Humor cubano

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Caricatura de Omar Santana

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Los vericuetos del arte confiscado en Cuba

julio-lobo-casa-y-cuadroFidel Castro y los suyos se dieron prisa con las expropiaciones (Alejandro Ernesto / EFE)

La muerte de Fidel Castro alienta las expectativas de restitución de obras de arte expropiadas en la revolución

 Fernando García
(LA VANGUARDIA, Barcelona, 6/12/2016) A quién pertenecen estas obras de arte? ¿Quiénes son los legítimos propietarios de la treintena de Sorolla exhibidos en el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, cuatro de ellos prestados ahora mismo a una exposición en la casa museo del pintor en Madrid? ¿Y las alrededor de 30.000 piezas de esa misma pinacoteca habanera procedentes de confiscaciones de los primeros años sesenta, a quién pertenecen? ¿Y qué decir del Museo Napoleónico de Lcon sus 7.400 objetos entre obras de arte, muebles, libros, armas, documentos y prendas del emperador francés y de personalidades de su entorno? La respuesta no es fácil en ningún caso.
Fidel Castro y los suyos se dieron prisa con las expropiaciones. Ya el 3 de enero de 1959, dos días después del triunfo de la revolución, los insurgentes crearon un primer Gobierno Revolucionario que incluía un Ministerio de Recuperación de Bienes Malversados. Su titular era Faustino Pérez, uno de los expedicionarios del yate Granma y primeros combatientes en la S ierra Maestra. Él y su equipo se pusieron manos a la obra de inmediato en una vasta operación de nacionalizaciones que en los años siguientes se articuló de manera más organizada a partir de una batería de leyes; entre ellas la n.º 989 de 1961, que estableció la confiscación de las “propiedades abandonadas” por quienes habían dejado el país de manera más o menos forzosa para irse al exilio. Esa norma, derogada en el 2012, fue la que amparó el mayor número de enajenaciones, desde las emprendidas contra los empresarios más ricos y cercanos al dictador Fulgencio Batista hasta otras muchas contra decenas de propietarios de clase media alta. Hubo de todo.
El 11 de octubre de 1960, Ernesto Che Guevara citó en su oficina del Banco Central de Cuba al magnate Julio Lobo, quien hasta quedar desposeído de su fortuna había sido el hombre más rico y con la colección de arte más importante de la isla. Para su sorpresa, en aquella reunión el Che le ofreció dirigir la industria azucarera del país, antes suya en gran parte y ahora del país. “Usted es comunista y yo soy un capitalista de toda la vida. No puede ser”, rechazó Lobo. Al día siguiente, al ir a su despacho para recoger todo lo que pudiera antes de abandonar Cuba, el soldado que estaba apostado a la puerta le dijo: “Ahora le tenemos donde queríamos. ¡Está usted en pelotas! Y él replicó: “Nací en pelotas, moriré en pelotas y algunos de los mejores momentos de mi vida los pasé en pelotas”.
Entre los objetos de la colección que el empresario había dejado tras de sí después de largos años de pasión algo más que fetichista, pues era hombre culto, había porcelanas de Sèvres, pinturas de Regnault, bronces de Thomire y un par de pistolas de Napoleón. Todo lo cual el régimen reubicó en el antiguo palacio de estilo renacentista del militar y diplomático del Gobierno de Machado, Orester Ferrara.
Parecido destino corrieron los patrimonios de los hermanos José y Alfonso Fanjul, emperadores asimismo del azúcar, y de la familia política del segundo, los Gómez-Mena. En las paredes de sus mansiones quedaron, al salir ellos de Cuba, cuadros de G oya, Murillo, Caravaggio, Boucher, Lebrun y numerosos Sorolla. Detrás de una pared falsa de la imponente casa de María Lui sa Gómez-Mena Vila, condesa de Revilla de Camargo y tía de la esposa de Fonsy , sus nuevos guardianes hallaron valiosas joyas y piezas de platería. Los hombres de Castro plantearon ése y otros hallazgos similares como el desmantelamiento de un complot en el que al pecado de acumular riqueza se añadía la vileza de ocultarlo tras la huida. “En cajas de zapatos con decenas de miles de pesos, en vasijas enterradas llenas de joyas preciosas, en paredes tapiadas o closets encubiertos, los malversadores que dejaron el país pretendieron esconder lo que habían robado al pueblo. Lo ocultaron con la esperanza de regresar algún día a Cuba y rescatar esa riqueza. Hubo también obras de arte que pasaron al patrimonio nacional y ahora forman parte de las colecciones que se exhiben en los museos para disfrute y cultura del pueblo”, reza todavía hoy la información oficial al respecto.
Algo conservaron las Gómez-Mena al dejar la isla. Incluido el pánico a perderlo todo. El diseñador francés Herbert de Givenchy lo recordaría muchos años después, entre divertido y malicioso, en entrevista con Vanity Fair: “La condesa (probablemente sobrina de la citada y heredera de su título) siempre venía al atelier con dos mucamas que traían bolsas de plástico llenas de algo pesadísimo. Nos preguntábamos qué demonios llevarían ahí. Y un día nos enteramos de que eran kilos y kilos de zafiros, rubíes, esmeraldas y diamantes. ¡La señora iba con sus joyas a todas partes porque tenía miedo de que se las robaran!”.
La casa de la condesa de Revilla, tras cuyos muros se hallaron aun en 2003 cinco cuadros del siglo XVIII francés, fue convertida en Museo de Artes Decorativas. En él puede verse hoy, también, una parte del legado de Óscar B. Cintas, otro magnate del azúcar además de exembajador de Cuba en las Naciones Unidas, quien había fallecido en 1957 dejando encargada la administración de sus posesiones al Chase Manhattan Bank, con la orden de crear una fundación para becar artistas cubanos. Goya, Velázquez, Murillo, Rembrandt, el Greco y Sorolla son algunos pintores de los que Cintas poseyó una o más obras. Parte de ellas pasaron al Bellas Artes de La Habana y parte se quedaron en Nueva York, donde él pasaba tanto tiempo como en la capital cubana.
Dos Sorolla del legado Cintas dieron lugar a uno de los más sonados litigios entre antiguos propietarios de obras confiscadas por la revolución, o sus representantes –en este caso la Fundación Cintas–, y coleccionistas o subastadoras que, como Sotheby’s en este episodio, participaron en compraventas de pinturas expropiadas en la isla. La misma casa de subastas intervino en la colocación del cuadro Puerto de Málaga, de Sorolla, que había pertenecido a los Fanjul y el Bellas Artes vendió dentro de un lote de cuatro pinturas del valenciano. Tales operaciones, desarrolladas en los años 80 y 90, dieron lugar a ríos de tinta y alguna sorpresa judicial. Pues tanto la Fundación Cintas como los Fanjul encajaron derrotas en tribunales que denegaron sus reclamaciones frente a Sotheby’s. Los demandantes apelarían a la polémica ley Helms Burton, que castiga el comercio con bienes nacionalizados por el Gobierno castrista. Pero se cree que al mismo tiempo iniciaron conversaciones que mantuvieron bajo el mayor de los sigilos.
Porque la vida da vueltas y los negocios son los negocios. Así, hoy, Alfonso Fanjul, gigante del azúcar en Estados Unidos con gran influencia política y amigo del rey Juan Carlos, alienta el proceso de diálogo iniciado por Barack Obama y Raúl Castro y no descarta invertir en la isla.
Los anticastristras más acérrimos incluyen la nacionalización de la colección Lobo como parte del “expolio” o el “saqueo” cubano, pero una de sus hijas, María Luisa, ha mantenido un cordial diálogo con La Habana, y tanto el embajador de Francia como la viuda del último príncipe Napoleón, Alix Foresta, asistieron en 2011 a la reinauguración del museo dedicado al emperador. Todos amigos.
En otros casos menos célebres pero numerosos, la dispersión de piezas vendidas o robadas y luego a menudo subastadas complica no sólo su recuperación sino, para empezar, su localización y acreditación de su propiedad. El cambio de manos empezó a menudo cuando los empleados o familiares que los exiliados había dejado a cargo de sus pertenencias se vieron empujados, muchas veces por necesidad, a ofrecerlas al mejor postor.
Pleitos y procedimientos de demanda hay abiertos no obstante. Y cada vez más desde que en diciembre de 2014 Obama y Castro sellaron el deshielo. No tanto en el ámbito de los bienes culturales como en el de los bienes raíces. Tal como sostiene Isabel Cabarrocas, de la Compañía de Recuperaciones Patrimoniales 1898, radicada en Barcelona y que representa a 250 familias con reclamaciones por casi 1.800 millones de euros, el camino idóneo para la restitución o la obtención de compensaciones es la negociación.
Pero los pactos o resoluciones que puedan resarcir a los afectados tardarán todavía años. Llegarán, si llegan, al ritmo de Cuba.

Una caricatura, una polémica

Como mi archivo es una leonera, cuando ahí busco algo siempre encuentro lo que no busco. En esta ocasión lo que apareció es una estupenda caricatura (sin firma), hecha por ya no recuerdo quién, en la que estamos el doctor Portuondo y yo.
En 1964 tenía yo 28 años y, en las páginas de LA GACETA DE CUBA, me ensarcé en una polémica sobre el surrealismo con el profesor José Antonio Portuondo, uno de los saurios ilustrados que en la Cuba de aquella época auxiliaban al régimen en la faena de imponernos el realismo socialista. Entonces yo me sentía revolucionario, pero no estaba dispuesto a aceptar ninguna coyunda, ni como escritor ni como nada. Aquella caricatura aparecida en LA GACETA DE CUBA (aquí la muestro) ilustra un artículo mío, titulado “El profesor y el poeta”, que desató la ira soviética de mi contrincante.

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Censura cinematográfica en la Segunda República

Las 58 películas que prohibió la Segunda República… y sus razones

Aunque el artículo 34 de la constitución de 1931 reconocía la libertad de expresión, el principio no se aplicó en el cine

I.  Viana

(ABC, Madrid, 4/8/2016) En 1931, la revista especializada en cine «Popular Film» vertía sus frustraciones acerca de la censura en un artículo sobre «El acorazado Potemkin» (1925) y «Octubre» (1928), las míticas películas de Sergei Eisenstein: «Este cine ruso, tan grandioso y de tan alto valor moral, es el que reclamamos nosotros. Ahora, con la instauración de la Segunda República creíamos que se autorizaría su proyección. Pero no, parece que hay interés en embrutecer a la masa con los filmes yanquis de vampiresas y ladrones».

Efectivamente, la proclamación del nuevo Gobierno, el 1 de abril de ese mismo año, hizo concebir esperanzas infundadas sobre la aprobación de las cintas prohibidas durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), pero lo cierto es que, a pesar de que el artículo 34 de la nueva constitución reconocía la libertad de expresión, este principio no se aplicó a las películas. Muchas de ellas se prohibieron y otras tantas sufrieron el corte de varias escenas. Eso nos da una información muy valiosa acerca de lo que las autoridades consideraron peligroso o impropio para la sociedad entre 1931 y 1936. «En este aspecto, es curioso que no haya diferencias de intereses entre los periodos de gobiernos izquierdistas y de centroderecha», aseguran los catedráticos del Departamento de Historia de la Comunicación Social de la Universidad Complutense de Madrid, María Antonia Paz Rebollo y Julio Montero Díaz, en su estudio sobre «Las películas censuradas durante la Segunda República».

El número de títulos supervisados aumentó en este periodo una media de 281 obras cada año, es decir, un 9%. En 1935 se fijó el récord en 1.181 obras revisadas, entre cintas de ficción, documentales y noticiarios. Todo ello en una época en la que el cine se convirtió en un espectáculo de masas. Tal es así que, en 1931, se anunciaban en la cartelera de periódicos como ABC un total de 29 salas de cine en Madrid. En junio de 1936, poco antes del comienzo de la Guerra Civil, aumentaron hasta 49. «Muchos historiadores coinciden en que es la época más popular del cine en España por una razón muy sencilla: el analfabetismo estaba por encima del 30% y se había impuesto el doblaje. Había una gran sintonía entre el público y los filmes», cuenta a ABC Román Gubern, cuyos estudios sobre la historia del cine en España fueron pioneros.

Sin contar las películas que tuvieron que suprimir escenas o sustituir sus títulos, durante la Segunda República se prohibieron 58 filmes, de los cuales 41 eran de ficción y los otros 17, documentales y noticiarios. Obras tanto españolas como extranjeras a las que no se dejó llegar a los cines por abordar temas tan diversos como la invasión de Abisinia, la liberación del General Sanjurjo, ciertas costumbres africanas difíciles de entender en la época, los temas electorales o las informaciones relacionadas con la Familia Real española, tal y como ocurrió con las bodas de Doña Beatriz de BorbónDon Jaime de Borbón y Battemberg, respectivamente, que no pudieron ser contempladas por los españoles en los cines.

Pero más allá de estas, quizá de una incidencia menor, a continuación os dejamos las principales razones por las que la censura republicana actuó y los títulos más importantes que no fueron autorizados en base a estas.

En defensa de la moral

Este punto afectó mucho más a las películas de ficción que a los documentales. Se trataba de evitar que aparecieran en pantalla escenas de sexo explícito o simplemente que las insinuaran. Se llegaron a cortar planos en los que se recogía una cópula entre abejas («El País de la miel»), un coito entre una yegua y un caballo («Éxtasis») o unos novios acostados en el sofá («Entre sábado y domingo»). Por supuesto, todos los desnudos, por breves que resultaran, también fueron suprimidos de los largometrajes aunque el guion lo justificara.

– «Adúltera» (1935): este filme se prohibió en todo el territorio nacional, tanto por su título como por su argumento evidente. La censura de la Segunda República puso un empeño especial en eliminar de los cines españoles todas las referencias explícitas a relaciones extramatrimoniales.

– «El último amor de Don Juan» (1934): cuando la lujuria se desbordaba a lo largo de una trama, como es el caso de esta película de Alexander Korda protagonizada por Douglas Fairbanks y Merle Oberon, la cinta no sólo era prohibida, sino que también se especifica que esa prohibición se extendía a las sesiones privadas.

Contra los actos delictivos

La Segunda República intentó que nunca aparecieran actos delictivos en los que los criminales resultaran triunfadores. Se quería difundir la idea de que toda acción en contra de la ley debía ser castigada y no podían dejar el más mínimo resquicio en la imaginación del espectador para que pensara que eso no ocurría en muchas ocasiones.

– «Audaz atraco en Madrid» (1935): la censura no tuvo miramientos con este documental producido por Hispano Foxfilm en el que, con un tono que en ocasiones era simpático, contaba la historia de un grupo de ladrones que robó medio millón de pesetas destinadas al pago de los empleados municipales en Madrid.

Contra el comunismo

La censura republicana fue radicalmente anticomunista y se empeñó en eliminar cualquier representación audiovisual de la revolución bolchevique que tuvo lugar en Rusia pocos años antes. Esta se percibía en España como una amenaza, pues creían que, habiendo tenido éxito en el país más autoritario del mundo, podía llegar a triunfar también aquí. Sin embargo, lo que temían no eran tanto las escenas propiamente comunistas, sino, sobre todo, las violentas. La Ley de Defensa de la República prohibía explícitamente la difusión de noticias que «puedan quebrantar el crédito o perturbar la paz y el orden público».

– «Octubre» (1928): la famosa obra de Sergei Eisenstein no se pudo proyectar legalmente en España, ni en público ni en privado, porque reconstruía los acontecimientos ocurridos en Rusia desde febrero hasta octubre de 1917. Una película de 100 minutos en la que, siguiendo la filosofía comunista, no había personajes principales. Sus intensas secuencias no fueron bien entendidas por las jóvenes generaciones rusas ni por las autoridades españolas. El comunismo estuvo vetado en cualquiera de sus versiones cinematográficas ante un temor de que incitara a la revolución.

– «Chapaev» (1934): dirigida por los hermanos Georgi y Sergei Vasilyev, relataba la historia de un comandante legendario del ejército soviético y héroe de la Guerra Civil Rusa: Vasily Ivanovich Chapaev (1887-1919). Exclusivas Diana quiso distribuir la película en España, pero un mes antes del inicio de la Guerra Civil fue prohibida. Estaba basada en la novela del mismo nombre de Dmitri Furmanov, un escritor ruso y comisario bolchevique que fue enviado desde Moscú a luchar junto al personaje principal del filme en la vida real.

– «Moscú» (1934): la versión muda de este documental también fue prohibida, bajo la justificación de que las imágenes podían interpretarse de manera errónea si no había una voz que las explicara. Este miedo fue muy habitual en la censura española, que solía obligar al censor a introducir un comentario de antes de permitir su proyección. Eso ocurrió, por ejemplo, con una edición del Noticiario Fox en la que se recogía el «Primero de mayo en Moscú» o en la película «La llegada del señor Laval a Moscú». Si las imágenes acompañaban dicha alocución, era más fácil que obtuvieran vía libre.

Contra la imagen de los países

Durante la Segunda República existieron acuerdos entre diferentes países para evitar la exhibición de películas que pudieran dañar imagen. España los firmó con México, El Salvador, Nicaragua, Perú y Chile. A través de ellos, una cinta considerada difamatoria podía prohibirse directamente por vía diplomática. En el archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores aún se conservan las cartas con los comentarios sobre ciertas cintas enviadas desde las embajadas o por particulares, que tenían el objetivo de evitar que una de estas obras llegara a los cines y alimentara los sentimientos contra una nación extranjera o, incluso, contra España.

– «Las Hurdes (Tierra sin pan)» (1933): el famoso documental de Luis Buñuel fue considerado denigrante para los españoles, por retratar una de las regiones más pobres y menos desarrolladas del país. Se estrenó en una sesión semiprivada en 1934, a la que acudieron intelectuales madrileños como Gregorio Marañón, que había acompañado a Alfonso XIII en su visita a esa región cacereña en 1922. El médico indignado por «lo desagradable y parcial del reportaje». La queja surtió efecto y fue inmediatamente prohibido.

– «Mamba»: una película que manchaba la imagen de los alemanes a través de la historia de un colono germano que vive en África y se hace millonario explotando y maltratando a los negros. Todo ello con el añadido de que se vanagloriaba de ser el mejor conquistador del mundo.

– «Thunder over México» (1933): el filme mostraba a los mismos españoles como colonoes crueles y salvajes con los indios, y les hacía responsables de la destrucción de la civilización Maya. La película fue montada a partir de las escenas filmadas en 1930 por Serguéi Eisenstein para «¡Que viva México!». El proyecto, que fue abandonado por diferentes problemas, intentaba retratar la cultura y la política desde el México prehispánico hasta la revolución rusa.

Nueva entrega de “Sibila”

SibilaEstá en circulación el Nº 49 de SIBILA, preciosa revista de arte, música y literatura que se publica en Sevilla (España) los meses de octubre, enero y abril, bajo la dirección de Juan Carlos Marset y asistida por un consejo editorial integrado por Rosario Acal, César Camarero, Francisco José Cruz, Joaquín Gallego, Antonio Gamoneda, Antonio Garrigues Walker, Hans Ulrich Gumbrecht, Cristóbal Halffter, Cristina Iglesias, Pedro Lastra, César Antonio Molina, Mercedes Monmany, Luis de Pablo y Mario Vargas Llosa.

En esta entrega aparecen textos de Jaime Jaramillo Escobar, Manuel Díaz Martínez, Rafael Cadenas, Lucía Estrada, Mercedes Escolano, Ada Salas, Sergio Rodríguez Saavedra, Eduardo Hurtado, Federico Díaz-Granados, Gustavo Adolfo Garcés, Yolanda Pantín, José Iniesta, José Luis Rey, Juan Carlos Mestre, Álvaro Valverde, Francisco Jarauta, Alberto Ruiz de Samaniego, Ryszard Krynicki, Pedro Serrano, Ednodio Quintero, Ilan Stavans, Victoria de Stéfano, Tomás Marco, Noni Benegas y Mercedes Zavala. Las ilustraciones son de Tony Cragg. (Suscripciones: informacion@sibila.org)