Enrique Lihn: Presentación de “Vivir es eso”

Vivir es eso libroCreo que estamos muy cerca, en Latinoamérica, de dar en el blanco de una poesía o, en términos más generales, de un lenguaje, y hasta de un estilo literario que, por individual y nacional que sea, responda, en lo esencial, a una problemática de la escritura y de la vida común a todos los escritores y lectores latinoamericanos, y que eventualmente alcance a traspasar, como se dice, «las barreras del idioma».
Se me dirá que otras generaciones cumplieron ya esta tarea. Conforme. Sólo que su relación con la poesía no es ya la nuestra, de modo que, no sin atender a su obra como a una lección más o menos magistral, debemos empezarlo todo por el principio. Plantearnos, por primera vez, el problema de la creación poética; desnudar los motivos por los cuales también nosotros tenemos necesidad de hacer poesía; establecer las condiciones o el método que emplearemos para satisfacer esa necesidad, y acceder, finalmente, si ello es posible, a un nuevo tipo de universalidad.
VIVIR ES ESO, de Manuel Díaz Martínez, es un libro que me interesa. Yo no escribiría dos palabras sobre él sin que una de ellas fuera el germen de una «discusión de principios poéticos».
Los jurados del Concurso «Julián del Casal» estuvimos acordes en que VIVIR ES ESO es un libro de madurez. Se habló, seguramente, del dominio del oficio o bien del amplio registro temático o del dramatismo soterrado del poemario. Es la nomenclatura que se emplea cuando no hace falta llegar a un fallo a través de una discusión radical.
Confieso que esos modos de significar valores que yo mismo empleo, me irritan. Un escritor maduro, de oficio, con muchos temas a su haber y todo lo demás, puede ser también un perfecto majadero.
Los poemas que a mí me interesaron en el libro como expresiones de madurez literaria no son aquellos en los que el poeta parece reconciliado con las palabras; son esos en que el comienzo de la poesía es duda.
«Soy -escribe Díaz Martínez en «Discurso para un camarada» de una extraña raza en nuestros días: mi cabeza está en el capítulo de las que dudan. Mientras vivo, mis ojos devoran el caos que es el mundo; cuando sueño, reproduzco el caos, lo despierto y lo azuzo. Y sólo el poema me calma».
En el capítulo de los que dudan no siempre el poema calma al poeta y lo dispensa del caos en que se entrecruzan la vida y el sueño. Es la poesía misma la que se encuentra emplazada, muy a menudo, a responder por su sentido; la que toma, a los ojos del hablante, el aire de la duda, un aspecto equívoco.
El pequeño poema «La palabra», con que se inicia el libro, afirma, para empezar: «La palabra es la desgracia», y desarrolla toda una filosofía negativa del lenguaje que reaparece luego en otras composiciones y toma distintas tonalidades afectivas según se le niegue, a su vez, como en «In situ» o se la confirme, amargamente en «Epitafio»: «Es inútil escribir palabras que nos sustituyan, / que sean testimonio de lo que anhelamos ser, / espuma de la vida que ejercimos».
Lo que se niega de la palabra, en el primero de los textos citados -»La palabra»- es, en último término, la posibilidad, deseada por el poeta, de identificarse ontológicamente con ella.
En la realidad la palabra es un instrumento -«Ella me sirve, / me sirvo de ella». En el deseo o en el amor imposible que lo alimenta, ser y escribir tendrían que consumarse en un mismo acto.
No quiero dejar la impresión de que Díaz Martínez practica lo que se ha dado en llamar poesía filosófica. Sino, simplemente, la de que su libro está sostenido por una constante preocupación por la poesía que viene a ser así uno de los temas constantes de su poesía obsedida por las posibilidades e imposibilidades del lenguaje.
En este sentido es un poeta intelectual, pero tampoco este calificativo me satisface. Yo diría, lo más simplemente posible, que se ha quemado las pestañas escribiendo versos y que estos se han convertido para él en esas tristes pasiones de las que habla en «Regreso de Escardó»: «¡Qué tristes pasiones te dieron la poesía! / Estás más pálido que nunca / y no veo que te atraiga el brillo de las fondas».
Todavía en la época del simbolismo los poetas eran augures, profetas, grandes sacerdotes, y la poesía una religión, una magia, un sistema de creencias, un mito. Todo eso se ha derrumbado y queda en su lugar, para decirlo con un verso de Díaz Martínez: «un corazón trabajando su mundo como un artesano» pero que todavía quiere eternizarse situándolas (las palabras) -dice el poeta dirigiéndose a otra criatura perdida y desecha en el tiempo- «de modo que vuelvas a nacer desde siempre / para siempre».
Otra característica que comparte Díaz Martínez con sus compañeros de ruta latinoamericanos se refleja en el aspecto objetivista de algunos de sus poemas.
La primera persona, que no abulta en ninguno de ellos, se adelgaza entonces hasta identificarse por completo con el poema objeto.
Es, en un sentido diametralmente opuesto, el mismo repudio del sentimiento o de la efusión sentimental que practicó el simbolismo como «medio irregular -dice Marcel Raymond- de conocimiento metafísico», contra el subjetivismo romántico, puesto que, en este caso, dicha impersonalidad apunta a una suerte de revelación de lo real.
Uno de los mejores poemas de VIVIR ES ESO es, a mi juicio, el que se titula «La guerra» y que sólo consta de seis versos exactos, impasibles:
“Todos los aviones regresaron a sus bases.
Pero no todos los hombres
regresaron a sus casas. Pero no estaban
todas las casas de los que regresaron.
Pero no todos los que regresaron
encontraron a todos en sus casas.”

Enrique Lihn

(Presentación del libro de Manuel Díaz Martínez VIVIR ES ESO, que obtuvo en 1967 el Premio de Poesía «Julián del Casal», de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Lihn integró el jurado junto a los cubanos Nicolás Guillén y Eliseo Diego y los españoles Gabriel Celaya y José Ángel Valente.)

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