Respuestas a preguntas de Priscila Guilayn, corresponsal de “O Globo” en España

1. Es usted una figura importante de la generación de los 50 de Cuba. ¿Cómo la Cultura, en Cuba, se ha visto afectada por el régimen de Fidel Castro?

R. Como todos los regímenes comunistas, el de Castro ha pretendido reducir la cultura a la esfera de la propaganda ideológica, por lo cual hacer arte y literatura bajo este régimen ha sido una agonía. La imposición de un discurso único, con la correspondiente ausencia de libertad de expresión, es el peor escenario para la creación cultural, y éste es el escenario en que la cultura ha sido obligada a sobrevivir en la Cuba de Castro. Pero la experiencia cubana vuelve a demostrarnos que la cultura es un bastión que las tiranías nunca consiguen tomar íntegramente.

2. En 1991 usted ha sido uno de los firmantes de la Carta de los Diez intelectuales que le pedían a Castro la liberación de los presos políticos y una reforma en el régimen. ¿Cuál ha sido la reacción de Castro a esa Carta? ¿Qué ha sufrido usted (y sus demás compañeros firmantes de la misma carta) desde entonces?

R. La respuesta de Castro fue la de un gobernante negado a debatir civilizadamente con sus críticos, sobre todo si son cubanos: nos acusó de colaboración con “el enemigo imperialista”. “Traidores abyectos” nos llamaron sus periódicos, que no se atrevieron a publicar la Carta. Quienes la firmamos recibimos diversos castigos, desde la cesantía y la exclusión social hasta la cárcel. Todos tuvimos que exiliarnos.

3. ¿Cuál era su opinión hacia Fidel Castro y su manera de gobernar hasta entonces? ¿Su visión sobre Castro ha ido cambiando con los años?

R. Cuando Castro estaba en la Sierra Maestra y cuando se estrenaba como gobernante, su ideario, contenido en el Programa del Moncada y en sus soflamas de entonces, era el de un socialdemócrata. Después se declaró marxista-leninista y se alió con la Unión Soviética, y a partir de ese momento condujo la revolución hacia el estalinismo. La Unión Soviética lo respaldó económica y militarmente, garantizándole la existencia del modelo totalitario que le ha permitido practicar sin limitaciones el caudillismo de izquierda que con tanto éxito mediático protagoniza desde hace medio siglo. Cuando firmé la Carta, hacía tiempo que mi desencanto de la revolución era irreversible. Mis tropiezos con el régimen se remontan a 1967. Entonces formé parte del jurado que le dio el premio de la Unión de Escritores al poeta contestatario Heberto Padilla, premio que provocó el primer conflicto grave entre el régimen y los intelectuales. En 1968 fui sancionado por el Partido Comunista cubano por esto y por manifestar mi desacuerdo con la invasión soviética a Checoslovaquia, que Castro apoyó. A causa de esta sanción, estuve diez y seis años sin poder publicar ni una letra en mi país y sin poder viajar al extranjero.

4. ¿Cuáles han sido los mayores errores de Fidel Castro y sus actitudes más reprochables en su opinión?

R. Castro jamás se ha equivocado en su contra. Quiso ser el dueño de Cuba y lo consiguió sin cometer ni un solo error. Lo más dañino para Cuba de cuanto ha hecho es haber establecido un sistema rigurosamente autocrático, en el que su voluntad ha sido la primera y la última instancia de poder. Así, la inteligencia y la iniciativa personal del ciudadano, o sea, la fuerza creadora de la nación, quedó abducida por el líder omnímodo, cuyo nombre ha llegado a fundirse simbólicamente con el del país. No olvidemos la aberración, mundialmente generalizada, de que discrepar de Castro significa situarse contra Cuba. Por supuesto, un régimen de estas características sólo se construye mediante el falseamiento de la realidad, la divinización del adalid y la coacción sin límite.

5. ¿Qué, en su opinión, se puede sacar de positivo del régimen de Fidel?

R. La lección de que los caudillismos de izquierda son tan nocivos para las naciones como los de derecha, y que las libertades democráticas son imprescindibles para el progreso material y el equilibrio espiritual de los pueblos. Es una lección oportuna en estos tiempos latinoamericanos, en los que parece prosperar de nuevo el mesianismo populista.

6. ¿Cómo, cuándo y por qué ha tomado usted la decisión de exiliarse? ¿Y por qué en España?

R. Al firmar la Carta de los Diez y el Proyecto de Programa Socialista Democrático, fui echado de la emisora de radio en que trabajaba y quedé políticamente estigmatizado y a merced de la arbitrariedad castrista, por lo cual decidí emigrar. No me fue fácil hacerlo porque el Gobierno se negaba a darme el permiso de salida. Finalmente me lo concedió por gestiones del entonces presidente de la Xunta de Galicia, Manuel Fraga Iribarne, amigo de Castro. Decidí venir a España porque es un país de mi idioma, porque yo tenía una invitación para dirigir un curso de literatura en la Universidad de Cádiz y porque aquí cuento con muchas y buenas amistades.

7. ¿Desde el exilio, cuál es su ligación con Cuba? ¿Consigue usted (o lo desea) desconectarse de la actualidad política? ¿Sufre, se angustia o alimenta expectativas con relación a lo que está pasando y puede pasar?¿Desea usted volver a vivir a Cuba?

R. Mantengo correspondencia con colegas y amigos míos que siguen en Cuba. Por interés propio y también por mis obligaciones como director de la revista Encuentro de la Cultura Cubana estoy al tanto de lo que sucede en la isla, siempre con la esperanza de que de un momento a otro aparezcan señales inequívocas de la tan ansiada transición democrática. En cuanto a volver a vivir en Cuba, no tengo intención de hacerlo, salvo que mis hijas regresen. Soy ciudadano español, tengo setenta años y aquí me siento en casa.

8. Fidel Castro y los castristas insisten que Cuba es un país democrático, porque todos sus cargos son elegidos de manera directa y secreta. Sin embargo, el PCC es el partido único. ¿Qué opina usted?

R. Todos los castristas son elegidos para cualquier cargo de manera directa o indirecta y nada secreta por Fidel Castro. En Cuba no hay elecciones sino votaciones de candidatos al Poder Popular, que es un parlamento decorativo, designados o aprobados por el partido único. Léase la ley electoral cubana y se entenderá perfectamente lo que acabo de decir.

9. ¿El pueblo cubano, en general, ve a Castro como un demócrata? ¿El pueblo le apoya, le quiere, le admira? ¿O le teme?

R. En Cuba queda gente que apoya y admira a Castro y, además de su familia, habrá quien lo quiera, porque en el mundo hay público para todo. En Rusia hay nostálgicos de Stalin que salen en procesión con su retrato, y en muchos puntos del planeta, incluso en Estados Unidos, Hitler aún tiene seguidores. Me atrevería a afirmar que en Cuba o donde sea sólo los ignorantes y los muy ingenuos han de estar convencidos de que Castro es un demócrata. De lo que sí estoy seguro es de que en Cuba todos le temen, empezando por su hermano el general.

10. ¿Qué puede significar que un grupo plantee la formación de un nuevo partido político y solicite su registro legal? ¿Puede conllevar algún tipo de reprimenda? ¿O simplemente sería rechazado? ¿O no sería ni siquiera aceptado para trámite?

R. Muchos grupos opositores y de derechos humanos han hecho los trámites para legalizarse. Los funcionarios del Ministerio de Justicia les reciben los formularios, pero les dan una callada eterna por respuesta. El Gobierno, que no se compromete con una negativa explícita, prefiere mantenerlos en la ilegalidad para represaliarlos “legalmente” cuando lo estime oportuno.

11. ¿Cómo viven los opositores de Castro que no se han ido de Cuba?

R. Viven en el filo de la navaja, entre la calle, la cárcel, el hospital y el paredón de fusilamiento. Castro ha organizado partidas de porristas llamadas Brigadas de Respuesta Rápida, compuestas por policías vestidos de civil y partidarios del Gobierno armados con garrotes, cuya misión consiste en reventar a golpes manifestaciones públicas y reuniones de los opositores. Como la fuerza uniformada no interviene, parece que es “el pueblo indignado” (Castro dixit) el que se enfrenta a los discrepantes. Los opositores, los activistas de derechos humanos y los periodistas independientes son constantemente acosados por la policía política, que los detiene, registra sus domicilios y les confisca sus máquinas de escribir, sus aparatos de fax, sus libros, etcétera, y les orquesta “mítines de repudio” frente a sus casas. En marzo de 2003, tres jóvenes negros que robaron una lancha en La Habana para llegar a Estados Unidos fueron fusilados tras un juicio sumario ordenado por Castro, quien declaró que con estas ejecuciones enviaba un mensaje disuasorio a quienes pensaran secuestrar transportes para salir del país. Es decir, que el asesinato de esos tres infelices que no le dieron un pellizco a nadie fue el texto de un mensaje de terror.

12. ¿Cuál es la situación de la prensa en Cuba? ¿Es posible hacer periodismo independiente? ¿Ha habido libertad de prensa con Fidel?

R. Castro suprimió la prensa libre en Cuba en 1960, año y medio después de tomar el poder y luego de garantizar desde la Sierra Maestra que respetaría la libertad de prensa, e impuso un férreo dominio estatal sobre todos los medios de comunicación. Desde entonces, la única prensa en Cuba es la oficial, en la que, por supuesto, sólo se publica lo que el Gobierno quiere. Hace unos pocos años, desafiando el monopolio informativo del régimen, surgieron en la isla los periodistas independientes, auténticos kamikazes de la comunicación, cuyos textos, prohibidos en Cuba, son divulgados en el extranjero por el exilio cubano a través de Internet y otros canales. El periodismo independiente sobrevive pese al acoso implacable del Gobierno. Reporteros sin Frontera afirma que Cuba es, después de China, el país con más periodistas presos, y el primero en términos porcentuales.

13. ¿Sabe usted cuántos cubanos están actualmente en la cárcel por no compartir las mismas ideas políticas de Fidel Castro? En marzo del 2003, 75 opositores del régimen fueron encarcelados. ¿Desde entonces, han seguido las detenciones?

R. Según las denuncias que he leído últimamente, hechas por organizaciones de derechos humanos que operan dentro de Cuba, hay algo más de trescientos presos políticos en las prisiones castristas. No se dispone de una cifra exacta porque el Gobierno no facilita información al respecto, aparte de que no reconoce tener presos políticos en sus prisiones. Por otro lado, los periodistas independientes siguen siendo detenidos. Por ejemplo, en diciembre último, la policía detuvo a Raymundo Perdigón Brito en la ciudad de Santa Clara y a Ahmed Rodríguez Albacia en La Habana y, como siempre, les requisó sus enseres de trabajo.

14. ¿Cómo ve usted las reacciones de la Comunidad Internacional ante las actitudes represoras de Castro?

R. Por el mundo circula la creencia de que hay dictadores malos, como Pinochet, porque son de derecha, y dictadores buenos, como Castro, porque son de izquierda, y esta tontería forma parte del conjunto de factores que determinan la tibieza con que la comunidad internacional reacciona habitualmente ante la violación de los derechos humanos en el único país con dictadura que existe en América Latina. Sólo cuando en Cuba se comete un abuso espectacular, como el encarcelamiento masivo de opositores en 2003 y el sobrecogedor fusilamiento ese mismo año de tres secuestradores de un bote, la comunidad internacional reacciona enérgicamente, hasta que al cabo de unos días vuelve a fijarse más en los talibanes detenidos en Guantánamo por “el imperialismo” que en los demócratas presos en las infectas cárceles de “la Cuba revolucionaria”.

15. ¿Qué papel ha jugado, en su opinión, el embargo estadounidense, para que Cuba se encuentre tal y como está actualmente? ¿Es el embargo el gran culpable de que la economía cubana sólo haya descrecido en estos años?

R. El embargo estadounidense ha jugado un papel muy menor en el desastre económico cubano y, en cambio, ha proporcionado a Castro una magnífica coartada para cargarle a Estados Unidos la responsabilidad de ese desastre y, además, para reprimir a la oposición interna presentándola como colaboradora de “una potencia extranjera”. El embargo dura cuarenta años y en este lapso Cuba ha comerciado con más países que antes de la revolución, ha recibido créditos internacionales astronómicos que no ha pagado y que probablemente no pague nunca y, sobre todo, disfrutó de una beca soviética que se elevaba a la cifra de 5.500 millones de dólares anuales, más petróleo barato y otros insumos. ¿Qué hizo Castro con esos fabulosos recursos financieros? Guerras y guerrillas. Cuando se derrumbó la Unión Soviética y comenzó el llamado Período Especial, los cubanos constatamos que no teníamos ni agricultura ni industria. Sólo titulares de Granma, un ejército enorme, mucha policía y gritos de Patria o Muerte.

16. ¿Qué papel pueden jugar los presidentes de izquierdas para que el comienzo de la transición tarde más o menos? ¿Brasil, Argentina y Chile pueden hacer algo? ¿La ayuda económica y el apoyo político de Chávez es fundamental para Cuba en este momento? ¿Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega y Rafael Correa tienen relevancia o peso político suficiente para influir contra una posible transición en Cuba?

R. Por principio, las democracias deberían favorecer la transición en Cuba. Parece lo lógico. Pero eso depende de la calidad moral, la tendencia política y los intereses de quienes gobiernan. Generalmente, para el político en el poder no cuentan tanto los principios como los fines. Los escritores y los artistas tendemos a sobredimensionar el papel de la ética en la política, de ahí nuestras repetidas perplejidades y decepciones. Los Gobiernos que usted cita, menos el de Chile hasta ahora, y los cuatro mandatarios que usted nombra están cerca o muy cerca de Castro y lejos o muy lejos de la oposición cubana, por tanto son obstáculos en el tránsito de la dictadura a la democracia en mi país natal. Pero ninguno, ni siquiera el Tío Rico McChávez con sus petrodólares, podrá impedir que Cuba se reincorpore, más tarde o más temprano, al sistema democrático.

17. ¿Ha cambiado algo desde julio, cuando Fidel nombró a Raúl Castro como presidente del Consejo de Estado?

R. Sí: ha aumentado el secretismo del régimen, se ha intensificado la represión policial y ha crecido la incertidumbre de los cubanos respecto a su futuro.

18. ¿Cree usted que Cuba ya ha entrado en un proceso de transición? ¿Cree usted en una transición con Fidel vivo?

R. Desde el triunfo de la revolución, es la primera vez que Castro no está visible ni ejerciendo oficialmente el poder. Esta novedad traza la frontera, por el momento sólo psicológica, entre un antes y un después en Cuba. Que esta frontera deje de ser un sentimiento o una expectativa y se convierta en un hecho objetivo depende de que Castro desaparezca. Sin Castro será imparable la descomposición del régimen, primera etapa del proceso de transición.

19. ¿Qué cree usted que pasará con la muerte de Fidel?

R. Raúl Castro y su corte intentarán mantenerse a flote todo el tiempo que puedan, para lo cual harán reformas económicas que alivien las severas condiciones de vida de los cubanos, sin hacer, mientras puedan evitarlas, reformas políticas que pongan en riesgo su permanencia en el poder. Lo más probable es que clonen parcial o totalmente los modelos chino y vietnamita. También buscarán la manera de entenderse con los norteamericanos, pero les será más fácil entenderse con los europeos. Cabe la posibilidad de que remodelen las relaciones con Hugo Chávez y no descarto que, al discutir sus planes, surjan discrepancias y hasta rupturas entre el general y sus subordinados. A la oposición interna, en tanto no se vean obligados a pactar con ella, le seguirán dando en la mera madre, como se dice en México. No me negará usted, estimada Priscila, que esta respuesta parece un oráculo de Ifá.

20. ¿Qué, en su opinión, ha hecho Fidel Castro a Cuba y a los cubanos? ¿Cuál es el legado de Fidel Castro?

R. Sobre este tema podríamos hablar largo y tendido, pero me limitaré a decir que a los cubanos Fidel Castro nos despertó con un sueño y nos abandona con una pesadilla.

21. ¿Un estadista, un líder, un dictador? ¿Quién es Castro en su opinión?

R. El mejor actor del siglo XX.

(2006)

Tiene suerte Pío Moa: ya no existe la checa de Bellas Artes

Es lógico que heraldos de la dictadura cubana y del aspirante a césar Hugo Chávez se conjuren para taparle la boca a un intelectual del que discrepan. Esta gente no puede ocultar, por más que simulen lo contrario, que siguen fieles a su prosapia estalinista. Prueba de ello es que lo primero que se les ocurre ante un contrincante ideológico –ahora han escogido al historiador Pío Moa– no es enfrentarlo dialécticamente, sino acallarlo y sacarlo de circulación. Si los agitadores comunistas que quieren llevar a Moa a los tribunales –por los libros que ha escrito– tuvieran el poder aquí, directamente le quitarían “la paz y la palabra”. Y yo no podría publicar la presente nota. Los propósitos de estos huérfanos de la URSS y el Frente Popular –con quienes se identifica, ¡cómo no!, Izquierda Unida– son similares a los de aquellos esbirros de Stalin que abarrotaron los archivos del KGB de “sorpresas” para el investigador Vitali Shentalinski. Si hoy la checa de Bellas Artes estuviera de servicio, estos perseguidores de Moa no pensarían en tribunales.

La cruzada

El Rapsoda entró en la cámara real y así habló al rey Clofás:

—Señor, anoche quiso el Ave del Sueño tocar mis párpados. Confieso que no la invoqué, como suelo hacer, para poder contestar tus preguntas; vino cuando el silencio era aún más profundo del que ella necesita para acudir a mis llamadas. Sospeché que algo muy importante tenía que decirme, y a ella me entregué con la mayor suavidad; y he aquí que vi, con mis ojos cerrados, un país, señor, tan vasto como tus dudas y tan refulgente como las gemas de tu corona, con valles como mares de verde cristal, cruzados por ríos de sol líquido, y con montañas de laderas pobladas por espléndidas arboledas de frutales, todo bajo un cielo de un azul que tú, señor, que lo has visto casi todo, no podrás nunca imaginar. —El Rapsoda hizo un súbito silencio y se quedó mirando fijamente a su rey.

El monarca, que había oído el relato con los labios muy apretados y moviendo lentamente la cabeza hacia arriba y hacia abajo, como es costumbre en gente de su rango, dijo:

—Y bien, querido Lorís, todo lo que me cuentas es, en verdad, muy hermoso; pero ¿ahí termina tu sueño?

Como saliendo de un letargo, el Rapsoda respondió vigorosamente:

—No, señor. El Ave del Sueño fue pródiga en su decir. Con mis ojos cerrados vi que aquel país no lo habita nadie, ni persona ni animal. Además, tengo la convicción de que puedo conducirte a él, aunque si me preguntas dónde está tendré que decirte que no lo sé.

El rey Clofás ocultó su rostro con las manos, apoyando los codos en los brazos del trono. Después de permanecer así durante unos minutos, habló:

—Si me guías, iré.

Varios días más tarde, el rey Clofás, acompañado por el Rapsoda y por los miembros de la Corte, traspuso los rastrillos de su palacio, seguido por doce cuerpos de caballería, de mil jinetes cada uno, y diez mil infantes, entre arqueros y lanceros. El ejército más grande que jamás se movilizara en Cidea se puso en marcha en pos del país soñado, enarbolando gonfalones carmesíes, dorados y albos y haciendo sonar añafiles de agudísimos registros.

El ejército de Clofás estuvo siete años avanzando sin cesar por parajes absolutamente desconocidos, de cuya existencia, hasta aquel momento, nadie sabía, ni siquiera el astrólogo Ulasis de Cidea, para quien el mundo era mucho mayor de lo que en apariencia es, pues él situaba los límites de la Tierra en el sueño de los hombres.

Salieron de Cidea cuando el sol de mayo lanzaba sus primeras luces. Luego de dejar bien atrás las fronteras de la nación y de atravesar los montes Ulam-Belam, jamás pisados por hombre alguno, hallaron caminos muy bien construidos, abiertos en la roca viva, los cuales bordeaban abismos que había profundizado el paso torrentoso del río Más Fiero, que hasta entonces se desconocía, cuyas aguas, a pesar de la velocidad con que fluían, de las cascadas por las que se despeñaban y de las riberas de piedras filosas en que rompían sus flancos, no hacían espuma. Aquel paisaje de cantería, absolutamente imprevisto, raras veces de vio alterado por alguna que otra mancha de vegetación, formada por árboles de manzana y membrillo, guayabos de voluminosos frutos y, sobre todo, musgos gigantes, de cuyos filamentos la cohorte expedicionaria extraía el agua para sus necesidades, porque la del pavoroso río no calmaba la sed ni limpiaba el cuerpo.

Fueron siete años como siete días, pues la noche no apareció jamás. El sol de aquellos años no fue velado un solo instante ni por tormenta ni por llovizna; no hubo tales cosas ni parecidas. Aquel sol, a medida que los conquistadores avanzaban, perdía en calor lo que iba ganando en brillo, de tal suerte que, al final, se convirtió en luz tan fría que, bajo su resplandor, armas, armaduras y arneses se cubrieron de espesa capa de escarcha pegajosa, y las plumas de los yelmos y las crines de las cabalgaduras se cristalizaron, pero ennegrecidas, como si previamente hubiesen sido calcinadas. Como la luz de ese sol era ubicua, no disfrutaron los expedicionarios ni de la más pequeña zona de sombra para mitigar el deslumbramiento que les enrojecía los ojos y que llegó a privarlos de la visión. Jamás supieron la hora, pues el reloj de sol, por faltar la sombra, les era inútil y la ampolleta de arena se quebró al ponerse en contacto con aquella claridad.

Sólo el Rapsoda sabía por dónde caminaban y hacia dónde orientarse. Daba sus indicaciones después de dormir un cuarto de hora cada día, tiempo durante el cual le era revelado el rumbo. A nadie más que a él le era posible conciliar el sueño sobre aquellas piedras ásperas, envuelto en aquel frío taladrante, con aquel resplandor contra el cual no servía ni la más tupida venda. Vale anotar que, durante el viaje, no conocieron la fatiga.

Cuando habían perdido la esperanza de recuperar la vista, vieron. Una cálida noche había descendido sobre ellos; en la bóveda celeste rutilaban estrellas enormes, que parecían pender directamente sobre la cabeza de los soldados. El paisaje se había transformado totalmente: el pasto jugoso sustituía a la piedra; jardines de perfumadas plantas ocupaban el sitio de los riscos; suaves colinas coronadas de parras e higueras estaban donde hacía sólo segundos se elevaban las áridas escarpas… El Rapsoda, llorando de entusiasmo, se acercó a su señor y le besó las manos. Exclamó:

—¡Hemos llegado, oh rey de Cidea, a la tierra que te dará la corona de emperador!

—Puede ser que tengas razón, Lorís —respondió el rey Clofás mientras miraba en torno con ojos agrandados por la emoción—, mas no veo que este país refulja, como me dijiste, ni veo en cuanto abarca mi vista el río de sol líquido, ni el cielo azul inimaginable de que me diste noticia, sino, por el contrario, veo un paisaje dominado por las sombras, aunque indiscutiblemente hermoso.

—Señor, debe de ser que, de tanta luz que inundó nuestras pupilas, ahora sólo podemos ver sombras.

—No te entiendo, Lorís; pero, puesto que la noche es llegada, me invade un ansia infinita de tenderme a dormir. —El rey descabalgó y ordenó descanso. El ejército entero, esparcido sobre la reconfortante y acogedora tibieza de los pastos, se entregó al sueño.

La luz de la mañana los despertó. La mañana se hizo presente como lanzada por una catapulta. Los pájaros alborotaban en los ramajes; bajando entre los collados más lejanos, un río de fuego se deslizaba lentamente. La tierra competía en intensidad de color con el cielo.

Mas todo aquello quedó opacado por una maravilla superior: en lo alto de una colina, disimulado entre verdaderos bosques de heliotropos zancudos, más altos que un tallo de bambú bien crecido, se alzaba un imponente palacio de mármol negro, rodeado por fosos sobre cuyas aguas revoloteaban pájaros de espumoso plumaje. El asombro fue unánime por dos razones: porque en la noche pasada no se había visto tal palacio, por más que los soldados inspeccionaron los contornos del sitio donde se vivaqueó, y porque ese hallazgo denunciaba un error importante en la revelación que tuviera el Rapsoda: el país estaba habitado.

Cuando hubieron vuelto los delegados que envió el rey Clofás para solicitar audiencia al señor de aquel palacio, todos supieron que allí habitaba un rey que se hacía llamar Omegus el Anfitrión, el cual los invitaba a un banquete que tenía preparado en honor de la temeraria hueste.

El rey Clofás, seguido por su ejército, cruzó el puente y entró al palacio, cuyas dimensiones internas sobrepasaban notablemente a las exteriores. En una sala inmensa, el tamaño de la cual puede deducirse del hecho de que podía albergar a los veintidós mil soldados de Clofás, y en la que se extendían mesas y bancos de riquísimas maderas negras, aquéllas cubiertas de finas mantelerías y éstos de mullidos cojines, los esperaba Omegus, que era un anciano alto, cuya palidez y flacura denotaban mala salud, con ojos muy hundidos y oscuros y luenga barba, tan blanca y vaporosa como los pájaros que rozaban las aguas de los fosos. Con un gesto de mano, Omegus ordenó a todos que tomaran puesto en torno a las mesas, y dijo:

—Os esperaba, hijos míos, desde hace mucho tiempo. Para esta visita habéis nacido, y yo estoy aquí para ofreceros albergue.

—Generoso monarca —respondió Clofás—, mi bochorno no tiene límites y debo pedirte perdón por haber venido a ocupar tu territorio. He viajado hasta aquí en calidad de invasor, pues por mala información creía que estas tierras estaban vacías de hombres y quise sumarlas a la civilización a que pertenezco. Veo que estaba equivocado, que en ellas hay un rey. Renuncio, pues, a mi empresa y te prometo regresar hoy mismo a mi país, deshaciendo el camino que las alucinaciones de un rapsoda y mi credulidad me hicieron emprender.

El anciano sonrió bondadosamente. Así respondió al rey Clofás:

—No tengo nada que perdonaros; tampoco tengo nada que temer de vosotros. Habéis nacido para venir a conquistar mi reino, mas está en tal empresa el fracaso. Soy el único habitante de este país; sin embargo, ejércitos más poderosos que el vuestro han llegado a este palacio con idéntico fin y sigo siendo Omegus el Anfitrión. Sólo os pido que disfrutéis, en mi nombre, de este banquete que os he preparado con mis manjares predilectos. La lechuza horneada con salsa de higos debéis acompañarla con el cabernet, y la torta de anémonas, con el moscatel de las garrafas azules. Es todo cuanto debo recomendaros.

Después de dar cuenta cumplida de lo servido, todos sintieron la necesidad de descansar, para lo cual, con la anuencia del anciano, se tumbaron en los bancos cubiertos de cojines y se durmieron. Cuando despertaron era noche cerrada. Clofás, aún soñoliento, se dirigió al señor de la casa:

—Lamento el abuso que hemos hecho de tu hospitalidad. He decidido partir inmediatamente. Cuando vayas a Cidea, mi reino, te reciprocaré estas atenciones.

—Nunca iré: de mi país no salgo. Es tan grande, que nunca he intentado salir de él. Adiós.

El ejército de Clofás se puso en marcha. En la bruma fría de la noche fue perdiéndose el palacio de Omegus, hasta que desapareció detrás de una colina. El Rapsoda, pensativo, caminaba alejado de su señor, quien lo miraba de vez en cuando con el rabillo del ojo.

De pronto, sin que mediara crepúsculo, la luz del día cayó pesadamente, hiriendo con sus agudos brillos los ojos de los caminantes. Una vez superado el deslumbramiento, un grito bárbaro, caudaloso, se desprendió de sus gargantas: sus huesos resplandecían, y cada quien, inmóvil, podía ver, a través de los demás, la geografía cenicienta de Cidea.
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Cuentos cubanos de lo fantástico y lo extraordinario. Selección y prólogo de Rogelio Llopis. La Habana, Ediciones Unión, 1968; Cuentos cubanos, Barcelona, Editorial Laia, 1974.

Iniciativa de Payá para promover la transición

El líder del Movimiento Cristiano Liberación y Premio Sajarov de Derechos Humanos, Osvaldo Payá, ha presentado en La Habana una iniciativa para promover el proceso de transición democrática. Con el nombre de Comité Ciudadano de Reconciliación y Diálogo (CCRD), esta iniciativa ya tiene el respaldo de cientos de cubanos en la Isla.

La CCRD “persigue la creación de numerosos equipos que faciliten la filiación y la participación voluntaria de todos los cubanos, sin exclusiones, en este movimiento ciudadano que impulsará los cambios pacíficos que el pueblo cubano quiere y necesita, ahora”.

El CCRD desarrollará la Campaña Foro Cubano, proceso cívico que tiene cuatro objetivos: 1) la liberación de los encarcelados por defender, promover y ejercer pacíficamente los derechos humanos universalmente reconocidos; 2) promover los cambios necesarios en las leyes con el fin de garantizar el ejercicio de los derechos fundamentales de todos los cubanos, vivan dentro o fuera de Cuba; 3) conseguir la realización de elecciones libres para una Asamblea Constituyente; y 4) luchar por la reconciliación de todos los cubanos en una sociedad más humana, más justa y más libre en una Cuba soberana e independiente.

Monstruo bifronte

Oriana Fallaci decía que en Italia el fascismo es el fascismo más el antifascismo. Pero esto no es privativo del país natal de la indómita Oriana: fascismo y antifascismo constituyen un monstruo bifronte que hiberna en Europa. En días recientes lo hemos visto desperezarse en España, provocando destrozos y heridos en calles de Barcelona y Granada, un muerto en el metro de Madrid y la inquietud en el ánimo de quienes son conscientes de que lo menos que le conviene a este país, tan tenso políticamente y por lo mismo tan necesitado de moderación y sensatez, es actualizar las pesadillas de la Segunda República, la Guerra Civil y la dictadura franquista. La ejemplar transición española evidencia que esta nación supo extraer, de esas pesadillas, lecciones útiles para la convivencia y el progreso.  Lo peor que puede pasarnos a todos es que el espíritu de la transición acabe siendo sustituido por la irresponsabilidad de los sectarios y la estupidez de los extremistas.

Cuatro poemas breves

6:35 P.M.

Aquí dejo constancia
de este instante sin peso,
sin fondo, sin prisa.
De quedarme en silencio,
cuánta nada sería
esta tarde que admiro;
cuánto olvido, también,
estas dalias vivaces
que iluminan mi mesa
mientras bebo el café.

LLOVIZNAS INVERNALES

En este día
de balcones cerrados
y tierra aterida
habito una foto
que de tan olvidada
se ha puesto amarilla.

UNA CASA EN OYSTER BAY

Desde Manhattan a la casa de Teddy Roosevelt
hay algunas millas de bosques y lloviznas
a lo largo de Long Island.

En la casa del viejo rough rider
hay cornamentas de alce en las paredes
y la piel de una fiera
tendida ante la estufa.

Él, sus hijos y la señora Roosevelt
nos miran desde fotos luminosas,
como si nada hubiese sucedido.

POR SUPUESTO

Por supuesto, sabemos
que la noche no advierte
que te abismas en ella
con tu propia negrura,
que su enigma es enigma
porque tú la interrogas,
que su nombre es un nombre
porque tú lo pronuncias.

Manuel Díaz Martínez

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Poemas publicados en la revista Mandorla (Illinois State University), Nº 10, 2007.

Contra los toros

Ángeles Caso

Ha tardado en llegar este año el buen tiempo. Parecía que el invierno no quisiera alejarse de nosotros, con su séquito de bufandas, gripes y botas abrigadas. Sale al fin el sol, llegan las tardes para pasear, el esplendor de lo verde, los cuerpos despojados del peso de la lana, las piscinas, las playas, las ya cercanas vacaciones del verano… Y las fiestas populares, claro, las verbenas, romerías y ferias que, con más o menos brillantez, van punteando por todas partes las semanas cálidas del año. Esos encuentros de lugareños y foráneos que por unas horas o unos días comparten comidas y bebidas –sobre todo bebidas–, pasodobles y petardos, noches larguísimas y tardes de resaca. Qué bueno, lo popular. Qué alegre, y auténtico, y desprejuiciado y lleno de recuerdos de viejos ritos olvidados ya por casi todos. Y también, tan a menudo, qué cruel.

El salto de la cabra, las peleas de gallos o de carneros, los patos al agua, y toda clase de espectáculos y diversiones con vaquillas y toros cuyos apelativos supuestamente graciosos esconden puros actos de maltrato desalmado hacia los animales. Tanta crueldad. Las entidades protectoras denuncian que unos 70.000 son utilizados cada año en España en esas fiestas de la tortura, una barbaridad popularísima, qué duda cabe, pero indigna de un pueblo culto –en el mejor y más grande sentido de la palabra–, pacífico y respetuoso. Claro que esta cifra no incluye un asunto espinoso contra el cual no todo el mundo se atreve a alzar la voz: el gran número de toros y novillos igualmente torturados en las corridas de toros legales. ¿Cuántos podríamos calcular? ¿Otro buen montón de decenas de miles? Sin duda alguna. Ya sé, ya sé que en este momento los aficionados y defensores, si han llegado hasta aquí, estarán gruñendo y rezongando: otra pesada que intenta convencernos de esa estupidez, qué aburrimiento… Y empezarán a echar mano mentalmente de toda esa serie de razones con las que suelen intentar defender su sádico espectáculo: el arte, el rito ancestral, la esencia de la patria, la supervivencia de las reses bravas o hasta el derecho de los toreros a ganarse el pan…

Cada una de esas razones puede ser inteligente y honradamente rebatida. Para empezar, la antigüedad del toreo no es tanta; tal y como ahora se practica, sólo se remonta al siglo XVIII. Pero aun suponiendo que sus raíces se situaran en el origen de los tiempos, aun aceptando que, en épocas lejanas, el enfrentamiento entre el hombre y el toro haya tenido sentido como rito sagrado, también durante mucho tiempo y en muchas culturas estuvieron cargados de significado trascendente los sacrificios en el altar de los dioses de seres humanos, y no por eso vamos a seguir defendiéndolos y practicándolos hoy en día. Por otra parte, ¿alguien siente realmente en la plaza que está asistiendo a una ceremonia de orden metafísico? Los toros son, hoy por hoy, un mero espectáculo y un gran negocio, y nada más lejos de la profundidad del fenómeno religioso que la banalidad de lo espectacular y comercial. En cuanto a lo de que sean arte, permítanme que lo ponga filosóficamente en duda: si el arte forma parte de lo mejor, de lo más digno del ser humano, si el arte es, por definición, creación y por tanto vida nueva, ¿puede acaso ser arte una manifestación basada en el sufrimiento y la muerte?

Tampoco me merece credibilidad la afirmación de que los toros de lidia han sobrevivido gracias a los espectáculos taurinos. Según afirman los zoólogos –que no yo–, esos animales no constituyen una especie propia, sino que pertenecen a la misma que cualquier toro, vaca o buey. Y para colmo, ni siquiera son bravos, sino mansos –como la mayor parte de los hervíboros–, salvo cuando son atacados. Cosa que ocurre, por cierto, en las corridas, donde nadie ignora que se les somete a toda clase de torturas previas a la muerte para despertarles el ánimo de la defensa, el instinto de luchar por sobrevivir. Encerrados, pateados, heridos por la divisa, picados por la garrocha, asaeteados por las banderillas, ¿están esos animales que se rebelan con lógica furia frente al dolor en las mismas condiciones que sus adversarios? De ser así, ¿cuántos toreros deberían morir en la plaza? ¿Y cuántos toros deberían ser amnistiados por su valor, su bravura, su arte en batalla?

Pero todas estas razones, y muchas más, se quedan en nada frente a la única importante: ¿cómo es posible disfrutar con el dolor y la agonía de un ser vivo? ¿Cómo se puede convertir en fiesta, en griterío, alborozo, palmas y música, la muerte trágica de un animal? Algunos sostienen que cosas peores ocurren en los mataderos. Quizá sea cierto. Y por supuesto que deseo protestar también contra esas prácticas, y contra las del transporte en condiciones terribles de las reses, y las de las horrendas granjas de pollos… Pero a nadie se le ocurre vestirse de gala, ponerse a fumar un puro y aplaudir mientras se sacrifican las terneras en el macelo. Porque lo más preocupante de las corridas de toros no es lo que les ocurre a los toros, sino lo que les ocurre a los humanos que asisten a ellas: su indiferencia o su placer ante el sufrimiento, su gusto en ver manar la sangre a chorretones, su penosa arrogancia, expresada en aplausos o pitos, en el momento en que un ser deja de vivir. La absoluta carencia de compasión, disimulada tras discursos pseudo-culturales y pseudo-históricos. Y les aseguro que nadie, ni siquiera aquellos de mis amigos más queridos aficionados a las corridas –que también los tengo–, va a convencerme nunca de lo contrario.

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Este artículo de la novelista y periodista asturiana Ángeles Caso fue publicado en el periódico madrileño La Razón el 28 de abril de 2004 y desde entonces está entre mis papeles. Hoy lo encontré casualmente y, por ser un vigoroso y brillante alegato contra la crueldad –un alegato que yo quisiera haber escrito–, no reprimo el deseo de reproducirlo para los lectores de este blog, donde alguna que otra lanza he roto a favor de los animales, nuestros hermanos más inocentes.