Harar, el infierno de Rimbaud

Rimbaud foto

Rimbaud en Harar, 1880.

Harar representó el punto de escisión entre las dos grandes etapas de la vida de Rimbaud: sus años como poeta y sus años como comerciante.

Por Diego Olavarría

(LETRAS LIBRES, México, 10/11/2014) A finales de 1880, en tiempos del asedio militar egipcio, apareció a las afueras de Harar el comerciante francés Alfred Barday. Este hombre, famoso en los alrededores del Mar Rojo por sus numerosos negocios y casas comerciales, llegaba al bastión islámico más importante del cuerno de África para expandir sus intereses en la región. Para acompañarlo en el inicio de esta aventura, se había hecho de un empleado a quien conoció unos meses antes, en Adén, Yemen: un joven taciturno paisano suyo, de cabellera rubia y polvorienta, ojos helados, y semblante serio e inexpresivo.

A pesar de considerarlo misterioso, a Barday le había resultado notable la habilidad de este personaje con los idiomas –hablaba con fluidez griego y árabe—así como su erudición: con solo 27 años, este joven sucio y malencarado versaba con soltura sobre temas de geografía, historia e ingeniería (eso cuando decidía abrir la boca, pues era más bien lacónico). Es probable que Barday viera en él cierta cualidad de alma errante e intrépida, características indispensables para un comerciante que aspira a sobrellevar la vida en una ciudad alejada y culturalmente inhóspita. El nombre de este empleado era Arthur Rimbaud, y era, tal vez, el poeta más importante de su siglo. Pero Barday no lo sabía ni tenía manera de imaginarlo: Harar era un lugar donde la poesía no importaba. El mundo ahí se medía ahí en unidades menos abstractas: cabezas de camello, kilos de khat, costales de café y táleros de plata.

Hasta el XIX, Harar fue un universo autocontenido, rodeado de murallas impenetrables. Conocida por sus habitantes como la Gei*, tenía su propio idioma, su propio sistema político, su propia arquitectura, así como un poderoso ejército que puso un par de veces de rodillas a los etíopes cristianos y a los portugueses. El primer occidental en entrar a Harar fue el viajero inglés Richard Francis Burton, quien en 1854 arriesgó la vida con tal de conseguir una audiencia con el Emir de la ciudad. Hoy Harar es un sitio medianamente turístico. La principal avenida que lo atraviesa se llama Charleville, en honor al pueblo donde nació Rimbaud. Pero en 1880 era un lugar tan distante y desconocido que solo figuraba en los imaginarios de algunos exploradores, comerciantes y diplomáticos. Paul Verlaine, por ejemplo, pensó durante años que Rimbaud había huido a Herat, en Afganistán. En otras palabras: Harar era tan exótica que un poeta no podía siquiera encontrarla en un mapa.

Harar representó el punto de escisión entre las dos grandes etapas de la vida de Rimbaud: sus años como poeta y sus años como comerciante. Aunque viajó por Escandinavia, Indonesia y Chipre, fue en Harar donde el poeta se convirtió en algo radicalmente diferente.

Para entender al Rimbaud de Harar, es necesario tener en claro que a él jamás le importó la consagración literaria. Su misión era hacer de su vida una obra de arte; para lograrlo Rimbaud destruyó el yo poético y se reinventó de la forma más radical posible: como negociante. Como lo señaló Charles Nicoll en Rimbaud en África (Anagrama, 1991) el Je est un autre de Las Cartas del vidente se convirtió en profecía de la transformación venidera. Harar fue el lugar perfecto no solo para desaparecer, sino también para reformularse más allá de lo reconocible. Rimbaud lo habrá visto así: si la poesía es un mundo etéreo y abstracto, el del comercio es uno banal y corriente donde todo tiene precio, donde todo es concreto. Convertirse en comerciante era ser un autre.

Rimbaud confiesa en varias ocasiones su deseo de escapar de las insulsas calles de Harar. En una carta de 1881 advierte a sus amigos que está a punto de irse, tal vez a Zanzíbar o a Panamá. Pero a pesar de sus quejas (el “aburrimiento embrutecedor”, la “estupidez y flojera” de los habitantes) lo cierto es que solo una vez, –cuando visitó El Cairo en 1887—se alejó más allá del puerto de Adén. Pasará temporadas en lo que hoy son Yibuti, Shoa y Somalia, pero de una u otra manera siempre regresa a Harar, su hogar, su fatal patria, el único sitio donde se siente libre. Hacia mediados de la década de 1880, en alguna de las largas noches que pasaba leyendo libros sobre minería y escribiendo cartas, Rimbaud vuelve a tener un presagio, una iluminación: “Es probable que jamás encuentre la paz de espíritu; que ni viviré ni moriré en paz. ¡Eso es la vida y no es para tomarlo a risa!”.

Con dolores insoportables en la pierna, Rimbaud deja Harar en abril de 1891 y hace el último viaje entre esta ciudad y el Golfo de Adén en una camilla llevada por cargadores. Tres meses y varios tortuosos navíos después, Rimbaud desembarca en Marsella. Ahí, será internado en un hospital de jesuitas y le amputarán la pierna. Pero la enfermedad –cáncer óseo— seguirá avanzando. No sin antes haber aprendido a caminar con una prótesis de madera, Rimbaud morirá el 10 de noviembre de 1891, a los 37 años, víctima del cáncer pero también de las caminatas, de las fiebres nunca curadas del todo y de las penurias. Víctima de los kilómetros, las caravanas, el sol del cuerno de África; del aburrimiento y las ambiciones nunca logradas. Hacia el final de su vida, empobrecido, frustrado y enfermo, Harar se habrá convertido para Rimbaud en símbolo de la existencia absurda, del largo viaje que no ofrece recompensa. O bueno, quizá una: la estúpida muerte. Al explorar los años africanos de su vida, queda claro que Rimbaud cambió la posibilidad del Parnaso por una temporada en el infierno. Y que ese infierno fue Harar.
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*La palabra Gei, que significa ciudad en idioma hararí, viene del griego Γῆ, Tierra.

La pelea literaria entre Benedetti y Vargas Llosa que sacó al baile a Neruda, Sábato y Carpentier

Vargas Llosa y Benedetti foto

Benedetti y Vargas Llosa en París, década de los 60.

Por Felipe Ojeda

(CULTO, 12/6/2019) Una entrevista al escritor peruano en 1984 comenzó una acalorada discusión epistolar con su par uruguayo. “Intelectuales condicionados”, fue el primer golpe del autor de “Los cachorros” en lo que serían tres rounds en donde ambos defienden su posición política.

El innegable talento demostrado por Mario Vargas Llosa y (el fallecido) Mario Benedetti en sus novelas, ensayos y artículos periodísticos, así como la extraordinaria difusión alcanzada por sus libros, han generado y generan todavía una razonable expectativa ante cada uno de sus comentarios y opiniones, aun cuando no se limiten al campo específico de la literatura.

Así lo evidencia una discusión entre ambos, desde una entrevista y cuatro misivas recogidas por medios como Panorama de Italia y El País de España, fechadas entre enero y junio de 1984.

Acá una selección de algunos de los mejores pasajes de una de las buenas peleas literarias que dio el boom latinoamericano.

Round 1: condicionados como el perro de Pavlov

El 9 de abril de 1984, el autor de La tregua publicó en El País la columna “Ni corruptos ni contentos” en donde increpa al escritor peruano: “Desde 1960 a la fecha, Vargas Llosa ha efectuado un viraje espectacular en sus predilecciones políticas”, comienza diciendo, “y si bien siempre se ha esforzado en demostrar que su desvelo especial es la libertad, lo cierto es que hace 15 años era entusiastamente apoyado por las izquierdas latinoamericanas, y hoy en cambio es halagado y arropado por las derechas”, remarca.

“Son señales a tener en cuenta”, advierte el escritor uruguayo: “Las izquierdas suelen equivocarse en sus fervores; las derechas, casi nunca”.

Benedetti replicó a Vargas Llosa a raíz de una entrevista publicada por la revista romana Panorama, el 2 de enero de 1984. “‘Corruptos y contentos’ titula Valerio Riva a toda página el artículo en cuestión, sintetizando así el diagnóstico de su ilustre interlocutor acerca de sus colegas latinoamericanos. Solo menciona tres excepciones (aclara que ‘hay que buscarlas con lupa’): Octavio Paz, Jorge Edwards y Ernesto Sábato, pero tengo mis dudas de que este último se sienta halagado por integrar la terna”, escribe el uruguayo.

“Entre los intelectuales europeos de izquierda ha tenido lugar un saludable replanteamiento, pero en América Latina la mayoría baila aún obedeciendo a reflejos condicionados, como el perro de Pavlov”, reclamaba Vargas Llosa desde la entrevista con Panorama.

Cuando el periodista le pregunta quiénes son esos “intelectuales condicionados”, el peruano responde: “Gabriel García Márquez, Mario Benedetti y Julio Cortázar”.

“Estos son los más ilustres”, puntualiza, “pero luego hay un número infinito de intelectuales medianos y menores, todos perfectamente manipulados, subordinados, corruptos. Corruptos por el reflejo condicionado del miedo de afrontar el mecanismo de satanización que posee la extrema izquierda”.

Luego sigue: “En los países del Tercer Mundo y sobre todo en América Latina, el intelectual es un elemento fundamental del subdesarrollo. No es alguien que lucha contra el subdesarrollo, ya que es un gran propagador de estereotipos y crea reflejos intelectuales condicionados. Al repetir todos los lugares comunes de la propaganda, termina por obstruir cualquier posibilidad de creación de nuevas fórmulas de liberación”.

Un clinch: “Difícil imaginar que Carpentier o Neruda resulten más culpables de nuestras miserias que la United Fruit o la Anaconda Copper Mining”

Benedetti, en su respuesta, señala: “Tengo la impresión de que la teoría de los reflejos condicionados ha ido condicionando a Vargas Llosa. Gracias a Pavlov sabemos ahora que el subdesarrollo no es una consecuencia del desarrollado y subdesarrollante imperialismo, ni de las intocables transnacionales, ni del extendido analfabetismo, sino del alfabetizado y maligno intelectual”.

“Toda una revelación, aunque nos sea difícil imaginar que Carpentier o Neruda resulten más culpables de nuestras miserias que la United Fruit o la Anaconda Copper Mining”, agrega.

Luego añade: “A un intelectual del alto rango artístico de Vargas Llosa debe exigírsele una mínima seriedad en los planteos políticos, particularmente cuando estos ponen en entredicho la probidad de sus colegas”.

Según Benedetti, “hablar de ‘corruptos y contentos’ en una región del mundo en la que hay tantos intelectuales perseguidos, prohibidos, exiliados; donde hay por lo menos 28 poetas (incluido su compatriota Javier Heraud) que perdieron la vida por causas políticas; un continente que ha conocido el holocausto de Rodolfo Walsh, Haroldo Conti, Paco Urondo; la desaparición de Julio Castro; el asesinato de Roque Dalton e Ibero Gutiérrez; la prisión de Carlos Quijano y Juan Carlos Onetti; la tortura de Mauricio Rosencof y la muerte heroica de Leonel Rugama; hablar de corruptos y contentos en ese marco de discriminación y de riesgo, de amenazas y de crimen es, por lo menos, una actitud insoportablemente frívola”.

“Confieso que, en el fondo, esta ráfaga de agravios, esta virulenta ofensiva que Vargas Llosa dedica a aquellos intelectuales que no comparten sus ideas, me decepciona bastante”, escribe Benedetti antes del cierre: “Hace tiempo que nos hemos resignado a que no esté con nosotros, en nuestra trinchera, sino con ellos, en la de enfrente, pero en cambio no podemos resignarnos a que, por diferencias ideológicas o amparado quizá en las dispensas de la fama, recurra al golpe bajo, al juego ilícito, para reforzar sus respetables argumentos. Afortunadamente, la obra de Vargas Llosa está netamente situada a la izquierda de su autor, y seguirá siendo leída con fruición por los zombis, los robots y los perros de Pavlov”.

Round dos: “El heroísmo no resulta siempre de la lucidez, muchas veces es hijo del fanatismo”

El 14 de junio de 1984, Mario Vargas Llosa recogió el guante y contraatacó con una nueva columna titulada “Entre tocayos”, publicada en El País.

Allí dice: “Hay una extraordinaria paradoja en que la misma persona que, en la poesía o la novela, ha mostrado audacia y libertad, aptitud para romper con la tradición, las convenciones y renovar raigalmente las formas, los mitos y el lenguaje, sea capaz de un desconcertante conformismo en el dominio ideológico, en el que, con prudencia, timidez, docilidad, no vacila en hacer suyos o respaldar con su prestigio los dogmas más dudosos e incluso las meras consignas de la propaganda”.

“Examinemos el caso de los dos grandes creadores que Benedetti menciona”, invita Vargas Llosa.

“Tengo a la poesía de Neruda por la más rica y liberadora que se ha escrito en castellano en este siglo, una poesía tan vasta como es la pintura de Picasso, un firmamento en el que hay misterio, maravilla, simplicidad y complejidad extremas, realismo y surrealismo, lírica y épica, intuición y razón y una sabiduría artesanal tan grande como capacidad de invención. ¿Cómo pudo ser la misma persona que revolucionó de este modo la poesía de la lengua el disciplinado militante que escribió poemas en loor de Stalin y a quien todos los crímenes del estalinismo —las purgas, los campos, los juicios fraguados, las matanzas, la esclerosis del marxismo— no produjeron la menor turbación ética, ninguno de los conflictos y dilemas en que sumieron a tantos artistas?”, escribe el peruano.

Según el hombre de La ciudad y los perros, “toda la dimensión política de la obra de Neruda se resiente del mismo esquematismo conformista de su militancia. No hubo en él duplicidad moral: su visión del mundo, como político y como escritor era maniquea y dogmática. Gracias a Neruda, incontables latinoamericanos descubrimos la poesía; gracias a él —su influencia fue gigantesca—, innumerables jóvenes llegaron a creer que la manera más digna de combatir las iniquidades del imperialismo y de la reacción era oponiéndoles la ortodoxia estalinista”.

“El caso de Alejo Carpentier no es el de Neruda. Sus elegantes ficciones encierran una concepción profundamente escéptica y pesimista de la historia, son bellas parábolas, de refinada erudición y artificiosa palabra, sobre la futilidad de las empresas humanas (…) Pero, ¿qué lección de moral política dio a sus lectores latinoamericano este gran escritor? La de un respetuoso funcionario de la revolución que, en su cargo diplomático de París, abdicó enteramente de la facultad, no digamos de criticar, sino de pensar políticamente. Pues todo cuanto dijo, hizo o escribió en este campo, desde 1959, no fue opinar —lo que significa arriesgarse, inventar, correr el albur del acierto o el error—, sino repetir beatamente los dictados del Gobierno al que servía”, argumenta Vargas Llosa.

Luego agrega que “en América Latina, un escritor no es solo un escritor. Debido a la naturaleza terrible de nuestros problemas, a una tradición muy arraigada, al hecho de que contamos con tribunas y modos de hacernos escuchar, es también alguien de quien se espera una contribución activa en la solución de los problemas”.

Vargas Llosa explica que tanto Neruda como Carpentier “no parecen haber cumplido aquella función cívica como cumplieron la artística”.
“Mi reproche, a ellos y a quienes, como lo hicieron ellos, creen que la responsabilidad de un intelectual de izquierda consiste en ponerse al servicio incondicional de un partido o un régimen de esta etiqueta, no es que fueran comunistas. Es que lo fueran de una manera indigna de un escritor: sin reelaborar por cuenta propia, cotejándolos con los hechos, las ideas, anatemas, estereotipos o consignas que promocionan; que lo fueran sin imaginación y sin espíritu crítico, abdicando del primer deber del intelectual: ser libre”, agrega.
“Muchos intelectuales latinoamericanos han renunciado a las ideas y a la originalidad riesgosa, y por eso entre nosotros el debate político suele ser tan pobre: invectiva y clisé. Que haya acaso entre los escritores latinoamericanos una mayoría en esta actitud parece confortar a Mario Benedetti y darle la sensación del triunfo”, reclama el peruano.

Según el autor de Conversación en La Catedral, “Benedetti cita a un buen número de poetas y escritores asesinados, encarcelados y torturados por las dictaduras latinoamericanas (es significativo de lo que trato de decir que olvide mencionar a un solo cubano, como si no hubieran pasado escritores por las cárceles de la isla y no hubiera decenas de intelectuales de ese país en el exilio. De otro lado, por descuido, coloca a Roque Dalton entre los mártires del imperialismo: en verdad, lo fue del sectarismo, ya que lo asesinaron sus propios camaradas)”.

“El heroísmo no resulta siempre de la lucidez, muchas veces es hijo del fanatismo”, añade.

Luego culmina diciendo que “el problema no está en la brutalidad de nuestras dictaduras, sobre lo que Benedetti y yo coincidimos, así como en la necesidad de acabar con ellas cuanto antes. El problema es: ¿con qué las reemplazamos?, ¿con Gobiernos democráticos, como yo quisiera?, ¿o con otras dictaduras, como la cubana, que él defiende?”.
Benedetti y Vargas Llosa en París, 1966.

Round tres: “el Gobierno revolucionario no ha matado a ningún escritor”

Cuatro días más tarde, Mario Benedetti volvió a responder a Vargas Llosa con nuevos argumentos.

“Creo que ya somos bastante maduros como para alimentar la ilusión de que los argumentos de uno vayan a conmover las convicciones del otro, y viceversa”, comienza esgrimiendo.

Luego añade: “Nuestra mayor e irremediable diferencia está en que Vargas Llosa entiende que cualquier escritor latinoamericano que hoy apoye revoluciones como la cubana o la nicaragüense no lo hace libremente y por convicción, sino por ‘un desconcertante conformismo en el dominio ideológico’”.

“Personalmente, tengo mejor opinión de mis colegas”, dice Benedetti, “y sin perjuicio de que pueda existir algún sectario u obsecuente, creo que la gran mayoría de escritores latinoamericanos que han apoyado y apoyan esas revoluciones lo hacen por propia decisión y no por corrupción, ni por cinismo, ni por oportunismo”, agrega.

Según Benedetti: “Eso es lo que me conforta, y no, como dice Vargas Llosa, el que los intelectuales hayan renunciado a las ideas y a la originalidad riesgosa. Justamente porque no han renunciado a sus ideas y a sus riesgos es que frecuentemente son víctimas de formas de represión (cárcel, torturas, destierro, negación de visados, amenazas, etc.) que él, afortunadamente, no ha sufrido”.

“Por otra parte, al retomar mi mención de Neruda, Vargas Llosa habla exclusivamente de sus ‘poemas en loor de Stalin’, y no de sus autocríticas a ese respecto, que constan en Memorial de isla Negra y también en sus memorias. Aunque con rumbos ideológicos contrarios, la evolución de Neruda acerca de Stalin siguió un proceso bastante similar al de Vargas Llosa con respecto a Cuba. Solo que él juzga su propio cambio como un signo de libertad, y, en cambio, el de Neruda ni siquiera lo menciona”, argumenta.

Luego sigue: “Vargas Llosa me reprocha que, al citar ‘a un buen número de poetas y escritores asesinados, encarcelados y torturados por las dictaduras latinoamericanas’, olvide mencionar a uno solo cubano y, en cambio, por descuido, coloque a Roque Dalton ‘entre los mártires del imperialismo: en verdad, lo fue del sectarismo, ya que lo asesinaron sus propios camaradas’. En realidad, yo hablo de 28 poetas ‘que perdieron la vida por razones políticas’ y no incluyo al poeta salvadoreño ‘entre los mártires del imperialismo’”.
“A mayor abundamiento, le recuerdo que en mi antología Poesía trunca (publicada en La Habana y en Madrid), que incluye a esos 28 poetas, digo textualmente al hablar de Roque Dalton: ‘Enrolado en el Ejército Revolucionario del Pueblo, organización salvadoreña, regresó clandestinamente a su patria, y el 10 de mayo de 1975 fue asesinado en su país por una pequeña fracción ultraizquierdista de esa misma organización’”, señala el uruguayo. “Por otra parte, en esa antología figuran cinco poetas cubanos, todos ellos asesinados por la dictadura de Batista, ya que, como es obvio, el Gobierno revolucionario no ha matado a ningún escritor”.

Diez, nueve, ocho…: “El enemigo no es exactamente la URSS, sino, definitivamente, EEUU”

Benedetti puntualiza que cuando dice “nosotros” se refiere a quienes defienden las revoluciones latinoamericanas, “y pese a sus carencias y
eventuales errores, las consideramos fundamentales y fundacionales para la liberación de nuestros pueblos. Cuando digo ‘ellos’ me refiero a quienes indiscriminadamente las acosan, renuncian a comprenderlas y contribuyen a bloquearlas con su desinformación. No solo los ‘neofascistas’ y las ‘alimañas’ ejercen esa tarea; también los ‘reaccionarios de izquierda’, que no faltan”, agrega.

“Es obvio que a mi tocayo ya no lo seducen las revoluciones”, sugiere el uruguayo, “más bien reclama que las reformas, aun las más radicales, ‘se hagan a través de Gobiernos nacidos de elecciones’. (La memoria de Salvador Allende y los archivos de la CIA podrían aportar algo a este respecto). Eso, por supuesto, excluye a todas las revoluciones que en el mundo han sido, desde la francesa a la soviética, desde la mexicana a la argelina, desde la cubana a la nicaragüense. Quizá mi tocayo haya olvidado que aun la revolución norteamericana debió esperar 13 años desde la declaración de independencia hasta la elección y asunción de su primer presidente constitucional. La exigencia electoral de Vargas Llosa incluye, en cambio, a gobernantes como Somoza, Stroessner y otras ‘alimañas’ que nunca olvidaron ese requisito formal. Y también comprende a El Salvador, en cuyos recientes comicios la exclusión de la izquierda, según Vargas Llosa, ‘limita, pero no invalida el proceso’”.

“O sea, que hay democracia semántica para todos los gustos”, concluye.

Benedetti zanja la discusión con dos ideas.
Primero: “Concuerdo con mi tocayo en que a ambos nos gustan las novelas largas, pero, en cambio, no estoy tan seguro de que nos pongamos de acuerdo sobre las razones y el color de la injusticia. Lo demás es (efectivamente) literatura, aunque sea tan buena como la de Mario Vargas Llosa”.

Y por último: “Creo que para el proceso de liberación económica, social y política de América Latina, el enemigo no es exactamente la URSS, sino, definitivamente, Estados Unidos. (En una reciente encuesta europea, el pueblo español opinó en el mismo sentido). Hasta ahora, al menos, todos los bloqueos, invasiones, adiestramientos de torturadores, campañas de esterilización e intereses leoninos, que sufren nuestros países, no provienen de la Unión Soviética, sino de Estados Unidos. De modo que también en las alertas hay prioridades”.

15 días de páginas abiertas para el códice del Cid

La Biblioteca Nacional descubre por primera vez el manuscrito dentro de una exposición dedicada a Menéndez Pidal

Por Luis Alemany

(EL MUNDO, Madrid, 4/6/2019) “No sé si los héroes nacionales siguen siendo necesarios en nuestro tiempo, si no son un poco incómodos para nosotros. Pero si lo son, el Cid está bastante bien. Era justo, no era cruel, era un buen padre y un buen marido y, cuando tenía un problema con alguien, trataba de resolverlo a través de la ley”. Esta mañana, Jesús Antonio Cid, Presidente de la Fundación Ramón Menéndez Pidal, explicó así el valor de la vida de Rodrigo Díaz de Vivar, quizá menos anacrónica de lo que podríamos pensar.

El Cid es relevante hoy porque la Biblioteca Nacional expone desde hoy y por primera vez el códice del Cantar de mío Cid, tras 600 años de encierro entre colecciones monásticas, privadas y públicas. Durante los próximos 15 días, los españoles podrán mirar a través de una urna de vidrio que permanece a 21 grados centígrados y con yun 45% de humedad constante, las páginas abiertas del libro, un legajo de 64 páginas de pergamino grueso que Menéndez Pidal llamó “el acta fundacional de la literatura española”. Una pequeña ojeada para el visitante, un gran paso para la Historia.

Algunos datos sobre el códice: su material es la tradición oral del siglo XII que fue transcrito en el siglo XIV, probablemente en el Monasterio de San Pedro de Cardeña (Burgos). Durante siglos, permaneció en el convento de las Clarisas en Vivar, de donde salió en 1779, prestado a Eugenio Llaguno para proceder a su edición en imprenta. Llaguno nunca lo devolvió. Poco después, el códice estaba en manos de la familia Gayangos, que estuvo a punto de vendérselo al Museo Británico de Londres. Pedro José Pidal pujó más fuerte y el códice se quedó en España. La Hispanic Society de Nueva York le puso un cheque en blanco, pero Pidal resistió. En 1969, la Fundación March pagó 10 millones de pesetas por el documento y se lo cedió al Estado.

El códice del Cantar de mío Cid tiene 3.700 versos de métrica irregular en caracteres góticos que narran los últimos años del caballero de Vivar, desde su destierro en 1081 hasta su muerte en 1099. Aparece la toma de Valencia, la boda, el agravio y la reivindicación de las hijas del Cid con los infantes de Carrión, la batalla de Jérica… “En la historia del Cid están valores que hoy nos emocionan: la lealtad, el compañerismo, el espíritu de superación”, dijo Ana Santos Aramburo, directora de la Biblioteca Nacional.

La institución, en colaboración con la Fundación Menéndez Pidal, ha arropado el descubrimiento del códice con una exposición que explica la figura de don Ramón Menéndez Pidal en relación con la del Cid. Donde Unamuno desdeñó la leyenda del Campeador, Menéndez Pidal se lanzó a hacer campañas etnográficas y pesquisas por bibliotecas con el fin de entender la historia del Cid. Una anécdota: en una de esas campañas, Menéndez Pidal llegó a Granada, acompañando a su hija Jimena, a la que un enemigo de la familia le había suspendido latín en Madrid, y que esperaba examinarse en Andalucía para evitar el veto. Menéndez Pidal aprovechó el viaje para visitar el Albaicín, aunque estaba avisado de que la excursión era peligrosa. ¿Alguien podría ayudarle, introducirle entre los gitanos con naturalidad? Apareció un poeta joven llamado Federico García Lorca. Con él subió al Albaicín y recopiló canciones y leyendas antiquísimas. Cuatro años después, Lorca publicó Romancero gitano.

La historia la cuenta Enrique Jerez, investigador de la Fundación Menéndez Pidal, uno de los responsables de la exposición doble de la Biblioteca Naciona. En sus vitrinas aparecen otros manuscritos medievales valiosísimos, como El debate de Elena y María y el Poema de Yúçuf,e scrito en aragonés con grafía árabe. Aparece también algunos retales de la vida de Menéndez Pidal: la colaboración con María Goyri, su mujer, la primera española licenciada en Filosofía y Letras, su relación con los grandes filólogos de su época e, incluso, su papel en el rodaje de El Cid, la película de Anthony Mann con Charlton Heston y Sophia Loren. Aquel proyecto no sonaba muy bien en la España franquista, hasta que Menéndez Pidal avaló su guión. “Le encantaba que los moros españoles fuesen españoles y no sólo moros. Si se acuerdan de la película, los moros españoles vestían de colores, les gustaba el vino y la poesía. Los malos venían de Marruecos, iban de negro y odiaban la poesía”.

Dos estudios arrojan luz sobre el misterioso origen de los canarios

LIndígenas de La Gomera

Indígenas de La Gomera. Ilustración de Leonard Tarriani (1592).

En algunas de las islas el porcentaje de habitantes con genes indígenas supera el 50%, mientras que en otras ha desaparecido

 

Vicente G Olaya

(EL PAÍS, Madrid, 3/6/2019) La historia de las islas Canarias antes de su conquista en el siglo XV, admiten los expertos, representa uno de los grandes misterios de la arqueología española. Con una comunidad científica muy dividida —ni siquiera se ponen de acuerdo en cuándo se produjo la primera oleada de pobladores indígenas—, arqueólogos, historiadores y genetistas han dado el primer gran paso para desentrañar el origen de los actuales isleños. Los estudios de la profesora Rosa Fregel, del departamento de Bioquímica, Microbiología, Biología Celular y Genética de la Universidad de La Laguna, desvelan que, dependiendo de la isla, gran parte de la población actual porta ADN mitocondrial aborigen. A esto se une que José Farrujia de la Rosa, arqueólogo y profesor de Didáctica de las Ciencias Sociales de la misma universidad, en su reciente libro Identidad canaria (Ediciones Tamaimos), descifra los principales secretos de esta civilización cuya presencia material prácticamente ha desaparecido, pero no su impronta. Entre ellos, Farrujia de la Rosa recuerda los dos sistemas de escritura que poseían, su llegada en dos oleadas desde el norte de África o su carencia de caballos o bueyes, ya que las embarcaciones que los transportaron hasta el archipiélago resultaban demasiado pequeñas.
Todo comenzó por un liquen (orchilla) que servía para elaborar el color púrpura, una tonalidad muy deseada para teñir los ropajes de aquella época. Así que el noble normando Jean de Béthencourt consiguió del rey castellano Enrique III, a principios del siglo XV, el apoyo necesario para conquistar aquellas lejanas islas de las que se tenía constancia, al menos, desde el historiador romano Tito Livio (las denominó Afortunadas). El choque cultural y militar entre los pobladores insulares (los indígenas canarios) y los castellanos fue brutal: se necesitaron casi 100 años de lucha para tomar las siete islas.
La cultura indígena se adentró así en las tinieblas de la historia. Entre los siglos XVI y XX, se desarrollaron diversas teorías sobre aquel pueblo: desde una supuesta procedencia celta hasta un origen indoeuropeo. Ahora, las pruebas arqueológicas y de ADNhan dejado claro que los indígenas canarios no son otra cosa que imazighen (en singular, amazigh), un pueblo que se extendió por el norte de África hace más de 3.000 años y que ocupaba desde Libia hasta el Sáhara. En un artículo publicado en la web de la Universidad de La Laguna, Fregel explica que se “puede determinar que la población canaria global tiene una ascendencia aborigen por línea maternal del 55,9%, mientras que los componentes europeos y africano subsahariano son de un 39,8% y un 4,3%, respectivamente”.
Cuando el cálculo se realiza para cada isla por separado, los resultados son bastante variables. Los valores más altos de ascendencia indígena se observan en la población de La Gomera (55,5%) y en La Palma (41,0%), mientras que los valores más bajos se encuentran en Tenerife (22,0%) y El Hierro (0,0%). Los resultados de El Hierro, con una supervivencia nula de la población indígena, se pueden explicar por la propia evolución histórica de esta isla (es la más occidental) o por la escasez de las muestras analizadas.
Fregel añade que “gracias a los análisis de ADN antiguo se ha podido desterrar la creencia de que los guanches eran casi vikingos: altos, rubios y de ojos azules. Todo apunta a que proceden del norte de África y que su fisonomía se asemeja bastante a la de los bereberes, de piel blanca, más bien cetrina, y ojos marrones o claros, en algunos casos. Tópicos o leyendas de la época, lo cierto es que los antiguos pobladores de Canarias no eran tan diferentes a los canarios de hoy en día”.
¿Pero cómo y por qué llegaron a Canarias? Farrujia de la Rosa sostiene que lo hicieron en dos grandes oleadas. Una primera hace unos 2.500 años (las pruebas de carbono 14 no son concluyentes) y una segunda, en torno al siglo I, coincidiendo con la presencia romana en el norte del continente.
Cruzaron el mar en pequeñas embarcaciones —no se han encontrado restos de ninguna— y desembarcaron en las islas más orientales: Lanzarote (la isla que ha proporcionado las fechas más antiguas por carbono 14, mil años antes de nuestra era) y Fuerteventura. Se ignora cuántos individuos lo lograron, aunque los cálculos científicos demuestran que 14 parejas pudieron ser suficientes para que el poblamiento insular fuera exitoso en un 81%. Pero solo es una teoría, pudieron alcanzar la costa muchísimos más.
De la segunda oleada se sabe que se produjo en época romana, momento en el que se introdujo en Lanzarote y Fuerteventura, entre otros elementos culturales, la escritura latino-canaria. Con anterioridad, en la primera arribada, ya habían extendido la escritura líbico-bereber en el archipiélago. Ambas están ahora en proceso de estudio: se han realizado diversas propuestas de transcripción que recogen la presencia escrita de teóforos, teónimos o nombres personales.
Sea como sea, lo más evidente es que en Canarias no existe ningún tipo de mina férrica o metalífera, por lo que los pobladores tuvieron que adaptar sus conocimientos (eran poseedores de la metalurgia) al nuevo hábitat. Surge así el empleo de obsidiana y basalto para los útiles líticos o una cerámica decorada con colores ocres, como es el caso de la de Gran Canaria, con claros paralelismos con la conocida en otras partes del ámbito amazigh del continente.
“Adoraban al sol y la luna, pero también a las montañas, a los roques y a las cuevas, al igual que los imazighen”, explica Farrujia de la Rosa. Se extendieron por las siete islas y “lo importante”, señala el profesor, “es que la investigación ha fructificado, tras décadas con las más controvertidas teorías. Falta mucho, pero nos vamos acercando a encontrar una respuesta a de dónde venimos”, incide.