Libertad lingüística, derecho de las personas

Manifiesto leído por el escritor y periodista catalán Arcadi Espada en la concentración por la libertad lingüística celebrada hoy en Barcelona:

Los territorios no tienen lengua. Las lenguas son de los ciudadanos, y hace siglos que el castellano convive con las lenguas de las diferentes comunidades españolas. Ésta es la realidad que molesta, que quiere liquidar el nacionalismo mediante la imposición y la coacción; vulnerando los derechos de los catalanes y del resto de españoles. En Cataluña, han convertido el catalán en el fundamento para la construcción de su nación imaginada.

La Generalidad y el resto de poderes públicos de Cataluña han establecido el catalán como lengua propia de las instituciones, despojando a los ciudadanos de sus derechos lingüísticos, e imponiéndoles devoción, lealtad y deberes para con la lengua. Sin embargo, sólo el individuo es sujeto de derechos, no las lenguas o los territorios, y las lenguas importan porque las hablan los ciudadanos. No es el ciudadano el que tiene que estar al servicio de las lenguas, sino a la inversa, posibilitando su comunicación, ampliando su espacio de libertad y facilitando su acceso a los bienes económicos, políticos y culturales de la sociedad.

La imposición lingüística que padecemos en diferentes comunidades autónomas convierte a España en el único país del mundo donde los ciudadanos no tienen derecho a estudiar en la lengua oficial del Estado. La cooficialidad de lenguas, establecida en la Constitución para las comunidades bilingües de nuestro país, debería ser una garantía de derechos y libertades lingüísticas para todos los ciudadanos, y no una lucha por parte de determinados gobiernos autonómicos para convertir las lenguas cooficiales en la única lengua oficial de la administración, de las escuelas o de los medios de comunicación de la autonomía que gobiernan.

En Cataluña se impone el catalán como única lengua vehicular sobre el castellano, en la educación y en todos los ámbitos públicos, con la pretensión de que ésta sea la única lengua social, limitando así de forma artificial el estatus del castellano, dándole el carácter de idioma extranjero y recluyéndolo a un uso privado y familiar. La Generalidad no repara en medios: desde negar el carácter catalán de la cultura hecha por catalanes en lengua castellana a exigir un innecesario dominio lingüístico de las lenguas cooficiales para acceder a determinados puestos de trabajo en la administración pública. Esto supone, sin duda, una barrera laboral que atenta contra la libertad de circulación por toda España de los trabajadores. En su afán de excluir al castellano, no han dudado en fomentar la delación mediante las oficinas de garantías lingüísticas.

A pesar de que en Cataluña el castellano y el catalán son lenguas cooficiales, el gobierno de la Generalidad, mediante el sistema de inmersión lingüística, ha impuesto el catalán como lengua exclusiva de la escuela en todos sus niveles, marginando y vetando el uso del castellano en las aulas y fuera de ellas, limitando a dos míseras horas semanales el aprendizaje de la lengua de más de la mitad de sus ciudadanos, e instruyendo a los centros públicos para que sus profesores excluyan el uso del castellano de los recreos, de las reuniones de padres, de las conversaciones entre profesores, y de los comunicados internos y externos.

El modelo obligatorio de inmersión actualmente implantado en Cataluña se sostiene en la imposición, tratando de evitar que los alumnos y sus padres puedan elegir la lengua o lenguas oficiales en las que desean cursar sus estudios. Por tanto, no sólo supone una discriminación para aquellos alumnos que desean recibir la enseñanza en la lengua oficial en toda España, sino también la discriminación de todos aquéllos que quieren una enseñanza bilingüe, es decir, una enseñanza no sólo de dos lenguas sino una enseñanza en dos lenguas, donde ambas sean vehiculares y se usen en la transmisión de conocimientos. En definitiva, de todos aquéllos que quieren que el catalán, pero también el castellano, sean lenguas de instrucción.

Sin duda, el proceso de imposición y sustitución lingüística promovido por el nacionalismo se acentuará y endurecerá con la aprobación de la futura Ley de Educación de Cataluña, que otorgará al Departamento de Educación de la Generalidad las competencias exclusivas para establecer los horarios de asignaturas como el castellano, blindando en un texto legal, por primera vez en toda España, la inmersión lingüística obligatoria como metodología oficial para nuestra educación. Una vez más, se burlará la Constitución, se ignorará el decreto de enseñanzas mínimas en educación primaria y se obviarán las múltiples sentencias del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña que obligan a la Generalidad a ofrecer a los padres la posibilidad de elegir la lengua en que quieren educar a sus hijos. La Generalidad, con la complicidad del Gobierno central, vulnera sistemáticamente la ley, porque en Cataluña la democracia, la Constitución y la propia ley, se subordinan a la construcción de un imaginario colectivo nacional, eterno y supremo.

Frente a la obsesión identitaria y al totalitarismo lingüístico hacemos un llamamiento a la sociedad civil para que con el apoyo de los partidos constitucionalistas, revierta esta situación ilegítima, promoviendo desde las diferentes asociaciones, sindicatos, partidos y desde la propia ciudadanía una ley reguladora de la oficialidad del castellano. Hacemos un llamamiento a los ciudadanos para que demuestren al nacionalismo que enfrente tienen un movimiento cívico capaz de movilizarse y de luchar en cada ciudad, en cada barrio y en cada colegio por sus derechos lingüísticos y por una enseñanza bilingüe, con el fin de conseguir una sociedad más abierta, con mayor igualdad de oportunidades, más justa, más próspera y más libre”.

Padilla: fuera del juego, dentro del fuego

Heberto Padilla, José Triana y yo firmando libros en la libreria del Habana Libre.

Heberto Padilla, José Triana y yo firmando libros en la librería del Habana Libre.

Hace ocho años –el 24 de septiembre de 2000– murió Heberto Padilla en Auburn, Alabama, EEUU, tras ejercer durante veinte años “el duro oficio del exilio”. Demasiado humano para darle la espalda a su tiempo y demasiado cubano para no asumir la tragedia de nuestra isla, Padilla padeció la Historia hasta el desgarro y mostró que la poesía es básicamente un ejercicio de libertad y que, por ello, en tiempos difíciles puede ser peligrosa.

Fue Padilla una de las primeras víctimas, y la más notable en términos mediáticos, del dirigismo político impuesto a la cultura desde temprana fecha por el régimen totalitario en que devino lo que en 1959 empezó siendo, o pareciendo, una revolución inspirada en un programa socialista democrático.

Fuera del juego, el libro de Padilla premiado en 1968 en el concurso literario de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba por un jurado del que formé parte junto a mis compatriotas José Lezama Lima y José Zacarías Tallet, el hispanista británico J. M. Cohen y el poeta peruano César Calvo (de ellos soy el único que aún vive), y que causó las iras y el pavor del castrismo, marcó el fin del idilio que, pese a anteriores conflictos (censura de un documental de Sabá Cabrera Infante y cierre del suplemento cultural Lunes de Revolución, que dirigía Guillermo Cabrera Infante), existía entre los intelectuales y la revolución.

A causa de la torpeza de los mandos políticos, que ante la inesperada independencia crítica de ese libro y de quienes lo premiamos, y preocupados por los brotes de disidencia que aparecían entonces en círculos culturales de algunos países socialistas, quisieron censurarlo para curarse en salud, Fuera del juego se convirtió en vórtice de un conflicto que desveló la existencia en la isla de un fenómeno emblemático de los regímenes comunistas que hasta ese momento se creía superado por la revolución cubana: el deceso de la libertad de expresión, considerada, según el canon estalinista, una práctica del liberalismo burgués y, por tanto, ajena a la disciplina y los fines colectivistas del socialismo revolucionario. Fuera del juego fue el revulsivo que puso al descubierto en Cuba, hace justamente cuarenta años, una verdad avalada por la historia, pero de vez en cuando olvidada: que la libertad de creación y los totalitarismos no son compatibles, sean éstos del signo ideológico que sean.

Fuera del juego es el libro que le dio notoriedad a Padilla, pero le costó al poeta más de un mes de interrogatorios en las mazmorras de la policía política, una autocrítica obligada y un exilio que sería para el resto de su vida.

La primera derrota internacional del castrismo, entonces aclamado universalmente, fue el Caso Padilla, que sembró desconcierto y desencanto en muchos intelectuales partidarios de la revolución cubana, algunos de los cuales –Sartre, Juan Goytisolo, Mario Vargas Llosa– rompieron definitivamente con el castrismo. En Y Dios entró en La Habana –un voluminoso reportaje sobre la Cuba de Castro–, Manuel Vázquez Montalbán confiesa que cuando se enteró de lo que estaba pasando con Padilla quedó como “estatua de sal”. “¿Cómo era posible que también aquella Revolución tan diferente cayera en el error de crearse enemigos de papel?”, dice que se preguntó entonces. En ese libro, Vázquez Montalbán no vacila en calificar de “oprobiosa” la noche de abril de 1971 en que el poeta de Fuera del juego mostró, con su inverosímil palinodia, la verdadera naturaleza del régimen castrista.

Lo malo para los tiranos, caudillos, sátrapas y etnarcas es que a los “enemigos de papel”, si son gente honrada y creadores auténticos, es imposible derrotarlos. El Caso Padilla lo confirma.

Callejón del Gato

Don Gay: El País dice que (lee despacio y con énfasis) “Baltasar Garzón quiere datos sobre todas las desapariciones que se produjeron desde el 17 de julio de 1936, fecha de la sublevación franquista que dio lugar a la Guerra Civil y la dictadura. Sean del bando que sean”. Además, dice que “al Ministerio de Cultura le pide información sobre los tribunales republicanos de Madrid, creados durante la defensa de la capital de España”.

Zaratustra: Vamos, que parece que en esto de la memoria histórica el juez al fin va a ser juez.

Dieguito: ¿Desenterrarán a Maeztu y Muñoz Seca como a García Lorca?

Zaratustra: Bueno, si la memoria histórica no me falla, los tres eran españoles y fueron asesinados.

Max Estrella

Encuentros en ambos lados de la ribera

Miguel A. Sánchez

René Portocarrero nunca fue un hombre común, pero su aparición aquella tarde resultó más allá de lo normal.

Desde el primer instante supe que me era alguien muy conocido, pero no logré acordarme de él ni siquiera después que se acercó a la mesa del café al aire libre en medio del puerto, donde yo estaba con mi esposa Amalia, y me dijo: “Me alegro de verte otra vez”, tras lo cual hizo una expresión peculiar suya con los músculos de la cara y se marchó.

Lo conocí 30 años antes. Portocarrero asistía a muchas de las jornadas del torneo internacional de ajedrez que a principio de los años 60 comenzó a realizarse en La Habana en homenaje a José Raúl Capablanca. Casi siempre de pie, inmovible, a pesar de las sillas vacías alrededor del rectángulo de cordones que separaba a los espectadores de los maestros. A veces se sentaba frente a los tableros murales que reproducían las partidas sin compartir comentarios. Parecía extrañado cuando ocurría algo fuera de lo común y se producía una exclamación colectiva.

Logré que tuviera acceso a la sala de análisis del torneo, donde los participantes comentaban sus encuentros. El lugar estaba escondido del público pero sus mesas privadas con tableros empotrados y majestuosas piezas Staunton, dulces y refrescos estaban al alcance de los autorizados a cruzar su umbral.

Luego supe que apenas entendía lo que pasaba, o al menos su comprensión no era a la que yo estaba habituado. Lo que realmente conoció del ajedrez lo reservó en privado. Su pasión pública por el juego resultó conocida cuando confesó en una entrevista que hubiera querido ser ajedrecista y no pintor.

Su presencia en el lugar exclusivo para los maestros fue esporádica. Alguna que otra vez fue a comer algo. A veces se detenía frente a dos participantes que comentaban lo ocurrido sobre el tablero en esa jornada. En una ocasión, la única, terminó sentado frente a un invitado al torneo que le explicaba, con diligencia propia de profesionales, las volteretas tácticas de su batalla recién concluida.

Para ese tiempo, Portocarrero estaba al tanto de que yo conocía sus escasas habilidades para el juego; apenas se dio por enterado de mi asombro de verlo de compañero de análisis del campeón de Suecia, el Gran Maestro Gedeón Stahlberg, co autor de un bellísimo libro sobre Capablanca, junto con Alles Monasterios.

Cualquier otra persona hubiera hecho un gesto con los hombros o los ojos como diciendo: ¿Qué puedo hacer?”, no Portocarrero. Quizá estaba allí atendiendo las explicaciones de su anfitrión pues fue el único a mano al que Stahlberg pudo acudir para explicarle lo ocurrido en su partida. Luego tuve la sospecha de que se habían conocido en el bar “Las Cañitas” del hotel “Habana Libre”, donde Stahlberg dejó su marca.

Al andar de los años, Portocarrero me pidió que reelaborara para él, bajo cierto formato, un texto con la historia del ajedrez, a fin de ilustrarlo con sus dibujos. Resultó una colaboración inconclusa. Sin explicarle, me marché de La Habana la madrugada del 17 de junio de 1980 en un vuelo a Moscú y nunca retorné a Cuba.

Una vez que le pregunté por qué amaba tanto un juego que casi no comprendía, me dijo que estaba seguro de haberlo dominado con maestría en un pasado que le resultaba distante.

El Dragón

Tal confesión me llevó al territorio particular de otro amigo de entonces: Oscar Hurtado. Oscar se llevaba mejor con los pintores cubanos que con los escritores, a muchos de los cuales aborrecía. “Prefiero elogiarlos que leerlos”, decía. Una malvada frase de Lezama Lima que solía repetir con verdadera fruición y, claro, le buscó eternas enemistades.

Pero con los pintores lo unía el hecho de que ellos creaban una obra que a él admiraba y envidiaba. Portocarrero y Cundo Bermúdez eran sus favoritos, de sus pocos amigos.

La anécdota de Portocarrero navegando por la eternidad como un reencarnante le fascinó desde el principio, y en medio de un círculo que habitualmente se sentaba a su lado en los portales de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, comenzó a elaborar, medio en serio y medio en sorna, un grupo de posibilidades para el alma viajera de su amigo pintor. “Pero tiene que haber sido hace muchos siglos, tal vez en sus orígenes”, ya que no conseguía vincular una vida previa de Portocarrero cercana en el tiempo.

Eso lo mantuvo ocupado hasta que al fin se aburrió, pero antes hizo algunos comentarios sobrios sobre el hecho. “Estoy convencido”, me dijo, “haber descubierto a Portocarrero en una pintura magna de Florencia”, pero luego descartó esa posibilidad.

Otra vez indagó sin éxito el rostro del pintor en “El Entierro del Conde de Orgaz”. Creo que se cansó. En definitiva, no era para tanto, al menos eso parecía dar a entender con sus expresiones. Y es que Oscar tenía tantos relatos fantásticos en su mente que le era casi imposible retornar a uno que había dejado atrás. Tras su aparente desinterés había un secreto que no descubrí hasta 40 años después. En realidad, un Portocarrero viajero del tiempo le interesó mucho más de lo que dio a entender.

Hoy casi nadie recuerda a Oscar en Cuba pero en su época, hablo de principio de los 60, era el “platillólogo” de la isla, el decano de temas sobrenaturales; el padre de la historia de que Sherlock Holmes había vivido hasta los 103 años gracias a la jalea real; el creador de una colección muy popular de libros, “Ediciones Dragón”, así como el editor que puso junto en una antología los mejores “Cuentos Fantásticos” en idioma castellano.

Oscar Hurtado estaba convencido de que los extraterrestres eran los causantes de la rápida evolución del hombre cinco mil años atrás, un tema al que sí regresaba de manera incesante. La Leyenda de Gilgamesh era su pieza esencial, la que explicaba una gran guerra intergaláctica en la bóveda terrestre.

Su poemario “La Ciudad Muerta de Korad” fue un vaticinio del destino de La Habana, como si una percepción extemporal le hubiera permitido adelantarse al tiempo y observar desde esa atalaya privilegiada las ruinas que se acercaban.

Oscar resultaba tan enigmático como las propias dimensiones en que se movía. “Gigante entrañable” lo recordó Guillermo Cabrera Infante. Si alguna vez se hubiera escondido un marciano en La Habana, todo el mundo hubiera señalado su casa como el sitio donde se refugiaba el extraterrestre, o incluso hasta identificado con el personaje del espacio.

Su apariencia estaba llena de contrastes. De vuelta a Cuba desde Nueva York en 1959 pronto se encontró sin ropas debido a su tamaño. Sus calzados se limitaban a un par de tenis que algún amigo le trajo del extranjero, pues tenía unos pies enormes, mientras que los pantalones a fuerza de tanto lavado le quedaban cortos. Era la figura de un payaso imponente, pero en todo caso de uno culto y desconsolado.

Si conversaba horas y horas lo hacía como su mejor defensa contra la frustración, pues Oscar comprendía que éste no era su reino. Los hijos recién nacidos de sus amistades provocaban en él una curiosidad y atención inusuales, de manera especial los de su amigo el dibujante y cuentista Hernán Henríquez que puso a sus vástagos los nombres de los dos satélites de Marte: Febos y Deimos.

Oscar estaba convencido de que los hijos gemelos de Hernán se comunicaban entre sí mediante un lenguaje secreto que trató de descifrar en vano. Si Oscar y Portacarrero eran almas vagabundas, poco hicieron por hacer públicas sus aventuras. Al menos es lícito preguntarse de dónde ambos tenían tal asombrosa cultura cuando ninguno de ellos poseía formación profesional. Nadie discute que eran autodidactas, pero al menos vale la interrogación pero ¿de cuántos siglos?

Cuando Oscar falleció un solo escritor se levantó entre todos para rendirle homenaje: público por escrito: Manuel Díaz Martínez, en la Gaceta Literaria de Cuba. “La Muerte del Dragón”, la describió Manuel en una despedida muy íntima.

El Dragón ejercía fascinación sobre Oscar no por lo de animal mitológico, sino porque para él resultaba la interpretación de los antiguos acerca de la guerra que libraron sobre el cielo de nuestro planeta los guerreros del espacio. Los dragones voladores que vomitaban fuego en el cielo eran en realidad naves de guerra intercambiando disparos, aseguraba.

Lo que sucedió el día de su entierro no debiera extrañar a nadie que conoció a Oscar. “Todo se puso negro de repente con muchos relámpagos y truenos” recuerda Hernán Henríquez, que estaba en el lugar junto con Evora Tamayo, la compañera de Oscar, así como otro pequeño grupo de íntimos. “Frente a la tumba había un viejo flaco, inmóvil como una estatua, vistiendo una guayabera blanca, de mangas largas, un poco amarillenta, por el uso, y un gastado sombrero de yarey en su cabeza, pero no estaban los enterradores” escribió Hernán.

El viejo que se portó como un capataz sugirió a los presentes bajar entre todos el ataúd a la tumba pero sin poner la tapa de mármol porque era muy pesada y podía triturarle los dedos a los improvisados sepultureros. Puesto que los enterradores seguían sin aparecer, el viejo pidió al grupo que se marchara; él se encargaría de que lo hicieran.

Tres días después, Hernán Henríquez regresó a visitar a Oscar y encontró que la tumba seguía abierta. “¡Eso no es posible!” – gritó el administrador del cementerio de Colón en La Habana, cuando Hernán le dio las quejas. – ¡Eso nunca ha ocurrido; aquí jamás se ha dejado una tumba abierta!” No tuvo otro remedio que conceder ante el sepulcro destapado. En la búsqueda de chivos expiatorios, Hernán mencionó al viejo capataz. El administrador respondió que allí no trabajaba ninguna persona con ese perfil y menos con guayabera blanca y sombrero de yarey para ejercer su oficio.

Oscar a veces mencionaba a sus amigos que tenía una deuda con la vida porque no había tenido hijos, y por lo tanto estaba condenado a resucitar. Hernán Henríquez sospechó que uno de los relatos de Oscar, los “Vampiros de Metano” tenía relación con lo ocurrido, e imaginó una conspiración de Oscar con su más íntimo amigo, Pedro Julio, para que a la hora de su muerte su tumba permaneciera abierta, a fin de escapar de ella, “con alas de vampiro, y volar al más allá”.

Cumplida esa tarea, Pedro Julio moriría poco después a los 55 años de edad, la misma de Oscar, tal como lo había presentido Hernán, el que después escribió un relato que a él se le hacía muy cercano a la realidad, donde Oscar y Pedro Julio era la pareja inseparable que ha venido recorriendo el tiempo, pasando de reencarnación a reencarnación. “Ellos habían sido Sherlock Holmes y Watson; Cainde y Taebo; Rómulo y Remus; Castor y Polux; el Gordo y el Flaco; Benitín y Eneas”.

Cartas reveladas

Gracias a Oscar conocí a otro escritor que luego fue mi amigo por casi cuatro décadas. Era 1966 y en La Habana se celebraba la “Olimpiada de Ajedrez”. Oscar recibió el encargo de preparar un número especial de la revista Cuba Internacional sobre el acontecimiento, una tarea que cumplió con una edición de coleccionistas en la cual incluyó a Lezama Lima y, por supuesto, su convicción de que el ajedrez era un pasatiempo traído a nuestro planeta por los extraterrestres.

Pero en 1966 Oscar era ya casi una no persona en la Isla. Por muchos años me pregunté quién fue el osado que le solicitó tal extensa colaboración para la revista cubana más divulgada en el extranjero, hasta que un día lo supe por labios de esa misma persona: Antonio Benítez Rojo.

No es raro que lo conociera en la casa de Oscar, durante una cita con personajes que parecían salidos de la época del cine negro norteamericano: un par de hombres que algunos catalogaban de matones: Pepe de Jesús Ginjaume Montaner y “Billiquen” de la banda Unión Insurreccional Revolucionaria, UIR de Emilio Tró. La reunión era a petición de Antonio que deseaba escribir sobre el gangsterismo en la Universidad de La Habana y publicar una serie en la revista Cuba Internacional donde entonces trabajaba como jefe de redacción.

Pero como el propio Fidel Castro había pertenecido a ese grupo de Emilio Tró, las intenciones de Antonio resultaban indeseables y sospechosas. Sus contactos con ambos personajes prohibidos y las cintas de las entrevistas confiscadas.

A Oscar y a Antonio los unía la literatura, pero sobre todo experiencias alejadas de lo usual. En varios de los cuentos escritos por ambos el asunto emerge sin cortapisas. Sin embargo Oscar nunca pudo escuchar los relatos más asombrosos de Antonio, (¿o quién sabe?) sobre las veces que a comienzo de la década del 80 fue a parar a hoteles que hacía tiempo no existían.

La primera vez, un “Holiday Inn” cuando retornaban de la Florida a su casa en Massachusetts. Contaba Antonio que junto a Hilda, su esposa, llegaron a un sitio muy extraño y en el cual pronto comprobaron que ni la ropa de los huéspedes, los anuncios en las paredes y tampoco el mobiliario se correspondían con el tiempo real en que lo franquearon.“Hilda esto no existe”, le dijo Antonio a su esposa. “Vámonos de aquí antes de que desaparezca”.

La otra vez fue en Connecticut, un “Howard Johnson”, y los acompañaba su hija Mary. Fueron a tomar café y las azucareras estaban amarradas por cadenas, como ocurrió en la época de racionamiento de la Segunda Guerra Mundial. Antonio nuevamente comprendió que tenían que marcharse de inmediato, aunque una empleada negra se empeñaba en darles conversación para que no lo hicieran.

La curiosidad hizo que tiempo después Antonio volviera a las huellas de ambos lugares, cuando comprobó lo acertado de sus premoniciones. Vecinos de las zonas dijeron que tales alojamientos habían desaparecido muchos años atrás, si acaso ya no eran más que neblinosos recuerdos de ancianos.

Y es que como Oscar Hurtado, Antonio Benítez Rojo tenía un sexto sentido para lo sobrenatural. Podía convivir entre ánimas sin molestar y ser molestado. “Esta casa está llena de fantasmas, ahora mismo están reunidos en la sala, pero a mi no me importa”, le comentó a Manuel Díaz Martínez cuando éste lo visitó en 1994 para una conferencia sobre literatura cubana en la Universidad de Amherst, donde tanto Antonio como Hilda eran profesores.

Retrato de mujer con delantal

El comentario de Antonio no le pareció inusitado a Manuel Díaz Martínez puesto que él también formaba parte, por decirlo de alguna manera, del circulo de iniciados.

Cuando niño, los padres de Manuel se mudaron para una vieja casona del Cerro (Oscar, Portocarrero y Antonio vivieron en la misma barriada en tiempos colindantes con Manuel) donde su mamá se topó casi desde el primer momento con una señora vestida de blanco que parecía buscar compañía o anhelar algo. Todos los días la triste dama reaparecía en el mismo sitio.

Con justificada alarma los padres de Manuel, entonces un niño, mandaron a buscar a la encargada de haberles alquilado la casa, la que sin extrañezas sacó una vieja fotografía de un sobre y preguntó: “¿Es ésta la señora que vio?” La mamá de Manuel asintió. “Ella murió hace años pero quería mucho esta casa y la extraña. Otras personas la han visto antes”, dijo. Poco después los padres de Manuel se mudaron otra vez dejando a la dama de blanco otra vez solitaria.

Y tal vez, no por casualidad, fue Manuel Díaz Martínez el que me escuchó gritar “¡Coño, era Portocarrero!”, mientras un guía nos contaba los detalles de la casa de Benito Pérez Galdós en Las Palmas de Gran Canaria.

–¿Quién? –se acercó Manuel a preguntarme.

–Portocarrero –le dije. –El hombre que hace una hora se acercó a saludarme en el café del puerto fue Portocarrero.

–Pero Portocarrero se murió hace muchos años –aclaró Manuel sin inmutarse.

Eso lo sabía. También que su muerte fue trágica, por suicidio, al igual que la de su compañero Raúl Milián.

Cuando pocos días después, Amalia y yo regresamos a Nueva York busqué el libro de historia de la pintura cubana que no por casualidad fue hecho por Oscar Hurtado en compañía de Edmundo Desnoes. Tapé los nombres de los artistas con un pedazo de papel dejando ver nada más que las fotografías y le pedí a ella que señalara al visitante de Las Palmas. En cuanto vio a Portocarrero lo reconoció.

–¿Estás segura?

–No me cabe la menor duda, ése fue el hombre que te fue a saludar.

Una experiencia así tenía que contársela de inmediato a Antonio Benítez Rojo. Cuando lo hice, sus preguntas parecían buscar unas coordenadas familiares.

–¿Te saludó nada más que a ti?

–Sí

–¿Y a Amalia?

–No, a ella no.

–¿La miró al menos?

–Como si no existiera, por eso ella luego me preguntó quién era ese hombre tan mal educado que ni la saludó ni la miró siquiera.

–¿Cuánto rato estuvo allí?

–Nada… Me dijo “me alegro de verte otra vez, o que estés bien”, algo así por el estilo y desapareció.

“Era la imagen anímica de Portocarrero”, explicó. “Se está despidiendo de algunas personas. Eres una de ellas. Sabrás por qué.”

Supuse que era mi deuda por su encargo que nunca cumplí, pero en realidad su aparición fue y sigue siendo un enigma.

Antonio se inclinaba a pensar que Portocarrero cumplía penalidad por la manera que escogió para dejar el mundo. “Morir por suicido no es sólo pecado en la tradición cristiana, lo es con diferente sentido en otras religiones y cosmologías, conlleva una condena o al menos algunas tareas que cumplir”, fue su explicación una madrugada fría en Amherst, sentados ambos frente a una botella de Glenfiddish, su “scotch”: favorito.

Por más de diez años quise escribir el extraño encuentro, pero antes deseaba saber si Manuel Díaz Martínez recordaba aún lo sucedido en Las Palmas en 1995. No pude hacerlo hasta la primavera del 2006 cuando Manuel volvió a Nueva York. Nos reunimos en el patio de mi casa y le mencioné el asunto. Manuel tenía fresco en su mente el episodio y mi súbito grito de asombro en la casa museo de Galdós.

Después que Manuel regresó a España conocí por parte de Evora Tamayo el relato de Hernán Henrquez en el cementerio de Colón ante el sepulcro de Oscar Hurtado. También que tras meses de tormento, Hernán llegó a la conclusión de que la tumba abierta no había sido otra cosa que una trama del propio Oscar con la complicidad de su amigo Pedro Luis.

La confabulación me pareció ajustada a mi propia experiencia y desde entonces deseché toda posible casualidad respecto al inusual encuentro en el puerto de Las Palmas. Alguien le sirvió de mensajero a Portocarrero, me dije.

¿Pero quién? ¿Oscar como parte de su peregrinaje por el tiempo? o ¿Antonio, siempre tan predispuesto a explorar los ángulos misteriosos de las cosas?

Ya estaba listo a mandar una nota a Manuel Díaz Martínez con mis sospechas cuando recordé el cuadro de Portocarrero “Mujer en el Interior del Cerro”, tras lo cual cancelé esa carta para siempre, pues entonces comprendí la similitud entre la dama de la pintura y la descripción de la señora que por la misma época del cuadro se le aparecía a la madre de Manuel en busca de consuelo.

Y es que desde ese día conozco la identidad de la persona que hizo posible el reencuentro de Las Palmas.

Baldwin, Long Island, NY.

Desde Cuba

De La Habana me ha llegado una carta. De ella son estos párrafos desoladores, que revelan la vulnerabilidad e indefensión de un país velado por las fábulas y devorado por la realidad:

…el ciclón nos dejó en pie, se llevó la isla de maderas viejas y cartones pegados con saliva que durante cincuenta años no dejaran ver las trompetas de la propaganda, o mejor dicho, hablando con propiedad, se llevó media parte de esa isla. El resto está ahí esperando el paso del siguiente ciclón. Pero, al parecer, a nosotros nos dejó en pie, y a la ciudad de La Habana en general. De haber entrado por San Rafael, eso ni con Sodoma y Gomorra tendría comparación.

Claro que ahora (y por eso decía al parecer) vendrá el asunto de la comida, pues Ike arrasó en el campo y el gobierno carece de bolsillo y créditos para importar alimentos, así que voy a esconderme porque a menos que volviera a aparecer Jesús por ahí con una de sus multiplicaciones famosas, pronto estarán los Comités en los barrios censando a los gorditos, presumiéndose que empiecen por los jubilados en buen estado.

Esto, y que todavía estén por llegar el temerario octubre y noviembre con quién sabe lo que nos puedan traer, son dos sustos que tienen a la gente de San Rafael, Hospital, Aramburu y de los barrios todos de la capital escribiéndole cartas a Santa Bárbara con copias para la Virgen de la Caridad el Cobre.

Callejón del Gato

Comunismo y catolicismo ejercitan la necrofilia con idéntico entusiasmo. Ambas religiones se distinguen por ser aficionadas a atesorar huesos, y también momias, que son huesos con salazón adherida. Se dice con pertinacia que el general Franco dormía con un brazo amojamado de Santa Teresa bajo la almohada, o debajo del lecho, junto a las pantuflas y la bacinica (en Cuba, tibor). Después de los antiguos egipcios, los más encarnizados embalsamadores que registra la Historia son los comunistas, etnia en extinción que será recordada por sus momias de Lenin, Dimitrov, Mao, Ho Chi Minh y Ubre Blanca. Taxidermistas de esta etnia ya preparan la de Fidel Castro, en la que trabajan a contrarreloj durante los ratos que al Comandante le dejan libres sus Reflexiones.

Reportó: Max Estrella

Eduardo González Ascanio / Poemas y minirrelato

LA PALABRA

Lo que no tuvo nombre,
lo que nunca fue visto
quizá no existió para nadie
jamás:
un estampido más allá de la atmósfera,
o una especie de cuyo nacimiento y muerte
nunca se supo,
gritos neutralizados en el tumulto,
insectos confundidos en el follaje,
gusanos con plena libertad para el suicidio.
Y por eso callarse es crear,
dejar que se oigan los gritos más remotos,
desvelar los límites.
Y la poesía, silencio
de toda inexistencia articulada
que forma el Universo.

SONETO DEL TÍMIDO

Yo tengo para mí que no te tengo,
que no te tuve y no tendré tampoco
esa silueta que cimbrea el siroco
y por la que no sé si voy o vengo.

No supe hacer, y en mí solo me vengo
por lo que tarde y nunca aferro y toco,
declamando un monólogo de loco,
loca salmodia con que yo me arengo.

¡Ay, soliloquios de apretados labios,
ay, circunloquios de ásperos resabios!.
No consuelan de haber sido un patoso,

soñador pusilánime y esquivo,
perro que ladra a un sueño fugitivo
y lame su impotencia, vergonzoso.

CON VERÓNICA EN EL MUSEO DEL PRADO

Qué follón dominguero, qué gentío,
qué colas a la entrada,
qué cruce de azafatas y ascensores
y familias enteras;
qué rapidez tan irrespetuosa
de una sala a la otra del santuario.
¿No habrá un pintor naïf para esta escena
cuando el sol del invierno arrincona la lluvia?
¿No habrá un Greco capaz de sublimarnos
la palidez gripal, y el vaho, y la nostalgia?
¿No habrá un Picasso, acaso,
con donaire taurino que la fije
en un período rosa de un instante,
ahora que ella conserva en las mejillas
dos pétalos de fiebre en retirada?
Tiene nombre de lienzo sobre el ruedo
y un no sé qué de mar que nunca acaba.
¿No habrá un Turner o un Friedrich
que le ofrezcan ocasos con galerna?
¿Y un Manet con marinas familiares?
¿Un Monet con remeros, por lo menos?
O un Renoir que la admita de bañista…
¿Ni un San Cristóbal saturnal de Goya
que la alce en hombros sobre las mareas?
Gauguin de las orillas, ¿qué te cuesta?…
¡Caballeros, joder…!
¿Tendré yo que pintarlo en un poema?

INSTRUCCIONES PARA MATAR SOMBRAS

Sobre todo, no intente asirlas ni estrangularlas. Sus bordes son los más cortantes y le rebanarían las manos con limpieza anestésica antes de que se diera cuenta. Las balas no les hacen mella y su organismo volandero e incierto es inmune al más mortífero veneno. Antes bien, inocúlelas de suaves haces de luz, crúcelas con signos fluorescentes y consignas anaranjadas, verdosas, amarillas, que contengan blasfemias, quimeras, hipidos o jadeos. Llénelas de palabras de amor desesperado, de burlas, de diatribas. Procúreles sonrojo, deseo o incertidumbre; écheles encima la escoria y la grandeza de habitar carne y hueso.

No podrán resistirlo.
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Eduardo González Ascanio (Las Palmas de Gran Canaria, 1956). Narrador, articulista y poeta. Ha publicado los libros de cuentos Para después de colgar y Cuentos del Bárbara Bar. Ha sido incluido en la antología El relato español actual (Fondo de Cultura Económica-UNAM, México).