La ronda

Hoy, hurgando en la obra de Manuel de Zequeira y Arango (La Habana, 1764-1846), a quien le correspondió en suerte abrirle camino a la poesía cubana, releí su poema “La ronda”, que tengo por el pioner texto surrealista escrito en la isla. Y reparé que el día 15 del presente enero se cumplieron 210 años de la noche –la del 15 de enero de 1808– en la que, según Zequeira, ocurrió la pesadilla que describen las 26 perturbadoras décimas de su poema.

Verificada la noche del 15 de enero de 1808

Yo aquel subdito obediente
Que en grado superlativo,
Soy militar á lo vivo
Y esqueleto á lo viviente:
Yo aquel átomo paciente
Que de nada se lamenta,
Describiré la tormenta
Que con suerte muy contraria,
Yendo de ronda ordinaria
Sufrí en noche turbulenta.

A las tres de la mañana
Con viento septentrional
Salí desde el principal
A correr mi tramontana:
Un farol como campana
Conducia un granadero,
Y con el soplo severo
Que el norte consigo atrajo,
Andaban como badajo,
El farol y el farolero.

Con un silencio profundo
Como si nadie viviera,
Seguimos nuestra carrera
Como almas del otro mundo:
En el tiempo de un segundo
Llegamos á la Machina
Y al mirarnos de bolina
La centinela primera,
Dudando que cosa fuera,
Ni aun á hablar se determina.

No obstante, como concibe
Que todos ibamos muertos,
Con trémulos desaciertos
Gritando nos dá el quien vive:
De esta suerte nos recibe
La guardia llena de espanto,
Y sospechando entretanto
De mi vital subsistencia,
Para afirmar mi existencia
Tuve que implorar á un Santo.

Despues que entregué el marron,
Vi sirviendo de tintero
Un casco como mortero,
Y por pluma habia un cañon:
Al firmar, sin dilacion
Mi pluma luego se excita,
Y en la espesura infinita
Que el cañon tenia en su talla,
Una rígida metralla
En vez de tinta vomita.

Así que dejé el borron
De mi forma con gran gala,
Salí de allí como bala
Despedida de cañon:
Con tal precipitación
La luz del farol se apura,
De suerte que en tal tristura
Llegué en un decir Jesus
Hasta el muelle de la Luz
Por teórica congetura.

Al verme de esta manera
Envié luego á la ordenanza
Que encendiera sin tardanza
El farol y que volviera:
Con angustia tan severa
Hallándome solitario
Sin luz, me fué necesario
En esta lúgubre escena,
Como alma que estaba en pena,
Rezar el Santo Rosario.

Quiso Dios que sin tardanza
La ordenanza fué y volvió,
Y así se me recibió
Con arreglo á la Ordenanza:
No obstante, con desconfianza
El cabo el Santo pedia,
Y como mi fantasía
Rezaba llena de espanto
Por poco en lugar del Santo
Le soplo una letanía.

Desde aquí salí al instante
Con un impulso violento,
Llevando con tanto viento
Los honores de volante:
Cual difunto militante
A Paula llegué entretanto,
Y el cabo lleno de espanto
Sin mirar á mi respeto,
Quiso viéndome esqueleto
Soplarme en el Campo-Santo.

Viendo yo la tiranía
De estos impulsos atroces,
Procuré con muchas voces
Afirmarle que vivia:
Que era Ronda le decia
Por templar sus desaciertos,
Y él con los ojos abiertos
Siguió tal su trapisonda,
Que por poco vá la ronda
A parar entre los muertos.

Luego fui hasta la garita
Que de San José se nombra,
Que teniéndome por sombra
La centinela me grita:
El cabo se precipita
A saber quien era yo,
Y así que me recibió
Dejé allí la firma mía,
Que no la conocería
La pluma que la parió.

Salí desde aqui ligero
Con angustia muy crecida
Y para abreviar mi vida
Fui á parar al matadero:
Aquí me encontré un tintero
Rebozando en masacote,
Y allí empuñando un garrote
Que en vez de pluma encontré,
Sobre una tabla dejé
En cada letra un palote.

Con un triste desvarío
Fui siguiendo mi aventura,
Y sin tener calentura
Me iba muriendo de frio;
En este momento impío
Me acometieron traviesos
Dos mastines con excesos;
Pero por fin me dejaron
Porque sus dientes no hallaron
Ninguna carne en mis huesos.

Sufriendo un continuo yelo,
Mi carrera continué,
Y tanto que tropecé
Con un hueso, y caí al suelo:
La ordenanza con anhelo
Por ampararme se humilla,
Pues anduvo tan sencilla,
Tan ciega y tan torpe aquí,
Que por levantarme á mí
Va y levanta una canilla.

¿Qué no ves escomulgado,
Le dije muy aflijido,
Que me has dejado tendido
Sin saber lo que has alzado?
Entonces muy consternado
Me dijo: señor, confieso
Que anduve ignorante en eso,
Pero yo por no engañarme,
Siempre procuro inclinarme
Al mas grande aunque sea un hueso.

Mas ardido que una brasa
Con esta contestacion,
Camino sin dilacion
Hasta dar en la Tenaza:
De aquí mi espíritu pasa
A Puerta-Nueva de un salto,
Y con tanto sobresalto
La centinela me vió,
Que á un mismo tiempo me echó
¿Quién vive? ¿Qué gente? Haga alto.

Desde este puesto salí
Y fui á la Puerta de Tierra,
En cuyo lugar se encierra
Lo mejor que yo advertí:
Un capitan hallo aquí
Que extrangero parecia,
Y fué tal la algaravia
De su rara explicacion,
Que por pedirme el marron
El macarron me pedia.

Sufriendo un norte extremado
Tan airado continué,
De manera que llegué
A la Pólvora volado:
Salí al punto y alterado
Un perro con mil porfías
Se avanza á las barbas mias,
Pero yo con fieros modos
Con mis huesos y mis codos
Logré darle mil sangrías.

Pero lo que mas alabo
De tanta desdicha junta,
Es que en llegando á la Punta
De verme se asombra el cabo:
Despues de esto luego trabo
Con el oficial porfías,
Y él al ver las ansias mias,
Oyendo tocar campanas,
Me dice con voces llanas:
¿Son por tí esas agonías?

Hijo de tal, que malos
Crueles fines me deseas,
Le dije, ántes que tal veas,
Muera el pronóstico á palos:
Así premio los regalos
Con que me quiso obsequiar,
Y por no darle lugar
Al juicio que estaba haciendo,
Me fui al instante temiendo
No me mandase enterrar.

Siendo del viento juguete
Sin hallar en nada alivio,
Tuve que volverme anfibio
Para arribar al Boquete:
Por un pantano se mete
La ordenanza que me guia,
Que igualmente le seguia
A modo de gusarapo,
Y el soldado como sapo,
Fieros soplos despedia.

De esta suerte continuaba
Pensando yo no sé en qué
Y por no mentir diré
Que pienso que ni aun pensaba:
Tan extenuado me hallaba,
Tan triste y tan macilento
Con aquel frio y el viento,
Fué tal mi debilidad
Que me hallé sin voluntad,
Memoria, ni entendimiento.

Llegué á la Contaduría
Casi perdido el aliento
Donde me salió el sargento
A saber que me afligia:
Una triste alferecía
Le dije, tengo á mi lado,
Ha ocho años y asombrado,
No sé si entono de chanza;
Me preguntó en confianza,
¿Es usted beneficiado?

Sargento, señor bufon,
Repliqué con amargura,
Por desgracia ó por ventura
¿Tengo cara de capon?
Al concluir la expresion,
Salir quise cual saeta,
Cuando un soldado con treta
Asiéndome por detrás,
Ea, dice á los demas,
¿De quién es esta baqueta?

Repetirle gritos muchos
Fué mi confusa respuesta,
Que sinó, á la hora de esta,
Me hallo atacando cartuchos:
La ordenanza y yo muy luchos.
Volvimos al Principal,
Y aquel señor oficial,
Que era un joven mata-siete;
Quiso mandarme al gabinete
De la historia natural.

Estas son de mis desdichas
Las noticias y eficacias,
Que siempre serán desgracias,
Por ser de mis labios dichas:
Basten ya las susodichas
Fatigas de mi quimera,
Cese mi pluma grosera
En su tan cansado estilo,
Dejando pendiente el hilo
Al filo de otra tijera.

MANUEL DE ZEQUEIRA Y ARANGO

Texto tomado de la edición original.

Anuncios