Punto de vista

Desde las primeras horas del arribo del papa Francisco a La Habana, la policía del régimen se dedicó a detener disidentes. Unos fueron detenidos violentamente por intentar acercarse al papa para informarlo de la realidad cubana (uno lo logró y en su detención intervino un escolta vaticano del Sumo Pontífice); otros fueron arrestados temporalmente para impedir que asistieran a actos oficiales con el papa, a los que estaban invitados por la Iglesia cubana. Los primeros siguen presos, acusados de varios delitos, incluido el muy grave de “atentado”. No sorprende, por supuesto, que los genízaros castristas hayan reprimido a los disidentes -es lo habitual-, sino que el Santo Padre no se haya dado por enterado de algo tan grave que estaba ocurriendo a su alrededor y de lo que es inverosímil que no fuese informado por su comitiva. En el avión que lo llevó de Santiago de Cuba a Washington, Francisco confesó a los periodistas que lo acompañaban que en su agenda no figuraba ningún diálogo con la disidencia cubana -tan inicuamente castigada por los tiranos a los que rindió pleitesía-. También dijo, respondiendo una pregunta, que no sabía nada de las detenciones. ¿Y sigue sin saber? Callar ante tales abusos -cometidos, para colmo, estando él en la isla- será diplomático, pero no es cristiano y, por lo tanto, anula la autoridad moral que se atribuye a su jerarquía eclesiástica y lo rebaja a la categoría de mero muñidor político.
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