“ESTAMOS FUSILANDO A TODO EL QUE SE OPONGA A LA REVOLUCIÓN”

Tania Díaz Castro, La Habana.

2013-05-27(CUBANET, junio, 2013) A partir de la llegada de Fidel Castro a La Habana, el 8 de enero de 1959 –un día después que Estados Unidos reconociera al nuevo gobierno–, algunos cubanos nos dimos cuenta de que a pesar de un desenfrenado júbilo reinante, una mezcla de miedo y felicidad comenzó a latir en nuestros corazones.

¿Acaso  Fidel Castro le pasaría la cuenta al pueblo, porque éste, en dos ocasiones, no cumplió con sus expectativas de declarar la huelga general para poner fin a la dictadura de Fulgencio Batista?
En agosto de 1957, cuando su guerrilla llevaba apenas cinco meses en el monte, ordenó que el pueblo se declarara en huelga. Pero nada hizo el pueblo. El comercio dinámico del país continuó como siempre, los niños asistieron a clases y las fábricas no dejaron de producir.

Luego, el 9 de abril de 1958, el Comandante pronosticó que: ¨Como las condiciones mínimas indispensables estaban ya dadas¨, el pueblo debía provocar el acelerón definitivo del triunfo con una huelga general. Era evidente que el Comandante no veía posible el fin de la guerra con la lucha guerrillera.

Entonces ocurrió lo que él no pensó: por segunda vez, el pueblo no le hizo caso. En varias oportunidades había expresado que la huelga general era el centro de su proyecto revolucionario. En una carta, enviada a Carmen Castro Porta, el 17 de septiembre de 1955, le aseguró que lo fundamental de la lucha era precisamente una huelga general.

Aquel 9 de abril, sólo se escucharon algunas bombas, y grupos del Movimiento ¨26 de julio¨, organización liderada por Fidel, realizaron actos terroristas en distintas provincias: el incendio de un aserrío en el pueblo de Sagua la Grande, el asalto a una armería de La Habana Vieja, la toma de la emisora radial en Matanzas, y otros, con un saldo, según se dijo después, de 83 insurgentes muertos.

Lo que ocurrió en Cuba, tras la caída de Batista, está por estudiarse con profundidad, desde el punto de vista sociológico. Analizar las relaciones de comportamiento entre el jefe de la revolución y el pueblo, podría arrojar mucha luz a todo lo ocurrido en la sombría realidad de más de medio siglo.

Razones hay muchas: El 10 de enero de 1959, se establece la pena de muerte. Fue claro el Ché Guevara al decir en la ONU, ante un grupo de periodistas: ¨Sí, estamos fusilando y seguiremos fusilando a todo el que se oponga a la Revolución¨. También Fidel lo repetía en sus discursos. Los cubanos vivían bajo un verdadero terrorismo de Estado.

¿Acaso amenazados por no haber cumplido la orden de hacer una huelga general? El saldo de la represión, hasta octubre de 1960, tuvo cifras alarmantes que lo atestiguan: mil doscientos veinte fusilados, diez mil condenados a prisión, y cien mil marcharon al exilio.

Otra razón que no se olvida es cuando Fidel nombró analfabeto al pueblo y, por esta razón, pospuso las elecciones presidenciales. Su estrategia resultó evidente: demostrarle al pueblo su condición de inferior, porque, si Cuba era un pueblo de ignorantes, ¿cómo podrían votar en las  elecciones? Además, ¿qué otros candidatos se habían presentado para gobernantes?

Fidel Castro también se ensañó contra su pueblo al fundar, en 1960, un sistema de vigilancia colectiva cuyos orígenes eran nazis, los Comités de Defensa de la Revolución, no sólo para dividirlo, sino para crear desconfianza, enemistad, odio y resentimientos, para que los cubanos se delataran y se hicieran todo el daño posible, gracias a la máxima de Maquiavelo: divide y vencerás.

Empleó un modelo económico que en los países socialistas ya comenzaba a fracasar, y así agravó aún más las penurias de los cubanos. Igualmente, creó, en junio de 1961, un terrorífico y represivo sistema de Seguridad del Estado, copia de la siniestra Stasi de la Alemania comunista, para tener bajo control la vida pública y privada, planeando, como espada de Damocles, sobre la cabeza de cada ciudadano.

Se trata de la Seguridad del Estado, un organismo que posee sus propios jueces, abogados, instructores de causa, interrogadores, testigos, y celdas tapiadas o ¨confortables¨, según el caso. Allí, cuando el cubano detenido no resulta convencido a la fuerza, termina humillado, rebajado y con su espíritu destrozado.

Por ese centro de crueldad han pasado obreros, estudiantes, amas de casa, profesionales, líderes políticos, artistas, escritores, antiguos comunistas, decenas de miles de jóvenes cuyo delito era sólo pretender escapar del país, y activistas pacíficos por los Derechos Humanos, entre ellos, la autora de esta crónica y muchos de sus hermanos de lucha. En ese centro ha sido castigado todo un pueblo.

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EDUCAR AL CONFLICTO

Teódulo López Meléndez, Caracas.

2012-06-16_1El conflicto político venezolano se desarrolla sobre las minucias de la acción política cotidiana. Sólo una de las partes, la que ejerce el gobierno, pretende una oferta de fondo que lo es más de telón de un esfuerzo por conservar el poder. Un conflicto ejercido a diario sobre lo circunstancial es en sí mismo una lucha por el poder y no más, lo cual plantea una conclusión de alto peligro: la sustitución del actor del poder no acabará el conflicto sino que más bien puede agravarlo. Es así como puede argumentarse que el venezolano es uno sin salida.

No hay frente a los venezolanos una interpretación de mundo que le permita dilucidar mediante el ejercicio de la reflexión un presente complejo e impredecible. En buena medida podemos afirmar que este conflicto diario sustentado sobre la superficialidad nos convierte en una sociedad de la ignorancia por oposición a lo que deberíamos ser o pretender ser: una sociedad del conocimiento.

El enmarcaje del conflicto en un “no volverán” o “los echaremos” reduce las posibilidades democráticas y anula la vía electoral para su resolución, puesto que cualquiera sea el resultado, se produzca o no la alternancia, el conflicto pervivirá en igual magnitud. Esto es, aparte de la violencia directa que se manifiesta con frecuencia, se seguirá manifestando una violencia estructural y cultural.

Fácil de decir y difícil de lograr, pero la única posibilidad pasa por el fomento de una perspectiva creadora del conflicto. El lenguaje de los actores, las movidas que llamaremos tácticas ante la ausencia de algún término despectivo para designarlas, sólo muestran una concepción de la democracia como procedimiento aparente en desmedro de una como forma de vida.

El interés general, principio básico de la ética política, que conlleva a un cuerpo social a la capacidad de discutir y consensuar, ha sido echado a un lado por los actores que se disputan el poder sobre la base de intereses sectarios. Viendo, por ejemplo, la cara de Jano del titular de nuestras Relaciones Exteriores, actuando como tal y como dirigente del partido gobernante en una dicotomía inaceptable, creo deberíamos plantear el concepto que denominaremos de “diplomacia ciudadana”, una que busque un máximo denominador común posible.

Lo que llamamos “diplomacia ciudadana”, por oposición al conflicto perverso, es una participación horizontalizada que calificaremos como una democratización del hasta ahora tratamiento convencional –si es que tal existe– del conflicto. Esto es, los actores de la resolución no son los titulares de la autoridad, ni los que la ejercen en una violación cotidiana del Estado de Derecho ni quienes la encarnan del otro lado por su mando sobre los partidos agónicos donde no se practica democracia interna. En pocas palabras, dado el juego cerrado del conflicto venezolano sólo una participación activa de protagonistas ciudadanos puede lograr una transformación positiva del conflicto en medio de una exigencia general de simetría y bajo el dominio de una razón comunicativa y dialógica.

La aparición de este ethos democrático redescubriendo el conflicto es ciertamente un albur, uno sólo lograble por la vía en que estamos definiendo, uno de pedagogía de la inclusión, o lo que estamos llamando una educación al conflicto. Aún contra los actores conflictivos que se empeñan en retroalimentarse y en cuyo esfuerzo convierten al lenguaje en bazofia y en arma condenable, es menester insistir en conceptos como la diversidad y las diferencias como valor, en la solidaridad y en el contraste como posibilidad. Si queremos verlo así, deberemos afirmar al conflicto bajo educación como palanca de transformación y logros, como un chance al aprendizaje y como una práctica de aquella afirmación de Paulo Freire de que toda acción educativa conlleva a una acción política y que la política posee una dimensión pedagógica, una, por cierto, desdeñada en esta ruina cotidiana a la que somos sometidos.

Si lo queremos decir de otra manera, la única posibilidad de enfrentar el conflicto, vista la pequeñez de los actores, es educando al conflicto para dar sentido a lo que no lo tiene. 

¿DERECHO Y DELITO?

2013-06-25“El Juzgado de Instrucción número 4 de Alicante ha acordado este martes prisión provisional, comunicada y sin fianza para la joven de 26 años detenida por haber arrojado supuestamente a su bebé recién nacido al patio de luces de un edificio de esta ciudad, según fuentes judiciales.” ABC de hoy.

Si esta infeliz muchacha se hubiese sometido a un aborto, habría asesinado a su bebé pero no estaría en la cárcel. Eso es lo que tiene saltarse la ley. Una ley que establece con claridad meridiana que si la madre mata a su bebé antes de parirlo ejerce un derecho y si lo mata un segundo después de parirlo comete un delito. Claro, también puede darse el caso, previsto por Bibiana Aído y otros científicos, de que el supuesto bebé sea un embrión de canguro, o de culebra, o de hipogrifo, o… En tal caso no hay delito ni antes ni después. Pero, ¿qué pasaría si el feto es de lince, especie protegida? La pregunta se la hago a la ex ministra y sus epígonos.

LECCIÓN DE PARLAMENTARISMO ÚTIL

No se pierdan el siguiente vídeo. En él verán a una joven diputada del partido Unión Progreso y Democracia (UPyD) dando en las Cortes españolas, generalmente utilizadas para torneos de sectarismo y rifirrafes electoralistas, un estimulante ejemplo de parlamentarismo útil -el que necesitan los ciudadanos- a propósito del atraco de las “preferentes”, uno de los escándalos más repugnantes del llamazar en que usureros, politicastros y parásitos sindicales han convertido la vida pública de este gran país.

http://www.youtube.com/watch?v=jfCKRPgvEws&list=PL1FYHg6X0hXTDrFzc1b3I3iX_ZZWm

NERVAL BAJO EL SOL NEGRO DE LA MELANCOLÍA

Entre los recortes de prensa que por un motivo u otro he guardado, hallé este magnífico artículo del novelista peruano Alonso Cueto. Está fechado en 2004, pero no sé dónde fue publicado. Siempre me ha parecido que el más fascinante personaje de Nerval es Nerval, y este artículo parece darme la razón.

Alonso Cueto

En una ocasión, mientras paseaba su langosta, atada con una cinta azul, por los jardines del Palais Royal, alguien le preguntó qué lo había llevado a preferir esa mascota. Gérard de Nerval no se inmutó. Pasear una langosta tiene dos ventajas, dijo. Una es que no ladra, la otra es que conoce los secretos del mar. 

Lo que, a la luz de su biografía, nos parece hoy probable, es que esta respuesta, al igual que muchas anécdotas suyas, revela a alguien que se tomaba sus bromas totalmente en serio. Cuando lo encontraron ahorcado, la madrugada del 26 de enero de 1855, en la sórdida calle Vieille Lanterne de París, tenía alrededor del cuello un cordón blanco que días antes le enseñaba a sus amigos. A algunos les había comentado, con un tranquilo orgullo, que se trataba de la liga que había usado la reina de Saba.

Lector de Poe y de Hoffmann, de quienes iba a heredar la visión de las pesadillas y los espectros femeninos, Gérard de Nerval no fue debidamente reconocido durante la segunda mitad del siglo XIX. A pesar de la admiración de Baudelaire, su obra poética y narrativa sólo fue revalorada en el siglo XX y el primer escritor en hacerlo fue Proust. Ensalzado por los surrealistas, hoy su novela Aurelia se lee como una visión de primera mano de un mundo de alucinaciones y de sueños concretizados; un texto exquisito y visceral que superpone naturalmente los discursos de la lucidez y las asociaciones del delirio. Aurelia cuenta sueños y pesadillas al mismo tiempo que narra estados de ánimo. Su fin declarado —“fijar todos los sueños en mi memoria y conocer su secreto”—, anticipa tanto a Freud como al surrealismo.

La vida de Nerval fue corta y marcada por el signo de la obsesión. Nació en París el 22 de mayo de 1808, como Gérard Labrunie. Su padre fue el doctor en medicina Étienne Labrunie. Si hay algún hecho decisivo en su vida, aquel que define un camino sin retorno, fue con toda seguridad la muerte de su madre. Pocas semanas después de ver nacer a su hijo, el doctor Labrunie fue nombrado médico adjunto de la Armada Imperial y a fines de ese año fue destinado a la Armada del Rhin. Su esposa, Marie-Antoinette Laurent, la madre de Nerval, decidió seguirlo. El pequeño Gérard fue entregado a su tío abuelo materno, Antoine Boucher, en cuya casa de Mortefontaine, en Loisy, pasó sus primeros años.

Uno de los testimonios que nos queda de su infancia es pictórico. En 1864, Corot iba a pasar por su tierra natal, Mortefontaine, donde pintaría sus famosos cuadros Recuerdo de Mortefontaine (que hoy se conserva en el Louvre) y El botero de Mortefontaine. Como Nerval, Corot pintaba los objetos distantes de un modo que los hacía parecer próximos. Sus paisajes ofrecen una atmósfera vaporosa y, sin embargo, de una densidad y de una inmediatez concretas; una imagen que parece integrar el sueño y la realidad tangible. Los bosques de Mortefontaine, en cierto modo, estuvieron siempre presentes en sus poemas y novelas.

Su madre murió en Silesia dos años después de dejarlo. Gérard nunca la conoció y declararía varias veces que ni siquiera llegó a ver un retrato de ella. Sin embargo, la oye. De niño le leen las cartas que ella escribió desde las orillas del Báltico o del Danubio. Oye sus palabras, la reconstruye en sus frases. En Promenades et Souvenirs, Nerval declara que quizá su pasión por los viajes fue el resultado de aquella voz muerta que le hablaba en las cartas. Todos los países extranjeros eran el lugar donde ella había vivido.

El hecho de que la única huella de su madre fueran las palabras quizá lo llevó a abrazar la carrera de escritor. Al no haberla visto nunca, su obsesión nostálgica la buscaba en cualquier mujer. En el mismo texto de Promenades et Souvenirs se iguala con su madre en la enfermedad: “La fiebre por la que murió me ha atacado tres veces, en épocas que marcaron, en mi vida, divisiones regulares periódicas. Siempre, en esas épocas, he sentido el espíritu conmovido por imágenes de duelo y desolación que rodearon mi cuna”.

En el mismo pasaje, Nerval cuenta que un día, jugando a la puerta de la casa de su tío, aparecieron tres oficiales frente a la casa. El oro ennegrecido de sus uniformes brillaba apenas bajo sus capotes de soldados. Uno de los oficiales se acercó y lo abrazó. El niño de siete años comprendió lo que ocurría. El oficial era su padre. “Desde ese día”, escribe Nerval, “mi destino cambió”.

Su padre lo lleva a París, donde entra a estudiar en el Liceo Carlomagno. Uno de sus compañeros de estudios, Théophile Gautier, iba a ser amigo suyo toda su vida. En 1828, cuando tiene apenas veinte años, Nerval publica su primer libro: la traducción al francés de Fausto de Goethe. En una carta, el escritor alemán le confiesa que gracias a la traducción se entiende a sí mismo mucho mejor. Pero su padre ve con desdén la vocación literaria y le exige estudiar medicina. Para entonces Nerval ha escrito el melodrama Han d’Islande (1829) y las Poésies allemandes (1830). Acepta la imposición de su padre y estudia medicina. Hasta que ocurre un acontecimiento liberador. En 1834 hereda 30 mil francos de su abuelo materno. Abandona los estudios, deja la casa de su padre, viaja por Italia. En ese mismo año ocurre un acontecimiento traumático: conoce a la actriz Jenny Colon.

Gérard de Nerval

Gérard de Nerval

Desde el primer momento, Nerval asume que hay un parecido inmediato entre Jenny y su madre. Algunos testimonios hablan de una declaración de amor de la que ella se burla. Otros dicen que él nunca llega a declararse. Se trata de un amor idealizado, exento de deseo sexual. El hecho es que, para impulsar su carrera de actriz, y con la parte de la herencia que le queda, Nerval funda la revista de lujo Le Monde Dramatique. La empresa es absurda. La revista está hecha sólo para promover a Jenny. Nerval no dirige sino los dos primeros números. Ha gastado toda su herencia en la revista. Sin dinero, se ve precisado a ganarse la vida en el periodismo. Por entonces forma parte del Petit Cenacle, junto a Gautier y a Dumas. En febrero de 1830 ha tomado parte en la batalla del estreno de L’Hernani de Victor Hugo. Escribe en pedacitos de papel, en el borde de las cartas, en las cintas que envuelven los periódicos. En un episodio confuso de esos años, iba a recordar que una mujer baila delante de él en un castillo, rozándolo apenas con su larga cabellera.

Ante el rechazo, directo o disimulado de Jenny, empiezan a manifestarse las primeras pruebas del delirio. Para entonces, ya había declarado que en realidad él era hijo de José Bonaparte, hermano de Napoleón. En 1836 cambia su apellido de Labrunie por el de Nerval. La razón: se considera heredero del emperador romano Nerva cuyos descendientes serían los Bonaparte. Aunque de reinado corto, Nerva ha pasado a la historia como un emperador ejemplar (Gibbon lo llama el primero de los “cinco buenos emperadores” romanos). Al igual que Nerva, Gérard se considera un iluminado, un conductor hacia el reino de las iluminaciones. ¿Y quiénes son los personajes que han llevado a la humanidad al reino de las iluminaciones? Él mismo da la lista: Cristo, Apolo, Orfeo, Pitágoras y Nerval. En una ocasión, caminando por las calles de París, se detiene, alza la cabeza, mira fijamente una estrella y se desnuda. En el club de los Haschischins del que forma parte, fuma hashis y se viste con túnicas orientales. La metáfora terrena más aproximada de la poesía y el sueño es la de los viajes. Desde que se siente rechazado por Jenny, Nerval empieza a viajar: con Gautier a Bélgica, con Alexander Dumas a Alemania. Durante su viaje a Austria, de noviembre de 1839 a marzo del siguiente año, conoce a la pianista Marie Pleyel, otra amada obsesiva, y al compositor Franz Liszt. El 15 de diciembre de 1840 se estrena su obra Piquillo en Bruselas. En la sala están Jenny Colon y Marie Pleyel, sus dos obsesiones. Está además la reina de Bélgica. Nerval se siente abrumado. Jenny y Marie. El encuentro de las dos mujeres en un mismo lugar es demasiado. En Aurelia va a aludir a este hecho como un desencadenante de la primera crisis de locura en 1941. Desde entonces estas crisis van a sucederse. Según él, estas alucinaciones son las que le permiten “cruzar las puertas de marfil que nos separan de lo surreal”. La muerte de Jenny Colon en 1842 es el primer paso en el proceso que va a llevarlo a reconstruirla. Jenny, Marie, su madre. Todas son Aurelia.

Las crisis de esos años consistieron básicamente en alucinaciones y delirios, propios de una personalidad esquizofrénica. Su médico, el doctor Blanche, lo internó varias veces en su clínica de Passy. Sin embargo, ningún médico parece poder hacer nada contra el peso de la melancolía. A propósito de la pérdida irreparable de su madre (y de Jenny), parece adecuada la definición de Freud: la melancolía es la instalación en uno del objeto perdido. “La melancolía me ha hecho tan negligente”, iba a escribir al ver su retrato. Su soneto más conocido, “El desdichado”, es una definición de ese ser cuyo centro se ha perdido para siempre: “Yo soy el Tenebroso, el Viudo, el Sin Consuelo,/ Príncipe de Aquitania de la Torre abolida:/ Mi única Estrella ha muerto, mi laúd constelado/ También lleva el Sol negro de la Melancolía”.

Gautier iba a escribir de él que “irradiaba bondad”. “Parecía rodearlo con una atmósfera especial. En aquellos días no hallaba reposo, vivía siempre parcialmente en un sueño. A veces uno lo veía con el sombrero en la mano, en una esquina, perdido en una especie de éxtasis, sus ojos estrellados de luces azules, su magnífico pelo, ya un poco delgado, creando una especie de humo dorado alrededor de su cabeza de porcelana, la taza más perfecta que ha contenido un cerebro humano, ascendido las escaleras en espiral de algún Babel interior. Cuando lo veíamos así, nos colocábamos en su línea de visión hasta darle tiempo de ascender de las profundidades de su sueño”. Albert Béguin, por su parte, se refiere a la foto que le toma Felix Nadar poco antes de su muerte: “Es sin duda el retrato más revelador de un hombre que el cuarto oscuro jamás haya aprisionado en su noche… su mirada inteligente, algo inquieta, sobre todo buena y humilde… ofreciéndose a la vista de quien quiera verla… ¿La muerte? Sí, está allí, desde hace mucho tiempo, compañera de su vida desde los años lejanos en los que se entretenía en la superficie de lo real. Ella no se ha ido, ha venido a amarlo. Pronto él responderá a su llamado”.

Nerval escribió alguna vez que la imaginación humana no ha inventado nada que no sea verdad. Su vida es un ejemplo del peso de la imaginación. Si para él no existen los linderos entre la realidad y el sueño, intenta recuperar a Jenny Colon, a su madre. Venidas del sueño, quiere integrarlas a la realidad. Sueña con ellas, escribe ese sueño, hace existir ese sueño en una novela. Es Aurelia.

La novela recuerda la definición que Nerval dio de la locura: el derramamiento del sueño en la realidad. Él mismo describió Aurelia como el descenso a los infiernos de la locura. Ulises en el subsuelo de la psique, Nerval desciende a los infiernos en busca del fantasma de Aurelia. En el libro se mezclan planos, visiones, episodios y exclamaciones. Es una versión descarnada y a la vez exquisita sobre la demencia. Al leerla, sentimos que asistimos al proceso de la locura, oímos la voz de un reportero que va narrando apasionadamente su propio descenso, unido a los lectores por los hilos inciertos de su lucidez.

“El sueño es una segunda vida”, dice en su famosa primera línea. “Los primeros instantes del sueño son la imagen de la muerte: un embotamiento nebuloso se apodera de nuestro pensamiento y no podemos determinar el instante preciso cuando el yo, bajo otra forma, continúa la obra de la existencia”. Después de este comienzo, Aurelia se va descomponiendo en frases sueltas, retazos, exclamaciones, alucinaciones verbales, intercaladas con descripciones precisas y reflexiones. El sueño y la vida, la razón y la locura, borran sus fronteras. Vemos las alucinaciones pero también leemos una definición sobre la función del escritor (“analizar con sinceridad lo que experimenta en las graves circunstancias de su vida”) y recordamos algunas tradiciones: “Me estremecí al recordar una tradición muy conocida en Alemania, que dice que cada hombre tiene un doble y que cuando lo ve, la muerte está muy próxima”.

Aurelia es una novela sobre la esclavitud de la nostalgia, una esclavitud perfeccionada por la ausencia de un cuerpo. La obsesión fija un centro. Cuando el centro desaparece, el poeta se convierte en un peregrino de la nada, un buscador errático: “Condenado por la que amaba, culpable de una falta cuyo perdón ya no esperaba, sólo me quedaba arrojarme en las embriagueces vulgares. Fingí la alegría y el abandono, corrí por el mundo, locamente enamorado de la variedad y del capricho”.

Las frases buscan materializar el cuerpo de Aurelia. Pero sus apariciones en el libro son sólo fugaces. La vemos como “una mujer de tez pálida, de ojos hundidos” en la medianoche de una calle. El contraste entre la obsesión y la nada crea un vacío que nadie puede remontar. El amor no podía existir fuera de la locura. El mundo es inaceptable. El peso de la mente sobrepasa las limitaciones y las exigencias banales de la realidad.

La noche del 25 de enero de 1855 salió a buscar un lugar apropiado. Antes escribió una carta de gratitud a su tía que terminaba diciendo: “No me esperen. Esta noche será blanca y negra”.

Lo encuentran a las siete de la mañana del 26 de enero. En sus bolsillos aparecen algunos objetos: las últimas páginas de Aurelia, dos centavos, su pasaporte, una carta. Al enterarse de la noticia, Baudelaire fue al lugar y observó que había tenido cuidado en escoger el lugar más sórdido de la sórdida calle Vieille Lanterne para ahorcarse. Gautier escribió: “Oh, Gérard, ¿qué has hecho? ¿Por qué no viniste a abrazarme?”. Los servicios funerarios se realizaron el 30 de enero en la iglesia de Notre Dame. Béguin ha escrito que “de todos los que han escrito, Nerval es quien se ha mantenido más en un estado de poesía”. Para Armel Guerne, era quien conocía el secreto blanco del amor y había recibido “la llave del santuario de una gran sabiduría”.

Ciento cincuenta años después, sus obras nos siguen resultando tan verdaderas como sus sueños. Entre las frases, aún aparece la imagen de un cuerpo ahorcado, abrazado a la imagen de su madre. Es un poeta al que no sólo admiramos. También lo queremos.

(Todas las citas de Nerval pertenecen a la traducción de Ricardo Silva Santisteban de Aurelia o el sueño y la vida, Universidad Católica del Perú. Lima, 2004.)

HÉCTOR TIMERMAN: EL INESPERADO AMIGO DE LA DICTADURA CUBANA

Gabriel C. Salvia

(ANÁLISIS LATINO, 15/6/2013) Durante el último día de la sesión ordinaria LXIII de la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA) que se desarrolló en Guatemala, la República Argentina abogó por la creación de un mecanismo, el cual fue aprobado, para facilitar la participación de Cuba en el proceso de las Cumbres. Al respecto, el Canciller Héctor Timerman expresó que para “Argentina ese foro hemisférico nunca estará completo sin Cuba”.

Al igual que sucedió el año anterior en la ciudad colombiana de Cartagena de Indias, nuevamente en Guatemala se vio el influyente despliegue de la dictadura cubana en su afán de lograr legitimidad regional. Una legitimidad que desde la perspectiva democrática carece, pues la revolución que llegó al poder por la vía armada en 1959, para derrocar a la dictadura de Fulgencio Batista, ha instaurado un régimen de partido único con un esquema legal que reprime el ejercicio de derechos fundamentales y, en especial, las libertades civiles y políticas.

En consecuencia, Cuba no puede regresar a la OEA porque su sistema institucional no cumple con lo establecido en la Carta Democrática Interamericana. Por lo tanto, no es la OEA la que tiene que cambiar, sino el gobierno de Cuba, a través de una apertura política que garantice los derechos a la libertad de asociación, reunión y expresión, y que culmine en unas elecciones libres de sus autoridades.

De esta manera, Cuba podrá cumplir con el artículo primero de la Carta Democrática: “Los pueblos de América tienen derecho a la democracia y sus gobiernos la obligación de promoverla y defenderla”. Ahí sí, cuando deje de existir esta dictadura remanente en la región, para alegría de todos los demócratas “este foro hemisférico estará completo con Cuba”.

Mientras tanto, lo que sí debería hacer la OEA y los estados que la integran, es denunciar la falta de libertades en Cuba y, en lugar de considerar el apoyo a un gobierno ilegítimo, brindarle reconocimiento y protección al movimiento cívico cubano. Sobre esto último, el Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL) le dirigió una petición al Secretario General del organismo, el chileno José Miguel Insulza, contando con la adhesión de doscientos tres referentes democráticos dentro de Cuba. Al día de la fecha, ni la OEA ni ningún país integrante del organismo respondió formalmente a esta petición.

Curiosamente, lo que CADAL le reclama a la OEA, y a todo país democrático, es precisamente lo que hacía Héctor Timerman cuando era periodista, asumiendo como tal posturas comprometidas internacionalmente en la defensa de los derechos humanos. En efecto, el actual Canciller kirchnerista fue uno de los más duros críticos de la dictadura cubana luego de la ola represiva de marzo de 2003, conocida como la “Primavera Negra de Cuba”. En un video grabado en la redacción de la revista Debate, de la cual era su director, Timerman expresaba: “Yo denuncio la falta de libertad de prensa en Cuba. La denuncio porque creo que Cuba es una dictadura”.

Pocos meses después de brindar este elocuente testimonio para un video, el actual Canciller argentino publicó el 23 de enero de 2004 un artículo reclamándole al entonces gobierno de Néstor Kirchner prácticas de diplomacia comprometida en Cuba: “Porque fuimos víctimas no debemos olvidar a las actuales víctimas… Por ejemplo, en relación a Cuba, correspondería recibirlos, confortarlos y ser sus voceros frente al régimen castrista. ¿De qué sirve celebrar nuestras fechas patrias en la embajada argentina si en ellas están ausentes los disidentes?”.

El 11 de abril de 2011, CADAL le dirigió una carta al Canciller Héctor Timerman, recordándole sus expresiones y solicitándole que las lleve a la práctica durante la recepción de la Fiesta Nacional del 25 de mayo en la residencia de la embajada argentina en La Habana. Nunca respondió al pedido y desde que asumió en la Cancillería su gestión ha continuado la línea  marcada por la presidente Cristina Fernández de Kirchner, de amistad con las dictaduras y desprecio por los activistas de derechos humanos. Toda una paradoja para un gobierno que alardea con ser un referente internacional en derechos humanos y cuyo eje de la política exterior dice basarse en el respeto a los mismos.

Por eso, ya no sorprende que alguien cuyos dichos públicos ofrecían una esperanza en la adopción de una política exterior activa en defensa de los derechos humanos esté liderando ahora la movida en la OEA en busca de apoyo a la dictadura cubana. El problema en el caso del Canciller Timerman es que cada vez que asume posiciones alineadas con el ilegítimo gobierno del Partido Comunista de Cuba, o sus dictaduras aliadas, salen a la luz aquellas expresiones que había formulado cuando era un periodista independiente.

Si bien una persona puede cambiar de opinión, algo típico en un ambiente democrático, nada se ha modificado sobre las características de la dictadura cubana respecto a las consideraciones que Héctor Timerman señaló hace casi una década. Lo único que cambió es la actitud moral de Timerman, quien pasó de defender a los presos y perseguidos políticos cubanos a apoyar a sus verdugos.

[Gabriel C. Salvia es Director General del Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL).]