El diario irregular de Paul Léautaud

Christopher Domínguez Michael
(LETRAS LIBRES, México, 12/8/2015)  Exagerando, puede decirse que toda la vida y la obra de Paul Léautaud (1872-1956) proviene de unos párrafos de Stendhal, su escritor favorito, incluidos en el capítulo iii de su autobiografía simulada, la Vida de Henry Brulard, publicada póstumamente en 1890:
Deseaba cubrir de besos a mi madre y que no estuviera vestida. Ella me quería con pasión y me besaba a menudo; yo le devolvía sus besos con tal fuego que ella se veía obligada a marcharse. Yo aborrecía a mi padre cuando venía a interrumpir nuestros besos, que yo quería darle siempre en el cuello –dígnese el lector recordar que murió, de parto, cuando yo tenía siete años.
Era entrada en carnes, muy lozana, muy bonita, solo que no bastante alta, creo. Tenía una nobleza y una perfecta serenidad de rasgos; muy vivaz, y muchas veces prefería hacer ella misma las cosas antes de mandar a sus tres sirvientes, y leía con frecuencia en el original La divina comedia de Dante, de la cual encontré yo más tarde cinco o seis volúmenes de ediciones diferentes en sus habitaciones, cerradas después de su muerte.
Murió en la flor de la juventud y de la belleza en 1790, a los veintiocho o treinta años.
Aquí empieza mi vida moral.1
Esta confesión stendhaliana, por cierto, uno de los pocos documentos occidentales que avalan la extraña teoría del doctor Freud sobre el complejo de Edipo, logró que Léautaud hiciese de su madre ausente –con la que solo convivió una semana en Calais en 1901 pero con la cual mantuvo una apasionada correspondencia– el personaje central de sus sorprendentes evocaciones autobiográficas (Petit amiIn memoriam y Amores), publicadas las tres al amanecer del siglo pasado. Pero también esa ausencia presente determinó su relación con sus dos principales amantes: Anne Cayssac, una morena, a quien el escritor llamaba “La Plaga” y la blanquecina Marie Dormoy (fallecida en 1974), la dactilógrafa de su Journal littéraire (1893-1956) de siete mil páginas y su ejecutora testamentaria.
Es difícil hablar de Léautaud sin recurrir a cierto freudismo. Roberto Calasso incurre en él y nos cuenta así la novela familiar del gran diarista:
Léautaud era hijo de padres diferentemente libertinos, que hicieron siempre lo posible, cada uno a su modo, por librarse del hijo. La madre, una fascinante actriz del teatro frívolo, y de vida frivolísima, lo abandonó, con gesto deportivo, tres días después de su nacimiento, y a partir de entonces se convirtió en la “eterna ausente”, que se aparecía al niño en escasísimas y fugaces visiones de corsés desabrochados, pasillos del Folies Bergère, perfumes envolventes, como una amante apresurada, siempre de viaje. El padre, actor de teatro y después apuntador en la Comédie-Française, era un macho maupassantiano y sanguíneo, de mirada cargada de sensualidad, que dirigió sus atenciones a la futura madre de Léautaud mientras se acostaba con la hermana de ella, y que solía salir a la calle con una fusta que enroscaba delicada pero imperiosamente alrededor del cuello de cada mujer que le atraía. Y, según parece, estas lo seguían sin dificultad. Para Léautaud padre, el hijo fue sobre todo un estorbo al que urgía alejar lo más posible de la casa para no estorbar las idas y venidas alrededor de su cama.2
No es extraño así, concluye Calasso, que habiéndose sentido excluido tanto por la Ausencia como por la Presencia, Léautaud se caracterice por “su perpetuo cinismo, su ironía punzante, su antipatía por los sentimientos”.3 Pasó, días y días de su infancia, debajo de la mesa del comedor de su padre, arrimado junto al perro de la familia, observándolo todo, desde entonces y para siempre. Cuando este pobretón secretario de redacción del Mercure de France alcanzó la celebridad en la Francia de la posguerra gracias a las entrevistas radiofónicas que le hizo Robert Mallet en 1951, suena lógico que el escritor dijese que de hecho “nunca abandonó esa vida oculta debajo de la mesa”, como nos recuerda Calasso.4
Yo agregaría que, desde ese escondrijo, Léautaud logró ser un “marginal en el centro” (Monsiváis dixit). Lo supo todo sobre las letras francesas y sobre todos sus personeros y personajes (nunca viajó ni le interesó ninguna otra literatura aunque soñó con instalarse en Londres, ignorante del inglés, por encontrar a ese reino como el último baluarte del individualismo), pues al carecer él mismo de verdadera importancia literaria, a la vez indispensable e invisible, se metía en todas partes. Consciente además de que su única actividad literaria de importancia era escribir ese diario, pese a haber sido, bajo el seudónimo de Maurice Boissard,5 un temido crítico de teatro, Léautaud hizo aparentemente de su diario un híbrido ni privado ni público. No se pretende patológico a la romántica (ya veremos cuán natural es su patología) como Amiel; podría escribirse un paralelo del campo contra la ciudad al anteponer los diarios de Renard (a quien detestaba) y Léautaud; nada tiene su diario de místico o de edificante como los de Paul Claudel o Julien Green, pues Léautaud fue un escritor decididamente ateo, muy en la escuela librepensadora de Anatole France.
Hasta que no se pesó su Journal littéraire, acaso, en su género, la memoria más vasta, junto con las memorias del duque de Saint-Simon, Léautaud fue una figura de tercer orden (tal cual era su propósito). El Diario del peripatético Gide es obra de un escritor famoso y de una conciencia moral, diario que se escribía para publicarse, mientras que el de Léautaud, del cual se publicaron solo algunos fragmentos escogidos a partir de 1940, era una ventana al mundo construida desde la inmovilidad de un memorialista sentimental que se reconocía en los caracteres fuertes e independientes del siglo XVIII y no en las obras de su época (si algún reproche puede hacérsele a Léautaud es que a veces le interesó más la vida literaria que la literatura), una coquetería que fascinó a quienes lo munieron de dinero, afecto y admiración antes de su muerte.
A la distancia, me resultan evidentes las causas políticas del culto tardío a Léautaud. Era uno de esos anarquistas de derechas tan del gusto de la Tercera República, pero no un colaboracionista (fue, dice Alan Pauls, “una suerte de réplica zumbona, indolente e inofensiva”6 de Céline), el antídoto precisado por un público conservador, más literario que filosofante, harto de las querellas existencialistas y de su desenlace fatalmente político. Murió representando a la literatura pura, la cual se remitía a los nombres de Alfred Vallette (director de la casa y protector de Léautaud) y su esposa la novelista Rachilde, Remy de Gourmont, Apollinaire, el primer Valéry… el Mercure de France, la revista más vieja de Francia, cuya importancia fue cediendo a la Nouvelle Revue Française, que tendría, empero, a Léautaud entre sus más ariscos colaboradores. Uno de los episodios más peligrosos en la breve vida de Jacques Rivière, director de la nrf, fue cuando osó sugerirle a Léautaud que morigerase sus ataques contra Jules Romains, uno de los autores de la casa.7
Ardua es la tarea de reseñar el Journal littéraire y no faltó quien desistió teniéndolo todo preparado, como el poeta chileno Armando Uribe.8 Yo me contentaré con reseñar una fascinante rama menor y subsidiaria del diario léautaudiano, el Journal particulier, páginas desprendidas del “diario general”, apartadas del conjunto como homenaje a sus dos amantes, libros dispuestos voluntariamente para su publicación póstuma. Y como no tengo Le Fléau. Journal particulier 1917-1930 (1989), el dedicado a la Cayssac, me dedicaré a la reseña de los consagrados a la Dormoy, escritora con carrera propia y una orgullosa conductora de su propio vehículo, en años en que ese gesto de pericia e independencia era infrecuente en París. Se conservan dos Journals particuliers, los dedicados a 1933 y a 1935, perdido como está el de 1934.9
En el origen de todo está el diario. Dormoy entra en contacto con Léautaud como empleada de la recién fundada biblioteca literaria del coleccionista y modisto Jacques Doucet (1853-1929), la cual, asociada a la Universidad de París, deseaba comprar los originales del Journal littéraire. No pasa demasiado tiempo antes de que Dormoy, antigua amante del crítico André Suarès y de otras notabilidades parisinas, se convierta en el gran amor de Léautaud y en la publicista leal de su obra. Según las memorias inéditas de Dormoy, que supongo está preparando madame Silve, la editora de Journals particuliers, para su publicación, fue Léautaud quien virtualmente la atacó y Marie se sacrificó ante el asco que le producía un hombre desdentado y sucio, que lavaba él mismo (y muy mal) su ropa interior y que había llegado a ser propietario y protector de trescientos gatos y decenas de perros. Sus bestias predilectas dormían en su cama y Marie no compartió el lecho del diarista en Fontenay-aux-Roses, a las afueras de París, hasta que ella no se compró una suerte de sleeping bag que la protegía de la inmundicia.
El de 1933, al menos, no es un diario amoroso ni erótico. Es obsceno sin ser pornográfico. Léautaud no se permite ninguna expresión que lo emparente con Sade. Su francés vernáculo, en cuanto a la descripción genital, es muy pobre. Se conforma con los puntos suspensivos y las abreviaturas. Al principio y durante un buen lapso de la relación, Léautaud compara negativamente a Dormoy con la Cayssac, con la que seguía en relación aunque de manera decreciente. El gusto actual encontrará intolerable la misoginia con la que se refiere a su amante. Le asquea el desinfectante anticonceptivo que ella usa (inútilmente pues más tarde se sabrá imposibilitada para engendrar), la considera peligrosamente enfermiza para un hombre débil de sesenta años como él aunque aprecia sus besos y caricias, su conversación encantadora, su lealtad a toda prueba como dactilógrafa y luego editora (ella misma pasó en limpio no solo el diario general sino el particular y es probable que ciertas lagunas, como sospecha Silve, se deban a la censura de Marie). A sus cuarenta y seis años, Dormoy no renuncia a su mundo ni al resto de sus amantes, educando a Léautaud, quien, amante de Molière más que del remoto Shakespeare, no en pocas ocasiones actúa de Otelo. Para un hombre del siglo XIX como Léautaud, la aparente docilidad de Dormoy acaba siendo civilizatoria y en 1935 tendremos a dos amantes en plenitud, enamorados, taller de penetración anal incluido, orgasmos compartidos ruidosamente festejados. Léautaud dramatiza si ella lo ama o no lo ama, pero, como Stendhal, le da escasa importancia a sus fiascos, a la inevitable y progresiva pérdida de vigor sexual.
Pasado ese año perdido, el Journal particulier de 1935 es más feliz. Es decir, monótono. Ya conocemos a los personajes, sus gustos y sus cochinadas, su creciente afición a la posición 69 (que al principio Léautaud rehusaba por razones morales) pero, sobre todo, porque es la crónica, minuciosa hasta desquiciar por aburrimiento al lector, de una relación de pareja como cualquier otra. Amenazados por la reaparición frecuente de Cayssac, ello le permite a Léautaud exponer teorías inaceptables de por qué los hombres pueden padecer celos retrospectivos y las mujeres no, angustiarse mucho cuando ella llora (y lo hace con frecuencia), burlarse de Willy, el marido de Colette, por requerir de alguna obra libertina bajo la almohada para excitarse o pasearse en automóvil hablando de Chamfort (quien busque literatura debe ir al Journal littéraire, porque aquí la hallará en dosis muy escasas).
Enamorarse era la consecuencia previsible de una vida donde la escritura tenía como centro el amor perdido de una madre. Léautaud sexualiza en ese sentido su relación con la Dormoy y en ello es más atrevido, por cierta inconsciencia, que Georges Bataille, celebrado inmoralista y teólogo pornográfico. El juego, común en la pareja, de orinarse el uno en el otro, más que sexual parece remitir a fantasías no realizadas con Jeanne Forestier, madre del escritor, o a la repetición de juegos inocentes tenidos por Paul con sus nodrizas.
Que Léautaud ame, al fin, tiene algo de teatral. Señala también Pauls que, creado en el melodrama barato del fin de siglo, el diarista llegó a la literatura porque sus padres lo echaron del escenario. Su ganapán fue ser crítico de teatro y siempre parece estar gritando desde una butaca o dando instrucciones tras bambalinas. Lo suyo es la mueca y la voz, concluye el prologuista argentino, y no es casualidad que la fama se la haya traído la radio. Y que Léautaud ame es también ridículo y problemático porque se trata de un misántropo y los misántropos no están hechos para el amor a riesgo de resultar patéticos. O, para decirlo con palabras de André Malraux, este misántropo fue un “idiota moral”. Defensor de los animales que habría firmado la declaración de sus derechos universales en 1978 y hoy sería vegano o al menos afecto a las teorías de Peter Singer sobre la urgencia ética de borrar la frontera entre la humanidad y la animalidad, Léautaud detestaba ortodoxamente a su prójimo semejante.
Quien hizo de su jardín en Fontenay-aux-Roses una necrópolis donde enterró con sus propias manos a sus amadas mascotas y murió privado de casi todas ellas para no condenarlas a la orfandad, quien le dedicó a su gato Milton una de sus obras, fue el típico antisemita francés en cuyo Journal littéraire, en 1947, se dijo “completamente indiferente a esas historias de deportados, de campos alemanes, de vagones de gas, de judíos en sus barcos-jaulas”,10 todo lo cual le parecía una nueva versión del éxodo veterotestamentario. Como Voltaire, Léautaud detestaba a los judíos por haber procreado a los cristianos.
Pero Paul y Marie se amaron y el escabroso Journal particulier termina con una estampa delicada que yo, sin cansarme nunca de leer a Léautaud, me creo obligado a traducir:
Martes 31 de diciembre. Regresando a las siete de la noche, la reja apenas se encuentra cerrada y el barrote exterior no está puesto. Adivino que ella ha venido durante el día. En efecto, en mi despacho, un recado: “Feliz año, feliz año, feliz año. Adoro venir cuando no hay nadie.” Y a un lado, algunas cositas para mi cena.11 ~

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1 Stendhal, Vida de Henry Brulard. Recuerdos de egotismo, prólogo y traducción de Consuelo Berges, Madrid, Alianza Editorial, 1975, p. 43.

2 Roberto Calasso, Los cuarenta y nueve escalones, traducción de Joaquín Jordá, Barcelona, Anagrama, 1994, p. 253.

3 Ibídem.

4 Ibídem.

5 Paul Léautaud, Le théâtre de Maurice Boissard (1907-1923), París, Gallimard, 1926.

6 Alan Pauls, prólogo a Léautaud, In memoriam y Amores, traducción de Esteban Riambau Saurí, Santiago de Chile, Ediciones Universidad Diego Portales, 2012, p. 15.

7 Martine Sagaert, Paul Léautaud. Biographie, prólogo de Philippe Delerm, París, Le Castor Astral, 2006, p. 78.

8 Armando Uribe, Pound y Léautaud. Ensayos y versiones, Santiago de Chile, Ediciones Universidad Diego Portales, 2009. Yo mismo reseñé ese libro en Letras Libres de abril de 2014: http://letraslib.re/1Jgc9El

9 Léautaud, Journal particulier 1933, edición de Édith Silve, París, Mercure de France, 1986; Journal particulier 1935, edición de É. Silve, París, Mercure de France, 2012. [Existe una versión en español del primero: Diario personal, Barcelona, Seix Barral, 2000.]

10 Léautaud, Journal littéraire, selección de Pascal Pia y Maurice Guyot con prefacio de Pierre Perret, París, Mercure de France, 1998, p. v.

11 Léautaud, Journal particulier 1935, op. cit., p. 289.

Cuentos del Sol, buen regalo de Navidad para los más pequeños

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Hace unos días se presentó, en la Salón de Grados de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, la bella edición (parte de ella en español e inglés y otra parte en español y francés) de unos cuentos para niños de los escritores canarios Sandra Franco Álvarez y Daniel Martín Castellano. El libro se titula WI, palabra con la cual los indios Sioux nombran el Sol, que es el protagonista de estos simpáticos e ilustrativos relatos. El libro, con graciosos dibujos en colores de la ilustradora María Arencibia Pérez, ha sido premiado por la Fundación Mapfre Guanarteme y editado por el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Las Palmas en la Colección Cuentos Solidarios. Las traducciones al inglés y francés se deben, respectivamente, a las profesoras Margarita Esther Sánchez Cuervo y Patricia Pérez López. Los beneficios que produzca la venta de este libro serán donados, por decisión de los autores, a Cáritas Diocesana de Canarias.

Alberti distraído

Un día como hoy, hace 114 años, nació el poeta Rafael Alberti en el Puerto de Santa María, España.

 Manuel Díaz Martínez

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 Alberti y yo en Cádiz. 1990.

Fue Fernando Quiñones quien me llevó, una noche de 1987, al piso madrileño de Alberti y me presentó al poeta. Cuando llegamos, Alberti pintaba sentado ante una mesa cubierta de pliegos, tarros de plaka, plumones y pinceles. El viejo no dejó de pintar durante el tiempo que duró la visita: atendía a la conversación mientras elegía colores, mojaba pinceles y hacía trazos lentos y muy calculados sobre una cartulina. A un reclamo suyo, alguien de la casa trajo vasos y una botella de vino. Fernando animaba la tertulia con sus ocurrencias y, en un momento de distracción, Alberti estuvo a punto de beberse –el primer sorbo se lo echó a la boca– el agua negra de enjuagar los pinceles, habiendo confundido el vaso en que ésta estaba con el del vino que acababan de servirle.

Mi relación con Alberti fue superficial y esporádica. En febrero de 1990 coincidimos en Turín, en un congreso internacional de homenaje a Antonio Machado. Allí, acompañado siempre por el poeta granadino Luis García Montero, tuvo la gentileza de decirme que le había gustado mi ponencia. Meses después, a finales de aquel año, volvimos a estar juntos en otro congreso, éste celebrado en Cádiz y dedicado a la Generación del 27. A este congreso, además de Alberti, asistieron otras tres reliquias del 27: Rosa Chacel, Francisco Ayala y Pepín Bello. Me parece estar viendo a Alberti, con ancha camisa floreada y gorra de capitán de yate, sentado a una mesa del comedor del gaditano hotel Atlántico con el mitológico y simpático Pepín Bello, el más cercano cómplice de Lorca y Dalí en la Residencia de Estudiantes. También lo recuerdo, una noche, avanzando por un pasillo del hotel, enfundado en espléndido terno azul y luciendo una airosa corbata carmesí. “Don Rafael, qué elegante se ha puesto”, le dije, y me respondió muy serio, haciendo un mohín de resignación: “Me han obligado a vestirme así para ir al teatro”.

Alberti llegó a La Habana en febrero de 1991 para recibir, de manos de Fidel Castro, la Orden José Martí. No obstante las declaraciones favorables a la perestroika que en 1990 hice en Italia a las agencias noticiosas Reuter y France Press y por las cuales, en mi ausencia, mi mujer recibió en nuestra casa de La Habana la visita de un quejoso funcionario del comité central del partido, fui invitado por la UNEAC a recibir a Rafael Alberti en el aeropuerto.

El gobierno cubano lo alojó en una casa de protocolo, un coqueto chalet ajardinado en el que había lo que faltaba en la calle, empezando por neveras bien surtidas. Lo llevaron allí –en coche con chofer-policía– para que lo pasara bien en Cuba, aislado de la tenebrosa realidad del país, de la que, al parecer, no se enteró nunca.

El cóctel oficial por la entrega de la Orden se celebró en un salón de protocolo en el faraónico edificio (construido por Batista para los tribunales) que ocupa el comité central del partido. Para ese cóctel recibí una invitación –letras doradas impresas a relieve en cartulina apergaminada– de Fidel Castro.

Si memorable es la pantagruélica epopeya de las comidas y bebidas de Cuba que, en mesa sueca, el Comandante ofreció a sus invitados mientras en la oscura noche de la isla el hambre, como una loca, tocaba a todas las puertas, más memorable aún me parece el entusiasmo épico-fúnebre en que súbitamente ardió el poeta Roberto Fernández Retamar. Momentos antes de pasar al salón comedor, cuando, moviendo grácilmente sus finas manos el Máximo Líder se derramaba en eutrapelias ante Alberti y su mujer, se oyó de pronto la engolada voz de Retamar: “Mira, Fidel, aquí hay dos escritores jóvenes muy valiosos que acaban de ganar premios importantes en el extranjero y que al igual que nosotros están dispuestos a morir en una trinchera por la revolución”. Castro, que miró atónito a Retamar sin dar señal alguna de estar interesado en conocer a esos escritores jóvenes a que se refería el poeta, se volvió hacia los allí reunidos y, alzando los brazos por encima de la cabeza, exclamó con remarcado tono sarcástico: “¡Pero oigan a Retamar, ahora resulta que Retamar está apocalíptico!” “Es verdad, Fidel, ellos están dispuestos a morir como nosotros”, insistió, anafórico, el poeta. Y Fidel, sin bajar los brazos y paseando su mirada burlona sobre todos, volvió a exclamar: “¡Pero quién le ha dicho a Retamar que nos queremos morir! ¡Está apocalíptico!” La novelista Mary Cruz, que estaba a mi lado, me susurró, incrédula: “Díaz Martínez, ¿usted está viendo y oyendo lo mismo que yo?”

Meses después, en México, don Rafael afirmó en una entrevista que él detestaba la muerte y que le gustaría que la gente se muriese hablando. Al leer estas palabras, pensé, hundido en la desolación: en Cuba, sólo una persona morirá como le gusta a Alberti y las demás moriremos oyendo.

En lo que a la Cuba actual se refiere, Alberti murió sordo y ciego, aunque no mudo. No quiso renunciar a la ilusión de que en la bulliciosa patria de su amigo y correligionario Nicolás Guillén se estaban haciendo realidad sus sueños de eterno militante comunista. Dominado por esa fantasía, don Rafael sí que se bebió, creyendo que era vino, el agua negra de los pinceles.

(2007)

Presentación de “Cantos y Cuentos” en Gran Canaria

cantos-y-cuentos-portadaCANTOS Y CUENTOS, mi último libro, será presentado el martes 27 del presente mes, a las 20:00h, en la librería Canaima (C/ Senador Castillo Olivares, 7, Las Palmas de Gran Canaria). La presentación estará a cargo de la escritora y periodista Belkys Rodríguez Blanco. En CANTOS Y CUENTOS, publicado en la Serie Biblioteca Cubana, de la Editorial Verbum, reúno poemas y relatos escritos a lo largo de varios años, algunos inéditos y otros aparecidos en revistas y antologías colectivas.

Los vericuetos del arte confiscado en Cuba

julio-lobo-casa-y-cuadroFidel Castro y los suyos se dieron prisa con las expropiaciones (Alejandro Ernesto / EFE)

La muerte de Fidel Castro alienta las expectativas de restitución de obras de arte expropiadas en la revolución

 Fernando García
(LA VANGUARDIA, Barcelona, 6/12/2016) A quién pertenecen estas obras de arte? ¿Quiénes son los legítimos propietarios de la treintena de Sorolla exhibidos en el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, cuatro de ellos prestados ahora mismo a una exposición en la casa museo del pintor en Madrid? ¿Y las alrededor de 30.000 piezas de esa misma pinacoteca habanera procedentes de confiscaciones de los primeros años sesenta, a quién pertenecen? ¿Y qué decir del Museo Napoleónico de Lcon sus 7.400 objetos entre obras de arte, muebles, libros, armas, documentos y prendas del emperador francés y de personalidades de su entorno? La respuesta no es fácil en ningún caso.
Fidel Castro y los suyos se dieron prisa con las expropiaciones. Ya el 3 de enero de 1959, dos días después del triunfo de la revolución, los insurgentes crearon un primer Gobierno Revolucionario que incluía un Ministerio de Recuperación de Bienes Malversados. Su titular era Faustino Pérez, uno de los expedicionarios del yate Granma y primeros combatientes en la S ierra Maestra. Él y su equipo se pusieron manos a la obra de inmediato en una vasta operación de nacionalizaciones que en los años siguientes se articuló de manera más organizada a partir de una batería de leyes; entre ellas la n.º 989 de 1961, que estableció la confiscación de las “propiedades abandonadas” por quienes habían dejado el país de manera más o menos forzosa para irse al exilio. Esa norma, derogada en el 2012, fue la que amparó el mayor número de enajenaciones, desde las emprendidas contra los empresarios más ricos y cercanos al dictador Fulgencio Batista hasta otras muchas contra decenas de propietarios de clase media alta. Hubo de todo.
El 11 de octubre de 1960, Ernesto Che Guevara citó en su oficina del Banco Central de Cuba al magnate Julio Lobo, quien hasta quedar desposeído de su fortuna había sido el hombre más rico y con la colección de arte más importante de la isla. Para su sorpresa, en aquella reunión el Che le ofreció dirigir la industria azucarera del país, antes suya en gran parte y ahora del país. “Usted es comunista y yo soy un capitalista de toda la vida. No puede ser”, rechazó Lobo. Al día siguiente, al ir a su despacho para recoger todo lo que pudiera antes de abandonar Cuba, el soldado que estaba apostado a la puerta le dijo: “Ahora le tenemos donde queríamos. ¡Está usted en pelotas! Y él replicó: “Nací en pelotas, moriré en pelotas y algunos de los mejores momentos de mi vida los pasé en pelotas”.
Entre los objetos de la colección que el empresario había dejado tras de sí después de largos años de pasión algo más que fetichista, pues era hombre culto, había porcelanas de Sèvres, pinturas de Regnault, bronces de Thomire y un par de pistolas de Napoleón. Todo lo cual el régimen reubicó en el antiguo palacio de estilo renacentista del militar y diplomático del Gobierno de Machado, Orester Ferrara.
Parecido destino corrieron los patrimonios de los hermanos José y Alfonso Fanjul, emperadores asimismo del azúcar, y de la familia política del segundo, los Gómez-Mena. En las paredes de sus mansiones quedaron, al salir ellos de Cuba, cuadros de G oya, Murillo, Caravaggio, Boucher, Lebrun y numerosos Sorolla. Detrás de una pared falsa de la imponente casa de María Lui sa Gómez-Mena Vila, condesa de Revilla de Camargo y tía de la esposa de Fonsy , sus nuevos guardianes hallaron valiosas joyas y piezas de platería. Los hombres de Castro plantearon ése y otros hallazgos similares como el desmantelamiento de un complot en el que al pecado de acumular riqueza se añadía la vileza de ocultarlo tras la huida. “En cajas de zapatos con decenas de miles de pesos, en vasijas enterradas llenas de joyas preciosas, en paredes tapiadas o closets encubiertos, los malversadores que dejaron el país pretendieron esconder lo que habían robado al pueblo. Lo ocultaron con la esperanza de regresar algún día a Cuba y rescatar esa riqueza. Hubo también obras de arte que pasaron al patrimonio nacional y ahora forman parte de las colecciones que se exhiben en los museos para disfrute y cultura del pueblo”, reza todavía hoy la información oficial al respecto.
Algo conservaron las Gómez-Mena al dejar la isla. Incluido el pánico a perderlo todo. El diseñador francés Herbert de Givenchy lo recordaría muchos años después, entre divertido y malicioso, en entrevista con Vanity Fair: “La condesa (probablemente sobrina de la citada y heredera de su título) siempre venía al atelier con dos mucamas que traían bolsas de plástico llenas de algo pesadísimo. Nos preguntábamos qué demonios llevarían ahí. Y un día nos enteramos de que eran kilos y kilos de zafiros, rubíes, esmeraldas y diamantes. ¡La señora iba con sus joyas a todas partes porque tenía miedo de que se las robaran!”.
La casa de la condesa de Revilla, tras cuyos muros se hallaron aun en 2003 cinco cuadros del siglo XVIII francés, fue convertida en Museo de Artes Decorativas. En él puede verse hoy, también, una parte del legado de Óscar B. Cintas, otro magnate del azúcar además de exembajador de Cuba en las Naciones Unidas, quien había fallecido en 1957 dejando encargada la administración de sus posesiones al Chase Manhattan Bank, con la orden de crear una fundación para becar artistas cubanos. Goya, Velázquez, Murillo, Rembrandt, el Greco y Sorolla son algunos pintores de los que Cintas poseyó una o más obras. Parte de ellas pasaron al Bellas Artes de La Habana y parte se quedaron en Nueva York, donde él pasaba tanto tiempo como en la capital cubana.
Dos Sorolla del legado Cintas dieron lugar a uno de los más sonados litigios entre antiguos propietarios de obras confiscadas por la revolución, o sus representantes –en este caso la Fundación Cintas–, y coleccionistas o subastadoras que, como Sotheby’s en este episodio, participaron en compraventas de pinturas expropiadas en la isla. La misma casa de subastas intervino en la colocación del cuadro Puerto de Málaga, de Sorolla, que había pertenecido a los Fanjul y el Bellas Artes vendió dentro de un lote de cuatro pinturas del valenciano. Tales operaciones, desarrolladas en los años 80 y 90, dieron lugar a ríos de tinta y alguna sorpresa judicial. Pues tanto la Fundación Cintas como los Fanjul encajaron derrotas en tribunales que denegaron sus reclamaciones frente a Sotheby’s. Los demandantes apelarían a la polémica ley Helms Burton, que castiga el comercio con bienes nacionalizados por el Gobierno castrista. Pero se cree que al mismo tiempo iniciaron conversaciones que mantuvieron bajo el mayor de los sigilos.
Porque la vida da vueltas y los negocios son los negocios. Así, hoy, Alfonso Fanjul, gigante del azúcar en Estados Unidos con gran influencia política y amigo del rey Juan Carlos, alienta el proceso de diálogo iniciado por Barack Obama y Raúl Castro y no descarta invertir en la isla.
Los anticastristras más acérrimos incluyen la nacionalización de la colección Lobo como parte del “expolio” o el “saqueo” cubano, pero una de sus hijas, María Luisa, ha mantenido un cordial diálogo con La Habana, y tanto el embajador de Francia como la viuda del último príncipe Napoleón, Alix Foresta, asistieron en 2011 a la reinauguración del museo dedicado al emperador. Todos amigos.
En otros casos menos célebres pero numerosos, la dispersión de piezas vendidas o robadas y luego a menudo subastadas complica no sólo su recuperación sino, para empezar, su localización y acreditación de su propiedad. El cambio de manos empezó a menudo cuando los empleados o familiares que los exiliados había dejado a cargo de sus pertenencias se vieron empujados, muchas veces por necesidad, a ofrecerlas al mejor postor.
Pleitos y procedimientos de demanda hay abiertos no obstante. Y cada vez más desde que en diciembre de 2014 Obama y Castro sellaron el deshielo. No tanto en el ámbito de los bienes culturales como en el de los bienes raíces. Tal como sostiene Isabel Cabarrocas, de la Compañía de Recuperaciones Patrimoniales 1898, radicada en Barcelona y que representa a 250 familias con reclamaciones por casi 1.800 millones de euros, el camino idóneo para la restitución o la obtención de compensaciones es la negociación.
Pero los pactos o resoluciones que puedan resarcir a los afectados tardarán todavía años. Llegarán, si llegan, al ritmo de Cuba.

El luto de Fidel Castro por la muerte de Franco

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Pedro Fernández Barbadillo
(LIBERTAD DIGITAL, España, 1/9/2015) Ahora que el presidente EEUU, Barack Obama, ha anunciado el levantamiento del embargo comercial a Cuba, resulta curioso recordar que la España franquista jamás participó en las sanciones al primer régimen comunista establecido en el hemisferio occidental.
Una vez tomado el poder por los barbudos, en enero de 1959, un año después, el 20 en enero de 1960, se produjo un incidente célebre. Fidel Castro, entonces primer ministro, aparecía en un programa de la televisión y acusó a la embajada de España de amparar actividades “contrarrevolucionarias” y a los conventos de religiosos españoles de ocultar armas. El embajador, el donostiarra Juan Pablo de Lojendio, estaba viendo el programa ya acostado, pero en cuanto escuchó las acusaciones contra él y el régimen que representaba se hizo llevar a los estudios de televisión. Allí trató de intervenir en directo para refutar las mentiras de Castro.
Según el relato de Enrique Trueba, antiguo presidente del Centro Cubano de España, publicado por Juan Jesús Aznárez (El País, 26-7-1990),
Lojendio dijo al moderador: “Un momento, por favor. Vengo a rebatir las acusaciones que se hacen contra la embajada de España”. El moderador le indicó que tenía que pedir permiso al primer ministro, Fidel Castro, a lo que contestó Lojendio. “Esto es una democracia, y el señor moderador es el que dirige”. En ese momento se levantó Castro y exclamó, fuera de sí: “¡Me va a hablar de democracia el embajador de la mayor dictadura de Europa!”. Entonces quitaron la imagen, pero no el sonido, y se escucharon innumerables insultos.
Los guardaespaldas de Castro y varios periodistas de la televisión rodearon a Lojendio. Al día siguiente, el régimen cubano le dio veinticuatro horas para abandonar Cuba.
“No romper con Cuba”
Marcelino Oreja (v. su Memoria y esperanza. Relatos de una vida), que entonces estaba destinado en el gabinete del ministro de Asuntos Exteriores, recibió la noticia de madrugada y se trasladó al domicilio de su jefe para comunicársela. Éste, que era otro vasco, el bilbaíno Fernando María Castilla, telefoneó a Franco.
El general le escuchó pacientemente, y al final, sin ningún otro comentario, se limitó a decir a Castiella: “No romper con Cuba. Le veré esta tarde en el Consejo de Ministros”. Y colgó.
El periodista Aznárez añadió en su reportaje que Franco “nunca premió al impetuoso embajador ni su estrafalaria defensa de los intereses españoles”. Sin embargo, la verdad histórica prueba que en esa misma década Lojendio desempeñó las embajadas de Suiza, Italia y la Santa Sede.
En los años siguientes, las relaciones entre ambos países se mantuvieron al nivel de primer secretario de embajada, pero Madrid no rompió las relaciones comerciales con La Habana, pese a las presiones de EEUU y pese a las confiscaciones que sufrió la colonia española.
El aumento del comercio bilateral condujo a la renovación en 1971 del acuerdo comercial que se había firmado en 1959, instaurado ya el castrismo. Además, en 1975, regresaron los respectivos embajadores.
Con motivo de la muerte de Franco, Castro decretó tres días de luto, que trató que pasasen inadvertidos, pero un periodista de la agencia EFE, Francisco Rubiales, dio la noticia.
Al amanecer del día 21 suena el teléfono y es el embajador de España, Enrique Suárez de Puga, que me comunica la noticia: “Paco: Cuba decreta tres días de duelo oficial por la muerte de Franco”. “No me lo creo, embajador; debe ser una broma”. “Estoy hablando en serio. Tengo aquí delante el decreto oficial, firmado por el presidente Oswaldo Dorticós”. “Lo siento, embajador, pero tengo que verlo con mis propios ojos”. “Vente para la embajada”.
Regresé a mi casa y envié la noticia URGENTE a EFE, que la rebotó de inmediato por todos sus canales. Días después pude poner en pie toda la historia: Cuba decretó duelo oficial, pero quiso mantener esa comunicación en niveles privados para quedar bien con España y, al mismo tiempo, evitar un escándalo internacional. Nadie había previsto que un periodista lanzara la noticia.
Elogios del Comandante al Caudillo
En septiembre de 1978, Adolfo Suárez, presidente del Gobierno español, realizó una gira a Venezuela y Cuba. La escala en Cuba era la más destacada, porque la dictadura comunista, implicada en terrorismo y agresiones militares, estaba sometida a un aislamiento diplomático por parte del mundo libre.
Inocencio Arias (Los presidentes y la diplomacia) revela que Fidel Castro, en una rueda de prensa en la que se coló, porque estaba reservada sólo para Suárez,
hizo en un encendido elogio del anterior jefe del Estado español que, entonó, había resistido las presiones del imperialismo yanqui para cortar los contactos con Cuba. Franco se negó a eliminar los vuelos de Iberia y pocos años antes había firmado un voluminoso contrato de compra de azúcar con La Habana.
Los periodistas españoles se quedaron pasmados, tanto que ninguno de los grandes periódicos, ABCEl País o La Vanguardia, recogió la anécdota.
Incluso Marcelino Oreja, que acompañó a Suárez en ese viaje como ministro de Asuntos Exteriores, disimula en sus memorias las palabras de Castro y elimina la molesta mención al innombrable Franco.
Encomió el proceso político seguido por nuestro país y el esfuerzo del rey de España y el presidente Suárez, y mostró su reconocimiento por nuestra solidaridad cuando España se resistió a las presiones de Estados Unidos y no aceptó el bloqueo (sic), a pesar de las diferencias políticas entre los dos países.
Unos años más tarde, en un libro publicado en 2006 (Fidel Castro. Una biografía a dos voces), repitió los elogios a Franco.
Fue una actitud meritoria, que merece nuestro respeto e incluso merece, en ese punto, nuestro agradecimiento. No quiso ceder a la presión norteamericana. Actuó con testarudez gallega. No rompió relaciones con Cuba. Su actitud fue firmísima.
La actitud de Franco respecto a Cuba se suele atribuir a varias razones. Una fue la aplicación estricta de la Doctrina Estrada en Derecho Internacional y que se resume en que los Estados mantienen relaciones entre sí con independencia de los Gobiernos. El régimen del 18 de Julio reclamaba para sí esa doctrina. Otra, que España, uno de cuyos pilares en política internacional era la comunidad hispanoamericana, no podía romper con uno de esos miembros, pasase lo que pasase. Y la tercera, que Madrid quería evitar que Cuba se convirtiese en un centro de actividades antifranquistas, como ya lo eran México, que reconocía al decrépito Gobierno republicano y no mantenía relaciones diplomáticas con España, y Venezuela.
Paradojas de la política, el lenguaraz Fidel Castro, del que no sabemos si sigue vivo, suele cambiar los elogios por insultos y viceversa en función de su humor, de su audiencia y de sus intereses. En el último libro citado, insultó a José María Aznar tildándole de “franquista”, “reaccionario” y “heredero del fascismo”. ¿No habíamos quedado en que Franco había sido amigo de Cuba?
Peor fue el chorreo que le cayó a Felipe González, al que Fidel atribuyó haber contribuido a hundir la URSS:
Los primeros consejeros de Gorbachov fueron la gente de Felipe. (…) Yo hacía rato que me sabía de memoria que Felipe no tenía nada de socialista, en absoluto. Y Felipe feliz, estaba mandando a su gente a asesorar allá a Gorbachov.

Entrevista a MDM en La Provincia

MANUEL DÍAZ MARTÍNEZ: “ME TEMO QUE LA MUERTE DE FIDEL CASTRO NO CAMBIARÁ NADA EN CUBA”

mdm-foto-la-provincia-entrevistaManuel Díaz Martínez (Santa Clara, Cuba, 1936) tuvo que dejar su tierra y venir a Canarias hace casi 25 años, tras cuestionar al gobierno de Castro como firmante de la Carta de los Diez. Cree que la muerte de Fidel no traerá ningún cambio.

Cira Morote Medina

LA PROVINCIA, Las Palmas de Gran Canaria, 27/11/2016

¿Qué sintió en el momento en el que supo que había fallecido Fidel Castro?

Ni tristeza ni alegría, porque este hombre ha estado tanto tiempo haciéndonos daño, que el hecho de que se muera ahora no creo que vaya a cambiar nada en Cuba. En realidad hace diez años que estaba fuera de combate, y en el plano personal de los cubanos que nos sentimos agraviados por él, lo mismo da que siga existiendo como que no. No me alegro de la muerte de nadie, pero eso no es un castigo, es un hecho natural, lo que me hubiera gustado es sentarlo ante un tribunal.

¿Llegó a conocerlo?

Sí, cuando se le otorgó en Cuba la Medalla José Martí a Rafael Alberti. Yo era muy amigo del poeta y cuando llegó a Cuba yo ya estaba vetado, pero él preguntó por mí, y me invitaron al Palacio de la Revolución. Allí, sentado, conversando con Alberti, llegó Fidel y Alberti fue quien nos presentó. “¿Usted conoce al poeta?”, le dijo. Y él contestó: “No, no tengo el gusto”. Entonces Rafael le explicó que yo era un poeta cubano. Fidel me preguntó mi nombre y entonces me dijo: “Ah, sí, tu nombre me suena. Has escrito cosas en el Granma”. Tenía una memoria prodigiosa, me dio la mano y eso fue todo.

¿Tuvo la oportunidad de decirle lo que pensaba de su forma de gobernar?

No, no tuve esa oportunidad.

¿Y le hubiera gustado?

Pues sí, me hubiera gustado mucho podérselo decir.

¿Cómo lo definiría?

Como un hombre muy inteligente y muy inescrupuloso. Esas dos cosas unidas son terribles, como dos armas de fuego que se juntan. Fue un hombre muy ambicioso y narcisista. En una entrevista que me hicieron para un periódico latinoamericano me hicieron la misma pregunta y contesté: “Es el actor más grande del siglo XX”. Era un animal político, lo que le interesaba era vencer, siempre vencer a sus enemigos.

En un primer momento usted creyó en la Revolución. ¿Dejó de hacerlo cuando firmó la Carta de los Diez o antes? ¿Y cuáles fueron las razones de esa decepción?

Fueron muchas las razones. Evaluaba las cosas que no me gustaban, pero siempre confié. Me decía, es un hecho humano, se cometen errores, pero se puede mejorar. Daba un plazo para que se solucionaran las cosas, pero sucedieron hechos muy desagradables que me hicieron comprender que no había nada que hacer. Lo peor que hizo Castro con Cuba y Latinoamérica fue traicionar una revolución en la que muchos millones de hombres confiamos, al convertirla en algo diferente de lo que decía. Fue una decepción muy grande.

¿Por la falta de libertad de expresión?

Por ahí se empieza, eso hace imposible expresar un pensamiento útil para que no se cometan errores. Las críticas eran recibidas por Fidel como ataques a la Revolución. No entendía que se podía disentir desde dentro y a favor. Privó a los cubanos de la iniciativa personal y el pensamiento propio. Si usted priva a todo un pueblo de la iniciativa personal y la posibilidad de emitir opiniones está desarmando a todo un pueblo. Por muy brillante que sea una persona, no puede sustituir la mente de millones de personas. Para ser revolucionario a sus ojos había que ser un criado de él.

¿Cuándo decide irse? ¿Recuerda ese momento exacto?

Sí, cuando firmé la Declaración de Intelectuales Cubanos/Carta de los Diez. Nos dirigíamos al gobierno para pedir medidas que evitaran lo que se nos venía encima, que era el Período Especial, cuando desapareció la Unión Soviética. Pasando por encima de la costumbre de ver toda crítica a la Revolución como un ataque, decidimos hacer ese documento donde pedíamos la libertad de los presos políticos, la creación de un diálogo nacional, pensaran como pensaran los actores, medidas económicas, etcétera. Nos reprimieron y todos tuvimos que ir saliendo. A mí me dieron 48 horas para abandonar el país.

¿Por qué eligió España?

Porque aquí tenía muchos amigos, entre ellos Diego Talavera [periodista y exdirector de LA PROVINCIA], que me llamaban para ver si estaba bien. Además, era mi idioma y mi cultura.

¿Cuba hubiera sido la misma sin el bloqueo norteamericano?

No hubieran sido las cosas como fueron sin el bloqueo, porque hizo alguna mella en la economía cubana, pero no fue decisivo, no fue lo que provocó el descalabro. Cuando el bloqueo existía estaba la ayuda soviética, que era de cinco mil millones de dólares anuales. Por otro lado, Cuba podía comerciar con el resto del mundo y de hecho lo hacía. Además, los Estados Unidos nunca incluyeron la venta de alimentos y medicinas en el bloqueo, sólo que imponía que tenía que hacerse la transacción pagando en efectivo y por antelación.

Se dice que la educación y la sanidad en Cuba son lo más positivo de la Revolución.

La enseñanza es buena, es cierto, y la Medicina en Cuba lo es y lo era desde mucho antes, desde el siglo XIX. Los médicos cubanos siempre han sido buenos y eso permanece.

¿Qué le parece el aperturismo que ha iniciado Raúl Castro?

Podría ser bueno si existiera la voluntad política, pero lo cierto es que después del restablecimiento de las relaciones con Estados Unidos la represión y la emigración han crecido en Cuba.

¿Por qué?

La represión para evitar que los descontentos puedan reorganizarse para resistir al régimen, aprovechando la situación de buenas relaciones con Estados Unidos.

¿Cómo haría una transición hacia un sistema democrático?

Abriendo gradualmente la economía, permitiendo la prensa libre y la formación de partidos políticos.

¿Y con reconciliación nacional?

Debe haber generosidad y sentido común para no prolongar el enfrentamiento violento e irracional. Pero los que hayan cometido delitos de sangre, deben ser juzgados.

¿Quiere volver a Cuba?

No, la muerte de Fidel, si tiene resultados, no los veo todavía. Todo queda ahora en manos de los mismos, que se están configurando como una monarquía hereditaria. Raúl está formando a su hijo para gobernar. Es una casta familiar, que dará paso a una casta militar, que ya está dominando la economía. Poco a poco se transformará en un régimen de capitalismo de Estado, como China y como la Italia de Mussolini, salvo que los dioses nos protejan.