La hija madrileña a la que Pablo Neruda abandonó y llamaba “vampiresa de 3 kilos”

Por Paco Rego

Malva Marina no podía hablar ni caminar a causa de la hidrocefalia

(EL MUNDO, Madrid, 20/2/2018) Malva nació con hidrocefalia en un hospital de Madrid y al estallar la Guerra Civil la familia huyó a Montecarlo, donde el gran poeta se desentendió de su hija, “un ser perfectamente ridículo”, decía él, y de su mujer. La niña murió a los ocho años.
Un libro rescata ahora la tragedia. «Mi nacimiento fue como un accidente de tráfico. Me detuve en seco, me quedé atrancada, retenida en un lugar a media vida entre el interior y el exterior del útero, en un túnel negrísimo. Tuvieron que tirar de mí con mucha fuerza para extraerme hacia la luz del día. No es de extrañar considerando el tamaño que tenía mi cabeza ya entonces, aunque su verdadero e imparable crecimiento aún no había empezado. Así y todo lograron sacarme y fui a parar a una fría habitación de hospital que excluía eficazmente el tórrido calor de Madrid…».
Así comienza la narración de Malva (Ed. Rey Naranjo), la primera novela de la poeta neerlandesa Hagar Peeters. Han pasado 84 años y Peeters sacude el manto de misterio que durante ocho décadas cubrió la vida de esta niña con hidrocefalia, Malva Marina, ocultada y repudiada por su propio padre, uno de los más grandes poetas de la historia. Malvita, como la trataban en familia, vino al mundo en Madrid en 1934 y murió a los ocho años en Gouda, la ciudad holandesa que da nombre al famoso queso. Fue hija de Pablo Neruda, «única y legítima -señala la socióloga y profesora de Español Leonor Ruiz Martínez, autora del blog Microcríticas Literarias-, fruto de su matrimonio con Maria Hagenaar Vogelzang -Maruca-, con la que se había casado en Java» cuatro años antes.
Estamos a 18 de agosto de 1934, dos años antes de que estalle la Guerra Civil española. Malva acaba de nacer en un hospital madrileño. Y en principio nada hace suponer que aquella criatura de gran cabeza, a la que han bautizado como Malva Marina Trinidad Reyes Basoalto, más que unir a sus padres, supondrá el comienzo de una tragedia.
Malva, flor de agua que crece cerca del mar, nació con una cabeza desproporcionada, fruto de una hidrocefalia que anunciaba una muerte prematura, irremediable. «Una criatura (¿lo era?) a la que no se podía mirar sin dolor», la describió el poeta Vicente Aleixandre tras una de sus visitas a la pequeña, en el céntrico barrio de Argüelles, donde Rafael Alberti les había encontrado hogar en la quinta planta de la Casa de las Flores, así conocida por la cantidad de jardineras abarrotadas de geranios que decoraban (y que hoy todavía lucen) sus grandes y luminosos balcones.
Pero en Neruda, seudónimo bajo el que se ocultaba el chileno Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, el nacimiento de una hija enferma estaba fuera de todos sus cálculos. Primero la ocultó -«es un ser perfectamente ridículo», llegó a decir, «una especie de punto y coma»- y después borró a la «vampiresa de tres kilos» de su vida, abandonándola para siempre. Cuesta entender que del autor de Cien sonetos de amor nacieran tales palabras. Él, además, que era hijo de un obrero ferroviario y de una maestra de escuela, cuya infancia y juventud tampoco habían sido fáciles. Como no lo fue su matrimonio con la bella Maruca o también la Javanesa, en alusión a su origen, la isla de Java, siguiendo la costumbre del poeta de rebautizar a sus conquistas. Él, de su puño y letra, la retrataría así en Confieso que he vivido: «Era una mujer alta [superaba el 1,80] y suave, extraña totalmente al mundo de las artes y las letras». Y también a los ambientes de fiestas y bohemia que tanto gustaban al que iba a ser su esposo (se casaron en Java el 6 de diciembre de 1930), entonces cónsul de Chile en la isla.
No sólo fue la primera esposa del laureado escritor, sino que además era la madre de Malva Marina, su única y malograda descendiente. Tras conocerse en un partido de tenis celebrado en uno de los clubes más refinados de Java, Neruda y Maruca se casaron. Sería una luna de miel corta y con final traumático. Chile lo reclama y, de vuelta a Santiago, la capital donde Neruda se corrió sus grandes farras, el cambio de vida resulta un infierno para la flamante esposa. El poeta no tarda en reencontrarse con sus amigos juerguistas del pasado y vuelve a la dolce vita, en compañía de escritores, pintores, músicos y mujeres, su pasión y perdición.
Maria Hagenaar, embarazada, sin amigos y con un marido al que sólo ve al amanecer, se rebela. Ya no soporta más ausencias e infidelidades y quiere volver a Europa. Neruda, para aplacarla, echa mano de influyentes amigos del Gobierno y consigue que lo envíen a Madrid. La República manda. Y la ciudad es un hervidero de escritores, artistas, filósofos, músicos, científicos, arquitectos, escultores… la vanguardia de las letras y la ciencia en aquel Madrid da nuevos ánimos a la pareja. Tras unos meses como agregado en el departamento cultural de la embajada de Chile, es ascendido a cónsul general. El glamour vuelve a sus vidas .
La bienvenida de Lorca
En la quinta planta de la Casa de las Flores, entonces símbolo del vanguardismo urbanista, la tranquilidad parece reinar. Malva, dicen los médicos, sigue creciendo a buen ritmo en el vientre primerizo de Maruca. Faltan tres meses para su llegada al mundo. Y Neruda, el futuro padre, dedica más horas a organizar tertulias en su casa que al consulado.
Hasta que nace Malva y ya únicamente los íntimos -Federico García Lorca, Rafael Alberti, quien le había conseguido el piso de alquiler en Argüelles, Vicente Aleixandre…- era n bien recibidos. Lorca, desde Granada, le dio la bienven ida a Malva como mejor sabía: Delfín de amor sobre las viejas olas,/ Cuando el vals de tu América destila/ Veneno y sangre de mortal paloma/ Niñita de Madrid, Malva Marina,/ No quiero darte flor ni caracola;/ Ramo de sal y a mor, celeste lumbre,/ Pongo pensando en ti sobre tu boca.
Al parecer, al comienzo Neruda no era muy consciente del alcance de la enfer medad de su hija, a la que consideró «una maravilla» al poco de nacer. De esa ceguera propia de padre debutante dan fe las palabras de un Vicente Aleixandre sorprendido, tal vez asustado, quien tras visitar a la r ecién nacida trazó con palabras la radiografía de aquel c uerpecito «con cabeza feroz, crecida sin piedad…». Dice así: «Salí a la terraza corrida y estrecha, como un ca mino hacia su final. En él, Pablo, allá, se inclinaba sobre lo que parecía una cuna. Yo le veía lejos mientras oía su voz: “Malva Marina, ¿me oyes? ¡Ven, Vicente, ven! Mira qué maravilla. Mi niña. Lo más bonito del mundo”. Brotab an las palabras mientras yo me iba acercando. Él me ll amaba con la mano y miraba con felicidad hacia el f ondo de aquella cuna. Todo él ciega dulzura de su vo z gruesa. Llegué. Él se irguió radiante, mientras me esp iaba. ¡Mira, mira! Yo me acerqué del todo y entonces el hondón de los encajes ofreció lo que contenía. Una enorme cabeza, una implacable cabeza que hubiese devorado las facciones y fuese sólo eso: cabeza feroz, crecida sin piedad, sin interrupción, hasta perder su destino…».
Muy pronto, cuando comenzó a tomarle el pulso al mal de la niña, la desilusión de Neruda fue en aumento. Se fue alejando más y más de su hija, y también de su esposa. Es probable que para entonces mantuviera alguna relación con la argentina Delia del Carril, La Hormiguita, por la que después abandonaría a su mujer y a su hija.
A un mes del nacimiento de su hija le confiesa por carta a su amiga Sara Tornú, esposa del poeta argentino Pablo Rojas Paz, con la que Neruda habría mantenido algún flirteo: «Oh Rubia queridísima… La chica [Malva] se moría, no lloraba, no dormía; había que darle con sonda, con cucharita, con inyecciones, y pasábamos las noches enteras, el día entero, la semana, sin dormir (…) Aquella cosa pequeñilla sufría horriblemente, de una hemorragia que le había salido en el cerebro al nacer. Pero alégrate, Rubia Sara, porque toda va bien; la chica comenzó a mamar y los médicos me frecuentan menos…».
Tras una etapa plagada de desencuentros, infidelidades de él y de rechazo hacia su hija, en 1936 el poeta abandona definitivamente a su mujer y a su niña para irse a vivir con la Hormiguita. Las deja casi sin dinero en Montecarlo, ciudad a la que llegan huyendo de la Guerra Civil. Maruca cruza toda Francia con su niña enferma hasta llegar a Holanda, donde se instala en la ciudad de Gouda. Madre e hija pasan hambre y penurias. Maruca vive en pensiones y trabaja en lo que encuentra mientras a su niña la deja al cuidado de una familia cristiana. Suplica a Neruda que le mande dinero para poder darle de comer a su hija: «Mi último centavo lo gastaré en enviar esta carta».
La hija olvidada por el nobel de Literatura murió el 2 de marzo de 1943 en Gouda, donde está enterrada, lejos del mar donde crece la flor de la Malva Marina. Tenía ocho años. [Su madre, a través del Consulado de Chile en La Haya avisa a Neruda de la muerte de la pequeña y le pide reunirse con él. El silencio fue su respuesta].

[«Malva» (editada por Rey Naranjo), primera novela de la escritora holandesa Hagar Peeters, está ya a la venta.]

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Harar, el infierno de Rimbaud

Rimbaud foto

Rimbaud en Harar, 1880.

Harar representó el punto de escisión entre las dos grandes etapas de la vida de Rimbaud: sus años como poeta y sus años como comerciante.

Por Diego Olavarría

(LETRAS LIBRES, México, 10/11/2014) A finales de 1880, en tiempos del asedio militar egipcio, apareció a las afueras de Harar el comerciante francés Alfred Barday. Este hombre, famoso en los alrededores del Mar Rojo por sus numerosos negocios y casas comerciales, llegaba al bastión islámico más importante del cuerno de África para expandir sus intereses en la región. Para acompañarlo en el inicio de esta aventura, se había hecho de un empleado a quien conoció unos meses antes, en Adén, Yemen: un joven taciturno paisano suyo, de cabellera rubia y polvorienta, ojos helados, y semblante serio e inexpresivo.

A pesar de considerarlo misterioso, a Barday le había resultado notable la habilidad de este personaje con los idiomas –hablaba con fluidez griego y árabe—así como su erudición: con solo 27 años, este joven sucio y malencarado versaba con soltura sobre temas de geografía, historia e ingeniería (eso cuando decidía abrir la boca, pues era más bien lacónico). Es probable que Barday viera en él cierta cualidad de alma errante e intrépida, características indispensables para un comerciante que aspira a sobrellevar la vida en una ciudad alejada y culturalmente inhóspita. El nombre de este empleado era Arthur Rimbaud, y era, tal vez, el poeta más importante de su siglo. Pero Barday no lo sabía ni tenía manera de imaginarlo: Harar era un lugar donde la poesía no importaba. El mundo ahí se medía ahí en unidades menos abstractas: cabezas de camello, kilos de khat, costales de café y táleros de plata.

Hasta el XIX, Harar fue un universo autocontenido, rodeado de murallas impenetrables. Conocida por sus habitantes como la Gei*, tenía su propio idioma, su propio sistema político, su propia arquitectura, así como un poderoso ejército que puso un par de veces de rodillas a los etíopes cristianos y a los portugueses. El primer occidental en entrar a Harar fue el viajero inglés Richard Francis Burton, quien en 1854 arriesgó la vida con tal de conseguir una audiencia con el Emir de la ciudad. Hoy Harar es un sitio medianamente turístico. La principal avenida que lo atraviesa se llama Charleville, en honor al pueblo donde nació Rimbaud. Pero en 1880 era un lugar tan distante y desconocido que solo figuraba en los imaginarios de algunos exploradores, comerciantes y diplomáticos. Paul Verlaine, por ejemplo, pensó durante años que Rimbaud había huido a Herat, en Afganistán. En otras palabras: Harar era tan exótica que un poeta no podía siquiera encontrarla en un mapa.

Harar representó el punto de escisión entre las dos grandes etapas de la vida de Rimbaud: sus años como poeta y sus años como comerciante. Aunque viajó por Escandinavia, Indonesia y Chipre, fue en Harar donde el poeta se convirtió en algo radicalmente diferente.

Para entender al Rimbaud de Harar, es necesario tener en claro que a él jamás le importó la consagración literaria. Su misión era hacer de su vida una obra de arte; para lograrlo Rimbaud destruyó el yo poético y se reinventó de la forma más radical posible: como negociante. Como lo señaló Charles Nicoll en Rimbaud en África (Anagrama, 1991) el Je est un autre de Las Cartas del vidente se convirtió en profecía de la transformación venidera. Harar fue el lugar perfecto no solo para desaparecer, sino también para reformularse más allá de lo reconocible. Rimbaud lo habrá visto así: si la poesía es un mundo etéreo y abstracto, el del comercio es uno banal y corriente donde todo tiene precio, donde todo es concreto. Convertirse en comerciante era ser un autre.

Rimbaud confiesa en varias ocasiones su deseo de escapar de las insulsas calles de Harar. En una carta de 1881 advierte a sus amigos que está a punto de irse, tal vez a Zanzíbar o a Panamá. Pero a pesar de sus quejas (el “aburrimiento embrutecedor”, la “estupidez y flojera” de los habitantes) lo cierto es que solo una vez, –cuando visitó El Cairo en 1887—se alejó más allá del puerto de Adén. Pasará temporadas en lo que hoy son Yibuti, Shoa y Somalia, pero de una u otra manera siempre regresa a Harar, su hogar, su fatal patria, el único sitio donde se siente libre. Hacia mediados de la década de 1880, en alguna de las largas noches que pasaba leyendo libros sobre minería y escribiendo cartas, Rimbaud vuelve a tener un presagio, una iluminación: “Es probable que jamás encuentre la paz de espíritu; que ni viviré ni moriré en paz. ¡Eso es la vida y no es para tomarlo a risa!”.

Con dolores insoportables en la pierna, Rimbaud deja Harar en abril de 1891 y hace el último viaje entre esta ciudad y el Golfo de Adén en una camilla llevada por cargadores. Tres meses y varios tortuosos navíos después, Rimbaud desembarca en Marsella. Ahí, será internado en un hospital de jesuitas y le amputarán la pierna. Pero la enfermedad –cáncer óseo— seguirá avanzando. No sin antes haber aprendido a caminar con una prótesis de madera, Rimbaud morirá el 10 de noviembre de 1891, a los 37 años, víctima del cáncer pero también de las caminatas, de las fiebres nunca curadas del todo y de las penurias. Víctima de los kilómetros, las caravanas, el sol del cuerno de África; del aburrimiento y las ambiciones nunca logradas. Hacia el final de su vida, empobrecido, frustrado y enfermo, Harar se habrá convertido para Rimbaud en símbolo de la existencia absurda, del largo viaje que no ofrece recompensa. O bueno, quizá una: la estúpida muerte. Al explorar los años africanos de su vida, queda claro que Rimbaud cambió la posibilidad del Parnaso por una temporada en el infierno. Y que ese infierno fue Harar.
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*La palabra Gei, que significa ciudad en idioma hararí, viene del griego Γῆ, Tierra.

La pelea literaria entre Benedetti y Vargas Llosa que sacó al baile a Neruda, Sábato y Carpentier

Vargas Llosa y Benedetti foto

Benedetti y Vargas Llosa en París, década de los 60.

Por Felipe Ojeda

(CULTO, 12/6/2019) Una entrevista al escritor peruano en 1984 comenzó una acalorada discusión epistolar con su par uruguayo. “Intelectuales condicionados”, fue el primer golpe del autor de “Los cachorros” en lo que serían tres rounds en donde ambos defienden su posición política.

El innegable talento demostrado por Mario Vargas Llosa y (el fallecido) Mario Benedetti en sus novelas, ensayos y artículos periodísticos, así como la extraordinaria difusión alcanzada por sus libros, han generado y generan todavía una razonable expectativa ante cada uno de sus comentarios y opiniones, aun cuando no se limiten al campo específico de la literatura.

Así lo evidencia una discusión entre ambos, desde una entrevista y cuatro misivas recogidas por medios como Panorama de Italia y El País de España, fechadas entre enero y junio de 1984.

Acá una selección de algunos de los mejores pasajes de una de las buenas peleas literarias que dio el boom latinoamericano.

Round 1: condicionados como el perro de Pavlov

El 9 de abril de 1984, el autor de La tregua publicó en El País la columna “Ni corruptos ni contentos” en donde increpa al escritor peruano: “Desde 1960 a la fecha, Vargas Llosa ha efectuado un viraje espectacular en sus predilecciones políticas”, comienza diciendo, “y si bien siempre se ha esforzado en demostrar que su desvelo especial es la libertad, lo cierto es que hace 15 años era entusiastamente apoyado por las izquierdas latinoamericanas, y hoy en cambio es halagado y arropado por las derechas”, remarca.

“Son señales a tener en cuenta”, advierte el escritor uruguayo: “Las izquierdas suelen equivocarse en sus fervores; las derechas, casi nunca”.

Benedetti replicó a Vargas Llosa a raíz de una entrevista publicada por la revista romana Panorama, el 2 de enero de 1984. “‘Corruptos y contentos’ titula Valerio Riva a toda página el artículo en cuestión, sintetizando así el diagnóstico de su ilustre interlocutor acerca de sus colegas latinoamericanos. Solo menciona tres excepciones (aclara que ‘hay que buscarlas con lupa’): Octavio Paz, Jorge Edwards y Ernesto Sábato, pero tengo mis dudas de que este último se sienta halagado por integrar la terna”, escribe el uruguayo.

“Entre los intelectuales europeos de izquierda ha tenido lugar un saludable replanteamiento, pero en América Latina la mayoría baila aún obedeciendo a reflejos condicionados, como el perro de Pavlov”, reclamaba Vargas Llosa desde la entrevista con Panorama.

Cuando el periodista le pregunta quiénes son esos “intelectuales condicionados”, el peruano responde: “Gabriel García Márquez, Mario Benedetti y Julio Cortázar”.

“Estos son los más ilustres”, puntualiza, “pero luego hay un número infinito de intelectuales medianos y menores, todos perfectamente manipulados, subordinados, corruptos. Corruptos por el reflejo condicionado del miedo de afrontar el mecanismo de satanización que posee la extrema izquierda”.

Luego sigue: “En los países del Tercer Mundo y sobre todo en América Latina, el intelectual es un elemento fundamental del subdesarrollo. No es alguien que lucha contra el subdesarrollo, ya que es un gran propagador de estereotipos y crea reflejos intelectuales condicionados. Al repetir todos los lugares comunes de la propaganda, termina por obstruir cualquier posibilidad de creación de nuevas fórmulas de liberación”.

Un clinch: “Difícil imaginar que Carpentier o Neruda resulten más culpables de nuestras miserias que la United Fruit o la Anaconda Copper Mining”

Benedetti, en su respuesta, señala: “Tengo la impresión de que la teoría de los reflejos condicionados ha ido condicionando a Vargas Llosa. Gracias a Pavlov sabemos ahora que el subdesarrollo no es una consecuencia del desarrollado y subdesarrollante imperialismo, ni de las intocables transnacionales, ni del extendido analfabetismo, sino del alfabetizado y maligno intelectual”.

“Toda una revelación, aunque nos sea difícil imaginar que Carpentier o Neruda resulten más culpables de nuestras miserias que la United Fruit o la Anaconda Copper Mining”, agrega.

Luego añade: “A un intelectual del alto rango artístico de Vargas Llosa debe exigírsele una mínima seriedad en los planteos políticos, particularmente cuando estos ponen en entredicho la probidad de sus colegas”.

Según Benedetti, “hablar de ‘corruptos y contentos’ en una región del mundo en la que hay tantos intelectuales perseguidos, prohibidos, exiliados; donde hay por lo menos 28 poetas (incluido su compatriota Javier Heraud) que perdieron la vida por causas políticas; un continente que ha conocido el holocausto de Rodolfo Walsh, Haroldo Conti, Paco Urondo; la desaparición de Julio Castro; el asesinato de Roque Dalton e Ibero Gutiérrez; la prisión de Carlos Quijano y Juan Carlos Onetti; la tortura de Mauricio Rosencof y la muerte heroica de Leonel Rugama; hablar de corruptos y contentos en ese marco de discriminación y de riesgo, de amenazas y de crimen es, por lo menos, una actitud insoportablemente frívola”.

“Confieso que, en el fondo, esta ráfaga de agravios, esta virulenta ofensiva que Vargas Llosa dedica a aquellos intelectuales que no comparten sus ideas, me decepciona bastante”, escribe Benedetti antes del cierre: “Hace tiempo que nos hemos resignado a que no esté con nosotros, en nuestra trinchera, sino con ellos, en la de enfrente, pero en cambio no podemos resignarnos a que, por diferencias ideológicas o amparado quizá en las dispensas de la fama, recurra al golpe bajo, al juego ilícito, para reforzar sus respetables argumentos. Afortunadamente, la obra de Vargas Llosa está netamente situada a la izquierda de su autor, y seguirá siendo leída con fruición por los zombis, los robots y los perros de Pavlov”.

Round dos: “El heroísmo no resulta siempre de la lucidez, muchas veces es hijo del fanatismo”

El 14 de junio de 1984, Mario Vargas Llosa recogió el guante y contraatacó con una nueva columna titulada “Entre tocayos”, publicada en El País.

Allí dice: “Hay una extraordinaria paradoja en que la misma persona que, en la poesía o la novela, ha mostrado audacia y libertad, aptitud para romper con la tradición, las convenciones y renovar raigalmente las formas, los mitos y el lenguaje, sea capaz de un desconcertante conformismo en el dominio ideológico, en el que, con prudencia, timidez, docilidad, no vacila en hacer suyos o respaldar con su prestigio los dogmas más dudosos e incluso las meras consignas de la propaganda”.

“Examinemos el caso de los dos grandes creadores que Benedetti menciona”, invita Vargas Llosa.

“Tengo a la poesía de Neruda por la más rica y liberadora que se ha escrito en castellano en este siglo, una poesía tan vasta como es la pintura de Picasso, un firmamento en el que hay misterio, maravilla, simplicidad y complejidad extremas, realismo y surrealismo, lírica y épica, intuición y razón y una sabiduría artesanal tan grande como capacidad de invención. ¿Cómo pudo ser la misma persona que revolucionó de este modo la poesía de la lengua el disciplinado militante que escribió poemas en loor de Stalin y a quien todos los crímenes del estalinismo —las purgas, los campos, los juicios fraguados, las matanzas, la esclerosis del marxismo— no produjeron la menor turbación ética, ninguno de los conflictos y dilemas en que sumieron a tantos artistas?”, escribe el peruano.

Según el hombre de La ciudad y los perros, “toda la dimensión política de la obra de Neruda se resiente del mismo esquematismo conformista de su militancia. No hubo en él duplicidad moral: su visión del mundo, como político y como escritor era maniquea y dogmática. Gracias a Neruda, incontables latinoamericanos descubrimos la poesía; gracias a él —su influencia fue gigantesca—, innumerables jóvenes llegaron a creer que la manera más digna de combatir las iniquidades del imperialismo y de la reacción era oponiéndoles la ortodoxia estalinista”.

“El caso de Alejo Carpentier no es el de Neruda. Sus elegantes ficciones encierran una concepción profundamente escéptica y pesimista de la historia, son bellas parábolas, de refinada erudición y artificiosa palabra, sobre la futilidad de las empresas humanas (…) Pero, ¿qué lección de moral política dio a sus lectores latinoamericano este gran escritor? La de un respetuoso funcionario de la revolución que, en su cargo diplomático de París, abdicó enteramente de la facultad, no digamos de criticar, sino de pensar políticamente. Pues todo cuanto dijo, hizo o escribió en este campo, desde 1959, no fue opinar —lo que significa arriesgarse, inventar, correr el albur del acierto o el error—, sino repetir beatamente los dictados del Gobierno al que servía”, argumenta Vargas Llosa.

Luego agrega que “en América Latina, un escritor no es solo un escritor. Debido a la naturaleza terrible de nuestros problemas, a una tradición muy arraigada, al hecho de que contamos con tribunas y modos de hacernos escuchar, es también alguien de quien se espera una contribución activa en la solución de los problemas”.

Vargas Llosa explica que tanto Neruda como Carpentier “no parecen haber cumplido aquella función cívica como cumplieron la artística”.
“Mi reproche, a ellos y a quienes, como lo hicieron ellos, creen que la responsabilidad de un intelectual de izquierda consiste en ponerse al servicio incondicional de un partido o un régimen de esta etiqueta, no es que fueran comunistas. Es que lo fueran de una manera indigna de un escritor: sin reelaborar por cuenta propia, cotejándolos con los hechos, las ideas, anatemas, estereotipos o consignas que promocionan; que lo fueran sin imaginación y sin espíritu crítico, abdicando del primer deber del intelectual: ser libre”, agrega.
“Muchos intelectuales latinoamericanos han renunciado a las ideas y a la originalidad riesgosa, y por eso entre nosotros el debate político suele ser tan pobre: invectiva y clisé. Que haya acaso entre los escritores latinoamericanos una mayoría en esta actitud parece confortar a Mario Benedetti y darle la sensación del triunfo”, reclama el peruano.

Según el autor de Conversación en La Catedral, “Benedetti cita a un buen número de poetas y escritores asesinados, encarcelados y torturados por las dictaduras latinoamericanas (es significativo de lo que trato de decir que olvide mencionar a un solo cubano, como si no hubieran pasado escritores por las cárceles de la isla y no hubiera decenas de intelectuales de ese país en el exilio. De otro lado, por descuido, coloca a Roque Dalton entre los mártires del imperialismo: en verdad, lo fue del sectarismo, ya que lo asesinaron sus propios camaradas)”.

“El heroísmo no resulta siempre de la lucidez, muchas veces es hijo del fanatismo”, añade.

Luego culmina diciendo que “el problema no está en la brutalidad de nuestras dictaduras, sobre lo que Benedetti y yo coincidimos, así como en la necesidad de acabar con ellas cuanto antes. El problema es: ¿con qué las reemplazamos?, ¿con Gobiernos democráticos, como yo quisiera?, ¿o con otras dictaduras, como la cubana, que él defiende?”.
Benedetti y Vargas Llosa en París, 1966.

Round tres: “el Gobierno revolucionario no ha matado a ningún escritor”

Cuatro días más tarde, Mario Benedetti volvió a responder a Vargas Llosa con nuevos argumentos.

“Creo que ya somos bastante maduros como para alimentar la ilusión de que los argumentos de uno vayan a conmover las convicciones del otro, y viceversa”, comienza esgrimiendo.

Luego añade: “Nuestra mayor e irremediable diferencia está en que Vargas Llosa entiende que cualquier escritor latinoamericano que hoy apoye revoluciones como la cubana o la nicaragüense no lo hace libremente y por convicción, sino por ‘un desconcertante conformismo en el dominio ideológico’”.

“Personalmente, tengo mejor opinión de mis colegas”, dice Benedetti, “y sin perjuicio de que pueda existir algún sectario u obsecuente, creo que la gran mayoría de escritores latinoamericanos que han apoyado y apoyan esas revoluciones lo hacen por propia decisión y no por corrupción, ni por cinismo, ni por oportunismo”, agrega.

Según Benedetti: “Eso es lo que me conforta, y no, como dice Vargas Llosa, el que los intelectuales hayan renunciado a las ideas y a la originalidad riesgosa. Justamente porque no han renunciado a sus ideas y a sus riesgos es que frecuentemente son víctimas de formas de represión (cárcel, torturas, destierro, negación de visados, amenazas, etc.) que él, afortunadamente, no ha sufrido”.

“Por otra parte, al retomar mi mención de Neruda, Vargas Llosa habla exclusivamente de sus ‘poemas en loor de Stalin’, y no de sus autocríticas a ese respecto, que constan en Memorial de isla Negra y también en sus memorias. Aunque con rumbos ideológicos contrarios, la evolución de Neruda acerca de Stalin siguió un proceso bastante similar al de Vargas Llosa con respecto a Cuba. Solo que él juzga su propio cambio como un signo de libertad, y, en cambio, el de Neruda ni siquiera lo menciona”, argumenta.

Luego sigue: “Vargas Llosa me reprocha que, al citar ‘a un buen número de poetas y escritores asesinados, encarcelados y torturados por las dictaduras latinoamericanas’, olvide mencionar a uno solo cubano y, en cambio, por descuido, coloque a Roque Dalton ‘entre los mártires del imperialismo: en verdad, lo fue del sectarismo, ya que lo asesinaron sus propios camaradas’. En realidad, yo hablo de 28 poetas ‘que perdieron la vida por razones políticas’ y no incluyo al poeta salvadoreño ‘entre los mártires del imperialismo’”.
“A mayor abundamiento, le recuerdo que en mi antología Poesía trunca (publicada en La Habana y en Madrid), que incluye a esos 28 poetas, digo textualmente al hablar de Roque Dalton: ‘Enrolado en el Ejército Revolucionario del Pueblo, organización salvadoreña, regresó clandestinamente a su patria, y el 10 de mayo de 1975 fue asesinado en su país por una pequeña fracción ultraizquierdista de esa misma organización’”, señala el uruguayo. “Por otra parte, en esa antología figuran cinco poetas cubanos, todos ellos asesinados por la dictadura de Batista, ya que, como es obvio, el Gobierno revolucionario no ha matado a ningún escritor”.

Diez, nueve, ocho…: “El enemigo no es exactamente la URSS, sino, definitivamente, EEUU”

Benedetti puntualiza que cuando dice “nosotros” se refiere a quienes defienden las revoluciones latinoamericanas, “y pese a sus carencias y
eventuales errores, las consideramos fundamentales y fundacionales para la liberación de nuestros pueblos. Cuando digo ‘ellos’ me refiero a quienes indiscriminadamente las acosan, renuncian a comprenderlas y contribuyen a bloquearlas con su desinformación. No solo los ‘neofascistas’ y las ‘alimañas’ ejercen esa tarea; también los ‘reaccionarios de izquierda’, que no faltan”, agrega.

“Es obvio que a mi tocayo ya no lo seducen las revoluciones”, sugiere el uruguayo, “más bien reclama que las reformas, aun las más radicales, ‘se hagan a través de Gobiernos nacidos de elecciones’. (La memoria de Salvador Allende y los archivos de la CIA podrían aportar algo a este respecto). Eso, por supuesto, excluye a todas las revoluciones que en el mundo han sido, desde la francesa a la soviética, desde la mexicana a la argelina, desde la cubana a la nicaragüense. Quizá mi tocayo haya olvidado que aun la revolución norteamericana debió esperar 13 años desde la declaración de independencia hasta la elección y asunción de su primer presidente constitucional. La exigencia electoral de Vargas Llosa incluye, en cambio, a gobernantes como Somoza, Stroessner y otras ‘alimañas’ que nunca olvidaron ese requisito formal. Y también comprende a El Salvador, en cuyos recientes comicios la exclusión de la izquierda, según Vargas Llosa, ‘limita, pero no invalida el proceso’”.

“O sea, que hay democracia semántica para todos los gustos”, concluye.

Benedetti zanja la discusión con dos ideas.
Primero: “Concuerdo con mi tocayo en que a ambos nos gustan las novelas largas, pero, en cambio, no estoy tan seguro de que nos pongamos de acuerdo sobre las razones y el color de la injusticia. Lo demás es (efectivamente) literatura, aunque sea tan buena como la de Mario Vargas Llosa”.

Y por último: “Creo que para el proceso de liberación económica, social y política de América Latina, el enemigo no es exactamente la URSS, sino, definitivamente, Estados Unidos. (En una reciente encuesta europea, el pueblo español opinó en el mismo sentido). Hasta ahora, al menos, todos los bloqueos, invasiones, adiestramientos de torturadores, campañas de esterilización e intereses leoninos, que sufren nuestros países, no provienen de la Unión Soviética, sino de Estados Unidos. De modo que también en las alertas hay prioridades”.

Dos estudios arrojan luz sobre el misterioso origen de los canarios

LIndígenas de La Gomera

Indígenas de La Gomera. Ilustración de Leonard Tarriani (1592).

En algunas de las islas el porcentaje de habitantes con genes indígenas supera el 50%, mientras que en otras ha desaparecido

 

Vicente G Olaya

(EL PAÍS, Madrid, 3/6/2019) La historia de las islas Canarias antes de su conquista en el siglo XV, admiten los expertos, representa uno de los grandes misterios de la arqueología española. Con una comunidad científica muy dividida —ni siquiera se ponen de acuerdo en cuándo se produjo la primera oleada de pobladores indígenas—, arqueólogos, historiadores y genetistas han dado el primer gran paso para desentrañar el origen de los actuales isleños. Los estudios de la profesora Rosa Fregel, del departamento de Bioquímica, Microbiología, Biología Celular y Genética de la Universidad de La Laguna, desvelan que, dependiendo de la isla, gran parte de la población actual porta ADN mitocondrial aborigen. A esto se une que José Farrujia de la Rosa, arqueólogo y profesor de Didáctica de las Ciencias Sociales de la misma universidad, en su reciente libro Identidad canaria (Ediciones Tamaimos), descifra los principales secretos de esta civilización cuya presencia material prácticamente ha desaparecido, pero no su impronta. Entre ellos, Farrujia de la Rosa recuerda los dos sistemas de escritura que poseían, su llegada en dos oleadas desde el norte de África o su carencia de caballos o bueyes, ya que las embarcaciones que los transportaron hasta el archipiélago resultaban demasiado pequeñas.
Todo comenzó por un liquen (orchilla) que servía para elaborar el color púrpura, una tonalidad muy deseada para teñir los ropajes de aquella época. Así que el noble normando Jean de Béthencourt consiguió del rey castellano Enrique III, a principios del siglo XV, el apoyo necesario para conquistar aquellas lejanas islas de las que se tenía constancia, al menos, desde el historiador romano Tito Livio (las denominó Afortunadas). El choque cultural y militar entre los pobladores insulares (los indígenas canarios) y los castellanos fue brutal: se necesitaron casi 100 años de lucha para tomar las siete islas.
La cultura indígena se adentró así en las tinieblas de la historia. Entre los siglos XVI y XX, se desarrollaron diversas teorías sobre aquel pueblo: desde una supuesta procedencia celta hasta un origen indoeuropeo. Ahora, las pruebas arqueológicas y de ADNhan dejado claro que los indígenas canarios no son otra cosa que imazighen (en singular, amazigh), un pueblo que se extendió por el norte de África hace más de 3.000 años y que ocupaba desde Libia hasta el Sáhara. En un artículo publicado en la web de la Universidad de La Laguna, Fregel explica que se “puede determinar que la población canaria global tiene una ascendencia aborigen por línea maternal del 55,9%, mientras que los componentes europeos y africano subsahariano son de un 39,8% y un 4,3%, respectivamente”.
Cuando el cálculo se realiza para cada isla por separado, los resultados son bastante variables. Los valores más altos de ascendencia indígena se observan en la población de La Gomera (55,5%) y en La Palma (41,0%), mientras que los valores más bajos se encuentran en Tenerife (22,0%) y El Hierro (0,0%). Los resultados de El Hierro, con una supervivencia nula de la población indígena, se pueden explicar por la propia evolución histórica de esta isla (es la más occidental) o por la escasez de las muestras analizadas.
Fregel añade que “gracias a los análisis de ADN antiguo se ha podido desterrar la creencia de que los guanches eran casi vikingos: altos, rubios y de ojos azules. Todo apunta a que proceden del norte de África y que su fisonomía se asemeja bastante a la de los bereberes, de piel blanca, más bien cetrina, y ojos marrones o claros, en algunos casos. Tópicos o leyendas de la época, lo cierto es que los antiguos pobladores de Canarias no eran tan diferentes a los canarios de hoy en día”.
¿Pero cómo y por qué llegaron a Canarias? Farrujia de la Rosa sostiene que lo hicieron en dos grandes oleadas. Una primera hace unos 2.500 años (las pruebas de carbono 14 no son concluyentes) y una segunda, en torno al siglo I, coincidiendo con la presencia romana en el norte del continente.
Cruzaron el mar en pequeñas embarcaciones —no se han encontrado restos de ninguna— y desembarcaron en las islas más orientales: Lanzarote (la isla que ha proporcionado las fechas más antiguas por carbono 14, mil años antes de nuestra era) y Fuerteventura. Se ignora cuántos individuos lo lograron, aunque los cálculos científicos demuestran que 14 parejas pudieron ser suficientes para que el poblamiento insular fuera exitoso en un 81%. Pero solo es una teoría, pudieron alcanzar la costa muchísimos más.
De la segunda oleada se sabe que se produjo en época romana, momento en el que se introdujo en Lanzarote y Fuerteventura, entre otros elementos culturales, la escritura latino-canaria. Con anterioridad, en la primera arribada, ya habían extendido la escritura líbico-bereber en el archipiélago. Ambas están ahora en proceso de estudio: se han realizado diversas propuestas de transcripción que recogen la presencia escrita de teóforos, teónimos o nombres personales.
Sea como sea, lo más evidente es que en Canarias no existe ningún tipo de mina férrica o metalífera, por lo que los pobladores tuvieron que adaptar sus conocimientos (eran poseedores de la metalurgia) al nuevo hábitat. Surge así el empleo de obsidiana y basalto para los útiles líticos o una cerámica decorada con colores ocres, como es el caso de la de Gran Canaria, con claros paralelismos con la conocida en otras partes del ámbito amazigh del continente.
“Adoraban al sol y la luna, pero también a las montañas, a los roques y a las cuevas, al igual que los imazighen”, explica Farrujia de la Rosa. Se extendieron por las siete islas y “lo importante”, señala el profesor, “es que la investigación ha fructificado, tras décadas con las más controvertidas teorías. Falta mucho, pero nos vamos acercando a encontrar una respuesta a de dónde venimos”, incide.

Ataque de nostalgia

Anécdota del hijo menor de Roque Dalton, Jorge Dalton, sobre uno de los viajes de su padre

Por Jorge Dalton

En 1971 mi padre hizo un viaje espectacular a China y Corea del Norte. Kim Il Sung, el primer ministro norcoreano había extendido una invitación para que participara en los festejos por el aniversario de la fundación de la República Democrática de Corea. Para esto, tuvo que hacer un largo recorrido en avión desde La Habana a Alemania y de ahí a Moscú. Más tarde atravesar durante más de una semana gran parte de la Unión Soviética por medio del Expreso Transiberiano.

Recuerdo que regresó muy sorprendido por diversas razones. A pesar de su admiración por la Revolución China y Coreana le pareció sumamente exagerado y absurdo la manera en que los dirigentes de estos países conducían a sus pueblos. Principalmente en Corea del Norte en que la racionalización era de tal manera que hasta el cine estaba racionado. Los núcleos familiares tenían derecho de asistir a una sala de cine una vez por mes y ver sólo películas realizadas en los países socialistas.

El teatro por su parte, se centraba en las historias de la lucha del pueblo coreano en contra de la invasión japonesa o durante la guerra contra Estados Unidos en que los actores que hacían de japoneses o norteamericanos eran artistas sancionados por supuesta mala conducta o que en algún momento tuvieron una “actitud burguesa”. Hacer de “malo” o de “enemigo” en una obra teatral o en el cine, era una deshonra y un castigo. La literatura sólo reflejaba los temas de la construcción del socialismo, la historia de los grandes dirigentes comunistas y extensos manuales de filosofía marxista.

No había periódico, libro o revista en que apareciera el Primer Ministro Norcoreano al que se nombraba en el pie de foto como: “Sabio y glorioso Camarada Kim Il Sung, Lider Paternal, Sol de la Nación, Comandante de Acero, Primer Ministro del Gabinete de la República Popular de Corea, Fundador del Partido Comunista, Fundador de la República Democrática de Corea y Líder indiscutible de los 40 millones de coreanos, estrecha la mano de una anciana a la entrada de una fábrica”, idem “Inaugura hospital”, idem “saluda a los trabajadores”.

Nunca olvidaré una de las tantas películas coreanas que vi en Cuba y que mi padre me llevó a ver al Cine Riviera y creo que se llamaba: “Mar de fuego”. En una escena en que él ejército norteamericano (por supuesto, los actores eran coreanos) habían masacrado una aldea de campesinos. Los principales oficiales tomaban whisky y casi toda la tropa aparecía borracha, otros en primeros planos mascaban chicle y fumaban cigarros Malboro en actitud prepotente y triunfalista. Mientras uno de ellos miraba a través de unos prismáticos. Un corte y del otro lado, las tropas de Kim Il Sung, entonando himnos, avanzaban a todo dar con banderas rojas, bayonetas caladas y fusiles AK-47. El oficial norteamericano lleno de pavor tiró los prismáticos y comenzó a gritar a los demás gringos: “¡Huyamos como ratas! ahí vienen las hordas del invencible ejército rojo, al mando del mariscal Kim Il Sung, “Sabio y Glorioso Camarada, Líder Paternal, Sol de la Nación, Comandante de Acero, Primer Ministro del Gabinete de la República Popular de Corea, Fundador del Partido Comunista y líder de los 40 millones de coreanos.¡¡¡Sálvense quien pueda!!!

La capital de Corea del Norte, Pyongyang se diseñó, de una forma, que una vez construida la estatua del máximo líder sus proporciones eran descomunales y se podía divisar desde cualquier sitio de la ciudad. Si uno encontraba un lugar en el que no se lograra ver el monumento, ponía en duda el trabajo realizado por los arquitectos y escultores.

A mi padre se le ocurrió contar a varios miembros de la delegación latinoamericana que había descubierto una calle en que no se veía la estatua de Kim Il Sung. Esto llegó a oídos del oficial coreano responsable de la atención a los delegados e inmediatamente se lo llevaron para tratar de localizar el lugar. Dieron vueltas de un lado para otro durante más de tres horas, mi padre cagado de la risa, dando pistas falsas y repitiendo constantemente que no recordaba con exactitud a una comitiva de más de 20 coreanos idénticos que terminó por extenuar.

El culto a la personalidad fue lo que más le impactó. Nos contaba de cómo todas las delegaciones invitadas a los festejos, caminaron 11 kilómetros para ver una piedra donde Kim Il Sung jugaba “de barco” cuando el “Sabio y Glorioso Camarada”, tenía 6 años de edad.

Mi padre regresó al “Socialismo caribeño”, bastante distante del asiático y el europeo, cargado de regalos en su mayoría libros y posters gigantescos, en los que un soldado, un marino, un obrero y un maestro portaban un fusil AKM, una clásica estética del llamado “realismo socialista”. Pegó uno de los poster en la terraza de nuestra casa, diciendo a todo el mundo que el marino se parecía a Regis Debray y el campesino a Roberto Fernández Retamar.

Pero el regalo más preciado fue una réplica del uniforme que “El Comandante de Acero” utilizó en sus campañas militares en contra de los norteamericanos, obsequiado a los participantes. Muchas veces algunos amigos visitaban nuestra casa y mi padre los recibía disfrazado de Kim Il Sung.

Una tarde regresé de mi escuela que casualmente se llamaba “Nguyen Van Troi”, el héroe vietnamita fusilado por el ejército norteamericano a principios de los años 60s; Toqué el timbre de la puerta y me abrió mi papá parado firmemente con aquél traje, ordenándome con un saludo militar: “¡Camarada Jorge! El pueblo de la República Popular de Corea por medio de su máximo dirigente, el indiscutible líder de los 40 millones de coreanos, el glorioso Camarada Kim Il Sung, le asignan una misión especial por la cual será condecorado con la orden máxima de Héroe de la República Popular de Corea”.

Entré sin hacerle mucho caso pues en la sala se notaban las huellas de que algunos de sus amigos habían pasado con dos botellas de ron “Matusalén”. Pero con tal de que no me jodiera como siempre hacía, decidí cumplir la misión encomendada por el “Sabio y Glorioso Camarada Kim Il Sung, Líder Paternal, Sol de la Nación y Comandante de Acero.

La misión consistía en desarmar una puerta y luego utilizarla de puente desde una ventana de nuestro apartamento hasta un techo vecino con el objetivo de llegar hasta un frondoso árbol en el que hacía poco, habían comenzado a brotar los “mangos tiernos”. Ya del otro lado -y que de milagro no se fue de cabeza tres pisos para abajo- me ordenaba en voz baja, susurrando: ¡Compañero Jorge! Quédese vigilando, que el máximo líder regresará cargado de mangos verdes para comer con sal, limón y chile, el pueblo de Corea y su partido, le estarán agradecidos por haber cumplido esta difícil tarea.

Yo sin embargo, estaba loco por que todo terminara. A mis 10 años confieso que yo era un niño con cierto malhumor y por eso mi padre vivía jodiéndome cada vez que podía para ver si yo cambiaba. A esa hora sólo pensaba en que los amigos del barrio me esperaban para jugar “a los pistoleros”. Por fin la misión se cumplió y mi padre se sentó a pelar aquellos mangos verdes cual si se tratase de una comida tan apetitosa como una langosta o un faisán.

Ya me dirigía hacia donde mis amigos cuando de pronto tocaron a la puerta. Era nada más y nada menos que la Policía Nacional Revolucionaria que acudía al lugar después que varios vecinos habían denunciado que un individuo saltó de techo en techo vestido de un raro uniforme militar. Automáticamente pensaron que se trataba de un ladrón o un “infiltrado imperialista”. Y yo me dije: “Ahora si se jodió la cosa, mira que yo paso trabajo para jugar carajo, seguro ahora hay que ir para la estación”
Aun vestido de Kim Il Sug y mordiendo un mango con sal y limón, mi padre se disculpó con el oficial de policía, un negro alto, buena gente que no dejaba de tragar en seco y con el rostro encogido, sin salir del asombro viendo como el poeta devoraba aquella fruta verde que los cubanos acostumbran a comerla solo cuando está madura.

Mi padre le decía: “Mire compañero, lo que pasa es que yo soy salvadoreño y en El Salvador se comen los mangos verdes así. Hoy tuve un “ataque de nostalgia” pero le juro que esto no volverá a ocurrir”. El oficial moviendo la cabeza le dijo: “Oye chico pero que locura más grande!!!. Te voy a decir una cosa muchacho, si tu sigues comiendo mango así vas a coger tremenda tifus y te puedes morir, coño!”. Y mi padre le contestó: “Nooo hombre, ya se hubieran muerto de tifus, los cinco millones de salvadoreños!”.

La cosa no terminó ahí, luego que se fue el policía, mi padre sacó su cámara de fotografía soviética y me dijo: “Camarada Jorge, la última misión”: ¿podrías hacerle una foto al camarada Kim? Y con tremendo encabronamiento, esta fue la foto que tomé ese agitado día de Grandes Misiones Revolucionarias, en el balcón de nuestra casa en la calle J No 162 en el Vedado, La Habana, Cuba.

Roque Dalton foto

4/11/2013

La intelectualidad cubana no tiene vida

Fernando Orgambides

(EL PAÍS, España, 17/10/1991)  El escritor y académico cubano Manuel Díaz Martínez, uno de los más destacados poetas de la generación del 50 en la isla, piensa que “la intelectualidad cubana no da síntomas de vida ante los gravísimos problemas que afronta la nación”. Díaz Martínez, de 55 años, abrazó en su día la revolución impulsado por su pensamiento izquierdista, pero el tiempo le procuró una serena reflexión, que le ha convertido en uno de los pilares del movimiento democrático naciente en la isla, que exige ya públicamente cambios en el sistema. Respetado y admirado fuera y dentro de Cuba, este poeta amigo de Rafael Alberti y contemporáneo de Severo Sarduy, Roberto Fernández Retamar y Guillermo Cabrera Infante, entre otros, piensa -cuando el régimen acaba de celebrar el cuarto congreso del Partido Comunista Cubano- que a Cuba le ha llegado la hora de un gran debate nacional, sin discriminaciones ideológicas, que le procure una pacífica inserción en el mundo de los países libres y democráticos.
Díaz Martínez fue, con 22 años, uno de los primeros becarios de la revolución cubana en el exterior. Amigo del escritor y poeta comunista Eduardo Gallegos Mancera, entonces alcalde de Caracas, fue víctima del régimen del general Franco cuando, con intenciones de residir durante una temporada en España, fue desviado por la policía de la dictadura a París por ser comunista y revolucionario. Años más tarde, ya realizado en la poesía, encontró en España y en los intelectuales de su generación la familiaridad cultural que en aquellos tiempos ansiaba, y hoy es reclamado por la Universidad de Cádiz -su segunda ciudad después de La Habana- para dirigir durante unos meses un taller de poesía por el que ya pasaron escritores y poetas de la talla del argentino Daniel Moyano o del español Carlos Edmundo de Ory.

Un debate público

Según Díaz Martínez, “la actividad intelectual en el interior de Cuba está desarrollándose al margen de los problemas nacionales. Es como si la cultura no formara parte de estos problemas”. Y añade: “Es verdad que existen dificultades muy serias de índole material, como la escasez de papel, que obstaculizan la publicación de libros y revistas. Pero, al margen de esto, la intelectualidad no da síntomas de vida ante los gravísimos problemas que afronta la nación. Sabemos que hay opiniones y criterios, pero no se expresan. Y al no expresarse no pasan a constituir lo que debieran ser: un debate público”. La primavera pasada, Díaz Martínez sufrió la represión política en sus propias carnes al suscribir el llamado Manifiesto de los Diez, la primera proclama democrática de la oposición en el interior de la isla. Fue automáticamente expulsado de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba; marginado en su trabajo como periodista y acusado de colaborar con la CIA por el diario, órgano del Partido Comunista Cubano.
“No pedíamos en ese manifiesto ni el cielo ni la Luna”, dice. “Era un documento elemental y moderado donde solicitábamos elecciones directas a la Asamblea Nacional sin restricciones, la eliminación de las limitaciones obligatorias, una amnistía para los presos políticos, la reactivación del mercado libre campesino y la asistencia de organismos dependientes de Naciones Unidas para evitar la escasez de medicinas y el previsible aumento de la mortalidad infantil”.
“Estamos en Cuba en una situación límite”, señala Díaz Martínez. “Hace falta valentía para afrontar los problemas, y por ser delicado y difícil el momento hay que escuchar a todo el mundo. Queremos un debate nacional y no sólo un criterio que venga de una sola parte. Creo que cualquier cubano puede estar en condiciones dentro del país de proporcionar ideas inteligentes, y lo que hay que garantizar es que las pueda dar”.
“Ahora me siento en Cuba con más libertad porque tengo menos miedo”, dice, por último, Díaz Martínez. “Son tan graves los problemas, que nos impulsan a hablar y a participar”.

El tardío fin del siglo XX

Slavoj Zizek

(EL MUNDO, España, 30/11/2016) Todos recordamos la escena clásica de dibujos animados: un gato camina sobre el precipicio y mágicamente sigue adelante, flotando en el aire; se cae sólo cuando mira hacia abajo y se da cuenta de que no hay suelo bajo sus pies… De la misma forma puede decirse que, en las últimas décadas, el socialismo cubano continuó viviendo sólo porque aún no se había dado cuenta de que ya estaba muerto. Soy crítico con Cuba no porque sea anticomunista sino porque sigo siendo comunista.
Está claro que Fidel Castro era diferente del tipo habitual de dirigente comunista y que la propia Revolución cubana era algo único. Su especificidad se interpreta mejor mediante la dualidad de Fidel y el Che Guevara: Fidel, el líder de verdad, la autoridad suprema del Estado, frente al Che, el eterno rebelde revolucionario que no podía resignarse simplemente a gobernar un Estado. ¿No es esto algo así como una URSS en la que Trotsky no hubiera sido rechazado como el architraidor? Imagínese que, a mediados de los años 20, Trotsky hubiera emigrado y renunciado a la ciudadanía soviética con el fin de alentar la revolución permanente en todo el mundo y que entonces hubiera muerto poco después, y que al poco de su muerte Stalin lo hubiera elevado al culto y que monumentos que conmemoraran su amistad proliferasen por toda la URSS…
Uno acaba por cansarse de las historias contradictorias del fracaso económico y del desprecio de los derechos humanos en Cuba, así como de la dualidad de la educación y la asistencia sanitaria constantemente evocada por los amigos de la Revolución. Uno se cansa incluso de la verdaderamente inconmensurable historia de cómo un pequeño país puede plantar cara a la mayor superpotencia (con la ayuda de la otra superpotencia, cierto). Lo realmente triste de la Cuba de hoy es una circunstancia claramente representada por las novelas del policía Mario Conde, de Leonardo Padura, ambientadas en La Habana de hoy: la atmósfera no es tanto de pobreza y opresión como de oportunidades perdidas, de vivir en un lugar del mundo al margen, en gran medida, de los enormes cambios económicos y sociales de las últimas décadas.
Todas estas historias no cambian el triste hecho de que la Revolución cubana no produjo un modelo social que tuviera algo que ver con el definitivo futuro comunista. Cuando visité Cuba hace una década, la gente de allí me mostraba con orgullo casas en ruina como prueba de su fidelidad al hecho revolucionario: «¡Mira, todo se está cayendo a pedazos, vivimos en la pobreza, pero estamos dispuestos a soportarlo antes que traicionar a la Revolución!». Cuando las propias renuncias se experimentan como prueba de autenticidad, tenemos lo que en psicoanálisis se llama la lógica de la castración. Toda la identidad político-ideológica cubana descansa en la fidelidad a la castración; no es de extrañar que el líder se llamara Fidel Castro.
La imagen de Cuba que se obtiene de alguien como Pedro Juan Gutiérrez (en su Trilogía sucia de La Habana) es reveladora: la realidad común de Cuba es la verdad de lo sublime revolucionario: la vida cotidiana de lucha por la supervivencia, desde la huida hasta las relaciones sexuales promiscuas violentas, de aprovechar el día sin ningún tipo de proyectos orientados al futuro. En un extenso discurso público, allá por agosto de 2009, Raúl Castro arremetió contra aquellos que simplemente gritan “¡Muerte al imperialismo estadounidense! ¡Viva la Revolución!” en lugar de comprometerse en un trabajo difícil y paciente. Toda la culpa de la miseria cubana (una tierra fértil que importa el 80% de sus alimentos) no se puede achacar al embargo de los Estados Unidos: hay gente ociosa por un lado, tierras vacías por otro, y no hay más que empezar a trabajar los campos… Si bien todo esto es obviamente cierto, Raúl Castro se olvidó, sin embargo, de incluirse a sí mismo en la imagen que estaba describiendo: si nadie trabaja en el campo, es evidente que no es porque sean unos vagos sino porque el sistema de dirección estatal de la economía no es capaz de ponerlos a trabajar. En lugar de arremeter contra el pueblo llano, Raúl Castro debería haber aplicado el viejo lema estalinista según el cual el motor del progreso en el socialismo es la autocrítica y ejercer una crítica radical del sistema que él y Fidel personifican. Aquí, una vez más, el mal está en la mirada sumamente crítica que percibe el mal por todas partes…
Entonces, ¿qué pasa con los izquierdistas pro-castristas occidentales, que desprecian a los que los propios cubanos llaman gusanos, los que emigraron? ¿Pero, con toda solidaridad hacia la Revolución cubana, qué derecho tiene un típico izquierdista occidental de clase media a despreciar a un cubano que decidió abandonar Cuba no sólo por el desencanto político sino también por culpa de la pobreza? En el mismo sentido, yo recuerdo a principios de los 90 a docenas de izquierdistas occidentales que con arrogancia me lanzaban a la cara cómo, para ellos, Yugoslavia todavía existía y que me reprochaban que traicionara la irrepetible oportunidad de mantenerla viva, a lo que yo siempre respondía que no estaba dispuesto, sin embargo, a conducirme en mi vida de una manera que no decepcionase los sueños de los izquierdistas occidentales. Gilles Deleuze escribió en alguna parte: “Si vous êtes pris dans le rêve de l’autre, vous êtez foutus”. Los cubanos han pagado el precio de estar atrapados en los sueños de otro.
Las aperturas graduales de la economía cubana al mercado son compromisos que no resuelven el punto muerto sino que tan sólo prolongan la inercia predominante. Después de la inminente caída del chavismo en Venezuela, Cuba tiene tres opciones: continuar vegetando en una mezcla de régimen del Partido Comunista y concesiones pragmáticas al mercado; abrazar de manera plena el modelo chino (capitalismo salvaje con gobierno del partido), o simplemente abandonar el socialismo y, de este modo, admitir la derrota total de la Revolución. Pase lo que pase, la perspectiva más triste es que, bajo la bandera de la democratización, se perderán todos los pequeños pero importantes logros de la Revolución, de la asistencia sanitaria a la educación, y los cubanos que escaparon a EEUU van a imponer una violenta reprivatización. Existe una pequeña esperanza de que se impida este retroceso extremo y se negocie un compromiso razonable.
¿Cuál es entonces el resultado de la Revolución cubana en su conjunto? Lo que me viene a la mente es lo que le sucedió a Arthur Miller en el Malecón de La Habana, donde dos chicos sentados en un banco cerca de él, manifiestamente pobres y necesitados de un afeitado, estaban enfrascados en una intensa discusión. Un taxi se detuvo al poco en la acera frente a ellos y de él salió una hermosa joven con dos bolsas de papel de estraza llenas de comestibles. La joven hacía malabarismos con las bolsas para abrir el monedero al mismo tiempo y un tulipán estaba oscilando peligrosamente en un tris de rompérsele el tallo. Uno de los hombres se levantó y le cogió una de las bolsas para sostenérsela mientras que el otro se le unió para sujetarle la otra bolsa, y Miller se preguntó si no estarían a punto de apoderarse de las bolsas y echar a correr. Nada de eso ocurrió; en su lugar, uno de ellos sostuvo delicadamente el tallo del tulipán entre su índice y su pulgar hasta que la joven pudo sujetar las bolsas con seguridad en sus brazos; ella les dio las gracias con una cierta dignidad formal y se alejó.
Éste es el comentario de Miller: “No estoy seguro de por qué, pero esta transacción me pareció digna de mención. No se trataba sólo de la galantería de estos hombres pobres de solemnidad, que era impresionante, sino de que la mujer parecía que se la tomaba como algo natural y en modo alguno extraordinario. Ni que decir tiene que no les ofreció ninguna propina, y tampoco ellos parece que esperasen ninguna, a pesar de la relativa riqueza de ella en comparación.
Después de haber protestado durante años por el encarcelamiento y el silenciamiento de escritores y disidentes por el Gobierno, me preguntaba si, a pesar de todo, incluso del fracaso económico del sistema, se había creado una corriente alentadora de solidaridad humana, posiblemente a espaldas de la simetría relativa de la pobreza y de la uniforme futilidad inherente al sistema, de la que pocos eran capaces de sacar cabeza a menos que escaparan navegando” (Arthur Miller, A visit with Castro, The Nation, 12 de enero de 2004).
Es en este nivel más elemental en el que se decidirá nuestro futuro; eso que el capitalismo global es incapaz de generar es precisamente esa clase de «corriente alentadora de solidaridad humana». Así pues, para concluir con el espíritu de que mortuis nihil nisi bonum [de los muertos nada (debe decirse), salvo lo bueno], esta escena en el Malecón es quizás lo más bonito que soy capaz de recordar de Castro.
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Slavoj Zizek, filósofo y crítico cultural, es profesor en la European Graduate School, director internacional del Birkbeck Institute for the Humanities (Universidad de Londres) e investigador senior en el Instituto de Sociología de la Universidad de Liubliana. Su última obra es Menos que nada. Hegel y la sombra del materialismo dialéctico (Akal).