La intelectualidad cubana no tiene vida

Fernando Orgambides

(EL PAÍS, España, 17/10/1991)  El escritor y académico cubano Manuel Díaz Martínez, uno de los más destacados poetas de la generación del 50 en la isla, piensa que “la intelectualidad cubana no da síntomas de vida ante los gravísimos problemas que afronta la nación”. Díaz Martínez, de 55 años, abrazó en su día la revolución impulsado por su pensamiento izquierdista, pero el tiempo le procuró una serena reflexión, que le ha convertido en uno de los pilares del movimiento democrático naciente en la isla, que exige ya públicamente cambios en el sistema. Respetado y admirado fuera y dentro de Cuba, este poeta amigo de Rafael Alberti y contemporáneo de Severo Sarduy, Roberto Fernández Retamar y Guillermo Cabrera Infante, entre otros, piensa -cuando el régimen acaba de celebrar el cuarto congreso del Partido Comunista Cubano- que a Cuba le ha llegado la hora de un gran debate nacional, sin discriminaciones ideológicas, que le procure una pacífica inserción en el mundo de los países libres y democráticos.
Díaz Martínez fue, con 22 años, uno de los primeros becarios de la revolución cubana en el exterior. Amigo del escritor y poeta comunista Eduardo Gallegos Mancera, entonces alcalde de Caracas, fue víctima del régimen del general Franco cuando, con intenciones de residir durante una temporada en España, fue desviado por la policía de la dictadura a París por ser comunista y revolucionario. Años más tarde, ya realizado en la poesía, encontró en España y en los intelectuales de su generación la familiaridad cultural que en aquellos tiempos ansiaba, y hoy es reclamado por la Universidad de Cádiz -su segunda ciudad después de La Habana- para dirigir durante unos meses un taller de poesía por el que ya pasaron escritores y poetas de la talla del argentino Daniel Moyano o del español Carlos Edmundo de Ory.

Un debate público

Según Díaz Martínez, “la actividad intelectual en el interior de Cuba está desarrollándose al margen de los problemas nacionales. Es como si la cultura no formara parte de estos problemas”. Y añade: “Es verdad que existen dificultades muy serias de índole material, como la escasez de papel, que obstaculizan la publicación de libros y revistas. Pero, al margen de esto, la intelectualidad no da síntomas de vida ante los gravísimos problemas que afronta la nación. Sabemos que hay opiniones y criterios, pero no se expresan. Y al no expresarse no pasan a constituir lo que debieran ser: un debate público”. La primavera pasada, Díaz Martínez sufrió la represión política en sus propias carnes al suscribir el llamado Manifiesto de los Diez, la primera proclama democrática de la oposición en el interior de la isla. Fue automáticamente expulsado de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba; marginado en su trabajo como periodista y acusado de colaborar con la CIA por el diario, órgano del Partido Comunista Cubano.
“No pedíamos en ese manifiesto ni el cielo ni la Luna”, dice. “Era un documento elemental y moderado donde solicitábamos elecciones directas a la Asamblea Nacional sin restricciones, la eliminación de las limitaciones obligatorias, una amnistía para los presos políticos, la reactivación del mercado libre campesino y la asistencia de organismos dependientes de Naciones Unidas para evitar la escasez de medicinas y el previsible aumento de la mortalidad infantil”.
“Estamos en Cuba en una situación límite”, señala Díaz Martínez. “Hace falta valentía para afrontar los problemas, y por ser delicado y difícil el momento hay que escuchar a todo el mundo. Queremos un debate nacional y no sólo un criterio que venga de una sola parte. Creo que cualquier cubano puede estar en condiciones dentro del país de proporcionar ideas inteligentes, y lo que hay que garantizar es que las pueda dar”.
“Ahora me siento en Cuba con más libertad porque tengo menos miedo”, dice, por último, Díaz Martínez. “Son tan graves los problemas, que nos impulsan a hablar y a participar”.

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