Adiós, Naty

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Hace unos días murió en La Habana, a los 89 años, Natalia Revuelta Clews, la madre de la hija de Fidel Castro. El autor de este artículo fue uno de sus mejores amigos.
Rafael Alcides, La Habana.
(CUBANET, 5/3/2015) Adiós Naty. Ya no volveré a verte llegar a casa en tu Volkswagen (VW) azul, aquel prehistórico VW sin la mitad del asiento delantero, con huecos en el piso y destartalado como una diligencia acabada de asaltar por los indios de las malas películas del oeste, pero VW que jamás se rindió; tozudo y leal como tú; VW que aún en los peores momentos, sacando aceite de donde no tenía, siguió adelante, convertido en una prolongación de tu cuerpo y de tu voluntad, y llegó en punto. Hasta sin gasolina. Nunca falló.
Cuando la memoria cultural habanera de los últimos cuarenta años sea al fin arqueología, él también formará parte de esa memoria. No habrá manera de recordar una inauguración a la cual no haya asistido, estudio de pintor en cuyas puertas no se detuviera, exposición, conferencia, lanzamiento de libros, librerías, en fin, momento de la creación artística y literaria a donde no te llevara. En él viajaron además sacerdotes, poetas, músicos, científicos, extranjeros ilustres, hasta un Premio Nobel.
Vocación heredada, lo presumo, de su antecesor, el Mercedes Benz petrolero. Pero aquél Mercedes, de dramático final como todo lo tuyo, al menos participó de tus días de gloria, o sea, de tus comienzos. Porque hay vidas, las más de ellas, parecidas a las de los héroes de novelas baratas. Luego de sortear con éxito una intrincada cadena de obstáculos, salen adelante. La tuya, en cambio, parece haber empezado por el final.
Es en esa parte exitosa de tu vida donde aparece el Mercedes, allá en La Habana anterior a 1959 cuando eras tal vez la mujer más bella de la década, según algunos cronistas sociales, y eras ejecutiva de alto rango en la ESSO Estándar Oil de Cuba y eras esposa de un cardiólogo eminente, condueño del entonces Centro Médico Quirúrgico, hoy Instituto de Neurología, y eras miembro del patriciado como nieta del luego famoso ingeniero inglés que vino a Cuba a negocios de ingenios y terminó de coronel de la guerra de independencia, lo que te confería el halo tan codiciado entonces por quienes habiendo hecho fortuna a lo mejor despachando manteca, se proponían ennoblecer su apellido.
Pero el Mercedes, que si bien participó de tu vida fabulosa de aquellos tiempos que precedieran tu edad del “eras”, siempre tan vengativa, participó, también participó y te asistió con heroísmo en los diez años siguientes a 1959, ya envejecido, sonándole el alma al andar, y devenida modesta empleada desde aquél propio 1959 tú, la otrora joven señora de gran mansión con numerosa servidumbre que se gastara su portentoso sueldo en la ESSO comprando cuadros o haciendo de mecenas de obras varias y recibiera en su casa a las personalidades del partido donde los cubanos teníamos puesta la esperanza, el Ortodoxo. Y ocurrió. Sin poder para rehabilitarlo, tuviste que venderlo y hacer entrar en tu vida al VW de tu soledad.
El ya por entonces sufrido VW que, con los años, te vio empezar a vivir, de la venta de tus cuadros del pasado o de la de este mueble, de aquella lámpara de lágrimas, y junto con la disminución de tus bienes materiales veías disminuir tu gente, desparecer, hacerse invisible, porque aquello fue un Armagedón. Iniciado en los últimos diez años del Mercedes, y del cual contarán quienes escriban tu biografía de leyenda del siglo XX cubano que, arrasados por la muerte o por el exilio, en aquella familia de Clews, Revuelta, Fernández y Salgado donde una vez existieron numerosos tíos, una abuela, una madre, dos hijas y una nieta, al final quedaron tú y Rudolph, sólo tú y el perro Rudolph, pero Rudolph no lo resistió y murió a principios de siglo.
Es el VW que nos ha marcado a todos los que tuvimos el honor de serte fieles. Pues por todas partes pasaste dando afecto, encendiendo lámparas, siendo la luz, y él y tú eran ya uno solo: donde estuvieras tú estaba él, y al revés. Devoción contigo fue la suya. El pobrecito. Todo, todo te lo dio sin que le dieras nada fundamental. Cuando una vez vendiste algo para ponerle el piso y “chapistearlo”, el mecánico de la Fragua Martiana te robó los quinientos dólares y el VW se quedó como estaba; y cuando volviste a vender algo, esta vez algo grande para arreglarlo de una vez, te lo maquillaron y dejaron como antes, pero él, leal, caballeroso, resistió y disimuló sus achaques. El pobre. Lo voy a recordar con lástima, sobre todo ahora que no he de volverlo a ver llegar a casa.

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