CERRADO POR VACACIONES

EL BLOGUERO SE VA A SANTANDER Y A GÉNOVA. ESTARÁ DE REGRESO EN LA SEGUNDA SEMANA DE JUNIO.

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¡Viva la igualdad!

Cuando un gobierno se dedica a cargarse la Constitución nos da a los ciudadanos un magnífico motivo para temblar.

Ahora la ministra de Igualdad –de ¡Igualdad!– dice que le parece bien que los hombres reciban penas mayores que las mujeres por los mismo delitos –discriminación por sexo colada en una ley contra la violencia de género que, paradójicamente, ha santificado el Tribunal Constitucional–. De modo que gracias al TC, con la contentura de la ministra de ¡Igualdad!, los ciudadanos de este país hemos dejado de ser iguales ante la ley, como manda la Constitución.

La Pisa-Bien: Y si, por un casual, el jaleo que se juzga aconteció en una pareja de homos, ¿a quién el juez le debe endilgar la condena más brava: a él o a él, o a ella o a ella?

Don Latino: Eso pregúntaselo a Zaratustra.

La Pisa-Bien: También a los hombres les pagan más que a las mujeres por hacer el mismo trabajo.

Don Latino: No te metas en metafísicas.

Max Estrella

Microhomenaje a Pablo de Rokha

En estos días se celebraron las Jornadas Internacionales de Literatura y Crítica “Minificción Literaria”, organizadas por el Departamento de Filología Española, Clásica y Árabe de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), bajo la responsabilidad del catedrático de Literatura Hispanoamericana Osvaldo Rodríguez. Como actividad paralela a este coloquio, que tuvo lugar en la Casa-Museo de Colón, se realizó un “microhomenaje” a Pablo de Rokha, aprovechando la presencia de notables especialistas en la obra de este gran poeta chileno. Participaron: Freddy Vilches (Lewis and Clark College, Oregon, USA), Maribel Lacave y Constantino Contreras (Universidad de La Frontera, Chile), Naín Nomes (Universidad de Santiago de Chile), Roberto García de Mesa (Tenerife), María Isabel Larrea Oporto (Universidad Austral de Chile), Ángeles Mateo del Pino (ULPGC), Carmen Márquez Montes (ULPGC), Nieves María Concepción Lorenzo (Universidad de La Laguna, Tenerife), Fernando Moreno (Universidad de Poitiers, Francia), Francisca Noguerol (Universidad de Salamanca) y Christine Muñoz (Universidad de Poitiers). Un recital poético “a tres bandas” cerró el homenaje a De Rokha y en el mismo tomaron parte los poetas Pedro Flores (Canarias), Naín Nomes (Chile) y Manuel Díaz Martínez (Cuba-Canarias).

Los textos que leí son los siguientes:

EL ARTISTA COMO LÍDER

El mesianismo social de variados signos que se desató a comienzos de esta centuria y las vanguardias estéticas surgidas de él produjeron un tipo de artista devoto del vitalismo, voluntarista, optimista, agitador de rebeldías presentes y predicador de porvenires más o menos paradisíacos. Rebosantes de inconformidades, críticos acerbos de las miserias materiales y morales que achacaban al individualismo liberal, aquellos creadores dedicaron su estro a fomentar la impostergable revolución -anarquista, comunista o fascista- de la que nacería un mundo hiperdesarrollado donde la fraternidad y la solidaridad sustituirían, para siempre, a la mezquindad burguesa.

Entre estos artistas aparece el poeta chileno Pablo de Rokha (o sea, Carlos Díaz Loyola), quien, nacido en 1894, terminó con su vida en 1968 pegándose un tiro. Él decía: “Los pueblos entienden al artista como un líder, no como un lacayo”; y proclamaba: “No es posible hacer el himno vivo con dolores muertos, con verdades muertas, con deberes muertos, con amargo llanto humano […]; que el poema devenga ser, acción, voluntad, organismo, virtudes y vicios, que constituya, que determine, que establezca su atmósfera, su atmósfera y la gran costumbre del gesto, juicio del acto…”

De Rokha encontró enseguida su propia voz. Puede decirse que nació a la poesía ya con un estilo, al que su admirado Walt Whitman, el surrealismo y los poetas malditos Baudelaire, Blake, Rimbaud y Lautréamont hicieron aportaciones.

En El folletín del diablo, libro en el que De Rokha agrupó textos escritos entre 1916 y 1922, hay una estrofa donde el poeta, diseñando un sintético autorretrato literario, precisa los factores más notorios y estables de su obra:

Soy un alarido volcánico
y un puñado de cosas puras;
un enorme gesto de pánico
cuajado en una criatura.

En efecto, en su torrencial y volcánico discurso (Gran temperatura es el elocuente título de uno de sus libros más emblemáticos) se trenzan, como señaló Rita Gnutzmann en el prólogo a su antología de De Rokha, en contrapunto casi constante, el “enorme gesto de pánico” a que se siente reducido el poeta por la insondable enormidad cósmica, y ese “puñado de cosas puras”, identificable con las generosas visiones humanistas que animan su voluntad vindicativa en el plano sociopolítico -visiones que primero se proyectaron desde un anarquismo visceral y que, a partir de 1930, lo hicieron desde un marxismo viciado de estalinismo-.

Pese a todos los silencios alevosos y todas las negaciones sistemáticas de que fue víctima a lo largo de su vida literaria, De Rokha es reconocible hoy entre los fundadores de la poesía hispanoamericana moderna, junto a Vicente Huidobro, César Vallejo y Pablo Neruda. Resulta patética la obsesiva insistencia con que reivindicaba para su obra el lugar que sin duda le correspondía al lado de la de aquellos tres grandes contemporáneos suyos, lugar que casi nadie le concedió, empezando por el propio Neruda, quien, por otra parte, nunca admitió deberle nada a su borrascoso compatriota, a pesar de que, según creo, tanto le debía. No fueron pocas las ocasiones en que el rencor hacia Neruda movió la pluma de De Rokha, quien llega a la furia absoluta en su libro Neruda y yo. Curiosa resulta la actitud que ante tales ataques asume el “hondero entusiasta”, que sólo contraataca frontalmente en sus memorias (Confieso que he vivido), cuando De Rokha ya está muerto.

Pero, sin fama, mal conocido hasta en su propio país, Pablo de Rokha es uno de los grandes poetas que ha dado el continente americano -para León Felipe, “el más grande de la lengua castellana en el siglo XX”-. Quizás gran parte de los lectores de la selección de la obra rokhiana hecha por Rita Gnutzmann coincidan con León Felipe en el elogio al chileno porque en esta antología han sido incluidos, entresacados de la selvática producción de De Rokha, poemas altamente representativos de la fuerza verbal, la infinita fantasía tropológica y la altísima temperatura humana de este rapsoda con vocación de líder, cultivador opulento de un nacionalismo popular y un universalismo populista.

***

HABLEMOS DE PABLO DE ROKHA

Puesto que nos interesa que los poetas de la rebeldía no perezcan a manos de los cazadores de gorras;
puesto que es de justicia ponerlos a salvo de los geómetras del verso, que buscan la perfección en el dibujo de la letra, pasando por encima o por debajo de si, bien compuesta o no, la letra es fundación o ruina en el momento de nacer;
puesto que nos place hablar de lo que es nuestro,
hoy nos reunimos en esta plaza batida por los vientos del siglo, en esta plaza del mundo
-desafiante como un párpado abierto-
para hablar de Pablo de Rokha mientras su cuerpo es cada vez más tierray su palabra es cada vez más alma.

Pablo de Rokha fue elegido poeta por las mayorías: el tráfico de sus metáforas hace el ruido ensordecedor de la lucha de clases.
¿Recuerdan cuántos pendolistas de manos finas y oficiales lo silenciaban, Chile arriba, Chile abajo, porque ponía a sus poemas la mecha corta para que estallaran en el acto
y dinamitaba las sendas que no condujeran a la rebelión?
El orden burgués lo indisciplinaba y se insubordinó:
era un fugitivo al que la jauría del orden le pisaba los talones.

Pablo nunca quiso descansar en paz, y cantó, y cantó, y cantó.
Invirtió millones de palabras en fomentar multitudes para la insurrección:
predicó el paraíso repartiendo horizontes a manos llenas.

Sus opiniones públicas y privadas tendían a la guerra civil:
no habrá nunca en Atacama más ardor que en sus diatribas ni en las ventiscas de los Andes más agujas que en su lengua.

Ustedes, ciudadanos, pululaban en el olvido cuando él amaba a Chile más que a sí mismo y escribía proclamas que llamaban a filas vuestras hambres.

Murió sin pedir ni dar cuartel, liado a tiros con su sombra.

Dondequiera que se halle pedirá magistrados obreros para el Juicio Final.

El domador de leones

Teódulo López Meléndez, Caracas.

Si en algún mito la diplomacia brilló fue en Venecia. “La Sereníssima” requería de información para su vasto comercio exterior y acuerdos múltiples para mantener las rutas de navegación y el acceso de sus mercancías a lo que llamaremos “mercados externos” de su época. Antes la habían practicado desde los persas hasta los egipcios, aunque tal vez la paternidad habría que atribuírsela a los griegos. La diplomacia es tan antigua como la existencia de las ciudades-Estados, tan vieja como los primeros imperios.

La diplomacia existe para que los Estados modernos manejen entre sí sus relaciones con inteligencia y tacto, para darle a la negociación el lugar privilegiado en sustitución del conflicto y uno de sus objetivos fundamentales es obviamente la cooperación. La diplomacia es una forma privilegiada de los Estados para lograr sus objetivos políticos, comerciales o estratégicos.

La diplomacia parece derrumbarse, al menos con todo lo que tiene que ver con América Latina. Más precisamente, con todo lo que tiene que ver con Chávez. Es curioso precisar cómo en los alrededores del presidente venezolano es donde la diplomacia se desploma. El primer caso que recuerdo es el de la presencia en Caracas de Marco Aurelio García, el asesor de Lula para política exterior, en uno de los primeros conflictos de tantos que ha afrontado este prototipo nuestro de elefante en cristalería. El inefable Marco Aurelio –tal vez haciendo honor a su nombre- se presentó en la capital venezolana como un procónsul, amenazando y dando órdenes en defensa del caudillo y uno intuía que en cualquier momento ordenaría a las “legiones brasilenses” venir a poner orden en esta provincia del imperio. Desde entonces me pregunto sobre esa dualidad de Amorin al frente de Itamaraty, que sigue siendo profesional y calculadora, y este desbocado asesor que crea una deidad bicéfala. La cuestión siguió con Moratinos, flamante Ministro de Exteriores de Rodríguez Zapatero, quien se cansó de meter la pata en torno a la posición de la Unión Europea frente a Cuba y declarador oficial en defensa de Chávez. Hoy, afortunadamente, Moratinos parece haberse tomado su ración de valeriana y García se limita a las dos caras de Lula, como veremos más adelante.

Otro caso patético de antidiplomacia es el manejo del gobierno francés en torno al caso de Ingrid Betancourt. En efecto, lo convirtieron en un asunto prioritario de Estado haciendo de la mujer secuestrada la pieza más valiosa en poder de las FARC. De allí en adelante la Francia no ha hecho otra cosa que meter la pata, con sus presiones indebidas e inaceptables al gobierno colombiano, con sus misiones humanitarias fallidas y con sus imposibles tentativas de convertir a Chávez en el héroe de la salvación. En sus paletadas de tierra sobre Ingrid Betancourt, la Francia alocada ha tenido una valiosísima contribución en Yolanda Pulecio, la madre de la secuestrada, en el ex-marido, en el marido, y cuando todos estos personajes se cansan, en la hermana de la secuestrada, todos lanzando paletadas de tierra sobre Ingrid, haciendo imposible que las FARC piensen ni remotamente en liberarla, pero eso es harina de otro costal, porque semejante familia no puede engrosarse en los términos de la diplomacia.

La “diplomacia” de los gobiernos revolucionarios es, por su parte, un acicate para pensar en todos los buenos diplomáticos que había antes de esta eclosión de barbaridades. Para no ir más lejos, la última declaración del gobierno ecuatoriano pidiendo el silencio de las computadoras de Raúl Reyes a cambio de restablecer relaciones diplomáticas uno no sabe si calificarla de infantilismo o de elefantiasis. Uno mira a esa amable señora que es Ministra de Exteriores de Ecuador y siente pena ajena y se pregunta qué hace allí, cómo puede ser la portavoz de exteriores de un presidente como Correa. En cambio, en Venezuela, pensamos que el Ministro de Relaciones Exteriores es el adecuado para Chávez. Claro que lo es, es uno que anuncia notas de protesta que no manda a gobiernos extranjeros, que convierte –en aras de cumplir la voluntad del jefe– patrullas perdidas en las fronteras en el ejemplo y en la prueba de pretensiones agresivas. Hace unos meses una patrulla venezolana se perdió en la Goajira, el ejército colombiano la localizó, le dio agua y alimentos y la puso en camino para que regresara a la entrañable patria bolivariana. Ahora supuestamente una patrulla colombiana entró en territorio venezolano y el flamante “diplomático” que tenemos en la Casa Amarilla habló de “maniobras del imperio” y de “política guerrerista”, para terminar descubriéndose que los colombianos jamás habían entrado a Venezuela, que quienes estaban en territorio colombiano eran los venezolanos. No hay duda, este “diplomático” es el mejor que podría tener Chávez, quien parece arregló el problema haciéndose el comprensivo y diciéndole al general colombiano con quien mantuvo contacto –magnánimamente, se debe entender– que daba por zanjado el incidente. Lo peor del asunto es que un candidato a alcalde caraqueño se ve en una propaganda de televisión manejando un autobús y entonces se debe entender que no aspira realmente a ser alcalde sino Ministro de Relaciones Exteriores.

Lo dicho, la diplomacia anda muy mal. Sin embargo, la joya de la corona es Lula. El presidente de Brasil se vende como el domador de leones. El brillante cerebro del otrora líder sindical ha concebido más que Talleyrand, ha empreñado ideas más que Kissinger en sus conversaciones con Le Duc Tho, ha dejado como un mismísimo pendejo a Maquiavelo, ha convertido a todos los diplomáticos de la historia en simples aprendices de brujo. La fórmula es muy sencilla: para diferenciarse de Chávez un día dice que quien quiere reelegirse es aspirante a dictador y al día siguiente que Chávez tiene ideas muy buenas; un día dice que jamás pensará en perpetuarse en Brasilia –ciudad un tanto incómoda y alejada de los placeres a pesar de la grandeza del camarada Oscar Niemeyer al concebirla– y al día siguiente que Chávez es el mejor presidente que Venezuela ha tenido en cien años. Todo esto para negociar que él es el domador de leones, el que tiene mano hábil para controlar al alocado presidente venezolano, que cualquier cosa con Venezuela se le debe consultar a la “sereníssima” Brasilia pues allí está el secreto de tranquilizar al león y hacerlo saltar por los aros del domador. Lula vive de Chávez, y no me refiero ahora a los cinco mil millones de dólares que le ha sacado a Venezuela en buenos negocios, lo que es perfectamente lícito. No, me refiero a que Brasil bajo Lula ha perdido la grandeza de su diplomacia, la majestad de su presencia, para convertirse simplemente en el domador de leones, el que tiene los secretos para tranquilizar a la fiera.

Sólo que a veces le falla el truco, pues de otra manera no puede llamarse. Chávez insultó a la Canciller Ángela Merkel, ignorando toda la historia personal de esta respetada y brillante científica y política, desconociendo totalmente la historia de la Democracia Cristiana alemana y espetando acusaciones de nazismo. Y he aquí a Lula, el domador de leones, el vividor de Chávez, ofreciéndose a la líder alemana como mediador. Y allí la tranquila señora Merkel diciendo simplemente: “Muchas gracias, señor Lula, pero yo me las arreglo sola”. Uno termina amando a la señora Merkel, uno termina riéndose del domador de leones.

Ah, la República

Tendrá que ver
cómo mi padre lo decía:
la República.

Eliseo Diego

Se dice que la República de Cuba, fundada el 20 de mayo de 1902, va a cumplir su primer siglo. Pero, en realidad, esa República dejó de existir en 1959 –agonizaba desde 1952–, cuando fue sustituida por la autocracia totalitaria que aún, por pereza, para abreviar, seguimos llamando “revolución”.

Los escribas del castrismo se han empeñado en imponer la creencia de que la historia de Cuba pega un salto desde el fin de la colonia hasta el arribo de Fidel Castro al gobierno. En el medio, según la pretensión de esta gente, Cuba fue una suerte de potrero cubierto de maleza y plagado de sabandijas que esperaba por la podadora y la espada raticida de Castro para comenzar a ser un verdadero país y volver a tener historia. Buscando la forma de exaltar, por contraste, las supuestas bondades del castrismo –en imitación de aquella aristócrata que se paseaba con un mono para que su belleza se notase más–, estos señores –pero no sólo ellos– se han ensañado con lo que identificamos como la República, es decir: el sistema de gobierno de espíritu liberal y estructura democrática que existió en Cuba, con algunas interrupciones ominosas pero transitorias, durante cincuenta y siete años.

El paraíso, si existe, desde luego que en la Tierra no está. Por tanto, la República no era el paraíso. Pero tampoco el infierno. La realidad demuestra que el infierno, o, si se quiere, una sucursal suya, comenzó a instalarse en la isla en 1959, año en que, como dice un viejo son santiaguero, “le cayó carcoma al pavorreal”.

La historia de esos cincuenta y siete años de la sociedad cubana –historia necesitada de una buena revisión que la limpie de las etiquetas que impiden verla en su total realidad– está escrita, al igual que la de cualquier parte del mundo, desde diferentes ángulos ideológicos. La reescritura ordenada por el castrismo, llena de arteros borrones y de tópicos maniqueos destinados a eludir verdades y análisis serios, muestra la visión más parcializada que ha sufrido el período republicano, la más doctrinaria. Digamos que por ser tan fidelista es la menos fidedigna.

Ni todo fue bueno ni todo fue malo en aquella República, convertida por muchos en una leyenda negra. Lo mejor que tenía, que es lo que más añoramos hoy los que la conocimos y hemos padecido el castrato, es que, en ella, el ciudadano disfrutaba de un margen de libertades en el que le era posible el ejercicio de su iniciativa personal en todas los órdenes de la vida. A este hecho atribuyo el fenómeno de que, pese a los muy serios males que lastraban la República –la hegemonía norteamericana y la corrupción administrativa, los primeros–, Cuba llegara a ser, antes de 1959, la tercera o cuarta economía de Latinoamérica y uno de los países de más alto nivel cultural del Continente.

Viví las últimas dos décadas de la República. Especialmente para los que no conocieron la Cuba republicana quiero contar algunos episodios de mi vida en ella.

Voy en camino de cumplir 66 años, la edad que tenían Lezama y Virgilio Piñera al irse, tristones, de este mundo. De modo que nací en el remolino que dejó el hundimiento del machadato. Justamente fue en momentos en que Cuba parecía no estar gobernada por nadie: el presidente era un tal Miguel Mariano, vástago anodino de otro presidente llamado José Miguel Gómez, conocido por Tiburón. Pero, en verdad, alguien gobernaba, o por lo menos mandaba: era el jefe del Ejército, un general de carrera vertiginosa en los tejemanejes políticos, no en el campo de las armas, nombrado Fulgencio Batista, quien luego fue, sucesivamente, presidente electo, caudillo impuesto y dictador depuesto y al que de manera directa debemos la irresistible ascensión de Fidel Castro.

Mi padre, que era un bodeguero de barrio humilde en Santa Clara en la época de Machado y que murió hace unos meses con 92 años y una memoria implacable, contaba que en los últimos tiempos del Egregio, los de peor reputación en la economía republicana, en su pobretona tiendita vendía libremente –eso sí, por puros centavos o a crédito, porque el trabajo y el dinero escaseaban– todo lo que producía el país, desde malanga, maíz y plátanos, amén de todas las frutas que amenizan el trópico, hasta pollos y tasajo, pasando por quesos, leche, chocolate, café, arroz, manteca de cerdo y tantas cosas más que se convirtieron en rarezas arqueológicas a partir de 1959, desde que ese Nostradamus de la economía que fue el Che Guevara y esa super-meiga de la genética que se llama Fidel Castro sustituyeron los tradicionales productos de la agricultura, la ganadería y la industria por los surgidos de su enceguecedor talento demiúrgico, o sea: el picadillo de soja, el café de chícharos, el pan de boniato, la leche “reconstituida” (agua enturbiada con polvo de leche) y la milagrosa hamburguesa sin carne McCastro.

Ah, la República: cuántos patriotas de bisutería, politiqueros venales y militares abusadores la infamaron; pero, también, cuánta gente idealista y honesta, cuánta gente laboriosa, cuánta gente inteligente y creadora la honró. Gracias a esta gente Cuba fue un país en constante desarrollo. Hoy, tras cuarentitantos años de castrismo, huérfana de la Unión Soviética, es un país que mendiga ayuda humanitaria –ni Haití lo hace– mientras exhibe la cartilla de racionamiento de más largo recorrido en la historia universal de la miseria. Yo, que en aquella República fui pobre de vivir temporadas en cuarterías, pero en la que jamás me fui con hambre a la cama –aciaga experiencia que sí tuve después de 1959–, no me explico cómo Castro y su corte no se avergüenzan de no haber sido capaces, en más de cuarenta años, de garantizarles a los cubanos los alimentos que siempre produjo con abundancia el país. De acuerdo con las estadísticas, en aquellos tiempos burgueses Cuba producía el 75% de los alimentos que consumía su población –lo que no producía se importaba–, y no había que hacer colas para adquirirlos ni ninguno estaba racionado.

Tanto o más que los panes y los peces, a los intelectuales y artistas, por obvias razones, nos interesan las libertades de movimiento, de información, de pensamiento y de expresión. Estas libertades son imprescindibles para nuestra existencia real y plena. Cuando quise publicar mi primer libro –fue en 1956, en el último y peor mandato de Batista–, contraté una imprenta y lo publiqué, y luego lo distribuí, y no tuve que pedir permiso ni rendir cuenta a nadie. Lo mismo hice con el segundo, aparecido en 1957. Para el tercero y los demás que publiqué en Cuba –ya la revolución se había convertido en gobierno (la agudeza es de Pancho Villa)– me vi obligado a contar con la anuencia de la burocracia “cultural” del Partido y del Estado, que en los regímenes comunistas son la misma cosa.

No sé cuántos periódicos había, en total, en la República, matutinos unos, vespertinos otros, nacionales y provinciales. Que yo recuerde, eran quince los de circulación nacional al triunfo de la revolución: Diario de la Marina, El Mundo, Información, El País, Excelsior, Prensa Libre, El Crisol, Avance, Alerta, Pueblo, La Tarde, Mañana, Ataja, Tiempo en Cuba y Noticias de Hoy (éste, de los comunistas históricos, conoció interdicciones temporales y asaltos vandálicos en los gobiernos de Prío y Batista, pero Castro lo clausuró definitivamente cuando creó su propio partido y se apoderó de toda la prensa). Cada uno de ellos, más Bohemia y Carteles, revistas semanales de enorme circulación dentro y fuera de la isla, tenía su propio perfil editorial. En la República, pocos gobernantes no respetaron plenamente la libertad de prensa. Sólo fue suspendida en etapas excepcionales. De ella, por supuesto, también se beneficiaban las numerosísimas emisoras de radio y los canales de televisión (los primeros que funcionaron en América Latina). Fidel Castro fatigó la libertad de prensa –abolida por él hasta hoy– atacando al batistato desde las páginas del periódico Alerta, de Ramón Vasconcelos, y desde la revista Bohemia, de Miguel Ángel Quevedo (dos periodistas que tuvieron que exiliarse cuando el Comandante bajó de la Sierra y se trepó en el trono), y desde los micrófonos de la emisora C.O.C.O., de Guido García Inclán, un comunicador corajudo que combatió a Batista frontalmente y a quien la revolución le quitó la emisora. Recuerdo un artículo de Castro, publicado en Bohemia en plena tiranía batistiana e incluido en un libro de homenaje a esta revista editado por la revolución, en el que, ya en el primer párrafo, el entonces adalid de las juventudes liberales ortodoxas llama sátrapa a Batista y lo amenaza con hacerle una revolución para derribarlo. Nada les pasó, sin embargo, ni al fogoso agitador ni a la intrépida revista. Por supuesto, algo similar es impensable que suceda en la Cuba de Castro, donde, entre otras virguerías jurídicas, está prohibido caricaturizar a los jerarcas del régimen (algo que hasta Machado y Batista admitieron) y donde hay un delito llamado “propaganda enemiga”, otro llamado “desacato al Jefe del Estado”, ambos muy bien dotados de condenas, y una Ley Mordaza que puede proporcionarle luengas vacaciones a la sombra, servido por atentos carceleros, al ciudadano cubano que se queje con más de dos o tres decibelios de voz, sobre todo si lo hace para la prensa extranjera.

Una sola vez, antes de la revolución, sentí el hociqueo de una amenaza por algo que publiqué, y fue cuando, siendo yo jovencito, en el vespertino Tiempo en Cuba, adicto a Batista, cometí la osadía de hacer en un artículo el panegírico de Rigoberto López Pérez, el joven patriota nicaragüense que baleó al tirano Somoza. En ese artículo sostuve que matar a un tirano no es delito, lo que atrajo hacia mí el inquietante interés del matón que dirigía el periódico, sin que pasara nada más. Pero la censura y el castigo por mis opiniones los sufrí en muchas oportunidades después de 1959. Recuerdo, por ejemplo, que en el periódico Granma suprimieron el nombre de Severo Sarduy de un artículo mío porque estaba prohibido citar a los escritores exiliados. Otras censuras más ominosas soporté, como la de estar dieciséis años sin poder publicar nada en mi país por haber votado, en el concurso literario de la Unión de Escritores de 1967, a favor del poemario de Heberto Padilla Fuera del juego, libro en el que el poeta se quejaba de que la revolución estaba dejando de ser revolucionaria. ¿Me habría pasado esto en la República? No, por supuesto: aunque en ella el Estado tuvo a veces un dueño, el Estado no era dueño de todo.

Tuve la suerte de crecer leyendo en la prensa republicana a los grandes articulistas que escribían en mis tiempos juveniles, la mayoría de los cuales figuran entre los mejores que ha dado el gran periodismo cubano. Como solían pensar y decir lo que les viniera en ganas, leerlos era una fiesta. (El aburrimiento de la uniformidad llegó luego, cuando, de hecho y de derecho -constitucionalmente-, se implantó el pensamiento único del Máximo Filósofo.) Entonces se abría un periódico o una revista y se podía leer a Jorge Mañach, a Juan Marinello, a Francisco Ichaso, a Miguel de Marcos, a Rafael Suárez Solís, a Raúl Roa, a Alejo Carpentier, a Gastón Baquero, a Nicolás Guillén, a Eladio Secades, a Ramón Vasconcelos, a José Lezama Lima, a Mirta Aguirre, a Mario Kuchilán, a José Z. Tallet y a tantos otros que ahora escapan a mi memoria pero no a mi aprecio ni a mi gratitud. Yo publiqué en algunos de aquellos periódicos y revistas. Colaborando en ellos aprendí a escribir y le cogí el gusto a exponer y defender mis propias opiniones.

Mi biblioteca, que perdí al irme de Cuba –ya se sabe que todo exilio es un naufragio–, empezó a crecer cuando, siendo yo un adolescente, tuve mi primer trabajo, que fue de secretario de dos abogados en una consultoría legal del edificio llamado la Manzana de Gómez. Este trabajo lo gané en un concurso que se celebró en la consultoría para elegir al mejor mecanógrafo entre una veintena de aspirantes al puesto. Los sábados por la mañana tenía yo la obligación de llevar documentos de la consultoría a un banco situado en el edificio de la Metropolitana, en la calle O’Reilly. El banco quedaba frente a la Librería Martí, una de las mejores que hubo en La Habana, donde tan buenas librerías había. En terminando mis gestiones bancarias, cruzaba la calle, merendaba por unos centavos empanadas y batidos de frutas en el café de la esquina y acto seguido me abismaba en las repletas estanterías de la Martí, en las que, aparte de las más apasionantes revistas literarias nacionales y extranjeras del momento (Orígenes, Ciclón, Revista de Occidente, Contemporáneos, Sur, Cuadernos Hispanoamericanos, Papeles de Son Armadans…), hallaba tentadoras ediciones españolas, argentinas y mexicanas de clásicos y modernos de todas partes. La Colección Austral, de Espasa, y la Contemporánea, de Losada, estaban al día en aquellos estantes. Los tomos simples costaban cuarenta centavos, sesenta u ochenta los dobles. Todos los viernes, con la calderilla que ahorraba en la semana, me compraba uno, por lo cual llegué a tener esas magníficas colecciones casi completas en mi casa. Novedades y libros caros –algunos pedidos por la librería al extranjero por encargo mío– los compraba a crédito y, si lo pedía, me los mandaban a la casa. En la Martí vi a Lezama más de una vez.

Para mí, evocar la República es recordar un país en el que nada me impidió ser digno, y hasta feliz, en mi pobreza. Un país en el que sentía libre mi individualidad, en el que me sentí autónomo en mis circunstancias. Y esto, sin duda, porque tenía la posibilidad de cambiar de señor, o serlo de mí mismo, sin verme obligado a soportar de por vida, y dándole las gracias además, a ninguno.

Si algo debemos agradecer los de mi edad al régimen castrista es el habernos enseñado a valorar la Cuba que perdimos, un país paradójico, difícil, defectuoso, pienso que a medio hacer –“frustrado en lo esencial político”, decía Lezama–, pero vital y en ascenso, del que nadie quería emigrar ni emigraba y en el que casi todos los que a él iban querían quedarse y se quedaban.

El paredón de fusilamiento, el racionamiento perpetuo, el retroceso económico, el pensamiento único, la prensa cautiva, las pandillas parapoliciales disfrazadas de “pueblo indignado”, la multiplicación de las cárceles, los actos de repudio, el drama del exilio y el holocausto de los balseros vinieron después. Todo eso y más es lo que un amigo mío canario ha resumido en una sola frase: “el destrozo del país”.

¡Ah, la República! Tendrán que ver cómo, a pesar del escepticismo que me ha ganado en estos años, he aprendido a decirlo.

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Revista Encuentro de la Cultura Cubana, Nº 24, Madrid, Primavera de 2002.

Letra de Ifá

Buscaba ayer en mi archivo un documento que necesito para un trámite y hallé una copia de este artículejo cuya existencia había olvidado. Lo traigo aquí porque en él comento una profecía hecha apuntando al 2003 pero que, describiendo una parábola y desdibujándose un poco –caprichos de las profecías absolutamente legítimos–, se ha saltado varios años y ha tocado diana ahora. Pasen, pasen y lean.

Como siempre por estas fechas, los santeros o babalaos de Cuba han dado a conocer la Letra de Ifá o Letra del Año. Es decir, los pronósticos divinos, dictados esta vez por Ogundá Ogbé. Hablando por la boca de los santeros –sacerdotes de la religión yoruba, también llamada Regla de Ochá–, los orichas o santos han divulgado su oddun (vaticinio) para 2003.

Según la investigadora cubana Lydia Cabrera, autora de El monte, el mejor libro sobre la santería que se ha escrito en Cuba, “Ifá es el gran orisha de la adivinación, hijo de Obbatalá y consejero de los dioses y de los hombres”. Natalia Bolívar, otra notable investigadora cubana, nos dice que Ifá es “un complejo sistema adivinatorio regido por el orisha Orula”. Los que dan crédito a la Letra de Ifá –en la isla son legión, y en esa legión hay comunistas y católicos– tienen motivos para la zozobra porque las predicciones de este año son inquietantes, lo mismo para los cubanos que para el resto de los mortales.

De entrada, el cónclave de babalaos de la Comisión Organizadora de la Letra del Año reveló que en los próximos doce meses la “divinidad regente” será Elegguá, dios guerrero, errático y caprichoso, que abre o cierra los caminos, guardián del azar y la muerte, quien va a estar acompañado en su mandato por la sensual Ochún, mujer de Changó, señora de la feminidad, los partos y los ríos, “capaz de provocar riñas entre orichas y hombres”. Los santeros estiman que esta pareja es portadora de malos augurios.

En Cuba, los babalaos están repartidos en dos agrupaciones rivales: la Comisión Organizadora, independiente, la más acreditada, y la Asociación Cultural Yoruba, oficial. Ésta última es blanco del humor criollo: de ella se dice que obliga a Orula a entenderse con el Partido Comunista.

Los 817 adivinos del Oráculo de Ifá pertenecientes a la Comisión Organizadora nos advierten en su oddun de que en el presente año habrá grandes catástrofes naturales (“penetraciones del mar, inundaciones de presas y ríos, derrumbes…”), un auge de las enfermedades psíquicas y nerviosas, un aumento de la infidelidad matrimonial con riesgo de muertes, un incremento de la violencia y los robos, problemas en los mercados y –nota local que debería tomar en cuenta el ministro de Obras Públicas de la isla– una subida del índice de accidentes provocados por los huecos y baches en las calles.

Pero entre los pronósticos que los babalaos han recibido de Ogundá Ogbé los hay también de carácter político. Uno ha hecho pensar a muchos que se refiere a Cuba. Es el que anuncia la muerte de líderes mundiales, vetustos y cascados. Otro, el que habla de la caída de un gobierno con intervención del ejército, parece apuntar a Venezuela.

Los vaticinios vienen acompañados de refranes o recomendaciones, tan ambiguos éstos como aquéllos, porque o los dioses no hablan claro o los viejos babalaos que despachan con ellos no los oyen bien. Uno de los refranes para el 2003 dice que “el hablar sin discusión aclara muchas cosas” y ha sido interpretado como un llamamiento al diálogo y el entendimiento entre los cubanos. Otro contiene un pragmático consejo: “El rey, antes de morir, entrega su corona”.

¿Éste último es un consejo al que Castro ha prestado atención? Vaya usted a saber. El caso es que hay rumores de última hora soplados desde La Habana que anuncian una retirada parcial de Castro. Se da como probable que el achacoso rey de la isla ascienda este año a un trono de nubes después de entregar la herrumbrosa corona del Partido al delfín Raúl –el anciano rey del whisky– y el puesto de primer ministro al subdelfín Carlos Lage. O sea, que para atender los asuntos cubanos la pareja Raúl-Lage podría sustituir al binomio Elegguá-Ochún.

Me imagino a los orichas mirando por la cerradura del futuro, tratando de ver qué reportaría a los cubanos tan sublime enroque.

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Publicado en Libertad Digital, Madrid, 17.I.2003.

Interpol, elecciones regionales, “El Nacional” y los subyacentes

Teódulo López Meléndez, Caracas.

En una entrevista radial que me realizara José Domingo Blanco a comienzos de semana advertí que los venezolanos estaban esperando demasiado de la rueda de prensa de la Interpol. Observé que el organismo policial internacional se limitaría a un informe técnico sobre la veracidad de los documentos en las famosas computadoras y ausencia de manipulación por parte de cualquier persona o gobierno. La Interpol –observaba– no persigue gobiernos y no puede pronunciarse sobre el fondo de la información allí contenida. De manera que era obvio lo que se diría y no se ameritaba la expectativa general de la gente con los televisores encendidos desde tempranas horas para no perderse lo que suponían una descarga mayúscula contra el gobierno venezolano.

La verdadera descarga contra el gobierno venezolano vendría del propio Chávez. En un acto realizado en el auditórium del Círculo Militar y en una rueda de prensa con corresponsales extranjeros en Caracas se comportó muy equivocadamente. Sus reacciones virulentas equivalieron a las del culpable pescado in fraganti. Los insultos fueron la norma, ahora contra el secretario general de Interpol y los ya recurrentes contra Colombia y su gobierno. Vuelve a colocar las relaciones bilaterales en situación indefinida y deja escapar la posibilidad de un conflicto armado. La virulencia de la reacción ante lo que estaba claro –diría la Interpol– muestra una impreparación total para enfrentar unos hechos que ha debido responder con negativas rotundas y no con el estiércol.

La verdad es que la situación verdaderamente difícil recae sobre Colombia. Está bien que las autoridades del país hermano digan que esos documentos están a disposición de cualquier país del mundo, pero eso no le resuelve la difícil disyuntiva política, como no se la resuelve que la Fiscalía General comience a procesar la información en busca de delitos. El asunto está en qué hacer con esa bomba de tiempo. Los procedimientos jurídicos pueden ser estudiados: Consejo de Seguridad de la ONU, OEA, Corte Penal Internacional. Todos a largo plazo y de resultados imprevisibles. En realidad, Colombia está impotente con la bomba de tiempo en la mano, lo que convierte a la administración Bush en recipiendario del artefacto con la mecha encendida.

En efecto, el gobierno norteamericano tiene la evidencia, pero una decisión suya puede provocar una crisis petrolera, financiera y política de proporciones incalculables. Se trata de una administración llegando a su fin, presionada por algunos parlamentarios a declarar a Venezuela Estado terrorista y bien sabemos que un presidente terminando su mandato está sometido a graves debilidades. Las incongruencias permanentes de Thomas Shanon, las declaraciones contrapuestas de diversos voceros del gobierno Bush y el salto al vacío dado con la presentación a riesgo del Tratado de Libre Comercio con Colombia son una prueba clara de que esta bomba de tiempo podría ser pasada al nuevo gobierno intacta. Una declaración de un vocero del Departamento de Estado manifestando preocupación por las relaciones del gobierno venezolano con las FARC, bien podría ser la tónica en que se refugie el gobierno norteamericano. Advierto que escribo, para poder cumplir mis compromisos, antes de que suceda lo que puede suceder en la cumbre de la Unión Europea con América Latina y el Caribe, donde la intemperancia de Chávez puede producir otro incidente internacional lamentable.

En el mismo programa radial al que hacía referencia al inicio quité importancia al desgarramiento de vestiduras por la multiplicad de candidatos y califiqué los llamados a la unidad como extemporáneos. Mi tesis es que existe una realidad política incontrastable: el que se lance fuera del bloque oficialista está liquidado, como estará liquidado el que se lance fuera de la unidad de la oposición. Puede producirse algún incidente previo, como que alguien considere errónea la decisión de su propio partido al negarle el apoyo o que en las elecciones mismas un candidato marginal saque algunos votos que le hicieron falta a otro –oficialista o de la oposición– para ganar. En el primer caso el aspirante rechazado por su propia organización tiene todo el derecho a seguir adelante hasta que las encuestas determinen la calidad de su apoyo y la de los demás. Entonces no hay vuelta atrás: o acepta o estará sin oxígeno. En el segundo caso la hipótesis es muy reducida, pero no imposible. En el campo del oficialismo tampoco hay que andar especulando mucho: PCV, MEP y PPT llorarán y se desgarrarán las vestiduras, pero terminarán pegados como planta parásita al PSUV.

Lo importante no es, pues, lo subalterno, lo aparente. Lo importante es ver en qué condiciones llega el país a la supuesta fecha de noviembre en que se realizarían las elecciones regionales. Y esas condiciones son impredecibles y todas las tesis deben ser manejadas. Desde la suspensión por cualquier causa (conflicto bélico externo, ingobernabilidad interna o simples argumentos banales) hasta el de una patada definitiva a la mesa. Hay que tener claro –como lo he dicho repetidas veces en entrevistas escritas y radiales– que los recursos y las fuerzas deben administrarse, que no estamos frente a unas elecciones normales, que no hay seguridad ni siquiera de la fecha, que el ambiente existente en el país debe ser el primer elemento analizable y no las tonterías de diez aspirantes a alcalde o de una docena a gobernador. La situación del país es grave y aquí se entremezclan elecciones regionales y computadoras de Raúl Reyes, más informe de la Interpol.

Es pues una situación muy compleja que requiere de análisis profundo y no de chabacanerías. Muy bien puede suceder que esas elecciones cobren más importancia de la que tienen o que pasen a un plano secundario ante la magnitud de una crisis nacional. Es aquí donde es necesario hacer algunas observaciones sobre un par de editoriales del diario El Nacional. En el primero que quiero comentar comienza a desarrollar lo que por ahora llamaré “equilibrismo”, hasta que consiga la palabra definitiva y adecuada. Allí se condena por igual a Uribe y a Chávez por sus “insultos”. Me pregunto: ¿De qué insultos de Uribe habla El Nacional? En el segundo se condena por igual la “candidaturitis” del gobierno y de la oposición y se asoma una tesis harto peligrosa. Este diario advierte a los electores que tienen un arma, la abstención, y lanza una consiga “No votes por él”. ¿A qué juega El Nacional? Quizás la respuesta esté en la constitución del llamado Movimiento “2 de diciembre”. Calificado como un acto de intelectuales –que no lo fue– todo parece indicar que los movimientos de “equilibrismo” responden a una ambición personal de su editor y primer accionista Miguel Henrique Otero. Si consideramos que la única elección que supuestamente tenemos este año es la de alcaldes y gobernadores uno podría considerar que Otero quiere ser Alcalde Mayor. Sin embargo, la amenaza del llamado abstencionista podría indicar que quiere ser Presidente de facto o está trabajando una candidatura presidencial que se plantaría sobre las cenizas de una oposición demolida por la abstención en la fecha de las regionales.

Miguel Henrique Otero está poniendo en peligro a El Nacional sin ningún derecho, pues ser el editor y principal accionista no le confiere tal potestad. Aquí estamos de nuevo frente al papel que los medios se han arrogado en la presente crisis venezolana. Podríamos estar frente a una acción política descabellada. Acostumbrados como estamos a que los políticos se postren ante los dueños de los medios, seguramente no le faltarán adeptos, pero colocar a un medio clave para el mantenimiento de vitrinas de independencia frente al régimen en una situación de alto riesgo por la búsqueda de una preponderancia política no resulta comprensible, especialmente por el tono que están tomando sus editoriales. No sabemos hasta dónde va a llegar, pero la amenaza abstencionista indica un camino peligroso que el señor Otero debería reconsiderar.

Hay pues muchos subyacentes en la presente situación política. Lo que quiere decir que lo aparente es aparente y que los movimientos subterráneos son muchos y variados. Mientras tanto he seguido insistiendo en las ideas y he creado un blog llamado Democracia del siglo XXI bajo la URL http://teodulolopezmelendez.wordpress.com. Espero que lo lean y si les parece pidan recibir las informaciones sobre los temas y los artículos tratados al mail que siempre coloco en mis artículos (tlopezmelendez@cantv.net). Siempre parto de la base de que si se quiere sustituir algo hay que saber con qué sustituirlo. Ya he dicho muchas veces que los muertos no resucitan.