MAX

Max y sus informantes, captados por Tovar.
Max y sus ayudantes, captados por Tovar.

Satisfaciendo la curiosidad de vecinos que me leen, presento a mi colaborador Max Estrella, corresponsal de este blog en el Callejón del Gato. Sevillano de nombre Alejandro María de los Dolores de Gracia Esperanza del Gran Poder Antonio José Longinos del Corazón de Jesús de la Santísima Trinidad, falleció completamente en Madrid en 1909, pero fue resucitado por un tal Valle-Inclán, gallego, demiurgo de Arosa, que lo admiraba y compadecía. Como fue salvado para la posteridad, le sobra el tiempo, y se alivia del eterno hastío ramoneando los bulos, rumores y cabreos que afluyen al mentidero más felino y ubérrimo de la Villa y Corte. Tiene la exquisita consideración, que no me canso de agradecerle, de firmar sus reportes con su heterónimo de resucitado: Max Estrella. Ah, y es ciego, por lo que oye mejor.

FARIÑAS

El periodista disidente Guillermo Fariñas hace poco más de un mes que se declaró en huelga de hambre. Su deterioro físico es ya muy preocupante, según los médicos que lo atienden en el hospital de Santa Clara donde se encuentra ingresado.

En declaraciones hechas días atrás, Fariñas, que demanda la libertad de los presos políticos enfermos, reiteró que está decidido a llevar su huelga de hambre hasta las últimas consecuencias, y añadió que “si le dejan fallecer se confirmará el carácter dictatorial de los gobernantes cubanos”.

No apruebo la huelga de hambre como método de lucha, y menos contra un gobierno al que nada importa la salud de sus contrarios; pero me merece respeto todo el que, como este hombre, es capaz de resistir el sufrimiento físico y poner en máximo riesgo su vida por sus convicciones democráticas y en defensa de compañeros suyos en el combate contra la tiranía.

Fariñas

No es necesario que Fariñas se inmole –con lo cual las libertades ciudadanas en Cuba perderían a un decidido defensor– para poner de relieve el carácter dictatorial de quienes desde hace medio siglo tiranizan a los cubanos. Ante quienes aún se niegan a ver lo evidente, el sacrificio de Fariñas será baldío porque nada ni nadie convence a quienes no quieren ser convencidos. Y los convencidos, convencidos están.

Eso, lo primero.

Lo segundo es que Fariñas no es un preso y está recibiendo asistencia médica en un hospital público, de modo que, si fallece de resultas de su voluntaria huelga de hambre, el Gobierno no será responsable de su fallecimiento como lo es, por activa y por pasiva, del de Orlando Zapata. Éste cumplía condena en una cárcel del Estado y por lo mismo hay que pedir cuentas a las autoridades castristas de cuanto en ella le sucedió. La muerte de Zapata, de acuerdo con lo que conocemos, es un crimen de Estado. Un crimen similar –y, por cierto, muy criticado por Fidel Castro– al que cometió Margaret Thatcher cuando no hizo nada para impedir que murieran de inanición unos presos del IRA que se declararon en huelga de hambre en un penal británico.

Por lo expuesto, aconsejo a mi coterráneo Guillermo Fariñas que ponga fin a su martirio antes de que sea demasiado tarde. Conociendo la crueldad del régimen al que se encara –más represivo hoy por su galopante decadencia–, me temo, y ojalá me equivoque, que no excarcelará a los presos cuya libertad se le demanda.

Con su huelga de hambre, ya Fariñas ha conseguido poner, durante varios días, la triste realidad de Cuba en la primera página de la prensa mundial. Algo muy importante que el castrismo no le perdonará nunca.

DE MI ARCHIVO

Este artículo, que he tomado de La Gaceta de Cuba (Nº 90, febrero-marzo de 1971), resulta una rareza por su autor, conocido en Cuba sólo por su agitada vida política y su trágico final, también relacionado con la política. Reproduzco, además, la elocuente nota explicativa que lo acompaña, del ya fallecido poeta y musicólogo cubano Helio Orovio.

Eduardo Chibás (1907-1951)

Hojeando la revista Social, encuentro, en 1936, este texto del líder político, batallador contra las lacras seudorrepublicanas, Eduardo R. Chibás. La sorpresa casi me levantó del asiento. No puedo imaginar todavía a aquel relámpago del gesto y la palabra doblado sobre un libro de Rilke, Proust o Joyce; más aún, me resulta traumatizante, para usar el lenguaje a la moda, saberlo inclinado contra su máquina de escribir, teorizando con profundidad y casi erudición acerca de estos autores, por entonces prácticamente desconocidos en nuestro país. Sé, por testimonios de contemporáneos suyos, que Chibás leía mucho. Así y todo, me parece interesantísimo este documento histórico. Opino que debe reproducirse y sospecho que muchos otros se levantarán también del asiento. Helio Orovio

TRES GENIOS MODERNISTAS

Eduardo R. Chibás

Rainer María Rilke, Marcel Proust y Jaime Joyce encarnan mejor que nadie el espíritu de la literatura “modernista” (que no es toda la moderna). Austria, Francia e Inglaterra “modernistas” están representadas en ellos. Austria, por un vástago de abolengos medioevales y jerarquía Nietzcheana: Rilke. Francia, en su literatura de vanguardia, como en su política nueva, por el genio judío: Proust y Blum. Inglaterra, naturalmente, por un irlandés: Joyce.

Así como Proust es un burgués hiperestésico, que se siente nuevo hombre de “élite”; y Joyce… es todo un irlandés; Rilke, noble decadente, comienza a sentirse “ex hombre de élite” empujado por el desarrollo social. Proust, judío, escribe: “En busca del tiempo perdido”; Rilke, noble austríaco romántico que se angustia y asfixia, señor feudal de la literatura, escribe en busca de Dios; Joyce, irlandés, nos da el Ulysses. Rilke, es el lírico del fatalismo, subjetivo, trágico y místico; Proust, hace epopeyas de cualquier incidente de la vida cotidiana; Joyce, a la ves objetivo y subjetivo, es la ironía dramatizada girando sobre un centro político.

Marcel Proust, petimetre escéptico, libertino, derrochador sin tasa, intelectualista, enfermizo, dandy del vestir y del hablar, señor de los salones de St. Germain, y rey francés del mundo mundano de la post-guerra, es el autor de “Por el camino de Swann”, “A la sombra de las muchachas en flor” y “Sodoma y Gomorra”. Las treinta primeras páginas abigarradas de “Por el camino de Swann”, describen la vuelta que da un hombre en su cama antes de quedarse dormido. En Proust la trama casi desaparece y llega al límite de la morosidad. Es genial para muchos. Cuando la lengua francesa se hallaba todavía en formación, apareció un gigante, alegre y fuerte (Pantagruel, de Rabelais) que con sus manos enormes cerró las puertas de la Edad Media y abrió de par en par las de la Edad Moderna; y ahora, cuatro siglos después, en un idioma refinado que empieza a debilitarse, un hombre triste y enfermo, sepultado en un aire de cripta, con sus manos de uranista clausura la Edad Moderna en nombre del “modernismo”. Gargantúa, degenera en el dadaísmo, futurismo y estridentismo. Son los hijos del vanguardismo y la decadencia.

James Joyce, autor de Ulysses, nos dice Eliot, “cierra una época y abre otra en la literatura inglesa”. Según Murray, “el Ulysses de Joyce es uno de esos documentos que se recogen al final de una civilización”. Para Waldo Frank, “Ulysses representa el espíritu disgregador de nuestra época”; para Havelloc Ellis, padrastro del psicoanálisis, “marca una fecha en la literatura británica”. Marichalar dice: “Así como R.R. (Rolls Royce) encubre la mejor marca de automóviles contemporáneos, así las iniciales J.J. (James Joyce) en el lomo de un libro, denuncian al más suntuoso, delicado y profundo artista contemporáneo”. Eso dicen los críticos sobre Joyce, representante “modernista” de los sajones.

En el Ulysses de Joyce ninguno de los personajes se llama Ulysses. Se inicia el libro, especie de rompecabeza homérico, con una conversación entre personas desconocidas que no se pueden distinguir, en un lugar ignorado y en tiempo indeterminado. Desde el comienzo hay que colocarse en trance de adivinar. La obra consta de ochocientas páginas distribuidas en dieciocho capítulos, cada uno correspondiente a una hora de acción (o de pasión…). ¿La trama? Apenas si la tiene. El argumento se refiere al vulgar vagabundeo de Leopoldo Blum por las calles de Dublin y su regreso al hogar, donde lo espera (o no lo espera) una Penélope felina.

Rainer María Rilke, no tiene la vena sardónica del irlandés Joyce ni la afectación parsimoniosa de Marcel Proust, Paul Bourget y Gabriel D’Annunzio. Rilke, sentimental decadente como ellos, es en cambio austero, introvertido, amante de la naturaleza, lleno de Fe, un auténtico aristócrata del pensamiento y del estilo. Eso es lo que tiene de nietzcheano. Para muchos, es un genio inmarcesible. Dice Stefan Zweig en un discurso pronunciado en Munich, en 1927: “Ningún poeta lírico antes de nuestro tiempo ha alcanzado el hondo sentido poético de Rilke”… “Son una catedral del idioma sus Cuentos del buen Dios”… “La fluidez maravillosa de sus imágenes resplandecientes no ha sido igualada por ningún lírico de nuestra época”.

Rilke se casa con una escritora, como él enamorada de la obra de Rodin, el insigne escultor francés. El matrimonio Rilke decide conocer al artista galo y se traslada a París. Allí se hospeda en casa de Rodin, cuya influencia artística se deja sentir a través de toda la obra de Rilke. De esta íntima amistad nacerá luego su gran obra: Rodin. Los dos, Rilke y Rodin, son cristianos fervientes, pero en la forma de los primitivos cristianos, con rasgos profundos de paganismo. En las escrituras de Rodin y las obras de Rilke, se marca la alegoría, el simbolismo, la admiración profunda por los personajes antiguos y prístinos de la leyenda cristiana. En Rilke, a la poesía de la tradición cristiana se añade el canto a la tradición germana. Esto se aprecia a través de sus mejores obras: “Los cuentos del buen Dios” y los “Cuadernos de Malte Laurids Brigge”. Es bellísimo su opúsculo: “Amor y muerte de Cristóbal Rilke”.

De los tres, Rainer María Rilke, el menos conocido en Cuba, es quizás el más grande artista de la palabra.

BIBI TIENE RAZÓN

Florentino Portero

(LIBERTAD DIGITAL) No voy a volver a explicar porqué creo que la generalización de “asentamientos” ha sido el mayor error cometido por los gobiernos israelíes a lo largo de toda su historia. Sólo quiero señalar que representan su flanco más débil en la guerra de la propaganda y que, por eso mismo, conviene analizar con cierto detalle la razón de ser de las nuevas edificaciones que tanta discordia están generando entre los gobiernos de Washington y Jerusalén.

El término “asentamiento” hace referencia a poblamientos judíos en territorios externos a la Línea Verde, o demarcación entre los ejércitos israelí y árabe tras la Guerra de la Independencia, allá por 1949. Cuando en 1948 Naciones Unidas ofreció a las partes en conflicto la creación de dos estados con fronteras claramente delimitadas, los judíos aceptaron pero los árabes no sólo rechazaron el ofrecimiento sino que declararon la guerra al país recién creado. Fracasaron en su intento de abortar el estado judío y además se encontraron con que sus unidades, todavía irregulares, les derrotaron, adelantando sus posiciones hasta las puertas de la vieja ciudad de Jerusalén.

Aquello había sido un mal paso. En la siguiente ocasión tratarían de hacerlo mejor. Durante la Guerra de los Seis Días intentaron rematar la chapuza anterior, pero sólo consiguieron que el Ejército israelí alcanzara el Jordán, ocupando toda la Cisjordania. Arrebataban a Jordania los terrenos que había ocupado ilegalmente durante la Guerra de la Independencia, cuando cruzó el Jordán con la intención de echar a los judíos al mar, y que incorporó tras el alto el fuego. La incompetencia y desorganización crónica de las fuerzas árabes permitió a los sionistas más radicales dar alas a su imaginación sobre las futuras lindes de un Gran Israel. De aquellas ensoñaciones surgieron asentamientos a diestro y siniestro, ante el escándalo de muchos, empezando por el propio Ben Gurion.

Con Israel en la orilla del Jordán, la Línea Verde resultaba un mal menor, sobre todo cuando de lo que se trataba era de hacer propaganda. Los estados árabes asumieron que hacer volver a Israel a sus fronteras originales era imposible, más aún después de la nueva intentona fallida que supuso la Guerra del Yom Kippur, y trataron de contenerles en las fronteras reales del 49 con dos condiciones: garantizar que la vieja ciudad de Jerusalén –Jerusalén Este– sería la capital indivisible de Palestina y que los refugiados árabes tendrían derecho a volver a sus tierras en Israel, lo que en el medio plazo supondría la arabización del estado judío. Dos condiciones inaceptables para Israel.

No hay fronteras definitivas entre el Jordán y el Mediterráneo. Los europeos sabemos bien por experiencia propia que las fronteras son el resultado de las guerras. Las pifias de las campañas de los Seis Días y Yom Kippur tienen un precio que, entre otras cosas, se medirá en metros cuadrados. Si tras la Guerra de la Independencia se avanzó hasta la Línea Verde, nuevos territorios se incorporarán definitivamente a Israel tras las restantes campañas fallidas. Benjamín Netanyahu tiene toda la razón cuando afirma que construir en “asentamientos” ya existentes en el entorno inmediato de Jerusalén no es una provocación, ni una ilegalidad, ni nada por el estilo, porque esos enclaves son ya parte de Israel, de la misma forma que la antigua ciudad de Koënisberg, donde se escribieron algunas de las páginas más trascendentales del pensamiento alemán y europeo, es hoy la ciudad rusa de Kaliningrado. La República Federal de Alemania ha asumido el coste de sus derrotas y gracias a ello Europa ha podido ser reconstruida. Los palestinos no y de ahí los problemas que todos, unos en mayor medida que otros, padecemos.

Muchos de los “asentamientos” no debieron haberse construido, pero eso ya no tiene solución. Tras los Acuerdos de Oslo la diplomacia israelí hizo de una parte de los asentamientos moneda de cambio. Si los árabes reconocían el derecho a existir de Israel y unas fronteras seguras, los asentamientos serían levantados, al tiempo que se establecería un estado palestino. Pero el proceso de paz murió en manos de Arafat en Camp David y Taba. Está acabado, por mucho que diplomáticos de aquí y de allá se empeñen en hablar de él como si siguiera en pié. Sharon firmó su certificado de defunción cuando proclamó la nueva estrategia israelí de “desenganche” o separación unilateral. Si no era posible llegar a un acuerdo con los palestinos y, además, una buena convivencia exigía la separación física de las comunidades, el silogismo llevaba a una conclusión evidente: Israel se separaría de motu propio. Ese fue el origen de la valla-muro-alambrada que los divide y de la retirada de Gaza.

Israel ya ha demostrado al mundo su disposición a retirarse de parte de los territorios en disputa, al tiempo que los dirigentes palestinos de Fatah y de Hamas han escenificado la imposibilidad de llegar a una posición común que sirva de punto de partida para una hipotética negociación. El “desenganche” continúa adelante. Si no es viable una solución diplomática, entonces toca consolidar lo que en todo momento ha sido considerado como innegociable.

La Línea Verde, a menudo citada eufemísticamente como “las fronteras anteriores a 1967”, no es ni será la frontera de Israel por mucho que la Liga Árabe se empeñe. Las guerras de los Seis Días y del Yom Kippur tienen un precio. Todos somos conscientes de ello. De ahí que resulte tan hipócrita la posición de la diplomacia norteamericana al exigir a Israel, un aliado, lo que no pide a los árabes y además por su propio interés en otros teatros. No es algo que nos pueda sorprender porque la tentación norteamericana de trasformar su ayuda económica a Israel en gestos de buena voluntad hacia los árabes, para que Washington mejore sus relaciones con determinados gobiernos, es tan antigua como la propia ayuda. A veces es necesario hablar claro para que los equívocos se superen. Sharon tuvo que aclarar a George W. Bush que Israel no era Checoslovaquia, en indisimulada alusión al premier Chamberlain. Desde aquel momento las relaciones transcurrieron con normalidad. Netanyahu ha ido hasta el corazón de Washington para recordar que los judíos viven en Jerusalén desde hace tres mil años y que no entra en sus planes abandonar la colina de Sión ni los terrenos colindantes. Ha hecho lo que debía, aunque no creo que su declaración tenga los mismos efectos que la del viejo general.

OPINIÓN AJENA

[…] La Administración Obama ha creado un problema donde no lo había: denominando asentamiento al barrio de Ramat Shlomo en el que viven 20.000 judíos y que nunca ha sido palestino. Nunca lo reivindicaron los palestinos hasta que la Administración Obama les ha dado la idea. Y no está de menos recordar que cuando Jordania ocupó Jerusalén Este durante 19 años, expulsó a todos los judíos de su barrio y destruyó las sinagogas. La reunificación de Jerusalén bajo autoridad israelí ha permitido a todas las religiones practicar su culto -aunque los cristianos también tenemos mucho que llorar en este terreno. […]

Ramón Pérez-Maura: “Obama, el pro israelí”. ABC, España, 29/3/2010.

HOY, MANIFESTACIÓN CONTRA LA CRUELDAD

Hoy domingo, convocada por asociaciones protectoras de animales y bajo el lema “La tortura no es cultura”, se efectuará en Madrid una manifestación para protestar contra la decisión del gobierno autonómico de declarar Bien de Interés Cultural las corridas de toros. La manifestación partirá de la Plaza de la Villa, a las 12 de la mañana, y finalizará en la Puerta del Sol, frente al edificio del Gobierno regional. En esta actividad se recogerán firmas para una Iniciativa Legislativa Popular, cuyo objetivo es conseguir que se prohíban los espectáculos taurinos en esta comunidad.

UN DÍA COMO HOY MURIÓ GREGORIO MARAÑÓN

Marañón y Ortega. 1939.

El eminente médico, ensayista y biógrafo Gregorio Marañón murió un día como hoy hace 50 años. En 1930, con José Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala, creó la Agrupación al Servicio de la República, una plataforma de intelectuales antimonárquicos de tendencia liberal. En el histórico artículo que aquí reproduzco, Marañón, junto a Ortega y Pérez de Ayala, aboga por una república democrática y advierte de los peligros que representaban el extremismo sectario y la tentación de extrapolar a España la experiencia bolchevique. La Segunda República no supo conjurar esos peligros y fue al desastre cinco años después de su nacimiento en 1931.

LA AGRUPACIÓN AL SERVICIO DE LA REPÚBLICA CONDENA LA QUEMA DE CONVENTOS

Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala

La multitud caótica e informe no es democracia, sino carne consignada a tiranías.- Unas cuantas ciudades de la República han sido vandalizadas por pequeñas turbas de incendiarios. En Madrid, Málaga, Alicante y Granada humean los edificios donde vivían gentes que, es cierto, han causado durante centurias daños enormes a la nación española, pero que hoy, precisamente hoy, cuando ya no tienen el Poder público en la mano, son por completo innocuas. Porque eso, la detentación y manejo del Poder público, eran la única fuerza nociva de que gozaban. Extirpados sus privilegios y mano a mano con los otros grupos sociales, las Ordenes religiosas significan en España poco más que nada. Su influencia era grande, pero prestada: procedía del Estado. Creer otra cosa es ignorar por completo la verdadera realidad de nuestra vida colectiva.

Quemar, pues, conventos e iglesias no demuestran ni verdadero celo republicano ni espíritu de avanzada, sino más bien un fetichismo primitivo o criminal que lleva lo mismo a adorar las cosas materiales que a destruirlas. El hecho repugnante avisa del único peligro grande y efectivo que para la República existe: que no acierte a desprenderse de las formas y las retóricas de una arcaica democracia en vez de asentarse desde luego e inexorablemente en un estilo de nueva democracia. Inspirados por ésta, no hubieran quemado los edificios, sino que más bien se habrían propuesto utilizarlos para fines sociales. La imagen de la España incendiaria, la España del fuego inquisitorial, les habría impedido, si fuesen de verdad hombres de esta hora, recaer en esos estúpidos usos crematorios.

La bochornosa jornada del lunes queda, en alguna parte, compensada en Madrid por la admirable del domingo. La prontitud, espontaneidad y decisión con que la gente madrileña reaccionó ante la impertinencia de unos caballeritos monárquicos fue una amonestación suficiente, por el momento, que daba al Gobierno motivo holgado para podar ejecutivamente su ingénita petulancia. Nada más debió hacerse. De otro modo, aprenderían un juego muy fácil, consistente en provocar con un leve gesto de ellos convulsiones enormes en el pueblo republicano. No; si quieren, en efecto, suscitar en nosotros grandes sacudidas, que se molesten, al menos, en preparar provocaciones de mayor tamaño. A ver si pueden.

Lo que es preciso evitar de la manera más absoluta es que falte al Gobierno, ni durante una fracción de segundo, la confianza en sí mismo y en la plenitud de su representación. Este Gobierno, si alguno en el mundo, ha sido ungido por la más clara e indiscutible voluntad de la nación. Los enemigos de la República no han intentado siquiera ponerlo en duda, cualesquiera que fueren sus ilusiones y sus manejos de otra índole. En cuanto a los republicanos, es cosa de evidencia rebosante que nadie puede presumir de haber hecho más por la República que ese grupo de hombres exaltado hoy a los cargos de ministros y demás oficios gubernativos. Nadie ha trabajado más por el cambio de régimen; nadie se ha expuesto más entre los españoles vivientes. Es, pues, intolerable que grupo alguno particular, atribuyéndose con grotesca arbitrariedad la representación de los deseos nacionales, reclame tumultuariamente del Gobierno medidas y actuaciones que el capricho haya inspirado. Son demasiados los millones de españoles los que han votado a la República para que el montón de unos cientos o unos miles aspire a ser más España toda que el resto gigantesco. Con toda esta teatralería de vetusta democracia mediterránea hay que acabar desde luego y sin más. No hay otro «pueblo» que el organizado. La multitud caótica e informe no es democracia, sino carne consignada a tiranías.

Por otra parte, esa plenitud de representación que en el Gobierno reside le obliga a conservar intacto el depósito soberano de confianza que entera una nación le ha entregado. Es el Gobierno de todos los que han votado la República, y tiene el deber tremendo de llegar integro y sin titubeos hasta el momento en que nos devuelva, instaurado, ya, el nueva Estado: la República española.

Porque de esto se trata estrictamente y no de anticiparse a calificar esa República con uno u otro adjetivo. Después de siglos de despotismo franco o disfrazado va España, por vez primera, a decidir con libertad, e inspirándose en su destino más propio, la organización de su vida. Por eso es muy especialmente criminal todo intento de tiranizarla de nuevo imponiéndole formas de imitación. La originalidad, a veces dolorosa, de nuestra historia, augura con toda probabilidad soluciones y modos nuevos que pocos sospechan hoy. Por lo menos, no hay gran riesgo en vaticinar que España no será -como algunos dicen por ahí- una República burguesa. Sólo el desconocimiento pleno de nuestra conformación histórica puede creer tal cosa. España, que no ha podido vivir con plenitud, ni siquiera con suficiencia, la época Moderna, precisamente porque le faltó burguesía, no es verosímil que a esta altura de los tiempos y bajo una forma republicana resulte, por magia, constituida en nación específicamente burguesa. Todo anuncia más bien que España llegue a organizarse en un pueblo de trabajadores. El modo y el camino para arribar a ello serán, de seguro, distintos de los que se han ideado en otros pueblos, y sin gesticulación ni violencias revolucionarias. Entre innumerables razones, hace creer esto que nuestra economía es de un equilibrio tan inestable, por su escaso volumen, que ya la menor contracción de la riqueza pública -y todo intento revolucionario la suscitaría- será catastrófica y estrangulará el conato mismo de desórdenes graves.

Es preciso, por tanto, que de la manera más inmediata y resuelta impongan el tono de la nueva democracia exacta, limpia, dura como el metal técnico, cuantos españoles posean la dosis suficiente de buen sentido, y que no sean pseudointelectuales incapaces de pensar tres ideas en fila. Hoy no tiene la República más peligros que los fantasmas.

Nos induce a esta fe, entre otras cosas, ver cómo los estudiantes, que son, con el grupo de hombres gobernantes, quienes más hicieron por el advenimiento de la República, han ofrecido una nota ejemplar con su total ausencia de las asquerosas escenas incendiarias. Pero es preciso que se preparen para dar a esa ejemplaridad, en el inmediato futuro, carácter más activo. Tienen que defender fieramente la dignidad de su República. Fíense de su instinto insobornable, tesoro esencial de la juventud, del cual ha de emanar el único futuro verdadero. Fíense de él y rechacen todo lo que es falso, sin autenticidad, como esas falsas representaciones de manidos melodramas revolucionarios y esas imitaciones insinceras de lo que un pueblo semiasiático tuvo que hacer en una hora terrible de su Historia. Exijan implacablemente que se cumpla el estricto destino español, y no otro fingido o prestado.

[El Sol, Madrid, 11 de mayo de 1931.]

TIEMPO ENTRE PARÉNTESIS

Teódulo López Meléndez, Caracas.

La creación de una nueva realidad se le asemeja a los venezolanos a una especie de misión irrealizable para la cual se alega carecer de fuerzas. La palabra solución parece haberse escapado como un errante cuerpo celeste no sometido a gravitación alguna. Ya pensar en las salidas posibles se le antoja una característica baldía de su antepasado de tiempos históricos terminados. Ya podemos llamar a este tiempo en el que estamos uno entre paréntesis.

Hoy mira la realidad con cansancio y el pesimismo se establece como un pesado herraje que impide el poder transformador de la voluntad. El nuevo paradigma capaz de despertarlo no se asoma o lo hace impotente para sacarlo de las tragedias históricas que lo sumieron en el letargo o es manoseado y escondido debajo de la alfombra por los representantes de un pasado que no volverá.

Es una particular ataraxia que sustituye con imperturbabilidad la condición alerta. Nos preguntarnos por qué el venezolano ha abandonado el papel de descifrador. La insatisfacción con lo existente parece haber perdido su capacidad de motorizar el viaje hacia fuera del presente ominoso. El venezolano ha perdido la fuerza para imponer la sumisión de la realidad al orden simbólico. Esto es, ha dejado de interrogarse.

Este espacio atascado entre dos símbolos que uno sólo es y se llama paréntesis congela y desarticula, se va constituyendo en una especie de limbo donde sólo cabría esperar una decisión superior que determinara de una vez por todas la duración del castigo previo al ascenso a nuevas instancias.

Los dos extremos del paréntesis mantienen encerrada a una república mientras algunos alegan que el símbolo que cierra a la derecha se romperá el 26 de septiembre en un aluvión de maná. Desde el lado del poder se mira con complacencia el tiempo escondido en el paréntesis mientras afuera desata una catarata de hechos y desgarramientos aprovechando el tiempo del paréntesis.

La inacción caracteriza al tiempo del paréntesis. Se conoce por la teología cristiana que el tiempo del paréntesis termina, que es apenas un pasaje, pero la concepción del tiempo es curva como el enrollamiento de una serpiente sobre sí misma que busca la cola para mordérsela como un relato bien escrito con las técnicas literarias apropiadas. Se insiste en el lado derecho del paréntesis y se arguye que tiene fecha, que basta la paciencia para salir del tiempo del paréntesis.

En el mundo exterior, por el contrario, el tiempo corre veloz, se apresa, se conculca, se pasa por encima, se arropa porque la república está encerrada en el paréntesis.

Este país tiene dos tiempos: el del paréntesis donde está encerrada la república y el de los usurpadores. La pestilencia tiene dos tiempos: la de los gatos que escarban y la de los que la exhiben. Hay dos teorías: la de quienes dentro del paréntesis comienzan a sostener que el tiempo no existe y la de quienes nos interrogamos sobre la interacción que permita el renacer de la energía. Concluimos que hay que buscar el grupo más alto de simetrías posibles, lo que siempre conduce a energías inimaginablemente altas.

Es posible que el país esté simplemente empujando el lado derecho de este signo ortográfico-político y extendiendo el tiempo del paréntesis. Es menester abrir el paréntesis, interrumpir el discurso encerrado, dejar claro que el discurso va sobre toda la expresión y no sobre el encierro de un tiempo. Aquí no puede haber ni santos ni patriarcas esperando la redención del género venezolano. Tenemos que quitarnos la placa que nos han colgado al cuello. No podemos seguir ignorando los entresijos ni evaporándonos con el humo del Ávila que se quema solo.