Lorca en La Habana

Pío E. Serrano
Después de permanecer durante seis meses en los Estados Unidos, García Lorca llega a La Habana. Por lo que sabemos, la estancia norteamericana del poeta granadino quedó resuelta en dos experiencias contrapuestas. Por una parte, la grata memoria de la acogida con que es recibido por las figuras mayores del hispanismo en Nueva York —Ángel del Río, Federico de Onís, Ángel Flores…— y por ciertos medios culturales norteamericanos, así como por el encantamiento que le produjo aquella ciudad monumental, esplendente de luz y color, rica en actividades culturales, cruce de caminos de las más diversas razas y nacionalidades; por otra, el descubrimiento de las prácticas más descarnadas de la sociedad capitalista y, sobre todo, el hallazgo del universo del negro norteamericano, la discriminación que padece y la marginación a la que está condenado. Y será esta segunda zona, la dolorosa y airada, la que producirá un vuelco en su expresión poética y, como nunca antes, abre su poesía a la denuncia de la opresión social, a la comprensión de los discriminados y explotados y a la necesidad de mostrar su identificación con los perseguidos.
Después de los sentimientos encontrados que le dejarán los seis meses de permanencia en Estados Unidos y de los pesares que arrastra desde España, García Lorca llega a La Habana. La estancia cubana —98 días— le permitirá a Lorca recuperar su lengua, durante meses menguada durante su estancia en Nueva York; recupera un espacio urbanístico más allegado y cordial en una ciudad que todavía concilia la «ciudad fortaleza», la «ciudad convento» y la «ciudad posada», tan españolas, con el despertar de una «ciudad monumental», favorecida por una burguesía ávida de espacios, que desborda el ámbito doméstico para ocupar el espacio público, y que Lorca hace tan suya que escribe a sus padres: «Si yo me pierdo, que me busquen en Andalucía o en Cuba»; regresa a unas prácticas religiosas más cálidas y vistosas que la frialdad protestante; descubre un frotamiento humano, desinhibido y espontáneo, el cubano, quien al dirigirse al amigo lo palpa, lo toca, palmea su espalda, abraza con el saludo y aún los más humildes —insulares al fin— ejercen la elegancia del gesto, la finura del trato con el visitante extranjero; recupera, en fin, probablemente por primera vez en su vida, el cuerpo, un cuerpo que en su experiencia expresa un deseo de libertad, mediatizado por el vuelco ideológico que se apodera de su escritura en Nueva York y por el erotismo irradiante de la naturaleza tropical y la fascinación que le producen esas «gotas de sangre negra que llevan los cubanos». No en balde, es en La Habana donde se siente capaz de escribir El público.
Nacido en 1898, es muy probable que Lorca recibiera desde fecha temprana las melancólicas referencias de la Cuba recientemente perdida. En cualquier caso, el poeta granadino dejó constancia en varias ocasiones de las habaneras y nanas, algunas originales de autores cubanos, como la habanera «Tú» de Eduardo Sánchez de Fuentes, que escuchaba en sus días de infancia, cantadas en el seno de la familia. A estas evocaciones musicales, añadía Lorca otras de carácter plástico: las sugerentes y ricas en colores fuertemente contrastantes de las marquillas de tabaco, presentes en las cajas de puros que su padre recibía de La Habana, y donde el niño descubriera la frondosa cabellera de Fonseca —Francisco E. Fonseca, industrial tabaquero cubano, fallecido un año antes de la llegada de Lorca a La Habana—, y que más tarde evocaría en su conocido poema «Son», «Son de Cuba», «Son de Santiago de Cuba» o «Son de negros en Cuba», que con todos estos títulos ha sido recogido en las diferentes versiones publicadas y presente como último poema en su Poeta en Nueva York, editado póstumamente en dos ediciones de 1940.
Quizás el impulso último para viajar a Cuba lo recibiera de su amigo José María Chacón y Calvo, hispanista y diplomático cubano, llegado a España en 1918. Se habían conocido en 1922, durante un viaje que Chacón hizo a la Semana Santa de Sevilla, acompañado por Alfonso Reyes, y desde entonces su amistad no dejó de crecer, alimentada por su trato frecuente en Madrid. En el piso de Chacón, en General Pardiñas 32, Lorca conoció a la antropóloga cubana Lydia Cabrera, quien, al parecer, estableciera el fecundo contacto entre el poeta y Margarita Xirgu.
En 1926 Chacón da a conocer por primera vez en Cuba la poesía de Lorca en la revista Social y en 1928, el poeta hispanocubano Eugenio Florit firmó un entusiasta artículo en la Revista de avance con motivo de la aparición delRomancero gitano recién publicado en España, y de nuevo la revista Socialreprodujo «Romance de la luna, luna» y «La casada infiel», poema este último que causó furor en La Habana y que Lorca dedicara a Lydia Cabrera y su negrita (Carmela Bajarano). Y en 1929 el crítico cubano Antonio Oliver Belmás, al tiempo que da noticias del agotamiento del Romancero gitano en las librerías habaneras, publica en la Revista de Avance un amplio ensayo sobre Gerardo Diego y García Lorca.
Aprovechando su estancia en La Habana, Chacón logra interesar a Fernando Ortiz, presidente de la Institución Hispanocubana de Cultura, fundada en 1926, y de la que era vicepresidente, para invitar a García Lorca a Cuba, una idea, sin duda, nacida desde los días en que Lorca prepara su viaje a Nueva York. Durante un breve viaje a Nueva York, en enero de 1930, Ortiz confirma personalmente a Lorca la invitación para visitar Cuba y dar cinco conferencias. El tres de marzo Lorca recibe de la Institución Hispanocubana de Cultura 150 pesos para cubrir los gastos del viaje que hará por barco desde Miami. La llegada a La Habana el 7 de marzo es anticipada por la prensa cubana, que no vacila en calificarlo como «el más eminente poeta español del momento». Acuden a recibirlo al puerto, por supuesto Chacón y Calvo, y algunas de las figuras más relevantes de la cultura cubana, entre ellos el joven poeta Juan Marinello y el profesor Féliz Lizaso.
Ahora bien, cuál era la Cuba a la que llegaba el poeta granadino. En lo político, la isla atravesaba los primeros meses del fraudulento acceso a un segundo periodo presidencial de Gerardo Machado, respondido con indignación por la población, lo que genera un clima de agitación y violencia, que cobra vida en una fracasada huelga general en marzo de 1930; hasta agosto de 1933 la isla viviría una etapa de feroz violencia entre el terrorismo opositor y la sangrienta represión del dictador. En lo económico, el país vivió durante unos pocos años de los beneficios de la política aduanera proteccionista y del incremento de la obra pública gestionada por el primer gobierno constitucional de Machado, un auge económico que comenzó a hacer aguas a partir de la crisis del 29 y que ya en 1930, con el desplome de la venta del azúcar en el mercado internacional, precipitaba a la isla en una tempestad económica de la que no se recuperaría hasta la II Guerra Mundial. Numerosos testimonios cubanos confirman que Lorca no permaneció indiferente al clima político de la isla y que, en más de una ocasión, expresó su simpatía por el rechazo popular a Machado, llegando a desfilar en algunas manifestaciones.
En cuanto al escenario cultural y a la reacción de los grupos intelectuales ante tales perspectivas, desde la década del 20 se comenzó a expresar un clima de contestación. Primero fue la «Protesta de los Trece» (1923), a continuación el surgimiento del llamado Grupo Minorista (1924), posteriormente la creación del movimiento ABC (1931) y la presencia cada vez con mayor visibilidad y efectividad del movimiento comunista, que tuvo entre sus filas a dos de las figuras más relevantes de la época, el líder universitario Julio Antonio Mella y el poeta Rubén Martínez Villena. En lo estrictamente literario, y particularmente en la poesía, las letras cubanas viven el renacimiento aportado por la Segunda Generación republicana, ansiosa por librarse de los flecos últimos del postmodernismo. Su vehículo fue la Revista de Avance (1927-1930), soporte de una nueva ética y de nueva estética alejadas de la inercia tradicional, defensora de la renovación del lenguaje y abierta a los ismos que ya se imponían en el resto de Hispanoamérica. Conviven en el periodo poesía pura y poesía social, alentadas ambas por los aires de la vanguardia y que alcanza uno de sus mejores momentos en la poesía negrista de Guillén. El 20 de abril de 1930, unos días antes de que Lorca escribiera su poema cubano «Son», Guillén publica en elDiario de la Marina sus ocho «Motivos de son», que para algunos fue, no influencia, sino circunstancia que favoreció la escritura del poema lorquiano. En 1930 y a lo largo de la década se publicaron algunos de los textos centrales de la poesía cubana, resultado de la efervescencia renovadora del momento. Ninguna otra ocasión mejor para el entusiasmo y la curiosidad con que fue recibido Lorca en la isla.
Entre el 9 de marzo y el 6 de abril despacha Lorca las cinco conferencias en La Habana que justificaban su viaje, y que después desgranaría en otras ciudades del interior de la isla. El éxito alcanzado por Lorca en sus presentaciones fue extraordinario. Lejos de la solemnidad acostumbrada en estos actos, Federico se presenta desinhibido y cordial, improvisa y desborda simpatía. La recaudación de taquilla, unida a la ayuda económica de sus amigos, posiblemente permitiera a Lorca ampliar su estancia en La Habana. Sobre la recepción del poeta granadino escribió más tarde Juan Marinello:
Las gentes de mejor sensibilidad recibieron con avidez absorta el verso inesperado, y le adivinaron la calidad y la hondura a través de su resonancia popular y de aquella conexión con lo nuestro que lo hacía, de pronto, materia cercana. Por ello se dio el caso, no producido antes ni repetido después, de que un escritor en la etapa ascendente y con lenguaje inusual, fuese recibido en la isla como un valor cumplido, de lograda estatura, de grandeza andadora. Porque es lo cierto que nuestros mejores hombres del año 30 ofrecieron al muchacho presuroso y alegre un homenaje de escritor clásico.
Y Lezama Lima, entonces estudiante, recuerda una lectura de poemas de Lorca en la Universidad de La Habana:
La seguridad de su voz en el recitado, le prestaba un gracioso énfasis, un leve subrayado. La voz entonces se agrandaba, abría los ojos con una desmesura muy mesurada, y su mano derecha esbozaba el gesto de quien reteniendo una gorgona, la soltase de pronto. El recuerdo de los cantaores estaba no solo en el grave entorno de su voz, sino en la convergencia del gesto y el aliento en todo su cuerpo, que parecía entonces dar un incontrastable paso al frente.
Lorca fue recibido y mimado en Cuba por las figuras más representativas de la alta cultura cubana, como Fernando Ortiz, Jorge Mañach, Lydia Cabrera, Félix Lizaso, José Antonio Fernández de Castro, etc. Y encontró un cordial acomodo entre los poetas cubanos contemporáneos: Guillén, Ballagas, Dulce María Loynaz, Florit, Marinello, Tallet, entre otros muchos.
Pero no solo de conferencias y vida pública se alimentó la visita habanera de Lorca. Si exceptuamos al siempre presente Chacón y Calvo, tres fueron los círculos en los que transcurrió su vida privada. El primero, prácticamente desde su llegada, en torno al matrimonio español de Antonio Quevedo y María Muñoz, musicólogos asentados en Cuba desde 1919, una amistad precedida por una cálida carta de presentación de Manuel de Falla. Con ellos compartiría numerosas actividades culturales y poco de su existencia más íntima.
Entre los hermanos Loynaz —Carlos Manuel, Dulce María, Enrique y Flor— Lorca encontraría su mejor acomodo. La variedad de temperamentos, hiperbólicos todos, y el inusual estilo de vida de los hermanos ganó de inmediato el favor de Lorca, al tiempo que su simpatía y su no menos delirante comportamiento le abrieron las puertas de aquella casa de El Vedado que para Lorca sería «la casa encantada». Allí instaló una suerte de taller, sin pernoctar nunca, donde tocaba el piano y cantaba, escribía, dibujaba, bebía whisky con soda, entre apasionados coloquios que solían terminar, ya de madruga, en visitas a las calles y plazas de La Habana Vieja. En aquella casa Lorca escribió El público, algunos de los poemas de Poeta en Nueva York y fragmentos de Yerma y Doña Rosita la soltera. Si difícil fue su relación con Dulce María y Enrique, su trato de exaltada fraternidad con Flor y Carlos Manuel compensó el desencuentro con los mayores de los hermanos.
El tercer círculo en que se desarrolló otro aspecto de la vida privada de Federico en La Habana estaba formado, en primer lugar, por el joven poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón y, en parte por los españoles, el musicólogo Adolfo Salazar y el pintor Gabriel García Maroto. Con ellos, Lorca conoció la intensidad de la noche marginal habanera, especialmente allí donde la presencia negra, bullanguera y alegremente provocadora, tenía sus recintos. Con ellos visitó por primera vez el popular Teatro Alambra, solo para hombres, donde se representaban delirantes piezas que alternaban la sátira social y política con lo vulgar y grosero, pero que gracias a la eficacia de los actores se convertían en desternillantes parodias que hacían llorar de risa a Federico, desde entonces asiduo asistente a estas representaciones, deslumbrado por la pericia en escena del negrito, el gallego, la mulata, el homosexual y el chino. Con sus amigos más íntimos recorrerá también los poco recomendables bares nocturnos del puerto y con Cardoza visita un elegante burdel que, en palabras del guatemalteco dejó paralizado a Federico «perplejo ante tanta suntuosidad».
Si en la zona portuaria Lorca descubrió la fuerza raigal y el encanto rítmico de la música popular cubana —entonces recién llegado a La Habana el son de Santiago de Cuba— fue en los bares marginados de la playa de Marianao donde Federico fue recibido como uno más entre los soneros negros y mulatos, sorprendidos por la gracia y la espontaneidad de aquel blanquito «gallego» que, primero los escuchaba con seriedad y atención para, a continuación, tomar el ritmo con las claves y hacer coro con los enardecidos intérpretes, ebrios de ritmo y de ron. Sin duda, entre aquellos bares modestísimos y populares, donde mejor se sintió Federico fue en el bar del Chori —Silvano Shueng Hechevarría, como Wifredo Lam, hijo de chino y de negra—, aquel mestizo enorme, santiaguero, de labios protuberantes y expresión inmutable, con un pañuelo rojo atado al cuello, poseedor de un inexplicable talento musical, capaz de extraer sorprendentes armonías de timbales, botellas, sartenes y bocinas, al tiempo que cantaba «Hayaca de maíz», «La choricera» y «Enterrador no la llores». La autenticidad del espectáculo debió de estremecer a Federico.
Si la disputa en torno al viaje de Lorca a Santiago de Cuba —costeado por la sede santiaguera de la Institución Hispanocubana de Cultura— ha quedado definitivamente zanjada por los incontestables testimonios de su visita, lo que hasta el presente no ha sido despejado es la identidad de la persona que lo acompañó. Un misterio más de un viaje que Federico quiso mantener en secreto, pues los Quevedo-Muñoz ni los Loynaz fueron advertidos del mismo. Lo que sí no ha dejado dudas fue la escritura del poema cubano de Lorca, «Son», escrito en el mes de abril en Matanzas, publicado por primera vez en La Habana por la revista Musicalia (abril-mayo de 1930) y cuyo original autógrafo regalará a su director Antonio Quevedo. Las pequeñas divergencias surgidas en las ediciones posteriores son materia de filólogos. En las que no entro. Sí me gustaría señalar que en Lezama Lima he encontrado, a mi parecer, la más acertada interpretación del verso «en un coche de aguas negras», de un hermetismo impenetrable para muchos, y que Lezama descifra considerando la metáfora como alusión al desaparecer el sol en la línea del horizonte. Sigue Lezama: «Ahí Lorca intuyó que el prodigio de nuestro sol es trágicamente tener sonidos negros, como el  caer de una cascada sombría detrás de las paredes donde se lanzan al asalto los cornetines del bailongo».
Todavía hasta el día en que Federico se embarca hacia España el 12 de junio lo persiguen las innumerables anécdotas tan singularmente lorquianas con que, desde sus primeros días habaneros, dejó sembrada su estadía en Cuba y en las que el implacable limitado tiempo no nos ha permitido detenernos.
A su regreso a España, Cuba, lo cubano, permanecerá en el imaginario del poeta. Sus cartas a los cubanos y los testimonios de sus amigos dan fe de un constante relato que revela lo impregnado que Federico quedará por su experiencia cubana. Por otra parte, son numerosos los textos inmediatos que genera el recuerdo del joven poeta durante su breve estancia cubana. Y con motivo de su asesinato, desde el mismo año 36, la respuesta cubana se llena de poemas de rabia, de ternura, de rechazo, de patetismo adolorido. En 1999 César López compiló cerca de un centenar de textos de todos los tiempos, donde los escritores cubanos han asegurado la permanente presencia de Federico García Lorca entre nosotros. Solo citaré el poema de Guillén, escrito en 1937:
ANGUSTIA CUARTA
Federico
Toco a la puerta de un romance.
—¿No anda por aquí Federico?
Un papagayo me contesta:
—Ha salido.
Toco a una puerta de cristal.
—¿No anda por aquí Federico?
Viene una mano y me señala:
—Está en el río.
Toco a la puerta de un gitano.
—¿No anda por aquí Federico?
Nadie responde, no habla nadie…
—¡Federico! ¡Federico!
La casa oscura, vacía;
Negro musgo en las paredes;
Brocal de pozo sin cubo,
Jardín de lagartos verdes.
Sobre la tierra mullida
Caracoles que remueven,
Y el rojo viento de julio
Entre las ruinas, meciéndose.
¡Federico!
¿Dónde el gitano se muere?
¿Dónde sus ojos se enfrían?
¡Dónde estará, que no viene!
Epílogo
José María Chacón y Calvo vivió hasta el final de sus días con la pesadumbre culposa de haberle facilitado a Federico las 250 pesetas para pagar el coche-cama que lo conduciría a la muerte.

(*) Pío E. Serrano, poeta, escritor y editor cubano.

Centro Virtual Cervantes

 

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Sartre entrevista a Daniel Cohn-Bendit

Publicada originalmente en la revista francesa Le Nouvelle Observateur el 20 de mayo de 1968.

Jean Paul Sartre (1905-1980) “Fue ante todo un hombre público que tomó posición y teorizó acerca del compromiso del intelectual con la realidad. Como escritor fue merecedor del Premio Nobel de Literatura en 1964, galardón que rechazó por razones éticas. Fue profesor en El Havre y en París hasta 1945, fecha en la que renunció para consagrarse plenamente a liderar el movimiento existencialista”, dice su biógrafo. El 19 de mayo de 1968 Sartre decidió poner el cuerpo y en plena revuelta, dio una clase magistral en la Universidad tomada por los estudiantes. Días después, se publicó este diálogo con uno de los referentes del movimiento, Daniel Cohn-Bendit, un estudiante de 23 años, cuya participación en la revuelta le valió ser expulsado de Francia. Tras diez años de exilio, regresó. En 2004 fue elegido eurodiputado por el ecologista Partido Verde.

En el diálogo que reproducimos quedó registrada la frase con la que Sartre definió el espíritu del movimiento: “Ustedes llevan la imaginación al poder”.

Sartre: En pocos días, sin que ninguna orden de huelga general fuera lanzada, Francia se encontró paralizada por los paros y las ocupaciones de fábricas. Todo a consecuencia de que los estudiantes se hicieron dueños de la calle en el Barrio Latino. ¿Qué impresión tienen ustedes del movimiento que han desencadenado? ¿Hasta dónde puede llegar? 

Cohn- Bendit: Ha alcanzado una extensión que nosotros no podíamos prever al comienzo. En este momento, el objetivo es derribar al régimen. Pero no depende de nosotros que este objetivo llegue o no a lograrse. Si fuera realmente el del Partido Comunista, el de la c.g.t., y de las otras centrales sindicales, no habría problema: el régimen caería en quince días, pues no hay modo de oponerse a una manifestación de fuerza que comprometa a todo el movimiento obrero.

Sartre: Hay casos, cuando la situación es revolucionaria, en que un movimiento como el de ustedes no se detiene, pero también suele suceder que el impulso declina. En este caso, es preciso tratar de ir lo más lejos posible antes de la detención. ¿Cuál es en su opinión la parte irreversible en el movimiento actual, suponiendo que acabe enseguida?

Cohn- Bendit: Los obreros lograrán el cumplimiento de cierto número de reivindicaciones materiales, al mismo tiempo que importantes reformas tendrán lugar en la Universidad por obra de las tendencias moderadas del movimiento estudiantil y de los profesores. No serán las reformas radicales a las que aspiramos, pero de todos modos tendremos cierto peso: presentaremos propuestas precisas, y sin duda algunas serán aceptadas porque no se atreverán a negarnos todo. De seguro será un progreso, pero nada fundamental habrá cambiado, por lo que continuaremos cuestionando el sistema en su conjunto. De todas maneras, no creo que la revolución sea posible de un día para otro. Creo que sólo será posible obtener mejoras sucesivas, más o menos importantes, pero estas mejoras no podrán ser impuestas sino por acciones revolucionarias. Por esta razón, el movimiento estudiantil, que habrá alcanzado, pese a todo, una reforma importante en la Universidad, aunque transitoriamente pierda energía, toma un valor de ejemplo para muchos jóvenes trabajadores. Utilizando los medios de acción tradicionales del movimiento obrero -la huelga, la ocupación de la calle y de los lugares de trabajo-, hemos derribado el primer obstáculo: el mito por el cual “nada puede hacerse contra el régimen”. Hemos probado que eso no era verdad. Y los obreros se han lanzado por la brecha. Puede ser que esta vez no sigan hasta el final. Pero habrá otras explosiones más tarde. Lo importante es que se ha demostrado la eficacia de los métodos revolucionarios. La unión de los estudiantes y obreros sólo puede hacerse en la dinámica de la acción si el movimiento de los estudiantes y el de los obreros conserva cada uno su impulso y convergen hacia un mismo objetivo. Por el momento existe una desconfianza natural y comprensible de los obreros.

Sartre: Esta desconfianza no es natural sino adquirida. No existía a comienzos del siglo xix y sólo apareció después de las masacres de junio de 1848. Antes, los republicanos -que eran intelectuales y pequeños burgueses- y los obreros marchaban juntos. Después, no hubo ya perspectivas de unión, ni siquiera en el Partido Comunista, que siempre ha separado cuidadosamente a los obreros de los intelectuales.

Cohn- Bendit: De todos modos algo ha sucedido en el transcurso de esta crisis. Ha habido, en realidad, tres etapas. Primero la desconfianza franca, no sólo de la prensa obrera sino del medio obrero. Decían: “¿Qué quieren esos nenes de papá que vienen a fastidiarnos?”. Y más tarde, después de los combates en la calle, después de la lucha de los estudiantes contra los policías, ese sentimiento ha desaparecido y la solidaridad se vuelve efectiva. En este momento estamos en un tercer estadio: los obreros y los campesinos han entrado a su vez en la lucha pero nos dicen: “Esperen un poco, queremos manejar nosotros mismos nuestro combate”. Es normal. La unión sólo podrá realizarse más tarde si los dos movimientos, el de los estudiantes y el de los obreros, conservan su impulso. Después de cincuenta años de desconfianza, no creo que lo que se denomina “diálogo” sea posible. No se trata solamente de hablar. Es natural que los obreros no nos reciban con los brazos abiertos. El contacto sólo se establecerá si combatimos juntos.

Sartre: El problema sigue siendo el mismo: mejoras o revolución. Como usted dice, todo lo que ustedes hacen a través de la violencia es recuperado por los reformistas de una manera positiva. La Universidad, gracias a lo que ustedes han hecho, se verá mejorada, pero siempre dentro del marco de la sociedad burguesa.

Cohn- Bendit: Es evidente; pero creo que no hay otro modo de avanzar. Tomemos el ejemplo de los exámenes. No se discute que se seguirá con ellos. Pero seguramente no se desarrollarán como antes. Se encontrará una fórmula nueva. Y si una sola vez se efectúan de un modo desacostumbrado, un proceso de reforma se pondrá en marcha de modo irreversible. No sé hasta qué punto llegará, lo que sé es que se hará lentamente; pero es la única estrategia posible. Para mí, no se trata de hacer metafísica, ni de indagar cómo habrá que realizar la revolución. Ya he dicho que creo que vamos más bien hacia un cambio perpetuo de la sociedad, provocado, en cada etapa, por acciones revolucionarias. El cambio radical de las estructuras de nuestra sociedad sólo sería posible si se produjera de golpe la coincidencia de una crisis económica grave, con la acción de un potente movimiento obrero y de un fuerte movimiento estudiantil. Hoy estas condiciones no están reunidas. Como máximo puede pretenderse la caída del gobierno. Pero no puede soñarse con hacer estallar la sociedad burguesa. Lo que no quiere decir que no haya que hacer nada; todo lo contrario, es necesario luchar paso a paso a partir de un cuestionamiento global.

La cuestión de saber si puede haber todavía revoluciones en sociedades capitalistas evolucionadas y de lo que hay que hacer para provocarlas realmente no me interesa. Cada cual con su teoría; unos dicen: las revoluciones del Tercer Mundo son las que provocarán el derrumbe del mundo capitalista. Otros: sólo gracias a la revolución en el mundo capitalista podrá haber desarrollo del Tercer Mundo. Todos los análisis están más o menos fundados, pero en mi opinión, eso no tiene mayor importancia. Observemos lo que acaba de pasar. Desde hace mucho tiempo hay gente que busca el mejor modo de provocar una explosión en el medio estudiantil. Nadie lo ha encontrado y finalmente ha sido una situación objetiva la que ha provocado la explosión. Influyó sin duda el manotón del poder -la ocupación de la Sorbona por la policía-, pero es evidente que esta “gaffe” monumental no es el único origen del movimiento. La policía ya había entrado en Nanterre, algunos meses atrás, y eso no había despertado ninguna reacción en cadena. Esta vez se despertó una que no fue posible detener, lo que permite examinar el papel que puede desempeñar una minoría activa.

Lo que ha sucedido desde hace dos semanas constituye, a mi entender, una refutación de la famosa teoría de “las vanguardias revolucionarias” consideradas como las fuerzas dirigentes de un movimiento popular. Ha habido simplemente una situación objetiva, derivada de lo que se llama de un modo vago “el malestar estudiantil” y de la voluntad de acción de una parte de la juventud, decepcionada por la inacción de las clases que ejercen el poder. La minoría activa pudo, por el hecho de ser teóricamente más conciente y estar mejor preparada, encender el detonador y penetrar por la brecha. Pero eso es todo. Los otros podían seguir o no seguir. Sucede que han seguido. Pero después, ninguna vanguardia ha podido tomar la dirección del movimiento. Sus militantes pudieron participar en las acciones de un modo decidido pero desaparecieron absorvidos por el movimiento. Se los encuentra en los comités de coordinación, donde su papel es importante, pero en ningún momento hubo oportunidad de que estas vanguardias desempeñaran un papel directivo.

Es el punto esencial. Sirve para destacar que es necesario abandonar la teoría de “la vanguardia dirigente” para adoptar aquella -más simple y más honrada- de “la minoría activa” que desempeña el papel de un fermento permanente, impulsando a la acción sin pretender la dirección. En efecto, aunque nadie quiera admitirlo, el partido bolchevique no dirigió la Revolución Rusa. Fue empujado por las masas. Pudo elaborar su teoría en la marcha, dar ciertos impulsos hacia un lado o hacia otro, pero no desencadenó, solo, un movimiento que fue en su mayor parte espontáneo. En determinadas situaciones objetivas -con la ayuda de una minoría activa- la espontaneidad retoma su lugar en el movimiento social. Es ella la que promueve su avance, y no las órdenes de un grupo dirigente.

Sartre: Lo que mucha gente no comprende es que ustedes no buscan elaborar un programa, ni dar una estructura al movimiento. Les reprochan querer “destruirlo todo” sin saber -en todo caso sin decir- lo que ustedes quieren colocar en lugar de lo que derrumban.

Cohn- Bendit: ¡Claro! Todo el mundo se tranquilizaría si fundáramos un partido anunciando: “Toda esta gente está con nosotros. Aquí están nuestros objetivos y el modo como pensamos lograrlos…”. Se sabría a qué atenerse y por lo tanto la forma de anularnos. Ya no se estaría frente a “la anarquía”, el “desorden”, la “efervescencia incontrolable”. La fuerza de nuestro movimiento reside precisamente en que se apoya en una espontaneidad “incontrolable”, que da el impulso sin pretender canalizar o sacar provecho de la acción que ha desencadenado. Para nosotros existen hoy dos soluciones evidentes. La primera consiste en reunir cinco personas de buena formación política y pedirles que redacten un programa, que formulen reivindicaciones inmediatas de aspecto sólido y digan: “Ésta es la posición del movimiento estudiantil, hagan según eso lo que quieran”. Es la mala solución. La segunda consiste en tratar de hacer comprender la situación, no a la totalidad de los estudiantes, ni siquiera a la totalidad de los manifestantes, pero a un gran número de ellos. Para eso, es preciso evitar la creación inmediata de una organización o definir un programa que serían inevitablemente paralizantes. La única oportunidad del movimiento es justamente ese desorden que permite a las gentes hablar libremente y que puede desembocar, por fin, en cierta forma de autoorganización. Ante la repentina libertad de palabra en París, se hace preciso que en primer término la gente se exprese. Dicen cosas confusas, vagas, a menudo sin interés, porque se las han dicho cien veces, pero eso les permite, después de haber dicho todo eso, plantearse la siguiente pregunta: “¿Y ahora?”. Eso es lo más importante, y lo que gran parte de los estudiantes se pregunta: “¿Y ahora?”. Nosotros presentaremos propuestas, pero que nos den tiempo. Primero hay que hablar, reflexionar, buscar fórmulas nuevas. Las encontraremos. Pero no hoy.

Sartre: Lo interesante de la acción que ustedes desarrollan es que lleva la imaginación al poder. Ustedes poseen una imaginación limitada como todo el mundo, pero tienen muchas más ideas que sus mayores. Nosotros estamos formados de un modo tal que tenemos ideas precisas sobre lo que es posible y lo que no lo es. Un profesor dirá: “¿Suprimir los exámenes? Jamás. Se puede perfeccionarlos, pero jamás suprimirlos”. ¿Por qué esto? Porque ha pasado por los exámenes durante la mitad de su vida.

La clase obrera ha imaginado a menudo nuevos métodos de lucha, pero siempre en función de la situación precisa en la que se encontraba. En 1936 inventó la ocupación de las fábricas, porque era la única arma que tenía para consolidar y sacar provecho de una victoria electoral. Ustedes tienen una imaginación mucho más rica y las frases que se leen en los muros de la Sorbona lo prueban. Hay algo que ha surgido de ustedes que asombra, que trastorna, que reniega de todo lo que ha hecho de nuestra sociedad lo que ella es. Se trata de lo que yo llamaría la expansión del campo de lo posible. No renuncien a eso. ●

Nuevo libro sobre Mayo del 68

Elorza Mayo francés libro
Este mes se conmemora el aniversario 50 del estallido social conocido como Mayo del 68 –aunque se extendió hasta junio– o el Mayo Francés –aunque se produjo no sólo en Francia–. Entre los numerosos y apetecibles libros que por esta efeméride acaban de ser publicados en España figura el titulado UTOPÍAS DEL 68. DE PARÍS Y PRAGA A CHINA Y MÉXICO, del prestigioso historiador y ensayista Antonio Elorza, profesor de Ciencia Política en la madrileña Universidad Complutense y columnista del periódico español EL PAÍS. En las 342 páginas de su documentado estudio, publicado por Ediciones Pasado & Presente, de Barcelona, el profesor Elorza analiza, con minuciosidad y claridad expositiva, la revuelta del 68 en sus diversas facetas, y en su pluralidad ideológica, en aquellos países donde alcanzó mayor importancia. MDM

Fidelito es la metáfora de Cuba

 Loris Zanatta
(LA NACIÖN, Argntina, 6/2/2018) Pobre Fidelito. ¿Qué más se puede decir sobre el suicidio del primogénito de Fidel Castro? ¿De la muerte de un hombre que a la edad de 70 años mantenía el sobrenombre de su infancia? ¿De una muerte que todos usarán para hablar sobre el padre? Se podría decir que se suma a la larga lista de los famosos suicidios, o suicidados, de la revolución cubana: Osvaldo Dorticós, Haydée Santamaría, Nilsa Espín, Javier da Varona, Félix Peña, Alberto Mora y muchos otros: para llenar libros. Pero no sería correcto. Él, la Revolución no la hizo: la sufrió. No fue su vocación, sino su destino, ya escrito al nacer. Un destino que, como hijo de Fidel, ni siquiera podía pensar desafiar. Quién sabe cuántas veces lo habrá vivido como una prisión.
Había nacido el 1 de septiembre de 1949 del matrimonio de Fidel Castro con Mirta Díaz-Balart. Fidel era así: hijo de un gallego que se hizo rico pero siguió siendo un campesino rústico, siempre fue un paria entre los vástagos de la burguesía con quienes estudió en los colegios jesuitas. Hacia su clase, maduró así un odio visceral que duró toda la vida, el mismo odio que la España rural y católica en que se había formado tenía por las costumbres liberales y por Estados Unidos, culpables de contagiarlas al puro e inocente pueblo cubano. Sin embargo, se enamoró siempre de mujeres que eran el espejo de esa misma burguesía: bellas, rubias, ricas, cultas, sofisticadas y de excelentes modales. Cómo para sublimar de esa manera el dolor del rechazo padecido. Mirta, la madre de Fidelito, correspondía a la perfección a ese retrato. Más que nadie: los Díaz-Balart formaban parte de la élite burguesa oriental, cosa mucho más relevante que su vinculación con Batista, que de burgués no tenía un pelo.
Desde la infancia, por lo tanto, el niño fue un rehén político: a veces del padre, a veces de la familia de la madre. Lo secuestraron y se lo robaron el uno al otro y Fidel lo exhibió triunfante cuando ingresó a La Habana en enero de 1959. ¿El padre lo amaba? Se supone. ¿El padre lo consideró? Para nada. Porque para Fidel no era una cuestión de afecto familiar: estaba la historia de por medio, una misión a la que ambos debían someterse, aunque él la hubiese escogido y Fidelito no. Quien, como Fidel, se consideraba a sí mismo un hombre de la providencia investido con la misión de redimir a la humanidad del pecado, no podía tener una familia como un mortal común. ¿Los sacerdotes tienen familia? ¿Los guerreros?
Como un Quijote algo fanático y egolatra, profesor de todo y conocedor de nada, Fidel tuvo muchos sueños absurdos y deletéreos: soñó que Cuba se haría más rica que los Estados Unidos y que en los Estados Unidos estallaría la revolución socialista; aseguró que Occidente estaba declinando y que la Unión Soviética triunfaría, porqué así lo decían las leyes de la historia, que él pretendía conocer. Soñó que Cuba produciría mejores quesos que Francia, más leche que Holanda, más citricos que Israel, que exportaría en grandes cantidades todo lo que siempre tuvo que importar. ¿Por qué no soñar con ser potencia nuclear? ¿No lo ayudaría a redimir la humanidad? ¡Esa sería la tarea de su hijo! Cuando finalmente sus sueños se convertían en pesadillas de las cuales otros pagaban las consecuencias, él no era hombre que recitara el mea culpa: Dios no se equivoca. La culpa la tenían entonces el Imperio, los contrarrevolucionarios, los derrotistas, el mismo pueblo, que nunca llegaba a ser tan virtuoso como él quería. ¿Por qué no el hijo también? Fidelito había estado dirigiendo la agencia cubana de energía atómica durante doce años: “no hay monarquía”, dijo el padre monarca al echarlo.
Pobre Fidelito. Ni siquiera pudo imaginar su vida, porque su padre aplastaría a cualquiera bajo sus exigentes mayúsculas: Heroísmo, Sacrificio, Moral, Pueblo, Patria, Muerte. Una sinfonía ensordecedora de trombones. No es coincidencia que en la búsqueda constante de la sucesión dinástica que algún día podría tomar las riendas de Cuba, no aparezcan hijos de Fidel. Son todos hijos y nietos de Raúl, cruel y afectuoso, metódico y despiadado, un hombre de poder y familia. Mejor: Familia, con mayúscula. Fidelito es la metáfora de Cuba y de su dramática historia. Quién sabe qué grandes talentos habría desarrollado si hubiera sido libre. Quién sabe qué gran humanidad hemos perdido. De esa metáfora, el suicidio es la clave.

Martí y la revolución democrática en Cuba

Martí foto

José Martí

Manuel Díaz Martínez

El 5 de enero de 1892 –hace 126 años– se aprobaron las Bases del Partido Revolucionario Cubano. Este partido fue, en primer lugar, el producto de los esfuerzos de José Martí para cohesionar las fuerzas sociales cubanas interesadas en la independencia nacional y para dotar al nuevo movimiento redentor de un órgano de dirección política y de coordinación de las acciones insurreccionales. Definiéndolo, el propio Martí apuntó: “El Partido Revolucionario Cubano es el pueblo de Cuba”.

Los fines que perseguía el PRC están claramente expuestos en sus Bases, redactadas por Martí, y son los siguientes: lograr la independencia absoluta de Cuba y contribuir a la de Puerto Rico; preparar, a ese efecto, la guerra necesaria, “generosa y breve”, mancomunando las voluntades y los esfuerzos de los distintos sectores separatistas; y establecer los fundamentos democráticos de la república que nacería al desaparecer la dominación colonial.

El último punto revela que Martí no sólo pensaba en los problemas inmediatos relacionados con la empresa libertaria, sino que se preocupaba ya de cómo habría de ser el régimen de gobierno de los cubanos en libertad. Para conocer la concepción martiana de este régimen, léanse los artículos 3 y 4 de las Bases. El 3 dice: “El Partido Revolucionario Cubano reunirá los elementos de revolución hoy existentes y allegará, sin compromisos inmorales con pueblo u hombre alguno, cuantos elementos nuevos pueda, a fin de fundar en Cuba por una guerra de espíritu y métodos republicanos una nación capaz de asegurar la dicha durable de sus hijos y de cumplir, en la vida histórica del continente, los deberes difíciles que su situación geográfica le señala”. El artículo 4 expresa: “El Partido Revolucionario Cubano no se propone perpetuar en la República Cubana, con formas nuevas o con alteraciones más aparentes que esenciales, el espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia, sino fundar en el ejercicio franco y cordial de las capacidades legítimas del hombre, un pueblo nuevo y de legítima democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud”.

Las Bases del PRC aluden a un enemigo externo que ponía en peligro a la soberanía de la futura república. Ese enemigo, con el que la prudencia aconsejaba mantener “relaciones cordiales” en los instantes en que se gestaba la guerra independentista, era el imperialismo norteamericano, que se hallaba en su etapa de ascenso vertiginoso. En el artículo 3 de las Bases se subraya que la revolución no debía contraer “compromisos inmorales con pueblo u hombre alguno”.

En las labores del PRC, Martí tuvo la colaboración de dos eminentes cubanos: el socialista utópico Diego Vicente Tejera y el marxista Carlos Baliño.

Tejera fundaría, en 1899, el primer partido socialista cubano, que a duras penas sobrevivió cuatro años al cerco que le tendió la por entonces muy influyente corriente anarcosindicalista y a las prevenciones de relevantes figuras del separatismo que veían en este partido un obstáculo para la unidad nacional y un motivo para que la ocupación militar norteamericana se prolongara. Por su parte, Baliño, que fue uno de los fundadores del PRC, organizó en 1903 un Club de Propaganda Socialista, mediante el cual desplegó campañas de divulgación del “socialismo científico”. En 1925, Baliño fundaría, junto al líder estudiantil Julio Antonio Mella, el primer partido comunista de Cuba.

La presencia de Tejera y Baliño en el PRC fue posible, ante todo, porque éste funcionaba como un “frente nacional”. En el triunfo de la causa del PRC -la independencia del país y la fundación de una república soberana y democrática- estaban interesados diferentes clases y sectores de la sociedad cubana, desde la alta burguesía azucarera, cafetalera y ganadera (en gran parte depauperada por las guerras independentistas), el campesinado y la mediana y pequeña burguesía urbana, hasta el proletariado. Éste último había alcanzado, en las postrimerías del siglo XIX, un notable crecimiento en número y en conciencia de clase. No olvidemos el elocuente detalle de que, en la emigración, la base social del PRC la constituían mayoritariamente los trabajadores de las factorías tabaqueras de Tampa y Cayo Hueso.

El fundado y dirigido por Martí era, pues, como se diría hoy, un partido de frente amplio, con objetivos situados por encima de clases y tendencias ideológicas. En él se reconocían todas las fuerzas sociales que convergían en el anhelo de sustituir el asfixiante autoritarismo de la colonia por un régimen democrático que, en una república soberana, garantizase el desarrollo de las fuerzas productivas de la nación.

A la vista del autoritarismo totalitario que hoy asfixia a nuestro país, los cubanos deberíamos atender la lección básica que nos ofrece el PRC.

Martí, fuente de inspiración política y ética que continúa manando, nuevamente nos señala el camino que debemos seguir. Su partido plural, unitario y democrático debería servir de ejemplo, adecuándolo a las circunstancias actuales, a todos los que deseamos poner fin a la pesadilla nacional.

 

Así se vivió en España la Revolución Bolchevique

 

El golpe bolchevique de 1917 tuvo su reflejo en las librerías y quioscos españoles y, aún hoy, llega su estela en el diseño de interiores.

Laura Galdeano  (LIBERTAD DIGITAL, 11/11/2017)

La variada propaganda de la Revolución Rusa

Durante las décadas de los 20 y los 30 del siglo pasado, en España se desata un gran interés editorial por Rusia. Las librerías se llenan de clásicos de la literatura y la filosofía soviéticas, en muchas ocasiones traducidos por emigrados rusos, pero, junto a ellos, toman fuerza las novelas comunistas. De forma paralela, la prensa española comienza a incluir referencias a los sucesos de Petrogrado, aún no usando la palabra “revolución” ni tampoco “bolchevique”. El inicio de la Revolución Rusa se cuenta en nuestro país solo como un episodio más de la I Guerra Mundial.

Cómo se vivió en España la Revolución Rusa ha sido el objeto de estudio de una de las actividades organizadas por la Universidad CEU San Pablo con motivo del aniversario de este acontecimiento histórico, para lo que se organizó una exposición de portadas de prensa española con los principales acontecimientos de la Revolución, junto a una muestra bibliográfica y una selección de carteles.

“Desde los años 20, en España había mucho interés por la literatura rusa. Se leía mucho a Chéjov, por ejemplo. La filosofía rusa también era muy apreciada en ese momento, pero ya en esta década empiezan a aparecer un nuevo tipo de obras que cuentan lo que está siendo la Revolución, del tipo El Terror rojo en Rusia, de Sergei Melgunov, o La noche roja, de Valentín Speranski, ilustrada con fotos espeluznantes de la casa donde asesinaron a los zares”, explica Milagrosa Romero, profesora de los Grados de Historia e Historia del Arte y una de las comisarias de la exposición.

También llegan obras de los revolucionarios, como La revolución permanente de Trotsky. “A nivel popular, se vendían más las novelas de corte socialista porque las obras teóricas son más difíciles de dirigir pero, aún así, Trotsky se hizo muy popular”, cuenta Romero. Los traductores de estas obras eran en su mayoría disidentes, con lo que eso conllevaba: “A Trotsky lo tradujo Andreu Nin, del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), que fue aniquilado por agentes soviéticos en el trascurso de la Guerra Civil. Lo mismo le ocurrió al traductor de John Dos Passos, José Robles. Era comunista pero también lo liquidaron por no estar de acuerdo con Moscú”.

Se cuenta el horror

En el año 25, la Revista de Occidente publicó un artículo sobre la Checa soviética. “No se puede decir que no se sabía lo que estaba pasando porque se sabía. Llegaba hasta en cómic con Tintín en el país de los Sovietsque es una denuncia tremenda”, explica Milagrosa Romero.

La atracción por Rusia fue más allá. A finales de la década de los 20 nacen editoriales especializadas en propaganda procomunista y prosoviética, como la editorial Cénit (1928), impulsada por Diego Hidalgo, un notario comunista adinerado que financia novelas de corte socialista y de autores comunistas. En el año 37, se publica un libro propagandístico, con fotos “de gran formato y gran calidad”, con texto del periodista y agente del Comité Judío Antifascista Ilyá Ehrenburg, con las consignas clásicas: el obrero con el puño en alto, la mujer campesinas, el “no pasarán”. Como nota curiosa, este libro incluye una gran panorámica de la plaza de toros de Barcelona durante la celebración de un mitín del partido comunista.

A partir de 1945, los españoles comienzan a interesarse por otro tipo de libros. “Se publican un número importante de obras de exiliados de la aristocracia y la realeza rusa, como Educación de una princesa, de María la gran princesa de Rusia, y, sobre todo, de miembros de la nomenklaturasoviética perseguidos por Stalin, como Kravchenko o Krivitsky”.

Fenómeno de la disidencia

Desde finales de los años 50, crece el interés por el fenómeno de la disidencia y comienzan a lanzarse títulos de literatura rusa clandestina. Autores como Sholojov o Solzhenitsyn se convierten en fenómenos editoriales. “Hubo un auténtico bombazo editorial, sobre todo cuando comenzaron a ganar Premios Nobel, como Andréi Sájarov, Aleksandr Solzhenitsyn o Mijaíl Bulgakov”, dice la comisaria. Al comenzar la Guerra Fría, explica Milagrosa Romero, se publican testimonios de gente como Walter Krevisky, jefe de los servicios secretos militares soviéticos que escapó, aunque “Stalin finalmente le echó el guante y lo mató”. También de españoles comunistas como Díaz de Villegas o Hidalgo de Cisneros: “Son textos de gente que, siendo comunistas y habiendo ido voluntariamente, escapan porque no soportaban las condiciones de vida y la represión política. Esto se publica mucho”.

La prensa

El 13 de marzo de 1917, la prensa española da cuenta por primera vez de lo que está sucediendo en Rusia. No se habla de bolcheviques sino de “maximalistas”. La profesora de Historia Contemporánea y Doctora en Periodismo Cristina Barreiro, tras rastrear las publicaciones de la época, concluye que “lo que importa es la I Guerra Mundial”mientras que la Revolución Rusa “es solo un episodio más”. Lo único que interesa en saber “cómo iba a afectar a uno de los dos bandos”.

Las primeras referencias las encontramos en marzo – febrero en Rusia- en El Debate, publicación impulsada por la Asociación Católica de Propagandistas y dirigida por Ángel Herrera Oria. “Dice que los disturbios se deben a la escasez de alimentos, no se habla de anarquía”, explica Cristina Barreiro. El Heraldo de Madrid, el 18 de marzo titula “la Revolución en Rusia”, acompañado de una fotografía sobre la abdicación forzosa del zar. La época, periódico conservador, menciona “la muerte del monje Rasputín” y La Correspondencia habla de “los sucesos de Petrogrado” asegurando que “ha triunfado en Rusia el partido de la Guerra”.

El imparcial, periódico de tinte cultural, contaba con la firma desde Londres de Salvador de Madariaga, que “hace una síntesis de la situación rusa dejando espacio a la interpretación”, dice Barreiro. Titulaba: “Monarquía o República”.

ABC publicó una impactante fotografía del zar retenido en su palacio, tomada de un periódico británico. “Es de las últimas imágenes del zar con vida”, incide la comisaria. El Socialista, por su parte, muestra otro punto de vista. La Revolución centra las opiniones de dos de sus principales firmas: Pablo Iglesias y Luis Araquistaín.

Los carteles de la revolución

Durante la llamada Revolución de Octubre se desarrolló un método de agitación social de gran efectividad, los carteles políticos. De forma poco costosa, hacían llegar al pueblo sus denuncias contra la burguesía, el hambre o la miseria. “Han dejado una estela enorme en el cartel posterior y en la actualidad”, explica María Jesús Aparicio, profesora de Historia del Arte y comisaria de la exposición. “Hay diseños totalmente actualizados. Vemos su influencia en portadas de discos como la de Franz Ferdinand, en diseños de mueble o en el arte minimalista tan de moda a nivel de diseño gráfico, de interiores o en construcciones arquitectónicas”.

El cartelismo en esta época era “subsidiario de la política”. Los colores son muy simbólicos: rojo, beige y negro. Se podían leer lemas como “Alístate”, “Ven con nosotros” y otras llamadas a los jóvenes para unirse a las armas y combatir. Otros, tenían tintes más económicos relacionados con “la hambruna, la educación, los orfelinatos y el papel que jugaba la sociedad”, explica la comisaria. “El cartelismo, por una parte, no deja de ser una forma de promulgar y llamar a la ciudadanía a que forme parte de esa Revolución, y por potra parte, está el aspecto plástico. Están hechos por artistas contemporáneos que han formado parte de la vanguardia. Los artistas formaron parte de la Revolución, se entienden como obreros, no como creadores ni creativos”.

Se conocieron como “artistas panfletos”. Usaban sencillas formas geométricas, acompañadas de un breve texto comprensible para las masas, que “marcó un antes y un después en la disciplina”. “El 90% de los ciudadanos eran analfabetos, la imagen está por encima de la palabra. Son carteles que empapelaron la ciudad de Moscú. Había voceros que explicaban su contenido a la gente que se arremolinaba entorno a ellos”.

Los artistas, parte de la maquinaria comunista

Cada cartel, como explica Aparicio, tenía tres aspectos: era un reclamo, buscaba una afiliación y tenía una función artística. “No es descuidado”, dice. “Los artistas elegidos eran próximos a los políticos. Eran parte del engranaje, de la maquinaria comunista. El artista era muy libre, decide el mensaje, la iconografía y la propia imagen del cartel. El arte ruso en este momento cobra relevancia y es vanguardista a través del cartelismo”.

Los sucesivos gobiernos de la URSS se sirvieron de la cartelería para difundir el ideal comunista entre los ciudadanos, pero desde el punto de vista iconográfico fueron totalmente distintos.Stalin impuso el realismo socialista como forma de expresión artística. “Durante la Revolución es puro constructivo, es simplificación al máximo, mientras que posteriormente se da un arte más imperial. Se retrataban a los líderes como si fueran los antiguos emperadores romanos, personajes muy magnificados, con paisajes idílicos… Son iconos que compartieron con el nazismo”.

Retrato de mi asesino

Bernardo Marín

Se publica una biografía de Stalin en gran parte inédita que Trotski escribía cuando fue asesinado

(EL PAÍS, España, 28/10/2017) “Stalin se divertía en su casa de campo degollando ovejas o vertiendo queroseno en los hormigueros y prendiéndoles fuego. Kámenev me dijo que, en sus visitas de ocio sabatinas a Zubalovka, Stalin caminaba por el bosque y continuamente se divertía disparando a los animales salvajes y asustando a la población local. Tales historias sobre él, procedentes de observadores independientes, son numerosas. Y, sin embargo, no faltan personas con este tipo de tendencias sádicas en el mundo. Fueron necesarias condiciones históricas especiales antes de que estos instintos oscuros encontraran una expresión tan monstruosa”.

Estas palabras forman parte de una biografía singular. Por la relevancia de sus protagonistas, dos de las figuras prominentes de la Revolución Rusa, enfrentadas por una de las rivalidades más encarnizadas del siglo XX. Y porque el perfil quedó inconcluso después de que el retratado ordenara la muerte de su biógrafo. Stalin, la obra que León Trotski escribía cuando fue asesinado por Ramón Mercader en México en agosto de 1940, ha permanecido dormida durante más de siete décadas. Y después de muchas peripecias, mutilaciones y añadidos, vuelve a ver la luz en un volumen de casi mil páginas, en gran parte inédito, coincidiendo con el centenario de la llegada al poder de los bolcheviques.

La historia de este libro merecería la publicación de otro que la contara. Trotski, exiliado en México tras serle denegado el asilo en varios países, se sabía sentenciado por el líder de la Unión Soviética Josif Stalin. Pero no tenía particular interés en escribir la vida de su antiguo camarada. “No fue una venganza. Escribir esta biografía no entraba en los planes del abuelo. Estaba centrado en acabar otra sobre Lenin”, explica Esteban Volkov, nieto del revolucionario, en conversación telefónica desde Ciudad de México, donde reside. “Pero necesitaba dinero y la editorial Harper & Brothers de Nueva York le hizo una oferta generosa”.

Volkov, a punto de cumplir 92 años, ha sido durante décadas el guardián de la memoria de su abuelo. También es director de la Casa Museo León Trotski, entre cuyos muros fue asesinado el revolucionario en agosto de 1940 por un golpe de piolet del agente estalinista Ramón Mercader. El mismo escenario donde se presentará la versión en español del libro, publicada por la editorial mexicana Fontamara, el día 11, coincidiendo con el aniversario de una Revolución de Octubre que por diferencias entre los calendarios gregoriano y juliano, sucedió en noviembre para el resto del mundo. La obra se publicó hace un año en inglés en una editorial marxista de Londres y fue traducida después al italiano y al portugués, pero la noticia no tuvo repercusión en los grandes medios.

Harper & Brothers publicó una versión incompleta del libro en inglés en 1946. Antes no era posible, porque EE UU y la Unión Soviética eran aliados contra Alemania. Pero la viuda de Trotski, Natalia Sedova, pleiteó en los tribunales sin éxito para que fuera retirada. Sus objeciones se dirigían, sobre todo, contra el editor y traductor de la obra. “Hizo una deficiente edición del libro, con mutilaciones y múltiples añadidos de su cosecha muy alejados del pensamiento político del abuelo”, explica Volkov. El propio Trotski nunca tuvo demasiada confianza en su traductor, y había montado en cólera cuando supo que había enseñado algunos originales a terceras personas. “Parece tener al menos tres cualidades: que no sabe ruso, que no sabe inglés y que es tremendamente pretencioso”, escribió en una carta al periodista estadounidense Joseph Hansen.

SANGRE SOBRE PAPEL

Jorge F. Hernández

La biografía más trascendental de Joseph Vissarionovich, tristemente celebrado aún por algunos por su apodo: Stalin, es un retrato minucioso del diabólico dictador ruso en 890 páginas, escrito nada menos que por León Davidovich Bronstein, que conocemos como Trotski. Parece increíble que al publicarse en inglés hace un año no haya provocado titulares a ocho columnas o revuelo en las redes ni reseñas diversas. Vivimos en amnesias funcionales que creen saciarse con 140 caracteres donde al menos dos generaciones sólo saben algo de León Trotski por las películas, postales, cafeteras y demás productos que circulan desde que Frida Kahlo se convirtió en marca registrada.

La inmensa biografía firmada por uno de los principales líderes de la Revolución Rusa desmenuza quirúrgicamente la demencia increíble de un sanguinario traidor de esa misma Revolución: un animal que parecería indescriptible de no contarse con miles de documentos, fotografías (incluso las alteradas “por el bien de la Historia”), testimonios, sobrevivientes de las purgas, náufragos del Gulag, proscritos redimidos y seguidores arrepentidos que incluso desde el primer triunfo bolchevique dejaron constancia de su reguero de desgracias y compendio constante de crímenes. Entre los párrafos que pergeñaba Trotski durante su exilio incansable en su frágil fortaleza de Coyoacán, estaban sobre la mesa los papeles que serían su lápida, cuya redacción se interrumpió en cuanto Ramón Mercader clavó su piolet de montañista en su cráneo.

Trotski forcejeó con el enviado, sabiendo que su verdugo se hallaba sonriente en el Kremlin y quizá durante su agonía pensó que al menos gran parte de la escrupulosa biografía del verdugo de él y de casi toda su familia, de millones de seres humanos y de no pocas ilusiones utópicas estaba prácticamente terminada. Había aceptado escribirla por el jugoso pago que prometió una editorial americana, cuyo traductor tuvo a bien mal-traducir, editar e incluso, enmendar y añadirle párrafos de su propia cosecha. Eso ya quedó corregido y contamos ahora con la publicación de un retrato del Diablo hecho en prosa sobre papeles… manchados de sangre.

Pero una parte de la obra no llegó nunca a manos de la editorial. Cuando se supo sentenciado, Trotski envió a la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, muchos de sus documentos para su custodia. “Los archivos salen esta mañana en tren”, había escrito el revolucionario el 17 de julio de 1940, un mes y tres días antes de su asesinato. Y allí se acumularon 20.000 documentos que ocupaban 172 cajas de artículos, fotografías y papeles manuscritos, mecanografiados, traducidos y sin traducir, con gran cantidad de correcciones que demostraban lo extraordinariamente meticuloso que era con su trabajo.

Capítulos enteros del libro sobre Stalin permanecieron así dormidos hasta que en 2003 el historiador galés Alan Woods comenzó a indagar en la montaña de documentos para rescatar la versión más amplia e íntegra posible del libro. Y después de más de diez años de trabajo el resultado fue una obra un tercio más extensa que el libro publicado en los años 40, sin los añadidos del primer traductor y, ahora sí, con las bendiciones de la familia de Trotski.

Woods coincide con Volkov en que Trotski no quería escribir este libro. “Pero una vez que se puso a ello, lo hizo concienzudamente, con mucha documentación y detalles incluso del periodo más desconocido de la vida de Stalin, su infancia. Para cualquier lector es un estudio psicológico fascinante”, explica desde Londres, donde reside. El historiador es un activo miembro de la Corriente Marxista Internacional. Participó en la lucha contra el Franquismo en España y fue firme defensor de la revolución bolivariana y amigo personal de Hugo Chávez, aunque en los últimos tiempos se ha distanciado de la deriva del Gobierno venezolano.

Los dirigentes del Partido Bolchevique eran en general gente muy capacitada, y entre ellos brillaba Trotski, que dominaba cinco idiomas y escribía varios libros a la vez. Stalin aparece en cambio retratado por su gran rival político como un hombre de horizontes limitados. Ese perfil mediocre coincide con el que hicieron otros observadores, como el periodista estadounidense John Reed, que en su crónica Diez días que estremecieron al mundo menciona a El hombre de acero solo dos veces y a Trotski nada menos que 67.

Pero, por lo que se cuenta en el libro que ahora se presenta, las cualidades de Stalin eran otras:  la astucia y el arte de la manipulación. “La técnica de Stalin consistía en avanzar gradualmente paso a paso hacia la posición de dictador, mientras que representaba el papel de un defensor modesto del Comité Central y de la dirección colectiva. Utilizó a fondo el período de enfermedad de Lenin para colocar a individuos que le eran devotos. Se aprovechó de cada situación, de cada circunstancia política, de cualquier combinación de personas para promover su propio avance que le ayudara en su lucha por el poder y lograr su deseo de dominar a los demás. Si no podía elevarse a su altura intelectual, podía provocar un conflicto entre dos competidores más fuertes. Elevó el arte de manipular los antagonismos personales o de grupo a nuevas alturas. En este campo desarrolló un instinto casi infalible”.

Sin embargo, Woods no atribuye la llegada al poder de Stalin a su carácter. “Era un niño maltratado por su padre, rencoroso y con tendencias sádicas. Pero no todos los maltratados se vuelven monstruos. Como no todos los artistas fracasados se vuelven Hitler”. Y propone un argumento marxista para explicar su ascenso. “En todas las revoluciones hay un periodo que necesita héroes, gigantes. Cuando llega a un periodo de declive, necesitan mediocres. La degeneración burocrática hubiera tenido lugar sin o con Stalin, porque Rusia era un país aislado y atrasado. Pero en este caso la burocracia se encarnó en un personaje sanguinario”.

¿Pudo acelerar el libro el asesinato? Stalin estaba muy bien informado de lo que hacía su rival. Cada mañana tenía los últimos artículos de Trotski sobre su mesa. Y Volkov recuerda cómo Robert Sheldon Harte, guardaespaldas de su abuelo a quien se atribuye la traición que facilitó un primer atentado contra él en mayo de 1940, le preguntaba siempre por la marcha de la obra. “Como cualquier criminal tenía que eliminar los testigos”, coincide Woods.

ESTEBAN VOLKOV: “UNO DE LOS GRANDES CRÍMENES DE STALIN FUE MUTILAR LA MEMORIA”

Esteban Volkov (Yalta, entonces Unión Soviética,1926), nieto de León Trotski y heredero de su legado, prepara estos días los actos para conmemorar el centenario de la Revolución Rusa en Ciudad de México, donde preside la Casa Museo en la que fue asesinado su abuelo. Allí llegó en 1939 para acompañarle en su exilio siendo apenas un adolescente, después de que su padre desapareciera en el Gulag y de que su madre muriera acosada por los sicarios de Stalin. Fue herido en un pie en el atentado que el pintor David Alfaro Siqueiros organizó para acabar con la vida del revolucionario en mayo de 1940 y pocos meses después fue testigo de la agonía de su abuelo tras ser atacado por Ramón Mercader. Pese a los terribles acontecimientos que ha presenciado, mantiene un espíritu sereno y un humor envidiable y a sus 91 años dice que espera vivir muchos más “para compensar todos los años que Stalin arrebató a sus familiares”.

Ha dedicado gran parte de su vida y de sus energías a defender la memoria de su abuelo. ¿Qué le ha movido a hacerlo?

Fui testigo de su asesinato y de la campaña de calumnias y difamaciones contra él de la prensa estalinista. Mentiras que muchos se encargaban de repetir una y mil veces para tratar de convertirlas en verdades. Uno de los más grandes crímenes de Stalin ha sido mutilar la memoria histórica. Si es un delito darle un mapa falso a un explorador que va a entrar en el Amazonas, dar falsos planos a la humanidad es un crimen aún más grave, dejar con una venda en los ojos al género humano entre profundos abismos es uno de los peores crímenes que se puede cometer.

¿Qué valor tiene la publicación de su biografía de Stalin tantos años después?

No era el libro que mi abuelo quería escribir, y lo hizo acuciado por las estrecheces económicas. Pero es muy interesante, porque fue escrito en la época de mayor madurez política de Trotski y cuenta el entorno en que un personaje de las características de Stalin, que rebasa la escala ética de cualquiera, puede llegar al poder. No hay duda de que fue un individuo sui generis, de una crueldad como pocas veces se ha visto en la historia. Personajes como Nerón o Atila se quedan chiquitos a su lado. Y por ello posiblemente aceleró la sentencia de muerte que había lanzado contra mi abuelo cuando supo que se estaba escribiendo su biografía.

¿Qué queda del pensamiento de Trotski cien años después de la Revolución Rusa?

Mi abuelo dejó un arsenal de ideas políticas para cambiar la sociedad. Para construir un mundo que vele por el ser humano y no por la codicia. Estudió a fondo el proceso estalinista y la contrarrevolución. Y predijo con 70 años de antelación la caída del totalitarismo burocrático en la Unión Soviética.