Rechazo de una nueva larga espera

Teódulo López Meléndez, Caracas.

Mis lectores saben de mi aprehensión por las mediciones del tiempo. No obstante hay que admitir que los términos de siglos y milenios son útiles para determinar períodos históricos y que al final de cada uno de ellos hay un agotamiento propio de algo que se acaba y que reclama renovación y nuevos emprendimientos. Al comienzo del siglo XX irrumpieron las vanguardias con toda su carga destructiva contra el pasado y con todos los desafíos hacia la implementación de una nueva concepción de la acción humana. La revolución industrial ponía la máquina en el altar de las nuevas realidades. Marinetti lanzaba el Manifiesto Futurista hacia un siglo que estaría determinado por una creencia en la supuesta infalibilidad de la ciencia para darnos respuestas objetivas. En efecto, jamás el hombre avanzó tanto en la composición de máquinas robóticas o de descubrimientos científicos.

La ciencia se fue agotando no en su progreso real y utilitario sino en su capacidad de decirle al hombre que todas las respuestas posibles tenían una demostración práctica, digamos una prueba de laboratorio, una confirmación de la verdad de cada afirmación. Las verdades objetivas fueron desapareciendo y la incertidumbre se reinstaló exigiendo desde nuevos códigos de conducta hasta nuevas formas de organización política. Aún pervive la incertidumbre. Sabemos estar en la llamada era digital, en el mundo de las comunicaciones instantáneas, en el de la presentación de una realidad que viene a nuestros ojos en el preciso momento en que se genera. La velocidad es la noticia. No obstante, el hombre parece ahíto de realidad, se hace evasivo y sobre él hay que recomenzar a aplicar los calificativos de cínico y nihilista.

Al término de la Segunda Guerra Mundial brota en el campo de la política una pléyade de hombres que saben que su misión es reconstruir y que ya la geopolítica no puede seguir dominada por pequeñas potencias imperiales que todo lo resuelven con la guerra. No obstante, cuando un soldado norteamericano y uno soviético se miran teniendo como escenario las ruinas de Berlín iniciamos una guerra de otro tipo, una guerra fría, que se mantiene sobre el equilibrio del terror nuclear. A pesar de todo se construye democracia, se borran muchos de los viejos factores que desencadenaban las confrontaciones europeas y el mundo trascurre en una aparente paz de medio siglo. Aparente, porque se libran innumerables guerras localizadas que causan tal vez tantos o más muertos que la confrontación global y donde Corea y Vietnam son apenas los nombres sonoros, los iconos grandilocuentes de la nueva manera de enfrentarse.

La forma política denominada democracia llega a su esplendor, pero también comienza su declive. El cansancio de viejas normas de comportamiento produce eclosiones como la rebelión estudiantil de París, fenómenos como los Beatles, la aparición de los hippies, rupturas culturales que, sin lugar a dudas, inciden sobre un cuerpo social endurecido y establecen altísimos márgenes de nueva libertad. Conseguida la libertad comienza de nuevo el aburrimiento y la política viene despreciada como si se tratase de un tumor maligno con el cual apenas se debe convivir, pero con el cual no se debe tener ninguna relación.

Las formas políticas se agotan y se produce en respuesta otra eclosión de pensadores que reflexionan sobre el hecho sin que, no obstante, logre devolver al cuerpo social la convicción de que es precisamente la despreciada política donde están las claves de envoltorio de todas las conflictividades y de las respuestas posibles. Los filósofos tienden al nihilismo como última ratio de una desesperación dolorosa. Comienza así un amontonamiento de cansancio que es el término adecuado para describir esta primera década del siglo XXI, hasta el punto de que aún no hemos podido determinar cuándo comenzó esta centuria.

La política se hace mediocre, su ejercicio por la vieja forma llamada partidos políticos se convierte en una práctica castradora, la gente aumenta el soslayo hacia las formas de organización olvidando que la política es uno de los inventos claves del hombre. En este pantano nos debatimos, en esta incongruencia donde las manifestaciones conservadoras de lo que fue la democracia asociada a la era industrial no termina y las nuevas posibles formas son miradas con aprehensión por los viejos actores reproducidos en los nuevos actores.

En 1936 un viejo dictador agoniza en Venezuela y sólo será su muerte lo que permita comenzar la adopción real y efectiva de nuestra propia eclosión iniciada en 1928. No será hasta 1958 cuando las ideas de una democracia representativa logren imponerse. Son décadas que transcurren marcadas por los vicios atávicos. Son décadas que pasan desde la fecha en que la mirada de Mariano Picón Salas fija el inicio de nuestro siglo XX hasta que las ideas se materialicen en un período relativamente calmo de libertad y de paz, aún cuando la marca de la insurrección guerrillera y de sus terribles consecuencias, que aún pagamos hoy, den una muestra de la ebullición que subyace y que exige formas rápidas y expeditas de nuevas construcciones políticas.

Son décadas para que la democracia representativa se agote en su impotencia por evolucionar, en su rapiña de corrupción, en la impermeabilidad de cuadros políticos anquilosados. Ahora mismo esta pequeña república vive la primera década del siglo XXI en un retorno de los atavismos encarnados en un gobierno militar y en una demostración peligrosa de cómo nos tardamos décadas en asumir la novedad de una centuria. Si nos tardamos 36 años en descubrir que el siglo XX tecnológico, y su forma política de democracia representativa, había llegado, ahora nos encontramos con una situación que exige la implementación de la idea que el siglo XXI digital requiere ser acompañado de una nueva democracia a la cual hay que ahorrarle los adjetivos y llamarla simplemente de ese siglo.

No podemos permitirnos una nueva larga espera como la descrita y sobre la cual brillantes intelectuales nuestros colocaron sus miradas. Ahora, por si fuera poco, escasean las miradas diseccionadoras del presente y cazadoras de futuro. Hay que conceptuar la democracia de esta era en medio de las terribles dificultades que nos abruman, de los improperios y de las maniobras bajas, de la destrucción del lenguaje y de los principios, de la represión violenta y de la degeneración absoluta de las instituciones que lograban mantener un equilibrio, precario pero equilibrio, que permitía un control parcial y relativo de las declinaciones.

Hay que hacerlo sin dejar de vivir las coyunturas propias, diarias y relamidas, de esta triste realidad venezolana. En mi reciente artículo “Elección en dictadura” advertí sobre los graves peligros que acechan y que ahora tienen una demostración inocultable e irrefutable en esta crispación frente a las elecciones regionales de noviembre. Cualquier cosa puede suceder, cualquier desfachatez puede ser cometida, cualquier “patada histórica” puede ser intentada. Dije en ese texto –y repito ahora– que la participación electoral no puede ser la única consideración cuando se vota en dictadura, que tienen que existir complementariedades estratégicas. Ahora, mientras persisto en la búsqueda de ideas para la democracia de la era posindustrial, de la era posmoderna, no dejo de mirar con extrema preocupación a una sociedad endeble y a una dirección incapaz que carece de inteligencia para entender el tsunami de la coyuntura.

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Cundo Bermúdez

Con noventa y cuatro años –había nacido en La Habana en 1914–, ha muerto en Miami, donde residía, el pintor Cundo Bermúdez, uno de los grandes creadores de las artes plásticas cubanas del siglo XX. En septiembre pasado, la revista digital Otro Lunes publicó esta entrevista que le hiciera al maestro su viejo amigo José Lorenzo Fuentes.

José Lorenzo Fuentes y Cundo Bermúdez en la casa del pintor. Miami, 2001.

José Lorenzo Fuentes y Cundo Bermúdez en la casa del pintor. Miami, 2001. (Archivo MDM)

EL EJERCICIO DE LA MEMORIA

José Lorenzo Fuentes

Sin duda hemos cambiado mucho físicamente durante estos casi cuarenta años que hemos dejado de vernos, pero no lo suficiente para encontrarnos en la calle y mirarnos con la indiferencia de dos desconocidos. Eso es lo primero que pienso apenas Cundo Bermúdez sale a la puerta de su casa, en Miami, para recibirme, y nos fundimos en un fuerte abrazo. Pero mientras nos prodigamos frases de afecto y nos miramos directo a los ojos, de pie en el zaguán, antes de pasar a la sala donde vamos a conversar detenidamente, pienso todo lo contrario: nuestros rostros han incurrido en tantos cambios que, en efecto, no nos hubiéramos reconocido de habernos encontrado casualmente en la calle. Y sin embargo, pese a los ineludibles estragos del tiempo, me percato de que este Cundo Bermúdez que ahora contemplo es el mismo que vi en La Habana (¿hace cuántos años, treinta y dos, treinta y seis?). De suerte que en el trayecto hasta la sala, reflexiono con indulgencia que los cambios no son tan ostensibles como creí al principio. Viste, acaso como entonces, una camisa de mangas cortas, un pantalón gris y cómodas sandalias de suela de goma. Sí, lo compruebo: su modo de andar es el mismo de siempre. Sus pasos son afelpados y todo su cuerpo se desplaza envuelto en un silencio que parece protegerlo. El escritor Raúl Aparicio, que lo conoció en su juventud, decía que a Cundo se le veía en las calles habaneras como “una cosa desvaída; desasido de todo lo terreno, ensoñando”. Así lo recuerdo yo también. Me parece estarlo viendo en los momentos en que atravesaba la calle Galiano o ingresaba al Paseo del Prado envuelto en un aura de indispensable silencio. Hoy como ayer, su persona siempre ha destilado timidez y silencio porque toda su fuerza, toda su furia, parece haberlas reservado para pintar.

Dibujo de CB. Origenes. Nº 40, 1956.

Dibujo de CB. Orígenes. Nº 40, 1956.

Al cabo de tantos años de no verlo, he decidido visitarlo después de recibir desde Puerto Rico una llamada telefónica de Vicente Báez anunciándome el propósito de publicar un libro que refleje toda la extensa obra de Cundo Bermúdez. Para engatusarme, me comunica que el prólogo del libro lo iba a escribir otro amigo entrañable, Guillermo Cabrera Infante(*). ¿Te animas a colaborar?, me preguntó. “Por supuesto”, respondí sin pensarlo dos veces. Aunque no mediara la amistad, hubiera aceptado con la misma alegría la invitación. Cundo Bermúdez es una figura legendaria: de todos los grandes maestros de la pintura cubana, surgidos en la década del 40, es el único que a sus incontables años permanece trabajando. Los demás han muerto: Víctor Manuel, Wifredo Lam, Carlos Enríquez, Amelia Peláez, René Portocarrero, Fidelio Ponce.
Ocupamos dos butacones situados frente a frente. Acciono la grabadora que va recogiendo minuciosamente sus palabras. Lo escucho decir que en la vida lo que más miedo le provoca es llegar a olvidar algo. “Las cosas se me olvidan con gran facilidad”, enfatiza. Me confiesa que la víspera de mi visita estuvo largo rato tratando de recordar la figura de la madre de Amelia Peláez, doña Carmela, quien por cierto —agrega— era la hermana menor del poeta Julián del Casal. Cuando al fin logró recordarla nítidamente se sintió feliz. “Por eso pinto, porque es otra forma de atrapar el pasado”.

JLF: ¿Cuándo empezaste a pintar?

CB: Yo pintaba desde niño. Todos los niños pintan bien hasta que se les acercan los mayores y les dicen cómo deben hacerlo. Así se pierde el encanto inicial, ese rasgo de genialidad que existe en cada niño pintor. Pues bien, alrededor de los cinco años yo empecé a pintar en unos papeles blancos que los chinos utilizaban en las lavanderías para envolver la ropa cuando la devolvían a sus clientes. Recuerdo que yo no pintaba sentado a una mesa sino en el suelo, en contacto directo con los mosaicos del piso. Las formas bellísimas de los mosaicos de los pisos cubanos quedaron grabados desde entonces en mi interior, en mi subconsciente, y más tarde, cuando ya era adulto, comenzaron a aflorar en mi pintura. Para mí, aquellos mosaicos eran un tesoro. Cuando encontraba abandonado en algún lugar un fragmento de mosaico lo recogía, lo limpiaba y lo guardaba. Así que no es ilógico ni casual que las formas que me entregaron esos mosaicos, que tanto amé siendo niño, se convirtieran en elementos que fui incorporando a mi obra.

JLF: ¿Es cierto que en algún momento de tu vida deseaste ser escritor?

Portada e ilustraciones interiores de CB. Encuentro de la Cultura Cubana. Nº 40, 2006.

Portada e ilustraciones interiores de CB. Encuentro de la Cultura Cubana. Nº 40, 2006.

CB: Sí, y escribí algunos cuentos. Mi amor a la literatura nació cuando yo tenía unos diez años. Ocurrió que una familia que vivía cerca de nosotros, en la misma calle Delicias donde yo nací, decidió irse a vivir a Nueva York y únicamente se quedó en Cuba el abuelo, Enrique Fuentes. Cuando la familia se fue, Enrique Fuentes se mudó para una casa de huéspedes, donde ocupaba una habitación tan pequeña que le era imposible disponer de un espacio para sus libros. Nos entregó su biblioteca con el compromiso de permitirle venir todas las tardes a leer en nuestra casa. Así, gracias a su biblioteca, yo empecé a leer. Me leí todo Blasco Ibáñez, todo Máximo Gorki; en fin, cuanto libro había en la biblioteca de Enrique Fuentes. Cuando el escritor José Antonio Ramos, que era primo-hermano de mi padre, se enteró de mi interés por la lectura, me dijo: “Tú no puedes seguir leyendo en esa forma tan desordenada”. Me hizo una lista de autores y de libros, que empezaba, me acuerdo, con las Vidas Paralelas, de Plutarco. Fue el propio José Antonio Ramos quien me presentó a Leopoldo Romañach y me aconsejó que ingresara en la Escuela de Pintura San Alejandro, a la que enseguida comencé a asistir como oyente.

JLF: Entregado al ejercicio de recordar, que tanto lo fascina, me dice que la primera exposición de pintura en la que participó fue en l937 junto a la escultora Carmen Herrera y el pintor Pedro Pablo Mantilla, pero su primera exposición personal se efectuó en el Lyceum Lawn Tennis Club de La Habana, en l942, una fecha alrededor de la cual debe situarse el punto de partida del arte moderno en Cuba. Hasta entonces, en la Academia San Alejandro, donde han estudiado todos los grandes pintores cubanos, nunca se oyó mencionar el impresionismo, que en esos momentos dominaba la pintura en Francia, ni los alumnos escucharon resonar en sus aulas formadoras los nombres de Cézanne, Seurat, Gauguin y Van Gogh. ¿Hasta cuándo? Hasta que Víctor Manuel y Juan José Sicre viajaron al exterior y regresaron a Cuba con un mensaje plástico que era un grito contra la coyunda académica. Un año más tarde Amelia Peláez viajó a Francia y regresó después de encontrar el camino que le indicaron Gris, Braque y Picasso. Mario Carreño recorrió Europa, México y Estados Unidos, y regresó en l94l exhibiendo una técnica que le facilitaba abordar con maestría todos los temas posibles. Y Cundo Bermúdez viajó a México, de donde regresó, como ha dicho José Gómez Sicre, “con un sentido monumentalista de la pintura ocre que pronto fue nutriéndose de la luz cubana”.

–¿Qué otras cosas has hecho en la vida además de pintar?

CB: La respuesta correcta sería decir que, salvo algunos momentos, en que tuve necesidad de ganarme la vida en otras actividades, no he hecho nada más que pintar. Algunos pintores de mi generación tuvieron una actitud diferente: buscaban el modo de conseguir una beca o de desempeñarse como profesores, pero procurándose, desde luego, un tiempo libre para pintar. Abela fue diplomático. Amelia Peláez y Carlos Enríquez pertenecían a familias adineradas. Fidelio Ponce y Víctor Manuel, en cambio, eran bohemios, eran los valientes que se lanzaron a la calle para abrirle un mercado a la pintura cubana.

JLF: En marzo de l943 tuvo lugar un evento de señalada importancia para la plástica cubana: por primera vez en la historia de los Estados Unidos, el Museo de Arte Moderno de Nueva York efectuó una exposición de pintores cubanos. La muestra, organizada y seleccionada por José Gómez Sicre, recogió alrededor de ochenta óleos, dibujos y acuarelas de Fidelio Ponce, Amelia Peláez, Carlos Enríquez, Mario Carreño y Cundo Bermúdez, quien estuvo representado por once obras, entre ellas El balcón, Muchacha en túnica rosa y el famoso retrato que le hizo a María Luisa Gómez Mena. La crítica le fue especialmente favorable. Edwin Alden, del New York Times, escribió sobre El balcón: “Este cuadro demuestra que el color, impulsado hasta un tono abrasador, puede, cuando se controla bien, lograr resultados importantes”. Y con motivo de esa misma exposición, escribió Jewell poco después: “Podemos considerar la obra de Cundo Bermúdez como la más particularmente cubana”.

La presencia de Cundo en la generación del 40 fue también su salto a la inmortalidad. Durante la entrevista le recuerdo haber leído recientemente en un periódico que uno de sus cuadros de esa época había sido subastado en medio millón de dólares. “Sí, pero cuando lo pinté me pagaron por él doscientos pesos cubanos”, comenta con una sonrisa. En aquellos tiempos, agrega, pintaba temas populares como La barbería y El billar, que eran cuadros muy figurativos, en los que modelaba mucho la figura. Después pudo haber variado el rumbo en busca de otras formas expresivas. Pero para él —señala— lo fundamental ha sido siempre el ser humano. Nunca le interesó el arte abstracto. Tampoco lo ha atraído pintar el movimiento. Para su idea, las figuras en el cuadro deben estar quietas, por la misma razón que las personas que lo contemplan están, o deben de estar, en total estado de quietud. Por ese motivo muchos críticos hablan de la influencia egipcia en su pintura, precisamente —dice— “por esa cosa estática que ven en mis cuadros, que tampoco tiene que ver nada con la serenidad, porque algo puede estar estático sin estar sereno, pienso yo”.

–Tus amigos sabemos que siempre has tratado de alcanzar la paz interior. ¿Lo has logrado?

CB: Exteriormente yo doy la impresión de serenidad, de buscar la paz interior o de haberla conquistado. Pero no es verdad en absoluto. Yo soy meticuloso, matraquilloso. Por ejemplo, antes de salir a la calle, doy cuarenta vueltas en la casa como si hubiera olvidado algo y lo estuviera buscando. Igual me pasa cuando voy a acostarme por la noche. Todo lo quiero hacer a esa hora, y me dan las dos de la madrugada y todavía estoy despierto. Alguien me ha dicho que eso me ocurre porque nací el tres de septiembre, que en Cuba es el mes de los ciclones, y bajo el signo de Virgo, cuyos nativos, dicen los astrólogos, se cuentan entre los seres más quisquillosos del Zodíaco.
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(*) El libro se publicó a principios del 2001, cuando Cundo Bermúdez arribaba a los 87 años, y cuatro años antes de que ocurriera la muerte de Cabrera Infante.

Silvia García / Poemas

IGLESIA EN CLOCH NA RÓN

Estaba en el crepúsculo
como un vaso olvidado;
la hierba eterna, la colina del cielo
y unas tumbas que nadie visita a estas horas,
ni siquiera el espíritu más roto por la vida.
No hay fuego allí, sólo secretos.
No hay demonios allí:
cada árbol
es la metáfora del mundo,
miríadas de ramas negras
sin una sola promesa, hundiéndose entre nubes bajas.
Y el mar, a diez pasos, y no he visto
figura más humana que estos barcos
deshabitados.
Estoy aquí donde todo es grávido y mudo,
con mi garra extendida hacia las revelaciones
pero no lo diré. No buscaré nada;
profunda en el compasivo vientre de las cosas
miro y callo por fin, por fin, por fin.

CIEN AÑOS

Sigo estando en el centro de un castillo muerto:
llamo a las hojas de los antiguos robles
pero no quieren caer,
llamo a las nubes y a las negras cornejas
pero todo está quieto
en la tierra y en el cielo,
mi corazón es solamente un niño
entre estatuas de sal, niño feroz
contra los tersos caballos transparentes del silencio.
Aquí estoy como si nadie hubiera,
jugando con restos de palabras voladoras
entre reyes y doncellas y soldados y ancianos
petrificados
en estas ricas salas para siempre oscuras,
desde nobles cortinas que no mece el viento.
¿A quién esperan los ojos cerrados?
¿A quién esperan los ríos inmóviles?
Mi corazón es un niño que no pueden matar,
que rompe cada tumba con un nuevo idioma
y alguien contestará esta noche –oh bocas,
oh estrellas mudas–
tarde o temprano
alguien
contestará.

MINUTO

Esta es la vida,
estos son los hechos:
los álamos se han puesto amarillos,
Saturno
tiene dieciocho lunas.
Siempre hay alguien que no entiende nada.
Siempre hay alguien crucificado
por el horror del mundo.
La gente nace, constelaciones
de gente, como pájaros
y almendros,
como palabras, leve arena.
Todas estas estrellas han partido.
…Qué soledad, dios mío,
qué soledad.
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Silvia García (Chaco, Argentina, 1970). Poetisa y traductora. Ediciones Corregidor, de Buenos Aires, le ha publicado dos libros de poemas: Calendario (2005) y Cuentos de hadas (2006). Reside en Canarias. [Ilustración: Schiele, Cuatro árboles, 1917.]

Relanzan el Proyecto Varela

El 10 de mayo de 2002, Oswaldo Payá Sardiñas entregaba en la Asamblea Nacional del Poder Popular en Cuba una iniciativa popular siguiendo el procedimiento establecido en la Constitución: el Proyecto Varela. En él, once mil veinte cubanos apoyaban un referéndum constitucional sobre cinco temas clave:

  1. Libertad de expresión.
  2. Libertad de asociación.
  3. Amnistía para los presos políticos.
  4. Libertad para organizar empresas.
  5. Una nueva ley electoral.

Tras esa fecha se esconde un camino lleno de iniciativas silenciadas por el Gobierno cubano. En 2003, se presentaban 14.340 nuevas firmas; en 2004, el programa Todos Cubanos; después, la Ley de Amnistía, la ley de Reencuentro Nacional y la campaña Foro Cubano.

El Gobierno cubano, presidido por Raúl Castro, sigue sin atender estas iniciativas pacíficas y legitimadas por la Constitución vigente en Cuba.

El Proyecto Varela ha sido relanzado y quienes quieran apoyarlo pueden enviar su firma a la Asociación Española Cuba en Transición (AECT): info@cubaentransición.com.

Callejón del Gato

La Pisa-Bien: Un comunista de por ahí ha escrito que al capitalismo sólo lo derrota la revolución.

Serafín el Bonito: Y la historia nos viene enseñando hace rato que las revoluciones se derrotan a sí mismas.

Don Latino: El siglo pasado mostró cómo la revolución socialista va de victoria en victoria de vuelta al capitalismo.

Max Estrella

Solidaridad Española con Cuba lamenta que no avance la libertad de prensa en la Isla

Un año más el informe de Reporteros Sin Fronteras (RSF), que valora de forma objetiva el grado de libertad de prensa de cada país, vuelve a demostrar que Cuba es uno de los países con menor libertad de prensa del mundo y el último de la lista en América. Respecto al año anterior, Cuba desciende cuatro puntos en la clasificación mundial –de 165 a 169–. Lo que demuestra que con el general Raúl Castro en el poder la situación de la libertad de prensa, lejos de mejorar, ha empeorado en la Isla. Pese a la afirmación que hizo el Ministro de Exteriores de Cuba Pérez Roque durante su visita a España la semana pasada, en Cuba sí hay personas encarceladas por pensar diferente. Como recoge el informe de RSF, una veintena de periodistas cubanos siguen presos. Además, todos los medios de comunicación legales están bajo el control del Gobierno.

Solidaridad Española con Cuba responsabiliza al régimen castrista de esta falta de avances. Así se pronunciaba su presidente, Ricardo Carreras: “El gobierno del general Raúl Castro no ha avanzado nada en libertad de prensa. Es necesario liberar incondicionalmente a todos los periodistas encarcelados, y después de eso, liberar los medios de comunicación, que son actualmente rehenes del monopolio absoluto del Estado”.

La ONG española pide de nuevo al Gobierno español y a la UE que condicionen el diálogo con el Gobierno cubano a avances reales en la Isla en materia de libertad de prensa y las otras libertades y derechos actualmente conculcados.

Solidaridad Española con Cuba es una ONG independiente, sin ánimo de lucro, fundada en abril del 2005 por un grupo de jóvenes españoles deseosos de expresar su solidaridad con el pueblo cubano, especialmente con los familiares de los presos de conciencia y los activistas a favor de la democracia y los derechos humanos en su país.

Callejón del Gato

Clarinito: El ABC trae hoy un titular de primera plana que dice: “La demanda de ayuda a Cáritas en toda España sube un cuarenta por ciento”.

Zaratustra: Pues la prensa de ayer traía la noticia de que los munícipes de Madrid, empezando por el señor Alcalde, van a cobrar este año casi un doce por ciento más de sueldo.

Don Latino: Si ya lo he dicho: la crisis no es principalmente económica.

Max Estrella