No olvidemos el Caso Padilla

“En tiempos difíciles”, el poema que publiqué en este blog hace pocas horas, pertenece a FUERA DEL JUEGO, el libro del poeta cubano Heberto Padilla que el régimen castrista, en 1968, no quiso que se premiara en el concurso literario de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Para impedirlo, porque el libro le parecía contrarrevolucionario, el régimen presionó a los jurados(*), inventó una conjura de intelectuales contra el Gobierno, arrestó a Padilla y su esposa –la poetisa Belkis Cuza Malé– y, copiando a Stalin, obligó al poeta a hacerse una feroz autocrítica, tan desmesurada que resultó increíble. Sobre el Caso Padilla, que es todo lo dicho y mucho más, escribí una detallada crónica que publiqué en la revista ENCUENTRO DE LA CULTURA CUBANA y reproduje en mi libro de recuerdos SÓLO UN LEVE RASGUÑO EN LA SOLAPA. Esta crónica ha sido útil para algunos escritores e historiadores que se han ocupado de la Cuba castrista. Uno de éstos, el narrador y periodista español Manuel Vázquez Montalbán, se basó en ella –casi calcándola– para construir su relato del Caso Padilla, inserto en su libro Y DIOS ENTRÓ EN LA HABANA (El País-Aguilar, Madrid,1998, Capítulo VIII).

(*) El jurado que premió el libro de Padilla estuvo integrado por José Lezama Lima, José Zacarías Tallet, Manuel Díaz Martínez, J. M. Cohen y César Calvo, de los cuales el único que permanece en este mundo soy yo.

Fuera del juego portada

Portada de la primera edición de FUERA DEL JUEGO.]

Poemas del siglo XX

Heberto Padilla carEN TIEMPOS DIFÍCILES

A aquel hombre le pidieron su tiempo
para que lo juntara al tiempo de la Historia.
Le pidieron las manos,
porque para una época difícil
nada hay mejor que un par de buenas manos.
Le pidieron los ojos
que alguna vez tuvieron lágrimas
para que contemplara el lado claro
(especialmente el lado claro de la vida)
porque para el horror basta un ojo de asombro.
Le pidieron sus labios
resecos y cuarteados para afirmar,
para erigir, con cada afirmación, un sueño
(el-alto-sueño);
le pidieron las piernas,
duras y nudosas,
(sus viejas piernas andariegas)
porque en tiempos difíciles
¿algo hay mejor que un par de piernas
para la construcción o la trinchera?
Le pidieron el bosque que lo nutrió de niño,
con su árbol obediente.
Le pidieron el pecho, el corazón, los hombros.
Le dijeron
que eso era estrictamente necesario.
Le explicaron después
que toda esta donación resultaría inútil
sin entregar la lengua,
porque en tiempos difíciles
nada es tan útil para atajar el odio o la mentira.
Y finalmente le rogaron
que, por favor, echase a andar,
porque en tiempos difíciles
esta es, sin duda, la prueba decisiva.

Heberto Padilla

(Cuba, 1932-2000)

25 años de la Carta de los Diez

En mayo de 1991, cuando la crisis permanente de Cuba se agravaba por el desplome de la URSS, diez intelectuales cubanos residentes en la isla emitimos un pliego de demandas políticas y económcas que considerábamos indispensables para rebajar la tensión social en el país. Ese documento, dirigido al Gobierno y al Comité Central del Partido Comunista y conocido como Carta de los Diez, lo firmamos María Elena Cruz Varela, Roberto Luque Escalona, Fernando Velázques Medina, Raúl Rivero, Manuel Díaz Martínez, Víctor Manuel Serpa, Manuel Granados, Bernardo Marqués Ravelo, Nancy Estrada Galbán y José Lorenzo Fuentes. La Carta tuvo una gran repercusión internacional, y sus firmantes, acusados por la dictadura de complicidad con  Estados Unidos, padecimos las consecuencias de ejercer la libertad de opinión frente a un régimen totalitario: fuimos echados de nuestros puestos de trabajo, algunos sufrieron agresiones físicas y cárcel y, al final, todos nos vimos obligados a exiliarnos. A pesar de la represión contra nosotros, la Carta siguió recibiendo firmas.

Lezama

El pasado día 9 se cumplieron 40 años de la muerte de José Lezama Lima. Para recordar al maestro, reproduzco una respuesta mía en la entrevista que Luis Manuel García Méndez me hizo en septiembre de 2011 para el periódico digital CUBAENCUENTRO.

“MDM: Conocí a Lezama en la década de los 50, en una emisora de radio situada en los bajos del Centro Gallego [La Habana], de la que él era asesor jurídico o algo así. Fue Branly quien me lo presentó. Pero mi amistad con el Gordo empezó cuando, al comienzo de la revolución, me invitó a su casa para explicarme, a propósito de unos comentarios inicuos que le propinamos Baragaño, Heberto Padilla y yo, que él tuvo un puesto en Bellas Artes en tiempos de Batista pero que nunca fue batistiano. Me convenció y le tomé afecto. Me sentí culpable ante los temores y la humildad de aquel hombre excepcional, obeso, asmático, pobre y que me doblaba la edad. Me reprocho muchas de las cosas que he hecho y una de ellas es haber atacado a Lezama, aunque si no hubiese sido por esa estupidez quizás no habría existido la amistad que hubo entre él y yo, una amistad que se estrechó cuando trabajamos juntos en el Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias. Recuerdo que en esa época raro era el mes en que yo no le prestara dinero o me lo prestara él a mí para llegar al siguiente sueldo. Lezama estaba tan seguro de su valía intelectual, que jugaba con la posibilidad de que en algún momento tocara a su puerta “el viejito de Suecia”, y pienso que el hecho de estar convencido de la importancia de su obra lo salvó de la arrogancia y la inmodestia, unos excesos que no necesitaba. La lezamamanía, que él conoció cuando esa moda alboreaba, debe de haber sido para él una satisfactoria compensación por el Nobel que, como Borges, se quedó esperando.”

Lezama, yo, otros

[Foto: De izquierda a derecha: Manuel Díaz Martínez, Roberto Branly, César López, José Lezama Lima, Armando Álvarez Bravo, Fayad Jamís y Onelio Jorge Cardoso. La Habana, 1966, año en que se publicó PARADISO.]

A 50 años de “Paradiso”

PARADISO portada

Luis Cino Álvarez,  La Habana.

(CUBANET, 11/8/2016) No hay dudas de que la novela Paradiso, de José Lezama Lima, es la gran catedral de la literatura cubana. No obstante, muchos de los que presumen de haberla leído, lo más probable es que no hayan pasado más allá del capítulo VIII, aquel de las andanzas eróticas de Farraluque que tanto dio de qué hablar.

Fue precisamente aquel capítulo, con su homoerotismo, el que en 1966, cuando se publicó Paradiso, escandalizó a los comisarios culturales del castrismo, siempre con muy elevados niveles de moralina y machismo. El libro, calificado de hermético, pornográfico y otras cosas peores, fue proscrito, y no se volvería a reeditar hasta 25 años después. Su autor permanecería relegado hasta su muerte, el 9 de agosto de 1976.

Mediocres hacedores de “políticas culturales” condenaron al ostracismo a Lezama por los pecados de ser burgués, católico, incompatible con los códigos morales del castrismo-machismo-leninismo y políticamente poco confiable, particularmente después que formó parte del jurado que concedió en 1968 el Premio UNEAC al poemario Fuera del juego, de Heberto Padilla.

En aquellos días, Lezama escribía a su hermana Eloísa, en cartas que están entre los más patéticos testimonios de las secuelas del castrismo en el alma: “Vivo en la ruina y la desesperación”.

En aquellas cartas que durante 15 años escribió el genio de la calle Trocadero a su hermana en Miami, lamentaba la desintegración forzosa de su familia, la monotonía enloquecedora, el aislamiento inexorable, el agobio de ignorar la culpa que expiaba.

Luego de la rehabilitación póstuma de la figura de Lezama por la cultura oficial y su conversión en un enigmático escritor de culto sólo para iniciados, nos quieren convencer de que el autor de Paradiso nunca fue un enemigo de la revolución. Para ello, cada vez que se presenta la oportunidad, citan la ambigua invocación de Lezama al Ángel de la Jiribilla y aquel muy usado y abusado mareo teleológico del escritor, todavía deslumbrado por enero de 1959, cuando afirmó que “la Revolución Cubana significa que todos los conjuros negativos han sido decapitados”.

Para estas reinterpretaciones de Lezama, la cultura oficial se ha valido, entre otros, del periodista y escritor Ciro Bianchi, asiduo de la casa de Trocadero y discípulo del curso délfico. En sus artículos en el periódico Juventud Rebelde y en el extenso prólogo de Lezama disperso (Ediciones Unión, 2009), una recopilación de artículos y ensayos de Lezama, Ciro Bianchi ha dicho que Lezama exageraba en cuanto a las vicisitudes que pasaba y ha puesto en duda que las autoridades le hubieran negado de manera continuada e invariable el permiso para viajar al exterior: según él, Lezama no viajó y se condenó a la condición de “peregrino inmóvil para siempre” porque le tenía miedo a los aviones.

A pesar de que Ciro Bianchi llegó a culpar a los escritores de Lunes de Revolución del hostigamiento a Lezama, tuvo un atisbo de sinceridad, aunque sin mencionar nombres, cuando al referir el velorio de Lezama en el tercer piso de la funeraria de Calzada y K, escribió: “También y sin que se separaran un solo momento del féretro, los que fueron brazos ejecutores de la persecución contra Lezama. Algunos de los que asistieron no tenían nada que hacer allí como no fuera cumplir un compromiso oficial y simular, y a veces ni eso, un pesar que estaban muy lejos de sentir”.

En el prólogo de “Lezama disperso”, Ciro Bianchi Ross refiere la batalla campal que se produjo en los portales del Palacio del Segundo Cabo, sede del Instituto del Libro, cuando en 1991 se presentó la segunda edición cubana de Paradiso. La rebatiña de la muchedumbre impidió que la ensayista italiana Alexandra Riccio, el poeta César López y el propio Bianchi hicieran la presentación de la edición de Letras Cubanas de la novela. El libro tuvieron que venderlo a través de los barrotes de una reja. Todo un símbolo.

El revuelo por el libro no era para menos. Cuando se publicó un cuarto de siglo antes, en 1966, la tirada de 5 000 ejemplares se agotó en un abrir y cerrar de ojos. Muchos de los ejemplares fueron recogidos por las autoridades. Presuntamente y como era costumbre, fueron convertidos en pulpa.

Ahora, cuando Paradiso arriba a los 50 años y también se han cumplido 40 de la muerte de su autor, la cultura oficial sigue sacando réditos de Lezama y su obra. Ya se anuncia la próxima realización de un congreso, con la participación de académicos de ocho países, para conmemorar el medio siglo de la publicación de la más monumental de las novelas cubanas. Los anfitriones serán los mismos que en su momento la prohibieron. ¡Si tendrán gandinga! Puedo imaginar al Maestro revolviéndose en su tumba profanada.

Censura cinematográfica en la Segunda República

Las 58 películas que prohibió la Segunda República… y sus razones

Aunque el artículo 34 de la constitución de 1931 reconocía la libertad de expresión, el principio no se aplicó en el cine

I.  Viana

(ABC, Madrid, 4/8/2016) En 1931, la revista especializada en cine «Popular Film» vertía sus frustraciones acerca de la censura en un artículo sobre «El acorazado Potemkin» (1925) y «Octubre» (1928), las míticas películas de Sergei Eisenstein: «Este cine ruso, tan grandioso y de tan alto valor moral, es el que reclamamos nosotros. Ahora, con la instauración de la Segunda República creíamos que se autorizaría su proyección. Pero no, parece que hay interés en embrutecer a la masa con los filmes yanquis de vampiresas y ladrones».

Efectivamente, la proclamación del nuevo Gobierno, el 1 de abril de ese mismo año, hizo concebir esperanzas infundadas sobre la aprobación de las cintas prohibidas durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), pero lo cierto es que, a pesar de que el artículo 34 de la nueva constitución reconocía la libertad de expresión, este principio no se aplicó a las películas. Muchas de ellas se prohibieron y otras tantas sufrieron el corte de varias escenas. Eso nos da una información muy valiosa acerca de lo que las autoridades consideraron peligroso o impropio para la sociedad entre 1931 y 1936. «En este aspecto, es curioso que no haya diferencias de intereses entre los periodos de gobiernos izquierdistas y de centroderecha», aseguran los catedráticos del Departamento de Historia de la Comunicación Social de la Universidad Complutense de Madrid, María Antonia Paz Rebollo y Julio Montero Díaz, en su estudio sobre «Las películas censuradas durante la Segunda República».

El número de títulos supervisados aumentó en este periodo una media de 281 obras cada año, es decir, un 9%. En 1935 se fijó el récord en 1.181 obras revisadas, entre cintas de ficción, documentales y noticiarios. Todo ello en una época en la que el cine se convirtió en un espectáculo de masas. Tal es así que, en 1931, se anunciaban en la cartelera de periódicos como ABC un total de 29 salas de cine en Madrid. En junio de 1936, poco antes del comienzo de la Guerra Civil, aumentaron hasta 49. «Muchos historiadores coinciden en que es la época más popular del cine en España por una razón muy sencilla: el analfabetismo estaba por encima del 30% y se había impuesto el doblaje. Había una gran sintonía entre el público y los filmes», cuenta a ABC Román Gubern, cuyos estudios sobre la historia del cine en España fueron pioneros.

Sin contar las películas que tuvieron que suprimir escenas o sustituir sus títulos, durante la Segunda República se prohibieron 58 filmes, de los cuales 41 eran de ficción y los otros 17, documentales y noticiarios. Obras tanto españolas como extranjeras a las que no se dejó llegar a los cines por abordar temas tan diversos como la invasión de Abisinia, la liberación del General Sanjurjo, ciertas costumbres africanas difíciles de entender en la época, los temas electorales o las informaciones relacionadas con la Familia Real española, tal y como ocurrió con las bodas de Doña Beatriz de BorbónDon Jaime de Borbón y Battemberg, respectivamente, que no pudieron ser contempladas por los españoles en los cines.

Pero más allá de estas, quizá de una incidencia menor, a continuación os dejamos las principales razones por las que la censura republicana actuó y los títulos más importantes que no fueron autorizados en base a estas.

En defensa de la moral

Este punto afectó mucho más a las películas de ficción que a los documentales. Se trataba de evitar que aparecieran en pantalla escenas de sexo explícito o simplemente que las insinuaran. Se llegaron a cortar planos en los que se recogía una cópula entre abejas («El País de la miel»), un coito entre una yegua y un caballo («Éxtasis») o unos novios acostados en el sofá («Entre sábado y domingo»). Por supuesto, todos los desnudos, por breves que resultaran, también fueron suprimidos de los largometrajes aunque el guion lo justificara.

– «Adúltera» (1935): este filme se prohibió en todo el territorio nacional, tanto por su título como por su argumento evidente. La censura de la Segunda República puso un empeño especial en eliminar de los cines españoles todas las referencias explícitas a relaciones extramatrimoniales.

– «El último amor de Don Juan» (1934): cuando la lujuria se desbordaba a lo largo de una trama, como es el caso de esta película de Alexander Korda protagonizada por Douglas Fairbanks y Merle Oberon, la cinta no sólo era prohibida, sino que también se especifica que esa prohibición se extendía a las sesiones privadas.

Contra los actos delictivos

La Segunda República intentó que nunca aparecieran actos delictivos en los que los criminales resultaran triunfadores. Se quería difundir la idea de que toda acción en contra de la ley debía ser castigada y no podían dejar el más mínimo resquicio en la imaginación del espectador para que pensara que eso no ocurría en muchas ocasiones.

– «Audaz atraco en Madrid» (1935): la censura no tuvo miramientos con este documental producido por Hispano Foxfilm en el que, con un tono que en ocasiones era simpático, contaba la historia de un grupo de ladrones que robó medio millón de pesetas destinadas al pago de los empleados municipales en Madrid.

Contra el comunismo

La censura republicana fue radicalmente anticomunista y se empeñó en eliminar cualquier representación audiovisual de la revolución bolchevique que tuvo lugar en Rusia pocos años antes. Esta se percibía en España como una amenaza, pues creían que, habiendo tenido éxito en el país más autoritario del mundo, podía llegar a triunfar también aquí. Sin embargo, lo que temían no eran tanto las escenas propiamente comunistas, sino, sobre todo, las violentas. La Ley de Defensa de la República prohibía explícitamente la difusión de noticias que «puedan quebrantar el crédito o perturbar la paz y el orden público».

– «Octubre» (1928): la famosa obra de Sergei Eisenstein no se pudo proyectar legalmente en España, ni en público ni en privado, porque reconstruía los acontecimientos ocurridos en Rusia desde febrero hasta octubre de 1917. Una película de 100 minutos en la que, siguiendo la filosofía comunista, no había personajes principales. Sus intensas secuencias no fueron bien entendidas por las jóvenes generaciones rusas ni por las autoridades españolas. El comunismo estuvo vetado en cualquiera de sus versiones cinematográficas ante un temor de que incitara a la revolución.

– «Chapaev» (1934): dirigida por los hermanos Georgi y Sergei Vasilyev, relataba la historia de un comandante legendario del ejército soviético y héroe de la Guerra Civil Rusa: Vasily Ivanovich Chapaev (1887-1919). Exclusivas Diana quiso distribuir la película en España, pero un mes antes del inicio de la Guerra Civil fue prohibida. Estaba basada en la novela del mismo nombre de Dmitri Furmanov, un escritor ruso y comisario bolchevique que fue enviado desde Moscú a luchar junto al personaje principal del filme en la vida real.

– «Moscú» (1934): la versión muda de este documental también fue prohibida, bajo la justificación de que las imágenes podían interpretarse de manera errónea si no había una voz que las explicara. Este miedo fue muy habitual en la censura española, que solía obligar al censor a introducir un comentario de antes de permitir su proyección. Eso ocurrió, por ejemplo, con una edición del Noticiario Fox en la que se recogía el «Primero de mayo en Moscú» o en la película «La llegada del señor Laval a Moscú». Si las imágenes acompañaban dicha alocución, era más fácil que obtuvieran vía libre.

Contra la imagen de los países

Durante la Segunda República existieron acuerdos entre diferentes países para evitar la exhibición de películas que pudieran dañar imagen. España los firmó con México, El Salvador, Nicaragua, Perú y Chile. A través de ellos, una cinta considerada difamatoria podía prohibirse directamente por vía diplomática. En el archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores aún se conservan las cartas con los comentarios sobre ciertas cintas enviadas desde las embajadas o por particulares, que tenían el objetivo de evitar que una de estas obras llegara a los cines y alimentara los sentimientos contra una nación extranjera o, incluso, contra España.

– «Las Hurdes (Tierra sin pan)» (1933): el famoso documental de Luis Buñuel fue considerado denigrante para los españoles, por retratar una de las regiones más pobres y menos desarrolladas del país. Se estrenó en una sesión semiprivada en 1934, a la que acudieron intelectuales madrileños como Gregorio Marañón, que había acompañado a Alfonso XIII en su visita a esa región cacereña en 1922. El médico indignado por «lo desagradable y parcial del reportaje». La queja surtió efecto y fue inmediatamente prohibido.

– «Mamba»: una película que manchaba la imagen de los alemanes a través de la historia de un colono germano que vive en África y se hace millonario explotando y maltratando a los negros. Todo ello con el añadido de que se vanagloriaba de ser el mejor conquistador del mundo.

– «Thunder over México» (1933): el filme mostraba a los mismos españoles como colonoes crueles y salvajes con los indios, y les hacía responsables de la destrucción de la civilización Maya. La película fue montada a partir de las escenas filmadas en 1930 por Serguéi Eisenstein para «¡Que viva México!». El proyecto, que fue abandonado por diferentes problemas, intentaba retratar la cultura y la política desde el México prehispánico hasta la revolución rusa.