El ciruelo de Yuan Pei Fu

Por Pío E. Serrano

Como señala Manuel Díaz Martínez, eficaz editor y prologuista del volumen, El ciruelo de Yuan Pei Fu es “el libro más excéntrico de la poesía cubana”

(CUBAENCUENTRO, Madrid  / 15/06/2011) El orientalismo, como tendencia literaria, llegó a Hispanoamérica de la mano del modernismo, que produjo un imaginario oriental desde una postura más esencial y de vocación universalista que la que venían desarrollando los escritores europeos. Como expusiera E. Said, los acercamientos al “orientalismo” de Occidente (Europa) han creado una representación errónea y generalizada del Oriente, donde priman las visiones exóticas, románticas y extraordinarias. En los modernistas hispanoamericanos —Darío, Casal, Martí y J.J. Tablada, entre otros—, sin embargo, el propósito es la búsqueda de una suerte de fusión, abierta y dialógica, conducida por una voluntad de identificación.

Es en esta tendencia desde la que Regino Pedroso (1896-1983) da a conocer tardíamente su espléndido El ciruelo de Yuan Pei Fu (1955), tan alejado de los exotismos y relumbrones del orientalismo banalizador, acertadamente rescatado ahora por la colección Palimpsesto del ayuntamiento de Carmona, en Sevilla.

Significativa importancia tiene este texto por su acercamiento a una de las zonas de la identidad nacional menos investigadas por la crítica. Me refiero a la huella cultural que la presencia china dejara en la Isla. Llegados a Cuba los primeros ciudadanos chinos procedentes del puerto de Amoy en 1847, bajo el eufemismo formal de colonos, pronto se convirtieron en la segunda fuerza de trabajo después de la trata de africanos. Dispersos a lo largo de la Isla para ocuparse de labores agrícolas, una vez que vencían sus abusivos contratos por ocho años e imposibilitados económicamente de regresar a China pasaron a fundirse lentamente con la población local. Hacia finales del siglo XIX y en las primeras décadas del XX la visibilidad social del chino en las letras cubanas. Ramón Meza publica en 1887 su novela Carmela, en la que el comerciante chino Asma ocupa un papel importante. Pronto le siguieron cuentos de Alfonso Hernández Catá y Antonio Ortega, y Severo Sarduy en su novela De donde son los cantantes (1967). Más recientemente, Mayra Montero ha fundido con gran eficacia narrativa el mundo subterráneo de las sociedades secretas chinas con celebraciones sincréticas afrocubanas en el eje central de su novela Como un mensajero tuyo (1998) y Zoé Valdés se ha asomado al universo doméstico chino-cubano para entregarnos un personaje entrañable, el abuelo Mo Ying. Por su parte, los matrimonios mixtos, generalmente de chino con negra o mulata fueron enriqueciendo la demografía nacional con una prole de criollos mestizos, algunos de los cuales habrían de marcar significativamente la cultura cubana a partir del imaginario heredado de sus mayores, como, entre otros, lo hicieran Wifredo Lam en la plástica y Regino Pedroso en el libro que comentamos.

Regino Pedroso publica sus primeros poemas inscritos en un refinado lirismo subjetivo para, a partir de finales de la década del 20, pasar a una vigorosa poesía social, abiertamente comunicadora y humana, cuya excelencia se aprecia en los versos de “Salutación fraternal al taller mecánico” (1927), quizás la expresión mejor de la vanguardia en la poesía cubana, también experimentada por la poesía afrocubana inaugurada por Nicolás Guillén en 1930 con Motivos de son.

Como señala Manuel Díaz Martínez, eficaz editor y prologuista del volumen, El ciruelo de Yuan Pei Fu es “el libro más excéntrico de la poesía cubana”. Concebido como un homenaje a los ancestros chinos del autor, el texto es también, formalmente, un regreso a sus inicios modernistas, pero esta vez alimentado por un sereno escepticismo ante el desalentador escenario político y social de la Cuba de los 50.

El libro se abre con un Prólogo del autor donde nos revela la ficción de haber recibido en herencia de su abuelo “el retrato de un anciano mandarín” y “un amarillento legajo lleno de variados caracteres y cuyo sentido sólo vine a penetrar en estos últimos años de mi vida”. Los poemas, pues, corresponden a la traducción de los textos recibidos en herencia. Nos anuncia también el Prólogo que los poemas se construyen en un diálogo entre el Maestro Yuan Pei Fu y el “pobre y flaco discípulo que día y noche lo siguiera”, adoptando una perspectiva didáctica, tan cara a los clásicos y renacentistas.

Poema tras poema, el autor nos revela el propósito de las enseñanzas del Maestro. Sin acritud y lleno de una serena sabiduría, extiende ante el discípulo, mediante bellas alegoría, el conocimiento sobre “la eterna mutabilidad de lo existente”, la naturaleza mutante de toda ambición, lo efímero de toda vanidad, la fragilidad del poder, los paradójicos vericuetos de la existencia, la irónica experiencia del vivir, la mendacidad de los poderosos, la dócil credulidad del menesteroso, la callada lealtad de la amistad y los delicados juegos a los que el amor conduce (“El Pabellón de los Secretos”, uno de los más hermosos poemas del género de la poesía cubana).

Y para que el lector no se despiste, Regino Pedroso nos advierte, al concluir su Prólogo, de que ha sacrificado la “primorosa delicuescencia estilística” y que la suya “se trata de una obra de prosaica experiencia de vida y no de dulce ensoñación poética. Los campos en que brotaron estas yemas de bambú parecen haber sido las tierras pantanosas donde madura el arroz, no los pardos celestes de la luna”.

Un trozo de la vida de Galdós en Las Palmas

Por Manuel Herrera Hernández (Asociación Internacional de Hispanistas)

Introducción

Desde hacía tiempo existían problemas con las propiedades de la familia Pérez Galdós en Gran Canaria y, de manera especial, con las de la «madrina» Magdalena Hurtado de Mendoza y Tate. Cuando la familia decidió que era necesario viajar a Las Palmas la autoritaria «madrina» le dijo a Benito Pérez Galdós que él era la persona adecuada. Pero a don Benito los viajes largos en barco le producían cinetosis, mareo acompañado de vómitos, provocados por el movimiento. Sin embargo, le hacía ilusión volver a su tierra natal y encontrarse con sus hermanas Soledad, Tomasa, Dolores y Manuela en su casa de la calle del Cano. Por esto planeó un viaje de corta duración después de realizar una excursión a Ansó, en el Pirineo aragonés, durante el verano de 1894. Sin embargo su preocupación por «Los condenados» le forzó a posponerlo hasta el año siguiente. Ni siquiera la muerte de sus padres y de sus dos hermanos le había inducido a volver a casa en años anteriores. Es una falacia que olvidara a su tierra natal. Lo cierto es que don Benito mantuvo con las islas íntimos vínculos de familia, de amigos, de recuerdos de su niñez y de su juventud. Incluso el uso de los dialectismos canarios aumenta a medida que Galdós acrecienta el dominio y empleo del lenguaje coloquial en sus obras. Se comentaba que Galdós recibía con regocijo a todos los isleños que le visitaban en Madrid. Y cuando en 1897 fundó su propia casa editorial en la calle Hortaleza número 132 (hoy 104) su oficina y su estudio eran el lugar donde se reunía la colonia canaria en Madrid por lo que fue popularmente conocida como la canariera. En la fachada de esa casa hay una placa colocada por el Ayuntamiento de Madrid en 1993 con la inscripción «En este entresuelo estuvo la editorial “Obras de Pérez Galdós” fundada por el escritor en 1897 hasta su cierre en 1904». También al doctor Gregorio Marañón le causaba impresión la legión de paisanos para quienes era un deber la visita a don Benito. Una carta autógrafa de Galdós dirigida al Ayuntamiento de la ciudad de Las Palmas en 1894 fue hallada en el archivo de las Casas Consistoriales de Las Palmas en 1972 por el Archivero Rodríguez Acosta. Esta carta tiene importancia ya que coopera a romper la falsa creencia de que don Benito olvidara su isla una vez trasladada su residencia a Madrid. Como hemos señalado, Galdós sintió siempre un gran amor por Canarias reflejado en gran número de sus personajes. La carta fue remitida desde Santander por don Benito a don Felipe Massieu y Falcón, que entonces presidía la Corporación, y era contestación a un telegrama que el Ayuntamiento en pleno había enviado al ilustre escritor con motivo del estreno, con extraordinario éxito, el 27 de enero de 1894 de «La de San Quintín» en el teatro de la Comedia. Esa noche María Guerrero hizo una creación magnífica junto a Emilio Thuillier. Galdós fue acompañado por muchos espectadores hasta su casa en entusiástica manifestación:

Señor Alcalde Presidente del Excmo. Ayuntamiento de Las Palmas. Muy señor mío: Poseído del más profundo agradecimiento, me apresuro a contestar el telegrama que en nombre de la Corporación que tan dignamente preside, se sirvió dirigirme con motivo del estreno de mi última obra dramática. Ninguna prueba de simpatía entre las que he recibido, me ha sido tan grata como la que a V. debo; porque el agradecimiento que en mí despiertan esas manifestaciones de afecto de cuantos me las dispensan, se une en esta ocasión la satisfacción inmensa de ser de paisanos las más sinceras y expresivas. Inútil será decir a V., señor Alcalde, la gratitud que por ellas les guardo. Dispénseme el señalado favor de hacerlo así presente a esa Corporación de su presidencia y reiterándole las gracias me repito de V. afmo. s.s., q.e.s.m. B. Pérez Galdós, 10 de febrero de 1894.

Manuel de Tolosa Latour fue un médico pediatra que, además, era médico de cabecera de la familia Pérez Galdós. Destacó como escritor español, por las que recibió la Medalla de Oro en la Exposición de Higiene de la Infancia de París, y fue miembro de número de la Real Academia Nacional de Medicina. En una carta de Pérez Galdós a Tolosa Latour desde Santander le dice:

 Santander. 22 de abril, 94 Mi adorado Doctorcillo: contesto a tu grata epístola que en efecto recuerdo que me hablaste de esa publicación […]. A Dª Magdalena la tenemos tan profundamente trastornada de los nervios que hemos resuelto llevarla unos días a Madrid, a ver si con el cambio, viviendo en la Moncloa, se repone. Martínez dice que es lo único que puede aliviarla, y allí iremos, probablemente antes de fin de mes. […] Y hasta que nos veamos, querido Doctorcillo, Tu siempre fiel, Don B.

Cuatro meses después del estreno en Madrid de «La de San Quintín», como hermoso acto en homenaje a don Benito Pérez Galdós, en la noche del martes 29 de mayo de 1894, tuvo lugar en el Teatro Tirso de Molina, organizado por el Ayuntamiento, la Sociedad Económica de Amigos del País, el Gabinete Literario y otras sociedades culturales, el estreno en Las Palmas de esa misma obra dramática con gran éxito.

A mediados de 1894 Magdalena Hurtado de Mendoza presentía que no le quedaba mucho tiempo de vida. Padecía de «ruidos, dolores y jaqueca» y fue tratada por el profesor Rafael Martínez Molina, maestro del doctor Manuel Tolosa Latour, que la había diagnosticado como una enferma del sistema nervioso que padecía, además, arteriosclerosis e hipertensión arterial. Y, puesto que sus asuntos personales requerían inmediata atención, decidió que don Benito viajara a Las Palmas. Él aceptó esta oportunidad por varias razones. En primer lugar, tendría la ocasión de investigar de cerca la fortuna de la familia. Su interés por la herencia fue creciendo a medida que los ingresos por sus obras no arreglaban su problema económico. Asimismo, su breve visita complacería a sus compatriotas después de haber estado ausente un cuarto de siglo y, asimismo, abrazaría a sus hermanas Soledad, Tomasa, Dolores y Manuela. Tolosa Latour, que gozó de gran prestigio como médico, fue no solo amigo entrañable de Benito Pérez Galdós sino también el médico de cabecera de su familia. Y a través de Magdalena Hurtado de Mendoza conoció la intención de don Benito de viajar a Las Palmas.

Desde Santander don Benito comunica a María Guerrero su viaje a Las Palmas y aprovecha para tranquilizarla porque «Los condenados», que es una obra que se pensó y se escribió para ella, van camino de Madrid:

1º de octubre de 94 Mi señora Dª Mariquita: le contesto a escape, porque me voy, me voy…Pero pronto volveré, pronto quiere decir a principios de noviembre. […] Mi viaje es largo. Me voy a Cádiz mañana o pasado. Allí me embarco para mi tierra. Regresaré por Cádiz también, y en seguida me voy a Madrid, con escala en Sevilla. Adiós, mi señora Dª Mariquita. Hasta la vuelta. No se olvide V. de mí. Mis recuerdos a su familia. Siempre queriéndola a V. re-muchísimo. Don Benito

El 24 de agosto de 1894 escribe el doctor Manuel Tolosa Latour a don Benito:

Queridísimo D. Benito: Hoy salgo para Chipiona con el arquitecto para convertirme en el D. Manuel de «La Loca de la casa». […] Ya sé que te vas a Canarias. ¡Qué bonito viaje! Si no fuera por el miedo que me produce el mareo iba allá. Pero no se puede hacer todo lo que viene en ganas. Da muchos afectos a las Sras., recíbelos de todos y un abrazo de tu af.º amigo, Miquis

A María Guerrero le escribe anunciando su próximo viaje

Santander 21 de Set. 94 Mi señora D/a Mariquita: desde que llegué aquí estoy haciendo propósito de escribirle. […] Debí mandarla ayer; pero no irá hasta el 27, fecha en que yo parta ¡ay¡ para Canarias. […] B.P. GALDÓS alias Don Benito

Y a José de Cubas le da detalles sobre su deseo de verle en la estación de Atocha.

4 de octubre, 1894 Mi querido Cubas: cuando V. reciba esta, si la recibe, estaré ya en Madrid; pero como si no estuviera, porque en la tarde del mismo día, salgo para Cádiz en el expréss de Sevilla a las 6,20 de la tarde. No puedo ir a verle, porque al llegar me voy a la Moncloa, donde está mi familia, y la distancia y las dos o tres ocupaciones que tengo que evacuar (como diría Torquemada) me imposibilitan de buscarlo a V. Si quiere que nos veamos, bájese a la estación de Atocha a las 6,20 de la tarde, suyo Galdós

Luego, un día más tarde, escribe desde Madrid a Concha Morell:

5 X 1894 Viernes Miquina: no hay novedad. Llegué bien, algo molesto. Coche lleno hasta aquí. Vete con (ilegible) al Astilllero a pasar unos días y no hagas tonterías. […] Hoy no escribo más. Hasta Cádiz. Tuyo siempre, siempre, Tu Ojirris

El 4 de octubre de 1894 Galdós baja de Santander a Madrid y dos días más tarde, el día 6, viaja a Cádiz a donde llega el sábado, día 7, con la intención de salir hacia Las Palmas, su tierra natal. Allí, para resolver los urgentes asuntos familiares, le espera su hermano el general Ignacio Pérez Galdós. En Madrid se enteró que ya habían salido los correos ordinarios y venía confiado en algún viaje extraordinario. En el puerto de Cádiz no había ninguno y, entonces, se telegrafió a Gibraltar de donde contestaron que el primero en salir, era el Espagne de una compañía francesa el día 13 de octubre. Entonces decidió embarcar el día 10 para Tánger en el Piélago para emplear el tiempo. A bordo del Piélago, se encontró con su antiguo amigo de Las Palmas de Gran Canaria el abogado don Eduardo Benítez González con quien concurriría algunos días en Tánger. Cuando el día 13 regresó a Cádiz del norte de África se encontró con la noticia de que su cuñada Magdalena Hurtado de Mendoza había fallecido. También los despachos telegráficos recibidos en la ciudad de Las Palmas comunicaban la noticia del fallecimiento en Santander de doña Magdalena Hurtado de Mendoza y Tate, viuda de don Domingo Pérez Galdós.

A Concha Morell escribe al llegar a Cádiz impaciente y preocupado:

Cádiz. Domingo 7 Caro bene: Aquí estoy desde ayer, derrengado y aburrido, lo primero por el largo y penoso viaje, lo segundo porque a causa de los «potititos», he tenido, he perdido el vapor. ¿Ves, ves, lo que te digo? Por los «potititos» de dos minutos, perdía casi todos los días el último tren; por los «potititos» de días, (que hoy, que mañana…) he perdido el vapor, y ahora tengo que fastidiarme, y tomar el caminito de Gibraltar. Verdad que de estos «potititos» de días, no tenías tu la culpa, sino yo que siempre lo dejaba para el día siguiente. Yo debí salir el martes. Me quedé para el jueves, y ahora a Gibraltar. Pero no me importa. Voy por mar, y de paso veo a Tánger y los moros. Ojirris

El 14 de octubre Galdós quiere decirle a Concha Morell con todo detalle las vicisitudes de su viaje:

  Cádiz, 14 Chiquita: Mi viaje ha sido lo más desgraciado que puede imaginarse. Llego a Cádiz el 6, como sabes, y me dice que no hay vapor hasta el 14, que en Gibraltar lo encontraría con seguridad. Me voy a Tánger con una travesía de mar malísima, en Tánger paso dos días, molestado por un catarro; y el 10 salgo para Gibraltar, con una travesía de mar, peor que la primera. En efecto, dos vapores salían de Gibraltar, uno el 0, otro el 13; pero en ninguno de ellos me dan billete para Las Palmas, porque trayendo de Marsella patente sucia, temen no ser admitidos. Me vuelvo a Cádiz, y anoche, a poco de llegar aquí, me da el gobernador el jicarazo comunicándome la noticia tristísima de la desgracia acaecida en mi familia (627). Me quedé completamente anonadado. Pasé una noche malísima, y hoy después de haber telegrafiado a Santander, Las Palmas y Madrid, me encuentro indeciso, sin saber qué resolución tomar. Mi primera determinación, anoche, al saber lo ocurrido fue quedarme y mandé retirar el equipaje que ya tenía a bordo del vapor. Recibo en este momento telegrama de mi hermana, diciéndome que siga viaje, y esto me decide a seguir. No tengo tiempo que perder. Mira, no extrañes que a mi llegada a la tierra, no pueda escribirte. Me figuro que será imposible en los primeros días. Tero ti. 628 Otra cosa: este retraso no motivará que me retrase a la vuelta. Volveré en la fecha indicada. Tero ti. Camuñas

El día 15 de octubre envía el siguiente disimulado telegrama:

Ibáñez Pedrueca, 15 pral. Texto: Cádiz, nº 15, palabras: 19 depositado el 15 a las 7,20 Pérez Galdós salió 15 Canarias Vapor Pio Nono. González

Don Benito había escrito el 14 de octubre a D. Miguel Honorio de la Cámara («Prisco») desde Cádiz5:

Grand Hotel de Cadix CADIX Ricca Frères Directeurs – Proprietaires Oct 14 Querido D. Prisco: No puedo escribirle con extensión, porque tengo jaqueca. Todo el día he estado vacilando entre seguir o no seguir el viaje, y al fin, su telegrama, que recibí esta tarde, me decide a continuar. El amigo Vila, que tan deferente ha sido conmigo en estas tristes circunstancias ha vuelto a llevar mi equipaje a bordo del vapor, y me embarcaré a las 7 de mañana lunes. De Gibraltar volví aquí porque en el vapor francés «Espagne», no quisieron darme billete porque temen que llevando, como llevan de Marsella, patente sucia les ocasione alguna dificultad el transporte de pasajeros. Anoche, a poco de llegar aquí supe lo ocurrido y ya puede V. comprender lo que me ha afectado. Supongo que mi hermana Carmen irá a Santander, o que Concha se irá con Pepe a Madrid, pues no creo que Pepe pueda permanecer mucho tiempo fuera. De esto no tendré noticia hasta que llegue a Las Palmas, que será el 18. Con desgracia empieza este viaje. No puedo escribir más. Si se le hubieran ocasionado gastos de importancia, puede pedir lo que necesite a Don Ricardo Martz Rodríguez. Escríbame a Las Palmas. Suyo afmo. B. P. Galdós.

La muerte de Magdalena Hurtado de Mendoza conmovió a Galdós y dudó si era conveniente coger el barco. Pero, después de haber consultado con su familia en Madrid, continuó el viaje. Por ese motivo rogó a las autoridades gaditanas que el recibimiento fuera discreto y dentro de los moldes del respeto al dolor que sufrían los familiares de la finada.

Pérez Galdós en Cádiz

La entrada de Galdós en la «Tacita de Plata», con su modestia característica y la sencillez de sus hábitos, pasó desapercibida. Llegó de Madrid con el célebre compositor y violinista Tomás Bretón. Dejó la maleta en el Gran Hotel de Cádiz y, después de almorzar, estuvo en la delegación de la Compañía Trasatlántica, preguntando al conserje señor Beres, por el conocido capitán don Pablo Vila. No estaba en la casa y, con sencillez, esperó sentado en los bancos del patio algún rato. El conserje, que no sabía quién era, le explicó que la causa del retardo del señor Vila era que estaba celebrando el bautizo de un hijo suyo. Don Benito Pérez Galdós preguntó las señas de la casa y, aceptando la guía de un portero, se presentó en la casa del señor Vila, que quedó sorprendido al abrazar a su antiguo amigo. El cansancio del viaje no le permitió aprovechar el resto del día como era su intención hacer.

Al día siguiente, domingo, convidó a un almuerzo al señor Vila y al capitán del «Ciudad de Santander». Luego paseó por la ciudad visitando con mirada curiosa casi todas las iglesias. En el Oratorio de San Felipe Neri estuvo un rato largo observando el escenario de las Cortes de Cádiz que dieron a luz a la Constitución de 1812. En seguida pareció que revivía este hecho histórico preguntando en la iglesia y tomando datos. Y con su insaciable curiosidad se dirigió también esa tarde hasta la iglesia de Santo Domingo. Luego fue al Parque Genovés con sus compañeros de paseo los señores Vila y García. Galdós había estado en Cádiz, de paso como ahora, en varias ocasiones sobre todo en su época estudiantil. Recordaba perfectamente el antiguo paseo del Perejil, llamado así por la inicial modestia de su vegetación, que fue remodelado a finales del siglo XIX por el jardinero valenciano Eduardo Genovés. Este lo convirtió en un auténtico muestrario de botánica y se le cambió su nombre por el actual de Parque Genovés. A solas, sin otra compañía, recorrió el Parque en todas direcciones y ascendió a la cascada. Al salir del parque confesó a sus acompañantes lo hermoso que había sido contemplar aquel paisaje con la puesta de sol. Toda esta manifestación de entusiasmo de Galdós se explica por sus aficiones al mar y las flores. Del parque Genovés pasaron al Bosque, donde pidió Galdós que se hiciera tiempo para poder apreciar el aspecto fantástico del sitio en las penumbras del oscurecer. Sentados en uno de los recodos del Bosque estuvieron hasta el anochecer. La permanencia durante casi nueve días en Cádiz le trajo gratos recuerdos de su época de estudiante cuando llegaba a Cádiz para continuar a Madrid.

En el camino hacia su tierra natal

El martes 16 de octubre de 1894 se conoció en Las Palmas que el día 15 había embarcado en Cádiz, con destino a Las Palmas, Benito Pérez Galdós en el Pio IX, cuyo capitán era D. Abilio de Ugoste, de Vapores Trasatlánticos de Pinillos Sáenz y Cª, que hacía hacia viajes no sólo entre Cádiz y Canarias sino también para Puerto Rico y La Habana. Se esperaba que el Pio IX llegara al Puerto de la Luz en las primeras horas del jueves, día 18, y se organizara un recibimiento entusiasta. Por esto el Ayuntamiento de Las Palmas junto a los representantes de corporaciones y sociedades programó los actos del recibimiento. El programa que se pensó hacer por el Ayuntamiento de Las Palmas tuvo que suspender muchos actos cuando se conoció el fallecimiento de doña Magdalena Hurtado de Mendoza. Esta fue la causa de que el recibimiento fuera menos brillante que lo deseado.

Existía también el temor de que el pueblo llano de Las Palmas, ignorante de la obra de Galdós y también movido por opiniones equivocadas sobre el canarismo de don Benito, no acudiera en masa a recibirle. No obstante, se confiaba que toda la sociedad respondiera a la cultura oficial demostrando la admiración a su insigne paisano. Por lo anterior, el día 17 de octubre de 1894, fue necesario que el alcalde Felipe Massieu y Falcón publicara una alocución a los habitantes de Las Palmas:

Después de una ausencia prolongada por más de veinte años, habremos de sentir muy en breve intenso júbilo al ver, en el querido suelo natal, a nuestro conciudadano ilustre D. Benito Pérez Galdós. Abrigo la confianza de que, sin incitación alguna de mi parte, todas las Corporaciones y Sociedades, todas las clases de este pueblo noble y leal, que a ninguno cede su entusiasmo cuando se trata de rendir tributo de loor y admiración a sus compatriotas insignes, acudirán en cariñosísima manifestación a recibir en el Puerto de la Luz al esclarecido hijo de Las Palmas que, en la mañana de ayer, salió de Cádiz en el vapor Pío IX. Mas, aun cuando tal convicción íntima sustento, porque conozco el candoroso civismo de estos habitantes, me creo en el deber de rogar encarecidamente a la Ciudad reciba con efusión al eximio canario, príncipe de la literatura patria y gloria de España. Las Palmas, Octubre 16 de 1894. El Alcalde, Felipe Massieu.

Al mismo tiempo, que esta alocución circuló en la mañana del día 17 de octubre en la Ciudad de Las Palmas, el Alcalde también se dirigió a los presidentes de corporaciones y sociedades invitándoles para recibir «mañana día 18 a nuestro distinguido paisano». En Las Palmas le esperaba su hermano el general Ignacio Pérez Galdós, que anteriormente fue Gobernador militar de Santander en 1879. Al fallecer en Las Palmas su hermano Domingo en 1870, la administración del patrimonio de la familia Pérez Galdós iba mal y la ruina del marqués de Villanueva del Prado hacía imprescindible liquidar la deuda que éste tenía con ellos y que había garantizado con sus posesiones en La Aldea de San Nicolás. El litigio emprendido en 1881 finalizó en 1893, pero a la familia Pérez Galdós era necesario que Ignacio Pérez Galdós se pusiera al frente de todo.

El día 18 de octubre, jueves, después de 25 años de ausencia llegó a Las Palmas don Benito Pérez Galdós. Las autoridades junto con representantes de todas las corporaciones y sociedades, además de un grupo no numeroso de ciudadanos, se trasladaron al Puerto de la Luz para tributarle una cordial bienvenida. A las diez de la mañana fondeó en el puerto el Pío IX. Mucho antes ya se habían dirigido al costado del vapor algunas embarcaciones menores que llevaban diversas comisiones. En la falúa de Sanidad, entoldada y luciendo diversas banderas, se hallaban el alcalde, el delegado del gobierno y el general Pérez Galdós. Todos los buques del puerto estaban engalanados así como todas las casas consignatarias. Algunos remolcadores luciendo banderolas cruzaban en todas direcciones las aguas del puerto y daban mayor alborozo al acontecimiento. Alrededor de las once el estallido de los cohetes anunciaba que las embarcaciones se alejaban del vapor para dirigirse al muelle. Con las referidas autoridades y otras personas, acompañado de su hermano, venía Galdós en la falúa de Sanidad. Al poner el pie en tierra resonó una salva de aplausos y algunos gritos entusiastas de «¡viva Galdós!, ¡viva el príncipe de las letras patrias!». Desde la escalinata del muelle hasta el lugar donde se hallaba situado el carruaje Galdós fue aclamado y cumplimentado por las distintas comisiones y corporaciones. Ocupó un carruaje acompañado de su hermano Ignacio Pérez Galdós, del Alcalde y del Delegado del gobierno siguiendo luego una larga fila de coches hasta la casa de recreo que la familia de Galdós posee en Santa Catalina. En esta bonita casa de recreo se hizo alto, descendiendo Galdós del carruaje con los acompañantes. Después de haber llegado e instalado en la casa quería descansar y, algunos días, pasear por la ciudad.

Sin embargo todos los días se levantaba muy temprano para escribir y, después, cogía el tranvía de vapor, que comunicaba el casco antiguo de la ciudad de Las Palmas con las nuevas instalaciones portuarias, dirigiéndose al mercado de Las Palmas. Allí, casi de incógnito, observando todo minuciosamente, caminaba por la antigua calle de la Carnicería (actual calle Mendizábal), hacia el Colegio de San Agustín como en sus días de estudiante. Paseaba por la ciudad y por los barrios encontrándose con viejos amigos y tomando siempre nota.

1. Una lápida conmemorativa en la casa natal

En la sesión del 19 de octubre, viernes, de 1894 acordó el Ayuntamiento de Las Palmas dirigir un mensaje de bienvenida, que podían firmar todos los vecinos de esta ciudad que lo deseara, al ilustre paisano Benito Pérez Galdós. También el Ayuntamiento en esa sesión plenaria, presidida por el alcalde don Felipe Massieu y Falcón, acordó por unanimidad entre otros honores colocar solemnemente en la casa natal de Don Benito una lápida conmemorativa. Existen muchas conjeturas sobre la fecha de la colocación de la lápida conmemorativa en la casa donde nació Galdós. Al pasar por delante de la Casa-Museo Pérez Galdós se observa la sencilla lápida colocada en su frontis con la inscripción:

En esta casa nació D. Benito Pérez Galdós el 10 de Mayo de 1843. Homenaje acordado por el Ayuntamiento de esta Ciudad

Lógicamente muchos pensaron que la lápida se colocaría, a más tardar, a principios de 1895. Sin embargo, pasaron los años y la lápida no fue colocada por motivos políticos locales. A causa de las distintas conjeturas formadas decidí investigar la fecha exacta de la colocación de esta lápida. Así podemos afirmar que en 1901, con motivo de la celebración del 418 Aniversario de la Incorporación de Gran Canaria a la Corona de Castilla, el programa de los festejos firmado por el entonces alcalde don Tomás Sintes Llabrés y el secretario don Francisco Morales Aguilar distribuía la celebración de los actos en cuatro días desde el 28 de abril hasta el día 1 de mayo. Este programa de las fiestas tenía el interés especial de anunciar la colocación de esa lápida en el exterior de la casa natal de Galdós en la calle del Cano. El día grande de la celebración del 418 Aniversario de la Incorporación a la Corona de Castilla, el 29 de abril de 1901, a las nueve de la mañana tuvo lugar la procesión cívico-religiosa del pendón de la conquista y, a las diez y media, la misa solemne a toda orquesta en la Catedral Basílica. A continuación, a la una, en un acto justo aunque tardío, se colocó solemnemente la lápida conmemorativa en la casa donde nació don Benito Pérez Galdós. El concejal don Francisco González Díaz, que no acudió con sus compañeros de Ayuntamiento en Corporación a la ceremonia, sino como un ciudadano particular interesado en aquel acto, recibió del Alcalde don Tomás Sintes Llabrés, que era trabado de lengua, la petición de que dijera unas palabras desde una ventana de la casa natal de don Benito. Junto a don Francisco González estaban doña Soledad, doña Tomasa y doña Manuela hermanas de don Benito, su hermano don Ignacio, teniente general, y su hermana política doña Caridad Ciria, esposa del anterior, dama nacida en Cuba. En la calle Cano la multitud se aglomeró y don Francisco González con su conocido arte de pronunciar discursos reflejó las glorias de Galdós siendo muy aplaudido. Dejo así aclarada con estas precisiones la historia de la lápida que recuerda el nacimiento de nuestro glorioso escritor.

2. Un paseante y un capricho

A finales de octubre de 1894 se preguntaba la prensa de Las Palmas «qué hace Pérez Galdós durante el tiempo que se encuentra entre nosotros». Encerrado en la casa de Santa Catalina se deleitaba contemplando el panorama del puerto en los intervalos en que cesaba de escribir. Pero Galdós también paseaba discurriendo por las campiñas del Monte Lentiscal y visitando los sitios que fueron confidentes de sus primeros sueños cuando Sisita le esperaba coqueta con un par de flores de tuberosa en la cabeza, de color crema y deliciosa fragancia.

Pero tampoco olvidaba a Concha y le escribe:

Las Palmas, 27 Bribona: Desde que estoy aquí no me has escrito ni media letra. Ya me dispongo al regreso. Saldré en el primer vapor, desde Cádiz te avisaré cuando llega. Te tero. Tero ti. Minina: ¿en qué piensas que no me has escrito?

Y, mientras más cuidado ponía él en ocultarse, más excitaba la curiosidad pública. Galdós era para muchos una incógnita por la reserva casi impenetrable en que se mantenía. Sólo se le veía en algunas ocasiones paseando por las calles habituales de su juventud. Envuelto en su modestia vivía en la penumbra, gozando de los encantos de la familia y escribiendo. Los amigos íntimos que le acompañan en sus paseos manifiestan que no cesaba de ponderar la impresión favorable que le ha producido la isla transformada por completo en los veinticinco años de ausencia. Pero, a pesar de los cambios realizados, recuerda los amigos y la antigua ciudad con sorprendente precisión. Observaba, tomaba notas, ordenaba apuntes y trabajaba mucho en la casa de Santa Catalina, que se asentaba en la playa, con la montaña de la isleta y el puerto al frente, teniendo ante la vista las montañas de la isla escalonadas en lejana perspectiva y cercanas al mar siempre azul.

A finales de octubre se conoció «un capricho de Galdós». En uno de sus paseos conoció a Manuel Miranda Romero, que era carpintero de ribera. Acompañado de este nuevo amigo don Benito visitó una mañana la ermita de San Telmo y saludó al presidente de la Confraternidad de Mareantes de San Telmo. «Entonces don Benito -dice Néstor Álamo- se propone ser dueño del mejor galeón que estaba en los tirantes de la capilla y que eran exvotos de los navegantes en peligro. Y lo logró por medio de Miranda, que llevaba la rueda del timón en aquel feudo de armadores y navegantes». Don Benito veladamente insinuó su propósito de que figurara en el lugar que conserva para las colecciones en su palacete San Quintín, en Santander. Luego firmó en el libro de la Confraternidad en prueba de gratitud por el obsequio. Este capricho de Galdós tiene su origen en su infancia cuando iba con frecuencia al templo con el deseo de admirar la colección de hermosos barquichuelos que en aquella época poseía la iglesia de San Telmo. Este recuerdo de su niñez explica que una de sus primeras visitas fuese a la mencionada iglesia. Cuando Galdós tuvo en sus manos aquel viejo barquichuelo al instante encargó a Manuel Miranda Romero que lo restaurara y se lo enviara por vía marítima para instalarlo en su despacho de San Quintín. Meses más tarde Galdós agradeció a Manuel Miranda Romero el envío del galeón restaurado, que esperaba con vehemente deseo:

Madrid, 1º de Febrero, 95 Sr. D. Manuel Miranda. Mi muy estimado amigo y paisano: por su grata del 24 del pasado, veo que el galeón salió de ese puerto navegando con rumbo a Cádiz, desde donde tomará la derrota del Cantábrico. Deseo mucho verlo, y me figuro que habiendo V. puesto las manos en ello, la restauración del barquito habrá resultado primorosa y digna la pequeña embarcación de figurar en nuestro Museo Naval. De seguro que no habrá en éste, ni en otro alguno, muchos que le superen en elegancia, ni en la perfección de la obra de su mano. En todas partes, por efecto de las construcciones de hierro, se va perdiendo el arte de la carpintería de ribera, y de él solo quedan vestigios en nuestra ciudad de Las Palmas. No necesito decirle cuánto le agradezco la diligencia, esmero y entusiasmo con que ha realizado V. la restauración de este modelo, que de sus manos, estoy de ello seguro, habrá salido como nuevo, de tal modo que lo reconocería por suyo el mismo don Juan de Austria, capitán general de las galeras del Rey Católico y de la Liga contra el Turco. Ahora me falta, dar también las gracias a la Confraternidad de San Telmo por su delicado obsequio, que no olvidaré nunca. En otro correo lo haré; pues no es cosa de escribir a ésos de prisa y corriendo. Hágame el favor de dar la adjunta al Sr. D. Pedro del Castillo y sabe que me tiene V. a las órdenes para todo. Me alegraría mucho de tener una ocasión de manifestarle cuánto estimo su amistad, y con qué agrado veo su pericia en un arte que de tal modo honra a la Gran Canaria. Suyo afectísimo amigo y paisano, q.b.s.m. B. Pérez Galdós S/C. San Mateo, 11 bajo Cuando vaya a Santander y vea el galeón volveré a escribir a v.

Galdós se encontró, en uno de sus paseos por la mañana, a uno de sus antiguos amigos, el maestro Joaquín Gutiérrez que aún vivía, era carpintero, charlatán y bebedor. Los dos amigos se hicieron inseparables. Y todos los días al atardecer se sentaban en los poyos del Obispo, más allá del barrio San José, en la carretera a Telde, observando las plataneras situadas debajo del barrio de San José y, a lo lejos, el azul del Atlántico.

En la prensa de Las Palmas se publicó el 29 de octubre la siguiente esquela mortuoria:

R. I. P. La Sra. Doña Magdalena Hurtado de Mendoza y Tate, Viuda del Señor Don Domingo Pérez Galdós. Falleció en Santander el 15 del corriente. Sus hermanos, sobrinos y amigos ruegan a las personas piadosas se sirvan encomendarla a Dios y asistir a las misas que por el eterno descanso de su alma se dirán en la Parroquia de San Francisco el día 31 del corriente, de 6 a 8 de la mañana.

Tal vez don Benito asistió a ese acto y recordaría las campanas de San Francisco. Años más tarde, recordando cuando vivía en su casa de la calle del Cano número 33, diría en la entrevista realizada por El Bachiller Corchuelo para la revista Por esos mundos, julio 1910, que «cuando he oído el tañido de sus campanas, siempre he sentido una emoción entre triste y dulce. Su son no lo confundiría con ninguno. Lo distinguiría entre cien que tocasen a un tiempo».

Escribe Néstor Álamo que, en la visita que don Benito hizo cuando lo llevaron a ver la primera instalación de El Museo Canario, fundado por el doctor Gregorio Chil y Naranjo en 1879, se ubicó en la planta alta del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, que cedió generosamente algunas salas, hasta que el legado del Dr. Chil fuera recibido en 1913 fecha de la muerte de su viuda. Aun así, el traslado de El Museo Canario a la que fue vivienda del ilustre benefactor en el barrio de Vegueta, donde se instaló definitivamente, se retrasó hasta 1923. El Dr. Chil tenía mucho empeño en la visita de Galdós al reciente Museo Canario, pero don Benito dijo solamente esto: «¡Qué hermoso es el Museo Canario!». Y don Gregorio no se lo perdonó aunque ese laconismo de Galdós al firmar en el libro de El Museo Canario no le ofendió al investigador mucho tiempo.

Invitado por el alcalde de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, don Felipe Massieu y Falcón, Galdós visitó en la tarde del martes, día 30 de octubre, la magnífica quinta del Batán. Don Benito admiró la diversidad de plantas que había en esta finca. Galdós amaba los animales, las plantas y las flores que «son unas como sonrisillas que echa la tierra». El señor Massieu con la galantería que le era peculiar estuvo obsequioso con el gran novelista y demás distinguidos amigos que le acompañaban.

3. Galdós en la Villa de Teror

Una excursión destacada tuvo lugar a principios de noviembre. Don Benito mostró a su amigo el alcalde accidental de Las Palmas, Rafael Massieu y Falcón, interés en visitar la Villa de Teror. El viaje a Teror el día 6, martes, fue muy cansado porque aún no se había terminado la carretera desde Las Palmas. No obstante, al ilustre novelista le agradó en extremo la visita a Teror y los preciosos paisajes que tuvo ocasión de ver. En Teror conoció al comerciante Manuel Acosta Sarmiento que era el alcalde de Teror en 1894. Don Manuel Acosta fue alcalde durante más de veinte años y su gestión hizo posible la terminación de la carretera de Teror a Las Palmas en 1895. También existía en 1894 un comercio, con la denominación Juan Bautista Yanes y Compañía, cuyo socio del titular era Juan Rivero García. Este nació en Cuba, hijo de emigrantes canarios en la ciudad de Matanzas tan familiar para los Galdós, y que acumuló un gran patrimonio en parte de la mano de Juan Negrín, padre. Pérez Galdós recibió, además, atenciones en la Villa de Teror invitado en la finca de Osorio en la que Adán del Castillo y Westerling invitaba a los visitantes ilustres. En su recinto se conservaban restos de bosques de laurisilva y una amplia extensión de castañar. Y con Rafael Massieu y Falcón visitó la Iglesia de Nuestra Señora del Pino.

En las crónicas de terorenses hay que anotar algunos hechos relacionados con el estamento militar. El Regimiento de milicias de Canarias eligió en 1787 por su Patrona a la Virgen del Pino. El párroco de Teror, don Judas Antonio Dávila, le informaría acerca de la historia del templo y de la Virgen del Pino. Hay buenas razones para pensar que conversarían de las crónicas terorenses relacionadas con el estamento militar. Galdós evocaría cuando, sobre las rodillas de su padre, escuchaba la actuación de las unidades canarias en la Península durante la Guerra de la Independencia. La Granadera Canaria contó con un cronista de sus andanzas. Fue don Domingo Pérez Macías y su hermano don Sebastián, el que sería padre de don Benito Pérez Galdós, que formaron parte como capellán y subteniente respectivamente. El capellán don Domingo Pérez dejó el manuscrito titulado «Expedición a España del batallón de granaderos de Canaria. Notas del Diario que hizo don Domingo Pérez Macías, capellán de dicho Batallón».

El propio Sebastián Pérez Macías en las notas que redacta para completar las páginas extraviadas del diario de operaciones de su hermano don Domingo, el capellán de la Unidad, relata que:

En la Isla de León fue dicho Batallón agregado al Real cuerpo de Artillería, haciendo el servicio de todas aquellas Baterías que diariamente se batían con los franceses, hasta que se dio la Batalla de Chiclana, en la cual formaron dichos Granaderos una Batería, a pesar del fuego vivo que hacían los franceses, sólo con el entusiasmo de ¡Viva la Virgen del Pino!, por cuyo valor se les dio a todo el cuerpo, la Cruz de Chiclana, y además se puso a dicha batería el nombre de Batería de Granaderos de Canaria, según la orden del capitán general y Presidente de la Regencia el Señor Castaños, que nos mandaba.

Los grancanarios atribuyeron el hecho a la protección milagrosa de la Virgen del Pino, que todos aseguraron haber visto con su manto tendido ante ellos. De ahí que sus integrantes hicieron la promesa, para que salvara sus vidas la Virgen del Pino, de ofrecerle un manto cuando regresaran a Gran Canaria. En aquellos momentos los grancanarios defensores de Cádiz se jugaban la vida y, su invocación fervorosa a la Virgen del Pino, les envalentonó en tal alto grado que un sargento llamado Juan Miguel Padrón escribió en una carta que «… nos tiraron 180 tiros y no lastimaron siquiera un hombre, fue un milagro patente de la Virgen del Pino». Por estos hechos ofrecieron por agradecimiento a la Virgen del Pino un manto nuevo que andando el tiempo se ha perdido.

Es probable que don Benito igualmente preguntara en Teror por la casa de los Manrique de Lara, antiguos amigos suyos desde su juventud y luego en Madrid. La Casa de los Manrique en Teror, Patronos de la Virgen, se encuentra situada frente a la basílica de la Virgen del Pino. La casa, anteriormente, fue residencia de los Rodríguez del Toro y allí nació Bernardo Rodríguez del Toro en 1675, quien fue el origen de una familia venezolana de cuyo seno nacerían María Teresa Rodríguez del Toro y Alayza, esposa del Libertador Simón Bolívar.

Ahora, a principios de noviembre, don Benito ya mostraba sensación de estar cansado por las atenciones de sus paisanos, de no poder pasear solo y de no poder trabajar como acostumbraba. Por supuesto los asuntos familiares, que le habían llevado a Las Palmas, estaban casi solucionados. Pero su vida placentera estaba entre Santander y Madrid. Y Concha Morell, a quien había escrito que estaba «cansado con las atenciones de mis paisanos», le esperaba en Madrid.

El último viaje

Benito Pérez Galdós determinó embarcar, en la mañana del viernes día 9, en el vapor Hespérides, de la Compañía de Navegación e Industria, con destino a Cádiz. Y para evitar una tibia despedida, como habían valorado algunos el recibimiento, formaron un programa anunciando lo que se pensaba hacer en la despedida de la ciudad de Las Palmas al gran novelista canario. Así una banda de música iría a bordo del vapor interinsular Viera y Clavijo, facilitado por don Rosendo Ramos, representante de los correos Interinsulares, cuyo buque estaría a disposición del Ayuntamiento y representantes de corporaciones públicas y sociedades. También saldrían del puerto varios remolcadores y embarcaciones menores perfectamente engalanadas. Con todo esto se confiaba que un gran público asistiera a la salida del Hespérides expresando su afecto y admiración a Galdós.

Después de la breve estancia de tres semanas en su tierra natal llegó el triste día de la despedida del eximio escritor grancanario. Don Benito embarcó el 9 de noviembre, viernes, para Cádiz en el vapor Hespérides. Si poco expresivo fue el recibimiento que la ciudad de Las Palmas hizo a su ilustre hijo, magnifica y entusiasta fue la despedida. Aquel día a las nueve se trasladó a la casa familiar de Santa Catalina una numerosa comisión del Ayuntamiento. Don Benito expresó a las autoridades, y asimismo rogó lo transmitiera a los ciudadanos, su agradecimiento por las atenciones durante su estancia en Las Palmas. A continuación entró en el landó con el Alcalde y su hermano el general Ignacio Pérez Galdós. Desde allí, y seguido de los demás carruajes que ocupaban las comisiones del Ayuntamiento y sociedades, se dirigió al dique de abrigo donde se hallaba atracado el vapor Hespérides. En el momento en que llegó a su costado, la banda municipal hizo los honores al egregio escritor engalanando a seguida sus mástiles el Hespérides. En estos instantes presentaba el puerto un aspecto de gran solemnidad. Empavesados todos los buques, que lucían múltiples banderolas en sus elegantes arboladuras, y exornadas también con banderas todos los buques surtos en aquellas apacibles aguas y cruzando en todas direcciones los remolcadores ocupados en las faenas marítimas, se presentaba un cuadro hermoso lleno de vida y animación.

Ya a bordo Benito Pérez Galdós estuvo durante largo rato recibiendo afectuosas muestras de consideración de numerosas comisiones y amigos que allí fueron a despedirle. Llegado el instante de la maniobra de desatraque y leva la comisión del Ayuntamiento, presidida por el alcalde accidental Rafael Massieu y Falcón, salió del Hespérides y embarcó en el vapor correo interinsular León y Castillo que, engalanado profusamente, hallábase también atracado al dique. A su bordo estaba el comandante de esta provincia marítima, Antonio Moreno Guerra, y allí embarcó también la banda municipal y numerosos admiradores de Galdós, deseosos todos de rendirle cariñosísimo homenaje de simpatía.

El vapor León y Castillo inició la marcha, desatracando del dique, y se situó en la boca del puerto a esperar al Hespérides que a los pocos momentos surcaba velozmente aquellas dormidas aguas. Al cruzar el Hespérides por estribor del León y Castillo se produjo en este una verdadera explosión de entusiasmo. Los vivas a Pérez Galdós, al Cervantes canario, a España y a Gran Canaria, los acordes de la música, el ruido de los silbatos de ambos buques y de los remolcadores que seguían al Hespérides y el vivo cañoneo con que saludaba el vapor León y Castillo determinaron en todos el más alto grado de expansión patriótica. Pérez Galdós, verdaderamente emocionado, no cesaba de agitar el pañuelo y el sombrero, contestando con efusión al saludo que en igual forma se le hacía. Ya cerca del roque de la Isleta, el Hespérides suspendió su marcha, deteniéndose también el León y Castillo y demás vaporcitos remolcadores que le escoltaban. En aquel instante el goce inefable que produce el amor a las glorias patrias, revelábase en los conmovidos semblantes de todos, vitoreando y aclamando, a compás de los acordes de la marcha real, al eminente novelista.

Con millares de firmas fue suscrito el mensaje, redactado por acuerdo del Ayuntamiento en honor de Pérez Galdós y que le fue remitido en un álbum con tapas lujosamente artísticas, a fin de que el eximio escritor grancanario lo conserve en su gabinete de estudio como recuerdo de reciente visita a esta su ciudad natal.

El referido mensaje dice así:

La ciudad de Las Palmas se complace vivamente en dar la más cordial bienvenida a su preclaro hijo, el artífice eminente que ha esmaltado con inestimables joyas la historia patria, el ingenio fecundísimo que emulando por lo castizo de su dicción y la galanura de sus formas la gloria de Cervantes ha creado la novela española dándole nuevos rumbos y abriéndole amplios horizontes en multitud de obras, que, a juicio unánime de propios y extraños, son brillantes ornamentos de la literatura universal y orgullo legítimo del rico idioma castellano. Aquí se meció la cuna de Pérez Galdós, y es éste un título que nos envanece porque lo consideramos como una de nuestras más señaladas horas. Salud y prosperidad al hijo ilustre cuya vida conserve la Providencia por dilatados años para mayor gloria de las letras españolas y del teatro nacional. Octubre de 1894.- (Siguen las firmas).

En su corta estancia en Santa Cruz de Tenerife Don Benito Pérez Galdós, al llegar desde Las Palmas a aquella localidad, de paso para la Península, fue cumplimentado por los presidente de corporaciones y sociedades, lo mismo que por las autoridades. La noche antes de su partida se le obsequió con una serenata por la banda militar.

El periódico de Cádiz «La Nueva Era» decía que en el vapor Hespérides llegó, el lunes día 12, por la mañana de Canarias el notable novelista Benito Pérez Galdós. Apenas tuvo noticia de su llegada una comisión del Ateneo, compuesta del presidente don Adolfo de Castro y los señores Viesca, García de Castro, Alberti y Alonso, pasaron al Gran Hotel de Cádiz, donde se hospedaba el eximio literato, para visitarle en nombre de la Sociedad que representaban. Pérez Galdós no pudo acceder al banquete, con que se le pensaba obsequiar en el antedicho Centro, por las pocas horas que pensaba estar en Cádiz y por estar de luto tras la muerte de su entrañable cuñada doña Magdalena Hurtado de Mendoza hacía menos de un mes. Declaró, asimismo, que se había mareado durante todo el viaje. Manifestó Galdós, igualmente el mismo día de la llegada, que tenía planeado marchar en el correo directamente a Madrid donde pensaba estrenar este año varias obras. En el Teatro de la Comedia se preparaba «Los condenados» y, en el Teatro de Novedades, se pondría en escena por primera vez un melodrama suyo.

Desde Cádiz, todavía confuso a causa de los trastornos del viaje escribe a Concha:

Cádiz, 13 de Nov. 94 Mon enfant: esta mañana al llegar aquí recibí tu parte, que me alegró mucho. Allá recibí pocos días antes de salir, la tuya del 1*, única tuya que ha llegado a mis manos desde que no nos vemos. […] Descanso hoy, y mañana salgo para Madrid. Aun ignoro si mi hermana está en Madrid. Si continuase en Santander, al momento iría yo para allá. Nada sé hasta que llegue a Madrid, por Mora de la interrupción del telégrafo. […] Tengo que contarte muchas, muchas cosas. Vengo rendido, y con no muy buena salud. Si no echó a correr para acá, mis paisanos acaban conmigo, a fuerza de obsequios. […] Tuyo siempre, Camuñas o Tío Juan

Al llegar a Madrid don Benito escribe a su amante Concha:

Madrid – Moncloa, 16 de Nov. 94
Borrica: aquí estoy desde ayer. Bastante cansado, pues el viaje ha sido demasiado rápido y penoso. Hoy habrás recibido la que te escribí en Cádiz. Espero que me escribirás a vuelta de correo, y que no harás lo de otras veces. Aquí me he encontrado un lío doméstico, un pequeño drama de familia, que me ocasiona grandes disgustos. Está escrito que este viaje mío empezó con una desgracia acabe también de un modo poco grato. No sé si recordarás que te dije y mi sobrina tiene un novio, pretendiente, o como se llame. La madre y toda mi familia si opone resueltamente, con una tenacidad propia de los tiempos medievales […] Yo que desde Las Palmas vi armada la nube, hice propósito de no meterme en nada; pero la fatalidad ha querido que al llegar aquí me encuentre en el cráter del volcán. […] De todos modos, yo voy a Santander, con mi sobrino y estaré cuatro días. Hablaremos largo, y examinaremos las ventajas y los inconvenientes de que tú vengas a Madrid, si lo quieres. […] Tuyo, Ojirris

Galdós se había llevado una impresión tan grata de su tierra que manifestó mantener la promesa que hizo a su familia de volver a Las Palmas en la próxima primavera de 1895. No obstante no regresó a su tierra natal esa primavera ni tampoco lo hizo nunca en los veintiséis restantes años de su vida. Don Benito regresó a su tierra natal en octubre 1894, y éste fue el último viaje a su tierra natal. Algunos biógrafos afirman que don Benito expresó su deseo de ser enterrado en Madrid. Pero no existe, al menos yo no lo he encontrado, escrito alguno en el que don Benito manifestara ese deseo. Tampoco lo afirman los amigos que le acompañaban en la tertulia de su casa como Marciano Zurita, Emiliano Ramírez Ángel, Victorio Macho, Rafael de Mesa, José de Lara y Luís Doreste Silva, entre otros. Apuntó Francisco Ruano García que Galdós se encuentra en Madrid y que, no tardando mucho, sería traído a la tierra donde él nació. Igualmente el escritor Ildefonso Maffiotte reclamó en su día que se colmará la misión del monumento en Las Palmas cuando se llene ese hueco con los huesos para los que se labró la hornacina. El 15 de marzo de 1921 publicó El Cantábrico, de Santander, que «…Victorio Macho, en breve irá a Canarias a realizar su valioso trabajo escultórico y, en la cripta que forma el basamento, han de ser depositados los restos mortales de aquel gran español que tanto amaba a Santander». Y Luís Doreste Silva afirmaba que la sedente estatua de Galdós que se encontraba sobre la cripta en el muelle de Las Palmas «está destinada a guardar sus restos mortales».

¿Por qué no reposan los restos mortales de don Benito en su tierra natal? Su hija doña María no accedió a ello pues, hallándose residiendo en Madrid, era su deseo seguir dedicando ante la tumba de su padre sus oraciones. Doña María no sintió por Gran Canaria más afecto que el paternal. Han pasado noventa y seis años de la muerte de don Benito. Ahora es imposible el traslado de Galdós a Las Palmas de Gran Canaria. La tierra de Galdós. Acaso se perdió la posibilidad después del fallecimiento de doña María Pérez Galdós y Cobián. Para muchos grancanarios los restos de Galdós no están en su tierra porque no se reclamó resueltamente los mismos y se incurrió así en una responsabilidad histórica.

Fuentes directas

Hemerotecas (1894): El Museo Canario y Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, ABC (Madrid), Diario de CádizDiario de las PalmasEl Pueblo (Canarias), Heraldo de MadridLa Dinastía (Cádiz), La Orotava (Tenerife), La Opinión (Canarias), La Vanguardia (Barcelona).