas entre enero y junio de 1984.

Acá una selección de algunos de los mejores pasajes de una de las buenas peleas literarias que dio el boom latinoamericano.

Round 1: condicionados como el perro de Pavlov

El 9 de abril de 1984, el autor de La tregua publicó en El País la columna “Ni corruptos ni contentos” en donde increpa al escritor peruano: “Desde 1960 a la fecha, Vargas Llosa ha efectuado un viraje espectacular en sus predilecciones políticas”, comienza diciendo, “y si bien siempre se ha esforzado en demostrar que su desvelo especial es la libertad, lo cierto es que hace 15 años era entusiastamente apoyado por las izquierdas latinoamericanas, y hoy en cambio es halagado y arropado por las derechas”, remarca.

“Son señales a tener en cuenta”, advierte el escritor uruguayo: “Las izquierdas suelen equivocarse en sus fervores; las derechas, casi nunca”.

Benedetti replicó a Vargas Llosa a raíz de una entrevista publicada por la revista romana Panorama, el 2 de enero de 1984. “‘Corruptos y contentos’ titula Valerio Riva a toda página el artículo en cuestión, sintetizando así el diagnóstico de su ilustre interlocutor acerca de sus colegas latinoamericanos. Solo menciona tres excepciones (aclara que ‘hay que buscarlas con lupa’): Octavio Paz, Jorge Edwards y Ernesto Sábato, pero tengo mis dudas de que este último se sienta halagado por integrar la terna”, escribe el uruguayo.

“Entre los intelectuales europeos de izquierda ha tenido lugar un saludable replanteamiento, pero en América Latina la mayoría baila aún obedeciendo a reflejos condicionados, como el perro de Pavlov”, reclamaba Vargas Llosa desde la entrevista con Panorama.

Cuando el periodista le pregunta quiénes son esos “intelectuales condicionados”, el peruano responde: “Gabriel García Márquez, Mario Benedetti y Julio Cortázar”.

“Estos son los más ilustres”, puntualiza, “pero luego hay un número infinito de intelectuales medianos y menores, todos perfectamente manipulados, subordinados, corruptos. Corruptos por el reflejo condicionado del miedo de afrontar el mecanismo de satanización que posee la extrema izquierda”.

Luego sigue: “En los países del Tercer Mundo y sobre todo en América Latina, el intelectual es un elemento fundamental del subdesarrollo. No es alguien que lucha contra el subdesarrollo, ya que es un gran propagador de estereotipos y crea reflejos intelectuales condicionados. Al repetir todos los lugares comunes de la propaganda, termina por obstruir cualquier posibilidad de creación de nuevas fórmulas de liberación”.

Un clinch: “Difícil imaginar que Carpentier o Neruda resulten más culpables de nuestras miserias que la United Fruit o la Anaconda Copper Mining”

Benedetti, en su respuesta, señala: “Tengo la impresión de que la teoría de los reflejos condicionados ha ido condicionando a Vargas Llosa. Gracias a Pavlov sabemos ahora que el subdesarrollo no es una consecuencia del desarrollado y subdesarrollante imperialismo, ni de las intocables transnacionales, ni del extendido analfabetismo, sino del alfabetizado y maligno intelectual”.

“Toda una revelación, aunque nos sea difícil imaginar que Carpentier o Neruda resulten más culpables de nuestras miserias que la United Fruit o la Anaconda Copper Mining”, agrega.

Luego añade: “A un intelectual del alto rango artístico de Vargas Llosa debe exigírsele una mínima seriedad en los planteos políticos, particularmente cuando estos ponen en entredicho la probidad de sus colegas”.

Según Benedetti, “hablar de ‘corruptos y contentos’ en una región del mundo en la que hay tantos intelectuales perseguidos, prohibidos, exiliados; donde hay por lo menos 28 poetas (incluido su compatriota Javier Heraud) que perdieron la vida por causas políticas; un continente que ha conocido el holocausto de Rodolfo Walsh, Haroldo Conti, Paco Urondo; la desaparición de Julio Castro; el asesinato de Roque Dalton e Ibero Gutiérrez; la prisión de Carlos Quijano y Juan Carlos Onetti; la tortura de Mauricio Rosencof y la muerte heroica de Leonel Rugama; hablar de corruptos y contentos en ese marco de discriminación y de riesgo, de amenazas y de crimen es, por lo menos, una actitud insoportablemente frívola”.

“Confieso que, en el fondo, esta ráfaga de agravios, esta virulenta ofensiva que Vargas Llosa dedica a aquellos intelectuales que no comparten sus ideas, me decepciona bastante”, escribe Benedetti antes del cierre: “Hace tiempo que nos hemos resignado a que no esté con nosotros, en nuestra trinchera, sino con ellos, en la de enfrente, pero en cambio no podemos resignarnos a que, por diferencias ideológicas o amparado quizá en las dispensas de la fama, recurra al golpe bajo, al juego ilícito, para reforzar sus respetables argumentos. Afortunadamente, la obra de Vargas Llosa está netamente situada a la izquierda de su autor, y seguirá siendo leída con fruición por los zombis, los robots y los perros de Pavlov”.

Round dos: “El heroísmo no resulta siempre de la lucidez, muchas veces es hijo del fanatismo”

El 14 de junio de 1984, Mario Vargas Llosa recogió el guante y contraatacó con una nueva columna titulada “Entre tocayos”, publicada en El País.

Allí dice: “Hay una extraordinaria paradoja en que la misma persona que, en la poesía o la novela, ha mostrado audacia y libertad, aptitud para romper con la tradición, las convenciones y renovar raigalmente las formas, los mitos y el lenguaje, sea capaz de un desconcertante conformismo en el dominio ideológico, en el que, con prudencia, timidez, docilidad, no vacila en hacer suyos o respaldar con su prestigio los dogmas más dudosos e incluso las meras consignas de la propaganda”.

“Examinemos el caso de los dos grandes creadores que Benedetti menciona”, invita Vargas Llosa.

“Tengo a la poesía de Neruda por la más rica y liberadora que se ha escrito en castellano en este siglo, una poesía tan vasta como es la pintura de Picasso, un firmamento en el que hay misterio, maravilla, simplicidad y complejidad extremas, realismo y surrealismo, lírica y épica, intuición y razón y una sabiduría artesanal tan grande como capacidad de invención. ¿Cómo pudo ser la misma persona que revolucionó de este modo la poesía de la lengua el disciplinado militante que escribió poemas en loor de Stalin y a quien todos los crímenes del estalinismo —las purgas, los campos, los juicios fraguados, las matanzas, la esclerosis del marxismo— no produjeron la menor turbación ética, ninguno de los conflictos y dilemas en que sumieron a tantos artistas?”, escribe el peruano.

Según el hombre de La ciudad y los perros, “toda la dimensión política de la obra de Neruda se resiente del mismo esquematismo conformista de su militancia. No hubo en él duplicidad moral: su visión del mundo, como político y como escritor era maniquea y dogmática. Gracias a Neruda, incontables latinoamericanos descubrimos la poesía; gracias a él —su influencia fue gigantesca—, innumerables jóvenes llegaron a creer que la manera más digna de combatir las iniquidades del imperialismo y de la reacción era oponiéndoles la ortodoxia estalinista”.

“El caso de Alejo Carpentier no es el de Neruda. Sus elegantes ficciones encierran una concepción profundamente escéptica y pesimista de la historia, son bellas parábolas, de refinada erudición y artificiosa palabra, sobre la futilidad de las empresas humanas (…) Pero, ¿qué lección de moral política dio a sus lectores latinoamericano este gran escritor? La de un respetuoso funcionario de la revolución que, en su cargo diplomático de París, abdicó enteramente de la facultad, no digamos de criticar, sino de pensar políticamente. Pues todo cuanto dijo, hizo o escribió en este campo, desde 1959, no fue opinar —lo que significa arriesgarse, inventar, correr el albur del acierto o el error—, sino repetir beatamente los dictados del Gobierno al que servía”, argumenta Vargas Llosa.

Luego agrega que “en América Latina, un escritor no es solo un escritor. Debido a la naturaleza terrible de nuestros problemas, a una tradición muy arraigada, al hecho de que contamos con tribunas y modos de hacernos escuchar, es también alguien de quien se espera una contribución activa en la solución de los problemas”.

Vargas Llosa explica que tanto Neruda como Carpentier “no parecen haber cumplido aquella función cívica como cumplieron la artística”.
“Mi reproche, a ellos y a quienes, como lo hicieron ellos, creen que la responsabilidad de un intelectual de izquierda consiste en ponerse al servicio incondicional de un partido o un régimen de esta etiqueta, no es que fueran comunistas. Es que lo fueran de una manera indigna de un escritor: sin reelaborar por cuenta propia, cotejándolos con los hechos, las ideas, anatemas, estereotipos o consignas que promocionan; que lo fueran sin imaginación y sin espíritu crítico, abdicando del primer deber del intelectual: ser libre”, agrega.
“Muchos intelectuales latinoamericanos han renunciado a las ideas y a la originalidad riesgosa, y por eso entre nosotros el debate político suele ser tan pobre: invectiva y clisé. Que haya acaso entre los escritores latinoamericanos una mayoría en esta actitud parece confortar a Mario Benedetti y darle la sensación del triunfo”, reclama el peruano.

Según el autor de Conversación en La Catedral, “Benedetti cita a un buen número de poetas y escritores asesinados, encarcelados y torturados por las dictaduras latinoamericanas (es significativo de lo que trato de decir que olvide mencionar a un solo cubano, como si no hubieran pasado escritores por las cárceles de la isla y no hubiera decenas de intelectuales de ese país en el exilio. De otro lado, por descuido, coloca a Roque Dalton entre los mártires del imperialismo: en verdad, lo fue del sectarismo, ya que lo asesinaron sus propios camaradas)”.

“El heroísmo no resulta siempre de la lucidez, muchas veces es hijo del fanatismo”, añade.

Luego culmina diciendo que “el problema no está en la brutalidad de nuestras dictaduras, sobre lo que Benedetti y yo coincidimos, así como en la necesidad de acabar con ellas cuanto antes. El problema es: ¿con qué las reemplazamos?, ¿con Gobiernos democráticos, como yo quisiera?, ¿o con otras dictaduras, como la cubana, que él defiende?”.
Benedetti y Vargas Llosa en París, 1966.

Round tres: “el Gobierno revolucionario no ha matado a ningún escritor”

Cuatro días más tarde, Mario Benedetti volvió a responder a Vargas Llosa con nuevos argumentos.

“Creo que ya somos bastante maduros como para alimentar la ilusión de que los argumentos de uno vayan a conmover las convicciones del otro, y viceversa”, comienza esgrimiendo.

Luego añade: “Nuestra mayor e irremediable diferencia está en que Vargas Llosa entiende que cualquier escritor latinoamericano que hoy apoye revoluciones como la cubana o la nicaragüense no lo hace libremente y por convicción, sino por ‘un desconcertante conformismo en el dominio ideológico’”.

“Personalmente, tengo mejor opinión de mis colegas”, dice Benedetti, “y sin perjuicio de que pueda existir algún sectario u obsecuente, creo que la gran mayoría de escritores latinoamericanos que han apoyado y apoyan esas revoluciones lo hacen por propia decisión y no por corrupción, ni por cinismo, ni por oportunismo”, agrega.

Según Benedetti: “Eso es lo que me conforta, y no, como dice Vargas Llosa, el que los intelectuales hayan renunciado a las ideas y a la originalidad riesgosa. Justamente porque no han renunciado a sus ideas y a sus riesgos es que frecuentemente son víctimas de formas de represión (cárcel, torturas, destierro, negación de visados, amenazas, etc.) que él, afortunadamente, no ha sufrido”.

“Por otra parte, al retomar mi mención de Neruda, Vargas Llosa habla exclusivamente de sus ‘poemas en loor de Stalin’, y no de sus autocríticas a ese respecto, que constan en Memorial de isla Negra y también en sus memorias. Aunque con rumbos ideológicos contrarios, la evolución de Neruda acerca de Stalin siguió un proceso bastante similar al de Vargas Llosa con respecto a Cuba. Solo que él juzga su propio cambio como un signo de libertad, y, en cambio, el de Neruda ni siquiera lo menciona”, argumenta.

Luego sigue: “Vargas Llosa me reprocha que, al citar ‘a un buen número de poetas y escritores asesinados, encarcelados y torturados por las dictaduras latinoamericanas’, olvide mencionar a uno solo cubano y, en cambio, por descuido, coloque a Roque Dalton ‘entre los mártires del imperialismo: en verdad, lo fue del sectarismo, ya que lo asesinaron sus propios camaradas’. En realidad, yo hablo de 28 poetas ‘que perdieron la vida por razones políticas’ y no incluyo al poeta salvadoreño ‘entre los mártires del imperialismo’”.
“A mayor abundamiento, le recuerdo que en mi antología Poesía trunca (publicada en La Habana y en Madrid), que incluye a esos 28 poetas, digo textualmente al hablar de Roque Dalton: ‘Enrolado en el Ejército Revolucionario del Pueblo, organización salvadoreña, regresó clandestinamente a su patria, y el 10 de mayo de 1975 fue asesinado en su país por una pequeña fracción ultraizquierdista de esa misma organización’”, señala el uruguayo. “Por otra parte, en esa antología figuran cinco poetas cubanos, todos ellos asesinados por la dictadura de Batista, ya que, como es obvio, el Gobierno revolucionario no ha matado a ningún escritor”.

Diez, nueve, ocho…: “El enemigo no es exactamente la URSS, sino, definitivamente, EEUU”

Benedetti puntualiza que cuando dice “nosotros” se refiere a quienes defienden las revoluciones latinoamericanas, “y pese a sus carencias y
eventuales errores, las consideramos fundamentales y fundacionales para la liberación de nuestros pueblos. Cuando digo ‘ellos’ me refiero a quienes indiscriminadamente las acosan, renuncian a comprenderlas y contribuyen a bloquearlas con su desinformación. No solo los ‘neofascistas’ y las ‘alimañas’ ejercen esa tarea; también los ‘reaccionarios de izquierda’, que no faltan”, agrega.

“Es obvio que a mi tocayo ya no lo seducen las revoluciones”, sugiere el uruguayo, “más bien reclama que las reformas, aun las más radicales, ‘se hagan a través de Gobiernos nacidos de elecciones’. (La memoria de Salvador Allende y los archivos de la CIA podrían aportar algo a este respecto). Eso, por supuesto, excluye a todas las revoluciones que en el mundo han sido, desde la francesa a la soviética, desde la mexicana a la argelina, desde la cubana a la nicaragüense. Quizá mi tocayo haya olvidado que aun la revolución norteamericana debió esperar 13 años desde la declaración de independencia hasta la elección y asunción de su primer presidente constitucional. La exigencia electoral de Vargas Llosa incluye, en cambio, a gobernantes como Somoza, Stroessner y otras ‘alimañas’ que nunca olvidaron ese requisito formal. Y también comprende a El Salvador, en cuyos recientes comicios la exclusión de la izquierda, según Vargas Llosa, ‘limita, pero no invalida el proceso’”.

“O sea, que hay democracia semántica para todos los gustos”, concluye.

Benedetti zanja la discusión con dos ideas.
Primero: “Concuerdo con mi tocayo en que a ambos nos gustan las novelas largas, pero, en cambio, no estoy tan seguro de que nos pongamos de acuerdo sobre las razones y el color de la injusticia. Lo demás es (efectivamente) literatura, aunque sea tan buena como la de Mario Vargas Llosa”.

Y por último: “Creo que para el proceso de liberación económica, social y política de América Latina, el enemigo no es exactamente la URSS, sino, definitivamente, Estados Unidos. (En una reciente encuesta europea, el pueblo español opinó en el mismo sentido). Hasta ahora, al menos, todos los bloqueos, invasiones, adiestramientos de torturadores, campañas de esterilización e intereses leoninos, que sufren nuestros países, no provienen de la Unión Soviética, sino de Estados Unidos. De modo que también en las alertas hay prioridades”.

15 días de páginas abiertas para el códice del Cid

La Biblioteca Nacional descubre por primera vez el manuscrito dentro de una exposición dedicada a Menéndez Pidal

Por Luis Alemany

(EL MUNDO, Madrid, 4/6/2019) “No sé si los héroes nacionales siguen siendo necesarios en nuestro tiempo, si no son un poco incómodos para nosotros. Pero si lo son, el Cid está bastante bien. Era justo, no era cruel, era un buen padre y un buen marido y, cuando tenía un problema con alguien, trataba de resolverlo a través de la ley”. Esta mañana, Jesús Antonio Cid, Presidente de la Fundación Ramón Menéndez Pidal, explicó así el valor de la vida de Rodrigo Díaz de Vivar, quizá menos anacrónica de lo que podríamos pensar.

El Cid es relevante hoy porque la Biblioteca Nacional expone desde hoy y por primera vez el códice del Cantar de mío Cid, tras 600 años de encierro entre colecciones monásticas, privadas y públicas. Durante los próximos 15 días, los españoles podrán mirar a través de una urna de vidrio que permanece a 21 grados centígrados y con yun 45% de humedad constante, las páginas abiertas del libro, un legajo de 64 páginas de pergamino grueso que Menéndez Pidal llamó “el acta fundacional de la literatura española”. Una pequeña ojeada para el visitante, un gran paso para la Historia.

Algunos datos sobre el códice: su material es la tradición oral del siglo XII que fue transcrito en el siglo XIV, probablemente en el Monasterio de San Pedro de Cardeña (Burgos). Durante siglos, permaneció en el convento de las Clarisas en Vivar, de donde salió en 1779, prestado a Eugenio Llaguno para proceder a su edición en imprenta. Llaguno nunca lo devolvió. Poco después, el códice estaba en manos de la familia Gayangos, que estuvo a punto de vendérselo al Museo Británico de Londres. Pedro José Pidal pujó más fuerte y el códice se quedó en España. La Hispanic Society de Nueva York le puso un cheque en blanco, pero Pidal resistió. En 1969, la Fundación March pagó 10 millones de pesetas por el documento y se lo cedió al Estado.

El códice del Cantar de mío Cid tiene 3.700 versos de métrica irregular en caracteres góticos que narran los últimos años del caballero de Vivar, desde su destierro en 1081 hasta su muerte en 1099. Aparece la toma de Valencia, la boda, el agravio y la reivindicación de las hijas del Cid con los infantes de Carrión, la batalla de Jérica… “En la historia del Cid están valores que hoy nos emocionan: la lealtad, el compañerismo, el espíritu de superación”, dijo Ana Santos Aramburo, directora de la Biblioteca Nacional.

La institución, en colaboración con la Fundación Menéndez Pidal, ha arropado el descubrimiento del códice con una exposición que explica la figura de don Ramón Menéndez Pidal en relación con la del Cid. Donde Unamuno desdeñó la leyenda del Campeador, Menéndez Pidal se lanzó a hacer campañas etnográficas y pesquisas por bibliotecas con el fin de entender la historia del Cid. Una anécdota: en una de esas campañas, Menéndez Pidal llegó a Granada, acompañando a su hija Jimena, a la que un enemigo de la familia le había suspendido latín en Madrid, y que esperaba examinarse en Andalucía para evitar el veto. Menéndez Pidal aprovechó el viaje para visitar el Albaicín, aunque estaba avisado de que la excursión era peligrosa. ¿Alguien podría ayudarle, introducirle entre los gitanos con naturalidad? Apareció un poeta joven llamado Federico García Lorca. Con él subió al Albaicín y recopiló canciones y leyendas antiquísimas. Cuatro años después, Lorca publicó Romancero gitano.

La historia la cuenta Enrique Jerez, investigador de la Fundación Menéndez Pidal, uno de los responsables de la exposición doble de la Biblioteca Naciona. En sus vitrinas aparecen otros manuscritos medievales valiosísimos, como El debate de Elena y María y el Poema de Yúçuf,e scrito en aragonés con grafía árabe. Aparece también algunos retales de la vida de Menéndez Pidal: la colaboración con María Goyri, su mujer, la primera española licenciada en Filosofía y Letras, su relación con los grandes filólogos de su época e, incluso, su papel en el rodaje de El Cid, la película de Anthony Mann con Charlton Heston y Sophia Loren. Aquel proyecto no sonaba muy bien en la España franquista, hasta que Menéndez Pidal avaló su guión. “Le encantaba que los moros españoles fuesen españoles y no sólo moros. Si se acuerdan de la película, los moros españoles vestían de colores, les gustaba el vino y la poesía. Los malos venían de Marruecos, iban de negro y odiaban la poesía”.

Ataque de nostalgia

Anécdota del hijo menor de Roque Dalton, Jorge Dalton, sobre uno de los viajes de su padre

Por Jorge Dalton

En 1971 mi padre hizo un viaje espectacular a China y Corea del Norte. Kim Il Sung, el primer ministro norcoreano había extendido una invitación para que participara en los festejos por el aniversario de la fundación de la República Democrática de Corea. Para esto, tuvo que hacer un largo recorrido en avión desde La Habana a Alemania y de ahí a Moscú. Más tarde atravesar durante más de una semana gran parte de la Unión Soviética por medio del Expreso Transiberiano.

Recuerdo que regresó muy sorprendido por diversas razones. A pesar de su admiración por la Revolución China y Coreana le pareció sumamente exagerado y absurdo la manera en que los dirigentes de estos países conducían a sus pueblos. Principalmente en Corea del Norte en que la racionalización era de tal manera que hasta el cine estaba racionado. Los núcleos familiares tenían derecho de asistir a una sala de cine una vez por mes y ver sólo películas realizadas en los países socialistas.

El teatro por su parte, se centraba en las historias de la lucha del pueblo coreano en contra de la invasión japonesa o durante la guerra contra Estados Unidos en que los actores que hacían de japoneses o norteamericanos eran artistas sancionados por supuesta mala conducta o que en algún momento tuvieron una “actitud burguesa”. Hacer de “malo” o de “enemigo” en una obra teatral o en el cine, era una deshonra y un castigo. La literatura sólo reflejaba los temas de la construcción del socialismo, la historia de los grandes dirigentes comunistas y extensos manuales de filosofía marxista.

No había periódico, libro o revista en que apareciera el Primer Ministro Norcoreano al que se nombraba en el pie de foto como: “Sabio y glorioso Camarada Kim Il Sung, Lider Paternal, Sol de la Nación, Comandante de Acero, Primer Ministro del Gabinete de la República Popular de Corea, Fundador del Partido Comunista, Fundador de la República Democrática de Corea y Líder indiscutible de los 40 millones de coreanos, estrecha la mano de una anciana a la entrada de una fábrica”, idem “Inaugura hospital”, idem “saluda a los trabajadores”.

Nunca olvidaré una de las tantas películas coreanas que vi en Cuba y que mi padre me llevó a ver al Cine Riviera y creo que se llamaba: “Mar de fuego”. En una escena en que él ejército norteamericano (por supuesto, los actores eran coreanos) habían masacrado una aldea de campesinos. Los principales oficiales tomaban whisky y casi toda la tropa aparecía borracha, otros en primeros planos mascaban chicle y fumaban cigarros Malboro en actitud prepotente y triunfalista. Mientras uno de ellos miraba a través de unos prismáticos. Un corte y del otro lado, las tropas de Kim Il Sung, entonando himnos, avanzaban a todo dar con banderas rojas, bayonetas caladas y fusiles AK-47. El oficial norteamericano lleno de pavor tiró los prismáticos y comenzó a gritar a los demás gringos: “¡Huyamos como ratas! ahí vienen las hordas del invencible ejército rojo, al mando del mariscal Kim Il Sung, “Sabio y Glorioso Camarada, Líder Paternal, Sol de la Nación, Comandante de Acero, Primer Ministro del Gabinete de la República Popular de Corea, Fundador del Partido Comunista y líder de los 40 millones de coreanos.¡¡¡Sálvense quien pueda!!!

La capital de Corea del Norte, Pyongyang se diseñó, de una forma, que una vez construida la estatua del máximo líder sus proporciones eran descomunales y se podía divisar desde cualquier sitio de la ciudad. Si uno encontraba un lugar en el que no se lograra ver el monumento, ponía en duda el trabajo realizado por los arquitectos y escultores.

A mi padre se le ocurrió contar a varios miembros de la delegación latinoamericana que había descubierto una calle en que no se veía la estatua de Kim Il Sung. Esto llegó a oídos del oficial coreano responsable de la atención a los delegados e inmediatamente se lo llevaron para tratar de localizar el lugar. Dieron vueltas de un lado para otro durante más de tres horas, mi padre cagado de la risa, dando pistas falsas y repitiendo constantemente que no recordaba con exactitud a una comitiva de más de 20 coreanos idénticos que terminó por extenuar.

El culto a la personalidad fue lo que más le impactó. Nos contaba de cómo todas las delegaciones invitadas a los festejos, caminaron 11 kilómetros para ver una piedra donde Kim Il Sung jugaba “de barco” cuando el “Sabio y Glorioso Camarada”, tenía 6 años de edad.

Mi padre regresó al “Socialismo caribeño”, bastante distante del asiático y el europeo, cargado de regalos en su mayoría libros y posters gigantescos, en los que un soldado, un marino, un obrero y un maestro portaban un fusil AKM, una clásica estética del llamado “realismo socialista”. Pegó uno de los poster en la terraza de nuestra casa, diciendo a todo el mundo que el marino se parecía a Regis Debray y el campesino a Roberto Fernández Retamar.

Pero el regalo más preciado fue una réplica del uniforme que “El Comandante de Acero” utilizó en sus campañas militares en contra de los norteamericanos, obsequiado a los participantes. Muchas veces algunos amigos visitaban nuestra casa y mi padre los recibía disfrazado de Kim Il Sung.

Una tarde regresé de mi escuela que casualmente se llamaba “Nguyen Van Troi”, el héroe vietnamita fusilado por el ejército norteamericano a principios de los años 60s; Toqué el timbre de la puerta y me abrió mi papá parado firmemente con aquél traje, ordenándome con un saludo militar: “¡Camarada Jorge! El pueblo de la República Popular de Corea por medio de su máximo dirigente, el indiscutible líder de los 40 millones de coreanos, el glorioso Camarada Kim Il Sung, le asignan una misión especial por la cual será condecorado con la orden máxima de Héroe de la República Popular de Corea”.

Entré sin hacerle mucho caso pues en la sala se notaban las huellas de que algunos de sus amigos habían pasado con dos botellas de ron “Matusalén”. Pero con tal de que no me jodiera como siempre hacía, decidí cumplir la misión encomendada por el “Sabio y Glorioso Camarada Kim Il Sung, Líder Paternal, Sol de la Nación y Comandante de Acero.

La misión consistía en desarmar una puerta y luego utilizarla de puente desde una ventana de nuestro apartamento hasta un techo vecino con el objetivo de llegar hasta un frondoso árbol en el que hacía poco, habían comenzado a brotar los “mangos tiernos”. Ya del otro lado -y que de milagro no se fue de cabeza tres pisos para abajo- me ordenaba en voz baja, susurrando: ¡Compañero Jorge! Quédese vigilando, que el máximo líder regresará cargado de mangos verdes para comer con sal, limón y chile, el pueblo de Corea y su partido, le estarán agradecidos por haber cumplido esta difícil tarea.

Yo sin embargo, estaba loco por que todo terminara. A mis 10 años confieso que yo era un niño con cierto malhumor y por eso mi padre vivía jodiéndome cada vez que podía para ver si yo cambiaba. A esa hora sólo pensaba en que los amigos del barrio me esperaban para jugar “a los pistoleros”. Por fin la misión se cumplió y mi padre se sentó a pelar aquellos mangos verdes cual si se tratase de una comida tan apetitosa como una langosta o un faisán.

Ya me dirigía hacia donde mis amigos cuando de pronto tocaron a la puerta. Era nada más y nada menos que la Policía Nacional Revolucionaria que acudía al lugar después que varios vecinos habían denunciado que un individuo saltó de techo en techo vestido de un raro uniforme militar. Automáticamente pensaron que se trataba de un ladrón o un “infiltrado imperialista”. Y yo me dije: “Ahora si se jodió la cosa, mira que yo paso trabajo para jugar carajo, seguro ahora hay que ir para la estación”
Aun vestido de Kim Il Sug y mordiendo un mango con sal y limón, mi padre se disculpó con el oficial de policía, un negro alto, buena gente que no dejaba de tragar en seco y con el rostro encogido, sin salir del asombro viendo como el poeta devoraba aquella fruta verde que los cubanos acostumbran a comerla solo cuando está madura.

Mi padre le decía: “Mire compañero, lo que pasa es que yo soy salvadoreño y en El Salvador se comen los mangos verdes así. Hoy tuve un “ataque de nostalgia” pero le juro que esto no volverá a ocurrir”. El oficial moviendo la cabeza le dijo: “Oye chico pero que locura más grande!!!. Te voy a decir una cosa muchacho, si tu sigues comiendo mango así vas a coger tremenda tifus y te puedes morir, coño!”. Y mi padre le contestó: “Nooo hombre, ya se hubieran muerto de tifus, los cinco millones de salvadoreños!”.

La cosa no terminó ahí, luego que se fue el policía, mi padre sacó su cámara de fotografía soviética y me dijo: “Camarada Jorge, la última misión”: ¿podrías hacerle una foto al camarada Kim? Y con tremendo encabronamiento, esta fue la foto que tomé ese agitado día de Grandes Misiones Revolucionarias, en el balcón de nuestra casa en la calle J No 162 en el Vedado, La Habana, Cuba.

Roque Dalton foto

4/11/2013

La intelectualidad cubana no tiene vida

Fernando Orgambides

(EL PAÍS, España, 17/10/1991)  El escritor y académico cubano Manuel Díaz Martínez, uno de los más destacados poetas de la generación del 50 en la isla, piensa que “la intelectualidad cubana no da síntomas de vida ante los gravísimos problemas que afronta la nación”. Díaz Martínez, de 55 años, abrazó en su día la revolución impulsado por su pensamiento izquierdista, pero el tiempo le procuró una serena reflexión, que le ha convertido en uno de los pilares del movimiento democrático naciente en la isla, que exige ya públicamente cambios en el sistema. Respetado y admirado fuera y dentro de Cuba, este poeta amigo de Rafael Alberti y contemporáneo de Severo Sarduy, Roberto Fernández Retamar y Guillermo Cabrera Infante, entre otros, piensa -cuando el régimen acaba de celebrar el cuarto congreso del Partido Comunista Cubano- que a Cuba le ha llegado la hora de un gran debate nacional, sin discriminaciones ideológicas, que le procure una pacífica inserción en el mundo de los países libres y democráticos.
Díaz Martínez fue, con 22 años, uno de los primeros becarios de la revolución cubana en el exterior. Amigo del escritor y poeta comunista Eduardo Gallegos Mancera, entonces alcalde de Caracas, fue víctima del régimen del general Franco cuando, con intenciones de residir durante una temporada en España, fue desviado por la policía de la dictadura a París por ser comunista y revolucionario. Años más tarde, ya realizado en la poesía, encontró en España y en los intelectuales de su generación la familiaridad cultural que en aquellos tiempos ansiaba, y hoy es reclamado por la Universidad de Cádiz -su segunda ciudad después de La Habana- para dirigir durante unos meses un taller de poesía por el que ya pasaron escritores y poetas de la talla del argentino Daniel Moyano o del español Carlos Edmundo de Ory.

Un debate público

Según Díaz Martínez, “la actividad intelectual en el interior de Cuba está desarrollándose al margen de los problemas nacionales. Es como si la cultura no formara parte de estos problemas”. Y añade: “Es verdad que existen dificultades muy serias de índole material, como la escasez de papel, que obstaculizan la publicación de libros y revistas. Pero, al margen de esto, la intelectualidad no da síntomas de vida ante los gravísimos problemas que afronta la nación. Sabemos que hay opiniones y criterios, pero no se expresan. Y al no expresarse no pasan a constituir lo que debieran ser: un debate público”. La primavera pasada, Díaz Martínez sufrió la represión política en sus propias carnes al suscribir el llamado Manifiesto de los Diez, la primera proclama democrática de la oposición en el interior de la isla. Fue automáticamente expulsado de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba; marginado en su trabajo como periodista y acusado de colaborar con la CIA por el diario, órgano del Partido Comunista Cubano.
“No pedíamos en ese manifiesto ni el cielo ni la Luna”, dice. “Era un documento elemental y moderado donde solicitábamos elecciones directas a la Asamblea Nacional sin restricciones, la eliminación de las limitaciones obligatorias, una amnistía para los presos políticos, la reactivación del mercado libre campesino y la asistencia de organismos dependientes de Naciones Unidas para evitar la escasez de medicinas y el previsible aumento de la mortalidad infantil”.
“Estamos en Cuba en una situación límite”, señala Díaz Martínez. “Hace falta valentía para afrontar los problemas, y por ser delicado y difícil el momento hay que escuchar a todo el mundo. Queremos un debate nacional y no sólo un criterio que venga de una sola parte. Creo que cualquier cubano puede estar en condiciones dentro del país de proporcionar ideas inteligentes, y lo que hay que garantizar es que las pueda dar”.
“Ahora me siento en Cuba con más libertad porque tengo menos miedo”, dice, por último, Díaz Martínez. “Son tan graves los problemas, que nos impulsan a hablar y a participar”.

Sobre la literatura

En el artículo de Mario Vargas Llosa publicado hoy en el diario EL PAÍS, dedicado a Amos Oz, leo lo siguiente: “Cuando uno sigue la obra de un escritor como Amos Oz a medida que se va produciendo, se advierte la importancia de que la literatura se alimente de lo que son las preocupaciones y angustias –y también exaltaciones y alegrías, por supuesto– de la gente común, aquella que lee los libros y se reconoce en ellos, y, al mismo tiempo, ellos le permiten tomar distancia con ese mundo y encararlo desde una perspectiva de más alcance y más profunda. Eso es lo que ha sido siempre la gran literatura: una manera mejor de comprender todo aquello que constituye la vida, enriquecer la perspectiva de los hechos más íntimos y personales, y, también, por supuesto, de los colectivos, y la manera más efectiva de reemplazar los estereotipos, prejuicios y lugares comunes por ideas”. No sé de nadie que haya expuesto esta concepción de la literatura con más elocuencia y menos palabras que la periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich, también premio Nobel: “La labor del escritor es sacar de la banalidad a la persona”.