100 años de la “Antología de Spoon River”

Ant Spoon River libroEl abogado Edgar Lee Masters (Estados Unidos, 1868-1950) dedicó más tiempo y entusiasmo a la literatura que a las leyes. En un momento no muy tardío de su larga vida, abandonó las últimas por la primera y se convirtió en un escritor ermitaño. Me atrevo a decir que, además de ermitaño, obsesivo: según biógrafos suyos, hasta su muerte luchó con denuedo para superar con nuevas obras el libro gracias al cual lo recordamos hoy, Antología de Spoon River, de cuya primera edición se cumple un siglo en el presente año. Pero aquélla fue una batalla perdida, como la de Flaubert contra Madame Bovary. El culmen de cuanto escribió Masters son los imaginarios epitafios de las ficticias lápidas pertenecientes a los falsos difuntos que supuestamente reposan en el mítico cementerio de un pueblo que -poco importaría que existiera- él se inventó.
Mi descubrimiento de Antología de Spoon River se produjo mientras, animado por la ilusión de encontrar algo diferente, que me sorprendiera, exploraba una librería de Las Palmas de Gran Canaria. El nombre de su autor no me decía absolutamente nada, pero, tan pronto como leí, al pie de un estante de aquella librería, algunas páginas de esta obra de dudosa clasificación -¿narrativa?, ¿poesía?- me invadió el regocijo de haber dado con lo que a tientas buscaba. Libro raro, aún hoy, en su tiempo fascinó a unos cuantos poetas mayores, entre los cuales estaba Ezra Pound, quien lo recibió públicamente con un aleluya a nombre de la poesía norteamericana.
A mí lo que más me atrae en él, la razón por la cual siento no haberlo leído mucho antes, es la desinhibida sencillez con que desnuda la trascendencia de esa parte de la realidad que parece no tenerla: lo cotidiano. Los doscientos y tantos poemas-lápidas que nos dejó Masters en su genial ucronía de Spoon River configuran un coro de voces sin tiempo en el que todos cantamos.
Al cerrar el libro, advertí que faltaba la lápida del autor. He aquí el epitafio que para esa lápida propongo:
EDGAR LEE MASTERS
Yo, Edgar Lee Masters, abogado,
último difunto en merecer parcela
en el viejo cementerio de Spoon River,
fui notario leal y diligente
de casi todos mis vecinos en el pueblo,
hoy mis vecinos en la eternidad.
Tanto ellos como yo esperamos
que al contarte, caminante, quiénes fuimos
nos libres de perecer definitivamente.
Doy fe de la veracidad
de cuantas confesiones
mis vecinos más locuaces me han confiado.
Algunos, por prudencia o timidez,
prefirieron acogerse al silencio sepulcral,
y suyas son las lápidas en blanco.
Dedícales también un pensamiento.
MANUEL DÍAZ MARTÍNEZ

[Tomado de la revista Palimpsesto, Nº 30, 2015.]

“Palimpsesto” Nº 30

Palimpsesto 30Ya está circulando el Nº 30 de la revista de creación PALIMPSESTO, una de las más bellas y serias de su género en España. Publicada desde hace 25 años por la Delegación de Cultura del Ayuntamiento de Carmona (Andalucía), la dirige el poeta Francisco José Cruz. Este número contiene 26 poemas, reunidos bajo el título de “Transparencias”, del gran poeta chileno Pedro Lastra; un estudio de Beatriz Barrera Parrilla, profesora de la Universidad de Sevilla, titulado “El poeta Luis de Ribera (s. XVII) y la edición sevillana de sus SAGRADAS POESÍAS”; y una “Conversación” de Robinson Quintero Ossa, poeta y ensayista colombiano, con el poeta mexicano Jaime Jaramillo Escobar. Completan el índice poemas de Antonio Deltoro (México), Alejandro Anreus (Cuba), Andrés Barrios (Venezuela), Patrizia Cavalli (Italia), Antonio Moreno (España) y Micaela Paredes (Chile). El número cierra con un texto en prosa y un poema de Manuel Díaz Martínez a propósito del centenario de la ANTOLOGÍA DE SPOON RIVER, del poeta norteamericano Edgar Lee Masters.

Presentación de “Vertientes”, libro de Evelyn de Lezcano

Evellyh libroPresentación del libro de Evelyn de Lezcano el 5 de este mes en el Museo Poeta Domingo Rivero, en Las Palmas de Gran Canaria.

Un notable escritor cubano del siglo XX, Juan Marinello -por cierto, amigo personal de Federico García Lorca y de Miguel Hernández-, escribió unos bellísimos ensayos sobre poetas de la isla contemporáneos suyos y a esos textos los llamó “Ensayos en entusiasmo”. Las insuficientes líneas que leeré a continuación tienen en común con los textos de Marinello que han sido escritas también “en entusiasmo”.
Lo primero que deseo decirles es que no me cabe duda de que Evelyn de Lezcano es una poetisa a tomar en cuenta. Leer sus dos libros publicados ha sido para mí una experiencia jubilosa, y más aún: emocionante. Tengo la convicción de que asistimos al nacimiento, o ya al crecimiento de una voz singular y una voluntad creadora muy seria en el espacio de la poesía canaria, un espacio en el cual el verso escrito por mujeres ocupa un sitio cada vez más relevante, según mi mirada, que hace tiempo ha dejado de ser la de un forastero.
Por la alta temperatura emocional a la que Evelyn de Lezcano somete su cultivado y eficiente verbo lírico, en el que la audacia y cierto desenfado no son virtudes menores, es difícil no involucrarse en su muy personal mundo poético.
Tanto en su primer libro, el titulado HOMBRE, como en VERTIENTES, cuya aparición saludamos hoy, Evelyn de Lezcano nos hace participar en un soliloquio que en realidad es un intenso diálogo con sus obsesiones.
En HOMBRE, el diálogo lo mantiene con una sombra, con un fantasma venido de la memoria y que sólo aporta escenas punzantes y anécdotas agónicas y provocadoras -“costras”, los define ella, “que van puliendo las heridas”-.
En VERTIENTES, por el contrario, el diálogo -a trechos idílico, a trechos amargo, y siempre anhelante, como en los amores difíciles- lo mantiene la autora, no con un espectro del pasado sino con una entidad perennemente viva y omnipresente. Esta imperativa entidad es su paisaje nativo, el complejo universo insular ante el cual ella aparece, en su sugestivo texto, como jueza, víctima y cómplice al mismo tiempo, y al que, de súbito convertida en una vehemente romántica del siglo XXI, le concede el prodigio de ser su interlocutor y confidente. De esta manera, VERTIENTES adquiere la calidad de un poema de amor, de amor en vigilia, a la Arcadia atlántica que es su cercanía, insuficiente como todas las cercanías, pero asimismo su horizonte, promisorio como todos los horizontes.
Al cabo de tanta vida dedicada al oficio de opinar, me atrevo a decir que la manera óptima de “explicar” un poema -en el caso de VERTIENTES se trata de un poema que se despliega por todo un libro- es describir de alguna forma cómo, en tanto que lectores, lo hemos digerido y recreado. Los poemas no se agotan en sí mismos, no se detienen en sus bordes, no se muerden la cola. Los poemas son organismos vivos y expansivos, fragmentos de vida iluminados y en movimiento -“fragmentos a su imán” los definió José Lezama Lima-. Yo los concibo como ascuas que, al penetrar en quien se expone a ellas, se metamorfosean en otras iluminaciones. Esto, naturalmente, sólo lo consiguen los poemas dignos de tal nombre, que son los leales, en primera instancia, a su autor. Como los de Evelyn de Lezcano que he tenido la suerte de descubrir y el placer de comentar.
Manuel Díaz Martínez

La realidad de Anays, la niña que soñaba con ser abogada

Anays junto a su abuela.  (Foto del autor.)

Anays junto a su abuela. (Foto del autor.)

He aquí un caso, uno de tantos, que echa por tierra a la propaganda castrista respecto de la salud pública y la atención a la infancia y la juventud en Cuba. Una propaganda mentirosa de la que se hace eco, irresponsablemente, la izquierda internacional. Aunque la protagonista de este drama y yo tenemos los mismos apellidos, no somos parientes. MDM

Fernando Vázquez, Camagüey.

(CUBANET, Cuba, 4/5/2015) Anays Milagro Díaz Martínez no pudo alcanzar su sueño de estudiar Derecho, luego de que en el año 2011, a solo 3 meses de cumplir sus 15 años de edad, fue intervenida quirúrgicamente en dos ocasiones, por un tumor que hoy día la mantiene inválida.

Anays fue operada en el hospital pediátrico Eduardo Agramontés Piña, de Camagüey, por presentar un tumor maligno de células gigantes de huesos, entre la segunda y cuarta vertebra de la columna dorsal. Dicha operación se realizó el día 16 de febrero del año 2011 y fue nuevamente llevada al salón de operaciones un mes después, el día 16 de marzo.

Desde su cama, en su casa en el reparto Saratoga, Camagüey, Anays nos contó que su sueño de ser abogada terminó luego de concluir sus estudios preuniversitarios en la escuela Enrique Hart Dávalos y no recibir la oportunidad de ingresar en la cercana universidad Ignacio Agramontés y Loynáz, debido a su estado de postración.

Miriam Díaz Rodríguez, una de las tías de Anays, nos dijo que renunció a su condición de militante del Partido Comunista de Cuba, para no tener que limitarse a la hora de plantear los problemas que aquejan a su sobrina, como le sucedió cuando intercedió por ella ante la dirección municipal de la Vivienda.

“En los cuatro años que lleva en cama Anays, la policlínica más cercana solo le ha entregado lo que se conoce como módulo de encamado, que consiste en una pieza de hule, dos metros de tela antiséptica, una toalla y seis jabones. Éstos últimos en ocasiones no los recibe”, dijo Miriam.

Del delegado de la circunscripción, la abuela de Anays, Delmida Lucia Rodríguez González, refirió que el mismo no viene nunca. Los trabajadores sociales que le prometieron un refrigerador y nada, a pesar de que Anays es considerada como caso social por el gobierno y las entidades de salud.

Según Delminda, la ayuda que le ha brindado el gobierno a la joven ha sido insuficiente. Una muestra de ello fue el susidio por valor de 7000 pesos que se les aprobó para reparar su vivienda y que Delmida rechazo, porque, según sus palabras “no alcanzaban ni para comprar la puerta de entrada de la casa”.

También, de acuerdo con Delmida y Miriam, cuando llueve mucho se le inunda la casa y tienen que auto evacuarse en viviendas de personas caritativas, llevando a Anays en una silla de ruedas que le entregó una fundación canadiense.

(Cualquier persona o entidad que desee brindar ayuda a este caso, la dirección de esta familia es calle A número 116, entre 1ra y 2da, reparto Saratoga, Camagüey. Más detalles, escribir al correo electrónico del reportero Fernando Vázquez: fernandofelisiano@gmail.com )

Las 6 armas de Castro contra la rebelión

F Castro fotoLiu Santiesteban, Nueva York.

(CUBANET, 29/4/2015)  Hay una pregunta recurrente cuando de Cuba se trata: ¿por qué los cubanos no se rebelan? ¿Por qué no protestan en masa?

Ante todo habría que decir que el 20% de la población de Cuba se ha rebelado mediante la emigración. Esa ha sido nuestra particular votación al no tener elecciones libres y plurales.

Pero hay 6 medidas muy específicas que tomó Castro desde el principio de su revolución, para evitar una revuelta popular en su contra. Tal vez en ellas se encuentran las respuestas a esa pregunta que una y otra vez nos hacen a los cubanos.

1- Armas:

Es célebre en la historia de la guerrilla castrista antes de 1959, el asalto a una armería en Ciudad de la Habana, el 9 de abril de 1958. Aunque esta acción fue fallida por la intervención de la policía, Fidel Castro se dio cuenta de lo peligroso que podría resultar que el pueblo tuviera armas a su alcance. Después de todo, su revolución no habría sido posible sin acceso a las armas. Así que las prohibió. Nadie más que el ejército y la policía, podrían portar y usar armas.

2- Transporte:

Este ha sido un problema sin solución por más de medio siglo en Cuba. Trasladarse dentro de una misma ciudad es casi una misión imposible, que puede tomar varias horas. Hacerlo de una provincia a otra o de un extremo de la isla a otro, ciertamente lo es.

Nunca se han construido más carreteras o líneas de tren en Cuba; y se han abandonado el 90% de estas sin mantenimiento por más de 50 años.

Los automóviles siempre han sido “otorgados” a personas comprometidas con el régimen y se prohibió la importación de cualquier medio de transporte.

Aunque recientemente se ha autorizado la compraventa de vehículos, los precios son inaccesibles para la gran mayoría de la población; que debe ahorrar más de 20 años de salario íntegro para comprar un automóvil.

Los vuelos de avión también son pocos y caros.

Esto ha traído un efecto negativo no solo para los ciudadanos que no podían ni pueden trasladarse con facilidad, sino que también ha afectado el transporte de mercancías, lo que me lleva al siguiente punto.

3- Dinero:

En los primeros años de su revolución, Castro nacionalizó todas las empresas privadas. Primero las grandes industrias y luego todos los pequeños negocios, incluso los cajones de limpiabotas.

Más tarde le robaría sus propiedades a los ciudadanos que tuvieran más de una casa. En algunos casos, permitió que algunas personas conservaran dos viviendas, mientras no estuvieran a nombre del mismo individuo. También la compraventa de inmuebles; solo se podía intercambiar una casa por otra, hasta que hace un par de años se legalizaran las transacciones inmobiliarias.

Al hacer esto, junto al cambio de la moneda, Castro dejó sin recursos, en pocos años, a los más de 6 millones de habitantes que tenía Cuba en aquel entonces.

Él sabía muy bien lo que una clase pudiente podía hacer por un grupo de jóvenes inconformes para llevarlos al poder.

Así, el 98% de la población pasó a trabajar y depender del estado castrista para cobrar a fin de mes. Lo que redujo rápidamente el deseo de protesta por miedo a perder el trabajo. Algo que sucedía y sucede continuamente cuando alguien se declara abiertamente en desacuerdo con el régimen.

Así, por lo general, quienes se oponen políticamente a Castro dependen de la ayuda financiera del exterior por lo que pueden ser acusados fácilmente de mercenarios.

4- Comunicación:

Afectada por la falta de transporte fluido y constante; manipulada tras la confiscación de todos los medios de prensa plana, radio, televisión y cine y rematada con la asignación de teléfonos fijos solo a los adeptos fidelistas; la comunicación entre cubanos dentro de Cuba, ha sido otro de los calvarios de nuestro pueblo.

Incluso para personas que apoyaran el sistema, la situación podía complicarse. Mi abuelo, por ejemplo, quien estuvo en la marina de guerra toda su vida, solo le llegó el traslado de su teléfono de Holguín a La Habana a 20 años después de solicitarlo.

Ya él había solicitado uno nuevo que tras esperar también años ya se lo había instalado. Solo así pude yo tener teléfono en casa de mi madre, previo cambio de dirección de mi abuelo a nuestro apartamento.

Entonces, 20 años después de la llegada del internet al mundo, Cuba está cerrada y sin acceso a la red. Cuesta medio mes de sueldo conectarse durante una hora y ninguna transacción puede hacerse por este medio dentro de la isla. Esto ha garantizado que no se desarrollen sectores claves que empoderarían a la sociedad civil y enriquecerían a los cubanos, como el transporte, las comunicaciones y el poder adquisitivo. Algo que ha sido siempre el objetivo de los hermanos Castro, ratificado recientemente por Raúl, cuando dijo que no se permitiría la acumulación de riquezas, en el marco de las nuevas reformas.

5- Política

Cuba estuvo casi 20 años sin celebrar elecciones de ningún tipo tras la toma del poder por Fidel Castro.

En 1976 se establece una nueva constitución y con ella el partido único, el Partido Comunista de Cuba, pasa a ser la máxima autoridad de la sociedad, por encima de cualquier otro pensamiento político.

A partir de este momento, se afianzó una de las armas más potentes contra la rebelión en Cuba, pues desde entonces la creación, participación o apoyo a otro partido político quedó convertido en delito, lo que siempre ha sido un derecho. Esto viola el derecho de asociación de la Carta Universal de los derechos humanos.

Así quedaron ilegalizados todos los partidos políticos y la mayoría de sus líderes fueron detenidos, encarcelados o exiliados. Incluso sufrieron esto los miembros del Directorio Revolucionario Cubano, con los que Fidel tenía rivalidad desde antes de 1959. Incluso, algunos miembros del Partido Comunista fueron perseguidos y torturados.

6- Religión

Esto fue posible porque desde 1959 y hasta 1976, Fidel se había dado a la tarea de sustituir no solo la fe en Dios, por la fe en su revolución; sino también porque sustituyó al mismo Dios en todos, o casi todos los corazones cubanos.

Así empezamos a ver en las puertas de las casas, placas que decían: “Esta es tu casa Fidel”, en vez de la tradicional imagen del sagrado corazón de Jesús.

Cientos de curas y monjas fueron expulsados del país, se cerraron miles de organizaciones de caridad, y el estado pasó a ser el único benefactor autorizado. Algo que ya sabemos es insostenible económicamente.

Aun hoy cuando ya no está prohibido celebrar la Navidad y los arbolitos no tienen que estar escondidos, ni las Vírgenes y santos tampoco; la policía persigue y saquea a los grupos de activistas independientes que reúnen con esfuerzo y ayuda del exterior, juguetes para los niños o comida para las pobres. Sobre todo si los activistas se declaran a favor del respeto a los Derechos Humanos.

En la declaración de independencia de los Estados Unidos, Washington y los llamados padres fundadores de la patria norteamericana, establecieron que todos los hombres son iguales, porque así lo había dispuesto Dios; por tanto ningún hombre podía disponer lo contrario. Y por eso se respetó, aunque hubo una lucha de años para llevar esa máxima a la práctica, sobre todo una lucha racial. De hecho hubo una guerra civil, la Guerra de secesión, para que se respetara la libertad individual de todos los individuos y se aboliera la esclavitud.

En la constitución de 1976 en Cuba y tras casi 20 años de éxodo, destierro, persecución política y religiosa, se estableció en la constitución que el partido único era la única religión y su presidente, el primer ministro y Dios mismo, con todos los poderes en su mano, incluso el de quitarle los derechos humanos a los cubanos.

Quitarle ese poder divino a Los Castro y restablecerlo en un ser supremo, respetado por todos: Dios, como instancia divina y en un sistema capitalista y democrático como instancia legal, es lo que hoy se nos hace todo un reto. No solo por la maquiavélica acción castrista constante sino también por el desprestigio de la iglesia católica en Cuba, que se ha puesto del lado de los represores tantas veces, en vez de ejercer de embajadora y defensora de Dios y su misericordia y justicia, ante los cubanos. Como también ha hecho gran parte de la comunidad yoruba que siempre ha apoyado a los Castro.

No obstante habría que decir que la iglesia cristiana o evangélica ha dado muchos de sus hijos a esta lucha; y han sacado y sacan, la cara por el honor de Dios y de todos los cubanos en muchísimas ocasiones. Probablemente porque son personas de una fe que roza muchas veces en el fanatismo o sectarismo, algo que ha sido en este caso positivo para la causa de la libertad de Cuba, pues resulta mucho más difícil sustituirles la fe que tienen y mucho menos sustituirles a Cristo.

Si los cubanos hoy no se rebelan o pocos lo hacen es porque, por más de medio siglo, han sido y son sometidos a un control totalitario por parte de una sola familia: la familia Castro Ruz. Con el consabido riesgo de persecución, cárcel, exilio o muerte que conllevan hoy la oposición frontal al régimen castrista.

Una nación sin diálogo

Hace casi nueve años, el periódico español EL PAÍS publicó este artículo mío. Raúl Castro acababa de heredar de su hermano mayor todos los poderes que éste ejerció durante 47 años. Los acontecimientos más mediáticos de la Cumbre de las Américas recién celebrada en Panamá -el cordial encuentro de Raúl Castro y Barak Obama y las brutales agresiones de la delegación castrista a los representantes de la oposición cubana- avalan y actualizan cuanto dije en mi artículo

Manuel Díaz Martínez

(EL PAÍS, 19/12/2006) En dos ocasiones en menos de cuatro meses, el general Raúl Castro, que en julio asumió interinamente los poderes cedidos por su hermano mayor, ha hecho público su deseo de dialogar con el Gobierno estadounidense. “Queremos reafirmar nuestra disposición de resolver en la mesa de negociaciones el diferendo prolongado entre Estados Unidos y Cuba”, dijo el general hace pocos días en La Habana, en medio de un desfile de tropas, armamentos y civiles con banderitas.

Como manifestación de cordura no está mal. Pero hay un diálogo previo, mucho más importante y perentorio, que el régimen castrista ha rechazado siempre y soslaya ahora: el que debe haber entre todos los cubanos, gobernantes y gobernados, para resolver el diferendo nacional entre autoritarismo y libertad, entre autocracia y democracia. Un diálogo que puede determinar, incluso, cambios radicales en la política de Washington hacia la isla.
Es indudable que las pésimas relaciones entre Estados Unidos y Cuba, que duran más de cuarenta años y tienen el embargo como invitado de piedra, son parte del problema cubano. Pero no son la parte principal del problema. Son un factor exógeno derivado del factor interno, que es el básico y que no es otro que el sistema estalinista implantado en la isla desde hace casi medio siglo -durante el apogeo de la guerra fría- bajo los auspicios de la difunta Unión Soviética.
Un régimen político se define como dictadura cuando proscribe el diálogo social, y Cuba, con un adalid incuestionable, un partido único, una economía centralizada, una prensa monocorde, un Parlamento unánime, una judicatura cautiva, una policía omnipresente y una oposición amordazada, es una nación sin diálogo desde 1959. Desde ese año, en la sociedad cubana impera en solitario el monólogo dictado por el líder y repetido por la élite del poder omnímodo e inmóvil al que todavía se sigue llamando revolución. Recuerdo que en su último viaje a México, el poeta Rafael Alberti dijo que él detestaba la muerte y que le gustaría que la gente se muriera hablando, palabras ante las cuales pensé con murria y zozobra que en Cuba sólo una persona moriría como quería Alberti y que las demás estábamos condenadas a morir oyendo.
Los dirigentes castristas jamás han aceptado debatir nada seriamente, ni en público ni en privado, con sus críticos nacionales, cuya legitimidad como ciudadanos e interlocutores han negado de manera sistemática, acusándolos de traición, de venderse al imperialismo, etcétera. En la Cuba comunista, entre los dirigentes y los disidentes siempre aparecen interpuestos los interrogadores de la Seguridad del Estado y los jueces de los tribunales revolucionarios. (Mientras el general Raúl Castro proponía a los norteamericanos que se sentaran con él a una mesa de negociaciones, ingresaban en prisión, uno en Santa Clara y otro en La Habana, otros dos periodistas independientes -Raymundo Perdigón Brito y Ahmed Rodríguez Albacia-, es decir, dos impertinentes incitadores del prohibido debate nacional).
En mayo de 1991, una decena de intelectuales cubanos suscribimos un manifiesto en el que pedíamos, entre otras cosas, que el Partido Comunista y el Gobierno escucharan las opiniones y sugerencias de la oposición interna acerca de los problemas del país. El momento era singularmente complejo porque comenzaba el llamado Periodo Especial, o sea, la crisis económica en que se abismó la isla al derrumbarse el campo socialista europeo, con el que Cuba mantenía casi todo su comercio exterior y del que recibía el petróleo y otros productos de primera necesidad. Las autoridades reaccionaron ante nuestro reclamo según su costumbre: su prensa (la única), que por supuesto no publicó el manifiesto, nos cubrió de injurias y nos llamó “cómplices de una operación enemiga”, y su burocracia nos represalió de diversas maneras. A la postre, todos los que firmamos el manifiesto tuvimos que exiliarnos. Algunos, antes del exilio, conocieron el despido laboral y la cárcel.
Es cuando menos una curiosa paradoja que el segundo jefe histórico y actual dirigente máximo de un régimen tan nacionalista, tan altivo en la valoración de su soberanía y tan orgulloso de su independencia, prefiera entenderse primero con los norteamericanos, sus más encarnizados enemigos, que con los opositores internos, que son pacíficos, dialogantes y, casualmente, cubanos.
Considero, no obstante, que es un gesto positivo que el general regente se muestre dispuesto a limar asperezas con los vecinos del norte, pero es recomendable -y así se lo han sugerido desde Washington- que antes cumpla con algunas obligaciones domésticas, lo que le aseguraría un más rápido entendimiento con ellos. Para empezar, deberá poner en la calle, cuanto antes, a los trescientos y tantos presos políticos que languidecen en las cárceles de la isla. Y sería estupendo que se acordara de que Cuba es signataria de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y honrara ese compromiso.
Pero me temo que, de momento, no hará nada de eso. Éstas y otras medidas de carácter político serán las últimas que decrete el general, y lo hará cuando no le quede más remedio para prolongar su estancia en el poder. Antes, con el mismo propósito, introducirá reformas económicas menores encaminadas a aliviar las duras condiciones de vida que la revolución ha impuesto a los cubanos durante más de cuatro décadas.
Por ahora, más monólogo y policías.