Llamado de “Patria y Vida” por la libertad de Cuba

Los artistas de Patria y Vida han sido secuestrados, desaparecidos y procesados por el Estado Cubano

Convocamos con este manifiesto a todos los cubanos en el mundo al llamado de Patria y Vida, por la libertad de Cuba

El terror de los meses de abril y mayo en Cuba, han estado marcados por la represión y el acoso de la Seguridad del Estado a artistas, activistas y periodistas independientes. A raíz de la popularidad de la canción Patria y Vida creció el asedio del gobierno sobre Luis Manuel Otero Alcántara y Maykel (Osorbo) Castillo Pérez, fundamentalmente. Cercos policiales, detenciones arbitrarias, mujeres abusadas y golpeadas por policías, y funcionarios públicos, cámaras de vigilancia instaladas por empresas del gobierno frente a las viviendas de activistas, además de la cancelación de líneas telefónicas y la señal de internet, impidiendo la comunicación y denuncia de las atrocidades de la dictadura.

Los agresivos discursos del Presidente y de otras autoridades del Gobierno Cubano durante el 8vo Congreso del PCC, generaron un clima de violencia y represión similar al de la llamada Primavera Negra, en 2003. De manera inmediata encarcelaron a activistas en varias partes del país y allanaron la vivienda de Luis Manuel Otero Alcántara, líder del Movimiento San Isidro, destruyendo sus obras y llevándoselo preso a él y a sus amigos. Ante esta acción violenta el artista comenzó una huelga de hambre y sed que se extendió por siete días, lo que provocó un nuevo allanamiento de su casa en la madrugada del 2 de mayo, como ya hicieran el 26 de noviembre de 2020. Fue sacado en contra de su voluntad, y secuestrado en el Hospital Calixto García, donde todavía se encuentra, incomunicado y aislado. Se estableció un rígido cerco policial alrededor del hospital, que impide la visita de familiares, amigos y allegados. Luis Manuel no tiene acceso a teléfono ni al sistema de comunicación que hemos establecido para estas situaciones de peligro. Se evidencia la complicidad de las autoridades médicas, que incluso lo han grabado sin su consentimiento, intentando convencer a la opinión pública con videos manipulados que han salido en la Televisión Nacional. Dichos videos solo demuestran su deplorable estado físico y de conciencia, lo que nos lleva a suponer que ha sido sometido a métodos de tortura. Miembros de la Iglesia Católica o del cuerpo diplomático acreditado en Cuba, han manifestado intención de acceder al hospital y tampoco se les ha permitido.

Maykel Castillo se encuentra desaparecido hace más de siete días, encausado por los delitos fabricados de Atentado, Desacato y Resistencia. Fue secuestrado sin orden de detención por la Policía Nacional Revolucionaria, después de más de un mes de prisión domiciliaria, impuesta por la Seguridad del Estado. Durante ese tiempo fue detenido al menos en tres ocasiones y liberado antes de 72 horas. Finalmente, el 18 de mayo, es sacado de su casa, sin zapatos y sin camisa, y no le han permitido realizar la llamada telefónica a la que tiene derecho. No se encuentra en ninguna estación policial, ni se había registrado proceso penal alguno en su contra, hasta que, en respuesta al Habeas Corpus presentado, y para mantenerlo apresado, fabricaron las causas ya señaladas. El artículo 249 de la Ley de Procedimiento Penal establece que Maykel tiene derecho a comunicarse vía telefónica con un abogado o con su familia, para informar de su estado y su ubicación. Actualmente, Maykel está desaparecido.

Eliexer (Funky) Márquez Duany, también fue secuestrado el 18 de mayo, con esta sumarían decenas de detenciones arbitrarias en estos meses a activistas y artistas cubanos. Fue liberado ese mismo día en horario nocturno, con una medida cautelar que le impide salir de su casa libremente y después de ser amenazado con causas penales similares a las de Maykel Castillo. Al menos a cinco artistas más se les impuso el recurso de medida cautelar para silenciarlos e impedir su acceso a las calles.

Todas estas irregularidades y violaciones de carácter legal y humano, además de la complicidad del sistema judicial cubano, y otras instituciones, con las prácticas represivas del Estado, demuestran la precaria situación de los derechos civiles y naturales en Cuba. Múltiples organizaciones internacionales han manifestado preocupación por la seguridad de activistas, artistas y periodistas independientes a lo largo de toda la Isla y por la criminalización de estas prácticas dentro de un régimen totalitario. Suman siete los activistas procesados injustamente por intentar llegar a donde está Luis Manuel, engrosando la larga y creciente lista de 145 presos políticos, que el Estado Cubano no reconoce. Sus nombres son: Esteban Rodríguez, Mary Karla Ares, Thais Mailén Franco, Inti Soto, Ángel Cuza, Yuisán Cancio y Adrián Curuneaux. Los seis se manifestaron pacíficamente en un boulevard de La Habana y fueron violentados por la policía y los agentes de la Seguridad del Estado, mientras el pueblo gritaba Patria y Vida para impedir que se los llevaran. El gobierno penaliza de esta manera el apoyo popular como forma de escarmiento con fines políticos de control de la población.

Cuba ha violado de forma brutal las medidas de protección internacional otorgadas por la Comisión Inter-Americana de Derechos Humanos a Maykel Castillo, Luis Manuel Otero, y otros 18 miembros y allegados al Movimiento San Isidro. Amnistía Internacional ha nombrado nuevamente a Luis Manuel Otero preso de conciencia.  

El video “Patria y Vida”, creado por el deseo de reconciliación nacional y de llevar la esperanza al interior de la sociedad cubana, fue recibido por la dictadura con un despliegue brutal y agresivo hacia artistas y ciudadanos. Todos los integrantes del evento musical han sido difamados en los medios oficiales. Los cubanos han sido multados solo por escucharla y reprimidos por utilizar la frase en redes sociales, en carteles o en los muros de sus viviendas. El video ha sido censurado por el régimen con actos violentos.

La represión directa de Luis Manuel, Maykel y Eliexer hoy, es resultado terrible de ese combate contra una canción por parte del Estado Cubano, es la confirmación de su lógica de “Patria o Muerte”. Esta declaración está inspirada en nuestros deseos de libertad y justicia para Cuba. Para que ningún joven como Denis Solís González o Luis Robles Elizástegui sea procesado y añadido a la lista de presos políticos, por rapear en contra del régimen o por llevar un cartel de denuncia, públicamente. Para que ningún grupo opositor, como las Damas de Blanco, UNPACU, FANTU, MSI, 27N, MONR, Cuba Decide y otros muchos, sean hostigados y sus líderes detenidos, golpeados o torturados, a veces por labores humanitarias como repartir comida y medicinas a personas pobres. Para que tengamos comida y medicina para todos. Para que la juventud cubana pueda participar de la construcción de su futuro. Para que todos los cubanos puedan entrar a su tierra sin importar ideologías. Por una Cuba de todos y no para unos pocos.

Exigimos al Estado Cubano la libertad y exoneración inmediata de todos los Convictos y Condenados de Conciencia, los recientemente detenidos y encausados y los más de 100 casos actuales. Solicitamos a la comunidad internacional solidaria que exija a Cuba el cumplimiento de los compromisos adquiridos en materia de derechos humanos y que cese el estado de terror instaurado.

¡Libertad y justicia para todos los presos políticos y de conciencia!

¡Patria y Vida!

Suscrito por los co-autores de Patria y Vida aún libres:

Manuel Díaz Martínez: “La poesía es un acto de libertad”

Por JOSEFA MOLINA RODRÍGUEZ

Para el poeta cubano, la creatividad es ante todo “independencia, la expresión de uno mismo”

(GAFE.INFO) Cuando tenía diez años y acompañó a su padre hasta una lejana finca donde “el americano’ esperaba un manojo de habanos elaborados de forma artesanal, ‘realizados con la hoja más clara y sin vitola”, sin duda, este niño de Santa Clara desconocía que aquel significaría el primer contacto que tendría en su vida con el variopinto mundo de la literatura. Aquella finca era La Vigía y aquel ‘americano’, Ernest Hemingway.

Recién cumplidos los 82 años, quien bucea en la biografía de Manuel Díaz Martínez descubre que, en el transcurso de su vida, las musas de la poesía  siempre le han sido propicias. No en vano, Díaz Martínez es uno de esos poetas que, desde su humildad, te descubre, para tu más absoluto asombro, que compartía trabajo con Lezama Lima en el Instituto cubano de Literatura y Lingüística, que conoció al poeta Pablo Neruda en París, que compartió más de una vez arroz con judías negras con Nicolás Guillén o que mantuvo correspondencia con el mismísimo Julio Cortázar.

Afincado hace 25 años en Gran Canaria, el poeta cubano observa con tranquilidad cómo las olas de la Puntilla, en la playa de Las Canteras, se empeñan en golpear sus ventanas en un intento de eternizar la fiereza de sus huellas saladas. Es precisamente la mar quien le recuerda que ‘nadie se va de su país si en él es feliz’. Y es que la añoranza está siempre presente en el alma del poeta desde que tuvo que abandonar su Cuba natal un día de 1992.

Tan solo un año antes, en mayo de 1991, un grupo de diez intelectuales firmaron lo que se conoció posteriormente como ‘La Carta de los Diez’. La misiva, promovida por la poeta y fundadora de Criterio Alternativo, María Elena Cruz Varela, supuso el mayor desafío por parte de intelectuales que hubiera tenido que enfrentar la dictadura castrista hasta el momento. ‘La Carta de los Diez’ fue contestada con extremada contundencia por el régimen que, desde el periódico Granma, catalogó detraidores a sus firmantes –María Elena Cruz Varela, Raúl Rivero, Manuel Díaz Martínez, Nancy Estrada, José Lorenzo Fuentes, Bernardo Marquez Ravelo, Manuel Granados, Fernando Velázquez Medina, Roberto Luque Escalona y Víctor Manuel Serpa– sometiéndolos a todo tipo de represalias, incluidos el exilio y la cárcel.

Para Díaz Martínez, su posicionamiento crítico frente a la falta de libertad en Cuba supuso no sólo la expulsión de la Unión de Escritores sino del país. Tenía 56 años, dos hijas y una maleta repleta de incertidumbre. Un año después se afincaba junto a su esposa, Ofelia, en Gran Canaria. Cuba perdió un poeta, y de los grandes, y España, ganó un poeta, y de los grandes.

Me recibe en su casa a ritmo de son cubano y olor a café. La Orquesta de Cachao, leyenda de la música cubana, se encarga de poner banda sonora a los saludos iniciales antes de comenzar a ‘platicar’ sobre literatura, sobre poesía y, si me apuran, sobre la vida misma.

Es comenzar la conversación y descubrir que hablar con este escritor es adentrarse en la historia de la literatura cubana de la segunda mitad del siglo XX desde el testimonio directo de uno de sus protagonistas. Con una memoria prodigiosa y repleta de anécdotas, Díaz Martínez es algo así como la personificación de una parte crucial de la historia de la poesía cubana hecha hombre.

Acallamos a Cachao para dar rienda suelta a la palabra.

Don Manuel, ¿qué significa para usted la poesía? 

Para mí, la poesía es, ante todo, un acto de libertad. Como instrumento, supone un supra lenguaje a través del cual puedo comunicar con precisión mis sentimientos, mis ideas…

En su opinión, ¿de qué tiene que constar la poesía para que se pueda considerarse como ‘buena’ poesía’? 

Lo fundamental es que el poeta que está creando lo haga con honestidad y que se sienta lo suficientemente libre como para expresarse con absoluta libertad. Sin eso, todo lenguaje, poético o no, está mediatizado y, por tanto, carece del primer principio para tener calidad, la libertad. La poesía debe ser un ejercicio de independencia, la máxima expresión de uno mismo.

¿Qué ‘hace’ a un escritor? 

Sus experiencias vitales e intelectuales.  Quien aspire a ser escritor debe leer a los buenos escritores y trabajar en serio, no buscando el éxito fácil. Lo que debe motivarlo es el afán de comunicarse. Yo nunca he escrito para ganar dinero, lo que quiero es que me lean.

En alguna ocasión le he escuchado decir que hay que leer a los autores en su idioma original, ¿es realmente necesario? 

¡Por supuesto! Te cuento una anécdota al respecto que creo que lo explica perfectamente. En mi juventud leí, traducidos al español, poemas de Vladímir Mayakovski y no me pareció que Mayakovski fuera tan bueno como lo consideraban. En una visita a Cuba que realizó el poeta ruso Yevgueni Yevtushenko, tuve la oportunidad de decírselo. Entonces él se ofreció a leer poemas de Mayakovski en su idioma. Aquellos no eran poemas: ¡eran música, auténticas cantatas de Bach! Eso no hizo más que reafirmarme en mi idea de que leer al autor en su idioma es fundamental para captar su auténtica maestría.

En su poesía, ¿hay alguna temática preferente? 

Sí, claro: el olvido como una forma de la muerte, y, por contra, los recuerdos. Yel amor como contrapartida de la crueldad, del desprecio. He abordado muchos temas, pero estos, digamos, son mis obsesiones.

¿Qué autores han influido más en su producción poética? 

Entre los españoles los que más me han interesado han sido Lope de Vega y Quevedo. Ahora bien, como poeta siento que les debo mucho a Gustavo Adolfo Bécquer, a Antonio Machado y a León Felipe. Sin duda, estos dos últimos han sido decisivos en la consolidación de mi propio estilo.

Usted trabajó en el periódico ‘Noticias de hoy’, del partido comunista cubano, y fue jefe de la sección cultural de ese periódico.

Así es y eso me permitió conocer a muchos escritores y artistas, tanto de dentro como de fuera de la isla. Antes de la revolución, Cuba llegó a tener trece periódicos de tirada nacional, algunos de una calidad que nada tenían que envidiar a otros extranjeros, y todos vivían. En largos períodos de su historia, Cuba gozó de libertad de expresión. Fue así, pero… bueno, ya saben lo que pasó después de 1959.

Pero Cuba vivió una época de auténtico esplendor literario... Julio Cortázar, a quien he admirado y admiro mucho, decía ‘si quieres encontrarte con alguien que hace tiempo que no ves, ve a La Habana’; eso refleja la tremenda importancia cultural que tuvo Cuba en un momento concreto de su historia.

Conoció a Cortázar, a André Breton,… Así es. Con Julio Cortázar contacté cuando hice un ensayo sobre la obra de Lezama, que le envié por correo con la intención de que lo leyera y me diera su opinión. Él me respondió por carta con diversos comentarios al respecto. Hoy en día, esta carta forma parte de la correspondencia publicada del escritor argentino. Desde luego, mi paso por París me permitió conocer a André Breton, en cuya casa lo visité; también a Pablo Neruda y, de refilón, a Picasso,… Además, he mantenido amistad con diversos autores como el ruso Yevtushenko, el mexicano Efraín Huerta, con Saramago con quien tuve una buena amistad, ensombrecida posteriormente por su posicionamiento a favor del régimen de Castro, así como con muchos autores de mi generación, entre ellos, Guillermo Cabrera Infante.

Si tuviera que elegir a un escritor para compartir un café y conversar sobre literatura, ¿a quién elegiría? 

A Albert Camus. Llegué a París el 6 de enero de 1960 y en la agenda de cosas que quería realizar durante mi estancia en Francia estaba entrevistar a Camus. Cuando me bajé del tren vi que todos los diarios se hacían eco de su entierro. ¡Llegué a París justo el día en que lo estaban enterrando! Siempre me quedó esa pena… Otros personajes para charlar, sin duda, serían Jorge Luis Borges y, entre los cubanos, Agustín Acosta, Manuel Navarro Luna, Jorge Mañach…

Para terminar, ¿qué libro o qué autor, en su opinión, es imprescindible para cualquier biblioteca que se precie? 

Uf, tremenda pregunta… Si tengo que elegir, serían Campos de Castilla, de Antonio Machado, y Versos libres, de José Martí.

Tras una hora de conversación, damos por concluida la charla para adentrarnos un poco más en la memoria del poeta a través de la visualización de un álbum de fotos. Desde sus rígidas hojas plastificadas, me saludan un pequeño Manuel Díaz Martínez de tan solo un año de edad; unos padres jóvenes que pasean felices a su infante por un parque de La Habana; un canoso Nicolás Guillén que posa junto a un veinteañero Díaz Martínez mientras esperan la llamada a la mesa, un mediodía de 1960 en Camagüey; y los semblantes serios del citado Nicolás Guillén, de Onelio Jorge Cardoso y de Alejo Carpentier, entre otros asistentes a un encuentro sobre literatura cubana.

Al cerrar la puerta de su apartamento, me paro un segundo y pienso. Desde mi más puro, digamos ‘egoísmo’, motivado por mi personal interés por la literatura y la cultura, no tengo más que agradecer a Fidel Castro por obligar un día a Díaz Martínez a salir de su Cuba natal para no volver nunca más.

La isla caribeña perdió un referente nacional e internacional de la poesía contemporánea, mientras que nosotros, los habitantes de estas islas afortunadas damos más que nunca razón de ser al calificativo de ‘afortunada’ al contar entre nuestros vecinos no solo a un escritor de gran calibre y valía, a un excelente poeta y a un verdadero maestro de la palabra, sino también a un amigo entrañable, a un conversador divertido e inteligente y, sobre todo, a un buen hombre. Un hombre excepcional.

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Manuel Díaz Martínez. Cuba, 1936. Poeta y periodista. Ha publicado quince libros de poemas, entre los que figuran Vivir es eso (1967), Premio “Julián del Casal”, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, y Memorias para el invierno (1994), Premio Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. El Centro Cultural Cubano de New York le otorgó la medalla «La Avellaneda», en el 2006, por su aporte a la cultura cubana. Su poesía completa fue publicada en 2011 con el título de Objetos personales (1961-2011). Es autor de la antología Poemas cubanos del siglo XX (Hiperión, 2002). Su último poemario es ‘En La Isleta’ (Mercurio, colección Faro de La Puntilla, 2017).

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Josefa Molina Rodríguez (Gáldar, 1969) Periodista.

Autora de los poemarios ‘Inflexiones’ (Playa de Ákaba, 2017) y ‘Los versos de las Caracolas’ (2019), y de la novela ‘Ideales perdidos’ (Multiverso Editorial, 2020). Compiladora y coordinadora del libro ‘Baltasar Espinosa. Obras completas (1962-2011)’, editado por Mercurio Editorial, 2021.

Doble Mención honorífica en el I Certamen de Relatos Cortos organizado por el colectivo Tagoror, edición 2015. Finalista I Certamen de Relato Corto Pluma de Cigüeña, convocado por Piediciones, 2016. Segundo premio en el concurso de relato corto Espacio Ulises-Playa de Ákaba 2018. Finalista Premio Literario Multiverso 2019.

Autora en diversas antologías de prosa y poesía editadas por Playa de Ákaba. Las antologías ‘Perdone que no me calle’, ‘Mujeres 88 poetas canarias’, ‘Escritos a Padrón’ y ‘Jornadas de la Ermita’, cuentan también con relatos suyos.

Miembro fundador y presidenta de la Asociación de Escritoras y Escritores ‘Palabra y Verso’ (palabrayverso.com). Directora de la Charla literaria ‘El Ultílogo’. Produce y dirige el programa de radio literario ‘De la Palabra al Verso’. Blog personal: josefamolinaautora.com

Lección de Historia

Manuel Díaz Martínez

(CUADERNOS HISPANOAMERICANOS, Madrid, 1/4/2021) En 1968, cuando comenzó el «caso Padilla», yo era joven, tenía fe en la incipiente Revolución cubana –como casi todo el mundo en aquellos tiempos– y estaba lejos de sospechar que iba a verme involucrado, dentro de ese proceso revolucionario, en un acontecimiento histórico al cual habría de agradecerle nada menos que la tranquilizante convicción de que la cultura es un baluarte que las tiranías nunca consiguen tomar íntegramente. «Nuestra imaginación permanece libre aunque no haya libertad», nos dejó subrayado en alguna parte el novelista Imre Kertész, quien fue premio Nobel, ciudadano húngaro contemporáneo del estalinista János Kádár y sabía de estas cosas.

El «caso Padilla» no es más que otro episodio de la reiterativa, interminable, tediosa historia universal de la censura. Pero un episodio que desató un desencanto de dimensión internacional por tener como escenario una joven Revolución que venía despertando ilusiones libertarias por todas partes, sobre todo en el llamado tercer mundo. Éramos legión los ilusos que deseábamos creer que por fin había llegado la hora  –y debutaba en la tropical isla de Cuba gracias al providencial comandante Fidel Castro y sus barbudos guerrilleros– de lo que por aquellos días fue bautizado con el nombre de «socialismo con rostro humano», o sea, exento de las aberraciones leninistas y estalinistas del socialismo clásico. Por supuesto, no podía provocar sino desconcierto, desilusión e ira la inesperada reaparición de la censura –el óbito de la dialéctica–, una de las más nocivas y odiadas lacras de los regímenes marxistas conocidos hasta entonces, en los cuales la libertad de opinión se veía, según el ideario estaliniano, como una práctica liberal burguesa incompatible con el dogma socialista.

Con el fallecimiento del poeta Heberto Padilla, acaecido el 24 de septiembre de 2000, los periódicos –menos los de Cuba, claro está– resucitaron aquel escándalo político que abrió una hondísima zanja entre el Gobierno revolucionario cubano y gran parte de la influyente intelectualidad autóctona y foránea que lo respaldaba. El «caso Padilla», al que Fidel Castro intentó restarle importancia calificándolo de «chismografía intelectual», marcó el fin del idilio entre los intelectuales y la Revolución cubana.

Los mandos políticos del castrismo, muy preocupados en aquellos días por el auge de la disidencia dentro de los círculos intelectuales de los países comunistas del Este de Europa, se alarmaron con la aparición, ¡y sobre todo con la premiación!, del libro de Padilla, al que calificaron sin ambages de contrarrevolucionario. Fuera del juego se convirtió, así, en detonador de un conflicto que evidenció la existencia en Cuba de un fenómeno endémico de los regímenes comunistas tradicionales, fenómeno que hasta el momento, y pese a algunos feos incidentes previos, creíamos extraño a los ideales del Gobierno revolucionario: la ausencia de libertad de opinión como parte del dirigismo estatal de la cultura, concebida esta como vehículo de adoctrinamiento político.

¿Por qué los dirigentes de la Revolución cubana le concedieron tanta importancia a Heberto Padilla, entonces un intelectual muy joven y poco conocido, y al hecho de que coronásemos su poemario con el premio de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC)? La respuesta a tal pregunta hay que buscarla en el hecho de que Padilla y su polémico libro coincidieran en el tiempo con la actividad de grupos de intelectuales contestatarios en los países socialistas europeos y con el ascenso en Occidente de una nueva izquierda ilustrada, adversa al centralismo burocrático del «socialismo real». Asimismo, hay que tomar en cuenta las difíciles circunstancias por las que atravesaban en aquellas fechas las relaciones entre la Unión Soviética y la Cuba castrista.

A pesar de la prohibición en 1961 del cortometraje P.M., de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez, y de la clausura del muy leído suplemento cultural Lunes del periódico Revolución –desmanes obviamente dictatoriales con los que Castro inauguró su política para la cultura, resumida en la fórmula mussoliniana: «Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho»– y del veto, parcialmente revocado, de que fue víctima en 1967 la novela Paradiso de José Lezama Lima, en 1968 la neoizquierda latinoamericana, norteamericana y europea –esa izquierda moderna e ilustrada a la que me referí antes– cultivaba, entre otras bellas ilusiones, la de que la Revolución cubana era la única de su signo ideológico con una vocación renovadora orientada hacia el «humanismo». Según Julio Cortázar, era «el auténtico socialismo» y estaba amenazado tanto por «el sistema capitalista o el llamado neocapitalismo» como por «todo comunismo esclerosado y dogmático». Cortázar se explicó así: «[…] Mi solidaridad con la Revolución cubana se basó desde un comienzo en la evidencia de que tanto sus dirigentes como la inmensa mayoría del pueblo aspiraban a sentar las bases de un marxismo centrado en lo que por falta de mejor nombre seguiré llamando humanismo». Esta creencia suscitaba el apoyo de los intelectuales progresistas, cubanos y extranjeros, al proceso revolucionario iniciado en la isla.

Pero, al mismo tiempo, el noviazgo de la Revolución cubana y la izquierda liberal –cálido noviazgo que, por ejemplo, permitía la publicación de Solzhenitsyn en Cuba– causaba malestar en la izquierda «clásica», la del dogma y el dogal, empezando por la rígida gerontocracia de estalinistas reciclados que gobernaba en la Unión Soviética y en el resto de las mal llamadas «democracias populares», cuyo apoyo necesitaba Castro para mantener su Revolución y sostenerse en el poder. Eran los tiempos en que, para más complicación, comenzaba a hacerse sentir la intelectualidad rebelde que anunciaba con insólita audacia la cruzada por los derechos humanos, en los redaños de aquellos totalitarismos empedernidos, que ha marcado el fin del último milenio.

En la tensión generada, sobre todo dentro del campo socialista, por el pugilato entre ortodoxos y heterodoxos se origina el «caso Padilla», que es un episodio caribeño de esa pugna cuyo vórtice estaba en la Europa Oriental y que tuvo en Checoslovaquia, precisamente en 1968, su avatar más traumático cuando la Primavera de Praga volvió a ser crudo invierno bajo las orugas de los blindados soviéticos.

Padilla, lector de Arthur Koestler, de Milovan Djilas, de Isaac Deutscher y con mucha información sobre el estalinismo, jugó en Cuba un papel comparable al de su íntimo amigo Evgueni Evtushenko –quien no tardó en convertirse en un juglar oficialista y terminó loando el castrismo– y al de Aleksandr Solzhenitsyn en la Unión Soviética y al que en aquella época jugaban en Checoslovaquia el filósofo Jan Patočka, el dramaturgo Václav Havel, la escritora Eda Kriseová y otros ideólogos y promotores de Foro Cívico y de la «Carta 77». Pero Padilla, a diferencia de algunos de estos descontentos y de otros que surgieron en Polonia, en Hungría, en Rumanía, en Alemania y en Bulgaria, no se oponía al socialismo. Él aspiraba, al igual que sus colegas occidentales de la nueva izquierda, a una reforma humanista del sistema proyectada hacia el equilibrio social con libertades plenas. Lo que refleja Fuera del juego es el rechazo de Padilla a la hegemonía del Estado sobre las personas, inherente al modelo soviético y basamento del totalitarismo. En su libro hay, por tanto, una crítica implícita a la implantación en Cuba de ese modelo. Era una crítica peligrosamente oportuna por cuanto llegaba en el instante en que Fidel Castro se echaba en brazos de los soviéticos, con lo cual enterraba de manera definitiva los elementos democráticos que formaban parte del ideario primigenio de la Revolución.

Los jurados que premiamos Fuera del juego ya entonces sabíamos  –y por si no lo sabíamos nos lo hicieron saber enseguida– que premiar ese libro era prender la mecha de una bomba que nos estallaría en las manos. No obstante, lo premiamos, ante todo por lealtad a la poesía, y explicamos así nuestro voto en lo tocante al contenido: «Padilla reconoce que, en el seno de los conflictos a que lo somete la época, el hombre actual tiene que situarse, adoptar una actitud, contraer un compromiso ideológico y vital al mismo tiempo, y en Fuera del juego se sitúa del lado de la Revolución, se compromete con la Revolución, y adopta la actitud que es esencial al poeta y al revolucionario: la del inconforme, la del que aspira a más porque su deseo lo lanza más allá de la realidad vigente» (Padilla, 1998, p. 87). En el párrafo anterior habíamos dicho: «[…] En lo que respecta al contenido, hallamos en este libro una intensa mirada sobre problemas fundamentales de nuestra época y una actitud crítica ante la historia» (Padilla, 1998, p. 87). Julio Cortázar, paradigma de la nueva izquierda ilustrada que en aquella época sostenía que su humanismo era socialista, coincidirá en lo fundamental con este juicio nuestro. En su artículo «Ni traidor ni mártir» –publicado originalmente en Le Nouvel Observateur y reproducido en el suplemento Diorama de la Cultura, del periódico Excelsior (México, 20 de abril de 1969)– subraya que de los poemas de Fuera del juego «se puede decir que expresan un cierto escepticismo y amargura, pero […] no se puede afirmar que sean contrarrevolucionarios».

Sin duda, el régimen tenía motivos de sobra para el sobresalto: de pronto, un poeta brillante que había servido al Gobierno como corresponsal de prensa y funcionario, con una cultura política acrecida en sus viajes por los países socialistas –donde había tocado «la forma del porvenir cubano» (Padilla, 2008)– y con amigos disidentes en esos países, presenta a concurso un libro cargado de un criticismo que, según la directiva de la UNEAC, era ejercido «desde un distanciamiento que no es el compromiso activo que caracteriza a los revolucionarios». Además, el escabroso poemario es elegido para el premio por todos los jurados del concurso de la UNEAC, entre los cuales hay tres poetas cubanos de tres generaciones distintas –José Zacarías Tallet, Lezama y yo–, quienes resisten las presiones ejercidas por el poder para que no se premie el libro. Cuando el secretario de la Sección de Literatura de la UNEAC, el poeta Félix Pita Rodríguez, afirmó públicamente, en medio de la polémica en torno a los libros de Padilla y Antón Arrufat –la obra teatral Los siete contra Tebas–, que existía una conjura de intelectuales contra la Revolución, estaba desvelando la causa de la zozobra oficial. El Gobierno creía ver una conjura y, en ella, la aparición en la isla de un grupo de intelectuales contestatarios equivalente a los surgidos en la Europa comunista.


Ninguna prueba más elocuente de la inquietud que la conducta de Padilla y sus valedores produjo en el régimen, y de por qué la produjo, que el Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura, celebrado en La Habana a fines de abril de 1971, una semana después de la autocrítica de Padilla. Castro usó ese congreso para «fusilar» políticamente, aprovechando el prestigio que entonces nimbaba a la Revolución, a la intelectualidad democrática que lo había apoyado hasta el «caso Padilla» y que él presentaba ahora como azafata del imperialismo. Allí cerró el cerco en torno a la libertad de expresión en Cuba con el fin de asfixiar en el huevo a una oposición antitotalitaria que ya sentía nacer. En el discurso de clausura, un Fidel Castro que quiso ser despectivo y resultó estridente aseguró, aludiendo a su problema con los intelectuales, que no se referiría a esa «basura», pero a esa «basura» dedicó treinta párrafos virulentos de su discurso. Es significativo que en aquella catilinaria anunciara, como si se tratase de las tranqueras de una finca suya, el cierre por tiempo indefinido de las fronteras cubanas a los intelectuales extranjeros –«ratas» los llamó– que condenaron el encarcelamiento de Padilla y denunciaron el giro de la Revolución hacia el estalinismo.

Aprobando la intervención armada soviética en la Checoslovaquia secesionista de Alexander Dubček y, simultáneamente, rompiendo su ya inconveniente romance con la izquierda heterodoxa, para lo que le vino pintado el «caso Padilla», Castro halló la manera de reparar sus relaciones con el Kremlin, averiadas desde la crisis de los misiles.

Como hemos visto, hace medio siglo el encontronazo entre escritores y dirigentes políticos castristas sembró el desconcierto, o el desencanto, en muchos intelectuales partidarios de la Revolución cubana, algunos de los cuales –como Jean-Paul Sartre, Juan Goytisolo y Mario Vargas Llosa– rompieron con el castrismo. En uno de sus últimos libros, Y Dios entró en La Habana, un reportaje sobre la Cuba castristael narrador y periodista español Manuel Vázquez Montalbán confiesa que cuando se enteró de lo que estaba pasando con Padilla quedó como «estatua de sal». «¿Cómo era posible que también aquella Revolución tan diferente cayera en el error de crearse enemigos de papel?» (Vázquez, 1998), afirma que se preguntó entonces. En el mismo libro, no obstante seguir siendo un nostálgico de la Revolución cubana, Vázquez Montalbán no vacila en calificar de «oprobiosa» la noche de abril de 1971 en que el poeta de Fuera del juego interpretó, en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, el falso harakiri de su autocrítica, bajo la dirección escénica del oficial de la Seguridad del Estado que llevaba su «caso».

Apareció hace algunos años, publicado en Nueva York por Ediciones Nueva Atlántida –en español, sin fecha y firmado por Lourdes Casal–, un libro titulado El «caso Padilla»: Literatura y Revolución en Cuba. Documentos. Es una obra que facilita el acceso a fuentes fundamentales de datos sobre el tema que nos ocupa. Entre los diecinueve documentos que la integran, figuran dos cartas públicas dirigidas a Fidel Castro. Tanto por su contenido como por quienes las suscriben, estas misivas, históricas, me parecen ideales para cerrar el presente artículo. Además, son un resumen elocuente de cuanto acabo de exponer.

PRIMERA CARTA DE LOS INTELECTUALES A FIDEL CASTRO (LE MONDE, 9 DE ABRIL DE 1971)

Comandante Fidel Castro, primer ministro del Gobierno revolucionario:

Los abajo firmantes, solidarios con los principios y objetivos de la Revolución cubana, le dirigimos la presente para expresar nuestra inquietud debida al encarcelamiento del poeta y escritor Heberto Padilla y pedirle reexamine la situación que este arresto ha creado.

Como el Gobierno cubano hasta el momento no ha proporcionado información alguna relacionada con este arresto, tememos la reaparición de una tendencia sectaria mucho más violenta y peligrosa que la denunciada por usted en marzo de 1962, y a la cual el comandante Che Guevara aludió en distintas ocasiones al denunciar la supresión del derecho de crítica dentro del seno de la Revolución.

En estos momentos –cuando se instaura en Chile un gobierno socialista y cuando la nueva situación creada en el Perú y Bolivia facilita la ruptura del bloqueo criminal impuesto a Cuba por el imperialismo norteamericano– el uso de medidas represivas contra intelectuales y escritores quienes han ejercido el derecho de crítica dentro de la Revolución puede únicamente tener repercusiones sumamente negativas entre las fuerzas antiimperialistas del mundo entero, y muy especialmente en la América Latina, para quienes la Revolución cubana representa un símbolo y estandarte.

Al agradecerle la atención que se sirva prestar a nuestra petición, reafirmamos nuestra solidaridad con los principios que inspiraron la lucha en la Sierra Maestra y que el Gobierno revolucionario de Cuba ha expresado tantas veces por medio de las palabras y acciones de su primer ministro, del comandante Che Guevara y de tantos otros dirigentes revolucionarios.

Firman: Carlos Barral, Simone de Beauvoir, Italo Calvino, Josep Maria Castellet, Fernando Claudín, Julio Cortázar, Jean Daniel, Marguerite Duras, Hans Magnus Enzensberger, Jean-Pierre Faye, Carlos Franqui, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Juan Goytisolo, Luis Goytisolo, Alain Jouffroy, André Pieyre de Mandiargues, Joyce Mansour, Dionys Mascolo, Alberto Moravia, Maurice Nadeau, Hélène Parmelin, Octavio Paz, Anne Philipe, Pignon, Jean Pronteau, Rebeyrolle, Rossana Rossanda, Francisco Rossi, Claude Roy, Jean-Paul Sartre, Jorge Semprún, Mario Vargas Llosa (Casal, 1971, pp. 74-75).

SEGUNDA CARTA DE LOS INTELECTUALES A FIDEL CASTRO (PARÍS, 20 DE MAYO DE 1971)

Comandante Fidel Castro, primer ministro del Gobierno cubano:

Creemos un deber comunicarle nuestra vergüenza y nuestra cólera. El lastimoso texto de la confesión que ha firmado Heberto Padilla solo puede haberse obtenido por medio de métodos que son la negación de la legalidad y la justicia revolucionarias. El contenido y la forma de dicha confesión, con sus acusaciones absurdas y afirmaciones delirantes, así como el acto celebrado en la UNEAC, en el cual el propio Padilla y los compañeros Belkis Cuza, Díaz Martínez, César López y Pablo Armando Fernández se sometieron a una penosa mascarada de autocrítica, recuerda los momentos más sórdidos de la época estalinista, sus juicios prefabricados y sus cacerías de brujas.

Con la misma vehemencia con que hemos defendido desde el primer día la Revolución cubana, que nos parecía ejemplar en su respeto al ser humano y en su lucha por su liberación, lo exhortamos a evitar a Cuba el oscurantis­mo dogmático, la xenofobia cultural y el sistema represivo que impuso el estalinismo en los países socialistas, y del que fueron manifestaciones flagrantes sucesos similares a los que están sucediendo en Cuba.

El desprecio a la dignidad humana que supone forzar a un hombre a acusarse ridículamente de las peores traiciones y vilezas no nos alarma por tratarse de un escritor, sino porque cualquier compañero cubano –campesi­no, obrero, técnico o intelectual– pueda ser también víctima de una violencia y una humillación parecidas. Quisiéramos que la Revolución cubana volviera a ser lo que en un momento nos hizo considerarla un modelo dentro del socialismo.

Firman: Claribel Alegría, Simone de Beauvoir, Fernando Benítez, Jacques-Laurent Bost, Italo Calvino, Josep Maria Castellet, Fernando Claudín, Tamara Deutscher, Roger Dosse, Marguerite Duras, Giulio Einaudi, Hans Magnus Enzensberger, Francisco Fernández Santos, Darwin Flakoll, Jean Michel Fossey, Carlos Franqui, Carlos Fuentes, Ángel González, Adriano González León, André Gorz, José Agustín Goytisolo, Juan Goytisolo, Luis Goytisolo, Rodolfo Hinostroza, Mervin Jones, Monty Johnstone, Monique Lange, Michel Leiris, Mario Vargas Llosa, Lucio Magri, Joyce Mansour, Dacia Maraini, Juan Marsé, Dionys Mascolo, Plinio Mendoza, István Mészáros, Ralph Miliband, Carlos Monsiváis, Marco Antonio Montes de Oca, Alberto Moravia, Maurice Nadeau, José Emilio Pacheco, Pier Paolo Pasolini, Ricardo Porro, Jean Pronteau, Paul Rebeyrolle, Alain Resnais, José Revueltas, Rossana Rossanda, Vicente Rojo, Claude Roy, Juan Rulfo, Nathalie Sarraute, Jean-Paul Sartre, Jorge Semprún, Jean Schuster, Susan Sontag, Lorenzo Tornabuoni, José-Miguel Ullán, José Ángel Valente (Casal, 1971, pp. 123-124).

BIBLIOGRAFÍA

Casal, Lourdes. El «caso Padilla»: Literatura y Revolución en Cuba. Documentos, Ediciones Universal, Miami, 1971.

Cortázar, Julio. Papeles inesperados, Alfaguara, Madrid, 2009.

Padilla, Heberto. Fuera del juego. Edición conmemorativa (1968-1998), Ediciones Universal, Miami, 1998.

La mala memoria, Pliegos, Madrid, 2008.

Vázquez Montalbán, Manuel. Y Dios entró en La Habana, El País / Aguilar, Madrid, 1998.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

Discurso de Fidel Castro en la clausura del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura. La Habana, 30 de abril de 1971.

Señores invitados:

Como saben los compañeros del Congreso, hoy llevamos ya dieciséis horas y cuarto trabajando todos sin parar un solo minuto.  Por eso nosotros no queremos abusar, ni mucho menos que algunos se vayan a dormir a esta hora, y por eso trataremos de ser breves. 

No vamos a hablar de los puntos, las conclusiones, las recomendaciones, porque de eso largamente se ha hablado y se acaba de exponer en la declaración del Congreso. 

Nos parece que lo más importante es señalar, a los efectos de sacar las conclusiones útiles, otros aspectos que merecen señalarse.  En primer lugar, este Congreso ha sido el desarrollo consecuente de una línea de masas en la educación. 

En este Congreso han participado prácticamente todos los profesores y maestros del país, que suman casi 100 000.  Tuvieron lugar miles de reuniones en la base.  Se trajeron al Congreso, y se discutieron 413 ponencias.  Se recibieron en el Congreso 7 843 recomendaciones.  Se compatibilizaron 4 703, es decir:  quedaron 4 703 después de compatibilizadas.  Y se discutieron 4 703 recomendaciones.  Y se aprobaron entre 2 500 y 3 000 —falta el dato exacto— que saldrán junto con los dictámenes, en las Memorias de este Primer Congreso. 

De manera que aquí se ha traído la expresión fiel de lo que piensan, lo que sienten, lo que anhelan, lo que preocupa y lo que desean nuestros educadores. 

Al éxito del Congreso ha contribuido el apoyo pleno de todas las organizaciones de masas y de los organismos.  De manera que en su Congreso los educadores han contado con un apoyo total del país. 

El Congreso se ha caracterizado por su magnífica organización, su extraordinario trabajo previo —que comenzó desde la base—; se ha caracterizado por la seriedad de los análisis y las discusiones; se ha caracterizado por la profundidad de los debates; se ha caracterizado por el extraordinario espíritu de trabajo. 

Se trabajó de verdad y sin descanso en este Congreso, ¡tanto, que apenas se durmió!  Y como resultado de ese trabajo se ha logrado lo que puede calificarse de un magnífico programa educacional para nuestro país, es decir, para esta etapa de la Revolución.  De hecho tenemos ya el programa de la educación para la Revolución para esta década, y que resume la experiencia de nuestros educadores en estos años. 

El Congreso ha puesto de manifiesto algo que no nos toma por sorpresa, que es el considerable número de cuadros y de valores educacionales que se han ido desarrollando en estos años de Revolución. 

El Congreso puso en evidencia también los niveles que se van alcanzando y la complejidad creciente de estos problemas.  Y, por tanto, la necesidad de un mayor esfuerzo de superación, de un mayor rigor en el estudio y en el trabajo, para responder a una exigencia creciente de la calidad y de la técnica en la medida en que crece el propio nivel de nuestros educadores.  Y en la medida en que crecen, por supuesto, las complejidades en nuestros problemas educacionales. 

Se reveló un superior espíritu de camaradería entre los delegados del Congreso.  Y entre los compañeros, prevaleció en todo instante un espíritu verdadero de fraternidad, de compañerismo, de cooperación, sin egoísmos, sin individualismos, sin grupismos, sin ninguna manifestación por parte de nadie absolutamente del deseo de prevalecer o de predominar o de ganar popularidad. 

El Congreso se caracterizó, además, por una gran exigencia.  Y en las sesiones plenarias prevalecía un fuerte espíritu de crítica y, podríamos decir, de presión por cada uno de los delegados que pedía hacer uso de la palabra.  Es decir, la rápida e inmediata inconformidad con el menor detalle, con el menor descuido, con la menor pérdida de tiempo. 

De manera que a nosotros nos parecía que este Congreso era un poco la imagen de la futura sociedad de nuestro país.  Y habrá que ver si en un mundo así podrá vivir un analfabeto, un ignorante, y si incluso no se plantea desde ahora, entre otras muchas razones que se han expuesto de orden económico, científico y de todo tipo, la educación como condición elemental de vida espiritual y moral del hombre del futuro.  Porque creemos que en una sociedad que avanza hacia niveles superiores de cultura, la vida para el ignorante será moralmente insoportable. 

Nosotros observábamos todas estas características a medida que se desenvolvía el Congreso, y meditábamos sobre estos problemas. 

Los debates fueron amplísimos en las Comisiones, los criterios fueron expuestos con absoluta franqueza, con absoluta libertad, como no se puede concebir en ninguna otra sociedad que no sea socialista, expresando en todo instante únicamente los intereses de la comunidad, los intereses de la patria, que son los intereses de los trabajadores, los intereses de los estudiantes, los intereses de los niños. 

No exponían aquí los profesores y maestros sus preocupaciones por un grupito de niños privilegiados que podían ir a la escuela, no venían aquí a defender con calor y con pasión las iniciativas y los criterios que irían a beneficiar una minoría de clases explotadora y privilegiada.  Defendían los criterios y los intereses de los hijos de nuestros trabajadores y de nuestros campesinos, a lo largo y ancho de la isla; expresaban y reflejaban las inquietudes por aquellos niños que van a las escuelas humildes todavía, sí, muy pobres todavía, pero muy dignas, de las montañas de Baracoa o de la Sierra Maestra o del Escambray o de la Ciénaga de Zapata o de la Península de Guanahacabibes. 

Estaban representando los intereses de todos los niños sin excepción; luchaban por todo aquello que de un modo o de otro podía mejorar la calidad de la enseñanza que reciben esos niños, la enseñanza de 1 600 000 niños matriculados en nuestras escuelas primarias, la de casi 200 000 estudiantes de los cursos regulares de la enseñanza media y superior y de cientos de miles de adultos que estudian en las escuelas de superación obrera y campesina u otras escuelas; en fin, los intereses de más de 2 300 000 personas que estudian, que quiere decir los intereses más sagrados de nuestro pueblo, los intereses más fundamentales de nuestra patria, de los cuales depende el presente, pero sobre todo depende en grado extraordinario el futuro. 

Eso es lo que representaban aquí los delegados al Congreso, todos:  los intereses de toda la sociedad, de una sociedad que ha erradicado la explotación del hombre por el hombre, que ha erradicado el sistema de explotación que existía. 

Y por eso, solo en un proceso revolucionario y solo después de una Revolución tan profunda como la que ha tenido lugar en nuestra patria podía tener lugar un congreso como este.  Porque en el pasado ¿qué habría sido un Congreso como este?  —y eso nos decían algunos delegados.  Demandas de tipo económico de toda índole, en medio de una lucha lógica por la supervivencia, facciones.  Aquí habrían estado representadas todas esas corrientes que fueron combatidas. 

Aquí habríamos tenido un conjunto de profesores y maestros representando, en algunas ocasiones, desde luego, estos mismos intereses que representan ahora: los de los campesinos, los de los obreros, los de los estudiantes; habrían tenido posiblemente una minúscula participación en este Congreso. 

Habrían estado representadas todas las organizaciones y partidos burgueses, un Congreso dividido en una docena de partidos; habrían estado representados —por supuesto— los intereses de los explotadores, bien representados. Aquí habrían estado representadas todas las corrientes más oscurantistas, más retrógradas y más negativas.  Eso no habría podido llamarse jamás Congreso. 

¿Pero qué caracterizó muy especialmente este Congreso?  ¿Qué nos llamó extraordinariamente la atención?  Y es que en este Congreso, donde se discutieron incontables cuestiones, donde se presentaron cientos de ponencias y miles de recomendaciones, en que lógicamente muchas de esas materias tenían que ser y eran objeto de apasionados debates, sobre todo todas aquellas que tenían que ver con las técnicas, con los problemas de los métodos, evaluaciones, problemas prácticos de los muchos que se han referido aquí; en este Congreso donde se discutió tanto sobre todos los problemas discutibles y controvertibles, sin embargo, en lo que se refiere a las cuestiones ideológicas, en lo que se refiere a las cuestiones revolucionarias, en lo que se refiere a las cuestiones políticas, había una posición firme, sólida, unánime, monolítica (APLAUSOS). 

Y los temas que suscitaban más ardor, más pasión y más unanimidad, los que provocaron los más clamorosos aplausos, fueron precisamente esos temas que abordaban las cuestiones ideológicas, las cuestiones políticas, las cuestiones revolucionarias, y que revelaban hasta qué punto las ideas revolucionarias, las ideas patrióticas, las ideas internacionalistas, las ideas marxista-leninistas han calado profundamente en el corazón y en la conciencia de nuestro pueblo y muy especialmente en una gran parte de nuestros educadores.  Y cómo los maestros enviaron aquí delegados que eran fiel reflejo de ese pensamiento, de esas ideas, de esas posiciones verticales y radicales en la política que es fundamental. 

Y por eso nosotros nos sentimos alentados y nos sentimos optimistas de saber que nuestros educadores —en cuyas manos está la educación de más de 2 millones de personas, la educación de la actual generación—, nuestro movimiento de educadores ha alcanzado ya esos niveles de conciencia revolucionaria y política. 

Se ha logrado elaborar un conjunto de ideas magníficas.  No podríamos pretender, ni mucho menos, que hemos logrado ya la perfección, que todas las ideas ya fueran las óptimas.  Pero sí tenemos la impresión de que nos hemos acercado al máximo, a lo óptimo. 

Y lógicamente en años sucesivos, y respondiendo incluso a nuevas experiencias y a nuevas necesidades, haremos mayores avances.  Pero con lo que se ha elaborado bien se puede decir que se inicia en nuestra educación una nueva etapa, de que se inicia una verdadera revolución en nuestra educación. 

Creemos que este Congreso significará un salto de calidad incuestionable; creemos que este Congreso contribuirá a poner en primer plano la importancia de la educación; creemos que este Congreso contribuirá decisivamente a que nuestro pueblo todo tome conciencia de la importancia fundamental de este problema. 

Creo que este Congreso que ha logrado “a priori” el apoyo de todos y muy especialmente de nuestras organizaciones de masas, tendrá asegurado ese apoyo en los años futuros en un nivel superior al que hayamos alcanzado jamás. 

Creo que este Congreso contribuirá a elevar extraordinariamente la dignidad de los educadores, que este Congreso elevará ante la conciencia de todo el pueblo el papel de los educadores como reconocimiento a su trabajo y, además, como reconocimiento a su sentido del deber. 

Y aunque el papel del educador merezca el reconocimiento de todo el pueblo, merecen especial reconocimiento esas palabras emanadas del Congreso al expresar que los propios educadores contribuirán decisivamente a ello, que los propios educadores deberán alcanzar el más alto puesto en la estima de nuestro pueblo por su propio esfuerzo, por su propio trabajo, por su propio espíritu de superación. 

En el Congreso se señalaron las dificultades que todavía nos encontramos —las muchas dificultades— en la realización práctica de las tareas de la educación; problemas de muy diversa índole, que iban desde los problemas de la familia, los problemas de los servicios, los problemas del transporte y, en fin, muchas de esas dificultades de orden material que obstaculizan el trabajo, el desempeño óptimo de la actividad, muchas de las cuales infortunadamente tardaremos todavía años por resolver.  Pero que, sin embargo, hay entre ellas muchas que pueden ser aliviadas, que pueden ser mejoradas en la misma medida en que todo el pueblo, todas las organizaciones de masa y todos los organismos ponían especial empeño en ayudar a obviarlas. 

Esa toma de conciencia acerca de la importancia de la educación por todo el pueblo, sin duda nos ayudará a facilitar las condiciones de trabajo de los maestros.  Esa toma de conciencia que es la que hace que cuando alguien en un carro —en los lugares donde no hay ningún otro vehículo— se encuentre un maestro esperando para ir a la escuela o de regreso de la escuela, enseguida se acuerde de que es un maestro, que ese maestro está formando a las nuevas generaciones, que cada hora que pierda, cada minuto que pierda lo pierde el país, y se detenga allí, por apurado que vaya, para prestarle una cooperación y una ayuda. 

He citado este ejemplo como uno de los muchos, de los miles de ejemplos en que la toma de conciencia, el espíritu de cooperación puede cooperar con el trabajo de la educación. 

De la misma manera los organismos que están al frente de los servicios, y muy especialmente las organizaciones de masas, cuyo apoyo es tan fundamental y decisivo en las tareas de la educación…

Porque algo en lo cual había unánime criterio es que la educación, donde los educadores juegan un papel muy importante, es sin embargo deber de todos y tarea de todos, obligación de todos y esfuerzo de todos (APLAUSOS). 

Por nuestra parte, por parte de la dirección de nuestro Partido y del Gobierno Revolucionario, que siempre ha tenido preocupación por los problemas de la educación, que sin duda de ninguna clase ha dado a esta actividad grandes recursos de todo tipo, al extremo de que hoy trabajan en el campo de la educación, de la cultura y de la ciencia —como expresó aquí en el día de hoy la compañera Olga— 165 000 trabajadores, casi   100 000 profesores y maestros, sin contar las decenas de miles de jóvenes que se están preparando para esta actividad. 

Tendrán —decimos— del Partido y del Gobierno Revolucionario el máximo interés, porque para todos nosotros este Congreso servirá además para que tengamos una información más pormenorizada, más detallada de los problemas, y además dispongamos de ese magnífico material que se ha elaborado para trabajar en el campo de la educación. 

Pues, aunque se hayan puesto al servicio de la educación grandes recursos, todavía no veíamos con suficiente claridad, todavía no acabábamos de ver con suficiente claridad cómo aún quedaban recursos potenciales para apoyar la actividad de la educación; recursos que la Revolución tiene en sus manos y que, aunque han trabajado en ese sentido, pueden todavía aportar mucho más a la educación. 

Tenemos, desde luego, las organizaciones de masas, identificadas absolutamente con la tarea de los educadores.  Pero además tenemos otros recursos técnicos, tenemos esos medios masivos de comunicación, tenemos esos recursos que se han señalado. 

Tenemos el Instituto del Libro, por ejemplo.  Es cierto que se ha hecho un esfuerzo de impresión grande.  Es cierto que se han triplicado, cuadruplicado, los libros impresos.  Es cierto que, incluso, si vamos a atender el 100% de las necesidades, todas esas imprentas y todas esas capacidades son todavía limitadas, aun incluyendo la nueva imprenta que nos facilitaron los amigos de la República Democrática Alemana y que está a punto de entrar en producción. 

Pero hay que tener un criterio preciso acerca de las prioridades de nuestro Instituto del Libro.  Y ese criterio se puede resumir con estas palabras:  en los libros que se impriman en el Instituto del Libro, la primera prioridad la deben tener los libros para la educación (APLAUSOS), la segunda prioridad la deben tener los libros para la educación (APLAUSOS), ¡y la tercera prioridad la deben tener los libros para la educación!  (APLAUSOS.) Eso está más que claro. 

A veces se han impreso determinados libros.  El número no importa.  Por cuestión de principio, hay algunos libros de los cuales no se debe publicar ni un ejemplar, ni un capítulo, ni una página, ¡ni una letra!  (APLAUSOS.) 

Claro está que tenemos que tener en cuenta el aprendizaje, nuestro aprendizaje.  Claro está que en el transcurso de estos años hemos ido cada día conociendo mejor el mundo y sus personajes.  Algunos de esos personajes fueron retratados aquí con nítidos y subidos colores.  Como aquellos que hasta trataron de presentarse como simpatizantes de la Revolución, ¡entre los cuales había cada pájaro de cuentas!  (RISAS.)

Pero que ya conocemos, y nuestra experiencia servirá para los demás, y servirá para los países latinoamericanos, y servirá para los países asiáticos y los países africanos. 

Hemos descubierto esa otra forma sutil de colonización que muchas veces subsiste y pretende subsistir al imperialismo económico, al colonialismo, y es el imperialismo cultural, el colonialismo político, mal que hemos descubierto ampliamente.  Que tuvo aquí algunas manifestaciones, que no vale la pena ni detenerse a hablar de eso.  Creemos que el Congreso y sus acuerdos son más que suficientes para aplastar como, con una catapulta esas corrientes. 

Porque en definitiva, en Europa, si usted lee un periódico burgués liberal de Europa y en Europa, para ellos los problemas de este país no, no son los problemas de un país a 90 millas de Estados Unidos, amenazado por los aviones, las escuadras, los millones de soldados del imperialismo, sus armas químicas, bacteriológicas, convencionales, y de todo tipo.  No es el país librando una épica batalla contra ese imperio que nos quiere hundir y bloquear por todas partes, ¡no! No son estos problemas que nos plantean las condiciones de un país subdesarrollado, que tiene que librar su sustento en condiciones difíciles.  No son los problemas de los más de 2 millones de niños y jóvenes o de estudiantes que tenemos que atender, llevarles libros, materiales, lápices, ropa, zapatos, muebles, pupitres, pizarras, medios audiovisuales, tizas, alimentos en muchas ocasiones —puesto que tenemos medio millón aproximadamente que comen en las escuelas—, aulas, edificaciones, ropa, zapatos.  ¡No!  Para esos señores que viven aquel mundo tan irreal estos no son problemas, esto no existe. 

Hay que estar locos de remate, adormecidos hasta el infinito, marginados de la realidad del mundo, para creer que estos no son nuestros problemas, para ignorar estos reales problemas que tenemos nosotros, que van desde el libro de texto, el medio audiovisual, el programa, la articulación de los programas, los métodos de enseñanza, los niveles, las preparaciones, etcétera, etcétera, etcétera.  Y creen que los problemas de este país pueden ser los problemas de dos o tres ovejas descarriadas que puedan tener algunos problemas con la Revolución, porque “no les dan el derecho” a seguir sembrando el veneno, la insidia y la intriga en la Revolución.  Por eso, cuando trabajábamos en estos días en el Congreso, algunos decían que seguramente a eso me iba a referir yo esta noche.  Pero, ¿por qué?  ¿Por qué tengo que referirme a esas basuras?  ¿Por qué tenemos que elevar a la categoría de problemas de este país problemas que no son problemas para este país?  (APLAUSOS.)  ¿Por qué, señores liberales burgueses?  ¿Acaso no sienten y no palpan lo que opina y lo que expresa la masa de millones de trabajadores y campesinos, de millones de estudiantes, de millones de familias, de millones de profesores y maestros, que saben de sobra cuáles son sus verdaderos y fundamentales problemas?  (APLAUSOS PROLONGADOS.) 

Algunas cuestiones relacionadas con chismografía intelectual no han aparecido en nuestros periódicos.  Entonces:  “¡Qué problema, qué crisis, qué misterio, que no aparecen en los periódicos!”  Es que, señores liberales burgueses, esas cuestiones son demasiado intrascendentes, demasiado basura para que ocupen la atención de nuestros trabajadores y las páginas de nuestros periódicos (APLAUSOS). 

Nuestros problemas son otros, y ya aparecerán las historias, y ya aparecerán los problemillas en alguna revista literaria:  más que suficiente.  Y algún rato de ocio, de aburrimiento —si es que cabe— lo puede dedicar el público como un entretenimiento o como una ilustración útil a esas cuestiones que quieren a toda costa que las elevemos a la categoría de problemas importantes. 

Porque ellos allá, todos esos periódicos reaccionarios, burgueses, pagados por el imperialismo, corrompidos hasta la médula de los huesos, a 1 000 millas de distancia de los problemas de esta Revolución y de los países como el nuestro, creen que esos son los problemas.  ¡No!, señores burgueses:   nuestros problemas son los problemas del subdesarrollo y cómo salirnos del atraso en que nos dejaron ustedes, los explotadores, los imperialistas, los colonialistas; cómo defendernos del problema del criminal intercambio desigual, del saqueo de siglos.  Esos son nuestros problemas. 

¿Y los otros problemas?  Si a cualquiera de esos “agentillos” del colonialismo cultural lo presentamos nada más que en este Congreso, creo que hay que usar la policía, no obstante lo cívicos y lo disciplinados que son nuestros trabajadores y que son estos delegados al Congreso.  No se pueden ni traer, eso lo sabe todo el mundo.  Así es.  Por el desprecio profundo que se ha manifestado incesantemente sobre todas estas cuestiones. 

De manera que me he querido referir a esto para explicarles el porqué a los liberales burgueses. 

Están en guerra contra nosotros.  ¡Qué bueno!  ¡Qué magnífico!  Se van a desenmascarar y se van a quedar desnudos hasta los tobillos.  Están en guerra, sí, contra el país que mantiene una posición como la de Cuba, a 90 millas de Estados Unidos, sin una sola concesión, sin el menor asomo de claudicación, y que forma parte de todo un mundo integrado por cientos de millones que no podrán servir de pretexto a los seudoizquierdistas descarados que quieren ganar laureles viviendo en París, en Londres, en Roma.  Algunos de ellos son latinoamericanos descarados, que en vez de estar allí en la trinchera de combate (APLAUSOS), en la trinchera de combate, viven en los salones burgueses, a 10 000 millas de los problemas, usufructuando un poquito de la fama que ganaron cuando en una primera fase fueron capaces de expresar algo de los problemas latinoamericanos. 

Pero lo que es con Cuba, a Cuba no la podrán volver a utilizar jamás, ¡jamás!, ni defendiéndola.  Cuando nos vayan a defender les vamos a decir:  “¡No nos defiendan, compadres, por favor, no nos defiendan!” (APLAUSOS.)  “¡No nos conviene que nos defiendan!”, les diremos. 

Y desde luego, como se acordó por el Congreso, ¿concursitos aquí para venir a hacer el papel de jueces?  ¡No!  ¡Para hacer el papel de jueces hay que ser aquí revolucionarios de verdad, intelectuales de verdad, combatientes de verdad!  (APLAUSOS.)  Y para volver a recibir un premio, en concurso nacional o internacional, tiene que ser revolucionario de verdad, escritor de verdad, poeta de verdad (APLAUSOS), revolucionario de verdad.  Eso está claro.  Y más claro que el agua.  Y las revistas y concursos, no aptos para farsantes.  Y tendrán cabida los escritores revolucionarios, esos que desde París ellos desprecian, porque los miran como unos aprendices, como unos pobrecitos y unos infelices que no tienen fama internacional.  Y esos señores buscan la fama, aunque sea la peor fama; pero siempre tratan, desde luego, si fuera posible, la mejor. 

Tendrán cabida ahora aquí, y sin contemplación de ninguna clase, ni vacilaciones, ni medias tintas, ni paños calientes, tendrán cabida únicamente los revolucionarios. 

Ya saben, señores intelectuales burgueses y libelistas burgueses y agentes de la CIA y de las inteligencias del imperialismo, es decir, de los servicios de inteligencia, de espionaje del imperialismo:  En Cuba no tendrán entrada, ¡no tendrán entrada!, como no se la damos a UPI y a AP  ¡Cerrada la entrada indefinidamente (APLAUSOS), por tiempo indefinido y por tiempo infinito!

Eso es todo lo que tenemos que decir al respecto. 

Ahora, esos instrumentos:  cuanto libro se publique aquí, cuanto papel se imprima, cuanto espacio dispongamos útil dondequiera, en todos los medios de divulgación, no digo que los vayamos a usar ciento por ciento en la educación.  Desgraciadamente, no podemos.  Pero no podemos no porque no estén disponibles ahí, sino porque no tendríamos los materiales, el personal calificado necesario para dedicar la televisión entera, entera a la educación.  Si la educación es atractiva, la cultura forma parte de la educación; las mejores obras culturales, las mejores creaciones artísticas del hombre y de la humanidad forman parte de la educación.  Pero todo lo que pueden ser usadas, serán usadas.  Y deberán ser cada vez más usadas. 

Aquí se hablaba de la necesidad que tenemos de películas infantiles, de programas de televisión infantiles, de literatura infantil.  Y no Cuba, prácticamente el mundo está carente de eso.  Pero, ¿cómo vamos a tener programas infantiles si surgen algunos escritores influidos por esas tendencias y entonces pretenden ganar nombre, no escribiendo algo útil para el país sino al servicio de las corrientes ideológicas imperialistas?  Cómo han estado recibiendo premios esos señores, escritores de basura en muchas ocasiones.  Porque independientemente de más o menos nivel técnico para escribir, más o menos imaginación, nosotros como revolucionarios valoramos las obras culturales en función de los valores que entrañen para el pueblo. 

Para nosotros, un pueblo revolucionario en un proceso revolucionario, valoramos las creaciones culturales y artísticas en función de la utilidad para el pueblo, en función de lo que aporten al hombre, en función de lo que aporten a la reivindicación del hombre, a la liberación del hombre, a la felicidad del hombre. 

Nuestra valoración es política.  No puede haber valor estético sin contenido humano.  No puede haber valor estético contra el hombre.  No puede haber valor estético contra la justicia, contra el bienestar, contra la liberación, contra la felicidad del hombre.  ¡No puede haberlo! 

Para un burgués cualquier cosa puede ser un valor estético, que lo entretenga, que lo divierta, que lo ayude a entretener sus ocios y sus aburrimientos de vago y de parásito improductivo (APLAUSOS).  Pero esa no puede ser la valoración para un trabajador, para un revolucionario, para un comunista.  Y no tenemos que tener ningún temor a expresar con toda claridad estas ideas.  Si los revolucionarios hubieran tenido temor por las ideas, ¿dónde demonios estarían?  Tendrían 10 cadenas en el cuello y 100 000 patas sobre los hombros —no digo pies—, patas de verdugos y de opresores y de imperialistas.  Por algo una revolución es una revolución y existe y se desarrolla. Y por algo existen los revolucionarios y para algo existen los revolucionarios. Y esas son y tienen que ser y no pueden haber otras valoraciones. 

Pues decíamos que, claro, es lógico que nos falten libros de literatura infantil.  Unas minorías privilegiadas escribiendo cuestiones de las cuales no se derivaba ninguna utilidad, expresiones de decadencia.  ¡Ah!, pero en parte también porque aquí se han adoptado ciertos criterios.  En los tiempos contemporáneos, ¿se considera intelectual a quién?  Hay un grupito que ha monopolizado el título de intelectuales y de trabajadores intelectuales.  Los científicos, los profesores, los maestros, los ingenieros, los técnicos, los investigadores, no, no son intelectuales.  Ustedes no trabajan con la inteligencia.  Según ese criterio los educadores no son intelectuales. 

Pero también ha habido una cierta inhibición por parte de los verdaderos intelectuales, que han dejado en manos de un grupito de hechiceros los problemas de la cultura.  Esos son como los hechiceros de las tribus en las épocas primitivas, en que aquellos tenían tratos con Dios, con el Diablo también, y además curaban, conocían las hierbas que curaban, las recetas, las oraciones, las mímicas que curaban. 

Y ese fenómeno todavía en medio de nuestro primitivismo se produce.  Un grupito de hechiceros que son los que conocen las artes y las mañas de la cultura y pretenden ser eso. 

Y por eso se ha planteado que nosotros en el campo de la cultura tenemos que promover ampliamente la participación de las masas y que la creación cultural sea obra de las masas y disfrute de las masas.  Y que los mejores valores que ha creado la humanidad en todos los siglos, desde la literatura antigua, las esculturas, las pinturas, igual que lo fueron los principios de la ciencia, la matemática, la geometría, la astronomía, puedan ser patrimonio de las masas, puedan estar al alcance de las masas, puedan comprenderlas y disfrutarlas las masas.  Y que las masas sean creadoras. 

¿No tenemos acaso casi 100 000 profesores y maestros?  ¿No hemos visto nosotros en este Congreso brillantísimas intervenciones, agudas y profundas inteligencias, imaginación, carácter, tantas virtudes a raudales?  ¿Es que acaso entre casi 100 000 profesores y maestros, para señalar solo un sector de nuestros trabajadores, no podrían promover un formidable movimiento cultural, un formidable movimiento artístico, un formidable movimiento literario?  ¿Por qué no buscamos, por qué no promovemos, para que surjan nuevos valores, para que podamos atender esas necesidades, para que podamos tener literatura infantil, para que podamos tener muchos más programas de radio y de televisión educacionales, culturales, infantiles?  Es eso lo que debemos hacer, es eso el movimiento de masas que debemos proponer. 

¿Qué mejor ejemplo que el de hoy, en los espectáculos que brindaron los alumnos, jovencitos de la secundaria y de la preuniversitaria?  Algunos de esos alumnos representaban determinadas escuelas, donde todos los alumnos participan en algún Círculo de Interés Científico, y donde todos los alumnos participan en actividades culturales, y escriben, escriben poesía, y obras literarias, y obras de teatro, y representan, y practican todas las actividades culturales.  Y aquí los hemos visto esta noche. 

Si nosotros podemos hacer eso en todas las escuelas, y podemos hacerlo —¿no vimos un grupo de niños?—, podemos y debemos hacerlo desde los círculos infantiles, en la escuela primaria, en la secundaria, en la fábrica.  ¿Qué pueden preocuparnos a nosotros las magias de esos hechiceros?  ¿Qué pueden preocuparnos, si nosotros sabemos que tenemos la posibilidad de a todo un pueblo hacerlo creador, de a todo un pueblo hacerlo intelectual, hacerlo escritor, hacerlo artista?  ¡Todo un pueblo!  Si la Revolución es eso, si el socialismo es eso, si el comunismo es eso, porque pretende para las masas, pretende para toda la sociedad liberada de la explotación los beneficios de la ciencia, de la cultura, del arte.  Si eso, y todo lo que forme parte del bienestar del hombre… ¿Por qué luchamos? ¿Para qué luchamos? 

¿Y qué era lo que precisamente excitaba el interés de ustedes, la pasión de ustedes, en este Congreso, si no pensando en lo que podían llevar allí de cultura, de adelanto, de mejora, de bienestar, de felicidad, a los niños y a los jóvenes y a los obreros que ustedes enseñan? 

Y eso es lo que queremos para todo el pueblo.  Eso es lo que queremos para las futuras generaciones.  Y en nuestras manos está.  ¿Qué nos lo impide?  ¿Qué nos lo puede impedir?  ¡Nada! Ninguna barrera, ningún obstáculo se impone, como no sean todavía nuestras limitaciones materiales, nuestras faltas de niveles, nuestras faltas de cuadros.  ¡Eso es lo único!

Aquí todos los recursos disponibles, todas las riquezas, todos los brazos, todas las inteligencias, todos los corazones, están al servicio de eso. 

Y esa será nuestra sociedad del futuro, representada aquí por estos jóvenes.  Pero es que tenemos que arreglárnoslas para llevar a la actividad a millones de niños y de jóvenes, luchar, trabajar por el desarrollo económico del país, por la base material, que junto al desarrollo de la ciencia, de la educación y del movimiento de cuadros y de personal calificado nos permita hacerlo. 

¡Nada nos lo puede impedir!  Esa es la maravillosa ventaja de nuestra patria hoy.  No vivimos en el capitalismo, no hay burgueses saqueando a los obreros, ¡no!  Nuestros recursos están en manos del propio pueblo. 

Y así, mientras Europa capitalista decae, y decae cada vez más, y no se sabe a dónde va a parar en su caída, como barco que se hunde…  Y con los barcos, en este mar tempestuoso de la historia, se hundirán también sus ratas intelectuales. 

Cuando digo ratas intelectuales, esté claro que no nos referimos, ni mucho menos, a todos los intelectuales. ¡No!  ¡Allá también son una minoría!  Pero digo los marineros, las ratas que pretenden convertir en cosa trascendental su mísero papel de tripulantes de embarcaciones que se hunden en los mares tempestuosos de la historia. 

Es así.  Y es cuestión de años, ¡y tal vez ni siquiera de muchos!  Es cuestión de tiempo. Esas sociedades decadentes, podridas y carcomidas hasta la médula de los huesos por sus propias contradicciones, no durarán largo tiempo.  Y mientras van hacia el fondo, nosotros, con trabajo, con esfuerzo, con dificultades, sí, pero vamos hacia arriba. 

Este Congreso lo demuestra. ¿Qué es esto sino la corroboración de esta idea, el fruto de esta Revolución, el fruto de esta profunda transformación de nuestras estructuras económicas y nuestras estructuras sociales?  Parte del cual es esta humanidad, esta fuerza monolítica, esta formación ideológica profunda, esta masa politizada de educadores, que saben donde están las debilidades, dónde están los problemas, cómo debemos combatirlos, qué debemos priorizar en esa lucha.  Y que nada nos lo puede impedir.  Que hoy nos lo impiden, repito, nuestras limitaciones, pero cada día tendremos más recursos, cada día tendremos más escuelas como la que inauguramos en días recientes; cada día tendremos más base material, más instalaciones, más medios audiovisuales, más recursos. 

Ahora será seguido con los incrementos de producción de barras para la construcción, de cemento, de industrias de la construcción; iremos disponiendo cada vez de recursos mayores, para construirlas primero una, después dos; después serán decenas, y después serán cientos.  Y sabemos que ese es nuestro porvenir.  Y ya no es un porvenir lejano:  ya se ve, ya se vislumbra. 

Estamos conscientes de cuanta escuelita pobre:  todavía hay        630 000 muchachos en aulas multígradas en el país, muchas escuelas todavía en peores condiciones.  ¡Pero vamos hacia delante!  Ese es nuestro porvenir, un porvenir ya no lejano. 

Los próximos años serán testigos de esos avances, los próximos años, ¡seguro!, producto de este espíritu que hoy tiene nuestro pueblo, nuestras masas de trabajadores, espíritu similar al que revelan nuestros educadores. 

Debemos señalar, al hablar de estos problemas, cómo nuestro país en medio del bloqueo, en medio de las agresiones imperialistas, sin embargo ha podido luchar, ha podido defenderse, ha podido fortalecerse; cómo, a pesar de nuestra escasez de recursos, hemos podido ir sobreviviendo estos años; podremos ir mejorando, y avanzando en la misma medida en que otros países también hermanos comienzan a despertar, en la misma medida en que otros pueblos hermanos empiezan a sumarse a esta batalla, en la misma medida en que comienza el aislamiento a la inversa —poco a poco y después ampliamente— del imperialismo que nos aisló y nos bloqueó.

Hay que decir que en estos años hemos tenido la cooperación, el apoyo de los países socialistas. Y, como hemos señalado en otras ocasiones, de la Unión Soviética muy especialmente.  Por eso, hoy tenemos la satisfacción de contar aquí con una delegación soviética presidida por el Presidente del GOSPLAN y viceministro de la Unión Soviética, el compañero Baibakov, que en estos días ha estado discutiendo planes de cooperación económica con Cuba, esencialmente las formas de nuevos desarrollos de renglones básicos de nuestra economía como, por ejemplo, la electricidad, que nos proponemos elevar en 300 000 kilowatts los próximos…  en algo más de 300 000.  Estamos montando instalaciones industriales eléctricas: Tallapiedra, Regla se empezará a montar, O’Bourke se está terminando, se harán otras instalaciones en Santiago de Cuba y Matanzas, que ya tenemos los equipos; y aparte de eso, capacidades adicionales por 300 000 kilowatts, que serán suministrados los equipos por la Unión Soviética y que nos permitirán elevar en más de un 50% nuestra actual capacidad eléctrica, que es ya más del doble de la que teníamos antes del triunfo de la Revolución (APLAUSOS). 

Y ya sabemos la necesidad que tenemos de esos recursos básicos para el desarrollo económico, para el propio desarrollo de la educación, aunque ciertamente hemos señalado la importancia fundamental de que esos recursos costosos nosotros los usemos de manera óptima y los sepamos ahorrar. 

Hay también implicados en estos análisis con la delegación soviética planes de desarrollo de la industria textil, también con el propósito de duplicar nuestras capacidades en los próximos cinco años, de la industria de pulpa y de papel, de la minería, de la mecanización de la caña, de los talleres automotrices y otros programas en estudio. 

De manera que sin duda, con un esfuerzo serio y responsable en todos los campos, como se está viendo en la educación, nosotros no tenemos la menor duda de que venceremos las dificultades cualesquiera que sean y marcharemos adelante. 

También en la noche de hoy se encuentra presente la delegación de otro país que ha tenido una actitud amistosa hacia nosotros y que han estado cooperando en planes de asistencia técnica, que es la delegación de Suecia. 

En el terreno de la educación, ellos nos están ayudando ahora a la construcción de un magnífico Instituto de Electrónica, muy moderno, con todos los medios de la base material.  E igualmente, para la provincia de Las Villas, un Instituto de Refrigeración, que es sumamente importante para nosotros, y de mecánica especializada. 

También nosotros ya hemos empezado a trabajar en ese Instituto de Electrónica.  Se están empezando a hacer también los primeros esfuerzos en el de refrigeración. 

Tenemos también y estamos en la necesidad de llevar adelante construcciones en la Facultad de Tecnología de la Universidad de La Habana, para instalar equipos que hemos estado recibiendo. 

De manera que frente a las dificultades, los obstáculos, frente al bloqueo imperialista, frente a la irritación y al mal humor de los imperialistas, nosotros marcharemos adelante.  Y sin duda que lo lograremos al ritmo más rápido posible en la medida en que optimicemos nuestros esfuerzos, en que optimicemos nuestros recursos, en que superemos nuestras debilidades, nuestras deficiencias. 

Y en esa marcha hacia adelante, los educadores tienen un papel fundamental, más que definido y expresado en el documento del Congreso, un papel decisivo.  Aunque desde luego —como les decía esta tarde a algunos delegados— el fruto del esfuerzo de hoy, los verdaderos frutos del esfuerzo de hoy, en la medida en que realicemos este magnífico programa trazado por el Congreso, no son frutos próximos. 

Les decía:  próximamente tendremos solo satisfacciones morales.  En los próximos cinco años, diez años, con esa enorme masa de más de  un millón de niños en la primaria, con esa explosión de alumnos hacia las secundarias de más de 100 000 por año, en la medida en que superemos nuestras actuales dificultades materiales y tengamos todos los libros y mejores libros, y mejores programas y más articulados, y más cuadros y mejores niveles y mejor base material y más medios audiovisuales y más maestros y más escuelas, los frutos del esfuerzo trazado en este Congreso y de los esfuerzos del país nos proporcionarán en lo fundamental satisfacciones morales. 

Desde luego, los millones de personas que estudien recibirán algo más que satisfacciones morales.  Recibirán una mejor educación, una magnífica perspectiva de futuro.  Las familias cuyos hijos se eduquen, cada vez en forma más eficiente, recibirán algo más que satisfacciones morales.  Experimentarán la satisfacción y la felicidad de ver para sus hijos esas perspectivas. 

Para la economía del país, en bienes materiales no habrá desde luego ahora, sino en largos años, los frutos. 

Y si miramos hacia adelante, los frutos de este Congreso, los mejores, los más altos, ya no solo en el orden moral, ya no solo en el orden de los beneficios directos de tener una mejor educación o la felicidad de la familia por esa causa, sino en el orden material, están a 20 años vista, a 25, a tal vez 30, cuando logremos mejores profesores de los multígrados de primero, segundo y tercer grados, cuando logremos muchos de los anhelos que nos hemos propuesto.  Solo dentro de 15, 20, 25, 30 años podrá el país ver los mejores frutos. 

Pero al menos tendremos todos grandes satisfacciones de orden moral.  Nuestros maestros y nuestros profesores, nuestros educadores, nuestros trabajadores de la cultura y de la ciencia tendrán el bienestar moral, tendrán la felicidad, tendrán la satisfacción de lo que más nos preocupa.  Porque si les preguntamos a ustedes qué los haría más feliz en los años futuros, ustedes dirán:  ¡Ese programa de educación, el cumplimiento de ese programa, el vencimiento y la superación de las dificultades, más recursos, más escuelas, más medios, más cuadros, más apoyo! 

Y nosotros estamos seguros de que para esta masa de casi 100 000 educadores, su mayor satisfacción, su mayor felicidad la irán experimentando en la medida en que vayan obteniendo esos logros y en la medida en que esos logros sean resultado del esfuerzo de ustedes mismos, en la medida en que sean fruto de este Congreso. 

Hoy, dentro de unos minutos, habrá terminado este evento.  Mas no debemos declararlo propiamente clausurado.  Hemos, si se quiere, clausurado una reunión. 

Ahí está el programa, ahí están los acuerdos.  Ahora hay que llevarlos a cabo, ahora hay que cumplirlos. 

¿Por qué vamos a disolvernos al uso tradicional?  ¿Por qué dejar de seguirnos considerando Congreso de la Educación y la Cultura?  ¿Por qué no considerarnos delegados de ese Congreso hasta el próximo Congreso?  (APLAUSOS.) ¿Por qué no declararnos aptos para reunirnos en cualquier otro momento en que haga falta otra vez?  (APLAUSOS.)

Si estamos contentos, si estamos satisfechos de esta camaradería, de esta fraternidad, de esta hermandad; si sabemos que tenemos grandes tareas por delante que tenemos que cumplir; si sabemos que tenemos que ir cumpliendo esas tareas y que irlas controlando, ¿por qué no seguirnos considerando Congreso? 

¿Por qué no tener de nuevo otras oportunidades de reunirnos en estos próximos tres años, si no por una semana, en ocasiones por un día, dos días, para llevar a cabo cualquier política, para discutir cualquier cuestión, para tratar cualquier problema? 

Y por eso nosotros proponemos, como el último acuerdo de estas sesiones, que nos sigamos considerando Congreso de la Cultura en activo, y que nos sigamos considerando aptos y dispuestos para volvernos a reunir en cualquier situación, en cualquier circunstancia para ver cómo marcha el programa, cómo marcha el trabajo, hasta que dentro de tres años sean elegidos los nuevos delegados del Congreso. 

Y por eso les preguntamos a ustedes si están de acuerdo (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE:  “¡Sí!”). 

Entonces que levanten la mano los que están de acuerdo (LOS DELEGADOS LEVANTAN LA MANO). 

¡Perfectamente! 

Y siguiendo la costumbre del Congreso:  ¿Hay alguien en contra?  (EXCLAMACIONES DE: “¡No!“)

¡Muy bien! 

Entonces les deseamos, compañeros, los mayores éxitos en el cumplimiento del programa trazado por el Congreso. 

¡Patria o Muerte!

¡Venceremos!

Ex oficiales de las FAR y el MININT firman manifiesto dirigido a los militares cubanos

Movidos por la actual crisis en la isla, un grupo de ex oficiales de las Fuerzas Armadas de Cuba y del Ministerio del Interior, entre los que figura el General de Brigada Rafael del Pino, han publicado un manifiesto que da inicio al “movimiento de militares cubanos objetores de conciencia”.

La propuesta está inscrita en el 126 aniversario del Grito de Baire, “gesta definitiva por la independencia para iniciar la construcción de la patria que Martí deseaba alcanzar” y reconoce que “mientras en todo el país se generaliza la pobreza, una casta corrupta de altos oficiales y burócratas han constituido un estado mafioso y vive a sus anchas”.

El documento, al que Radio y Televisión Martí tuvo acceso, señala que la élite militar controla “todas las actividades rentables en el monopolio de GAESA sin que nadie fiscalice sus operaciones e ingresos ni se inviertan las ganancias en beneficio del pueblo”.

Además denuncia que el régimen ha desatado “una guerra contra el pueblo y sus iniciativas económicas”.

“El nuevo estado mafioso bajo su control no se responsabiliza por la población, pero tampoco otorga libertades económicas ni políticas para buscar la prosperidad de forma independiente. Los ciudadanos son esclavos en una plantación moderna en la que ni siquiera se les garantiza el alimento”, indica el texto.

​Los firmantes, entre los que se encuentran también el Teniente Coronel Omar Ruiz Matoses FAR-MININT (Fuerzas Armadas Revolucionarias-Ministerio del Interior)  -padre de los opositores Ariel y Omara Ruiz Urquiola-, el Teniente Coronel Mario Riva Morales FAR, el Teniente Coronel Alfredo Lima Pérez FAR, y el 1er Teniente Ángel Madrazo Giro MININT, han declarado lo siguiente como Objetores de Conciencia:

1- Nos oponemos a cualquier orden o plan de usar la fuerza militar para reprimir las justas protestas y demandas de la población. Una casta mafiosa imparte hoy órdenes represivas a los cuerpos armados contra nuestros compatriotas. Esas son órdenes inmorales. Nadie debe cumplir órdenes represivas contra nuestras familias, vecinos, amigos y demás ciudadanos. Exhortamos a todo el que pueda hacerlo que solicite su baja o jubilación de esos cuerpos. Basta ya de reprimir mujeres, ancianos, niños y jóvenes que exigen una vida digna.

2- Nos oponemos a que las FAR continúe el reclutamiento para el servicio militar general en medio de la actual crisis. El único peligro real e inmediato para la nación es la hambruna general. Los núcleos familiares necesitan poder contar hoy con sus jóvenes para que los apoyen en múltiples tareas vinculadas a la supervivencia cotidiana.

3- Nos oponemos a que GAESA continúe siendo un monopolio militar no transparente cuyas propiedades, accionistas, actividades y ganancias no son fiscalizadas de manera independiente ni de dominio público. Sus ganancias tienen que ser conocidas e invertidas en beneficio de toda la sociedad cubana. GAESA es el núcleo financiero de un nuevo estado mafioso. Una élite de militares y civiles corruptos se ha apropiado de las empresas económicas más lucrativas y se enriquece al margen de toda fiscalización. La nueva casta explotadora sigue hablando en nombre de la revolución que ellos mismos enterraron hace mucho tiempo mientras la población –en especial a los jubilados- es abandonada a la más terrible miseria. No hay ya una revolución ni socialismo que defender. ¡Basta ya!

4- Nos oponemos a que las armas sean usadas para agredir al pueblo. Nuestro deber profesional es protegerlo, no asesinar compatriotas. Si llegara el momento en que alguien se atreviera a impartir la orden de disparar contra el pueblo, el verdadero mandato de la patria a todos los militares en esas circunstancias es rechazarla y proteger a los ciudadanos de cualquier ataque. Ha habido demasiadas muertes. Lo que queremos y exigimos es “Patria y Vida”. La patria libre, independiente, soberana, democrática y próspera que soñó José Martí.

En declaraciones a Radio Televisión Martí, Ruiz Matoses, quien sirvió tanto en las FAR como en el Minint y cumplió 20 años de prisión por pedir la renuncia de Fidel y Raúl Castro, expresó que “ya es hora de que se escuche a un sector de las fuerzas armadas cubanas que no comulga con el estado de cosas de reinante en nuestra tierra”. ■

Punto de vista

La prensa española divulga hoy unas declaraciones hechas por el vicepresidente del Gobierno y líder de Podemos, Pablo Iglesias, en las cuales éste afirma que “no hay una situación de plena normalidad política y democrática en España”, puesto que existen políticos independentistas catalanes “en las cárceles y en el exilio”. Es sorprendente esta deducción en boca del señor Iglesias, quien no hace mucho afirmó (el vídeo quizás pueda verse aún en Youtube) que Cuba –ese país con un solo partido político gobernado por los mismos mandamases desde hace 62 años, y que tiene la cuarta parte de su población en el exilio y a los opositores al régimen perennemente vigilados por la policía o encarcelados– es, nada más y nada menos, “una democracia ejemplar”. ¿Qué será la democracia para el señor vicepresidente de España?

Declaración de la UNEAC

 Documento en el cual la dirección de la UNEAC deja constancia de su desacuerdo con los premios de Poesía y Teatro otorgados, respectivamente, a Heberto Padilla y Antón Arrufat en el concurso de 1968.  

El día 28 de octubre de este año se reunieron en sesión conjunta el comité director de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y los jurados extranjeros y nacionales designados por ella en el concurso literario que, como en años anteriores, tuvo lugar en este. El fin de dicha reunión era el de examinar juntos los premios otorgados a dos obras: en poesía, la titulada Fuera del juego, de Heberto Padilla, y en teatro, Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat. Ambas ofrecían puntos conflictivos en un orden político, los cuales no habían sido tomados en consideración al dictarse el fallo, según el parecer del comité director de la Unión. Luego de un amplísimo debate, que duró varias horas, en el que cada asistente se expresó con entera independencia, se tomaron los siguientes acuerdos, por unanimidad:

  1. Publicar las obras premiadas de Heberto Padilla en poesía y Antón Arrufat en teatro.
  2. El comité director insertará una nota en ambos libros expresando su desacuerdo con los mismos por entender que son ideológicamente contrarios a nuestra Revolución.
  3. Se incluirán los votos de los jurados sobre las obras discutidas, así como la expresión de las discrepancias mantenidas por algunos de dichos jurados con el comité ejecutivo de la UNEAC.

En cumplimiento, pues, de lo anterior, el comité director de la UNEAC hace constar por este medio su total desacuerdo con los premios concedidos a las obras de poesía y teatro que, con sus autores, han sido mencionados al comienzo de este escrito. La dirección de la UNEAC no renuncia al derecho ni al deber de velar por el mantenimiento de los principios que informan nuestra Revolución, uno de los cuales es sin duda la defensa de esta, así de los enemigos declarados y abiertos como –y son los más peligrosos– de aquellos otros que utilizan medios más arteros y sutiles para actuar.

El IV Concurso Literario de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, tuvo lugar en momentos en que alcanzaban en nuestro país singular intensidad ciertos fenómenos típicos de la lucha ideológica, presentes en toda revolución social profunda. Corrientes de ideas, posiciones y actitudes cuya raíz se nutre siempre de la sociedad abolida por la Revolución, se desarrollaron y crecieron, plegándose sutilmente a los cambios y variaciones que imponía un proceso revolucionario sin acomodamientos ni transigencias.

El respeto de la Revolución cubana por la libertad de expresión, demostrable en los hechos, no puede ser puesto en duda. Y la Unión de Escritores y Artistas, considerando que aquellos fenómenos desaparecerían progresivamente, barridos por un desarrollo económico y social que se reflejaría en la superestructura, autorizó la publicación en sus ediciones de textos literarios cuya ideología, en la superficie o subyacente, andaba a veces muy lejos o se enfrentaba a los fines de nuestra Revolución.

Esta tolerancia, que buscaba la unión de todos los creadores literarios y artísticos, fue al parecer interpretada como un signo de debilidad favorable a la intensificación de una lucha cuyo objetivo último no podía ser otro que el intento de socavar la indestructible firmeza ideológica de los revolucionarios.

En los últimos meses hemos publicado varios libros, en los que en dimensión mayor o menor y por caminos diversos, se perseguía idéntico fin. Era evidente que la decisión de respetar la libertad de expresión hasta el mismo límite en que esta comienza a ser libertad para la expresión contrarrevolucionaria, estaba siendo considerada como el surgimiento de un clima de liberalismo sin orillas, producto siempre del abandono de los principios. Y esta interpretación es inadmisible, ya que nadie ignora, en Cuba o fuera de ella, que la característica más profunda y más hermosa de la Revolución cubana es precisamente su respeto y su irrenunciable fidelidad a los principios que son raíz profunda de su vida.

Como dijimos en dos de los seis géneros literarios concursantes, poesía y teatro, la dirección de la Unión encontró que los premios habían recaído en obras construidas sobre elementos ideológicos francamente opuestos al pensamiento de la Revolución.

En el caso del libro de poesía, desde su título, Fuera del juego, juzgado dentro del contexto general de la obra, deja explícita la autoexclusión de su autor de la vida cubana. Padilla mantiene en sus páginas una ambigüedad mediante la cual pretende situar, en ocasiones, su discurso en otra latitud. A veces es una dedicatoria a un poeta griego, a veces una alusión a otro país. Gracias a este expediente demasiado burdo cualquier descripción que siga no es aplicable a Cuba, y las comparaciones sólo podrán establecerse en la “conciencia sucia” del que haga los paralelos. Es un recurso utilizado en la lucha revolucionaria que el autor quiere aplicar ahora precisamente contra las fuerzas revolucionarias. Exonerado de sospechas, Padilla puede lanzarse a atacar la Revolución amparado en una referencia geográfica.

Aparte de la ambigüedad ya mencionada, el autor mantiene dos actitudes básicas: una criticista y otra antihistórica. Su criticismo se ejerce desde un distanciamiento que no es el compromiso activo que caracteriza a los revolucionarios. Este criticismo se ejerce además prescindiendo de todo juicio de valor sobre los objetivos finales de la Revolución y efectuando transposiciones de problemas que no encajan dentro de nuestra realidad. Su antihistoricismo se expresa por medio de la exaltación del individualismo frente a las demandas colectivas del pueblo en desarrollo histórico y manifestando su idea del tiempo como un círculo que se repite y no como una línea ascendente. Ambas actitudes han sido siempre típicas del pensamiento de derecha, y han servido tradicionalmente de instrumento de la contrarrevolución.

En estos textos se realiza una defensa del individualismo frente a las necesidades de una sociedad que construye el futuro y significa una resistencia del hombre a convertirse en combustible social. Cuando Padilla expresa que se le arrancan sus órganos vitales y se le demanda que eche a andar, es la Revolución, exigente en los deberes colectivos, quien desmembra al individuo y le pide que funcione socialmente. En la realidad cubana de hoy, el despegue económico que nos extraerá del subdesarrollo exige sacrificios personales y una contribución cotidiana de tareas para la sociedad. Esta defensa del aislamiento equivale a una resistencia a entregarse en los objetivos comunes, además de ser una defensa de superadas concepciones de la ideología liberal burguesa.

Sin embargo, para el que permanece al margen de la sociedad, fuera del juego, Padilla reserva sus homenajes. Dentro de la concepción general de este libro el que acepta la sociedad revolucionaria es el conformista, el obediente. El desobediente, el que se abstiene, es el visionario que asume una actitud digna. En la conciencia de Padilla, el revolucionario baila como le piden que sea el baile y asiente incesantemente a todo lo que le ordenan; es el acomodado, el conformista que habla de los milagros que ocurren. Padilla, por otra parte, resucita el viejo temor orteguiano de las “minorías selectas” a ser sobrepasadas poruña masividad en creciente desarrollo. Esto tiene, llevado a sus naturales consecuencias, un nombre en la nomenclatura política: fascismo.

El autor realiza un trasplante mecánico de la actitud típica del intelectual liberal dentro del capitalismo, sea esta de escepticismo o de rechazo crítico. Pero, si al efectuar la transposición, aquel intelectual honesto y rebelde, que se opone a la inhumanidad de la llamada cultura de masas y a la cosificación de la sociedad de consumo, mantiene su misma actitud dentro de un impetuoso desarrollo revolucionario, se convierte objetivamente en un reaccionario. Y esto es difícil de entender para el escritor contemporáneo que se abraza desesperadamente a su papel anticonformista y de conciencia colectiva, pues es ese el que le otorga su función social y cree –erróneamente– que al desaparecer ese papel también será barrido como intelectual. No es el caso del autor que por haber vivido en ambas sociedades conoce el valor de una y otra actitud y selecciona deliberadamente.

La Revolución cubana no propone eliminar la crítica ni exige que se le hagan los ni cantos apologéticos. No pretende que los intelectuales sean corifeos sin criterio. La obra de la Revolución es su mejor defensora ante la historia, pero el intelectual que se sitúa críticamente frente a la sociedad debe saber que, moralmente, está obligado a contribuir también a la edificación revolucionaria.

AI enfocar analíticamente la sociedad contemporánea, hay que tener en cuenta que los problemas de nuestra época no son abstractos, tienen apellido y están localizados muy concretamente. Debe definirse contra qué se lucha y en nombre de qué se combate. No es lo mismo el colonialismo que las luchas de liberación nacional; no es lo mismo el imperialismo que los países subyugados económicamente; no es lo mismo Cuba que Estados Unidos; no es lo mismo el fascismo que el comunismo, ni la dictadura del proletariado es similar en lo absoluto a las dictaduras castrenses latinoamericanas.

Al hablar de la historia como “el golpe que debes aprender a resistir”, al afirmar que “ya tengo el horror/ y hasta el remordimiento de pasado mañana”, y en otro texto: “sabemos que en el día de hoy está el error/ que alguien habrá de condenar mañana”, ve la historia como un enemigo, como un juez que va a castigar. Un revolucionario no teme a la historia, la ve, por el contrario, como la confirmación de su confianza en la transformación de la vida.

Pero Padilla apuesta sobre el error presente –sin contribuir a su enmienda–, y su escepticismo se abre paso ya sin límites, cerrando todos los caminos: el individuo se disuelve en un presente sin objetivos y no tiene absolución posible en la historia. Sólo queda para el que vive en la revolución abjurar de su personalidad y de sus opiniones para convertirse en una cifra dentro de la muchedumbre para disolverse en la masa despersonalizada. Es la vieja concepción burguesa de la sociedad comunista.

En otros textos Padilla trata de justificar, en un ejercicio de ficción y de enmascaramiento, su notorio ausentismo de su patria en los momentos difíciles en que esta se ha enfrentado al imperialismo, y su inexistente militancia personal convierte la dialéctica de la lucha de clases en la lucha de sexos, sugiere persecuciones y climas represivos en una revolución como la nuestra que se ha caracterizado por su generosidad y su apertura, identifica lo revolucionario con la ineficiencia y la torpeza, se conmueve con los contrarrevolucionarios que se marchan del país y con los que son fusilados por sus crímenes contra el pueblo, y sugiere complejas emboscadas contra sí que no pueden ser índice más que de un arrogante delirio de grandeza o de un profundo resentimiento. Resulta igualmente hiriente para nuestra sensibilidad que la Revolución de Octubre sea encasillada en acusaciones como “el puñetazo en plena cara y el empujón a medianoche”, el terror que no puede ocultarse en el viento de la torre Spasskaya, las fronteras llenas de cárceles, el poeta “culto en los más oscuros crímenes de Stalin”, los cincuenta años que constituyen un “círculo vicioso de lucha y de terror”, el millón de cabezas cada noche, el verdugo con tareas de poeta, los viejos maestros duchos en el terror de nuestra época, etcétera.

Si en definitiva en el proceso de la Revolución soviética se cometieron errores, no es menos cierto que los logros –no mencionados en El abedul de hierro— son más numerosos, y que resulta francamente chocante que a los revolucionarios bolcheviques, hombres de pureza intachable, verdaderos poetas de la transformación social, se les sitúe con falta de objetividad histórica, irrespetuosidad hacia sus actos y desconsideración de sus sacrificios.

Sobre los demás poemas y sobre estos mencionados, dejemos el juicio definitivo a la conciencia revolucionaria del lector que sabrá captar qué mensaje se oculta entre tantas sugerencias, alusiones, rodeos, ambigüedades e insinuaciones.

Igualmente entendemos nuestro deber señalar que estimamos una falta ética matizada de oportunismo que el autor en un texto publicado hace algunos meses, acusara a la UNEAC con calificativos denigrantes, y que en un breve lapso y sin que mediara una rectificación se sometiera al fallo de un concurso que esta institución convoca. También entendemos como una adhesión al enemigo la defensa pública que el autor hizo del tránsfuga Guillermo Cabrera Infante, quien se declaró públicamente traidor a la Revolución.

En última instancia concurren en el autor de este libro todo un conjunto de actitudes, opiniones, comentarios y provocaciones que lo caracterizan y sitúan políticamente en términos acordes a los criterios aquí expresados por la UNEAC, hechos que no eran del conocimiento de todos los jurados y que alargarían innecesariamente este prólogo de ser expuestos aquí.

En cuanto a la obra de Antón Arrufat, Los siete contra Tebas, no es preciso ser un lector extremadamente suspicaz para establecer aproximaciones más o menos sutiles entre la realidad fingida que plantea la obra, y la realidad no menos fingida que la propaganda imperialista difunde por el mundo, proclamando que se trata de la realidad de Cuba revolucionaria. Es por esos caminos como se identifica a la “ciudad sitiada” de esta versión de Esquilo con la “isla cautiva” de que hablara John F. Kennedy. Todos los elementos que el imperialismo yanqui quisiera que fuesen realidades cubanas están en esta obra, desde el pueblo aterrado ante el invasor que se acerca (los mercenarios de Playa Girón estaban convencidos que iban a encontrar ese terror popular abriéndoles todos los caminos) hasta la angustia por la guerra que los habitantes de la ciudad (el coro) describen como la suma del horror posible, dándonos implícito el pensamiento de que lo mejor sería evitar ese horror de una lucha fratricida, de una guerra entre hermanos. Aquí también hay una realidad fingida: los que abandonan su patria y van a guarecerse en la casa de los enemigos, a conspirar contra ella y prepararse para atacarla, dejan de ser hermanos para convertirse en traidores. Sobre el turbio fondo de un pueblo aterrado, Etéocles y Polinice dialogan a un mismo nivel de fraterna dignidad.

Ahora bien: ¿a quién o a quiénes sirven estos libros? ¿Sirven a nuestra Revolución, calumniada en esa forma, herida a traición por tales medios?

Evidentemente no. Nuestra convicción revolucionaria nos permite señalar que esa poesía y ese teatro sirven a nuestros enemigos, y sus autores son los artistas que ellos necesitan para alimentar su caballo de Troya a la hora en que el imperialismo se decida a poner en práctica su política de agresión bélica frontal contra Cuba. Prueba de ello son los comentarios que esta situación está mereciendo de cierta prensa yanqui y europea occidental, y la defensa, abierta unas veces y “entreabierta” otras, que en esa prensa ha comenzado a suscitar. Está “en el juego”, no fuera de él, ya lo sabemos, pero es útil repetirlo, es necesario no olvidarlo.

En definitiva, se trata de una batalla ideológica, un enfrentamiento político en medio de una revolución en marcha, a la que nadie podrá detener. En ella tomarán parte no sólo los creadores ya conocidos por su oficio, sino también los jóvenes talentos que surgen en nuestra isla, y sin duda los que trabajan en otros campos de la producción y cuyo juicio es imprescindible, en una sociedad integral.

En resumen: la dirección de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba rechaza el contenido ideológico del libro de poemas y de la obra teatral premiados.

Es posible que tal medida pueda señalarse por nuestros enemigos declarados o encubiertos y por nuestros amigos confundidos, como un signo de endurecimiento. Por el contrario, entendemos que ella será altamente saludable para la Revolución, porque significa su profundización y su fortalecimiento al plantear abiertamente la lucha ideológica.

Comité director de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.
La Habana, 15 de noviembre de 1968, “Año del Guerrillero Heroico”.

François Wahl conversa sobre Severo Sarduy: radicalmente no-realista

Por Oneyda González / RIALTA MAGAZINE / 25, enero, 2020

Esta entrevista, que tuvo lugar en Chantilly, el 26 de mayo de 2013, pertenece al libro “Severo secreto. Entrevistas sobre la vida de Severo Sarduy”, de próxima aparición en el catálogo de Rialta Ediciones, y se realizó como parte de la investigación para el documental Severo secreto, de 2016, dirigido por Oneyda González y Gustavo Pérez.

¿Cómo conoce a Severo Sarduy?

Lo hemos contado muchas veces los dos. Yo estaba en Roma, era una mañana de sábado, el 7 de mayo de 1960. Regresaba al Vaticano, y en la Capilla Sixtina Severo se me aproximó y me dijo una frase completamente banal. No voy a reinventarla, la conozco de memoria, pero es ese tipo de frase que se puede pronunciar ante un montón de pinturas que lo dejen a uno un poco mudo. Y la conversación nació de esa manera.

Era alrededor del mediodía, el museo cerraba a la una, así es que seguimos juntos hasta la salida, fuimos a un café, y como yo tenía una cita en la tarde, nos citamos para esa noche. Yo estaba viviendo en Roma en la casa de la esposa del embajador de Italia, que era la última, después había una colina y después nada. Él fue a buscarme allí, y pasamos juntos la velada hasta medianoche. Creo que él estaba hospedado en una casa de estudiantes.

De pronto empezó a llover, a cántaros, y nos refugiamos en la entrada de una estación de policía. Entonces me dijo que debíamos hablar en italiano, porque yo hablaba el italiano perfectamente y no teníamos otra forma de comunicarnos. Él pasaba del español al italiano muy rápido, y con una facilidad extraordinaria. En ese momento me dijo: “¿Nosotros estamos comprometidos?”. Y yo le respondí: “Sí”. Fue así, simplemente.

En ese momento tenía un proyecto de viaje de París a Italia, de Italia a Grecia y de regreso a París. Y esto merece ser mencionado porque entre todos los estudiantes cubanos (becados en la Casa Cuba de la Ciudad Universitaria), era el único que no estaba conforme con estar allí, sino que decide hacer un recorrido por Europa, la mayor parte del trayecto en autostop.

Con su ayuda, pudo Severo acercarse a la literatura y a la lengua francesa…

Una de las cosas que nos aproximó inmediatamente es el hecho de que yo era editor, de que vivía en un ambiente literario, y estaba en situación de responder a preguntas que él se planteaba en ese momento. Yo podía hacer que su proyecto de escritura no fuera completamente extranjero en Francia. Por mi posición personal, yo era una mediación para él. Pero es cierto que él ya tenía un concepto de la literatura cuando lo conocí. Un concepto que no era en absoluto fácil, ni tradicional. Una de las primeras frases que me dijo cuando estábamos en el café de la Capilla Sixtina fue: “La literatura no debe ser transparente”. Es decir, que la lengua no es una descripción, es una creación. Ahora recuerdo, Severo dijo otra palabra. Él dijo: “La escritura no debe ser evidente”.

Y esa palabra, “evidente”, es muy importante. Quiere decir que para él no se trata, ni se puede tratar, de que la escritura literaria (la escritura en sí) sea la lengua de uso común, la lengua cotidiana. La escritura debe ser creación y recreación de la lengua. Era ese el sentido de lo no evidente para él. Y la manera de salvar esa distancia es a través de la metáfora y la metonimia. Esto prueba que ya tenía un nexo fundamental con la España del siglo xvi y, de hecho, con Góngora. Y era muy importante, porque la raíz cubana, y la raíz literaria más profunda de Severo, procedían del Siglo de Oro español.

Todo lo que escribió de teoría, desde los primeros textos, como aquel sobre la metáfora, trata acerca de lo específico de la escritura: él quería transponer la experiencia de la escritura. Dicho de otra manera: él era radicalmente no-realista, y eso le permitía abordar muy rápidamente lo que era la problemática francesa en ese momento en particular, y en la cual yo estaba muy involucrado como teórico. No es que el estructuralismo influyera en su manera de escribir. Hay una coincidencia histórica entre lo que él buscaba en la escritura y lo que desarrollaba el estructuralismo en ese momento. Junto a eso, la exigencia que él tenía, estaba plenamente conforme con lo que, en Francia, se conoció como nouveau roman.

Así pues, un texto capital es el que Severo escribe sobre Góngora, uno de sus primeros textos en Francia, donde dice (muy cercano al modelo de Góngora) que la literatura debe ser una metáfora al cuadrado, metáfora de metáforas. Esa es especialmente la regla de su manera de escribir: la transposición por movimientos no aparentes (un poco a la izquierda o un poco a la derecha) a una cierta distancia del texto, de manera que la literatura no fuera rebajada.

Quiere decir que, en un momento esencial de la construcción del estructuralismo como doctrina, esa es la conducta de la lengua en forma de comparación, de metáfora, o de secuencia metonímica. Ese es el funcionamiento de la lengua en el estructuralismo. La doctrina tal y como apareció, tal y como fue presentada por los lingüistas, tal y como fue retomada por Lacan. La aparición del estructuralismo, el hecho de que él se encontró por casualidad en ese medio, no fue un accidente en su vida. Era algo totalmente adecuado a su manera de concebir la literatura.

No quiero decir que era un estructuralista como los otros, porque él era un estructuralista cubano. El método suyo, aunque teóricamente fundado, era invadido por una fantasía, por una lúdica, por una danza y una risa típicamente cubanas. Diría, pues, que él podía sentirse cómodo en el pensamiento estructuralista, sin renunciar a sí mismo, y evidentemente era único en su situación dentro del estructuralismo. Para los demás él era a la vez una persona muy cercana y una persona que nos divertía locamente a todos. Recuerdo un psicoanalista, evocando un seminario de Roland Barthes, que de pronto dice: “Estaba allí Severo Sarduy: maravilloso de inteligencia y de comicidad”. Esa es la mirada que los demás tenían sobre Severo. Estaba totalmente cerca para plantearse los mismos problemas que ellos, podía formar parte de los mismos seminarios, tomar los mismos cursos, y al mismo tiempo estaba solo.

Los otros sudamericanos que estaban en París, por lo general, eran mayores que él. Digamos que él podía plantearse realmente el poder creativo del estructuralismo, estaba solo en su situación y era esa, probablemente, una de las razones por las cuales efectivamente no veo a nadie más que tuviera ese papel, o las cualidades que él tenía. Así es que, a partir de ahí, su encuentro con Tel Quel no fue raro. Y fue aún menos raro, hay que decirlo, porque yo era íntimo de Philippe Sollers y Severo estaba conmigo. Uno se acercaba muy rápida y fácilmente a Severo, así es que sucedió. Pero es asombroso de todos modos que en el grupo Tel Quel en su conjunto no había mucho humor, salvo en Sollers. Y que entre todos los del grupo, Sollers fuera el único que apoyara, y al mismo tiempo comprendiera, a Severo.

Es cierto que en los primeros meses en París después de nuestro encuentro, viviendo en la Casa Cuba, él se unió a los estudiantes que fueron a pasar dos o tres días en Ámsterdam. No todos los contactos los hizo a través de mí, sino a través de muy diferentes encuentros que muy rápidamente hizo con la gente. Luego fui yo el eslabón decisivo en el encuentro con Roland Barthes, que fue enseguida, y que fue una especie de ejemplo para él, porque le permitía reflexionar sobre lo que era realmente el texto. Y es que el texto refleja el estilo de la conversación, de la experiencia y de la visión cotidiana. Se trata finalmente de lo que uno ve, de lo que uno vive, pero en una transposición donde la lengua tiene sus propias leyes y es el instrumento del cual se sirve un escritor para crear otra cosa. Así es que, si se puede decir, todo se produjo muy fácilmente, y al mismo tiempo es cierto que él prácticamente no conocía la literatura francesa, y que muchas cosas le fueron reveladas.

Yo llené de manera bastante sistemática lo que me parecía que era necesario que conociera. Y fue así, porque nos daba gusto a los dos. No fue el objeto de una teoría. Comencé a leerle textos y eso duró hasta el final: cada noche yo le leía. Podía durar más o menos, según le interesara. Porque si no le interesaba, él se dormía. Nos reíamos mucho porque hay algo de Marx que yo traté de leerle y no funcionó. Severo lo encontraba realmente aburrido. Pero leímos los clásicos y las grandes novelas del xix. No sé por qué azar no leímos nunca a Stendhal, por ejemplo, fue cuestión de azar. Insisto, no era un programa: yo no hacía de profesor.

Y luego fueron muchas otras cosas: libros de teoría, libros sobre pintura, que a él le interesaban. Y cuando tenía un vínculo más directo con lo que estaba escribiendo, comenzaba a leer por su cuenta muchas cosas sobre esos temas. Cuando escribía La simulación, hizo lecturas que llevó a cabo personalmente. Por ejemplo lecturas de Deleuze, que yo no tenía muchos deseos de leer. Así es que eso era paralelamente, ¿eh? No sé si soy muy claro, pero hubo de mi parte y de la suya un deseo de asimilar la cultura francesa, y no sólo francesa. Juntos leíamos traducciones, y cuando digo que leíamos juntos, en realidad era siempre yo quien leía. Por otra parte, hubo lecturas de reflexión, y ahí también las dos situaciones se mezclaron porque, efectivamente, yo estaba muy ligado a Roland Barthes, con el cual intimó Severo con el tiempo, aún más que yo.

Yo pasé de la filosofía a la edición, porque originalmente yo era filósofo, aún lo soy, y estaba muy involucrado con las revistas literarias, por vocación personal. En particular estaba involucrado con Tel Quel y con Sollers. Más precisamente con Sollers, y fue eso lo que permitió el encuentro entre Severo y Sollers, y lo que luego se desarrolló entre ellos. Era una relación con Tel Quel, pero es sobre todo una relación con Sollers.

Yo quisiera añadir un punto sobre la relación de Severo con la temática francesa, puesto que se le ha clasificado como barroco, y en realidad el barroco es extranjero a Francia. Allí hay una paradoja de la posición, y en la situación que tuvo Severo en Francia. Y es la manera en la que concebía la escritura, totalmente ininteligible para los escritores franceses de su edad. Escritores de su generación que tenían las mismas teorías, y grandes estructuralistas como Barthes, que no poseían el temperamento barroco, es decir, la profusión, una cierta indiferencia hacia el esquema o la búsqueda de la multiplicidad. La escritura francesa en aquel momento era, más bien al contrario, una escritura de la reducción de palabras y de temas.

Había al menos dos personas en Severo. La primera era alguien, y eso creo que no se comprende mucho, alguien extremadamente serio, en el trabajo tanto de escritura como de editor, o en la radio. Era alguien con quien se puede contar, no era para nada un fantasioso, y además en la organización de su vida cotidiana era una persona seria. Incluso, con una cierta ambición de seriedad un poco burguesa. Pero a la vez era una persona que jugaba cuando no escribía. Cuando escribía o pintaba no jugaba en absoluto, pero en su vida diaria jugaba continuamente. Primero, adoraba disfrazarse, de todas la formas posibles e imaginables. Me parece verlo sobre la terraza ante los ojos desorbitados de mi madre, envuelto en una bandera francesa en posición de Juana de Arco. En Tánger, se disfrazaba de árabe en el balcón del hotel. En la India se disfrazaba de todas las formas. Así es que adoraba disfrazarse, adoraba bailar: bailaba muy bien. En Cuba no es sorprendente, pero bailaba muy muy bien. Y adoraba la música, dos tipos de música sobre todo: la música cubana y la música que llamamos clásica.

Entonces el nexo con la escritura se realizó a tal punto, que frecuentemente escribía escuchando música. En cuanto a lo demás, no lo creo todavía, al principio escribió en los lugares más disímiles. Empezó en Venecia, en el verano del sesenta, continuó durante los primeros meses cuando erraba un poco entre la Ciudad Universitaria y mi casa (vivía completamente en mi casa, pero regresaba a la Ciudad Universitaria durante el día), y con frecuencia lo encontré escribiendo acostado en el coche, esperando a que yo llegara.

Luego, cuando llegamos a De donde son los cantantes, esto continuó Porque esa novela fue escrita escuchando discos de cantantes, hombres o mujeres, pero sobre todo de muchas cantantes cubanas, continuamente. Esos discos que volví a escuchar muchas veces fueron al fin donados a la Biblioteca Nacional de Madrid, que me los había pedido. Esto era muy importante para él, y además corresponde al título del libro: era de donde venían esas canciones. Y eran, generalmente, unas cantantes con voz de hombre, o con voz trágica muy marcada, que lo hacían reír mucho, pero estaban siempre presentes y eran muy significativas en el ritmo de su frase. Después me parece que hubo menos de lo cubano, y sobre todo a partir del primer viaje a la India, hubo mucha música india. Eso era en lo que escribía en la casa. Pero como escribía en todas partes, incluyendo en su cama, incluso los poemas, y los poemas que escribía sobre todo de noche.

Era así, pero vuelvo a lo que decía al comienzo, tenía una seriedad extrema ante la escritura, ante el trabajo, aun cuando estaba lleno de música, y estaba lleno de danza. De hecho, el título de la novela se tradujo como Écrit en dansant. Eso fue muy mal visto en Seuil, porque todo el mundo me decía que no iba a venderse, y en efecto no se vendió. Pero ese era el título justo. Ahora recuerdo que en el momento en el que escribía la novela, tomaba un frasco de colonia, respiraba un poco el perfume, y seguía. Un escritor suizo que lo vio en ese momento, me dijo, muy preocupado: “Vas a ver que va a convertirse en drogadicto”, cosa que no sucedió. Ese era su estado.

Parece chiste, pero, por ejemplo, en la parte china de la novela, el general chino pierde la cabeza frente a Flor de Loto, que es un travesti. Luego no es un travesti, es un muchacho que parece una muchacha, y el otro intenta seguirlo por todos lados, hasta que lo ve desmayarse. Se puede decir que es una farsa, pero no tiene en lo absoluto el tono de la farsa, sino el tono de un poema, escrito con un rigor extremo. Así es que, para él, hay que mantener siempre esos dos elementos juntos.

Yo diría que otro elemento, un tercer elemento de la escritura, que está ligado también al gusto por el disfraz, es su extraordinaria adaptación a los ambientes más disímiles, a los marcos más diferentes, a las humanidades más diversas. Es decir, hasta qué punto desde que llegaba a Marruecos, o Argelia, adoptaba la lengua y las maneras de comportamiento de los muchachos que conocía. En la India, no hacía ocho días que habíamos llegado a un minúsculo pueblo del centro, estamos caminando… Ni siquiera vi lo que sucedió, pero en un minuto la gente lo había subido sobre una caja y él se había puesto una tela no sé de quién sobre los hombros, y todo el mundo aplaudía alrededor de él. ¡En un minuto! Es decir, que él entraba inmediatamente en todos los marcos, y todo eso pasaba después a los textos: él se adaptaba. Es más que adaptarse, él se transformaba en lo que veía. El escritor que él es podía transcribir justamente eso que está en el primer capítulo de Diario indio. Podía transcribirlo sin que tuviera aspecto de reportaje. No había nada de eso en su escritura, no hubo nunca nada de eso. Eran simplemente esos viajes, que fueron muy importantes en lo que escribió, y estuvieron marcados por un devenir y un hacer suyo al mismo tiempo. En Villa Hermosa, en la entrada de Yucatán, México, recuerdo muy bien su estupefacción ante una cabeza Olmeca, colosal. Y él quedó simplemente estupefacto.

¿Qué relación cree usted que encuentra Severo entre la creación literaria y el psicoanálisis?

Yo creo que hay que ser muy prudentes en ese punto. De hecho, el psicoanálisis fue interpretado por él, por causa de Lacan y por causa de mi respeto por Lacan, pero él temía a Lacan, y tenía con él una relación psicoanalítica ambivalente típica, que ilustra muy bien en sus obras. Severo se dio cuenta un día, debe haber sido en los años setenta…, se dio cuenta de que siempre olvidaba el nombre de la calle donde vivía Lacan, que era la calle Lille, y un poco después tomó consciencia de que era aún más ambivalente puesto que “Lille” puede ser también l’île (la isla), y de que l’île, evidentemente, era Cuba. Y, bueno, eso quiere decir muchas cosas… Él decía todo el tiempo: “Yo soy cubano”. Él se sentía cubano, es obvio, pero a la vez tenía un sentimiento ambiguo, y en el fondo un cierto temor. Y no de las personas que él conocía en Cuba, sino de algunas costumbres cubanas. Tenía que ver con el horror que él sentía del macho cubano, o sea, del macho con el tabaco en la boca. De eso sentía horror, probablemente porque en su infancia había vivido el contraste entre él mismo y ese tipo de hombre muy macho. Así es que era bastante cómico, porque era la misma ambivalencia (el mismo temor) hacia Lacan que el temor que sentía hacia Cuba.

Él estaba fascinado con Lacan, pero, a la vez, no estaba convencido de lo que le sucedía a una persona que pasaba por el psicoanálisis. Y ese es el tema mismo de Cobra, donde Lacan es el personaje principal (al menos en la primera parte), es el médico que tiene un tabaco en la boca (un tabaco que estaba de moda en aquel momento), hecho de dos tabacos entrelazados. Es el retrato de Lacan, y es el que le cortó la cola a Cobra. Entonces, para él era un mundo aterrador, que podía privarlo a uno de su placer, o del placer, a la manera en la que uno entiende su placer. Así es que no hay que creer que él tenía una posición transparente y sencilla en cuanto al psicoanálisis.

Dicho esto, las pocas veces en que habló con Lacan –conmigo presente–, Severo se sentía muy a gusto, y Lacan también. El diálogo era completamente posible, pero recuerdo que después de la publicación de Cobra… No creo que Lacan la haya leído, pero sí había oído hablar de la novela. No hay que olvidar que los pacientes de Lacan eran esencialmente intelectuales. Y me dijo que oía hablar del libro todo el tiempo sobre el diván. Y en aquel momento, Lacan me dijo: “¿Pero qué es lo que él hace de mí?”. Porque en ese círculo todo el mundo había comprendido muy bien que el doctor de Cobra se trataba de él.

Entonces, cuando se sintió enfermo, eso no tuvo un efecto analítico directo, pero sí utilizó mucho de lo que había leído de mí o acerca de mí para organizar, si se quiere, su muerte. En ese momento creo que el análisis fue tomado muy en serio. En todo caso había muchos elementos analíticos en el penúltimo libro, Cocuyo, y contenía también una mirada retrospectiva bastante severa sobre sí mismo, de una cierta ceguera voluntaria si se puede emplear el término, porque se consideraba un nombre reconocido (totalmente reconocido), pero en un círculo muy reducido. Y ahí, además, es gracioso, porque al retomar seriamente lo que había comprendido de Lacan fue también a retomar a Cuba en el sentido de que: “después de todo eso yo podría ser realmente comprendido”Eso es lo que creo yo hay que decir

¿Qué actitud tenía Severo hacia el budismo? ¿Se trataba de una búsqueda en sentido religioso, o era parte de su sed de conocimiento?

Un poco de cada cosa, ni una ni la otra por sí solas. No hay que olvidar que él había conocido a los chinos, descendientes de los obreros que habían sido llevados a Cuba para construir los ferrocarriles a fines del siglo xix, y que habían creado sociedades allí. Y Severo iba a los teatros chinos de La Habana, que eso no era budismo, pero todo aquello le había dado una cierta inclinación hacia el Oriente. Su hermana tiene una fotografía de Severo (entre 5 y 7 años) donde está disfrazado de chino.

La primera vez que fuimos a la India, en 1971, él había preparado muy bien el viaje desde el punto de vista artístico, pero no desde el punto de vista religioso, ni tampoco desde el punto de vista de los traslados y movimientos de uno a otro sitio: eso lo comprendió allí. Él cuenta, o reconstruye, en el último capítulo de Cobra el primer encuentro, a decir verdad sorprendente, con los budistas. Estábamos en las grutas, me acuerdo, unas grutas pintadas que se han hecho tan famosas que hoy en día están cerradas. Estábamos más o menos solos en la gruta, que son excavaciones en un acantilado con planchas esculpidas, y donde hay pinturas. En el centro de esta cavidad, había un altar budista tradicional, con una copa que representa a la mujer y un falo que representa al macho. Ahí llegaron seis monjes, quizás hasta siete, que comenzaron a dar vueltas alrededor del altar cantando salmos. Ante aquello, era como si fuese, más o menos, lo que llamamos un fantasma. Es como si él, totalmente olvidado, totalmente ido de todo eso, regresara a una forma casi primitiva.

Después de aquella vez, en el 78 fuimos al Himalaya, donde el budismo tenía mucha presencia, y aquello para él fue muy fuerte. Para los dos, ¿eh? Fue un impacto a la vez artístico y moral. Como quiera que sea, es sorprendente ver gente que está siempre alegre. Pase lo que pase, siempre están felices. Y la atmósfera es de una consistencia que para mí fue una experiencia muy importante. Para Severo fue sobre todo una experiencia moral, más que una experiencia religiosa. Él consideraba con buen sentido, y seriamente, que los practicantes budistas y europeos no encajaban, digamos. Y que el meollo mismo del budismo se resume en la fórmula: “No te preocupes” (es una traducción de Severo), que, en el fondo, es el gesto fundamental del Buda: “No te preocupes”“No tomes tus pasiones en serio”. “Distánciate”. Y eso para él era, digamos, una lección necesaria. Y que él la necesitaba justamente porque (y esto me hace volver atrás) si considerábamos la crítica que el recibía en Francia, la que recibía en España, o la que recibía en América del Sur, Severo sí había triunfado; pero si considerábamos el número de lectores que tenía, había fracasado.

Y él no estaba para nada obsesionado con el éxito, pero lo hubiese querido. Entre otras cosas para poder compartirlo con sus padres. Y se ponía, a veces, en una posición un poco falsa, y podía representar un cierto tipo de éxito, pero al mismo tiempo sufría y dudaba. No de su escritura, sino, por decirlo todo, sufría por el supuesto hecho de que su escritura no fuera a permanecer. Cuando tenía 23 años decía: “A mí no me importa lo que haya después de lo que he hecho. Lo que se lea, o no, después de mi muerte, me da igual”. Pero en realidad eso no era verdad, para nada. Su escritura era algo que tenía un valor en su vida. Y creo que es sobre todo en ese aspecto que él tomó el budismo como un pequeño análisis (como una terapia), que en realidad le enseñaba, le mostraba lo que puede lograrse con el distanciamiento de aquello a lo que nos apegamos. Así es que hay que reformular la pregunta sobre el budismo en Severo. No es una cuestión religiosa, es una conducta en su vida, y es una lección de moral.

¿Y con relación a la simulación cómo lo ve usted, François? ¿Es una búsqueda sólo profesional, o es a veces una expresión del ser?

En el tema de la simulación se han mezclado dos cosas. A principio de 1980 hubo cambios en la vida intelectual de Francia. El estructuralismo se había consolidado, pero ya no progresaba. Y surgen obras divergentes respecto al estructuralismo lacaniano, como los escritos de Derrida y de Deleuze. Severo leyó a Deleuze con mucha atención, y aquí voy a decir Severo, como antes dije, porque no fui yo quien lo llevó allí. Eso resonaba en él, porque ese pensamiento le daba mucho más espacio a la imagen que al razonamiento, que prefiere los movimientos del sentido como el de las células que se coagulan y se separan en vez de seguir una a la otra, como en una estructura lógica.

Severo era una persona que vivía en el reino de la imagen, de todas las imágenes. Esto es obvio en su escritura. Y es una de las dimensiones de su escritura de la que ya hemos hablado. Por otro lado, él iba mucho al cine, aunque no podría yo hacer una lista de lo que más le impactó… Pero adoraba el cine, y adoraba la pintura. A la pintura la abordaba, además, con una rapidez de reacción extraordinaria. Tenía una respuesta inmediata a un cuadro que veía por primera vez, y lo que podía decir era totalmente convincente, tanto con respecto a la pintura clásica como a la contemporánea. Ese era un universo al que reaccionaba con una intuición y una espontaneidad sorprendentes.

Porque él había adquirido ya en Cuba un conocimiento sobre pintura. Él era, realmente, un conocedor en el campo del ejercicio pictórico. Durante los dos o tres años que pasó en La Habana, Severo conoció a casi todos los pintores de esos momentos: es decir, los artistas que emergieron justo antes y justo después de la Revolución, a quienes él visitaba. Iba constantemente no sólo a donde vivían, sino a sus estudios. Severo los veía y conversaba con ellos sobre sus técnicas. Él estaba preparado en eso, lo cual hizo que pudiera también ser un pintor.

Así es que ahí en la pintura estaba su universo. ¡Ese era su universo! Y, aunque a alguna gente le choque esto, hay que decir que la selección de los lugares de nuestro viaje a la India (entre otros) fue hecha en lo esencial como viaje de arqueólogos y de especialistas en pintura. Así pues, en ese universo, las ideas mismas pasan por la imagen. Aunque al mismo tiempo, las imágenes tienen la reputación de ser engañosas. Todo eso, y el gusto por el disfraz, lo llevan muy fácilmente a la simulación que hay en la vida animal. Y su interés y su amor por los animales sostienen muy obviamente su visión también.

Así es que de leer a Deleuze tomó Severo el gusto por teorizar un poco. Teorizar es mucho decir, porque ahí no hizo como en Barroco, donde había intentado realmente definir ciertos rasgos de la doctrina barroca. La simulación no es eso, es más bien una colección, que es un ejemplo de simulación. Simulación en el sentido de las máscaras como apariencia, simplemente.

Podemos decir que con respecto a su ejercicio de la escritura es una posición de nuevo ambivalente. Por un lado, él lo transpone todo, transforma diferentes personajes que eventualmente él ha conocido en algo que es una simulación, pero que aún como simulación es una verdad, porque la verdad es simulación. De modo que, quizás, una de las temáticas que podía recuperar era la temática budista. La verdad es un campo. No la verdad, sino la vida, es un campo de imágenes engañosas que se desvanece y del que nada queda. Y de eso él estaba muy convencido, ¿eh? Él estaba muy convencido de que la muerte es la nada: punto final. Y el mundo mismo es, en el fondo, un gigantesco teatro de apariencias. Él lo había dicho, hablando de Góngora: “la metáfora al cuadrado”. También hubiese podido decir: la simulación al cuadrado, pues la simulación es llevar al cuadrado la simulación que ya es la realidad.

Allí había toda una temática, otra temática que fue esencial para él, y vacilo un poco, porque para situar bien todo eso habría que utilizar términos lacanianos que él conocía muy bien. Es decir, la tripartición entre lo simbólico, el decir lo simbólico es también la ley, que todo lo regula. Regula el pensamiento, lo imaginario que es la apariencia, y lo real, que no sabemos lo que es. En fin, lo real es lo imposible, lo imposible de saber. Es cierto que ahí, siendo maestro de la escritura y organizándola como acabo de decir, él se situaba en lo simbólico. Pero también no es menos cierto que con respecto a su espontaneidad, y el tiempo que dedicaba a la escritura, él estaba al nivel de lo imaginario, que, si puede decirse así, él retoma en la simulación.

¿Y qué importancia tiene lo biográfico en la obra de Severo?

Hay que contar algo que es más o menos biográfico, pero tal vez no tanto. En la Escuela de Medicina los estudiantes se iban a la huelga y la universidad cerraba. Los profesores de Anatomía daban clases en sus casas, para que los estudiantes no perdieran del todo su tiempo. Severo era estudiante de Medicina, es lo más extravagante que se pueda concebir, pero para sus padres, un muchacho tan inteligente, para que valiera la pena, tenía que ser médico. Sólo que el día en que le hicieron un examen, se desmayó. Así es que Isidro es ese tipo, que reaparece en otras dos novelas: él los representaba como caballos extremadamente brutales, personajes muy negativos de los que él se burla.

Pero creo que se puede decir que es una obra totalmente autobiográfica. Autobiográfica en el sentido de que, sin parecer serlo para nada, porque es trabajada metafóricamente, lo es, sin embargo, por medio de las transposiciones y por el tema detrás de las figuras, que es todo hecho desde las cosas que él vivió, pero totalmente. El problema es, y va a tener que excusarme (pero quiero decirlo porque es así), soy yo el único que puede decir: “De esto es de lo que se trataba”. Ya cité el ejemplo de Lacan hace un instante. Hay algunas personas de su vida que prácticamente no aparecen. Jamás, casi nunca, sus padres y su hermana. Yo, nunca. Jamás. Y nunca mi madre, con la que sin embargo él vivió muchísimo. Digamos, pues, que es una autobiografía en la que él no podía poner a aquellos a quienes amaba.

Y no podía ponerlos precisamente porque su escritura, al menos sus personajes, eran tratados irónicamente, o si no, a veces, de forma muy grave. La muerte de Cobra, o la muerte de un monje al comienzo de Maitreya, por ejemplo, se hacen de pronto muy grave. Eran cosas de las que él podía hablar, pero no de lo que amaba, de aquellos a los que él amaba. No podía, o no quiso. En todo caso no lo hizo.

Por lo demás, a veces el personaje es él mismo: los recurrentes de Auxilio y Socorro que aparecen al comienzo de Écrit en dansant/De donde… son el mismo Severo, pero él al cuadrado de los cuadrados, por excesivos, pero nunca se sabe si uno de estos personajes era un hombre o una mujer. Son así, y sin embargo son los mismos personajes que aparecen en la última página de Bauhaus.

Así que todos los médicos que intervienen en sus novelas se deben justamente a esos fantasmas de la medicina que él había conocido en La Habana. Habría que tomar a cualquier personaje, que correspondería a cierto momento que él había experimentado.

A partir de un cierto momento, creo que es un rasgo común, hay en sus libros muchas escenas de baño turco, que son todas escenas vividas. En particular hay escenas en un lugar histórico que ya no existe: un baño turco, con una decoración Napoleón III en ruina total, que era frecuentado por gente de la Bastilla. Y a él le divertía enormemente y contaba, él me contó regresando de allí, por ejemplo, de un muchacho que se quejaba porque se había peleado con su amante y temía quedarse solo, pero se confía al dueño del local y el dueño le responde: “Espera, la pregunta sería: ¿de cuál de los dos es el dinero?”. Esas eran cosas que lo divertían como un loco y que luego traspuso en imágenes, pero donde igual lo contó detalladamente.

Y luego hay un día en el extremo sur de Marruecos, creo que era en Tafraout, en el que habíamos parado para almorzar. Era primavera y se encontró en el baño unos colores entre el amarillo y el gris que tuvieron en él un efecto de fascinación y que luego trasladó a sus poemas, y a algunas escenas de sus novelas. En ese sentido es que su trabajo es autobiográfico. Todo lo que contó sobre los monjes budistas, todo, todo eso, estaba al límite del reportaje. Así es que insisto en lo que dije hace un momento: una de las personas que él más apreciaba, y que más quería, es Roland Barthes, y tampoco de él hablaba nunca. No, no hay ninguna imagen de Roland en sus ficciones.

Y, al contrario, sin embargo, todo lo que había visto en la calle, la atmósfera de Ámsterdam al final de Cobra, o algunas escenas de los Estados Unidos… Pero nunca, salvo un poco en Cobra, eso puede verse como “estoy contando mi vida”. Nunca está ubicado dentro de las circunstancias en que él lo vivió: surge así, dentro de una trama.

Hay que añadir que él tenía una memoria extraordinaria. Guardaba una memoria de todas las imágenes que lo habían impresionado, pero era incapaz de ponerlas en orden cronológico, y yo era el único que conocía la historia de su vida. Él no la conocía, incluso el período cubano yo había logrado reconstituirlo; pero él era incapaz de decir exactamente lo que había sucedido cuándo y dónde. En ese sentido, entonces, no es en lo absoluto una autobiografía. Nunca hubo autobiografía a pesar de que un día, tratándose de “El Cristo de la rue Jacob”, dijo: “Voy a hacer algo como una autobiografía. Sí, voy a contar todos los infortunios de mi cuerpo”. Y así, una quemada en el pie, el incidente con un estudiante en Princeton, el diente partido, etc. Pero nada más, hay sólo cinco incidentes si bien recuerdo, pero tampoco es eso tal y como ocurrió.

Está lejos de ser verdaderamente biográfico, no hay noción de continuidad. Porque no se trata de contar su vida, sino de aprovechar todo el material de su vida (en desorden), que de esa forma iba a parar a la escritura. Es así como creo que hay que entender lo autobiográfico. Digamos que algo había sucedido, pero Dios sabe dónde y Dios sabe cuándo. No tenía importancia, y es otra manera de decir que se trata de una inmensa simulación, un desorden. Lo que hace que para él era siempre presente, nunca histórico. Además, él no reconocía la historia, sentía horror por la historia, como sentía horror por la política. Tenía un cuerpo de vivencias extraordinario en el cual hurgaba y de donde dejaba venir las imágenes.

Y tenía una suerte, que yo no puedo explicar, de encontrar siempre signos de sí mismo. Me acuerdo ahora de Villa Hermosa en el sur de México, estábamos en una especie de museo que, de hecho, es un jardín, en el que hay unas estatuas Olmeca (hablé de eso hace un momento), y cuando vi una de esas estatuas, no eran nada más que cabezas, cabezas de gigantes. ¡Y eran su retrato! Pero a un grado tal, que me quedé estupefacto. Y después, él lo reconoció, y todos aquellos que vieron las fotos dijeron: “Sí, es Severo”. Severo en la medida en que es algo que se parece un poco a Adonis.

Otro ejemplo fue algo que nos sucedió, un día de 1966, en Carcassonne. Él me fotografió creo que delante de una de las murallas de Carcassonne, y cuando revelamos la fotografía descubrimos (no lo habíamos visto ninguno de los dos)…, descubrimos que detrás de mí alguien había escrito, y ahí estaba lo cómico, porque no teníamos ninguna consciencia de esto, alguien había escrito “Severo”, lo que lo puso muy nervioso. Y así, tenía un poder para hacer surgir o hacerse surgir por donde quiera que iba. De forma que no podía contar otra cosa que, de cierta manera, no fuera sobre sí mismo.

Y tenía un problema que, como quiera que sea, fue su problema toda su vida: él quería escribir novelas y amaba enormemente a sus personajes, que le importaban muchísimo, eran gentes con las que él vivía. Pero tenía dificultad para montar una trama, simplemente porque para montar una trama hay que tener una mente más inmóvil. Es cierto que era muy serio, pero no tenía facilidad para componer esas maquinarias. Y, de hecho, cuando él comenzaba un libro no sabía lo que iba a suceder.

Ahora quisiera agregar algo que se me ocurre a propósito de la manera en que él trasladaba las experiencias a sus libros. Ya usted lo pondrá si quiere. Aquí, a un kilómetro de San Nicolás, había una casita que era entonces una casa privada, pero fue transformada en un bar. En un momento dado, hacia fines de los años setenta, dos españoles que eran sus dueños convierten esa casa en un bar, pero se fueron a la quiebra porque se bebían la totalidad, si no la mayoría, de los alcoholes que tenían para vender.

Eso era completamente incongruente en San Nicolás, el pueblo vecino, donde ni siquiera hay un café ni nada, él encontró ¡un bar de locas! Había descubierto ese lugar, y había comenzado a ir allí. Y nunca comprendí muy bien cómo había conocido a estos españoles, cuando distribuían volantes anunciando la apertura de su bar. El caso es que lo supo, y también fui. Es un lugar muy pequeño, nada que ver con la Casona de Colibrí, pero es el que dio lugar al inmenso cabaré que ocupa la mayor parte de la novela. Transformado, puede ser, pero ese lugar es el que lo inspiró, y también inspiró los ambientes que aparecen en La simulación, por esa época. La dueña de este cabaré es uno de los personajes de Colibrí. Allí hay un ejemplo del paso de lo vivido al libro.

Usted hablaba hace un rato de la percepción de la política y de la historia que tuvo Severo. ¿Puede hablar de cómo vivió él los eventos de mayo del 68?

Primero, es cierto que Severo no tenía una mente política, pero sería falso decir que no se interesaba por lo que sucedía. Eso sería completamente falso. Pero se interesaba de una manera espontánea, ingenua, y orientada de una manera muy clara. Él era lo que se llama un hombre de izquierda. Estaba muy apegado a lo que podría llamarse la protesta homosexual frente a la sociedad. Era tan antirracista como se puede ser, pero era así, espontáneamente. Y contaba conmigo para explicarle lo que no entendía.

Así es que en el 68 se divirtió enormemente. Le divertía ver cómo a algunos de mis amigos escritores, miembros de la juventud comunista, se les venía encima el hecho de manifestarse. Y hubiese estado muy listo para hacerlo también si yo no le hubiese recordado que, por cosas del azar, se había naturalizado francés sólo ocho días antes: no era el momento para correr riesgos, había que esperar un poco.

Sí estuvo un poco atribulado por la reacción de Barthes. Porque Barthes no estaba contento. No lo estaba porque consideró, con alguna razón también, que se trataba de una manifestación de la palabra, y que la palabra (oral) no es seria. Que no hay seriedad sino en la escritura: ese era su esquema. Así que nosotros cenábamos con Roland una vez por semana, y todavía me parece verlo en medio de todo aquello. Una vez estábamos en un restaurant cerca de Saint-Sulpice y después, como sucedía siempre, yo buscaba el coche y dejaba a Roland en su casa. Pero como se hacía realmente difícil llegar hasta el coche, decidí ir en la dirección donde pasaban las cosas. Es decir, alrededor del Panthéon. No quería cometer imprudencias y al mismo tiempo quería que Severo aprendiera a correr riesgos de ese tipo.

No sucedió nada extraordinario, pero de pronto se encontró en medio de los adoquines que lanzaban los manifestantes. Y ahí estaba él en el 68. Y estaba completamente a favor, estaba comprometido, pero no se hubiese puesto detrás de una barricada. No era su estilo, o si no, hubiese estado por ejemplo con dos o tres amigos que lo hacían. Con Sollers quizás hubiese ido. Pero él no estaba acostumbrado a eso de todos modos.

Él nunca pronunció una palabra contra el régimen cubano, no dijo nada, era una decisión. Digo las cosas como sucedieron: fue una decisión que tomamos. Él era furiosamente antibatistiano y, por supuesto, estaba perplejo con las cosas que estaban pasando en Cuba. Pero cuando Néstor Almendros, que era uno de sus amigos íntimos, quiso hacer una película de cubanos que se encontraban en Europa y que todos eran como era Néstor, anticastristas… vino a verlo, hablaron (esto es muy importante decirlo), porque contestó por sí mismo, y sin que yo tuviera algo que ver. Yo no estaba presente, no habíamos preparado nada para esa cita, y él contestó: “¿Cómo podría yo emitir un juicio sobre un país que abandoné hace más de 20 años?”.

Y existe una anécdota que no es exactamente de los eventos de mayo del 68. Debe ser un poco más tarde cuando aparecieron las radios, las múltiples radios privadas, y que hubo una radio que se llamaba Fríquence Gai. No recuerdo lo que sucedió, pero hubo amenazas de cerrarla, y hubo una manifestación en la plaza de la Concordia al frente de la cual habían hecho desfilar un gran cerdo rosado, y a esa manifestación Severo sí fue.

Y él estaba absolutamente encantado, y se involucró, de esa manera. Pero era incapaz de otra cosa. Si se quiere, no era su vocación, ¿eh? Y otra vez, como francés siempre fue muy proeuropeo y cuando hubo el último referendo, creo que fue el de Schengen, debe haber sido poco antes de su muerte, él quiso absolutamente votar. Estábamos aquí, y él quiso ir antes de que cerraran los centros para votar.

Él adoptó una posición de abstención con respecto a la historia cubana, y una toma de posición con respecto a la historia francesa, lo cual no encuentro inútil decir, además porque sus amigos cubanos tienen todos la tendencia a no querer oír que después de todo él pasó dos tercios de su vida en París y que él se sentía cubano-francés, o franco-cubano, pero que al final la historia que él había decidido asumir (la historia es mucho decir), pero el futuro que él había decidido asumir, era el de Francia. Y es paradójico porque, aunque él haya sido traducido, su escritura en definitiva no es traducible, así es que él es un escritor cubano que se había convertido realmente en un ciudadano francés.

¿Y por qué Severo no regresa a Cuba, ni de visita?

Bueno, primero porque no hay que olvidar que los cubanos le habían retirado su pasaporte. En los primeros años hubo una historia, de la que nunca conocimos el origen, y es que de pronto cuando él fue (él tenía un carnet de residente francés como estudiante), y cuando fue a hacer una prórroga, le dijeron: “No, en lo absoluto. Ud. debe irse de Francia en un mes”. Entonces se descubrió que alguien (X) lo había presentado como un espía cubano, lo cual es la cosa más extravagante que le pudiera suceder a él, y a Cuba.

Se pueden tener muchas interpretaciones de eso, incluyendo que el gobierno cubano había tomado muy mal que él se quedara en Francia y que no regresara. No se puede excluir que fuera el propio gobierno cubano el responsable de esa historia. No sé, nunca lo supimos, pero la historia era de todos modos grave. Y sólo se resolvió por una intervención a nivel de Gaulle en persona, después de lo cual él se quedó durante dos años como “apátrida”.

Y fue justo en 1968 que se naturalizó. Por otra parte, fue revelado en una reunión que un tal ministro había deplorado no sé qué porque no había qué reprocharle a él. En fin, lo habían tomado todo muy mal, lo consideraban como un enemigo, así es que no veo cómo él hubiese podido regresar a Cuba. Dicho esto, yo no diría que no lo deseaba. Y él deseaba ver a sus padres por supuesto, pero ellos vinieron una primera vez en 1969 y una segunda vez en 1979, y su hermana en 1975. A su hermana la vio en Argelia, pero las relaciones con la Isla no mejoraron. Como quiera que sea le retiraron su pasaporte, y nunca se lo devolvieron, así es que no veo yo cómo él hubiese regresado. Sí, claro, si le hubieran dicho “puedes ir a ver a tus padres durante tres semanas”, él se habría precipitado a hacerlo.

¿Y eso no cambió en los últimos años de su vida?

No, muchas veces manifestó que en todo caso él no hubiese podido quedarse allí, que habiendo vivido en Francia con la seriedad francesa…, estoy hablando como él, ¿eh? El desorden sobre todo “mental”, el desorden mental cubano, él no podría ya soportarlo. Eso lo dijo veinte veces, sí, que le hubiera gustado regresar, tal vez si hubiese regresado se hubiese sentido mejor de lo que creía, pero él tenía de todas maneras un juicio, había adquirido como quiera que sea un juicio, y fue él quien se lo hizo, no yo quien se lo dio. Había adquirido un juicio muy severo sobre el desorden general en Cuba. Tenía un sentimiento de que, inclusive los intelectuales más serios, y hasta muy serios, podían tener ese desorden. Que había siempre un momento en el cual no había rigor. Y desde su punto de vista eso era muy confuso, porque él era tan exuberante como riguroso.

¿Le habló Severo de cómo veía él la muerte y quizás cómo la ponía él en relación con su condición de exilado?

A partir de los años ochenta en general la atmósfera intelectual en París estaba cambiando y comenzaba lo que debemos llamar una especie de derrumbe con respecto al pensamiento teórico: ya no hay creación importante. En definitiva, el mundo en que él vivió y conoció, que era el mundo donde él se encontraba, que era el mío al mismo tiempo que el mundo de Barthes, de Foucault, Lacan, Derrida; todos murieron al mismo tiempo, menos Derrida, que muere más tarde. Y olvidé a Deleuze.

A ninguno de ellos hay forma de reemplazarlos hasta el momento. Así es que hubo el fin de algo, y hubo al mismo tiempo algo en política, lo que sucedió en Francia en los años ochenta, una victoria de la izquierda que fue, realmente, una decepción. Y esto llevaba a una indulgencia en los tipos de escritura que hubiesen sido tomadas por irrisorias en los años sesenta y setenta. Así es que hubo un vuelco muy negativo, que es el comienzo del estado de reacción y depresión en el que está Francia actualmente. Además de que para Severo la muerte de Roland fue algo muy grande, porque lo privó probablemente de su mejor amigo.

Al mismo tiempo yo había asumido la responsabilidad de parar Tel Quel, así es que él vivió todo eso, él lo sintió, y sintió al menos el deseo de regresar a la América Latina. Es efectivamente el momento en que fuimos a Argentina, al Brasil, dos veces a Puerto Rico; y él estuvo además una vez sin mí en Venezuela. Ahí tuvo deseos de América Latina, y a partir de los ochenta, pero correspondía también a otro sentimiento, que era el envejecimiento.

Lo más cómico de todo es que me llama “abuelo”. Eso empezó así, ¿eh? Yo estaba sentado delante, ahí, y su tío lo había dejado aquí (su tío es un viejo amigo mío), y lo encontré aquí. Yo salí, y al girar vi que detrás de mí había una sábana que decía “ABUELO”, lo que me hizo estallar en risa. Y desde entonces, en su cama y por todas partes me llama el abuelo.

He estado leyendo que en el ochenta él había tenido ganas de regresar a América Latina, no para quedarse allí sino para volver a verla. Además, él tenía su papel de editor, en Seuil. Durante veinte años él había establecido las relaciones entre Seuil y la América Latina, conocía en definitiva a todos los escritores de América Latina. Y también había tenido con ellos una correspondencia enorme, que está en Seuil y que le pertenece a Seuil, donde se mezclaban historias personales y la cuestión de la edición. Así es que tenía por todas partes gente con quien reunirse, gente que ver, y él tenía necesidad de eso en aquel momento.

Él sintió que la vida intelectual francesa lo estaba abandonando de cierta forma y sintió la necesidad de replegarse en la convicción, que es cierta, de que sus principales lectores están, como es natural, en España, en América Latina y en los Estados Unidos; cuando uno ve el número de sudamericanos y de cubanos que hay allí. En los Estados Unidos, por ejemplo, una de las últimas noches que estuvimos en Nueva York, en la que yo no salí, él fue a un cabaré donde había un actor, no sabría decir exactamente qué tipo de actor. Era alguien muy popular entre los cubanos, pero no sé quién, este actor lo anuncia, y desde ese momento le enfocaron las luces, y la sala entera aplaudió. Así es que ahí él se sentía reconocido, mucho más que en Francia.

Una de sus fuerzas era su increíble manera de hacer reír a los periodistas, y era lo que los periodistas llaman un buen cliente. Vivió mucho de su influencia, en ese momento el prestigio de su persona y la manera en que presentaba su escritura le habían asegurado un aura totalmente real en Francia, pero al mismo tiempo llama la atención, y yo lo lamento mucho, que después de su muerte Francia fue muy pasiva con respecto a él, no así los países de la América Latina y tampoco en los Estados Unidos, donde lo siguen reconociendo. Así es que todo eso él lo sentía. Y de nuevo la muerte de Roland Barthes. Roland era alguien en quien Severo podía descansar, era para él un asidero muy sólido, y desde su muerte se encontró más solo. La relación con Sollers había desaparecido prácticamente ya, y él estaba mucho más aislado. De cierta manera se ocupó más, durante los primeros veinte años, se ocupó más y tuvo más deseos de ser reconocido en Francia que en ningún otro lugar, pero eso es justo lo que no ocurrió, tal vez sencillamente porque, como lo decía Roland, la escritura barroca no es la tradición francesa.

Y este muchacho que se pensaba francés, como quiera que sea, no es un escritor inmediatamente apreciable ni inteligible sino en la tradición sudamericana. Es así, y de eso sufrió en los últimos años. Él estaba muy contento con los artículos en los periódicos españoles, pero lo que realmente era vital en su vida eran las reacciones en Francia. Bueno, es ahí donde él vivía. Así es que después de eso él soñaba con el día en que pudiera regresar a Cuba, pero victorioso. El día en que la evolución del régimen fuera tal que él fuese completamente reconocido. Y yo no estoy seguro, además, de que en Cuba no hubieran preferido a otros, más directamente novelescos que él.

Quiero abordar otro aspecto, que es muy importante, y es el de la poesía de Severo. Él no tiene una vasta obra en versos. La casi totalidad fue publicada en dos volúmenes, pequeños los dos, pero aparte del hecho de que su escritura de novelista siempre fue considerada una escritura de poeta, fuera de ese hecho, la poesía para él era una de las direcciones en donde se manifestaron mejor todas las dimensiones de su originalidad. Pero además escogió sobre todo el soneto, o la décima, precisamente por verse convocado a seguir la exigencia de una regla que dirigiera el discurso. Y a la vez, en ciertos poemas hay una atmósfera evocadora de una danza, de una pieza cubana en el momento en que el sol cubre la tarde.

Y sus poemas están llenos de pintura, si puedo decirlo así. Todas las evoluciones de lo visible son explotadas en el código y la imagen. Y luego están los poemas que no son acerca de una persona, sino dedicados a una persona (en especial a pintores), y que son siempre, no por casualidad, dirigidos a tal o cual amigo, y están, pues, en el orden del conocimiento de alguien. Luego, en los últimos años, sobre todo en los últimos meses, escribió toda una serie de epitafios: epitafios a otros, pero también epitafios dirigidos a sí mismo, que, de nuevo, no es muy abundante, pero es probablemente lo más asombroso de lo que Severo escribió.

Y él lo apreciaba, porque un día muy tarde, hacia 1980, me dijo: “Bueno, en definitiva, he hecho en total una obra de poeta”. Y es verdad, cuando uno junta todos los poemas, hay una obra de poeta, totalmente independiente de la otra obra más conocida, que es la de las novelas y la de sus ensayos. No se puede hablar de Severo Sarduy sin hablar de su poesía, incluyendo la que llega al final. Es totalmente imposible eludirla.

¿Quién fue Severo, finalmente, para François?

Trataré de responder con la mayor sinceridad posible: como homosexual siempre tuve la obsesión de formar una pareja. No es que me encuentre mal con múltiples parejas, y no me he privado con respecto a eso, pero el objetivo que yo seguía con obstinación a través de todo encuentro era que fuera definitivo. Así es que, como lo conté antes, el compromiso fue hecho inmediatamente y en la evidencia del flechazo. Es así: de una cierta manera, mi historia se cumplió.

Luego, justamente, conmigo él cumplió también su historia, aunque de una forma diferente. Primero, porque teníamos doce años de diferencia, y porque la vocación con que he hecho todo en mi vida, y por todos lados, he sido siempre el profesor o el padre. Y no hay que limitarla a eso, pero hubo una relación donde yo tuve una posición paternal con respecto a él, y él tuvo una certeza, de la que tenía una gran necesidad. Tuvo la seguridad de algo estable, de que no corría riesgo de que la relación fallara: era así, era seguro, era…

Un día un profesor, probablemente cubano, me dijo: “Pero bueno, él habla de un montón de aventuras”. Y yo le respondí la verdad. Le dije: “Eso no me concierne, yo sé que él me ama, y que no puede no amarme. Es así”.

En los últimos tiempos, ya enfermo, en las primeras veces que tuvo una especie de ataque (en el 91), y estuvo más o menos un mes en el hospital (en Senlis), yo entraba allí a mi antojo y en todo momento. Estaba a dos kilómetros del hospital, máximo, así es que no estuvimos separados en lo más mínimo. Hubo hospitalizaciones en París, que fueron más difíciles. El último día, en un momento dado se levantó (yo lo sostenía por detrás de los hombros) y al volverse a acostar me dijo: “Es la última cosa que habremos hecho juntos”. Fueron sus últimas palabras. Es decir que, a mi manera, yo había cumplido el papel del sabio budista hacia los que mueren: darle al moribundo los mejores métodos para conducir con éxito su circuito entre una muerte y un renacimiento. Yo estaba a su lado, hablándole así. Vea usted, siempre dijimos –no quiero parecer ridículo…–, pero siempre dijimos que seríamos enterrados juntos.

Heberto Padilla, el hombre arrestado por escribir poemas

Por Douglas Gómez Barrueta

Sus versos fueron premiados, pero el reconocimiento se convirtió en castigo. Fue apresado, obligado a retractarse por sus palabras en un acto humillante. Marchó al exilio a los 48 años de edad, su obra fue prohibida en su patria y murió en un pueblo de Alabama hace 20 años. Su poesía sobrevive al sectarismo, a la política y a las modas. La calidad de su escritura se levanta sobre el olvido.

El poeta cubano Heberto Padilla estuvo tras las rejas durante 38 días, acusado de ser “enemigo del Estado”. Al salir de la cárcel, fue obligado a decir públicamente que los versos que escribió en el libro ‘Fuera del juego’ habían sido “un error”. Este hecho, conocido en la historia como el ‘Caso Padilla’, ocasionó que importantes escritores europeos y latinoamericanos que habían sucumbido al embrujo de la Revolución Cubana dejaran de apoyarla, y en algunos casos se sumaran a combatirla por el resto de sus vidas. Era 1971.

“Lo conocí, aunque no lo traté de cerca. Lo vi varias veces en la desaparecida librería SIBI de Nancy Pérez Crespo. Era un gran conversador. Recuerdo su presentación en la Librería Universal cuando se hizo la edición conmemorativa por los 30 años de ‘Fuera del juego’ en 1998. El evento me entristeció, porque al verlo inquieto y a la defensiva, me di cuenta que Heberto Padilla nunca logró superar el Caso Padilla”, comenta Luis de la Paz, poeta y periodista cubano residenciado en Miami desde la década de los 80.

“Cada época tiene su estética y exige determinadas tareas para con el devenir literario; pero en este caso particular, salvo algunos detalles de cambios que impone el tiempo, la estética es muy parecida, porque la situación social que provocó el libro, se mantiene casi en el mismo lugar”, responde Ena Columbié, poeta y crítica cubana residente en Miami, ante la pregunta ¿Considera que mantienen su vigencia los versos de Padilla? “Sí, definitivamente creo que los versos de ‘Fuera de juego’ son vigentes, la realidad actual cubana sigue siendo la misma”.

 “No puedo decir que soy una gran lectora de Padilla, pero estos versos (que leí primero como epígrafe en un poema del venezolano Luis Enrique Belmonte) han sido mi asidero durante mis dos emigraciones: “Dios mío, ten piedad del errante,/ pues en lo errante está el dolor”. Padilla es ese errante, Padilla fue un paria”, afirma la poeta Kelly Martínez Grandal, quien nació en Cuba, llegó a Venezuela en la infancia y ahora reside en Miami.

“Estamos hablando todavía de ‘Fuera del juego’, y no porque sea un libro político, aunque en su momento fue un desafío al régimen. Independientemente de eso, hay grandes poemas de amor, homenajes a grandes escritores como el poeta chileno Vicente Huidobro y al peruano César Vallejo”, indica el escritor cubano José Abreu Felippe.

Padilla nació en Pinar del Río en 1932. Era nieto de un cultivador de tabaco. A los 17 años de edad publicó ‘Las rosas audaces’, su primer libro de poemas. Estudió filosofía y derecho en la Universidad de La Habana. Cuando los guerrilleros tomaron el poder en 1959, Padilla vivía en Estados Unidos. El joven escritor regresa a la isla y escribe para el suplemento cultural Lunes de Revolución y trabaja en la agencia oficial Prensa Latina en Londres y Moscú.

La caída en desgracia

La obtención del premio Julián del Casal de 1968, otorgado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), inició el calvario. El galardón fue decidido por un jurado compuesto por los cubanos Manuel Díaz Martínez, José Lezama Lima y José Zacarías Tallet, el peruano César Calvo y el inglés J. M. Cohen. El comité de premiación reconocía el valor poético del libro ‘Fuera del juego’. La decisión enfureció a las autoridades culturales de la isla, quienes presionaron a los miembros del jurado para revertir su escogencia, pero ellos se negaron.

 “Hay poemas en ‘Fuera del juego’ que sobrepasan el contexto del propio libro y ejercerán un gran peso en la poesía cubana, como Poética, Una muchacha se está muriendo entre mis brazos Los hombres nuevos, para solo mencionar unos pocos. Por otra parte, está el libro per se que mantiene su vigencia porque la causa que motivaron esos poemas todavía persiste en Cuba, que es el castrismo, que ha sobrevivido a muchos, incluso al propio Padilla”, afirma De la Paz.

Una lectura de poemas en la Universidad de La Habana –a los que tituló “Provocaciones”– causó el disgusto definitivo de los jefes de la dictadura. Padilla fue detenido, junto a su esposa Belkis Cuza Malé, en la mañana del 20 de marzo de 1971, acusado de ser “enemigo del Estado” y de tener contactos con agentes de la CIA. El 27 de abril del mismo año fue llevado a una sesión pública de la UNEAC a realizar el acto que marcaría su vida: la confesión de “sus errores”.

“El motor de mi poesía ha sido el pesimismo, el escepticismo, el desencanto. Y ese libro, ‘Fuera del juego’, está marcado por ese escepticismo y por esa amargura. Ese escepticismo y esa amargura no entusiasman y no llevan a la revolución. Esos poemas llevan al espíritu derrotista, y el espíritu derrotista es contrarrevolución”, se acusaba a sí mismo Padilla, luego de haber sido torturado.

La ruptura de los intelectuales

El llamado ‘Caso Padilla’ hizo que un grupo de importantes intelectuales dejaran de apoyar a la dictadura de Castro. El primer comunicado de protesta fue escrito en la casa del peruano Mario Vargas Llosa –que en ese entonces vivía en Barcelona– por los españoles Josep María Castellet, Juan Goytisolo, Luis Goytisolo, el alemán Hans Magnus Enzensbeger y el propio anfitrión.

 “Los abajo firmantes, solidarios con los principios y objetivos de la Revolución cubana, le dirigimos la presente para expresar nuestra inquietud debida al encarcelamiento del poeta y escritor Heberto Padilla y pedirle reexamine la situación que este arresto ha creado”, decía el escrito.

Entre las firmas, destacaban las de los franceses Simone de Beauvoir, Marguerite Duras, Hélène Parmelin y Jean-Paul Sartre; los italianos Italo Calvino y Rossana Rossanda; el argentino Julio Cortázar; los mexicanos Carlos Fuentes y Octavio Paz y el español Jorge Semprún, entre otros. El apoyo del colombiano Gabriel García Márquez fue agregado sin su consentimiento por sugerencia de su amigo y compatriota Plinio Apuleyo Mendoza.

El segundo comunicado tuvo un tono más crítico que el primero. “Creemos un deber comunicarle nuestra vergüenza y nuestra cólera. El lastimoso texto de la confesión que ha firmado Heberto Padilla sólo puede haberse obtenido por medio de métodos que son la negación de la legalidad y la justicia revolucionarias. El contenido y la forma de dicha confesión […] recuerda los momentos más sórdidos de la época stalinista”.

Se agregaron a este documento las firmas de los italianos Giulio Einaudi y Pier Paolo Pasolini; los mexicanos Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco; el venezolano Adriano González León y la estadounidense Susan Sontag, entre otros. Cortázar y García

El exilio y los días finales

La vida de Padilla en la isla se convirtió en un infierno. Sus libros fueron ocultados y su obra prohibida. Ignorado y borrado de la historia oficial de su país. Fue expulsado de Cuba en marzo de 1980 y se exilió en Nueva York. Publicó en Estados Unidos y España la novela “En mi jardín pastan los héroes” (1981) ; un libro de recuerdos “La mala memoria” (1989); y varios libros de poemas: “Provocaciones: (1973) , “El hombre junto al mar” (1981) , “Un puente, una casa de piedra” (1989).

“Tengo la impresión de que, más allá del nombre, no es un autor frecuentemente leído entre las nuevas generaciones de poetas, pero puedo estar equivocada. Al menos no es uno del que se hable mucho y tal vez, si se hace, sea para mencionar más el ‘Caso Padilla’ que la misma obra”, asevera Martínez Grandal. “Por supuesto, estoy hablando desde y sobre un contexto particular: Miami, donde el caso no solo se menciona como ejemplo de persecución del régimen castrista hacia los intelectuales, sino también como ejemplo de lo implacable que puede ser el lado más radical del exilio cubano, que nunca perdonó al poeta”, enfatiza.

De la Paz cree que la obra de Padilla sí es recordada, apreciada y leída entre los escritores cubanos del exilio, y también entre lectores de otras nacionalidades. “Durante las conmemoraciones por los 50 años de ‘Fuera del Juego’, en 2018, se realizaron varios eventos rememorando el poemario, algunos los convocó el Pen Club de Escritores Cubanos en el Exilio y en mi propio espacio cultural, Viernes de Tertulia, también se realizó una lectura colectiva de poemas de Padilla. Por su parte, la Fundación Heberto Padilla realizó también un recital en el American Museum of the Cuban Diaspora. No recuerdo si la Feria del Libro de Miami hizo algo ese año, creo que no” explica.

“Debería ser leída –asevera Columbié sobre la obra de Padilla– no sólo por su condición histórico-social, sino también porque marca el comienzo del destape de las verdaderas intenciones de una revolución “verde como las palmas”. Pero sobre todo, porque la tradición literaria está indisolublemente ligada a la renovación en un juego dialéctico endemoniado y provocador, donde todos somos influenciables, influidos y con mucha pero mucha suerte, nos tocará influir”, señala la escritora.

“No se puede olvidar que Dones e Infancia de William Blake, que están recogidos en ‘El justo tiempo humano’, son dos poemas fundamentales de la poesía cubana. Sin duda ha habido y se mantiene, un interés permanente por su obra”, asegura De la Paz. “Es un buen libro de poesía, aparte del desafío político hay una poesía imperecedera en este libro, una poesía que va a permanecer”, remarca Abreu Felippe.

Heberto Padilla dictó clases en las Universidades de Princeton, Nueva York, Miami y Auburn. Allí murió de un infarto el 25 de septiembre de 2000. Sus versos siguen iluminando el tiempo, imponiéndose sobre la barbarie y recordando el dolor que causa el comunismo. La mejor forma de homenajearlo es leer su obra.

El PEN Internacional demanda “respetar la integridad y el ejercicio de la libertad artística del Movimiento San Isidro”

La artista cubanoamericana Coco Fusco pide respaldo de las instituciones culturales estadounidenses, profesionales, periodistas, en torno a la represión actual en Cuba.

 (14/YMEDIO, La Habana, 3/12/2020) El PEN Club International y el PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio demandaron el miércoles al Gobierno cubano poner fin al descrédito, el hostigamiento, las amenazas y las detenciones de artistas, escritores y periodistas críticos, a raíz de los sucesos en torno al Movimiento San Isidro.

“Las tácticas represivas utilizadas por las autoridades cubanas incluyen amenazas, citaciones, interrogatorios, detenciones arbitrarias, allanamientos y confiscaciones de material periodístico u otros bienes y la limitación arbitraria de la libertad de circulación”, lamentan en una declaración.

Condenan además que “la represión y las amenazas se han incrementado notablemente desde los Decretos 370 y 349, que violan la libertad de expresión y de arte: todo contenido artístico debe ser sometido al Estado para su aprobación”.

En tal sentido, condenan la existencia de estos decretos, solicitan su derogación y hacen un llamado urgente al Estado de Cuba para, además de acabar con la represión sobre artistas, escritores y periodistas independientes, “declare nulo el proceso penal contra Denis Solis González y permita su inmediata liberación”.

Asimismo, pidieron “respetar el diálogo y los acuerdos entre el Ministerio de Cultura y los artistas independientes” y “respetar la integridad y el ejercicio de la libertad artística del Movimiento San Isidro y de todos los artistas y escritores de Cuba”.

¿Qué más tiene que pasar para un pronunciamiento?

La artista, escritora y curadora cubanoamericana Coco Fusco publicó este miércoles una carta abierta a instituciones culturales estadounidenses, profesionales de las artes, periodistas y varios cubófilos pidiendo un pronunciamiento con lo que está sucediendo actualmente con activistas que apoyan al Movimiento San Isidro.

Fusco se refirió en específico a las amenazas contra la artista Tania Bruguera y el periodista Carlos Manuel Álvarez, incluida la demonización en los medios estatales. 

Alertó de que “es probable que estas tácticas de intimidación sean el preludio de la presentación de cargos formales contra ellos y contra otros, seguidos de arrestos y posible encarcelamiento”.

“Tanto Bruguera como Álvarez están siendo llamados mercenarios pagados por fundaciones estadounidenses y agencias estatales para desestabilizar la revolución cubana. Otros artistas que participaron en la discusión del 27 de noviembre también están siendo blanco de los medios estatales cubanos. Entre el grupo original de cubanos que se declaró en huelga de hambre en protesta por el arresto del rapero Denis Solís, varios siguen bajo arresto domiciliario”, lamentó.

“¿Qué más tiene que pasar para que las fundaciones, museos y periódicos estadounidenses que han apoyado a Tania Bruguera y Carlos Manuel Álvarez se pronuncien sobre esta situación? ¿Dónde están todos los conservadores del museo que se entusiasman con el trabajo de Tania? ¿Dónde está el MoMA? ¿Dónde están los coleccionistas que lo han comprado? ¿Dónde están los editores que han publicado Carlos Manuel Álvarez? ¿Dónde están los financiadores que han otorgado becas y premios a Bruguera y Álvarez?”, se preguntó.

“¿Dónde están los líderes de Black Lives Matter que se tomaron el tiempo para saludar a Fidel tras su muerte pero no dijeron nada sobre la brutalidad policial contra los artistas negros en Cuba? ¿Por qué los medios progresistas estadounidenses ignoran esto? No ha habido nada de esto en The Nation , Mother Jones , In These Times , The Intercept , Democracy Now , Latino USA o Remezcla o Radio Ambulante”, lamentó. 

Otros apoyos

El escritor argentino Eduardo Sacheri expresó su solidaridad y su respeto por el Movimiento San Isidro en un mensaje que publicó a través de su cuenta en Twitter.

Manifestó su solidaridad “por la lucha que están llevando adelante por algo tan importante y básico como la libertad de expresión, no solo para los artistas e intelectuales, sino para todos los seres humanos”.

También desde Argentina, como recogió un extenso hilo en Twitter la profesora Sabrina Ajmechet, han enviado sus mensajes de respaldo al San Isidro figuras del mundo de la cultura, académicos, políticos, como Graciela Fernández Meijide, Hugo Vezzetti, Jesús Rodríguez, Patricia Bullrich, Marcelo Cavarozzi, Diego Scott, Fernando A. Iglesias, Ernesto Sanz, Lilita Puig, Hilda Sabato, Fabio Quetglas, entre otros.