Entrevista con Darío Villanueva, director de la Real Academia Española

Madeleine Sautié
(GRANMA, La Habana, 6/10/2016) Darío Villanueva, director de la Real Aca­de­mia Española (RAE) y presidente de la Aso­ciación de Academias de la Lengua Española (Asale), acaba de visitar la Isla con motivo del  aniversario 90 de la fundación de la Academia Cubana de la Lengua (ACUL). En el acto de celebración por la singular  efeméride el doctor, condecorado con el Honoris Causa por ocho universidades del orbe, catedrático de Teoría de la Lite­ratura y Literatura Comparada de la Universidad de Santiago de Compostela, y autor de numerosos libros de investigación literaria —por solo citar algunos de sus más significativos méritos— fue reconocido como Miembro Corres­pon­dien­te de la ACUL.
En su brevísima estancia, Villanueva accedió a responder a Granma  algunas cuestiones que no solo incumben a especialistas del lenguaje, sino a todo el que forma parte de esta amplia comunidad de hispanohablantes en la que existimos. He aquí sus referencias.
—¿Qué responsabilidad entraña ser el director de una institución tan emblemática como la RAE?
—La responsabilidad mayor es la que tie­ne que ver con América y con el resto de los países donde se habla español, porque aunque fue la primera que se creó hace 300 años, hoy en día es una academia más, hay otras 22 academias que tienen el mismo objetivo, y por los estatutos de la Asale, el director de la Aca­demia es también el Presidente de esta asociación.
—Usted explicaba que no todas las lenguas tenían su academia.  Sin embargo, la española tiene objetivos muy precisos…
—Sí, la Academia Española, desde el  siglo XIX, después de la independencia de las repúblicas americanas, lo que buscó fue establecer lazos con todos los países favoreciendo la crea­ción de Academias en ellos, para mantener la unidad de la lengua. El problema que se sentía  como amenaza en el siglo XIX era que al romperse la unidad política, cada país hiciera evolucionar la lengua de manera distinta y se perdiera un español unitario, y se pensaba que la mejor manera de resolver esas amenazas era creando otras academias, trabajando conjuntamente en plano de igualdad entre todas ellas.
—Usted comentaba que hay quien se extralimita pidiendo más medidas normativas, otros dicen que la Academia  es  muy drástica.  ¿Existe  el punto intermedio?
—Sí, es en el que nosotros procuramos man­tenernos y posicionarnos, porque las Aca­demias vamos siempre por detrás de la lengua que crean y utilizan los hablantes. Los auténticos dueños del idioma son los que lo hablan, por lo tanto las academias no pueden arrogarse el papel de líderes  del idioma, sino más bien de notarios del idioma, recoger, sistematizar y ayudar al idioma que efectivamente se habla.
—¿Cuáles son los nuevos retos de la  RAE?
—En este momento el reto mayor es la transformación extraordinaria que la sociedad está experimentando por causa de las tecnologías, y por las nuevas formas de comunicación que existen, que son múltiples y muy poderosas. Nuestro reto es hacer una academia que les sirva a los nativos digitales, a las nuevas generaciones que ya nacen y se desenvuelven en el entorno digital.
—¿Hasta qué punto resultan influyentes los criterios de la Academia?
—Creo que la Academia tiene una cierta fuerza de orientación y de indicación a los hablantes, de cómo resolver sus dudas y de cómo adoptar la solución mejor ante los fenómenos del lenguaje. De esa influencia hay  datos que demuestran que realmente existe. Está el Diccionario de la Lengua Española, DEL, que lo ofrecemos de manera gratuita  en la red  y se puede consultar desde cualquier lugar del mundo, a cualquier hora del día, todos los días del año, ese diccionario tuvo el pasado mes de mayo 73 millones 300 000 consultas, creo que nunca antes el DLE pudo influir tanto de la manera que lo está haciendo ahora.
—Algunos programas de estudio mezclan en una sola asignatura la lengua y la literatura. ¿Lo considera un acierto o un desacierto?
—Creo que aunque están muy próximas, y la literatura es una manifestación de la lengua,  la lengua y la literatura deben enseñarse por separado, porque tienen suficiente liderazgo para eso; yendo juntas inevitablemente una de ellas saldrá perdiendo y aunque yo soy profesor de literatura, creo que la lengua va por de­lante. La enseñanza de la lengua tiene que ir al principio y con la máxima intensidad. Pero creo que la formación en literatura es extraordinariamente rentable porque la literatura en primer lugar ayuda a conocer mejor la lengua, a utilizarla mejor e informa sobre muchas cosas. Es una gran escuela de humanismo y educa el sentido estético de las personas.
—No fue una  sorpresa para mí saber que su discurso de ingreso a la Academia tuviera como figura central al Quijote. ¿Qué preocupaciones respecto a la lengua  tendría Alonso Quijano en nuestros tiempos?
—El personaje del Quijote es ambivalente, aparte es un hombre que está trastornado, pero por otra parte es una persona que razona muy bien. Yo quiero suponer que en esos momentos de lucidez Alonso Quijano estaría de acuerdo con nosotros en la importancia del estudio y del buen uso del idioma y estaría también de acuerdo en compartir el valor de la unidad del idioma de todos los hispanohablantes.
—¿Pueden las nuevas tecnologías y su irrupción en el mundo moderno  dañar el idioma de Cer­vantes?
—Lo que nos está ocurriendo ahora —aunque quizá lo que nos sucede en estos momentos lo es con un grado de intensidad que nunca antes se dio— no pasa por primera vez; en el  pasado las tecnologías fueron haciendo aportes sucesivos, en algunos casos incidieron en las maneras de comunicación; por ejemplo, en el siglo XIX, el telégrafo fue un instrumento de comunicación extraordinario y la gente, al escribir telegramas, empleaba un código distinto al de la escritura normal y sin embargo aquello no destruyó el idioma. Me gustaría pensar que el WhatsApp, los SMS, el lenguaje de las redes sociales… ofrecen las nuevas posibilidades de comunicación, pero no van a deteriorar el idioma.
—«Hay muchísimos inválidos del habla, muchos cojos, mancos, tullidos de la expresión», decía el escritor Pedro Salinas. ¿Qué experimenta cuando presencia a personas que no saben expresarse?
—Siento tristeza, porque están privadas de una de las cosas más bellas, más útiles y más eficaces que existe, que es el lenguaje. Una persona que no maneja bien su idioma de cierto modo está sin armas para defenderse en la vida en todos los planos, ante la administración, pero también en el terreno personal, sin una capacidad de expresión suficiente, mucho más difícil para comunicar el amor y otros sentimientos diversos que tenemos. Es tristeza porque pienso que es una persona empobrecida. Como yo creo que todos tenemos derecho a lo máximo, en ese caso, la tristeza es lo que me embarga.
—La unidad de la lengua es el mayor objetivo de la Asale, ¿Qué estrategias resultan inviolables para conseguirlo?
—Fundamentalmente trabajar conjuntamente el plano de la colaboración y el diálogo entre todos, en los grandes códigos que articulan una lengua, que son la gramática, la ortografía y el léxico o vocabulario. Que las distintas academias trabajemos codo con codo por un mis­mo fin, una ortografía y una gramática unitarias, que ya las tenemos, y un léxico en el que por supuesto hay muchísimas diversidades. ¡Ojo!, la unidad de la que hablamos no significa uniformidad, significa el reconocimiento de las diferencias.
—¿Qué compromiso cree debe tener el individuo con su lengua? ¿Y los docentes? ¿Y los académicos?
—Cada uno de nosotros tiene que ser consciente de ese patrimonio que nos pertenece a cada uno individualmente, que es el de la lengua que utilizamos pero que al mismo tiempo es un patrimonio compartido con los demás. Nosotros residimos en la lengua que hablamos, pero gracias a ella podemos convivir con todos los demás y en el caso del español podemos convivir nada más y nada menos que con 500 millones de personas. Las academias po­demos hacer muchas cosas pero tenemos me­nos importancia en este terreno de la que tienen los profesores y el sistema educativo. La educación es absolutamente fundamental pa­ra el idioma, los docentes tenemos que sentirnos dueños de nuestro idioma, como el resto de los hablantes, pero además tenemos que sentir la enorme responsabilidad que está en nosotros para conseguir que nuestros alumnos respeten,  quieran y utilicen correctamente el  idioma que todos compartimos.
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