Rousseau, visto por Isaiah Berlin

Alicia Delibes
(LIBERTAD DIGITAL, 19/4/2017) Isaiah Berlin nació en Riga (Letonia) en 1909 y murió en Oxford el 5 de noviembre de 1997. Era el único hijo de un matrimonio judío. En 1915 la familia se instaló en San Petersburgo, donde fue testigo de la revolución de 1917. Según Michael Ignatieff, autor de la biografía de Berlin titulada Mi vida, los padres de Isaiah en un principio se sintieron contagiados por el entusiasmo revolucionario de febrero, pero cuando el Gobierno cayó en manos del Sóviet de Petrogrado y la banda bolchevique se hizo con el control de la calle no pudieron librarse de las visitas intempestivas de la Cheka, policía secreta de Lenin, ni de los habituales registros de domicilio.
En 1920 Mendel Berlin, padre de Isaiah, decidió sacar a su familia de la Rusia comunista de Lenin y fijar su residencia en Inglaterra. Años después, Mendel explicaría las razones que le llevaron a optar por el exilio: La sensación de estar encarcelado, sin contacto con el mundo exterior, el estar continuamente espiado, las detenciones repentinas y el sentimiento de impotencia total frente a los caprichos de cualquier vándalo vestido de bolchevique.
Los Berlin llegaron a Londres en febrero de 1921. Isaiah era un niño de 12 años que apenas sabía inglés, sin embargo, no tardaría en convertirse en uno de los alumnos más prometedores del colegio St. Paul’s, una venerable institución cristiana que no excluía a los judíos. En 1927 obtuvo una beca para cursar estudios clásicos en el Corpus Christi College de Oxford, universidad de cuyo selecto grupo de profesores formaría parte el resto de su vida.
Berlin, formado en tres grandes tradiciones, rusa, judía y británica, y testigo de las corrientes filosóficas y políticas del siglo XX, ha sido uno de los intelectuales de su tiempo –de nuestro tiempo– que más ha profundizado en el tema de la libertad y el peligro que para ella entrañan las promesas de los vendedores de falsas utopías que seducen a los pueblos con la idea de un Nuevo Mundo Feliz.
Leer a Berlin, veinte años después de su muerte, cuando parece que los principios sobre los que se construyeron nuestras democracias occidentales se tambalean, puede proporcionarnos argumentos sólidos para defender los valores liberales de nuestra civilización frente a quienes pretenden desenterrar viejas ideologías liberticidas.
La traición de la libertad. Seis enemigos de la libertad humana es el título de un libro publicado en 2004, siete años después de la muerte de su autor, que recoge seis conferencias que Isaiah Berlin pronunció para la BBC en 1952. Aquellas conferencias tuvieron un gran éxito, no solo por la curiosidad que despertaba su título, Los límites de la libertad, sino por el tono persuasivo, claro y riguroso que utilizaba Berlin.
Berlin planteó el asunto con una pregunta muy sencilla: ¿por qué alguien debe obedecer a alguien? Y para responder de forma fácilmente comprensible se sirvió de seis pensadores que vivieron más o menos en la misma época y que elaboraron teorías acerca de la libertad y sus límites que, según Berlin, encerraban trampas destructivas para la propia libertad.
Los seis personajes elegidos por Berlin fueron Helvétius (1715-1771), Rousseau (1712-1778), Fichte (1762-1814), Hegel (1770-1831), Saint Simon (1760-1825) y De Maistre (1753-1821).
Si se considera la libertad como “el derecho a forjar libremente la propia vida como se quiera” sin otra barrera que “la necesidad de proteger a otros hombres respecto a los mismos derechos, o bien de proteger la seguridad común de todos ellos”, estos seis pensadores, decía Berlin, “fueron hostiles a la libertad, sus doctrinas fueron una contradicción directa de ella, y su influencia sobre la humanidad no sólo en el siglo XIX sino particularmente en el XX fue poderosa en esta dirección antilibertaria.
Rousseau es el personaje que más ha influido en la educación en el siglo XX y en lo que llevamos del XXI. Educadores y pedagogos de todo el mundo, unos bienintencionados y otros no tanto, han sido seducidos, y lo siguen siendo, por el canto a la educación en libertad que aparenta ser el Emilio. De ahí que merezca especial interés conocer las razones que llevaron a Isaiah Berlin a considerar al filósofo ginebrino “uno de los más siniestros y más formidables enemigos de la libertad en toda la historia del pensamiento moderno”.
Los pensadores del siglo XVIII que se preocuparon por la libertad dieron muchas vueltas al problema que planteaban sus límites. Casi todos ellos llegaron a la conclusión de que era necesario una especie de contrato o acuerdo social que permitiera conciliar el deseo de libertad del hombre con la necesidad de una autoridad que controle el cumplimiento de ciertas reglas de convivencia.
Hobbes (1588-1679), que creía que los hombres eran más malos que buenos, había optado en el siglo anterior por la existencia de una fuerte autoridad y la limitación de la libertad individual. Mientas que Locke (1632-1704), que creía que los hombres eran más buenos que malos, concedió mayor espacio a la libertad y abogó por una autoridad menos coercitiva.
Para Rousseau, la libertad es un valor absoluto, una especie de concepto religioso que está en la propia esencia del hombre. Pues si el hombre no fuera libre, si no pudiera elegir entre diferentes alternativas, no tendría responsabilidad moral sobre sus actos. Cuando el hombre está obligado por otra persona, o por las circunstancias, a hacer las cosas, deja de actuar por sí mismo y deja de ser una persona. Por tanto, el hombre, para seguir siendo hombre, ni puede ni debe ceder un ápice de su libertad. De ahí que el filósofo ginebrino haya pasado por ser un adalid de la libertad.
Por otra parte, Rousseau admite que al vivir en sociedad son necesarias las reglas. Y para hacer compatibles la libertad con la obediencia a unas reglas sin las que la libertad quede dañada ofrece una solución totalmente novedosa.
Para Rousseau, la Naturaleza tiene un carácter casi sagrado. Todo lo que de ella emana es necesariamente bueno. Se trataría entonces de conseguir que esas reglas no fueran percibidas como una imposición sino como obra de la propia Naturaleza.
La solución que ofrece Rousseau parece fácil. La propia Naturaleza habría dotado al hombre de una voz interior que le dicta las reglas que son justas y buenas para la convivencia. Esa voz interior habla directamente al corazón y a la razón del hombre haciendo que este las ame y las comprenda. Así es como el hombre, guiado por su naturaleza bondadosa, se inclinará siempre a favorecer el bien común.
La bondad natural del hombre
Según Berlin, a partir de esa idea y sin poder evitar el rencor que sentía hacia los Ilustrados, Rousseau describe al hombre bueno como aquel que posee una sabiduría instintiva, muy diferente de la corrompida sofisticación de las ciudades: A veces Rousseau habla del salvaje como si fuera feliz, inocente y bueno; en otras palabras, como si fuera simple y bárbaro.
La “voluntad general”
El concepto más genuino de Rousseau, el de la voluntad general, aparece por primera vez en su ensayo El contrato social, publicado en 1762 (es significativo que ese mismo año se publicara también su obra pedagógica Emilio).
La voluntad general no es para Rousseau la suma de voluntades individuales. Se trata de un concepto nuevo, con cierto carácter místico, que representa la voluntad única de toda la comunidad.
La voluntad general exige, dice Rousseau, “la rendición de cada individuo con todos sus derechos a toda la comunidad”. Si nos rendimos, ninguna institución, ningún tirano estará coartando nuestra libertad, pues el Estado es cada uno de nosotros, que juntos, unidos, buscamos el bien común.
La voluntad general exige, dice Rousseau, ‘la rendición de cada individuo con todos sus derechos a toda la comunidad’. Si nos rendimos, ninguna institución, ningún tirano estará coartando nuestra libertad.
De esta forma Rousseau pasa de la noción de grupo de individuos que se relacionan libre y voluntariamente buscando cada uno su propio bien a la noción de sumisión a algo que está por encima del individuo: la comunidad, el Estado.
Como dijo Berlin, es evidente que la célebre fórmula de Rousseau de que cada individuo, al entregarse a todos, no se entrega a nadie, por muy evocadora que sea, es hoy tan oscura y misteriosa como lo fue siempre.
Rousseau, enemigo de la libertad
Como la Naturaleza es armoniosa, las reglas que son justas para un hombre bueno y racional lo serán también para todos los hombres buenos y racionales. En el caso de que existan hombres que busquen fines irreconciliables será porque estos hombres estén corrompidos, porque no sean racionales, porque hayan traicionado su propia naturaleza.
Dado que el hombre es bueno, si desea el mal será porque no sabe lo que le conviene, así que es lícito que yo le diga lo que es mejor para él, lo que es justo y bueno. Así, el día que descubra su verdadero yo, que es natural y por tanto bondadoso, entenderá mi actitud y me estará agradecido.
“No hay dictador en Occidente”, escribe Berlin, “que en los años posteriores a Rousseau no se valiera de esta monstruosa paradoja para justificar su conducta. Los jacobinos, Robespierre, Hitler, Mussolini y los comunistas: todos ellos emplean este mismo método de argumento, de decir que los hombres no saben lo que en realidad desean; y, por tanto, al desearlo por estos, al desearlo en nombre de ellos, estamos dándoles lo que en algún sentido oculto, sin saberlo, ellos mismos desean”.
Rousseau, con su paradoja, convirtió la libertad en una especie de esclavitud. El individuo entrega su libertad política y su propia conciencia a esa autoridad que reconoce como suprema y que sabe realmente lo que es bueno para él. Esa autoridad puede estar representada por un dictador, por el Estado, por la comunidad o por la asamblea.
Isaiah Berlin terminaba su conferencia con estas palabras claramente condenatorias:Rousseau, quien afirma haber sido el más apasionado y ardiente adorador de la libertad humana, que trató de suprimir los grilletes, los frenos de la educación, del refinamiento, de la cultura, de la convención, de la ciencia, del arte, de cualquier cosa, porque todas estas cosas, de alguna manera, violaban su libertad natural como hombre… Rousseau, pese a todo esto, fue uno de los más siniestros y más formidables enemigos de la libertad en toda la historia del pensamiento moderno.

Hoy, Día del Libro

Antología de Spoon RiverEl abogado Edgar Lee Masters (EEUU, 1868-1950) dedicó más tiempo y entusiasmo a la literatura que a las leyes. En un momento no muy tardío de su larga vida, abandonó las últimas por la primera y se convirtió en un escritor ermitaño. Me atrevo a decir que, además de ermitaño, obsesivo: según biógrafos suyos, hasta su muerte luchó con denuedo para superar con nuevas obras el libro gracias al cual lo recordamos: SPOON RIVER ANTHOLOGY (Macmillan & Co. Nueva York, 1915). Pero aquélla fue una batalla perdida, como la de Flaubert contra MADAME BOVARY. El culmen de cuanto escribió Masters son los imaginarios epitafios de las ficticias lápidas pertenecientes a los falsos difuntos que supuestamente reposan en el mítico cementerio de un pueblo que –poco importaría que existiera– él se inventó.

Mi descubrimiento de ANTOLOGÍA DE SPOON RIVER se produjo mientras, animado por la ilusión de encontrar algo diferente, que me sorprendiera, exploraba una librería de Las Palmas de Gran Canaria. El nombre de su autor no me decía absolutamente nada, pero, tan pronto como leí, al pie de un estante de aquella librería, algunas páginas de esta obra (editada en España por Cátedra, Colección Letras Universales) me invadió el regocijo de haber dado con lo que a tientas buscaba. Libro raro, aún hoy, en su tiempo fascinó a unos cuantos poetas mayores, entre los cuales estaba Ezra Pound, quien lo saludó con un aleluya a nombre de la poesía norteamericana.

Lo que más me atrae en él, la razón por la cual siento no haberlo leído mucho antes, es la desinhibida sencillez con que desnuda la trascendencia de esa parte de la realidad que parece no tenerla: lo cotidiano. Los doscientos y tantos poemas-lápidas que nos dejó Masters en su asombrosa ucronía de Spoon River configuran un coro de voces sin tiempo en el que todos cantamos.

El declive de la libertad de prensa

Europa corre el riesgo de precipitar en el abismo el sistema que garantizan la libre expresión si para combatir el odio o las noticias falsas utiliza medidas similares a las que aplican dictaduras o regímenes autoritario

Flemming Rose

(EL PAÍS, España, 20/4/2017) A primera vista, la libertad de prensa vive una edad dorada. La tecnología digital permite que cualquiera con un smartphone pueda comunicarse con miles de millones de personas, decir o escribir lo que quiera y hacerlo público de inmediato sin pedir permiso a nadie. Pensábamos que la llegada de Internet representaba el fin de la censura. En 2011, un líder de la revolución egipcia afirmó: “Si queremos liberar a un pueblo, démosle Internet”.
Hoy, sin embargo, podríamos decir: si queremos que un Gobierno tenga más poder, nos vigile y reprima más nuestras libertades, démosle Internet y la tecnología digital.
En todo el mundo se consolidan nuevos sistemas de control. Los periodistas sufren una represión sin precedentes. Los Gobiernos ejercen cada vez más soberanía sobre la Red, establecen fronteras nacionales e imponen sus propias leyes y restricciones.
Es lo mismo que sucedió con otras tecnologías, desde la imprenta en el siglo XV hasta la radio y la televisión en el XX. Al principio, parece que la nueva tecnología va a ser liberadora, hasta que los Gobiernos encuentran maneras de manipularla y controlarla en su propio beneficio.
¿Qué pasa en Europa? ¿Está acosada aquí la libertad de prensa?
En Turquía hay más periodistas encarcelados que en ningún otro país del mundo —un tercio del total—, incluidos China, Corea del Norte y Cuba, y, desde el golpe de Estado, se han cerrado 160 medios. Es un hecho inquietante, porque Turquía aspira a ser miembro de la UE, una comunidad política basada en la democracia, el principio de legalidad y los derechos y libertades individuales.
Todos los Estados de la Unión Europea excepto dos tuvieron menos libertad de prensa en 2016
También está mal la libertad de prensa en Rusia, aunque mueren menos periodistas que hace 10 o 15 años y hay menos encarcelados. El Kremlin indica a los presentadores y editores de informativos de televisión lo que deben decir y lo que deben callar. El Gobierno ha aprobado leyes que restringen la libertad de prensa en Internet y obliga a las redes sociales a cooperar y a censurar a los disidentes. Se ha condenado a blogueros por denunciar la anexión de Crimea. El año pasado, cuando lo critiqué en Moscú, el director de la agencia de noticias Rossiya Segodnya respondió que en Rusia la armonía social era más importante que la libertad de expresión.
Ahora bien, Putin y Erdogan no son dictadores en sentido estricto. El director del Comité para la Protección de los Periodistas, Joel Simon, los llama democradores. Prefieren la manipulación a la fuerza y tienen el apoyo de la mayoría. Los dictadores controlan la información, los democradores la manejan. Los democradores ganan elecciones, los dictadores las repudian. Toleran los medios privados pero los hostigan con procesos, inspecciones fiscales, manipulación de la publicidad oficial y otras medidas aparentemente razonables, como prohibir el lenguaje de odio, el extremismo y el apoyo al terrorismo; unas restricciones que las democracias también emplean, pero de forma más contenida. Así, Erdogan y Putin pueden presumir de que respetan el derecho internacional.
Turquía y Rusia —y Bielorrusia, otra antigua república soviética— nos demuestran que la libertad de prensa está en declive. La novedad es que está extendiéndose a Europa central y occidental. En Hungría, las autoridades acosan a los periodistas críticos y crean dificultades económicas para los medios que no siguen la línea gubernamental. En Polonia, también. Incluso en Francia y Alemania, miembros fundadores de la UE, y en Reino Unido, la cuna de la Carta Magna.
Según Reporteros sin Fronteras, todos los Estados miembros de la UE excepto dos tuvieron menos libertad de prensa en 2016 que en 2013. Lo mismo asegura Freedom House. Las leyes contra los delitos de odio, concebidas para luchar contra el terrorismo y el extremismo, se aplican hoy a las palabras polémicas pero no violentas de los cómicos, los detractores de la inmigración y el islam y los musulmanes contrarios a la democracia y a Occidente.
Los Gobiernos de Europa occidental defienden esas restricciones con un lenguaje inquietantemente similar al de los dictadores. El Gobierno británico, por ejemplo, que quiere prohibir el extremismo, lo define como “la oposición de palabra u obra a los valores británicos fundamentales: la democracia, el principio de legalidad, las libertades individuales, el mutuo respeto y la tolerancia respecto a otras creencias”.
Es comprensible que las democracias liberales estén preocupadas por la desinformación
Algo muy distinto de la actitud tradicional de las democracias liberales frente a la disidencia. Durante la Guerra Fría, en la mayoría de los países europeos había periódicos, partidos, sindicatos y escuelas comunistas, que defendían un orden político y social incompatible con los valores democráticos.
Recientemente, el Gobierno alemán, apoyado por la comisaria europea de asuntos judiciales, Vera Jourova, ha propuesto una ley para combatir la difusión de noticias falsas y lenguaje de odio en las redes sociales, a fin de evitar la intromisión de Rusia en las próximas elecciones y contener a los populistas. De aprobarse, Facebook y Twitter deberían eliminar de inmediato las noticias falsas que inciten al odio o arriesgarse a multas de hasta 50 millones de euros. El ministro alemán de Justicia llegó a proponer penas de prisión por difundir noticias falsas, con un lenguaje que recordaba al Código Penal soviético.
Es comprensible que las democracias liberales estén preocupadas por la desinformación, pero la cura puede ser peor que la enfermedad. No hace falta volver muy atrás para saber qué pasa cuando los Gobiernos se erigen en árbitros de la verdad. En los dos últimos años, Egipto ha condenado a seis periodistas de Al Jazeera a muerte o largas condenas acusados, entre otras cosas, de difundir noticias falsas.
Por supuesto, las democracias europeas no tienen nada que ver con la Unión Soviética y otros regímenes autoritarios. Pero los instrumentos legales propuestos para eliminar las noticias falsas se parecen mucho a los de los Gobiernos autoritarios para acallar las disidencias, y eso es muy peligroso. No solo porque es incompatible con la libertad de expresión, sino porque sienta un precedente que podría fortalecer a los populistas que tanto temen los políticos tradicionales.
El límite entre noticias falsas y libertad de expresión sería muy distinto para los populistas, que quizá atacarían a los medios establecidos y “corruptos” en lugar de las webs, los blogs y las redes sociales. Además, sería difícil que los Gobiernos de Polonia y Hungría, cada vez más autoritarios, coincidieran con la Comisión Europea y la canciller alemana en qué es una noticia falsa. Al recurrir a estos instrumentos legales contra las noticias falsas, Europa corre el peligro de que la libertad de prensa se precipite hacia el abismo.

Flemming Rose es investigador en el Cato Institute de Washington, DC, periodista danés y autor de La tiranía del silencio (Oberon 2016).

[Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.]

1917-2017: Centenario de la Revolución de Octubre

MILOSEVICH libro

UN LIBRO MUY RECOMENDABLE

La historiadora serbia Mira Milosevich (Belgrado, 1966), reconocida especialista en la historia contemporánea de Rusia, Europa del Este y los Balcanes, acaba de sumar a su bibliografía una BREVE HISTORIA DE LA REVOLUCIÓN RUSA. La obra, editada por Galaxia Gutenberg, se encuentra ya en las librerías españolas. Para Mira Milosevich, la Revolución bolchevique no es un hecho histórico encasillado en una fecha, sino un ciclo que abarca prácticamente todo el siglo XX, y es la totalidad de este ciclo lo que ella analiza, de manera ágil aunque minuciosa y con rigor documental, en las 329 páginas de su libro. Lo primero que salta a la vista desde las páginas de esta obra es que hay pruebas suficientes de que la Revolución Rusa fue un fracaso, en primer lugar poque no fue mundial ni definitiva, como pretendieron los fundadores del Estado soviético, y, en segundo lugar, porque se desplomó cuando Gorbachov intentó enmendar sus “errores” –léase la dictadura de la burocracia comunista– introduciendo libertades auténticamente democráticas, empezando por la libertad de expresión y el derecho a la información. Sería magnífico que quienes lean esta BREVE HISTORIA DE LA REVOLUCIÓN RUSA lo hagan recordando el consejo de Ortega y Gasset: mirar el pasado no para imitarlo, sino para saber lo que no hay que repetir.

VENEZUELA: Un autogolpe de ida y vuelta

El Supremo rectifica y renuncia a atribuirse poderes del Parlamento

Gina Montaner

(EL MUNDO, España, 2/4/2017) Evidente que la situación en Venezuela es muy cambiante y los acontecimientos de las últimas horas ponen de manifiesto las fisuras en el seno del gobierno de Nicolás Maduro.

El pasado miércoles la noticia era un autogolpe fulminante del Poder Judicial sobre el Poder Legislativo, con dos sentencias polémicas del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) que le arrebataban las competencias a la Asamblea Nacional y le otorgaba facultades supraconstitucionales a Maduro. O sea, le pisaban el tubo de oxígeno a los restos de una democracia desguazada.

Sin embargo, después de romper un hilo constitucional que provocó denuncias internacionales y protestas de la oposición en Venezuela, inesperadamente este sábado el TSJ en su página web anunció que se revertían las decisiones que habían atentado contra una Asamblea Nacional cuyo control mayoritario está en manos de la oposición. Veinticuatro horas antes la fiscal general Luis Ortega Díaz había denunciado que las sentencias representaban una clara violación al orden Constitucional. Esa misma noche el propio Maduro convocó una reunión del Consejo de Defensa de la Nación para revisar los contenidos de las polémicas sentencias.

Para desentrañar este comportamiento bipolar del chavismo hay que juntar las piezas de un rompecabezas que apunta a divisiones en el núcleo duro del gobierno. Justo cuando el Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos (OEA) se acababa de reunir en un pleno extraordinario para discutir la grave crisis institucional y humanitaria que atraviesa Venezuela, el ardid en Caracas de un autogolpe no hizo más que consolidar el clamor internacional y debilitar los argumentos de los aliados de la revolución bolivariana. No tenia sentido hablar de intenciones de una “intervención militar” liderada por Estados Unidos cuando el propio gobierno de Maduro orquestaba un golpe de mando para solidificar una dictadura al estilo totalitario de Cuba.

¿Le convenía a Maduro desenmascararse como el victimario del pueblo venezolano y no como la víctima de una “injerencia” imperialista? Parece que el sucesor de Hugo Chávez no estaba por la labor de unas medidas que, según ha publicado ‘El Nacional de Caracas’, fueron tramadas por el ala más extremista del chavismo, con Diosdado Cabello y Tareck Al Aissami a la cabeza. Aparentemente el presidente estaba más inclinado a enviar un “mensaje duro y contundente” al Parlamento, pero no al extremo de estrangularlo.

Lo cierto es que Cabello, primer vicepresidente del Partido Unidos de Venezuela (PSUV), no perdió tiempo en aplaudir la decisión del TSJ y en su programa semanal ‘Con el mazo dando’ dijo que los representantes de la oposición debían someterse a las nuevas sentencias del máximo tribunal.

En este juego de poderes donde unos y otros mueven hilos, merece la pena resaltar lo que dijo Maduro en la clausura de un evento poco después de las declaraciones de la fiscal general: “No sabía nada del pronunciamiento que iba a hacer la fiscal como no sabía nada de la sentencia n° 156 que emitió la Sala Constitucional”. Lejos de un lenguaje confrontacional, se mostró como alguien ajeno a los insólitos acontecimientos y preocupado por señalar que en Venezuela no hay una dictadura de facto. Poco después escenificó el desmontaje de un autogolpe de ida y vuelta.

Es en este tira y afloja dentro del chavismo donde podría producirse una ruptura que profundice aún más las grietas entre las distintas facciones, sin perder de vista hacia dónde pudieran apuntar las lealtades e intereses de las fuerzas armadas y la policía política que ejercen la represión. Por lo pronto, queda por ver si la fiscal general tomará medidas contra los magistrados que produjeron las controvertidas sentencias. La única manera de que este extraño episodio termine correctamente es si Luisa Ortega Díaz los acusa ante los tribunales por vulnerar el orden democrático. Sólo así Venezuela no caerá en una dictadura definitiva.

Año de Miguel Hernández

MIGUEL HERNÁNDEZ
(Coplas buscando una voz)

En el el campo,
a viento y cielo,
el pastorcito de cabras

el sueño trocó
en desvelo
y fue pastor de palabras.

En la cárcel
encerrado,
muriendo de su tristeza,

aquel rayo
vulnerado
se hizo silbo que no cesa,
silbo que no cesa.
que no cesa…

MDM

Un poeta en tiempos de revolución

MDM foto Nieves

Manuel Díaz Martínez. (Foto: Nieves Delgado.)

«El deseo de indagar y el ansia de descubrir me han conducido a la poesía, a la cual me ata mi insatisfacción del mundo. Debo el hábito de volcarme en la palabra a la presunción de ser libre y contribuir a la libertad cuando escribo. Es que siento y ejerzo la poesía como una liberación —sin desafío, sin heroísmo, sin ambiciones: una auténtica liberación».  Manuel Díaz Martínez, Sólo un leve rasguño en la solapa.

Rubén Benítez Florido

Decía Gabriel García Márquez al comienzo de sus memorias que «la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla». Y esto es, precisamente, lo primero que le viene a uno a la cabeza al terminar de leer la autobiografía de Manuel Díaz MartínezSólo un leve rasguño en la solapa, un compendio de recuerdos personales marcados por lo mejor y lo peor de la revolución cubana.

Lo mejor, porque Díaz Martínez perteneció a esa generación de cubanos que no dudaron en abrazar la llegada de la revolución como un nuevo horizonte frente a los desmanes anteriores, en la época de Batista. Y lo peor, porque no tardó en padecer la cara más siniestra de aquel movimiento revolucionario —que posteriormente acabó convirtiéndose en una férrea dictadura— en el que buena parte de la población había depositado sus esperanzas de cambio.

Pero antes de llegar al momento de los sueños rotos y la decepción, en los primeros capítulos de sus memorias, se despliega el tiempo color sepia de la infancia: el recuerdo amable y nostálgico de sus padres y de sus abuelos, de las casas en las que transcurrió su niñez en compañía de su familia.

Llevados de la mano por la habilidad de un cronista consumado, también asistimos al tiempo aventurero de la juventud, en el que parece que el mundo todavía está por hacer y que todo es posible por el mero hecho de desearlo. En este punto de la narración ya hay detalles de lo que va a ser uno de los ejes vertebradores en la vida de Díaz Martínez: su anhelo inquebrantable de saber, la voluntad de contemplar la existencia con la mirada puesta en los detalles.

La poesía como búsqueda.

En el centro de ese afán de conocimiento, se encuentra la creación de un lenguaje poético que consiga dar cuenta de una realidad pluriforme y cambiante, siempre estimulante.

«Creo que la poesía no es un mundo aparte, sino una parte del mundo. Y pienso que la grandeza de un poeta estriba en la fuerza reveladora del idioma con que responde a la provocación de las cosas, en la amplitud de su capacidad de respuesta a los infinitos estímulos con que las infinitas cosas lo acosan», podemos leer en uno de los párrafos de estas memorias que traza una poética improvisada, la concepción que tiene el poeta tanto de su quehacer cotidiano como de la lucha que entabla con el lenguaje en esa búsqueda de la palabra exacta.

El poeta no puede dejar nunca de serlo, ni siquiera cuando temporalmente deja de fagocitar versos para escribir su autobiografía. Se nota en el estilo pulcro y conciso que utiliza para narrar lo acontecido, lejos de superficialidades, de digresiones gratuitas que conduzcan al lector por senderos que no son los imprescindibles. Se nota en los párrafos trabajados con la pericia de un escultor que consigue esculpir a través de palabras las imágenes que se le agolpan en la cabeza.

Habría que señalar tres características en el estilo de Díaz Martínez que lo convierten en un poeta muy accesible, a la manera de Ángel González o Luis García Montero, con una manera de expresar muy a pie de calle, que tiene la virtud de humanizar todo lo que cuenta.

La primera es un sentido del humor sabiamente repartido a lo largo del texto, a menudo camuflado en una socarronería implícita. Además de fomentar el juego literario con el lector, podría inferirse que la utilización de esta fina ironía responde a la necesidad del autor de tomar una cierta distancia frente a los hechos que describe; también de parapetarse ante las decepciones del mundo.

La segunda característica llamativa es el tono conversacional del libro. Quizás por haber crecido su obra al abrigo de la revolución, con su acentuada defensa de un estilo accesible para los lectores de cualquier condición, lo cierto es que su prosa responde fielmente al mandato de «escribir para la vida». Una prosa nada hermética ni ensimismada en sus propias mieles, sino al servicio de todo aquel que desee acercarse a ella.

Como última característica, cabría destacar el recurso constante a la anécdota, que permite descargar al texto de un dramatismo excesivo, sobre todo durante la descripción de los acontecimientos más luctuosos de la persecución política.

Y es que como buen cubano, caribeño al fin y al cabo, Díaz Martínez no desaprovecha ninguna ocasión para colar un chascarrillo, alguna anécdota jugosa, a menudo con un punto provocativo, cada vez que las circunstancias lo requieren. Y en este libro, como se verá a continuación, hay muchas que así lo aconsejan.

El «caso Padilla».

Como una liberación interior, pero también como una forma de consolidar el espacio de la libertad. Podría decirse que así es como concibe Díaz Martínez su vocación, su idea del oficio: «Lo del poeta es crear su propio código desde la libertad, a partir de sus convicciones y dudas, de sus esperanzas y temores, y ponerlo en el mundo como se pone en circulación una moneda».

Heberto Padilla foto

Heberto Padilla. (Foto:  Vasco Szimetar.)

En este sentido, Sólo un leve rasguño en la solapa no es solo un testimonio personal, sino también, y lo que no es menos importante —sobre todo en los tiempos que corren, con el fantasma de los totalitarismos campando a sus anchas en el escenario político de todo el globo—, una reflexión acerca de la opresión en los estados autoritarios.

Para el caso, poco importa discutir si el gobierno de esos Estados son de izquierdas o de derechas, pues no se trata de hacer proselitismo político, sino de denunciar que cuando se radicalizan, ambos modelos de Estado acaban siempre con el mismo resultado: la supresión radical de las libertades individuales.

Si hubiese que elegir, de entre todos los sucesos relatados en el libro, aquellos en los que el régimen castrista mostró su versión más deplorable y siniestra, seguramente estaríamos persuadidos de señalar los siguientes como los tres más estremecedores.

El primero de ellos ocurre cuando Díaz Martínez forma parte de un jurado de poesía y la ortodoxia del régimen intenta, primero alejarlo de ese jurado alegando todo tipo de pretextos, y luego coaccionarlo para que no votase a favor el poemario que a todas luces se sabía ganador por su calidad literaria.

El motivo aducido por los funcionarios del régimen en aquella ocasión —que posteriormente se convertiría en una de las más célebres debido a su repercusión internacional— era que el jurado iba a premiar a un escritor supuestamente contrarrevolucionario.

Corría el año 1968 y los «cuadros» del régimen se mostraban tan nerviosos como asustados por el ambiente de apertura política que se estaba propagando en algunas repúblicas controladas por el bando soviético y que desembocó en actitudes abiertamente desafiantes como la «Primavera de Praga».

Con la intención de impedir posibles conatos de desobediencia, o simplemente movidos por una sospecha paranoica, poco antes del fallo del premio literario, los altos cargos del régimen dirigidos por Raúl Castro —en la actualidad primer mandatario de la nación—, hicieron circular el rumor de que si se concedía el premio a ese escritor habría «consecuencias» para los que votaran a favor del poemario.

A estas alturas, muchos lectores ya habrán identificado esta historia ampliamente conocida como el tristemente célebre «caso Padilla», el cual, además de generar fuertes tensiones dentro de la isla entre los intelectuales y el régimen, provocó dos hechos memorables en la historia de la literatura, si bien por causas opuestas.

Por un lado, convocó la que probablemente haya sido una de las listas más largas de escritores —entre los que se encontraban nombres como Susan SontagJean-Paul SartreSimone de BeavoirLuis GoytisoloCarlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y otros escritores de reconocido prestigio a nivel mundial—, que firmaron un manifiesto para mostrar su apoyo a Padilla y, de paso, defender la libertad de expresión y la autonomía de los creadores.

Por otro lado, y aunque este hecho solo se menciona en el libro por encima, sembró la «manzana de la discordia» entre los integrantes del llamado «boom» de la literatura hispanoamericana, separando en dos bandos irreconciliables a sus miembros más conspicuos: el bando que siguió apoyando a la revolución, aunque con reticencias más o menos explícitas, formado por Julio Cortázar y Gabriel García Márquez; y el bando que rompió inmediatamente su compromiso con ella, integrado por Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa.

Manuel Díaz Martínez formó parte de aquel jurado y, a pesar de las presiones institucionales y de los consejos de los amigos, votó por el poemario de Padilla, que fue elegido ganador por unanimidad.

Del «realismo socialista» al «socialismo realista».

El segundo momento álgido se produce en 1971, tres años después del fallo del premio, con el acto de arrepentimiento escenificado por Padilla para inculparse a sí mismo y a sus compañeros de letras por los «errores» contra la revolución cometidos en el pasado. Ni que decir tiene que aquello no fue más que una farsa orquestada por el régimen digna del mejor dramaturgo, para lavarse la cara ante la opinión internacional y, de paso, desacreditar públicamente a sus opositores más acérrimos.

Tampoco hará falta señalar que entre los nombres de aquellos compañeros mencionados por Padilla en su ejercicio de «autocrítica» —resultan grotescos los eufemismos que utilizan las dictaduras para maquillar sus atropellos— se encontraba el de su amigo Manuel Díaz Martínez, quien, a su vez, en aquel mismo acto, culpó de todo aquel desafuero a la dirigencia política por no haber sabido propiciar un diálogo edificante entre ellos y los intelectuales.

En medio de toda aquella «caza de brujas», merece la pena señalar el férreo blindaje que instalan los secuaces del régimen alrededor de Díaz Martínez y de su quehacer literario: de su labor como periodista, después de haber sido destituido de su cargo como director de un importante periódico; de su activismo como poeta, tras haber sido apartado de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC); e incluso, de su propia vocación de poeta, al haber sido confinado a una vida semiclandestina y casi anónima durante más de dieciséis años, sin poder publicar sus libros ni firmar los artículos que escribía ni participar en los actos literarios que se organizaban tanto dentro como fuera de las fronteras de su país.

Seguramente, como él mismo lo ha expresado en varias ocasiones, aquel período de su vida posiblemente fue la constatación más palpable de que una cosa era el «realismo socialista» y otra muy distinta el «socialismo realista».

Camino del exilio.

El tercer y último episodio en esta historia de represión se centra en los actos de repudio que comenzaron a sufrir, en el año 1991, los firmantes de la «Carta de los Diez», una declaración en la que un grupo de intelectuales cubanos de La Habana pedían al gobierno un proceso de diálogo, con la participación de representantes de todas las corrientes ideológicas, con el objetivo de llegar a un consenso sobre las posibles salidas a la crisis nacional.

Aquel texto insistía en los problemas de la nación —algo que la oficialidad del régimen no estaba dispuesta a admitir—, y reclamaba la realización de un referéndum democrático —una opción descartada de plano—, al tiempo que apostaba por el pluralismo político, la libertad de prensa y el respeto a los derechos civiles. De nuevo, el nombre de Manuel Díaz Martínez figuraba entre los incluidos al pie de aquella declaración.

A partir de ahí se volvieron sistemáticos contra muchos de aquellos firmantes los actos de repudio, ejecutados abiertamente o de forma subrepticia, fomentados de manera directa o simplemente tolerados por el régimen: se estrechaba el cerco sobre los intelectuales, se alimentaban las presiones y las humillaciones, se fomentaban las vejaciones.

De todo ello da cuenta Díaz Martínez no solo en esta autobiografía, sino también en un artículo publicado fuera de las fronteras de Cuba, en el periódico El País, «Crónica de un delito anunciado», que denuncia lo que era un secreto a voces para la comunidad internacional desde hacía mucho tiempo: la persecución política y el escarnio público como prácticas habituales del régimen.

El ambiente plagado de tensiones y de desesperanza que se instaló después de la «Carta de los Diez» significó para Manuel Díaz Martínez la decisión de partir al exilio. Tras una breve estancia en la ciudad de Cádiz en el año 1992, Díaz Martínez recaló en Gran Canaria, otra isla igual que la suya, también bañada por el Atlántico. Quién sabe si para ahorra las nostalgias de la distancia.

2011-08-13

[Tomado del blog Viaje a Ítaca.]