Una enciclopedia sobre Reinaldo Arenas

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Reinaldo Arenas

Daniel Fernández
(EL NUEVO HERALD, EEUU, 20/7/2017) Hay autores inagotables. Quizá nunca sepamos todo acerca de Shakespeare, Cervantes, George Sand o Flaubert. Quizá siempre haya algo nuevo que escribir sobre ellos y siempre haya estudiosos que quieran resumirlos, abarcarlos, iluminarlos con otra luz para las generaciones de su tiempo.
Salvando las distancias con los autores mencionados, el escritor cubano Reinaldo Arenas comienza a erigirse como uno de esos inagotables. Muchos hemos incursionado en su vida y su obra, ambas llenas de contradicciones, misterios, abismos y glorias. Sobre él se han escrito ensayos, cuentos, novelas, se han hecho películas, y hasta una ópera, que se inspira en su autobiográfica Antes que anochezca, pero entre luces y sombras, su persona y sus personajes siguen atrayendo a creadores y estudiosos.
Entre esos estudiosos se encuentra la especialista Stephanie Panichelli-Batalla, que acaba de lanzar su enjundioso libro El testimonio en la pentagonía de Reinaldo Arenas(Tamesis, 2016). Nacida en Bruselas, Bélgica y radicada en Birmingham, Reino Unido, la autora fue profesora titular de español y estudios latinoamericanos en la universidad de Aston, y actualmente trabaja en la de Warwick. Profunda conocedora de la obra y la vida de Arenas, ha logrado con este libro una verdadera enciclopedia sobre el desdichado autor que nació en Holguín, en 1943, y se suicidó en Nueva York en 1990.
Símbolo de su generación, Arenas es también un ícono de los escritores gay, los anticastristas y de todo escritor, artista o persona que haya padecido la persecución por sus ideas o su manera de ser. El que haya contraído el sida (lo que lo lleva al suicidio) le da a su figura una dimensión aun más trágica. No es fácil resumir una vida tan compleja, intensa y multifacética como la de Arenas, quizá por eso, al menos estructuralmente, Panichelli-Batalla se centra en las cinco novelas que él clasificara como pentagonía: Celestino antes del alba, El palacio de las blanquísimas mofetas, Otra vez el mar, El color del verano y El asalto. Se centra, pero no se limita solo a esos títulos; la estudiosa ha realizado un trabajo monumental (de años) que incluye referencias a otros textos del autor y de especialistas en su obra, más el resultado de sus investigaciones personales como entrevistas a quienes lo conocieron. Un utilísimo Index sobre obras, personas, personajes y documentos convierte el trabajo de la investigadora en un valioso instrumento referencial.
Como su título indica, estas nutridas, pero amenas, 368 páginas quieren, y logran, demostrar que, a pesar de que se trata de obras de ficción, la pentagonía de Arenas es también un testimonio. “Todas estas obras de Reinaldo Arenas son, sin ninguna duda, obras de ficción […] Sin embargo, en cada una de ellas se puede reconocer la presencia de un autor-testigo, el contexto sociopolítico de la historia, la denuncia de la opresión y la representatividad del testigo, por lo tanto, nos parece más adecuado usar el término ‘novela testimonial’ que cuestionar la autenticidad del testimonio por el uso de la ficción en una obra literaria”.
Con esas palabras cierra su magnífico trabajo Panichelli-Batalla y, sin duda, tiene razón; aunque la obra de Arenas, rica en creatividad y testimonio, seguirá dando mucho que escribir por mucho tiempo.
Stephanie Panichelli foto

Stephanie Panichelli-Batalla

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Entrevista con Juan Goytisolo

Pablo Vives / NOTICIAS DE HOY. La Habana, Mayo 5, 1962

(Tomado de LES LETTRES FRANÇAISES. Traducción de Manuel Díaz Martínez.)
El semanario LES LETTRES FRANÇAISES, que se edita en París bajo la dirección del poeta francés Louis Aragon, ha dedicado uno de sus últimos números a destacar la actividad intelectual y artística cubana. Entre el material que publica, se halla una antología de poetas cubanos. También aparece en dicho número la presente entrevista de Pablo Vives con el destacado novelista español Juan Goytisolo, la cual, por su interés, damos a conocer a nuestros lectores. ●
¿Cuáles son las impresiones dominantes que usted extrajo de su viaje a Cuba?
–La impresión extraordinaria de un pueblo volcado hacia el porvenir. En Cuba, la distancia en el futuro no cuenta casi. Yo mismo he constatado, en menos de dos meses y medio, los grandes cambios. Es por esto que intitularé “Pueblo en Marcha” el reportaje que preparo acerca de Cuba. Este hecho  es mucho más sensible para nosotros, pues en España, como usted sabe, el tiempo parece no existir. De esta manera la obra de Larra, ciento cuarenta años más tarde, conserva toda su actualidad. Y nosotros estamos autorizados para decir con él: “Para ustedes los días no pasan”. Esto explica que a los ojos del pueblo español, Cuba sea un ejemplo a seguir. El interés que nosotros dedicamos a la Revolución Cubana se evidencia claramente en la en la colección de poemas que ha sido publicada por las Ediciones Ruedo Ibérico bajo el título ESPAÑA CANTA A CUBA y que agrupa obras de cuarenta y cuatro poetas y artistas nuestros. Pero los escritores cubanos se preocupan también por la suerte de España, como lo demuestra, entre otros, el bello poema “España libre y en armas”, de Heberto Padilla.
–¿Podría usted precisar la naturaleza de los vínculos que existen entre España y Cuba?
–A pesar de que ha sido el último país que se liberó de nuestro viejo colonialismo, Cuba guarda un recuerdo fresco del pueblo español. El cubano ama a España. Para los cubanos, nuestra guerra civil era ya la guerra. En el presente, los papeles se han invertido: nosotros, españoles, seguimos la Revolución Cubana como si ella nos perteneciera.
Los malos recuerdos de la colonización se han esfumado, sobre todo después de 1939. Con el arribo de los grupos de exilados, los más reticentes cubanos se dieron cuenta de que el pueblo español no tenía nada en común con nuestros ancestros que se instalaron en Cuba para explotarlos. Hoy, el cubano libre participa de los afane del pueblo español por ver nuestro país liberado de las viejas estructuras de que nacieron los conquistadores.
–¿Después de la Revolución se ha asistido en Cuba al nacimiento de una poesía nueva?
–En efecto. La poesía cubana ha sido renovada en los años veinte por escritores revolucionarios de gran talla, tales como Nicolás Guillén, Juan Marinello y Manuel Navarro Luna. La poesía actual parte de aquel movimiento.
–Pero supongo que esta poesía no es uniforme. ¿Cuáles son las tendencias dominantes?
–Es difícil hablar de tendencias, mejor hablar de individualidades. La poesía actual presenta una gran variedad de poetas líricos –aparentemente poco preocupados por los problemas de la vida–, hasta los que hacen poesía de consigna, como Pita Rodríguez, por ejemplo. De hecho, esta división resulta demasiado teórica, pues los “líricos” hacen también poesía “realista”.
Sin pretender establecer una escala de valores, entre los mejores poetas jóvenes se encuentran Pablo Armando Fernández, Heberto Padilla, Nivaria Tejera, Fernández Retamar, Fayad Jamís, y otros muchos. Su obra, ya importante, nos permite apreciar en ellos una innegable personalidad.
–El Primer Congreso de Escritores y Artistas Cubanos, en agosto de 1961, se planteó como objetivo la lucha, en el campo de la creación artística y literaria, por un mundo mejor. ¿Cree usted que los escritores cubanos han llegado a encontrar los medios de expresión adecuados?
–En el Congreso hubo dos planteamientos que nos ayudan a comprender el problema. En el suyo, Fidel Castro dijo: “Dentro de la Revolución, los escritores y los artistas gozan de todos los derechos. Contra la Revolución no gozan de ninguno”. Esta idea fue completada por el presidente Dorticós: “El Gobierno Revolucionario no limitará jamás la libertad formal en literatura y en arte”. Se puede observar en ciertos jóvenes escritores algunas dificultades contradictorias. Algunos, entre los que están los de mejor formación intelectual, no han asimilado todavía el profundo sentido de la Revolución, mientras que otros, nacidos de la Revolución, no cuentan con una experiencia suficiente para expresarse de una manera artísticamente válida. Pero éstos son fenómenos de crecimiento, fenómenos transitorios y de casos extremos. En efecto, para no citar sino algunos nombres, poetas como Manuel Díaz Martínez, Félix Pita Rodríguez, Fayad Jamís, Heberto Padilla, Nivaria Tejera, etc., han abordado inteligentemente los problemas planteados por la vida, con medios de expresión de gran calidad estética. Éstos son escritores en los cuales la sinceridad y el talento forman un maridaje fecundo.
–¿Qué importancia tiene la novela cubana de hoy?
–En general, aparte el caso aislado del gran escritor Alejo Carpentier, Cuba ha dado siempre muy buenos poetas, ensayistas y admirables narradores, pero muy pocos novelistas. La novela cubana está en sus inicios. Es de esperar que el fenómeno revolucionario favorezca su desarrollo en los años próximos. El lector cubano prefiere el cuento y la novela corta. Las revistas literarias, sin duda alguna, han contribuido a esta preferencia del público. Los dos narradores más importantes son Onelio Jorge Cardoso y el joven Guillermo Cabrera Infante, cuyo libro ASÍ EN LA PAZ COMO EN LA GUERRA aparecerá próximamente editado por Gallimard. Entre los novelistas, aparte de Alejo Carpentier, se destacan José Soler Puig, Jaime Sarusky, Edmundo Desnoes, Dora Alonso.
–¿Puedo preguntar si su viaje a Cuba tendrá repercusiones sobre su obra?
–Naturalmente. Es el acontecimiento más importante que yo he vivido. Yo creo que el porvenir de los pueblos de lengua hispana será en parte determinado por la Revolución Cubana. Cuba no es solamente Cuba. Cuba es también, de alguna manera, España, el Perú, Colombia. Defender a Cuba es también, para nosotros, españoles y latinoamericanos, laborar para nuestros respectivos países. En lo que concierne a mi obra, estoy preparando el reportaje de que ya le he hablado. Usted verá, yo lo espero, que no se trata de un simple reportaje.

Juan Goytisolo entrevista foto

 

 

Una mirada sobre Hugh Thomas

El éxito de su libro sobre la Guerra Civil obligó al propio Franco a responderle

Hughes Thomas foto

Hugh Thomas

Paul Preston

(EL PAÍS, España, 15/5/2017) Hugh Thomas nació en 1931 y era el único hijo de un oficial del imperio británico en Ghana. Su tío, sir Shenton Thomas, fue el gobernador de Singapur que rindió la plaza a los invasores japoneses en 1942. Hugh estudió historia, con desigual dedicación, en Queen’s College Cambridge, pero adquirió cierta notoriedad como presidente tory de la Unión de Estudiantes, una sociedad elitista donde se debatían temas de actualidad. Cuando salió de la universidad, inició una vida de soltero cosmopolita en Londres. Le contrataron en la Embajada del Reino Unido en París. Abandonó el puesto antes de tiempo en 1957, declarando que lo hacía por la repugnancia que le producía el papel de los británicos en la crisis del Canal de Suez. Sin embargo, tal vez saltara del barco antes de que le empujaran. Circulaban rumores acerca de unos documentos importantes olvidados sin querer en el metro y/o un romance con la esposa de un ministro francés.

La publicidad generada por su enfrentamiento con el Foreign Office le convirtió en un fichaje atractivo para el Partido Laborista. Se presentó, sin éxito, a las elecciones de 1957-1958 por la circunscripción de Ruislip and Norwood. Su cambio de lealtades se cimentó con la edición de un ataque contra la élite política titulado The Establishment, en 1959. Sin embargo, esto no resolvió su problema de ingresos. Probó a ser novelista, pero The Oxygen Age (1958) no se vendió bien, aunque un libro que fue un fracaso similar, publicado el año anterior, The World’s Game le cambiaría la vida. Aquel libro lo leyó el editor James McGibbon, que le invitó a comer y le dijo que una escena de su novela le había recordado a los voluntarios de la Guerra Civil española. Comentando que el momento estaba maduro para una revisión general de aquella guerra, animó a Hugh a proponer un libro. Aunque no sabía ni palabra de español, Hugh se puso a leer con voracidad y a perseguir sin reparo a innumerables participantes de ambos lados del conflicto, incluyendo al corresponsal de guerra Henry Buckley y al gran experto Herbert Southworth.

Publicado en 1961, The Spanish Civil War se convirtió rápidamente en el libro que había que leer sobre la guerra de España. Los elogios de comentaristas liberales como Cyril Connolly o Michael Foot llevaron a que se lo considerara un clásico en amplios sectores, y llegaría a vender casi un millón de ejemplares. No solo estaba escrito en un estilo colorido y fácil de leer, sino que The Spanish Civil War era el primer intento de dar una visión general y objetiva de una lucha que aún despertaba pasiones a derecha y a izquierda.

Aunque la España de Franco lo prohibió, la traducción, encargada por Ruedo Ibérico, se convirtió en un best seller clandestino. Los propagandistas del dictador nunca habían dejado de proclamar que la guerra había sido una cruzada contra la barbarie comunista. Sin embargo, el impacto de las obras extranjeras escritas por Thomas y Southworth, e introducidas de contrabando a pesar de los esfuerzos de la policía de aduanas, desacreditaban por completo las consignas del régimen.

En respuesta a Thomas y a Southworth, el entonces ministro de información de Franco, Manuel Fraga, montó un centro oficial para los estudios de la Guerra Civil para centralizar la historiografía sobre la cruzada. Era demasiado tarde. El libro tuvo tanto éxito que el propio Franco se veía obligado a responder con frecuencia a afirmaciones hechas por Thomas. El caudillo decía que eran todo mentiras, negando que murieran civiles cuando mandó bombardear Barcelona o que existieran las ejecuciones masivas. La notoriedad del éxito del libro de Thomas estuvo detrás de las colosales ventas que se produjeron tras la muerte del dictador en 1975. Ricardo de la Cierva, presa de la frustración, tildó el libro de “vademécum de papanatas”.

Asegurado ya su futuro financiero, en 1962 Hugh se casó con la bella Vanessa Jebb, hija del embajador en París lord Gladwyn Jebb. Vanessa era la joya del rutilante círculo social que se reunía en su casa de Ladbroke Grove, y tuvieron tres hijos juntos: Iñigo, Isambard e Isabella. En 1966, se convirtió en catedrático de historia de la Universidad de Reading. Era un profesor extraordinariamente entretenido y popular, como pude comprobar como estudiante de máster a partir de 1968. Pero nunca se encontró cómodo con las crecientes exigencias administrativas de la vida académica, y yo le sustituí cuando se tomó un año sabático para concentrarse en su escritura. En esa época fui su ayudante-investigador para la tercera edición de The Spanish Civil War. En 1976, dimitió.

Incluso antes de ir a Reading, Thomas había empezado a investigar para su gigantesca obra Cuba: La lucha por la libertad. Tenía casi 1.700 páginas y quizás por eso no fue un éxito. La larga sección inicial sobre la historia de la isla, que empezaba con la ocupación británica de La Habana, resultó pesada a muchos. Solo cuando llegaba a la revolución castrista lograba el libro alcanzar la confianza de tono y la amplitud de miras de su libro sobre España.

A instancias de su amigo Roy Jenkins, intentó presentarse nuevamente como candidato a unas futuras elecciones por el Partido Laborista y de nuevo fracasó. Por la oposición de un grupo de trotskistas, la directiva laborista de su circunscripción no aceptó su candidatura. A partir de entonces, y tal vez como consecuencia de aquello, declaró públicamente que abandonaba el Partido Laborista y abrazaba la economía de libre mercado thatcherista. Se convirtió en uno de los asesores extraoficiales de la primera ministra, y en presidente de su think tank, el Centro de Estudios Políticos. En línea con su nueva vocación política, cuando An Unfinished History of the World recibió un premio literario del Arts Council por valor de 7.500 libras en abril de 1980 se negó a aceptar el cheque y se justificó explicando que en los últimos capítulos defendía la idea de que “la invención del Estado conduce a la decadencia de la civilización y al derrumbe de las sociedades”.

Después de la derrota de Thatcher en 1990, su relevancia en el Partido Conservador disminuyó, y se mostró cada vez más desilusionado con el enconado euroescepticismo de los suyos. Finalmente, en noviembre de 1997, cruzó el pasillo de la Cámara de los Lores para sentarse en la bancada de los liberaldemócratas. Libre por fin de la política, que nunca le había terminado de satisfacer, regresó a su verdadera profesión, y empezó a escribir una serie de obras grandiosas sobre la España imperial. La rutilante fuerza narrativa de su trabajo sobre España se trasladó primero a The Conquest of Mexico(1993) y luego a The History of the Atlantic Slave Trade 1440-1870 (1997). A estos libros siguió su máximo logro, una trilogía sobre el imperio español que consiste en Rivers of Gold (2003); The Golden Age: The Spanish Empire of Charles V (2010) y World Without End: The Global Empire of Philip II (2014).

La última vez que hablé con él, un par de semanas antes de su muerte, estaba despotricando contra el Brexit.

(Paul Preston es historiador e hispanista.)

Traducción de Eva Cruz

20 de mayo, una fecha por restablecer

Dimas Castellanos, La Habana
(DIARIO DE CUBA, 20/5/2017) El 20 de 1902, a pesar de las limitaciones impuestas por la Enmienda Platt, Cuba se incorporó con personalidad propia al concierto de naciones libres e independientes.
Los antecedentes de las limitaciones databan del siglo XIX:
  1. la notificación de Thomas Jefferson a Inglaterra en 1805: en caso de guerra con España, EEUU se apoderaría de Cuba por necesidades estratégicas
  2. la política de la fruta madura, formulada por John Quincy Adams en 1823: “Cuba, una vez separada de España y rota la conexión artificial que la liga con ella tiene que gravitar necesariamente hacia la Unión Norteamericana”
  3. la Doctrina Monroe: “América para los americanos”, lo que significaba que Europa no podía invadir ni tener colonias en el continente, en 1823
  4. las palabras del presidente Grover Cleveland en 1896: “Cuando se haya demostrado la imposibilidad por parte de España de dominar la insurrección habrá llegado entonces el momento de considerar si nuestras obligaciones a la soberanía de España, han de ceder el paso a otras obligaciones más altas”.
En 1998 se conformó un escenario favorable para las políticas mencionadas. Después de tres años de guerra, España no había podido contener la campaña del ejército independentista y el 15 de febrero de ese año explotó el acorazado Maine en la bahía habanera.
El 25 de marzo el presidente McKinley exigió a España un armisticio con los insurrectos; el 11 abril pidió autorización al Congreso para intervenir en Cuba; el 20 de abril se aprobó la Resolución Conjunta, que autorizaba la intervención pero reconocía que “Cuba era, y de derecho debía ser, libre e independiente”el25 de abril se declaró la guerra y el 16 de julio se rindió la plaza.
El 10 de diciembre España y EEUU firmaron el Tratado de París sin hacer mención a la Resolución Conjunta. Y el 1 de enero de 1899 el general John R. Brook tomó posesión de la Isla.
En julio de 1900 se convocaron las elecciones para designar los delegados a la Convención Constituyente que redactaría la Constitución de la República. El 5 de noviembre, en la apertura, el gobernador militar expresó a los delegados: “Será vuestro deber, en primer término, redactar y adoptar una constitución para Cuba y, una vez terminada esta, formular cuáles deben ser, a vuestro juicio, las relaciones entre Cuba y EEUU”.
El 11 de febrero de 1901 quedó redactado el texto constitucional y al día siguiente se designó la Comisión para formular las relaciones con EEUU, la cual recibió del secretario de la Guerra Eliu Root las instrucciones a tener en cuenta. La Comisión las consideró inaceptables porque vulneraban la independencia y la soberanía de Cuba y el 27 de febrero entregó el informe a las autoridades norteamericanas. El 2 de marzo el gobernador militar emitió una nota rechazando la decisión cubana.
En una nueva ronda de discusiones se aprobaron las instrucciones: 15 votos contra 14, pero con objeciones, cada una de las cuales —como apunta Emilio Roig de Leuchsenring en su Historia de la Enmienda Platt— tenía el valor y la significación de una protesta. La decisión se entregó el 5 de junio y también fue rechazada.
De forma paralela a estos hechos, el Senado estadounidense aprobó un proyecto de ley presentado por el senador Orville H. Platt, cuyo texto contenía las instrucciones que el secretario de Guerra había hecho llegar a la Comisión. Entonces, la Enmienda Platt convertida en ley se entregó a los delegados con una nota que decía: “siendo un estatuto acordado por el Poder Legislativo, el presidente de EEUU está obligado a ejecutarlo y ejecutarlo tal como es como condición para cesar la ocupación militar”. Y agregaba: “No puede cambiarlo ni modificarlo, añadirle o quitarle”.
Entonces, sin debate, se aprobó la Enmienda Platt: 16 votos contra 11, la cual refrendó el derecho de EEUU a intervenir en Cuba, omitió la Isla de Pinos del territorio nacional e impuso la venta o arrendamiento de tierras para bases navales.
Rechazarla, con el país ocupado, el Ejército Libertador desmovilizado, el Partido Revolucionario Cubano disuelto, la nación sin cristalizar, la economía sumida en la ruina y el pueblo agotado y hambriento, implicaba la ocupación indefinida y en consecuencia el reinicio de la guerra.
Con la Constitución de 1901 la historia constitucional de los derechos civiles y políticos tomó cuerpo en Cuba. En las primeras elecciones resultó electo por el voto popular Tomás Estrada Palma, quien había sido presidente de la República en Armas.
El 20 de mayo de 1902, Máximo Gómez con varios generales del Ejército Libertador, Leonard Wood con su estado mayor, y el presidente electo con su consejo de secretarios, se reunieron en el salón de recepciones del Palacio de los Capitanes Generales para la ceremonia de traspaso de poder del Gobierno interventor al Gobierno cubano. En ese momento la República en Armas, que emergió el 10 de abril de 1869 con la Constitución de Guáimaro, desembocó en la República de Cuba con la Constitución de 1901.
En el acto el gobernador Wood leyó un mensaje del presidente de EEUU, pronunció una breves palabras y ordenó que se izara la bandera cubana en la azotea del Palacio de los Capitanes Generales, devenido Palacio Presidencial. El generalísimo Máximo Gómez procedió al izaje y ebrio de emoción exclamó: “¡Creo que hemos llegado!”. Seguidamente, el general Emilio Núñez, gobernador de La Habana, junto al vigía del Morro, la izó en esa fortaleza.
Todo el país celebró la fiesta. En La Habana se desarrolló en el Palacio de los Capitanes Generales y en la explanada del Morro. Por la noche, veladas culturales y fuegos artificiales. La fecha se incorporó al panteón de efemérides nacionales. El 20 de mayo pasó a ocupar un lugar junto al 10 de octubre, al 24 de febrero, al 28 de enero y al 7 de diciembre.
A pesar de la independencia incompleta y la soberanía limitada, se retiraron los ocupantes y se le cerró el paso a la anexión. Se recobró la soberanía sobre Isla de Pinos. En menos de 20 años Cuba salió de la postración económica. Se inició la modernización tecnológica y científica. Se abrogó la Enmienda Platt en 1934. Se dictó en 1937 la legislación laboral más avanzada que Cuba ha tenido hasta hoy. Se redactó y se puso en vigor la avanzada Constitución de 1940, que sirvió al Dr. Fidel Castro para fundamentar su defensa en el juicio por el asalto al cuartel Moncada.
Esa fecha dejó de celebrarse a partir de 1963. A la misma se le atribuyeron todos los males de la nación, se despojó de su simbolismo y se intentó borrar de la historia. Por ejemplo, el historiador Rolando Rodríguez, ha planteado que “el 20 de mayo no podía recordarse como el día de surgimiento de la República porque ella había comenzado en Guáimaro el 10 de abril de 1869…. Es ahí donde está el origen de la República cubana”.
Guáimaro fue el momento en que se inició el proceso que el 20 de mayo de 1902 devino realidad la república real, no la soñada. Si desde esas condiciones no hemos sido capaces ni antes ni después de 1959 de avanzar gradualmente hacia la república martiana —igualdad de derecho de todo el nacido en Cuba, espacio de libertad para la expresión del pensamiento y economía diversificada en manos de muchos pequeños propietarios—, no es responsabilidad del 20 de mayo de 1902 ni de la Convención Constituyente, sino de las generaciones posteriores incluyendo la presente. Reivindiquemos, pues, el 20 de mayo, con los principios de la república martiana.

Los 10 peores países en cuanto a libertad de prensa

(DDC, Washington, 28/4/2017) Freedom House colocó a Cuba entre los diez peores países del mundo en cuanto a libertad de prensa, según recogió en su informe anual.
El informe evalúa el grado de libertad de prensa en 199 países y territorios, a los que otorga una puntuación entre el 0 (máxima libertad) y el 100 (mínima), lo que sirve de base para determinar si tienen prensa “libre” (31% de los países), “parcialmente libre” (36%) o “no libre” (33%).
La Isla entró en la clasificación de países de prensa no libre, obtuvo 91 puntos (de 100) y ocupó el puesto sexto, compartido con Guinea Ecuatorial, entre los diez peores sitios del mundo.
Los diez países y territorios del mundo con menos libertad de prensa son Corea del Norte (con 98 puntos), Turkmenistán (98), Uzbekistán (95), Crimea (94), Eritrea (94), Cuba (91), Guinea Ecuatorial (91), Azerbaiyán (90), Irán (90) y Siria (90).
La nota media global en libertad de prensa de 2016 fue 49,40, la peor desde 2004, 13 años en los que la situación ha ido en declive informe tras informe con un ligero repunte en 2011 y 2012.
El informe de Freedom House destaca dentro de su balance regional la situación de la Isla.
“Aunque Cuba sigue siendo uno de los entornos mediáticos más cerrados en el mundo, en 2016 surgieron varios nuevos sitios de noticias en la Isla y otros más establecidos ampliaron su alcance. En respuesta, las autoridades intensificaron las detenciones y la intimidación de periodistas críticos, se apoderaron de sus materiales y evitaron que algunos viajaran al extranjero a entrenamientos o conferencias. Sin embargo, el régimen no pudo impedir una mejora en el alcance y la calidad de la información disponible”, apunta Freedom House.
En general, señala EFE, la libertad de prensa en el mundo cayó en 2016 a su punto más bajo en 13 años con “amenazas sin precedentes” en países hasta ahora “modelo” como EEUU y marcados retrocesos en Polonia, Bolivia, Turquía y Serbia.
El declive se debe también al aumento de la represión en los estados autoritarios y a los movimientos de Rusia y China para tener más influencia fuera de sus fronteras, concluye este estudio que se presenta este viernes en el “Newseum” de Washington, el museo de la prensa.
En los pasados días, Reporteros Sin Fronteras colocó a la Isla en el puesto 173 de su lista de 180 países y señaló que el deterioro de la libertad de prensa en Cuba es “muy serio”.

Un poeta en tiempos de revolución

MDM foto Nieves

Manuel Díaz Martínez. (Foto: Nieves Delgado.)

«El deseo de indagar y el ansia de descubrir me han conducido a la poesía, a la cual me ata mi insatisfacción del mundo. Debo el hábito de volcarme en la palabra a la presunción de ser libre y contribuir a la libertad cuando escribo. Es que siento y ejerzo la poesía como una liberación —sin desafío, sin heroísmo, sin ambiciones: una auténtica liberación».  Manuel Díaz Martínez, Sólo un leve rasguño en la solapa.

Rubén Benítez Florido

Decía Gabriel García Márquez al comienzo de sus memorias que «la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla». Y esto es, precisamente, lo primero que le viene a uno a la cabeza al terminar de leer la autobiografía de Manuel Díaz MartínezSólo un leve rasguño en la solapa, un compendio de recuerdos personales marcados por lo mejor y lo peor de la revolución cubana.

Lo mejor, porque Díaz Martínez perteneció a esa generación de cubanos que no dudaron en abrazar la llegada de la revolución como un nuevo horizonte frente a los desmanes anteriores, en la época de Batista. Y lo peor, porque no tardó en padecer la cara más siniestra de aquel movimiento revolucionario —que posteriormente acabó convirtiéndose en una férrea dictadura— en el que buena parte de la población había depositado sus esperanzas de cambio.

Pero antes de llegar al momento de los sueños rotos y la decepción, en los primeros capítulos de sus memorias, se despliega el tiempo color sepia de la infancia: el recuerdo amable y nostálgico de sus padres y de sus abuelos, de las casas en las que transcurrió su niñez en compañía de su familia.

Llevados de la mano por la habilidad de un cronista consumado, también asistimos al tiempo aventurero de la juventud, en el que parece que el mundo todavía está por hacer y que todo es posible por el mero hecho de desearlo. En este punto de la narración ya hay detalles de lo que va a ser uno de los ejes vertebradores en la vida de Díaz Martínez: su anhelo inquebrantable de saber, la voluntad de contemplar la existencia con la mirada puesta en los detalles.

La poesía como búsqueda.

En el centro de ese afán de conocimiento, se encuentra la creación de un lenguaje poético que consiga dar cuenta de una realidad pluriforme y cambiante, siempre estimulante.

«Creo que la poesía no es un mundo aparte, sino una parte del mundo. Y pienso que la grandeza de un poeta estriba en la fuerza reveladora del idioma con que responde a la provocación de las cosas, en la amplitud de su capacidad de respuesta a los infinitos estímulos con que las infinitas cosas lo acosan», podemos leer en uno de los párrafos de estas memorias que traza una poética improvisada, la concepción que tiene el poeta tanto de su quehacer cotidiano como de la lucha que entabla con el lenguaje en esa búsqueda de la palabra exacta.

El poeta no puede dejar nunca de serlo, ni siquiera cuando temporalmente deja de fagocitar versos para escribir su autobiografía. Se nota en el estilo pulcro y conciso que utiliza para narrar lo acontecido, lejos de superficialidades, de digresiones gratuitas que conduzcan al lector por senderos que no son los imprescindibles. Se nota en los párrafos trabajados con la pericia de un escultor que consigue esculpir a través de palabras las imágenes que se le agolpan en la cabeza.

Habría que señalar tres características en el estilo de Díaz Martínez que lo convierten en un poeta muy accesible, a la manera de Ángel González o Luis García Montero, con una manera de expresar muy a pie de calle, que tiene la virtud de humanizar todo lo que cuenta.

La primera es un sentido del humor sabiamente repartido a lo largo del texto, a menudo camuflado en una socarronería implícita. Además de fomentar el juego literario con el lector, podría inferirse que la utilización de esta fina ironía responde a la necesidad del autor de tomar una cierta distancia frente a los hechos que describe; también de parapetarse ante las decepciones del mundo.

La segunda característica llamativa es el tono conversacional del libro. Quizás por haber crecido su obra al abrigo de la revolución, con su acentuada defensa de un estilo accesible para los lectores de cualquier condición, lo cierto es que su prosa responde fielmente al mandato de «escribir para la vida». Una prosa nada hermética ni ensimismada en sus propias mieles, sino al servicio de todo aquel que desee acercarse a ella.

Como última característica, cabría destacar el recurso constante a la anécdota, que permite descargar al texto de un dramatismo excesivo, sobre todo durante la descripción de los acontecimientos más luctuosos de la persecución política.

Y es que como buen cubano, caribeño al fin y al cabo, Díaz Martínez no desaprovecha ninguna ocasión para colar un chascarrillo, alguna anécdota jugosa, a menudo con un punto provocativo, cada vez que las circunstancias lo requieren. Y en este libro, como se verá a continuación, hay muchas que así lo aconsejan.

El «caso Padilla».

Como una liberación interior, pero también como una forma de consolidar el espacio de la libertad. Podría decirse que así es como concibe Díaz Martínez su vocación, su idea del oficio: «Lo del poeta es crear su propio código desde la libertad, a partir de sus convicciones y dudas, de sus esperanzas y temores, y ponerlo en el mundo como se pone en circulación una moneda».

Heberto Padilla foto

Heberto Padilla. (Foto:  Vasco Szimetar.)

En este sentido, Sólo un leve rasguño en la solapa no es solo un testimonio personal, sino también, y lo que no es menos importante —sobre todo en los tiempos que corren, con el fantasma de los totalitarismos campando a sus anchas en el escenario político de todo el globo—, una reflexión acerca de la opresión en los estados autoritarios.

Para el caso, poco importa discutir si el gobierno de esos Estados son de izquierdas o de derechas, pues no se trata de hacer proselitismo político, sino de denunciar que cuando se radicalizan, ambos modelos de Estado acaban siempre con el mismo resultado: la supresión radical de las libertades individuales.

Si hubiese que elegir, de entre todos los sucesos relatados en el libro, aquellos en los que el régimen castrista mostró su versión más deplorable y siniestra, seguramente estaríamos persuadidos de señalar los siguientes como los tres más estremecedores.

El primero de ellos ocurre cuando Díaz Martínez forma parte de un jurado de poesía y la ortodoxia del régimen intenta, primero alejarlo de ese jurado alegando todo tipo de pretextos, y luego coaccionarlo para que no votase a favor el poemario que a todas luces se sabía ganador por su calidad literaria.

El motivo aducido por los funcionarios del régimen en aquella ocasión —que posteriormente se convertiría en una de las más célebres debido a su repercusión internacional— era que el jurado iba a premiar a un escritor supuestamente contrarrevolucionario.

Corría el año 1968 y los «cuadros» del régimen se mostraban tan nerviosos como asustados por el ambiente de apertura política que se estaba propagando en algunas repúblicas controladas por el bando soviético y que desembocó en actitudes abiertamente desafiantes como la «Primavera de Praga».

Con la intención de impedir posibles conatos de desobediencia, o simplemente movidos por una sospecha paranoica, poco antes del fallo del premio literario, los altos cargos del régimen dirigidos por Raúl Castro —en la actualidad primer mandatario de la nación—, hicieron circular el rumor de que si se concedía el premio a ese escritor habría «consecuencias» para los que votaran a favor del poemario.

A estas alturas, muchos lectores ya habrán identificado esta historia ampliamente conocida como el tristemente célebre «caso Padilla», el cual, además de generar fuertes tensiones dentro de la isla entre los intelectuales y el régimen, provocó dos hechos memorables en la historia de la literatura, si bien por causas opuestas.

Por un lado, convocó la que probablemente haya sido una de las listas más largas de escritores —entre los que se encontraban nombres como Susan SontagJean-Paul SartreSimone de BeavoirLuis GoytisoloCarlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y otros escritores de reconocido prestigio a nivel mundial—, que firmaron un manifiesto para mostrar su apoyo a Padilla y, de paso, defender la libertad de expresión y la autonomía de los creadores.

Por otro lado, y aunque este hecho solo se menciona en el libro por encima, sembró la «manzana de la discordia» entre los integrantes del llamado «boom» de la literatura hispanoamericana, separando en dos bandos irreconciliables a sus miembros más conspicuos: el bando que siguió apoyando a la revolución, aunque con reticencias más o menos explícitas, formado por Julio Cortázar y Gabriel García Márquez; y el bando que rompió inmediatamente su compromiso con ella, integrado por Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa.

Manuel Díaz Martínez formó parte de aquel jurado y, a pesar de las presiones institucionales y de los consejos de los amigos, votó por el poemario de Padilla, que fue elegido ganador por unanimidad.

Del «realismo socialista» al «socialismo realista».

El segundo momento álgido se produce en 1971, tres años después del fallo del premio, con el acto de arrepentimiento escenificado por Padilla para inculparse a sí mismo y a sus compañeros de letras por los «errores» contra la revolución cometidos en el pasado. Ni que decir tiene que aquello no fue más que una farsa orquestada por el régimen digna del mejor dramaturgo, para lavarse la cara ante la opinión internacional y, de paso, desacreditar públicamente a sus opositores más acérrimos.

Tampoco hará falta señalar que entre los nombres de aquellos compañeros mencionados por Padilla en su ejercicio de «autocrítica» —resultan grotescos los eufemismos que utilizan las dictaduras para maquillar sus atropellos— se encontraba el de su amigo Manuel Díaz Martínez, quien, a su vez, en aquel mismo acto, culpó de todo aquel desafuero a la dirigencia política por no haber sabido propiciar un diálogo edificante entre ellos y los intelectuales.

En medio de toda aquella «caza de brujas», merece la pena señalar el férreo blindaje que instalan los secuaces del régimen alrededor de Díaz Martínez y de su quehacer literario: de su labor como periodista, después de haber sido destituido de su cargo como director de un importante periódico; de su activismo como poeta, tras haber sido apartado de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC); e incluso, de su propia vocación de poeta, al haber sido confinado a una vida semiclandestina y casi anónima durante más de dieciséis años, sin poder publicar sus libros ni firmar los artículos que escribía ni participar en los actos literarios que se organizaban tanto dentro como fuera de las fronteras de su país.

Seguramente, como él mismo lo ha expresado en varias ocasiones, aquel período de su vida posiblemente fue la constatación más palpable de que una cosa era el «realismo socialista» y otra muy distinta el «socialismo realista».

Camino del exilio.

El tercer y último episodio en esta historia de represión se centra en los actos de repudio que comenzaron a sufrir, en el año 1991, los firmantes de la «Carta de los Diez», una declaración en la que un grupo de intelectuales cubanos de La Habana pedían al gobierno un proceso de diálogo, con la participación de representantes de todas las corrientes ideológicas, con el objetivo de llegar a un consenso sobre las posibles salidas a la crisis nacional.

Aquel texto insistía en los problemas de la nación —algo que la oficialidad del régimen no estaba dispuesta a admitir—, y reclamaba la realización de un referéndum democrático —una opción descartada de plano—, al tiempo que apostaba por el pluralismo político, la libertad de prensa y el respeto a los derechos civiles. De nuevo, el nombre de Manuel Díaz Martínez figuraba entre los incluidos al pie de aquella declaración.

A partir de ahí se volvieron sistemáticos contra muchos de aquellos firmantes los actos de repudio, ejecutados abiertamente o de forma subrepticia, fomentados de manera directa o simplemente tolerados por el régimen: se estrechaba el cerco sobre los intelectuales, se alimentaban las presiones y las humillaciones, se fomentaban las vejaciones.

De todo ello da cuenta Díaz Martínez no solo en esta autobiografía, sino también en un artículo publicado fuera de las fronteras de Cuba, en el periódico El País, «Crónica de un delito anunciado», que denuncia lo que era un secreto a voces para la comunidad internacional desde hacía mucho tiempo: la persecución política y el escarnio público como prácticas habituales del régimen.

El ambiente plagado de tensiones y de desesperanza que se instaló después de la «Carta de los Diez» significó para Manuel Díaz Martínez la decisión de partir al exilio. Tras una breve estancia en la ciudad de Cádiz en el año 1992, Díaz Martínez recaló en Gran Canaria, otra isla igual que la suya, también bañada por el Atlántico. Quién sabe si para ahorra las nostalgias de la distancia.

2011-08-13

[Tomado del blog Viaje a Ítaca.]

Crímenes de lesa humanidad en Cuba

Crean la Comisión Internacional para la Fiscalización de los Crímenes de Lesa Humanidad del Régimen Castrista

(DIARIO DE CUBA, 27/3/2017) Dirigentes políticos y activistas de derechos humanos de diferentes países latinoamericanos dieron a conocer la conformación de una Comisión Internacional para la Fiscalización de los Crímenes de Lesa Humanidad del Régimen Castrista, según informa la web de la Comisión.

Esta iniciativa surge “en el contexto de un aumento significativo de la represión en las últimas semanas en Cuba, con arrestos, requisas y allanamientos de activistas por toda la Isla, pero sobre todo en la zona oriental”.

La Comisión estará encabezada por el abogado y profesor mexicano René Bolio y contará con la participación de la activista de derechos humanos costarricense María de los Milagros Méndez, con el ingeniero y dirigente político peruano Jorge Villena, con el presidente de la Junta Patriótica Dominicana Hipólito Ramírez, con el dirigente político uruguayo Martin Elgue y con el concejal venezolano y líder estudiantil Martín Paz.

“La Comisión se dedicará en su primera etapa a documentar, investigar y organizar el cúmulo de evidencias existentes sobre la más longevas de todas las dictaduras latinoamericanas, un feroz estado totalitario que ha oprimido a su pueblo para perpetuarse en el poder por casi seis décadas, algo incompatible con la misma esencia de los valores de la comunidad internacional”, señaló René Bolio.

“En la segunda etapa, después de quedar plenamente organizado el trabajo de la Comisión, abogaremos a nivel nacional e internacional por la creación de un Tribunal Internacional para Fiscalizar los Crímenes de Lesa Humanidad del Régimen castrista”, agregó.

De acuerdo con Hipólito Ramírez, “el trabajo de esta Comisión debe servir de claro aviso a los militares cubanos de que no participen en la represión, de que no apoyen a los que dan órdenes inmorales”.

“Quisiera dedicar el trabajo de esta Comisión al joven Mario Manuel de la Peña, piloto voluntario de Hermanos al Rescate que fue asesinado con otros tres compañeros el 24 de febrero de 1996 por el régimen castrista.  Es más, propondré que la Comisión Fiscalizadora lleve su nombre”, añadió Ramírez.

Por su parte, María de los Milagros Méndez precisó que pretenden “organizar audiencias públicas en diferentes capitales sobre lo acontecido en materia de violación de los derechos humanos en Cuba durante los últimos 57 años”.

“Creo que los militares cubanos tienen que decidir entre perpetuar la represión o dar paso a una transición pacífica a la democracia y la justicia”, añadió.

Asimismo señalaron que contactarán con los representantes de la sociedad civil cubana tanto dentro como fuera de la Isla.

Los integrantes de la Comisión anunciaron que próximamente celebrarán una rueda de prensa donde especificarán detalladamente los pormenores del trabajo futuro de la Comisión.

En internet ya se encuentra disponible el sitio para la Comisión.