Rousseau, visto por Isaiah Berlin

Alicia Delibes
(LIBERTAD DIGITAL, 19/4/2017) Isaiah Berlin nació en Riga (Letonia) en 1909 y murió en Oxford el 5 de noviembre de 1997. Era el único hijo de un matrimonio judío. En 1915 la familia se instaló en San Petersburgo, donde fue testigo de la revolución de 1917. Según Michael Ignatieff, autor de la biografía de Berlin titulada Mi vida, los padres de Isaiah en un principio se sintieron contagiados por el entusiasmo revolucionario de febrero, pero cuando el Gobierno cayó en manos del Sóviet de Petrogrado y la banda bolchevique se hizo con el control de la calle no pudieron librarse de las visitas intempestivas de la Cheka, policía secreta de Lenin, ni de los habituales registros de domicilio.
En 1920 Mendel Berlin, padre de Isaiah, decidió sacar a su familia de la Rusia comunista de Lenin y fijar su residencia en Inglaterra. Años después, Mendel explicaría las razones que le llevaron a optar por el exilio: La sensación de estar encarcelado, sin contacto con el mundo exterior, el estar continuamente espiado, las detenciones repentinas y el sentimiento de impotencia total frente a los caprichos de cualquier vándalo vestido de bolchevique.
Los Berlin llegaron a Londres en febrero de 1921. Isaiah era un niño de 12 años que apenas sabía inglés, sin embargo, no tardaría en convertirse en uno de los alumnos más prometedores del colegio St. Paul’s, una venerable institución cristiana que no excluía a los judíos. En 1927 obtuvo una beca para cursar estudios clásicos en el Corpus Christi College de Oxford, universidad de cuyo selecto grupo de profesores formaría parte el resto de su vida.
Berlin, formado en tres grandes tradiciones, rusa, judía y británica, y testigo de las corrientes filosóficas y políticas del siglo XX, ha sido uno de los intelectuales de su tiempo –de nuestro tiempo– que más ha profundizado en el tema de la libertad y el peligro que para ella entrañan las promesas de los vendedores de falsas utopías que seducen a los pueblos con la idea de un Nuevo Mundo Feliz.
Leer a Berlin, veinte años después de su muerte, cuando parece que los principios sobre los que se construyeron nuestras democracias occidentales se tambalean, puede proporcionarnos argumentos sólidos para defender los valores liberales de nuestra civilización frente a quienes pretenden desenterrar viejas ideologías liberticidas.
La traición de la libertad. Seis enemigos de la libertad humana es el título de un libro publicado en 2004, siete años después de la muerte de su autor, que recoge seis conferencias que Isaiah Berlin pronunció para la BBC en 1952. Aquellas conferencias tuvieron un gran éxito, no solo por la curiosidad que despertaba su título, Los límites de la libertad, sino por el tono persuasivo, claro y riguroso que utilizaba Berlin.
Berlin planteó el asunto con una pregunta muy sencilla: ¿por qué alguien debe obedecer a alguien? Y para responder de forma fácilmente comprensible se sirvió de seis pensadores que vivieron más o menos en la misma época y que elaboraron teorías acerca de la libertad y sus límites que, según Berlin, encerraban trampas destructivas para la propia libertad.
Los seis personajes elegidos por Berlin fueron Helvétius (1715-1771), Rousseau (1712-1778), Fichte (1762-1814), Hegel (1770-1831), Saint Simon (1760-1825) y De Maistre (1753-1821).
Si se considera la libertad como “el derecho a forjar libremente la propia vida como se quiera” sin otra barrera que “la necesidad de proteger a otros hombres respecto a los mismos derechos, o bien de proteger la seguridad común de todos ellos”, estos seis pensadores, decía Berlin, “fueron hostiles a la libertad, sus doctrinas fueron una contradicción directa de ella, y su influencia sobre la humanidad no sólo en el siglo XIX sino particularmente en el XX fue poderosa en esta dirección antilibertaria.
Rousseau es el personaje que más ha influido en la educación en el siglo XX y en lo que llevamos del XXI. Educadores y pedagogos de todo el mundo, unos bienintencionados y otros no tanto, han sido seducidos, y lo siguen siendo, por el canto a la educación en libertad que aparenta ser el Emilio. De ahí que merezca especial interés conocer las razones que llevaron a Isaiah Berlin a considerar al filósofo ginebrino “uno de los más siniestros y más formidables enemigos de la libertad en toda la historia del pensamiento moderno”.
Los pensadores del siglo XVIII que se preocuparon por la libertad dieron muchas vueltas al problema que planteaban sus límites. Casi todos ellos llegaron a la conclusión de que era necesario una especie de contrato o acuerdo social que permitiera conciliar el deseo de libertad del hombre con la necesidad de una autoridad que controle el cumplimiento de ciertas reglas de convivencia.
Hobbes (1588-1679), que creía que los hombres eran más malos que buenos, había optado en el siglo anterior por la existencia de una fuerte autoridad y la limitación de la libertad individual. Mientas que Locke (1632-1704), que creía que los hombres eran más buenos que malos, concedió mayor espacio a la libertad y abogó por una autoridad menos coercitiva.
Para Rousseau, la libertad es un valor absoluto, una especie de concepto religioso que está en la propia esencia del hombre. Pues si el hombre no fuera libre, si no pudiera elegir entre diferentes alternativas, no tendría responsabilidad moral sobre sus actos. Cuando el hombre está obligado por otra persona, o por las circunstancias, a hacer las cosas, deja de actuar por sí mismo y deja de ser una persona. Por tanto, el hombre, para seguir siendo hombre, ni puede ni debe ceder un ápice de su libertad. De ahí que el filósofo ginebrino haya pasado por ser un adalid de la libertad.
Por otra parte, Rousseau admite que al vivir en sociedad son necesarias las reglas. Y para hacer compatibles la libertad con la obediencia a unas reglas sin las que la libertad quede dañada ofrece una solución totalmente novedosa.
Para Rousseau, la Naturaleza tiene un carácter casi sagrado. Todo lo que de ella emana es necesariamente bueno. Se trataría entonces de conseguir que esas reglas no fueran percibidas como una imposición sino como obra de la propia Naturaleza.
La solución que ofrece Rousseau parece fácil. La propia Naturaleza habría dotado al hombre de una voz interior que le dicta las reglas que son justas y buenas para la convivencia. Esa voz interior habla directamente al corazón y a la razón del hombre haciendo que este las ame y las comprenda. Así es como el hombre, guiado por su naturaleza bondadosa, se inclinará siempre a favorecer el bien común.
La bondad natural del hombre
Según Berlin, a partir de esa idea y sin poder evitar el rencor que sentía hacia los Ilustrados, Rousseau describe al hombre bueno como aquel que posee una sabiduría instintiva, muy diferente de la corrompida sofisticación de las ciudades: A veces Rousseau habla del salvaje como si fuera feliz, inocente y bueno; en otras palabras, como si fuera simple y bárbaro.
La “voluntad general”
El concepto más genuino de Rousseau, el de la voluntad general, aparece por primera vez en su ensayo El contrato social, publicado en 1762 (es significativo que ese mismo año se publicara también su obra pedagógica Emilio).
La voluntad general no es para Rousseau la suma de voluntades individuales. Se trata de un concepto nuevo, con cierto carácter místico, que representa la voluntad única de toda la comunidad.
La voluntad general exige, dice Rousseau, “la rendición de cada individuo con todos sus derechos a toda la comunidad”. Si nos rendimos, ninguna institución, ningún tirano estará coartando nuestra libertad, pues el Estado es cada uno de nosotros, que juntos, unidos, buscamos el bien común.
La voluntad general exige, dice Rousseau, ‘la rendición de cada individuo con todos sus derechos a toda la comunidad’. Si nos rendimos, ninguna institución, ningún tirano estará coartando nuestra libertad.
De esta forma Rousseau pasa de la noción de grupo de individuos que se relacionan libre y voluntariamente buscando cada uno su propio bien a la noción de sumisión a algo que está por encima del individuo: la comunidad, el Estado.
Como dijo Berlin, es evidente que la célebre fórmula de Rousseau de que cada individuo, al entregarse a todos, no se entrega a nadie, por muy evocadora que sea, es hoy tan oscura y misteriosa como lo fue siempre.
Rousseau, enemigo de la libertad
Como la Naturaleza es armoniosa, las reglas que son justas para un hombre bueno y racional lo serán también para todos los hombres buenos y racionales. En el caso de que existan hombres que busquen fines irreconciliables será porque estos hombres estén corrompidos, porque no sean racionales, porque hayan traicionado su propia naturaleza.
Dado que el hombre es bueno, si desea el mal será porque no sabe lo que le conviene, así que es lícito que yo le diga lo que es mejor para él, lo que es justo y bueno. Así, el día que descubra su verdadero yo, que es natural y por tanto bondadoso, entenderá mi actitud y me estará agradecido.
“No hay dictador en Occidente”, escribe Berlin, “que en los años posteriores a Rousseau no se valiera de esta monstruosa paradoja para justificar su conducta. Los jacobinos, Robespierre, Hitler, Mussolini y los comunistas: todos ellos emplean este mismo método de argumento, de decir que los hombres no saben lo que en realidad desean; y, por tanto, al desearlo por estos, al desearlo en nombre de ellos, estamos dándoles lo que en algún sentido oculto, sin saberlo, ellos mismos desean”.
Rousseau, con su paradoja, convirtió la libertad en una especie de esclavitud. El individuo entrega su libertad política y su propia conciencia a esa autoridad que reconoce como suprema y que sabe realmente lo que es bueno para él. Esa autoridad puede estar representada por un dictador, por el Estado, por la comunidad o por la asamblea.
Isaiah Berlin terminaba su conferencia con estas palabras claramente condenatorias:Rousseau, quien afirma haber sido el más apasionado y ardiente adorador de la libertad humana, que trató de suprimir los grilletes, los frenos de la educación, del refinamiento, de la cultura, de la convención, de la ciencia, del arte, de cualquier cosa, porque todas estas cosas, de alguna manera, violaban su libertad natural como hombre… Rousseau, pese a todo esto, fue uno de los más siniestros y más formidables enemigos de la libertad en toda la historia del pensamiento moderno.

Hoy, Día del Libro

Antología de Spoon RiverEl abogado Edgar Lee Masters (EEUU, 1868-1950) dedicó más tiempo y entusiasmo a la literatura que a las leyes. En un momento no muy tardío de su larga vida, abandonó las últimas por la primera y se convirtió en un escritor ermitaño. Me atrevo a decir que, además de ermitaño, obsesivo: según biógrafos suyos, hasta su muerte luchó con denuedo para superar con nuevas obras el libro gracias al cual lo recordamos: SPOON RIVER ANTHOLOGY (Macmillan & Co. Nueva York, 1915). Pero aquélla fue una batalla perdida, como la de Flaubert contra MADAME BOVARY. El culmen de cuanto escribió Masters son los imaginarios epitafios de las ficticias lápidas pertenecientes a los falsos difuntos que supuestamente reposan en el mítico cementerio de un pueblo que –poco importaría que existiera– él se inventó.

Mi descubrimiento de ANTOLOGÍA DE SPOON RIVER se produjo mientras, animado por la ilusión de encontrar algo diferente, que me sorprendiera, exploraba una librería de Las Palmas de Gran Canaria. El nombre de su autor no me decía absolutamente nada, pero, tan pronto como leí, al pie de un estante de aquella librería, algunas páginas de esta obra (editada en España por Cátedra, Colección Letras Universales) me invadió el regocijo de haber dado con lo que a tientas buscaba. Libro raro, aún hoy, en su tiempo fascinó a unos cuantos poetas mayores, entre los cuales estaba Ezra Pound, quien lo saludó con un aleluya a nombre de la poesía norteamericana.

Lo que más me atrae en él, la razón por la cual siento no haberlo leído mucho antes, es la desinhibida sencillez con que desnuda la trascendencia de esa parte de la realidad que parece no tenerla: lo cotidiano. Los doscientos y tantos poemas-lápidas que nos dejó Masters en su asombrosa ucronía de Spoon River configuran un coro de voces sin tiempo en el que todos cantamos.

1917-2017: Centenario de la Revolución de Octubre

MILOSEVICH libro

UN LIBRO MUY RECOMENDABLE

La historiadora serbia Mira Milosevich (Belgrado, 1966), reconocida especialista en la historia contemporánea de Rusia, Europa del Este y los Balcanes, acaba de sumar a su bibliografía una BREVE HISTORIA DE LA REVOLUCIÓN RUSA. La obra, editada por Galaxia Gutenberg, se encuentra ya en las librerías españolas. Para Mira Milosevich, la Revolución bolchevique no es un hecho histórico encasillado en una fecha, sino un ciclo que abarca prácticamente todo el siglo XX, y es la totalidad de este ciclo lo que ella analiza, de manera ágil aunque minuciosa y con rigor documental, en las 329 páginas de su libro. Lo primero que salta a la vista desde las páginas de esta obra es que hay pruebas suficientes de que la Revolución Rusa fue un fracaso, en primer lugar poque no fue mundial ni definitiva, como pretendieron los fundadores del Estado soviético, y, en segundo lugar, porque se desplomó cuando Gorbachov intentó enmendar sus “errores” –léase la dictadura de la burocracia comunista– introduciendo libertades auténticamente democráticas, empezando por la libertad de expresión y el derecho a la información. Sería magnífico que quienes lean esta BREVE HISTORIA DE LA REVOLUCIÓN RUSA lo hagan recordando el consejo de Ortega y Gasset: mirar el pasado no para imitarlo, sino para saber lo que no hay que repetir.

Ignacia de Lara

Ignacia de Lara libroDías atrás, en la Casa Museo Tomás Morales, en el pueblo grancanario de Moya, me obsequiaron con un libro titulado IGNACIA DE LARA. PERFIL BIOGRÁFICO. OBRA POÉTICA Y OBRA EN PROSA, editado por el Cabildo de Gran Canaria y debido al meticuloso trabajo investigativo de María Inmaculada Egüés Oroz, profesora de la Universidad de las Palmas. Gracias a este libro me enteré de la existencia de Ignacia de Lara Henríquez (Las Palmas de G. C., 1880-1940). Apena comprobar cómo ha estado tantos años olvidada por sus coterráneos esta extraordinaria mujer –generosa, brillante, valiente y culta– que dejó una obra en verso y prosa pletórica de vida y practicó su fe cristiana poniéndola al servicio del avance social. Comparto con ustedes este conmovedor poema de Ignacia de Lara:

TRISTEZA

¡A la par que la tierra irá llenando
las ya desiertas cuencas de mis ojos,
de sus arterias seguirá lanzando
el borbotón de los claveles rojos!

Y seguirá la roca acantilada
irguiéndose gentil, medio velada
a veces por las brumas,
y seguirá tenaz el oleaje
lanzándose furioso al abordaje
con sus garras de espumas.

Mi parcela de lumbre, indiferente
el sol repartirá serenamente
al renacer el día,
y el borbotón de luz cada mañana
arrancará el cristal de mi ventana
chispazos de alegría.

Los suspiros irán diciendo al viento
las estrofas que dicta el sentimiento
a cada corazón,
y habrá una ardiente pulsación gigante
arrancando de un pecho palpitante
un grito de emoción.

¡La primavera seguirá tornando
en cada año amorosa celebrando
sus nupcias con el sol,
y habrá cantos de amor entre el ramaje
y teñirán la gloria del paisaje
ocasos de arrebol!

¡Cuando apagada esté mi ardiente hoguera
podrá el destino hacer que esté a mi vera
un rosal florecido,
y en bandadas al sol irá volando
como lluvia de pétalos girando
la floración del nido!

¡Volverá con su puro y grato ambiente
con su atracción de hogar, dulce y caliente
¡la alegre Nochebuena!
y del abuelo al nieto eslabonado
quedará el cerco familiar cerrado
en torno de la cena.

El eco de mi cantar lanzado al viento
volteará diluyéndose su acento
allá en la lejanía,
la luz después desplegará su gama…
¡un aliento de nardos y retama
irá aromando el día!

Las almas soñadoras, que son ascua,
en todo alegre amanecer de Pascua
algún calor pondrán,
en el recuerdo sepultado y yerto
del triste pelotón de los que han muerto
¡y nunca volverán!

A esas almas suplico en mi agonía
que al llegar esa fiesta ¡que fue mía!
evoquen mi memoria;
¡esa limosna espiritual les pido!
para cuando me vaya hacia el olvido…
¡sin nombre y sin historia!

(24 de diciembre de 1932)

Reedición de un libro olvidado

Alberto Lamar libroHace pocos días presentaron en Miami la segunda edición de BIOLOGÍA DE LA DEMOCRACIA(*), libro polémico que se publicó en Cuba hace 90 años, provocando una borrasca política nacional. Su autor, Alberto Lamar Schweyer (Matanzas, 1902-La Habana, 1942), fue un brillante intelectual –ensayista, periodista, narrador– que abandonó los círculos de izquierda, donde había sobresalido (fue miembro del Grupo Minorista), y se convirtió, estigmatizado por sus viejos correligionarios, en consejero del general Gerardo Machado, dictador que ha pasado a la historia con dos apelativos que lo retratan implacablemente: “el Asno con Garras” y “el Mussolini Tropical”. (Sus paniaguados lo llamaban “el Egregio”.)  En su prólogo para la actual edición de BIOLOGÍA DE LA DEMOCRACIA, Ángel Velázquez Callejas dice que este libro “debe considerarse uno de los primeros documentos teóricos escritos por un intelectual cubano sobre el pensamiento de derecha”, y a su autor lo presenta, con sobrada razón, como “uno de los autores cubanos más conspícuos de las primeras décadas del siglo XX”. Este aserto se ve avalado por el hecho de que la Introducción de las célebres MEMORIAS de la Infanta de España doña Eulalia de Borbón lleva la firma de Lamar Schweyer.

(*) CreateSpace Independent Publishing Platform, enero, 2017.

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Alberto Lamar Schweyer

Muere Tzvetan Tódorov

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Ayer, en París, a la edad de 77 años, nos abandonó Tzvetan Tódorov, testigo insomne de ese siglo exasperado que fue el XX, así como de la confusión con que ha iniciado su andadura el que ahora padecemos. Búlgaro de nacimiento, vivió en su rincón balcánico la experiencia del totalitarismo comunista, y, refugiado en Francia, empleó la libertad para exponer esa experiencia con lucidez y erudición implacables. El último libro de Tódorov que leí es EL HOMBRE DESPLAZADO (1996), suerte de vademécum de sus vivencias y reflexiones. A este libro pertenecen los siguientes párrafos:
“La unánime condena que suscita hoy el totalitarismo puede erigirse en un obstáculo para su comprensión. El habitante de una democracia occidental querría creer que el totalitarismo es enteramente extraño a las aspiraciones humanas normales. Pues bien, si así fuera, el totalitarismo no se habría mantenido durante tanto tiempo, ni habría arrastrado tras de sí a tantos individuos. Es, por el contrario, una maquinaria de temible eficacia. La ideología comunista propone la imagen de una sociedad mejor y nos incita a aspirar a ella, pues el deseo de transformar el mundo en nombre de un ideal es parte integrante de la identidad humana. Al mismo tiempo, reina en esta sociedad la ley de la supervivencia del más apto, y el goce del poder se afirma en ella como verdad última de la condición humana. Los valores de la “vida” encuentran también aquí su confirmación. Dicho de otro modo, ideología y sociedad se prestan ayuda recíproca, y el individuo se desquita en una de todas las decepciones que haya sentido a causa de la otra.
Además, la sociedad comunista priva al individuo de sus responsabilidades: siempre son “ellos” los que deciden. Ahora bien, la responsabilidad es un fardo a menudo difícil de llevar. ¿No soñamos todos secretamente, en algunos momentos, en volver a ser niños y dejar a los padres el cuidado de tomar las decisiones? La felicidad del prisionero y la angustia del que recobra la libertad no son invenciones arbitrarias. La atracción por el sistema totalitario, seguida inconscientemente por numerosos individuos, proviene de un cierto miedo a la libertad y a la responsabilidad. Ello explica la popularidad de todos los regímenes totalitarios (es la tesis de Erich Fromm en EL MIEDO A LA LIBERTAD). Existe una “servidumbre voluntaria”, decía ya La Boétie. El “homo sovieticus” se identificaba automáticamente con lo que afirmaba la autoridad y eso le tranquilizaba. Pero ningún otro “homo” ignora del todo esa tentación. Por eso es por lo que había desconcertante en la expresión “Imperio del Mal” aplicado a la URSS, aun cuando, comparado a la democracia, el totalitarismo sea indiscutiblemente un mal. Tal expresión permitiría identificar el Mal con un lugar y con un régimen, como su fuera enteramente extraño a “nosotros”, encarnación confortable de Bien. Del mismo modo que no está encerrado en el diablo, el Mal no es la propiedad exclusiva de ningún imperio.”

Severiano de Heredia

 

En 1846 llegó a Francia, de la mano de su madre adoptiva –la ciudadana francesa Madeleine Godefroy–, un mulatico habanero de apenas diez años llamado Severiano de Heredia. Era primo de dos poetas oriundos de Santiago de Cuba: José María Heredia y Heredia, icono del romanticismo hispanoamericano y autor de la “Oda al Niágara”, y José María de Heredia y Girard, icono del parnasianismo francés y autor de LES TROPHÉES. Aquel niño antillano trasplantado a Francia llegó a ser ministro de la III República y alcalde de París, sin olvidar nunca la remota isla donde había nacido, como lo demuestra su militancia en una asociación de franceses solidarios con la Cuba independentista. La vida de este interesante y olvidado personaje –que incluso sustituyó a Víctor Hugo en la presidencia de la Association Philotechnique, dedicada a promover la superación cultural de los adultos, que aún existe– ha sido narrada, tras largos años de investigación, por el conocido historiador francés Paul Estrade en su último libro, aparecido en 2011: SEVERIANO DE HEREDIA. ESE MULATO CUBANO QUE PARÍS HIZO ALCALDE, Y LA REPÚBLICA MINISTRO. “El negro del Elíseo”, como le decían a De Heredia los racistas de su época, murió en 1901 y descansa en el cementerio parisiense de Batignolles.

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