Punto de vista

Uno de los platos más indigestos de la cocina política es el transfuguismo. En estos días está provocando vituperios y burlas en la prensa española el salto que una diputada de UPyD, hasta ayer enemiga acérrima de los socialistas, ha dado hacia el PSOE. El transfuguismo no es siempre sinónimo de oportunismo porque no es igual cambiar de convicciones que de casaca; pero también es verdad que la mayoría de las veces es travestismo de vodevil. De ahí su descrédito. Nicolás Guillén contaba que en el Camagüey de su juventud, durante un mitin del Partido Liberal, un veterano político conservador convertido al liberalismo, y deseoso de explicarse, le preguntó al público “¿Saben por qué cambié de partido?”, y un descreído, sin pensarlo dos veces, le gritó “Porque te vendiste, hijo de puta”. En la etapa de la república liberal, el cambiacasacas más contumaz y brillante que hubo en Cuba, el insumergible Alonso Pujol, llegó a ponerle a su marrullería la elegante etiqueta de “Permanente Renuevo”. Es aconsejable analizar con espíritu justiciero los casos de transfuguismo antes de condenar a alguien por ejercer el derecho a cambiar de opinión. Por cierto, derecho que defendió con razones sencillas un gran poeta, Fernando Pessoa, en un artículo publicado hace cien años.
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