20 de mayo, una fecha por restablecer

Dimas Castellanos, La Habana
(DIARIO DE CUBA, 20/5/2017) El 20 de 1902, a pesar de las limitaciones impuestas por la Enmienda Platt, Cuba se incorporó con personalidad propia al concierto de naciones libres e independientes.
Los antecedentes de las limitaciones databan del siglo XIX:
  1. la notificación de Thomas Jefferson a Inglaterra en 1805: en caso de guerra con España, EEUU se apoderaría de Cuba por necesidades estratégicas
  2. la política de la fruta madura, formulada por John Quincy Adams en 1823: “Cuba, una vez separada de España y rota la conexión artificial que la liga con ella tiene que gravitar necesariamente hacia la Unión Norteamericana”
  3. la Doctrina Monroe: “América para los americanos”, lo que significaba que Europa no podía invadir ni tener colonias en el continente, en 1823
  4. las palabras del presidente Grover Cleveland en 1896: “Cuando se haya demostrado la imposibilidad por parte de España de dominar la insurrección habrá llegado entonces el momento de considerar si nuestras obligaciones a la soberanía de España, han de ceder el paso a otras obligaciones más altas”.
En 1998 se conformó un escenario favorable para las políticas mencionadas. Después de tres años de guerra, España no había podido contener la campaña del ejército independentista y el 15 de febrero de ese año explotó el acorazado Maine en la bahía habanera.
El 25 de marzo el presidente McKinley exigió a España un armisticio con los insurrectos; el 11 abril pidió autorización al Congreso para intervenir en Cuba; el 20 de abril se aprobó la Resolución Conjunta, que autorizaba la intervención pero reconocía que “Cuba era, y de derecho debía ser, libre e independiente”el25 de abril se declaró la guerra y el 16 de julio se rindió la plaza.
El 10 de diciembre España y EEUU firmaron el Tratado de París sin hacer mención a la Resolución Conjunta. Y el 1 de enero de 1899 el general John R. Brook tomó posesión de la Isla.
En julio de 1900 se convocaron las elecciones para designar los delegados a la Convención Constituyente que redactaría la Constitución de la República. El 5 de noviembre, en la apertura, el gobernador militar expresó a los delegados: “Será vuestro deber, en primer término, redactar y adoptar una constitución para Cuba y, una vez terminada esta, formular cuáles deben ser, a vuestro juicio, las relaciones entre Cuba y EEUU”.
El 11 de febrero de 1901 quedó redactado el texto constitucional y al día siguiente se designó la Comisión para formular las relaciones con EEUU, la cual recibió del secretario de la Guerra Eliu Root las instrucciones a tener en cuenta. La Comisión las consideró inaceptables porque vulneraban la independencia y la soberanía de Cuba y el 27 de febrero entregó el informe a las autoridades norteamericanas. El 2 de marzo el gobernador militar emitió una nota rechazando la decisión cubana.
En una nueva ronda de discusiones se aprobaron las instrucciones: 15 votos contra 14, pero con objeciones, cada una de las cuales —como apunta Emilio Roig de Leuchsenring en su Historia de la Enmienda Platt— tenía el valor y la significación de una protesta. La decisión se entregó el 5 de junio y también fue rechazada.
De forma paralela a estos hechos, el Senado estadounidense aprobó un proyecto de ley presentado por el senador Orville H. Platt, cuyo texto contenía las instrucciones que el secretario de Guerra había hecho llegar a la Comisión. Entonces, la Enmienda Platt convertida en ley se entregó a los delegados con una nota que decía: “siendo un estatuto acordado por el Poder Legislativo, el presidente de EEUU está obligado a ejecutarlo y ejecutarlo tal como es como condición para cesar la ocupación militar”. Y agregaba: “No puede cambiarlo ni modificarlo, añadirle o quitarle”.
Entonces, sin debate, se aprobó la Enmienda Platt: 16 votos contra 11, la cual refrendó el derecho de EEUU a intervenir en Cuba, omitió la Isla de Pinos del territorio nacional e impuso la venta o arrendamiento de tierras para bases navales.
Rechazarla, con el país ocupado, el Ejército Libertador desmovilizado, el Partido Revolucionario Cubano disuelto, la nación sin cristalizar, la economía sumida en la ruina y el pueblo agotado y hambriento, implicaba la ocupación indefinida y en consecuencia el reinicio de la guerra.
Con la Constitución de 1901 la historia constitucional de los derechos civiles y políticos tomó cuerpo en Cuba. En las primeras elecciones resultó electo por el voto popular Tomás Estrada Palma, quien había sido presidente de la República en Armas.
El 20 de mayo de 1902, Máximo Gómez con varios generales del Ejército Libertador, Leonard Wood con su estado mayor, y el presidente electo con su consejo de secretarios, se reunieron en el salón de recepciones del Palacio de los Capitanes Generales para la ceremonia de traspaso de poder del Gobierno interventor al Gobierno cubano. En ese momento la República en Armas, que emergió el 10 de abril de 1869 con la Constitución de Guáimaro, desembocó en la República de Cuba con la Constitución de 1901.
En el acto el gobernador Wood leyó un mensaje del presidente de EEUU, pronunció una breves palabras y ordenó que se izara la bandera cubana en la azotea del Palacio de los Capitanes Generales, devenido Palacio Presidencial. El generalísimo Máximo Gómez procedió al izaje y ebrio de emoción exclamó: “¡Creo que hemos llegado!”. Seguidamente, el general Emilio Núñez, gobernador de La Habana, junto al vigía del Morro, la izó en esa fortaleza.
Todo el país celebró la fiesta. En La Habana se desarrolló en el Palacio de los Capitanes Generales y en la explanada del Morro. Por la noche, veladas culturales y fuegos artificiales. La fecha se incorporó al panteón de efemérides nacionales. El 20 de mayo pasó a ocupar un lugar junto al 10 de octubre, al 24 de febrero, al 28 de enero y al 7 de diciembre.
A pesar de la independencia incompleta y la soberanía limitada, se retiraron los ocupantes y se le cerró el paso a la anexión. Se recobró la soberanía sobre Isla de Pinos. En menos de 20 años Cuba salió de la postración económica. Se inició la modernización tecnológica y científica. Se abrogó la Enmienda Platt en 1934. Se dictó en 1937 la legislación laboral más avanzada que Cuba ha tenido hasta hoy. Se redactó y se puso en vigor la avanzada Constitución de 1940, que sirvió al Dr. Fidel Castro para fundamentar su defensa en el juicio por el asalto al cuartel Moncada.
Esa fecha dejó de celebrarse a partir de 1963. A la misma se le atribuyeron todos los males de la nación, se despojó de su simbolismo y se intentó borrar de la historia. Por ejemplo, el historiador Rolando Rodríguez, ha planteado que “el 20 de mayo no podía recordarse como el día de surgimiento de la República porque ella había comenzado en Guáimaro el 10 de abril de 1869…. Es ahí donde está el origen de la República cubana”.
Guáimaro fue el momento en que se inició el proceso que el 20 de mayo de 1902 devino realidad la república real, no la soñada. Si desde esas condiciones no hemos sido capaces ni antes ni después de 1959 de avanzar gradualmente hacia la república martiana —igualdad de derecho de todo el nacido en Cuba, espacio de libertad para la expresión del pensamiento y economía diversificada en manos de muchos pequeños propietarios—, no es responsabilidad del 20 de mayo de 1902 ni de la Convención Constituyente, sino de las generaciones posteriores incluyendo la presente. Reivindiquemos, pues, el 20 de mayo, con los principios de la república martiana.

Los 10 peores países en cuanto a libertad de prensa

(DDC, Washington, 28/4/2017) Freedom House colocó a Cuba entre los diez peores países del mundo en cuanto a libertad de prensa, según recogió en su informe anual.
El informe evalúa el grado de libertad de prensa en 199 países y territorios, a los que otorga una puntuación entre el 0 (máxima libertad) y el 100 (mínima), lo que sirve de base para determinar si tienen prensa “libre” (31% de los países), “parcialmente libre” (36%) o “no libre” (33%).
La Isla entró en la clasificación de países de prensa no libre, obtuvo 91 puntos (de 100) y ocupó el puesto sexto, compartido con Guinea Ecuatorial, entre los diez peores sitios del mundo.
Los diez países y territorios del mundo con menos libertad de prensa son Corea del Norte (con 98 puntos), Turkmenistán (98), Uzbekistán (95), Crimea (94), Eritrea (94), Cuba (91), Guinea Ecuatorial (91), Azerbaiyán (90), Irán (90) y Siria (90).
La nota media global en libertad de prensa de 2016 fue 49,40, la peor desde 2004, 13 años en los que la situación ha ido en declive informe tras informe con un ligero repunte en 2011 y 2012.
El informe de Freedom House destaca dentro de su balance regional la situación de la Isla.
“Aunque Cuba sigue siendo uno de los entornos mediáticos más cerrados en el mundo, en 2016 surgieron varios nuevos sitios de noticias en la Isla y otros más establecidos ampliaron su alcance. En respuesta, las autoridades intensificaron las detenciones y la intimidación de periodistas críticos, se apoderaron de sus materiales y evitaron que algunos viajaran al extranjero a entrenamientos o conferencias. Sin embargo, el régimen no pudo impedir una mejora en el alcance y la calidad de la información disponible”, apunta Freedom House.
En general, señala EFE, la libertad de prensa en el mundo cayó en 2016 a su punto más bajo en 13 años con “amenazas sin precedentes” en países hasta ahora “modelo” como EEUU y marcados retrocesos en Polonia, Bolivia, Turquía y Serbia.
El declive se debe también al aumento de la represión en los estados autoritarios y a los movimientos de Rusia y China para tener más influencia fuera de sus fronteras, concluye este estudio que se presenta este viernes en el “Newseum” de Washington, el museo de la prensa.
En los pasados días, Reporteros Sin Fronteras colocó a la Isla en el puesto 173 de su lista de 180 países y señaló que el deterioro de la libertad de prensa en Cuba es “muy serio”.

Un poeta en tiempos de revolución

MDM foto Nieves

Manuel Díaz Martínez. (Foto: Nieves Delgado.)

«El deseo de indagar y el ansia de descubrir me han conducido a la poesía, a la cual me ata mi insatisfacción del mundo. Debo el hábito de volcarme en la palabra a la presunción de ser libre y contribuir a la libertad cuando escribo. Es que siento y ejerzo la poesía como una liberación —sin desafío, sin heroísmo, sin ambiciones: una auténtica liberación».  Manuel Díaz Martínez, Sólo un leve rasguño en la solapa.

Rubén Benítez Florido

Decía Gabriel García Márquez al comienzo de sus memorias que «la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla». Y esto es, precisamente, lo primero que le viene a uno a la cabeza al terminar de leer la autobiografía de Manuel Díaz MartínezSólo un leve rasguño en la solapa, un compendio de recuerdos personales marcados por lo mejor y lo peor de la revolución cubana.

Lo mejor, porque Díaz Martínez perteneció a esa generación de cubanos que no dudaron en abrazar la llegada de la revolución como un nuevo horizonte frente a los desmanes anteriores, en la época de Batista. Y lo peor, porque no tardó en padecer la cara más siniestra de aquel movimiento revolucionario —que posteriormente acabó convirtiéndose en una férrea dictadura— en el que buena parte de la población había depositado sus esperanzas de cambio.

Pero antes de llegar al momento de los sueños rotos y la decepción, en los primeros capítulos de sus memorias, se despliega el tiempo color sepia de la infancia: el recuerdo amable y nostálgico de sus padres y de sus abuelos, de las casas en las que transcurrió su niñez en compañía de su familia.

Llevados de la mano por la habilidad de un cronista consumado, también asistimos al tiempo aventurero de la juventud, en el que parece que el mundo todavía está por hacer y que todo es posible por el mero hecho de desearlo. En este punto de la narración ya hay detalles de lo que va a ser uno de los ejes vertebradores en la vida de Díaz Martínez: su anhelo inquebrantable de saber, la voluntad de contemplar la existencia con la mirada puesta en los detalles.

La poesía como búsqueda.

En el centro de ese afán de conocimiento, se encuentra la creación de un lenguaje poético que consiga dar cuenta de una realidad pluriforme y cambiante, siempre estimulante.

«Creo que la poesía no es un mundo aparte, sino una parte del mundo. Y pienso que la grandeza de un poeta estriba en la fuerza reveladora del idioma con que responde a la provocación de las cosas, en la amplitud de su capacidad de respuesta a los infinitos estímulos con que las infinitas cosas lo acosan», podemos leer en uno de los párrafos de estas memorias que traza una poética improvisada, la concepción que tiene el poeta tanto de su quehacer cotidiano como de la lucha que entabla con el lenguaje en esa búsqueda de la palabra exacta.

El poeta no puede dejar nunca de serlo, ni siquiera cuando temporalmente deja de fagocitar versos para escribir su autobiografía. Se nota en el estilo pulcro y conciso que utiliza para narrar lo acontecido, lejos de superficialidades, de digresiones gratuitas que conduzcan al lector por senderos que no son los imprescindibles. Se nota en los párrafos trabajados con la pericia de un escultor que consigue esculpir a través de palabras las imágenes que se le agolpan en la cabeza.

Habría que señalar tres características en el estilo de Díaz Martínez que lo convierten en un poeta muy accesible, a la manera de Ángel González o Luis García Montero, con una manera de expresar muy a pie de calle, que tiene la virtud de humanizar todo lo que cuenta.

La primera es un sentido del humor sabiamente repartido a lo largo del texto, a menudo camuflado en una socarronería implícita. Además de fomentar el juego literario con el lector, podría inferirse que la utilización de esta fina ironía responde a la necesidad del autor de tomar una cierta distancia frente a los hechos que describe; también de parapetarse ante las decepciones del mundo.

La segunda característica llamativa es el tono conversacional del libro. Quizás por haber crecido su obra al abrigo de la revolución, con su acentuada defensa de un estilo accesible para los lectores de cualquier condición, lo cierto es que su prosa responde fielmente al mandato de «escribir para la vida». Una prosa nada hermética ni ensimismada en sus propias mieles, sino al servicio de todo aquel que desee acercarse a ella.

Como última característica, cabría destacar el recurso constante a la anécdota, que permite descargar al texto de un dramatismo excesivo, sobre todo durante la descripción de los acontecimientos más luctuosos de la persecución política.

Y es que como buen cubano, caribeño al fin y al cabo, Díaz Martínez no desaprovecha ninguna ocasión para colar un chascarrillo, alguna anécdota jugosa, a menudo con un punto provocativo, cada vez que las circunstancias lo requieren. Y en este libro, como se verá a continuación, hay muchas que así lo aconsejan.

El «caso Padilla».

Como una liberación interior, pero también como una forma de consolidar el espacio de la libertad. Podría decirse que así es como concibe Díaz Martínez su vocación, su idea del oficio: «Lo del poeta es crear su propio código desde la libertad, a partir de sus convicciones y dudas, de sus esperanzas y temores, y ponerlo en el mundo como se pone en circulación una moneda».

Heberto Padilla foto

Heberto Padilla. (Foto:  Vasco Szimetar.)

En este sentido, Sólo un leve rasguño en la solapa no es solo un testimonio personal, sino también, y lo que no es menos importante —sobre todo en los tiempos que corren, con el fantasma de los totalitarismos campando a sus anchas en el escenario político de todo el globo—, una reflexión acerca de la opresión en los estados autoritarios.

Para el caso, poco importa discutir si el gobierno de esos Estados son de izquierdas o de derechas, pues no se trata de hacer proselitismo político, sino de denunciar que cuando se radicalizan, ambos modelos de Estado acaban siempre con el mismo resultado: la supresión radical de las libertades individuales.

Si hubiese que elegir, de entre todos los sucesos relatados en el libro, aquellos en los que el régimen castrista mostró su versión más deplorable y siniestra, seguramente estaríamos persuadidos de señalar los siguientes como los tres más estremecedores.

El primero de ellos ocurre cuando Díaz Martínez forma parte de un jurado de poesía y la ortodoxia del régimen intenta, primero alejarlo de ese jurado alegando todo tipo de pretextos, y luego coaccionarlo para que no votase a favor el poemario que a todas luces se sabía ganador por su calidad literaria.

El motivo aducido por los funcionarios del régimen en aquella ocasión —que posteriormente se convertiría en una de las más célebres debido a su repercusión internacional— era que el jurado iba a premiar a un escritor supuestamente contrarrevolucionario.

Corría el año 1968 y los «cuadros» del régimen se mostraban tan nerviosos como asustados por el ambiente de apertura política que se estaba propagando en algunas repúblicas controladas por el bando soviético y que desembocó en actitudes abiertamente desafiantes como la «Primavera de Praga».

Con la intención de impedir posibles conatos de desobediencia, o simplemente movidos por una sospecha paranoica, poco antes del fallo del premio literario, los altos cargos del régimen dirigidos por Raúl Castro —en la actualidad primer mandatario de la nación—, hicieron circular el rumor de que si se concedía el premio a ese escritor habría «consecuencias» para los que votaran a favor del poemario.

A estas alturas, muchos lectores ya habrán identificado esta historia ampliamente conocida como el tristemente célebre «caso Padilla», el cual, además de generar fuertes tensiones dentro de la isla entre los intelectuales y el régimen, provocó dos hechos memorables en la historia de la literatura, si bien por causas opuestas.

Por un lado, convocó la que probablemente haya sido una de las listas más largas de escritores —entre los que se encontraban nombres como Susan SontagJean-Paul SartreSimone de BeavoirLuis GoytisoloCarlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y otros escritores de reconocido prestigio a nivel mundial—, que firmaron un manifiesto para mostrar su apoyo a Padilla y, de paso, defender la libertad de expresión y la autonomía de los creadores.

Por otro lado, y aunque este hecho solo se menciona en el libro por encima, sembró la «manzana de la discordia» entre los integrantes del llamado «boom» de la literatura hispanoamericana, separando en dos bandos irreconciliables a sus miembros más conspicuos: el bando que siguió apoyando a la revolución, aunque con reticencias más o menos explícitas, formado por Julio Cortázar y Gabriel García Márquez; y el bando que rompió inmediatamente su compromiso con ella, integrado por Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa.

Manuel Díaz Martínez formó parte de aquel jurado y, a pesar de las presiones institucionales y de los consejos de los amigos, votó por el poemario de Padilla, que fue elegido ganador por unanimidad.

Del «realismo socialista» al «socialismo realista».

El segundo momento álgido se produce en 1971, tres años después del fallo del premio, con el acto de arrepentimiento escenificado por Padilla para inculparse a sí mismo y a sus compañeros de letras por los «errores» contra la revolución cometidos en el pasado. Ni que decir tiene que aquello no fue más que una farsa orquestada por el régimen digna del mejor dramaturgo, para lavarse la cara ante la opinión internacional y, de paso, desacreditar públicamente a sus opositores más acérrimos.

Tampoco hará falta señalar que entre los nombres de aquellos compañeros mencionados por Padilla en su ejercicio de «autocrítica» —resultan grotescos los eufemismos que utilizan las dictaduras para maquillar sus atropellos— se encontraba el de su amigo Manuel Díaz Martínez, quien, a su vez, en aquel mismo acto, culpó de todo aquel desafuero a la dirigencia política por no haber sabido propiciar un diálogo edificante entre ellos y los intelectuales.

En medio de toda aquella «caza de brujas», merece la pena señalar el férreo blindaje que instalan los secuaces del régimen alrededor de Díaz Martínez y de su quehacer literario: de su labor como periodista, después de haber sido destituido de su cargo como director de un importante periódico; de su activismo como poeta, tras haber sido apartado de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC); e incluso, de su propia vocación de poeta, al haber sido confinado a una vida semiclandestina y casi anónima durante más de dieciséis años, sin poder publicar sus libros ni firmar los artículos que escribía ni participar en los actos literarios que se organizaban tanto dentro como fuera de las fronteras de su país.

Seguramente, como él mismo lo ha expresado en varias ocasiones, aquel período de su vida posiblemente fue la constatación más palpable de que una cosa era el «realismo socialista» y otra muy distinta el «socialismo realista».

Camino del exilio.

El tercer y último episodio en esta historia de represión se centra en los actos de repudio que comenzaron a sufrir, en el año 1991, los firmantes de la «Carta de los Diez», una declaración en la que un grupo de intelectuales cubanos de La Habana pedían al gobierno un proceso de diálogo, con la participación de representantes de todas las corrientes ideológicas, con el objetivo de llegar a un consenso sobre las posibles salidas a la crisis nacional.

Aquel texto insistía en los problemas de la nación —algo que la oficialidad del régimen no estaba dispuesta a admitir—, y reclamaba la realización de un referéndum democrático —una opción descartada de plano—, al tiempo que apostaba por el pluralismo político, la libertad de prensa y el respeto a los derechos civiles. De nuevo, el nombre de Manuel Díaz Martínez figuraba entre los incluidos al pie de aquella declaración.

A partir de ahí se volvieron sistemáticos contra muchos de aquellos firmantes los actos de repudio, ejecutados abiertamente o de forma subrepticia, fomentados de manera directa o simplemente tolerados por el régimen: se estrechaba el cerco sobre los intelectuales, se alimentaban las presiones y las humillaciones, se fomentaban las vejaciones.

De todo ello da cuenta Díaz Martínez no solo en esta autobiografía, sino también en un artículo publicado fuera de las fronteras de Cuba, en el periódico El País, «Crónica de un delito anunciado», que denuncia lo que era un secreto a voces para la comunidad internacional desde hacía mucho tiempo: la persecución política y el escarnio público como prácticas habituales del régimen.

El ambiente plagado de tensiones y de desesperanza que se instaló después de la «Carta de los Diez» significó para Manuel Díaz Martínez la decisión de partir al exilio. Tras una breve estancia en la ciudad de Cádiz en el año 1992, Díaz Martínez recaló en Gran Canaria, otra isla igual que la suya, también bañada por el Atlántico. Quién sabe si para ahorra las nostalgias de la distancia.

2011-08-13

[Tomado del blog Viaje a Ítaca.]

Crímenes de lesa humanidad en Cuba

Crean la Comisión Internacional para la Fiscalización de los Crímenes de Lesa Humanidad del Régimen Castrista

(DIARIO DE CUBA, 27/3/2017) Dirigentes políticos y activistas de derechos humanos de diferentes países latinoamericanos dieron a conocer la conformación de una Comisión Internacional para la Fiscalización de los Crímenes de Lesa Humanidad del Régimen Castrista, según informa la web de la Comisión.

Esta iniciativa surge “en el contexto de un aumento significativo de la represión en las últimas semanas en Cuba, con arrestos, requisas y allanamientos de activistas por toda la Isla, pero sobre todo en la zona oriental”.

La Comisión estará encabezada por el abogado y profesor mexicano René Bolio y contará con la participación de la activista de derechos humanos costarricense María de los Milagros Méndez, con el ingeniero y dirigente político peruano Jorge Villena, con el presidente de la Junta Patriótica Dominicana Hipólito Ramírez, con el dirigente político uruguayo Martin Elgue y con el concejal venezolano y líder estudiantil Martín Paz.

“La Comisión se dedicará en su primera etapa a documentar, investigar y organizar el cúmulo de evidencias existentes sobre la más longevas de todas las dictaduras latinoamericanas, un feroz estado totalitario que ha oprimido a su pueblo para perpetuarse en el poder por casi seis décadas, algo incompatible con la misma esencia de los valores de la comunidad internacional”, señaló René Bolio.

“En la segunda etapa, después de quedar plenamente organizado el trabajo de la Comisión, abogaremos a nivel nacional e internacional por la creación de un Tribunal Internacional para Fiscalizar los Crímenes de Lesa Humanidad del Régimen castrista”, agregó.

De acuerdo con Hipólito Ramírez, “el trabajo de esta Comisión debe servir de claro aviso a los militares cubanos de que no participen en la represión, de que no apoyen a los que dan órdenes inmorales”.

“Quisiera dedicar el trabajo de esta Comisión al joven Mario Manuel de la Peña, piloto voluntario de Hermanos al Rescate que fue asesinado con otros tres compañeros el 24 de febrero de 1996 por el régimen castrista.  Es más, propondré que la Comisión Fiscalizadora lleve su nombre”, añadió Ramírez.

Por su parte, María de los Milagros Méndez precisó que pretenden “organizar audiencias públicas en diferentes capitales sobre lo acontecido en materia de violación de los derechos humanos en Cuba durante los últimos 57 años”.

“Creo que los militares cubanos tienen que decidir entre perpetuar la represión o dar paso a una transición pacífica a la democracia y la justicia”, añadió.

Asimismo señalaron que contactarán con los representantes de la sociedad civil cubana tanto dentro como fuera de la Isla.

Los integrantes de la Comisión anunciaron que próximamente celebrarán una rueda de prensa donde especificarán detalladamente los pormenores del trabajo futuro de la Comisión.

En internet ya se encuentra disponible el sitio para la Comisión.

En el Día de los Padres

 

MDM foto papá y mamá

Mi madre, mi padre y yo. Parque Central, La Habana. 1939.

Mi padre, Juan Manuel Díaz Bello, nació en el poblado de La Isabel, en la provincia cubana de Matanzas, el 8 de marzo de 1909. Murió, con 92 años,  en Las Palmas de Gran Canaria. O sea, a mi lado en el exilio. En su juventud fue aprendiz de repostero en un café de Jovellanos y obrero en ingenios de azúcar. Después se dedicó al comercio de víveres en la ciudad de Santa Clara, donde nací.  Un día de 1939, con su mujer, su hijo y sus ahorros, se mudó a La Habana. Trabajó sin descanso en las bodegas que fue abriendo y cerrando por casi todos los barrios de la capital, hasta la ruina absoluta. Probó suerte fabricando tabacos en un chinchal que montó en La Habana Vieja. Su mejor cliente era un americano llamado Ernest Hemingway. Los sábados, casi siempre conmigo, iba a la finca del americano a llevarle los tabacos, que debían ser de capa clara y no debían tener anillas. Como a mi madre, lo atrajo la política. Fue guiterista y militó en la Joven Cuba y en el partido de Chibás. Durante la tiranía batistiana leyó libros de Lenin que le prestaron compañeros de trabajo. Con la revolución de Castro se afilió al Partido Comunista, y como miliciano combatió en Playa Girón. Cuando me castigaron por firmar la Carta de los Diez, ya se había esfumado su fe revolucionaria y, con su honestidad característica, devolvió el carnet del Partido. Lo devolvió exponiendo sus duras razones en una carta que pudo traerle malas consecuencias de no haber sido ya un pobre viejo jubilado. Hasta su último aliento se mantuvo fiel a una máxima que le gustaba repetir: los problemas existen para resolverlos. Se pasó la vida resolviendo problemas a los demás, y no conozco ninguno que él creara. Su bonhomía, su acogedora serenidad, su sentido dele humor y su natural desdén por lo superfluo lo premiaron, creo, con la larga vida que disfrutó. Hombre muy inteligente, siempre quiso saber. Aunque sus estudios se reducían a la cartilla y las cuatro reglas, tras jubilarse se dedicó, lupa en mano, a devorar libros. Paradiso, de Lezama, está entre los últimos que leyó en Canarias. Sin duda, Don Manuel, Manolo, fue mi mejor amigo y maestro de vida.

Reedición de un libro olvidado

Alberto Lamar libroHace pocos días presentaron en Miami la segunda edición de BIOLOGÍA DE LA DEMOCRACIA(*), libro polémico que se publicó en Cuba hace 90 años, provocando una borrasca política nacional. Su autor, Alberto Lamar Schweyer (Matanzas, 1902-La Habana, 1942), fue un brillante intelectual –ensayista, periodista, narrador– que abandonó los círculos de izquierda, donde había sobresalido (fue miembro del Grupo Minorista), y se convirtió, estigmatizado por sus viejos correligionarios, en consejero del general Gerardo Machado, dictador que ha pasado a la historia con dos apelativos que lo retratan implacablemente: “el Asno con Garras” y “el Mussolini Tropical”. (Sus paniaguados lo llamaban “el Egregio”.)  En su prólogo para la actual edición de BIOLOGÍA DE LA DEMOCRACIA, Ángel Velázquez Callejas dice que este libro “debe considerarse uno de los primeros documentos teóricos escritos por un intelectual cubano sobre el pensamiento de derecha”, y a su autor lo presenta, con sobrada razón, como “uno de los autores cubanos más conspícuos de las primeras décadas del siglo XX”. Este aserto se ve avalado por el hecho de que la Introducción de las célebres MEMORIAS de la Infanta de España doña Eulalia de Borbón lleva la firma de Lamar Schweyer.

(*) CreateSpace Independent Publishing Platform, enero, 2017.

Alberto Lamar foto

Alberto Lamar Schweyer

Margarita Aliguer: un recuerdo y un poema

margarita-aliguer-foto

En pleno apogeo del Caso Padilla, llegó a La Habana la poetisa soviética Margarita Aliguer. Llegó ansiosa por reunirse con poetas cubanos, y algunos nos vimos con ella una tarde en la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, entonces presidida por Nicolás Guillén. La visitante comenzó diciéndonos que en Moscú había leído informaciones acerca del conflicto entre el Gobierno de Fidel Castro y un grupo de intelectuales cubanos (entre los que estaba yo), acusados por aquel de contrarrevolucionarios. Nos confesó que estaba alarmada porque hallaba similitud entre lo que estaba ocurriendo en Cuba y la manera como se había iniciado la persecución stalinista a los intelectuales en la URSS. Margarita Aliguer, nacida en 1915 y fallecida en 1992, que fuera amante del novelista Alexander Fadéyev –notorio colaborador de Stalin cuando presidía la Unión de Escritores Soviéticos–, tenía razones para alarmarse. En este poema suyo (sin título), traducido por la poetisa argentina de origen bielorruso Natalia Litvinova, deja constancia del viacrucis que fue su vida.

Vivo en este mundo
con una bala en el corazón.
No voy a morir todavía.
La nieve cae.
No anochece.
Los niños juegan.
Uno puede llorar,
cantar canciones.

Pero no pienso ni llorar ni cantar,
vivimos en la ciudad y no en el bosque.
No olvidaré lo visto
y llevo en el corazón lo que conozco.

El invierno de Kazán, huidizo,
níveo y luminoso, pregunta:
– ¿Cómo vivirás?
– No sé.
– ¿Sobrevivirás?
No sé.
– ¿Cómo no te mató la bala?

Cerca del final pero aún viva,
quizá porque
en la lejana ciudad de Kamsky,
donde las noches son más claras por la nieve
y el frío audaz toma lo que considera suyo,
se ponen a hablar y a correr
mi felicidad y mi inmortalidad.

– ¿Cómo no te mató la bala,
cómo resististe su plomo de fuego?

Decidí seguir viviendo
cuando vi el final
acercarse a empujones calientes
y mi corazón me reveló
que algún día sabré contar
este sufrimiento en mis poemas.

– ¿Cómo no te mató la bala
o no te tumbó el golpe?

Si estoy viva
es porque cuando se agotaron mis fuerzas,
desde los paraderos lejanos
y los callejones sin salida, tapados con nieve,
detrás de las montañas, vi
a los tanques en movimiento,
y en los bosques
a las bayonetas erguidas,
advino,
empezó a brillar
el día de la victoria
rodeando la tierra con su ala.

Ese día fui abriéndome paso
a través de las desgracias
mías y ajenas.

(1941)