¿Qué esperaban?

El último discurso de Raúl Castro ha defraudado a mucha gente. A mí, no. Para que se entienda por qué no me ha defraudado reproduzco a continuación algunos párrafos de mi artículo “Una nación sin diálogo”, publicado en El País, de Madrid, el 19 de diciembre de 2006, cuando el general se estrenaba como regente:

En dos ocasiones en menos de cuatro meses, el general Raúl Castro, que en julio asumió interinamente los poderes cedidos por su hermano mayor, ha hecho público su deseo de dialogar con el Gobierno estadounidense. “Queremos reafirmar nuestra disposición de resolver en la mesa de negociaciones el diferendo prolongado entre Estados Unidos y Cuba”, dijo el general hace pocos días en La Habana, en medio de un desfile de tropas, armamentos y civiles con banderitas.

Como manifestación de cordura no está mal. Pero hay un diálogo previo, mucho más importante y perentorio, que el régimen castrista ha rechazado siempre y soslaya ahora: el que debe haber entre todos los cubanos, gobernantes y gobernados, para resolver el diferendo nacional entre autoritarismo y libertad, entre autocracia y democracia. Un diálogo que puede determinar, incluso, cambios radicales en la política de Washington hacia la isla.

[…]

Considero, no obstante, que es un gesto positivo que el general regente se muestre dispuesto a limar asperezas con los vecinos del norte, pero es recomendable —y así se lo han sugerido desde Washington— que antes cumpla con algunas obligaciones domésticas, lo que le aseguraría un más rápido entendimiento con ellos. Para empezar, deberá poner en la calle, cuanto antes, a los trescientos y tantos presos políticos que languidecen en las cárceles de la isla. Y sería estupendo que se acordara de que Cuba es signataria de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y honrara ese compromiso.

Pero me temo que, de momento, no hará nada de eso. Éstas y otras medidas de carácter político serán las últimas que adopte el general, y lo hará cuando no le quede más remedio para prolongar su estancia en el poder. Antes, con el mismo propósito, introducirá reformas económicas menores encaminadas a aliviar las duras condiciones de vida que la revolución ha impuesto a los cubanos durante más de cuatro décadas.

Por ahora, más monólogo y policías.

El mito consolatorio y la metástasis

Teódulo López Meléndez, Caracas.

Los elementos que se acumulan en un sumario político no desaparecen, más bien establecen vinculaciones entre ellos como si una correa trasmisora imitara los procesos biológicos. Nada de lo que ha sucedido ha sido absorbido inocuamente. Todo toma su tiempo, desde la formación de una estructura endurecida hasta la aparición de la fiebre como manifestación de enfermedad.

Este país ha crecido desmesuradamente sin que se tomaran precauciones en ningún campo para atender a los nuevos requerimientos. La vialidad está colapsada, la asistencia hospitalaria igual, la prestación de servicios elementales como el de la basura igual. Nadie ha planificado, por ejemplo, el crecimiento urbano y a cualquier parte de este país que uno vaya no encuentra otra cosa que caos.

Hechos políticos más desidia en la ausencia de planificación conforman este cuadro que bien podríamos llamar la Venezuela caótica. La Venezuela caótica es un cuerpo enfermo y tras la apariencia de normalidad, prefabricada incluso por quienes se refugian en los límites de sus propios intereses, yace una enfermedad que nadie diagnostica y muchos menos somete a tratamiento.

La enfermedad se ha ido desarrollando de manera lenta, acelerada por momentos por acciones concretas de parte del gobierno, acciones que, en alguna ocasión, califiqué como una sucesión ininterrumpida de pequeños golpes de Estado. Mirar el país como una totalidad es un ejercicio de pensamiento ausente. Pocos se dedican, aquí y allá, a determinar algunos síntomas o a señalar algunas ulceraciones. El cuerpo social revienta en múltiples protestas, aisladas las unas de las otras, que son aplacadas como casos puntuales, como si en el fondo no tuvieran relación entre sí.

La respuesta que se encuentra frente a tantas muestras sintomáticas es la del mito consolatorio. El llamado al optimismo, a la fe, a la convicción de que se hace lo posible, es una especie de rosario cantado por quienes carecen, en primer lugar, de visión lo suficientemente profunda y, en segundo lugar, de capacidad para diagnosticar y responder ante un país al que no entienden y ante el cual se comportan como si la transformación hacia la enfermedad no existiese y ante el cual son absolutamente ineptos para introducirse con un monitoreo agudo y efectivo.

Las células de este cuerpo comienzan, así, a tomar el comportamiento que la enfermedad les impone. La hinchazón de este cuerpo es ignorada y los tristes protagonistas de estos sucesos llamados historia presente que vivimos brillan por su ausencia en utilizar el proceso electoral que tenemos delante para centrarse en los elementos que podrían descongestionar las tupidas vías respiratorias de la república.

Nada pasa en vano. La desmemoria colectiva no es suficiente para incluir en la nada la cadena de hechos que vivimos y estamos viviendo. Vamos, por lo tanto, hacia las consecuencias. Cualquier estudioso de los procesos sociales que no estuviese imbuido por los hechos políticos contingentes y lograse mirar un poco más allá, tendría que concluir que la metástasis está cerca. Hay un ingrediente tranquilizante, una pastilla para los nervios llamada elecciones regionales, un aplacamiento del dolor de cabeza que siempre se produce ante el llamado a las urnas electorales, pero se olvida que el efecto de los químicos es limitado en el tiempo y que cuando pasa reaparecen los dolores de manera ilimitada. Se olvida, por ejemplo, que el “Caracazo” se produjo pocas semanas después de unas elecciones donde se había producido un cambio de poder tal como se producía en esa época y que el cuerpo social enfermo no concedió ningún tiempo al nuevo gobierno para enfrentar los males.

Hemos estado viviendo durante una década una ruptura vertical entre partidarios y adversarios del gobierno. Esta ruptura bien podría ser sustituida por una horizontal, una que no distinguiría entre partidarios y adversarios, una que quedaría superada por un retorno a una identidad reconstruida sobre los intereses comunes. El elemento determinante bien puede localizarse en la ineptitud obvia de los dirigentes de ambos bandos. Escuchar a los dirigentes del partido oficialista, a los altos funcionarios del gobierno o a quienes ejercen como sus voceros extraoficiales en los medios de comunicación del Estado transformados en apéndices radioeléctricos de una secta, conlleva a concluir que los preside una ignorancia patética. No saben gobernar, no saben dirigir, dependen exclusivamente de la voz del caudillo que dicta dicterios (cacofonía intencional de mi parte), hasta llegar a una especie de ingenuidad patética resultante de una incapacidad abisal. Al mismo tiempo se escucha a los dirigentes opositores (más grave aún, se les ve) en una absoluta incoherencia que no tiene nada que ver con unidad o no unidad, que tiene que ver con una mediocridad rampante, con una incultura profunda, con una separación radical del tiempo que vivimos, con una ausencia total de pensamiento, inmersos en una manera de actuar que no tiene parentesco ninguno con una idea ni con una visión de la nación que todavía conformamos.

El país está en malas manos y el país se está dando cuenta. Y el país no va a distinguir entre quienes están con una fractura vertical que todos los estudios indican cansa ya hasta la obstinación. Ahora el conflicto conyugal se traslada a otro escenario, a la de un país conjugado abajo que mirará hacia arriba y dirá que el marido no le sirve y el marido se llama dirigentes, de todos los signos y colores. Eso después de que pase la inyección calmante del proceso electoral. Como siempre habrá variantes, y el perdedor claro -si lo hay- sufrirá primero las consecuencias, pero las consecuencias de uno llegarán hasta el otro. Si la cosa se reduce en cuanto a impacto real la metástasis se apoderará de ambos. El reventón podrá transformarse en brote anárquico y ante este cuadro de república enferma donde no es posible tomar previsiones es bastante probable que ello sea lo que suceda. Si es así, entonces sí que viviremos una revolución.

Pedro Salinas o la razón de amor

En uno de sus ensayos de juventud, el titulado El signo de la literatura española del Siglo XX, Pedro Salinas dice: “¿Cuál es el signo del Siglo XX en la literatura española? […] Con un signo se aspira a darnos la significación de algo. Y la significación de una cosa es lo que quiere decir, su querer decir precisamente esto y no aquello. De modo que podemos equiparar el signo espiritual de una época histórica con un especial querer decir, con la voluntad de expresar adecuadamente su ser peculiar e íntimo. Pues bien; para mí el signo del Siglo XX es el signo lírico; los autores más importantes de este período adoptan una actitud de lirismo radical al tratar los temas literarios. Ese lirismo básico, esencial (lirismo no de la letra, sino del espíritu), se manifiesta en variadas formas, a veces en las menos esperadas, y él es el que vierte sobre novela, ensayo, teatro, esa ardiente tonalidad poética que percibimos en la mayoría de las obras importantes de nuestros días”.

En España hubo una suerte de revolución lírica en las postrimerías del Romanticismo con los maestros del 98, quienes, reaccionando ante el “desastre colonial”, interiorizaron el paisaje y la historia nacionales. En ellos alentó una voluntad lírica en busca del yo colectivo, del alma de la nación. Pero los del 27 buscaron el yo individual, donde, paradójicamente, reside lo humano ecuménico. Es éste el lirismo al que Salinas se refiere en su ensayo. Es éste el nuevo signo lírico de las letras españolas, al que Salinas responderá cada vez con mayor entusiasmo y entrega, por lo cual hará del amor el ámbito de su poesía —el amor: nada más individual, nada más universal—. Recuérdese que Salinas habla en su ensayo de un “lirismo básico, esencial” —“lirismo no de la letra, sino del espíritu”—, con lo cual nos previene de que toda sospecha de que ese signo lírico a que se refiere es resultado de meras maniobras retóricas es equivocada. Quiere Salinas que entendamos que esta nueva voluntad lírica que se impone en la literatura española de aquellos momentos obedecía a una profunda necesidad de expresión.

La trayectoria poética de Salinas evidencia el creciente arraigo en él de esa apetencia de “lirismo radical”. Desde Presagios, publicado en 1923, hasta Confianza, publicado en 1955, nuestro poeta se adentra más y más en sí mismo.

Para Cernuda, que vio en Salinas defectos capaces de anular sus posibilidades poéticas, Presagios es el mejor de los nueve poemarios publicados por éste. Cernuda señala en Presagios cualidades (“en ese libro primero Salinas parecía más bien un poeta sencillo y directo, en ocasiones deliberadamente prosaico”) que elige como las legítimas del autor, las que constituían “su verdadero camino”, del cual, según Cernuda, se desvía en los libros siguientes “acaso por influencia de Guillén (Salinas fue el admirador más incondicional que tuvo la poesía de Jorge Guillén), para convertirse en un poeta ingenioso de tendencias cosmopolitas […]”. Cernuda cree que Salinas, al cambiar de rumbo, casi llega a malograr sus más auténticas cualidades, y le reprocha el ingenio y la concepción de la poesía como juego. Es cierto que Salinas, como casi todos los del 27, unos en mayor medida que otros y quizás inconscientemente en algunos casos, había contraído una deuda con la aventura ultraísta. Del Ultraísmo y de Góngora —quien por su imaginería y chisporroteo metafórico saltó de su Siglo de Oro a la Vanguardia del siglo XX— lo sedujo el gusto por el juego verbal, por la sorpresa lúdica, que lo acompañó toda la vida. Pero es el caso que Salinas supo incorporar esa agilidad ganada en el gimnasio del Culteranismo y la Vanguardia a su propia creatividad tropológica, al modo de sus apoderamientos temáticos, a la transparencia emocional y a la expresión de sus sentimientos. Creo, con perdón de Cernuda, que no fue equivocado el camino que Salinas escogió para su poesía: por ese camino llegó a ocupar, “frente a la indiferencia de unos” y “la admiración algo convencional de otros” (observaciones cernudianas), una de las cimas de su generación.

Pero Cernuda dice otras cosas muy atinadas. Por ejemplo, señala que Salinas “nunca cayó en el formalismo poético de Guillén”, y agrega: “Es más bien de los poetas que crean su forma propia, según las exigencias de sus temas y de su expresión”. Esto, que es cierto, es señal inequívoca de su autonomía artística —hasta donde es posible la autonomía de un artista respecto de su cultura—, y es, por tanto, también síntoma de que la elección que Salinas hizo del camino que había de seguir como poeta obedeció —que es lo que suele ocurrir en todo verdadero poeta— a un imperativo de su espíritu, a una exigencia de su expresión. Claro está que Salinas estaba condicionado por su contexto cultural, y claro está asimismo que, como cualquiera, experimentó afinidades y devociones respecto de clásicos y románticos. En la poesía de Salinas hay huellas de algunas de esas afinidades y devociones, que van de Garcilaso, San Juan de la Cruz, Góngora y Quevedo hasta Bécquer, Darío, Unamuno, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Huidobro, Mallarmé, Valéry… En estos autores está el sustrato estético de Salinas, en cuya obra subyacen en calidad de asimilaciones originadas por afinidades y necesidades profundas y no de rendidas dependencias. Es imposible ser dependiente, al mismo tiempo, de San Juan y de Valéry, de Bécquer y de Mallarmé. Este intrincado proceso de vinculaciones de elementos disímiles, de ósmosis y catalizaciones en el seno de la actividad estética, es decir, en el proceso de transformación del sentimiento, la emoción y la imaginación en lenguaje, es parte de lo que hace a un poeta.

Es de notar, como advirtió Cernuda, que Salinas se fabricó sus propias herramientas. Sólo tres sonetos encontramos en su obra, cosa bien rara si tomamos en cuenta su apego a clásicos y modernos que hicieron del soneto uno de sus moldes preferidos. En cuanto al romance, el asunto es aún más curioso. Desde su primer libro y a través de toda su obra —acaso con más nitidez en ese largo y hermosísimo poema que es el libro La voz a ti debida (“a mí debida”, decía Juan Ramón con su habitual dicacidad pendenciera)—, el romance sufre un proceso de desdibujamiento y concentración en manos de Salinas. Bécquer y Juan Ramón se disputan el título de renovadores del romance en la poesía española moderna. Creo que ambos merecen tal título. A Salinas podría dársele el de “liberador del romance”. Usando el heptasílabo y el octosílabo y combinando estos metros con el tetrasílabo y el pentasílabo, encabalgándolos a veces y anarquizando la rima, o sea, no sistematizando la asonantación, Salinas busca y halla una libertad formal para su discurso poético sin privar al romance de su ligero fluir y sosegada cadencia —flujo y cadencia que convienen a los temas de este poeta, sobre todo al que es central en su obra: el amor—. Gracias a este ingenio formal —predominante en la producción de Salinas—, al cerrar sus libros nos queda la impresión de que ninguno de sus contemporáneos, salvo Juan Ramón, ni ninguno de sus compañeros del 27, salvo Aleixandre, alcanzó en su expresión esa luminosa paz que hay en el idioma de Salinas, y que es, en el orden estilístico, el mejor aporte de nuestro poeta a la magia colectiva de la Generación del 27.

Antes hice referencia a la trayectoria de Salinas desde Presagios, su primer libro, hasta Confianza, y apunté que de uno a otro el poeta fue volviéndose sobre sí. Fue adentrándose en él mismo. En Presagios, como señaló Cernuda, Salinas se presenta como “un poeta sencillo y directo, en ocasiones deliberadamente prosaico”. Seguro azar, el libro que sigue, publicado en 1929, continúa esa línea, en la que se ve cierto gusto por la metáfora ingeniosa y los donaires de la copla popular española (“No te veo la mirada / si te miro aquí a mi lado. / Si miro el agua la veo”). Pero esa mirada de Salinas a lo exterior, muy acusada en Presagios en comparación con su poesía última, va interiorizándose, que no ensimismándose. No es que su mirada cambie de dirección —que el poeta deje de mirar el mundo para mirarse a sí mismo—, sino que cambia de ángulo, partiendo de niveles cada vez más hondos para darnos versiones cada vez más íntimas de lo observado. Vibra en Salinas —para mí esto constituye la divisa que identifica su escritura— un ansia de pureza que lo empuja hacia dos ideales que se vuelven uno: la intemporalidad y lo absoluto.

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Conferencia leída en La Habana, en 1990, en un seminario sobre poesía española organizado por el escritor Carlos Barbáchano, entonces Agregado Cultural de la embajada de España en Cuba.

Callejón del Chorro

Raúl Castro: Los cubanos deben acostumbrarse a no sólo recibir buenas noticias.

La Pisa-Bien: (Aparte.) Ya me habían dicho que a éste le gustaba el cachondeo.

Don Latino: La única buena está por llegarles, mi general.

Max Estrella

Pedro Flores / Poemas

A LA MUERTE DE UN JOVEN POETA

El poeta ha salido.

Será sólo un momento,
ha dejado las ventanas abiertas:

La arista de una estrella
dormida en la cama aún tibia.

Una jaula sin puerta ni barrotes
cuyo pájaro voló una tarde de hace tanto.

Los andamios del corazón a medio montar
hacia la pared de unos nombres.

La oquedad del aire
donde habitó su sorpresa.

La estela del silencio
buscando su palabra.

El resplandor de las dudas
cavando en sus preguntas.

Todo dispuesto a seguir existiendo
cuando vuelva quien creemos no está,
o cuando aprendamos a ver
a quien nunca se ha ido.

(De La vida en ello.)

LA HUELGA

Dejando atrás nuestras diferencias
(y nuestras experiencias)
nos declaramos desde ahora los poetas
en huelga de versos caídos.
Ya no queremos el estéril territorio de la Luna
entregado por piedad a nuestra tutela.
Exigimos que en la cama de Goethe
los jóvenes forniquen,
que se organicen excursiones gratuitas
al purgatorio de Alighieri.
Que Sor Juana sea nombrada
persona non grata en los conventos.
Amenazamos con dejar sin despedidas los andenes,
sin eternidades los desdenes,
sin mil y una noches los harenes.
Si no se atienden nuestras exigencias
no quedará constancia alguna
de que una vez el mar tuvo crepúsculos.
Tienen de plazo
hasta que las oscuras golondrinas vuelvan.
Lo más terrible, de momento
nos lo guardamos:
Huelga a la japonesa,
si no claudican.

(De La poética del fakir.)

POEMA DE AMOR BUSCA

Poema de amor busca mujer:
sin límites de primaveras,
pero de pocos otoños.

Buena salteadora de tristezas.
Apostadora de vez en cuando a lo perdido.
Vacunada contra lo imposible.

Imprescindible sonrisa a manos llenas.
Se valorará capacidad de confidencia.

Abstenerse corazones de oro,
damas de respetables costumbres,
princesas de torneadas almenas.

Se ofrece:
despacho propio en estos versos
con vistas a un aguacero de dudas.
Sueldo ninguno, pero comisión en los sueños.
Inmediata incorporación a la complicidad.

Interesadas entrar sin llamar
no sin antes haber quemado
todo tipo de referencias.

Poema de amor busca nombre de mujer.

(De Simple condicional.)

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Pedro Flores (Las Palmas de Gran Canaria, 1968). Obra poética publicada: Simple condicional (1994), Memorial del olvido (1996), El ocio fértil (1998), Nunca prendimos París (1998), El complejo ejercicio del delirio (1998), La poética del fakir (1999), Diario del hombre lobo (2000), Treinta maneras de volver a Ítaca (2003), Con la vida en los talones, antología poética 1992-2002 (2003), Poema de Eva en diez tiempos (2004) y Memorias del herrero de Nod (2008).

¿Dislexia y anomia o tergiversación dolosa?

Esta pregunta me la he hecho después de leer los artículos en que se reprueba el Manifiesto por la Lengua Común. Hace unos días, Carlos Castilla del Pino, psiquiatra y miembro de la Real Academia Española, declaró a Europa Press: “Es asombrosa la cantidad de gente que ha escrito artículos sobre el manifiesto y que revela no haberlo leído. Y si lo han leído y no lo han entendido, que vayan a un psiquiatra para que les aclare la mente”. Me complace saber que mi perplejidad es compartida por alguien tan calificado profesional y moralmente como el académico Castilla del Pino, quien, frente a la discriminación lingüística impuesta por el franquismo, defendió abiertamente el catalán, lengua en la que publicó, en 1969, la primera edición de su libro La incomunicación.

El País publica hoy un artículo, “Varias decepciones y una profunda desazón”, firmado por el consejero de Educación de la Generalitat de Cataluña. Además de ponerse de espaldas a las violaciones del artículo tercero de la Constitución y de los derechos de los ciudadanos cometidas a nombre de la “inmersión lingüística” por el gobierno del que forma parte –denunciadas en la prensa, en primer lugar, por padres, comerciantes e intelectuales catalanes–, el consejero se suma al bando de los que tergiversan el Manifiesto para justificar el rechazo al mismo y, de paso, ejercitar el muy político oficio de enmascarar realidades.

Cotejemos lo que en su artículo dice el consejero que el Manifiesto dice con lo que éste realmente dice:

El consejero: “El manifiesto busca que el castellano no sea lengua común, sino lengua única. Vuelve esa vieja visión que ignora la rica pluralidad de España”.

El Manifiesto:Todas las lenguas oficiales en el Estado son igualmente españolas y merecedoras de protección institucional como patrimonio compartido, pero sólo una de ellas es común a todos, oficial en todo el territorio nacional y por tanto sólo una de ellas –el castellano– goza del deber constitucional de ser conocida y de la presunción consecuente de que todos la conocen.” “Ciertamente, el artículo tercero, apartado 3, de la Constitución establece que “las distintas modalidades lingüísticas de España son un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección”. Nada cabe objetar a esta disposición tan generosa como justa, proclamada para acabar con las prohibiciones y restricciones que padecían esas lenguas.”

El consejero: Defender el derecho a escolarizar exclusivamente en castellano es, directamente, arrebatar derechos a los ciudadanos que viven y trabajan en Cataluña. Lo que el Manifiesto parece defender es el derecho a no aprender en catalán, a no usarlo, a no entenderlo, a no escucharlo, a reducir su aprendizaje, como máximo, a la condición de materia ordinaria. En resumen, a poder prescindir del catalán para vivir en Cataluña.”

El Manifiesto: Las lenguas cooficiales autonómicas deben figurar en los planes de estudio de sus respectivas comunidades en diversos grados de oferta, pero nunca como lengua vehicular exclusiva. En cualquier caso, siempre debe quedar garantizado a todos los alumnos el conocimiento final de la lengua común.”

El consejero: “El Manifiesto expresa una decidida voluntad de imposición de una lengua sobre otra que, por su “carácter particular” y “no común”, debería resignarse a su papel de “representante de la peculiaridad regional”. Que no moleste, que no se oponga a la ocupación lingüística total de espacios sociales y culturales.”

El Manifiesto: En las comunidades bilingües es un deseo encomiable aspirar a que todos los ciudadanos lleguen a conocer bien la lengua co-oficial, junto a la obligación de conocer la común del país (que también es la común dentro de esa comunidad, no lo olvidemos). Pero tal aspiración puede ser solamente estimulada, no impuesta. Es lógico suponer que siempre habrá muchos ciudadanos que prefieran desarrollar su vida cotidiana y profesional en castellano, conociendo sólo de la lengua autonómica lo suficiente para convivir cortésmente con los demás y disfrutar en lo posible de las manifestaciones culturales en ella. Que ciertas autoridades autonómicas anhelen como ideal lograr un máximo techo competencial bilingüe no justifica decretar la lengua autonómica como vehículo exclusivo ni primordial de educación o de relaciones con la administración pública.”

Por lo visto, los enemigos del Manifiesto sólo han podido, hasta ahora, falsearlo y negar los hechos que lo justifican.

Callejón del Gato

Serafín el Bonito: Los yihadistas palestinos lanzan cohetes contra el lado israelí para que el ejército judío meta los tanques en Gaza.

Dorio de Gadex: Un soldado israelí le dispara a un prisionero palestino esposado para que los de Hamás  lancen cohetes contra Israel.

Voz modernista: ¡Otra de boquerones!

Max Estrella

Crónica roja

Se han cumplido 90 años del asesinato del zar Nicolás II y su familia, ocurrido en la noche del 16 al 17 de julio de 1918, en el sótano de una casa de los Urales en la que estaban retenidos por orden del gobierno bolchevique, o sea, de Lenin. Además del zar, la zarina y sus cuatro hijos, fueron eliminados los sirvientes y el médico de la familia.

Acabo de enterarme por un artículo del corresponsal del ABC en Moscú de que la Fiscalía rusa atribuye ese magnicidio con dimensión de masacre a “un puñado de delincuentes comunes”, versión con la que tropiezo por primera vez después de leer a lo largo de años incontables páginas sobre el tema.

Me pregunto cómo ese “puñado de delincuentes comunes” consiguió entrar en casa tan rigurosamente custodiada, situada en una ciudad, Ekaterinburgo, que en aquellos momentos era, en el escenario de la guerra civil, un importantísimo enclave del Ejército Rojo.

La versión de que el magnicidio fue obra de los bolcheviques se basa en testimonios de personajes muy notables estrechamente vinculados a Lenin, como, entre otros, Nadiezda Krúpskaya, su mujer, y León Trotski, su Comisario para asuntos militares. Krúpskaya dejó dicho que el mando del Ejército Rojo en los Urales “recibió órdenes concretas de Moscú el 14 de julio de 1918”. Por su parte, Trotski, quien da por buena la matanza argumentando que “tal decisión no sólo era conveniente, sino necesaria para demostrar que no había vuelta atrás”, escribe en sus memorias que Jákov Svierdlov, uno de los máximos dirigentes del Comité Militar de la Revolución, aseguraba que Lenin ordenó el crimen para “no dejar a los blancos una bandera viviente que seguir”.

Veamos lo que dice Trotski en un artículo de noviembre de 1938:

Me preguntan qué papel personal desempeñé en el asesinato de Rasputín y en la ejecución de Nicolás II. Dudo que este problema, ya que pertenece a la historia, pueda interesar a la prensa; trata de cosas que pasaron hace mucho.

Yo nada tuve que ver con el asesinato de Rasputín. Rasputín fue asesinado el 30 de diciembre de 1916. En ese momento mi esposa y yo nos hallábamos a bordo de un barco que había zarpado de España rumbo a Estados Unidos. Esta separación geográfica basta para demostrar que yo no tuve participación en el asunto.

Pero existen también razones políticas profundas. Los marxistas rusos no tenían nada en común con el terrorismo individual. Fueron los organizadores del movimiento revolucionario de masas. El asesinato de Rasputín fue, en realidad, obra de ciertos elementos que rodeaban la corte imperial. Participaron directamente en el asesinato, entre otros, el diputado ultrarreaccionario monárquico de la Duma Urishkevich, el príncipe Yusupov, pariente de la familia real, y otras personas de esa calaña; parece que uno de los Grandes Duques, Dimitri Pavlovich, tuvo participación directa.

El propósito de los conspiradores era salvar la monarquía, liquidando a un “mal consejero”. El nuestro era liquidar a la monarquía junto con todos sus consejeros. Jamás nos ocupamos de aventuras de asesinatos individuales, sino de la tarea de preparar la revolución. Como es sabido, el asesinato de Rasputín no salvó a la monarquía; la revolución sobrevino apenas dos meses después.

La ejecución del zar fue otra cosa totalmente distinta. Ya el Gobierno Provisional había arrestado a Nicolás II; lo mantuvo bajo custodia primero en Petrogrado, luego en Tobolsk. Pero Tobolsk es una ciudad pequeña, sin industria ni proletariado, y no era una residencia bastante segura para el zar; era de esperar que los contrarrevolucionarios intentaran rescatarlo para ponerlo a la cabeza de los Guardias Blancos. Las autoridades soviéticas trasladaron al zar de Tobolsk a Ekaterinburgo (en los Urales), un importante centro industrial. Allí se le podía garantizar una custodia adecuada.

La familia real vivía en una casa particular y gozaba de ciertas libertades. Hubo una propuesta de hacerles al zar y a la zarina un juicio público, pero no properó. Mientras tanto, el curso de la guerra civil dispuso otra cosa.

Los Guardias Blancos rodearon Ekaterinburgo y podía esperarse que cayeran sobre la ciudad de un momento a otro. Su propósito fundamental era liberar a la familia imperial. En esas circunstancias el soviet local decidió ejecutar al zar y a su familia. (El énfasis es mío.)

En ese momento yo me hallaba en otro sector del frente y, por extraño que parezca, me enteré de la ejecución una semana más tarde, si no más. En medio del torbellino de los acontecimientos, el hecho no me impresionó mayormente. Jamás me preocupé por averiguar “cómo” ocurrió. Debo agregar que demostrar un interés especial en los asuntos de realeza, gobernante o depuesta, evidencia cierto grado de instintos serviles. Durante la guerra civil, provocada especialmente por los capitalistas y terratenientes rusos con la colaboración del imperialismo extranjero, murieron cientos de miles de personas. Si entre ellos se encuentran los miembros de la dinastía Romanov, es imposible no ver en ello un pago parcial de los crímenes de la monarquía zarista. El pueblo mejicano, que fue muy duro con el Estado imperial de Maximiliano, posee una tradición al respecto que no deja nada que desear.

En este artículo, como vemos, el “profeta desarmado” da la versión –sumamente dudosa, pero más creíble que la del “puñado de delincuentes comunes”– de que la masacre que él llama “ejecución” la decidió el soviet local de Ekaterinburgo. Y eso que, según él, “Jamás nos ocupamos de aventuras de asesinatos individuales”. Pero tiene razón: éste no fue un asesinato individual, sino colectivo.

Paulino Lorenzo / Poemas

ERES ASÍ

Siempre dice lo mismo
si lo escuchas, calmado, el corazón.

A él que siempre vuelve
al mismo decorado
y a similar canción
¿cómo no serle fiel?

Parece que regresan
los días para siempre
mas recuerdas un tiempo
que perdido y si dulce
para los labios, frágil
y quebradizo fue
para la avara ciénaga
donde abreva la dicha.

Tardes idas, limones
del imposible patio,
escarcha que perdiendo
su color es más bella.

Y al cansado guardián,
el corazón, tú déjalo que arda
siempre en los mismos días
junto a los mismos pájaros.

PASEO POR EL EBRO

Paseo por el Ebro,
dulce rumor del agua,
musarañas…

Cómo lloran los patos,
cómo silba la noche
por las cañas.

Traigo las zapatillas
manchadas en el río
y en el barro.

Delante de mí pasan
docenas de gitanos
en un carro,

y sonríe la mula
como una mujercita
que comulga,

mientras con una oreja
se alivia los picores
de una pulga.

Hoy ha llovido un poco
y están las hojas húmedas
del sauce,

como puños sombríos
se sumergen los sapos
por el cauce

del río. El corazón
siente con la tristeza
de otros años

cómo pasa la vida
cómo llega el rocío
a los castaños.

INVENCIÓN DE LA ALDEA

Cuando limpian las pistas de tenis
y la luz de la tarde se acaba,
por el agua barquitas menudas
regresan a casa.

Con el tono menor del ocaso
los barqueros, que son taciturnos,
descomponen el aire de marzo
grávido y oscuro.

Ya se encienden las plazas secretas
y el café, con sus tristes neones,
va cubriendo de fiebre la tarde,
de piedad, de olores.

Hay indicios de un cobre lejano
cuyo rastro vulgar el minuto
enviudece y apaga. El estío
festeja su luto.

Ya es la hora. Los perros se marchan
a esperar, por las húmedas sendas
que conducen al mar, forasteros
que del bosque llegan.

Partiremos, como ellos, un día
a buscar en perdidas comarcas
una aldea como esta, tranquila,
con pistas de tenis, con barcas…

En los restos de errantes estrellas
nuestra vida parece brillar:
callejuelas alegres y ríos
alegres, sombríos
que llevan al mar.

(De Monedas en el agua.)
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Paulino Lorenzo (Logroño, 1975). Poeta y músico. Obra poética: Ganas de hablar (AMG Editor, 1997), Devoción privada (Hiperión, 2001) y Monedas en el agua (Pre-Textos, 2007).

Más claro, ni el agua

Del artículo “Una lengua con otras lenguas / 2”, de José Vidal-Beneyto, publicado hoy en el periódico El País, entresaco las siguientes líneas, que hago mías:

“…es imperativo combatir todas las prácticas de discriminación institucional del castellano y de los castellanohablantes que están teniendo lugar en algunas autonomías del Estado español, en especial Cataluña y Euskadi […] en la mayoría de los casos, se trata de utilizaciones politiqueras a corto plazo, que apuntan a la movilización electoral de las siempre tan socorridas pasiones localistas.”