Debate del debate

Resultado de encuesta realizada sobre el debate televisivo entre los respectivos candidatos del PP y el PSOE a la presidencia del Gobierno de España:

-Zapatero es más telegénico que Rajoy.
-Zapatero tiene las cejas circunflejas y Rajoy las tiene graves.
-El maquillaje de Zapatero era el de una geisha.
-La corbata de Rajoy era más vistosa que la de Zapatero.
-Rajoy estuvo nervioso al principio, pero se relajó al final.
-Zapatero estuvo sereno al principio, pero a mitad del debate mostró nerviosismo.
-Zapatero miraba más a la cámara y no se sabe qué miraba Rajoy.
-Ambos leyeron en algunos momentos, pero Rajoy equivocó un gráfico.
-La sonrisa irónica de Rajoy puede costarle votos.
-Zapatero interrumpió más a Rajoy que éste a Zapatero.
-El moderador nombró demasiado la academia de televisión que dirige.
-El cuento de la niña, que leyó Rajoy, lo escribió su paisano Suso de Toro para que lo leyera Zapatero.

El segundo debate, que se celebrará el próximo lunes, despierta grandes expectativas. Se espera que en él los candidatos aborden temas de candente actualidad como qué es un bonobús y qué cuesta una taza de café en la calle.

La repatriación de la dignidad

Teódulo López Meléndez, Caracas.

Este país se ha convertido en un pantano de la risa. Esto es una desvergüenza. La absoluta caída de la vida pública en el charco es evidente y patética. Las cosas que se dicen superan la impudicia para hundirse en el tremedal del más absoluto desprecio por la gente. Cualquier cosa, cualquier barbaridad, cualquier despropósito es lanzado ante la opinión pública con un desparpajo propio de la ignorancia y de la desfachatez.

Lo que tenemos que oír a diario raya con lo obsceno, con lo inaudito, con la barbarie. La vida pública de Venezuela equivale a la pérdida total de la sindéresis, del equilibrio, de la decencia. Se dicen las tropelías más insólitas como si el país fuese una jaula de monos. El irrespeto por la población ha llegado a proporciones caníbalescas. En Venezuela se disolvieron los límites, ya cualquier cosa es posible, cualquier descabellada declaración es pronunciable, cualquier barbaridad se puede proferir para tejer un debate insustancial, maníaco, deprimente.

Aquí no circulan ideas, sólo escupitajos. El país ha sido convertido en una caja de resonancia de lo insólito. Es imposible entretejer un debate sobre los destinos nacionales. Aquí no hay espacio para la serenidad y lo profundo, aquí sólo hay espacio para la denuncia temeraria, para la payasada grandilocuente, para el desarme total de todo resquicio de ética. Han devaluado la vida pública, han enlodado la palabra hasta hacerla perder cualquier efecto, han convertido al país en el reino de lo desvalorizado, han convertido el necesario debate de lo público en una vulgaridad paralizante.

Las palabras que se elevan son sepultadas por el diario alud de la incongruencia. Las palabras que tratan de subir son arrolladas por un tsunami de estiércol. Cualquier esfuerzo por discurrir sobre el porvenir de la nación recibe a diario las camionadas de incongruencias que se lanzan envueltas en el papel de sonoras declaraciones peripatéticas y enloquecidas.

Aquí se puede decir cualquier cosa, se puede proferir cualquier mentira, se puede distorsionar a voluntad, se puede declarar lo que sea. Ya no importa, conceptos como los de verdad y decencia han sido cremados en el horno del despojo absoluto de todo raciocinio. Todo se enloda con meticulosa periodicidad. Las declaraciones sensatas, los análisis medulares, los intentos por plantear lo que interesa, todo es lanzado a los depósitos de basura porque lo que importa es la última locura proferida por algún asomado que se inventa lo que le de la gana.

Decir que el país se ha convertido en una carpa de circo sería exagerar. En el circo hay disciplina, esfuerzo y organización, y hasta el arte del payaso merece todo respeto. Esto no es un circo, esto es una devaluación total donde no queda un principio en pie. Los actores que visualizamos provocan risa. Y cuando hablan no salimos de nuestro asombro. Y cuando escriben nos sumen en el mareo de lo peripatético. Y cuando actúan nos parece vivir en un asombroso mundo creado por una mente fantasiosa que bien podríamos llamar de ridículo-ficción.

Aquí se juega con todos los valores, inclusive con los de la vida. El talento que el país tiene guarda silencio y duerme. Ese talento no tiene conexiones con lo que llamaremos lo propiamente político. Pedir que nos calláramos y dejásemos todo en manos de los humoristas sería una ofensa a los humoristas que son gente muy seria. En nuestra vida pública cotidiana no hay humor (de ningún color), no hay ironía (porque para ejercerla se requiere inteligencia), no hay sarcasmo (porque para tenerlo se requieren reservas). Aquí lo que hay en nuestra vida pública es podredumbre, degeneración y atosigamiento de imbecilidades.

Hasta los fabricantes de guerra sucia y de cortinas de humo dan muestra de retardo mental. Hasta para ejercer estas dos actividades se requiere un mínimo de sapiencia, da talento, de imaginación. Hasta los manipuladores de opinión enseñan un peligroso desequilibrio. Nuestra vida pública se ha desleído, se ha deshilachado, se ha despintado; es apenas un trapo sucio que los vientos anárquicos lanzan de tierral en tierral, de charco en charco, de detritus en detritus.

Esto no puede llamarse mediocridad porque esta palabra implica calidad media o tirando a malo. Cualquier observación inteligente que profiere un dirigente razonable es de inmediato desoída porque ya los oídos están habituados solamente al pichaque. La carga diaria de sandeces, de estupideces, de majaderías es abrumadora, paralizante, estrujadora.

Hay que alzarse por encima del charco, hay que rescatar el lenguaje, hay que hacer reaparecer la seriedad, hay que hacer que la dignidad se repatrie, hay que hacer todo de nuevo, porque los venezolanos no hacemos otra cosa que comenzar y recomenzar, siempre, como en un castigo bíblico deformado, como en una maldición de algún desalmado y caricaturesco profeta. Esto que llamamos país está en el charco. Sacarlo de allí será una tarea sólo emprendible para el que se deje de demagogia y diga la verdad: reconstruirlo nos va a costar sangre, sudor y lágrimas.

El mejor actor del siglo XX

Fidel Castro, a cincuenta años de su arribo al gobierno, se ha jubilado de presidente de los Consejos de Estado y de Ministros y de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. Pero en la carta de dimisión no menciona su cargo de secretario general del Partido, el puesto más decisivo en la estructura de poder de un régimen comunista. ¿Significa esto que se fue pero no se va? Desde que delegó en su hermano Raúl, hace año y medio, en Cuba todo ha permanecido inmutable. Y nada fundamental ha de moverse en la Isla mientras Él, el Supremo, pueda hablar por teléfono.

Si a un dictador se le mide la categoría “profesional” por el alcance de su poder y la duración de su mandato, a Fidel Castro no se lo puede calificar de mediocre: ha estado medio siglo haciendo lo que ha querido con Cuba y los cubanos y, además, influyendo en la política internacional desde el pequeño país que lo padece. Trágica ha sido para los cubanos la altísima calidad de Castro como profesional del totalitarismo, calidad debida a su admirable astucia política y a su total falta de escrúpulos.

Cuando estaba en la Sierra Maestra y cuando se estrenaba como gobernante, su ideario, contenido en el Programa del Moncada y en sus soflamas de entonces, era el de un socialdemócrata. Después se declaró marxista-leninista y se alió con la Unión Soviética, y a partir de ese momento condujo la revolución hacia el estalinismo. La Unión Soviética lo respaldó económica y militarmente, garantizándole la existencia del modelo totalitario que le ha permitido practicar sin limitaciones el caudillismo de izquierda que con tanto éxito mediático ha venido protagonizando.

Castro jamás se ha equivocado en su contra. Quiso ser el dueño del país y lo consiguió sin cometer ni un solo error. Lo más dañino para Cuba de cuanto ha hecho es haber establecido un sistema rigurosamente autocrático, en el que su voluntad ha sido la primera y la última instancia de poder. Así, la inteligencia y la iniciativa personal del ciudadano, o sea, la fuerza creadora de la nación, quedó abducida por el líder omnímodo, cuyo nombre ha llegado a fundirse simbólicamente con el del país. No olvidemos la aberración, mundialmente generalizada, de que discrepar de Castro significa situarse contra Cuba. Por supuesto, un régimen de estas características sólo se construye mediante el falseamiento de la realidad, la divinización del adalid y la coacción sin límite.

Por el mundo circula la creencia de que hay dictadores malos, como Pinochet, porque son de derecha, y dictadores buenos, como Castro, porque son de izquierda, y esta tontería forma parte del conjunto de factores que determinan la tibieza con que la comunidad internacional ha reaccionado ante la violación de los derechos humanos en la única nación con dictadura que existe en América Latina.

Sólo cuando en Cuba se ha cometido un abuso espectacular, como el encarcelamiento masivo de opositores pacíficos en 2003 y el fusilamiento ese mismo año de tres muchachos negros que secuestraron un bote, la comunidad internacional ha reaccionado enérgicamente, hasta que al cabo de unas horas ha vuelto a fijarse más en los talibanes detenidos en la base yanqui de Guantánamo que en los demócratas presos en las infectas cárceles de “la Cuba revolucionaria”.

Desde el triunfo de la revolución, es la primera vez que Castro no está visible ni ejerciendo, oficialmente, el poder. Esta novedad traza la frontera, por el momento sólo psicológica, entre un antes y un después en Cuba. Que esta frontera deje de ser un sentimiento o una expectativa y se convierta en un hecho objetivo depende de que Castro desaparezca. Sin Castro será imparable la descomposición del régimen, primera etapa del proceso de transición.

Ahora que pende sobre el sepulcro, los cubanos podemos decir que Castro nos despertó con un sueño y nos abandona con una pesadilla.

Una periodista brasileña me preguntó recientemente qué era, en mi opinión, Fidel Castro: ¿un estadista, un líder, un dictador? Le respondí sin ironía: el mejor actor del siglo XX.

Una retórica de la confusión

Una quimera anómica recorre el mundo: se introduce en universidades, redacciones de periódicos, casas editoras, partidos políticos, sindicatos obreros, organismos internacionales, gabinetes de escritores… Se propone nada menos que internarnos en un gueto retórico donde las palabras, despersonalizadas, cosificadas, reglamentadas, se acartonan y pasan a ser máscaras, cuando menos ridículas, de la realidad. A este engendro al mismo tiempo catoniano y pacato, que tan bien se acomoda en el pandemonium de la posmodernidad, se lo conoce por el engañoso apelativo de lenguaje políticamente correcto (LPC), e incluye desde la reprobación de la sinécdoque o la metonimia hasta la extravagancia de considerar “sexista y discriminatorio” el uso de sustantivos masculinos como genéricos (véase la pintoresca “Resolución del Presidente de la Diputación de Córdoba para propiciar el uso del lenguaje no sexista en los documentos de la institución y sus organismos”, de 26 de julio de 2005, disponible en internet).

Lo que en estos comentarios me interesa subrayar es la deriva tendenciosa del LPC, una especie de deontología del lenguaje que hipotéticamente nació de inquietudes académicas relacionadas con la semántica y la ética social y que extremismos políticos han convertido en una retórica de la confusión. Pero el LPC no sería admisible ni aunque permaneciese fiel, sin las contaminaciones y deformaciones actuales, a su supuesta preocupación primigenia relativa al rigor conceptual y la responsabilidad ética en el empleo del lenguaje. Por simple lógica, es impensable que haya normativas de uso del idioma, con excepción de las estrictamente gramaticales, que no conspiren contra la libertad de expresión. En el caso concreto de la literatura, normativas de tal índole chocan con las prerrogativas transgresoras de la creatividad artística.

La lectura de la prensa diaria nos permite apreciar que en nuestros días el LPC –manipulado como fórmula de desarme ideológico– está prestando un servicio señero al relativismo asociado a la crisis de autoestima que sufre Occidente, una civilización que el historiador rumano Élie Barnavi identifica como la primera “que ha aprendido a dudar y a cuestionarse a sí misma” y que “a veces parece que dimite, que es incapaz de defender sus valores”. A los complejos de una parte significativa de nuestros intelectuales y líderes políticos por determinados comportamientos inicuos de Occidente respecto de otras partes del mundo –como si esas otras regiones no registrasen en su historia comportamientos similares– no es ajeno el acriticismo multiculturalista en el que, como apunta Barnavi, parecemos dimitir –y no pocas veces realmente dimitimos– de los valores que informan nuestra cosmovisión.

En una entrevista publicada el 3 de febrero de este año en el periódico español El País, el escritor británico Martin Amis se refiere a la “piedad multicultural hacia cada etnia que no sea la nuestra, o Estados Unidos, o Israel”, y nos deja este párrafo revelador:

“Hace poco, en una intervención que tuve en un museo, pregunté al público: “Que levante la mano quien se sienta moralmente superior a los talibanes”. Y más o menos un tercio de los presentes lo hizo. Si no te sientes moralmente superior a los talibanes, que arrojan ácido a la cara de las mujeres, que masacran a niños y perros por la calle, que encierran a sus esposas en sus casas; si no te sientes superior a eso, no te sientes superior por nada. Quien no alzó la mano también se sentía, en lo más profundo; pero esas cosas son las que no nos permite hacer la ortodoxia de esa piedad multicultural, esa pose. Ése es el ethos propio de The Guardian –un periódico en el que colaboro y que es estupendo, con firmas muy buenas–, pero en el que se cree que nadie con piel oscura puede hacer nada malo. Y si lo hacen es por nuestra culpa. Es la fuerza que va adquiriendo la corrección política, el relativismo en ciertas cosas.”

Según Wikipedia, citada también por Umberto Eco en un documentado artículo sobre el LPC recogido en su libro A paso de cangrejo , el embrión del concepto y su denominación aparecen a finales del siglo XVIII, concretamente en 1793, en una sentencia del Tribunal Supremo de Estados Unidos, en la cual se señala que con frecuencia se cita un Estado en vez del pueblo para cuyo beneficio existe el Estado. De acuerdo con los autores de la sentencia, era not politically correct “hablar de Estados Unidos en lugar del pueblo de Estados Unidos”.

Nos siguen diciendo Wikipedia y Umberto Eco que, en la década de los 80 del siglo pasado, el LPC alcanzó entidad de movimiento doctrinario en círculos académicos estadounidenses “como una alteración del lenguaje consistente en hallar sustitutos eufemísticos para usos lingüísticos referidos a diferencias de raza, género, orientación sexual o discapacidad, religión u opiniones políticas, con el fin de eludir discriminaciones injustas (reales o ficticias) y evitar ofensas”.

Rechazar la sana costumbre de llamar las cosas por su nombre –por el nombre reconocido en la cultura que nos es propia– y promover el uso de una jerga aséptica, neutra, diplomática, complaciente, en que las nociones de bien y mal se relativizan en obsequio de un falso humanismo de cortesía y buenas maneras que busca la convivencia “civilizada” entre individuos, grupos sociales y culturas, significa cuestionar lo que Vladímir Volkoff llama “la moral del yo” –que interpreto como la independencia de criterio– y, por extensión, la función crítica y trascendente del idioma.

La voluntad contemporizadora del pensamiento políticamente correcto desnaturaliza el lenguaje, transformándolo en un pintoresco espectáculo de malabarismos verbales que han dado lugar a una apoteosis del eufemismo y la perífrasis. Es el eufemismo, como arte de maquillar la realidad, el recurso retórico básico del LPC, que es el arte de trivializar u ocultar la dialéctica social y eludir el compromiso público con nuestras propias convicciones.

Concuerdo plenamente con Vladímir Volkoff cuando dice que lo políticamente correcto “nace como consecuencia de la decadencia del espíritu crítico de la identidad colectiva, ya sea ésta social, nacional, religiosa o étnica”, y cuando lo define, en su estado actual, como “la entropía del pensamiento político”.

Castromagno dimite

Fidel Castro, a medio siglo de su irresistible ascensión, renunció in extremis, digamos que con un pie en el mausoleo, a sus responsabilidades en el Gobierno. Pero en la esquela de dimisión no menciona su cargo de Secretario General del Partido, la posición más decisiva en la estructura de poder de un régimen comunista. ¿Significa esto que se fue pero no se va? Desde que delegó en su hermano, hace casi dos años, Castromagno se evapora e incorpora más y más al magma de la historia mientras el presente impuro y duro de Cuba sigue inmutable, sin mostrar ni la más mezquina señal de cambio. Y nada ha de moverse en la isla, créanme, mientras el máximo compañero no se evapore totalmente. La inmensa mayoría de los cubanos deseamos de todo corazón que acabe de condensarse en la historia.

La tumba de Tutankamon

Teódulo López Meléndez, Caracas.

El gobierno se está comportando como si hubiese ganado la consulta sobre reforma constitucional del 2 de diciembre. Ni más ni menos. Ha vuelto el lenguaje desafiante y amenazador, el reparto indiscriminado de intimidaciones, el ejercicio desvergonzado de la coacción.

Han vuelto a aparecer las bandas armadas: ataque a la manifestación de la oposición en Barquisimeto, asalto al Concejo Legislativo de Carabobo, bomba contra la estatua de Washington en Caracas, agresiones contra la Nunciatura Apostólica.

Ha retornado el ejercicio impúdico del poder para detener a eventuales aspirantes a cargos de elección popular. Hay confusión en torno a la decisión del Tribunal Supremo de Justicia declarando o no declarando (los abogados de Mendoza son unos torpes de marca mayor) que no hay nada que decidir en la demanda interpuesta contra una decisión de la Contraloría General que deja fuera de juego a Enrique Mendoza, Leopoldo López y Antonio Ledesma, por ahora. Como a la oposición lo único que parece interesarle son las elecciones regionales de noviembre hay necesidad de advertirle que todo combinado atenta contra los probables resultados de esa fecha. Estos lanzamientos a la falta de derechos políticos conspiran contra los resultados del estado Miranda y de la Alcaldía Mayor.

En el plano internacional las cosas no van mejor. La crisis con Exxon (pagarán, pero con gritos revolucionarios conmovedores), la creciente presión externa, el evidente desmoronamiento de PDVSA y la retórica bélica con Colombia siguen sobre el tapete.

El general (retirado) Raúl Isaías Baduel habló dos veces esta semana recién finalizada (en una ocasión a una agencia internacional de noticias y una segunda a la estación Unión Radio) y en ninguna de las dos mencionó su idea de convocar a una Asamblea Nacional Constituyente. Los venezolanos tenemos derecho a preguntarnos si Baduel abandonó su idea o si simplemente no pudo conseguir firmas que la avalaran.

El traspaso de la Policía Metropolitana de la Alcaldía Mayor al Ministerio del Interior nos ha descubierto que tendremos una “policía subversiva”, lo que encarna una contradicción en sí misma. O se subvierte o se pone orden, pero lo realmente interesante es que las declaraciones de Rodríguez Chacín plasman a plenitud el concepto de un Estado guerrillero. El venezolano es un Estado que subvierte y ello conlleva a admitir que ni siquiera el actual territorio donde habita la nación venezolana es defendible y conservable ante un proceso subversivo generalizado.

Ahora mismo estamos ante una situación peor que la existente antes de propinarle al gobierno la derrota del 2 de diciembre pasado. Mientras tanto los estudiantes recogen firmas para llevarlas a la OEA en defensa de la libertad de expresión. Frente a este desperdicio de energía a uno no le queda más que decir que muchacho se puede ser, lo que no es admisible es ser pendejo.

La oposición parece dedicada a investigar si el faraón Tutankamon fue envenenado. No faltaba más. Si el gobierno delirante quiere llevar hasta las últimas consecuencias las conclusiones previas sobre el asesinato de Bolívar como efecto de una conspiración entre Santander y el Imperio que, no por casualidad, tenía allí cerca dos navíos, la oposición debe dedicarse a iguales menesteres e insistir -en contra de las opiniones de todos los arqueólogos- que el faraón sí lo fue, aunque la verdad es que murió por una pierna fracturada mal curada. Están igual que el famoso Howard Carter al ver por primera vez el interior de la tumba. “Veo cosas maravillosas”, fue lo que acertó a decir. Así está la oposición mirando en el interior de las elecciones regionales. Mira y dice: “Veo cosas maravillosas”.

Mientras tanto el país se hunde, se desmorona al contacto del aire al igual que las momias. La situación es muy grave, Las elecciones regionales estarán en una tumba si las cosas siguen por este camino. La oposición está mirando al interior de una tumba donde no ve sino riquezas, por la única razón de que todavía no ha sido saqueada, la tumba quiero decir. El gobierno aprendió la lección del 2D, electoralmente claro está, porque en la práctica política cotidiana hace todo lo contrario al resultado. Esto es, sigue adelante con su proyecto armamentista, con su proyecto totalitario, con su proyecto desquiciado e inviable.

Cuando se nota presionada, la oposición suelta un ataque, pero de ataques no se vive porque este no es un gobierno normal al cual se hace oposición en nombre de Su Majestad la Reina, como en la odiada Albión a cuya embajada el PPT va a protestar o, mejor, a hacer el ridículo. No, enfrentamos a un gobierno “subversivo y guerrillero”, como bien lo ha dicho el flamante Ministro del Interior.

Esto parece la tumba de Tutankamon, llena de riquezas y de maldiciones. Lo que todo parece indicar es que no necesitamos arqueólogos sino ciudadanos. El panorama de la Venezuela de hoy no puede ser más triste y deprimente. La mediocridad campea, el desatino nos preside, la incapacidad es manifiesta, el proceso destructivo de la república sigue su curso. Si no se produce un brote ciudadano, una insurgencia ciudadana, un despertar ciudadano, una decisión ciudadana, no quedarán riquezas, sólo maldiciones, en la tumba de Tutankamon.

http://www.webarticulista.net
18 de febrero de 2008

Sobre dos temas de la actualidad española

Me parece bien, dados los problemas que de la imparable y ya voluminosa inmigración (legal e ilegal) se derivan, que, como propone el Partido Popular, se exija a los inmigrantes la firma de un compromiso moral con el Estado, que es también un compromiso del Estado con los inmigrantes, lo cual no puede proporcionar a éstos sino seguridad porque esa relación contractual es de hecho, y de derecho, una forma de regularización de su presencia en el país. Un contrato no es una imposición, es un convenio de libre aceptación para garantizar el cumplimiento de ciertas obligaciones por parte de quienes lo suscriben. Lo que hay que ver y analizar pormenorizadamente es a qué ese contrato entre Estado e inmigrante obliga a las partes. Contratos de este tipo existen en otros países de Europa y no conozco a nadie que se haya quejado de ellos. Por otra parte, tengo entendido que la mayoría de los inmigrantes asentados en España están de acuerdo con esta iniciativa. Supongo que son los que han venido a trabajar y vivir honradamente y no a otra cosa.

En cuanto a la tan controvertida nota publicada por la Conferencia Episcopal con motivo de las próximas elecciones, no veo en ella nada que atente contra la soberanía del Estado, como se ha dicho en la prensa, sino simplemente el ejercicio por parte de los obispos del derecho constitucional a la libre emisión del pensamiento. Las ideas y opiniones expuestas por ellos en su nota pueden ser acertadas o no, nos podrán gustar o no –algunas no las comparto–, pero son sus ideas y opiniones y es legítimo y legal que las expongan. A la Conferencia Episcopal se la acusa de hacer campaña partidista; sin embargo, en su nota no se pide el voto para ningún partido, cosa que sí hace en la suya la organización de los islamistas españoles sin que por ello nadie, que yo sepa, haya puesto el grito en el cielo.