Extraños moradores

Sergio Constán

(BIENMESABE.ORG) Bajo el título “¡Ah del castillo!” Mariano de Santa Ana ha publicado recientemente en La Provincia una crónica sin duda interesante. Se ocupa en ella de un llamativo inmueble de la calle Santiago Rusiñol, en el capitalino barrio de Ciudad Jardín, de esa conocida mansión que pretende imitar un castillo medieval, con su torre del homenaje, sus almenas y hasta las aspilleras de rigor. Anacrónica e insolente, la setentera construcción no deja indiferente al transeúnte, acaso condenada a esa partida en la que suelen hacer tablas la majestuosidad y la chabacanería.

Con un acertado aderezo de humor y misterio el periodista relata sus tintinescas indagaciones, las mismas que finalmente lo llevarían, apoyado en dos recientes fuentes, a determinar el origen de tan extravagante edificación. Su concepción, tal y como la conocemos, fue debida a Juan Fernández Ganza, un santanderino de oscuro y mercenario pasado que recaló en Gran Canaria allá por el sesenta y tantos, haciendo fortuna en negocios inmobiliarios y hosteleros. Personaje atrabiliario, delirante y espiritista, aquel enfermo nostálgico del Medievo no dejó de rodearse de caballos, tigres y leones, mientras anegaban sus días el alcohol, las orgías, las prácticas satánicas y las experiencias de ultratumba. Tal vez comenzara ya a ser aquí, en nuestra ciudad, todo un émulo de William Beckford, trocando aquella neogótica Fonthill Abbey que se hiciera construir el autor de Vathek -también con su torreón- por el mucho menos imponente bastión de Ciudad Jardín; con peor gusto que el diletante inglés, todo hay que decirlo, pero sin irle a la zaga en lo que a depravación y excentricidad se refiere. Con ínfulas de aristócrata, Ganza no renunciaría al sueño de poseer un castillo noble y señero, uno de verdad. Lo encontró, ya en el último tramo de su vida, en la sierra oeste madrileña, y en él practicó su más profundo descenso a los infiernos. Había adquirido en propiedad el escenario ideal donde reventarse los sesos de un disparo, una mañana otoñal de 1985.
Pero hay algo más en este número once de la calle Santiago Rusiñol. Algo sobre lo que extrañamente no dice nada Mariano de Santa Ana, y que desde hace varios años ha venido siendo para mí el verdadero misterio de esta mansión, o al menos el que más me ha perturbado: hablo del escudo heráldico que luce en el frontispicio. La leyenda que allí reza… ¡es la de la familia Valle-Inclán! Se lee perfectamente: “EL QUE MÁS VALE NO VALE TANTO COMO VALLE VALE”. Al menos era ese el lema que presidía el palacio paterno de don Ramón María, tras haberlo concebido tiempo atrás Alonso González del Valle y Álvarez de Builla, gobernador de Ica y primer marqués de Campo Ameno. Las biografías de Valle-Inclán -la de Gómez de la Serna a la cabeza de ellas- no pasan por alto el curioso epigrama, un juego de palabras que el escritor gallego tenía muy a gala y con el que sin duda refrendaba su genio. ¿Cómo obviarlo nosotros ahora, tras conocer la truculenta historia de Fernández Ganza? ¿Debemos imaginarlo poseído por el espíritu de don Ramón, antes de que tomara su cuerpo, por cierto, el espectro de Carlos II el Hechizado? ¿Se llegaría a identificar con el marqués de Bradomín, decadente, donjuanesco y sádico como él? ¿Leería a Valle-Inclán con entregado fervor, hasta el paroxismo mitómano?
Supongo que ya se encargará la realidad de barrer estas simpáticas esquirlas de la ficción. Hasta el punto de que, probablemente, ni siquiera tenga nada que ver el blasón con el tenebroso Ganza, sino con algún propietario posterior. Los actuales, a quienes logré abordar en su día en una de mis incursiones de temerario flâneur, poco pudieron decirme: “ya estaba el escudo aquí cuando nos instalamos”. Sea como fuere, un elemento de cariz valleinclanesco parece sumarse al misterio de este castillo falsario y del más extraño de sus habitantes. Hay tarea aún para los cronistas.

Sergio escudo foto

 

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