Punto de vista

Dos titulares en EL PAÍS de hoy:

“GRUPOS CHAVISTAS ASALTAN EL PARLAMENTO DE VENEZUELA. Cientos de personas ingresan a la fuerza al Palacio Legislativo para impedir una sesión especial en la que se discutiría un juicio político contra el presidente Nicolás Maduro.” ● “LA DIFTERIA VUELVE A MATAR EN VENEZUELA. La enfermedad, erradicada en el país hace 24 años, ha reaparecido. Los médicos aseguran que hay al menos 20 muertos en los poblados del sur pero el Gobierno lo niega.”

Ante el arsenal de groseras artimañas que, en medio de la debacle venezolana, ha empleado Nicolás Maduro para impedir el referéndum revocatorio, seguir calificando de “autoritario” al régimen chavista es una broma. Maduro es un tirano y su gobierno es una tiranía. Una tiranía que se parapeta, paradójicamente, tras el desastre nacional que ella misma ha creado. No hay pretexto mejor que el caos –del que invariablemente los culpables son “los otros”– para que un sátrapa se erija en garante del orden que el país necesita para recomponerse y avanzar hacia ese futuro luminoso que los salvapatrias llevan siempre en la mochila. Si la oposición no consigue, ya, apuntillar al chavismo, hoy agónico e intentando consumar un golpe de Estado, Venezuela lo va a lamentar por largo tiempo. Los organismos internacionales, como la ONU y la OEA, y los Gobiernos democráticos del Continente deben movilizarse para evitar que la pavorosa crisis que padece ese sufrido país latinoamericano desemboque en una tragedia mayor.

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