Enrique Lihn: Presentación de “Vivir es eso”

Vivir es eso libroCreo que estamos muy cerca, en Latinoamérica, de dar en el blanco de una poesía o, en términos más generales, de un lenguaje, y hasta de un estilo literario que, por individual y nacional que sea, responda, en lo esencial, a una problemática de la escritura y de la vida común a todos los escritores y lectores latinoamericanos, y que eventualmente alcance a traspasar, como se dice, «las barreras del idioma».
Se me dirá que otras generaciones cumplieron ya esta tarea. Conforme. Sólo que su relación con la poesía no es ya la nuestra, de modo que, no sin atender a su obra como a una lección más o menos magistral, debemos empezarlo todo por el principio. Plantearnos, por primera vez, el problema de la creación poética; desnudar los motivos por los cuales también nosotros tenemos necesidad de hacer poesía; establecer las condiciones o el método que emplearemos para satisfacer esa necesidad, y acceder, finalmente, si ello es posible, a un nuevo tipo de universalidad.
VIVIR ES ESO, de Manuel Díaz Martínez, es un libro que me interesa. Yo no escribiría dos palabras sobre él sin que una de ellas fuera el germen de una «discusión de principios poéticos».
Los jurados del Concurso «Julián del Casal» estuvimos acordes en que VIVIR ES ESO es un libro de madurez. Se habló, seguramente, del dominio del oficio o bien del amplio registro temático o del dramatismo soterrado del poemario. Es la nomenclatura que se emplea cuando no hace falta llegar a un fallo a través de una discusión radical.
Confieso que esos modos de significar valores que yo mismo empleo, me irritan. Un escritor maduro, de oficio, con muchos temas a su haber y todo lo demás, puede ser también un perfecto majadero.
Los poemas que a mí me interesaron en el libro como expresiones de madurez literaria no son aquellos en los que el poeta parece reconciliado con las palabras; son esos en que el comienzo de la poesía es duda.
«Soy -escribe Díaz Martínez en «Discurso para un camarada» de una extraña raza en nuestros días: mi cabeza está en el capítulo de las que dudan. Mientras vivo, mis ojos devoran el caos que es el mundo; cuando sueño, reproduzco el caos, lo despierto y lo azuzo. Y sólo el poema me calma».
En el capítulo de los que dudan no siempre el poema calma al poeta y lo dispensa del caos en que se entrecruzan la vida y el sueño. Es la poesía misma la que se encuentra emplazada, muy a menudo, a responder por su sentido; la que toma, a los ojos del hablante, el aire de la duda, un aspecto equívoco.
El pequeño poema «La palabra», con que se inicia el libro, afirma, para empezar: «La palabra es la desgracia», y desarrolla toda una filosofía negativa del lenguaje que reaparece luego en otras composiciones y toma distintas tonalidades afectivas según se le niegue, a su vez, como en «In situ» o se la confirme, amargamente en «Epitafio»: «Es inútil escribir palabras que nos sustituyan, / que sean testimonio de lo que anhelamos ser, / espuma de la vida que ejercimos».
Lo que se niega de la palabra, en el primero de los textos citados -»La palabra»- es, en último término, la posibilidad, deseada por el poeta, de identificarse ontológicamente con ella.
En la realidad la palabra es un instrumento -«Ella me sirve, / me sirvo de ella». En el deseo o en el amor imposible que lo alimenta, ser y escribir tendrían que consumarse en un mismo acto.
No quiero dejar la impresión de que Díaz Martínez practica lo que se ha dado en llamar poesía filosófica. Sino, simplemente, la de que su libro está sostenido por una constante preocupación por la poesía que viene a ser así uno de los temas constantes de su poesía obsedida por las posibilidades e imposibilidades del lenguaje.
En este sentido es un poeta intelectual, pero tampoco este calificativo me satisface. Yo diría, lo más simplemente posible, que se ha quemado las pestañas escribiendo versos y que estos se han convertido para él en esas tristes pasiones de las que habla en «Regreso de Escardó»: «¡Qué tristes pasiones te dieron la poesía! / Estás más pálido que nunca / y no veo que te atraiga el brillo de las fondas».
Todavía en la época del simbolismo los poetas eran augures, profetas, grandes sacerdotes, y la poesía una religión, una magia, un sistema de creencias, un mito. Todo eso se ha derrumbado y queda en su lugar, para decirlo con un verso de Díaz Martínez: «un corazón trabajando su mundo como un artesano» pero que todavía quiere eternizarse situándolas (las palabras) -dice el poeta dirigiéndose a otra criatura perdida y desecha en el tiempo- «de modo que vuelvas a nacer desde siempre / para siempre».
Otra característica que comparte Díaz Martínez con sus compañeros de ruta latinoamericanos se refleja en el aspecto objetivista de algunos de sus poemas.
La primera persona, que no abulta en ninguno de ellos, se adelgaza entonces hasta identificarse por completo con el poema objeto.
Es, en un sentido diametralmente opuesto, el mismo repudio del sentimiento o de la efusión sentimental que practicó el simbolismo como «medio irregular -dice Marcel Raymond- de conocimiento metafísico», contra el subjetivismo romántico, puesto que, en este caso, dicha impersonalidad apunta a una suerte de revelación de lo real.
Uno de los mejores poemas de VIVIR ES ESO es, a mi juicio, el que se titula «La guerra» y que sólo consta de seis versos exactos, impasibles:
“Todos los aviones regresaron a sus bases.
Pero no todos los hombres
regresaron a sus casas. Pero no estaban
todas las casas de los que regresaron.
Pero no todos los que regresaron
encontraron a todos en sus casas.”

Enrique Lihn

(Presentación del libro de Manuel Díaz Martínez VIVIR ES ESO, que obtuvo en 1967 el Premio de Poesía «Julián del Casal», de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Lihn integró el jurado junto a los cubanos Nicolás Guillén y Eliseo Diego y los españoles Gabriel Celaya y José Ángel Valente.)

Discurso del secretario de Estado de EEUU John Kerry en La Habana

(Acto de izado de la bandera en la apertura de la embajada de EEUU en Cuba. Traducción de Rolando Cartaya, martinoticias.com, agosto 14, 2015.)

Gracias, muchas gracias, buenos días, lamento que empecemos un poco tarde hoy pero tuvimos un bonito paseo por el camino y es maravilloso estar aquí, y les doy las gracias por haber dejado mi futura transportación aquí afuera detrás de mí (tres autos americanos de los años 50 estacionados en el Malecón).

Distinguidos miembros de la delegación cubana, Josefina, gracias por tu liderazgo y todo el trabajo de tu delegación; Excelencias del cuerpo diplomático; mis colegas de Washington, pasados y presentes; embajador DeLaurentis y todo el personal de la Embajada; y amigos que nos contemplan en todo el mundo:

Gracias por acompañarnos en este momento verdaderamente histórico mientras nos preparamos a izar la bandera de Estados Unidos aquí en nuestra Embajada de La Habana. Simbolizando el restablecimiento de relaciones diplomáticas al cabo de 54 años.

Esta es, también, la primera vez que un secretario de Estado de Estados Unidos visita Cuba desde 1945.

Esta mañana me siento casi como en casa aquí y agradezco a los que han venido a compartir la ceremonia de pie ahí afuera, alrededor de nuestras instalaciones. Y me siento en casa aquí porque esta es ciertamente una ocasión memorable, un día para poner a un lado viejas barreras y explorar nuevas posibilidades. Y es en ese espíritu que puedo decir a nombre de mi país (EN ESPAÑOL) los Estados Unidos acogen con beneplácito este nuevo comienzo de su relación con el pueblo y el Gobierno de Cuba.

Sabemos que el camino hacia unas relaciones plenamente normales es largo, pero es precisamente por ello que tenemos que empezar en este mismo instante.

No hay nada que temer, ya que serán muchos los beneficios de los que gozaremos cuando permitamos a nuestros ciudadanos conocerse mejor, visitarse con más frecuencias, realizar negocios de forma habitual, intercambiar ideas y aprender unos de los otros.

(EN INGLÉS) Amigos, estamos congregados hoy aquí porque nuestros líderes, el presidente Obama y el presidente Castro, tomaron una valiente decisión: Dejar de ser prisioneros de la historia y enfocarse en las oportunidades de hoy y de mañana. Eso no significa que debamos o vayamos a olvidarnos del pasado. Después de todo, ¿cómo podríamos olvidarlo?

Al menos para mi generación las imágenes son indelebles. En 1959 Fidel Castro visitó Estados Unidos y fue saludado por multitudes entusiastas. A su regreso al año siguiente para la Asamblea General de la ONU fue abrazado por el entonces premier soviético, Nikita Khruschev. En 1961 se desarrolló la tragedia de Bahía de Cochinos, y el presidente Kennedy asumió la responsabilidad. Y luego, en octubre de 1962, surgió la crisis de los misiles: 13 días que nos empujaron hasta el umbral mismo de una guerra nuclear. Yo era entonces un estudiante y todavía puedo recordar las caras tensas de nuestros líderes, el espantoso mapa que mostraba los movimientos de buques adversarios, el plazo que estaba por vencerse, y esa palabra peculiar: Cuarentena. Estábamos crispados e inseguros sobre el futuro, porque no sabíamos al cerrar los ojos cada noche qué nos encontraríamos al despertar.

En ese ambiente de frialdad, los lazos diplomáticos entre Washington y esta capital se tensaron, luego se debilitaron y por último se cortaron. A fines de 1960 el Embajador estadounidense abandonó La Habana. A principios del siguiente mes de enero, el Gobierno cubano exigió una fuerte reducción en el personal de nuestra misión y el presidente Eisenhower decidió que no tenía otra alternativa que cerrar la Embajada.

La mayor parte del personal estadounidense se marchó rápidamente. Pero unos pocos se quedaron para entregar las llaves a nuestros colegas suizos, que fungirían de manera diligente y honorable como nuestra potencia protectora durante más de 50 años. Me acabo de reunir con el ministro suizo de asuntos exteriores Didier Burkhalter, siempre estaremos agradecidos por su servicio y su ayuda.

Entre los que permanecieron en la Embajada había tres custodios, tres Infantes de Marina: Larry Morris, Mike East y James Tracey. Cuando salieron del edificio fueron confrontados por una gran multitud que se interponía entre ellos y el asta de la bandera. Había una gran tensión, nadie se sentía seguro, pero los marines tenían una misión que cumplir, y lentamente, la multitud les abrió paso; consiguieron llegar al asta de la bandera, arriaron la Old Glory, la plegaron y regresaron al edificio.

Larry, Mike y Jim habían cumplido su misión, pero también hicieron una atrevida promesa: Que un día regresarían a La Habana e izarían de nuevo la bandera. En ese momento nadie habría podido imaginar cuán distante estaba ese día.

Por más de medio siglo, las relaciones EEUU-Cuba han estado fosilizadas en el ámbar de la política de la Guerra Fría. En el ínterin, una generación entera de estadounidenses y cubanos creció, y envejeció. Estados Unidos ha tenido 10 nuevos presidentes. En una Alemania unida el Muro de Berlín se convirtió en un vago recuerdo. Liberada de los grilletes soviéticos, la Europa central es de nuevo hogar de florecientes democracias. Y la semana pasada yo estuve en Hanoi para celebrar el 20 aniversario de la normalización de relaciones entre Estados Unidos y Vietnam.

Piénselo: Una larga y terrible guerra que infligió cicatrices indelebles, físicas y mentales, seguida por dos décadas de mutua sanación, que fueron seguidas por otras dos décadas de compromiso diplomático y comercial. En ese período Vietnam evolucionó de ser un país desgajado por la violencia a ser una sociedad dinámica con una de las economías de más rápido crecimiento en el mundo. Y en todo ese tiempo de reconciliación, de normalización, las relaciones cubano-estadounidenses siguieron encerradas en el pasado.

Mientras tanto, nuevas tecnologías permitieron a personas de todas partes beneficiarse de proyectos compartidos a través de esas extensiones de océanos y tierras. Amigos, no hacía falta un GPS para entender que el camino de mutuo aislamiento y distanciamiento por el que andaban Estados Unidos y Cuba no era un buen camino y que había llegado la hora de que avanzáramos en una dirección más prometedora.

En Estados Unidos eso significa reconocer que la política estadounidense no era el yunque en el que se forjaría el futuro de Cuba. Al margen de décadas de buenas intenciones, las políticas del pasado no condujeron a una transición democrática en Cuba. Tampoco sería realista esperar que la normalización de relaciones tenga a corto plazo un impacto transformador. Después de todo, son los cubanos los que tienen que moldear el futuro de Cuba.

La responsabilidad por la naturaleza, la calidad y la rendición de cuentas de un Gobierno no recae, como no debe ser, en ninguna entidad externa, sino únicamente en los ciudadanos de un país. Pero los dirigentes en La Habana y el pueblo cubano deben saber también que Estados Unidos será siempre un paladín de las reformas y los principios democráticos. Como muchos otros Gobiernos dentro y fuera de este hemisferio, continuaremos urgiendo al Gobierno cubano a cumplir con sus obligaciones bajo los pactos de Derechos Humanos interamericanos y de la ONU, obligaciones que comparten Estados Unidos y todos los demás países de las Américas.

Y, realmente, seguimos convencidos de que el pueblo de Cuba estará mejor servido por una auténtica democracia, en la que la gente pueda elegir a sus líderes, expresar sus ideas, practicar su fe; en la que el compromiso con la justicia social y económica se realice de manera más plena; en la que las instituciones rindan cuentas a aquellos a quienes sirven; y en la que la sociedad civil sea independiente y se le permita florecer.

Permítanme ser muy claro: El establecimiento de relaciones diplomáticas normales no es algo que un Gobierno hace como un favor a otro; es algo que dos países emprenden conjuntamente cuando los ciudadanos de ambos países se van a beneficiar. Y, en este caso, la reapertura de nuestras embajadas es importante en dos niveles: de pueblo a pueblo, y de Gobierno a Gobierno.

Primeramente, creemos que es útil para nuestras naciones aprender más una de la otra, conocernos más. Es por eso que nos entusiasma que los viajes de Estados Unidos a Cuba se hayan incrementado 35% desde enero y continúen aumentando. Nos alienta que cada vez más compañías estén explorando aquí proyectos comerciales que crearán oportunidades para el creciente número de emprendedores cubanos; y nos entusiasma también que las firmas de Estados Unidos estén interesadas en ayudar a Cuba a expandir sus telecomunicaciones y sus conexiones a internet, y que el Gobierno aquí haya prometido recientemente crear decenas de puntos más baratos de Wi-Fi.

También queremos reconocer el papel especial que la comunidad cubanoamericana está desempeñando para establecer una nueva relación entre nuestros países. Y, de hecho, tenemos hoy con nosotros a representantes de esa comunidad, de los cuales algunos nacieron aquí y otros en Estados Unidos. Con sus fuertes lazos culturales y familiares, ellos pueden aportar mucho al espíritu de cooperación bilateral y progreso que deseamos crear, del mismo modo que han aportado mucho a sus comunidades en su país adoptivo.

La restauración de lazos diplomáticos también hará más fácil la cooperación entre nuestros Gobiernos. Somos, después de todo, vecinos; y los vecinos siempre tienen muchas cosas que discutir en áreas como la aviación civil, política migratoria, preparación para desastres; protección del medio ambiente marino, cambio climático global y otros asuntos más difíciles y complicados. Tener relaciones normales facilitará que conversemos y el diálogo puede profundizar la comprensión, aun cuando sabemos muy bien que no estaremos de acuerdo en todo.

Estamos plenamente conscientes de que, a pesar de la nueva política del presidente Obama, el embargo comercial a Cuba sigue vigente y sólo puede ser derogado por un acto del Congreso, un paso que cuenta con nuestro fuerte apoyo (aplausos). Por el momento, el Presidente ha tomado medidas para aliviar las restricciones a las remesas, las exportaciones y las importaciones a fin de ayudar a los emprendedores privados cubanos; a las telecomunicaciones, los viajes familiares… pero queremos ir más allá. El objetivo de todos estos cambios es ayudar a los cubanos a conectarse con el mundo y mejorar sus vidas. Y, mientras hacemos nuestra parte, instamos al Gobierno cubano a hacer menos difícil para sus ciudadanos empezar negocios, participar en el comercio, acceder a la información online. El embargo ha sido siempre una calle de dos vías y ambas partes deben eliminar las restricciones que han estado frenando a los cubanos.

Antes de terminar, quiero agradecer sinceramente a los líderes de las Américas que por largo tiempo han urgido a Estados Unidos y Cuba a restablecer relaciones normales. Agradezco al papa Francisco y al Vaticano por apoyar el inicio de un nuevo capítulo en las relaciones entre nuestros países. Y creo que no es por accidente que el Santo Padre planea en este momento venir aquí y luego a Washington, Estados Unidos.  Aplaudo por igual al presidente Obama y al presidente Castro por haber tenido el valor de acercarnos, pese a la considerable oposición. Agradezco a la secretaria adjunta Roberta Jacobson y su equipo, a nuestras contrapartes en el Ministerio de Relaciones Exteriores cubano, a nuestro jefe de misión, el embajador Jeffrey DeLaurentis y su extraordinario personal, por todo el arduo trabajo que nos ha traído hasta este día. Y le digo al maravilloso personal de nuestra embajada: Si creen que han estado muy ocupados en los últimos meses, ajústense el cinturón de seguridad (Risas).

Pero, sobre todo, sobre todo, quiero rendir tributo al pueblo de Cuba y a la comunidad cubanoamericana en Estados Unidos. José Martí dijo una vez que “Todo lo que divide a los hombres (todo lo que especifica, aparta o acorrala), es un pecado contra la Humanidad”. Claramente, los sucesos del pasado –las palabras ácidas, los actos de provocación o represalias, las tragedias humanas– todos han sido fuente de una profunda división que ha disminuido nuestra común humanidad. Ha habido demasiados días de sacrificio y de dolor; demasiadas décadas de suspicacia y temor. Por eso me entusiasman aquellos que en ambos lados del estrecho, bien por sus lazos familiares o por el simple deseo de reemplazar el rencor con algo más productivo, han respaldado esta búsqueda de un camino mejor.

Hemos comenzado a avanzar por ese camino sin albergar ilusiones sobre lo difícil que puede ser. Pero estamos cada uno confiados en nuestras intenciones y los contactos que hemos tenido, y complacidos con las amistades que hemos empezado a forjar.

(EN ESPAÑOL) Estamos seguros de que este es el momento de acercarnos, dos pueblos ya no enemigos ni rivales, sino vecinos. Es el momento de desplegar nuestras banderas, enarbolarlas y hacerle saber al resto del mundo que nos deseamos lo mejor los unos a los otros.

Es teniendo presente esta misión sanadora que me dirijo ahora a Larry Morris, Jim Tracey y Mike East. Hace 54 años, ustedes, caballeros, prometieron regresar a La Habana e izar en la Embajada de Estados Unidos la bandera que arriaron aquel día de enero hace ya mucho tiempo. Les invito hoy, a nombre del presidente Obama y del pueblo americano, a cumplir aquella promesa presentando la bandera de las barras y las estrellas para que sea izada por miembros de nuestro actual destacamento militar.

Larry, Jim y Mike, esta es su seña para hacer realidad las palabras que llenarían de orgullo a cualquier diplomático, como también a cualquier miembro del Cuerpo de Infantería de Marina de Estados Unidos: Promesa que se hace, promesa que se cumple. Gracias.

Caulaincourt, el puente sobre los muertos

Puente de CauleineincourtDel año que viví en París como becario (1960) conservo algunos recuerdos parecidos a esos sueños, generalmente malos e inexplicables, que se fijan en nuestra mente para toda la vida. Uno de estos recuerdos se relaciona con la primera visita que hice al cementerio parisino de Montmartre. Me contrarió que el silencio respetuoso que esperaba hallar entre sus tumbas estuviese avasallado por el fragor, que me sonaba irreverente y despectivo, de los coches que circulan en manadas atravesando el puente que les pasa por encima, casi a ras de los sepulcros que le quedan directamente debajo.
Este cementerio tiene su origen, clandestino, en el siglo XVII, en unas canteras de yeso que entonces quedaban a las afueras de París. Gran parte de los primeros difuntos los suministró la Revolución Francesa, los cuales fueron enterrados en las galerías de esas canteras. El escritor Guy de Maupassant describió el sitio como una hondonada entre tres colinas arboladas que atraían paseantes. Las primeras tumbas autorizadas aparecieron en 1798. En 1847 se amplió el cementerio a su tamaño actual y veinte años más tarde el Barón Haussmann, conocido como el modernizador de París, prefecto de esta ciudad y estrecho colaborador de Napoleón III (el Pequeño, epíteto acuñado por Victor Hugo), ideó unir dos de las colinas de Montmartre mediante el puente de Caulaincourt. Por pasar por encima del cementerio, este proyecto tuvo que vencer una fuerte resistencia popular y parlamentaria.
El puente de Caulaincourt comenzó a fabricarse en 1888 y, como estaba previsto, se tendió por encima del cementerio de Montmartre, donde reposan, entre otros personajes famosos, Zola, Dumas (padre), Théophile Gautier, los hermanos Goncourt, Berlioz, Offenbach, Stendhal, Renan, Nijinsky, Sacha Guitry, Truffaut, Dalida y Alphonsine Plessis (La Dama de las Camelias). Antes de que en 1920 fueran trasladados a la necrópolis habanera de Colón, en la de Montmartre descansaron durante algún tiempo los restos de Luis Estévez Romero, vice-presidente del primer gobierno de la República de Cuba, y los de su esposa, la acaudalada benefactora villaclareña Marta Abreu.

[Foto: Puente de Caulaincourt a principios del siglo XX.]

Oportuna aclaración de la Real Academia Española

Los ciudadanos y las ciudadanas, los niños y las niñas
Este tipo de desdoblamientos son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico. En los sustantivos que designan seres animados existe la posibilidad del uso genérico del masculino para designar la clase, es decir, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos: “Todos los ciudadanos mayores de edad tienen derecho a voto”.
La mención explícita del femenino solo se justifica cuando la oposición de sexos es relevante en el contexto: “El desarrollo evolutivo es similar en los niños y las niñas de esa edad”. La actual tendencia al desdoblamiento indiscriminado del sustantivo en su forma masculina y femenina va contra el principio de economía del lenguaje y se funda en razones extralingüísticas. Por tanto, deben evitarse estas repeticiones, que generan dificultades sintácticas y de concordancia, y complican innecesariamente la redacción y lectura de los textos.
El uso genérico del masculino se basa en su condición de término no marcado en la oposición masculino/femenino. Por ello, es incorrecto emplear el femenino para aludir conjuntamente a ambos sexos, con independencia del número de individuos de cada sexo que formen parte del conjunto. Así, “los alumnos” es la única forma correcta de referirse a un grupo mixto, aunque el número de alumnas sea superior al de alumnos varones.
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Documental sobre MDM

MDM Y sERGIO aLZOLA FOTOAyer, domingo 26 de julio, continuó en mi casa, en la muy querida por mí ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, la filmación del documental que me están haciendo jóvenes amigos que admiro tanto, por su talento y bondad, como los escritores Sandra Franco Álvarez y Dani Martín y los fotógrafos Iraya Pérez y Pedro Hernández. En esta ocasión grabaron un mano a mano de música y poesía que sostuvimos el cantautor Sergio Alzola y yo. La foto que hoy comparto con ustedes deja constancia de un momento de ese diálogo, totalmente improvisado.

Un poema premiado

En septiembre de 1998 asistí en Rumanía a un festival internacional de poetas que se celebró en Curtea de Arges, villa situada al pie de los Cárpatos, próxima al castillo de Vlad Tepes o Vlad Dracul el Empalador, siniestro voivoda feudal de la Valaquia, en quien se inspiró Bram Stoker para crear a Drácula. El caso es que en aquel encuentro tuvo lugar un concurso de poemas y lo gané con el siguiente parte meteorológico:
MAL TIEMPO
Para Pío E. Serrano
Afuera llueve demasiado, pero
por momentos amaina el temporal,
y entonces queda goteando sobre todo
una pertinaz melancolía.
Pronostican para las próximas horas
silencios torrenciales
y al final de la jornada
una mudez en forma de nieve.
Serán inútiles las precauciones
para evitar los estragos del mal tiempo,
nos comunica el meteorólogo E. M. Cioran.
MDM
Momento en que me entregaban el premio. Recorte de un periódico rumano.

Momento en que me entregaban el premio. Recorte de un periódico rumano.

Aniversario del fusilamiento del general Arnaldo Ochoa

Arnaldo Ochoa fotoUn día como hoy, hace 26 años, fue fusilado en La Habana el General de División Arnaldo Ochoa Sánchez (Cacocum, Cuba, 1930). Los Castro lo acusaron -al igual que a otros oficiales, también ejecutados- de tráfico ilegal de cocaína, marfil y diamantes y, por consiguiente, de traición a la revolución..
Al momento de ser detenido, Ochoa era miembro del Comité Central del Partido Comunista, poseía el título de Héroe de la República de Cuba y gozaba de  prestigio y popularidad -prestigio y popularidad cuyo origen se remontaba a su etapa de guerrillero en la Sierra Maestra-. Poco antes de su arresto y recién llegado de la guerra de Angola, donde comandó las tropas cubanas, había sido propuesto para dirigir la Región Militar de Occidente, la más importante de la isla porque es la encargada de proteger la capital.
Aunque el juicio de Ochoa y sus compañeros de infortunio fue divulgado por las autoridades -la televisión lo transmitió, en diferido, durante semanas-, el proceso contra estos militares es uno de los episodios más turbios de la historia de la dictadura castrista, y tanto, que hay hipótesis sobre él que siguen abiertas. Una de ellas apunta a una conspiración contra los Castro que Ochoa estaría liderando dentro de las Fuerzas Armadas.
Yo estaba en La Habana en aquellos días y recuerdo el semblante sombrío de los transeúntes con los que me crucé en las calles la mañana en que la prensa anunció el fusilamiento de Ochoa. Aquel mismo día, por la noche, en una avenida próxima a la Universidad, los estudiantes se manifestaron contra la ejecución y fueron violentamente dispersados por la policía. Al día siguiente, en muchas paredes de La Habana aparecieron pintadas con este signo: “8A”.