De mi archivo: “Notas sobre la vieja y la nueva generación” (1)

Virgilio Piñera

Alrededor de 1942 mi generación tenía treinta años, es decir los que ahora tiene –más o menos– la generación que está en la brecha. No estaría de más ver los puntos de contacto y las diferencias entre una y otra.

En 1933 –año de la caída de Machado, año igualmente de la Revolución traicionada y año de la represión anticomunista– nuestra generación apenas llegaba a la veintena. Cinco años más tarde hacíamos nuestra entrada en la literatura. Por cierto, una entrada tan precaria como precaria era la vida de la nación, consecuencia de los golpes bajos que la política y los políticos le habían propinado.

Nuestra generación se caracterizó por un total desapego de la política. Nos pusimos a la defensiva. Casi todo lo que pueda acusarse a un grupo de escritores desentendidos de la política, teníamos motivos de sobra para adoptar tal actitud. La Revolución había sido traicionada, Machado fue sustituido por algo infinitamente peor; vimos cómo, de la noche a la mañana, los sargentos pasaban a coroneles, la esperanza de una nacionalidad plenamente lograda hecha pedazos y, en su lugar, la regresión al subdesarrollo más escandaloso; finalmente, como carta única de ciudadanía, el “quítate tú pa’ ponerme yo”.

Ante esa contingencia cabían dos actitudes: luchar o desdeñar. Nosotros optamos por la segunda. A reserva de que la historia nos juzgue, voy a enjuiciar (en lo que pueda y con las naturales limitaciones y hasta parcialidades que implica ser actor del drama que se vivió) a nuestra generación.

He dicho que optamos por el desdén. Pensamos con toda honestidad (uno puede pensar en términos de honestidad y al mismo tiempo resultar deshonesto) que mezclarnos en la vida política sería tanto como contaminarnos con su pestilencia. Hicimos el siguiente cálculo: podemos comer mucho si pactamos; mal comer o pasar hambre si no pactamos. Si comemos mucho tendremos que pagar un precio elevado; por ejemplo, escribir sobre los políticos, justificar la dictadura, ser conformistas. Si nos decidimos por el hambre nos convertiremos en olvidados.

A pesar de la cara horrible del hambre, de la tentación de la “botella”, de las suculentas tajadas del jamón nacional, nuestro asco era tan profundo que elegimos el hambre, el desdén, el anonimato, la capilla y la muerte civil.

Depositamos entonces nuestra fe en realidades tales como la Literatura, lo Bello, lo Bueno, que por una rara paradoja eran, al mismo tiempo, tan sólo abstracciones. Resultaron serlo porque nos empeñamos en asumir esas categorías como escudo contra lo podrido, sin darnos cuenta de que un estado de cosas no se cambia con meros símbolos. Por su parte, el enemigo ni siquiera reparó en nuestro desafío inefable.

De la caída de Machado a Fidel Castro vimos desfilar a Batista, Mendieta, Miguel Mariano Gómez, Barnet, Grau San Martín, de nuevo Batista, Prío y otra vez Batista. Cualquier hijo de vecino sabe de memoria estos nombres y parecería ocioso citarlos. Sin embargo, para quienes padecimos esos desgobiernos la enumeración se connota con tintas más que sombrías. Cada cuatro años comprobábamos que el presidente en turno superaba en pillerías a su antecesor, con lo cual se acentuaba nuestro asco y desprecio por la politiquería y los politiqueros.

Salvo una o dos excepciones, nuestra generación no ocupó durante esos gobiernos cargos de confianza; no fuimos ministros, embajadores, jefes de despacho, periodistas espléndidamente embotellados, etc. Sería curioso hacer la historia de cómo la pasamos en esos años de ostracismo. Por ejemplo, Lezama fue un empleado subalterno de la Cárcel de La Habana por once años; Portocarrero arañaba la tierra para vivir; Oscar Hurtado vendía pescado en la Plaza del Vapor; Cundo Bermúdez era agente de máquinas de escribir; yo viví doce años en Buenos Aires como empleado administrativo del Consulado de Cuba con un haber mensual de quince dólares.

Todo eso era un duro sacrificio, pero al mismo tiempo eludíamos la confrontación con la insoslayable realidad que es el fenómeno político. Por huir de esa realidad atroz contribuíamos, sin percatarnos de ello, a perpetuarla. Pero es que la política cubana nos producía náuseas y el peor insulto que se nos podía infligir era recordárnosla. Nosotros habíamos cortado una especie de nudo gordiano: los políticos hacen la política. Nosotros hacemos la literatura. Esta conclusión no la habíamos sacado ex nihilo. Siempre que veíamos la entrada en política de un escritor no fallábamos en nuestra presunción: al poco tiempo estaba pegado al jamón con las consiguientes traiciones y componendas. Por ejemplo, la posición de Mañach siempre nos dio mala espina; lo estimábamos como escritor pero lo desdeñábamos como político.

Todo ello nos fue haciendo ver la vida de la nación sub especie literaturae. En las distintas revistas surgidas por esos años nunca apareció en ellas una sección dedicada a examinar la vida política del país. A nosotros sólo nos importaba la vida y el quehacer literario por sí mismos, y más que eso, nos encantaba; era como un anestésico contra la podredumbre. De hecho, estábamos ayudando al régimen dictatorial en turno, de acuerdo con el refrán de “el que calla otorga”.

Por supuesto teníamos plena conciencia de que el país marchaba hacia el desastre, pero ignorábamos cómo tomar posiciones definidas para atacar a los expoliadores. Además, todo lo dábamos de antemano por perdido. Llegó un momento en que fuimos tan indiferentes que lindamos con el elegante pero pernicioso cinismo. No lo decíamos, pero lo dejábamos ver en nuestra actitud: “Allá ellos, que hagan mangas y capirotes; nosotros no estamos metidos en ese pastel”. A propósito: recuerdo que con motivo del famoso enjuague en el Senado por el negociazo de los Bonos y cuyo resultado ulterior fue la fuga espectacular de Alonso Pujol llevándose varios millones de pesos, un escritor checo-francés que por ese entonces residía en La Habana, me dijo indignado: “Eso no es otra cosa que un acto de gangsterismo. Ustedes, los escritores, ¿no piensan protestar?” Mi respuesta ni siquiera fue: “¿Y para qué?… Sería como arar en el mar…” Si esa hubiera sido mi respuesta supondría cierta voluntad de protesta. Pero no, la mía, mi respuesta, fue aún más pobre, más negativa, más indiferente: “¡Y qué me importa! Eso es política y yo nada tengo que ver con la política”.

A tales desatinos, a tales insensateces nos había llevado la frustración sucesiva y dolorosa de la nacionalidad ofrecida como ramera en la plaza pública. Respuestas como ésa mía eran tan monstruosas como el crimen que se cometía día a día. Y contradictoriamente, si la daba, era porque precisamente me atormentaba la sola idea de verme, como el politiquero, convertido en monstruo, que sólo tenía de humano la conformación física.

Por otra parte, como nos dolía el drama de Cuba y como debíamos expresarnos como escritores, reflejábamos a nuestra manera ese drama en nuestras obras. Huyendo de la literatura panfletaria (teníamos una idea muy errada del panfleto, lo igualábamos al pasquín electoral) fundamentábamos nuestra protesta en una literatura que llamaría, forzando un tanto el término, “abstraída”, es decir una literatura que eludía los primeros planos de la cruda realidad para darla pasada por un tamiz diez veces más fino. Por ejemplo, un cuento mío –La Carne– no es otra cosa que la protesta por los envíos de nuestras reses a Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, pero es, conjuntamente, una protesta sin eficacia inmediata. Un censor oficial no lo habría puesto en el index, a lo sumo reputaría de loco a su autor, y por tal pasé en el periódico Información por uno de estos cuentos allí publicados. De paso diré que estoy muy satisfecho de haberlo escrito partiendo de esa vilipendiada literatura del absurdo que es tan realista como la realista. Pero no es esto lo que quiero destacar. Sí diré, en cambio, que su alcance, dentro del reducido ámbito cultural cubano de ese entonces, sólo llegó a los pocos que estaban en condiciones de apreciarlo. ¿Quiere esto decir que erramos el golpe, que dejando de escribir los textos apropiados perdíamos contacto con la masa, o algo aún peor, que nunca lo establecimos? Estas imputaciones pueden hacérsele al escritor cuando se habla en términos de país desarrollado que cuenta con escritores organizados como clase, con masa organizada y con órganos de difusión organizados. Por lo contrario, en la Cuba de que hablo no se daban esas condiciones. Las únicas existentes eran las de “sálvese quien pueda” y “cada uno que tire por su lado”. Claro está, se salvaban los que detentaban el poder, y el resto tiraba por su lado por puro instinto de conservación. El nuestro hizo hincapié en la incontaminación a fin de preservar la obra, obra que, para confirmar el estado de cosas existente, ni siquiera era apreciada por los “happy few”, pues para ellos Arte y Literatura resultaban categorías absolutamente vedadas. Y tampoco para la masa, que desconocía el abecé de la literatura, extremo éste que, para completar el cuadro, se avenía ajustadamente con nuestro desconocimiento del abecé de las doctrinas políticas y sociales.

(Continuará)

El silencio que es este país

Teódulo López Meléndez, Caracas.

Hemos llegado a la disolución del lenguaje en el pozo séptico de la mentira. El país está mudo porque la palabra es apenas un ruido estrambótico, un extraño sonido gutural que nada significa ni nada pretende, a no ser eso mismo, ruido. Parecemos una sociedad que involuciona tan aceleradamente que reduce sus formas de expresión a los signos más elementales y a los murmullos inarticulados. Podríamos exagerar diciendo que nuestro retroceso es tan pronunciado que pronto intentaremos los mensajes indispensables mediante movimientos de las manos señalando objetos o tal vez con movimientos insonoros de los labios que cual pico abultado señala aquello que antes identificábamos con palabras.

Estamos reduciendo el proceso lógico de la mente a pocas frases aún articuladas como latiguillos, como por ejemplo, “eso es culpa del imperio”. El empobrecimiento del lenguaje ha llegado a los extremos de cortar la articulación que solíamos llamar pensamiento. Ya no hilvanamos frases, ya no identificamos sujetos con palabras, ahora soltamos sonidos que no provienen de un trabajo cerebral de producción de ideas. No, ahora simplemente se dice eso es “terrorismo mediático”.

Así, el país ha ido perdiendo la capacidad de pensar. “Pensamiento” es quizás, y no más, esa planta herbácea de la familia de las violáceas. Imaginar y discurrir ya no es la acepción de la palabra “pensamiento”. O tal vez, en una olvidada acepción, pensar no es más que echar pienso a los animales. Este país, entonces, carece de pensamiento en las acepciones generalmente aceptadas para reducirse a algunas antiguas en desuso, pero más grave aún, ya carece de la palabra que es la expresión sonora de ese antiguo proceso que hilvanaba con coherencia lo que en otro tiempo se llamaban ideas.

La verborrea no es muestra del uso del idioma. La verborrea es comprobación de la imbecilización de la vida diaria de una sociedad que se ha quedado sin expresión. Hemos sido agredidos de tal manera que “pensar” no es más que echar alimento a los “animales” desde los puertos abarrotados por una agricultura de petrodólares, lo que se denomina en este particular lenguaje de una sociedad sin palabras, “seguridad alimentaria”.

En el terreno de la política, uno donde las ideas son elementales para evitar que esta actividad sea algo más que un macho vencedor que organiza la manada, es donde la pobreza del lenguaje –más que pobreza, esta desaparición del lenguaje- nos muestra a un país subsumido en el silencio, uno donde todo está por decir y que, paradójicamente, parece que no tiene nada que decir. La banalidad es la forma de expresión “vincente”. Nadie dice nada, en el sentido de que la expresión tenga coherencia, lógica o propósito (en el sentido de que se busca un objetivo adecuado u oportuno), pues jamás podemos considerar como tal el abochornamiento en la pérdida de la expresión.

El país guarda silencio. Este es un país callado. Es simplemente ruido lo que sale del camión del aspirante a alcalde que recorre la parroquia donde vivo en el municipio Sucre (adornado con una pancarta de plástico que debe costar varios millones) gritando “contra la pobreza” o “contra el desempleo”. Eso ya no es lenguaje, es simplemente contestar con la misma pobreza la frase “terrorismo mediático” o “es culpa del imperio”.

Si la palabra (o mejor, su sustituto) es utilizada como ingrediente para fosilizar, para envolver momias, para endurecer la muerte bajo el cuidado de vendas, podemos afirmar que este país ha sido convertido en un cadáver curtido. Nos han convertido este país en un amontonamiento de hierbas paralizantes donde éstas han perdido hasta el aroma, pues mientras camino por la parroquia donde vivo es el olor a basura descompuesta lo predominante, tan descompuesta como el remedo de lenguaje que nos va quedando hasta que definitivamente entremos sólo a producir chillidos.

La expresión y el pensamiento van de la mano. Un país que no piensa no puede superar sus conflictos del momento. Se convierte en un país mudo, como somos ahora, uno que asiste impávido a las barbaridades guturales, sin capacidad de reacción, paralizado y entretenido en la pérdida del lenguaje, pérdida que contribuye a la “felicidad” de la inconciencia, como un autista que mantiene un pararrayo que detiene los sonidos molestos.

En medio del berenjenal, del ruido ya inmedible en decibeles, del escándalo perpetuo, por obra y gracia de este país que ya no habla, lo que se siente es un inmenso silencio, uno propio de un desierto donde ni siquiera el actuar del viento que barre las dunas se convierte al menos en un susurro para decirle a las manifestaciones de vida que sobreviven sin agua que algo continúa existiendo. Donde no sobreviven es en la maternidad de Caracas, donde los niños se mueren “por culpa del imperio” o por una invención del “terrorismo mediático”. O porque la culpa es del imperio español que compra a nuestros médicos con sus bastardos y sucios “euros”.

El que emigra es “un traidor a la patria”. El camión del aspirante a alcalde pasa entre la basura amontonada gritando “contra el desempleo”. En la estación del Metro más cercana a mi casa los olores fétidos son insoportables y la población de abandonados a su suerte se multiplica en una especie de dormitorio donde la esperanza proviene únicamente de estar allí amontonados para matar la desidia compartiendo la desolación.

No, ya no hay palabras en este país. Ya este país perdió el lenguaje. El país no puede hablar porque perdió el pensamiento. Este país ya ni balbucea. Terminaremos de ser autistas cuando se aplique en la educación el nuevo pensum. Entonces aprenderán nuestros niños que hay lagunas históricas, que hay grandes períodos de nuestra historia que no existieron, se internalizará en nuestros niños que la historia es una invención, que no es más que ficción entretejida en la verborrea –que es silencio– del poder enclaustrado. Este país es el silencio.

Martí y la revolución democrática en Cuba

El 5 de enero de 1892 se aprobaron las Bases del Partido Revolucionario Cubano. Este partido fue, en primer lugar, el producto de los esfuerzos de José Martí para cohesionar las fuerzas sociales cubanas interesadas en la independencia nacional y para dotar al nuevo movimiento redentor de un órgano de dirección política y de coordinación de las acciones insurreccionales. Definiéndolo, el propio Martí apuntó: “El Partido Revolucionario Cubano es el pueblo de Cuba”.

Los fines que perseguía el PRC están claramente expuestos en sus Bases, redactadas por Martí, y eran los siguientes: lograr la independencia absoluta de Cuba y contribuir a la de Puerto Rico; preparar, a ese efecto, la guerra necesaria, “generosa y breve”, mancomunando las voluntades y los esfuerzos de los distintos sectores separatistas; y establecer los fundamentos democráticos de la república que nacería al desaparecer la dominación colonial.

El último punto revela que Martí no sólo pensaba en los problemas inmediatos relacionados con la empresa libertaria, sino que se preocupaba ya de cómo habría de ser el régimen de gobierno de los cubanos en libertad. Para conocer la concepción martiana de este régimen, léanse los artículos 3 y 4 de las Bases. El 3 dice: “El Partido Revolucionario Cubano reunirá los elementos de revolución hoy existentes y allegará, sin compromisos inmorales con pueblo u hombre alguno, cuantos elementos nuevos pueda, a fin de fundar en Cuba por una guerra de espíritu y métodos republicanos una nación capaz de asegurar la dicha durable de sus hijos y de cumplir, en la vida histórica del continente, los deberes difíciles que su situación geográfica le señala”. El artículo 4 expresa: “El Partido Revolucionario Cubano no se propone perpetuar en la República Cubana, con formas nuevas o con alteraciones más aparentes que esenciales, el espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia, sino fundar en el ejercicio franco y cordial de las capacidades legítimas del hombre, un pueblo nuevo y de legítima democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud”.

Las Bases del PRC aluden a un enemigo externo que ponía en peligro a la soberanía de la futura república. Ese enemigo, con el que la prudencia aconsejaba mantener “relaciones cordiales” en los instantes en que se gestaba la guerra independentista, era el imperialismo norteamericano, que se hallaba en su etapa de ascenso vertiginoso. En el artículo 3 de las Bases se subraya que la revolución no debía contraer “compromisos inmorales con pueblo u hombre alguno”.

En las labores del PRC, Martí tuvo la colaboración de dos eminentes cubanos: el socialista utópico Diego Vicente Tejera y el marxista Carlos Baliño.

Tejera fundaría, en 1899, el primer partido socialista cubano, que a duras penas sobrevivió cuatro años al cerco que le tendió la por entonces muy influyente corriente anarcosindicalista y a las prevenciones de relevantes figuras del separatismo que veían en este partido un obstáculo para la unidad nacional y un motivo para que la ocupación militar norteamericana se prolongara. Por su parte, Baliño, que fue uno de los fundadores del PRC, organizó en 1903 un Club de Propaganda Socialista, mediante el cual desplegó campañas de divulgación del “socialismo científico”. En 1925, Baliño fundaría, junto al líder estudiantil Julio Antonio Mella, el primer partido comunista de Cuba.

La presencia de Tejera y Baliño en el PRC fue posible, ante todo, porque éste funcionaba como un “frente nacional”. En el triunfo de la causa del PRC -la independencia del país y la fundación de una república soberana y democrática- estaban interesados diferentes clases y sectores de la sociedad cubana, desde la alta burguesía azucarera, cafetalera y ganadera (en gran parte depauperada por las guerras independentistas), el campesinado y la mediana y pequeña burguesía urbana, hasta el proletariado. Éste último había alcanzado, en las postrimerías del siglo XIX, un notable crecimiento en número y en conciencia de clase. No olvidemos el elocuente detalle de que, en la emigración, la base social del PRC la constituían mayoritariamente los trabajadores de las factorías tabaqueras de Tampa y Cayo Hueso.

El fundado y dirigido por Martí era, pues, como se diría hoy, un partido de frente amplio, con objetivos situados por encima de clases y tendencias ideológicas. En él se reconocían todas las fuerzas sociales que convergían en el anhelo de sustituir el asfixiante autoritarismo de la colonia por un régimen democrático que, en una república soberana, garantizase el desarrollo de las fuerzas productivas de la nación.

A la vista del autoritarismo totalitario que hoy asfixia a nuestro país, los cubanos deberíamos atender la lección básica que nos ofrece el PRC.

Martí, fuente de inspiración política y ética que continúa manando, nuevamente nos señala el camino que debemos seguir. Su partido plural, unitario y democrático debería servir de ejemplo, adecuándolo a las circunstancias actuales, a todos los que deseamos poner fin a la pesadilla nacional.

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Revista Hispano Cubana, Nº 15, Madrid, 2003.

Cachao y el mambo

Cachao ha muerto en Miami. Rozaba los 90 años. A su edad, seguía sosteniendo el cetro de mejor contrabajista de Cuba. Había nacido en La Habana y salió de la isla en 1962, para no volver. En una entrevista reveló que no se había ido de Cuba por motivos políticos, aunque el régimen de allí no le gustaba. Se llamaba Israel López. Su apodo, Cachao, es apellido de un bisabuelo suyo que también era músico, como su padre, y como su hermano Orestes, pianista y arreglista, otro de los grandes de la música popular cubana. Cachao no sólo era un extraordinario virtuoso del bajo. Como compositor se le debe la paternidad, compartida con Orestes, de un género orquestal y bailable que, al igual que el son y el danzón, la guajira y la rumba, ha pasado a ser un emblema sonoro de Cuba: el mambo. Nacido de modificaciones introducidas por Cachao y Orestes en la estructura rítmica del danzón cuando ambos, allá en la década de los 30, tocaban en la renovadora charanga de Antonio Arcaño (Arcaño y sus Maravillas), el mambo conoció su máxima brillantez y se internacionalizó gracias al estilo revolucionario de ese demiurgo de la orquestación que fue el matancero Dámaso Pérez Prado, cuyo título de Rey del Mambo se le otorga también a Cachao.

Rollito de primavera

El nudo de la mordaza y la caza del disidente son de los deportes más antiguos que se conocen; sin embargo, se mostrarán por primera vez en la arena olímpica este año en Pekín. China y Cuba parten como favoritas, pero, a juzgar por los resultados que está obteniendo en sus entrenamientos en el Tíbet, China es la más firme candidata al oro en las próximas Olimpiadas.

Max Estrella

El turno del torturado

El torero Julio Aparicio, hijo, fue empitonado de gravedad por el primer toro de la corrida de ayer en la plaza de Las Ventas, de Madrid. Según el parte médico, la cornada fue “en la cara interna del tercio superior del muslo izquierdo, con trayectoria ascendente, de 25 centímetros, que causa destrozos en el músculo cuádriceps y contusiona el paquete vasculo-nervioso con espasmo arterial, y alcanza la cara externa a nivel de cadera izquierda”. Me alegra que don Julio no esté fiambre, y ojalá que ni cojo quede. Pero eso le pasó por andar jeringando al animal. ¿Aprenderá la lección o serán más convincentes los buenos euros que le pagan por atormentar toros?

Chantal y la eutanasia

Chantal Sébire, maestra francesa de 52 años, apareció muerta en su casa sin que hasta el momento se conozca la causa de su deceso. Se impone la hipótesis del suicidio porque esta mujer, aquejada de un tumor nasal extremadamente doloroso que le desfiguró el rostro, había solicitado permiso a las autoridades para que se le practicara la eutanasia activa y, dos días antes de aparecer muerta, el permiso le había sido denegado en base de la ley francesa que prohíbe dicha práctica. El caso ha reavivado la polémica sobre la eutanasia, al extremo de que en Francia parece que va a ser revisada la legislación sobre cuidados paliativos.

La eutanasia debería incluirse en la lista de Derechos Humanos. Las personas deben tener tanta libertad para decidir su vida como para decidir su muerte. Ningún gobierno ni ninguna iglesia tiene derecho a obligarnos a aceptar la estupidez de soportar sine die una enfermedad incurable y dolorosa. Ni a infligir a nuestros allegados semejante espectáculo.

Pauvre Chantal, merci beaucoup pour votre exemple!

Los indiferentes

Teódulo López Meléndez, Caracas.

Estamos asistiendo a la miopía de las ideas en este reino de la incertidumbre. Realzo el uso de términos obsoletos para calificar situaciones, como dividir al mundo entre optimistas y pesimistas o, recurriendo a los términos de Eco, entre apocalípticos e integrados.

La modernidad murió en el más profundo desencanto del hombre, sumiéndonos en el sin sentido. El ser optimista y agitado ha dejado paso a un escéptico sin norma. Ya no se le pregunta a nadie o, dicho de otra forma, la pregunta es formulada a nadie. El signo del presente y del porvenir es la indiferencia. Cada quien está encerrado en lo poco que tiene, llámese afecto familiar o bienes o pequeño mundo donde se solaza con la conversación banal con otros igualmente indiferentes. Alberto Moravia escribió una primorosa novela con este título, “Los indiferentes”, lo que, en alguna ocasión, me hizo llamarlo “el maestro narrador de la alienación”.

Hay indicios del desorden. Los futurólogos asomaron en la economía la fragmentación de las grandes empresas en pequeñas unidades de producción paralelamente a las megafusiones. Ambas cosas se están dando, como la conformación de grandes bloques que terminarán abortando el Estado-Nación, pero con la compañía paralela de una fragmentación del poder en beneficio de ciudades y regiones. Los sistemas políticos están cuajados de incertidumbres con un alejamiento casi asqueado de las grandes masas. No sabemos cómo vamos a gobernarnos en el futuro. Todo parece inclinarse hacia una dualidad, desde la economía hasta la política, en medio de ruptura de viejas creencias. Si muchas de estas consideraciones podemos pergeñar en el terreno del denominado “interés público”, es en el terreno personal del hombre donde los sin sentido predominan. El día a día parece ser el esbozo de norma, lo que podría hacer reflexionar a alguien sobre algunas viejas enseñanzas orientales, pero con la cuales no hay ninguna relación. Lo que resta de los códigos de las relaciones interpersonales son el desencanto y la fragilidad. El amor ha sido independizado de la procreación y la procreación misma dejará de ser asunto apasionado hasta para las parejas que hoy recurren a los procedimientos in vitro o parecidos. Como no se cree en nada, menos en lo colectivo y en los políticos, sumada la exigencia consumista, resurge una vieja enfermedad asociada desde siempre a los mecanismos capitalistas: el individualismo exacerbado. Todo lo que escribieron pensadores del humanismo cristiano como Chardin o Mounier sobre el concepto de persona ha sido devorado por una realidad que ha superado con creces aquélla que los inspiró. Hoy, persona es quien detenta poder. La imposibilidad de la revolución social, sumada a una diferenciación entre dos estratos poblacionales cada vez más lejanos en cultura y economía, lleva a la aparición del hampa como la conocemos hoy. El hampa, creo, es la más patética manifestación de la imposibilidad revolucionaria y una forma sustitutiva de búsqueda de la igualdad social. El economicismo, la vieja enfermedad de conceder a la economía el privilegio absoluto sobre nuestras vidas, ha reaparecido como pandemia sepultando las interrogantes esenciales del hombre sobre el Ser y produciendo la “cultura” uniforme que se nos lanza sobre el cuello como tenaza asfixiándonos en el rechazo de todo pensamiento trascendente.

Estamos asistiendo a la segunda gran explosión de individualismo. El triunfo lo reclama Narciso. Algunos pretenden ver en la multiplicidad de la oferta el reino de la libertad y hasta llegan a pensar que esta supuesta capacidad de escoger es la mejor muestra de la humanización de los controles. El acceso posible a todo es una concesión ilusoria, puesto que lo opuesto a ilusorio es lo concreto siendo así la libertad el trato concreto con posibilidades concretas. Gabriel Zaid lo describe con exactitud: “Lo concreto se vuelve mera posibilidad; lo cercano, distante; lo personal, impersonal; los nombres, abstracciones del anonimato o la celebridad; la convivencia, relaciones públicas. Se trata de transformar la necesidad en libertad”.

Para proclamar la muerte de la angustia, como lo hace Gilles Lipovetsky, realmente hay que recurrir a la afirmación de que estamos caracterizando, tomando como guía, un total abandono del saber. Mientras menos sabemos, menos nos angustiamos, ecuación simple y patética. Lo que estamos viendo es la imposición de un sistema de “vida” donde es posible estar sin objetivo y sin sentido. Que la posmodernidad no lo inventó, que es una continuidad del proceso de la modernidad, lo podemos compartir. Mientras más grande es la indiferencia más fuerte es el rechazo del conocimiento. La revolución individualista que estamos viviendo, (con excusas por el uso de la palabra muerta), conduce, paradójicamente, a la muerte del Yo. Ya lo he dicho: no pueden existir revoluciones cuando la única revolución es la de un individualismo de signo diferente, pero mayor y más acendrado de aquél que sentimos en pleno apogeo capitalista del siglo XX. Cierto que no es el viejo concepto marxista de alienación lo que hay que “regresar”, pues ahora se agrega el elemento apatía y la exacerbación de la oferta a Narciso, pero hay que retomarlo. Mal podemos hablar de libertad suministrada por la oferta manipuladora cuando tenemos a un hombre a punto de no sentir nada, a no ser la necesidad inducida de mirarse al agua para confirmar que tiene lo que se le ha ofrecido y que el éxito resuena sobre su pellejo en las miradas de envidia de los otros.

“Así es la vida hoy”, afirman algunos. Otros insistimos en preguntarnos si se puede llamar vida. Somos los que aún peligrosamente pensamos. Si vida y felicidad son ahora no arriesgarse, una nada que va desde la vida sentimental hasta la concepción del trabajo, debemos precisar que si libertad y felicidad equivalen a vacío, lo que puede asomarse en el horizonte es otra época totalitaria. Eso de mirar en la historia para no repetir los errores siempre me ha parecido un exabrupto. El hombre comete las mismas barbaridades no por falta de memoria sino por una acumulación de procesos y circunstancias. Asegurar que debemos tener una perspectiva histórica de nuestro tiempo me suena a madera podrida.

Nadie glorifica esta entelequia llamada posmodernidad ni nadie en su sano juicio añora la modernidad. Se trata de un reconocimiento del presente y de un imprescindible otear en el futuro. Ahora mismo algunos autores europeos retoman el tema de la utopía aclarando que lo hacen desde el aspecto lúdico. Pero, ¿qué fue siempre la utopía sino un sueño? La precisan divorciada del totalitarismo, pero la experiencia indica que en el siglo XX siempre desembocó en dictadura pues había que imponerla como panacea a quienes discrepaban. Como bien asoma Rüdiger Safranski, el cuerpo espiritual necesita, al igual que el cuerpo físico, un sistema inmunológico.

Regodearse con los síntomas y proclamar que este mundo es cuasi perfecto porque nos permite elegir es aceptar la incertidumbre y el vacío como normas de la vida del futuro. No hay códigos, aunque, admitámoslo, no es la primera vez. En el fondo, como también lo plantea Safranski, el neoliberalismo, como ideología de gestión se parece, en mucho, al marxismo. Se nos dice que Nietzche está muerto y que la libertad y la felicidad consisten en consumir. El mensaje no es nuevo, por supuesto, sólo que ahora el hombre hedonista y narcisista ya no lo resiste. La verdad, fue dicho en su momento, es un consenso, un simple consenso generalmente aceptado o, como la definió Derrida, una “certeza provisoria”. A veces uno piensa que el único que está reviviendo es Nietzsche. Aunque quizás sea Alicia: “En nuestro país no hay más que un día al mismo tiempo”.

Primavera negra

Hace cinco años, el régimen castrista encarceló a 75 disidentes y fusiló a tres jóvenes que secuestraron una lancha en la que pretendían llegar a Estados Unidos. De aquellos presos aún quedan 55 tras las rejas; los otros están en libertad condicional por motivos de salud y, de éstos, a 6 les han permutado la pena de prisión por la de destierro. Cuando la prensa del mundo daba, junto con la del comienzo de la guerra en Irak, la noticia de esa razzia ordenada por Fidel Castro, publiqué en el periódico grancanario La Provincia los artículos que a continuación reproduzco.

 

RUIDO DE REJAS

Un ruido de rejas ha vuelto a sentirse en Cuba. Esta vez, ensordecedor. Casi ochenta calabozos se han abierto de un golpe para otros tantos ciudadanos a quienes no les gusta el gobierno que hay allí. Son personas obstinadas, indisciplinadas, indiscretas. Individuos que han adquirido la pésima costumbre de pensar y no callarse. Además, son peligrosos y están armados: tienen un arsenal de libros, de datos y de máquinas de escribir viejas pero aún eficaces. Algunos hasta poseen un teléfono y un fax tartamudo que de vez en cuando funcionan. Por eso los han pasado de la cárcel grande, a cielo abierto, donde hay hoteles Meliá y premios literarios, a la estrecha y oscura. Bueno, no siempre es oscura porque las celdas de la Seguridad del Estado suelen estar deslumbrantemente iluminadas las veinticuatro horas del día, aunque ahora quizás no sea así por la escasez de petróleo (ya se sabe, las dificultades de los compadres Chávez y Sadam).

Entre esos ciudadanos hay veintisiete de los periodistas independientes. Son los que se dedican a la irritante tarea de informarnos de lo que la prensa oficial no quiere que se sepa. Hace unos años, Castro les dijo que tenían toda la prensa extranjera para ellos porque la cubana era sólo para “los revolucionarios”, es decir, para él y sus taquígrafos. Y ellos lo han obedecido: publican en la prensa extranjera. Pero parece que en ésta tampoco deben hacer lo que hacen, de ahí que ahora el gobierno les esté aplicando una ley llamada Mordaza, especialmente escrita para ellos, por la cual pueden pasarse largos años a la sombra, servidos por los carceleros más atentos de la isla.

Raúl Rivero es uno de esos periodistas. Por ser además un poeta extraordinario, muy leído dentro y fuera de Cuba, es el más conocido de todos. En 1991 firmó la Carta de los Diez, en la que unos intelectuales ilusos le pedimos a la dictadura que se convirtiera en democracia, y a partir de ahí comenzaron sus sinsabores. Luego fundó Cuba Press, una agencia de prensa libre en un país de prensa cautiva, y sus sinsabores aumentaron. Por su brillante y corajuda labor informativa fue electo vicepresidente regional de la Comisión de Libertad de Prensa e Información de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) y recibió un premio de Reporteros sin Fronteras. Registros en su casa, arrestos arbitrarios, actos de repudio, prohibición de salir de la isla, de todo ha conocido Raúl hasta que, al fin, lo han puesto entre rejas por el tiempo que Castro quiere.

En estos días, el mundo democrático se ha escandalizado porque el periodista norteamericano Peter Arnett, que cubría la guerra de Irak para la NBC, ha sido cesanteado por criticar, desde la televisión de Sadam Husein, al mando militar de Estados Unidos. Se acusa a la NBC de no respetar la libertad de expresión del señor Arnett, quien no ha estado en paro ni media hora porque inmediatamente le dieron trabajo en el londinense The Daily Mirror.

Sería justo que el mundo democrático se escandalizase de igual manera ante lo que les está ocurriendo en Cuba a los periodistas independientes, algo, sin duda, bastante más grave que lo sucedido al reportero Arnett. Los periodistas cubanos independientes no tienen empleo remunerado porque el gobierno de Castro no lo permite, y ahora han ido directamente a la cárcel a la espera de juicios sumarísimos que, como es habitual en Cuba, son grotescas mascaradas judiciales. Para Raúl Rivero, el fiscal ha pedido veinte años de encierro. Lo inaudito se hizo locura cuando para Víctor Rolando Arroyo y otros diez llegó a pedir cadena perpetua. ¡Veinte años y cadena perpetua por opinar, por disentir!

¿Qué piensan de esto los defensores de Peter Arnett? Por favor, lo que piensen escríbanlo en los periódicos y díganlo en la televisión.

FUSILADOS, PRESOS Y REHENES

Fusilar, tras un juicio relámpago servido a la carta a petición del poder, a tres hombres desesperados que secuestran una lancha para escapar de la miseria a que los condena un régimen fracasado y decrépito que impide a sus ciudadanos la libre salida del país, y meter por larguísimos años en calabozos inmundos, tras juicios farsescos de sentencias políticas predeterminadas, con pruebas que sólo prueban que no hay pruebas, a decenas de ciudadanos pacíficos, decentes y patriotas, opositores y periodistas cuyo falta consiste en haber expresado opiniones políticas contrarias a las del gobierno en un país sin libertad de expresión ni de prensa, es un crimen abominable típico de una dictadura que agoniza y tiene miedo.

Ni los fusilados eran terroristas, sino unos humildes jóvenes sin destino en un país en ruinas, ni los disidentes presos son conspiradores al servicio de ninguna potencia extranjera, ni siquiera por cuenta propia, sino gente que a cara descubierta hace o intenta hacer política contra la dictadura. En 1991, los que firmamos la Carta de los Diez —entre los que estaba el poeta Raúl Rivero, ahora en prisión— también fuimos acusados de conspirar por pedir reformas democráticas. Para Castro, que es un déspota, las libertades democráticas y los derechos humanos son subversivos. Y parece que quisiera hacernos creer que son productos made in USA.

Maestro de oportunistas, Castro se propuso utilizar la atmósfera de antinorteamericanismo que ha rodeado a la guerra de Irak para aplastar la oposición interna y el periodismo independiente, ambos en alza desde la presentación del Proyecto Varela. Mostrándolos como la quintacolumna de EEUU en la isla e inventándose, además, por enésima vez, una inminente invasión norteamericana a Cuba, ha pretendido justificar la brutalidad de su acción represiva y obtener para ella la comprensión internacional. Y yo me pregunto si en caso de que la tal invasión no fuese un invento, ¿la podría parar fusilando tres cubanos y encarcelando a 75? ¿No serían estas atrocidades un estímulo o un pretexto más para los supuestos invasores?

Castro, que es el mayor terrorista de Cuba, el jefe de los terroristas que componen su mafia de gobierno, y que sabe que su sangriento sultanato se desmorona, con estos fusilamientos y encarcelamientos lo que busca es apuntalar su poder aterrorizando a la población. Con los juicios de Moscú de 1934, Stalin no sólo aterrorizó a los intelectuales indóciles y a los disidentes, sino a toda la Unión Soviética. Y Hitler aterrorizó a toda Alemania con los juicios por el incendio del Reichstadt, provocado por él mismo con ese fin. Estas lecciones las tiene bien aprendidas el sátrapa cubano, cuyos agentes secretos fueron los que organizaron las reuniones, nada secretas por cierto, de algunos disidentes con el jefe de la Sección de Intereses de EEUU en La Habana, reuniones que ha presentado como pruebas de la supuesta conspiración. Y si esto fue una conspiración, ¿por qué, como preguntó José Saramago, no ha echado del país a Mr. Cason?

Da lástima ver a escritores y artistas del interior de la isla, creadores con prestigio profesional bien ganado, algunos de ellos católicos, suscribiendo un documento infamante, dictado por el déspota, que es una ratificación de las últimas condenas a muerte y a prisión dictadas por los juececillos de la tiranía. ¿Será posible que no sean conscientes de que firmar ese nauseabundo “Mensaje desde La Habana para amigos que están lejos” es un suicidio moral? Pese a todo, para mí, por el momento, es difícil juzgarlos y mucho más condenarlos, porque está por ver quiénes firmaron por puro miedo. No se puede olvidar que están dentro y, por lo mismo, son rehenes de Castro. Su palabra, como la de los que confiesan en cautiverio y bajo amenaza, no debe tomarse en cuenta. Por ahora merecen el beneficio de la duda.

Lo anecdótico de la guerra y del peligro

Teódulo López Meléndez, Caracas.

Lo anecdótico es generalmente irrelevante, algo curioso, un suceso circunstancial, algo sin importancia que contamos y sobre el cual en no pocas oportunidades bromeamos. Este gobierno venezolano que nos ha tocado en suerte protagoniza anécdotas a diario. Veamos un par, ilustrativas a más no poder, para luego ocuparnos de lo opuesto: el “especialista en inteligencia” Ramón Rodríguez Chacín dijo solemne en rueda de prensa que tenía las coordenadas donde las FARC entregarían a los rehenes, pero que no las diría a nadie ni siquiera a la Cruz Roja y que sólo las entregaría al piloto del helicóptero ya en vuelo. Una vez en el sitio de los acontecimientos prendió su teléfono satelital para comunicarse con “su” comandante en jefe. Después de la historia de Raúl Reyes a uno lo que le queda por decir -a manera de anécdota- es que absolutamente nadie se enteró de donde estaba Rodríguez Chacín, nadie rastreó la llamada, nadie se enteró del punto exacto donde las FARC estaban entregando a los cuatro ex-parlamentarios en perfecto estado después de una “caminata de 230 kilómetros”. Vaya “especialista en inteligencia”. La otra curiosidad es la solemne perorata a la nación del Ministro de la Defensa donde “informaba” de la movilización militar para enfrentar los designios del imperio. Luego se acusó a los medios de divulgar -en “traición a la patria”- los secretos movimientos militares venezolanos. El jefe del Comando Sur de los Estados Unidos ha dicho que monitorea los movimientos de tropas venezolanas y ecuatorianas, de manera que saben donde está cada tanqueta, donde cada soldado, donde cada cañón. Recuerdo perfectamente cuando seguía, desde Lisboa, la guerra de Las Malvinas en la BBC de Londres, pues la estación precisaba con detalles los movimientos de la flota enviada por la señora Thatcher y anunciaba cada vez que un avión argentino acertaba sobre un navío de la Real Armada Británica.

Lo anecdótico forma parte diaria de la vida nacional. Como la oferta de los airados grupos foquistas de Lina Ron de colocar dos mil hombres en el “frente de batalla”. Ahora sabemos que tienen dos mil armas, dos mil portadores, dos mil guerrilleros urbanos. Lo anecdótico comienza a dejar de serlo cuando vemos que los protagonistas controlan a un gobierno. Lo anecdótico pasa a ser tragedia cuando comprobamos que la guerra continúa, que la guerra es contra la población de este país, que tenemos a un gobierno en guerra contra su propia nación. Este asunto deja de ser risible cuando tenemos a un gobierno observado por las cancillerías del mundo con aprehensión, conmiseración y asombro. Este asunto deja de ser tema de broma cuando se plantea -independientemente de que prosperen o no- que el Jefe del Estado de este país será acusado ante la Corte Penal Internacional y cuando comienza a repetirse que Venezuela debe ser declarada un estado narcoterrorista.

No, esto no forma parte de la anécdota, esto forma parte del peligro. Esto no es asunto del Reader’s Digest con aquello de “la risa remedio infalible”. Nadie puede reír cuando un Jefe de Estado alega que él podría declarar terrorista a Pedro Carmona Estanga y bombardear su apartamento en Bogotá. Eso, en boca de un presidente, no es una anécdota, es una amenaza de muerte.

Del peligro forman parte los constantes abusos a los que se somete a nuestros militares. Del peligro forman parte las incidencias internas de este descalabrado suceso que la diplomacia internacional ha sabido meter en el congelador, porque meter en el congelador lo caliente para que se enfríe es el papel de la diplomacia. Y esas incidencias internas son variadas y llenas de peligro: se le ha dado un bofetón a la posibilidad de alternancia democrática por vía electoral, lo que no debe desanimar, en lo más mínimo, una participación total en los comicios regionales de noviembre próximo. Aún así, el elemento está presente. El gobierno, con sus maniobras militares y su arrogancia bélica, ha sembrado como nunca la creencia colectiva de que no sale con votos, aunque sea derrotado en elecciones regionales o parlamentarias. Esa siembra es parte fundamental del peligro. Eso es jugar con fuego y el que juega con fuego se hace pipí en la cama (proverbio húngaro).

Disposiciones que violan la autonomía universitaria al ser aplastadas sus propias normas de admisión, leyes que salen -o mejor que entran-, desabastecimiento mientras el gobierno muestra con orgullo en propaganda oficial -caso insólito- que los puertos están abarrotados con alimentos y que hay “cero escasez”. Las importaciones masivas de alimento ahora son motivo de orgullo; francamente para plantearse de nuevo si reír o llorar. Abuso oficial de cadenas, discursos altisonantes, comportamiento desgreñado en el plano internacional, aplicación de la reforma derrotada por vía de la habilitación. Lo dicho: la guerra es interna.

Éste no es un país que vive plácidamente en democracia. Éste es un país en guerra, una interna, una despiadada, una que no permite momentos de paz o concede segundos de tregua. No estamos, pues, señores candidatos que llueven y pululan como mariposas amarillas, en “una noche tan bella como ésta”. Aquí no se necesitan teléfonos satelitales para saber que la noche es oscura y tempestuosa. Aquí hay que ir a votar masivamente en noviembre y dejar de lado los brotes abstencionistas que como plaga egipcia comienzan de nuevo a surgir, pero hay que hacerlo bajo conciencia de lo que realmente vivimos. Aquí no se trata simplemente de “unidad y buenos candidatos”. Aquí se trata simplemente de que aprovechamos los resquicios electorales que el régimen permite, no más. Si no los aprovechásemos seríamos estúpidos, como seríamos estúpidos si pensásemos que el país transcurre en la “normalidad democrática”. Por eso me molesta de manera especial la argumentación jurídica ante el caso de los “inhabilitados” cuando ha debido darse una contundente respuesta política. En México López Obrador no se limitó a enunciados legalistas cuando lo querían inhabilitar como candidato presidencial sino que colocó una inmensa multitud forzando la barra e imponiendo la pertinencia de su candidatura. Aquí los “inhabilitados” proclaman que debe ser el Tribunal Supremo el que debe decidir, mientras su presidenta sale de asomada a proclamar lo bien que estuvo la movilización de tropas, seguramente para evitar que la jubilen antes de tiempo o la execren por haber votado “No” en contra de la reforma constitucional. Tiene la señora facturas que pagar.

En este país donde se entremezclan lo anecdótico y el peligro, debemos saber que no saldremos del peligro con anécdotas.

http://www.webarticulista.net,
10, marzo, 2008