Entrevista con Ginsberg

La muerte de nuestros contemporáneos nos envejece. Cuando en la foto de grupo en que estamos comienzan a clarear las filas, nos asalta la certeza de que nuestro tiempo se despide y nosotros nos vamos con él. La mancha de vacío que nos asedia se expande con cada figura que se borra, pero mayor es el terreno que gana el desamparo si la que abandona la foto significó algo especial en nuestra vida. Mucho ha significado Allen Ginsberg para mi generación. Este desvergonzado y sonriente judío de New Jersey, profeta de la inconformidad como Whitman lo fue del sueño americano, desde su místico vitalismo dio, a su manera, una respuesta afirmativa a la demanda de Albert Camus, herética para las cabezas esclavizadas de todas los dogmas, de aprender a vivir el tiempo de los rebeldes.

Al comienzo de los 60 llegó el joven Ginsberg a La Habana. Ya era uno de los astros de la constelación beat junto a Jack Kerouac, Lawrence Ferlinghetti, Jakson Pollock, Gregory Corso, William Burroughs y Robert Rauschenberg. Lo entrevisté para el Hoy, pero no pude publicar la entrevista: el cuaquerismo de izquierda, que es el reflejo especular del de derecha, la censuró. Y eso que no les dije a mis escandalizados superiores en el periódico que el poeta me había recibido impecablemente desnudo, sentado en el centro de la cama en posición yoga.

He aquí la entrevista, que permaneció inédita durante más de treinta años:

GINSBERG HABLA Y YO ANOTO

Allen Ginsberg, poeta norteamericano, joven apaleado, está en La Habana otra vez. Vino con su jacket de piel roto, sus zapatos de lona y sus barbas a lo Profesor Nimbus para decir lo que le guste o lo que le dé la gana en relación con los libros de poesía que participan este año en el Concurso Literario Latinoamericano de la Casa de las Américas. Es, pues, uno de los jueces del premio de poesía. Todos esperamos que su aullido se haga sentir.

Conversamos en la habitación 1802 del hotel Habana-Riviera. Me arrellano en un butacón, apresto la pluma y el cuaderno de notas y me dispongo a oír y escribir.

Ginsberg sonríe y comienza a soltar la lengua:

–Me gusta la revolución, pero me disgusta lo que sucede con los homosexuales, porque yo mismo soy homosexual.

Hace una pausa y saca una risita de triunfo de la misma forma como Mandrake saca un pollo de su chistera. Continúa:

–Es decir, no precisamente homosexual, pues lo mismo me gustan los hombres que las mujeres. Walt Whitman dijo que la homosexualidad no es un problema social, sino una forma, una variedad de la naturaleza humana. En este siglo mecanizado, la ternura entre los hombres sirve de buena simiente para la democracia y el comunismo. Como dicen los jóvenes poetas rusos, el comunismo viene del corazón, o lo que es igual, del feeling. Luego entonces no hay por qué cuidar policíacamente el corazón. He oído que aquí existe un Departamento de Lacras Sociales… Antes habría que investigar los sentimientos de los que trabajan allí, que no entienden los signos exteriores del feeling, como la ropa, el cabello, la expresión de la cara… No hablo ahora de homosexualidad únicamente, hablo de todas las variedades individuales del verano de los hombres en este siglo. Pero estoy complacido de ver que los verdaderos revolucionarios, la mayoría de los que encuentro, son gentes muy simpáticas y entienden este problema sin ansiedad histérica o puritana y tienen en sus ojos la vieja estrella cubana.

Vuelve a sonreír. Le gustó el hallazgo de “la vieja estrella cubana”. Retoma la palabra:

–Una revolución debe abrir conciencias y sentimientos, debe ser una llamada al amor. Y el amor es real, es del cuerpo, no está en el cielo, como dicen los squares eclesiásticos y la gente cerebral, para quienes el amor no es más que un esquema mental.

Le disparo la primera pregunta:

–¿Ahora escribes algún libro?

–Estoy escribiendo un diario de mi estancia en Cuba. De estas notas y sueños saco mis poemas. Cuando regrese a Estados Unidos voy a escribir poemas sobre Cuba y los publicaré en Evergreen Review. Si escribo crónicas es seguro que tendré problemas con el Departamento de Estado.

Hay encima de la mesa una estatuilla de Buda bañada por la luz de la lámpara. Ginsberg ha recostado, a los hombros del minúsculo Gautama, unas varillas de olor muy finas, a las que acerca una y otra vez la llama de un fósforo. No logra prenderlas. Desiste y se queja de su gripazo. Le disparo la segunda pregunta:

–Como poeta, ¿qué es lo que actualmente te interesa más?

–Actualmente lo que más me interesa es explorar mi conciencia y mis sentimientos y comunicarlos a los demás y a mí mismo en un ritmo que pueda mover el cuerpo. La poesía es una cosa fisiológica, como la música de los santeros.

–¿A todos los poetas de tu grupo les gusta nuestra revolución?

–La mayor parte de los poetas norteamericanos de mi generación simpatizan con la revolución cubana, salvo algunos excéntricos, que simpatizan sólo con su excentricismo.

Me viene a la mente el plantón que le dio Sartre al Premio Nobel. Tengo delante de mí a Ginsberg y no quiero perder la oportunidad de hacerle esta pregunta:

–Si la Academia Sueca te concediera el Nobel, ¿qué harías con el dinero, en caso de aceptar el premio?

–Si la Academia Sueca me otorgara el Nobel, con el dinero compraría algunos kilogramos de marihuana; daría unos miles de dólares al grupo de muchachos que hace cinematografía del desnudo en Nueva York (la Film Makers Cooperative, de la revista Film Culture); daría otros miles de dólares a algunos poetas esqueléticos de los Estados Unidos y la India; me compraría una buena grabadora; finalmente, viajaría por Rusia y China durante dos años.

Le disparo la última pregunta:

–Si pudieras hablar con el comandante Fidel Castro, ¿qué problemas le plantearías?

–Le plantearía tres asuntos: a) la necesidad de cuidar el valor social y la sensibilidad de los que aquí llaman “enfermos”(*); b) le recomendaría la legalización de la marihuana porque no forma hábito y no es tóxica, se usa en medidas de recreación y no de vicio y es una amenaza social menor que el tabaco y el alcohol y, además, facilita una percepción aguda de la mente; c) si es posible, dar un gran golpe de alma y propaganda, que hiciera tambalear a la revista Time y sacudiera toda la paranoia gubernamental de Estados Unidos, aboliendo la pena capital en Cuba. Se pueden buscar otros modos más agudos para tratar con los enemigos de la revolución. Por ejemplo, pueden darles hongos mágicos y ponerlos a trabajar en los ascensores del Habana-Riviera.

Me despido de Ginsberg. Él queda en la habitación 1802. Yo salgo al fresco del malecón.

(*) En Cuba, homosexual.

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La intelectualidad cubana no tiene vida

Fernando Orgambides

(EL PAÍS, España, 17/10/1991)  El escritor y académico cubano Manuel Díaz Martínez, uno de los más destacados poetas de la generación del 50 en la isla, piensa que “la intelectualidad cubana no da síntomas de vida ante los gravísimos problemas que afronta la nación”. Díaz Martínez, de 55 años, abrazó en su día la revolución impulsado por su pensamiento izquierdista, pero el tiempo le procuró una serena reflexión, que le ha convertido en uno de los pilares del movimiento democrático naciente en la isla, que exige ya públicamente cambios en el sistema. Respetado y admirado fuera y dentro de Cuba, este poeta amigo de Rafael Alberti y contemporáneo de Severo Sarduy, Roberto Fernández Retamar y Guillermo Cabrera Infante, entre otros, piensa -cuando el régimen acaba de celebrar el cuarto congreso del Partido Comunista Cubano- que a Cuba le ha llegado la hora de un gran debate nacional, sin discriminaciones ideológicas, que le procure una pacífica inserción en el mundo de los países libres y democráticos.
Díaz Martínez fue, con 22 años, uno de los primeros becarios de la revolución cubana en el exterior. Amigo del escritor y poeta comunista Eduardo Gallegos Mancera, entonces alcalde de Caracas, fue víctima del régimen del general Franco cuando, con intenciones de residir durante una temporada en España, fue desviado por la policía de la dictadura a París por ser comunista y revolucionario. Años más tarde, ya realizado en la poesía, encontró en España y en los intelectuales de su generación la familiaridad cultural que en aquellos tiempos ansiaba, y hoy es reclamado por la Universidad de Cádiz -su segunda ciudad después de La Habana- para dirigir durante unos meses un taller de poesía por el que ya pasaron escritores y poetas de la talla del argentino Daniel Moyano o del español Carlos Edmundo de Ory.

Un debate público

Según Díaz Martínez, “la actividad intelectual en el interior de Cuba está desarrollándose al margen de los problemas nacionales. Es como si la cultura no formara parte de estos problemas”. Y añade: “Es verdad que existen dificultades muy serias de índole material, como la escasez de papel, que obstaculizan la publicación de libros y revistas. Pero, al margen de esto, la intelectualidad no da síntomas de vida ante los gravísimos problemas que afronta la nación. Sabemos que hay opiniones y criterios, pero no se expresan. Y al no expresarse no pasan a constituir lo que debieran ser: un debate público”. La primavera pasada, Díaz Martínez sufrió la represión política en sus propias carnes al suscribir el llamado Manifiesto de los Diez, la primera proclama democrática de la oposición en el interior de la isla. Fue automáticamente expulsado de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba; marginado en su trabajo como periodista y acusado de colaborar con la CIA por el diario, órgano del Partido Comunista Cubano.
“No pedíamos en ese manifiesto ni el cielo ni la Luna”, dice. “Era un documento elemental y moderado donde solicitábamos elecciones directas a la Asamblea Nacional sin restricciones, la eliminación de las limitaciones obligatorias, una amnistía para los presos políticos, la reactivación del mercado libre campesino y la asistencia de organismos dependientes de Naciones Unidas para evitar la escasez de medicinas y el previsible aumento de la mortalidad infantil”.
“Estamos en Cuba en una situación límite”, señala Díaz Martínez. “Hace falta valentía para afrontar los problemas, y por ser delicado y difícil el momento hay que escuchar a todo el mundo. Queremos un debate nacional y no sólo un criterio que venga de una sola parte. Creo que cualquier cubano puede estar en condiciones dentro del país de proporcionar ideas inteligentes, y lo que hay que garantizar es que las pueda dar”.
“Ahora me siento en Cuba con más libertad porque tengo menos miedo”, dice, por último, Díaz Martínez. “Son tan graves los problemas, que nos impulsan a hablar y a participar”.

El tardío fin del siglo XX

Slavoj Zizek

(EL MUNDO, España, 30/11/2016) Todos recordamos la escena clásica de dibujos animados: un gato camina sobre el precipicio y mágicamente sigue adelante, flotando en el aire; se cae sólo cuando mira hacia abajo y se da cuenta de que no hay suelo bajo sus pies… De la misma forma puede decirse que, en las últimas décadas, el socialismo cubano continuó viviendo sólo porque aún no se había dado cuenta de que ya estaba muerto. Soy crítico con Cuba no porque sea anticomunista sino porque sigo siendo comunista.
Está claro que Fidel Castro era diferente del tipo habitual de dirigente comunista y que la propia Revolución cubana era algo único. Su especificidad se interpreta mejor mediante la dualidad de Fidel y el Che Guevara: Fidel, el líder de verdad, la autoridad suprema del Estado, frente al Che, el eterno rebelde revolucionario que no podía resignarse simplemente a gobernar un Estado. ¿No es esto algo así como una URSS en la que Trotsky no hubiera sido rechazado como el architraidor? Imagínese que, a mediados de los años 20, Trotsky hubiera emigrado y renunciado a la ciudadanía soviética con el fin de alentar la revolución permanente en todo el mundo y que entonces hubiera muerto poco después, y que al poco de su muerte Stalin lo hubiera elevado al culto y que monumentos que conmemoraran su amistad proliferasen por toda la URSS…
Uno acaba por cansarse de las historias contradictorias del fracaso económico y del desprecio de los derechos humanos en Cuba, así como de la dualidad de la educación y la asistencia sanitaria constantemente evocada por los amigos de la Revolución. Uno se cansa incluso de la verdaderamente inconmensurable historia de cómo un pequeño país puede plantar cara a la mayor superpotencia (con la ayuda de la otra superpotencia, cierto). Lo realmente triste de la Cuba de hoy es una circunstancia claramente representada por las novelas del policía Mario Conde, de Leonardo Padura, ambientadas en La Habana de hoy: la atmósfera no es tanto de pobreza y opresión como de oportunidades perdidas, de vivir en un lugar del mundo al margen, en gran medida, de los enormes cambios económicos y sociales de las últimas décadas.
Todas estas historias no cambian el triste hecho de que la Revolución cubana no produjo un modelo social que tuviera algo que ver con el definitivo futuro comunista. Cuando visité Cuba hace una década, la gente de allí me mostraba con orgullo casas en ruina como prueba de su fidelidad al hecho revolucionario: «¡Mira, todo se está cayendo a pedazos, vivimos en la pobreza, pero estamos dispuestos a soportarlo antes que traicionar a la Revolución!». Cuando las propias renuncias se experimentan como prueba de autenticidad, tenemos lo que en psicoanálisis se llama la lógica de la castración. Toda la identidad político-ideológica cubana descansa en la fidelidad a la castración; no es de extrañar que el líder se llamara Fidel Castro.
La imagen de Cuba que se obtiene de alguien como Pedro Juan Gutiérrez (en su Trilogía sucia de La Habana) es reveladora: la realidad común de Cuba es la verdad de lo sublime revolucionario: la vida cotidiana de lucha por la supervivencia, desde la huida hasta las relaciones sexuales promiscuas violentas, de aprovechar el día sin ningún tipo de proyectos orientados al futuro. En un extenso discurso público, allá por agosto de 2009, Raúl Castro arremetió contra aquellos que simplemente gritan “¡Muerte al imperialismo estadounidense! ¡Viva la Revolución!” en lugar de comprometerse en un trabajo difícil y paciente. Toda la culpa de la miseria cubana (una tierra fértil que importa el 80% de sus alimentos) no se puede achacar al embargo de los Estados Unidos: hay gente ociosa por un lado, tierras vacías por otro, y no hay más que empezar a trabajar los campos… Si bien todo esto es obviamente cierto, Raúl Castro se olvidó, sin embargo, de incluirse a sí mismo en la imagen que estaba describiendo: si nadie trabaja en el campo, es evidente que no es porque sean unos vagos sino porque el sistema de dirección estatal de la economía no es capaz de ponerlos a trabajar. En lugar de arremeter contra el pueblo llano, Raúl Castro debería haber aplicado el viejo lema estalinista según el cual el motor del progreso en el socialismo es la autocrítica y ejercer una crítica radical del sistema que él y Fidel personifican. Aquí, una vez más, el mal está en la mirada sumamente crítica que percibe el mal por todas partes…
Entonces, ¿qué pasa con los izquierdistas pro-castristas occidentales, que desprecian a los que los propios cubanos llaman gusanos, los que emigraron? ¿Pero, con toda solidaridad hacia la Revolución cubana, qué derecho tiene un típico izquierdista occidental de clase media a despreciar a un cubano que decidió abandonar Cuba no sólo por el desencanto político sino también por culpa de la pobreza? En el mismo sentido, yo recuerdo a principios de los 90 a docenas de izquierdistas occidentales que con arrogancia me lanzaban a la cara cómo, para ellos, Yugoslavia todavía existía y que me reprochaban que traicionara la irrepetible oportunidad de mantenerla viva, a lo que yo siempre respondía que no estaba dispuesto, sin embargo, a conducirme en mi vida de una manera que no decepcionase los sueños de los izquierdistas occidentales. Gilles Deleuze escribió en alguna parte: “Si vous êtes pris dans le rêve de l’autre, vous êtez foutus”. Los cubanos han pagado el precio de estar atrapados en los sueños de otro.
Las aperturas graduales de la economía cubana al mercado son compromisos que no resuelven el punto muerto sino que tan sólo prolongan la inercia predominante. Después de la inminente caída del chavismo en Venezuela, Cuba tiene tres opciones: continuar vegetando en una mezcla de régimen del Partido Comunista y concesiones pragmáticas al mercado; abrazar de manera plena el modelo chino (capitalismo salvaje con gobierno del partido), o simplemente abandonar el socialismo y, de este modo, admitir la derrota total de la Revolución. Pase lo que pase, la perspectiva más triste es que, bajo la bandera de la democratización, se perderán todos los pequeños pero importantes logros de la Revolución, de la asistencia sanitaria a la educación, y los cubanos que escaparon a EEUU van a imponer una violenta reprivatización. Existe una pequeña esperanza de que se impida este retroceso extremo y se negocie un compromiso razonable.
¿Cuál es entonces el resultado de la Revolución cubana en su conjunto? Lo que me viene a la mente es lo que le sucedió a Arthur Miller en el Malecón de La Habana, donde dos chicos sentados en un banco cerca de él, manifiestamente pobres y necesitados de un afeitado, estaban enfrascados en una intensa discusión. Un taxi se detuvo al poco en la acera frente a ellos y de él salió una hermosa joven con dos bolsas de papel de estraza llenas de comestibles. La joven hacía malabarismos con las bolsas para abrir el monedero al mismo tiempo y un tulipán estaba oscilando peligrosamente en un tris de rompérsele el tallo. Uno de los hombres se levantó y le cogió una de las bolsas para sostenérsela mientras que el otro se le unió para sujetarle la otra bolsa, y Miller se preguntó si no estarían a punto de apoderarse de las bolsas y echar a correr. Nada de eso ocurrió; en su lugar, uno de ellos sostuvo delicadamente el tallo del tulipán entre su índice y su pulgar hasta que la joven pudo sujetar las bolsas con seguridad en sus brazos; ella les dio las gracias con una cierta dignidad formal y se alejó.
Éste es el comentario de Miller: “No estoy seguro de por qué, pero esta transacción me pareció digna de mención. No se trataba sólo de la galantería de estos hombres pobres de solemnidad, que era impresionante, sino de que la mujer parecía que se la tomaba como algo natural y en modo alguno extraordinario. Ni que decir tiene que no les ofreció ninguna propina, y tampoco ellos parece que esperasen ninguna, a pesar de la relativa riqueza de ella en comparación.
Después de haber protestado durante años por el encarcelamiento y el silenciamiento de escritores y disidentes por el Gobierno, me preguntaba si, a pesar de todo, incluso del fracaso económico del sistema, se había creado una corriente alentadora de solidaridad humana, posiblemente a espaldas de la simetría relativa de la pobreza y de la uniforme futilidad inherente al sistema, de la que pocos eran capaces de sacar cabeza a menos que escaparan navegando” (Arthur Miller, A visit with Castro, The Nation, 12 de enero de 2004).
Es en este nivel más elemental en el que se decidirá nuestro futuro; eso que el capitalismo global es incapaz de generar es precisamente esa clase de «corriente alentadora de solidaridad humana». Así pues, para concluir con el espíritu de que mortuis nihil nisi bonum [de los muertos nada (debe decirse), salvo lo bueno], esta escena en el Malecón es quizás lo más bonito que soy capaz de recordar de Castro.
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Slavoj Zizek, filósofo y crítico cultural, es profesor en la European Graduate School, director internacional del Birkbeck Institute for the Humanities (Universidad de Londres) e investigador senior en el Instituto de Sociología de la Universidad de Liubliana. Su última obra es Menos que nada. Hegel y la sombra del materialismo dialéctico (Akal).

Nuevo poemario de Emma Romeu

Mi paisana y amiga Emma Romeu es una excelente poetisa, narradora y periodista. La conocí en Las Palmas de Gran Canaria hace unos años y aquí presenté uno de sus poemarios. Emma acaba de publicar en EEUU, donde reside, otro libro: DIARIOS, POEMAS Y CAPRICHOS DE UNA PRINCESA PEREGRINA (Editorial Alpispa, Massachusetts). A él pertenecen los textos que siguen, en los que reaparecen dos cualidades distintivas de la poética de esta autora: la plasticidad de su lenguaje y su desenfadado uso del humor.

EL TÚNEL DE LA HABANA

El Cristo de la colina lo bendice,

el Atlántico le peina las algas en el cráneo;

persistente entre las dos riberas de la buena bahía

el túnel de La Habana sigue atento al que pasa.

No es tan viejo mirado con mis ojos solidarios,

tiene sesenta años,

y siempre ha resguardado en lo posible su elegancia de Francia,

Societé de Grand Travaux de Marseille,

llevada a efecto con toque caribeño,

como el del buzo Juan, arcángel submarino.

Setecientos treinta y tres metros de estoicismo

resisten el chirriar de guaguas infelices,

el lamento de boteros subterráneos,

la humedad tan mañosa,

e insaciables pasiones del veleidoso mar

y residuos burlones.

Un gigante modesto, tenaz en su proeza,

es el buen túnel,

campeón en la más difícil modalidad del mundo,

la de sumar orillas.

 

FORTALEZAS DE LA HABANA

La más vieja fortaleza de La Habana de piratas ya no guarda el recuerdo, el Castillo de la Fuerza ahora se ocupa de que su giraldilla vigile a La Cabaña con quien por el amor de El Morro ha entrado en competencia. Por llamar la atención del alto faro, la frívola vecina a las nueve da la hora a cañonazos y se muestra seductora con fiestas de turistas.

El Morro no hace caso de esas rancias conocidas, ubicadas tan próximas, y sueña con una muy graciosa allá en el Almendares, la pequeña Chorrera. Para ella manda las señales de su faro, ansioso de que le lleguen entre los edificios que han tapado su vista.

En la otra dirección, el Torreón de Cojímar perdió los catalejos y confunde sardinas con marinos. Y junto a la bahía al Castillo de la Punta nadie lo toma en serio, tan visible y tan chato, pues se dedica al chisme con los que por él pasan camino al Malecón.

¡Está La Habana en un conflicto más grande que su propio Capitolio!

¿Qué sucede que andan todos distraídos de sus viejas funciones?, ¿qué tal si un día regresan los piratas? A ver quién cuida a quién en tanta escaramuza. Quizás ya se hallen cerca, quizás ya estén adentro con máscaras de brujos del carnaval de Oriente.

Mejor que se concentren las viejas fortalezas, los piratas arrasan, atrás no dejan más que arena y piedras e ilusiones perdidas. No hay más que leerlo todo en los libros de historia.

Lorca en La Habana

Pío E. Serrano
Después de permanecer durante seis meses en los Estados Unidos, García Lorca llega a La Habana. Por lo que sabemos, la estancia norteamericana del poeta granadino quedó resuelta en dos experiencias contrapuestas. Por una parte, la grata memoria de la acogida con que es recibido por las figuras mayores del hispanismo en Nueva York —Ángel del Río, Federico de Onís, Ángel Flores…— y por ciertos medios culturales norteamericanos, así como por el encantamiento que le produjo aquella ciudad monumental, esplendente de luz y color, rica en actividades culturales, cruce de caminos de las más diversas razas y nacionalidades; por otra, el descubrimiento de las prácticas más descarnadas de la sociedad capitalista y, sobre todo, el hallazgo del universo del negro norteamericano, la discriminación que padece y la marginación a la que está condenado. Y será esta segunda zona, la dolorosa y airada, la que producirá un vuelco en su expresión poética y, como nunca antes, abre su poesía a la denuncia de la opresión social, a la comprensión de los discriminados y explotados y a la necesidad de mostrar su identificación con los perseguidos.
Después de los sentimientos encontrados que le dejarán los seis meses de permanencia en Estados Unidos y de los pesares que arrastra desde España, García Lorca llega a La Habana. La estancia cubana —98 días— le permitirá a Lorca recuperar su lengua, durante meses menguada durante su estancia en Nueva York; recupera un espacio urbanístico más allegado y cordial en una ciudad que todavía concilia la «ciudad fortaleza», la «ciudad convento» y la «ciudad posada», tan españolas, con el despertar de una «ciudad monumental», favorecida por una burguesía ávida de espacios, que desborda el ámbito doméstico para ocupar el espacio público, y que Lorca hace tan suya que escribe a sus padres: «Si yo me pierdo, que me busquen en Andalucía o en Cuba»; regresa a unas prácticas religiosas más cálidas y vistosas que la frialdad protestante; descubre un frotamiento humano, desinhibido y espontáneo, el cubano, quien al dirigirse al amigo lo palpa, lo toca, palmea su espalda, abraza con el saludo y aún los más humildes —insulares al fin— ejercen la elegancia del gesto, la finura del trato con el visitante extranjero; recupera, en fin, probablemente por primera vez en su vida, el cuerpo, un cuerpo que en su experiencia expresa un deseo de libertad, mediatizado por el vuelco ideológico que se apodera de su escritura en Nueva York y por el erotismo irradiante de la naturaleza tropical y la fascinación que le producen esas «gotas de sangre negra que llevan los cubanos». No en balde, es en La Habana donde se siente capaz de escribir El público.
Nacido en 1898, es muy probable que Lorca recibiera desde fecha temprana las melancólicas referencias de la Cuba recientemente perdida. En cualquier caso, el poeta granadino dejó constancia en varias ocasiones de las habaneras y nanas, algunas originales de autores cubanos, como la habanera «Tú» de Eduardo Sánchez de Fuentes, que escuchaba en sus días de infancia, cantadas en el seno de la familia. A estas evocaciones musicales, añadía Lorca otras de carácter plástico: las sugerentes y ricas en colores fuertemente contrastantes de las marquillas de tabaco, presentes en las cajas de puros que su padre recibía de La Habana, y donde el niño descubriera la frondosa cabellera de Fonseca —Francisco E. Fonseca, industrial tabaquero cubano, fallecido un año antes de la llegada de Lorca a La Habana—, y que más tarde evocaría en su conocido poema «Son», «Son de Cuba», «Son de Santiago de Cuba» o «Son de negros en Cuba», que con todos estos títulos ha sido recogido en las diferentes versiones publicadas y presente como último poema en su Poeta en Nueva York, editado póstumamente en dos ediciones de 1940.
Quizás el impulso último para viajar a Cuba lo recibiera de su amigo José María Chacón y Calvo, hispanista y diplomático cubano, llegado a España en 1918. Se habían conocido en 1922, durante un viaje que Chacón hizo a la Semana Santa de Sevilla, acompañado por Alfonso Reyes, y desde entonces su amistad no dejó de crecer, alimentada por su trato frecuente en Madrid. En el piso de Chacón, en General Pardiñas 32, Lorca conoció a la antropóloga cubana Lydia Cabrera, quien, al parecer, estableciera el fecundo contacto entre el poeta y Margarita Xirgu.
En 1926 Chacón da a conocer por primera vez en Cuba la poesía de Lorca en la revista Social y en 1928, el poeta hispanocubano Eugenio Florit firmó un entusiasta artículo en la Revista de avance con motivo de la aparición delRomancero gitano recién publicado en España, y de nuevo la revista Socialreprodujo «Romance de la luna, luna» y «La casada infiel», poema este último que causó furor en La Habana y que Lorca dedicara a Lydia Cabrera y su negrita (Carmela Bajarano). Y en 1929 el crítico cubano Antonio Oliver Belmás, al tiempo que da noticias del agotamiento del Romancero gitano en las librerías habaneras, publica en la Revista de Avance un amplio ensayo sobre Gerardo Diego y García Lorca.
Aprovechando su estancia en La Habana, Chacón logra interesar a Fernando Ortiz, presidente de la Institución Hispanocubana de Cultura, fundada en 1926, y de la que era vicepresidente, para invitar a García Lorca a Cuba, una idea, sin duda, nacida desde los días en que Lorca prepara su viaje a Nueva York. Durante un breve viaje a Nueva York, en enero de 1930, Ortiz confirma personalmente a Lorca la invitación para visitar Cuba y dar cinco conferencias. El tres de marzo Lorca recibe de la Institución Hispanocubana de Cultura 150 pesos para cubrir los gastos del viaje que hará por barco desde Miami. La llegada a La Habana el 7 de marzo es anticipada por la prensa cubana, que no vacila en calificarlo como «el más eminente poeta español del momento». Acuden a recibirlo al puerto, por supuesto Chacón y Calvo, y algunas de las figuras más relevantes de la cultura cubana, entre ellos el joven poeta Juan Marinello y el profesor Féliz Lizaso.
Ahora bien, cuál era la Cuba a la que llegaba el poeta granadino. En lo político, la isla atravesaba los primeros meses del fraudulento acceso a un segundo periodo presidencial de Gerardo Machado, respondido con indignación por la población, lo que genera un clima de agitación y violencia, que cobra vida en una fracasada huelga general en marzo de 1930; hasta agosto de 1933 la isla viviría una etapa de feroz violencia entre el terrorismo opositor y la sangrienta represión del dictador. En lo económico, el país vivió durante unos pocos años de los beneficios de la política aduanera proteccionista y del incremento de la obra pública gestionada por el primer gobierno constitucional de Machado, un auge económico que comenzó a hacer aguas a partir de la crisis del 29 y que ya en 1930, con el desplome de la venta del azúcar en el mercado internacional, precipitaba a la isla en una tempestad económica de la que no se recuperaría hasta la II Guerra Mundial. Numerosos testimonios cubanos confirman que Lorca no permaneció indiferente al clima político de la isla y que, en más de una ocasión, expresó su simpatía por el rechazo popular a Machado, llegando a desfilar en algunas manifestaciones.
En cuanto al escenario cultural y a la reacción de los grupos intelectuales ante tales perspectivas, desde la década del 20 se comenzó a expresar un clima de contestación. Primero fue la «Protesta de los Trece» (1923), a continuación el surgimiento del llamado Grupo Minorista (1924), posteriormente la creación del movimiento ABC (1931) y la presencia cada vez con mayor visibilidad y efectividad del movimiento comunista, que tuvo entre sus filas a dos de las figuras más relevantes de la época, el líder universitario Julio Antonio Mella y el poeta Rubén Martínez Villena. En lo estrictamente literario, y particularmente en la poesía, las letras cubanas viven el renacimiento aportado por la Segunda Generación republicana, ansiosa por librarse de los flecos últimos del postmodernismo. Su vehículo fue la Revista de Avance (1927-1930), soporte de una nueva ética y de nueva estética alejadas de la inercia tradicional, defensora de la renovación del lenguaje y abierta a los ismos que ya se imponían en el resto de Hispanoamérica. Conviven en el periodo poesía pura y poesía social, alentadas ambas por los aires de la vanguardia y que alcanza uno de sus mejores momentos en la poesía negrista de Guillén. El 20 de abril de 1930, unos días antes de que Lorca escribiera su poema cubano «Son», Guillén publica en elDiario de la Marina sus ocho «Motivos de son», que para algunos fue, no influencia, sino circunstancia que favoreció la escritura del poema lorquiano. En 1930 y a lo largo de la década se publicaron algunos de los textos centrales de la poesía cubana, resultado de la efervescencia renovadora del momento. Ninguna otra ocasión mejor para el entusiasmo y la curiosidad con que fue recibido Lorca en la isla.
Entre el 9 de marzo y el 6 de abril despacha Lorca las cinco conferencias en La Habana que justificaban su viaje, y que después desgranaría en otras ciudades del interior de la isla. El éxito alcanzado por Lorca en sus presentaciones fue extraordinario. Lejos de la solemnidad acostumbrada en estos actos, Federico se presenta desinhibido y cordial, improvisa y desborda simpatía. La recaudación de taquilla, unida a la ayuda económica de sus amigos, posiblemente permitiera a Lorca ampliar su estancia en La Habana. Sobre la recepción del poeta granadino escribió más tarde Juan Marinello:
Las gentes de mejor sensibilidad recibieron con avidez absorta el verso inesperado, y le adivinaron la calidad y la hondura a través de su resonancia popular y de aquella conexión con lo nuestro que lo hacía, de pronto, materia cercana. Por ello se dio el caso, no producido antes ni repetido después, de que un escritor en la etapa ascendente y con lenguaje inusual, fuese recibido en la isla como un valor cumplido, de lograda estatura, de grandeza andadora. Porque es lo cierto que nuestros mejores hombres del año 30 ofrecieron al muchacho presuroso y alegre un homenaje de escritor clásico.
Y Lezama Lima, entonces estudiante, recuerda una lectura de poemas de Lorca en la Universidad de La Habana:
La seguridad de su voz en el recitado, le prestaba un gracioso énfasis, un leve subrayado. La voz entonces se agrandaba, abría los ojos con una desmesura muy mesurada, y su mano derecha esbozaba el gesto de quien reteniendo una gorgona, la soltase de pronto. El recuerdo de los cantaores estaba no solo en el grave entorno de su voz, sino en la convergencia del gesto y el aliento en todo su cuerpo, que parecía entonces dar un incontrastable paso al frente.
Lorca fue recibido y mimado en Cuba por las figuras más representativas de la alta cultura cubana, como Fernando Ortiz, Jorge Mañach, Lydia Cabrera, Félix Lizaso, José Antonio Fernández de Castro, etc. Y encontró un cordial acomodo entre los poetas cubanos contemporáneos: Guillén, Ballagas, Dulce María Loynaz, Florit, Marinello, Tallet, entre otros muchos.
Pero no solo de conferencias y vida pública se alimentó la visita habanera de Lorca. Si exceptuamos al siempre presente Chacón y Calvo, tres fueron los círculos en los que transcurrió su vida privada. El primero, prácticamente desde su llegada, en torno al matrimonio español de Antonio Quevedo y María Muñoz, musicólogos asentados en Cuba desde 1919, una amistad precedida por una cálida carta de presentación de Manuel de Falla. Con ellos compartiría numerosas actividades culturales y poco de su existencia más íntima.
Entre los hermanos Loynaz —Carlos Manuel, Dulce María, Enrique y Flor— Lorca encontraría su mejor acomodo. La variedad de temperamentos, hiperbólicos todos, y el inusual estilo de vida de los hermanos ganó de inmediato el favor de Lorca, al tiempo que su simpatía y su no menos delirante comportamiento le abrieron las puertas de aquella casa de El Vedado que para Lorca sería «la casa encantada». Allí instaló una suerte de taller, sin pernoctar nunca, donde tocaba el piano y cantaba, escribía, dibujaba, bebía whisky con soda, entre apasionados coloquios que solían terminar, ya de madruga, en visitas a las calles y plazas de La Habana Vieja. En aquella casa Lorca escribió El público, algunos de los poemas de Poeta en Nueva York y fragmentos de Yerma y Doña Rosita la soltera. Si difícil fue su relación con Dulce María y Enrique, su trato de exaltada fraternidad con Flor y Carlos Manuel compensó el desencuentro con los mayores de los hermanos.
El tercer círculo en que se desarrolló otro aspecto de la vida privada de Federico en La Habana estaba formado, en primer lugar, por el joven poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón y, en parte por los españoles, el musicólogo Adolfo Salazar y el pintor Gabriel García Maroto. Con ellos, Lorca conoció la intensidad de la noche marginal habanera, especialmente allí donde la presencia negra, bullanguera y alegremente provocadora, tenía sus recintos. Con ellos visitó por primera vez el popular Teatro Alambra, solo para hombres, donde se representaban delirantes piezas que alternaban la sátira social y política con lo vulgar y grosero, pero que gracias a la eficacia de los actores se convertían en desternillantes parodias que hacían llorar de risa a Federico, desde entonces asiduo asistente a estas representaciones, deslumbrado por la pericia en escena del negrito, el gallego, la mulata, el homosexual y el chino. Con sus amigos más íntimos recorrerá también los poco recomendables bares nocturnos del puerto y con Cardoza visita un elegante burdel que, en palabras del guatemalteco dejó paralizado a Federico «perplejo ante tanta suntuosidad».
Si en la zona portuaria Lorca descubrió la fuerza raigal y el encanto rítmico de la música popular cubana —entonces recién llegado a La Habana el son de Santiago de Cuba— fue en los bares marginados de la playa de Marianao donde Federico fue recibido como uno más entre los soneros negros y mulatos, sorprendidos por la gracia y la espontaneidad de aquel blanquito «gallego» que, primero los escuchaba con seriedad y atención para, a continuación, tomar el ritmo con las claves y hacer coro con los enardecidos intérpretes, ebrios de ritmo y de ron. Sin duda, entre aquellos bares modestísimos y populares, donde mejor se sintió Federico fue en el bar del Chori —Silvano Shueng Hechevarría, como Wifredo Lam, hijo de chino y de negra—, aquel mestizo enorme, santiaguero, de labios protuberantes y expresión inmutable, con un pañuelo rojo atado al cuello, poseedor de un inexplicable talento musical, capaz de extraer sorprendentes armonías de timbales, botellas, sartenes y bocinas, al tiempo que cantaba «Hayaca de maíz», «La choricera» y «Enterrador no la llores». La autenticidad del espectáculo debió de estremecer a Federico.
Si la disputa en torno al viaje de Lorca a Santiago de Cuba —costeado por la sede santiaguera de la Institución Hispanocubana de Cultura— ha quedado definitivamente zanjada por los incontestables testimonios de su visita, lo que hasta el presente no ha sido despejado es la identidad de la persona que lo acompañó. Un misterio más de un viaje que Federico quiso mantener en secreto, pues los Quevedo-Muñoz ni los Loynaz fueron advertidos del mismo. Lo que sí no ha dejado dudas fue la escritura del poema cubano de Lorca, «Son», escrito en el mes de abril en Matanzas, publicado por primera vez en La Habana por la revista Musicalia (abril-mayo de 1930) y cuyo original autógrafo regalará a su director Antonio Quevedo. Las pequeñas divergencias surgidas en las ediciones posteriores son materia de filólogos. En las que no entro. Sí me gustaría señalar que en Lezama Lima he encontrado, a mi parecer, la más acertada interpretación del verso «en un coche de aguas negras», de un hermetismo impenetrable para muchos, y que Lezama descifra considerando la metáfora como alusión al desaparecer el sol en la línea del horizonte. Sigue Lezama: «Ahí Lorca intuyó que el prodigio de nuestro sol es trágicamente tener sonidos negros, como el  caer de una cascada sombría detrás de las paredes donde se lanzan al asalto los cornetines del bailongo».
Todavía hasta el día en que Federico se embarca hacia España el 12 de junio lo persiguen las innumerables anécdotas tan singularmente lorquianas con que, desde sus primeros días habaneros, dejó sembrada su estadía en Cuba y en las que el implacable limitado tiempo no nos ha permitido detenernos.
A su regreso a España, Cuba, lo cubano, permanecerá en el imaginario del poeta. Sus cartas a los cubanos y los testimonios de sus amigos dan fe de un constante relato que revela lo impregnado que Federico quedará por su experiencia cubana. Por otra parte, son numerosos los textos inmediatos que genera el recuerdo del joven poeta durante su breve estancia cubana. Y con motivo de su asesinato, desde el mismo año 36, la respuesta cubana se llena de poemas de rabia, de ternura, de rechazo, de patetismo adolorido. En 1999 César López compiló cerca de un centenar de textos de todos los tiempos, donde los escritores cubanos han asegurado la permanente presencia de Federico García Lorca entre nosotros. Solo citaré el poema de Guillén, escrito en 1937:
ANGUSTIA CUARTA
Federico
Toco a la puerta de un romance.
—¿No anda por aquí Federico?
Un papagayo me contesta:
—Ha salido.
Toco a una puerta de cristal.
—¿No anda por aquí Federico?
Viene una mano y me señala:
—Está en el río.
Toco a la puerta de un gitano.
—¿No anda por aquí Federico?
Nadie responde, no habla nadie…
—¡Federico! ¡Federico!
La casa oscura, vacía;
Negro musgo en las paredes;
Brocal de pozo sin cubo,
Jardín de lagartos verdes.
Sobre la tierra mullida
Caracoles que remueven,
Y el rojo viento de julio
Entre las ruinas, meciéndose.
¡Federico!
¿Dónde el gitano se muere?
¿Dónde sus ojos se enfrían?
¡Dónde estará, que no viene!
Epílogo
José María Chacón y Calvo vivió hasta el final de sus días con la pesadumbre culposa de haberle facilitado a Federico las 250 pesetas para pagar el coche-cama que lo conduciría a la muerte.

(*) Pío E. Serrano, poeta, escritor y editor cubano.

Centro Virtual Cervantes

 

Muere el poeta cubano Rafael Alcides

MDM Alcides y Rivero fotoHa muerto en La Habana, a los 85 años, víctima de un cáncer, Rafael Alcides, uno de los grandes poetas cubanos del siglo XX y figura eminente de la Generación del 50 de la literatura cubana. En la foto, tomada hace pocos años en una plaza de Logroño (España), Rafael aparece en el centro, acompañado por los poetas, también cubanos, Raúl Rivero (derecha) y yo.

Otto Fernández: 3 poemas

Tuve en La Habana una cordialísima amistad con el poeta Otto Fernández, paisano mío y fallecido hace ya trece años en aquella ciudad, y aquí, en Las Palmas de Gran Canaria, el azar ha querido que me encuentre con su hija Diana, a la que conocí cuando era niña. Ella, que hoy trabaja en la librería Canaima, una de las principales de Canarias, me ha obsequiado con un libro de su padre, EL PUENTE DEL AHORCADO, que yo no conocía. Es una cuidada edición bilingüe (español-húngaro) de poemas publicada en Budapest con prólogo de Simor András, tipografía de Domján István y traducciones de Dobos Éva, Garai Gábor y Simor András. A esta colección de poemas pertenecen los tres siguientes:

SANATORIO SAN JUAN DE DIOS

En las lentas tardes de verano
los dementes de ropas blanquecinas
lanzan al aire aullidos afiebrados,
polvorientos sobre las tejas pálidas
de San Juan de Dios.

El viento de cuaresma empuja
las ideas enrarecidas, hojas oscuras
que vuelan hacia el cielo
como inmensos pájaros sedientos.

Rojizo esplendor de carcajadas
sin motivo, de llantos acongojados
pueblan el aire de lejanas mariposas.

Ya la tarde ha caído detrás
de la arboleda, mientras los locos
modelan extrañas figurillas
contra el viento.

CALLEJÓN DEL SAPO

Por el callejón del sapo desfilan
las reses que van al matadero.
No es el látigo nocturno lo que oprime
el noble corazón de aquellas bestias.
ni el fétido olor a la tierra purulenta,
donde el gemido de huesos destrozados
es hierba habitual de aquel paraje.
Es el bramido cercano de la sangre seca
como canción de muerte, lo que aterra.
Es el cuchillo infernal buscando nuca,
buscando la vida, lo que voltea el ojo del tímido animal.

Que sea fuerte el brazo, el golpe como
de duro pedernal para doblar la angustia
creciente de la muerte,
que sea súbita la muerte total para sus ojos
que no verán cómo se incendian las flores
de la verde primavera.

ESCRIBIR UN POEMA

Escribir un poema es desangrar de letras
al alfabeto, lanzar hacia afuera el alma
como un cubo de agua enrarecida,
cocinar el corazón a fuego lento,
oprimir los ojos hasta quedarnos ciegos.
Es arriesgar la vida por segundo,
caer al vacío y asustarnos
como un niño perdido en el camino.

Pero el hombre a pesar suyo sigue trepando
por la blanca hoja de papel, persigue
la metáfora del sueño, el rabito escurridizo
del poema.

¿Quién atrapará el misterio del libro
en que todas las palabras, buenas y malas,
están escritas, son sagradas?
¿Quién dirá madre y sentirá de súbito,
el silbido de amor a sus espaldas?
¿Quién mencionará la vida, en tal manera,
que estallen las tumbas en los cementerios,
que quede la soledad sin prisionero,
el asesino sin cuchillo,
el militar sin balas cegadoras,
el soberano sin corona de oro y llanto ajeno,
la maldad sin claves para fijar el odio?

Para fundar bajo este cielo miserable
el amor permanente entre los hombres,
se escribe este poema.

No importa que Dios apriete su nudo corredizo
que explote la bomba, el corazón
de tanto miedo,
ni que el intento sea fallido.
Otros vendrán
persiguiendo la metáfora perfecta
buscando el libro abierto
en que están escritas todas las palabras
para alcanzar el poema que nos redima,
que nos salve para siempre.