Muere Jorge Valls

Jorge Valls

Jorge Valls

El poeta, ensayista y narrador Jorge Valls (La Habana, 1933) ha muerto en Miami tras un largo exilio. La democracia ha perdido a uno de sus más tenaces y lúcidos defensores. Se enfrentó a las tiranías de Fulgencio Batista y Fidel Castro y ambos dictadores lo encarcelaron (Castro, durante dos décadas). En su libro Veinte años y cuarenta días. Mi vida en una prisión cubana ofrece un inapreciable testimonio del presidio político en Cuba durante el régimen castrista. En el exilio publicó su antología poética En donde estoy no hay luz y está enrejado (1981), la cual contiene textos introductorios del escritor británico Stephen Spender y de René Tavernier, presidente del Pen Club de Francia. Otros poemarios suyos son A la paloma nocturna y Hojarasca y otros poemas, ambos de 1984. Fue distinguido con varios importantes premios literarios, entre ellos el Gran Prix en el Festival Internacional de Poesía de Rotterdam 1983.

UN DÍA, HIJO

Un día, hijo, cuando ya estemos en el cielo,
cuando ya nada estorbe ni derribe
la poca luz que con amor alzamos,
cuando ya no pueda hacerte daño
marchitándote con mi propia agonía,
cuando nada nos sea extraño ni horrible
y lo miremos todo con la paz librada,
te diré que sentía lo que tú sentiste,
que se llagó mi planta con igual escollo,
porque éramos los dos la misma masa,
y suero idéntico de alcohol y estrellas
nos dilataba el grano.
Todo el cielo temblaba en nuestras luces
y un infierno en las sombras se empozaba.
toda la primavera azul, de añil florida,
irradiaba de nardos nuestro espacio,
y un seco invierno gris
los tallos subterráneos retorcía.
Teníamos los ojos deslumbrados de nieve
que sólo en los picachos,
como en sueños,
apenas si nuestros dedos tocaron.
Tuvimos sed de sol y de caminos,
y hambre de derramadas datileras
por las crestas de las ciudades en flor
hacíamos remolinar nuestro espíritu,
y no sé qué rebaños
de gamos y corderos
balando nos buscaban en el valle.
Nos inclinábamos a recoger todas las rosas
y en todas las espinas nos hincábamos.
nuestro amor era un conejo pálido
siempre acosado por los perros
o estrangulado por las víboras.
Íbamos de la inopia al reino,
y nuestra fe fue siempre una promesa.
Allá donde no existan los cuchillos
para cortar las frágiles arterias,
ni nos corrompa el agua
una hez de alimañas muertas,
cuando al fin sea la pureza alcanzada,
nos contaremos sonriendo
los cuentos de nuestras muertes,
y a la luz indomeñable
andaremos por fin nuestros senderos.
JORGE VALLS
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