Con Alejandro González Acosta: sobre Dulce María Loynaz y “La Dama de América”

 

“Cuba es una gran trampa. Huye cuando puedas, antes que sea tarde. Yo me demoré demasiado…”, le dijo Loynaz al autor de La Dama de América

2013-05-15

Dulce Mª Loynaz en su casa habanera

Félix Luis Viera, Ciudad de México

(CUBAENCUENTRO, 14/11/2016) Alejandro González Acosta nació en El Vedado, La Habana, en 1953 y desde 1987 reside en México. Doctor en Letras Iberoamericanas por la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), con Mención Honorífica. Es Investigador Titular del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, que coordina la Biblioteca y la Hemeroteca Nacionales de México, y Catedrático de la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. En 1983 ingresó como Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua y es Miembro Correspondiente Hispanoamericano de la Real Academia Española.

En la actualidad dirige el Proyecto Internacional de Investigación acerca del poeta cubano-mexicano José María Heredia, sobre el cual ha publicado cuatro libros y otros que vienen en camino.

Entre las condecoraciones y premios que ha recibido, se encuentran la de la Benemérita Sociedad de Geografía y Estadística de México, la Legión de Honor de México, la Academia Mexicana de Heráldica y Genealogía y la Sociedad Cultural Sor Juana Inés de la Cruz, y otras. Además, recibió del presidente mexicano Ernesto Zedillo Ponce de León la ciudadanía mexicana “por señalados servicios al país en la educación y la cultura”, en 1996.

Recientemente, González Acosta ha publicado, por la Editorial Betania, en España, La dama de América, una recopilación de los textos por él escritos durante más de 30 años sobre su admirada amiga Dulce María Loynaz (DML), poetisa cubana (1902-1997), que obtuviera, entre otros lauros, el Premio de Literatura en Lengua Castellana “Miguel de Cervantes Saavedra” en 1992, y quien es considerada una de las voces fundamentales de la poesía en lengua española del pasado siglo.

En La dama de América, González Acosta nos entrega asimismo, al detalle, el fresco de un importante segmento de la historia cultural de la Isla durante el último medio siglo, así como testimonios de primera mano sobre la creación y el quehacer vital de DML, lo cual incluye las cartas que la poetisa le enviara a quien llamaba su “Benjamín”, toda vez que González Acosta resultaba el miembro más joven, con 29 años de edad, de la Academia Cubana de la Lengua, cuando DML se desempeñaba como directora de esta institución.

Llama la atención en esta recopilación que, en los variados textos que la conforman, Alejandro González Acosta expresa su alta admiración por DML, pero no la glorifica, ni la idealiza, sino que establece una valoración todo lo imparcial deseable sobre la obra y vida de la insigne cubana.

En La dama de América hallaremos referencias tanto sobre las personas que apoyaron a DML en sus momentos más difíciles, como de aquellos que, de una otra manera, la obviaron o aun la agredieron.

González Acosta conversó con CUBAENCUENTRO sobre La dama de América y también acerca de ciertos aspectos de la realidad cubana de ayer y de hoy.

Luego de leer La dama de América me queda la impresión de que eres uno de los intelectuales vivos que más conocimiento tienen sobre la obra y vida de DML, un gran privilegio sin duda. No obstante, en este libro —de una minuciosidad de altos quilates—se advierte además que indagaste a fondo en uno y otro de los aspectos que lo conforman. Si bien son piezas diversas, hallamos suficiente unidad de estilo. Las preguntas son: ¿cuánto debiste trabajar para darle condición de totalidad a los temas tratados? y ¿acaso debemos esperar otro volumen de tu autoría sobre DML?

Este libro es el resultado de más de 30 años de cercanía, personal y literaria, con DML. En realidad, a la hora de considerar reunir todos los textos en un volumen, asumí en general un orden cronológico, pensando que quizá pudiera interesar a los estudiosos de la poetisa, sobre todo de una época donde ella estaba muy apartada de los reflectores, y cuando muy pocos se atrevían a acercarse a ella y menos a tratarla, por los problemas que podía ocasionar esa relación.

En este momento, al menos, no creo escribir otro libro sobre Dulce María: cuanto tenía para decir y para contar, ya lo he dejado aquí, a menos que fuera necesario por otras circunstancias.

En tu libro igualas a DML con poetisas latinoamericanas de la talla de Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni o Delmira Agustini… ¿Dónde la situarías en el contexto de la poesía cubana, tanto la escrita por mujeres como por hombres?

En realidad, mucho antes y mejor que yo, esa equivalencia la señalaron las propias autoras que la conocieron (como Gabriela o Juana) y críticos tan sólidos como Onís y Juan Ramón Jiménez, entre muchos más.

Creo que a Dulce María le gustaría que cuando se valorara su obra no pesara el género como criterio de juicio. Ella insistía siempre en que era poetisa, no poeta —como se ha puesto de moda decir, empobreciendo la riqueza del título— y que, si había que precisarla más, se sentía como hembra y como tal escribía, lo cual para ella no era superior ni inferior a la poesía escrita por hombres, sino diferente. Y como otros muchos grandes escritores, ella no creía en la literatura “con sexo”, sino que esta podía ser solo mala o buena.

“Distanciada del mundo en un silencio más revelador que muchas palabras, Dulce María se dedica al trabajo tenaz, callado y muchas veces incomprendido de la Academia Cubana de la Lengua”, afirmas en La Dama de América¿Podrías abundar sobre el origen de esta decisión de DML, quien, por otra parte, y consta en una de las cartas que te enviara, se lamenta: “He perdido tres décadas de mi vida en que pude crear algo valioso para Cuba y ahora, aunque quiera, no puedo hacerlo. Como Vd. debe saber, el tiempo es tal vez el único bien irrecuperable”?

En numerosas pláticas que sostuvimos en su casa o en su ruinoso jardín, ella se sinceraba conmigo y confesaba que sentía que su vida había sido en vano. Primero, aferrada a un país que le resultaba hostil por su política violenta, y segundo, por la vulgaridad circundante. Una tarde me miró fijamente y dijo: “Cuba es una gran trampa. Huye cuando puedas, antes que sea tarde. Yo me demoré demasiado…”.

La abnegada, generosa y, pocas veces dicho, valiente labor que desempeñó en la Academia, ahora ha sido maquillada por los cosmetólogos culturales del régimen en la Isla. Ella peleó por sostener esa institución, no solo sin ningún apoyo y de su peculio, sino amenazada por pertenecer a “una pandilla de batistianos” como se llegó a decir. Y eso era sin duda un peligro amenazante. Contra vientos y mareas (y hubo vientos muy fuertes y mareas tremendas), Dulce María sostuvo la Academia con enorme empeño y valor.

En tu libro, en varias ocasiones te refieres a Lucía Sardiñas, exfuncionaria del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, quien apoyara a DML en varios aspectos. Así, expresas: “No puedo olvidar mencionar, por gratitud y justicia (…) a la admirada y aún en la distancia muy querida Lucía Sardiñas, quien calladamente, como es su estilo, empezó a mover los complejos y delicados hilos para que se restituyera a Dulce María el lugar que le correspondía”… La pregunta: ¿debemos tomar como atípica la actitud de Lucía Sardiñas, en tanto dirigente dentro del sistema político existente en Cuba?

Sin duda será manido, pero justo, recordar que Martí dijo “Honrar, honra”. Y yo, al reconocer lo que hizo Lucía Sardiñas por Dulce María —y por muchas personas más, incluido yo mismo— creo cumplir con decir la verdad. Otros han robado miserablemente el mérito que le corresponde a Lucía, y se cuelgan medallas ajenas. Y ella, tan activa como modesta, calla y solo sonríe.

Pero fue Lucía Sardiñas quien logró que Dulce María tuviera una alegría que para ella resultó mayor que el mismo Premio Cervantes: ver publicadas las Memorias de la guerra, de su padre, el General Enrique Loynaz del Castillo, que estuvieron vetadas durante muchos años y que ella transcribió y preparó. Recuerdo los nombres de quienes las vetaron, pero no viene al caso. También Lucía resultó una persona decisiva para que a Dulce María se le otorgara el Premio Nacional de Literatura, a pesar de la feroz oposición de algún personaje.

Otro momento difícil en la vida de DML sucede en 1980, cuando en el país se llevan a cabo “actos de repudio” contra todo aquel que tuviera planes de abandonar la Isla o, como en el caso que nos ocupa, imaginasen las turbas que así podría ser. DML y su familia resultaron víctimas de un acto de repudio. “¡Gusanas! ¡Apátridas! ¡Que se vaya la escoria!”, les gritaban algunos vecinos y estudiantes, según consta en tu libro. Como en la introducción de La dama de América avisas que no has cambiado nada del contenido original de los textos, hoy, 36 años después, ¿agregarías algo sobre aquel hecho?

Dulce María, Flor, Angelina y las otras mujeres de la casa se aterraron lógicamente cuando en aquella terrible época se mostró tan descarnada y cínicamente la esencia fascista del régimen. Los que padecimos esos meses en Cuba recordaremos siempre el ambiente de histeria, de odio, de violencia, de envidia y de rabia que se respiraba por todos lados. Y no olvidaremos los abusos horribles contra mujeres, ancianos, y hasta niños, por el “terrible pecado” de querer huir de ese infierno.

Hoy no ha cambiado nada. Con su actitud digna y aislada en su casona, sin aceptar “integrarse” al CDR (Comité de Defensa de la Revolución (organización que opera a nivel de cuadra), Dulce María resultaba una figura molesta, incluso ofensiva, porque vivía con dignidad, y eso no les caía bien a muchos. Así que decidieron agredirla, y acudimos Eusebio Leal —que en esa época era todavía una persona no aceptada plenamente por su condición de católico— y yo, para convencer a aquella turba que dejaran de agredir a esas ancianas que, además, eran hijas del último general mambí.

Después supe que la mayoría de las vociferantes eran estudiantes becarias de enfermería que vivían en una casa enfrente, quienes fueron azuzadas por un oscuro presidente del CDR que al parecer ambicionaba quedarse con la casa de Dulce María. Pero ya ésta tenía un temprano “entrenamiento”: en las décadas de 1960 y 1970 su casa fue allanada varias veces por la policía política, buscando “joyas, dólares y una caja fuerte repleta de tesoros”, que cuando abrieron a mandarriazos, estaba frustrantemente vacía.

Llama poderosamente la atención un pasaje de La dama de América en el que describes la inauguración de la casa del Nuevo Cine Latinoamericano, cuya sede sería la “Finca Santa Bárbara”, que DML vendiera al Gobierno revolucionario para tales propósitos. Narras que el colombiano premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, presentó a Fidel Castro —quien se hallaba junto a él— como “el cineasta menos conocido del mundo”. En el mismo pasaje expresas que el escritor colombiano agregó que “los pueblos latinoamericanos tenían el derecho de producir y exportar drogas a EEUU, para compensar todo lo que le habían robado a nuestros países, y también para minar su juventud y que no pudieran tener soldados para combatirnos”, mientras Castro lo miraba complacido. He buscado referencias y lo que aquí afirmas no consta en un texto definido. ¿Podrías aclarar lo que consideres?

Por supuesto que no apareció nada. Sola una escueta nota al día siguiente en el Granma dando la noticia de la inauguración de esa sede, y la chistosa mención de alabanza de García Márquez a Fidel Castro.

En realidad, allí se reunió un grupo muy pequeño y yo era el único “extraño” (y mi acompañante), y eso solo porque Dulce María me pidió que yo fuera y la representara.

Debe tenerse presente que el tema del narcotráfico colombiano y su vínculo con el Gobierno de la Isla en esa época era de mucha actualidad, pues la DEA estaba investigando a varios jerarcas cubanos.

En La dama de América estableces que la primera propuesta para que DML recibiera el premio Cervantes ocurrió en 1984, y partió de ti. Asimismo, propusiste la candidatura de ella para este premio en 1987. Sin embargo, si considero lo que he leído sobre el hecho, no constato tu participación para tales propósitos. ¿Qué tendrías que aclarar al respecto?

Si se conservan las actas de la entonces Academia Cubana podrá comprobarse que fue así en la primera oportunidad que mencionas. La segunda es probable que no conste, pues como digo en mi libro la realicé personal y directamente con el embajador español en la Isla, pues por encontrarme enfermo no asistí a la sesión de la Academia donde se trató el asunto.

Y la tercera —que finalmente fue la vencida, en 1992— partió no de Cuba, sino de México, según señalo con detalle en La dama de América, por mi buen amigo el escritor y mecenas hispano-mexicano Eulalio Ferrer, a quien yo le había dado a conocer la obra de ella.

A los funcionarios del Gobierno cubano los tomó por sorpresa el premio a Dulce María, pero reaccionaron rápida y hábilmente, diciendo que habían sido ellos quienes la propusieron desde el principio, lo cual es falso.

El poeta Pablo Armando Fernández, al final, tuvo una participación circunstancial y que resultó oportuna, como queda relatado en mi libro. Pero Dulce María no era la primera opción oficial. Eso debe constar en las actas del jurado, en España, del premio de ese año.

Como, insisto, afirmas que no has cambiado nada del contenido de los textos que conforman La Dama de América, ¿hoy mantendrías el “listado” de quienes apoyaron a DML y de quienes la rechazaron, o el tiempo transcurrido te haría cambiar de parecer?

No, en lo más mínimo. Los hechos son como fueron, y la actuación de las personas en su momento fue según recuerdo. No podría cambiar ni alterar nada de eso: reconocer lo positivo y lo negativo, venga de quien venga, es parte de mi responsabilidad como testimoniante e historiador.

En tu libro aparece una carta abierta a DML en 1992, cuando ella recibiera el Premio Cervantes, en la cual dices: “Usted es precisamente buena maestra en dolores y le anda uno muy fuerte por el pecho, pero lo soporta a pie firme, con dureza de acero a pesar de sus manos tan menudas y transparentes como pétalos”. ¿Podrías ejemplificar sobre esta afirmación?

Con esa frase aludía yo a las difíciles circunstancias que había padecido (y todavía seguía padeciendo) Dulce María, vigilada, acechada y postergada.

A partir del Premio los jefes de la cultura oficial advirtieron que era útil editarla de nuevo y convertirla en un “símbolo”, que les resultara rentable políticamente.

Cuando yo todavía vivía en Cuba y publiqué en las revistas Bohemia y El Caimán Barbudo algunos años antes dos artículos donde la mencionaba, recibí varios comentarios de advertencia. Y es también justo reconocer que otro que se atrevió a estudiarla y publicarla previamente fue Jorge Yglesias, un amigo a quien llamábamos “Bielinsky”, y quien creo sigue en la Isla. Y más tarde, Pedro Simón logró publicar —con el respaldo de Alicia Alonso— un tomo sobre ella en la serie Valoración Múltiple de la Casa de las Américas.

Dulce María en apariencia podía resultar frágil, pero en realidad, era una mujer muy fuerte y altiva, con mucho temple: “hija de mambí”, decía ella.

Cambiando de tema, el próximo año se cumplirán tres décadas de tu residencia en México. ¿Sientes a este país como tuyo? ¿Te resultó difícil adaptarte a la cultura mexicana? ¿Hasta qué punto, hoy, sientes nostalgia de la Isla?

En realidad, desde muy pequeño, siempre me atrajo mucho la historia y la cultura de México, que tiene tres mil años de antigüedad. Recuerdo que leí muy niño La literatura de los mayas, de Demetrio Sodi Morales, y El llano en llamas, de Juan Rulfo, y ambos libros me impresionaron mucho, por transmitir una cultura que me resultaba intensamente enigmática.

Cuando después de varios intentos frustrados por fin pude llegar a México, me sentí de inmediato como en casa, dispuesto a integrarme completa y rápidamente desde el primer instante. Estos treinta años se han ido muy velozmente y no he cesado de aprender mucho de esa cultura maravillosa y contradictoria.

No puedo decir, sinceramente, que tengo nostalgia de Cuba. En verdad, no siento ninguna, pues la Cuba que conocí y amé ya hace mucho no existe, y prefiero guardar la imagen que conservo en la memoria antes que sufrir un reencuentro decepcionante con la realidad, y menos aún en las condiciones actuales, tan humillantes.

Por otra parte, encuentro fascinante descubrir lugares maravillosos y vivencias nuevas por todo el mundo, y especialmente en México, que es un universo infinito de posibilidades.

Y otro tema. ¿Qué opinión tienes sobre el reciente acercamiento entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba?

Como han demostrado los hechos, es un fiasco que no satisface por lo visto a ninguna de las partes involucradas. Creo además que fue un error imperdonable de Obama emprender una decisión así a espaldas del Congreso: algo que se teje tan secretamente no puede ser bueno: ¿por qué esconderlo hasta el último momento e incluso negarlo cuando ya lo estaba haciendo?

¿Alguna otra observación para CUBAENCUENTRO?

Solo agradecerte la amistosa gentileza de esta entrevista, y a los lectores de CUBAENCUENTRO la generosa paciencia de leerla.

Y a los que puedan asistir, invitarlos a la presentación de La Dama de América el próximo 20 de noviembre en la Feria Internacional del Libro en Miami.

La Dama de América será presentado en la Feria Internacional del Libro de Miami el próximo 20 de noviembre, a las 3 de la tarde en la Sala 6100, edificio 6, primer piso.

Anuncios