En el Día de los Padres

 

MDM foto papá y mamá

Mi madre, mi padre y yo. Parque Central, La Habana. 1939.

Mi padre, Juan Manuel Díaz Bello, nació en el poblado de La Isabel, en la provincia cubana de Matanzas, el 8 de marzo de 1909. Murió, con 92 años,  en Las Palmas de Gran Canaria. O sea, a mi lado en el exilio. En su juventud fue aprendiz de repostero en un café de Jovellanos y obrero en ingenios de azúcar. Después se dedicó al comercio de víveres en la ciudad de Santa Clara, donde nací.  Un día de 1939, con su mujer, su hijo y sus ahorros, se mudó a La Habana. Trabajó sin descanso en las bodegas que fue abriendo y cerrando por casi todos los barrios de la capital, hasta la ruina absoluta. Probó suerte fabricando tabacos en un chinchal que montó en La Habana Vieja. Su mejor cliente era un americano llamado Ernest Hemingway. Los sábados, casi siempre conmigo, iba a la finca del americano a llevarle los tabacos, que debían ser de capa clara y no debían tener anillas. Como a mi madre, lo atrajo la política. Fue guiterista y militó en la Joven Cuba y en el partido de Chibás. Durante la tiranía batistiana leyó libros de Lenin que le prestaron compañeros de trabajo. Con la revolución de Castro se afilió al Partido Comunista, y como miliciano combatió en Playa Girón. Cuando me castigaron por firmar la Carta de los Diez, ya se había esfumado su fe revolucionaria y, con su honestidad característica, devolvió el carnet del Partido. Lo devolvió exponiendo sus duras razones en una carta que pudo traerle malas consecuencias de no haber sido ya un pobre viejo jubilado. Hasta su último aliento se mantuvo fiel a una máxima que le gustaba repetir: los problemas existen para resolverlos. Se pasó la vida resolviendo problemas a los demás, y no conozco ninguno que él creara. Su bonhomía, su acogedora serenidad, su sentido dele humor y su natural desdén por lo superfluo lo premiaron, creo, con la larga vida que disfrutó. Hombre muy inteligente, siempre quiso saber. Aunque sus estudios se reducían a la cartilla y las cuatro reglas, tras jubilarse se dedicó, lupa en mano, a devorar libros. Paradiso, de Lezama, está entre los últimos que leyó en Canarias. Sin duda, Don Manuel, Manolo, fue mi mejor amigo y maestro de vida.

Antología de textos cubanos sobre Miguel Hernández

Miguel Hernández libro

La Fundación Cultural Miguel Hernández (Orihuela, España) publicó en 2009 el libro PRESENCIA DE MIGUEL HERNÁNDEZ EN CUBA. ANTOLOGÍA DE TEXTOS (1937-2008). La edición y la introducción estuvieron a cargo de Concepción Allende Vasallo y Aitor L. Larrabide. Como se explica en el porólogo, dicho volumen “es uno de los frutos de las I y II Jornadas Hernandianas en Cuba, desarrolladas entre 2007 y 2009 y organizadas por el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), el Ministerio de Asuntos Exteriores español y la Consejería de Cultura de la Embajada de España en Cuba”. Los editores subrayan que seleccionaron “más de cuarenta trabajos sobre el universal poeta oriolano, publicados desde 1937 [fecha del fallecimiento del poeta en una cárcel franquista] hasta 2008, con el propósito de “poner al alcance del lector interesado aquellos artículos representativos del devenir crítico hernandiano en Cuba”. Entre otros, se dan cita en este libro Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Juan Marinello, Enrique Labrador Ruiz, José Antonio Portuondo, Manuel Díaz Martínez, José Forné Farreres, Roberto Fernández Retamar, Víctor Casaus, Ricardo Viñalet, Luis Suardíaz, Tania Cordero, Amado del Pino y Roberto Méndez Martínez. El texto mío incluido en esta antología se titula “Entre la vida y la poesía (Notas sobre Miguel Hernández” y fue publicado en LA GACETA DE CUBA (La Habana, Nº 77, 1969).

Reedición de un libro olvidado

Alberto Lamar libroHace pocos días presentaron en Miami la segunda edición de BIOLOGÍA DE LA DEMOCRACIA(*), libro polémico que se publicó en Cuba hace 90 años, provocando una borrasca política nacional. Su autor, Alberto Lamar Schweyer (Matanzas, 1902-La Habana, 1942), fue un brillante intelectual –ensayista, periodista, narrador– que abandonó los círculos de izquierda, donde había sobresalido (fue miembro del Grupo Minorista), y se convirtió, estigmatizado por sus viejos correligionarios, en consejero del general Gerardo Machado, dictador que ha pasado a la historia con dos apelativos que lo retratan implacablemente: “el Asno con Garras” y “el Mussolini Tropical”. (Sus paniaguados lo llamaban “el Egregio”.)  En su prólogo para la actual edición de BIOLOGÍA DE LA DEMOCRACIA, Ángel Velázquez Callejas dice que este libro “debe considerarse uno de los primeros documentos teóricos escritos por un intelectual cubano sobre el pensamiento de derecha”, y a su autor lo presenta, con sobrada razón, como “uno de los autores cubanos más conspícuos de las primeras décadas del siglo XX”. Este aserto se ve avalado por el hecho de que la Introducción de las célebres MEMORIAS de la Infanta de España doña Eulalia de Borbón lleva la firma de Lamar Schweyer.

(*) CreateSpace Independent Publishing Platform, enero, 2017.

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Alberto Lamar Schweyer

El nuevo enemigo

El comunismo se ha convertido en una ideología residual. Ahora la amenaza es el populismo, que ataca por igual a países desarrollados y atrasados

Mario Vargas Llosa
(EL PAÍS, España, 5/3/2017) El comunismo ya no es el enemigo principal de la democracia liberal —de la libertad— sino el populismo. Aquel dejó de serlo cuando desapareció la URSS, por su incapacidad para resolver los problemas económicos y sociales más elementales, y cuando (por los mismos motivos) China Popular se transformó en un régimen capitalista autoritario. Los países comunistas que sobreviven —Cuba, Corea del Norte, Venezuela— se hallan en un estado tan calamitoso que difícilmente podrían ser un modelo, como pareció serlo la URSS en su momento, para sacar de la pobreza y el subdesarrollo a una sociedad. El comunismo es ahora una ideología residual y sus seguidores, grupos y grupúsculos, están en los márgenes de la vida política de las naciones.
Pero, a diferencia de lo que muchos creíamos, que la desaparición del comunismo reforzaría la democracia liberal y la extendería por el mundo, ha surgido la amenaza populista. No se trata de una ideología sino de una epidemia viral —en el sentido más tóxico de la palabra— que ataca por igual a países desarrollados y atrasados, adoptando para cada caso máscaras diversas, de izquierdismo en el Tercer Mundo y de derechismo en el primero. Ni siquiera los países de más arraigadas tradiciones democráticas, como Reino Unido, Francia, Holanda y Estados Unidos están vacunados contra esta enfermedad: lo prueban el triunfo del Brexit, la presidencia de Donald Trump, que el partido del Geert Wilders (el PVV o Partido por la Libertad) encabece todas las encuestas para las próximas elecciones holandesas y el Front National de Marine Le Pen las francesas.
¿Qué es el populismo? Ante todo, la política irresponsable y demagógica de unos gobernantes que no vacilan en sacrificar el futuro de una sociedad por un presente efímero. Por ejemplo, estatizando empresas y congelando los precios y aumentando los salarios, como hizo en el Perú el presidente Alan García durante su primer Gobierno, lo que produjo una bonanza momentánea que disparó su popularidad. Después, sobrevendría una hiperinflación que estuvo a punto de destruir la estructura productiva de un país al que aquellas políticas empobrecieron de manera brutal. (Aprendida la lección a costa del pueblo peruano, Alan García hizo una política bastante sensata en su segundo Gobierno).
Ingrediente central del populismo es el nacionalismo, la fuente, después de la religión, de las guerras más mortíferas que haya padecido la humanidad. Trump promete a sus electores que “América será grande de nuevo” y que “volverá a ganar guerras”; Estados Unidos ya no se dejará explotar por China, Europa, ni por los demás países del mundo, pues, ahora, sus intereses prevalecerán sobre los de todas las demás naciones. Los partidarios del Brexit —yo estaba en Londres y oí, estupefacto, la sarta de mentiras chauvinistas y xenófobas que propalaron gentes como Boris Johnson y Nigel Farage, el líder de UKIP en la televisión durante la campaña— ganaron el referéndum proclamando que, saliendo de la Unión Europea, Reino Unido recuperaría su soberanía y su libertad, ahora sometidas a los burócratas de Bruselas.
Hay gobernantes que no vacilan en sacrificar el futuro de una sociedad por un presente efímero
Inseparable del nacionalismo es el racismo, y se manifiesta sobre todo buscando chivos expiatorios a los que se hace culpables de todo lo que anda mal en el país. Los inmigrantes de color y los musulmanes son por ahora las víctimas propiciatorias del populismo en Occidente. Por ejemplo, esos mexicanos a los que el presidente Trump ha acusado de ser violadores, ladrones y narcotraficantes, y los árabes y africanos a los que Geert Wilders en Holanda, Marine Le Pen en Francia, y no se diga Viktor Orbán en Hungría y Beata Szydlo en Polonia, acusan de quitar el trabajo a los nativos, de abusar de la seguridad social, de degradar la educación pública, etcétera.
En América Latina, Gobiernos como los de Rafael Correa en Ecuador, el comandante Daniel Ortega en Nicaragua y Evo Morales en Bolivia, se jactan de ser antiimperialistas y socialistas, pero, en verdad, son la encarnación misma del populismo. Los tres se cuidan mucho de aplicar las recetas comunistas de nacionalizaciones masivas, colectivismo y estatismo económicos, pues, con mejor olfato que el iletrado Nicolás Maduro, saben el desastre a que conducen esas políticas. Apoyan de viva voz a Cuba y Venezuela, pero no las imitan. Practican, más bien, el mercantilismo de Putin (es decir, el capitalismo corrupto de los compinches), estableciendo alianzas mafiosas con empresarios serviles, a los que favorecen con privilegios y monopolios, siempre y cuando sean sumisos al poder y paguen las comisiones adecuadas. Todos ellos consideran, como el ultraconservador Trump, que la prensa libre es el peor enemigo del progreso y han establecido sistemas de control, directo o indirecto, para sojuzgarla. En esto, Rafael Correa fue más lejos que nadie: aprobó la ley de prensa más antidemocrática de la historia de América Latina. Trump no lo ha hecho todavía, porque la libertad de prensa es un derecho profundamente arraigado en Estados Unidos y provocaría una reacción negativa enorme de las instituciones y del público. Pero no se puede descartar que, a la corta o a la larga, tome medidas que —como en la Nicaragua sandinista o la Bolivia de Evo Morales— restrinjan y desnaturalicen la libertad de expresión.
Inseparable del nacionalismo es el racismo, y se manifiesta sobre todo buscando chivos expiatorios
El populismo tiene una muy antigua tradición, aunque nunca alcanzó la magnitud actual. Una de las dificultades mayores para combatirlo es que apela a los instintos más acendrados en los seres humanos, el espíritu tribal, la desconfianza y el miedo al otro, al que es de raza, lengua o religión distintas, la xenofobia, el patrioterismo, la ignorancia. Eso se advierte de manera dramática en el Estados Unidos de hoy. Jamás la división política en el país ha sido tan grande, y nunca ha estado tan clara la línea divisoria: de un lado, toda la América culta, cosmopolita, educada, moderna; del otro, la más primitiva, aislada, provinciana, que ve con desconfianza o miedo pánico la apertura de fronteras, la revolución de las comunicaciones, la globalización. El populismo frenético de Trump la ha convencido de que es posible detener el tiempo, retroceder a ese mundo supuestamente feliz y previsible, sin riesgos para los blancos y cristianos, que fue el Estados Unidos de los años cincuenta y sesenta. El despertar de esa ilusión será traumático y, por desgracia, no sólo para el país de Washington y Lincoln, sino también para el resto del mundo.
¿Se puede combatir al populismo? Desde luego que sí. Están dando un ejemplo de ello los brasileños con su formidable movilización contra la corrupción, los estadounidenses que resisten las políticas demenciales de Trump, los ecuatorianos que acaban de infligir una derrota a los planes de Correa imponiendo una segunda vuelta electoral que podría llevar al poder a Guillermo Lasso, un genuino demócrata, y los bolivianos que derrotaron a Evo Morales en el referéndum con el que pretendía hacerse reelegir por los siglos de los siglos. Y lo están dando los venezolanos que, pese al salvajismo de la represión desatada contra ellos por la dictadura narcopopulista de Nicolás Maduro, siguen combatiendo por la libertad. Sin embargo, la derrota definitiva del populismo, como fue la del comunismo, la dará la realidad, el fracaso traumático de unas políticas irresponsables que agravarán todos los problemas sociales y económicos de los países incautos que se rindieron a su hechizo.

Punto de vista

Hace unos días, el eurodiputado polaco Janusz Korwin-Mikke sumió en el desasosiego al Parlamento Europeo con la siguiente reflexión: “¿Sabe usted qué puesto ocupaban las mujeres en las Olimpiadas griegas? La primera mujer, ya se lo digo yo, ocupó el puesto 800. ¿Sabe usted cuántas mujeres hay entre los primeros cien jugadores de ajedrez? Se lo diré: ninguna. Por supuesto que las mujeres deben ganar menos que los hombres porque son más débiles, más pequeñas, menos inteligentes”. Al recibir el impacto de tan documentada gilipollez, me vinieron a la mente los nombres de dos paisanas del señor diputado: Maria Skłodowska-Curie, Premio Nobel de Química en 1911, y Wisława Szymborska, Premio Nobel de Literatura en 1996.

Margarita Aliguer: un recuerdo y un poema

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En pleno apogeo del Caso Padilla, llegó a La Habana la poetisa soviética Margarita Aliguer. Llegó ansiosa por reunirse con poetas cubanos, y algunos nos vimos con ella una tarde en la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, entonces presidida por Nicolás Guillén. La visitante comenzó diciéndonos que en Moscú había leído informaciones acerca del conflicto entre el Gobierno de Fidel Castro y un grupo de intelectuales cubanos (entre los que estaba yo), acusados por aquel de contrarrevolucionarios. Nos confesó que estaba alarmada porque hallaba similitud entre lo que estaba ocurriendo en Cuba y la manera como se había iniciado la persecución stalinista a los intelectuales en la URSS. Margarita Aliguer, nacida en 1915 y fallecida en 1992, que fuera amante del novelista Alexander Fadéyev –notorio colaborador de Stalin cuando presidía la Unión de Escritores Soviéticos–, tenía razones para alarmarse. En este poema suyo (sin título), traducido por la poetisa argentina de origen bielorruso Natalia Litvinova, deja constancia del viacrucis que fue su vida.

Vivo en este mundo
con una bala en el corazón.
No voy a morir todavía.
La nieve cae.
No anochece.
Los niños juegan.
Uno puede llorar,
cantar canciones.

Pero no pienso ni llorar ni cantar,
vivimos en la ciudad y no en el bosque.
No olvidaré lo visto
y llevo en el corazón lo que conozco.

El invierno de Kazán, huidizo,
níveo y luminoso, pregunta:
– ¿Cómo vivirás?
– No sé.
– ¿Sobrevivirás?
No sé.
– ¿Cómo no te mató la bala?

Cerca del final pero aún viva,
quizá porque
en la lejana ciudad de Kamsky,
donde las noches son más claras por la nieve
y el frío audaz toma lo que considera suyo,
se ponen a hablar y a correr
mi felicidad y mi inmortalidad.

– ¿Cómo no te mató la bala,
cómo resististe su plomo de fuego?

Decidí seguir viviendo
cuando vi el final
acercarse a empujones calientes
y mi corazón me reveló
que algún día sabré contar
este sufrimiento en mis poemas.

– ¿Cómo no te mató la bala
o no te tumbó el golpe?

Si estoy viva
es porque cuando se agotaron mis fuerzas,
desde los paraderos lejanos
y los callejones sin salida, tapados con nieve,
detrás de las montañas, vi
a los tanques en movimiento,
y en los bosques
a las bayonetas erguidas,
advino,
empezó a brillar
el día de la victoria
rodeando la tierra con su ala.

Ese día fui abriéndome paso
a través de las desgracias
mías y ajenas.

(1941)

Tzvetan Tódorov

(LIBERTAD DIGITAL-EFE, 8/2/2017) El franco-búlgaro Tzvetan Tódorov, premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2008, deja a su muerte una vasta obra de notable impacto en el pensamiento de Occidente, en la que indagó acerca del poder de la empatía humana. Falleció a los 77 años tras sufrir una enfermedad degenerativa.
Tódorov ha contribuido en las últimas décadas a enriquecer el debate filosófico levantando cuestiones que están asociadas a la inmigración, el terrorismo o la xenofobia. “El enemigo se invoca en los discursos populistas demagógicos, a los que les encanta trazar ante un pueblo vengador un personaje culpable de todos los males que nos afectan. Pueden ser los inmigrantes de los países pobres o los musulmanes“, contaba el pensador en un artículo publicado en Le Monde en 2015.
“El neoliberalismo es un peligro muy próximo, porque, de momento, es la ideología de nuestros gobernantes. Hay otras ideologías que se perciben que son peligrosas, pero el neoliberalismo sustituye a la democracia, con lo cual nos encontramos en un régimen que ya no corresponde a la definición de democracia”, dijo Tódorov en una entrevista con Efe en 2014.
 “Logró vencer un enemigo de envergadura, el sistema del apartheid, sin verter una gota de sangre. Lo que hizo fue encontrar en sus enemigos ‘una luz de humanidad’ y comprendió las razones de su hostilidad y acabó por convertirlos en sus amigos”, sostuvo Tódorov sobre Nelson Mandela.
Escapó del régimen comunista búlgaro
Considerados sus trabajos un símbolo del espíritu de la unidad de Europa, del Este y del Oeste, y el compromiso con los ideales de libertad, igualdad, integración y justicia, Tódorov buceó en las relaciones de alteridad (condición de ser otro) después de haber huido del régimen comunista de su Bulgaria natal.
El pensador se mudó a París en 1963, cuando contaba con 24 años, y se doctoró en Psicología en 1966. Divulgador de los formalistas rusos, Tódorov estudió semiótica y exploró las teorías de la literatura fantástica. En 1973 obtuvo la nacionalidad francesa y continuó sus trabajos como profesor e investigador del Centro de Investigaciones de las Artes y el Lenguaje de la Escuela de Altos Estudios Sociales de París.
Influenciado por las obras del escritor ruso Vassili Grossman y el francés Germaine Tillion, publicó decenas de obras en sus vertientes como filósofo, lingüista, sociólogo, historiador, crítico y teórico literario.
Traducidas a más de una veintena de países, destacan entre sus obras Elogio de lo cotidiano (1998), un ensayo en el que sostenía que “la vida moderna e industrial lleva a la degradación de la vida cotidiana. Hoy no se admiran los gestos”, como aseguró años después.
El jardín imperfecto, Memoria del mal, tentación del bien –un excepcional análisis del siglo XX–, El nuevo desorden mundial: reflexiones de un europeo, Los aventureros del absoluto, El espíritu de las Luces y La literatura en peligro son otras de sus obras destacadas.
En los últimos años, publicó La pintura de la Ilustración. De Watteau a Goya (2011), Los enemigos íntimos de la democracia (2012) e Insumisos (2015), que repasa la labor de personajes como Malcolm X, Nelson Mandela y Edward Snowden.
Después del fallecimiento de Zygmunt Bauman, en enero de este año, la filosofía occidental ha perdido a otro de sus principales pensadores. En uno de sus últimos escritos, Tódorov demandaba cordura y moderación ante un mundo cada vez más imprevisible. “Cuidado con los dos extremos: no tenemos que avergonzarnos de elegir este camino del medio”, alertaba.