MAX

Max y sus informantes, captados por Tovar.
Max y sus ayudantes, captados por Tovar.

Satisfaciendo la curiosidad de vecinos que me leen, presento a mi colaborador Max Estrella, corresponsal de este blog en el Callejón del Gato. Sevillano de nombre Alejandro María de los Dolores de Gracia Esperanza del Gran Poder Antonio José Longinos del Corazón de Jesús de la Santísima Trinidad, falleció completamente en Madrid en 1909, pero fue resucitado por un tal Valle-Inclán, gallego, demiurgo de Arosa, que lo admiraba y compadecía. Como fue salvado para la posteridad, le sobra el tiempo, y se alivia del eterno hastío ramoneando los bulos, rumores y cabreos que afluyen al mentidero más felino y ubérrimo de la Villa y Corte. Tiene la exquisita consideración, que no me canso de agradecerle, de firmar sus reportes con su heterónimo de resucitado: Max Estrella. Ah, y es ciego, por lo que oye mejor.

FARIÑAS

El periodista disidente Guillermo Fariñas hace poco más de un mes que se declaró en huelga de hambre. Su deterioro físico es ya muy preocupante, según los médicos que lo atienden en el hospital de Santa Clara donde se encuentra ingresado.

En declaraciones hechas días atrás, Fariñas, que demanda la libertad de los presos políticos enfermos, reiteró que está decidido a llevar su huelga de hambre hasta las últimas consecuencias, y añadió que “si le dejan fallecer se confirmará el carácter dictatorial de los gobernantes cubanos”.

No apruebo la huelga de hambre como método de lucha, y menos contra un gobierno al que nada importa la salud de sus contrarios; pero me merece respeto todo el que, como este hombre, es capaz de resistir el sufrimiento físico y poner en máximo riesgo su vida por sus convicciones democráticas y en defensa de compañeros suyos en el combate contra la tiranía.

Fariñas

No es necesario que Fariñas se inmole –con lo cual las libertades ciudadanas en Cuba perderían a un decidido defensor– para poner de relieve el carácter dictatorial de quienes desde hace medio siglo tiranizan a los cubanos. Ante quienes aún se niegan a ver lo evidente, el sacrificio de Fariñas será baldío porque nada ni nadie convence a quienes no quieren ser convencidos. Y los convencidos, convencidos están.

Eso, lo primero.

Lo segundo es que Fariñas no es un preso y está recibiendo asistencia médica en un hospital público, de modo que, si fallece de resultas de su voluntaria huelga de hambre, el Gobierno no será responsable de su fallecimiento como lo es, por activa y por pasiva, del de Orlando Zapata. Éste cumplía condena en una cárcel del Estado y por lo mismo hay que pedir cuentas a las autoridades castristas de cuanto en ella le sucedió. La muerte de Zapata, de acuerdo con lo que conocemos, es un crimen de Estado. Un crimen similar –y, por cierto, muy criticado por Fidel Castro– al que cometió Margaret Thatcher cuando no hizo nada para impedir que murieran de inanición unos presos del IRA que se declararon en huelga de hambre en un penal británico.

Por lo expuesto, aconsejo a mi coterráneo Guillermo Fariñas que ponga fin a su martirio antes de que sea demasiado tarde. Conociendo la crueldad del régimen al que se encara –más represivo hoy por su galopante decadencia–, me temo, y ojalá me equivoque, que no excarcelará a los presos cuya libertad se le demanda.

Con su huelga de hambre, ya Fariñas ha conseguido poner, durante varios días, la triste realidad de Cuba en la primera página de la prensa mundial. Algo muy importante que el castrismo no le perdonará nunca.

DE MI ARCHIVO

Este artículo, que he tomado de La Gaceta de Cuba (Nº 90, febrero-marzo de 1971), resulta una rareza por su autor, conocido en Cuba sólo por su agitada vida política y su trágico final, también relacionado con la política. Reproduzco, además, la elocuente nota explicativa que lo acompaña, del ya fallecido poeta y musicólogo cubano Helio Orovio.

Eduardo Chibás (1907-1951)

Hojeando la revista Social, encuentro, en 1936, este texto del líder político, batallador contra las lacras seudorrepublicanas, Eduardo R. Chibás. La sorpresa casi me levantó del asiento. No puedo imaginar todavía a aquel relámpago del gesto y la palabra doblado sobre un libro de Rilke, Proust o Joyce; más aún, me resulta traumatizante, para usar el lenguaje a la moda, saberlo inclinado contra su máquina de escribir, teorizando con profundidad y casi erudición acerca de estos autores, por entonces prácticamente desconocidos en nuestro país. Sé, por testimonios de contemporáneos suyos, que Chibás leía mucho. Así y todo, me parece interesantísimo este documento histórico. Opino que debe reproducirse y sospecho que muchos otros se levantarán también del asiento. Helio Orovio

TRES GENIOS MODERNISTAS

Eduardo R. Chibás

Rainer María Rilke, Marcel Proust y Jaime Joyce encarnan mejor que nadie el espíritu de la literatura “modernista” (que no es toda la moderna). Austria, Francia e Inglaterra “modernistas” están representadas en ellos. Austria, por un vástago de abolengos medioevales y jerarquía Nietzcheana: Rilke. Francia, en su literatura de vanguardia, como en su política nueva, por el genio judío: Proust y Blum. Inglaterra, naturalmente, por un irlandés: Joyce.

Así como Proust es un burgués hiperestésico, que se siente nuevo hombre de “élite”; y Joyce… es todo un irlandés; Rilke, noble decadente, comienza a sentirse “ex hombre de élite” empujado por el desarrollo social. Proust, judío, escribe: “En busca del tiempo perdido”; Rilke, noble austríaco romántico que se angustia y asfixia, señor feudal de la literatura, escribe en busca de Dios; Joyce, irlandés, nos da el Ulysses. Rilke, es el lírico del fatalismo, subjetivo, trágico y místico; Proust, hace epopeyas de cualquier incidente de la vida cotidiana; Joyce, a la ves objetivo y subjetivo, es la ironía dramatizada girando sobre un centro político.

Marcel Proust, petimetre escéptico, libertino, derrochador sin tasa, intelectualista, enfermizo, dandy del vestir y del hablar, señor de los salones de St. Germain, y rey francés del mundo mundano de la post-guerra, es el autor de “Por el camino de Swann”, “A la sombra de las muchachas en flor” y “Sodoma y Gomorra”. Las treinta primeras páginas abigarradas de “Por el camino de Swann”, describen la vuelta que da un hombre en su cama antes de quedarse dormido. En Proust la trama casi desaparece y llega al límite de la morosidad. Es genial para muchos. Cuando la lengua francesa se hallaba todavía en formación, apareció un gigante, alegre y fuerte (Pantagruel, de Rabelais) que con sus manos enormes cerró las puertas de la Edad Media y abrió de par en par las de la Edad Moderna; y ahora, cuatro siglos después, en un idioma refinado que empieza a debilitarse, un hombre triste y enfermo, sepultado en un aire de cripta, con sus manos de uranista clausura la Edad Moderna en nombre del “modernismo”. Gargantúa, degenera en el dadaísmo, futurismo y estridentismo. Son los hijos del vanguardismo y la decadencia.

James Joyce, autor de Ulysses, nos dice Eliot, “cierra una época y abre otra en la literatura inglesa”. Según Murray, “el Ulysses de Joyce es uno de esos documentos que se recogen al final de una civilización”. Para Waldo Frank, “Ulysses representa el espíritu disgregador de nuestra época”; para Havelloc Ellis, padrastro del psicoanálisis, “marca una fecha en la literatura británica”. Marichalar dice: “Así como R.R. (Rolls Royce) encubre la mejor marca de automóviles contemporáneos, así las iniciales J.J. (James Joyce) en el lomo de un libro, denuncian al más suntuoso, delicado y profundo artista contemporáneo”. Eso dicen los críticos sobre Joyce, representante “modernista” de los sajones.

En el Ulysses de Joyce ninguno de los personajes se llama Ulysses. Se inicia el libro, especie de rompecabeza homérico, con una conversación entre personas desconocidas que no se pueden distinguir, en un lugar ignorado y en tiempo indeterminado. Desde el comienzo hay que colocarse en trance de adivinar. La obra consta de ochocientas páginas distribuidas en dieciocho capítulos, cada uno correspondiente a una hora de acción (o de pasión…). ¿La trama? Apenas si la tiene. El argumento se refiere al vulgar vagabundeo de Leopoldo Blum por las calles de Dublin y su regreso al hogar, donde lo espera (o no lo espera) una Penélope felina.

Rainer María Rilke, no tiene la vena sardónica del irlandés Joyce ni la afectación parsimoniosa de Marcel Proust, Paul Bourget y Gabriel D’Annunzio. Rilke, sentimental decadente como ellos, es en cambio austero, introvertido, amante de la naturaleza, lleno de Fe, un auténtico aristócrata del pensamiento y del estilo. Eso es lo que tiene de nietzcheano. Para muchos, es un genio inmarcesible. Dice Stefan Zweig en un discurso pronunciado en Munich, en 1927: “Ningún poeta lírico antes de nuestro tiempo ha alcanzado el hondo sentido poético de Rilke”… “Son una catedral del idioma sus Cuentos del buen Dios”… “La fluidez maravillosa de sus imágenes resplandecientes no ha sido igualada por ningún lírico de nuestra época”.

Rilke se casa con una escritora, como él enamorada de la obra de Rodin, el insigne escultor francés. El matrimonio Rilke decide conocer al artista galo y se traslada a París. Allí se hospeda en casa de Rodin, cuya influencia artística se deja sentir a través de toda la obra de Rilke. De esta íntima amistad nacerá luego su gran obra: Rodin. Los dos, Rilke y Rodin, son cristianos fervientes, pero en la forma de los primitivos cristianos, con rasgos profundos de paganismo. En las escrituras de Rodin y las obras de Rilke, se marca la alegoría, el simbolismo, la admiración profunda por los personajes antiguos y prístinos de la leyenda cristiana. En Rilke, a la poesía de la tradición cristiana se añade el canto a la tradición germana. Esto se aprecia a través de sus mejores obras: “Los cuentos del buen Dios” y los “Cuadernos de Malte Laurids Brigge”. Es bellísimo su opúsculo: “Amor y muerte de Cristóbal Rilke”.

De los tres, Rainer María Rilke, el menos conocido en Cuba, es quizás el más grande artista de la palabra.

BIBI TIENE RAZÓN

Florentino Portero

(LIBERTAD DIGITAL) No voy a volver a explicar porqué creo que la generalización de “asentamientos” ha sido el mayor error cometido por los gobiernos israelíes a lo largo de toda su historia. Sólo quiero señalar que representan su flanco más débil en la guerra de la propaganda y que, por eso mismo, conviene analizar con cierto detalle la razón de ser de las nuevas edificaciones que tanta discordia están generando entre los gobiernos de Washington y Jerusalén.

El término “asentamiento” hace referencia a poblamientos judíos en territorios externos a la Línea Verde, o demarcación entre los ejércitos israelí y árabe tras la Guerra de la Independencia, allá por 1949. Cuando en 1948 Naciones Unidas ofreció a las partes en conflicto la creación de dos estados con fronteras claramente delimitadas, los judíos aceptaron pero los árabes no sólo rechazaron el ofrecimiento sino que declararon la guerra al país recién creado. Fracasaron en su intento de abortar el estado judío y además se encontraron con que sus unidades, todavía irregulares, les derrotaron, adelantando sus posiciones hasta las puertas de la vieja ciudad de Jerusalén.

Aquello había sido un mal paso. En la siguiente ocasión tratarían de hacerlo mejor. Durante la Guerra de los Seis Días intentaron rematar la chapuza anterior, pero sólo consiguieron que el Ejército israelí alcanzara el Jordán, ocupando toda la Cisjordania. Arrebataban a Jordania los terrenos que había ocupado ilegalmente durante la Guerra de la Independencia, cuando cruzó el Jordán con la intención de echar a los judíos al mar, y que incorporó tras el alto el fuego. La incompetencia y desorganización crónica de las fuerzas árabes permitió a los sionistas más radicales dar alas a su imaginación sobre las futuras lindes de un Gran Israel. De aquellas ensoñaciones surgieron asentamientos a diestro y siniestro, ante el escándalo de muchos, empezando por el propio Ben Gurion.

Con Israel en la orilla del Jordán, la Línea Verde resultaba un mal menor, sobre todo cuando de lo que se trataba era de hacer propaganda. Los estados árabes asumieron que hacer volver a Israel a sus fronteras originales era imposible, más aún después de la nueva intentona fallida que supuso la Guerra del Yom Kippur, y trataron de contenerles en las fronteras reales del 49 con dos condiciones: garantizar que la vieja ciudad de Jerusalén –Jerusalén Este– sería la capital indivisible de Palestina y que los refugiados árabes tendrían derecho a volver a sus tierras en Israel, lo que en el medio plazo supondría la arabización del estado judío. Dos condiciones inaceptables para Israel.

No hay fronteras definitivas entre el Jordán y el Mediterráneo. Los europeos sabemos bien por experiencia propia que las fronteras son el resultado de las guerras. Las pifias de las campañas de los Seis Días y Yom Kippur tienen un precio que, entre otras cosas, se medirá en metros cuadrados. Si tras la Guerra de la Independencia se avanzó hasta la Línea Verde, nuevos territorios se incorporarán definitivamente a Israel tras las restantes campañas fallidas. Benjamín Netanyahu tiene toda la razón cuando afirma que construir en “asentamientos” ya existentes en el entorno inmediato de Jerusalén no es una provocación, ni una ilegalidad, ni nada por el estilo, porque esos enclaves son ya parte de Israel, de la misma forma que la antigua ciudad de Koënisberg, donde se escribieron algunas de las páginas más trascendentales del pensamiento alemán y europeo, es hoy la ciudad rusa de Kaliningrado. La República Federal de Alemania ha asumido el coste de sus derrotas y gracias a ello Europa ha podido ser reconstruida. Los palestinos no y de ahí los problemas que todos, unos en mayor medida que otros, padecemos.

Muchos de los “asentamientos” no debieron haberse construido, pero eso ya no tiene solución. Tras los Acuerdos de Oslo la diplomacia israelí hizo de una parte de los asentamientos moneda de cambio. Si los árabes reconocían el derecho a existir de Israel y unas fronteras seguras, los asentamientos serían levantados, al tiempo que se establecería un estado palestino. Pero el proceso de paz murió en manos de Arafat en Camp David y Taba. Está acabado, por mucho que diplomáticos de aquí y de allá se empeñen en hablar de él como si siguiera en pié. Sharon firmó su certificado de defunción cuando proclamó la nueva estrategia israelí de “desenganche” o separación unilateral. Si no era posible llegar a un acuerdo con los palestinos y, además, una buena convivencia exigía la separación física de las comunidades, el silogismo llevaba a una conclusión evidente: Israel se separaría de motu propio. Ese fue el origen de la valla-muro-alambrada que los divide y de la retirada de Gaza.

Israel ya ha demostrado al mundo su disposición a retirarse de parte de los territorios en disputa, al tiempo que los dirigentes palestinos de Fatah y de Hamas han escenificado la imposibilidad de llegar a una posición común que sirva de punto de partida para una hipotética negociación. El “desenganche” continúa adelante. Si no es viable una solución diplomática, entonces toca consolidar lo que en todo momento ha sido considerado como innegociable.

La Línea Verde, a menudo citada eufemísticamente como “las fronteras anteriores a 1967”, no es ni será la frontera de Israel por mucho que la Liga Árabe se empeñe. Las guerras de los Seis Días y del Yom Kippur tienen un precio. Todos somos conscientes de ello. De ahí que resulte tan hipócrita la posición de la diplomacia norteamericana al exigir a Israel, un aliado, lo que no pide a los árabes y además por su propio interés en otros teatros. No es algo que nos pueda sorprender porque la tentación norteamericana de trasformar su ayuda económica a Israel en gestos de buena voluntad hacia los árabes, para que Washington mejore sus relaciones con determinados gobiernos, es tan antigua como la propia ayuda. A veces es necesario hablar claro para que los equívocos se superen. Sharon tuvo que aclarar a George W. Bush que Israel no era Checoslovaquia, en indisimulada alusión al premier Chamberlain. Desde aquel momento las relaciones transcurrieron con normalidad. Netanyahu ha ido hasta el corazón de Washington para recordar que los judíos viven en Jerusalén desde hace tres mil años y que no entra en sus planes abandonar la colina de Sión ni los terrenos colindantes. Ha hecho lo que debía, aunque no creo que su declaración tenga los mismos efectos que la del viejo general.

OPINIÓN AJENA

[…] La Administración Obama ha creado un problema donde no lo había: denominando asentamiento al barrio de Ramat Shlomo en el que viven 20.000 judíos y que nunca ha sido palestino. Nunca lo reivindicaron los palestinos hasta que la Administración Obama les ha dado la idea. Y no está de menos recordar que cuando Jordania ocupó Jerusalén Este durante 19 años, expulsó a todos los judíos de su barrio y destruyó las sinagogas. La reunificación de Jerusalén bajo autoridad israelí ha permitido a todas las religiones practicar su culto -aunque los cristianos también tenemos mucho que llorar en este terreno. […]

Ramón Pérez-Maura: “Obama, el pro israelí”. ABC, España, 29/3/2010.

HOY, MANIFESTACIÓN CONTRA LA CRUELDAD

Hoy domingo, convocada por asociaciones protectoras de animales y bajo el lema “La tortura no es cultura”, se efectuará en Madrid una manifestación para protestar contra la decisión del gobierno autonómico de declarar Bien de Interés Cultural las corridas de toros. La manifestación partirá de la Plaza de la Villa, a las 12 de la mañana, y finalizará en la Puerta del Sol, frente al edificio del Gobierno regional. En esta actividad se recogerán firmas para una Iniciativa Legislativa Popular, cuyo objetivo es conseguir que se prohíban los espectáculos taurinos en esta comunidad.