Myriam Acevedo

2013-07-23_1Myriam Acevedo (Güines, provincia de La Habana, 1930) murió el lunes 22 de este mes en Roma, ciudad donde vivió tras abandonar Cuba en 1968. Mujer extraordinaria como actriz y como persona, es, en la memoria de quienes en Cuba tuvimos el privilegio de disfrutar de su arte y su amistad, una referencia intelectual y ética dentro de uno de los períodos más funestos –para la libertad y la cultura– de la historia reciente de nuestro país natal. En la foto, tomada cuando triunfaba en la escena cubana, Myriam aparece en compañía del dramaturgo y poeta José Triana, autor de La noche de los asesinos, obra ya clásica del teatro cubano que la actriz estrenó, en 1966, en la sala habanera Hubert de Blanck y en la que alcanzó uno de los grandes éxitos que jalonan su carrera. 

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Cuba por dentro

LA CULPA NO ES DE LOS ORIENTALES

José Hugo Fernández, La Habana.

2013-07-30(CUBANET) Siempre en verano, año tras año, resulta fácil notar cómo La Habana experimenta un alza de consideración en el número de sus habitantes. No es que ocurra únicamente en julio y agosto, pero por alguna razón (que aún espera por un serio examen de los especialistas), en estos meses se revientan las compuertas para dar paso a muy particulares oleadas de emigrantes desde el interior de la Isla. Y entre los que llegan, me temo que la mayoría lo hace para quedarse.

Lamentablemente, hay que hablar en términos especulativos, tanto en este caso como en muchos otros de cardinal importancia para la compresión de la crisis socioeconómica que hoy sufrimos. No es posible consultar estadísticas confiables, porque no existen, o no están a nuestro alcance. Las instituciones gubernamentales sólo dejan constancia de los datos que favorecen al régimen, o de aquéllos que por algún motivo éste considera admisibles dentro de su estilo de hacer historia. Es uno de los escollos que deben enfrentar quienes aspiran a ser cronistas imparciales del presente. Y lo que es todavía peor, encierra una muy grave limitación, tal vez insalvable, para los historiadores del futuro.

Pero como quiera que la vista hace fe, quizá no sea necesario disponer de estadísticas, siempre frías y manipulables, para tomar como cierta esta fluencia masiva desde el interior hacia la capital, que, vaya usted a saber por qué, se dispara especialmente en los meses de verano. De igual modo, no haría falta consultar los mapas urbanísticos para saber que tales oleadas de emigrantes terminan asentándose, mayoritariamente, en la periferia, donde, hoy por hoy, existen ya cientos de pueblos, comunidades, villas miseria, creados por ellos, sin el respaldo oficial y con frecuencia en abierto desafío a las autoridades del régimen.

La Habana se ha venido ensanchando, en forma desproporcionada, por los extremos de sus cuatro puntos cardinales. Y es éste un fenómeno dramático, por cuanto en la misma medida en que crece, no dejan de aumentar sus limitaciones de infraestructura y, claro, la cifra de sus problemas socioeconómicos.

A la pobre gente del interior, y de manera muy marcada a la de las provincias orientales, le ha tocado bailar con la más fea en esta historia, puesto que además de verse obligada a emigrar –por imperativos de la miseria–, dejando atrás su suelo natal, con todos sus afectos, para abrirse camino, desde el fondo de la pobreza, en una ciudad de por sí pobre y sin expectativas, también debe enfrentar la hostilidad regionalista y el egoísmo propio –quizás hasta lógico– de quienes ven en ellos el agravamiento de la tragedia, ya crítica, de los capitalinos.

El mal, naturalmente, tiene un solo culpable, el régimen fidelista, al cual, por demás, debe venirle bien que la gente de a pie nos dediquemos a marear la perdiz culpándonos y repudiándonos unos a los otros. También tiene un origen, con acontecimientos específicos y fáciles de pormenorizar en el almanaque, con todo y que los estudiosos de las ciencias sociales no se animen a meterle el seso.

Policías, maestros emergentes, constructores, trabajadores sociales

Desde el triunfo de esto que aún llaman la revolución, el régimen (y más concretamente Fidel Castro) demostró un distintivo interés por violentar la composición socioeconómica de los habitantes de La Habana. Era lógico suponer que a los capitalinos, por vivir un tanto más cómodamente y con mayor nivel de información que el resto de la población, les resultaría más difícil adaptarse a las condiciones de pobreza extrema y de sometimiento total que muy pronto, pasado el entusiasta embuche de los primeros días, nos vendría encima. 

Vio entonces el régimen caer por su peso la necesidad de evitar riesgos. Pero, ¿cómo evitarlos? Esperar que la gente de la capital emigrara espontáneamente hacia el extranjero, como al final ha ocurrido, era algo para lo que no disponían de tiempo ni paciencia. Tampoco podían trasladar a los habaneros hacia el interior del país, aunque no dejarían de intentarlo. La solución estaba, pues, en imponerles un cambio en las condicionantes sociales, económicas y, por supuesto, de mentalidad. Y para que eso fuera posible, iba a resultar imprescindible alterar, en número, su composición clasista.

Entonces comenzaron las oleadas. Primero fueron los integrantes del ejército rebelde. Después, cientos de miles de estudiantes, cuyo arribo a la capital resultó, en principio, comprensible, toda vez que en el interior apenas existían escuelas especializadas. Pero ocurrió que más tarde fueron los reclutas del servicio militar. Y detrás, decenas de contingentes de trabajadores para las más disímiles tareas, en particular para las obras constructivas. Y detrás, los policías. Y los maestros emergentes. Y los trabajadores sociales. Y en todos los casos queda por descontado que no sólo fijarían residencia permanente aquí, sino que iban a cargar con la familia. Y esa familia también cargó con su familia…

No es de extrañar por ello que los nuevos barrios de edificios altos, numerosos y repletos, que se construyeron en La Habana en los 60, 70 y 80, sobre todo, no hayan sido suficientes, no ya para resolver, ni siquiera para aliviar la drástica situación de la vivienda en esta ciudad. Y eso que finalmente es cierto que una gran parte de los habaneros “naturales” viven hoy fuera de Cuba. Tan cierto como que los habaneros de reciente hornada tienen motivos (aunque no tengan pizca de razón) para mirar con alarma la continuación del alud migratorio.

Al menos para mí, resulta obvio que ante el imperativo de “descontaminar” la capital de parroquianos con espíritu pequeño burgués, al régimen se le alumbró el bombillo con la idea de apretujarlos entre los pobres del interior. Con esto, no sólo conseguía crear un desbalance favorable en su composición social, sino que además, sin invertir nada, sin el menor esfuerzo (como es su práctica habitual), les mejoraba la vida a nuestros paisanos del interior y aseguraba con ello su incondicional apoyo. Fue una jugada maestra, sin duda, y con ganancia doble.

Y ya que se trataba de inundar la capital con habitantes de otras regiones de la Isla, ninguna tan idónea como la oriental, superpoblada y empobrecida hasta los topes. Además, a los orientales, con su muy bien ganada fama de rebeldes, no sólo resultaba importante contentarlos, también era menester tenerlos cerca.

Por lo demás, ni a los habaneros ni a los orientales ni a nadie en esta isla les estaba dado prever los planes del régimen. Y a quien los previera, parece que no le estaba dado impedirlos. Así que de aquellas polvaredas surgieron estas fangosidades.

Hoy, aun cuando haya variado la estrategia del régimen, no cambiaron las condicionantes para la emigración. Todo lo contrario. Si bien hay caos en La Habana –y en grado sumo en su periferia, donde la pobreza y la violencia toca fondo en estos días, y no por casualidad en las comunidades levantadas por los emigrantes–, la tragedia del interior se ha agudizado, hasta alcanzar el colmo en la combinación draconiana de pobreza, falta de oportunidades y represión policial.

No es casualidad entonces que aun cuando en el presente verano la periferia habanera está que arde, superpoblada, hambreada y singularmente violenta, no hayan dejado de desembarcar en sus predios las habituales oleadas migratorias. Digamos que son como los cementerios, donde siempre cabe uno más.

[José Hugo Fernández, escritor y filólogo cubano. Es autor, entre otras obras, de la novela Parábola de Belén con los Pastores y del libro de cuentos La isla de los mirlos negros. Trabaja en La Habana como periodista independiente desde 1993.]

Deprecación

2013-07-23Alberto Ruiz-Gallardón, ministro de Justicia de España, ha declarado que abandonará la política tan pronto como cese en su cargo. Ayer, en radio y televisión, chuscos y descreídos comentaban con sorna injusta esta noticia. Recordaban que es la enésima vez que el ex alcalde de Madrid y ahora Justicia Mayor del Reino anuncia que hace mutis. Los ciudadanos hemos sentido (en toda la extensión del término) el inmensurable apego de este hombre a la cosa pública. A mí no me extraña, pues, que le cueste dejar el poder, que es como dejar el tabaco. Sólo quienes lo han ejercido in extenso, como él, saben que para dar la espalda a las candilejas y “pasar íntegro a la sombra”, que diría el poeta, hay que estar preparado. Por eso don Alberto lleva tanto tiempo entrenándose. Imploro al Altísimo que lo anime ya.

Coherencia

2013-07-22Recuerdo que, para resumir su concepto de la coherencia en la dramaturgia, Antón Chéjov dijo que si en el primer acto de una obra de teatro aparece un fusil, en el último debe disparar. Esto me vino a la mente mientras me informaba del recién celebrado Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), organización ésta muy coherente como servidora de la revolución. Ya son nueve los congresos de la UPEC y parecen uno solo. Diríase, por la coherencia que los engavilla, que son escenas de un único libreto. Escenas en las que siempre se empieza y termina disparando el mismo fusil, cargado del mismo futuro, contra los relapsos que en Cuba, a pesar de palizas patrióticas y calabozos para la reflexión, insisten una y otra vez en romper la disciplina social opinando de esto y lo otro sin pedir el nihil obstat

Un cubano en la corte de Gustave Eiffel

Guillermo Pérez Dressler

Guillermo Pérez Dressler

Guillermo Pérez Dressler nació en Guanabacoa, Cuba, en 1860. Sus padres, también cubanos, fueron Juan Pérez Zúñiga y Purificación Dressler de la Portilla. Su abuelo materno era escocés. Siendo empleado de una farmacia, en La Habana comienza a estudiar Arquitectura, carrera que terminará brillantemente, a los 21 años, en París. En esta ciudad adquiere la ciudadanía francesa y adopta el nombre de Guillaume Dressler. Cuando el arquitecto Gravier de Vergennes, de quien había sido alumno en la Sorbonne, lo recomienda al ingeniero y arquitecto Gustave Eiffel, Dressler ya exhibía un expediente profesional en el que constaba, entre otros méritos, el excelente trabajo que había realizado en proyectos importantes (entre ellos, el puente Peronet, la autopista Vichy-Nantes y el diseño de la catedral de Bersy) con la empresa constructora Dumouriez, Valmy et Frères, una de las más reputadas de la época en Francia. Poco antes de comenzar a desempeñarse como asistente de Eiffel y administrador ejecutivo en la construcción de la célebre torre metálica que se convertiría en divisa de la capital francesa, Dressler había terminado la edificación, en Munich, del mausoleo de Luis II de Baviera. La torre comienza a levantarse en 1886 y Eiffel confía al arquitecto cubano el diseño de la cuarta parte de la misma, así como la dirección de obra a partir del primer piso. El 31 de marzo de 1889, a dos años, dos meses y cinco días de comenzada, la torre está lista para, como estaba previsto, representar a Francia en la Feria Mundial que tuvo lugar aquel año en París. Meses más tarde, la reina Victoria de Inglaterra encarga a Guillermo Pérez Dressler la realización en Londres de un proyecto monumental –The Victoria and Albert Museum and Gardens–, pero el joven arquitecto no llegará nunca a la capital británica: la nave en que viajaba zozobra el 4 de agosto de 1889 y él es uno de los pasajeros que se pierden en el mar.

Gustave Eiffel. Caricatura de la época.

Gustave Eiffel. Caricatura de la época.

La división de poderes

Enrique Aguilar

“… siempre que los príncipes han querido hacerse déspotas, han empezado por reunir todas las magistraturas en su persona.” Montesquieu

“… La acumulación de todos los poderes, legislativos, ejecutivos y judiciales, en las mismas manos, sean éstas de uno, de pocos o de muchos, hereditarias, autonombradas o electivas, puede decirse con exactitud que constituye la definición misma de la tiranía.” James Madison

(REVISTA CRITERIO, Argentina, 9/7/2013) Montesquieu esgrimió un argumento clave para el mejor resguardo de la libertad respaldándose en la “experiencia eterna” que enseña que todo hombre que tiene poder tiende a abusar del poder. Se lo encuentra en el Libro XI de El espíritu de las leyes, titulado “De las leyes que forman la libertad política en su relación con la constitución”, y más exactamente en su capítulo IV, donde Montesquieu escribe: “Para que no se pueda abusar del poder es preciso que, por la disposición de las cosas, el poder frene al poder”.

La teoría de la separación o división de poderes, que obligadamente remite al barón de Montesquieu y su consagrada obra sobre El espíritu de las leyes (1748), es una forma de ingeniería institucional consistente en el reparto equilibrado de atribuciones de gobierno. Para decirlo con Norberto Bobbio, la convicción que está en la base de esta teoría es la que considera que el abuso de poder es remediable mediante “la disociación del poder soberano” en las funciones legislativa, ejecutiva y judicial.

Como es sabido, fue su residencia en Inglaterra lo que llevó a Montesquieu a descubrir que la libertad podía originarse en una disposición institucional adecuada. No reconoció a la rama judicial, en su carácter de intérprete de las leyes, el mismo rango que a las otras dos, aunque defendió de manera inequívoca su independencia (unido al poder legislativo, afirmó, “el poder sobre la vida y la libertad de los ciudadanos sería arbitrario”; unido al ejecutivo, “el juez podría tener la fuerza de un opresor”). De ahí que su teoría fuera interpretada más bien en términos de una división de la función legislativa entre el rey (por su derecho de veto) y las dos cámaras (lores y comunes), que coincidía por entonces con el equilibrio social resultante de los sectores respectivamente representados en estos órganos. Como sea, parece evidente que las páginas de El espíritu de las leyes ofrecían lo que se echaba de menos en el Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil, de John Locke, a saber: una amplia consideración sobre el modo de distribuir la autoridad y regular internamente su ejercicio que, como ha explicado Pierre Manent, al centrar la mirada en la oposición entre el poder y la libertad, fijó lo que podría llamarse “el lenguaje definitivo del liberalismo”.

Locke, en efecto, había procurado que el poder no se extralimitara al situarlo en una asamblea que representara el deseo unánime de salvaguardar la vida, la libertad y la propiedad de los ciudadanos como finalidad o razón de ser de la sociedad política. Es cierto que dedicó un capítulo entero a la prerrogativa real, es decir, a la facultad del ejecutivo de decidir sin ley en situaciones de excepción. Sin embargo, su noción del legislativo como “supremo poder” dejaba abierta tan solo una alternativa en caso de que la asamblea traicionara la confianza que le fuera depositada y “una larga cadena de abusos” desnudara a los ojos del pueblo sus planes opresivos: el recurso de “apelar al cielo” (eufemismo alusivo a la posibilidad de rebelión) que siempre cabe al pueblo soberano por ser quien “retiene perpetuamente” el derecho de preservarse de toda voluntad que pretenda sojuzgarlo, aun cuando fuese la de sus propios legisladores.

Ahora bien, este punto es precisamente lo que realza la importancia de Montesquieu. Porque, al prescindir tanto de la idea de un poder supremo como del peligroso remedio de la rebelión, nuestro autor esgrimió un argumento clave para el mejor resguardo de la libertad respaldándose en la “experiencia eterna” que enseña que todo hombre que tiene poder tiende a abusar del poder. Se lo encuentra en el Libro XI de El espíritu de las leyes, titulado “De las leyes que forman la libertad política en su relación con la constitución”, y más exactamente en su capítulo IV, donde Montesquieu escribe: “Para que no se pueda abusar del poder es preciso que, por la disposición de las cosas, el poder frene al poder”.

De esta suerte quedaba sellada la relación entre constitución y libertad por cuanto esta última, que Montesquieu definía como la “tranquilidad de espíritu que proviene de la opinión que cada cual tiene de su seguridad”, sólo podría experimentarse al abrigo de las leyes y de una constitución que, entre otras cosas, señale restricciones precisas a la acción del gobierno. Así lo entenderá James Madison al referirse al pensador francés como la fuente obligada de consulta, el “oráculo” a citar siempre a propósito del “invalorable precepto de la ciencia política” que requiere de la división y el control recíproco de los departamentos de gobierno como garantía necesaria de libertad, y que ciertamente no apuntaba a que estos se inactivaran mutuamente ni a evitar la intervención parcial de uno en los asuntos de otro sino a impedir la concentración de todo el poder en un departamento particular por lo mismo que, cuando ello ocurre, “los fundamentales principios de una constitución libre se ven subvertidos”.

En agosto de 1789, haciéndose eco de la teoría de Montesquieu, la “Declaración universal de los derechos del hombre y del ciudadano” señalará en su artículo 16: “Toda sociedad en la cual la garantía de los derechos no está asegurada, ni determinada la separación de poderes, carece de constitución”. En adelante, como recuerda bien Sartori, el término “constitución” ya no serviría para designar cualquier orden político que pudiera darse a sí mismo un Estado sino tan sólo a aquél que prevé la protección de las libertades de los ciudadanos mediante la limitación de la acción de gobierno.

Conviene repetir estos conceptos: un “invalorable precepto” inspirado por una “experiencia eterna”. Dado que la división de poderes es un componente esencial de la forma republicana consagrada por nuestra Constitución en su artículo primero, no parece inoportuno, en momentos en que esta forma de gobierno se encuentra en peligro, evocar a quien fuera su principal y más clarividente expositor.

El modelo mixto-autoritario de medios de comunicación en Venezuela

(Los lectores de este artículo recordarán, seguramente, la solidaridad expresada por el presidente venezolano Nicolás Maduro al ex agente norteamericano Edward Snowden, el último de los “héroes” de la libertad de información, a quien brindó asilo político. MDM)

2012-12-18

Andrés Cañizález 

(TAL CUAL, 14/7/2013) En Venezuela prevalece hoy, en materia de medios masivos de comunicación, un modelo al que podríamos denominar como mixto-autoritario. Aunque el Estado aumentó significativamente el número de medios bajo su égida, lo cual es notable en materia de radio y televisión, mantiene un esquema de propiedad privada bajo un control político que cerca el pluralismo en materia informativa y de opinión. La colega venezolana Silvia Cabrera, quien reside en Alemania, desarrolló de forma más elaborada la caracterización del modelo. Acá presento mis apreciaciones a partir de observaciones y tendencias.

A partir del año 2007 claramente se dibuja la existencia de una política que sería sostenida en el tiempo: la hegemonía comunicacional, según palabras de Andrés Izarra en enero de aquel año. En 2007 el gobierno del presidente Chávez ejecutó el cierre del canal RCTV y eso constituyó un punto de inflexión: era el principal medio del país, y fue una medida con un alto costo político nacional e internacional, que finalmente representó un aprendizaje para el gobierno y para el sector mediático nacional. De seguidas, en 2009, la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (CONATEL) –entonces comandada por Diosdado Cabello– ejecutó un cierre masivo y simultáneo de emisoras de radio en Venezuela (medida ejemplarizante, nuevo modelo de concesiones, autocensura en el sector).

La venta de Globovisión, concretada en este 2013, estuvo precedida entre otros factores por lo que fue un cerco político-administrativo sobre  este canal de noticias en el período 2009-2011. En ese período salió Alberto Federico Ravell de la dirección, se abrieron juicios y procesos de diferente índole contra los accionistas mayoritarios Zuloaga y Mezerhane, quienes optan por salir del país, al tiempo que eran incesantes los procedimientos de CONATEL, SENIAT, entre otras acciones.

Al mismo tiempo ha sido evidente la asfixia económica de la libertad de expresión. Hemos tenido declaraciones explícitas sobre los medios que no deben recibir pauta publicitaria del Estado, se usa el dinero público como mecanismo de presión y chantaje político. Al mismo tiempo, mientras esto ocurre con medios privados, los medios del Estado están dedicados a la guerra informativa con descalificaciones y campañas de guerra sucia contra actores de oposición, los medios “públicos” en realidad han devenido en medios de propaganda permanentes.

Llegamos así a 2013. Será un año que recordaremos por las inhabituales ventas de medios en Venezuela, que generan interrogantes sobre quiénes pueden comprar medios de comunicación en el contexto nacional actual, e interrogantes aún mayores sobre la finalidad de tales transacciones. Simultáneamente, antes y después del fallecimiento del presidente Chávez, el sistema de medios oficiales y toda la propaganda gubernamental se ha puesto al servicio de la mitificación del fallecido jefe de Estado.

Algunos números que ayudan a entender la orientación del modelo. El 99% de los hogares venezolanos tiene al menos un aparato de televisión. En promedio nuestra población ve 5 horas y 30 minutos diarios de televisión (y no son los niños los que más ven TV).  Además de los 15 minutos diarios de transmisión obligatoria de los “mensajes institucionales” en los canales de televisión abierta, el Estado venezolano es el principal anunciante en el sector. La inversión publicitaria en televisión abierta de 2012 superó ligeramente los 2 mil millones de bolívares fuertes. No puede perderse de vista que una cuarta parte fue inversión del Estado.

Entre 2011 y 2012 la inversión publicitaria creció 15%, pero la inversión publicitaria del Estado en el mismo período creció 45%. El Estado no sólo es el principal anunciante de la pantalla chica, sino que es el que más crece.

Se estima que más del 75 por ciento de los venezolanos tiene en la televisión su principal fuente de entretenimiento y de información. La TV por suscripción ha crecido en los últimos años, pero aún no llega ni siquiera a la mitad del país (47%). La red social Twitter es muy activa en el país, pero 75% de sus suscriptores en Venezuela tienen menos de 30 años y sólo tres millones de usuarios. A fin de cuentas, la televisión manda, eso explica la lógica televisiva del gobierno a partir de 1999 y con particular énfasis a partir del 14 de abril de 2013.

Más que un gobierno de calle, tenemos con Maduro un gobierno de set televisivo. Entre el 14 de abril y el 30 de junio Maduro habló 34 minutos diarios, en promedio, en cadena nacional de radio y televisión. Entre el 1 y 30 de junio, Maduro habló 1 hora y 46 minutos diarios, en promedio a través de la señal de VTV. De una jornada laboral promedio de 8 horas, el presidente Maduro dedica más del 25% a estar en TV.

Estas son tendencias y características que hemos observado en ese modelo mixto-autoritario. Mixto porque se mantiene la presencia notable de propiedad privada en el sistema de medios de comunicación, junto a un aparato de propiedad estatal y un número nada despreciable de medios comunitarios.

Pero, en Venezuela, el sector privado del sistema de medios de comunicación opera bajo un esquema no libre, con fuertes presiones y controles por parte del Estado, también en el ámbito de los contenidos. Por eso, sin duda alguna, se trata de un modelo autoritario.

[Andrés Cañizález es miembro del Consejo Académico de CADAL.]