Cuentecitos cubanos (versiones)

1

–Papá, ¿Miami está muy lejos?

–Iroelito, cállate y sigue nadando.

2

En el Zoológico de La Habana, un elefante llora desconsoladamente y una hormiguita le pregunta por qué llora.

–Hormiguita, cómo no voy a llorar: con la cantidad de carne que tengo y el hambre que hay en este país estoy condenado a que me desguacen. ¡Gua, gua, gua…!

De pronto, la hormiguita rompe a llorar también. ¡Gua, gua, gua…!

El elefante, perplejo, le pregunta por qué llora si a ella no hay de dónde sacarle nada, y la hormiguita, lagrimeando, le responde:

–Ya, pero este gobierno ha cometido tantos errores…

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Un cuentecito mío

Según una funcionaria de la Casa Blanca que quiso mantener el anonimato, lo que hacían el presidente Bill Clinton y la becaria Mónica Lewinsky en el Despacho Oval (desde entonces también llamado Despacho Oral) era ensayar un concierto para instrumentos de viento que ofrecerían en la sede del Congreso. La fuente dijo que en repetidas ocasiones pudo observar cómo el presidente se concentraba en las tareas propias de su saxo mientras la señorita Lewinsky tocaba la trompeta.

Cuentecitos rusos (versiones)

1

En Moscú se dan a conocer los premios del Gran Concurso de Relojes de Todas las Rusias, patrocinado por la fundación ortodoxa Antiguos Siervos del Kremlin.

El tercer premio corresponde a un reloj siberiano, de madera de abedul y esfera metálica con motivos proletarios pintados al fuego, en el que, a las horas en punto, se abre una puertecilla por la que asoma un cuco que repite “Lenin, Lenin, Lenin”.

El segundo premio es para un reloj de pared procedente de Novgorod en el que, como en el anterior, un cuco anuncia las horas diciendo “Lenin, Lenin, Lenin”.

Y el ganador del primer premio es un reloj de pie, del más clásico estilo Yeltsin, cuya maquinaria funciona con vodka. Esta joya, salida de los talleres de la célebre relojería leningradense Bolchevikoie Vriemia, posee una ventanilla a la que, cada quince minutos, se asoma una cabeza de Lenin que repite “cucu, cucu, cucu”.

2

Moscú, 1917. La anciana Sofía Ilíevna, hija de un populista que arrojaba bombas a los zares, estando en su casa siente el alboroto de una multitud que irrumpe en la calzada. Inquieta, llama a su joven sirvienta y le dice:

–Irina, corre a la calle a ver qué está ocurriendo.

Minutos después regresa Irina muy sofocada:

–¡Señora, señora, es una revolución!

–¡Uy, qué bueno! –exclama Sofía Ilíevna–. ¿Y qué quieren?

–Pues, no sé –responde Irina.

–Anda, muchacha, ve a averiguar qué quieren.

Irina sale como un bólido y regresa al momento con más sofoco todavía:

–¡Señora, señora, dicen que quieren acabar con los ricos!

–¡Qué extraño! –exclama, cavilosa, Sofía Ilíevna–. Mi padre, que era revolucionario, lo que quería era acabar con los pobres.

Entre bueyes no hay cornadas

El 24 de marzo se cumplieron treinta años del golpe militar que depuso a la presidenta María Estela Martínez de Perón e impuso el terror en la Argentina hasta 1983. La vesania con que la Junta Militar surgida de aquel cuartelazo reprimió todo intento de resistencia popular originó un número sobrecogedor de torturados, asesinados y desaparecidos. En la Argentina, un país que en el siglo XIX sufrió la diabólica tiranía de Juan Manuel de Rosas, no se duda en afirmar que en la historia de la nación no hay nada comparable a la tragedia colectiva desatada por los golpistas en 1976.

Hace unos días, en presencia de funcionarios del gobierno cubano y miembros del cuerpo diplomático, el embajador argentino en Cuba desveló en La Habana una tarja conmemorativa de la tenebrosa efeméride. Una leyenda en dicha tarja clama por que nunca más se cometan crímenes de Estado.

La asistencia de funcionarios castristas a ese acto es un ejercicio de cinismo abyectamente aceptado por el gobierno de Kirschner, que de nuevo se propone abstenerse de votar contra Castro en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. Y digo esto porque hace tiempo que no son un secreto las magníficas relaciones que hubo entre la dictadura cubana y la argentina, o sea, entre Fidel Castro y el general Jorge Rafael Videla, principal cabecilla de la Junta Militar.

A quienes deseen conocer los detalles de la complicidad entre ambas dictaduras les recomiendo darse un paseo por Internet. Si siguen mi consejo, verán cómo, a cambio de créditos comerciales concedidos a Cuba por la Junta Militar (357 millones de dólares sólo entre 1976 y 1978), Castro invitó a Videla a la Cumbre de Países No Alineados celebrada en La Habana en 1979 (el comodoro Carlos Cavándoli representó a la Junta) y, siguiendo los pasos de sus protectores soviéticos, también socios comerciales de los espadones argentinos, empleó su influencia internacional, entonces muy notable en el Tercer Mundo, para impedir que la Junta fuese condenada en la ONU por pisotear los derechos humanos.

Cuando los delegados soviéticos y cubanos votaron en Ginebra contra la condena a la Junta, en la Argentina proliferaban los campos de concentración y los antros de tortura, y se practicaba el lanzamiento al mar, desde aviones, de prisioneros. Asimismo se practicaba —estaba en el menú de tormentos— la violación de las mujeres detenidas. Los hijos causados por las violaciones, nacidos en enfermerías secretas, eran distribuidos como mascotas entre los personeros del régimen. Son éstos los niños “perdidos” que las abuelas de la Plaza de Mayo siguen buscando. (Humor negro de la historia: Hebe de Bonafini, dirigente de las abuelas, adora el castrismo.)

Como ha dicho el escritor argentino Juan José Sebreli, “esta relación idílica entre Cuba y la dictadura militar culmina en la Guerra de las Malvinas, cuando recorrió el mundo la foto de nuestro canciller [el de la Junta, claro] abrazado con Fidel Castro”.

Publicado en el periódico La Provincia, Las Palmas de Gran Canaria, 2006.

No cobramos por detestar a Fidel

La dictadura castrista propaga la mentira de que los disidentes cubanos son mercenarios del imperialismo. Las tiranías descalifican política y moralmente a sus críticos para eludir el debate con ellos y justficar la represión a que los someten. Franco acusaba a sus críticos de ser peones de una conspiración judeo-masónica. Pinochet afirmaba que quienes lo combatían habían sido comprados con el oro de Moscú. Los tiranos quieren hacernos creer que es imposible que alguien en su sano juicio los deteste gratis.

Monólogo del monólogo

En teatro, el monólogo es un género que goza de añejo prestigio. En él han desplegado su talento grandes dramaturgos de diversas épocas y naciones. Pero, en política, el monólogo jamás ha servido para nada bueno. A la corta o a la larga ha sido fatal. Esto, por ejemplo, lo saben bien los españoles, quienes hasta hace quince años estuvieron padeciendo un monólogo que duró treinta y seis. Los países apasionados, y España es uno de ellos, son fáciles presas del romanticismo, y el romanticismo es el padre y la madre del monólogo. No del monólogo como género, sino como sistema.

Hay países que no salen de un monólogo para entrar en otro. Cuando Rafael Alberti declaró, en su última visita a México, que a él le gustaría que la gente se muriese hablando, al momento pensé que en tales países sólo una persona muere como quiere Alberti. Las demás mueren oyendo.

La política es, o debe ser, una actividad colectiva, de participación, de coparticipación, de debate. El monólogo, en cambio, es el discurso de un solo hombre —de un solo hombre que con el tiempo suele convertirse en un hombre solo. De ahí que, aunque en este mundo ha habido demasiado monólogo en política, en esencia se nieguen recíprocamente política y monólogo.

Si el ciudadano nada más tiene derecho a oír (llega el momento en que el monólogo es tan prolongado que no se escucha sino que sólo se oye), el país pierde ideas, criterios, sugestiones, algunos quizá brillantes, que se quedan atascados en la garganta del ciudadano. El ciudadano, así, llega a ver, en el más absoluto silencio, que las cosas van por un lado y el monólogo por otro. Recordemos a aquel ciudadano soviético que se presentó en un hospital de Moscú pidiendo que lo atendieran con urgencia, y al mismo tiempo, un oculista y un otorrinolaringólogo porque estaba tan grave que no veía lo que oía.

Cuando un monólogo se constituye en poder político, aparece la autocracia. Y, ya se sabe, en la autocracia al ciudadano le está reservada la misión de conformarse con que en la repartición de órganos no alcanzara sino orejas. Por supuesto, tendrá que usar también las manos porque el monólogo en el poder exige ser aplaudido. Se conoce que el único dilema admisible en una autocracia es el de escoger entre decir sí antes o decir sí después.

A simple vista parece que lo opuesto al monólogo es el diálogo. Sin embargo, hay diálogos que no son más que monólogos a varias voces, o con eco. Son monólogos corales. Porque ha de saberse que existe el monólogo polifónico. En éste, que admite también la denominación de monólogo grosso, un grupo de voces concertantes reproduce, punto por punto y coma por coma, lo que dice la voz prima, que impone el discurso —por lo general desconcertante.

En la variante de monólogo grosso, el conjunto de voces concertantes debe mostrar una agilidad felina para adaptarse de inmediato a los cambios que, de vez en cuando y siempre en defensa del monólogo, introduce la voz principal. Por este motivo, no se hallarán mejores ejemplos de armonización que los parlamentos de países con monólogo en el poder. Estos parlamentos son prodigiosos orfeones cuya tarea consiste en preservar la unidad del monólogo.

Publicado en La Provincia, de Las Palmas de Gran Canaria, el 22 de octubre de 1991. Este artículo, que envié desde La Habana, marca el inicio de mi colaboración con La Provincia, periódico para el que continúo escribiendo.

“Concibo la poesía como la manera de hablar con un amigo”: Eugénio de Andrade

Eugénio de Andrade (1923-2005) creía que la poesía es “la más noble expresión del genio portugués” y que la poesía portuguesa es “el más bello retrato de un pueblo que siempre soñó más de lo que realizó”. También creía que el XX es el Siglo de Oro de la poesía en su país. Esta última afirmación está avalada por su propia obra y por la de Fernando Pessoa, Camilo Pessanha, Texeira de Pascoaes, Jorge de Sena, Miguel Torga y Sophia de Mello Breyner, entre otros.

Autor de más de veinte libros de poemas y traducido a decenas de idiomas, De Andrade recibió en 2001 el Premio Camoes, el más codiciado en el ámbito de las letras portuguesas. En una entrevista que concedió al diario español El País con motivo de este premio, el autor de Las manos y los frutos (1948) y La sal de la lengua (1993) declaró que la pureza tantas veces atribuida a su verso “es simplemente pasión por las cosas de la tierra, en su forma más ardiente y todavía no consumada”.

Amó la soledad y el silencio, pero sus inquietudes de humanista le impidieron vivir de espaldas al mundo. Se consideraba de izquierda, y sin duda fue su “pasión por las cosas de la tierra” la que lo llevó a pronunciar estas palabras nobles y diáfanas: “La izquierda a la que pertenezco rechazará siempre la iniquidad y todas las formas de represión”.

De Andrade dejó varios libros de prosa, pero afirmaba que todo lo que tenía que decir lo había expresado en su poesía. Y toda ella es un fervoroso homenaje a la vida, la naturaleza y los dones del cuerpo.

El prólogo que escribió para su Antología personal de la poesía portuguesa (1999) termina con este párrafo revelador de su concepción de la poesía: “San Agustín afirmó que la belleza es el esplendor de la verdad. Me gustaría que donde el santo escribió belleza se leyese poesía. Así, la poesía, toda la poesía, tendría ese esplendor, el de la verdad, y de este modo iríamos al encuentro de Goethe, para quien verdad y poesía siempre caminaron juntas. Sólo así evitaremos que ella se torne la más fútil de las ocupaciones”.

En estos poemas suyos que con tanto placer he traducido se siente que la de este sabio poeta moderno, de luminosidad clásica, es, ciertamente, la voz íntima de un amigo que nos habla.

LA PASIÓN

Levanto trabajosamente los ojos de la página;
arden;
arden ciegos de tanta nieve.
Duele esta pasión por el silencio,
por el susurro del silencio,
por el ardor
del silencio que sólo los dedos adivinan.
Ciegos, también.

DE TORMENTAS

Todavía sabemos cantar,
sólo nos cambió la voz:
somos ahora más lentos,
más amargos,
y un nuevo gesto es igual al que pasó.

Un verso ya no es la maravilla,
un cuerpo ya no es la plenitud.

NO, NO ENCUENTRO EL RETRATO

No, no encuentro el retrato.
Estabas de perfil, una luz de ceniza
caía de tus brazos;
de la casa próxima, el humo

subía lentamente los últimos peldaños
del otoño, un cachorro
saltaba en la plaza, no tardaría
en oscurecer.

Estabas de perfil, en el regazo
tu mano acompañaba la rosa que te di.
Déjala estar y ser,
la mano, rosa también.

EL LUGAR DE LA CASA

Una casa que no fuese un arenal
desierto, que ni casa fuese;
sólo un lugar
donde llegó la lumbre y en su entorno
se sentó la alegría; y calentó
las manos; y partió porque tenía
un destino; cosa simple
y poca, pero destino:
crecer como árbol, resistir
al viento, al duro invierno,
y una mañana sentir los pasos
de abril
o, ¿quién sabe?, la floración
de las ramas, que parecían
secas y de nuevo se estremecen
con el súbito canto de la alondra.

SORDO, SUBTERRÁNEO RÍO

Sordo, subterráneo río de palabras
corre lento por mi cuerpo todo;
amor sin márgenes donde la luna rompe
y nimba de luz el propio lodo.

Correr del tiempo o sólo rumor del frío
donde se pierden el amor y la razón de amar
—sordo, subterráneo, impiadoso río,
¿para dónde vas, sin yo poder quedar?