PRESENTARÁN LIBRO DE AUTORAS CANARIAS

La Fundación Canaria Mapfre-Guanarteme lo invita a la presentación del libro Revuelto de isleñas, una colección de relatos situados entre la escritura y la cocina, de las autoras Dolores de la Fe, Teresa Iturriaga Osa y Sira Ascanio. Las palabras de presentación estarán a cargo de la escritora y traductora Teresa Iturriaga Osa. El acto tendrá lugar el jueves 11 de noviembre, a las 19:00 horas, en el Aula Magna de la sede institucional de la Fundación en Las Palmas de Gran Canaria, sita en la calle Juan de Quesada, 10.

OPINIÓN AJENA

Cuando escribí mi primera novela policial, una agente literaria europea me recomendó no seguir haciéndolo. En su opinión, los lectores europeos y norteamericanos estaban sólo interesados en novelas que representasen a la región mediante una narrativa de corte mágico-realista, como la de los célebres Gabriel García Márquez o Alejo Carpentier. No había espacio, creía ella, para latinoamericanos que practicasen un género creado en el norte en el siglo XIX. Las tramas de detectives, intriga y espías eran coto exclusivo de los autores del Primer Mundo o de aquellos nacidos en las naciones enfrentadas en la Guerra Fría. Además, en Chile nadie iba a creer en detectives de ficción radicados en Chile.

Su afirmación resultó tan errónea como aquella, en boga también entonces, de que la novela en general estaba condenada a morir pronto. La novela, en general, y la novela policial latinoamericana, en particular, gozan hoy de excelente salud en el mundo, a juzgar por las nuevas librerías y el auge de la venta de libros electrónicos. Muchos confunden el futuro del libro impreso con el futuro de la novela. Yo soy un optimista con respecto a lo segundo, porque nada sustituye la especificidad de lo que brinda la novela. Ningún otro arte, disciplina o tecnología nos permite indagar y explorar de forma tan intensa y profunda el alma humana, sus pasiones, anhelos y frustraciones. Y nada nos permite eludir esa terrible condena que nos oprime desde la cuna a la muerte: tener que ver el mundo desde nuestra estrecha perspectiva. Sólo la novela nos permite salir de nuestro yo, ingresar en otro ser para contemplar y tratar de entender las cosas desde allí, desde una posición de otro modo inalcanzable.

La novela policial latinoamericana, considerada ayer un género menor, se estudia hoy en universidades europeas y norteamericanas, genera congresos y ensayos, y contagia con sus recursos y atmósferas a la novela a secas. Es un avance notable, ya que en los años 40 había autores latinoamericanos que escribían bajo seudónimo anglo novelas policiales que ocurrían en una Nueva York o un Londres que nunca habían visto.

Sospecho que su actual fortaleza estriba en que supo beber de la tradición anglosajona, aprender de la novela dura estadounidense y de las corrientes europeas, y luego se atrevió a romper su dependencia con respecto al norte y a crear un género prácticamente nuevo, original, auténticamente regional, pero inserto en el mundo globalizado, uno en el cual los investigadores kantianos del norte no tienen sitio, pues la realidad continental es irreductible a categorías del norte.

Su vitalidad viene también de su capacidad para proyectar la condición humana en las trepidantes y peligrosas metrópolis de América Latina, en su habilidad para presentar artísticamente la vida de hoy con un realismo estremecedor. Nada ofrece hoy, a mi juicio, una mejor radiografía de la región que la novela policial latinoamericana. Ella logra sumergirnos como azorados testigos en los dramas y las pasiones humanas, ya sea en medio de la letal Ciudad Juárez, la asfixiante Cuba del castrismo o la polarizada Venezuela, en la Colombia golpeada por la narcoguerrilla, el pujante Brasil de Lula o la aporreada Argentina, o bien en nuestra propia historia reciente. Nada ni nadie escapa a la lupa de los novelistas policiales latinoamericanos, ni el estado democrático ni el dictatorial, ni las zonas marginales ni las exclusivas, ni los gobiernos ni los militares ni la justicia, ni los abogados ni los periodistas ni los escritores. Es una gran forma de captarle el pulso al continente y los sueños y frustraciones de sus habitantes.

La novela nos permite eludir esa terrible condena que nos oprime desde la cuna a la muerte: tener que ver el mundo desde nuestra estrecha perspectiva.

Roberto Ampuero: “Dura de matar”. EL MERCURIO, Chile, 23/9/2010.

MI CONDENA

El blog La Reina de la Noche, de la escritora cubana Isis Wirth, ha sufrido un devastador ataque informático. Para cometer una fechoría semejante, que condeno rotundamente, hay que sentir mucho miedo ante la libertad de expresión y mucho odio hacia quienes la ejercemos. Espero que el autor de este delito sea descubierto cuanto antes y tenga que sentarse ante un juez. Mi compatriota, colega y amiga Isis Wirth puede contar con mi solidaridad.

HOY SE CUMPLEN CIEN AÑOS DEL NACIMIENTO DE MIGUEL HERNÁNDEZ (1910-1942)

Entre los poetas españoles que estimularon y guiaron mis primeras tentativas en el verso, junto a Bécquer y Antonio Machado, está Miguel Hernández. El Miguel Hernández de El silbo vulnerado y El rayo que no cesa, descubierto por mí en uno de aquellos tomitos de papel amarillento y sobrecubierta de orla violeta de la Colección Austral. Siendo yo un adolescente que trabajaba de cartulario en una notaría de la Manzana de Gómez, los compraba por cuatro reales –ahorrados de las meriendas– en la ya desaparecida librería Martí, situada en la calle O’Reilly, en La Habana Vieja, muy visitada por Lezama, Baquero, Octavio Smith y otros miembros de Orígenes. En aquella Cuba revuelta y llena de malos presagios –Batista regía la isla por segunda vez, Fidel Castro campaba en la Sierra Maestra y estallaban bombas en las noches de La Habana–, Miguel Hernández era una de las devociones de la intelectualidad criolla progresista y comunista.

Tiempo más adelante, en los primeros meses de la revolución cubana, llegó a mis manos, en una edición argentina, el Miguel Hernández de Viento del pueblo. Mucho me apoyé en este libro, así como en los ejemplos que me brindaban Maiakovski, Neruda, Brecht, Vaptzárov, para demostrar a escépticos y exquisitos que también las convicciones políticas –y, más que las convicciones, las emociones y pasiones políticas– pueden generar poesía, a condición, claro está, de que anden por medio el espíritu y la destreza de un poeta genuino que vibre con los dramas de la calle como con los de su propia intimidad.

Miguel Hernández fue mi fiel aliado en esos días de fervores y furores. Mis argumentaciones hallaban en su ejemplo un espléndido soporte. Yo hacía notar que el mismo temblor humano que desata y ennoblece la palabra de Hernández en la elegía que dedica a Ramón Sijé, y la misma carga de rebeldía que la inaceptable desaparición del amigo hace estallar en este extraordinario texto, los hallamos en “El niño yuntero” y la elegía a Pablo de la Torriente Brau, poemas de la faceta abiertamente política de Hernández.

Mucho tiempo fui de los que aseguran que la poesía está en las cosas y el poeta la descubre. Hoy prefiero decir que la poesía está en el poeta y las cosas se la provocan. Creo que la poesía no es un mundo aparte, sino una parte del mundo. Y pienso que la grandeza de un poeta estriba en la fuerza reveladora del idioma con que responde a la provocación de las cosas, en la amplitud de su capacidad de respuesta a los infinitos estímulos con que las infinitas cosas lo acosan.

Un poeta que me ha obligado a esta reflexión es Miguel Hernández. Él, yendo del culteranismo a los decires populares e incorporándose lo más auténtico de la poesía que lo precedió, se hizo un lenguaje entrañablemente suyo que le permitió sostener un diálogo eficaz con lo eterno y lo contingente, con el misterio y la evidencia, y que, puesto el poeta en la condición de testigo y partícipe de la historia que le impusieron, le sirvió para revelar la mayor cantidad de realidad de la tragedia española que comenzó en el 36, o, más bien, que comenzó en el 31 y estalló en el 36.

A Miguel Hernández su muerte en una oscura cárcel nos lo presenta como un rayo vulnerado, pero su enorme poesía –el canto mayor que nos llegó de la Guerra Civil– lo ha convertido en el silbo que no cesa.

NADA NUEVO EN ESTE MUNDO

Esta es la fabulosa hacienda Fortaleza, situada en la región del Municipio de Valparaíso, que ha sido comprada este año por uno de los nuevos millonarios brasileños. En este caso se trata del hijo del líder sindical, defensor de los pobres del mundo y los parias de la tierra, el actual presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula Da Silva.

El joven Fábio Luiz Lula Da Silva (foto de la portada de la revista brasileña Veja, junto a su padre), hace 5 años era un humilde empleado del Zoológico de Sao Paulo con un sueldo de 1,500 Reales (750.00 dólares) mensuales, pero este año acaba de comprar la hacienda Fortaleza, pagando por ella la bicoca de 47 millones de Reales (24 millones de dólares).

Si se sacan cuentas, se llega a la conclusión de que al avispado hijito de papá Lula Da Silva, ganando 1.500 Reales al mes, le llevarían 2,612 años juntar los 47 millones de Reales que pagó por esta “humilde” fazenda.

Pero ahí no para todo. Fortaleza era propiedad de José Carlos Prat Cunha, que criaba toros campeones y ganado cebú en dicha hacienda, y casualmente, después que la compró el hijo de Lula Da Silva, la hacienda fue la primera en recibir el certificado de exportación de carne para Europa, según la revista Veja. [Gracias a Jesús Artiles por la información.]

KIRCHNER & FERNÁNDEZ

El peronismo me ha parecido siempre una marca de zapatos: Calzados Perón, variedad de modelos en todas las tallas. Uno de esos modelos es el kirchnerismo, cuyo fundador acaba de sucumbir a un infarto después de empuñar durante siete años las riendas del Gobierno: cuatro como presidente legítimo y tres como cerebro detrás del trono ocupado, sólo en efigie, por su señora.

La pareja inventó una fórmula para eternizarse en el poder, consistente en la alternancia perpetua: en unas elecciones se presentaba él y en las siguientes ella, de modo que el ejecutivo de la República siempre quedara en casa sin necesidad de reformar la Constitución, que es un engorro. No cabe duda de que la maquinación del matrimonio Kirchner, a la que se pudiera poner la etiqueta de “fórmula porteña”, tiene cierto encanto de empresa familiar y es un novedoso aporte a las técnicas de reelección practicadas (no siempre con éxito: recuerden a Mel Zelaya, la cuarta urna y el pijama) por sus socios del fascio bolivariano.

El dúo de la Casa Rosada no me simpatiza, a pesar de que encuentro guapa a la presidenta. Me da repelús que gente como ésta llegue a tener en sus manos los destinos de una nación.

Ese dúo, hoy roto por la muerte, últimamente ha protagonizado escándalos tan feos como reveladores. Por un lado, su vertiginoso y opaco enriquecimiento personal, que les ha parado las orejas a la opinión pública y a la justicia (por cierto, colean por internet 200 millones de dólares, de ignota procedencia, depositados en una cuenta de Cristina Fernández en el Banco Nacional de Cuba); por otro lado, la inconstitucional e indecente defenestración, con tormenta parlamentaria, del gobernador del Banco Central por negarse el señor a ser cómplice de un fraudulento traspaso de fondos ordenado por la presidenta; y, para remate, la pretensión liberticida de imponer una ley que mediatiza los órganos de información, ley que ha provocado una bronca monumental entre el ejecutivo censor y la prensa libre, especialmente entre los Kirchner y los superdiarios opositores Clarín y La Nación, con embestida policial en el caso del primero.

¿Cómo capeará Cristina Fernández, sin el auxilio de su aguerrido consorte, el toro que se le viene encima? ¿Tendrá la inconsolable viuda la asistencia de sus queridos piqueteros y montoneros y de la banda castrochavista en que milita?

Si logra terminar su mandato, tendrá ocasión de tirarles la toalla una vez más a sus compadritos los Castro en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU.