MDM / Poemas en Noche Vieja

Monumento a Bécquer. Parque de Maria Luisa. Sevilla.

Monumento a Bécquer. Parque de María Luisa. Sevilla.

PARQUE DE MARÍA LUISA

Un ángel blanco custodia
la soledad del Poeta.
Las muchachas lectoras,
de mármol reposado,
leen un libro discretamente muertas.
Junto a ellas, un ángel negro
y derribado se despierta.
Y el día,
disperso en la arboleda,
como un paseante más
nos observa
y olvida.

UNA AMIGA DE OJOS TRISTES

Todos tenemos una amiga
de ojos tristes.
La mía
es una esfinge cuyos ojos
despiertan no sé qué cantidad
de olvidos.

Suelo obsequiarla con miércoles
o jueves
recién cortados
y con breves paseos
por mi historia personal.

Ella responde a mis obsequios
con sonrisas generosas
mientras sus ojos atardecen
en los míos.

TERRAZA SOBRE LA PLAYA

Los invito a un crepúsculo
en mi casa: compartan
con mi angustia la agonía
de un día que naufraga.

Puedo asegurarlo:
no hay atardecer que pase
sin dejar su ceniza en mi terraza.

Luego sentirán cómo respira
el mar en la negrura: de noche
su jadeo sube a tientas
de la playa.

Si hay calima,
mi cigarrillo es Venus
de fumada en fumada.

DESPEDIDA

Tristeza, despídeme de la nostalgia:
me voy a la vida que me espera
en el resto de pasión que habito.
(De ti bien sé que no puedo despedirme.
Verás que ni lo intento.)
Dile que le agradezco los atardeceres
y perfumes que almacenó en mi pecho.
Dile, con cuidado, que ya no la necesito.

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50 años de dictadura castrista

EL PAVONATO

manolo-foto6El 5 de enero, Cubavisión dedicó un programa a homenajear a Luis Pavón Tamayo, quien fue, hace tres décadas, presidente del Consejo Nacional de Cultura (CNC) durante un período que ha quedado inscrito en la historia de la cultura cubana con los nombres de el pavonato o el quinquenio gris. Semanas antes, el mismo u otro canal del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) había dedicado programas parecidos a Jorge Serguera, que en el pavonato fue alcaide más que director de este Instituto, y a otro comisario político, Armando Quesada, que en aquel tiempo se constituyó en azote de la gente de teatro y cuyas numerosas víctimas llamaban Torquesada.

La sorpresiva presencia en la televisión estatal, en plan rescate, de estos arrumbados y descoloridos personeros de una de las etapas más virulentas del estalinismo cubano ha puesto en pie de guerra a un grupo de escritores de la isla, los cuales han inundado los correos electrónicos con mensajes en que se mezclan la indignación y el miedo. No hay duda de que les sobran razones para estar intranquilos porque el teniente Pavón y el comandante Serguera han sido exhumados, sospechosamente, ahora, cuando el general Raúl Castro, a cuya vera estuvieron y quizás sigan estando, es el hombre fuerte del país.

Pavón, que cultiva el periodismo y el verso con parejo infortunio y a quien se atribuye la autoría de una lamentable serie de diatribas contra escritores cubanos (Padilla, Piñera, Cabrera Infante, Arrufat, Llopis) firmadas con el pseudónimo de Leopoldo Ávila y publicadas en la revista Verde Olivo, de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, pasó de dirigir esta revista a presidir el CNC en 1971. Detrás de tal ascenso estuvo Raúl Castro, el dirigente que en aquel momento empuñaba con mano férrea, desde las penumbras del segundo plano donde habitualmente se ha movido, las riendas de la política cultural, o más bien de la represión dentro de la política cultural. El general utilizaba el despacho de Pavón en Verde Olivo para reunirse con quienes lo asistían en la tarea de espiar “la ciudad letrada”, que en todos los tiempos ha sido fuente de zozobra para los poderes liberticidas.

El buen soldado Pavón inaugura su mando en el CNC el mismo año del arresto y la autocrítica del poeta Heberto Padilla —sucesos que estropean el romance de la revolución cubana con los intelectuales de la “nueva izquierda” de los 60 y los 70 (Cortázar, los Goytisolo, Carlos Fuentes y un largo etcétera), a quienes Fidel Castro termina llamando “ratas”— y del Primer Congreso de Educación y Cultura, un escenario construido por el Comandante para decretar entre aplausos la sovietización de la cultura cubana. En el agresivo discurso con que cierra el Congreso, Fidel Castro pone en claro lo que en 1961 había dejado a media luz en sus Palabras a los intelectuales: que nuestra cultura no podía ser otra cosa que “un arma de la revolución”, “un producto de la moral combativa de nuestro pueblo” y “un instrumento contra la penetración del enemigo”. La tarea encomendada a Pavón fue la de ejecutar la política derivada de estos lineamientos, a tenor de los cuales la independencia de criterio y el derecho a disentir pasaron a considerarse inaceptables herencias del individualismo burgués. El pavonato, pues, resultó del designio, emanado de la cúpula del poder castrista, de incluir la cultura en la militarización general del país, destinada a blindar el Estado totalitario.

Lo que distingue al pavonato en el curso de la revolución es que en él se combinaron con coherencia de estrategia y se emplearon con rigor de campaña militar, en el área de la cultura, los resortes opresivos del régimen estalinista: autoritarismo, dogmatismo, censura y represión. Las principales víctimas de ello fueron la libertad de pensamiento, la autonomía del arte y, por consiguiente, el placer de crear, que se transformó en miedo a pecar.

En el pavonato, que puede parangonarse con una purga religiosa o cacería de herejes, fueron muchos los escritores a los que se les prohibió el acceso a las publicaciones periódicas y las editoriales. Algunos estuvimos silenciados más de quince años, lo cual evidencia que el pavonato fue más que un quinquenio gris. En medio de aquel desvarío, al mismo tiempo que se impedía publicar a José Lezama Lima o a Virgilio Piñera, se encumbraban patéticas mediocridades, escribidores hoy justamente olvidados y entonces tenidos por modélicos política e intelectualmente. Los escritores exiliados poblaban la lista negra del régimen. Gastón Baquero, Cabrera Infante, Labrador Ruiz, Lydia Cabrera y Severo Sarduy eran lecturas clandestinas. Vale recordar que en el pavonato se cerró la revista Pensamiento crítico, los Beatles fueron incluidos en un índice de intérpretes prohibidos y la Universidad fue declarada “sólo para los revolucionarios” al tiempo que sus aulas se cerraban para numerosos alumnos y profesores. Por otra parte, no fueron pocos los escritores obligados a realizar tareas manuales en imprentas, bibliotecas públicas y otros centros de trabajo, convertidos para ellos en una versión del gulag.

Lo más rancio del pavonato fue el celo puritano con que persiguió el homosexualismo y otras “conductas impropias” y “colonizadas” en el mundo del teatro, la radio y la televisión. Para erradicar los elementos indeseables que incumplían los “parámetros morales” de la revolución, el CNC organizó un proceso de criba de actores que se conoció como “la parametración”. Este proceso inquisitorial, que privó ilegalmente de empleo y sueldo a numerosos actores —cuya influencia perniciosa sobre el público el CNC debía eliminar—, fue dirigido por Armando Quesada, brazo secular de Pavón. Se sabe que las comisiones depuradoras actuaban a puertas cerradas, y a la víctima, sola ante ellas, después de ser sentenciada la invitaban a manifestarse ante una grabadora.

Pavón fue depuesto cuando el régimen entendió que era menos conflictivo y más rentable dar a los intelectuales menos palos y más zanahorias. Una sentencia del Tribunal Supremo que obligó al CNC a reponer en sus puestos y pagarles los sueldos acumulados a los “parametrados” terminó, en 1976, con la era Pavón. Pero no con el pavonato, que es el régimen mismo.

(El País, Madrid, 26 de enero, 2007.)

El Caso CEA

El Caso CEA es uno de los conflictos que jalonan las difíciles relaciones que, en los cincuenta años de existencia de la dictadura castrista, han sostenido los intelectuales con el poder en Cuba. No obstante su importancia política y haber ocasionado una muerte, en su momento no recibió la atención debida por parte de la prensa y hoy está semiolvidado. Como estamos en época de recuentos y balances, reproduzco ahora el artículo que escribí sobre este asunto y que fue publicado en agosto de 1998 en La Provincia, de Las Palmas de Gran Canaria, y El Nuevo Herald, de Miami.

LOS INTELECTUALES Y EL PODER EN CUBA

Todo Estado totalitario encuentra servidores entre la intelectualidad. Pero también encuentra intelectuales que por honestidad y rigor terminan chocando con él.

manolo-foto3El libro El caso CEA. Intelectuales e inquisidores en Cuba. ¿Perestroika en la isla?, de Maurizio Giuliano (Ediciones Universal, Miami, 1998) motiva la siguiente reflexión: Un régimen totalitario te vigilará todo el tiempo y, si tienes un interés especial para él, te cuidará como a un caballo de carrera, y si en algún momento lo desobedeces o él supone que lo vas a hacer y no te pulveriza, tienes derecho a creer en los milagros.

El Caso CEA es el más reciente episodio de la larga historia de agresiones a la libertad de opinión cometidas por Fidel Castro. El último conflicto entre intelectuales y gerifaltes del Partido estalló en 1995 y culminó en marzo de 1996 con un endurecimiento de la política cultural del régimen.

A escala pública, al menos en el exterior, el Caso CEA apenas se conoce. Ha levantado menos polvo que el Caso Padilla y que el protagonizado en 1991 por la poeta María Elena Cruz Varela y el resto de los firmantes de la Carta de los Diez. Sin embargo, políticamente ofrece un interés mayor puesto que todos los implicados son miembros del Partido, lo que desvela la existencia de fisuras y contradicciones en el aparato ideológico de la “revolución”.

El Centro de Estudios sobre América (CEA), fundado en la década de los 60, es una institución científica, consultiva, al servicio del comité central del Partido. Durante un tiempo lo disfrazaron de organización no gubernamental (ONG) para facilitar sus relaciones con instituciones de países democráticos. Según Giuliano, el CEA tuvo en sus comienzos dos misiones: “Propagar las posiciones de Cuba acerca de diferentes temas internacionales” y “prestarles consejo a los líderes sobre diferentes asuntos de política exterior”.

caso-cea-libroPreocupados por la prolongada crisis que sufre el país -un pretenso “período especial” que va siendo ordinario- y la insuficiencia de las reformas, y en respuesta a solicitudes de asesoramiento a organismos básicos del Estado hechas por altos funcionarios, desde 1995 los especialistas del CEA centraron su atención en Cuba. Asumiendo la responsabilidad de pensar con rigor en los problemas nacionales -lo que en la Cuba castrista resulta harto peligroso-, estos profesionales que se proclaman revolucionarios, de competencia reconocida dentro de la isla y fuera de ella, elaboraron una serie de estudios y expusieron sus ideas en revistas nacionales y extranjeras, así como en seminarios dedicados a la elite gubernamental. Fieles a la objetividad científica, como corolario de sus tesis emitieron recomendaciones y consejos fundamentados.

Pensar con cabeza propia y desideologizar el razonamiento es, para Fidel Castro, una aberración chulesca que no se debe tolerar. Para la paranoia castrista, si eso lo hace un intelectual, puede que sea, cuando menos, una indisciplina liberaloide o una debilidad política por arrogancia; si lo hacen varios a la vez, es una conspiración. Y como a conspiradores trató el Partido a los científicos del CEA -gente supuestamente de su confianza- porque sus tesis y recomendaciones no coincidían con las oficiales

Acusados de diseñar una política alternativa a la de la revolución, el Partido les abrió uno de esos procesos políticos que en realidad son policiacos. La comisión de burócratas-policías que el Partido nombró al efecto pretendía que se autocondenaran por aceptar las manipulaciones del enemigo. Los investigadores del CEA recibieron un golpe tan inesperado y feroz que le provocó un infarto mortal a uno de ellos (Hugo Azcuy, secretario del núcleo del Partido en el Centro).

En el informe que leyó ante el V Pleno del Comité Central del Partido el 23 de marzo del 96, publicado luego en Granma, Raúl Castro lanzó contra ellos acusaciones terribles que, como es habitual, buscaban desatar ondas intimidatorias. El segundo Castro los definió como “agentes del imperialismo” y “quintacolumnistas” (si la CIA tuviese que pagar a todos los agentes que el gobierno cubano le mete en plantilla se arruinaría), y llegó a acusarlos de “abandono de principios clasistas con la tentación de viajar” y de “editar al gusto de quienes pueden financiarlos”. El abominable pecado de los investigadores consistió en no escribir sus artículos y libros al gusto de los Castro.

La Cuba castrista se caracteriza, entre otras cosas lamentables, por ser un país de castigos, y el aparato político de la dictadura no podía dejar de aplicar sanciones a los “liberales” del CEA, bien benignas, por cierto, en comparación con las impuestas a otros: el director fue sustituido por un plúmbeo pero fiable funcionario del Partido, y los investigadores fueron disperados por diversos organismos como hojarasca al viento. Además, y he aquí el punto más significativo de las sanciones, les prohibieron ocuparse de Cuba.

Dos motivos justifican la inquietud que estos hombres provocan a la dictadura: primero, defendieron con firmeza su derecho a tener ideas propias y exponerlas; y segundo, por la índole de su trabajo manejan un volumen de datos que los coloca en posición privilegiada en cuanto al conocimiento de la realidad cubana.

El poder totalitario, como pasa casi siempre en su fatal enfrentamiento con los intelectuales, en esta batalla ha ganado el primer asalto, pero está condenado a perder la guerra. Así me hace pensar esta sencilla pero contundente sentencia del economista Alfredo González: “Nunca se podrá renunciar a opinar sobre la realidad que uno vive”.

Hoy hace trece años que murió Ofelia

“Cuando Ofelia Gronlier aparece,
un ángel se despierta.”

José Lezama Lima

Era mi primera salida de Cuba y quería despedirme del maestro. Aquella mañana habanera de diciembre de 1959 lo encontré en su mezquino despacho de funcionario menor del Instituto Nacional de Cultura, en el Palacio de Bellas Artes. Lezama me recibió con su habitual cordialidad, chispeante y fina. De pie junto a él, en el instante en que llegué, estaba una muchacha que yo nunca había visto. Lezama me la presentó como su nueva secretaria.

Me fui a Europa y al año volví a aquel despacho de Bellas Artes. Allí, detrás de un minúsculo escritorio, estaba la muchacha, que se acercó a la mesa de Lezama para escuchar mis relatos de viajero. Los que más le gustaron fueron los que tenían que ver con París. La atraían Francia y sus pintores y escritores y me dijo que estaba pensando perfeccionar su francés en una escuela de idiomas. “Si quiere la acompaño cuando vaya a matricularse y así me matriculo con usted, porque yo también quiero estudiar el francés como se debe”, le dije. Aceptó, y aquella tarde nos vimos en la oficina de la Berlitz. Al salir de la academia, ya de noche, la invité a un martini en el bar Carabalí y luego a cenar en el Ember’s Club, que era una trattoria de moda en aquella Habana que ya empezaba a dar las primeras boqueadas bajo le nouveau régime.

Seis meses después, Ofelia y yo nos casamos en el apartamento que el poeta Roberto Branly ocupaba en la tercera planta de un edificio de El Vedado. Lezama quiso ser padrino de la boda y nos regaló un plato chino de porcelana obsesivamente decorado con mariposas. Su obesidad y su asma le impidieron subir las escaleras que conducían al piso de Branly, de ahí que sea el gran ausente en las fotos del brindis.

Brindis de la boda. De izquierda a derecha, Roberto Branly, yo, Ofelia y mi cuñada Alicia Gronlier. 1960.

Brindis de la boda. De izquierda a derecha, Roberto Branly, yo, Ofelia y mi cuñada Alicia Gronlier. 1961.

Desde el momento en que, en mayo de 1991, al suscribir yo la Declaración de Intelectuales Cubanos (la Carta de los Diez), rompí abiertamente con el régimen castrista, mi situación en Cuba se hizo insostenible. Como he contado en otra parte, Ofelia y yo abandonamos la isla en febrero del 92 y nos trasladamos a España.

En Cádiz, donde permanecimos diez meses, Ofelia relató una tarde a unos amigos españoles sus recuerdos de Lezama. Fue entonces cuando el poeta gaditano Jesús Fernández Palacios, en aquel momento director de la revista Cádiz e Iberoamérica, le propuso que resumiera esos recuerdos en un texto no mayor de ocho folios que él publicaría en su revista. Ella, que no se sentía escritora y que nunca había hecho nada semejante, al principio rechazó horrorizada la proposición de Jesús, pero finalmente la asumió como un reto y se puso a trabajar.

Vivíamos frente a la Plaza de la Constitución, al lado de la iglesia de San Antonio, en una torre-mirador del siglo XVIII, una de las ciento y tantas que aún quedan dispersas por las azoteas de Cádiz. Su propietario, el médico Javier Galiana, nos la había prestado en vista de nuestra falta de recursos para alquilar un piso. En aquella suerte de palomar bajo el cielo añil de Andalucía comenzó Ofelia a redactar sus recuerdos de Lezama, y terminó días después en el piso del poeta José Ramón Ripoll, que fue la última estación de nuestro periplo gaditano.

Los ocho folios pedidos por Fernández Palacios se convirtieron en veintisiete en las manos de Ofelia, que no eran precisamente “las oscuras manos del olvido”; pero nuestro amigo se entusiasmó con el texto y como pudo le abrió espacio en su revista. Posteriormente, el trabajo fue reproducido en Estados Unidos por Belkis Cuza Malé en Linden Lane Magazine. También apareció en el suplemento cultural del periódico grancanario La Provincia y, póstumamente, en la revista dominical del periódico puertorriqueño El Nuevo Día.

En “Lezama en mi memoria”, la dibujante que era Ofelia, con trazos breves y asistida por la nitidez de sus recuerdos, consigue darnos una imagen viva del hombre que ella conoció y de las circunstancias en que lo trató. El éxito que desde el primer momento tuvieron estas páginas se debe a que en ellas se ilumina el rostro humano de un raro de nuestros días transformado en tótem literario por el fetichismo de admiradores y editores.

Concluido el seminario sobre poesía cubana que dirigí en la Universidad de Cádiz por espacio de tres meses, Ofelia y yo comenzamos a vivir de los escasos dineros que proporcionaban mis colaboraciones en periódicos españoles, sobre todo en el Diario de Cádiz, y los recitales y conferencias que, gracias a la gestión de amigos diligentes y bien relacionados, daba yo en Cádiz-capital y otros municipios de la provincia. Durante meses ejercí la más azarosa juglaría deambulando por los deslumbrantes pueblos de la sierra gaditana -Arcos de la Frontera, Grazalema, Benamahoma, Ubrique, Vejer de la Frontera, Medina Sidonia, Casas Viejas, San Roque…

Un día, cerradas para mí por cierta camarilla profesoral las puertas de la Universidad de Cádiz, cuando ya en esta ciudad ante nosotros sólo se abría la incertidumbre, me llegó una esperanzadora invitación de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. […]

Entre los amigos que nos esperaban en Las Palmas estaba Diego Talavera, director del periódico La Provincia, quien en sus frecuentes viajes a La Habana nunca dejó de visitar nuestra casa. Diego me abrió de inmediato las páginas de La Provincia. Y también las abrió para Ofelia, que publicó en ellas el primer artículo que escribió en su vida, “Imágenes imborrables”, en el que comenta la tragedia de los balseros cubanos durante la estampida de 1994. Con las decenas de trabajos que alcanzó a publicar durante el año y medio que estuvo colaborando en La Provincia atrajo la atención de los lectores. El éxito mayor lo obtuvo con “Lezama en mi memoria”, que el periódico publicó en tres entregas de su suplemento cultural (y que puede leerse en este blog).

Ofelia muere, sorpresivamente, en la Navidad de 1995, en Las Palmas de Gran Canaria. Nuestras hijas y yo, que conocíamos su devoción por Italia, viajamos a Venecia un año después y depositamos la urna con sus cenizas en el Canal Grande, frente a la iglesia de La Salute.

Mucho tardó en decidirse a escribir. “Lo mío es la pintura”, decía siempre. Sus Memorias de El Vedado quedaron truncas en los capítulos iniciales y como náufragas en un mar de anotaciones. Dos de esos capítulos aparecieron en Espejo de Paciencia, la revista de la Universidad de Las Palmas que fundé en 1995 y cuyo primer número me ayudó a hacer.

Ofelia retratada por mi en el Parque de Maria Luisa. Sevilla, 1992.

Ofelia fotografiada por mí en el Parque de María Luisa. Sevilla, 1992.

Ni santos ni inocentes

Teódulo López Meléndez, Caracas

teodulo7No se trata de bufones, personajes proclives a la burla sardónica. Se trata de payasos, y no de aquellos que se dedican a hacer reír a los niños y a algunos adultos, los que merecen todo el respeto. El primer payaso que recuerde se llamaba Tersites y aparece brevemente en el segundo canto de La Ilíada. Era un payaso serio. Los payasos son generalmente vistos con vestimentas extravagantes, maquillaje excesivo y pelucas llamativas. Ahora los payasos de este circo venezolano llevan identificaciones como titulares de los poderes públicos y de seriedad no tienen ni asomo.

No sé si los payasos se originan en los bufones. Bufón viene del italiano “buffo” (risible, cómico). Los bufones de las cortes me­dievales eran casi siempre enanos. Su oficio consistía en hacer reír a los po­derosos a cambio de comida y casa. Cuando soltaban alguna impertinencia recibían sus golpes y castigos, porque a pesar de la comida eran irreverentes. Podemos, en buena medida, verlos en los cuadros de Velázquez compartiendo con los Infantes e Infantas de la familia real.

No, estos de ahora no merecen ser llamados bufones, a no ser algunos que se aguantan sus buenas raciones de golpetazos a cambio de seguir comiendo. Estos son payasos nada serios, algunos disfrazados de profesores universitarios e invocando cátedra mientras pronuncian desvaríos, otros jornaleros parlamentarios de profunda incivilidad que no ocultan su rustiquez al hablar mal y enseñar la lengua gastada de tanto lamer al amo.

Quizás, y aproximadamente, esto sea un carnaval donde todo es permitido como en la Saturnalia o en las celebraciones dionisíacas griegas y romanas llamadas Bacanales. Todo está permitido contra el erario público, contra la dignidad ciudadana y contra la ética. Nada dentro de la Constitución, todo fuera de ella. Se trata de agradar al amo. Los disfraces implican la sustitución de las “camisas pardas” y de las “camisas negras” por “camisas rojas”, pero al igual golpean, son auténticos grupos paramilitares para hacer el trabajo sucio de la intimidación. Al igual que aquellas, son asalariados del Estado para ejercitar los puños que los órganos represivos oficiales deben ejercitar con mayor cautela, mientras haya visos de legalidad y de democracia.

Ilustración de Fernando Vicente para la portada del Nº 86 de la revista LETRAS LIBRES.

Ilustración de Fernando Vicente para la portada del Nº 86 de la revista LETRAS LIBRES.

El 28 de diciembre es Día de los Santos Inocentes por decisión soberana de Herodes Agripa II, nieto del rey Herodes, para conmemorar la matanza ordenada por su abuelo. En algún lugar de España se celebra en esta fecha la Fiesta de los Locos, una que data de principios del siglo XVII y que bien puede explicar que el 28 de diciembre se haya convertido en un día propicio para las burlas y los engaños. Consiste, esta fiesta quiero decir, en que algunos disfrazados de locos, vestidos con ropas estrafalarias y con maquillajes llamativos, tal como unos payasos, tendrán el poder durante unas horas. Aquí hemos modificado algunos aspectos y los orates quieren el poder para siempre. Quizás todo se asocie en la idea de ponernos a votar en carnaval. Lo cierto es que este territorio en que habitamos ha dejado de ser una república para convertirse en un erial de desfachatez y de incordia. Los valores fueron demolidos, la sensatez echada a la basura, los principios triturados, la decencia disuelta, la moral y la ética escupidas y la locura hecha gobierno.

No queda república. Somos sólo un territorio apenas delimitado en lo geográfico. Jurídicamente seguimos siendo un Estado, pero jurídicamente no somos nada. La ley proviene del sueño nocturno más parecido a pesadillas. El pacto social que nos identificaba como venezolanos ha sido roto y ahora el absoluto irrespeto y la agresión moral y física contra el “enemigo” que debe ser aplastado es la norma, como en el siglo XIX, donde no había ciudadanos sino montoneras peleándose el poder con la esperanza de que del enemigo no quedara ni recuerdo.

II

Esto es una bacanal, no un país. Es absolutamente irracional lo que protagonizan, su capacidad de adulación ha llegado a lo rastrero y no se les puede llamar serpientes –animal preferido de Nietzsche, por aquello de que era lo más cercano a la tierra– pues sería ofensa al filósofo alemán y a las serpientes mismas, de tal modo que habría que buscar otros sustantivo, otra expresión que ya nos resulta imposible de localizar. Tal vez sea parásito, tal vez gorrón, tal vez prueba fehaciente de la disolución en la abyección y en el escarnio.

La república carece de todo, ya no es una república. La han disuelto estas caricaturas, estos payasos que roban y destruyen, que asaltan e irrespetan los más elementales principios de la civilidad. Somos un montón de gente al garete, sujetos a la voluntad de un amo, un remedo de nación –como Zimbabwe– aquejada del cólera de los payasos que cobran por agredir y que cobran por adular aprobando todo lo que el amo mande y que cobran por arrastrarse aplaudiendo como locos cuando el amo expropia una avanzada construcción, como el centro comercial de La Candelaria, en ejercicio de un populismo grotesco que proclama altisonante que ese edificio será bueno para un hospital o para una universidad. Eso es el populismo que enferma, el que invoca razones que suenan bien, matando toda iniciativa y cancelando a su capricho miles de puestos de trabajo.

Vivimos en el desvarío. No hay posibilidad de desear un feliz año. Estos payasos son el brote perplejo de unos genes subyacentes que creen que el Estado es un botín a disfrutar. Son la victima propicia de un populismo engañador y cruel que nos conduce a ser una republiqueta sembrada de miseria. Estos payasos son escoria escapada de nuestro pasado de montoneras, defecación de la historia que se venga. Si el amo dice que el referéndum debe ser el 15 de febrero se inclinarán serviles y correrán a complacerle. Los payasos llevan el rostro pintarrajeado y sobre el traje colorado la pequeña placa que los identifica conforme a la institución devaluada que conserva apenas el nombre, como esta república apenas conserva el suyo como un apelativo aherrumbrado.

III

No habrá feliz año. Este erial entra ahora en la factibilidad de la tiranía sin sombrillas, sin maquillaje, sin disfraz de payasos. Los payasos se convertirán en comisarios políticos entregados a la represión abierta si los venezolanos no reaccionamos. El 2009 no será un año feliz. Ya los economistas –y quienes no lo son– han dicho todo sobre lo que nos espera. La tranquila clase media no tendrá dólares para regocijarse en el exterior, la inflación será africana, la escasez será sahariana, los dátiles brillarán por su ausencia en este que fuera en cierta medida campo posible a la producción de alimentos y ahora un desierto sin oasis. Lo que viene no excluirá a los “alegres” asalariados de camisa roja. Se hundirán con el erial y aquí tendremos que pensar de nuevo en cómo hacemos para volver a merecer el calificativo de república.

No puedo pronosticarles “Feliz Año” a mis compatriotas porque si lo hiciese estaría engañándoles. Lo único que puedo preverles es “sangre, sudor y lágrimas”, en una batalla para recobrar la libertad, para derrotar al totalitarismo, para empujar una justicia social y una dignidad recobradas. El 2009 será uno de intento sostenido por la imposición totalitaria. La república deberá despertar, deberá erguirse, deberá recuperar los genes de los Padres Libertadores hoy lanzados a pudrirse en las células cancerosas que consumen a la patria.

La verdad no es fascista

manolo-foto2En un artículo publicado hoy en El País con el título de “Adiós a la mirada de un rebelde” y firmado por Marcos Ordóñez se afirma que fueron “los fascistas” quienes acusaron de “izquierdista trasnochado” a Harold Pinter “a partir de su comprometidísimo discurso de aceptación del Nobel”.

Qué alegremente se conceptúa de fascista a cualquiera. Vaciada de su acepción básica, la palabra “fascista” se ha reducido, en el vocabulario de la pendencia politiquera, a injuria con que se agrede a mansalva a los contrarios, sean de la ideología que sean. Aunque no utilicé la frase “izquierdista trasnochado”, vine a decir lo mismo de Pinter cuando, con motivo de su Nobel, comenté en un artículo sus deplorables incoherencias en materia de libertades y derechos humanos. En mi artículo, que puede consultarse en este blog y en mi libro Oficio de opinar, dije: “Veo a Pinter dentro de esa patética legión de náufragos de la utopía comunista que sobreviven cultivando un odio cerril a Estados Unidos y un compadreo repulsivo con liberticidas como Castro. Colaborador de la Cuba Solidarity Campaign, secta dedicada a convencer al mundo de que en Cuba hay democracia y de que si no hay más es por los norteamericanos, Pinter ha dicho: “Siempre he considerado que, en Cuba, el duro tratamiento que reciben las voces disidentes se debe al estado de sitio impuesto desde fuera”. Como se ve, reconoce que en la isla se reprime con dureza la libertad de expresión. Pero, ¿qué esperábamos?, no culpa a Castro: la culpa es del “estado de sitio impuesto desde fuera”. Del estado de sitio impuesto desde dentro no quiere saber nada el demediado humanista Harold Pinter”.

Lo que dije entonces lo reitero ahora porque es una verdad incontestable. Y las verdades no son patrimonio de los fascistas.

Callejón del Gato

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Zaratustra: Murió Harold Pinter.

La Pisa-Bien: Era un escritor solidario, eso que llaman intelectual comprometido.

Don Latino: Sí, solidario con Castro y comprometido con Milosevic.

Max Estrella