¿Y ahora qué, Mariscal del Guaviare?

Con este artículo -muestra del corrosivo humor venezolano- de mi arrecho amigo caraqueño Teódulo López Meléndez reinicio la actividad de mi blog y despido el año viejo. El martes uno de enero -día de San Manuel, que Batista, dando un golpe de Estado en el santoral, asignó a San Fulgencio- volveré a estar con ustedes para emprender juntos el camino del 2008, un camino frente al que me siento tentado de elevar al cielo un precavido ruego andaluz: ¡Virgencita, déjame como estoy!

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Primero la tropa en el patio para que el padre diera consejos, como que tuviesen cuidado con las cabalgaduras al galopar por esas autopistas de Dios. El padre protector cuidaba a los chicos antes de emprender la misión heroica. Luego el viaje al aeropuerto fronterizo a verificar que las helicópteros tienen aspas y puertas y se les puede pegar calcomanías de la Cruz Roja. Así dio la orden de partida hacia la gloria.

Desde el más allá muchos contemplaban. Aníbal recordó su travesía por los Pirineos y su llegada a la llanura del Po y le pareció que sus victorias sobre los romanos en Tesino yTrebia eran bagatelas ante lo que presenciaban sus ojos atónitos. Alejandro maldijo a todos sus generales por no tener a su lado a una Piedad en momentos en que mancillaría al Imperio Persa y luego a Anatolia, Siria, Fenicia, Judea, Gaza, Egipto, Bactriana y Mesopotamia. Lo que sus ojos observaban era la gloria pura, una que envidiaba.

Julio César maldecía no haber dispuesto de helicópteros mientras añoraba el cruce del Rubicón y su llegada a Roma para aplastar a Pompeyo en la batalla de Farsalia. Lo que ahora observaba era la perfección maravillosa del más estupendo ejercicio militar de la historia. Su aventura al dar los pasos del cruce prohibido era cuestión de niños ante la maravilla estratégica que constataba.

Napoleón se quejó ante sus generales por haberse opuesto inicialmente a su propuesta de una expedición para conquistar la entonces provincia otomana de Egipto y señalándole los aviones sin colitas de PDVSA y los flamantes helicópteros del nuevo héroe militar les aseguró que eso costaba mucho más que la gloria de pararse como conquistador ante las pirámides.

Los grandes héroes militares comenzaron a llegar a ese sitio de observación del más allá, pero en la época en que estamos la aventura del paracaidista dirigiendo la operación gloriosa era también seguida con atención. El Pentágono había llamado a todos sus altos oficiales a seguir por satélite lo más grande que militarmente se había hecho desde la antigüedad. Había que estudiar aquello, los generales gringos debían aprender cómo se inspecciona un helicóptero mientras se habla hasta por los codos. Si Eisenhower hubiese visto esta acción la Segunda Guerra Mundial hubiese sido un paseo, jamás se hubiese producido una derrota en Viet Nam y lo de Irak sería pan comido.

Del otro lado del mundo Putin había convocado a todo el Estado Mayor del ex-Ejército Rojo, hoy conocido como el ejército putiniano para observar el comportamiento de los alados vendidos a buen precio. Hasta se permitió invitar al campeón mundial de ajedrez Kasparov, su temible oponente, para que se diera cuenta de cómo se debe jugar con alfiles, torres y caballos. Si imitaban al nuevo héroe militar Rusia volvería a ser como cuando Pedro el Grande decidió embarcarse a conocer Europa y cuando Stalin (que la madrecita Rusia recuerda con agradecimiento) construyó aquel imperio que debía renacer de la imitación y del seguimiento al Mariscal del Guaviare.

Hasta que las luces se encendieron y las cámaras comenzaron a funcionar. Entonces el Gran Mariscal de la Operación Transparencia -debidamente uniformado- continuó con el show. Todos comenzaron a preguntarse cómo se dirigía una operación de esta envergadura hablando sin parar, haciendo espectáculo, dando rienda suelta a la lengua. Asomó Sarkozy de mano tomada con Carla Bruni, la novia que le regaló su amigo millonario y pensó que su amigo de América Latina era más grande que un faraón y que Luxor, donde disfrutaba de un viaje propio de su desparpajo hacia el cargo de Presidente de Francia, era una aldea comparada con la grandeza de Caracas que albergaba en su seno al gran héroe militar del siglo XXI. Algo tendría que hacer él, tal vez colocarse la mano en el pecho uniformado, escondida en la guerrera, como su antecesor Napoleón, al que todos los ocupantes del Palacio del Eliseo deben imitar por la grandeza de Francia.

II

Es obvio que celebramos la liberación de secuestrados, de rehenes, de prisioneros -como se les quiera llamar- en posesión, en propiedad, de un grupo de alzados en armas. El secuestro -ya está dicho- es uno de los crímenes más detestables. Sólo que esta liberación está marcada por una frase inaceptable: se trata, según las FARC, de un “acto de desagravio” al Mariscal del Guaviare. Esto coloca al grupo irregular en una situación de privilegio político, pues les hace aparecer en beligerancia, casi como un Estado dentro del Estado, como una facción reconocida que se permite “desagraviar” al presidente de un país vecino. Por lo demás, como acto “humanitario” de parte de la guerrilla encumbrada por el Mariscal del Guaviare, es muy poco, tomando en cuenta la gran cantidad de prisioneros que mantienen en su poder.

Lo que esto implica es el establecimiento -mejor el reconocimiento- de una relación especial de entendimiento y amistad del Mariscal del Guaviare con un grupo catalogado como terrorista y que actúa en un país fronterizo. Las implicaciones políticas y diplomáticas son muchas y muy contraproducentes. Una vez que estas personas sean rescatadas (así esperamos que haya sucedido) uno se pregunta si el Mariscal continuará disfrazando de “actuación humanitaria” su show de ingerencia y perturbación en los asuntos internos de Colombia acordando con las FARC “liberaciones” a cuenta gotas, para que cada vez que el Mariscal insulte a las autoridades del vecino país las FARC entreguen a alguien y así el héroe militar del siglo XXI se luzca fanfarroneando con sus inspecciones a aeronaves y disputándole a Sarkozy su rol de chico juguetón en el panorama de los massmedias universales. No obstante -hay que admitirlo- el mundo ha visto la conversión de un gesto de rescate de tres seres humanos en un espectáculo televisivo, con profunda aprehensión. Las FARC, colocadas ahora en el cenit de los reflectores, ha manifestado su alianza con el Mariscal del Guaviare y para ello bastaría el reportaje de “El País” de Madrid sobre la presencia de la narcoguerrilla en territorio venezolano.

III

El Mariscal del Guaviare ha podido tapar por unas horas su derrota. Por unas horas el Mariscal ha jugado a ocultar que el pueblo venezolano lo derrotó el 2 de diciembre, pero el tiempo pasa inexorable y el espectáculo televisivo llega a su fin. Entramos en un nuevo año en el cual la derrota le pesará más que nunca. Ahora debería -según la ingenua oposición- dedicarse a gobernar, pero olvida que este hombre jamás aprenderá a hacerlo. Ahora debería enfrentar la ineficacia de su vicepresidente y las torpezas amontonadas de sus ministros, pero no tiene donde escoger, pues está rodeado de ineptos. Ha perdido la magia, una que no ha recuperado con su “operación militar” gloriosa y, en consecuencia, el tufo que despide a derrotado le comenzará a ser cobrado con anarquía y deserciones. Aquí hay secuestrados y presos políticos, pero liberándolos no molesta a nadie.

Como un niño que trata de resarcirse de la pérdida de un juguete ha recurrido a sus condiciones de showman para alimentar su psicología, pero se ha hundido más en lo efímero del espectáculo. Es una imagen y como todas desaparece cuando se apaga la pantalla. Es grandes afiches en las calles, pero el agua los deslíe con la misma velocidad con que la lluvia cae. El espectáculo cansa, irrita, obstina.Toca a los venezolanos bajarle el telón a este talk show.

Teódulo López Meléndez

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Artículo publicado originalmente en webarticulista.net (Venezuela).

El bloguero se va, pero regresa

ASUNTOS DE TRABAJO Y FAMILIARES ME OBLIGAN A AUSENTARME DE CANARIAS, MOTIVO POR EL CUAL MI BLOG PERMANECERÁ INACTIVO DURANTE UN PAR DE SEMANAS.

APROVECHO LA OCASIÓN PARA DESEARLES A CASI TODOS, EN LAS PRESENTES NAVIDADES, SALUD PLENA, SOSIEGO SIN MODORRAS Y ARMONÍA SIN GENUFLEXIONES, Y QUE ESTE JODIDO MUNDO LES PERMITA SER DICHOSOS EN EL NUEVO AÑO QUE SE NOS VIENE ENCIMA.

MDM

Carta reveladora y conmovedora

La presente carta, publicada en Penúltimos Días (blog de Ernesto Hernández Busto), es de los padres de Manuel Benito de Valle Ruiz, el ciudadano español que se manifestó el pasado día 10 en La Habana, junto al doctor Darsi Ferrer y otros disidentes, a favor de los derechos humanos, por lo cual sufrió con los demócratas cubanos la agresión de las bandas terroristas gubernamentales.

AL PUEBLO HISPANOCUBANO Y A TODO AQUEL QUE LE PUEDA INTERESAR:

Nos presentamos. Somos los padres de MANUEL BENITO DE VALLE RUIZ y os contamos lo que a continuación se dice: El día 11 del presente mes, y a las 20 horas, aproximadamente, recibimos una llamada telefónica desde LA HABANA –servicios de la Embajada- en la que se nos pregunta por el paradero de nuestro hijo Manuel. Uno, en su extrañeza, mas sin perder la educación, les contesté (habla el padre) que por lo que yo sabía, se encontraba, desde hacía una semana, en Madrid. El interlocutor “buen diplomático” me refiere que nuestro hijo ha sido detenido/golpeado/retenido/puesto en libertad/se encuentra bien y… que no saben dónde se encuentra. El motivo: haber participado en una manifestación en contra del apartheid y la discriminación que sufre el pueblo cubano en su propia casa.

Hasta aquí, digamos que escuché una explicación más o menos claroscura; y aquí empieza la “tela marinera”: en un tono altisonante y ciertamente ofensivo me dicen que nuestro hijo ha hecho uso indebido del pasaporte diplomático, dado que al haber terminado su trabajo en el ICEX de la Embajada a finales de octubre debería haber entregado el mencionado documento. Y aquí, amigos, compatriotas la ira de Aquiles se quedó en mantillas, la rabia noté como me iba desbordando y le dije que ni sabía, ni me importaba ni, por supuesto, me interesaba en lo más mínimo el tema del pasaporte; y que, por el contrario, lo que si quería saber, y mucho eran estas tres cosas. A saber 1º: si mi hijo estaba vivo, 2º: Si era así, si le habían golpeado o torturado y 3º: Qué medidas iban a tomar para preservar su integridad física y que pudiera salir de la bendita Habana por su propio pie y con la cabeza alta. El interlocutor, notando que ni me amilanaba ni me impresionaba en lo más mínimo y, quiero creer que dándose cuenta de con quien hablaba y la situación que se traía entre manos, pasa a usar un lenguaje más humano y respetuoso. Eso sí, sin dejar de darme “la barrila” con el tema del pasaporte y añadiendo que por favor si nuestro hijo se ponía en contacto con nosotros le remitiéramos a los Servicios de la Embajada donde ellos se encargarían de todo lo necesario para su segura vuelta a esta, su segunda patria

Aclaración pertinente sobre la situación laboral y legal de nuestro hijo Manuel: Cuando llega destinado a LA HABANA lo primero que le recomiendan (¿ordenan?) es que no se mezcle, para nada, con la población y sus tristes circustancias. Efectivamente mi hijo fue escuchar eso y, nobleza obliga, se mete de cabeza –nada de lo humano nos es ajeno- en toda la miserable situación a que les tienen sometidos los dizque progresistas-revolucionarios y la madre que los parió. Sé, porque le conozco y todo aquel que lo conozca dará fe de lo mismo, que desempeñó su trabajo sin mácula alguna. Termina el trabajo, vuelve a Sevilla y uno, que tiene dado algún tiro que otro, barrunto que algo le ha pasado y le tiene preocupado. A partir de aquí, dejo al amable lector que imagine lo que quiera. Lo que sí sé es que mi hijo se encaloma en La Habana con idea de hacer lo que hizo y, para que no me lo maten hace uso legal del pasaporte –no caduca hasta final de diciembre- y le permita hacer lo que hizo. Os lo juro: mi hijo no es tonto y sus padres, en nuestra segura ingenuidad nos hacemos la siguiente pregunta: ¿Qué es peor? ¿Usar un documento al que tiene derecho y, aun a riesgo de su vida, le permite luchar por una causa que el está convencido que es justa; o, por el contrario valerse de toda la maquinaria diplomática para APUNTALAR una dictadura tiránica y cruel CON sus propios hijos y presumir de progresistas y tolerantes?; de la nada añadiría yo.

Perdonad la longitud y dejadme que me despida recordando al gran Cuco Sánchez: “… en esta vida, nomás, nomás pasamos”. VALE

Pd. Manuel, cuánto te queremos y añoramos. Que el Buen Dios guíe tus pasos.

Cinismo

El cinismo ha sido siempre parte del juego político corriente y moliente. El político que tiene más que ocultar es, por lo mismo, el más cínico: en política, el cinismo es el arte de la ocultación. Si quien practica este arte, sin duda riesgoso, es trapisondista hábil, puede elevarlo al nivel de la prestidigitación, el trampantojo y el tocomocho; pero si no lo es, y, además, lo que quiere solapar resulta demasiado chirriante y conocido, le sucede lo que acaba de sucederle al canciller castrista Felipe Pérez Roque: se queda con las cachas al aire.

El asunto es bien grotesco: cuando la represión en la isla se recrudece –como no podía ser de otra manera bajo la bota del general Raúl Castro–, al extremo de que en Santiago de Cuba la policía reparte porrazos y practica detenciones masivas de disidentes en el interior de una iglesia, a Pérez Roque se le ocurre decir que Cuba celebra el Día de los Derechos Humanos (10 de diciembre) “con la frente alta”. He aquí un ejemplo de cinismo temerario descuerado por los acontecimientos.

Precisamente, este 10 de diciembre fue otro día de terror callejero en la ínsula de los hermanos Castro, donde, como se sabe –y quien no lo sepa aún es porque no ha querido enterarse–, sólo hay libertad garantizada para pasar hambre y loar al régimen. Mientras el canciller mentía con “la frente alta” y alardeaba de convenios internacionales de derechos humanos suscritos por Cuba –ya veremos si los cumple–, el médico Darci Ferrer y otros pocos opositores que reclamaban en silencio, en un parque de La Habana, el respeto a estos derechos eran atacados por una turba violenta azuzada por el gobierno.

Para mayor desgracia del locuaz canciller, la expulsión del país, efectuada por las autoridades castristas el pasado día 11, de ocho turistas catalanas, militantes de Convergencia Democrática de Cataluña, por apoyar a las Damas de Blanco (grupo de madres y esposas de presos políticos que reclama la liberación de éstos), ha sido ampliamente divulgada por la prensa internacional. Este suceso, muy comentado en los medios españoles, ha tenido la virtud de hacer nítida, a ojos extranjeros, la auténtica realidad cubana, la que todavía algunos no ven, otros prefieren no ver y otros, viudos inconsolables de la utopía comunista, quieren ocultar.

Después de su experiencia habanera, Francina Vila, concejala de Convergencia y Unión en el Ayuntamiento de Barcelona y portavoz de las catalanas que fueron a respaldar a las Damas de Blanco, tiene más claro que “Cuba es una dictadura en la que no están garantizados los derechos fundamentales ni los derechos humanos”.

Al mismo tiempo que las catalanas eran conducidas al aeropuerto para ser echadas del país, la policía arrestaba a un grupo de alumnos de la Secundaria Básica “José Antonio Echeverría”, en La Habana Vieja, por exhibir unas pulseras de moda que están prohibidas. El problema es que estas pulseras ostentan una palabra que horroriza más al régimen que un diente de ajo a Drácula: CAMBIO.

Cubanas y cubanos: Enrique Labrador Ruiz, Alejo Carpentier

Mi jefe inmediato en la Imprenta Nacional era Enrique Labrador Ruiz, el de los “cuentos gaseiformes” y los “novelines neblinosos”. Uno de los mejores narradores de la Cuba contemporánea. Mi tarea consistía en leer los libros que Labrador me daba y evaluarlos con vista a su publicación. Era un trabajo bastante ingrato por la enorme cantidad de basura, nacional y extranjera, que debía leer por cada libro aceptable que llegaba a mi mesa. Labrador, malévolo e ingenioso, hombre que había vivido intensamente en el vórtice del periodismo, la cultura y la política del país, me resarcía de mi casi constante tedio con su fascinante conversación, cuajada de anécdotas que me enseñaban más historia de la Cuba republicana que la que se pudiera aprender en los libros. Aunque un día, según me contó él y me corroboró Regino Pedroso, le orinó la cabeza al novelista Enrique Serpa en el paroxismo de una borrachera, sus fobias más auténticas e irreprimibles eran Alejo Carpentier y Nicolás Guillén. ¡Qué odio, por Dios, qué odio les tenía! Y un día de 1961 sucedió que el Che Guevara -entonces ministro de Industria- llegó al edificio del antiguo periódico Información, en la calle San Rafael, donde trabajábamos Labrador y yo y radicaba la Dirección de la Imprenta Nacional, y destituyó al director que había, un aguerrido agitador del Partido Socialista Popular que de libros sabía más o menos lo que sabe una polilla, y nombró como nuevo director a Alejo Carpentier. Enterarse Labrador y empezar a recoger sus cosas para irse fue lo mismo. “Con el francés no me quedo”, me dijo. Y se fue. Se asiló en la playa de Guanabo, donde entre el sol, el mar y el ron se puso como langosta hervida, con sus ojillos redondos, saltones y negros más parecidos que nunca a los de un pez. En una ocasión, cuando ya Carpentier, en plan de nuevo jefe, había instalado su despacho en la casona señorial que albergó a la redacción del desactivado periódico El Crisol, vi, y oí, a Labrador, quien, en busca de su sueldo (la Caja estaba arriba), subía las escaleras de mármol envuelto en vapores etílicos y cantando a toda garganta una extraña y monótona canción: “Me cago en la madre de Alejo Carpentier, / me cago en la madre de Alejo Carpentier / bis, bis…”

Cuando Enrique Labrador Ruiz abandonó su puesto (no su sueldo) en la Imprenta Nacional, me quedé mano sobre mano, sin libros que leer. Así estuve unos días hasta que, en vista de que nadie se acordaba de mí, decidí visitar al nuevo director para que me aclarara mi destino. Carpentier, con quien yo nunca había intercambiado ni media palabra, me recibió en su despacho de El Crisol. Le expuse el asunto que me llevaba a verlo y, con ese tono despectivo en que por su falta de gracia incurría con frecuencia, me dijo: “Ah, chico, sí, tú erres del grrupo de Labrradorr Rruis”. “No”, le respondí, “yo no soy de ningún grupo, soy empleado de la Imprenta Nacional y, como usted es el nuevo director, vengo a que me diga qué debo hacer.” Dispuso que me instalara en un salón contiguo a su despacho y que me ocupara de la “folleterría”. En el par de meses que estuve allí no vi un folleto, pero me cansé de escribir poemas. Una mañana, después de la serenata que le dedicó Labrador subiendo las escaleras en busca de su paga, Carpentier me pidió que me trasladara al local que habían ocupado, en la Calzada de Reina, los ya inexistentes periódicos Excelsior y El País, que habían sido del millonario y ex senador Alfredo Hornedo, para que echara una mano, como corrector de estilo, a quienes allí hacían Obra Revolucionaria, que eran unos cuadernos horribles de papel de estraza donde se reproducían, maquillados y purgados de las imperfecciones de la improvisación y la ignorancia, los discursos de los notables del régimen. Alejo me aseguró que mi permanencia en aquel sitio no duraría más de dos semanas, el tiempo justo que estaría de vacaciones el empleado que yo iba a sustituir. La oficina, calurosa, mal amueblada y sucia, situada en los altos de la vieja imprenta de los periódicos, era repelente y en ella encontré dos personajes aún más repelentes que el lugar. Uno era la mujer del jefe -en realidad era la que mandaba-, una sesentona enteca, avinagrada, petulante, autoritaria, eternamente vestida de negro -tenía luto de sí misma-, que pretendía saber más gramática que Andrés Bello y resultaba irresistible como simbiosis de Nebrija y Bernarda Alba. El otro era un mulato joven, sodomita ostensible, que trabajaba de corrector de estilo y aseguraba ser periodista y también poeta. Esta erinia en sepia adulaba sin recato a la jefa y hacía que ésta me asignara los textos más urgentes y farragosos. Terminó siendo víctima de un crimen pasional: un día apareció desnudo y cosido a puñaladas en un cuarto de hotel. El problema surgió cuando, casi tres meses después, intenté regresar a mi puesto de analista literario y descubrí que Alejo Carpentier dolosamente me había desterrado a Obra Revolucionaria. (Era mi primer exilio involuntario.) Mi indignación fue de tal magnitud, que opté por no ir más a la oficina. Cuando me telefonearon de parte del “compañero director” para que yo explicara el motivo de mi ausencia, le dije a la señorita que me llamó: “Mi amor, dile al compañero Alejo que la bruja de Obra Revolucionaria lo está esperando para que ocupe mi puesto, y que el dinero de los días que he trabajado y no he cobrado se lo regalo para que invite a comer a Labrador Ruiz”.

Años después, estando yo con un grupo de escritores latinoamericanos en un bar del hotel Habana Libre -recuerdo entre los presentes al novelista ecuatoriano Pedro Jorge Vera y al poeta paraguayo Elvio Romero-, sentí una mano que me oprimía el hombro al tiempo que una voz conocida exclamaba: “¡Muchacho, cuánto tiempo sin verrte!” Me volví y ante mis ojos un Alejo sonriente derramaba cordialidad por todas partes. Me invitó a una cerveza y estuvimos un largo rato conversando en la barra como íntimos amigos. Me hubiese gustado que ésta fuera la última imagen suya en mi memoria, pero lamentablemente es la de un Alejo Carpentier viviendo en París sin aguacero y tomando partido por los carceleros del poeta Padilla.

Bandidos como jueces

Es un tópico de los westerns que el juez sea el cabecilla de los cuatreros. La ONU, ese suntuoso circo donde el voto de una taifa corrupta y liberticida que gobierne un país (la cuarta parte de los gobiernos representados en la ONU son dictaduras) vale lo mismo que el de una democracia, ha reforzado, en su inservible pero costosa urdimbre burocrática, la figura del juez bandido.

Si usted es de los que jamás confiarían al lobo el cuidado del corral, le será difícil entender que tres de los gobiernos que con mayor entusiasmo penalizan la libertad y ejercen el terror hayan sido elegidos por la ONU para ocupar puestos clave en la Comisión de Derechos Humanos (CDH). Pues, sí: ahora China, Cuba y Zimbabwe integran, junto a Hungría y Holanda, el “grupo de situaciones” de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Se nos dice que el tal grupo “es una especie de tribunal que evalúa las denuncias presentadas por gobiernos, ONGs e incluso particulares, y decide cuáles son admitidas y cuáles deberán ser tratadas por la Comisión de manera pública o confidencial”.

De modo que en este grupo de trabajo de la ONU, cuando haya que decidir si se acepta o rechaza una denuncia —y las habrá de seguro, como cada año, contra los gobiernos chino y cubano—, las democracias, representadas por Holanda y Hungría, tendrán dos votos, y las dictaduras, representadas por China, la Cuba de Castro y el Zimbabwe de Mugabe —éstas son, además, bien avenidas—, tendrán tres. A quienes no posean mucha información sobre el régimen de Zimbabwe, el menos conocido del trío, les será útil saber que el vice de Mugabe, Joseph Misica, ha negado abiertamente que los blancos sean seres humanos.

De tener buena memoria, virtud de la cual los hombres no podemos presumir, nada de esto causaría sorpresa. ¿Fue el año pasado, o el anterior, cuando la CDH sesionó bajo presidencia libia, o sea, de Gadafi, ese cinematográfico Narciso del desierto que mandó derribar un avión de pasajeros y luego le regaló un premio de derechos humanos, que lleva su nombre, a Fidel Castro?

China, campeona mundial de tiro en nuca y de caza de disidentes y periodistas (a fines de 2004 tenía 42 de éstos a la sombra), ha escapado de las condenas de la CDH escurriéndose por el burladero del veto. Cuba, que proporcionalmente a su población tiene más periodistas presos que China, jamás ha permitido el acceso a la isla del relator que le imponen las condenas que todos los años, desde hace doce o trece, recibe de la CDH —desobediencia contumaz que debería haber provocado ya su expulsión de ese organismo—. Y Zimbabwe es un país donde un demagogo aferrado desde hace años al poder restringe las libertades civiles, atropella a sus opositores y cohonesta toda clase de crímenes racistas contra la población blanca. Pues bien, estos regímenes grimosos, proverbiales verdugos de los derechos humanos, figuran travestidos de jueces en la CDH. ¿Qué le parece?
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Hoy es el Día de los Derechos Humanos. Buena oportunidad para rescatar este artículo que escribí hace tiempo pero que en lo esencial sigue vigente. Así van las cosas en la ONU.

Crónica de un cazador

Llegamos a La Llanura al filo de la medianoche. En la hacienda bananera “Martín Pozas” residiríamos por tiempo indefinido.

En la puerta de la casa de vivienda nos recibió el administrador, señor Bargach, ejercitando a duras penas una cortesía enmohecida por el trabajo en aquellas soledades. Fue amable, con la contención de un mayordomo inglés. Nos llevó al piso alto, nos mostró la habitación que sería nuestro dormitorio y, luego de darnos algunos consejos prácticos relacionados con la vida en aquel sitio, nos invitó a que bajáramos a cenar. Bargach se encargó de recalentar el caldo de gallina y de servirnos el pan y la cuajada. Terminada la breve cena, el administrador quiso que lo acompañáramos al soportal del fondo para conversar allí acerca de nuestro trabajo.

Con el objeto de ahuyentar los mosquitos, muy abundantes en la zona, Bargach encendió la boñiga seca apilada en un plato de zinc. Aún sin sentarse en la mecedora que había elegido, nos adelantó que “Martín Pozas” era la hacienda más grande de la región, pero no la más próspera.

—Estamos demasiado cerca de la selva, ésta es nuestra desgracia —dijo, ya acomodado en la mecedora. —La selva que va de los linderos de la plantación hasta las márgenes del Corpus están llenas de monos. Son animales del infierno. Devoran los plátanos y destruyen las cepas. Hasta hace unos meses podíamos defendernos de sus ataques, pero esto se ha hecho imposible porque han aprendido a defenderse de nosotros. Llegan de noche y en pocos minutos arruinan hectáreas enteras. Tenemos hombres armados montando guardia durante la noche en puntos estratégicos, pero los monos se han conducido de manera tan sigilosa en sus últimas incursiones, que los guardianes no se han dado cuenta de nada.

Sin dejar de hablar, Bargach se levantó para acercar el plato con la boñiga, del que se desprendía un humo irritante:

—Hemos ensayado con trampas, pero ni un solo animal ha caído en ellas. Últimamente nos empavoreció el hallazgo de dos guardianes estrangulados por los monos. Tememos, creo que con razón, que acaben con la hacienda y con nosotros.

Le pregunté si tenía un plan concreto y qué papel jugaríamos en él Garcés y yo.

—El señor Pozas ha pensado reforzar las guardias, aumentar el número de trampas y organizar batidas de exterminio contra los monos en la misma selva. Reforzar las guardias no es nada fácil porque en La Llanura, después de la muerte de Beñoa y Solórzano, no hay quien quiera sustituirlos, y el resto de los plantadores, a los que bien poco les importan los intereses del señor Pozas, no quieren prestar peones para no involucrarse en lo que ya en todas partes llaman “los monos de Martín Pozas” o, simplemente, “el misterio”. En cuanto a las trampas, no hay problema: tenemos construidas cien más y mañana haré que las distribuyan convenientemente. La tarea más difícil es la de ir a cazar los monos en su propio territorio. Las supersticiones de los llaneros se han encargado de exagerar los peligros a que se exponen quienes vayan. Si los hombres de La Llanura se niegan a servir como guardianes en la plantación, ¿cómo persuadirlos para que se metan en la selva?

—¿Y cuál será nuestra tarea? —insistí.

Bargach, que se había levantado y nos ofrecía cigarrillos, me miró sin expresión definida y dijo:

—Lo que queremos el señor Pozas y yo es que ustedes organicen la defensa de la plantación. Ustedes y yo integraremos algo así como el estado mayor de las operaciones.

***

Habíamos ido a la hacienda de Martín Pozas contratados como cazadores expertos. Al cabo de tres años de ocio irremediable, durante los cuales afrontamos no pocas privaciones, nos habían valido, para conseguir este raro empleo, los diez que Garcés y yo nos pasamos conviviendo a tiros con los animales del Alto Orinoco y el Paraná. En aquellos tiempos, las hipérboles de un periodista amigo nos proporcionaron alguna notoriedad. El hacendado Martín Pozas, acosado por los monos, había recordado nuestros nombres, insertos en aquellas crónicas hinchadas, e hizo que Bargach nos localizara en la ciudad y nos empleara.

Cuando el enviado de Bargach habló con nosotros, no hicimos demasiadas preguntas y dijimos que sí tan pronto como el hombre se refirió a la paga. Dos días después nos bajamos del tren en la estación de Paso de Dios, a dos horas en automóvil de la hacienda donde nos esperaban.

En Paso de Dios oímos referencias a los monos de “Martín Pozas”. Después de nuestra primera conversación con Bargach, y mejor aún cuando nos adentramos en la aventura, comprendimos por qué aquellos cuantiaos de La Llanura suspendieron la jarana tan bruscamente al mentar uno de ellos el caso de los monos.

A la mañana siguiente de nuestra llegada hallé sobre la mesa del comedor un ejemplar del periódico de la provincia. Un tal Esteban Vergara firmaba un artículo acerca de los monos de “Martín Pozas”, y en ese texto vi relacionada con este feo asunto la palabra ángel. El título del artículo era “Los monos blancos”. Encontré a Bargach en la alquería de los peones y le mostré el diario. Conocía el artículo y me dijo que el mentecato que lo escribió, con tal de ganar lectores, no había tenido escrúpulos que le impidieran armar esa absurda historieta de monos blancos, alados y evanescentes como ángeles.

—Con su fantasía —sentenció colérico— ese imbécil alimenta el pánico en La Llanura.

Al final del almuerzo, Bargach quiso saber si habíamos pensado acerca del asunto que nos llevó allí. Le respondí que aún no teníamos en orden nuestras ideas. No le confesé que había decidido ir a Paso de Dios esa misma tarde para hablar con el periodista Esteban Vergara.

***

No fue arduo encontrar a Esteban Vergara en Paso de Dios. Con las señas que me dieron en la redacción de El Llanero (Vergarita, grueso, retaco, vestido de blanco) me encaminé al Bar Grande, en la plaza central. Allí estaba. Bebía con unos amigos. Me presenté y en pocas palabras le expuse el motivo de mi visita. Se sentó conmigo a una de las mesas.

—Usted quiere que yo le diga lo que sé acerca de los monos de “Martín Pozas” —me miraba fijamente, sonriendo. —Pues bien, le aseguro que hablo por boca de ganso y que no me interesa saber nada de eso por experiencia propia. Los habitantes de esta provincia se dividen en dos grandes clases: los crédulos y los ricos. Hay una despreciable minoría, compuesta por los que no son ni ricos ni crédulos, y en ella estoy yo. Trabajo para El Llanero y el director me ha pedido que meta fantasía al asunto de los monos con el objeto de vender más periódicos. ¿Me explico? Los ricos me pagan para que haga más crédulos a los crédulos. Eso es lo que hago.

—Entonces —comenté con intención de provocarlo— ese artículo suyo sobre los monos blancos o monos-ángeles es una ficción.

—Sí y no. La expresión monos-ángeles se la oí a un indio de los que viven en la orilla derecha del Corpus y que vienen a Paso de Dios a vender guanacos, piedras de filtro y yerbas medicinales. Usé la definición del indio y algunos comentarios que hizo en relación con los monos como punto de partida para escribir mi artículo. Las barbaridades con que lo concluyo son obra de mi fantasía.

—Su artículo es un ardid para ahuyentar la peonada de la hacienda de Pozas.

—No lo creo.

Recordé las palabras y la cólera de Bargach cuando comentaba el artículo de Vergara, y pensé en su ingenuidad al llamar mentecato a este granuja.

Sobreponiéndome al malestar que me producía el individuo, quise que me dijera cuáles habían sido los comentarios del indio.

—Simplezas, amigo —me respondió. —Si usted le presta atención a las historias de los indios acaba por creer en serpientes emplumadas y niños que nacen recitando conjuros. El indio dijo que los de su pueblo tendrán que abandonar las riberas del Corpus porque los monos-ángeles, que son blancos y vuelan, habían aparecido y no querían hombres en la selva ni cerca de ella. Es todo. ¿Lo impresiona a usted eso?

—Quizás sí. Me parece que he venido a engrosar la clase de los crédulos —atiné a responder.

Cuando abandonaba el bar, escuché la risa de Vergara y sus amigos.

***

Al día siguiente de mi viaje a Paso de Dios, alrededor de las tres de la madrugada oímos disparos por el rumbo de los linderos de la hacienda próximos a la selva. Cuando Garcés y yo salíamos a la explanada del fondo, encontramos a la peonada de “Martín Pozas” hecha un hervidero. Bargach apareció ajustándose un cinturón con revólver. Tanto a Garcés como a mí nos pareció excesivo ese terror unánime que convertía a aquellos hombres en ratones de cuerda.

El administrador nos pidió que lo siguiéramos y partimos a caballo hacia el sitio donde habían sonado los disparos. Bargach empuñaba su revólver y esa precaución me produjo una rara mezcla de piedad e inquietud. Diez minutos a buen galope nos bastó para encontrarnos con el primer guardián. El hombre estaba más espantado que herido, a pesar de que sangraba copiosamente de una pierna.

—¡Patrón, esto no más al diablo se le ocurre! —exclamó al vernos. Dando saltos, se apretaba con una mano la rodilla maltrecha.

Bargach le ordenó que le contara lo sucedido.

—¡Qué le cuento! Estábamos bien despiertos y de pronto llovieron piedras. En mala hora disparamos, que las piedras cayeron entonces una al lado de otra. Creo que Benjamín y los otros dos quedaron tendidos para siempre.

El hombre aullaba de dolor. Uno de los peones que nos acompañaban se lo llevó en su yegua. Continuamos hasta donde estaban los otros. El llamado Benjamín tenía el cráneo hendido y no sobrevivió. Los otros dos guardianes, golpeados también, trataban de auxiliar al moribundo. Éstos no agregaron nada nuevo a lo relatado por el primer guardián.

Un hallazgo intrigante aquella madrugada fue una cerda larga y blancuzca, como un hilo de aluminio, encontrada por Garcés en una trampa que había funcionado.

De regreso a la casa de vivienda, decidimos con Bargach decirle al señor Pozas que estábamos dispuestos a entrar en la selva con una expedición de caza, y que no saldríamos de ella antes de acabar con los monos voladores o lo que fuera. Ahora, algún tiempo después de aquellos acontecimientos, reconozco que nuestra decisión fue temeraria, emocional, carente de toda sensatez, pues ni siquiera sabíamos a qué íbamos a enfrentarnos.

Trabajo nos costó reunir una treintena de hombres tan irreflexivos como nosotros. Lo logramos, al fin, ofreciendo el cielo y la tierra.

Bien armados con carabinas de repetición compradas por el señor Pozas en la capital y contando con la ayuda de un práctico, indígenas de los que atraviesan la selva desde el otro lado del Corpus, decidimos entrar en aquel bosque cerrado a la razón y dar guerra, en su propio elemento, a los fantasmales depredadores de “Martín Pozas”.

***

La expedición penetró en la selva del Corpus precisamente por el punto en que se produjo el último ataque de los monos. Encabezábamos la caravana Garcés y yo. El guía, a última hora, había desistido de acompañarnos, justificándose con una repentina enfermedad. Éste fue nuestro primer contratiempo. Nos veíamos obligados a marchar dependiendo únicamente de la brújula por aquel intrincado dédalo vegetal, a través de cuyo techo de densas armazones la luz del día apenas se filtraba. La trocha por la que entramos se fue estrechando hasta desaparecer, devorada por la selva, en la que menudeaban los ceibones forrados de plantas parásitas, los cedros, las caobas y, sobre todo, las enredaderas de variedades incontables. El calor, agravado por la humedad, los mosquitos, las moscas verdes y los jejenes, nos martirizó día y noche desde el primer instante. Del anochecer a la madrugada, el abundoso rocío nos calaba como si la garúa hubiese estado hostigándonos durante horas. Por otra parte, debíamos cuidarnos de la fauna selvática, cuyo más siniestro representante es la víbora negra, que da la muerte súbita desde sus nidos de hojarasca podrida. También la araña carnívora pulula entre el follaje. Los guacamayos, llenando de color y ruido los sombríos recovecos de la selva, las cotorras, la basáride y la imprevista llamarada de la amapola eran algunas de las pocas imágenes amables a que nuestros ojos podían aspirar en aquel universo primario, donde la belleza mayor es lo atroz.

Al segundo día de marcha hicimos un descubrimiento de repercusión nefasta en la moral del grupo: uno de los expedicionarios, vecino de Paso de Dios, fue encontrado muerto. Había estado de guardia la noche anterior y tenía el cráneo destrozado.

Sepultamos al infeliz al pie de un ceibo, en cuyo tronco tallé, a punta de cuchillo, el nombre Hilarión y la fecha de su muerte. Concluido el enterramiento, dos expedicionarios manifestaron su deseo de volver a Paso de Dios, y tomaron el camino de regreso. Tiempo después supe que ninguno de los dos llegó nunca a su destino.

Tres días más estuvimos vagando por la selva sin hallar lo que buscábamos, pero al atardecer del cuarto día fuimos sorprendidos. Un torrente de piedras de todos los tamaños comenzó a caer sobre nosotros, arrancando las hojas de los árboles, astillando los troncos, ahuecando la tierra húmeda y, por supuesto, golpeándonos sin misericordia. La confusión fue horrible y sólo atinamos a disparar al aire mientras buscábamos protección entre las armazones más tupidas. Yo logré alcanzar un corpulento ceibón, entre cuyas raíces, gruesas y rugosas como patas de paquidermo, me parapeté. Intenté ansiosamente descubrir alguno de aquellos supuestos simios que nos agredían, pero sólo vi la copa de los árboles, contra las cuales dirigí los disparos de mi fusil automático, sin resultado evidente.

La lluvia de piedras se prolongó hasta la caída de la noche. Nos habíamos dispersado y, puesto que nadie se atrevía a hablar para no delatar su posición al enemigo, ninguno sabía con certeza dónde estaban los otros. Esto facilitó mi captura.

***

Un año, siete meses y doce días estuve en poder de aquellos hombres. Fui su esclavo más que su prisionero. Me utilizaron, como a tantos otros cautivos, indios y blancos, para cargar de piedras las cazoletas de las catapultas escondidas en la selva, y me obligaron bajo amenaza de muerte a dispararlas contra la hacienda. Yo los vi partir, noche tras noche, cubiertos con pieles de mono blanqueadas, hacia “Martín Pozas” para arrasar los plantíos de la hacienda. Conocí que los guardianes Cecilio Beñoa y Evaristo Solórzano eran sus cómplices, que murieron en uno de los asaltos nocturnos por tener ambiciones excesivas. Supe que hacían saltar los resortes de las trampas tirando de ellos con hilos de metal. Vi al administrador Bargach darles órdenes y decirles dónde estaban las trampas y los guardianes. Vi al periodista Vergara conversando, comiendo, riendo con ellos. Los oí hablar de minas de diamantes en “Martín Pozas”. Los oí burlarse de Garcés y de mí. Supe que el viejo Pozas, derrotado por la desesperanza y el engaño, malvendió la hacienda al presidente de la Unión de Plantadores de Paso de Dios y que este canalla era el jefe de ellos, el promotor del mito y del negocio. Comprendí que Garcés y yo habíamos hecho el papel de extras en la función. Fui humillado, golpeado, hambreado. Me hicieron trabajar de cocinero, de leñador, de lavandero. Yo estaba seguro de que, vendida la hacienda a quien con tanto ingenio y crueldad había provocado esa venta, los “monos blancos” no necesitarían más de sus esclavos y todos iríamos a dar a una fosa común en el corazón de la selva o al vientre de las pirañas del Corpus.

No había lugar para la esperanza de sobrevivir después de la venta de “Martín Pozas”, y eso lo vimos claramente todos los que estábamos enterados del secreto sin ser cómplices; de ahí que, a sabiendas de que era punto menos que imposible, decidiéramos hallar un modo de escapar. Contrariamente a lo que esperábamos, después que nuestros captores obtuvieron la hacienda fueron menos rigurosos en la vigilancia y en el trato que nos daban. Pero no nos hacíamos ilusiones: sabíamos que nuestro fin estaba decidido desde el instante en que fuimos apresados y pudimos ver el misterio por dentro, y que el sorpresivo cambio de actitud de nuestros captores obedecía al júbilo momentáneo y a la seguridad que su victoria les infundía. De modo que, a partir de aquel momento, no desperdiciamos oportunidad alguna para consultarnos los planes de evasión que se nos iban ocurriendo.

Múltiples fueron esos planes, que entonces nos parecían lógicos. Ahora no puedo determinar cuál era menos practicable. Sin embargo, como suele ocurrir en los momentos críticos, la casualidad nos ayudó. Gracias a ella encontramos el mejor, el más simple y, quizás, el único posible. En la temporada de lluvias, el Corpus se hincha con las aguas que recoge de los infinitos llanos del sur y anega la selva, convirtiéndola en un enorme pantano. Una noche en que caía un aguacero furioso, y con la inundación al pecho, un grupo de nosotros logramos salir del campamento e internarnos en la selva. Tuvimos la buena estrella de no tropezar con los rufianes que montaban guardia aquella noche y que seguramente se habían refugiado en la copa de los árboles. La oscuridad estaba de nuestra parte. Anduvimos durante toda la noche, calados por la lluvia y acosados por los mordiscos de las pirañas atrapadas en la bejuquera. Cuando parecía que habíamos esquivado la muerte en el campamento sólo para morir por cuenta propia en la selva, llegamos a un caserío indígena. En los tugurios abandonados encontramos alguna comida, que devoramos. Finalmente, un cuantayo a quien revelamos la naturaleza de nuestra aventura se prestó para sacarnos de aquel turbulento océano de lodo. Hicimos el viaje por el Corpus en una canoa que a cada momento parecía que iba a deshacerse o volcarse en la bárbara corriente. Y en Tarí encallamos. De allí a Paso de Dios fuimos en mula. Dos de nosotros se perdieron en la selva y uno cayó al río. Supongo que las pirañas lo habrán pelado.

A Paso de Dios llegué con fiebre alta, pero no quise pernoctar allí, al alcance de mis enemigos. Garcés deliraba de extenuación. Y en esas condiciones nos despedimos del providencial cuantayo y tomamos el tren para la capital, sin ni siquiera cambiarnos la embarrada y rota indumentaria.

***

Convaleciente aún de sus vicisitudes, Laureano Cachaquén me dictó la presente crónica, que para algunos no será otra cosa que el relato, repujado por mí, de una dudosa aventura. Para mi amigo, esta historia es el capítulo más logrado de su vida.

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Escribí este cuento hace alrededor de treinta años y se publicó en Cuba, en la revista Unión. No recuerdo la fecha. En 2005 apareció en la antología de cuentistas canarios Ínsulas encantadas, publicada por Anroart Ediciones en Las Palmas de Gran Canaria.