Muere el Nobel chino Liu Xiaobo

Liu Xiaobo foto

Luchó por la democratización de China y pasó los últimos nueve años en prisión. Sólo fue excarcelado por su enfermedad.

(LIBERTAD DIGITAL. 13/7/2017) El disidente chino y Premio Nobel de la Paz, Liu Xiaobo, ha muerto a causa de un cáncer de hígado, poco después de ser liberado por razones humanitarias tras pasar casi una década encarcelado por exigir una apertura democrática del gigante asiático. Las autoridades chinas aceptaron sacarlo de prisión el pasado 26 de junio, cuando su estado ya era crítico. El opositor, finalmente, ha fallecido en un hospital blindado, bajo custodia policial y sin que se viera cumplido su deseo de morir en un país libre.
La familia había reclamado repetidamente que Liu, de 61 años, y su mujer, Liu Xia, viajaran al extranjero para que él pudiera recibir tratamiento médico y para que ella, una vez fallecido el activista, pudiera vivir lejos del régimen de Pekín.
Las autoridades se negaron esgrimiendo que es un “asunto interno” y se limitaron a permitir el 7 de julio la visita de dos médicos extranjeros independientes. “Esperamos que los países implicados respeten la soberanía china”, había reclamado en los últimos días el portavoz del Ministerio de Exteriores, Geng Shuang. El entorno del opositor había denunciado amenazas e intimidación por parte de las autoridades, que incluso mantuvo a la mujer del disidente bajo arresto domiciliario desde el año 2010.
Liu fue condenado en 2009 por “incitar a la subversión del poder estatal” por participar en la redacción de la conocida como ‘Carta 08’, que reclamaba reformas democráticas en China. Entre otras cosas, pedían al Ejecutivo que cumpliera los derechos que recoge la Constitución china, como la libertad de expresión, y pusiera fin a su régimen autoritario.
Ya había pasado 21 meses entre rejas tras la masacre de 1989 en la plaza de Tiananmen por su apoyo a los estudiantes que participaron en las protestas pacíficas. Fue de los pocos que, tras la masacre en la que acabó ese movimiento, continuó con la lucha.
Además, unas críticas contra la política oficial del régimen en Taiwán y el Tíbet le costaron el ingreso en un campo de ‘reeducación’ entre 1996 y 1999. Sus años en libertad también estuvieron marcados por una constante vigilancia policial.
Liu recibió a lo largo de su vida numerosos premios en reconocimiento a su labor de activismo y su compromiso con la libertad en China. En 2010, fue galardonado con el Nobel de la Paz “por su larga lucha no violenta por los derechos fundamentales”, pero ni él ni su esposa pudieron viajar a Oslo para recoger un galardón que fue duramente criticado desde Pekín.
A pesar de haber abandonado la cárcel, Liu seguía bajo custodia de las autoridades chinas, lo que para las organizaciones de Derechos Humanos representa un símbolo de la inagotable represión a la que fue sometidodurante gran parte de su vida.
“Ahora podemos mostrar al mundo que China es como la Alemania nazi”, consideraba el activista y amigo del fallecido Hu Jia, poco después de recibir la noticia, entre la tristeza y la rabia. Hu no podía evitar comparar a Liu con el pacifista alemán Carl von Ossietzky, el último premio Nobel de la Paz que murió bajo custodia en 1938, tras haber sido internado en un campo de concentración nazi por denunciar el rearme militar de su país.
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Baudelaire y el “tonto” Victor Hugo

Christie’s subasta una carta desconocida en la que el autor de ‘Las flores del mal’ tacha de ‘estúpidas’ las misivas del escritor de ‘Los miserables’

(EL PAÍS, Madrid, 18/6/2014) Una carta inédita de Charles Baudelaire demuestra que la relación con su colega escritor Víctor Hugo estaba lejos de ser amistosa y, mucho menos poética. Así lo revela un documento que hoy subasta Christie’s en Nueva York, junto a una primera edición de la famosa colección de poemas de Baudelaire Las flores del mal, y de los que se hace eco el diario The Guardian.
Charles Baudelaire (Paris,1821-1867) adulaba en público al autor de Los miserables; en una reseña que hizo de esta novela en la publicación Le Boulevard en 1862 se deshacía en elogis, pero en privado arremetía contra él. En la carta que ahora se subasta, escrita en enero de 1860 a un destinatario desconocido, Baudelaire se queja de Hugo. “No para de enviarme cartas estúpidas”, dice, y añade que le inspiran “escribir un ensayo para demostrar que, por una ley fatal, un genio siempre es un idiota”. También en otra carta que Baudelaire remitió a su madre describía a Hugo como un “inmundo e inepto” e ironizaba sobre su propia capacidad de juzgar a su colega: “He demostrado que poseo el arte de la mentira”.
Cuando Baudelaire publicó en 1857 la primera edición de Las flores del mal se enfrentó a la censura de la época: tuvo que suprimir seis poemas de la colección por orden de un juez. Víctor Hugo se solidarizó con él y en agosto de 1857 le comentó: “Tus flores brillan como estrellas”. Más tarde, en 1859, le diría: “Nos provocas una nueva clase de estremecimiento”. En retorno a los halagos, Baudelaire le dedicó tres poemas, pero no era sincero en sus demostraciones.
Victor Hugo (Besançon, 1802-París, 1885) alcanzó gran popularidad como novelista, poeta y dramaturgo y esto causaba la envidia de otros escritores. En concreto, Charles Baudelaire le tenía “una envidia corrosiva”, según apunta la especialista en literatura francesa Rosemary Lloyd, autora de The Cambridge companion to Baudelaire.
El volumen de Las flores del mal de la primera edición de 1857 que subasta Christie’s , con un precio de salida de 88.400 euros, contiene los seis capítulos que después fueron censurados y también tiene adosadas al final la carta en la que descalifica a Hugo, así como otras misiva dirigida a su editor y amigo Auguste Poulet-Malassis.
La casa de subastas lanza asimismo a la venta otras edicionesde Las flores del mal, una de 1868-69, con una introducción de Theophile Gautier, y otra de 1910, ilustrada por Georges Rochegrosse.

El hervidero y la Constituyente: otra calle ciega

 

Michael Penfold / Blog del autor. 20/6/2017
Mariano Picón Salas, con la perspicacia ensayística que le caracterizó como historiador, describió a la Venezuela del siglo XIX como un cuero seco, haciéndose eco de Antonio Guzmán Blanco: lo pisas por un lado y se levanta por otro. En pocas semanas, una vez que se instale la Asamblea Nacional Constituyente, ese cuero llamado Venezuela, se habrá secado nuevamente y habremos logrado recrear nuestro propio símil histórico como un perro que se muerde la cola.
El país se desliza con prisa a lo que será sin duda la peor crisis de gobernabilidad que hayamos experimentado en nuestra historia contemporánea. Esta tragedia es la secuencia lógica de un colapso que se inició en la esfera económica —con la insistencia de mantener un esquema de controles de cambio y de precios que multiplicó los desequilibrios macroeconómicos que heredamos de un período de bonanza petrolera manejado sin controles fiscales—, seguido por un colapso social que es el reflejo de una feroz aceleración inflacionaria que pulverizó en poco tiempo los salarios reales de todos los venezolanos y que culmina ahora con un colapso institucional en el que el país carece de árbitros y mecanismos electorales para dirimir sus conflictos políticos democráticamente.
La esperanza es gratis. Algunos piensan, utilizando todo tipo de subterfugios dialécticos, que este conflicto es inevitable y que de esta fricción social va a emerger un claro ganador y que es sólo cuestión de tiempo para observar el desgaste triunfal de este tipo de enfrentamientos. El chavismo, en su afán por sobrevivir políticamente, incluso recurriendo crecientemente a mecanismos represivos cada vez más letales, busca aferrarse a la más elemental de estas lógicas: el conflicto es el corazón del progreso revolucionario y por eso redobla su apuesta por impulsar una Asamblea Nacional Constituyente que luce más como un fortín que como una convención constitucional. Y la oposición se abraza a un deseo un tanto más mundano de soñar con una transición política —como si realmente estuviésemos a puertas de un cambio democrático—, cuando lo cierto es que enfrentamos una amenaza de profundización de un modelo claramente autoritario.
Ante semejante disyuntiva, la sociedad venezolana, que ha resistido ya por más de ochenta días, no tiene más opciones que responder con una mayor movilización ciudadana. La presión de calle es lo único que puede obligar a que el gobierno, como consecuencia de los quiebres internos tanto militares como partidistas, acepte revertir una convocatoria constituyente que de lo contrario va a terminar de hundir al país en la más absoluta anarquía. Es así como asistimos boquiabiertos a una verdadera escalada del conflicto político que no es otra cosa sino nuestro reencuentro express con la historia decimonónica venezolana.
Es indudable que el chavismo apostará contra viento y marea a instaurar la constituyente; pero aún si la lograse instalar, probablemente tampoco tenga la capacidad para imponer sus decisiones pues este poder originario es tan sólo la manifestación de una minoría tanto política como electoral. Resulta evidente que para el gobierno del Presidente Maduro será muy difícil aderezar su “poder de facto” con su “poder de jure” sin terminar apelando más bien a las armas y a sus grupos de choque para poder hacer cumplir sus distintos decretos constituyentes. En este sentido, el esfuerzo de la Fiscalía General de la República de retar abiertamente la constitucionalidad de esta iniciativa, se convirtió en una acción subversiva que minó cualquier posibilidad para que esa fusión entre lo político y lo jurídico se materialice, lo cual a su vez impide barnizar de legitimidad a una idea que es desde su inception intrínsecamente dictatorial. La Asamblea Nacional Constituyente, como consecuencia de estas oportunas intervenciones de la Fiscal, es ahora simplemente otro golpe de Estado más; un golpe que es la piedra de toque de una operación mucho más amplia de desmontaje de todo el aparataje constitucional bolivariano.
Ciertamente, el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) ha rechazado todos los recursos interpuestos por la Fiscalía, con el objetivo de garantizar la continuidad de la convocatoria constituyente, pero a pesar de este bloqueo, el daño jurídico y democrático de este proceso ya está hecho y es un daño muy profundo. En estos momentos, la constituyente es para el PSUV, pero sobre todo para el madurismo, tan solo una ficha, una excusa para obtener un mayor poder de negociación, un refugio para resistir, pero probablemente también termine siendo un filoso boomerang político.
La oposición por su parte —gracias a las fracturas que comienzan a emerger en el seno del chavismo—, gana más “poder de jure” pero carece todavía del “poder de facto” para hacer cumplir sus iniciativas y terminar de precipitar un desenlace. Una vez que la Fiscal General catalogó como nulos los nombramientos de 13 magistrados principales y 21 suplentes del TSJ, la Asamblea Nacional decidió iniciar el proceso para seleccionar a estos jueces, ¿pero tiene la Asamblea el “poder de facto” para garantizar que estos nuevos altos funcionarios puedan entrar físicamente a la sede del TSJ e instalarse en la Sala Plena? Esta pregunta tan elemental nos permite vislumbrar que hay un peligro, una vez que la constituyente se haya instalado a comienzos de agosto, que terminemos con dos Asambleas, dos Fiscales, dos Tribunales y quién sabe, también con dos Presidentes; un riesgo que no es deleznable y lo cierto es que cualquier observador perspicaz aceptaría reconocer que estamos avanzando en una dirección que conlleva inevitablemente a este tipo de resultado. Coloquemos como aderezo a esta potencial realidad, una economía que este año continuará contrayéndose en un 8% del PIB, una inflación que terminará sobrepasado el umbral hiperinflacionario de 500% y unos índices de pobreza que superarán el 80% de la población. Tan sólo entonces podremos visualizar con claridad el dramatismo del mundo futuro al que remamos con tanta rapidez.
El mayor riesgo asociado a esta situación de ingobernabilidad es indudablemente una mayor intensidad en el uso por parte del gobierno de la violencia estatal y paraestatal. Ya observamos como aún no llegamos al 30 de julio y vemos con estupor el uso de armas de fuego por parte de las fuerzas de seguridad para tratar de contener la ola de protesta ciudadana —y asesinar incluso— lo cual es una realidad cada vez más cruel y aterradora. Esta es la razón fundamental por la que el proceso constituyente debe ser detenido cuanto antes; pero para poder revertirlo la movilización ciudadana debe continuar ampliándose —pasar de ser un movimiento de protesta opositor a ser un frente nacional que incluya también a grupos de otro orden político y social—. En la medida en que las fracturas dentro del chavismo y la esfera militar se profundicen, en esa misma medida el gobierno se verá obligado a revertir esta convocatoria. En cambio, si el gobierno no percibe esa amenaza como algo real (una amenaza que pueda incluso desalojarlo del poder) entonces difícilmente retrocederá. Por el contrario, si esa presión aumenta, entonces el gobierno no tendrá otra alternativa que detenerla.
Una vez que esa reversión ocurra entraremos en una nueva coyuntura histórica: iniciaremos por descarte una negociación política. Un proceso que probablemente sea facilitado por la comunidad internacional a través de un “grupo contacto”, todo ello a pesar del esfuerzo de la cancillería venezolana de escurrirle el bulto a la OEA, tal como lo han intentado articular de buena fe un conjunto de países latinoamericanos. Es evidente que a esta negociación nadie va a asistir voluntariamente; todos, absolutamente todos, irán porque no perciben ninguna otra alternativa como viable. Y muy probablemente le tocará a la comunidad internacional exigirle al gobierno algunas condiciones previas para poder hacer que esta negociación sea creíble (y evitar de esta forma que el proceso sea manipulado como en octubre pasado). Y una de las pocas concesiones significativas que pudiesen hacer que esta negociación sea percibida como irreversible es la liberación de todos los presos políticos. En particular, es imposible abordar un proceso de esta naturaleza con uno de los principales líderes políticos del país tras las rejas y con su partido político prácticamente ilegalizado. Y también es imposible enfrentar esta negociación sin reconocer que todos los grupos del chavismo, incluso aquellos que son considerados como los más duros, deben estar plenamente representados y deben ser igualmente reconocidos.
La negociación es relativamente simple: garantías a cambio de votos. El chavismo va a querer obtener garantías amplias (léase amnistía penal y fiscal) para todos sus grupos y la oposición va a buscar condiciones para poder materializar una salida electoral a cambio de importantes restricciones constitucionales adicionales (eliminación de la reelección indefinida, reducción del período presidencial, aumento de la proporcionalidad del sistema electoral, incremento del fuero militar, mayores restricciones a la prohibición de la extradicción de nacionales así como mayores limitaciones a los cambios constitucionales). Por su parte, la oposición va a exigir la remoción de las inhabilitaciones, la declaración de nulidad de los nombramientos recientes de los magistrados del TSJ y de los rectores del Consejo Nacional Electoral (CNE), la incorporación de la segunda vuelta para la elección del presidente y la investigación y compensación a todas aquellas personas y familias afectadas por la violación de derechos humanos durante las últimas décadas. La única forma que ambas partes pueden garantizar la implementación de este tipo de acuerdos va a ser a través de una reforma constitucional consensuada que sea votada posteriormente por toda la población y que abra paso a su vez a una elección general (para el presidente y Asamblea Nacional) que pudiese realizarse a lo largo del 2018 conjuntamente con las elecciones locales. La reforma constitucional pudiese ser votada en un referéndum aprobatorio conjuntamente con las elecciones regionales en diciembre de 2017.
Es fácil anticipar que la introducción en la agenda de negociación de temas relacionados con los distintos tipos de amnistías así como los puntos vinculados con los esquemas de justicia transicional, van a ser asuntos que sin duda van a dividir al electorado. A pesar de esas críticas, otorgar esas concesiones a cambio de obtener una verdadera división de poderes, en especial, que la Asamblea Nacional pueda designar a los magistrados del TSJ y a los rectores del CNE de una manera independiente, es una ganancia enorme de largo plazo para Venezuela. El país estaría otorgando una amnistía (muy polémica sin duda) a cambio del fortalecimiento del Estado de derecho (“a partir de hoy y en adelante”) lo cual garantizaría el pleno funcionamiento de la justicia y la democracia. En el fondo, esta reforma constitucional podría asegurar la viabilidad futura tanto del desarrollo político como económico y social del país.
Venezuela, pero sobre todo el chavismo, debe aceptar este camino como inevitable. La oposición también debe explorar esta opción con realismo. Y debemos anticipar que la población en general probablemente se mantenga escéptica frente a las verdaderas posibilidades que los políticos logren fabricar un resultado de este tipo e incluso de la capacidad del liderazgo nacional para encarar su eventual ejecución. Las razones para ser escépticos son obvias: el chavismo, pero muy especialmente el gobierno, no ha mostrado ningún interés en explorar este tipo de alternativas; por el contrario, su interés desde la elección legislativa de 2015 ha sido desarrollar todo tipo de estratagemas para impedir una salida constitucional a la crisis. Si el país no logra remover estas barreras a una potencial negociación, presenciaremos el afianzamiento de una cultura cada vez más primitiva de la política venezolana, una cultura que busca resolver problemas complejos a través de la imposición y la violencia.
En palabras de Mariano Picón Salas: el país ahora es ese cuero que se seca.

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Michael Penfold es Investigador Global del Woodrow Wilson Center, Profesor Titular del IESA en Caracas y Profesor Invitado de la Universidad de Los Andes en Bogotá. Es Ph.D de la Universidad de Columbia especializado en temas de Economia Politica y Politica Comparada. Fue Director de Politicas Publicas y Competitividad de la CAF Banco de Desarrollo de America Latina. Es Co-autor junto con Javier Corrales de Un Dragon en El Tropico: La Economia Politica de la Revolucion Bolivariana (Brookings Institution) que fue seleccionado por Foreign Affairs como mejor libro del Hemisferio Occidental. Autor también de Dos Tradiciones, Un Conflicto: El Futuro de la Descentralización (Mondadori) Editor), del Costo Venezuela: Opciones de Politica para Mejorar la Competitividad y Las Empresas Venezolanas: Estrategias en Tiempo de Turbulencia.

Entrevista con Juan Goytisolo

Pablo Vives / NOTICIAS DE HOY. La Habana, Mayo 5, 1962

(Tomado de LES LETTRES FRANÇAISES. Traducción de Manuel Díaz Martínez.)
El semanario LES LETTRES FRANÇAISES, que se edita en París bajo la dirección del poeta francés Louis Aragon, ha dedicado uno de sus últimos números a destacar la actividad intelectual y artística cubana. Entre el material que publica, se halla una antología de poetas cubanos. También aparece en dicho número la presente entrevista de Pablo Vives con el destacado novelista español Juan Goytisolo, la cual, por su interés, damos a conocer a nuestros lectores. ●
¿Cuáles son las impresiones dominantes que usted extrajo de su viaje a Cuba?
–La impresión extraordinaria de un pueblo volcado hacia el porvenir. En Cuba, la distancia en el futuro no cuenta casi. Yo mismo he constatado, en menos de dos meses y medio, los grandes cambios. Es por esto que intitularé “Pueblo en Marcha” el reportaje que preparo acerca de Cuba. Este hecho  es mucho más sensible para nosotros, pues en España, como usted sabe, el tiempo parece no existir. De esta manera la obra de Larra, ciento cuarenta años más tarde, conserva toda su actualidad. Y nosotros estamos autorizados para decir con él: “Para ustedes los días no pasan”. Esto explica que a los ojos del pueblo español, Cuba sea un ejemplo a seguir. El interés que nosotros dedicamos a la Revolución Cubana se evidencia claramente en la en la colección de poemas que ha sido publicada por las Ediciones Ruedo Ibérico bajo el título ESPAÑA CANTA A CUBA y que agrupa obras de cuarenta y cuatro poetas y artistas nuestros. Pero los escritores cubanos se preocupan también por la suerte de España, como lo demuestra, entre otros, el bello poema “España libre y en armas”, de Heberto Padilla.
–¿Podría usted precisar la naturaleza de los vínculos que existen entre España y Cuba?
–A pesar de que ha sido el último país que se liberó de nuestro viejo colonialismo, Cuba guarda un recuerdo fresco del pueblo español. El cubano ama a España. Para los cubanos, nuestra guerra civil era ya la guerra. En el presente, los papeles se han invertido: nosotros, españoles, seguimos la Revolución Cubana como si ella nos perteneciera.
Los malos recuerdos de la colonización se han esfumado, sobre todo después de 1939. Con el arribo de los grupos de exilados, los más reticentes cubanos se dieron cuenta de que el pueblo español no tenía nada en común con nuestros ancestros que se instalaron en Cuba para explotarlos. Hoy, el cubano libre participa de los afane del pueblo español por ver nuestro país liberado de las viejas estructuras de que nacieron los conquistadores.
–¿Después de la Revolución se ha asistido en Cuba al nacimiento de una poesía nueva?
–En efecto. La poesía cubana ha sido renovada en los años veinte por escritores revolucionarios de gran talla, tales como Nicolás Guillén, Juan Marinello y Manuel Navarro Luna. La poesía actual parte de aquel movimiento.
–Pero supongo que esta poesía no es uniforme. ¿Cuáles son las tendencias dominantes?
–Es difícil hablar de tendencias, mejor hablar de individualidades. La poesía actual presenta una gran variedad de poetas líricos –aparentemente poco preocupados por los problemas de la vida–, hasta los que hacen poesía de consigna, como Pita Rodríguez, por ejemplo. De hecho, esta división resulta demasiado teórica, pues los “líricos” hacen también poesía “realista”.
Sin pretender establecer una escala de valores, entre los mejores poetas jóvenes se encuentran Pablo Armando Fernández, Heberto Padilla, Nivaria Tejera, Fernández Retamar, Fayad Jamís, y otros muchos. Su obra, ya importante, nos permite apreciar en ellos una innegable personalidad.
–El Primer Congreso de Escritores y Artistas Cubanos, en agosto de 1961, se planteó como objetivo la lucha, en el campo de la creación artística y literaria, por un mundo mejor. ¿Cree usted que los escritores cubanos han llegado a encontrar los medios de expresión adecuados?
–En el Congreso hubo dos planteamientos que nos ayudan a comprender el problema. En el suyo, Fidel Castro dijo: “Dentro de la Revolución, los escritores y los artistas gozan de todos los derechos. Contra la Revolución no gozan de ninguno”. Esta idea fue completada por el presidente Dorticós: “El Gobierno Revolucionario no limitará jamás la libertad formal en literatura y en arte”. Se puede observar en ciertos jóvenes escritores algunas dificultades contradictorias. Algunos, entre los que están los de mejor formación intelectual, no han asimilado todavía el profundo sentido de la Revolución, mientras que otros, nacidos de la Revolución, no cuentan con una experiencia suficiente para expresarse de una manera artísticamente válida. Pero éstos son fenómenos de crecimiento, fenómenos transitorios y de casos extremos. En efecto, para no citar sino algunos nombres, poetas como Manuel Díaz Martínez, Félix Pita Rodríguez, Fayad Jamís, Heberto Padilla, Nivaria Tejera, etc., han abordado inteligentemente los problemas planteados por la vida, con medios de expresión de gran calidad estética. Éstos son escritores en los cuales la sinceridad y el talento forman un maridaje fecundo.
–¿Qué importancia tiene la novela cubana de hoy?
–En general, aparte el caso aislado del gran escritor Alejo Carpentier, Cuba ha dado siempre muy buenos poetas, ensayistas y admirables narradores, pero muy pocos novelistas. La novela cubana está en sus inicios. Es de esperar que el fenómeno revolucionario favorezca su desarrollo en los años próximos. El lector cubano prefiere el cuento y la novela corta. Las revistas literarias, sin duda alguna, han contribuido a esta preferencia del público. Los dos narradores más importantes son Onelio Jorge Cardoso y el joven Guillermo Cabrera Infante, cuyo libro ASÍ EN LA PAZ COMO EN LA GUERRA aparecerá próximamente editado por Gallimard. Entre los novelistas, aparte de Alejo Carpentier, se destacan José Soler Puig, Jaime Sarusky, Edmundo Desnoes, Dora Alonso.
–¿Puedo preguntar si su viaje a Cuba tendrá repercusiones sobre su obra?
–Naturalmente. Es el acontecimiento más importante que yo he vivido. Yo creo que el porvenir de los pueblos de lengua hispana será en parte determinado por la Revolución Cubana. Cuba no es solamente Cuba. Cuba es también, de alguna manera, España, el Perú, Colombia. Defender a Cuba es también, para nosotros, españoles y latinoamericanos, laborar para nuestros respectivos países. En lo que concierne a mi obra, estoy preparando el reportaje de que ya le he hablado. Usted verá, yo lo espero, que no se trata de un simple reportaje.

Juan Goytisolo entrevista foto

 

 

España: hoy, aniversario 40 de las elecciones de 1977

Las elecciones del 15 de junio de 1977 en España, que dieron paso al prodigio  de la Transición –la etapa más benéfica de la historia española–, fueron posibles porque los más influyentes líderes políticos de aquella época sustituyeron el sectarismo, que tantos daños había causado a la nación, por el sentido común. No hay duda de que la guerra civil había sido una rigurosa lección magistral. Quieran Dios y Lenin que no se olvide.

Una mirada sobre Hugh Thomas

El éxito de su libro sobre la Guerra Civil obligó al propio Franco a responderle

Hughes Thomas foto

Hugh Thomas

Paul Preston

(EL PAÍS, España, 15/5/2017) Hugh Thomas nació en 1931 y era el único hijo de un oficial del imperio británico en Ghana. Su tío, sir Shenton Thomas, fue el gobernador de Singapur que rindió la plaza a los invasores japoneses en 1942. Hugh estudió historia, con desigual dedicación, en Queen’s College Cambridge, pero adquirió cierta notoriedad como presidente tory de la Unión de Estudiantes, una sociedad elitista donde se debatían temas de actualidad. Cuando salió de la universidad, inició una vida de soltero cosmopolita en Londres. Le contrataron en la Embajada del Reino Unido en París. Abandonó el puesto antes de tiempo en 1957, declarando que lo hacía por la repugnancia que le producía el papel de los británicos en la crisis del Canal de Suez. Sin embargo, tal vez saltara del barco antes de que le empujaran. Circulaban rumores acerca de unos documentos importantes olvidados sin querer en el metro y/o un romance con la esposa de un ministro francés.

La publicidad generada por su enfrentamiento con el Foreign Office le convirtió en un fichaje atractivo para el Partido Laborista. Se presentó, sin éxito, a las elecciones de 1957-1958 por la circunscripción de Ruislip and Norwood. Su cambio de lealtades se cimentó con la edición de un ataque contra la élite política titulado The Establishment, en 1959. Sin embargo, esto no resolvió su problema de ingresos. Probó a ser novelista, pero The Oxygen Age (1958) no se vendió bien, aunque un libro que fue un fracaso similar, publicado el año anterior, The World’s Game le cambiaría la vida. Aquel libro lo leyó el editor James McGibbon, que le invitó a comer y le dijo que una escena de su novela le había recordado a los voluntarios de la Guerra Civil española. Comentando que el momento estaba maduro para una revisión general de aquella guerra, animó a Hugh a proponer un libro. Aunque no sabía ni palabra de español, Hugh se puso a leer con voracidad y a perseguir sin reparo a innumerables participantes de ambos lados del conflicto, incluyendo al corresponsal de guerra Henry Buckley y al gran experto Herbert Southworth.

Publicado en 1961, The Spanish Civil War se convirtió rápidamente en el libro que había que leer sobre la guerra de España. Los elogios de comentaristas liberales como Cyril Connolly o Michael Foot llevaron a que se lo considerara un clásico en amplios sectores, y llegaría a vender casi un millón de ejemplares. No solo estaba escrito en un estilo colorido y fácil de leer, sino que The Spanish Civil War era el primer intento de dar una visión general y objetiva de una lucha que aún despertaba pasiones a derecha y a izquierda.

Aunque la España de Franco lo prohibió, la traducción, encargada por Ruedo Ibérico, se convirtió en un best seller clandestino. Los propagandistas del dictador nunca habían dejado de proclamar que la guerra había sido una cruzada contra la barbarie comunista. Sin embargo, el impacto de las obras extranjeras escritas por Thomas y Southworth, e introducidas de contrabando a pesar de los esfuerzos de la policía de aduanas, desacreditaban por completo las consignas del régimen.

En respuesta a Thomas y a Southworth, el entonces ministro de información de Franco, Manuel Fraga, montó un centro oficial para los estudios de la Guerra Civil para centralizar la historiografía sobre la cruzada. Era demasiado tarde. El libro tuvo tanto éxito que el propio Franco se veía obligado a responder con frecuencia a afirmaciones hechas por Thomas. El caudillo decía que eran todo mentiras, negando que murieran civiles cuando mandó bombardear Barcelona o que existieran las ejecuciones masivas. La notoriedad del éxito del libro de Thomas estuvo detrás de las colosales ventas que se produjeron tras la muerte del dictador en 1975. Ricardo de la Cierva, presa de la frustración, tildó el libro de “vademécum de papanatas”.

Asegurado ya su futuro financiero, en 1962 Hugh se casó con la bella Vanessa Jebb, hija del embajador en París lord Gladwyn Jebb. Vanessa era la joya del rutilante círculo social que se reunía en su casa de Ladbroke Grove, y tuvieron tres hijos juntos: Iñigo, Isambard e Isabella. En 1966, se convirtió en catedrático de historia de la Universidad de Reading. Era un profesor extraordinariamente entretenido y popular, como pude comprobar como estudiante de máster a partir de 1968. Pero nunca se encontró cómodo con las crecientes exigencias administrativas de la vida académica, y yo le sustituí cuando se tomó un año sabático para concentrarse en su escritura. En esa época fui su ayudante-investigador para la tercera edición de The Spanish Civil War. En 1976, dimitió.

Incluso antes de ir a Reading, Thomas había empezado a investigar para su gigantesca obra Cuba: La lucha por la libertad. Tenía casi 1.700 páginas y quizás por eso no fue un éxito. La larga sección inicial sobre la historia de la isla, que empezaba con la ocupación británica de La Habana, resultó pesada a muchos. Solo cuando llegaba a la revolución castrista lograba el libro alcanzar la confianza de tono y la amplitud de miras de su libro sobre España.

A instancias de su amigo Roy Jenkins, intentó presentarse nuevamente como candidato a unas futuras elecciones por el Partido Laborista y de nuevo fracasó. Por la oposición de un grupo de trotskistas, la directiva laborista de su circunscripción no aceptó su candidatura. A partir de entonces, y tal vez como consecuencia de aquello, declaró públicamente que abandonaba el Partido Laborista y abrazaba la economía de libre mercado thatcherista. Se convirtió en uno de los asesores extraoficiales de la primera ministra, y en presidente de su think tank, el Centro de Estudios Políticos. En línea con su nueva vocación política, cuando An Unfinished History of the World recibió un premio literario del Arts Council por valor de 7.500 libras en abril de 1980 se negó a aceptar el cheque y se justificó explicando que en los últimos capítulos defendía la idea de que “la invención del Estado conduce a la decadencia de la civilización y al derrumbe de las sociedades”.

Después de la derrota de Thatcher en 1990, su relevancia en el Partido Conservador disminuyó, y se mostró cada vez más desilusionado con el enconado euroescepticismo de los suyos. Finalmente, en noviembre de 1997, cruzó el pasillo de la Cámara de los Lores para sentarse en la bancada de los liberaldemócratas. Libre por fin de la política, que nunca le había terminado de satisfacer, regresó a su verdadera profesión, y empezó a escribir una serie de obras grandiosas sobre la España imperial. La rutilante fuerza narrativa de su trabajo sobre España se trasladó primero a The Conquest of Mexico(1993) y luego a The History of the Atlantic Slave Trade 1440-1870 (1997). A estos libros siguió su máximo logro, una trilogía sobre el imperio español que consiste en Rivers of Gold (2003); The Golden Age: The Spanish Empire of Charles V (2010) y World Without End: The Global Empire of Philip II (2014).

La última vez que hablé con él, un par de semanas antes de su muerte, estaba despotricando contra el Brexit.

(Paul Preston es historiador e hispanista.)

Traducción de Eva Cruz

20 de mayo, una fecha por restablecer

Dimas Castellanos, La Habana
(DIARIO DE CUBA, 20/5/2017) El 20 de 1902, a pesar de las limitaciones impuestas por la Enmienda Platt, Cuba se incorporó con personalidad propia al concierto de naciones libres e independientes.
Los antecedentes de las limitaciones databan del siglo XIX:
  1. la notificación de Thomas Jefferson a Inglaterra en 1805: en caso de guerra con España, EEUU se apoderaría de Cuba por necesidades estratégicas
  2. la política de la fruta madura, formulada por John Quincy Adams en 1823: “Cuba, una vez separada de España y rota la conexión artificial que la liga con ella tiene que gravitar necesariamente hacia la Unión Norteamericana”
  3. la Doctrina Monroe: “América para los americanos”, lo que significaba que Europa no podía invadir ni tener colonias en el continente, en 1823
  4. las palabras del presidente Grover Cleveland en 1896: “Cuando se haya demostrado la imposibilidad por parte de España de dominar la insurrección habrá llegado entonces el momento de considerar si nuestras obligaciones a la soberanía de España, han de ceder el paso a otras obligaciones más altas”.
En 1998 se conformó un escenario favorable para las políticas mencionadas. Después de tres años de guerra, España no había podido contener la campaña del ejército independentista y el 15 de febrero de ese año explotó el acorazado Maine en la bahía habanera.
El 25 de marzo el presidente McKinley exigió a España un armisticio con los insurrectos; el 11 abril pidió autorización al Congreso para intervenir en Cuba; el 20 de abril se aprobó la Resolución Conjunta, que autorizaba la intervención pero reconocía que “Cuba era, y de derecho debía ser, libre e independiente”el25 de abril se declaró la guerra y el 16 de julio se rindió la plaza.
El 10 de diciembre España y EEUU firmaron el Tratado de París sin hacer mención a la Resolución Conjunta. Y el 1 de enero de 1899 el general John R. Brook tomó posesión de la Isla.
En julio de 1900 se convocaron las elecciones para designar los delegados a la Convención Constituyente que redactaría la Constitución de la República. El 5 de noviembre, en la apertura, el gobernador militar expresó a los delegados: “Será vuestro deber, en primer término, redactar y adoptar una constitución para Cuba y, una vez terminada esta, formular cuáles deben ser, a vuestro juicio, las relaciones entre Cuba y EEUU”.
El 11 de febrero de 1901 quedó redactado el texto constitucional y al día siguiente se designó la Comisión para formular las relaciones con EEUU, la cual recibió del secretario de la Guerra Eliu Root las instrucciones a tener en cuenta. La Comisión las consideró inaceptables porque vulneraban la independencia y la soberanía de Cuba y el 27 de febrero entregó el informe a las autoridades norteamericanas. El 2 de marzo el gobernador militar emitió una nota rechazando la decisión cubana.
En una nueva ronda de discusiones se aprobaron las instrucciones: 15 votos contra 14, pero con objeciones, cada una de las cuales —como apunta Emilio Roig de Leuchsenring en su Historia de la Enmienda Platt— tenía el valor y la significación de una protesta. La decisión se entregó el 5 de junio y también fue rechazada.
De forma paralela a estos hechos, el Senado estadounidense aprobó un proyecto de ley presentado por el senador Orville H. Platt, cuyo texto contenía las instrucciones que el secretario de Guerra había hecho llegar a la Comisión. Entonces, la Enmienda Platt convertida en ley se entregó a los delegados con una nota que decía: “siendo un estatuto acordado por el Poder Legislativo, el presidente de EEUU está obligado a ejecutarlo y ejecutarlo tal como es como condición para cesar la ocupación militar”. Y agregaba: “No puede cambiarlo ni modificarlo, añadirle o quitarle”.
Entonces, sin debate, se aprobó la Enmienda Platt: 16 votos contra 11, la cual refrendó el derecho de EEUU a intervenir en Cuba, omitió la Isla de Pinos del territorio nacional e impuso la venta o arrendamiento de tierras para bases navales.
Rechazarla, con el país ocupado, el Ejército Libertador desmovilizado, el Partido Revolucionario Cubano disuelto, la nación sin cristalizar, la economía sumida en la ruina y el pueblo agotado y hambriento, implicaba la ocupación indefinida y en consecuencia el reinicio de la guerra.
Con la Constitución de 1901 la historia constitucional de los derechos civiles y políticos tomó cuerpo en Cuba. En las primeras elecciones resultó electo por el voto popular Tomás Estrada Palma, quien había sido presidente de la República en Armas.
El 20 de mayo de 1902, Máximo Gómez con varios generales del Ejército Libertador, Leonard Wood con su estado mayor, y el presidente electo con su consejo de secretarios, se reunieron en el salón de recepciones del Palacio de los Capitanes Generales para la ceremonia de traspaso de poder del Gobierno interventor al Gobierno cubano. En ese momento la República en Armas, que emergió el 10 de abril de 1869 con la Constitución de Guáimaro, desembocó en la República de Cuba con la Constitución de 1901.
En el acto el gobernador Wood leyó un mensaje del presidente de EEUU, pronunció una breves palabras y ordenó que se izara la bandera cubana en la azotea del Palacio de los Capitanes Generales, devenido Palacio Presidencial. El generalísimo Máximo Gómez procedió al izaje y ebrio de emoción exclamó: “¡Creo que hemos llegado!”. Seguidamente, el general Emilio Núñez, gobernador de La Habana, junto al vigía del Morro, la izó en esa fortaleza.
Todo el país celebró la fiesta. En La Habana se desarrolló en el Palacio de los Capitanes Generales y en la explanada del Morro. Por la noche, veladas culturales y fuegos artificiales. La fecha se incorporó al panteón de efemérides nacionales. El 20 de mayo pasó a ocupar un lugar junto al 10 de octubre, al 24 de febrero, al 28 de enero y al 7 de diciembre.
A pesar de la independencia incompleta y la soberanía limitada, se retiraron los ocupantes y se le cerró el paso a la anexión. Se recobró la soberanía sobre Isla de Pinos. En menos de 20 años Cuba salió de la postración económica. Se inició la modernización tecnológica y científica. Se abrogó la Enmienda Platt en 1934. Se dictó en 1937 la legislación laboral más avanzada que Cuba ha tenido hasta hoy. Se redactó y se puso en vigor la avanzada Constitución de 1940, que sirvió al Dr. Fidel Castro para fundamentar su defensa en el juicio por el asalto al cuartel Moncada.
Esa fecha dejó de celebrarse a partir de 1963. A la misma se le atribuyeron todos los males de la nación, se despojó de su simbolismo y se intentó borrar de la historia. Por ejemplo, el historiador Rolando Rodríguez, ha planteado que “el 20 de mayo no podía recordarse como el día de surgimiento de la República porque ella había comenzado en Guáimaro el 10 de abril de 1869…. Es ahí donde está el origen de la República cubana”.
Guáimaro fue el momento en que se inició el proceso que el 20 de mayo de 1902 devino realidad la república real, no la soñada. Si desde esas condiciones no hemos sido capaces ni antes ni después de 1959 de avanzar gradualmente hacia la república martiana —igualdad de derecho de todo el nacido en Cuba, espacio de libertad para la expresión del pensamiento y economía diversificada en manos de muchos pequeños propietarios—, no es responsabilidad del 20 de mayo de 1902 ni de la Convención Constituyente, sino de las generaciones posteriores incluyendo la presente. Reivindiquemos, pues, el 20 de mayo, con los principios de la república martiana.