Una opinión que no comparto

En su blog La Reina de la Noche, la escritora Isis Wirth sostiene que es una “chicharronería” de Virgilio Piñera comparar a Fidel Castro con Napoleón Bonaparte –paralelo que Virgilio hace en su crónica “La inundación”, de 1959, reproducida en mi blog días atrás–. No comparto la opinión de Isis Wirth. Virgilio, con quien mantuve una estrecha amistad que duró veinte años, no era dado a “chicharronear”, sino todo lo contrario. Aunque era un hombre amable, su franqueza podía ser hiriente. Su obra no es la de un escritor acomodaticio ni timorato, y si padeció el rechazo oficial, con injurias añadidas, y murió marginado no fue precisamente por adular al poder. Recordemos su protesta, en las reuniones de Fidel Castro con los intelectuales cubanos en 1961, contra la probabilidad de que el gobierno dirigiera la cultura. Fueron él y Mario Parajón los únicos que, en aquellas asambleas, abiertamente y cara a cara con Castro manifestaron temor a que eso ocurriese. Es conocido el tenso diálogo entre Virgilio y Castro sobre este tema. Teniendo en cuenta lo ya dicho, sabiendo cómo Virgilio respetaba su trabajo y cómo defendía la independencia del escritor, y conociendo su devoción por la historia y la cultura francesas, estoy convencido de que su comparación de Fidel Castro con Napoleón no es la bufonada de un oportunista, sino una forma sincera, aunque muy discutible, de enaltecer a la máxima figura de la guerrilla triunfante, un encomio nacido de la exaltación revolucionaria propia de aquellos días. Exaltación que afectó, como se sabe, a la inmensa mayoría de los cubanos, él incluido.

La política de las ideas y la democracia como estancia

Teódulo López Meléndez, Caracas.

La política no puede funcionar sin ideas. En buena parte es una ciencia de las ideas, como lo asoman Fitoussy y Rosanvallon. Así, la política no puede ser una acción que busca el poder y no más. Ni una administración desconsiderada de la normalidad. La política sin ideas es una actividad bastarda. La política, en consecuencia, es invención. Cuando deja de serlo sobreviene el cansancio y se asoman las espaldas de los elementos sociales. La organización social del hombre no nació como la vida ni crece como las plantas. La política que carece de empuje proveedor de consistencia es una futilidad. Dado que las formas políticas son invención del hombre no puede desgajarse de la política la capacidad renovadora. Bien se dice que el pueblo no existe, lo crea la política. De esta manera hay que decir que la principal actividad de lo político es dar sentido y toda democracia pasa a ser un proceso ininterrumpido de transformación.

De esta manera la política y la democracia, es decir, la acción y sus resultados, no pueden ser otra cosa que inserción constante de nuevas opciones o, dicho en otras palabras, ampliación permanente de la libertad. Tenemos, pues, que volver a leer lo político sacándolo del cansancio, del aburrimiento y, sobre todo, de un conservadurismo que brota ante las ideas y ante la esencia misma de lo político y de la democracia, puesto que todo lo establecido siempre resiste las ideas innovadoras.

En La nueva era de las desigualdades, Jean Paul Fitoussy y Pierre Rosanvallon, nos recuerdan que es a través de la política que se constituye el vínculo social. Si no enfrentamos este proceso creativo la política pasa a ser inepta para explicar las desigualdades que crecieron paralelas a la libertad y se convierte en algo deleznable para el común de la gente que nunca podrá entender lo que es ejercicio de la ciudadanía. Continuar pensando que la democracia es como es, que la justicia se administra como se administra, que las instituciones son como son y no pueden ser de otra manera, equivale a un corsé al pensamiento y a la esencia misma de los conceptos política y democracia.

Otra cosa que debemos aceptar es la política como conflicto y los conflictos como expresión del animus político. Y a la democracia como capaz de administrar los conflictos mediante una renovación permanente. Una cosa son las instituciones básicas, aptas para administrar el control de estabilización, y otra la permanente manifestación de ideas que amplían los espacios hasta una libertad transformadora. Está claro que las llamadas instituciones y los intermediarios sociales ya no responden a las exigencias de los tiempos y, por tanto, hay que buscar nuevos mecanismos.

Sin ideas insuflando ciudadanía no puede haber ciudadanos. Esos no ciudadanos generarán formas perversas de poder. Habría que estar atentos a las formas no convencionales de organización social que se manifiestan en estos tiempos y verificar el alimento libre que reciben, así como el abono para que florezcan. Nunca fueron multitudes las que produjeron las ideas.

De mi archivo: “La inundación” (y 2)

Virgilio Piñera

En La Habana había tanta expectación por ver a los barbudos como aquélla de los siboneyes cuando el desembarco de Colón. ¿Qué es un barbudo? –se preguntaban los habaneros con la misma curiosidad con que un romano de la decadencia se preguntaba: ¿qué es un bárbaro? El día dos de enero La Habana esperaba a sus barbudos, pero a diferencia de la atribulada Roma los esperaba con los brazos abiertos.

¿Qué es un barbudo? habrá siempre que insistir sobre la pregunta. Y la respuesta nos pasma de asombro. Un barbudo –Fidel Castro– no es ni más ni menos que Napoleón durante la campaña de Italia. ¿Y quiénes son Raúl Castro, Camilo Cienfuegos, Ifigenio Almeijeiras, Che Guevara si no pura y simplemente Ney, Oudinot, Lannes, Massena, Soult…? En un siglo de guerras nucleares, los grandes capitanes no son concebibles. Sin embargo, Fidel Castro y sus lugartenientes, aunque parezcan anacrónicos, resultan tan reales y efectivos como la bomba atómica. Fidel, desembarcando en las playas de Oriente es Napoleón mismo desembarcando en el golfo Juan, es decir, el águila, “volando de campanario en campanario hasta París”.

Al mismo tiempo, los barbudos concentran sobre ellos la atención mundial. Para empezar, relegan el yulbrinismo a un plano muy secundario. Abundancia capilar, condottieri, César Borgia, Renacimiento… A propósito de esto: edades del mundo y cuadros de grandes pintores deambulaban por las calles habaneras. Los tiempos bíblicos con Jesús y sus doce apóstoles, juntos o desperdigados, podremos verlos en la esquina del Hilton. Hay también Botticelli, Ticiano, Andrea del Sarto, Piero de la Francesca, Rembrandt y Durero… He visto en San Lázaro e Infanta a uno de los músicos del “Concierto Campestre” de Giorgione; un barbudo que frisa en la cincuentena puede ser perfectamente el autorretrato de Leonardo y ese otro “barbudo” lampiño de apenas quince abriles el de Rafael. Y todo esto al estado puro, sin afectación, con maneras encantadoras y sin nada de la insolencia del “Miles Gloriosus”.

Como era de esperar, esta inundación trajo la otra. Visto la circunstancia en que se produce (y de hecho se produce con cada cambio de gobierno) yo la llamaría la “inundación patética”. Me refiero a los burócratas –posesionados o sin posesionar. Patetismo en los que tratan de retener su cargo; patetismo en los que luchan por encajarse. Común denominador de ambas falanges: guerra de nervios. De paso diré que uno de los “Doce trabajos de Hércules” de la Revolución será el exterminio del monstruo de la Burocracia. Porque sucede que todos esperan todo del presupuesto nacional. Esta guerra de nervios se significa por intrigas, por bajezas, por lo que en lenguaje popular se denomina “empujadera”, y también por humillación, por fracasos y por terrores ante el desempleo.

En sus aguas revueltas la gran inundación burocrática trae la fauna más variada: peces grandes y chicos, pulpos; pirañas devoradoras y ávidos tiburones. También tipos que nos recuerdan personajes célebres: el “Judío Errante”, “Falstaff”, “Tartufo”, “El Buscón”, “El Lazarillo de Tormes”; Juanas de Arco a granel, Madame de Maintenon a medio la docena, Saras Berhnardt a tres por un centavo y Marylines Monroe regaladas. Este el aspecto cómico. El trágico se da en diálogos como el siguiente: “¿Desde cuándo viene usted al Ministerio? Pues vengo desde el primero de febrero”. “¡Qué diré yo entonces, que vengo desde el 10 de enero!” “¿Tiene esperanzas? No crea, las estoy perdiendo: todos los días lo mismo, es decir: “vuelva mañana, lo suyo camina…”

¿Y qué decir de las caras? Reflejan atroces sufrimientos. Ese mismo sufrimiento de quien estando en un barco a punto de hundirse, no cuenta entre los elegidos a ocupar un espacio en los botes. Un viejo burócrata acostumbra pararse horas enteras debajo del arco de una escalera. Como el arco es demasiado bajo, el pobre viejo debe mantenerse encorvado, y esta posición parece la definición de la culpabilidad. Se comprenderá que altas razones de estrategia lo fuerzan: frente al arco de la escalera se ve una puertecita por la que saldrá, en el momento oportuno (Dios mío, ¿cuándo es el momento oportuno?) el personaje que tiene en sus manos (o que el pobre viejo se figura que está en ellas) su salvación. También escucho cuando una jovencita dice con cara despavorida a una amiga: “Te juro que hoy es el último día que piso este Ministerio”. Y todo este juramento y otros mil para volver al día siguiente, a las mismas sonrisas serviles, a las mismas puertas, a las misma desesperación. Este ejército encogido, este ejército con el arma precaria de la imploración defiende una causa, que las más de las veces, está perdida de antemano. Y detrás de todo esto: de la pulcritud de las ropas, lograda, Dios sabe a qué precio; de la falsa sensación de seguridad; de la obstinación de no darse por vencido, está el Hambre, el desamparo, la frustración y a veces, hasta el suicidio.

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En estos días del triunfo revolucionario –mitad paradisíacos, mitad infernales– no podían faltar en la gran inundación los escritores. Me sorprendió grandemente que en vez de una gota de agua aportaran Nilos y Amazonas… No podía dar crédito a mis ojos. ¡Cómo! ¿Donde yo contaba diez o doce habría que contar doscientos, acaso quinientos o quién sabe si mil? La inundación ilustrada (o la ilustración inundada, léase como se quiera) anegó en su mar de tinta las planas de los periódicos: en estos días se ha hecho más “literatura” en Cuba que en una década, ¡qué digo! que en cincuenta años de República. No hay que aclarar que estos escritores son poetas de la Revolución o prosistas de ella, y la clandestinidad de sus escritos (salvo contadas excepciones) data del primero de enero. Y como es de esperar, también son ellos los que más ruido hacen, los que más exigen y los que más poder tienen. Este tipo de escritor, que de hecho es toda una fauna singular, lo es de pasada. Su verdadera personalidad habría que buscarla en el periodista o en el profesor. Dedicación máxima a lo uno o lo otro, y mínima al ejercicio de la literatura. En tal sentido hemos visto, en estos días de inundación, hechos memorables. En una asamblea tenida en la Sociedad Lyceum llevaron la voz cantante, poniendo de manifiesto que en Cuba significa la misma cosa el escritor con obra hecha que el escritor sin ella; que la audacia es factor decisivo sobre la calidad; que ser escritor y nada más que escritor, es la negación de todo crédito, y que los empeñados en serlo tendrán la más amarga de las muertes: la muerte civil. Y tanto el verdadero escritor no significa nada en nuestro país que en una Mesa Redonda, promoteada (el adjetivo es atroz, pero hay que estar a tono) por el Canal Doce, sus integrantes eran: un profesor, una profesora y cuatro periodistas. El tema a discutir: Defensa de la Cultura. Revelador, ¿no es cierto? ¿Así que ningún escritor? ¿Pero ni uno solo? Sin embargo, como tenemos fe en esta Revolución pensamos que ella no es niveladora de un plano único, y que las cosas, en el literario se pondrán en su punto. El buen escritor es, por lo menos, tan eficaz para la Revolución como el soldado, el obrero o el campesino. Sépase, pues, de una vez por todas.
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Revista Ciclón, vol. 4, Nº 1, La Habana, 1959.

De mi archivo: “La inundación” (1)

Virgilio Piñera

La Habana era un cementerio la noche del treinta y uno de diciembre. Excluyendo a los bien enterados (no creo que muchos) el resto de la Capital no sospechó que Batista huría esa noche. La expectación, (sin duda, fue una noche expectante) no era el resultado de una corazonada, es decir, presuponer que el Gobierno “haría sus maletas”, mas por el contrario el resultado de una interrogación: ¿seguiríamos padeciendo a Batista a todo lo largo del año que ya se nos encimaba? Cinco minutos antes de las doce, dejamos el partido de canasta y abrimos la sidra. Digan lo que digan, el habanero no combatiente descorchó y brindó por el nuevo año. No por ello habrá que anatematizarlo. El hecho de tomar una copa en circunstancia tan dramática contribuía a hacer más patente el drama que estábamos viviendo. Grité fuerte al hacer mi brindis: ¡Viva la Revolución! No lo hacía tanto por espíritu de bravata como porque en tal grito iban implícitos confianza y esperanza. Entre los que luchaban con exposición de su vida por la libertad de Cuba y los que anhelábamos dicha libertad había la íntima conexión de este grito ¡Viva la Revolución!, que hora más tarde se anunciaría triunfante.

Después, salimos a la calle. El reloj marcaba las doce y media. En 12 y 23 las gentes se mostraban silenciosas, a mil leguas del bullicio que significa una noche de Año Nuevo. Al pasar por la Avenida de los Presidentes, vimos pasar a gran velocidad varios autos del Gobierno. Dijimos: “Esta gente es la única que se divierte esta noche”. Ni por un momento sospechamos que ya estaban huyendo.

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De esta huída desenfrenada hay docenas de anécdotas. Sean ciertas o inventadas (para el caso es lo mismo) hay una que con el decursar del tiempo será antológica. La escena tiene lugar en casa del Presidente del Tribunal de Cuentas. Este señor daba una gran fiesta para despedir el siniestro 1958 cubano. Cien parejas invitadas. Ríos de champán y, presumiblemente, pases de cocaína. Rumbas frenéticas y lánguidos calypsos. ¡Después de mí, el diluvio! Es decir, la Revolución. En efecto, a las cinco de la madrugada un amigo telefonea al dueño de la casa para confiarle que Batista acaba de huir. Pero ocurre que el Presidente del Tribunal de Cuentas está tan borracho que toma la advertencia por broma, la tragedia por comedia. Y vuelve al salón y cuenta el chiste del amigo. Uno de los invitados, menos borracho no toma la cosa tan a broma. A su vez, llama por teléfono, confirma la noticia. “Mane, Theces, Phares” reaparece, al cabo de los siglos, en un palacete del Country. Desbandada general: las mujeres chillan, dejan olvidadas sus estolas y sus capas de visón; todos corren en busca de sus autos, y todo eso a las cinco de la madrugada, es decir, con los restos de la noche y la terrible claridad de un día ominoso para ellos.

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Y comenzó la inundación. Al principio, y a pesar del ímpetu avasallador que llevaba en sí misma, se mostró como ese hilo de agua, rápido y zigzagueante, pero que al mismo tiempo el pie de un niño podría desviar de su curso. Cada cual, si no es inhumano, tendrá su opinión sobre las revoluciones. La gama es variadísima. Para éste habrán alcanzado su punto alto en el momento de la lucha clandestina; para aquél, cuando tengan cumplimiento las conquistas sociales por las cuales los hombres lucharon al precio de su vida. Para mí, que no puedo dejar de ser poeta, cuando el pueblo, como río desbordado se lanza a la calle con furia incontenible. A esto se podría llamar la “oportunidad del pueblo”. Esta oportunidad se caracteriza, de un lado por la fraternización; del otro por el espíritu vindicativo. No bien la radio confirmó que Batista había soltado el Poder (es el verbo que conviene pues hubo que arrebatárselo de las manos) el pueblo se lanzó a la calle. Todo aquello que significó expoliación, es decir, parquímetros, casas de juego, vidrieras de apuntaciones; todo lo que traducía la opulencia insolente de los batistianos: residencias, clubes, fue tirado patas arriba, quemado. Cada treinta, cuarenta o cien años el pueblo es, por unas horas, el dueño absoluto de la ciudad. Durante esas horas el pueblo es amo omnímodo con plenos poderes, con derechos de horca y cuchillo. Es un espectáculo grandioso por cuanto ve plasmarse inopinadamente ese sueño de Poder que él, también, quisiera detentar. Vi en la esquina de Carlos III e Infanta a dos hombres que desviaban los vehículos a su entero capricho. Había mucho de infantil en este juego pero también la añoranza en pequeño del gigantismo del Estado. Una mujer gritaba como poseída: “Yo hago lo que me sale del…”, y lucía tan majestuosa e imponente como Isabel I mandando a decapitar al Conde de Essex. En el bar “Rock and Roll”, (calzada de Ayestarán) vi a un nuevo Atlas coger la caja contadora y hacerla pedazos contra el suelo. Billetes y monedas saltaron alocadamente, pero ninguno de esos dioses justicieros osó apropiárselos. He ahí la honradez de un minuto sagrado. Como el cubano no es solemne no pasó, por ejemplo, lo que en Argentina a la caída de Perón. Allí la gente se abrazaba y besaba ceremoniosamente en las calles. Acá la gente se quitó la losa del pecho a grito pelado y no tuvo que llegar al acto de abrazar y besar pues nuestro pueblo está continuamente abrazando y besando con la mirada.

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Y de pronto surgieron los milicianos. En este sentido, tuvimos sorpresas que llegaron hasta la estupefacción. Un mecánico que vive en el apartamento contiguos al nuestro bajaba las escaleras con el brazalete del M.26.7 y un revólver al cinto; como siempre lo había visto con otra clase de hierros, no podía dar crédito a mis ojos. Después supe que había expuesto su vida cien veces, que en su casa se confeccionaban brazaletes, tenían lugar reuniones secretas. Yo estaba maravillado. No pasaba un minuto sin que éste u otro “inofensivo” vecino de mi barrio apareciera armado hasta los dientes. He aquí la hora solemne del darse a conocer: “¿Pero tú también estabas metido en esto? Nunca lo hubiera sospechado… ¿Te acuerdas de mi hermano de quien te dije que estaba en Nueva York? Pues entérate ahora que estaba escondido en casa de mi sobrina…” Y así por este tenor. Como si hubiese llegado la hora del Juicio Final y todos nos reconociéramos. La gente más insospechada, ésa de la que pensábamos que se limitaba a soportar la dictadura con los brazos caídos, surgía de todas parte al conjuro de Revolución –palabra mágica. Se contaban estos milicianos por centenas. La noche del día primero me ocurrió una pequeña aventura con ellos. Debido a la huelga general, declarada en horas de la mañana, me vi obligado a caminar desde mi casa en Ayestarán hasta el Parque Central. Al llegar a la esquina de San Rafael y Amistad, un miliciano me pone su fusil en las manos y me ruega que tome su lugar hasta tanto el pueda regresar. Me ha confundido con uno de sus compañeros, pues llevo una camisa negra con adornos en rojo. Maquinalmente tomo el fusil y hago mi posta de veinte minutos. Como parece que las acciones bélicas no están escritas en el libro de mi vida, estos veinte minutos transcurren plácidamente. Sin embargo, yo me sentía en “situación”. Me vino [sic] a la mente los paseos que Hugo cuenta en su Journal con ocasión de la Comuna de París de 1871. Aquí también, en la ciudad de La Habana, en una isla del Caribe, salía a respirar, a pleno pulmón, el aire de la libertad, y por supuesto, el olor de la pólvora.

Libro de homenaje a Lezama

El cubano William Navarrete, escritor e historiador del Arte, y Regina Ávila, escritora y decoradora venezolana, son los editores del libro ALDABONAZO EN TROCADERO 162, publicado por Aduana Vieja Editorial en la Colección Viendo llover en La Habana (Valencia, marzo, 2008). Se trata de una compilación de textos, en prosa y verso, de 33 autores, sobre José Lezama Lima, uno de los grandes creadores de la literatura cubana del siglo XX. Le rinden homenaje a Lezama en este bello libro: José Triana, Regina Ávila, Lira Campoamor, Jorge Casteleiro, Juan Cueto-Roig, Manuel Díaz Martínez, Néstor Díaz de Villegas, Teresa Dovalpage, Reinaldo García Ramos, Iván González Cruz, Germán Guerra, Ernesto Hernández Busto, Emilio Ichikawa, David Lago, Alberto Lauro, Félix Lizárraga, Carlos M. Luis, Regina Maestri, William Navarrete, Carlos Pintado, José Prats Sariol, José Manuel Prieto, Nicolás Quintana, Enrique del Risco, Raúl Rivero, Manuel Sales, Enrico Mario Santí, Pío Serrano, Raúl Tápanes, Nivaria Tejera, Manuel Vázquez Portal, Félix Luis Viera y Yoani Sánchez. La pintora saudí de origen cubano Latifa Al-Sowayel se suma a este homenaje a Lezama con su cuadro Viendo llover en La Habana, que le da título a la colección y que figura en la portada del libro.

Oscuras golondrinas

En un artículo publicado en El País cuando Raúl Castro se estrenaba como dictador suplente, dije que el general, antes de hacer reformas políticas –reformas que haría cuando no le quedara más remedio para prolongar su estancia en el poder–, introduciría, con igual propósito, reformas económicas menores encaminadas a aliviar las duras condiciones de vida que la revolución ha impuesto a los cubanos durante casi medio siglo. En ese artículo dije también que, por el momento, en Cuba habría “más monólogo y policías”.

Mi vaticinio se está cumpliendo, y no porque yo sea un émulo de Nostradamus ni un epígono de la pitonisa de Delfos, sino porque hace tiempo que el castrismo no tiene misterio para un cubano de mi edad.

La prensa internacional viene informando, generalmente con candoroso optimismo –hay comentaristas que llegan a hablar del comienzo de la transición–, sobre la supresión, por parte del gobierno de Raúl Castro, de prohibiciones que impedían a los cubanos alojarse en hoteles de turismo o adquirir un teléfono móvil, un DVD o un ordenador. Lo que no siempre aclara la prensa es que los cubanos tendrán que pagar la tarifa máxima en los hoteles de lujo, y pagarla en pesos convertibles (dólares), ni que con la misma moneda tendrán que comprar los cachivaches “liberados”. Para comprender lo oneroso que ello les resulta a los consumidores cubanos, debe saberse que éstos cobran sus miserables salarios en pesos, que el dólar equivale a 24 pesos y que en Cuba sólo disponen de dólares aquéllos que tienen familiares en el extranjero que se los mandan, más los pocos que trabajan en las empresas con capital foráneo.

Ni estas medidas, ni la prometida cesión de tierras baldías a los campesinos para que las trabajen, ni la anunciada eliminación de las trabas migratorias impuestas a los cubanos, garantizan la transformación del régimen, cuya capacidad represiva, guardiana de su inmovilismo, sigue intacta y activa, como hemos tenido oportunidad de comprobar a lo largo de los últimos meses, durante los cuales se han producido numerosos arrestos y encarcelaciones de opositores y periodistas independientes.

En medio del alboroto por las ridículas reformas comerciales tan publicitadas, y después de suscribir nuevos protocolos internacionales de derechos humanos, la dictadura ha vuelto a exhibirse tal cual es. Y tal como quiere seguir siendo. En esta ocasión, sus víctimas han sido las Damas de Blanco.

Dispuestas a redoblar la lucha por la liberación de sus familiares –opositores pacíficos y periodistas independientes condenados en 2003 a draconianas penas de cárcel por los tribunales del régimen–, las Damas de Blanco se concentraron en la Plaza de la Revolución con el propósito de no moverse de allí hasta conseguir su objetivo. Las fotos y los vídeos que muestran a la policía de los Castro desalojándolas a rastras y empujones le han dado la vuelta al mundo.

No, no es que a Cuba hayan regresado las oscuras golondrinas. Es que no se han ido. Ni se quieren ir.

Un testimonio cubano de la guerra civil española

Me ha llegado de Cuba un ejemplar del Diario íntimo de la Revolución Española, del hispanista y académico cubano José María Chacón y Calvo (1892-1969). Publicado en La Habana por el Instituto de Literatura y Lingüística en 2006, este breve y angustioso libro permaneció inédito durante setenta años. Chacón lo empezó, siendo primer secretario de la embajada de Cuba en Madrid, el 22 de julio de 1936, a cinco días de iniciado el levantamiento militar contra la II Repúbilica, y lo concluyó el 5 de noviembre del mismo año, mientras viajaba de regreso a Cuba.

Protagonistas de estas páginas escritas a vuelapluma son el terror impuesto por las milicias comunistas y anarquistas, la persecución religiosa, la ausencia de autoridad moderadora y de garantías jurídicas, los esfuerzos de diplomáticos extranjeros por salvar vidas mediante el asilo político y la crueldad vesánica de la guerra que ya estaba a las puertas de Madrid.

Hoy no cabe dubitación alguna acerca de la objetividad de Chacón al narrar lo que acontecía en su entorno en aquellos momentos terribles. Lo que cuenta en su dietario –en el que asegura testificar sólo lo que ve– ha sido confirmado por la historiografía. Ya, por ejemplo, es ridículo poner en duda, como hace la prologuista cubana del Diario, la quema de iglesias y el sectarismo laicista a que se refieren pasajes de ese documento.

Fiel a sus convicciones democráticas, con la misma firmeza con que condena la sublevación castrense contra el gobierno legítimamente establecido, Chacón condena la “barbarie desatada” en la zona republicana. En la anotación correspondiente al domingo 26 de julio, hay un párrafo en que estalla su desesperación: “No puedo sentirme enemigo de este pueblo. No puedo sentirme enemigo a pesar del daño moral que me está haciendo. Ha atacado cruelmente, despiadadamente, cosas vivas de mi corazón. Esta mañana no se ha abierto una sola iglesia. Un Domingo con todas las iglesias quemadas o clausuradas en Madrid. En un rincón de mi casa he leído mi misa. Un Domingo en que he sentido la emoción religiosa más callada y honda de mi vida. Este pueblo ha puesto en prisión a amigos míos; ha ejercido a conciencia un terrorismo típicamente revolucionario. Y se da el caso, de que ellos, los revolucionarios representan el poder constituido. Tiene la revolución, así, a su servicio, a los mismos órganos del Estado. ¿Quién representa a los revolucionarios? Es una representación difusa. En el fondo, en lo íntimo de todo hay la anarquía: modalidad típicamente española”.

Chacón, que patentizó su amor a España dedicando parte de su vida al estudio de la cultura de este país, y que era amigo íntimo de grandes españoles, como Ramón Menéndez Pidal, Manuel Azaña, Gregorio Marañón, Federico García Lorca, Tomás Navarro Tomás y Fernando de los Ríos, entre otros, sintió la guerra civil como una tragedia propia, y esto es visible en cada una de las páginas del Diario, de las cuales quizás sean las más estremecedoras las que copio a continuación:

“7. Octubre-(7 noche)
Escribo casi siempre en la noche, cuando ya todas las luces están apagadas y parece esperarse el ataque aéreo del enemigo. Hace más de dos meses que no salgo a la calle después de las diez de la noche, con excepción de una sola noche, ya la hora en que escribo me siento cansado, muy cansado. Hoy es peor que otras veces. No sé bien por qué. He recibido una carta muy larga de mi madre. Me transcribe otra del Embajador Barnés. ¡Qué honda tristeza la de este buen español, la de este hombre cordial, suave, docto y generoso! Un hombre típico de la Institución [Institución Libre de Enseñanza]. Un buen liberal que fue discípulo de don Francisco Giner [Francisco Giner de los Ríos] y amigo íntimo de Cossío [Manuel Bartolomé Cossío]. Este hombre ha vivido siempre soñando con la república. Cree que la Justicia es una función suprema del Estado. Celebradas las elecciones de febrero lo designaron sub-secretario de I.P. [Instrucción Pública]. No importa que antes haya sido Ministro. Acepta y trabaja unos cuantos meses con un fervor admirable. En Mayo lo nombran Embajador en Cuba. Llega y capta enseguida el ambiente espiritual de mi isla. Sus primeras palabras son estas: soy el Embajador de todos los españoles.

Y ahora ve a España en esta lucha feroz. Media España tratando de destruir a la otra media. Y está a mil leguas de distancia, y todo llega a él con una trágica resonancia, en medio de una angustia profunda. ¿Qué elementos sostienen a la España democrática, liberal, que se ha visto frente a esta sublevación militar sin precedentes en su historia? El hombre de la Institución debe haber visto desvanecerse el sueño de su vida. Los que dicen sostener a este régimen de libertad, asaltan las cárceles, las incendian, ponen libres a los presos comunes y fusilan a los políticos: Así Barnés habrá leído con espanto que el 22 de agosto murió fusilado por la muchedumbre que asaltó la cárcel [Cárcel Modelo] el antiguo jefe del reformismo español, el caudillo de la democracia en Asturias Don Melquíades Álvarez. Así sabrá que todos los días mueren en Madrid, sin causa judicial alguna, cincuenta, sesenta, cien, más de cien personas. Y esto desde hace dos meses y medio y aquí en Madrid, en el corazón de España, con más de treinta misiones extranjeras, que miran espantadas esta serie interminable de asesinatos. Hoy un diplomático hispano-americano me ha dicho “Nadie me lo cuenta a mí. En este hotel, cerca de La Castellana, oigo todas las noches la descarga cerrada de los fusiles y el lamento ahogado de los fusilados”. Hay una guardia que custodia la Legación. Nada hace o nada puede hacer, para impedirlo. Esto es a 40 metros del hotel. La tierra queda mucho tiempo enrojecida por la sangre. Cae la lluvia, y sigue aún la sangre, como vivo delator de esta larga y espantosa tragedia.

Y esta es la España que tiene de Presidente a un gran español, D. Manuel Azaña, amigo mío desde 1918. ¿Contra quién tiene que luchar esta España? Contra la sublevación militar, desde luego, pero también contra esa barbarie desatada, contra esta corriente anárquica, disociadora, suicida.

No puedo más con este espectáculo atroz. Mi capacidad de sentir está agotada. Mi labor desesperada de salvar una vida y otra, me parece que es la única razón de que yo esté frente a este panorama terrible. Y es como si fuera llenando un enorme recipiente gota a gota. No trabajo, no leo apenas; molesto a este amigo, y al otro y al de más allá y a veces me paso todo un día para conseguir asilo para un perseguido. Para un perseguido que no ha hecho nada, pero que ya es una víctima de circunstancias inicuas. Y esto me viene ocurriendo casi desde el 1ro. de agosto. No dejo constancia pormenorizada de nada, porque ni en este Diario íntimo quiero que aparezcan unos nombres que son sólo para mí el recuerdo de un deber sagrado, de un deber que he querido cumplir con sentido de lo cotidiano y sintiendo iluminada mi alma por la más pura caridad cristiana.

¡Padre mío, Jesús mío, Señor misericordioso: haz que esa luz tan pura resplandezca siempre ante mí y sea mi consuelo, mi santa paz y mi alegría profunda!”