Los vericuetos del arte confiscado en Cuba

julio-lobo-casa-y-cuadroFidel Castro y los suyos se dieron prisa con las expropiaciones (Alejandro Ernesto / EFE)

La muerte de Fidel Castro alienta las expectativas de restitución de obras de arte expropiadas en la revolución

 Fernando García
(LA VANGUARDIA, Barcelona, 6/12/2016) A quién pertenecen estas obras de arte? ¿Quiénes son los legítimos propietarios de la treintena de Sorolla exhibidos en el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, cuatro de ellos prestados ahora mismo a una exposición en la casa museo del pintor en Madrid? ¿Y las alrededor de 30.000 piezas de esa misma pinacoteca habanera procedentes de confiscaciones de los primeros años sesenta, a quién pertenecen? ¿Y qué decir del Museo Napoleónico de Lcon sus 7.400 objetos entre obras de arte, muebles, libros, armas, documentos y prendas del emperador francés y de personalidades de su entorno? La respuesta no es fácil en ningún caso.
Fidel Castro y los suyos se dieron prisa con las expropiaciones. Ya el 3 de enero de 1959, dos días después del triunfo de la revolución, los insurgentes crearon un primer Gobierno Revolucionario que incluía un Ministerio de Recuperación de Bienes Malversados. Su titular era Faustino Pérez, uno de los expedicionarios del yate Granma y primeros combatientes en la S ierra Maestra. Él y su equipo se pusieron manos a la obra de inmediato en una vasta operación de nacionalizaciones que en los años siguientes se articuló de manera más organizada a partir de una batería de leyes; entre ellas la n.º 989 de 1961, que estableció la confiscación de las “propiedades abandonadas” por quienes habían dejado el país de manera más o menos forzosa para irse al exilio. Esa norma, derogada en el 2012, fue la que amparó el mayor número de enajenaciones, desde las emprendidas contra los empresarios más ricos y cercanos al dictador Fulgencio Batista hasta otras muchas contra decenas de propietarios de clase media alta. Hubo de todo.
El 11 de octubre de 1960, Ernesto Che Guevara citó en su oficina del Banco Central de Cuba al magnate Julio Lobo, quien hasta quedar desposeído de su fortuna había sido el hombre más rico y con la colección de arte más importante de la isla. Para su sorpresa, en aquella reunión el Che le ofreció dirigir la industria azucarera del país, antes suya en gran parte y ahora del país. “Usted es comunista y yo soy un capitalista de toda la vida. No puede ser”, rechazó Lobo. Al día siguiente, al ir a su despacho para recoger todo lo que pudiera antes de abandonar Cuba, el soldado que estaba apostado a la puerta le dijo: “Ahora le tenemos donde queríamos. ¡Está usted en pelotas! Y él replicó: “Nací en pelotas, moriré en pelotas y algunos de los mejores momentos de mi vida los pasé en pelotas”.
Entre los objetos de la colección que el empresario había dejado tras de sí después de largos años de pasión algo más que fetichista, pues era hombre culto, había porcelanas de Sèvres, pinturas de Regnault, bronces de Thomire y un par de pistolas de Napoleón. Todo lo cual el régimen reubicó en el antiguo palacio de estilo renacentista del militar y diplomático del Gobierno de Machado, Orester Ferrara.
Parecido destino corrieron los patrimonios de los hermanos José y Alfonso Fanjul, emperadores asimismo del azúcar, y de la familia política del segundo, los Gómez-Mena. En las paredes de sus mansiones quedaron, al salir ellos de Cuba, cuadros de G oya, Murillo, Caravaggio, Boucher, Lebrun y numerosos Sorolla. Detrás de una pared falsa de la imponente casa de María Lui sa Gómez-Mena Vila, condesa de Revilla de Camargo y tía de la esposa de Fonsy , sus nuevos guardianes hallaron valiosas joyas y piezas de platería. Los hombres de Castro plantearon ése y otros hallazgos similares como el desmantelamiento de un complot en el que al pecado de acumular riqueza se añadía la vileza de ocultarlo tras la huida. “En cajas de zapatos con decenas de miles de pesos, en vasijas enterradas llenas de joyas preciosas, en paredes tapiadas o closets encubiertos, los malversadores que dejaron el país pretendieron esconder lo que habían robado al pueblo. Lo ocultaron con la esperanza de regresar algún día a Cuba y rescatar esa riqueza. Hubo también obras de arte que pasaron al patrimonio nacional y ahora forman parte de las colecciones que se exhiben en los museos para disfrute y cultura del pueblo”, reza todavía hoy la información oficial al respecto.
Algo conservaron las Gómez-Mena al dejar la isla. Incluido el pánico a perderlo todo. El diseñador francés Herbert de Givenchy lo recordaría muchos años después, entre divertido y malicioso, en entrevista con Vanity Fair: “La condesa (probablemente sobrina de la citada y heredera de su título) siempre venía al atelier con dos mucamas que traían bolsas de plástico llenas de algo pesadísimo. Nos preguntábamos qué demonios llevarían ahí. Y un día nos enteramos de que eran kilos y kilos de zafiros, rubíes, esmeraldas y diamantes. ¡La señora iba con sus joyas a todas partes porque tenía miedo de que se las robaran!”.
La casa de la condesa de Revilla, tras cuyos muros se hallaron aun en 2003 cinco cuadros del siglo XVIII francés, fue convertida en Museo de Artes Decorativas. En él puede verse hoy, también, una parte del legado de Óscar B. Cintas, otro magnate del azúcar además de exembajador de Cuba en las Naciones Unidas, quien había fallecido en 1957 dejando encargada la administración de sus posesiones al Chase Manhattan Bank, con la orden de crear una fundación para becar artistas cubanos. Goya, Velázquez, Murillo, Rembrandt, el Greco y Sorolla son algunos pintores de los que Cintas poseyó una o más obras. Parte de ellas pasaron al Bellas Artes de La Habana y parte se quedaron en Nueva York, donde él pasaba tanto tiempo como en la capital cubana.
Dos Sorolla del legado Cintas dieron lugar a uno de los más sonados litigios entre antiguos propietarios de obras confiscadas por la revolución, o sus representantes –en este caso la Fundación Cintas–, y coleccionistas o subastadoras que, como Sotheby’s en este episodio, participaron en compraventas de pinturas expropiadas en la isla. La misma casa de subastas intervino en la colocación del cuadro Puerto de Málaga, de Sorolla, que había pertenecido a los Fanjul y el Bellas Artes vendió dentro de un lote de cuatro pinturas del valenciano. Tales operaciones, desarrolladas en los años 80 y 90, dieron lugar a ríos de tinta y alguna sorpresa judicial. Pues tanto la Fundación Cintas como los Fanjul encajaron derrotas en tribunales que denegaron sus reclamaciones frente a Sotheby’s. Los demandantes apelarían a la polémica ley Helms Burton, que castiga el comercio con bienes nacionalizados por el Gobierno castrista. Pero se cree que al mismo tiempo iniciaron conversaciones que mantuvieron bajo el mayor de los sigilos.
Porque la vida da vueltas y los negocios son los negocios. Así, hoy, Alfonso Fanjul, gigante del azúcar en Estados Unidos con gran influencia política y amigo del rey Juan Carlos, alienta el proceso de diálogo iniciado por Barack Obama y Raúl Castro y no descarta invertir en la isla.
Los anticastristras más acérrimos incluyen la nacionalización de la colección Lobo como parte del “expolio” o el “saqueo” cubano, pero una de sus hijas, María Luisa, ha mantenido un cordial diálogo con La Habana, y tanto el embajador de Francia como la viuda del último príncipe Napoleón, Alix Foresta, asistieron en 2011 a la reinauguración del museo dedicado al emperador. Todos amigos.
En otros casos menos célebres pero numerosos, la dispersión de piezas vendidas o robadas y luego a menudo subastadas complica no sólo su recuperación sino, para empezar, su localización y acreditación de su propiedad. El cambio de manos empezó a menudo cuando los empleados o familiares que los exiliados había dejado a cargo de sus pertenencias se vieron empujados, muchas veces por necesidad, a ofrecerlas al mejor postor.
Pleitos y procedimientos de demanda hay abiertos no obstante. Y cada vez más desde que en diciembre de 2014 Obama y Castro sellaron el deshielo. No tanto en el ámbito de los bienes culturales como en el de los bienes raíces. Tal como sostiene Isabel Cabarrocas, de la Compañía de Recuperaciones Patrimoniales 1898, radicada en Barcelona y que representa a 250 familias con reclamaciones por casi 1.800 millones de euros, el camino idóneo para la restitución o la obtención de compensaciones es la negociación.
Pero los pactos o resoluciones que puedan resarcir a los afectados tardarán todavía años. Llegarán, si llegan, al ritmo de Cuba.

El luto de Fidel Castro por la muerte de Franco

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Pedro Fernández Barbadillo
(LIBERTAD DIGITAL, España, 1/9/2015) Ahora que el presidente EEUU, Barack Obama, ha anunciado el levantamiento del embargo comercial a Cuba, resulta curioso recordar que la España franquista jamás participó en las sanciones al primer régimen comunista establecido en el hemisferio occidental.
Una vez tomado el poder por los barbudos, en enero de 1959, un año después, el 20 en enero de 1960, se produjo un incidente célebre. Fidel Castro, entonces primer ministro, aparecía en un programa de la televisión y acusó a la embajada de España de amparar actividades “contrarrevolucionarias” y a los conventos de religiosos españoles de ocultar armas. El embajador, el donostiarra Juan Pablo de Lojendio, estaba viendo el programa ya acostado, pero en cuanto escuchó las acusaciones contra él y el régimen que representaba se hizo llevar a los estudios de televisión. Allí trató de intervenir en directo para refutar las mentiras de Castro.
Según el relato de Enrique Trueba, antiguo presidente del Centro Cubano de España, publicado por Juan Jesús Aznárez (El País, 26-7-1990),
Lojendio dijo al moderador: “Un momento, por favor. Vengo a rebatir las acusaciones que se hacen contra la embajada de España”. El moderador le indicó que tenía que pedir permiso al primer ministro, Fidel Castro, a lo que contestó Lojendio. “Esto es una democracia, y el señor moderador es el que dirige”. En ese momento se levantó Castro y exclamó, fuera de sí: “¡Me va a hablar de democracia el embajador de la mayor dictadura de Europa!”. Entonces quitaron la imagen, pero no el sonido, y se escucharon innumerables insultos.
Los guardaespaldas de Castro y varios periodistas de la televisión rodearon a Lojendio. Al día siguiente, el régimen cubano le dio veinticuatro horas para abandonar Cuba.
“No romper con Cuba”
Marcelino Oreja (v. su Memoria y esperanza. Relatos de una vida), que entonces estaba destinado en el gabinete del ministro de Asuntos Exteriores, recibió la noticia de madrugada y se trasladó al domicilio de su jefe para comunicársela. Éste, que era otro vasco, el bilbaíno Fernando María Castilla, telefoneó a Franco.
El general le escuchó pacientemente, y al final, sin ningún otro comentario, se limitó a decir a Castiella: “No romper con Cuba. Le veré esta tarde en el Consejo de Ministros”. Y colgó.
El periodista Aznárez añadió en su reportaje que Franco “nunca premió al impetuoso embajador ni su estrafalaria defensa de los intereses españoles”. Sin embargo, la verdad histórica prueba que en esa misma década Lojendio desempeñó las embajadas de Suiza, Italia y la Santa Sede.
En los años siguientes, las relaciones entre ambos países se mantuvieron al nivel de primer secretario de embajada, pero Madrid no rompió las relaciones comerciales con La Habana, pese a las presiones de EEUU y pese a las confiscaciones que sufrió la colonia española.
El aumento del comercio bilateral condujo a la renovación en 1971 del acuerdo comercial que se había firmado en 1959, instaurado ya el castrismo. Además, en 1975, regresaron los respectivos embajadores.
Con motivo de la muerte de Franco, Castro decretó tres días de luto, que trató que pasasen inadvertidos, pero un periodista de la agencia EFE, Francisco Rubiales, dio la noticia.
Al amanecer del día 21 suena el teléfono y es el embajador de España, Enrique Suárez de Puga, que me comunica la noticia: “Paco: Cuba decreta tres días de duelo oficial por la muerte de Franco”. “No me lo creo, embajador; debe ser una broma”. “Estoy hablando en serio. Tengo aquí delante el decreto oficial, firmado por el presidente Oswaldo Dorticós”. “Lo siento, embajador, pero tengo que verlo con mis propios ojos”. “Vente para la embajada”.
Regresé a mi casa y envié la noticia URGENTE a EFE, que la rebotó de inmediato por todos sus canales. Días después pude poner en pie toda la historia: Cuba decretó duelo oficial, pero quiso mantener esa comunicación en niveles privados para quedar bien con España y, al mismo tiempo, evitar un escándalo internacional. Nadie había previsto que un periodista lanzara la noticia.
Elogios del Comandante al Caudillo
En septiembre de 1978, Adolfo Suárez, presidente del Gobierno español, realizó una gira a Venezuela y Cuba. La escala en Cuba era la más destacada, porque la dictadura comunista, implicada en terrorismo y agresiones militares, estaba sometida a un aislamiento diplomático por parte del mundo libre.
Inocencio Arias (Los presidentes y la diplomacia) revela que Fidel Castro, en una rueda de prensa en la que se coló, porque estaba reservada sólo para Suárez,
hizo en un encendido elogio del anterior jefe del Estado español que, entonó, había resistido las presiones del imperialismo yanqui para cortar los contactos con Cuba. Franco se negó a eliminar los vuelos de Iberia y pocos años antes había firmado un voluminoso contrato de compra de azúcar con La Habana.
Los periodistas españoles se quedaron pasmados, tanto que ninguno de los grandes periódicos, ABCEl País o La Vanguardia, recogió la anécdota.
Incluso Marcelino Oreja, que acompañó a Suárez en ese viaje como ministro de Asuntos Exteriores, disimula en sus memorias las palabras de Castro y elimina la molesta mención al innombrable Franco.
Encomió el proceso político seguido por nuestro país y el esfuerzo del rey de España y el presidente Suárez, y mostró su reconocimiento por nuestra solidaridad cuando España se resistió a las presiones de Estados Unidos y no aceptó el bloqueo (sic), a pesar de las diferencias políticas entre los dos países.
Unos años más tarde, en un libro publicado en 2006 (Fidel Castro. Una biografía a dos voces), repitió los elogios a Franco.
Fue una actitud meritoria, que merece nuestro respeto e incluso merece, en ese punto, nuestro agradecimiento. No quiso ceder a la presión norteamericana. Actuó con testarudez gallega. No rompió relaciones con Cuba. Su actitud fue firmísima.
La actitud de Franco respecto a Cuba se suele atribuir a varias razones. Una fue la aplicación estricta de la Doctrina Estrada en Derecho Internacional y que se resume en que los Estados mantienen relaciones entre sí con independencia de los Gobiernos. El régimen del 18 de Julio reclamaba para sí esa doctrina. Otra, que España, uno de cuyos pilares en política internacional era la comunidad hispanoamericana, no podía romper con uno de esos miembros, pasase lo que pasase. Y la tercera, que Madrid quería evitar que Cuba se convirtiese en un centro de actividades antifranquistas, como ya lo eran México, que reconocía al decrépito Gobierno republicano y no mantenía relaciones diplomáticas con España, y Venezuela.
Paradojas de la política, el lenguaraz Fidel Castro, del que no sabemos si sigue vivo, suele cambiar los elogios por insultos y viceversa en función de su humor, de su audiencia y de sus intereses. En el último libro citado, insultó a José María Aznar tildándole de “franquista”, “reaccionario” y “heredero del fascismo”. ¿No habíamos quedado en que Franco había sido amigo de Cuba?
Peor fue el chorreo que le cayó a Felipe González, al que Fidel atribuyó haber contribuido a hundir la URSS:
Los primeros consejeros de Gorbachov fueron la gente de Felipe. (…) Yo hacía rato que me sabía de memoria que Felipe no tenía nada de socialista, en absoluto. Y Felipe feliz, estaba mandando a su gente a asesorar allá a Gorbachov.

Entrevista a MDM en La Provincia

MANUEL DÍAZ MARTÍNEZ: “ME TEMO QUE LA MUERTE DE FIDEL CASTRO NO CAMBIARÁ NADA EN CUBA”

mdm-foto-la-provincia-entrevistaManuel Díaz Martínez (Santa Clara, Cuba, 1936) tuvo que dejar su tierra y venir a Canarias hace casi 25 años, tras cuestionar al gobierno de Castro como firmante de la Carta de los Diez. Cree que la muerte de Fidel no traerá ningún cambio.

Cira Morote Medina

LA PROVINCIA, Las Palmas de Gran Canaria, 27/11/2016

¿Qué sintió en el momento en el que supo que había fallecido Fidel Castro?

Ni tristeza ni alegría, porque este hombre ha estado tanto tiempo haciéndonos daño, que el hecho de que se muera ahora no creo que vaya a cambiar nada en Cuba. En realidad hace diez años que estaba fuera de combate, y en el plano personal de los cubanos que nos sentimos agraviados por él, lo mismo da que siga existiendo como que no. No me alegro de la muerte de nadie, pero eso no es un castigo, es un hecho natural, lo que me hubiera gustado es sentarlo ante un tribunal.

¿Llegó a conocerlo?

Sí, cuando se le otorgó en Cuba la Medalla José Martí a Rafael Alberti. Yo era muy amigo del poeta y cuando llegó a Cuba yo ya estaba vetado, pero él preguntó por mí, y me invitaron al Palacio de la Revolución. Allí, sentado, conversando con Alberti, llegó Fidel y Alberti fue quien nos presentó. “¿Usted conoce al poeta?”, le dijo. Y él contestó: “No, no tengo el gusto”. Entonces Rafael le explicó que yo era un poeta cubano. Fidel me preguntó mi nombre y entonces me dijo: “Ah, sí, tu nombre me suena. Has escrito cosas en el Granma”. Tenía una memoria prodigiosa, me dio la mano y eso fue todo.

¿Tuvo la oportunidad de decirle lo que pensaba de su forma de gobernar?

No, no tuve esa oportunidad.

¿Y le hubiera gustado?

Pues sí, me hubiera gustado mucho podérselo decir.

¿Cómo lo definiría?

Como un hombre muy inteligente y muy inescrupuloso. Esas dos cosas unidas son terribles, como dos armas de fuego que se juntan. Fue un hombre muy ambicioso y narcisista. En una entrevista que me hicieron para un periódico latinoamericano me hicieron la misma pregunta y contesté: “Es el actor más grande del siglo XX”. Era un animal político, lo que le interesaba era vencer, siempre vencer a sus enemigos.

En un primer momento usted creyó en la Revolución. ¿Dejó de hacerlo cuando firmó la Carta de los Diez o antes? ¿Y cuáles fueron las razones de esa decepción?

Fueron muchas las razones. Evaluaba las cosas que no me gustaban, pero siempre confié. Me decía, es un hecho humano, se cometen errores, pero se puede mejorar. Daba un plazo para que se solucionaran las cosas, pero sucedieron hechos muy desagradables que me hicieron comprender que no había nada que hacer. Lo peor que hizo Castro con Cuba y Latinoamérica fue traicionar una revolución en la que muchos millones de hombres confiamos, al convertirla en algo diferente de lo que decía. Fue una decepción muy grande.

¿Por la falta de libertad de expresión?

Por ahí se empieza, eso hace imposible expresar un pensamiento útil para que no se cometan errores. Las críticas eran recibidas por Fidel como ataques a la Revolución. No entendía que se podía disentir desde dentro y a favor. Privó a los cubanos de la iniciativa personal y el pensamiento propio. Si usted priva a todo un pueblo de la iniciativa personal y la posibilidad de emitir opiniones está desarmando a todo un pueblo. Por muy brillante que sea una persona, no puede sustituir la mente de millones de personas. Para ser revolucionario a sus ojos había que ser un criado de él.

¿Cuándo decide irse? ¿Recuerda ese momento exacto?

Sí, cuando firmé la Declaración de Intelectuales Cubanos/Carta de los Diez. Nos dirigíamos al gobierno para pedir medidas que evitaran lo que se nos venía encima, que era el Período Especial, cuando desapareció la Unión Soviética. Pasando por encima de la costumbre de ver toda crítica a la Revolución como un ataque, decidimos hacer ese documento donde pedíamos la libertad de los presos políticos, la creación de un diálogo nacional, pensaran como pensaran los actores, medidas económicas, etcétera. Nos reprimieron y todos tuvimos que ir saliendo. A mí me dieron 48 horas para abandonar el país.

¿Por qué eligió España?

Porque aquí tenía muchos amigos, entre ellos Diego Talavera [periodista y exdirector de LA PROVINCIA], que me llamaban para ver si estaba bien. Además, era mi idioma y mi cultura.

¿Cuba hubiera sido la misma sin el bloqueo norteamericano?

No hubieran sido las cosas como fueron sin el bloqueo, porque hizo alguna mella en la economía cubana, pero no fue decisivo, no fue lo que provocó el descalabro. Cuando el bloqueo existía estaba la ayuda soviética, que era de cinco mil millones de dólares anuales. Por otro lado, Cuba podía comerciar con el resto del mundo y de hecho lo hacía. Además, los Estados Unidos nunca incluyeron la venta de alimentos y medicinas en el bloqueo, sólo que imponía que tenía que hacerse la transacción pagando en efectivo y por antelación.

Se dice que la educación y la sanidad en Cuba son lo más positivo de la Revolución.

La enseñanza es buena, es cierto, y la Medicina en Cuba lo es y lo era desde mucho antes, desde el siglo XIX. Los médicos cubanos siempre han sido buenos y eso permanece.

¿Qué le parece el aperturismo que ha iniciado Raúl Castro?

Podría ser bueno si existiera la voluntad política, pero lo cierto es que después del restablecimiento de las relaciones con Estados Unidos la represión y la emigración han crecido en Cuba.

¿Por qué?

La represión para evitar que los descontentos puedan reorganizarse para resistir al régimen, aprovechando la situación de buenas relaciones con Estados Unidos.

¿Cómo haría una transición hacia un sistema democrático?

Abriendo gradualmente la economía, permitiendo la prensa libre y la formación de partidos políticos.

¿Y con reconciliación nacional?

Debe haber generosidad y sentido común para no prolongar el enfrentamiento violento e irracional. Pero los que hayan cometido delitos de sangre, deben ser juzgados.

¿Quiere volver a Cuba?

No, la muerte de Fidel, si tiene resultados, no los veo todavía. Todo queda ahora en manos de los mismos, que se están configurando como una monarquía hereditaria. Raúl está formando a su hijo para gobernar. Es una casta familiar, que dará paso a una casta militar, que ya está dominando la economía. Poco a poco se transformará en un régimen de capitalismo de Estado, como China y como la Italia de Mussolini, salvo que los dioses nos protejan.

Oración de Gettysburg

Abraham Lincoln, decimosexto presidente de los Estados Unidos, pronunció su más célebre discurso, conocido como “Oración de Gettysburg”, un dia como hoy, hace 153 años. Lo pronunció en el sitio, Gettysburg (Pensilvania), donde el ejército del norte democrático y unitario derrotó definitivamente al del sur esclavista y secesionista. Dos años más tarde, un fanático sureño asesinaría a presidente Lincoln, de quien el poeta Walt Whitman nos dejó esta imagen: “Veo al presidente casi todos los días, puesto que vivo por donde él pasa cuando va o viene de su residencia, en las afueras de la ciudad. Nunca se queda a dormir en la Casa Blanca cuando aprieta el calor, sino que lo hace en unas dependencias menos malsanas, a unas tres millas al norte de la ciudad, en el Hogar del Soldado, unas instalaciones militares de los Estados Unidos. Lo he visto esta mañana, hacia las ocho y media, en la avenida Vermont, cerca de la calle L, cuando se dirigía, a caballo, a su despacho. Siempre lo escoltan veinticinco o treinta jinetes, con los sables desenvainados al hombro. Dicen que esta guardia lo acompaña contra sus deseos, pero ha dejado que sus asesores impusieran su criterio. Ni los uniformes ni los caballos de la escolta llaman demasiado la atención. El Sr. Lincoln suele montar un caballo gris de buen tamaño y fácil manejo, y viste enteramente de negro. Remata la ropa, algo raída y polvorienta, un sombrero de copa también negro. Parece, por su indumentaria, y en todo, el más corriente de los hombres”.
ORACIÓN DE GETTYSBURG
Hace ocho décadas y siete años, nuestros padres hicieron nacer en este continente una nueva nación concebida en la libertad y consagrada al principio de que todas las personas son creadas iguales.
Ahora estamos empeñados en una gran guerra civil que pone a prueba si esta nación, o cualquier nación así concebida y así consagrada, puede perdurar en el tiempo. Estamos reunidos en un gran campo de batalla de esa guerra. Hemos venido a consagrar una porción de ese campo como último lugar de descanso para aquellos que dieron aquí sus vidas para que esta nación pudiera vivir. Es absolutamente correcto y apropiado que hagamos tal cosa.
Pero, en un sentido más amplio, nosotros no podemos dedicar, no podemos consagrar, no podemos santificar este terreno. Los valientes hombres, vivos y muertos, que lucharon aquí lo han consagrado ya muy por encima de nuestro pobre poder de añadir o restarle algo. El mundo apenas advertirá y no recordará por mucho tiempo lo que aquí decimos, pero nunca podrá olvidar lo que ellos hicieron aquí. Somos, más bien, nosotros, los vivos, los que debemos consagrarnos aquí a la tarea inconclusa que, aquellos que aquí lucharon, hicieron avanzar tanto y tan noblemente. Somos más bien los vivos los que debemos consagrarnos aquí a la gran tarea que aún resta ante nosotros: que, de estos muertos a los que honramos, tomemos una devoción incrementada a la causa por la que ellos dieron hasta la última medida completa de celo. Que resolvamos aquí, firmemente, que estos muertos no habrán dado su vida en vano. Que esta nación, Dios mediante, tendrá un nuevo nacimiento de libertad. Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparecerá de la Tierra.
ABRAHAM LINCOLN

¿Quién vive en una burbuja?

Elvira Lindo
(EL PAÍS, España, 19/11/2016) En estos días de análisis poselectorales, que son aquellos en los que puedes quedar como un portento de la perspicacia ya que cuentas con la ventaja de conocer el resultado del partido, en estos días, se habla de burbujas. Son días burbujeantes. Se habla de esa gente naif, que vive en su confortable burbuja, que consume cultura para sentirse elevada, que participa con organizaciones humanitarias sin salir de casa para serenar su corazón y que no ve la vida real.
Los que viven en una burbuja suelen ser urbanitas, van al cine con cierta frecuencia, picotean a diario varios medios para tratar de entender el mundo y creen, serán idiotas, que la base de la justicia social está en igualar desde abajo, desde la educación primaria. Los burbujitas son de la opinión de que la televisión pública ha de distinguirse en fondo y forma de la comercial. Los burbujas creen que si hay algo que crea ciudadanos es el buen periodismo, ese periodismo local que conoce el terreno que pisa y llama puerta a puerta para preguntar.
Cuando ocurre que un tipejo como Donald Trump gana las elecciones, los enemigos de la cultura se parten el pecho y señalan a los habitantes de la burbuja como si fueran idiotas, inocentones, bobos. Desde un punto de vista reaccionario se mofan de aquellos que miran el mundo con profunda preocupación (qué pena que Savater se apunte tan irracionalmente a esas risas), y desde cierta izquierda se les acusa de vivir burbujeando, con sus suplementos y sus documentales, y no salir más allá de la frontera de la ciudad para ver cómo es la clase obrera real. Ser un “burbujas” hoy, según nos pintan, es algo que se ha de llevar en secreto porque la cultura empieza a ser algo mal visto. Como si formaras parte de una logia masónica.
El caso es que, perfectamente cándidos, vimos esta semana en la tele pública americana un documental sobre Rikers, una isla prisión, al norte de Nueva York, donde se hacinan presos preventivos, algunos de ellos detenidos por entrar en el metro sin pagar o por un hurto callejero, esperando a que les llegue el juicio. Como sus familias no tienen dinero para la fianza, ellos esperan, a veces años, y los que no sabían lo que era la violencia, las bandas o la droga, lo aprenden allí para sobrevivir. Todos los que aparecen en el documental son negros o latinos. No es extraño dado que el 37% de la población reclusa en América es negra, siendo los afroamericanos solo el 12% de la población del país.
¿Cuál es la conclusión que sacan esos pequeños burgueses que viven en la burbuja urbana de este gran trabajo documental? Que el problema negro no se ha resuelto, que sigue habiendo racismo y segregación, que no es casualidad que la exclusión social se centre, sobre todo, en poblaciones no blancas. Inagotables en su afán de mirar el mundo desde su vida algodonada, los burbujillas van al cine, a ver un documental recién estrenado que cuenta la vida de John Coltrane, una vida que se asemeja a la de tantos negros que crecieron en la segregación pero que salva su destino gracias a un originalísimo talento musical. Hubo un momento de silencio casi religioso en la sala: cuando Coltrane compone e interpreta Alabama, honrando a esas cuatro niñas que en 1963 murieron durante un servicio religioso en una iglesia de Birmingham (Alabama) por una bomba que hizo estallar el entonces muy activo Ku Klux Klan. Mientras sonaba esa melodía, que es la expresión del dolor, veíamos en pantalla a los encapuchados blancos, sus hogueras, sus capuchones recortados en el azul de la noche.
El cine estaba lleno, una sala grande abarrotada de esos burbujas que, según se dice, no quieren enterarse de lo que ocurre fuera. El elocuente silencio contenía no solo el dolor por unos hechos que tienen mi edad, que ocurrieron hace no tanto, sino porque estoy segura de que todos los espectadores tenían en mente que esa organización racista, antisemita, supremacista blanca, es hoy legal y ha apoyado a Trump en su campaña. Cuando llegué a casa busqué en Google. No era la única. Ese nombre, Ku Klux Klan, ha sido uno de los más tecleados en los últimos tiempos con esta pregunta: ¿Es legal el KKK? Como ha ocurrido siempre, poco a poco todo va dando igual. El señor Trump irá legitimando su presidencia a fuerza de hacerse fotos con dirigentes internacionales que encontrarán en él a un pragmático, a un tipo campechano. El poder limpia hasta lo más puerco. Pero lo que yo me pregunto es quién vive hoy dentro de una burbuja, si los que buscamos desesperadamente una explicación a esta deriva del mundo o los que alimentan su espíritu solo de páginas mentirosas o sectarias que les confirman su cerrazón y les hacen vivir temiendo y abominando de cualquiera que no se les parezca.

El último amor de Paul Valéry

valery-fotoPoeta de gélida perfección, Paul Valéry (1871-1945) cayó fulminado, al final de sus días, por una suerte de amor fou terrible y total. Su musa, 30 años menor, acabó abandonándole. Dos meses después, Valéry moría dejando un conjunto de 150 poemas inéditos, Corona & Coronilla, rescatados en Francia el año pasado y que lanza ahora Hiperión en versión del propio editor, Jesús Munárriz. El Cultural rescata su historia y anticipa los versos más encendidos.

Blanca Berasátegui

(EL CULTURAL, EL MUNDO, España, 17/11/2016) Amor hasta la víspera de la muerte. El poeta Paul Valéry vivió los últimos siete años de su vida una intensa y secreta historia de amor, que le colmó de ternura, de poesía y desgarro, por este orden. Su amada, Jeanne Loviton, novelista, independiente, culta y de ajetreada vida sentimental, le hizo tensar al poeta su vena más lírica y escribir al final de su vida centenares de poemas de amor, desconocidos e inéditos desde entonces. Muchos de ellos, hasta 150, han sido recogidos en el libro Corona & Coronilla (en español en el original), que publicará Hiperión en edición bilingöe dentro de unos días.

Él tenía 67 años y ella 35. Fue en París y en 1938 cuando se conocieron. Paul Valéry era ya por supuesto el gran poeta y el influyente pensador que fue, y Jeanne Loviton (“Jean Voilier” firmaba sus novelas) era una abogada divorciada, dueña de editoriales jurídicas y de un largo y documentado recorrido amoroso entre conocidos escritores de la época. De repente, todo cambia. Un Valéry distinto, otro hombre, bien lejano del agudo poeta cerebral, amante de disquisiciones filosóficas y científicas, se nos revela en Corona & Coronilla. Aquí está el Valéry enamorado y sensual, hipersensible, el hombre inseguro y temeroso de perder lo alcanzado: “ oh triunfo de mi ocaso, que doras mi crepúsculo con mirada de amor”. Cuando Jeanne lo abandonó, siete años más tarde, para casarse con el editor Robert Denoël, acusado por cierto de colaboracionista y más tarde asesinado, el poeta sólo sobrevivió dos meses a su tristeza.

¿Por qué estos poemas de amor de Valéry han quedado hasta ahora descolgados de su bibliografía? Poco comprensible, porque los especialistas de Valéry conocían su existencia y, sobre todo, porque el poeta, con su lucidez intelectual intacta, los corrigió y dejó escrito que “hay buenas cosas en este montón, este pobre montón de horas devotas y cantarinas… Sí que valió la pena. Forma un conjunto como no hay otro, creo, en nuestra poesía”.

El editor y traductor de la obra, Jesús Munárriz, achaca el secretismo que rodeó la existencia de estos poemas a que “su musa fuera una persona conocida y muy controvertida, una mujer envuelta en escándalos -Celine incluso le acusó de ser cómplice del asesinato de su marido- y que además viviera mucho tiempo”. Lovitón murió en efecto en 1996, con 93 años.

Los originales de los poemas, muchos más de los que se publican ahora, (algunos han sido censurados por “excesivamente explícitos”, según el editor francés, que no tuvo fácil el permiso de su publicación) fueron subastados y vendidos a las universidades de Austin (Texas) y Keio ( Japón). Quedan, al parecer, miles de cartas que algún día verán la luz.

La publicación de Corona & Coronilla es pues un acontecimiento y dibuja de otro modo el retrato de un hombre siempre atento a su proceso mental y creador. Ni rastro de estos poemas en sus Cuadernos, ese gran diario intelectual -28.000 páginas- que el poeta fue escribiendo dia a dia, “entre la lámpara y el sol”, durante 51 años. Ahora sabemos que había más. Estaban ocultos sus poemas de amor, “tesoros ciertos que funden los cuerpos”.

[QUERIDO VENENO MíO]

¡Querido veneno mío,
todo, todo en ti, la carne,
la profunda cabellera,
la Venus de tu garbeo
y la Psique de tu espíritu,
y el corazón que me entiende,
que parece responderme,
todo en ti, todo me quema,
me enloquece por unirme
a ese caudal de emoción!

[LO SIENTO, AMOR, PERO NO…]

Lo siento, amor, pero no, no son flores,
rosas no son, ni crespos crisantemos,
son versos que imaginan que me amas,
versos sin más, tontos como las lágrimas.

Lo siento, amor, no son flores, tampoco
claros diamantes ni piedras de color
para entibiarse con tu dulce calor;
son versos que a tu paso voy sembrando.

Los voy robando a esa punzante pena,
pena por ti que siempre hacia la noche,
no importa dónde esté, festivo el rostro,

se hinca en mi ser y lo hace estremecerse…
Ah si pudieran, tan pronto como se hacen,
huir de mi cabeza hacia tu corazón…

A LA PROFUNDA ROSA

Umbría y honda rosa, fragante gruta en sombra,
oh Rosa de placer, cuyo placer es llanto,
rosa húmeda a la espera de una caricia errante
por sus bordes de cáliz donde la carne es flor,

con tu agua deliciosa, oh blanda Rosa, embriaga,
hasta el divino exceso de la dicha animal,
a un corazón que huyendo de la horrible aventura
de vivir, el veneno de su extraño mal bebe…

Deja que en ti se fundan los labios favoritos
cuya labor tan tierna y sinuosa aviva
en ti cada vez más, siempre más dulcedumbre;

mientras que la belleza que te lleva palpita
y palpitante inspira una ternura hermana
que su suspiro llama y que se precipita…

[ERA HERMOSA, CON UN CORAZóN LLENO…]

Era hermosa, con un corazón lleno de contrastes:
le gustaban los patos, el amor, los pederastas
que llevan el correo en bandeja de plata.
Seguía los cursos de los Maestros, pero soñando
en una lección bien distinta, en claridades menos austeras,
en tales enseñanzas de otras complementarias,
en tal saber, seguido en la sombra, de un suspiro.
Era tierna. Era dulce acurrucarse
voluptuosamente, como una gata, en Ella.
Ver cómo iba muriendo el día en su pupila
muy cerca, y esperar en silencio el amor.

[DE TUS FRUTOS, OH JEANNE, FRESA…]

De tus frutos, oh Jeanne, fresa, durazno, almendra,
conocemos el tierno y potente sabor:
son frutos que han crecido gracias a tu fervor,
que se aprietan, se muerden, se chupan, beben, besan.

El jugo de Ternura más el zumo de Amor,
mientras va canturreando el alma con el alma,
al exprimir tus frutos, uno brota, otro cae,
y tanto uno como otro en tu sedosa estancia.

IL DISPERATO

Lo que será, pronto ya no será;
mañana está muriendo en este mismo día:
detrás de mí, que perderé lo que amo,
huye en verdad el flujo del tiempo por venir.

Días que llegaréis, estáis ya concluidos,
gentes que naceréis, hijos que el amor siembra
en el futuro con colores de poema,
muertos estáis, pues viviréis superfluos.

La vida es rica en falsa pedrería;
si acaece que la hora te sonríe
detén a la esperanza, una vieja fulana:

bajo su maquillaje mira la eterna mueca,
retén tu boca, o teme que al llegar la mañana
descubras que has besado a una inmunda babosa.

Con Alejandro González Acosta: sobre Dulce María Loynaz y “La Dama de América”

 

“Cuba es una gran trampa. Huye cuando puedas, antes que sea tarde. Yo me demoré demasiado…”, le dijo Loynaz al autor de La Dama de América

2013-05-15

Dulce Mª Loynaz en su casa habanera

Félix Luis Viera, Ciudad de México

(CUBAENCUENTRO, 14/11/2016) Alejandro González Acosta nació en El Vedado, La Habana, en 1953 y desde 1987 reside en México. Doctor en Letras Iberoamericanas por la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), con Mención Honorífica. Es Investigador Titular del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, que coordina la Biblioteca y la Hemeroteca Nacionales de México, y Catedrático de la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. En 1983 ingresó como Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua y es Miembro Correspondiente Hispanoamericano de la Real Academia Española.

En la actualidad dirige el Proyecto Internacional de Investigación acerca del poeta cubano-mexicano José María Heredia, sobre el cual ha publicado cuatro libros y otros que vienen en camino.

Entre las condecoraciones y premios que ha recibido, se encuentran la de la Benemérita Sociedad de Geografía y Estadística de México, la Legión de Honor de México, la Academia Mexicana de Heráldica y Genealogía y la Sociedad Cultural Sor Juana Inés de la Cruz, y otras. Además, recibió del presidente mexicano Ernesto Zedillo Ponce de León la ciudadanía mexicana “por señalados servicios al país en la educación y la cultura”, en 1996.

Recientemente, González Acosta ha publicado, por la Editorial Betania, en España, La dama de América, una recopilación de los textos por él escritos durante más de 30 años sobre su admirada amiga Dulce María Loynaz (DML), poetisa cubana (1902-1997), que obtuviera, entre otros lauros, el Premio de Literatura en Lengua Castellana “Miguel de Cervantes Saavedra” en 1992, y quien es considerada una de las voces fundamentales de la poesía en lengua española del pasado siglo.

En La dama de América, González Acosta nos entrega asimismo, al detalle, el fresco de un importante segmento de la historia cultural de la Isla durante el último medio siglo, así como testimonios de primera mano sobre la creación y el quehacer vital de DML, lo cual incluye las cartas que la poetisa le enviara a quien llamaba su “Benjamín”, toda vez que González Acosta resultaba el miembro más joven, con 29 años de edad, de la Academia Cubana de la Lengua, cuando DML se desempeñaba como directora de esta institución.

Llama la atención en esta recopilación que, en los variados textos que la conforman, Alejandro González Acosta expresa su alta admiración por DML, pero no la glorifica, ni la idealiza, sino que establece una valoración todo lo imparcial deseable sobre la obra y vida de la insigne cubana.

En La dama de América hallaremos referencias tanto sobre las personas que apoyaron a DML en sus momentos más difíciles, como de aquellos que, de una otra manera, la obviaron o aun la agredieron.

González Acosta conversó con CUBAENCUENTRO sobre La dama de América y también acerca de ciertos aspectos de la realidad cubana de ayer y de hoy.

Luego de leer La dama de América me queda la impresión de que eres uno de los intelectuales vivos que más conocimiento tienen sobre la obra y vida de DML, un gran privilegio sin duda. No obstante, en este libro —de una minuciosidad de altos quilates—se advierte además que indagaste a fondo en uno y otro de los aspectos que lo conforman. Si bien son piezas diversas, hallamos suficiente unidad de estilo. Las preguntas son: ¿cuánto debiste trabajar para darle condición de totalidad a los temas tratados? y ¿acaso debemos esperar otro volumen de tu autoría sobre DML?

Este libro es el resultado de más de 30 años de cercanía, personal y literaria, con DML. En realidad, a la hora de considerar reunir todos los textos en un volumen, asumí en general un orden cronológico, pensando que quizá pudiera interesar a los estudiosos de la poetisa, sobre todo de una época donde ella estaba muy apartada de los reflectores, y cuando muy pocos se atrevían a acercarse a ella y menos a tratarla, por los problemas que podía ocasionar esa relación.

En este momento, al menos, no creo escribir otro libro sobre Dulce María: cuanto tenía para decir y para contar, ya lo he dejado aquí, a menos que fuera necesario por otras circunstancias.

En tu libro igualas a DML con poetisas latinoamericanas de la talla de Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni o Delmira Agustini… ¿Dónde la situarías en el contexto de la poesía cubana, tanto la escrita por mujeres como por hombres?

En realidad, mucho antes y mejor que yo, esa equivalencia la señalaron las propias autoras que la conocieron (como Gabriela o Juana) y críticos tan sólidos como Onís y Juan Ramón Jiménez, entre muchos más.

Creo que a Dulce María le gustaría que cuando se valorara su obra no pesara el género como criterio de juicio. Ella insistía siempre en que era poetisa, no poeta —como se ha puesto de moda decir, empobreciendo la riqueza del título— y que, si había que precisarla más, se sentía como hembra y como tal escribía, lo cual para ella no era superior ni inferior a la poesía escrita por hombres, sino diferente. Y como otros muchos grandes escritores, ella no creía en la literatura “con sexo”, sino que esta podía ser solo mala o buena.

“Distanciada del mundo en un silencio más revelador que muchas palabras, Dulce María se dedica al trabajo tenaz, callado y muchas veces incomprendido de la Academia Cubana de la Lengua”, afirmas en La Dama de América¿Podrías abundar sobre el origen de esta decisión de DML, quien, por otra parte, y consta en una de las cartas que te enviara, se lamenta: “He perdido tres décadas de mi vida en que pude crear algo valioso para Cuba y ahora, aunque quiera, no puedo hacerlo. Como Vd. debe saber, el tiempo es tal vez el único bien irrecuperable”?

En numerosas pláticas que sostuvimos en su casa o en su ruinoso jardín, ella se sinceraba conmigo y confesaba que sentía que su vida había sido en vano. Primero, aferrada a un país que le resultaba hostil por su política violenta, y segundo, por la vulgaridad circundante. Una tarde me miró fijamente y dijo: “Cuba es una gran trampa. Huye cuando puedas, antes que sea tarde. Yo me demoré demasiado…”.

La abnegada, generosa y, pocas veces dicho, valiente labor que desempeñó en la Academia, ahora ha sido maquillada por los cosmetólogos culturales del régimen en la Isla. Ella peleó por sostener esa institución, no solo sin ningún apoyo y de su peculio, sino amenazada por pertenecer a “una pandilla de batistianos” como se llegó a decir. Y eso era sin duda un peligro amenazante. Contra vientos y mareas (y hubo vientos muy fuertes y mareas tremendas), Dulce María sostuvo la Academia con enorme empeño y valor.

En tu libro, en varias ocasiones te refieres a Lucía Sardiñas, exfuncionaria del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, quien apoyara a DML en varios aspectos. Así, expresas: “No puedo olvidar mencionar, por gratitud y justicia (…) a la admirada y aún en la distancia muy querida Lucía Sardiñas, quien calladamente, como es su estilo, empezó a mover los complejos y delicados hilos para que se restituyera a Dulce María el lugar que le correspondía”… La pregunta: ¿debemos tomar como atípica la actitud de Lucía Sardiñas, en tanto dirigente dentro del sistema político existente en Cuba?

Sin duda será manido, pero justo, recordar que Martí dijo “Honrar, honra”. Y yo, al reconocer lo que hizo Lucía Sardiñas por Dulce María —y por muchas personas más, incluido yo mismo— creo cumplir con decir la verdad. Otros han robado miserablemente el mérito que le corresponde a Lucía, y se cuelgan medallas ajenas. Y ella, tan activa como modesta, calla y solo sonríe.

Pero fue Lucía Sardiñas quien logró que Dulce María tuviera una alegría que para ella resultó mayor que el mismo Premio Cervantes: ver publicadas las Memorias de la guerra, de su padre, el General Enrique Loynaz del Castillo, que estuvieron vetadas durante muchos años y que ella transcribió y preparó. Recuerdo los nombres de quienes las vetaron, pero no viene al caso. También Lucía resultó una persona decisiva para que a Dulce María se le otorgara el Premio Nacional de Literatura, a pesar de la feroz oposición de algún personaje.

Otro momento difícil en la vida de DML sucede en 1980, cuando en el país se llevan a cabo “actos de repudio” contra todo aquel que tuviera planes de abandonar la Isla o, como en el caso que nos ocupa, imaginasen las turbas que así podría ser. DML y su familia resultaron víctimas de un acto de repudio. “¡Gusanas! ¡Apátridas! ¡Que se vaya la escoria!”, les gritaban algunos vecinos y estudiantes, según consta en tu libro. Como en la introducción de La dama de América avisas que no has cambiado nada del contenido original de los textos, hoy, 36 años después, ¿agregarías algo sobre aquel hecho?

Dulce María, Flor, Angelina y las otras mujeres de la casa se aterraron lógicamente cuando en aquella terrible época se mostró tan descarnada y cínicamente la esencia fascista del régimen. Los que padecimos esos meses en Cuba recordaremos siempre el ambiente de histeria, de odio, de violencia, de envidia y de rabia que se respiraba por todos lados. Y no olvidaremos los abusos horribles contra mujeres, ancianos, y hasta niños, por el “terrible pecado” de querer huir de ese infierno.

Hoy no ha cambiado nada. Con su actitud digna y aislada en su casona, sin aceptar “integrarse” al CDR (Comité de Defensa de la Revolución (organización que opera a nivel de cuadra), Dulce María resultaba una figura molesta, incluso ofensiva, porque vivía con dignidad, y eso no les caía bien a muchos. Así que decidieron agredirla, y acudimos Eusebio Leal —que en esa época era todavía una persona no aceptada plenamente por su condición de católico— y yo, para convencer a aquella turba que dejaran de agredir a esas ancianas que, además, eran hijas del último general mambí.

Después supe que la mayoría de las vociferantes eran estudiantes becarias de enfermería que vivían en una casa enfrente, quienes fueron azuzadas por un oscuro presidente del CDR que al parecer ambicionaba quedarse con la casa de Dulce María. Pero ya ésta tenía un temprano “entrenamiento”: en las décadas de 1960 y 1970 su casa fue allanada varias veces por la policía política, buscando “joyas, dólares y una caja fuerte repleta de tesoros”, que cuando abrieron a mandarriazos, estaba frustrantemente vacía.

Llama poderosamente la atención un pasaje de La dama de América en el que describes la inauguración de la casa del Nuevo Cine Latinoamericano, cuya sede sería la “Finca Santa Bárbara”, que DML vendiera al Gobierno revolucionario para tales propósitos. Narras que el colombiano premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, presentó a Fidel Castro —quien se hallaba junto a él— como “el cineasta menos conocido del mundo”. En el mismo pasaje expresas que el escritor colombiano agregó que “los pueblos latinoamericanos tenían el derecho de producir y exportar drogas a EEUU, para compensar todo lo que le habían robado a nuestros países, y también para minar su juventud y que no pudieran tener soldados para combatirnos”, mientras Castro lo miraba complacido. He buscado referencias y lo que aquí afirmas no consta en un texto definido. ¿Podrías aclarar lo que consideres?

Por supuesto que no apareció nada. Sola una escueta nota al día siguiente en el Granma dando la noticia de la inauguración de esa sede, y la chistosa mención de alabanza de García Márquez a Fidel Castro.

En realidad, allí se reunió un grupo muy pequeño y yo era el único “extraño” (y mi acompañante), y eso solo porque Dulce María me pidió que yo fuera y la representara.

Debe tenerse presente que el tema del narcotráfico colombiano y su vínculo con el Gobierno de la Isla en esa época era de mucha actualidad, pues la DEA estaba investigando a varios jerarcas cubanos.

En La dama de América estableces que la primera propuesta para que DML recibiera el premio Cervantes ocurrió en 1984, y partió de ti. Asimismo, propusiste la candidatura de ella para este premio en 1987. Sin embargo, si considero lo que he leído sobre el hecho, no constato tu participación para tales propósitos. ¿Qué tendrías que aclarar al respecto?

Si se conservan las actas de la entonces Academia Cubana podrá comprobarse que fue así en la primera oportunidad que mencionas. La segunda es probable que no conste, pues como digo en mi libro la realicé personal y directamente con el embajador español en la Isla, pues por encontrarme enfermo no asistí a la sesión de la Academia donde se trató el asunto.

Y la tercera —que finalmente fue la vencida, en 1992— partió no de Cuba, sino de México, según señalo con detalle en La dama de América, por mi buen amigo el escritor y mecenas hispano-mexicano Eulalio Ferrer, a quien yo le había dado a conocer la obra de ella.

A los funcionarios del Gobierno cubano los tomó por sorpresa el premio a Dulce María, pero reaccionaron rápida y hábilmente, diciendo que habían sido ellos quienes la propusieron desde el principio, lo cual es falso.

El poeta Pablo Armando Fernández, al final, tuvo una participación circunstancial y que resultó oportuna, como queda relatado en mi libro. Pero Dulce María no era la primera opción oficial. Eso debe constar en las actas del jurado, en España, del premio de ese año.

Como, insisto, afirmas que no has cambiado nada del contenido de los textos que conforman La Dama de América, ¿hoy mantendrías el “listado” de quienes apoyaron a DML y de quienes la rechazaron, o el tiempo transcurrido te haría cambiar de parecer?

No, en lo más mínimo. Los hechos son como fueron, y la actuación de las personas en su momento fue según recuerdo. No podría cambiar ni alterar nada de eso: reconocer lo positivo y lo negativo, venga de quien venga, es parte de mi responsabilidad como testimoniante e historiador.

En tu libro aparece una carta abierta a DML en 1992, cuando ella recibiera el Premio Cervantes, en la cual dices: “Usted es precisamente buena maestra en dolores y le anda uno muy fuerte por el pecho, pero lo soporta a pie firme, con dureza de acero a pesar de sus manos tan menudas y transparentes como pétalos”. ¿Podrías ejemplificar sobre esta afirmación?

Con esa frase aludía yo a las difíciles circunstancias que había padecido (y todavía seguía padeciendo) Dulce María, vigilada, acechada y postergada.

A partir del Premio los jefes de la cultura oficial advirtieron que era útil editarla de nuevo y convertirla en un “símbolo”, que les resultara rentable políticamente.

Cuando yo todavía vivía en Cuba y publiqué en las revistas Bohemia y El Caimán Barbudo algunos años antes dos artículos donde la mencionaba, recibí varios comentarios de advertencia. Y es también justo reconocer que otro que se atrevió a estudiarla y publicarla previamente fue Jorge Yglesias, un amigo a quien llamábamos “Bielinsky”, y quien creo sigue en la Isla. Y más tarde, Pedro Simón logró publicar —con el respaldo de Alicia Alonso— un tomo sobre ella en la serie Valoración Múltiple de la Casa de las Américas.

Dulce María en apariencia podía resultar frágil, pero en realidad, era una mujer muy fuerte y altiva, con mucho temple: “hija de mambí”, decía ella.

Cambiando de tema, el próximo año se cumplirán tres décadas de tu residencia en México. ¿Sientes a este país como tuyo? ¿Te resultó difícil adaptarte a la cultura mexicana? ¿Hasta qué punto, hoy, sientes nostalgia de la Isla?

En realidad, desde muy pequeño, siempre me atrajo mucho la historia y la cultura de México, que tiene tres mil años de antigüedad. Recuerdo que leí muy niño La literatura de los mayas, de Demetrio Sodi Morales, y El llano en llamas, de Juan Rulfo, y ambos libros me impresionaron mucho, por transmitir una cultura que me resultaba intensamente enigmática.

Cuando después de varios intentos frustrados por fin pude llegar a México, me sentí de inmediato como en casa, dispuesto a integrarme completa y rápidamente desde el primer instante. Estos treinta años se han ido muy velozmente y no he cesado de aprender mucho de esa cultura maravillosa y contradictoria.

No puedo decir, sinceramente, que tengo nostalgia de Cuba. En verdad, no siento ninguna, pues la Cuba que conocí y amé ya hace mucho no existe, y prefiero guardar la imagen que conservo en la memoria antes que sufrir un reencuentro decepcionante con la realidad, y menos aún en las condiciones actuales, tan humillantes.

Por otra parte, encuentro fascinante descubrir lugares maravillosos y vivencias nuevas por todo el mundo, y especialmente en México, que es un universo infinito de posibilidades.

Y otro tema. ¿Qué opinión tienes sobre el reciente acercamiento entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba?

Como han demostrado los hechos, es un fiasco que no satisface por lo visto a ninguna de las partes involucradas. Creo además que fue un error imperdonable de Obama emprender una decisión así a espaldas del Congreso: algo que se teje tan secretamente no puede ser bueno: ¿por qué esconderlo hasta el último momento e incluso negarlo cuando ya lo estaba haciendo?

¿Alguna otra observación para CUBAENCUENTRO?

Solo agradecerte la amistosa gentileza de esta entrevista, y a los lectores de CUBAENCUENTRO la generosa paciencia de leerla.

Y a los que puedan asistir, invitarlos a la presentación de La Dama de América el próximo 20 de noviembre en la Feria Internacional del Libro en Miami.

La Dama de América será presentado en la Feria Internacional del Libro de Miami el próximo 20 de noviembre, a las 3 de la tarde en la Sala 6100, edificio 6, primer piso.