Fidelito es la metáfora de Cuba

 Loris Zanatta
(LA NACIÖN, Argntina, 6/2/2018) Pobre Fidelito. ¿Qué más se puede decir sobre el suicidio del primogénito de Fidel Castro? ¿De la muerte de un hombre que a la edad de 70 años mantenía el sobrenombre de su infancia? ¿De una muerte que todos usarán para hablar sobre el padre? Se podría decir que se suma a la larga lista de los famosos suicidios, o suicidados, de la revolución cubana: Osvaldo Dorticós, Haydée Santamaría, Nilsa Espín, Javier da Varona, Félix Peña, Alberto Mora y muchos otros: para llenar libros. Pero no sería correcto. Él, la Revolución no la hizo: la sufrió. No fue su vocación, sino su destino, ya escrito al nacer. Un destino que, como hijo de Fidel, ni siquiera podía pensar desafiar. Quién sabe cuántas veces lo habrá vivido como una prisión.
Había nacido el 1 de septiembre de 1949 del matrimonio de Fidel Castro con Mirta Díaz-Balart. Fidel era así: hijo de un gallego que se hizo rico pero siguió siendo un campesino rústico, siempre fue un paria entre los vástagos de la burguesía con quienes estudió en los colegios jesuitas. Hacia su clase, maduró así un odio visceral que duró toda la vida, el mismo odio que la España rural y católica en que se había formado tenía por las costumbres liberales y por Estados Unidos, culpables de contagiarlas al puro e inocente pueblo cubano. Sin embargo, se enamoró siempre de mujeres que eran el espejo de esa misma burguesía: bellas, rubias, ricas, cultas, sofisticadas y de excelentes modales. Cómo para sublimar de esa manera el dolor del rechazo padecido. Mirta, la madre de Fidelito, correspondía a la perfección a ese retrato. Más que nadie: los Díaz-Balart formaban parte de la élite burguesa oriental, cosa mucho más relevante que su vinculación con Batista, que de burgués no tenía un pelo.
Desde la infancia, por lo tanto, el niño fue un rehén político: a veces del padre, a veces de la familia de la madre. Lo secuestraron y se lo robaron el uno al otro y Fidel lo exhibió triunfante cuando ingresó a La Habana en enero de 1959. ¿El padre lo amaba? Se supone. ¿El padre lo consideró? Para nada. Porque para Fidel no era una cuestión de afecto familiar: estaba la historia de por medio, una misión a la que ambos debían someterse, aunque él la hubiese escogido y Fidelito no. Quien, como Fidel, se consideraba a sí mismo un hombre de la providencia investido con la misión de redimir a la humanidad del pecado, no podía tener una familia como un mortal común. ¿Los sacerdotes tienen familia? ¿Los guerreros?
Como un Quijote algo fanático y egolatra, profesor de todo y conocedor de nada, Fidel tuvo muchos sueños absurdos y deletéreos: soñó que Cuba se haría más rica que los Estados Unidos y que en los Estados Unidos estallaría la revolución socialista; aseguró que Occidente estaba declinando y que la Unión Soviética triunfaría, porqué así lo decían las leyes de la historia, que él pretendía conocer. Soñó que Cuba produciría mejores quesos que Francia, más leche que Holanda, más citricos que Israel, que exportaría en grandes cantidades todo lo que siempre tuvo que importar. ¿Por qué no soñar con ser potencia nuclear? ¿No lo ayudaría a redimir la humanidad? ¡Esa sería la tarea de su hijo! Cuando finalmente sus sueños se convertían en pesadillas de las cuales otros pagaban las consecuencias, él no era hombre que recitara el mea culpa: Dios no se equivoca. La culpa la tenían entonces el Imperio, los contrarrevolucionarios, los derrotistas, el mismo pueblo, que nunca llegaba a ser tan virtuoso como él quería. ¿Por qué no el hijo también? Fidelito había estado dirigiendo la agencia cubana de energía atómica durante doce años: “no hay monarquía”, dijo el padre monarca al echarlo.
Pobre Fidelito. Ni siquiera pudo imaginar su vida, porque su padre aplastaría a cualquiera bajo sus exigentes mayúsculas: Heroísmo, Sacrificio, Moral, Pueblo, Patria, Muerte. Una sinfonía ensordecedora de trombones. No es coincidencia que en la búsqueda constante de la sucesión dinástica que algún día podría tomar las riendas de Cuba, no aparezcan hijos de Fidel. Son todos hijos y nietos de Raúl, cruel y afectuoso, metódico y despiadado, un hombre de poder y familia. Mejor: Familia, con mayúscula. Fidelito es la metáfora de Cuba y de su dramática historia. Quién sabe qué grandes talentos habría desarrollado si hubiera sido libre. Quién sabe qué gran humanidad hemos perdido. De esa metáfora, el suicidio es la clave.
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Martí y la revolución democrática en Cuba

Martí foto

José Martí

Manuel Díaz Martínez

El 5 de enero de 1892 –hace 126 años– se aprobaron las Bases del Partido Revolucionario Cubano. Este partido fue, en primer lugar, el producto de los esfuerzos de José Martí para cohesionar las fuerzas sociales cubanas interesadas en la independencia nacional y para dotar al nuevo movimiento redentor de un órgano de dirección política y de coordinación de las acciones insurreccionales. Definiéndolo, el propio Martí apuntó: “El Partido Revolucionario Cubano es el pueblo de Cuba”.

Los fines que perseguía el PRC están claramente expuestos en sus Bases, redactadas por Martí, y son los siguientes: lograr la independencia absoluta de Cuba y contribuir a la de Puerto Rico; preparar, a ese efecto, la guerra necesaria, “generosa y breve”, mancomunando las voluntades y los esfuerzos de los distintos sectores separatistas; y establecer los fundamentos democráticos de la república que nacería al desaparecer la dominación colonial.

El último punto revela que Martí no sólo pensaba en los problemas inmediatos relacionados con la empresa libertaria, sino que se preocupaba ya de cómo habría de ser el régimen de gobierno de los cubanos en libertad. Para conocer la concepción martiana de este régimen, léanse los artículos 3 y 4 de las Bases. El 3 dice: “El Partido Revolucionario Cubano reunirá los elementos de revolución hoy existentes y allegará, sin compromisos inmorales con pueblo u hombre alguno, cuantos elementos nuevos pueda, a fin de fundar en Cuba por una guerra de espíritu y métodos republicanos una nación capaz de asegurar la dicha durable de sus hijos y de cumplir, en la vida histórica del continente, los deberes difíciles que su situación geográfica le señala”. El artículo 4 expresa: “El Partido Revolucionario Cubano no se propone perpetuar en la República Cubana, con formas nuevas o con alteraciones más aparentes que esenciales, el espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia, sino fundar en el ejercicio franco y cordial de las capacidades legítimas del hombre, un pueblo nuevo y de legítima democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud”.

Las Bases del PRC aluden a un enemigo externo que ponía en peligro a la soberanía de la futura república. Ese enemigo, con el que la prudencia aconsejaba mantener “relaciones cordiales” en los instantes en que se gestaba la guerra independentista, era el imperialismo norteamericano, que se hallaba en su etapa de ascenso vertiginoso. En el artículo 3 de las Bases se subraya que la revolución no debía contraer “compromisos inmorales con pueblo u hombre alguno”.

En las labores del PRC, Martí tuvo la colaboración de dos eminentes cubanos: el socialista utópico Diego Vicente Tejera y el marxista Carlos Baliño.

Tejera fundaría, en 1899, el primer partido socialista cubano, que a duras penas sobrevivió cuatro años al cerco que le tendió la por entonces muy influyente corriente anarcosindicalista y a las prevenciones de relevantes figuras del separatismo que veían en este partido un obstáculo para la unidad nacional y un motivo para que la ocupación militar norteamericana se prolongara. Por su parte, Baliño, que fue uno de los fundadores del PRC, organizó en 1903 un Club de Propaganda Socialista, mediante el cual desplegó campañas de divulgación del “socialismo científico”. En 1925, Baliño fundaría, junto al líder estudiantil Julio Antonio Mella, el primer partido comunista de Cuba.

La presencia de Tejera y Baliño en el PRC fue posible, ante todo, porque éste funcionaba como un “frente nacional”. En el triunfo de la causa del PRC -la independencia del país y la fundación de una república soberana y democrática- estaban interesados diferentes clases y sectores de la sociedad cubana, desde la alta burguesía azucarera, cafetalera y ganadera (en gran parte depauperada por las guerras independentistas), el campesinado y la mediana y pequeña burguesía urbana, hasta el proletariado. Éste último había alcanzado, en las postrimerías del siglo XIX, un notable crecimiento en número y en conciencia de clase. No olvidemos el elocuente detalle de que, en la emigración, la base social del PRC la constituían mayoritariamente los trabajadores de las factorías tabaqueras de Tampa y Cayo Hueso.

El fundado y dirigido por Martí era, pues, como se diría hoy, un partido de frente amplio, con objetivos situados por encima de clases y tendencias ideológicas. En él se reconocían todas las fuerzas sociales que convergían en el anhelo de sustituir el asfixiante autoritarismo de la colonia por un régimen democrático que, en una república soberana, garantizase el desarrollo de las fuerzas productivas de la nación.

A la vista del autoritarismo totalitario que hoy asfixia a nuestro país, los cubanos deberíamos atender la lección básica que nos ofrece el PRC.

Martí, fuente de inspiración política y ética que continúa manando, nuevamente nos señala el camino que debemos seguir. Su partido plural, unitario y democrático debería servir de ejemplo, adecuándolo a las circunstancias actuales, a todos los que deseamos poner fin a la pesadilla nacional.

 

Así se vivió en España la Revolución Bolchevique

 

El golpe bolchevique de 1917 tuvo su reflejo en las librerías y quioscos españoles y, aún hoy, llega su estela en el diseño de interiores.

Laura Galdeano  (LIBERTAD DIGITAL, 11/11/2017)

La variada propaganda de la Revolución Rusa

Durante las décadas de los 20 y los 30 del siglo pasado, en España se desata un gran interés editorial por Rusia. Las librerías se llenan de clásicos de la literatura y la filosofía soviéticas, en muchas ocasiones traducidos por emigrados rusos, pero, junto a ellos, toman fuerza las novelas comunistas. De forma paralela, la prensa española comienza a incluir referencias a los sucesos de Petrogrado, aún no usando la palabra “revolución” ni tampoco “bolchevique”. El inicio de la Revolución Rusa se cuenta en nuestro país solo como un episodio más de la I Guerra Mundial.

Cómo se vivió en España la Revolución Rusa ha sido el objeto de estudio de una de las actividades organizadas por la Universidad CEU San Pablo con motivo del aniversario de este acontecimiento histórico, para lo que se organizó una exposición de portadas de prensa española con los principales acontecimientos de la Revolución, junto a una muestra bibliográfica y una selección de carteles.

“Desde los años 20, en España había mucho interés por la literatura rusa. Se leía mucho a Chéjov, por ejemplo. La filosofía rusa también era muy apreciada en ese momento, pero ya en esta década empiezan a aparecer un nuevo tipo de obras que cuentan lo que está siendo la Revolución, del tipo El Terror rojo en Rusia, de Sergei Melgunov, o La noche roja, de Valentín Speranski, ilustrada con fotos espeluznantes de la casa donde asesinaron a los zares”, explica Milagrosa Romero, profesora de los Grados de Historia e Historia del Arte y una de las comisarias de la exposición.

También llegan obras de los revolucionarios, como La revolución permanente de Trotsky. “A nivel popular, se vendían más las novelas de corte socialista porque las obras teóricas son más difíciles de dirigir pero, aún así, Trotsky se hizo muy popular”, cuenta Romero. Los traductores de estas obras eran en su mayoría disidentes, con lo que eso conllevaba: “A Trotsky lo tradujo Andreu Nin, del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), que fue aniquilado por agentes soviéticos en el trascurso de la Guerra Civil. Lo mismo le ocurrió al traductor de John Dos Passos, José Robles. Era comunista pero también lo liquidaron por no estar de acuerdo con Moscú”.

Se cuenta el horror

En el año 25, la Revista de Occidente publicó un artículo sobre la Checa soviética. “No se puede decir que no se sabía lo que estaba pasando porque se sabía. Llegaba hasta en cómic con Tintín en el país de los Sovietsque es una denuncia tremenda”, explica Milagrosa Romero.

La atracción por Rusia fue más allá. A finales de la década de los 20 nacen editoriales especializadas en propaganda procomunista y prosoviética, como la editorial Cénit (1928), impulsada por Diego Hidalgo, un notario comunista adinerado que financia novelas de corte socialista y de autores comunistas. En el año 37, se publica un libro propagandístico, con fotos “de gran formato y gran calidad”, con texto del periodista y agente del Comité Judío Antifascista Ilyá Ehrenburg, con las consignas clásicas: el obrero con el puño en alto, la mujer campesinas, el “no pasarán”. Como nota curiosa, este libro incluye una gran panorámica de la plaza de toros de Barcelona durante la celebración de un mitín del partido comunista.

A partir de 1945, los españoles comienzan a interesarse por otro tipo de libros. “Se publican un número importante de obras de exiliados de la aristocracia y la realeza rusa, como Educación de una princesa, de María la gran princesa de Rusia, y, sobre todo, de miembros de la nomenklaturasoviética perseguidos por Stalin, como Kravchenko o Krivitsky”.

Fenómeno de la disidencia

Desde finales de los años 50, crece el interés por el fenómeno de la disidencia y comienzan a lanzarse títulos de literatura rusa clandestina. Autores como Sholojov o Solzhenitsyn se convierten en fenómenos editoriales. “Hubo un auténtico bombazo editorial, sobre todo cuando comenzaron a ganar Premios Nobel, como Andréi Sájarov, Aleksandr Solzhenitsyn o Mijaíl Bulgakov”, dice la comisaria. Al comenzar la Guerra Fría, explica Milagrosa Romero, se publican testimonios de gente como Walter Krevisky, jefe de los servicios secretos militares soviéticos que escapó, aunque “Stalin finalmente le echó el guante y lo mató”. También de españoles comunistas como Díaz de Villegas o Hidalgo de Cisneros: “Son textos de gente que, siendo comunistas y habiendo ido voluntariamente, escapan porque no soportaban las condiciones de vida y la represión política. Esto se publica mucho”.

La prensa

El 13 de marzo de 1917, la prensa española da cuenta por primera vez de lo que está sucediendo en Rusia. No se habla de bolcheviques sino de “maximalistas”. La profesora de Historia Contemporánea y Doctora en Periodismo Cristina Barreiro, tras rastrear las publicaciones de la época, concluye que “lo que importa es la I Guerra Mundial”mientras que la Revolución Rusa “es solo un episodio más”. Lo único que interesa en saber “cómo iba a afectar a uno de los dos bandos”.

Las primeras referencias las encontramos en marzo – febrero en Rusia- en El Debate, publicación impulsada por la Asociación Católica de Propagandistas y dirigida por Ángel Herrera Oria. “Dice que los disturbios se deben a la escasez de alimentos, no se habla de anarquía”, explica Cristina Barreiro. El Heraldo de Madrid, el 18 de marzo titula “la Revolución en Rusia”, acompañado de una fotografía sobre la abdicación forzosa del zar. La época, periódico conservador, menciona “la muerte del monje Rasputín” y La Correspondencia habla de “los sucesos de Petrogrado” asegurando que “ha triunfado en Rusia el partido de la Guerra”.

El imparcial, periódico de tinte cultural, contaba con la firma desde Londres de Salvador de Madariaga, que “hace una síntesis de la situación rusa dejando espacio a la interpretación”, dice Barreiro. Titulaba: “Monarquía o República”.

ABC publicó una impactante fotografía del zar retenido en su palacio, tomada de un periódico británico. “Es de las últimas imágenes del zar con vida”, incide la comisaria. El Socialista, por su parte, muestra otro punto de vista. La Revolución centra las opiniones de dos de sus principales firmas: Pablo Iglesias y Luis Araquistaín.

Los carteles de la revolución

Durante la llamada Revolución de Octubre se desarrolló un método de agitación social de gran efectividad, los carteles políticos. De forma poco costosa, hacían llegar al pueblo sus denuncias contra la burguesía, el hambre o la miseria. “Han dejado una estela enorme en el cartel posterior y en la actualidad”, explica María Jesús Aparicio, profesora de Historia del Arte y comisaria de la exposición. “Hay diseños totalmente actualizados. Vemos su influencia en portadas de discos como la de Franz Ferdinand, en diseños de mueble o en el arte minimalista tan de moda a nivel de diseño gráfico, de interiores o en construcciones arquitectónicas”.

El cartelismo en esta época era “subsidiario de la política”. Los colores son muy simbólicos: rojo, beige y negro. Se podían leer lemas como “Alístate”, “Ven con nosotros” y otras llamadas a los jóvenes para unirse a las armas y combatir. Otros, tenían tintes más económicos relacionados con “la hambruna, la educación, los orfelinatos y el papel que jugaba la sociedad”, explica la comisaria. “El cartelismo, por una parte, no deja de ser una forma de promulgar y llamar a la ciudadanía a que forme parte de esa Revolución, y por potra parte, está el aspecto plástico. Están hechos por artistas contemporáneos que han formado parte de la vanguardia. Los artistas formaron parte de la Revolución, se entienden como obreros, no como creadores ni creativos”.

Se conocieron como “artistas panfletos”. Usaban sencillas formas geométricas, acompañadas de un breve texto comprensible para las masas, que “marcó un antes y un después en la disciplina”. “El 90% de los ciudadanos eran analfabetos, la imagen está por encima de la palabra. Son carteles que empapelaron la ciudad de Moscú. Había voceros que explicaban su contenido a la gente que se arremolinaba entorno a ellos”.

Los artistas, parte de la maquinaria comunista

Cada cartel, como explica Aparicio, tenía tres aspectos: era un reclamo, buscaba una afiliación y tenía una función artística. “No es descuidado”, dice. “Los artistas elegidos eran próximos a los políticos. Eran parte del engranaje, de la maquinaria comunista. El artista era muy libre, decide el mensaje, la iconografía y la propia imagen del cartel. El arte ruso en este momento cobra relevancia y es vanguardista a través del cartelismo”.

Los sucesivos gobiernos de la URSS se sirvieron de la cartelería para difundir el ideal comunista entre los ciudadanos, pero desde el punto de vista iconográfico fueron totalmente distintos.Stalin impuso el realismo socialista como forma de expresión artística. “Durante la Revolución es puro constructivo, es simplificación al máximo, mientras que posteriormente se da un arte más imperial. Se retrataban a los líderes como si fueran los antiguos emperadores romanos, personajes muy magnificados, con paisajes idílicos… Son iconos que compartieron con el nazismo”.

Retrato de mi asesino

Bernardo Marín

Se publica una biografía de Stalin en gran parte inédita que Trotski escribía cuando fue asesinado

(EL PAÍS, España, 28/10/2017) “Stalin se divertía en su casa de campo degollando ovejas o vertiendo queroseno en los hormigueros y prendiéndoles fuego. Kámenev me dijo que, en sus visitas de ocio sabatinas a Zubalovka, Stalin caminaba por el bosque y continuamente se divertía disparando a los animales salvajes y asustando a la población local. Tales historias sobre él, procedentes de observadores independientes, son numerosas. Y, sin embargo, no faltan personas con este tipo de tendencias sádicas en el mundo. Fueron necesarias condiciones históricas especiales antes de que estos instintos oscuros encontraran una expresión tan monstruosa”.

Estas palabras forman parte de una biografía singular. Por la relevancia de sus protagonistas, dos de las figuras prominentes de la Revolución Rusa, enfrentadas por una de las rivalidades más encarnizadas del siglo XX. Y porque el perfil quedó inconcluso después de que el retratado ordenara la muerte de su biógrafo. Stalin, la obra que León Trotski escribía cuando fue asesinado por Ramón Mercader en México en agosto de 1940, ha permanecido dormida durante más de siete décadas. Y después de muchas peripecias, mutilaciones y añadidos, vuelve a ver la luz en un volumen de casi mil páginas, en gran parte inédito, coincidiendo con el centenario de la llegada al poder de los bolcheviques.

La historia de este libro merecería la publicación de otro que la contara. Trotski, exiliado en México tras serle denegado el asilo en varios países, se sabía sentenciado por el líder de la Unión Soviética Josif Stalin. Pero no tenía particular interés en escribir la vida de su antiguo camarada. “No fue una venganza. Escribir esta biografía no entraba en los planes del abuelo. Estaba centrado en acabar otra sobre Lenin”, explica Esteban Volkov, nieto del revolucionario, en conversación telefónica desde Ciudad de México, donde reside. “Pero necesitaba dinero y la editorial Harper & Brothers de Nueva York le hizo una oferta generosa”.

Volkov, a punto de cumplir 92 años, ha sido durante décadas el guardián de la memoria de su abuelo. También es director de la Casa Museo León Trotski, entre cuyos muros fue asesinado el revolucionario en agosto de 1940 por un golpe de piolet del agente estalinista Ramón Mercader. El mismo escenario donde se presentará la versión en español del libro, publicada por la editorial mexicana Fontamara, el día 11, coincidiendo con el aniversario de una Revolución de Octubre que por diferencias entre los calendarios gregoriano y juliano, sucedió en noviembre para el resto del mundo. La obra se publicó hace un año en inglés en una editorial marxista de Londres y fue traducida después al italiano y al portugués, pero la noticia no tuvo repercusión en los grandes medios.

Harper & Brothers publicó una versión incompleta del libro en inglés en 1946. Antes no era posible, porque EE UU y la Unión Soviética eran aliados contra Alemania. Pero la viuda de Trotski, Natalia Sedova, pleiteó en los tribunales sin éxito para que fuera retirada. Sus objeciones se dirigían, sobre todo, contra el editor y traductor de la obra. “Hizo una deficiente edición del libro, con mutilaciones y múltiples añadidos de su cosecha muy alejados del pensamiento político del abuelo”, explica Volkov. El propio Trotski nunca tuvo demasiada confianza en su traductor, y había montado en cólera cuando supo que había enseñado algunos originales a terceras personas. “Parece tener al menos tres cualidades: que no sabe ruso, que no sabe inglés y que es tremendamente pretencioso”, escribió en una carta al periodista estadounidense Joseph Hansen.

SANGRE SOBRE PAPEL

Jorge F. Hernández

La biografía más trascendental de Joseph Vissarionovich, tristemente celebrado aún por algunos por su apodo: Stalin, es un retrato minucioso del diabólico dictador ruso en 890 páginas, escrito nada menos que por León Davidovich Bronstein, que conocemos como Trotski. Parece increíble que al publicarse en inglés hace un año no haya provocado titulares a ocho columnas o revuelo en las redes ni reseñas diversas. Vivimos en amnesias funcionales que creen saciarse con 140 caracteres donde al menos dos generaciones sólo saben algo de León Trotski por las películas, postales, cafeteras y demás productos que circulan desde que Frida Kahlo se convirtió en marca registrada.

La inmensa biografía firmada por uno de los principales líderes de la Revolución Rusa desmenuza quirúrgicamente la demencia increíble de un sanguinario traidor de esa misma Revolución: un animal que parecería indescriptible de no contarse con miles de documentos, fotografías (incluso las alteradas “por el bien de la Historia”), testimonios, sobrevivientes de las purgas, náufragos del Gulag, proscritos redimidos y seguidores arrepentidos que incluso desde el primer triunfo bolchevique dejaron constancia de su reguero de desgracias y compendio constante de crímenes. Entre los párrafos que pergeñaba Trotski durante su exilio incansable en su frágil fortaleza de Coyoacán, estaban sobre la mesa los papeles que serían su lápida, cuya redacción se interrumpió en cuanto Ramón Mercader clavó su piolet de montañista en su cráneo.

Trotski forcejeó con el enviado, sabiendo que su verdugo se hallaba sonriente en el Kremlin y quizá durante su agonía pensó que al menos gran parte de la escrupulosa biografía del verdugo de él y de casi toda su familia, de millones de seres humanos y de no pocas ilusiones utópicas estaba prácticamente terminada. Había aceptado escribirla por el jugoso pago que prometió una editorial americana, cuyo traductor tuvo a bien mal-traducir, editar e incluso, enmendar y añadirle párrafos de su propia cosecha. Eso ya quedó corregido y contamos ahora con la publicación de un retrato del Diablo hecho en prosa sobre papeles… manchados de sangre.

Pero una parte de la obra no llegó nunca a manos de la editorial. Cuando se supo sentenciado, Trotski envió a la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, muchos de sus documentos para su custodia. “Los archivos salen esta mañana en tren”, había escrito el revolucionario el 17 de julio de 1940, un mes y tres días antes de su asesinato. Y allí se acumularon 20.000 documentos que ocupaban 172 cajas de artículos, fotografías y papeles manuscritos, mecanografiados, traducidos y sin traducir, con gran cantidad de correcciones que demostraban lo extraordinariamente meticuloso que era con su trabajo.

Capítulos enteros del libro sobre Stalin permanecieron así dormidos hasta que en 2003 el historiador galés Alan Woods comenzó a indagar en la montaña de documentos para rescatar la versión más amplia e íntegra posible del libro. Y después de más de diez años de trabajo el resultado fue una obra un tercio más extensa que el libro publicado en los años 40, sin los añadidos del primer traductor y, ahora sí, con las bendiciones de la familia de Trotski.

Woods coincide con Volkov en que Trotski no quería escribir este libro. “Pero una vez que se puso a ello, lo hizo concienzudamente, con mucha documentación y detalles incluso del periodo más desconocido de la vida de Stalin, su infancia. Para cualquier lector es un estudio psicológico fascinante”, explica desde Londres, donde reside. El historiador es un activo miembro de la Corriente Marxista Internacional. Participó en la lucha contra el Franquismo en España y fue firme defensor de la revolución bolivariana y amigo personal de Hugo Chávez, aunque en los últimos tiempos se ha distanciado de la deriva del Gobierno venezolano.

Los dirigentes del Partido Bolchevique eran en general gente muy capacitada, y entre ellos brillaba Trotski, que dominaba cinco idiomas y escribía varios libros a la vez. Stalin aparece en cambio retratado por su gran rival político como un hombre de horizontes limitados. Ese perfil mediocre coincide con el que hicieron otros observadores, como el periodista estadounidense John Reed, que en su crónica Diez días que estremecieron al mundo menciona a El hombre de acero solo dos veces y a Trotski nada menos que 67.

Pero, por lo que se cuenta en el libro que ahora se presenta, las cualidades de Stalin eran otras:  la astucia y el arte de la manipulación. “La técnica de Stalin consistía en avanzar gradualmente paso a paso hacia la posición de dictador, mientras que representaba el papel de un defensor modesto del Comité Central y de la dirección colectiva. Utilizó a fondo el período de enfermedad de Lenin para colocar a individuos que le eran devotos. Se aprovechó de cada situación, de cada circunstancia política, de cualquier combinación de personas para promover su propio avance que le ayudara en su lucha por el poder y lograr su deseo de dominar a los demás. Si no podía elevarse a su altura intelectual, podía provocar un conflicto entre dos competidores más fuertes. Elevó el arte de manipular los antagonismos personales o de grupo a nuevas alturas. En este campo desarrolló un instinto casi infalible”.

Sin embargo, Woods no atribuye la llegada al poder de Stalin a su carácter. “Era un niño maltratado por su padre, rencoroso y con tendencias sádicas. Pero no todos los maltratados se vuelven monstruos. Como no todos los artistas fracasados se vuelven Hitler”. Y propone un argumento marxista para explicar su ascenso. “En todas las revoluciones hay un periodo que necesita héroes, gigantes. Cuando llega a un periodo de declive, necesitan mediocres. La degeneración burocrática hubiera tenido lugar sin o con Stalin, porque Rusia era un país aislado y atrasado. Pero en este caso la burocracia se encarnó en un personaje sanguinario”.

¿Pudo acelerar el libro el asesinato? Stalin estaba muy bien informado de lo que hacía su rival. Cada mañana tenía los últimos artículos de Trotski sobre su mesa. Y Volkov recuerda cómo Robert Sheldon Harte, guardaespaldas de su abuelo a quien se atribuye la traición que facilitó un primer atentado contra él en mayo de 1940, le preguntaba siempre por la marcha de la obra. “Como cualquier criminal tenía que eliminar los testigos”, coincide Woods.

ESTEBAN VOLKOV: “UNO DE LOS GRANDES CRÍMENES DE STALIN FUE MUTILAR LA MEMORIA”

Esteban Volkov (Yalta, entonces Unión Soviética,1926), nieto de León Trotski y heredero de su legado, prepara estos días los actos para conmemorar el centenario de la Revolución Rusa en Ciudad de México, donde preside la Casa Museo en la que fue asesinado su abuelo. Allí llegó en 1939 para acompañarle en su exilio siendo apenas un adolescente, después de que su padre desapareciera en el Gulag y de que su madre muriera acosada por los sicarios de Stalin. Fue herido en un pie en el atentado que el pintor David Alfaro Siqueiros organizó para acabar con la vida del revolucionario en mayo de 1940 y pocos meses después fue testigo de la agonía de su abuelo tras ser atacado por Ramón Mercader. Pese a los terribles acontecimientos que ha presenciado, mantiene un espíritu sereno y un humor envidiable y a sus 91 años dice que espera vivir muchos más “para compensar todos los años que Stalin arrebató a sus familiares”.

Ha dedicado gran parte de su vida y de sus energías a defender la memoria de su abuelo. ¿Qué le ha movido a hacerlo?

Fui testigo de su asesinato y de la campaña de calumnias y difamaciones contra él de la prensa estalinista. Mentiras que muchos se encargaban de repetir una y mil veces para tratar de convertirlas en verdades. Uno de los más grandes crímenes de Stalin ha sido mutilar la memoria histórica. Si es un delito darle un mapa falso a un explorador que va a entrar en el Amazonas, dar falsos planos a la humanidad es un crimen aún más grave, dejar con una venda en los ojos al género humano entre profundos abismos es uno de los peores crímenes que se puede cometer.

¿Qué valor tiene la publicación de su biografía de Stalin tantos años después?

No era el libro que mi abuelo quería escribir, y lo hizo acuciado por las estrecheces económicas. Pero es muy interesante, porque fue escrito en la época de mayor madurez política de Trotski y cuenta el entorno en que un personaje de las características de Stalin, que rebasa la escala ética de cualquiera, puede llegar al poder. No hay duda de que fue un individuo sui generis, de una crueldad como pocas veces se ha visto en la historia. Personajes como Nerón o Atila se quedan chiquitos a su lado. Y por ello posiblemente aceleró la sentencia de muerte que había lanzado contra mi abuelo cuando supo que se estaba escribiendo su biografía.

¿Qué queda del pensamiento de Trotski cien años después de la Revolución Rusa?

Mi abuelo dejó un arsenal de ideas políticas para cambiar la sociedad. Para construir un mundo que vele por el ser humano y no por la codicia. Estudió a fondo el proceso estalinista y la contrarrevolución. Y predijo con 70 años de antelación la caída del totalitarismo burocrático en la Unión Soviética.