Imago mundi

Perro y el terroristaOjo: en la foto del terrorista (derecha) hay una falta de ortografía.

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Viruta

Justicia vendida o vendadaINDULTOS. En mi época de estudiante en París, vi, en un viejo cine del Barrio Latino, una película de Jacques Tati. Ha pasado mucho Sena por debajo del Pont Neuf y lo único que recuerdo de aquella comedia -quizás Mi tío– es una escena: un matrimonio maduro pasea por una playa y la señora va recogiendo alegremente, aquí y allá, piedrecitas que le gustan, y se las da al marido, que va detrás de ella, para que las guarde, pero él, aburrido, las va tirando a la arena. Aseguraba Oscar Wilde que la realidad imita al arte, y en España he vencido mis dudas al respecto. Aquí la realidad me permite ver casi a diario esta escena: una Justicia y un Gobierno pasean por el Estado y la Justicia va recogiendo con ceño adusto, aquí y allá, malhechores que asustan, y se los da al Gobierno, que va detrás de ella, para que los encarcele, pero el Gobierno, huevón, los va poniendo en la calle. Moraleja: Wilde era un sabio. Y Tati, un genio.

Aniversario 75 de la muerte de Mandelstam

Fotos del poeta pertenecientes a su expediente carcelario.

Fotos del poeta pertenecientes a su expediente policial.

Antes de ayer, día 27, se cumplieron 75 años de la muerte de Ósip Mandelstam. El gran poeta y ensayista ruso expiró en un campo de concentración del extremo oriente siberiano, uno de los que integraban la red de infiernos (GULAG) que Stalin tendió sobre todo el territorio sometido a su crueldad. En esos campos perecieron, o quedaron traumatizados para siempre, no pocos miembros de la intelectualidad rusa que opusieron resistencia a la vesania bolchevique. Muchos de los internados en esos corrales de exterminio no se explicaban los motivos de su desgracia. Mandelstam, sí. Él sabía que su célebre poema contra Stalin -cuyos más atentos lectores fueron, aparte del Zar Rojo, los jefes de la Cheka- le bastaba para merecer el martirio. Recomiendo enfáticamente el libro Contra toda esperanza, que contiene las apasionantes memorias de Nadiezhda Mandelstam, la viuda del poeta (Editorial Acantilado, Barcelona, 2012, traducido por Lydia Kúper y prologado por el Nobel ruso Joseph Brodsky). En este libro, la señora Mandelstam, que sobrevivió a su marido cuarentidós años acosada por el Estado soviético, narra con destreza literaria y lujo de detalles el viacrucis que fue, en medio del terror estalinista, la vida de ambos. Y, por extensión, de aquella Rusia.

Mandelstam libro

Muere Esther Borja a los 100 años

Esther Borja, una de las voces más bellas con que contó la canción cubana del siglo XX durante más de cincuenta años, murió ayer en La Habana, la ciudad que la vio nacer el 5 de diciembre de 1913. Su vida artística estuvo estrechamente vinculada a la de Ernesto Lecuona, con quien comenzó a trabajar en 1935 y de cuyas composiciones fue una intérprete excepcional. Acompañada al piano por Lecuona, cantó en España, Estados Unidos, Argentina, Chile, Perú, Brasil y Uruguay. En su repertorio incluyó también piezas de otros grandes compositores cubanos, como Sindo Garay, Adolfo Guzmán y Gonzalo Roig. Actuó en el teatro lírico, la radio, el cine y la televisión. Fue la animadora del programa Álbum de Cuba, que durante mucho tiempo estuvo entre los más populares de la televisión cubana. El pasado día 5, su centenario fue celebrado con diversos actos en la isla.

Viruta

Policía y presosHERENCIA. El célebre poeta ruso Velimir Jlébnikov fue testigo del estallido de felicidad que sacudió a su país en 1917. Murió de hambre en 1922. Otros, menos afortunados, demoraron más. Según su compatriota, amigo y colega Ósip Mandelstam -quien expiró años después en un GULAG (siglas en ruso de Campos de Calistenia al Aire Libre)-, Jlébnikov decía: “La comisaría, ¡qué gran  lugar! Es donde el Estado y yo nos citamos”. Con los hermanos Castro, en Cuba han florecido muchas costumbres de la desaparecida civilización soviética, y una de ellas es la de que el Estado y los intelectuales se vean en las comisarías. Sus tertulias, frecuentes, animadas, permiten afirmar que donde mandan los comunistas hay un diálogo permanente entre poder y cultura.                     .

 

En torno a “Isla Espiral”

David Pulido Suárez     

“Muchacho, ¡no seas tolete!”. Tal dijo en cierta ocasión María Dolores de la Fe (Las Palmas de Gran Canaria 1921-2012) a uno de sus -entonces- pequeños sobrinos. A pesar de que el Diccionario Diferencial del Español de Canarias registra el vocablo “tolete” con el significado de “persona torpe y de pocas luces”, el testimonio directo de la escritora dejó constancia del ánimo de juguetona reprimenda con que lo expresó. El sobrino, al que nunca habían llamado de esa forma, preguntó asombrado: “Lola, ¿¡y eso qué es!?”. Ahora era ella la sorprendida. El desconocimiento del niño ante aquel canarismo alertó y convenció a Dolores de la Fe de que debía aportar su grano de arena para que las generaciones futuras no perdieran contacto con el peculiar léxico de nuestro archipiélago. Esta fue, pues, una de las razones que la movieron a escribir Isla Espiral, obra que en 1982 vio la luz por vez primera con la editorial Edirca y que ahora, en el 2013, tres décadas más tarde, regresa a nuestras manos.

María Dolores de la Fe

María Dolores de la Fe

El mismo afán de iniciativa y rescate, conjugado con el de difundir el valor literario de la autora, impulsó al Cabildo de Gran Canaria a ofrecerle a la familia la custodia del manuscrito en el Archivo Literario de Autores Contemporáneos isleños de la Casa-Museo Pérez Galdós. A partir de aquí, la Consejería de Cultura, por medio de su departamento de Ediciones, nos ha devuelto un texto que ya pedía reaparecer con todo el cariño y el vigor creativo con el que fue concebido.

Un argumento sencillo

La historia se fundamenta en el reencuentro post-mortem, después de muchos años, entre dos amigas, Matilde y Pino. Aquella ha fallecido en su hogar natal, próximo a San Mateo, y ésta, enterada por la radio, sube a velarla. No obstante el estado de una y otra, ambas mantienen una larga conversación -digamos espiritual- en la que aparte de ponerse al día recorren juntas los recuerdos que atesoran del pueblo, de sus habitantes y de su infancia y juventud en él. Como se ve, apenas una excusa basta para poner en marcha la rueda de las evocaciones, de la reflexión, de la comprobación de las incesantes espirales de la vida y la muerte, del rescate del habla canaria y de la comparación inteligente entre una nueva época y otra que se va, así como de la forma de ser de sus gentes.

Al rescate del léxico canario

José Antonio Samper Padilla, catedrático en la facultad de Filología Hispánica de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, advirtió en una de sus clases de que cuando muere una lengua muere un modo de ver el mundo. María Dolores, mucho antes de estas certeras palabras, ya tenía conciencia del hecho. Verdad es que no existe el idioma canario, pero sí un importantísimo caudal léxico que nos ha ido nutriendo a partir de diferentes orígenes hasta, finalmente, arraigarse con esencias propias en nuestras almas y en nuestras bocas. Ella conocía los riesgos de la pérdida, por eso hace de Isla Espiral un monumento entrañable a la par que concienzudo de nuestra habla, labor paralela -al menos en lo que a intención y cariño se refiere- al quehacer literario de su admirado Pancho Guerra cuyas obras también han sido reeditadas últimamente por la Consejería de Cultura del Cabildo grancanario. Como él, asimismo, recoge la fonética, es decir, consigna por escrito, lo más fielmente posible, la pronunciación de las palabras y las expresiones de sus paisanos, muy en concreto los del entorno rural, que es, recordemos, en donde se localiza el escenario. A través de nuestra variante española la narradora dibuja el perfil interior de los moradores del archipiélago, el modo en que se han tenido que ir adaptando a los cambios históricos -siempre “al golpito”- tales como la Guerra Civil, la posguerra, el caciquismo, la agitadora entrada del turismo o la emigración hacia Hispanoamérica. “¡Qué va, cristianita! El mayor traspuso para Venezuela. En cuanto salió del cuartel, que le tocó en la Península y vino más enfoguetiado con la política que todas las cosas, picó el tole y traspuso […] ahora, muy de relance tengo noticias”.

Es innegable que a este relato se le debe llamar “de costumbres” si entendemos dicho género como aquel que subraya el habla y la psicología del paisanaje a una atinada escala de detalle. Mas ¿qué sería de las figuras que aparecen en sus páginas sin el bello fondo paisajístico de la medianía grancanaria? Quedaría a medio esbozar. A sabiendas de esto, la narradora recrea los eucaliptos, los senderos, las casas, el olor cálido que el sol arranca a la tierra, los vívidos colores campestres y el vibrante canto de múltiples, invisibles pajarillos posados por doquier. Ya dije en otro lugar que estos paseos costumbristas son el eje principal de la creación de nuestra autora, valgan de ejemplo Las Palmas casi ayer, casi mañana, o La vieja chiquilla y Álbum barroco. Estos dos últimos, por cierto, aún inéditos, pero de los que ya, desde aquí, quiero dar noticia.

Y es que nuestra isla, Gran Canaria, ha dado sobresalientes escritores atentos a su entorno cotidiano, como los destacados Alonso Quesada, Saulo Torón, Luis García de Vegueta o el ya citado Pancho Guerra. Cada uno a su manera, todos nos ofrecen unos brillantes cuadros de costumbres donde lo urbano y lo rural (sobre todo lo urbano en los tres primeros) quedan agudamente descritos en cuerpo y espíritu. La ironía, el humor, la crítica, a veces la sátira y otras el rescate amoroso de la expresión y el sentir isleños, tienen cabida en estos autores. A este grupo debe sumarse María Dolores de la Fe, que practica el género a través del artículo periodístico -por lo que es más conocida- y el relato literario. No obstante, ella se distingue por el tono bienhumorado de su escritura, un tono que suele aprovechar la sutileza de una ironía carente de acidez, mas no por ello menos denunciadora cuando el tema lo requiere. Reivindico, por otro lado, la destreza estilística de la que no sólo maneja el humor con la soltura de quien sabe provocar sonrisas inteligentes (evitando volubles golpes de efecto) sino que despliega lirismo allí donde una historia pide ser contada desde la intimidad de la emoción. Pienso ahora en ciertas partes de Isla Espiral: “El solajero parecía hurgar en las entrañas de todos los colores y enloquecía mezclándolos en una casi borrachera de variedades. La tea de la pila, el revoloteo de colorines de una ropa lejana tendida en una liña, el frescor del culantrillo […] Me inundó el campo, me abrazó hasta asfixiarme, me recorrió de reproches por mi lejanía”. Pero también me vienen a la mente cuentos como Las raíces quedaron atrás, Tres veces maguado o La madre sordomuda, todos ellos escritos con un embellecedor y elegantemente contenido timbre melancólico; o extractos de Corto circuito, otro texto todavía inédito, cuya expresión tiende a alejarse de la amabilidad a la que estamos acostumbrados.

Es evidente que esta escritora aún nos reserva muchas sorpresas.

Matilde y Pino

Los dos personajes femeninos (es interesante el dato de que se hallan en la cincuentena) pasan revista nostálgica o maguada a un tiempo irrecuperable, muerto ya (caso de Matilde) o en tránsito hacia el fin (Pino), a la vez que observan con preguntas, dudas, curiosidad y esperanza las primeras décadas de una etapa política, social y cultural recién estrenada (salvando las distancias, uno evoca inevitablemente a Cinco horas con Mario). Estas dos amigas son una especie de modelo de la nueva mujer española que después del trauma franquista nace a una mentalidad renovada. Ambas han superado a su modo los esquemas paterno-machistas que conocieron, Matilde quizá de una manera más evidente que Pino, pero, al cabo, las dos denuncian la acusada estrechez mental de antaño hacia lo femenino. “Qué miedo tuvieron siempre a las mujeres `leídas y escribidas´. […] La Maestra era la única que se salvaba de los resquemores, de las aprensiones masculinas hacia los estudios de la mujer”. No deja de ser un detalle revelador el hecho de que Pino, la viva, fume y que para ello abandone un rato el velatorio. “Iba a romper por lo menos dos de las sacrosantas tradiciones consuetudinarias del pueblo. Una, la de levantarme inesperadamente de mi `guardia femenina´ junto al cadáver […] y, otra, la de alterar el eterno `los hombres con los hombres y las mujeres con las mujeres´ […] Si se enroñaban, allá ellas”. Desde nuestro aquí y ahora pudiera parecer que fumar no merece destacarse, no obstante conviene tener presente que eso estaba prohibido a las féminas. Era cosa de hombres. Fumar, por tanto, se convirtió para ellas en uno de los símbolos del cambio. Aún hay más: Pino y Matilde son trasunto de las mujeres que cambiaron el campo por la ciudad en su afán de progreso. Con todo, la ruptura no es absoluta ni traumática ya que el amoroso retorno al pueblo, a su espíritu uterino, es recordatorio de que somos memoria, raíz, y de que sin semejantes asideros, sin saber qué hemos sido, ni qué somos, no sabemos qué seremos.  

Espiral de vida y muerte

El haz y el envés de la existencia tiñen todas las páginas de este relato pero desde la atalaya de una sabiduría que permite asumir sin tragedias, aunque con una cierta pena no disimulada, el inexorable devenir del tiempo. Uno tiene la impresión de que la escritora (que se deja llevar por la magua pero no se ahoga en ella merced a su estilo vivaz, bienhumorado, lírico y finamente irónico) delega el peso de las palabras y las emociones sentenciosas en el novelista venezolano Arturo Uslar Pietri así como en el poeta persa del siglo XII Omar Khayyam. Unas muy reveladoras líneas del primero inauguran y vertebran el libro; a su vez, unos versos del segundo a mitad y al final de la historia le dan el punto elegíaco que luego la narradora maneja con la maestría que nos permite a nosotros leer sonrientes. He aquí las palabras de Uslar Pietri con las que se abre Isla Espiral. “Quien quiere crear, quien quiere fructificar, tiene que estar adherido a la tierra. No a la tierra en abstracto, sino a un rincón de la tierra, a un pueblo, a un clima, a unos árboles que tienen nombre, a una tradición regional. Puede andar por el mundo, en el camino del aprendizaje, pero para volver con lo aprendido. O ya no podrá ser árbol en ninguna parte”.

Yo les aseguro que de la mano de María Dolores de la Fe y de su obra las raíces de ese árbol se tornan más conscientes de la tierra en la que habitan. Quedan, pues, invitados a comprobarlo ustedes mismos abriendo las páginas de esta Isla Espiral que la escritora ha legado a Canarias y al resto del mundo.

(2013)