Ha muerto el escritor mexicano Eraclio Zepeda

Eraclio Zepeda fotoERACLIO ZEPEDA
Ayer falleció a los 78 años, en su ciudad natal, Tuxtla Gutiérrez, capital del Estado de Chiapas, el cuentista, poeta, periodista, actor y político mexicano Eraclio Zepeda. Para mí es una noticia muy triste porque con esta muerte se extingue la linda amistad que Eraclio y yo mantuvimos durante más de medio siglo. Nos conocimos en La Habana de 1961. Él era miliciano de la Revolución Cubana, yo estaba recién casado y vivíamos en la misma planta del Hotel Presidente. El día que nos conocimos, me mostró la foto de un charro con sombrerón y revólver y le pregunté si era Pancho Villa, y me dijo: “¡Más respeto, cubano, que es mi padre!” Así comenzamos a ser amigos. A mí la poesía de Eraclio nunca me gustó mucho, pero cuando leí algunos de sus cuentos -de temas populares, de entonación juglaresca y en clave de realismo mágico- no dudé de que era un narrador de primera magnitud, y como tal ha sido reconocido en su país, que es el mismo de Juan Rulfo, Juan José Arreola y otros magistrales artífices del relato breve. Cuando murió mi mujer, a quien él siempre llamó “la Doña”, me telefoneó a Las Palmas desde su despacho de gobernador de Chiapas para darme el pésame. Yo no sabía que él era gobernador de ese Estado, tan revuelto en aquellos días por la insurrección indígena liderada por el pintoresco Subcomandante Marcos. Cuando tocamos este asunto, me dijo: “Mi partido, el PDR, no quería que yo aceptara el cargo, pero lo acepté porque creo que puedo hacer algo para solucionar en paz este problema. A nuestra edad, Manolo, es mejor pedir disculpas que pedir permiso”. Nos vimos por última vez aquí, en Gran Canaria, hace alrededor de diez años. Vino invitado a leer cuentos suyos en el festival de teatro de Agüimes. Tuvo éxito, mucho. Sus cuentos, leídos por él, se convertían en teatro. Era un juglar. MDM
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Poema con dibujo

Dibujo de MDM. 1967-

Dibujo de MDM. 1967-

ESTO QUE VES, GABRIELA

Esto que ves, Gabriela:
una espiral,
un relámpago,
un golpe de martillo,
un cristal roto,
una suerte de magia,
un espejo que da vueltas
en el eje de un trompo
de luces y de sombras;
esto
que ves, palpitante,
imperativo,
inolvidable,
que te ilumina los ojos y la boca
como un descubrimiento;
que cuando sueñas te persigue
y funda para ti un paisaje
donde cabe el mundo
con todos los ruidos
y silencios;
que es la audacia
con que burla al tiempo
y brilla ante la noche
la estrella muerta;
esto
que puedes tocar
y que al tocarlo vibra
cada vez distinto
y siempre igual;
que es del ancho de la vida
y a la vez tan íntimo
que no se puede explicar;
esta cinta de palabras
que por siempre se repiten
y lo descubren todo
sin cesar;
esta
llama negra,
vorazmente negra,
siempre la misma y otra
como el mar;
esta
llama infatigable
que nos alumbra y quema
y vive por la sombra
que calcina
y por la sombra
que deja de quemar;
esto que vez, Gabriela,
tan unánime y secreto,
es un juguete,
una herramienta,
el abismo y la cima,
el Tú
y el Yo.

MDM
(De El carro de los mortales, 1989.)

Ha muerto el poeta Carlos Sahagún

Carlos SahagúnHace unos días murió en Valladolid el poeta Carlos Sahagún, uno de los mejores y quizás el más olvidado -por decisión propia- de la Generación del 50 española. Había nacido en un pueblo de Alicante en 1938. Su límpido y emotivo verso fue celebrado con tres premios importantes: el Adonais (1957), el Boscán (1960) y el Nacional de Poesía (1980). Lo conocí en 1990, en Turín, donde coincidimos en un gran homenaje internacional dedicado a Antonio Machado en aquella ciudad italiana.
EMPIEZA LA HISTORIA
Aquí empieza la historia. Fue una noche
en que se habían puesto las palomas
más blancas, más tranquilas. Como siempre
salí al jardín. Alrededor no había
nadie: la misma flor de ayer, la misma
paz, las mismas ventanas, el sol mismo.
Alrededor no había nadie: un árbol,
un estanque, ceniza de aquel monte
lejano. Alrededor no había nadie.
Pero ¿qué es este viento, quién me coge
el corazón y lo levanta en vilo? Una
muchacha azul en la orfandad del aire
ordenaba los pájaros. Sus manos
acariciaban con piedad el árbol,
y el estanque, y aquel lejano monte
ceniciento. El jardín ardía al sol.
La miré. Nada. La miré de nuevo,
y nada, y nada. Alrededor, la tarde.
CARLOS SAHAGÚN